El marxismo-leninismo y la dictadura del proletariado

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Este breve documento ha sido preparado por nuestro colectivo para contribuir, en la medida de nuestras posibilidades, al esclarecimiento ideológico en el seno de la vanguardia teórica de nuestra clase. Esta lucha ideológica entre la línea proletaria y la línea burguesa se produce en un contexto de crecimiento cualitativo y cuantitativo de la Línea de Reconstitución en el Estado español. Como todos los textos que elaboramos desde Revolución o Barbarie, el artículo El marxismo-leninismo y la dictadura del proletariado está directamente vinculado con las necesidades y las problemáticas del movimiento por la reconstitución ideológica y política del comunismo. En este caso, de una forma sencilla y concisa nos dedicamos a analizar la cuestión de la dictadura del proletariado, del socialismo, desde el punto de vista del marxismo-leninismo; una cuestión que ha sido tradicionalmente distorsionada por el oportunismo y que, además, consideramos que aún no ha sido comprendida en toda su profundidad dialéctica por la mayoría de la vanguardia.

Hemos organizado los contenidos de este documento en cuatro epígrafes. El primero de ellos se centra en el análisis dialéctico de la dictadura del proletariado, del socialismo, paralelamente a la crítica revolucionaria de los postulados del revisionismo sobre la necesidad y la naturaleza histórica y política de la dictadura proletaria, indagando también de forma introductoria en la concepción espontaneísta, evolucionista y mecanicista del marxismo revisionista en torno a la lucha por el comunismo. En segundo lugar, estudiamos desde la perspectiva de Marx, Engels y Lenin la naturaleza de la dictadura del proletariado, introduciendo algunos elementos críticos en base al Balance del Ciclo de Octubre (1) y a la lucha entre dos líneas en pos de la superación de las limitaciones teóricas, en relación con el socialismo, de las grandes figuras ideológicas del proletariado revolucionario. El tercer epígrafe, por su parte, focaliza la atención sobre los errores y limitaciones de índole ideológica por parte de la dirección soviética (y concretamente de Stalin), en torno a la construcción del socialismo, demostrando en dicho epígrafe cómo la dirección bolchevique fue incapaz de superar los elementos evolucionistas y mecanicistas, heredados del kautskismo de la II Internacional (con los cuales jamás rompió de forma completa el movimiento comunista internacional); elementos presentes en su visión sobre las clases sociales en el periodo de transición entre el capitalismo y el comunismo. Para finalizar, sintetizamos todo lo planteado en los tres epígrafes y conectamos las enseñanzas fundamentales sobre la cuestión de la dictadura del proletariado, del Nuevo Poder, con el proyecto de reconstitución del Partido Comunista del Estado español y del movimiento comunista internacional.

Dictadura del proletariado, ¿por qué?

Mientras exista una base clasista, la dictadura del proletariado será indispensable para profundizar las tendencias revolucionarias del proletariado, la lucha por implantar el comunismo a escala planetaria. Pero, al contrario de lo que defiende el revisionismo, la noción de la dictadura proletaria va mucho más allá del episodio de la “toma del poder” (que es a lo que el oportunismo reduce, a tenor de su visión espontaneísta-insurreccionalista, el proceso revolucionario). Es inseparable de la cuestión de la construcción, detentación, extensión y profundización del Nuevo Poder, uno de los tres instrumentos revolucionarios junto con el Partido Comunista y el Ejército Rojo.

Si, siguiendo a Lenin, la dictadura es el poder absoluto, por encima de toda ley, de la burguesía o bien del proletariado (2), el Nuevo Poder, el poder revolucionario de las masas proletarias guiadas por su Partido, es un poder absoluto de nuevo tipo que pretende la confrontación con el poder de la burguesía hasta la liquidación revolucionaria de esta clase, hecho que en realidad se prolonga hasta la fase superior del comunismo.

Hay una cuestión muy relacionada con el poder, que es el derecho. Pues bien, hemos de precisar que este no es nunca el fundamento de un determinado poder históricamente constituido, sino que tal fundamento es la correlación de fuerzas entre clases. Lo único que hacen el derecho y las leyes es sancionar las relaciones —fundamentalmente violentas— entre las clases. Por un lado, ningún dominio clasista puede ser mantenido sin la institucionalización de la represión contra la/s clase/s enemiga/s. Por otro lado, ninguna clase dominante puede mantener su dominación solo sobre dicha represión.

Sobre el Estado imperialista, hay que advertir que no es solamente el producto del antagonismo de clases (que también); es, además y sobre todo, la máxima expresión orgánica de los intereses de la burguesía, el conjunto de aparatos organizados permanentemente para tratar de conjurar por todos los medios el peligro de la Revolución proletaria (3). Un elemento más avanzado del Estado burgués en relación con los Estados feudal o esclavista tiene que ver con el hecho de que el primero integra y fusiona mucho mejor y de forma más plena las funciones de organización de la clase dominante y del conjunto de las clases sociales que el resto de formas estatales.

Por otra parte, el movimiento comunista, a la hora de encarar el problema de la dictadura, no puede atenerse a la diferenciación abstracta de las “mayorías” y las “minorías”, pues, como estableció Lenin, ese esquematismo es propio de liberales y demócratas burgueses. Como siempre, el criterio debe ser el de distinguir entre clases con intereses enfrentados, con antagonismos —valga la redundancia— irreconciliables.

Para comprender bien la problemática de la dictadura del proletariado, del socialismo o del Nuevo Poder, y su relación con el mecanicismo y el espontaneísmo del marxismo revisionista, lo primero que cabe recordar es que el comunismo revolucionario debe estar siempre claramente en contra de todo planteamiento evolucionista y en favor de la dialéctica revolucionaria, elemento este último antagónico a la visión tradeunionista del marxismo. Dicho lo cual, tengamos en cuenta que la caricaturización mecanicista del marxismo en la cuestión que tratamos se manifiesta, básicamente, en la separación rígida y antidialéctica del Estado y de las relaciones de producción; es decir, en la dependencia mecanicista de lo político-ideológico con respecto a la infraestructura económica. En el fondo, esto implica supeditar el comunismo a las categorías abstractas de la política burguesa, la teoría revolucionaria a la cosmovisión capitalista.

Marx, Engels, Lenin y la significación histórica de la dictadura del proletariado

“El problema de la dictadura del proletariado es el fundamental del movimiento obrero contemporáneo… Sin preparar la dictadura, no es posible ser revolucionario en la práctica” (Lenin, Contribución a la historia del problema de la dictadura [1920]).

Marx (4), al descubrir la necesidad histórica de la dictadura del proletariado, no se refirió al socialismo como etapa o fase entendida de manera mecánica, sino al proceso cuyo sendero termina, desde el seno mismo de la lucha de clases durante el periodo de transición, en el comunismo, en la sociedad sin clases, sin opresión de unos seres sobre otros.

Para Lenin, son tres las proposiciones más importantes sobre el poder político.

En primer lugar, la idea del poder estatal, que es siempre el poder político de una clase social dominante (5), de modo que la democracia es inseparable de la dictadura, y viceversa: la democracia burguesa es una dictadura de clase contra el proletariado, así como la democracia proletaria es una dictadura de clase contra la burguesía (6).

En segundo lugar, la tesis del aparato estatal: el poder político de la clase dominante no puede ser históricamente tal sin disponer de una serie de aparatos estatales: represivos (ejército, policía, burocracia permanente, subaparato judicial, etc.), ideológicos (sistema de enseñanza, medios de comunicación de masas, subaparato religioso o sindical) y económicos (organismos que se encargan de planificar y gestionar la política económica capitalista). Lógicamente, no hay que establecer una diferenciación rígida entre estas tres clases de aparatos, pues hay una intersección (es decir, hay un conjunto de elementos que son comunes a varios conjuntos) de factores entre los tres aparatos; o, dicho de otra forma, en el aparato represivo se manifiestan indudablemente elementos del ideológico y el económico; en el ideológico se manifiestan elementos del represivo y el ideológico, etc., etc.

Este punto de los aparatos estatales es de vital importancia comprenderlo, tanto para estudiar la compleja naturaleza del Estado capitalista de la fase imperialista como para derrocarlo y sustituirlo por el Estado-comuna. Nunca hemos de cansarnos de repetir una gran verdad histórica: la Revolución socialista es irrealizable sin la destrucción del aparato estatal burgués. No hay “varias teorías” o “vías” para construir la dictadura proletaria, sino solamente la concepción revolucionaria, marxista-leninista.

Llegados a este punto, entendemos que es necesario realizar una crítica a lo que consideramos como limitaciones de las tesis de Lenin con respecto al análisis del Estado y sus aparatos. Creemos que en el conjunto de la obra del revolucionario ruso, muy especialmente en el gran opúsculo El Estado y la revolución, se infravalora la importancia del aparato ideológico como dispositivo de dominación de la burguesía. Es innegable que, en última instancia, el Estado burgués es un grupo de personas armadas para el sostenimiento del capitalismo, pero sobredimensionar este elemento, obviando la relevancia del aparato ideológico como conformador y difusor de ideas dominantes que tienden a perpetuar el modo de producción burgués hasta que el movimiento proletario revolucionario le ponga fin, es un error del que creemos que el movimiento comunista en general, y Lenin en particular, no se ha librado ni se libra en la actualidad.

En tercer y último lugar, Lenin rescató la tesis marxiana, presente con nitidez en la Crítica al programa de Gotha de Marx, según la cual el socialismo no es otra cosa que la dictadura del proletariado. Por tanto, la dictadura proletaria no es una forma de transición o vía de paso al socialismo, sino que es el propio socialismo que pugna por profundizarse y llevar a la sociedad humana mundial al comunismo. En consecuencia, solamente hay un objetivo final: el comunismo. Existe dictadura del proletariado solo cuando se construye el socialismo desde el punto de vista del comunismo; o, lo que es lo mismo, la realización efectiva de la dictadura proletaria solo es posible desde el punto de vista del comunismo, desde la práctica tendente a conformar la sociedad sin clases (7).

Para Marx, Engels y Lenin la cuestión esencial era: ¿qué clase detenta el poder? Esta es la pregunta determinante sobre la cual debe girar siempre toda la estrategia del proletariado revolucionario, incluso cuando, ya constituido el Partido Comunista y con la indispensable independencia ideológico-política, sea necesario trabar alianzas con capas o clases no proletarias.

Es falso que lo fundamental de la teoría marxista tenga que ver con la lucha de clases, puesto que, como argumentó Lenin, marxista “solo es el que hace extensivo el reconocimiento de la lucha de clases al reconocimiento de la dictadura del proletariado”. Para el dirigente bolchevique, la esencia oportunista reside en la cuestión del aparato de Estado (8), en la interpretación de la “‘conquista’ [del poder] como una simple adquisición de la mayoría”. Por tanto, contrariamente a lo que se cree entre gran parte del movimiento autodenominado comunista, el revisionismo no se traduce en el hecho de ignorar o repudiar la conquista del poder estatal, sino en la carencia de la estrategia revolucionaria para la construcción del poder proletario, de los tres instrumentos revolucionarios (Partido, Ejército y Frente/Nuevo Poder). El oportunismo más derechista (el reformismo recalcitrante [9]) llega incluso a tildar de tesis “anarquista” o “izquierdista” la necesidad histórica de destruir el aparato de Estado capitalista.

Con respecto al Nuevo Poder y las tesis defendidas por Lenin, lo primero que hay que tomar en consideración es que en el dirigente revolucionario hubo, a nivel ideológico, una clara pugna entre lo viejo y lo nuevo, entre la vieja concepción masista-propagandista del revisionismo (es decir, aquella que postula que las grandes masas explotadas pueden ser ganadas para la Revolución socialista mediante la acción sindical y parlamentaria) y la concepción revolucionaria de las masas, según la cual están solo adquieren conciencia revolucionaria gracias a la instrumentación de órganos revolucionarios en los que dichas masas puedan participar y construir el poder revolucionario. Así, por un lado, Lenin defendió que

“La dictadura del proletariado es la forma más decisiva y revolucionaria de la lucha de clase del proletariado contra la burguesía. Sólo puede tener éxito cuando en la vanguardia más revolucionaria del proletariado es respaldada por la aplastante mayoría del proletariado” (Tesis para el II Congreso de la Internacional Comunista, en Obras Completas, Akal, Madrid, 1978, t. XXXIII, p. 313),

junto a aseveraciones como esta:

“El abismo de la miseria humana y de la ignorancia es insondable. Todo sector que se yergue deja detrás suyo otro que apenas intenta levantarse. Pero la vanguardia no debe esperar a la masa compacta de la retaguardia para iniciar el combate. La clase obrera aprenderá la tarea de despertar, estimular y educar a su sectores más atrasados cuando llegue al poder” (Manifiesto del II Congreso de la Internacional Comunista. El mundo capitalista y la Internacional Comunista, en Los cuatro primeros congresos, vol. I, p. 206).

Por otro lado, Lenin fue de los pocos dirigentes revolucionarios que rechazó siempre la concepción obrerista sobre la dictadura del proletariado (10). La dictadura proletaria no puede existir si esta no consigue tejer con las masas pequeñoburguesas sólidos vínculos ideológicos, políticos y económicos. De hecho, no solamente la noción de dictadura proletaria no excluye la cuestión de las alianzas en el proceso revolucionario, sino que las plantea con urgencia (por supuesto, también hay que tener en cuenta las condiciones concretas de cada Estado, pues no es lo mismo la pequeña burguesía de un país oprimido que la de un país imperialista, como tampoco son idénticos todos los sectores de la pequeña burguesía en cuanto a su permeabilidad al mensaje revolucionario). Pero estas alianzas solo deben trabarse cuando el proletariado cuenta con independencia ideológica y política, cuando dispone de su Partido. Si no se dan estas condiciones, ocurre que el proletariado es llamado a ser carne de cañón para unos sectores burgueses y otros, como ocurre hoy en el este de Ucrania.

A vueltas sobre la concepción en torno a la dictadura del proletariado

en la URSS de la época de Stalin

Durante la época de la URSS estaliniana, la noción marxista de la dictadura del proletariado fue progresivamente abandonada. Ya en la Constitución soviética de 1936 se consagró el fin de la lucha entre clases antagónicas (defendiendo la existencia de la lucha de clases solo contra los residuos de las clases enemigas), dado que, de acuerdo con lo dicho por el propio Stalin, en la URSS ya no existían clases enemigas, sino solo clases aliadas: el proletariado, el campesinado sovjosiano y koljosiano y los intelectuales y cuadros del Estado. Por lo tanto, desde el punto de vista interno, el Estado no tenía razón de ser en tanto que herramienta de la lucha de clases. Solo a nivel externo se justificaba la existencia del aparato estatal (11).

Entendemos que aquí se produjo una clara desviación teórica de carácter evolucionista, dado que los distintos elementos revolucionarios fueron aislados unos de otros, mostrándose como fases históricas diferentes e infravalorando el rol que concede el materialismo dialéctico a las rupturas de la continuidad, a los saltos (¡también y sobre todo en el socialismo!); en definitiva, a la consigna revolucionaria de la política al mando.

Como consecuencia de dicho planteamiento evolucionista (por supuesto, heredado del paradigma teórico-político de la II Internacional), el desarrollo de las fuerzas productivas se convirtió para la dirección soviética (12) en un elemento determinante de la historia. Así, la lucha de clases ya no era el motor de la historia, sino en todo caso un accidente o un elemento complementario de unas fuerzas productivas abstraídas de las relaciones de producción, que es como entiende el materialismo vulgar la relación dialéctica entre fuerzas productivas y relaciones de producción. De hecho, la concepción mecanicista y evolucionista del marxismo, que fue —y continúa siendo— hegemónica en el seno del movimiento comunista internacional, tiene como sedimento la primacía dada al desarrollo de las fuerzas productivas; una concepción cuyos presupuestos ontológicos más importantes tienen su origen en el tecnocratismo humanista de Saint-Simon.

Habida cuenta de que no existe el socialismo más que en la medida en que construye el comunismo, la postura estaliniana sobre la construcción del socialismo rechaza, en el fondo, la tesis leninista sobre el socialismo y el comunismo. Y es que como proceso histórico que es, el socialismo solo puede desarrollarse a través de una lucha profunda y radical contra la división del trabajo, de una transformación consciente de la división entre trabajo manual y trabajo intelectual, en favor de lo que Marx calificó como “politecnicismo”. En suma, el socialismo es un proceso dialéctico en el que la negación de la negación se materializa en la condición proletaria, que se generaliza y se hace fuerte al tiempo que debe transformarse y tender a desaparecer progresivamente.

En definitiva, bajo el paraguas de esta concepción evolucionista fue inevitable terminar entendiendo el socialismo como la transición mecánica a la sociedad sin clases, que se realiza tras el fin de la lucha de clases, bajo el efecto de una necesidad técnica, puramente económica y organizativa, tomada a su cargo por el Estado proletario.

El socialismo es la dictadura del proletariado, el sendero rojo del comunismo

Partamos de una premisa básica e indiscutible: el comunismo solamente puede ser construido a partir del material humano legado por el modo de producción capitalista (13). Como en toda sociedad históricamente constituida, las contradicciones sociales en la dictadura proletaria surgen en el interior del sistema, contrariamente a lo que postula el reduccionismo revisionista y su teoría de los agentes externos como únicos restauradores del capitalismo tras la eliminación formal de la propiedad privada de los medios de producción.

En relación con la implantación del poder obrero, de la dictadura del proletariado, hay que tener muy clara una cosa: las masas proletarias no se rebelan contra el estado de cosas impuesto por el capitalismo por simple convicción o gracias a la propaganda de la Buena Nueva comunista, sino exclusivamente mediante su experiencia política de construcción y participación en el Nuevo Poder (que constituye “brotes de comunismo”, por usar la expresión de Lenin), fase en la cual están en condiciones de comprobar el antagonismo entre las relaciones sociales dominantes y sus intereses vitales e históricos.

En el momento en que el movimiento revolucionario de masas pierde fuerza, se extingue o es desviado de sus objetivos revolucionarios en el seno del Estado-comuna, las tendencias contrarrevolucionarias del revisionismo se desarrollan y se hacen fuertes hasta restaurar el capitalismo si no lo impide el Partido Comunista, el amplio y masivo movimiento revolucionario organizado.

En torno a los órganos de Nuevo Poder, soviets o consejos de obreros armados, debemos reparar en que la dialéctica complejidad ontológica y organizativa de los soviets se demuestra por su doble naturaleza: por un lado, los soviets o consejos de obreros armados son un nuevo poder proletario, un nuevo tipo de Estado, el embrión del Estado-comuna; por otro lado, los soviets constituyen la organización directa y propia de las masas proletarias, diferente de todo Estado y, desde el punto de vista histórico-tendencial, antagónica con la organización estatal en general. Con los soviets sucede lo que ocurre con las contradicciones insoslayables del Estado proletario: debe fortalecerse para combatir al revisionismo, a la burguesía más o menos latente durante el socialismo, pero ese fortalecimiento ha de ir encaminado a hacer desaparecer toda forma de Estado, de poder político, incluyendo por supuesto la democracia socialista. El Estado burgués se destruye, el Estado proletario se debilita hasta su total extinción. Pero no se debilita de forma natural (que es una idea subyacente total o parcialmente en el grueso de la vanguardia actual, y también en parte en el pensamiento de Lenin), sino tras un proceso de revolución ininterrumpida hasta el fin de toda forma de opresión de unos seres sobre otros.

El revisionismo, tan dado a desnaturalizar el marxismo para adecuarlo a su visión antidialéctica (propia de la aristocracia obrera y la pequeña burguesía radicalizadas), obvia que sin poder revolucionario de masas, es decir, sin Nuevo Poder armado y construido bajo la dirección del Partido Comunista, no hay posibilidad de generar Revolución, dado que

“(…) el nuevo poder no cae del cielo, sino que surge, crece a la par del viejo, en oposición al viejo poder, en lucha contra él. Sin la violencia contra los opresores, que tienen en sus manos instrumentos y órganos de poder, es imposible liberar al pueblo de los opresores (…) En tiempos de guerra civil, todo poder que haya resultado vencedor solo puede ser una dictadura (…) La noción científica de dictadura no significa otra cosa que un poder ilimitado no sujeto a ninguna clase de leyes ni absolutamente a ninguna clase de reglas y directamente apoyado en la violencia” (Lenin, El triunfo de los kadetes y las tareas del partido obrero, 1906).

