Ante el 1º de mayo: contra el oportunismo, el revisionismo y por el triunfo de la Revolución socialista en el Estado español

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Este 1 de mayo se cumplen 127 años desde que los mártires de Chicago, los obreros ejecutados por el Estado burgués como consecuencia de sus luchas en pos de mejoras laborales, sucumbieran en su lucha de resistencia contra la clase explotadora. Tanto en el Estado español como en el resto de países imperialistas, la burguesía se prepara para contemplar, todavía durmiendo a pierna suelta por la falta de referente revolucionario que amenace su orden criminal, cómo los diferentes desfiles -cada vez menos numerosos, como no podía ser de otra manera- de la aristocracia obrera y sus palmeros se pasean por las calles de las ciudades y pueblos de la dictadura del capital en España.

Hace pocos días hemos podido conocer los datos de la EPA en relación a la tasa de paro del Estado español. La losa del desempleo galopante que golpea al proletariado de este país se suma a una realidad ya de por sí insoportable que sufren las masas explotadas en el Estado español: los desahucios, la precariedad sistemática, la sobreexplotación creciente, la pobreza extrema, la imposibilidad para acceder a servicios básicos, los brutales recortes en sanidad, educación, jubilaciones, prestaciones por desempleo o para personas dependientes, etc. Todo este auténtico genocidio social y económico contra nuestra clase, al contrario de lo que vociferan todos aquellos oportunistas de la “izquierda del sistema” que se pasean por las tertulias de televisión, es consecuencia directa del funcionamiento intrínseco del sistema de explotación capitalista, y no de determinados Gobiernos o políticas implementadas por estos; tampoco tiene en absoluto que ver con las directrices emanadas de la UE o el FMI, pues, en la actual fase de máxima decadencia del imperialismo, todas las políticas de los Estados burgueses terminan sucumbiendo a los dictados del sector de la clase dominante más poderoso, el capital monopolista (los grandes bancos y grupos de inversión, los grupos industriales más poderosos e internacionalizados, etc.).

Por otro lado, la profunda crisis actual está directamente relacionada con las propias leyes generales de la acumulación capitalista, que provocan que, de forma periódica y de manera cada vez más grave para los intereses de las masas trabajadoras, estallen crisis como consecuencia de un modo de producción organizado para satisfacer los intereses de una ínfima minoría, de la oligarquía financiera y sus distintos aliados. No hay capitalismo mejor gestionado y capitalismo peor gestionado: el capitalismo es solo uno, y su naturaleza no puede ser otra que explotación, miseria, violencia contra los oprimidos, decadencia y un largo etcétera. No hay posibilidad alguna hoy -como no la había hace 100 años- de reformar un sistema caduco y reaccionario. Por tanto, los proletarios más avanzados tenemos que entender que la única salida posible pasa por destruir este sistema para erigir sobre sus cenizas el nuevo poder de las masas explotadas, la dictadura revolucionaria del proletariado, como fase previa e imprescindible para construir a escala mundial el comunismo, la sociedad sin clases y sin opresión.

Un año más, los oportunistas y los revisionistas llaman a los explotados a sacarle las castañas del fuego a la burguesía. Los primeros nos instan a que luchemos, dentro del estrecho marco de este sistema de dominación y de su régimen político reaccionario, por una «salida social a la crisis», engañando al proletariado con cantos de sirena sobre la posibilidad de utilizar al Estado burgués para cambiar las cosas, ocultando el carácter de clase de toda democracia y mintiendo deliberadamente sobre la única posibilidad de acabar con la democracia burguesa (dictadura contra la mayoría explotada): la democracia obrera, que no puede ser otra cosa que democracia para la inmensa mayoría de la población y dictadura contra la oligarquía financiera y los explotadores en su conjunto. Ni la lucha por unos derechos que no se sustrae al marco de este modo de producción decadente, ni la defensa de unos «servicios públicos» que son en el fondo la defensa del Estado democrático-burgués, ni una falsa oposición entre «el Estado» y «los mercados» (¡como si el Estado no fuera otra cosa, en última instancia, que el cuerpo armado para la defensa de los intereses de esos «mercados», es decir, fundamentalmente el gran capital!), van a conseguir que la verdadera transformación se produzca.