Los consejos de obreros armados y las bases de apoyo de estos, que constituyen la médula espinal de la guerra civil revolucionaria (o Guerra Popular Prolongada), son de hecho el embrión de la dictadura proletaria. Y decimos embrión porque, pese a las diferencias que existen entre los primeros soviets creados por el Partido de Nuevo Tipo y los soviets que se desarrollan cuando el poder proletario ha destruido completamente el Estado capitalista en un territorio dado, los órganos de Nuevo Poder que constituye, potencia y extiende el Partido para confrontar la dictadura proletaria con la dictadura burguesa durante la defensiva estratégica, el equilibrio estratégico y la ofensiva estratégica son ya de hecho la dictadura del proletariado, aunque en un estado aún poco desarrollado. Veamos qué decía Lenin al respecto, ya en 1906:

“Los órganos descritos por nosotros eran, en germen, una dictadura, pues este poder no reconocía ningún otro poder, ninguna ley, ninguna norma, proviniera de quien proviniere. Un poder ilimitado, al margen de toda ley, que se apoya en la fuerza en el sentido más directo de esa palabra, es precisamente lo que se entiende por dictadura” (El triunfo de los kadetes y las tareas del partido obrero).

Continuando con el mismo escrito de Lenin, podemos preguntarnos en estos momentos: ¿en qué se apoyan los órganos del poder revolucionario, los órganos del Nuevo Poder?:

“(…) los nuevos órganos del nuevo poder (…) se apoyaba[n] en la masa popular (…) Este es un poder abierto para todos que lo hace todo a la vista de las masas, órgano directo de la masa popular y ejecutor de su voluntad. Tal era el nuevo poder popular” (14).

En contraste con estas posiciones, el revisionismo reniega en la teoría y en la práctica de la constitución de órganos de Nuevo Poder. A lo sumo, llega a la impostura de vender sus órganos sindicalistas como órganos de Nuevo Poder, cuando estos solo pueden considerarse tales a condición de que sean generados por el Partido (como parte de la tríada Partido-Ejército-Nuevo Poder/Frente) y de que constituyan la expresión del poder revolucionario, político-militar, de las masas proletarias. Dado que la concepción oportunista sobre la Revolución socialista es espontaneísta e insurreccionalista, al proletariado solo le queda, si continúa maniatado por esta visión, resignarse a generar un movimiento “de masas” desde lo sindical y económico, a la espera de que las condiciones “objetivas” sean propicias para “organizar la revolución” mediante una huelga general política y una insurrección. Es decir, para el revisionismo, el movimiento revolucionario no se genera fuera del movimiento espontáneo, sino dentro; además —como corolario lógico de esta premisa—, el proletariado tampoco debe constituir su propio Ejército Rojo para ir ampliando y consolidando, mediante la práctica de la Guerra Popular Prolongada, el poder revolucionario de la clase obrera. Esta posición demuestra el carácter antimarxista del revisionismo, que se niega a aprender de las lecciones históricas que nos ha legado la experiencia del movimiento comunista internacional, lo que lleva aparejado el desprecio hacia las aportaciones de Mao en torno a la teoría de la Guerra Popular o hacia la riquísima experiencia del PCP y su paradigma de construcción de un movimiento genuinamente revolucionario. Pero lo más llamativo no es que rechacen estos aportes (algo esperable del revisionismo, que es mecanicista y dogmático por naturaleza), sino que demuestren una ignorancia supina o un desinterés abierto hacia los mismos postulados de Marx, Engels o Lenin en torno a la guerra civil revolucionaria y al poder revolucionario. Veamos otro ejemplo que demuestra cómo Lenin entendió, aunque con las limitaciones referidas con anterioridad, la naturaleza del Nuevo Poder:

“¿Está bien que el pueblo aplique métodos de lucha ilegales, no reglamentarios, no regulares ni sistemáticos, tales como apoderarse de la libertad, crear un nuevo poder formalmente no reconocido por nadie y revolucionario, aplicar la violencia contra los opresores del pueblo? Sí, está muy bien” (El triunfo de los kadetes y las tareas del partido obrero).

En otro orden de cosas, podemos plantear que entre la burguesía y el proletariado, por una parte, y el Estado en general, por otra parte, hay una similitud y una disimilitud que deben ser comprendidas bien: la similitud consiste en que ambas clases necesitan un tipo determinado de poder estatal; la disimilitud tiene que ver con el hecho de que el proletariado, al ser la primera clase dominante que tiene como fin histórico acabar con las clases sociales, necesita destruir toda forma de poder político, estatal.

Por otro lado, hay que ser conscientes de que la deformación burocrática de la que hablaba Lenin al analizar el recién creado Estado soviético es consustancial a todo Estado, a la división del trabajo que lo sustenta. Por tanto, es en el propio Estado obrero donde se inserta la contradicción principal. La contradicción entre el socialismo y el imperialismo no es de hecho externa, sino interna (primeramente porque es una forma bajo la cual se desarrolla el antagonismo entre capital y fuerza de trabajo, y en segundo lugar porque no se pueden comprender ambas categorías, si es que se pretende ser marxista, como si fueran entidades separables, como si pudieran manifestarse de forma pura). Y, dado que es a través de las contradicciones internas como se manifiestan las contradicciones externas, es una desviación revisionista y mecanicista plantear que los enemigos del socialismo no provienen principalmente del Estado proletario, del aparato productivo-administrativo socialista y de la dirección del propio Partido Comunista.

Otro aspecto que consideramos que debe ser clarificado es el de relación entre la dictadura del proletariado y las instituciones representativas. Es falso decir que el marxismo-leninismo se opone a la democracia representativa en abstracto. A lo que se opone es a las instituciones representativas propias de la democracia burguesa, pero, como Lenin apuntó correctamente:

“Sin instituciones representativas no puede concebirse la democracia, ni aun la democracia proletaria; sin parlamentarismo, sí puede y debe concebirse, si la crítica de la sociedad burguesa no es para nosotros una frase vacía” (Lenin, El Estado y la revolución).

Dicho lo cual, recordemos que la dictadura proletaria no es el “tránsito” del capitalismo al comunismo sin más (esta es una visión metafísica, revisionista y mecanicista del socialismo). Sí, el Estado de dictadura proletaria es el periodo de transición del capitalismo al comunismo, pero es también el socialismo como periodo histórico de revolución que necesariamente debe ser ininterrumpida y que debe profundizar la lucha de clases hacia la sociedad comunista. La dictadura proletaria es la realidad de la tendencia histórica que empieza desarrollándose dentro del capitalismo con la creación y la extensión del Nuevo Poder (un poder que no cae del cielo), con el desarrollo del movimiento revolucionario desde la fase de defensiva estratégica hasta la fase de ofensiva estratégica.

Una definición claramente unilateral, errónea y oportunista del socialismo es aquella que lo concibe como una ecuación en la que solamente habría que sumar la propiedad estatal de los medios de producción y el poder político del proletariado, haciendo abstracción de la necesaria lucha de clases en el socialismo con el objetivo de eliminar las bases materiales de la sociedad de clases. Atendiendo al punto de vista revolucionario, el socialismo no es ni puede ser en ningún caso una sociedad sin clases (o con clases aliadas, “no antagónicas”, como planteaba erróneamente Stalin). En el socialismo está en proceso de desaparición la estructura clasista de la sociedad, pero, puesto que perduran las bases materiales de las clases sociales, solamente existe tal proceso de desaparición de las clases a condición de una aguda lucha de clases contra los intereses y la línea de la burguesía que sigue persistiendo en el nuevo Estado, en el aparato económico y administrativo, etc. (15)

Por tanto, el socialismo no es, como planteaban los oportunistas Kautsky y Plejanov (o como postula el revisionismo actual), un modo de producción histórico propio o una forma socioeconómica independiente del capitalismo. Porque, en palabras de Marx, de lo que aquí se trata “no es de una sociedad comunista que se ha desarrollado sobre su propia base, sino, al contrario, de una que acaba de salir precisamente de la sociedad capitalista y que, por tanto, presenta todavía en todos sus aspectos, en el económico, en el moral y en el intelectual, el sello de la vieja sociedad de cuya entraña procede” (Crítica al programa de Gotha) (16).

Veamos la forma dialéctica en que Lenin concibió el Estado proletario, socialista, durante el periodo de transición entre el capitalismo y el comunismo:

“Resulta, pues, que bajo el comunismo (17) no solo subsiste durante cierto tiempo el derecho burgués, sino que subsiste incluso el Estado burgués ¡sin burguesía!” (El Estado y la revolución).

Esta última idea es especialmente interesante, puesto que demuestra que para Lenin la instauración definitiva de la dictadura del proletariado en un territorio determinado no podía suponer por sí misma la erradicación de las relaciones sociales burguesas. Sin embargo, según la lectura evolucionista y mecanicista de la teoría revolucionaria (lectura que demuestra que el revisionismo es incapaz de pensar la materia social en términos de movimiento, contradicción y tendencias), el socialismo y el comunismo son solo dos fases sucesivas en las que el desarrollo socialista de las fuerzas productivas, la tecnificación masiva y la “firmeza” ideológica bastan para llevar al proletariado a la victoria. Los hechos históricos relacionados con el triunfo del revisionismo en los Estados de dictadura del proletariado han impugnado claramente esta tesis mecanicista y antimarxista. Otra cuestión es que el oportunismo, que se niega a hacer un balance marxista del marxismo, tenga intención de comprender cabalmente esto.

Sobre la relación entre el capitalismo de Estado proletario y el socialismo, recordemos lo que dijo Lenin al respecto:

El socialismo no es más que el monopolio capitalista de Estado puesto al servicio de todo el pueblo y que, por ello, ha dejado de ser monopolio capitalista” (Lenin, La catástrofe que nos amenaza…, Cartago, t. XXV, p. 389 [348-349]).

Por consecuencia, para acabar con las contradicciones del capitalismo monopolista de Estado no hay alternativa que no pase por la Revolución socialista. Y, para acabar con el capitalismo de Estado existente durante la dictadura del proletariado, no hay otra solución que no pase por profundizar la Revolución socialista mediante la lucha ideológica y política del Partido Comunista contra el revisionismo, contra esa burguesía burocrática que permanece siempre en estado más o menos latente durante el desarrollo del socialismo. Como sostuvo Lenin:

“El desarrollo progresivo, es decir, el desarrollo hacia el comunismo, pasa por la dictadura del proletariado, y solo puede ser así, ya que no hay otra fuerza ni otro camino para romper la resistencia de los explotadores capitalistas” (El Estado y la revolución).

En conclusión, la propiedad estatal de los medios de producción es condición necesaria pero no suficiente en el socialismo. Y esto es así porque hasta que no se llega plenamente a la fase superior del comunismo no hay una apropiación integral de los medios de producción por parte de la clase obrera, sino que tal apropiación continúa siendo formal y no permite aún suprimir completamente la separación de la fuerza de trabajo y del control real de los medios de producción. La dictadura del proletariado, entonces, tiene como fin supremo la revolución ininterrumpida hasta la autoemancipación total de toda la Humanidad explotada.

Notas

(1). El oportunismo ortodoxo actual, que suele hacer ascos a todo lo que tenga que ver con la teoría de vanguardia como rectora del proceso de construcción concéntrica del movimiento revolucionario, olvida a esos clásicos a los que tanto apela cuando se desentiende de la perentoria necesidad de acometer con éxito el Balance del Ciclo de Octubre. Reparemos en lo que, según Lenin, hicieron los marxistas rusos tras la experiencia revolucionaria de 1905: “En Rusia, tanto los bolcheviques como los mencheviques, inmediatamente después de la derrota de la insurrección armada de 1905, realizaron el balance de esta experiencia” (Lenin, Contribución a la historia del problema de la dictadura [1920]).

(2) Precisemos que el proletariado no es en absoluto una clase totalmente homogénea. Tampoco es inmutable ni tiene ningún porvenir revolucionario escrito en su ADN, como defiende el revisionismo obrerista. Por el contrario, para que sea una clase revolucionaria debe poner en marcha su propio poder, lo que se consigue con la unión de los elementos que portan la ideología revolucionaria (vanguardia teórica) y de los elementos que encabezan los movimientos espontáneos de las masas obreras (vanguardia práctica).

(3) Un peligro que —conviene aclarar esto las veces que hagan falta— no se activa cual resorte de una determinada pieza, sino que solo puede ser generado por un movimiento revolucionario organizado.

(4) “La instauración inmediata de la dictadura como único medio de realización de la democracia” (Marx, Nachlass (Herencia [literaria]). Esta afirmación expresa con gran nitidez el carácter de clase de la democracia y la dictadura, algo que niega el reformismo, para el cual la democracia sería una forma social neutra y pura, cuyo carácter de clase moderno (burgués o proletario) puede ser moldeado en función de la acción de partidos políticos y fuerzas sociales que operen desde dentro del Estado burgués para su reforma gradual.

(5) En cuyo seno, evidentemente, pueden tejerse distintas alianzas entre fracciones dominantes. De hecho, la configuración del Estado imperialista no sería tal sin la participación política conjunta (y variable en función de la correlación de fuerzas y de la coyuntura política) del gran capital, la burguesía media, la pequeña burguesía y la aristocracia obrera en el aparato estatal capitalista. Otra cuestión es la evolución que este bloque de clases dominantes está sufriendo en los últimos tiempos, evolución espoleada sin duda por la gran crisis económica capitalista que aún padecemos, que ha traído aparejada una ofensiva considerable de la oligarquía financiera.

(6) “Mientras existe el Estado no existe libertad. Cuando haya libertad no habrá Estado” (Lenin, El Estado y la revolución). Por otro lado, no debemos olvidar que el mismo Lenin, en la obra precitada, señaló que “Engels aconseja a Bebel (…) borrar completamente del programa la palabra Estado, sustituyéndola por la de ‘comunidad’”. También Marx optó por denominar “Estado-comuna” al Estado proletario, así como Engels llegó a hablar de semiestado para diferenciar el nuevo Estado revolucionario del Estado capitalista, todo lo cual demuestra el carácter dialéctico del Estado para el marxismo.

(7) En Una gran iniciativa, Lenin defendió que la dictadura proletaria no implicaba solo ejercer violencia sobre los explotadores, sino algo de mucho mayor calado transformador: “La dictadura del proletariado (…) no es solo el ejercicio de la violencia sobre los explotadores, ni siquiera es principalmente violencia la base económica de esta violencia revolucionaria. La garantía de su vitalidad y éxito está en que el proletariado representa y pone en práctica un tipo más elevado de organización social del trabajo que el capitalismo. Esto es lo esencial”.

(8) Podemos definir el aparato de Estado como su organización material, el resultado histórico de la división social del trabajo, base de la existencia de las clases sociales. Sin esta organización material no cabe concebir la existencia de ningún tipo de Estado.

(9) El campo del oportunismo es hoy amplio y variado, y en él confluyen tanto elementos que forman parte integrante del Estado burgués, que incluso reniegan abiertamente de la dictadura del proletariado (el eurocomunismo o el reformismo pequeñoburgués en sus distintas variantes son sus grandes paradigmas), como el revisionismo, que es de hecho el más nocivo del campo oportunista por seguir compartiendo formalmente y de boquilla algunos preceptos básicos del marxismo tales como la necesidad del Partido o del derrocamiento violento del poder burgués. Para nosotros, distinguir pertinentemente una categoría oportunista de otra es imprescindible para conocer a nuestro enemigo, para completar con éxito el proceso de reconstitución del comunismo (aunque, por supuesto, no existe una frontera inexpugnable entre el reformismo y el revisionismo). Por otro lado, esta posición ya estuvo muy presente en Lenin, quien, en su Contribución a la historia del problema de la dictadura (1920), planteó lo siguiente:  “(…) no solo todos los oportunistas y reformistas, sino también todos los ‘kautskianos’ (gentes que vacilan entre el reformismo y el marxismo)”. Dentro del movimiento comunista internacional en general y del Estado español en particular, la hegemonía la siguen ostentando aún los kautskianos, las “gentes que vacilan entre el reformismo y el marxismo”. De ahí la importancia crucial de esta diferenciación ideológica y política.

(10) Véanse estas dos reflexiones de Lenin (sobre todo la segunda): “(…) sólo en el curso de una larga y terrible lucha, la dura experiencia de la vacilante pequeña burguesía la llevará, después de comparar la dictadura del proletariado con la dictadura de los capitalistas, a la conclusión de que la primera es mejor que la segunda (Obras completas, Akal, tomo XXXII, pp. 253 y 259); “Imaginar que la revolución social es concebible sin las revueltas de las naciones pequeñas en las colonias y en Europa, sin los estallidos revolucionarios de una parte de la pequeña burguesía con todos sus prejuicios, sin el movimiento de las masas proletarias y semiproletarias sin consciencia de clase contra la opresión de los terratenientes, la iglesia, la monarquía, las naciones extranjeras, etc. —imaginar eso significa repudiar la revolución social—. Sólo aquellos que se imaginan que en un lado se alineará un ejército y dirá: ‘Estamos por el socialismo’, y en el otro lado otro ejército dirá: ‘Estamos por el imperialismo’, y que así será la revolución social… Quien espere una revolución social ‘pura’ nunca vivirá para verla. Tal persona pregona la revolución sin entender lo que es la revolución” (Obras escogidas, tomo V).

(11) Sobre este particular, remitimos a nuestro estudio monográfico sobre Stalin, las clases sociales y la restauración del capitalismo.

(12) En este sentido, llama la atención comprobar cómo el hilo del evolucionismo-productivismo revisionista conecta tanto al marxismo “ortodoxo” como al trotskismo o a la “izquierda comunista”. Esto demuestra que el derechismo, el centrismo y el “izquierdismo”, pese a la fraseología que puedan emplear, no asumen ni comprenden la cosmovisión revolucionaria, proletaria.

(13) “Esto es solo la mitad del trabajo; es poco vencer a la burguesía, terminar con ella; hay que obligarla a que trabaje para nosotros” (Lenin, XXXIII, 295 [265], Cartago); “[de lo que se trata es de] construir el comunismo con manos no comunistas” (Lenin, XXXIII, 296 [266], Cartago).

(14) Además, Lenin siempre dejó meridianamente claro el potencial revolucionario de las masas guiadas por su Partido. Así lo hizo en El Estado y la revolución: “(…) los obreros armados son gente práctica y no intelectualillos sentimentales, y será muy difícil que permitan que nadie juegue con ellos”.

(15) Es erróneo pensar que solo la pequeña producción engendra tendencialmente relaciones capitalistas, puesto que estas también se reproducen y se hacen fuertes en el seno del aparato estatal (con una ideología burguesa, revisionista, que sigue estando presente, y a la que hay que combatir sin cuartel desde la lucha entre dos líneas, por mucho “cierre de filas” que pregone el revisionismo ortodoxo con su típica visión estrecha y metafísica de lo que este entiende por “revisionismo” u “oportunismo”) y en la división social entre trabajo manual y trabajo intelectual que se reproduce dentro del aparato productivo estatal, una división que genera unas relaciones sociales determinadas que no pueden ser abolidas por decreto. Si bien en Lenin ya encontramos limitaciones en este sentido, es en el revisionismo “ortodoxo” donde observamos cómo se contempla de forma totalmente lineal la restauración capitalista en un Estado proletario, a nivel interno, solamente desde la vía de la pequeña producción o de la producción no ligada directamente a las unidades productivas del Estado socialista.

(16) “Cuando lo nuevo acaba de nacer, tanto en la naturaleza como en la vida social, lo viejo siempre sigue siendo más fuerte durante cierto tiempo” (Lenin, Una gran iniciativa).

(17) Comunismo referido al socialismo (considerada por Marx la fase inferior de la sociedad comunista), no a la fase superior, no al comunismo propiamente dicho, es decir, al periodo histórico de la Humanidad en que ya no existe opresión de clase, de género, etc.

Revolución o Barbarie

Diciembre de 2014

El PCE y la Internacional Comunista durante los años 20 y 30

1El documento que os presentamos a continuación se enmarca en la labor de síntesis de la historia del movimiento comunista internacional. Quienes apostamos por la Línea de Reconstitución hemos de transmitir en todo momento a la vanguardia ideológica la necesidad de realizar el Balance del Ciclo de Octubre con el propósito de estudiar sus errores y limitaciones y de volver a colocar el marxismo—leninismo como el gran referente hegemónico de la vanguardia de nuestra clase.

Más en concreto, este trabajo pretende seguir arrojando luz sobre la historia del movimiento comunista en el Estado español y las influencias que ejerció sobre él la Internacional Comunista. En lo que concierne a la historia del PCE —un Partido que, como explicaremos más adelante, careció desde el principio de un proceso de constitución de Partido de Nuevo Tipo al estilo del POSDR (b)—, consideramos que aún está pendiente profundizar en el estudio marxista—leninista de su evolución y, especialmente, de su línea y programa desde que se fundara en 1921 hasta que comenzara la Guerra Civil española.

Dado que en otro documento nuestro ya analizamos el papel jugado por el PCE desde mediados de los 30 hasta, principalmente, el final de la Guerra Civil (“El fascismo y el papel de la Internacional Comunista y el PCE durante la Guerra Civil española”), en este texto hemos decidido investigar el periodo que va desde su fundación hasta la consolidación de lo que serían las líneas maestras de la organización tras las directrices dadas por la Internacional Comunista en su VII Congreso, celebrado en agosto de 1935, centrándonos principalmente en la etapa de 1930-1935, por ser estos cinco años los más interesantes en cuanto a la consolidación de la línea frentepopulista del PCE, representada por José Díaz.

Al final del presente trabajo podréis encontrar, en el anexo I, las bases programáticas del Partido Comunista Español, de 1920, un documento nítidamente marxista—leninista que sirve como prueba de lo alejado que estuvo uno de los embriones del PCE de la ulterior involución abiertamente revisionista que sufriría la organización. Por último, hemos elaborado un anexo, centrado en la cuestión de Marruecos y las limitaciones de la II República burguesa española, que esperamos que contribuya a asentar una posición revolucionaria sobre este complejo asunto.

Enlace de descarga del documento completo.

Entre dos reinados… y dos ciclos revolucionarios (Nueva Praxis)

1           Un interregno político dentro de un interregno histórico. Este podría ser el titular con el que sintetizar el panorama sociopolítico de estas semanas en el Estado español. La abdicación del desgastado monarca (y no nos referimos aquí exclusiva ni principalmente a su estado de salud) llega cuando el Movimiento Comunista Internacional (MCI), al igual que el patrio, sigue totalmente desubicado ideológica y políticamente, como así lleva siendo las últimas décadas.

          Y aunque la línea proletaria (1) avanza y se desarrolla de forma positiva y esperanzadora, cualitativa y también cuantitativamente, el comunismo dominante, el revisionismo, continúa siendo lo hegemónico en nuestro movimiento; cosa palpable, ésta, si oteamos el estrecho horizonte que se autoimponen la mayoría de los destacamentos comunistas, escudándose (¡cómo no!) en la coyuntura, pero, eso sí, siempre en nombre de la revolución a la que han renunciado de antemano.

          No deja de ser, pues, paradigmática -e igualmente lamentable- la pasmosa facilidad con la que los partidos y destacamentos revisionistas, radicalizados tras la crisis, recuperan sus veleidades republicanas y desempolvan las concepciones etapistas que nunca abandonaron. Y es que una simple abdicación -aunque compleja (¿o, quizá, complicada?) por su contexto- ha servido para dar al traste con todos esos novísimos programas emanados de ciertos históricos congresos; para trocar, triste y muy irónicamente, a ese antirrevisionismo revisionista y dogmático en su contrario (¿o deberíamos decir aquí, más bien, su archienemigo)?; y para que el más descarado oportunismo, ahora en su salsa, sobreinterprete su hediondo papel hasta lo tragicómico. (2)

          Pero no desesperemos aún. Lo cierto es que el polo revolucionario de nuestro movimiento, el que apuesta por la reconstitución ideológica y política del Comunismo, no podía sino prever lo inevitable del titubeo del revisionismo ante escenarios ligera y sólo relativamente novedosos. Y es que el Movimiento Comunista del Estado español (MCEE), así como el MCI, sólo puede actuar en tanto que malogrado apéndice de alguna de las fracciones de la clase burguesa, al menos mientras no apueste consecuentemente por restituir al marxismo como teoría de vanguardia.

          Y si a este panorama de efervescencia tricolor le sumamos la decisión con la que, al menos aparentemente, ha irrumpido en el panorama político el partido del corifeo televisivo de moda, podemos imaginar la total vacilación con la que el revisionismo encarará los próximos acontecimientos; pues, como vertiente y expresión radicalizada de la aristocracia obrera, las organizaciones aspirantes a partido obrero de viejo cuño se ven ahora en un brete: o rebajan aún más (pero… ¿es esto posible?) sus objetivos inmediatos -aunque manteniendo cierta independencia respecto a otros discursos más diluidos-; o, por el contrario, participan o se integran de algún modo, como buenos oportunistas, en las estructuras de moda que parecen tener un reluciente futuro medido, como no podía ser de otra forma en el terreno de la política burguesa, en poltronas. De no adaptarse (léase doblegarse) a la realidad (léase lo inmediatamente sensible -y, por tanto, lo único posible… para ellos-) estos destacamentos perderían, casi de un plumazo, la exigua base social con la que cuentan y, obviamente, habrían de olvidarse también de toda potencial nueva clientela, sea ésta sindical, electoral, o de ambos tipos.

          Pero el marxismo revolucionario no conoce de inmediatismos. (3) Tampoco de posibilismo ni de estéril practicismo. Cualquier forma de espontaneísmo político es, al mismo tiempo, causa y consecuencia de la incapacidad de intervención en sentido revolucionario de los comunistas. Es un callejón sin salida; un eterno bucle en el que se repiten una y otra vez los errores ya cometidos y -por si esto fuera poco-, además con mayor ingenuo y criminal entusiasmo en cada ocasión.

       Y todo esto es, a su vez, producto de la asimilación acrítica de un determinado paradigma que, por caduco e incuestionado, requiere para su dogmático sostén la absoluta renuncia a los principios en cuyo nombre se erige.

       La solución pasa entonces, precisamente, por esforzarse en nadar contracorriente, preservando y defendiendo los objetivos clasistas y revolucionarios, y remontar -para no ahogarnos en él- el amoratado río interclasista que desemboca, necesariamente, en la derrota del proletariado revolucionario.

      Pero veamos un poco más de cerca lo ridículo del pragmático proceder del revisionismo.

Arrepublicanados… ¿otra vez?

       Como decíamos, el espontaneísmo político es lo que prima en nuestro movimiento. Y no podía ser de otra manera. Las concepciones empiristas que reinan en el MCEE son, aparte del legado recogido por pura inercia del pasado ciclo revolucionario, el sello ideológico que garantiza la subordinación de los comunistas a la burguesía. La cuestión es sencilla de resumir: si partimos exclusivamente del movimiento inmediatamente dado, espontáneo, como eje de la acumulación de fuerzas de masas, nos veremos obligados a sustituir (o a conciliar) las necesidades del proletariado revolucionario por las del susodicho movimiento. Y como lo espontáneo sólo puede generar conciencia en sí, y ésta es la conciencia reaccionaria del proletariado, terminaremos haciendo política burguesa en sindicatos, plataformas y parlamentos en nombre de la revolución socialista.

     Demostremos cómo se materializa esto en los diferentes destacamentos revisionistas.

         En primer lugar, el PCPE, ante el problema de la sucesión, llama a levantar la más amplia movilización popular contra este descarado intento de perpetuar la dominación burguesa en España (4). Y al ser incapaces de crear por sí mismos tal movilización de masas, habrán de introducirse subrepticiamente en el movimiento realmente existente para parasitarlo a golpe de cántico y bandera. Por eso mismo, a pesar de la altanería con la que presumían de haber abandonado la defensa de etapas intermedias -democrático-burguesas- antes de la revolución socialista (cuyo contenido únicamente puede materializarse como Dictadura del Proletariado), vienen ahora a proponernos… ¡un programa democrático inmediato (5)! ¡Vuelven las veleidades antimonopolistas que decían, orgullosamente, haber dejado atrás!

          Y todo esto, como si no tuviéramos ya bastante, acompañado de una nefasta epicidad (que sólo mueve a risa) al apelar a esa supuesta partida que -el capitalismo español, dicen-  juega a la desesperada contra la Historia. Pues no, señores. La Historia no va tumbar al capitalismo. Lo hará, precisamente, la lucha consciente del proletariado revolucionario, del que, por cierto, ustedes no forman parte. En el mismo sentido, y envuelto en un indigesto idealismo subjetivo, consideran que las clases dominantes han fracasado y que ahora nos toca a nosotros. Dígannos, se lo suplicamos, en qué han fracasado exactamente las clases dominantes del Estado español. ¿Acaso su misión, en tanto que corporeización del capital, es emancipar o asegurar siquiera una existencia digna al proletariado? Este tipo de alocuciones sólo tienen un posible sentido, profundamente arraigado en el subsconsciente revisionista y velado entre fraseología seudorevolucionaria, y es que el PCPE -insistimos, como ala radicalizada de la aristocracia obrera- considera un fracaso la gestión monopolista del capitalismo… y pretende cooptar a ella dando a su fracción de clase una parte más justa del pastel imperialista en que aspira a sustentar su propia existencia como partido. Pues, como veremos, buena parte de las fuerzas de la izquierda extraparlamentaria están dejándose la piel… ¡en poner su granito de arena para la reestructuración del capitalismo español! Pero sobre este punto volveremos después.

        No obstante, a este respecto es similar el caso de Reconstrucción Comunista (RC). Esta organización revela sus más inconfesables instintos etapistas al abordar la abdicación del rey. Veamos uno de los párrafos finales de su comunicado:

          “Queremos un cambio transformador, no una república con Rajoy o Rubalcaba de presidentes. Queremos una república federal, popular y obrera. Encaminada al socialismo.” (6).

          ¡Ironías de la vida! No entraremos, al menos en esta ocasión, a valorar la opción federalista que defienden con tanta porfía, pues daría, probablemente, para un escrito aparte. Ya tendremos ocasión de hacerlo cuando abordemos la cuestión nacional.

        Pero sí nos parece inevitable, leyendo las líneas citadas, esbozar una sonrisa sarcástica. A esto nos referíamos más arriba al decir que cierta tendencia se convertía, irónicamente, en su archienemigo más que en su contrario. Y es que el antimaoísmo local, cuya punta de lanza es, sin duda, RC, tiene uno de sus argumentos estrella en la -infundada- denuncia de la Nueva Democracia como una aberrante desviación interclasista, es decir, conciliacionista. Pues bien, estos mismos señores abogan por una república… ¡encaminada al socialismo! En otras palabras: a diferencia de las revoluciones neodemocráticas, que son revoluciones burguesas de nuevo tipo dirigidas por Partidos Comunistas en países semifeudales y/o semicoloniales, RC nos propone una revolución burguesa de viejo tipo, ¡en un país imperialista y sin, siquiera, el concurso del Partido Comunista! De poco sirven las previsibles excusas que pongan para explicar esto; si una república está encaminada hacia el socialismo, es que no es socialista. Y, teniendo en cuenta que el contenido fundamental del socialismo es la Dictadura revolucionaria del Proletariado -y que, evidentemente, no dicen ni una palabra acerca de ello-, podemos concluir que proponen el mismo absurdo que el resto de organizaciones revisionistas: identifican teóricamente la revolución necesaria en el Estado español como indefectiblemente socialista, pero eso no les impide apostar, en la práctica -y de manera oportunista- por formas intermedias y democrático-burguesas de transición hacia el socialismo.

       ¿Quién es, pues, el que disocia aquí teoría y práctica?

       Pero RC no está sola en tamaña reaccionaria empresa. Como hemos demostrado, en el mismo sinsentido cae, por ejemplo, el PCPE, aunque sea éste, conscientemente, mucho más ambiguo al expresarse. En idéntica contradicción sucumbió el programa del PCE(r). Y el inefable PTD, ahora con un plus de oportunismo tras su unidad con los renegados de la UP y los exCJC-CLM, aun con una práctica política mucho más timorata, nos plantea la misma ridícula vía hacia la república democrática previa al socialismo.

        El caso de éste último (el PTD), merece mención aparte. Ya desmontamos su línea política, en sincronía con los camaradas de las Juventudes Comunistas de Almería y Zamora, hace escasos meses. (7) Pero su nefasta deriva se aceleró, precisamente, tras el proceso de unidad por el que pasaron. Dicen ahora, y sin aparente sonrojo, que las fuerzas vivas del pueblo (!) derribaron (!!) en las urnas (!!!) a los sirvientes de la oligarquía financiera y multiplicaron sus apoyos a los partidos políticos que exigen democracia para la mayoría (¡sic!) (8). Eso es, democracia para la mayoría… ¡de las fracciones burguesas no monopolistas! Además, y en consonancia con lo anterior, su horizonte queda limitado a la petición de un referéndum para elegir la forma del Estado burgués español.

       ¡Por una dictadura burguesa… pero democrática y plebiscitaria! Tal podría ser el grito de guerra de esta gente. Consideramos que huelga explayarse más sobre estos señores. Lo que creímos oportuno apuntar ya fue dicho en el documento citado; y toda la predisposición de cara al debate que mostraban no compensa ni por asomo una línea política criminal como la que practican.

        Sin embargo, hay otro rasgo significativo en todos estos comunicados. Toda forma de oportunismo confluye en algo: el culto a la espontaneidad. Y todas las organizaciones con las que aquí hemos confrontado coinciden, precisamente, en diagnosticar el momento actual como una excelsa oportunidad: para el PTD, es la hora del pueblo (9); para el PCPE ahora es nuestro turno (…)  y nos corresponde ahora (…) coger el timón de nuestro futuro (10); y muestra de ello es también el PCOE, que cree que la abdicación es el principio del fin (11) y que el pueblo ha logrado subir varios peldaños en su concienciación (12).

       ¡He ahí el quid de la cuestión! Todos nuestros revisionistas, anclados a la pura inmediatez para ganarse a las amplias masas, no pueden sino apelar a su espontaneidad, azuzada por los acontecimientos políticos en los que no participan de forma independiente y revolucionaria, sino dependiente (de determinadas fracciones burguesas) y reaccionaria. Por esto ven en cada crisis económica, curiosamente, el momento adecuado para dar un barniz de radicalidad a sus programas; por esto, también, carecen de toda iniciativa y dependen de un panorama político externo que no pueden transformar, intentando aprovechar cualquier conato de inestabilidad del Estado o las pugnas interburguesas para, ahí sí, ponerse manos a la obra y hacer política recogiendo el descontento (o intentándolo) de ciertos sectores subalternos de la clase dominante. Lástima que esto sea, precisamente, política burguesa, reaccionaria.

         Paralelamente, y como muestra magistralmente la última frase citada del PCOE, se ve la concienciación de las masas como un problema puramente cuantitativo. Es decir, entre la conciencia en sí y la conciencia para sí no hay, según ellos, ningún abismo; la segunda es consecuencia de la progresiva sublimación de la primera. Por eso la expresan como gradación, como simple yuxtaposición de peldaños subidos. Por el contrario, los comunistas revolucionarios sabemos que entre una  y otra media todo un salto cualitativo, que no puede darse sino a través de la revolucionarización de la conciencia de sectores cada vez más amplios del proletariado y siempre desde la iniciativa de la vanguardia. (13)

¿Etapas de transición… hacia períodos de transición?

Toda esta incomprensión de los mecanismos, requisitos y necesidades de la revolución repercute fatalmente en su línea política. Como hemos visto, a la hora de la verdad todos intentan subirse al tren de la espontaneidad, proponiendo, la mayoría, esas etapas de transición hacia el socialismo. Pero esta simple formulación demuestra palmariamente que tampoco han comprendido lo que es el socialismo.

          Veamos qué decía Marx al respecto:

       “Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la  d i c t a d u r a   r e v o l u c i o n a r i a   d e l   p r o l e t a r i a d o.” (14)

         En efecto, el socialismo es ya un período político de transición, en forma de dictadura proletaria, que transforma revolucionariamente la sociedad capitalista edificando conscientemente el comunismo. Por lo tanto, carece de sentido la apuesta de nuestros revisionistas, que ven necesaria una etapa democrática de transición entre el capitalismo y el socialismo. La cuestión es realmente evidente: si todo Estado es clasista y no es factible imaginar uno al margen o por encima de las clases, al apostar por uno intermedio -poco importa que se le adjetive como obrero y/o popularprevio a la Dictadura del Proletariado pero posterior a la forma actual de dictadura burguesa, se está propugnando una simple reforma -más o menos profunda- del Estado burgués. ¡Qué forma más barata de hacer oportunismo!

         Pero toda esta confusión no es casual, sino causal. Y es que todas estas organizaciones han renunciado, implícita o explícitamente, a dotar al proletariado de los instrumentos con los que éste pueda ser un sujeto político independiente y revolucionario. Porque todos los aquí nombrados, excepto el PCPE (15), reconocen la inexistencia, en el Estado español, de Partido Comunista. No obstante, esta circunstancia no parece ser óbice para que su actuar político sea trazado como si, efectivamente, ellos fueran el PC. ¿Cuál es el resultado de que organizaciones –desprovistas además de teoría revolucionaria– que sólo agrupan a pequeños círculos de vanguardia se lancen a por las amplias masas por su cuenta y riesgo y sin un Plan político amplio y audaz? No hará falta ser un gran conocedor del panorama político local para imaginarse el despropósito. Pues, como imaginará el lector, el diagnóstico es claro: un cúmulo de siglas, cuyas diferencias son más bien escasas, luchan entre sí por copar la dirección del movimiento espontáneo. Pero las masas entienden bien que para resistir no necesitan discursos, folclore ni parafernalia comunista. Por eso el rechazo es lógico: para parar un desahucio no es menester una bandera de los CJC; una asamblea universitaria no necesita saber de Hoxha para organizar una jornada de huelga; las asociaciones de vecinos no sienten la necesidad de pasar a llamarse FUP porque lo diga un partido marginal.

En este sentido, y aunque solemos ser nosotros los tildados de monasteriales, podríamos decir que la praxis a la que apelan todos los oportunistas se puede resumir en la locución latina ora et labora; es decir, su concepción de la práctica viene determinada por una relación más mística y religiosa que ideológico-política con la teoría; el rezo, aquí, consiste en la huera repetición de aquello que, creen, son verdades indiscutibles del marxismo-leninismo. No en vano, no dejan de sermonear a las masas con dichas verdades reveladas y se esfuerzan en convertir a los herejes que blasfeman contra tal o cual dogma de fe al que rinden culto, por cierto, sin ningún resultado positivo.

       Conviene apuntar, también, que a este respecto poco importa el contenido concreto de las verdades que proclaman por doquier. Bien podrían sustituir sus consignas etapistas por otras socialistas (como, con la ambigüedad antedicha, intenta el PCPE) sin que el problema de fondo hubiera sido solucionado. Y es que no se trata, como decimos, de proclamar la necesidad de la revolución. Se trata de ejecutar las tareas que nos permitan ir hilando cada etapa de la revolución con la subsiguiente. En otras palabras, al ser los fines los que determinan los medios, hemos de trabajar por cumplir los objetivos que nos permitan concatenarlos con otros más elevados y siempre en función de estos últimos. En ese sentido, se reconstituye la ideología -sintetizando la práctica social pasada- como medio para poder hegemonizar la vanguardia teórica; construimos la vanguardia comunista para poder ganarnos a la vanguardia práctica y, así, reconstituir el Partido; se reconstituye el Partido para desarrollar la Guerra Popular; ésta se ejecuta en función de la creación de Nuevo Poder; etc… Y todo esto, obviamente, como fases del movimiento que va realizando el Comunismo y subordinadas a éste objetivo final -hasta su victoria total, que depende de la lucha de clase revolucionaria del proletariado y no de ninguna fatalidad histórica, como quieren hacernos creer diferentes organizaciones revisionistas.

Como vemos, nada tiene que ver el ecléctico proceder del revisionismo, siempre a la zaga de los acontecimientos, con una verdadera táctica-Plan consciente como la que acabamos de delinear, que discurre a iniciativa de la vanguardia, y que es la única base sólida y coherente sobre la que edificar un proceso revolucionario.

      Si estas personas quieren realmente luchar por el socialismo, deberían replantearse su praxis política. Después de que infinitas siglas lleven décadas intentando dirigir el movimiento espontáneo, ¿cuántos éxitos revolucionarios se han conseguido? Absolutamente ninguno. Lo mismo es, en definitiva, la fracasada y absurda lucha por la República Democrática ya sea mediante el reformismo armado o el pacato economicismo. Lenin ya demostró las idénticas bases de ambas desviaciones. Y es que el socialismo no llega, se construye.

           Pero para poder construirlo hay que saber cómo. Y esto es lo que obvian estas organizaciones, al omitir toda referencia a la Dictadura del Proletariado en contraposición a la dictadura de la burguesía (se dé ésta en su forma monárquica o republicana); mencionan o dejan caer la cuestión del poder obrero, pero esto es más un mantra (la versión radicalizada del poder popular) que una alusión al indispensable -y para ellos desconocido- Nuevo Poder; y, por último, hablan de revolución pero continúan obstaculizando la reconstitución del único organismo social capaz de llevarla a cabo -el Partido Comunista- al dar la ideología por supuesta y negándose a poner al marxismo, de nuevo, a la altura de las circunstancias históricas. ¡Parece valer más para nuestros dogmáticos una concepción estereotipada del marxismo y una práctica ciega que la revolución! ¡Allá ustedes, pues!

        Hay, por tanto, que abandonar toda veleidad masista y afrontar las cuestiones candentes de la revolución; esto es, hoy, afrontar las problemáticas y las necesidades ideológicas de la vanguardia. Es necesario recapitular y cuestionarse toda esa práctica ciega; hemos de entender el momento histórico que vivimos y encarar con decisión el trabajo que tenemos por delante, que no es, precisamente, poco.

¿Proceso constituyente? ¡Reconstitución comunista!