Los segundos, esos revisionistas que en el Estado español abanderan el marxismo-leninismo pero que, en el fondo, no hacen más que vender al proletariado sus ilusiones economicistas, volverán este 1º de mayo a instarnos a que hagamos de furgón de cola «combativo» de los desfiles que protagonizarán las burocracias sindicales al servicio de la aristocracia obrera, fracción de la clase dominante que está perdiendo un poder considerable en los últimos años por la crisis y por las necesidades de reorganizar los mecanismos de acumulación de capital por parte de la burguesía.

Pero nosotros tenemos muy claro que la única salida a la actual debacle que viven el proletariado y el conjunto de los oprimidos pasa, en primer lugar, por romper política e ideológicamente con las diferentes posiciones oportunistas y revisionistas que dominan en los elementos más avanzados de nuestra clase, consiguiendo así la independencia ideológica de la misma, entendida esta como primer eslabón para la construcción de todo movimiento revolucionario. Esta es la labor práctica prioritaria hoy, y no ese seguidismo economicista que ata de pies y manos a los proletarios y que les impide, de hecho, destruir el orden criminal del capitalismo.

Ninguna experiencia revolucionaria triunfante (como la soviética, la china o la albanesa) ha podido materializarse siguiendo la lógica falaz y simplista de «ir a las masas» a venderles la moto -como si estas entendieran la necesidad del comunismo por el efecto de la simple propaganda y la agitación-, o pretendiendo que hay una línea de continuidad entre las luchas sindicales y la lucha revolucionaria. Todo esto es radicalmente falso, pues el grueso de los explotados solo entenderá la necesidad de la Revolución cuando pueda probar por sí mismo lo necesario, útil y posible de constituir órganos de nuevo poder, los cuales serán la expresión genuina de ese cuerpo social superior que es el Partido Comunista, la organización que convierte en un robusto puño a la clase obrera más combativa y a los revolucionarios. Asimismo, la conciencia revolucionaria deberá emerger necesariamente fuera de las luchas sindicales, pues así nos lo demuestra nuestra propia historia.

En este 1º de mayo se trata, nuevamente, de que los comunistas sepamos estar a la altura de las circunstancias históricas, denunciando de forma científica el modelo de sociedad explotadora y opresiva que sufrimos todos los explotados y, sobre todo, haciendo un especial hincapié en combatir tanto al reformismo como al revisionismo, pues estos son dos piedras en el camino de la emancipación de los trabajadores. Por último, tenemos que aprovechar este día para volver a desenmascarar a CCOO y UGT, así como a todos aquellos sindicatos que tienen como único propósito la defensa de sus intereses como fracción de la clase burguesa. Los Toxo y Méndez son tan enemigos de clase de los obreros como los Botín y Alierta.

¡A denunciar y combatir sin tregua al oportunismo y al revisionismo, hasta la reconstitución del Partido Comunista del Estado español!

¡A luchar por la hegemonía del marxismo-leninismo en el seno de la vanguardia revolucionaria!

¡A preparar las condiciones ideológicas y políticas para la reconstitución del movimiento comunista y por el triunfo de la Revolución socialista!

¡Comunismo o barbarie!

Revolución o Barbarie

revolucionobarbarie@gmail.com

La Rusia soviética, la Internacional Comunista y la política exterior soviética en los años 20

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                La Revolución de Octubre es, junto con la Revolución francesa y la experiencia revolucionaria china, el acontecimiento histórico más importante de los últimos tres siglos. La Revolución bolchevique supuso un hito en la historia de la Humanidad, pues fue la primera ocasión en que el poder de las masas explotadas pudo implantarse, consolidarse y desarrollarse de forma vigorosa hasta que la línea revisionista terminó por imponerse en el primer Estado proletario de la historia, restaurando así el capitalismo bajo el control y la dirección de la burguesía burocrática.