           Mientras escribimos las presentes líneas, en el Parlamento se vota, con holgada mayoría, a favor de la Ley Orgánica que ha de regular la abdicación del rey. Parece que ésta, aun estando prevista desde hace algunos meses, se ha precipitado, entre otras cosas, por los resultados electorales europeos. Pues lo que para algunos es un triunfo anticapitalista, no deja de ser, exclusivamente, el reencuentro de ciertos sectores de las clases medias con la política parlamentaria. La crisis de representatividad que sacude al Estado español, y que alcanzó su punto álgido con el movimiento 15M, está siendo reabsorbida, cuanto menos parcialmente, por Podemos. Y es que el 25M vimos nacer a la Syriza española.

          Entretanto, el respaldo hacia los dos grandes partidos políticos del gran capital patrio va en declive. El PSOE, siguiendo las huellas del PASOK griego, camina a marchas forzadas hacia su paulatina pero total desaparición de la escena política española. El PP, desgastado por estos años de gobierno en mayoría absoluta, ha perdido credibilidad incluso ante ciertos sectores especialmente reaccionarios y centralistas del capital medio, alarmados, especialmente, por el procés catalán. Y es que el bloque dominante configurado en el Estado español tras la transición, que integraba al gran capital, a las burguesías periféricas y a la aristocracia obrera, hace aguas por todos lados. Como es natural en la democracia burguesa de la etapa imperialista del capitalismo, el dominio del gran capital sobre el resto de fracciones burguesas es indiscutible -aunque nunca absoluto. Y la crisis, obviamente, ha brindado al gran capital la oportunidad de desatar una ofensiva contra las otras fracciones subalternas del bloque dominante que, aunque en una medida infinitamente menor y más en un sentido político que económico, están pagando esta crisis junto al proletariado.

           Así, esta abdicación, que se quiere presentar como la puerta hacia una Segunda Transición, busca refrescar hasta cierto punto el marco político español, salvaguardar a toda costa el orden constitucional emanado del 78 y dar un respiro al aparato de Estado de cara al incierto y relativamente turbulento futuro que tiene por delante.

        Y en esto llegó Podemos. Impulsado por la organización trotskista Izquierda Anticapitalista, cocinado por el trío de enfants terribles (16) de la intelectualidad pequeñoburguesa y servido por ciertos medios de comunicación de masas, dicha formación política parece destinada a aglutinar buena parte del descontento de esas clases medias -pequeña burguesía y aristocracia obrera- que la anquilosada IU no ha sabido absorber por su propia mojigatería y su burocrática institucionalización. Ahora, como es lógico, la coalición que lidera Lara no puede sino mantenerse a la expectativa y darse un aire de modernización, pues los votos -y, por tanto, la iniciativa- que llevan tiempo esperando ver caer del cielo -sin éxito- lo harán previsiblemente del lado de Podemos.

         Por eso, también, el deseo de la República sólo está manifestándose mediante la petición de un inocente Referéndum -no se ve, siquiera, cierto interés por agitar las calles– que, como saben, no va a efectuarse. Y es que es obvio que nuestros pacatos socialdemócratas -los nuevos y los viejos– van a esperar unos meses para tener una mejor posición política y apoyo de masas suficiente en fechas futuras -sembradas de potenciales alianzas o coaliciones- para presentar su órdago republicano al que ya será su majestad Felipe VI. Y a este respecto, sin ninguna duda, encontrarán de su lado a nuestros ingenuos revisionistas -sin llegar éstos a percatarse, claro- como ala izquierda de la burguesía republicana.

          ¿Acaso no conocemos ya esta historia?

         Conocido es el dicho marxiano -tomado, a su vez, de Hegel- que postula aquello de que la primera como tragedia, la segunda como farsa. Se ve, pues, que Marx no podía siquiera imaginar la incompetencia de los comunistas del Estado español, dispuestos a tropezar con la misma piedra no una ni dos, sino hasta tres veces. Pues no alcanzan a comprender que, de hundirse totalmente el régimen del 78 e iniciarse exitosamente un proceso constituyente que intentara reorganizar -ventajosamente para esas clases medias en rebelión (17)- el bloque dominante, el único que podría salir reforzado sería el Estado burgués y el capitalismo español, nunca el proletariado ni las fuerzas revolucionarias. Y todo esto suponiendo que dicho proceso, sumado al otro procés, no terminara degenerando en una contienda civil -salvando todas las distancias- al estilo ucraniano. Pero no adelantemos acontecimientos.

***

Hoy como ayer, la opción genuinamente comunista, realmente revolucionaria, pasa por no adoptar el papel de retaguardia de ninguna de las fracciones burguesas en litigo. Pasa, también, por desarrollar, profundizar y ampliar la alternativa proletaria; por construir un referente de vanguardia marxista-leninista que, asimilando críticamente el legado revolucionario del pasado ciclo, se autocapacite ideológica y políticamente, derrotando, suprimiendo y superando al resto de corrientes teóricas que pugnan por la hegemonía en la vanguardia, para avanzar, a paso firme, hacia la Reconstitución del Partido Comunista.

Nueva Praxis
Junio de 2014

2

Notas

(1). Nos referimos aquí, obviamente, a la Línea de Reconstitución del Partido Comunista.

(2). Este párrafo hace  referencia, respectivamente, al PCPE, a RC y al PTD. En las páginas subsiguientes desarrollaremos con más detalle nuestra opinión sobre el modo en que cada uno de estos -y otros- destacamentos afronta el escenario político actual.

(3). En este sentido, conviene apuntar que la dialéctica marxista, instrumento de aprehensión y revolucionarización de las omnipresentes contradicciones, entiende precisamente la mediación dialéctica como instancia necesaria en cualquier proceso de transformación, es decir, de superación/supresión de dichas contradicciones. Para ampliar este punto, recomendamos el apartado Más autocrítica de la primera parte de la Nueva Orientación (PCR).

(4). Declaración del CE del PCPE ante la abdicación de Juan Carlos de Borbón. No está de más señalar aquí que identifican la sucesión con la perpetuación del capitalismo. ¿Acaso una República Española no sería capitalista? Sí que admiten teóricamente dicha posibilidad; pero sólo por mantener cierto rigor formal para con la teoría pues, como dijeron en algún lugar (¿o fueron sus juventudes?), para ellos hablar de república es hablar de socialismo. ¡Toda la teoría marxista del Estado liquidada en una frase!

(5). Ibídem. Este programa democrático se limita a pedir restringidas nacionalizaciones (banca y empresas privatizadas), el sostenimiento de lo público, la derogación de algunas leyes concretas (como la del aborto o extranjería), etc.!

(6). Sobre la abdicación del Rey (Reconstrucción Comunista, Junio de 2014).

(7). Véase El sacrificio del nonato. Repuesta al PTD (Nueva Praxis, Abril de 2014) y Polémica con el PTD en torno a la línea revolucionaria (JCA/JCZ, Abril de 2014).

(8). Es la hora del pueblo: ¡Viva la república! (PTD, Junio de 2014).

(9). Ibídem.

(10). PCPE, lugar citado.

(11). La abdicación del Rey, enjuague de la burguesía (PCOE, Junio de 2014).

(12). Ibídem.

(13). A este respecto, nos gustaría introducir una reflexión. Bien conocida es la fórmula, que reinó durante todo el Ciclo de Octubre, según la cual la fusión del socialismo científico con el movimiento obrero se da llevando la teoría revolucionaria al movimiento espontáneo desde fuera. Sin ser esta tesis falsa de ninguna manera, la creemos, al menos, inoperante. Quizá incluso podamos considerarla una formulación caduca. Decimos esto porque ninguna conceptualización es inocente ni neutral (y mucho menos ahistórica), y tampoco lo es ésta. Dicha tesis pone el peso en el factor espontáneo (pues se concibe como lo determinante), en las masas, ante las cuales la vanguardia ha de inclinarse para encajar, para integrar su teoría en el movimiento dado. En definitiva, implica ver el movimiento revolucionario sencillamente como el movimiento espontáneo más la dirección de los comunistas. En el contexto histórico en el que se acuñó dicha fórmula (popularizada después por Lenin en su ¿Qué hacer?) esto tenía todo el sentido. El movimiento obrero era ascendente y, concretamente en el Imperio Ruso, avanzaba con vigor hacia la revolución burguesa allí pendiente. Por eso era una tesis históricamente necesaria. Pero aquí también se entrelazan lo viejo y lo nuevo. Y es que en nuestra época, con el capitalismo en su fase imperialista ya desarrollada, las cosas no se presentan igual. Tras la escisión definitiva del movimiento obrero en dos alas y, sobre todo, tras el fin del Ciclo de Octubre -entendiendo que ello supone la necesidad de reconstitución ideológica y política-, el proceso de fusión del socialismo científico con las masas difiere sustancialmente. Además, el papel que ha de jugar la conciencia revolucionaria es exponencialmente mayor que entonces: la iniciativa ha de partir, en todo proceso revolucionario que pretenda vencer, desde la vanguardia. Por esto, nos parece mejor fórmula una que invierta la relación entre vanguardia y masas, poniendo el peso en el primero de los elementos y dejando patente la necesidad de la constitución del movimiento desde bases nuevas y no inmediatamente dadas por la vida -idea economista-menchevique. Así, diríamos que la fusión del socialismo científico con el movimiento obrero se da, en ascendente reciprocidad dialéctica -desarrollo en espiral-, trayendo a las masas (es decir, a las que sean nuestras masas en cada momento) a las posiciones de la vanguardia; en otras palabras, transformando a cada expresión particular del movimiento obrero en función de las necesidades de la revolución o, lo que es lo mismo, revolucionando al movimiento obrero en movimiento obrero de nuevo tipo. Creemos que esta fórmula expresa con mayor certeza la esencia del proceso en este nuevo contexto histórico.

(14). K. Marx y F. Engels, Obras Escogidas en dos tomos, Editorial Progreso, pág. 24 (Crítica al Programa de Gotha).

(15). El PCPE no tiene problema alguno en autodenominarse El Partido Comunista. El resto de organizaciones revisionistas, aun actuando como si lo fueran, tienen al menos la vergüenza suficiente como para no hacer tal ridículo.

(16). Nos referimos aquí a Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero e Íñigo Errejón.

(17). Al mismo tiempo, no estará de más apuntar que, precisamente, esas clases medias en rebelión son, en lo fundamental, la base social necesaria para un hipotético y futuro movimiento fascista de masas. Esta circunstancia, sumada al discurso populista de Pablo Iglesias y la presencia en Podemos de personajes como Jorge Verstrynge, hace más que real el peligro a medio-largo plazo de su uso por parte del gran capital para evitar cualquier tipo de reorganización política del bloque dominante. No queremos decir, claro está, que Podemos sea o vaya a convertirse en una formación fascista; decimos, al contrario, que sí puede, efectivamente, brindar al gran capital un atajo hacia la conformación de una base social receptiva y un discurso en buena medida ya elaborado.

Charles Bettelheim sobre la planificación en el Estado proletario, la tesis del “Partido monolítico” y la economía política del socialismo

1El Balance del Ciclo de Octubre es una tarea fundamental para la reconstitución del movimiento comunista, tanto en nuestro Estado como en el resto del mundo. La publicación de estos fragmentos de la obra de Charles Bettelheim, Las luchas de clases en la URSS, se enmarca en esta tarea urgente de balance histórico que nos permita rearticular el movimiento comunista e iniciar un nuevo ciclo revolucionario que, esta vez sí, suponga el triunfo definitivo del comunismo sobre la sociedad de clases y todas las formas de opresión de unos seres humanos sobre otros.

Los tres textos traducidos del francés al castellano por nuestro blog corresponden al segundo tomo de la obra de Charles Bettelheim (Las luchas de clases en la URSS. Segundo periodo: 1923-1930). Consideramos que los tres epígrafes del libro son muy interesantes y útiles para la discusión y superación desde el comunismo revolucionario de problemas y cuestiones esenciales para la construcción del Estado de dictadura del proletariado y de la sociedad comunista a escala planetaria. Así, los temas tratados en estos puntos tienen que ver con asuntos de tan capital importancia como la problemática de la planificación económica durante la fase de transición socialista, la crítica a la tesis del “Partido monolítico” o el estudio de las categorías de precio, salario y beneficio, y su significación clasista, en la política y la ideología del Estado del proletariado revolucionario.

El desarrollo de los aparatos y de las prácticas de planificación económica

En torno a la tesis política del “Partido monolítico”

Las categorías de precio, salario y beneficio y su significación de clase

“La transformación de las relaciones burguesía/proletariado bajo la dictadura del proletariado” (Charles Bettelheim)

1A continuación os presentamos el artículo “La transformación de las relaciones burguesía/proletariado bajo la dictadura del proletariado”, epígrafe extraído del libro Las luchas de clases en la URSS. Primer periodo: 1917-1923 (escrito por Charles Bettelheim y publicado originariamente por la editorial Seuil/Maspero en 1974), concretamente de la segunda parte y el capítulo primero del citado libro del marxista francés. Aclaramos que el documento ha sido directamente traducido y digitalizado de la versión original (en francés). Que nosotros sepamos, hasta ahora ninguno de los tomos de esta obra del teórico ha sido digitalizado en castellano, a excepción de la introducción de la primera parte de Las luchas de clases en la URSS.

El texto podréis leerlo en este enlace. Para quien no esté familiarizado con la herramienta Drive, recordamos que el documento se puede descargar en diversos formatos (.docx, .pdf, .txt, etc.). Para ello, solo hay que hacer clic sobre “Archivo” y “Descargar como”. Asimismo, anunciamos que el enlace al texto estará también presente en el apartado “Teoría revolucionaria” reservado a Charles Bettelheim.

Anunciamos que próximamente iremos traduciendo y digitalizando fragmentos que consideremos de interés de esta obra interesante y compleja, sobre todo de aquellos pasajes más desconocidos concernientes al “tercer periodo” (es decir, a la época circunscrita a los años 1930-1941), parte subdivida a su vez en dos tomos que no se encuentran editados en castellano.

Entrevista de “Il Manifesto” a Charles Bettelheim

2Con este texto inauguramos un nuevo trabajo de balance histórico que desde este blog consideramos muy importante: la transcripción de documentos de sumo interés para el movimiento comunista internacional que no se encuentren digitalizados en lengua castellana. Asimismo, os anunciamos que, en la medida de nuestras posibilidades, iremos traduciendo del francés, el inglés y el portugués al castellano diferentes textos interesantes y que tampoco se encuentren traducidos al castellano en la red.  

Comenzamos con una entrevista realizada por la revista italiana Il Manifesto al teórico comunista Charles Bettelheim en la que se desgranan, de una forma muy didáctica, algunas cuestiones sobre las experiencias soviética y china de enorme relevancia para encarar con éxito el necesario balance de todo el acervo del movimiento revolucionario internacional.

Por último, aclaramos que todas las cursivas que aparecen en la entrevista (extraída del libro que incluye la entrevista titulada Vía china versus modelos soviético. Charles Bettelheim: China y la URSS: dos modelos de industrialización, así como dos textos de Mao Tse-tung: La cuestión de Stalin y Sobre las diez grandes relaciones) aparecen en el propio texto de la editorial Anagrama (Barcelona, 1975).

1Este texto es la versión original de una entrevista concedida a los directores de Il Manifesto en abril de 1970. En la misma se abordan varios temas del último libro de Charles Bettelheim* (Les Temps Modernes.)

*Calcul économique et formes de proprietés, Maspero, 1970.

Il Manifesto –Usted ha explicado en su último libro que en las formaciones sociales en transición hacia el socialismo, al lado de las relaciones socialistas continúan existiendo relaciones capitalistas, y esto a todos los niveles: económico, social, político, ideológico… No se trata de residuos del pasado, sino de relaciones capitalistas originales que surgen del interior de la sociedad de transición. Por tanto, para poder juzgar la orientación de la misma, es necesario analizar los procesos que tienden a reproducir y a extender estas relaciones o, por el contrario, que tienden a reducirlas y a reemplazarlas por relaciones socialistas. Al respecto se concede una importancia central a la relación que existe entre los que detentan la posesión (si no la propiedad) y la disposición de los medios de producción, y los otros. «Técnicas» como la planificación y los intercambios mercantiles no bastan para determinar la orientación de una sociedad, sino que más bien son el marco en el que ésta opera.

Según usted, el criterio esencial para determinar si una sociedad avanza hacia el socialismo y el comunismo o retrocede hacia el capitalismo es la voluntad política global que la rige y que se expresa a través de la lucha de clases. En una sociedad en transición, ¿sigue fundándose esta lucha en una base material, o es esencialmente ideológica? Dicho de otra forma, ¿existe un fundamento material de la revolución ininterrumpida? ¿Sigue siendo real la contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción? Usted ha criticado el uso revisionista y evolucionista de esta fórmula [sic] ¿pone también en cuestión el supuesto de base?

-La pregunta planteada tiene diversas facetas. En efecto, se trata de determinar, por una parte, la naturaleza de la contradicción fundamental de las formaciones sociales en transición hacia el socialismo y, por otra parte, la manera en que la existencia de esta contradicción determina transformaciones económicas, ideológicas y políticas. Con respecto al primer punto, diría que, en la sociedad socialista, la contradicción fundamental continúa siendo la de la oposición entre relaciones de producción y fuerzas productivas, por tanto también, entre superestructura y base económica. Si es de esta forma, lo que sucede es que la transformación de las relaciones de producción y la sobreestructura que es consecuencia de la toma del poder por el proletariado sólo ha sufrido una transformación parcial. En consecuencia, las relaciones de producción, aunque se adecúen mejor que antes a las fuerzas productivas, siguen estando en contradicción con las mismas. Del mismo modo, las transformaciones que se han operado en la sobreestructura sólo han sido parciales y afectan principalmente a los niveles político e ideológico. Los problemas fundamentales de la transición son, por tanto, los de una transformación cada vez más profunda de las relaciones de producción y de la sobreestructura de la formación social.

Sin embargo, estas transformaciones no se producen nunca de forma espontánea y mecánica. Sólo pueden ser el resultado de la lucha de clases. A su vez, el desarrollo de la lucha de clases se caracteriza por el nacimiento de una serie de contradicciones entre las cuales, a cada momento, una contradicción particular se convierte en la contradicción principal del proceso revolucionario.

La transformación de la sociedad socialista, su progresión en la vía socialista dependen, por tanto, de la lucha proletaria de clase, de la lucha de masas dirigida por el proletariado y por su partido con el fin de que los trabajadores vayan determinando progresivamente sus propias condiciones de existencia.

Una lucha de este tipo es, a la vez, ideológica y política. Naturalmente, esto no significa que la lucha de clases deje de tener una base económica. Esta base económica está constituida, precisamente, por la contradicción que existe entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. También, y muy concretamente, está formada por un conjunto de obstáculos como son las relaciones de producción que todavía no son socialistas y las relaciones políticas burguesas, que continúan reproduciéndose en el seno de la sociedad socialista y que se oponen al desarrollo de las fuerzas productivas, y por tanto a que se mejore el nivel de vida. El aspecto económico de esta lucha viene constituido también por el combate de los trabajadores con el fin de dominar las condiciones concretas de su trabajo, con el fin de dejar de ser simples ejecutores de las tareas que otros deciden y ser sus propios dueños. Según el grado de madurez de las contradicciones objetivas, la lucha proletaria de clase, durante el periodo de transición, intenta destruir este o aquel aspecto de las relaciones sociales burguesas, pero no puede alcanzar su fin sino a condición de reemplazar las relaciones ideológicas y políticas burguesas por relaciones ideológicas y políticas proletarias. Por esta razón los principales aspectos de la lucha proletaria de clase bajo la dictadura del proletariado son los aspectos políticos e ideológicos; la mejora de las condiciones de existencia y el desarrollo de las fuerzas productivas pasan, en primer lugar, por someter a un proceso revolucionario las relaciones ideológicas y políticas. Por lo que a la lucha económica se refiere, es ante todo una lucha por la producción, pero ésta está siempre subordinada a la lucha política. Esto es lo que significa la consigna del Partido Comunista chino: «Hacer la revolución desarrollando la producción». En este punto en concreto se oponen las concepciones revolucionarias del marxismo a las concepciones revisionistas.

1-Por tanto, durante el periodo de transición se reproducen las contradicciones objetivas y es a partir de las mismas que volverá a aparecer la lucha entre las fuerzas sociales opuestas. ¿Se puede hablar por tanto de lucha de «clases»?

-Las relaciones sociales no socialistas que se reproducen durante el periodo de transición se inscriben en las estructuras objetivas: en las formas de división social del trabajo, en las formas de organización de la producción, en las relaciones que existen entre unidades de producción que son su resultado, en los aparatos económicos (las empresas, por ejemplo), los aparatos ideológicos y los aparatos políticos. Todos estos aparatos no son inmediatamente transformados en el momento en que el proletariado se hace con el poder. No lo son ni pueden serlo puesto que su transformación depende del desarrollo de las mismas contradicciones que resultan de la reproducción de relaciones no socialistas y de la toma de consciencia de estas contradicciones por parte de las masas. Por este motivo, el proceso revolucionario de los aparatos constituye un proceso histórico bastante largo; el proceso de la revolución ininterrumpida. Este proceso revolucionario significa la destrucción de los aparatos existentes y la reconstrucción de nuevos aparatos de los que son eliminados, total o parcialmente, las relaciones burguesas. Sólo cuando haya finalizado el proceso revolucionario -y sólo puede serlo definitivamente a escala mundial- la transición habrá finalizado y la sociedad socialista dejará paso a la sociedad comunista.

En segundo lugar diría que la existencia de relaciones sociales burguesas significa que existen los que apoyan estas relaciones y los agentes de su reproducción. Estos últimos constituyen la burguesía bajo la dictadura del proletariado. Y es precisamente contra ellos que se desarrolla la lucha proletaria de clase.

-Entonces, según usted, ¿en qué consiste la diferencia entre el modelo de desarrollo de la URSS y de la China?

-Creo que lo más esencial, sobre lo que es interesante reflexionar teóricamente, es lo que de nuevo nos aporta la revolución cultural. Tenemos la inmensa experiencia soviética sobre la que un día deberemos hacer un análisis exhaustivo que hasta ahora no ha podido ser nunca completado, puesto que nos faltaban unos cuantos instrumentos teóricos, así como la existencia de una práctica distinta. Para no correr el riesgo de caer en utopismos, era necesario que existiese otra práctica distinta para poder juzgar la significación de la práctica soviética. Hoy, gracias a la práctica política del Partido Comunista chino y a las concepciones teóricas de Mao Tse-tung, el marxismo-leninismo ha entrado en una nueva etapa de su desarrollo; esto es lo que nos permite hacer un mejor análisis de la práctica soviética.

Creo que la especificidad y la novedad de lo que ha hecho el Partido Comunista chino (pero cuando digo especificidad no quiero decir con ello que se trata de algo destinado a limitarse a China), se encuentra en una cierta relación del partido dirigente y las masas. El partido es el instrumento de la dictadura del proletariado y se reconoce como tal, es decir, no pretende ser la personificación del proletariado. Esto significa que existe una dialéctica abierta y formalmente reconocida entre el partido y la clase obrera, igual como existe una dialéctica abierta y formalmente reconocida entre las masas populares y la clase obrera. Esto corresponde al desarrollo de nuevas relaciones políticas que permiten a las masas poner en tela de juicio a los cuadros del partido y a las prácticas que les son propias. De forma general, este tipo de relaciones políticas permite someter a la discusión de las masas la experiencia práctica de esta o aquella línea, concretizada a nivel de tal empresa, de tal provincia, de tal municipio, etc., de manera que se separe lo que, en esta práctica, es justo de lo que es erróneo. Por tanto, no es sólo la dirección del partido la que cuenta para saber si esta o aquella decisión que se ha tomado en este o aquel sitio es correcta o no, sino que es la dirección apoyándose en el juicio de las masas, en su experiencia y en su crítica. Esta es una concepción viva y no formal del centralismo democrático.

Por el contrario, en la práctica soviética el partido se ha afirmado progresivamente como único poseedor de la «verdad». El partido es el encargado de llevar a las masas una línea justa, y éstas están ante todo encargadas de ejecutarla. Esta forma de actuar, incluso en el caso de que la línea política sea justa, conduce inevitablemente a deteriorar las relaciones entre el partido y las masas y a desarrollar en el seno de estas últimas una actitud de pasividad que les impide dominar sus condiciones de existencia. Además, es imposible, a la larga, desarrollar de esta forma una línea política que siga siendo correcta.

-En la URSS la relación entre el partido y las masas ha pasado por varias etapas: los soviets, el comunismo de guerra, la NEP; después vino la planificación, la colectivización de las tierras y la industrialización acelerada. ¿Cuál es para usted el sentido de estas etapas en relación con el proceso de transición?

-Independientemente de las etapas por las que ha podido pasar la política económica soviética, el problema de las relaciones entre el partido y las masas surgió muy pronto. Esta relación nunca ha sido tan íntima como en China, en particular por lo que respecta a la relación del PCUS con las masas campesinas; ahora bien, este punto era de gran importancia en un país agrario como la Rusia de 1917. Por el contrario, en China, y debido a una guerra tan prolongada como la suya, el Partido Comunista chino siempre ha mantenido sus vínculos con las masas lo más estrechos y confiados posible.

-¿Quiere decir que la URSS, a diferencia de China, no ha vivido experiencias de gestión colectiva en el campo? En líneas generales, ¿cree usted que la experiencia de los soviets ha sido menos rica que la de las comunas, pongamos por caso?

-Esta es, en efecto, una cuestión de gran importancia. El poder soviético se convirtió demasiado pronto en lo que Lenin calificó, en una discusión con Bujarin, de «Estado obrero y campesino con una deformación burocrática». La existencia de esta «deformación» tuvo considerables consecuencias históricas, puesto que no se ha limitado -no podía limitarse- a ser una simple «deformación». Por el contrario, permitió el afianzamiento de los elementos burgueses de la sociedad soviética y, finalmente, que la burguesía volviera a tomar el poder.

La historia no puede rehacerse, como es obvio. No se puede saber cómo hubiera evolucionado la Unión Soviética si el PCUS hubiera adoptado unas prácticas distintas de las que le caracterizan.

En relación con su pregunta sobre el «modelo de industrialización» soviético, pienso que, efectivamente, este «modelo» extremadamente centralizado ha jugado también su papel en la creciente pérdida de control por parte de las masas sobre sus condiciones de existencia, sus condiciones de trabajo, etc. Habría que decir también muchas cosas sobre la absoluta prioridad concedida a la industria pesada. Pienso que la concentración prioritaria de las inversiones en objetivos que no desembocaban en una determinada mejora de las condiciones cotidianas de existencia también ha jugado su papel en la evolución de las condiciones políticas generales, y ha hecho más difícil el contacto entre las masas y el partido.

1-¿Le parece que puede hablarse de una verdadera explotación de las masas campesinas?

-En un informe que Stalin presentó al Comité Central del Partido Comunista soviético, en julio de 1928, habló del «tributo» que debía ser pagado por el campesinado, y habló del mismo como de una necesidad histórica. Pienso que la exacción de este «tributo» jugó, a su vez, un papel nada despreciable en la actitud del Partido Comunista soviético. Puede ser que, en la coyuntura mundial de aquella época, la exacción de un determinado «tributo» fuera del todo inevitable. Por el momento carezco de respuesta a esta cuestión.
Si el problema de un «tributo» impuesto al campesinado fue algo inevitable, me parece que ello fue debido, en parte, a la concepción que en aquella época se formó sobre el tipo de industrialización que era necesario, y sobre la necesidad, para realizar esta industrialización, de aplicar lo que Preobrajenski llamó «acumulación socialista primitiva». En el plano teórico, esta noción ha tenido una importancia considerable.

-En el debate que tuvo lugar hacia finales de los años 1920, Preobrajenski se situaba «a la izquierda»: pretendía destruir o ir más allá de la nueva capa capitalista y conservadora, la de los campesinos ricos surgidos de la NEP. ¿No cree usted que existe una diferencia fundamental entre la estructura de los campos chinos, que todavía se hallan en un estadio precapitalista, y el de los campos soviéticos? Además, la elección de la «acumulación socialista primitiva» y sus consecuencias ¿no tienen un sentido diferente del de una explotación pura y simple? ¿No pueden ser considerados como aceleradores de la socialización de las relaciones de producción?

-Por lo menos hay dos preguntas contenidas en lo que usted ha dicho. Una pregunta correspondería a la necesidad de poner fin a la NEP y dar vía libre a la colectivización. Esta necesidad es la de la vía socialista, a condición de que la colectivización se produzca sobre la base de que los campesinos pobres y los campesinos medios se adhieran voluntariamente a las cooperativas.

Una segunda pregunta correspondería a la utilización de las cooperativas para someter al conjunto del campesinado al pago de un «tributo». Por mi parte, pienso que sobre este punto la pseudohistoria de la acumulación socialista primitiva ha jugado un papel de los más negativos.

A mi modo de ver, Preobrajenski aplicó mecánicamente a la sociedad socialista lo que Marx dijo de la acumulación capitalista primitiva. Por tanto, no tuvo en cuenta la especificidad de las relaciones de producción socialistas y las posibilidades que ofrecen estas relaciones de producción al desarrollo de las fuerzas productivas sobre otra base que no sea la de la sola acumulación de trabajo. Esta otra base es precisamente la iniciativa y el entusiasmo de las masas, su esfuerzo innovador, su total entrega al trabajo.
El desarrollo de las nuevas relaciones de producción permite la aparición de fuerzas productivas específicas, propias del socialismo. El modelo de Preobrajenski, que finalmente se aplicó a trancas y barrancas, hace abstracción precisamente de la especificidad de las fuerzas productivas socialistas.

-¿Debido a que está calcado del esquema de acumulación capitalista?

-En efecto, así es.

-¿Y porque lleva consigo un fortalecimiento de la centralización y del poder represivo del Estado?

-Sí, va creando progresivamente determinadas condiciones que permiten una completa restauración del capitalismo. El esquema de la acumulación socialista primitiva, de la centralización estatal de todos los recursos, la reducción de la capacidad de iniciativa de las masas, de la posibilidad de que cada unidad de producción se desarrolle de acuerdo con sus propias fuerzas ha contribuido a minar el terreno sobre el que la dictadura del proletariado se había establecido. A pesar de que el esquema de Preobrajenski dejaba prever que la «creación de una cierta base material» equivalía a la formación de la «base material» del socialismo si primeramente no existen ciertas relaciones y si, en el interior de estas relaciones sociales, no se desarrollan fuerzas productivas socialistas.

-Al oírle se tiene la impresión de que, para usted, el viraje que más consecuencias ha acarreado a la revolución soviética no ha sido la NEP, sino la elección del modelo de industrialización. ¿Puede ser debido a que la NEP todavía no era más que una fase transitoria, ambigua, en la cual el modelo de industrialización no tenía todavía sus contornos perfectamente delimitados?

-Creo que Lenin, cuando optó por la NEP, se pronunció por una política de tipo coyuntural, de la que era necesario salir muy rápidamente. Creo también que esta política -que ha permitido que se conservaran relaciones aceptadas por los campesinos- ha comprometido el futuro en menor grado que la manera cómo la colectivización y la industrialización soviéticas han sido llevadas a cabo. Subrayo que no son la industrialización ni la colectivización los que están en tela de juicio, sino la forma específica en que se han realizado.

-Según su parecer ¿son todavía hoy sensibles sus consecuencias?

-Durante los diez o quince últimos años, el campesinado soviético se ha tomado una especie de «revancha». Mediante su resistencia pasiva ha impuesto un gran número de decisiones en lo que se refiere a precios agrícolas. En consecuencia, la relación entre precios industriales y precios agrícolas se ha ido modificando progresivamente en favor de los últimos. Por tanto, una de las bases a partir de las cuales la anterior reproducción ampliada podía proseguir se fue debilitando progresivamente y no fue reemplazada, por lo menos a una escala suficiente, por una verdadera acumulación sobre la base de la industria, teniendo en cuenta el conjunto de tareas que la dirección política soviética se señaló. Este es uno de los elementos que conduce a lo que nosotros vemos, es decir, a una especie de crisis económica permanente.

-Su opinión acerca de la resistencia campesina parece ser más bien positiva. Pero, ¿es posible atribuirle un carácter proletario? ¿No sería más bien de tipo conservador?

-Para poder responder a esta pregunta, es necesario que primeramente nos preguntemos acerca del problema de la naturaleza de clase del poder «soviético». Según cual sea la naturaleza de clase de este poder, la lucha campesina, como cualquier forma de lucha proletaria, puede tener o no un carácter progresista. Personalmente pienso que hoy en día en la Unión Soviética el poder ha escapado de las manos de la clase obrera. La clase obrera no ejerce ya su dictadura, ya que ésta no puede ser ejercida por la mediación de un partido que no está íntimamente unido a las masas, es decir, un partido que apela a la iniciativa de los trabajadores, que no les reprime, sino que les deja expresar libremente. Por el contrario, la ausencia de estas prácticas políticas y la existencia de prácticas de represión policíaca, el desarrollo de las desigualdades sociales, la consolidación de las relaciones jerárquicas estrictas en el plano económico y en el político, la ausencia del internacionalismo proletario, todo esto significa que el PCUS ha dejado de ser un partido marxista-leninista para convertirse en un partido revisionista. Ahora bien, la dictadura del proletariado sólo puede ser ejercida con la mediación de un partido marxista-leninista.

En este contexto, la lucha de los campesinos soviéticos me parece un elemento progresista. Naturalmente, esta lucha no puede resolver ningún problema. No puede contribuir directamente a la restauración de la dictadura del proletariado. Sin embargo, esta lucha es un elemento que debilita el poder de la burguesía de Estado soviética, es decir, opera en contra de una fuerza social reaccionaria cuya influencia contribuye a debilitar las fuerzas proletarias mundiales.

-Entonces, ¿cómo puede explicarse que el campesinado haya resistido, mientras que la clase obrera se ha dejado quitar el poder?

-Es difícil responder brevemente a una pregunta de este tipo, pero deben señalarse dos puntos muy importantes al respecto.

Por una parte, el campesinado no es el único que hoy en día opone una resistencia pasiva a la explotación de la burguesía de Estado soviética; también la clase obrera está asumiendo, cada vez más, el mismo método. Basta con ver cuáles son las quejas de los dirigentes soviéticos por lo que hace referencia a la «falta de disciplina en el trabajo», la baja productividad, el ausentismo e incluso lo que se llama «la embriaguez». Por tanto, no es justo pensar que no hay ningún tipo de resistencia obrera; incluso en algunos casos ha tomado formas activas como por ejemplo huelgas y manifestaciones en la calle. Sin embargo, lo que sí es cierto es que la resistencia obrera no ha producido los mismos efectos de la resistencia campesina, a pesar de que haya producido efectos parecidos, en especial bajo la forma de aumentos de salarios nominales que actualmente son los que originan el proceso inflacionista.

También hay que tener en cuenta que la clase obrera goza de mejor situación en la URSS que los campesinos, y que la política de diferenciación de salarios ha provocado un incremento de las divisiones internas. La división de los trabajadores en categorías con diferentes ingresos, las diferentes condiciones de trabajo, constituyen elementos de debilitamiento de la clase obrera frente a los dirigentes de las empresas y a la administración. Además, estoy convencido de que éste es el fin que se persigue.

Durante los últimos años, los efectos materiales de las desigualdades de salarios se han ido haciendo cada vez más visibles con el desarrollo de la producción de ciertos bienes de consumo, especialmente de los destinados a las capas de la población que disponen de rentas más elevadas. La diferencia de rentas, por tanto, divide a los obreros entre sí, divide a los técnicos de los obreros y separa los dirigentes de los técnicos y de los obreros. Entre las fuentes de desigualdad que se han desarrollado en estos últimos años podemos encontrar todavía: la participación en los beneficios de las empresas, que sobre todo redunda en beneficio de los cuadros dirigentes y cuya consecuencia es que, para una misma actividad, la remuneración puede ser muy distinta. Por otra parte, asistimos al desarrollo de tiendas y negocios «cerrados», cuyos productos, inaccesibles para el resto de la población, se reservan a los privilegiados titulares de una autorización especial que es necesario mostrar a la entrada de estos almacenes. Además, en el curso de estos últimos años se han creado unas tiendas en las que sólo se puede comprar con divisas extranjeras. Todo este complejo sistema de estratificación y de privilegios ha empezado a funcionar esencialmente en las ciudades, en los sectores industriales y administrativos. La población rural está al margen de los mismos. Y si el campesinado ha sabido llevar una lucha de clases pasiva, pero prolongada, creo que ello se debe a su situación de capa particularmente menos favorecida. Su nivel de vida es mucho más bajo que el de la clase obrera. El trabajo de los koljoses sólo viene a ser una parte de la renta de los campesinos que se ven obligados a subsistir en gran parte gracias a su parcela individual. Además, el campesinado se ha visto privado durante mucho tiempo de una serie de ventajas sociales. Hasta estos últimos años, no tenía derecho ni al retiro ni a la Seguridad Social. Estaba excluido de las ganancias económicas que la revolución proletaria había dado inmediatamente a la clase obrera. Era una clase particularmente poco favorecida.

Esto sigue siendo verdad, incluso en lo que respecta a derechos civiles: por ejemplo, los campesinos no tienen derecho a tener el pasaporte interior que cualquier habitante de las ciudades puede obtener; como es bien sabido, sin pasaporte interior es imposible desplazarse en la Unión Soviética. Evidentemente, los campesinos se sienten víctimas de una discriminación.

Quisiera ahora repetir lo que he dicho antes sobre el carácter progresista de la lucha campesina. Esta lucha tiene un carácter progresista en la medida en que socava el poder de la burguesía de Estado, pero, a pesar de todo, no tiene en absoluto carácter revolucionario. En efecto, es evidente que sin la dirección de la clase obrera, dirección que por el momento no se produce, la lucha campesina no puede desembocar en una revolución proletaria.

1-Al finalizar la NEP, Bujarin opuso a Preobrajenski una solución que tenía mucho más en cuenta la situación del campesinado. Sin embargo, desde el punto de vista de la transición no era mucho más avanzada, sino todo lo contrario.

-La tesis de Bujarin consistía en avanzar a paso de tortuga, la tesis industrialista proponía realizar la industrialización sobre la base de la acumulación socialista primitiva. Debo decir que las dos tesis me parecen falsas. Tanto una como otra partían de dos formas posibles de desarrollo capitalista. No utilizaban para nada las posibilidades de un desarrollo socialista original, de un desarrollo profundamente distinto del desarrollo capitalista.

Desde luego, podemos preguntarnos ¿no era ya demasiado tarde en 1927-1928 para iniciar otra vía? El aparato del partido de esta época, ¿no era ya incapaz de obrar de forma distinta de como lo venía haciendo?

Temo que no es posible responder a esta pregunta, puesto que no puede rehacerse la historia. En todo caso, la pregunta planteada en estos términos suscita el problema de una auténtica organización de los campesinos pobres y medios, lo que entonces, evidentemente, no se hizo. Sobre esta base podemos imaginar que se hubieran podido desarrollar condiciones políticas distintas de las que prevalecieron y gracias a las cuales las masas campesinas habrían entrado en la vía de una colectivización que hubiera servido de vehículo para una «acumulación primitiva», considerada como el único medio para industrializar el país.

En relación con este último punto, parece lógico que intentemos concretizar lo que significa la vía china de industrialización. A mi modo de ver, la industrialización de China, tal como se ha realizado y tal como continúa haciéndose, nos proporciona un notable ejemplo de lo que puede ser la industrialización socialista en un país que al principio es principalmente agrícola. La industrialización, en China, no se hace en detrimento del nivel de vida de las masas, sino que por el contrario éste ha ido elevándose regularmente gracias a una justa combinación de desarrollo de agricultura y de la industria, de la industria pesada y de la industria ligera. La industrialización se efectuó gracias a un correcto equilibrio entre las inversiones centralizadas del Estado, que provenían y provienen de la acumulación del propio sector industrial del Estado, y una industrialización descentralizada que cuenta con la movilización de las fuerzas y de los recursos de las fábricas, de las comunas populares, de los distritos, de los municipios y de las provincias. La consigna «desarrollarse por sus propias fuerzas» ha jugado un papel determinante, y muy en especial con motivo del «gran salto adelante».

A veces se habla de «fracaso» del «gran salto adelante». Creo que esta expresión es completamente falsa. Evidentemente, todo lo que fue iniciado en esta época no ha conseguido obtener resultados materiales inmediatos, pero era lógico que un esfuerzo tan gigantesco, tan diversificado y tan nuevo encontrara dificultades y condujera, localmente, a algunos fracasos. Sin embargo, por una parte, estos fracasos no han sido tan numerosos como se ha dicho, y por otra, en la actualidad se sabe que una parte de los mismos fueron provocados por los propios adversarios del gran salto adelante, es decir, por los partidarios de Liu Chao-shi. Durante la revolución cultural proletaria se aportaron numerosas pruebas de que se había saboteado el gran salto adelante. Pero además, podemos ver en la actualidad que muchas pequeñas y medianas empresas industriales, que surgieron a partir del gran salto adelante, se desarrollan nuevamente y aportan una importante contribución a la industrialización de China, en especial en lo que respecta a química, mecánica, industria de abonos, producción de maquinaria agrícola y otras ramas de la industria ligera.

En la experiencia del gran salto adelante, en particular, y en la vía china de industrialización, en general, lo que me parece extremadamente importante es la confianza que se depositó en las masas, y particularmente en las masas campesinas, en su capacidad de desarrollar formas de pequeñas y medianas industrias, que no sean inmediatamente la gran industria moderna, pero que poco a poco puedan transformarse asimilando técnicas de producción cada vez más eficaces, La experiencia de China nos demuestra que han encontrado un medio para utilizar las inmensas fuerzas productivas que están presentes en los campos, en todos los países agrarios, y que si no las utilizan continúan padeciendo subempleo, ya que no puede ser todas empleadas en el marco de la industria.