                Si bien la Revolución proletaria que triunfó en Rusia contó con el precedente de la Comuna de París (la primera forma de Estado obrero que no pudo consolidarse por la debilidad cualitativa y cuantitativa del proletariado de la Francia de finales del siglo XIX), las masas oprimidas del antiguo Imperio ruso, guiadas por su Partido revolucionario, tuvieron que ser los primeros en arreglárselas para poner en pie la titánica obra de constitución de un poder revolucionario jamás visto en la historia humana. Gracias a su nuevo y radical paradigma de organización social con base en la teoría revolucionaria del comunismo, la alianza obrero-campesina conformada en la Rusia soviética demostró al mundo que era posible derrocar a la clase capitalista y organizar una nueva sociedad fundada sobre el poder proletario, un poder que buscaba constituir por vez primera una sociedad sin clases a escala internacional.

                Durante casi 30 años, la Rusia soviética se vio obligada a la gesta de erigir el Estado obrero en la ciénaga del imperialismo beligerante y decadente. Durante mucho tiempo (hasta la constitución de las «democracias populares» y el triunfo de la Revolución china), una Unión Soviética cercada demostró con su ejemplo que era posible construir el socialismo a pesar del atraso histórico de la sociedad rusa y del asedio que el imperialismo impuso sobre la República soviética en el plano político, económico, militar e ideológico.

                Para explicar el trasfondo y la infraestructura material gracias a los que el revisionismo consiguió fagocitar al Estado socialista hasta convertirlo a él (y al marxismo) en una vil caricatura, es imprescindible proseguir con -y profundizar en- los análisis históricos desde la vanguardia comunista de las experiencias más importantes y ejemplares del movimiento revolucionario internacional. En Revolución o Barbarie, blog en el que nos hemos marcado como objetivo prioritario la profundización en las tareas del balance crítico de nuestra historia, de la historia del movimiento comunista internacional, seguimos, modesta pero incansablemente, tratando de arrojar luz sobre todos y cada uno de los aspectos que puedan ayudarnos a estudiar y conocer -a la luz de las herramientas que la cosmovisión comunista nos aporta- las causas del fracaso del primer intento de tomar «el cielo por asalto» (Marx a Kugelmann), de la primera gran hazaña de los oprimidos por articular el primer proyecto en la historia humana de sociedad socialista en transición hacia una civilización sin explotados ni explotadores, sin oprimidos ni opresores.

                Para ello, en este trabajo analizaremos (basándonos fundamentalmente en la obra del historiador E. H. Carr, la  Historia de la Rusia Soviética –concretamente, el tercer volumen, La Rusia soviética y el mundo-, así como en artículos y libros de Marx, Engels, Lenin, Stalin y otros dirigentes bolcheviques que protagonizaron la primera etapa de la Rusia revolucionaria) la problemática de la cuestión internacional en el seno de la República soviética desde su constitución hasta mediados de los años 20. Estudiaremos las enormes dificultades de asedio imperialista que tuvo que soportar la Rusia soviética, y cómo a pesar de ello fue capaz de levantar y vigorizar la Internacional Comunista. Pero, teniendo en cuenta que el revisionismo no surge del cuerpo proletario como el virus que es inoculado por un agente infeccioso externo, sino que está latente en su interior de forma constante y pugna, también de forma sistemática y recurrente, por adherirse a la célula y matarla desde sus mismas entrañas, terminaremos el trabajo con unas palabras finales críticas sobre determinadas líneas y procesos que ya comenzaban a manifestarse en el interior del Estado proletario, sobre todo en la cuestión del internacionalismo y la construcción del socialismo en un solo país, y que, a la postre, terminarían por abonar el terreno para que los jruschovistas y demás elementos revisionistas pudieran defender y justificar aberraciones antimarxistas como la «coexistencia pacífica con el imperialismo» o el «Estado de todo el pueblo».