Realmente, no podemos sino asombrarnos por el desarrollo industrial chino, que combina, a gran escala, la gran industria, la pequeña industria y la industria mediana, en especial en lo que se refiere a las dos últimas, en el marco de las comunas populares y también a nivel de los distritos rurales. Todo esto demuestra que existe una vía original de desarrollo industrial, radicalmente distinta de la vía capitalista, ya que esta última exige la concentración y la centralización de los medios y prácticamente prohíbe a las masas dar muestras de iniciativa. Pues bien, limitando la iniciativa de las masas, no haciendo un llamamiento a las fuerzas productivas que pueden desarrollarse gracias a nuevas relaciones sociales, se está obligando a reproducir las condiciones en las cuales se efectuó el desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas, lo que implica un enorme desperdicio de fuerzas, y probablemente, para los países que en su momento están débilmente industrializados, la imposibilidad de desarrollarse con toda rapidez.

-¿Cuál sería, en su opinión, el defecto más grave de una industrialización centralizada, en un país débilmente desarrollado?

-Una industrialización centralizada sobre la base de las técnicas más modernas sólo permite dotar de medios de producción modernos (debido al elevado coste de las inversiones por obrero) a una pequeña minoría. En otras palabras, al iniciarse el proceso de industrialización, se pueden concentrar todos los medios que puede equipar industrialmente al 10 o al 15% de la población activa. Esta minoría recibe los instrumentos ultramodernos de producción, mientras que el resto de la población continúa produciendo con medios poco eficaces, y en especial en la esfera agrícola. Naturalmente, la producción del 10 o el 15% que están bien equipados industrialmente tiene, por lo menos teóricamente, una productividad muy elevada; sin embargo, esta elevada productividad se ve ampliamente compensada por el bajo nivel de productividad al que se ha condenado al resto de la población, no permitiéndole encontrar formas descentralizadas de desarrollo ni participar en la producción industrial. Es fácil comprender que si en lugar de tener sólo bien equipado al 10% de la población, se hubiera equipado medianamente bien a toda la población, el resultado global sería mucho mejor.

La centralización de los medios de producción perfeccionados en manos de una minoría de trabajadores es un mimetismo del modo de desarrollo capitalista. En efecto, los capitalistas no están interesados en un desarrollo general de las fuerzas productivas; cada uno de ellos se interesa tan sólo por el desarrollo de su propia empresa, en la que intenta concentrar el máximo de medios. Precisamente una de las ventajas del socialismo es la de poder seguir otra forma de industrialización, y por tanto no tener que copiar forzosamente la vía del desarrollo capitalista de la industria.

-A su modo de ver, ¿cuál fue el motivo de que los camaradas chinos escogieran, a partir de 1957, el modelo de desarrollo que usted acaba de esbozar? ¿Habían seguido fielmente antes de esta fecha el modelo soviético?

-Me parece que, incluso antes de 1957, el Partido Comunista chino sólo había seguido parcialmente el modelo de industrialización soviético; concretamente, no había impuesto nunca un «tributo» a las masas campesinas. Sin embargo, desde el punto de vista de la industria pesada y de las técnicas modernas, es cierto que China estuvo hasta aquel momento muy influenciada por el modelo soviético y por los expertos soviéticos. Fue en la práctica que el Partido Comunista chino constató los límites de esta forma de industrialización, así como sus efectos sociales y políticos. Pienso que gracias a esta experiencia práctica e impulsados por una reflexión teórica sobre lo que había pasado en la Unión Soviética se vieron obligados a intentar definir una concepción industrial profundamente original. En efecto, principalmente a partir de 1957 se ven aparecer en el terreno económico las consignas y directrices de Mao Tse-tung, que aportan perspectivas realmente nuevas en relación a lo que hubiera podido considerarse antes como la única vía de industrialización socialista.

A partir de estas nuevas concepciones que se concretaron principalmente durante el año 1957, pero cuyas bases teóricas habían sido expuestas ya en abril de 1956 en el discurso sobre las «diez grandes relaciones», pudo impulsarse el gran salto adelante. Esto afecta a numerosos aspectos. Ya hemos hablado del aspecto industrial. Sin embargo, el período del gran salto es también otra cosa. Es la creación de las comunas populares. Estas representan un marco político, económico y administrativo de decisiva importancia, ya que permiten a los campesinos disponer de condiciones para una autoadministración.

La comuna popular no sólo es una unidad económica, sino que también es una unidad política y administrativa. Dispone de sus propias fuerzas, de una milicia, etc. Es una organización de tipo completamente nuevo y que permite a las masas gestionar sus propios asuntos bajo la dirección conjunta de la dictadura del proletariado, pero sin que haya ningún tipo de interferencia detallada en la actividad cotidiana de las comunas populares.

Es precisamente durante el gran salto adelante cuando se vio aparecer muy claramente, en su forma más aguda, la lucha entre las dos vías, la vía socialista y la vía capitalista. Esta última venía representada por Liu Chao-shi, que preconizaba la idea de un desarrollo industrial urbano, centralizado y jerarquizado. La vía socialista es radicalmente distinta. Como se vio por primera vez en la historia con la revolución cultural proletaria, la vía socialista es una vía amplia que permite a las masas, en las más diversas condiciones, adueñarse progresivamente de sus condiciones de existencia.

1-¿En qué estructuras se apoyó, modificándolas, la revolución cultural? Las comunas constituían ya un terreno propicio. Pero ¿qué sucedía con las otras unidades de producción, y en especial con las industrias urbanas?

-Creo que con las comunas populares se realizó una primera transformación radical. Las comunas populares demostraron ser una forma de organización social superior. En especial, tenemos la prueba de ello en los notables resultados que se obtuvieron en la agricultura china, que fue progresando de año en año. El hecho de que las comunas populares fueran iniciadas a partir del gran salto adelante explica que durante la revolución cultural proletaria los cambios de organización fueran menos numerosos en el campo que en las ciudades. Sin embargo, incluso en el campo la revolución cultural proletaria ocasionó importantes cambios, pues permitió a los campesinos liberarse de los elementos revisionistas que intentaban frenar sus iniciativas y, sobre todo, que se oponían a la industrialización rurla bajo el pretexto de «criterios técnicos» del todo falsos, tanto desde el punto de vista económico como desde el punto de vista político.

-¿Y en la industria?

-En la industria la revolución cultural aportó toda una serie de cambios. En primer lugar, permitió que la clase obrera se liberara, en las fábricas, de la dictadura de un determinado número de elementos que mantenían con los trabajadores relaciones de autoridad abusivas. Se trataba de cuadros, de dirigentes, de expertos, etc., que daban órdenes a los trabajadores sin consultarles, que limitaban su iniciativa imponiéndoles reglamentos y formas de remuneración que no se adecuaban a las exigencias de la construcción del socialismo, reproduciendo con ello las relaciones sociales capitalistas. La revolución cultural permitió que los trabajadores se libraran de una gran parte de estos elementos burgueses y que pudieran ser reemplazados por elementos proletarios.

En segundo lugar, la revolución cultural representó mucho más que este mero cambio de personas. Permitió que la clase obrera rompiera la antigua estructura de las empresas, esta estructura que se parecía en muchos de sus rasgos a la de las empresas soviéticas, para poner en su lugar una estructura nueva, que sitúa directamente a los trabajadores al frente de las empresas. Estas nuevas estructuras están representadas, en especial, por los comités revolucionarios que empezaron a funcionar a partir de entonces en el seno de las diferentes empresas industriales. También vienen representadas por las nuevas relaciones que se han establecido entre los cuadros y los técnicos, por una parte, y la clase obrera por la otra (en particular, bajo la forma llamada de la «triple unión»). Desde antes de la revolución cultural, la carta del combinado siderúrgico*, elaborada por Mao Tse-tung y que entró en vigor en marzo de 1960, había trazado el camino de lo que podía ser la gestión de las empresas socialistas. Sin embargo, la aplicación de esta carta había sido constantemente saboteada por los partidarios de la vía capitalista. Por tanto, había quedado como un ejemplo aislado y aplicado sólo en parte. Durante la revolución cultural proletaria se destruyeron todas las antiguas formas de organización, y se reemplazaron por las nuevas formas de organización que en parte venían inspiradas por la carta del combinado siderúrgico de Anshan.

-En su último libro usted trata, además de la estructura de las empresas, de las relaciones entre empresas. ¿Qué cambios ha aportado la revolución cultural, según usted, a estas relaciones?

-No me parece que la revolución cultural, tal y como se ha venido desarrollando hasta la fecha, haya modificado directamente la naturaleza de las relaciones entre empresas. No hay que olvidar que la revolución cultural sólo es la primera de una serie de revoluciones que irán modificando progresivamente, y cada vez con mayor profundidad, tanto las concepciones de las masas como las relaciones entre empresas. Si estas relaciones se modifican a partir de ahora, se modifican indirectamente, de una forma que además es muy significativa: se modifican por el hecho de que los dirigentes de las empresas tienen más en cuenta los intereses de todo el proletariado que los intereses propios de esta o aquella unidad de producción o empresa particular. Sin embargo, esto todavía no ha llegado a suprimir -ni puede hacerlo por ahora- la necesidad de hacer intervenir el dinero en las relaciones entre unidades de producción. Por tanto, las relaciones monetarias siguen subsistiendo.

El auténtico problema es el de saber qué papel se reconoce a estas relaciones y qué interpretación se da de los resultados de los cálculos monetarios. ¿Van a fetichizarse estas relaciones, decidir que todo lo que es pretendidamente «racional» desde el punto de vista de la contabilidad propia de esta o aquella empresa es también radical desde el punto de vista de todo el desarrollo socialista? ¿O, por el contrario, se ha subjetivizado cada unidad de producción a exigencias que no tienen nada que ver con las relaciones monetarias y mercantiles, a pesar de que se está obligado a continuar utilizando la moneda?

En la etapa actual se está buscando la solución a estos problemas. Pienso que la revolución cultural ha dado ya una primera respuesta, rompiendo la tendencia inherente a la vía capitalista, que consiste en privilegiar constantemente el cálculo monetario, la valoración de los costes de producción en dinero a nivel de cada unidad productiva y de pretender, sobre esta base, que está capacitada para decidir cuáles deben ser las relaciones entre las empresas y las unidades de producción, las técnicas que se deben adoptar, etc. Este punto de vista ha sido claramente rechazado considerando que no correspondía a las necesidades de un desarrollo socialista de las fuerzas productivas.

-¿Piensa usted que hoy en día existe en China un esquema de cálculo económico no monetario? ¿Una evaluación de la producción que no se fundamente en la valoración del capital?

-Me parece que un cálculo de este tipo no ha sido nunca formalizado, y ni siquiera sé si algún día podrá serlo. Este es un problema que sigue abierto. Pero lo que sí es cierto es que el Partido Comunista chino, cuando habla de la primacía de la política sobre la economía, designa precisamente la necesidad de no limitarse a las indicaciones que el cálculo monetario por sí solo puede dar. La primacía de la política sobre la economía significa tener en cuenta el conjunto de exigencias sociales y la negativa de separar las exigencias del nivel económico de las exigencias políticas e ideológicas. Pienso que es sobre la base de la experimentación, al principio limitada, de diversificados intentos que se llegará a eliminar progresivamente el papel que juegan las categorías monetarias.

-En resumen, ¿considera usted la revolución cultural como una extensión de los principios del «gran salto adelante»?

-Sí, exactamente. El gran salto adelante, las comunas populares, la carta del combinado siderúrgico de Anshan, han representado ya un momento importante en el desarrollo de las relaciones socialistas. La revolución cultural proletaria ha constituido una segunda etapa en el mismo sentido. Sin embargo, la revolución cultural ha ido mucho más lejos que el gran salto adelante pues ha puesto todo el énfasis en la necesidad de la rebelión de las masas contra todo lo que es reaccionario, y ha determinado una revuelta efectiva contra las estructuras y aparatos que debían ser destruidos y reemplazados por otros, más de acuerdo con las exigencias de la nueva etapa de construcción del socialismo.

Como es bien sabido, la revuelta de las masas, tal como se desarrolló bajo la dictadura del proletariado, y tal como fue guiada por el Partido Comunista chino, encontró, en ciertos momentos, la oposición de un cierto número de elementos en el interior del partido. Estos elementos defendían, de hecho, una concepción revisionista. Su triunfo habría significado, en definitiva, el triunfo del capitalismo a través de una serie de peripecias más o menos duraderas: su línea política, por tanto, habría conducido a China hacia la vía capitalista. Esta línea fue derrotada durante la revolución cultural. Por este motivo pudieron ser posibles una serie de transformaciones radicales. Creo que a partir de ahora podemos darnos cuenta de los efectos positivos que estas transformaciones [sic] a todos los niveles: político, económico, ideológico, etc.

-¿No cree usted que a diferencia del «gran salto adelante» que fue decidido desde arriba, sin duda porque las costumbres sociales todavía no habían sido lo suficientemente «revolucionadas», la revolución cultural fue decidida desde abajo?

-Personalmente pienso que esta interpretación no es correcta. Yo creo que -sobre la base de las discusiones que he podido tener en China en 1967- en el momento en que empezó la revolución cultural, es decir, en el momento en el que los estudiantes revolucionarios tomaron la iniciativa de la crítica abierta y pública de los que propugnaban la vía capitalista, las masas todavía no tenían consciencia plena de la necesidad de rebelarse. Sin embargo, esta consciencia se desarrolló con gran rapidez durante el verano y el otoño de 1966. Por el contrario, las comunas populares se establecieron muy rápidamente: a partir de agosto de 1958, cuando se popularizó la primera experiencia de comuna popular, su ejemplo fue seguido de forma masiva; se trataba, por tanto, de una transformación que correspondía a las aspiraciones inmediatamente presentes en la consciencia de las masas, mientras que la voluntad de revuelta sólo estaba latente al principio de la revolución cultural. Para que se expresara abiertamente, a gran escala, fue necesario que se hicieran largas discusiones y largas explicaciones.

Si el gran salto adelante no aportó inmediatamente tantos resultados materiales como se hubiera podido suponer, ello se debió, creo a una serie de circunstancias desfavorables: el sabotaje del gran salto adelante por parte de los partidarios de la vía capitalista, las calamidades naturales de los años siguientes y la brutal ruptura de los intercambios con la Unión Soviética, pero de ninguna de las maneras fue debido a reticencias, y mucho menos resistencias, por parte del campesinado.

Dicho esto, es cierto que la revolución cultural ha sido objeto de una preparación mucho más larga que el gran salto adelante, en especial a través de la campaña de educación socialista y, sobre todo, a través del desarrollo de un alto grado de consciencia socialista en el ejército popular de liberación. También es cierto que la experiencia de las comunas populares, el terreno de autoeducación y de autoadministración que éstas crearon, facilitaron el ulterior desarrollo de la revolución cultural.

Hay un aspecto de la experiencia de las comunas populares que, a mi modo de ver, debe llamarnos particularmente la atención: el sistema de remuneración del trabajo. En efecto, en la mayoría de los equipos de trabajo, el que lleva las cuentas de cada equipo para calcular las remuneraciones, es elegido por aquellos con los que trabaja y entre los cuales participa personalmente en el trabajo manual. Esta es una forma de organización radicalmente distinta de la de la Unión Soviética, donde un jefe de brigada, nombrado por el presidente del koljós, desempeña el papel de controlador y decide la remuneración de cada uno, sin que los trabajadores que quieran protestar contra sus decisiones tengan ninguna posibilidad de apelar. Del mismo modo, en el marco de las comunas populares han empezado a funcionar, cuando menos a nivel de algunos equipos de trabajo, técnicos de autoevaluación: son los campesinos que han trabajado conjuntamente y que, en este caso, deciden cómo se determinará la remuneración de cada uno, teniendo en cuenta tanto su participación en el trabajo como las exigencias de normas suficientemente igualitarias. De esta forma, la experiencia adquirida en el terreno de la remuneración del trabajo agrícola puede servir ya para la reforma de las condiciones de la remuneración industrial, pero, evidentemente, no se trata de copiar mecánicamente lo que se ha hecho en la agricultura, ya que, además, es extremadamente diversificado.

-¿Cómo se ha traducido esta experiencia, hasta la fecha, en el trabajo industrial?

-Todavía no disponemos de mucha información de los cambios que se están operando en lo que se refiere a la remuneración del trabajo industrial. Sin embargo, lo que sí se sabe es que ya se han producido cambios relativamente importantes en este aspecto. En general, podemos decir que se ha cerrado el abanico de salarios, y se ha suprimido la mayoría de las primas de producción. Al mismo tiempo, se ha transformado la reglamentación general del trabajo mediante la eliminación de las reglas y las relaciones de autoridad, generalizando la participación de los cuadros en el trabajo manual y de los trabajadores en la gestión de las empresas. Lo que es necesario tener muy en cuenta es que estas medidas nunca se deciden desde arriba. En cada caso concreto se trata de transformaciones que se han decidido en el mismo lugar de trabajo, por los mismos trabajadores. Esto explica la gran diversidad de situaciones, según las empresas.

*Los principales criterios de la gestión y organización de la empresa fueron enunciados en la Carta del combinado siderúrgico de ANSHAN, elaborada por Mao Tse-tung en 1960. Pero estos materiales fueron hechos públicos muy recientenemente. Cf. HSINHUA, set. 1969 (N. del T.).

El Partido Comunista del Perú. Reconstitución y Guerra Popular

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En este texto abordaremos de forma resumida el proceso de reconstitución del Partido Comunista del Perú y la posterior Guerra Popular dirigida por este Partido. Dicha guerra revolucionaria estaba encaminada a la conquista del poder político por parte de las masas populares y al establecimiento de una dictadura de carácter democrático-popular –debido a las condiciones del Perú, esto es, semicolonialidad y semifeudalidad- como paso previo al socialismo y, posteriormente, a la sociedad sin clases sociales, al comunismo.

El proceso de reconstitución del PCP es un ejemplo de aplicación de la tesis leninista del Partido de nuevo tipo como fusión de vanguardia y masas. Frente a la concepción en boga dentro del campo revisionista que equipara el Partido Comunista a una organización de vanguardia, la cual, posteriormente, se dirige al movimiento de masas para intentar dirigirlo (siempre con un resultado nulo, ya que, aunque en algunos casos –los menos- consigan ejercer cierta influencia sobre las masas, no son capaces de conformar un movimiento revolucionario y se quedan dentro de los límites de la legalidad burguesa, es decir, dentro de la participación electoral-parlamentaria y la lucha sindical), los comunistas peruanos reconstituyeron el Partido Comunista conquistando a los sectores más avanzados de las masas mediante la creación de organismos generados y de escuelas populares. Estos sectores avanzados son los que actúan de intermediarios entre la vanguardia ideológica y las amplias masas de obreros y campesinos pobres para así conformar un movimiento político revolucionario que fusione el socialismo científico con el movimiento de masas. De este modo fue la vanguardia maoísta quien, de forma consciente, construyó el movimiento revolucionario a través de su línea de masas y no se plegó ante el espontaneísmo, al contrario de lo que hace el revisionismo, que espera a que surjan movimientos de masas para, posteriormente, acudir a ellos e intentar dirigirlos sin ningún éxito en dicha tarea.

Del mismo modo, el proceso revolucionario de toma del poder político, la Guerra Popular, fue iniciado y dirigido por el PCP de forma consciente mediante la movilización de masas y la creación de los órganos del Nuevo Poder -en el caso de Perú, dichos órganos fueron denominados Comités Populares, los cuales conformaban el Estado de nuevo tipo, el Estado de democracia popular- defendidos por los destacamentos armados. En estos órganos de Nuevo Poder las masas peruanas se educaban en la gestión de su propio poder político y adquirían conciencia revolucionaria. Esto rompe con la premisa defendida de forma mayoritaria en el Movimiento Comunista Internacional, que confía la revolución al estallido de una crisis revolucionaria y, hasta que eso ocurra, la tarea de las organizaciones comunistas es acumular fuerzas de forma pacífica (sin distinguir entre vanguardia y masas) mediante las luchas económico-sindicales y la participación en las elecciones. Partiendo de esta premisa es imposible la construcción de ningún movimiento revolucionario, ya que las amplias masas populares no adquieren conciencia de clase para sí por la simple propaganda y agitación, sino que lo hacen mediante su propia experiencia revolucionaria. En cambio, el PCP rompe con estas concepciones de acumulación de fuerzas a través de las luchas de resistencia y del estallido espontáneo de la revolución. Primero, en el periodo de reconstitución del Partido, los maoístas peruanos realizan una acumulación de fuerzas de la vanguardia a través de la propaganda y agitación, y posteriormente -una vez construido el movimiento revolucionario-, en el periodo de conquista del poder, realizan una acumulación de fuerzas de las masas populares a través de la creación de órganos del Nuevo Poder y de otras formas de lucha revolucionaria, como los paros armados, en confrontación armada contra el Estado burgués peruano.

Por todo ello, y porque es una de las experiencias revolucionarias más recientes en el tiempo, creemos que el proceso revolucionario peruano debe ser conocido entre la vanguardia comunista y con este motivo elaboramos el presente texto.

Reconstitución del PCP

La Fracción Roja del PCP surge en el año 1963, en base al Comité Regional José Carlos Mariátegui de Ayacucho, en medio de la lucha ideológica que sacudía por aquellas fechas al Movimiento Comunista Internacional y al propio Partido Comunista Peruano. Tras la toma del poder en la URSS por la burguesía burocrática, en el XX Congreso del PCUS, este llevó a cabo una revisión de los principios del marxismo-leninismo que fue combatida por el Partido Comunista de China y el Partido del Trabajo de Albania, de forma principal,  dando lugar a una de las mayores luchas ideológicas que han existido en el campo revolucionario. El Partido Comunista Peruano no fue ajeno a esta lucha ideológica entre revisionismo y marxismo que daría lugar a su ruptura en la IV Conferencia Nacional del Partido, en 1964, entre los que se alineaban con el PCUS y los que, por otra parte, lo hacían con el PCCh, donde se incluía la Fracción Roja. Ambas organizaciones comenzaron a ser conocidas por el nombre de sus órganos de expresión: Unidad en el caso de los «prosoviéticos» y Bandera Roja en el de los «prochinos». El combate ideológico en el seno del PCP, aparte de las cuestiones relativas a la línea general del MCI que provocaron la escisión de este,  giraba en torno a la forma de establecer el socialismo (es decir, si se producía mediante una revolución violenta o si se alcanzaba por la vía pacífica), el carácter del gobierno de Belaúnde y la posición a adoptar respecto de él, la caracterización de la sociedad peruana, etc. Tras la ruptura, las fuerzas numéricas quedaron parejas entre ambas organizaciones, situación nada habitual tras la escisión del MCI, donde los partidos alineados con el PCUS por regla general conservaban a la inmensa mayoría de la militancia siendo una pequeña parte la que rompía con el revisionismo.

En base a esta lucha de dos líneas, en la V Conferencia, en 1965, se definió la línea general de la revolución en el Perú. Se estableció que la sociedad peruana tenía carácter semifeudal y semicolonial debido a la existencia del gamonalismo (1), a la concentración de la tierra en pocas manos, a las relaciones semifeudales de explotación y a la dependencia del Estado peruano respecto de las potencias imperialistas. Se rechaza el tránsito pacífico al socialismo y se reafirma que la revolución será violenta y que la conquista del poder político se producirá mediante una Guerra Popular Prolongada del campo a la ciudad con creación de bases de apoyo. Se consideraba que el campesinado era la fuerza motriz y el proletariado la fuerza dirigente de la revolución democrático-popular en el Perú. También se acordó la construcción de los tres instrumentos de la revolución (Partido, ejército y frente único), y que la actividad de la organización debería ser clandestina. En esta conferencia se abogó por recuperar y estudiar la línea del fundador del PCP, José Carlos Mariátegui.

Por estos años, la Fracción tenía su fuerza principal en la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga, en la capital de Ayacucho. Por ello, su militancia estaba compuesta de forma mayoritaria por alumnos y profesores de la UNSHC (entre ellos Abimael Guzmán, que era uno de los responsables de la formación de la Fracción Roja y su principal dirigente). Durante esta época el Comité Regional tuvo un papel importante en la formación de la Federación de Barrios (FBA) y del Frente de Defensa del Pueblo de Ayacucho (FDPA). La primera de estas organizaciones surgió como consecuencia de la migración de campesinos a la ciudad y sus actividades principales consistían en la ocupación tierras con el objetivo de construir viviendas en ellas y en demandar la prestación de servicios básicos a estos nuevos barrios. La existencia de la FBA junto a la necesidad de defender la Universidad, puesto que esta estaba en el punto de mira del Estado burgués por la influencia que en ella tenían las organizaciones de izquierda, propiciaron la creación del FDPA en 1966. Desde esta fecha a 1969 el Frente de Defensa del Pueblo realizaría movilizaciones que conseguían convocar a 10.000 personas en una ciudad que tenía 50.000 habitantes. Ello es muestra de la gran conflictividad social existente en Ayacucho, en la segunda mitad de los años 60, que culminaría en el movimiento por la gratuidad de la enseñanza de junio de 1969.

La lucha ideológica dentro del PCP continuaba y en 1967 los miembros del Buró Político de la organización juvenil del PCP, la Juventud Comunista, iniciaron el combate contra el Secretario General del PCP, Saturnino Paredes, y su fracción, por la no aplicación por parte del Comité Central de lo aprobado en la V Conferencia. Un sector de estos jóvenes solicitaría a Abimael Guzmán que encabezase la lucha contra Paredes, pero este lo rechazó al considerar que estos jóvenes estaban influidos por el radicalismo pequeñoburgués y las tesis foquistas. Posteriormente, estos se escindirían del PCP en el año 68 para crear al año siguiente el PCP-Patria Roja.

A partir de este momento la lucha de líneas en el PCP se da entre su dirección, encabezada por Paredes, que encarna una línea oportunista de derecha, y la Fracción Roja. Durante este periodo, que terminaría a principios de 1970 con la ruptura orgánica, se dan dos hechos de gran importancia: la VI Conferencia del PCP en enero de 1969 y el movimiento por la gratuidad de la enseñanza de junio del mismo año.

En la VI Conferencia se establece la base de unidad partidaria, que es el marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tse Tung y Mariátegui, la línea política general y se acuerda la reconstitución del Partido Comunista. El grupo de Paredes se opone a esto y eso provocará que se intensifique la lucha de líneas, llegando a la delación por parte de la fracción de Paredes respecto de los dirigentes de la Fracción Roja.

El movimiento de junio tiene como causa un decreto de la Junta Militar presidida por el general Velasco Alvarado, que contaba con el apoyo de la URSS revisionista y había sido instaurada el año anterior –el PCP definía al régimen militar como fascista-. Este decreto recortaba la gratuidad de la enseñanza y ante esto se produjeron una serie de movilizaciones de masas, tanto en Ayacucho como en Huanta, en las que se llevaron a cabo toma de locales y enfrentamientos con la policía. Esta importante movilización social fue contestada con gran brutalidad por parte del Estado burgués saldándose con casi una veintena de muertos y decenas de heridos, aunque finalmente el gobierno tuviera que dar marcha atrás y eliminar su intento de terminar con la gratuidad de la enseñanza. Los miembros de la Fracción Roja participaron y ejercieron influencia en estas movilizaciones y parte de sus miembros fueron detenidos, entre ellos Abimael Guzmán, junto con los dirigentes del FDPA.

Hasta la fecha de la última ruptura orgánica de la línea proletaria del PCP  -representada por la Fracción Roja- con el revisionismo existente dentro del Partido, la Fracción ejercía cierta influencia de masas en Ayacucho, principalmente a través del Frente de Defensa del Pueblo. Ahora bien, esa influencia no conformaba una ligazón entre el socialismo científico y estas masas que tuviese como consecuencia la existencia de un movimiento revolucionario para la lucha por el poder político, sino que el movimiento de masas que constituía el FDPA se centraba en reivindicaciones parciales (en el ámbito estudiantil, campesino y barrial) dentro del marco de relaciones sociales existente, el capitalismo.

Una vez la Fracción rompió con el revisionismo, quedó reducida a un pequeño número de militantes –el CR de Ayacucho y pequeños grupos en Lima y otras ciudades- sin vínculo con las masas, pero que se propuso llevar adelante el proceso de reconstitución del Partido. Aquí termina el periodo de establecimiento de la línea general de la revolución, en base a la lucha de líneas con las fracciones revisionistas que formaban parte del PCP, y comienza el periodo de constitución del movimiento revolucionario mediante la formación de cuadros comunistas y la conquista de los elementos conscientes de las masas.

En este contexto, los maoístas peruanos crearon el Centro de Trabajo Intelectual Mariátegui dedicado al estudio teórico de las obras de los clásicos del marxismo –Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao- y de J.C. Mariátegui, así como a la formación de la vanguardia en la ideología del proletariado. Gracias a esto extendieron su influencia entre profesores y alumnos de la UNSCH, formándolos como cuadros comunistas a través del estudio del socialismo científico. El PCP, en oposición al revisionismo, concibe a los cuadros comunistas en el sentido leninista, es decir, como portadores de la ideología de vanguardia y no como militantes dedicados al estrecho trabajo sindical, como defienden los oportunistas de toda laya. Esta vanguardia ideológica armada con el socialismo científico sería la que posteriormente se ganaría a los sectores más avanzados de las masas, elevando su conciencia de clase a conciencia revolucionaria y ligando el marxismo con las amplias masas del proletariado y el campesinado pobre para formar un movimiento revolucionario que pondría en jaque al Estado peruano.

A partir de 1973, concretamente mediante la decisión adoptada en el III Pleno del Comité Central, es cuando comienza este trabajo de la vanguardia comunista para fusionarse con las masas, incorporando a los sectores conscientes de estas. Para ello se crean los organismos generados y las escuelas populares. Los primeros eran organizaciones donde se agrupaban los sectores más avanzados de las masas que actuaban de correa de transmisión entre la vanguardia ideológica y las amplias masas del proletariado y el campesinado pobre. Así, dependiendo de los frentes de masas en los que actuasen, se crearon el Movimiento de Campesinos Pobres, el Movimiento de Obreros y Trabajadores Clasistas, el Movimiento Femenino Popular, el Movimiento Clasista Barrial, etc. Las escuelas populares, por su parte, tenían como función elevar el nivel de conciencia de estos elementos avanzados mediante la formación ideológica en el socialismo científico y en la línea política del Partido.

En 1975 es derrotada una línea oportunista de izquierda en Lima que negaba la posibilidad del trabajo de masas y de la ligazón con estas por parte de la vanguardia maoísta peruana. Este mismo año, desde el Comité Regional de Ayacucho -que había crecido cuantitativamente-, son enviados cuadros comunistas tanto a Lima como al campo para reconstituir allí el Partido fusionándolo con las masas. Al año siguiente se reorganiza, en Lima, el Comité Metropolitano del PCP.

Durante todo este periodo el proceso de reconstitución avanza y para abril de 1977, en el VII Pleno, se considera que la reconstitución del PCP está llegando a su etapa final y que, a partir de esa fecha, la construcción del Partido se realizará en función de la lucha armada; es decir, comienza la preparación para el inicio de la Guerra Popular. De esta forma se celebra la Escuela Nacional de Cuadros para posteriormente desplazar a estos cuadros al campo con el propósito de desarrollar los organismos generados, principalmente el Movimiento de Campesinos Pobres, y realizar escuelas populares para fundirse con las amplias masas del campesinado peruano. De esta forma se sentaban las bases para el inicio de la GP, ya que el campesinado formaría las masas en armas que se enfrentarían a las fuerzas represivas de la burguesía con la creación de vacíos de poder en donde construirían su propio poder político popular.

Entre el VII Pleno y hasta el IX Pleno se desarrolla una feroz lucha de líneas en el seno del PCP contra la línea oportunista de derechas que se oponía y negaba la posibilidad del inicio de la Guerra Popular. Esta lucha ideológica finalizaría con la derrota de la línea derechista y, como consecuencia de esto, se produciría la expulsión y rebaja a la base de un importante número de miembros del Comité Central. Es en el IX Pleno, de mayo de 1979, cuando se considera que después de un intenso trayecto de lucha de dos líneas y de trabajo con los elementos avanzados de las masas, el PCP ya está reconstituido y, por tanto, la tarea pendiente es iniciar la lucha revolucionaria de masas contra la burguesía y los terratenientes para la construcción de la República de Nueva Democracia. Como consecuencia de esto, en diciembre del mismo año, se forma la I Compañía de la I División del Ejército Rojo y se establece el primer plan militar de la Guerra Popular.

Guerra Popular

2
La Guerra Popular comenzó el 17 de mayo de 1980, la víspera de las primeras elecciones generales después de la dictadura militar,  con la quema de los padrones y urnas electorales en el pueblo de Chuschi, en el departamento de Ayacucho. Esta acción se produjo en  el marco del boicot a las elecciones llevado a cabo por el PCP.

En esta primera fase de la lucha armada revolucionaria, la mayoría de acciones se realizan en los departamentos de Ayacucho, Huancavelica y Apurímac, donde funcionaba el Comité Regional Principal del PCP. Las acciones van encaminadas a crear vacíos de poder, por ello, los objetivos son las instituciones del Estado burgués-terrateniente presentes en esta región andina, es decir, las autoridades políticas, judiciales y la policía. Los ataques contra estos últimos y sus puestos policiales también tenían como objetivo conseguir armamento, ya que los militantes del Ejército Rojo, en un principio, prácticamente no disponían de armas de fuego (otra forma de aprovisionamiento era el robo de dinamita en explotaciones mineras). La expulsión de los representantes del poder burgués en el campo era el paso previo necesario para el inicio de la construcción del Nuevo Poder popular, ya que donde existía poder burgués no podía existir poder popular al mismo tiempo y, por tanto, era necesario la previa destrucción del primero para crear el segundo.

También se producen acciones donde participan cientos de campesinos invadiendo propiedades de latifundistas para expropiarles la tierra y ser repartida entre los campesinos pobres y expropiando cosechas, maquinaria agrícola y ganado a la burguesía agraria para entregárselas a la población.

En los primeros años de la Guerra Popular la eliminación del poder burgués, con la destrucción de los puestos policiales y la expulsión del campo de la policía, que tiene que refugiarse en las capitales de provincia o departamento, avanzaba de forma rápida y exitosa en las regiones anteriormente nombradas y para 1982 se inicia la creación de los Comités Populares para ocupar esos vacíos de poder político.

Estos Comités, como órganos del poder político del pueblo, estaban formados por las masas oprimidas que, reunidas en asamblea, debatían sobre todas las cuestiones relacionadas con su vida social y la organizaban ellos mismos. Así, trataban el reparto y la forma de cultivar la tierra, la utilización de nuevas tierras, organizaban el trabajo colectivo en el agro, el aprovisionamiento de ganado y agua, decidían sobre la educación, impartían justicia popular, etc. También era el pueblo el que elegía en asamblea o mediante delegados a los comisarios que dirigían el Comité Popular. Existían cinco comisarios: el comisario secretario, que era el máximo dirigente del Comité Popular y coordinaba el trabajo de los restantes comisarios; el comisario de seguridad, encargado de la defensa del pueblo donde funcionaba el Comité; el comisario de producción, cuya función era la organización del trabajo agrícola; el comisario de asuntos comunales, que se encargaba de organizar los juicios populares, de la educación, los matrimonios, etc., y el comisario de organizaciones populares, que organizaba a los organismos generados existentes en el pueblo. Estos comisarios, en base a la democracia directa, podían ser revocados en cualquier momento por las masas populares (2).

Un conjunto de Comités Populares formaban una base de apoyo y la totalidad de las bases de apoyo constituían la República de Nueva Democracia en formación, como materialización del Nuevo Estado que destruye y elimina al viejo Estado burgués-terrateniente.

A través del Nuevo Poder las masas se educaban revolucionariamente en la gestión del poder político y adquirían conciencia de clase para sí. De esta forma la línea de masas para la acumulación de fuerzas durante la guerra revolucionaria se aplicaba mediante la participación de las masas en la lucha revolucionaria y la creación del Nuevo Poder, siendo los destinatarios de esta línea las masas profundas del campesinado pobre y el proletariado. Así, miles de obreros y campesinos se unieron a la Guerra Popular.

Ante el avance imparable de la guerra revolucionaria de masas, el gobierno peruano decide que las fuerzas armadas se hagan cargo de la lucha contra el movimiento revolucionario dirigido por el PCP. A principios de 1983 el ejército peruano entra en las regiones de Ayacucho, Huancavelica y Apurímac. A partir de esta fecha comienza un genocidio contra las masas que se prolongará durante toda la guerra y dará lugar a miles y miles de muertes. Para eliminar el Nuevo Estado en gestación se producen asesinatos en masa de personas, quema de pueblos enteros, violaciones de mujeres y niñas, ametrallamientos de población desde helicópteros, saqueos de las posesiones de los campesinos, etc. (3). Un auténtico genocidio contra las masas oprimidas peruanas. La entrada en el conflicto de las fuerzas armadas también dio lugar a la agrupación de manera forzada de campesinos, principalmente campesinos medios, en poblados para formar comités de defensa (también conocidos como rondas campesinas), a imitación de las aldeas estratégicas creadas por el ejército estadounidense en la guerra de Vietnam, para luchar contra las fuerzas revolucionarias.

Para hacer frente a esta nueva situación y por el crecimiento de los efectivos armados del Ejército Rojo, en 1983, se forma el Ejército Guerrillero Popular. El aumento de la capacidad operativa militar del Ejército Rojo había quedado demostrada el año anterior, aparte de por las múltiples acciones de ataque a puestos policiales y a otras instituciones del Estado burgués-terrateniente, por el asalto a la cárcel de Ayacucho donde habían sido liberados 70 presos del PCP y más de 200 presos comunes. El EGP se forma por la integración en él de los pelotones y de las milicias, quedando así formado por tres fuerzas: fuerza principal, que actuaba en el marco de una región y estaba formada por los combatientes mejor preparados y con mejor armamento; fuerza local, que actuaba en marcos territoriales más pequeños como las provincias y auxiliaba a la fuerza principal; y fuerza base, formada por población de los Comités Populares y que se encargaba de la defensa de estos, plasmando en la práctica el mar armado de masas.

A partir de 1983, existe una lucha de contrarrestablecimiento y restablecimiento del poder, es decir, el ejército peruano destruye Comités Populares reinstaurando nuevamente el viejo orden capitalista y semifeudal, mientras que el PCP, dirigiendo al EGP, vuelve a expulsar al poder burgués e instaurar nuevamente el poder popular. Así, unas zonas cambian varias veces de poder y en este conflicto entre poder popular y poder burgués-terrateniente se forja el Nuevo Estado democrático-popular, que las fuerzas represoras de la burguesía, pese a sus matanzas, no pueden eliminar. En este periodo, sobretodo alrededor de 1985, la lucha se extiende a casi todos los departamentos del Perú, principalmente a los departamentos de la Sierra, desde Cajamarca, al norte, hasta Puno, en el sur, siguiendo el mismo proceso de creación de vacíos de poder para crear organismos de poder político popular, Comités Populares. Aun así las regiones donde se desarrolla principalmente la guerra civil revolucionaria siguen siendo Ayacucho, Huancavelica y Apurímac.

Para 1986, a pesar de las matanzas cometidas por las fuerzas armadas y los ronderos contra los campesinos de las bases de apoyo, existían cientos de Comités Populares funcionando en gran parte de la sierra de los Andes. Para esta fecha, según los datos del PCP, el número de víctimas mortales en el conflicto armado ascendía a 15.000 personas. También en este año tiene lugar la matanza de presos políticos del PCP y del EGP en las cárceles de Lurigancho, El Frontón y El Callao por parte de las fuerzas armadas. A finales del año anterior, 30 presos del PCP ya habían sido asesinados en la cárcel de Lurigancho y, para mediados de 1986, ante el traslado de prisioneros que se iba realizar  desde las cárceles de Lurigancho, El Frontón y El Callao a la de Canto Grande y ante la previsión de un asesinato masivo contra los presos comunistas, estos se amotinaron. Al final, las fuerzas armadas tomaron las “luminosas trincheras de combate” (denominación que el PCP daba a las cárceles, donde sus presos controlaban y organizaban toda la vida carcelaria) y 250 presos del PCP fueron asesinados.

3
La lucha entre viejo y nuevo poder se seguía desarrollando en el campo peruano expandiéndose y consolidándose el Poder Popular, lo que daría lugar a que en 1989 se multiplicasen los Comités Populares Abiertos, ante la estabilidad de las bases de apoyo. Anteriormente, muchos Comités Populares adoptaban una forma clandestina al existir una gran posibilidad de ser destruidos por las fuerzas armadas, pero una vez el Nuevo Poder estaba asentado y consolidado adoptaban una forma abierta.

Mientras eso sucedía en el campo, hacia finales de 1988 la actividad del PCP crece en las ciudades, especialmente en la capital, Lima. Ese mismo año se celebró el I Congreso del Partido Comunista del Perú, acordándose en el mismo avanzar en la lucha revolucionaria para alcanzar la segunda fase de la Guerra Popular, el equilibrio estratégico, antesala de la ofensiva final para la conquista del poder en todo el país. Para ello, era necesario potenciar el accionar revolucionario en las ciudades para preparar en ellas la insurrección, fundamentalmente en la capital del país.

Lima contaba casi con un tercio de la población del Perú, en total, más de seis millones de habitantes. La mitad de esta población vivía en barriadas que rodeaban el centro de la ciudad en las cuales existía una gran pobreza (por ello eran llamadas cinturones de miseria). El PCP ya venía realizando acciones en la capital de forma complementaria y secundaria a la lucha revolucionaria en el campo desde el inicio de la Guerra Popular. Su influencia se concentraba en las Universidades de San Marcos y La Cantuta (las cuales serán objeto de la represión masiva por parte del Estado, así, por ejemplo, en 1987 en una redada detienen a 800 estudiantes universitarios y en 1989 a 500), en algunos sindicatos (a través del organismo generado MOTC) y en las barriadas (donde se llegaron a producir detenciones masivas de hasta más de 15.000 personas, como en Barrios Altos).

En las ciudades el frente único recibió el nombre de Movimiento Revolucionario de Defensa del Pueblo  y agrupaba a los diversos organismos generados que actuaban en las áreas urbanas: Movimiento de Obreros y Trabajadores Clasistas, Movimiento Clasista Barrial, Socorro Popular, Movimiento Femenino Popular, Frente Estudiantil Revolucionario, etc. Aparte de las formas generales de lucha que se desarrollaban en la GP, es decir, acciones de propaganda y agitación (en las ciudades se realizaban en las barriadas, fábricas, universidades y en cualquier lugar donde hubiese masas: mercados, clubes deportivos, conciertos, etc.), combates guerrilleros, aniquilamientos selectivos y sabotajes, la forma de lucha que tenía una importancia fundamental en la actividad en las urbes fueron los paros armados, que consiguieron paralizar a las ciudades, incluida Lima, en varias ocasiones. En los paros armados se paralizaba la actividad productiva y se combinaban todas las formas de lucha de la Guerra Popular, es decir, se realizaban acciones de agitación y propaganda, se realizaban atentados contra infraestructuras, se ejecutaba a determinados individuos contrarrevolucionarios y se mantenían enfrentamientos armados contra las fuerzas represivas. En Ayacucho, entre 1989 y 1992, se realizaron once huelgas armadas y en Lima, en el mismo período, nueve. En las ciudades el PCP también organizaba manifestaciones armadas.

Ante el incremento del accionar revolucionario en Lima, con la realización de los primeros paros armados (4) y manifestaciones armadas, el ejército es desplegado en Lima a finales de 1989. Por estas fechas, el PCP trabajaba en las barriadas que rodeaban el centro de Lima, principalmente en Villa El Salvador y las situadas alrededor de la Carretera Central como Huaycán, donde ganaban apoyos entre la población y en las organizaciones de masas allí existentes. En estas barriadas los comunistas peruanos realizaban repartos de comida (que transportaban camiones previamente secuestrados), expulsaban al lumpen (ladrones, narcotraficantes, etc.), controlaban a los comerciantes que se aprovechaban del hambre del pueblo, hacían campañas contra la droga y de ayuda a los drogodependientes, etc. También atacaban los puestos policiales allí existentes, siendo destruidas varias comisarías, para generar vacíos de poder.

Pero uno de los hechos más reseñables conseguidos por el PCP en Lima se produjo en 1990 con la formación del Comité Popular Raucana. Este CP se construyó mediante la invasión de un terreno, a iniciativa del Partido, para formar un asentamiento humano, a 8 kilómetros del centro de Lima, donde la vida era organizada por los propios habitantes. Estos realizaban trabajo colectivo en los huertos y en el cuidado de los animales, para la construcción de caminos, pozos, desagües y demás infraestructuras necesarias para la vida cotidiana. Ellos establecían las normas sobre la producción y distribución de los productos agrícolas obtenidos en las tierras que cultivaban, organizaban los comedores populares, etc. Los mismos pobladores organizaban la justicia para reprimir a ladrones, traficantes, maltratadores, violadores, etc. También organizaban la defensa frente a la policía de forma conjunta formando comités de vigilancia, mediante la construcción de muros y torres de control y enseñando técnicas de autodefensa a la población. El Nuevo Poder en Raucana perduró hasta que a finales del 1991 fue tomada por las fuerzas armadas, las cuales establecieron allí una base militar.

Así, había sido tan importante el efecto que el PCP tuvo sobre el Perú durante la década de los 80,  que el valor de los daños materiales se cifraba en 17000 millones de dólares, cantidad similar a la deuda externa total del Estado peruano (5). De hecho, a principios de 1990, éste recibía, por parte de EEUU, una ayuda de 35 millones de dólares en equipos militares -además de asesoramiento- en nombre de la lucha contra el narcotráfico (6). Este suceso demostraba que la Guerra Popular en el Perú, lejos de seguir siendo un problema concerniente únicamente a la burguesía peruana, implicaba ya al imperialismo extranjero.

En los años 1990 y 1991 la actividad del movimiento revolucionario, así como sus efectivos, continúa aumentando (7), sobre todo en las ciudades y en la selva, y en el campo como -ya habíamos dicho antes- las bases de apoyo se asientan. Esto, unido al hecho de la profunda y grave crisis política y económica existente en el país en esos momentos, da lugar a que en el II Pleno del Comité Central del PCP, celebrado en febrero del 91, se constate que la Guerra Popular ha entrado en la fase del equilibrio estratégico (8).

En abril de 1992 el presidente peruano, Alberto Fujimori, da un autogolpe de Estado con el apoyo de las fuerzas armadas para centralizar el poder y lanzar una contraofensiva contra el movimiento revolucionario. Poco después del autogolpe se produce una nueva matanza en las cárceles, en este caso en la de Canto Grande, donde tras los enfrentamientos son asesinados de forma selectiva varios dirigentes del PCP (en total son asesinados 50 militantes) (9). El objetivo de esta guerra sucia era descabezar al PCP, cosa que lograrían en septiembre del mismo año con la detención de Abimael Guzmán junto con las también integrantes del Comité Central, Elena Iparraguirre, Laura Zambrano y María Pantoja. A partir de esta fecha la lucha sufre un declive que se hace progresivo en el tiempo y que se agravará con la aparición de las llamadas “Cartas de paz” a finales de 1993, en las que se establecía el final de la lucha revolucionaria y la petición de celebración de un acuerdo de paz con el Estado peruano, similar al realizado por el Partido Comunista de Nepal (maoísta) en ese país. La aparición de estas cartas daría lugar a la ruptura del Partido, entre quienes las apoyaban y quienes las rechazaban.

Conclusiones

En nuestra opinión, en este declive de la Guerra Popular, aparte de la propia ofensiva del Estado burgués contra el PCP y la detención y asesinato de gran parte de su Comité Central, jugó un papel importante la concepción sobre la aplicación del Nuevo Poder en las ciudades, donde el Comité Popular de Raucana constituyó una excepción, ya que los maoístas peruanos no concebían la construcción del Poder Popular en la ciudad hasta una fase muy próxima a la conquista del poder en todo el país y por ello, aunque el PCP tuvo una gran e importante influencia entre las masas oprimidas de las ciudades, no pudo consolidar ese apoyo. También creemos que las tesis de jefatura y pensamiento guía, -las cuales consideramos que forman parte de una concepción equivocada sobre el rol que debe asumir el dirigente revolucionario con respecto a la vanguardia comunista y el movimiento de masas, puesto que al final dicha concepción convierte a un solo dirigente en depositario de la ideología revolucionaria y termina potenciando la división del trabajo propia de la sociedad burguesa en el seno del movimiento revolucionario-, influyeron en la derrota una vez detenido Abimael Guzmán (conocido como Presidente Gonzalo desde 1983) al causar un efecto desmoralizador entre la militancia del Partido Comunista del Perú y las masas que lo apoyaban.

Pero, a pesar de que en Perú el proceso revolucionario no terminó con la conquista del poder político, constituye un verdadero ejemplo para todos los comunistas revolucionarios de aplicación de la tesis leninista del Partido de Nuevo Tipo en el periodo de reconstitución del PCP y de inicio y conducción de una guerra revolucionaria de masas a iniciativa de la vanguardia comunista, previamente fusionada con las masas, que llevó a la construcción de una dictadura democrático-popular en zonas campesinas del país andino y a la movilización revolucionaria de las masas de las urbes, frente a los revisionistas que esperan la llegada de una crisis revolucionaria por causas espontáneas que nunca llega ni llegará, o que apuestan por desarrollar la lucha armada sin la previa fusión con las masas y sin la construcción del Nuevo Poder.

Notas

1. El gamonalismo hace referencia a los latifundistas que adquirieron su propiedad sobre la tierra mediante el despojo de los campesinos indígenas.

2. En el anexo reproducimos un extracto de un artículo titulado “Nuestra Bandera Roja ondea en Perú” publicado en el número 16 de la revista Un Mundo Que Ganar en el año 1991, vinculada al Movimiento Revolucionario Internacionalista -del cual formaba parte el PCP-, donde se explica de forma detallada el funcionamiento de los órganos del Nuevo Poder.

3. Esto es algo reconocido por el propio Estado peruano y en el informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Una recopilación de estos hechos se puede leer en el documento del PCP del año 1986 Desarrollar la Guerra Popular sirviendo a la Revolución Mundial.

4. Esta noticia del diario El País da cuenta de la movilización de masas y de la represión contra ellas en los paros armados:

http://elpais.com/diario/1989/07/21/internacional/616975217_850215.html

5. http://elpais.com/diario/1990/01/14/internacional/632271615_850215.html

6. http://elpais.com/diario/1990/04/25/internacional/640994418_850215.html

7. Según unos datos supuestamente incautados por la DINCOTE -policía anti-terrorista- a los dirigentes del PCP, en febrero de 1990 el Ejército Guerrillero Popular, sin contar la región del Huallaga, contaba con 23.406 miembros en sus filas, entre las diversas fuerzas que lo componían.

8. La situación existente en el Perú en los primeros años de la década de los 90, cuando la Guerra Popular se hallaba en equilibrio estratégico, queda plasmada en este documental del Channel Four de Londres: http://www.youtube.com/watch?v=EvnNvlH5zwY (narración en inglés con subtítulos en español).

9. Entre otros, son asesinados los miembros del Comité Central del PCP, Hugo Deodato Juárez, Yovanka Pardavé, Tito Valle Travesaño y Elvia Nila Zanabria.

Anexo

4

El nuevo poder revolucionario es para los que nunca han tenido nada de Poder en toda su vida, para quienes han sido los más humildes y despreciados de la sociedad, aunque llevan al país en sus espaldas: los obreros y campesinos, junto con fuerzas progresistas de las clases medias. El PCP lo describe como la dictadura conjunta de cuatro clases, ya que la débil y vacilante burguesía nacional no participa ahora en la revolución, puede hacerlo en el futuro, y sus intereses son tomados en cuenta, este Nuevo Estado que está naciendo se declara abiertamente una dictadura porque a diferencia del Viejo Estado que pretenden gobernar por los intereses de todos y trata de ocultar el hecho de que descansa en la fuerza armada, la revolución tiene completa razón en revelar el antagonismo entre los intereses de la gran burguesía, los terratenientes y el imperialismo, y los de las masas populares.

Se dice que el Presidente Gonzalo del PCP ha recalcado que incluso desde el comienzo de la guerra, los guerrilleros llevan el Nuevo Poder en sus mochilas. La toma del Poder es la tarea central de toda revolución. En las condiciones de su revolución la tarea era comenzar a establecerlo por parte, en la forma de Comités Populares.

Estos Comités están conformados de cinco miembros, llamados comisarios porque son comisionados por las masas y sometidos a remoción en cualquier momento. Son escogidos por Asambleas de Representantes, que a su vez, cuando es posible, son elegidas por Asambleas Populares de todas las masas del pueblo dado. Son dirigidas por el Partido y están conformados de comunistas, campesinos comunes y otras fuerzas progresistas locales. Su trabajo es comenzar a crear  una nueva política, una nueva economía y una nueva cultura en el campo, como parte de prepararse para poder hacerlo a escala de todo el país.

De los cinco comisarios, el Secretario representa al Partido y al proletariado (que está presente en el campo principalmente a través del Partido). El comisario de seguridad, que también es un miembro del PCP está encargado de la defensa de este Nuevo Poder por la población local en su conjunto, organizada en milicias, junto con fuerzas guerrilleras locales y las fuerzas principales del Ejército Guerrillero Popular. Esto también significa preparar el retiro organizativo de los pobladores de la zona en caso de que sea necesario. El comisario de seguridad también está encargado de las funciones de policía, toma medidas contra los contrarrevolucionarios que ataquen el Nuevo Poder o contra los criminales comunes que perjudiquen a las masas. El robo, las drogas, la embriaguez constante, la prostitución, los juegos de azar, las palizas a las mujeres y niños, la violación y otros azotes que tanto tiempo prosperaron bajo la protección de la vieja autoridad establecida, son ahora reprimidos.

El comisario de producción y economía dirige la organización de toda la nueva economía basada en un nuevo tipo de relaciones entre la gente. La tierra es dividida y repartida en primer lugar a aquellos que no tienen tierra, y luego, si queda algo, a los que tienen poca, sobre la base de qué tanta gente hay en una familia. Se le da a la familia en conjunto y no sólo a los padres o a los hombres en general (A los jóvenes que quieran dejar a sus padres y comenzar su propia familia también se les da tierra). Pero mientras que la posesión de la tierra es individual, la siembra y la cosecha son colectivas y organizadas por todos. Este comisario debe ver que se cuide la tierra de los ancianos, las viudas y los huérfanos. El o ella también organizan la producción de propiedad directa del Comité Popular, tal como cría de pollos, patos o cuyes, y el trabajo colectivo en proyectos de riego.

Con frecuencia se hacen cambios en términos de qué cosecha está creciendo, para permitir que las bases de apoyo sean más autosuficientes. El Comité Popular establece el intercambio de semillas, para permitir la selección científica de las semillas y diversificación de cosechas. Este intercambio de semillas es particularmente importante. Junto con los esfuerzos por reemplazar los fertilizantes químicos dependientes de la importación, acaba con la necesidad de crédito. Estas medidas y la abolición de la renta libera a los campesinos de la pesada carga de la burocracia gubernamental que tanto tiempo chupó la sangre de la agricultura y de la tiranía de los déspotas locales cuyo poder sobre la tierra, el crédito y los insumos era ejercido de la manera más arbitraria. La organización de nuevas relaciones de producción y de intercambio, diseñadas para cumplir las necesidades del pueblo y la guerra popular, libera las fuerzas productivas de sus trabas y lleva a mejoras en la productividad. Hay incluso algunos comienzos de manufactura de ropa y herramientas de modo que estas bases de apoyo puedan hacerse más autosuficientes.

A los pequeños y medianos comerciantes se les permite continuar ejerciendo sus importantes funciones; de hecho, para ellos, también esta es su liberación. Pero además de los Comités Populares también organizan el intercambio. Localmente, puede significar una Feria Popular en la que los artículos pueden venderse directamente del productor al consumidor o trocarse. También significa recuas de mulas que pueden cruzar sin riesgo las montañas y permitir el comercio con otras localidades, porque las bases de apoyo no pueden ser completamente autosuficientes y el Partido tiene que guiar en la solución de este problema.

A medida que avanza el fortalecimiento militar de la revolución y su poder político comienza a hacerse relativamente consolidado en algunas zonas, estas cuestiones económicas son cada vez más cruciales. Autosuficiencia económica quiere decir autosuficiencia respecto de la deuda y de la inflación y la oportunidad de comenzar a desarrollar una economía que alimente al pueblo en vez de alimentarse de ellos, Es clave para la guerra, porque sin estos avances el Poder revolucionario colapsaría y el ejército revolucionario ya no podría contar con el pueblo para su sustento. Estos cambios son parte también de constituir el futuro, cuando un Perú económicamente independiente y militarmente poderoso pueda mantenerse firme contra el imperialismo y servir a la revolución mundial.

El comisario de asuntos de la comunidad es el encargado de administrar la justicia. Esto quiere decir organizar los juicios populares: un fiscal presenta el caso del Comité Popular, el acusado tiene el derecho de defenderse a sí mismo y presentar evidencias, mientras que son las masas populares las que escuchan y deciden. Otro ejemplo es la organización de un comité de daños entre los campesinos en forma rotativa. Si la vaca de un campesino daña el campo sembrado de otro campesino, es tarea de este comité imponer pago por los daños. La primera vez, es hacer una advertencia; la segunda vez, se confisca la vaca; la tercera vez, la vaca es sacrificada y la carne repartida para las necesidades de los pobladores.

Este comisario también preside los matrimonios. Las dos personas que desean casarse deben llevar dos testigos que certifiquen que ninguno de los dos está casado con alguien más –ese es el único requisito. Los asuntos de la comunidad también incluyen el registro de nacimientos, el aprovisionamiento del dispensario médico popular (con medicamentos confiscados al enemigo y hierbas medicinales), y exámenes de salud a recién casados y otros. La educación está guiada por la concepción comunista y ligada al trabajo. A los campesinos se les enseña matemáticas básicas, español (que el PCP considera importante porque así la gente que no habla español puede abrir una ventana al resto del mundo), ciencias naturales e historia. El comisario también organiza la recreación, incluyendo los deportes y la cultura (tales como obras de teatro y presentación de títeres), celebraciones para recordar los aniversarios revolucionarios, y ayuda en la fiesta del santo del pueblo. Esta fiesta se ha convertido en una fiesta popular –el Partido ni ayuda ni impide otras celebraciones más religiosas. El Partido lleva a cabo una política de lo que Lenin llamó libertad de religión en el más amplios sentido –respeta el derecho de la gente a sus creencias religiosas paro al mismo tiempo también se reserva el derecho de luchar por educar a la gente en el materialismo dialéctico.

El divorcio se concede inmediatamente, al ser solicitado por cualquier miembro de la pareja, sin condiciones. Este comisario debe conseguir que la pareja llegue a un acuerdo sobre los hijos en general, el comisario de asuntos de la comunidad trata de ayudar a solucionar las disputas familiares, entre una pareja, o entre padres e hijos, mediante un proceso de crítica y autocrítica. Si ocurre que una mujer quiere irse para unirse al Ejército Guerrillero Popular y sus padres o esposo se oponen, ella de todas maneras puede ir. El esposo tiene prioridad para quedarse con los niños, si lo desea: de otra forma, el Comité Popular busca otra solución.

También hay un comisario encargado de convocar y planificar las reuniones de las organizaciones de masas dirigidas por el partido.

Así es como funciona un Comité Popular Abierto, han tomado diferentes formas, de acuerdo con la relativa fuerza de la revolución y la contrarrevolución en una zona dada o en un momento dado y la fluidez de la guerra popular, expandiéndose, contrayéndose, apareciendo y luego posiblemente desapareciendo, sólo para reaparecer allí, o en otro lugar. Por ejemplo hasta 1989 sus miembros  siempre eran secretos (conocidos solo por la Asamblea de Representantes que los escogió). Los intentos por mantener estos comités operando públicamente, al comienzo de la guerra popular, fallaron debido a que con frecuencia los comisarios serían asesinados. Si la reacción reocupaba una zona, el comité estarían en condiciones de ejercer una autoridad paralela a la de las viejas autoridades. Un comité destruido tendría que ser reorganizado. En una nueva zona, un comité de organización debe esforzarse por crear condiciones bajo las cuales sea posible que surja un comité elegido a gran escala. Por supuesto el funcionamiento de los comités clandestinos es algo dificultoso, especialmente debido a que los comisarios no pueden ser conocidos públicamente sino que deben actuar por medio de delegados. En todo caso el partido deja bien en claro que ellos abogan por el poder para el proletariado y el pueblo y no por el poder personal: cualquier comisionado que ejerza un poder personal puede ser sometido a un juicio popular, removido o en otro caso sancionado. Con la aparición de las primeras Bases de Apoyo abiertas todo este proceso puede llevarse a cabo más libremente y a cabalidad.

En 1983 el PCP formó un Comité Organizador de la República Popular de Nueva Democracia, con miras hacia el futuro. Hoy, el desarrollo de los Comités Populares, el crecimiento y unidad de las bases de apoyo y el surgimiento de más y más funciones de Estado que no pueden ser manejadas localmente, han puesto la función de organizar el Poder del Estado en un nuevo y más elevado nivel, en el futuro cercano, e incluso sin la victoria en toda la nación.

En el campo, donde este Poder revolucionario ya puede existir, la totalidad de la población ya está armada y participa de lleno en el Partido o en organizaciones dirigidas por el Partido, el Ejército Guerrillero Popular y el poder del Nuevo Estado. La situación es diferente en las ciudades, porque son bastiones de la reacción, y el Poder allí sólo se podrá tomar en los momentos finales de la guerra. En lugar de los Comités Populares el Partido ha formado el Movimiento Revolucionario de Defensa del Pueblo, cuyo “objetivo es llevar a las masas a la resistencia y a la elevación de sus luchas en guerra popular, para entrabar, socavar y perturbar el viejo Estado y servir a la futura insurrección, preparando a las ciudades con la guerra popular especificada como complemento (a la  guerra en el campo) Usamos la doble política de desarrollar formas propias que es lo principal y penetrar todo tipo de organizaciones”.