                Por último, hacemos dos aclaraciones estrictamente editoriales. En primer lugar, somos nosotros quienes hemos colocado determinadas frases o palabras en negrita en las diferentes citas, para así resaltar ideas que nos parecen capitales. En segundo lugar, ya que la práctica totalidad de las citas usadas en este documento están extraídas de fragmentos de la obra ya mencionada del historiador E. H. Carr, y teniendo en cuenta que este autor colocaba en sus pies de página las referencias bibliográficas en los idiomas originales de las obras citadas (o con transliteraciones al alfabeto latino, como en el caso del ruso), hay algunas obras que, por nuestro desconocimiento total -parcial en el caso del inglés- de idiomas como el ruso o el alemán, no están traducidas al castellano.

1. La Revolución de Octubre y el mundo capitalista: análisis histórico del Tratado de Brest-Litovsk

                «Las diferencias nacionales y los antagonismos entre los pueblos se desvanecencada día más… La supremacía del proletariado hará que se borren aún más de prisa».

(Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto comunista)

                La gran Revolución socialista de Octubre constituyó el primer exponente de Estado de dictadura del proletariado en un mundo que, hasta la fecha, había seguido el ritmo que le marcaba el director de la orquesta. Ese director no era otro que el capitalismo en su fase imperialista; un capitalismo que ya había tenido la oportunidad de demostrar dos cosas: por un lado, su incapacidad congénita para resolver su antagonismo fundamental (el de la contradicción entre el carácter social de la producción y la apropiación privada de lo producido), que a cada minuto se mostraba más evidente y se manifestaba de forma más violenta e irracional; por otro lado, su necesidad inevitable de recurrir a la guerra imperialista como una continuación de proseguir con la dinámica capitalista de pugna por adquirir y controlar nuevos mercados exteriores, materias primas, zonas de exportación de capitales, etc. Este segundo aspecto quedó sobradamente corroborado por la Primera Guerra Mundial imperialista, una conflagración sangrienta que afectó de lleno a la Rusia prerrevolucionaria.

                La pionera experiencia revolucionaria que protagonizó el bloque de poder del proletariado y el campesinado pobre de la inmensa Rusia, tuvo que comenzar a construir su particular gesta (en realidad, la de todos los explotados del mundo) con un brutal cerco imperialista, que pronto hizo ver a los comunistas de la Rusia soviética que, si la Revolución se retrasaba en Europa (fundamentalmente en Alemania), no podían esperar eternamente, frenando en seco la construcción del socialismo, mientras el proletariado más avanzado de los países occidentales acudía en su ayuda. El mismo Lenin, que desde 1917 hasta sus últimos meses de vida fue el más consciente de la necesidad de impulsar y apoyar el movimiento revolucionario de países como Alemania o Francia, al final terminó por convencerse de que el proletariado de la Rusia soviética no tenía más remedio que continuar su gigantesca obra de construcción revolucionaria del socialismo en un marco de aislamiento y hostilidad crecientes con el mundo capitalista. Los últimos escritos de Lenin relativos a las concesiones al «capitalismo de Estado» proletario y a los nepmen demostraban, precisamente, que Rusia no podía saltarse fases históricas en el desarrollo revolucionario hasta llegar a construir el socialismo, pues sin capitalismo previo suficientemente desarrollado, poco socialismo se podía construir.

                Fue Stalin quien, en octubre de 1917, deslindó de forma muy adecuada la posición correcta de la errónea en este asunto. Así, el georgiano sostuvo que «Hay dos direcciones: una marca el curso a seguir para la victoria de la Revolución y se apoya en Europa; la segunda no cree en la Revolución y no cuenta más que constituir una oposición» (Stalin, Obras completas, tomo 3º, p. 381). Este espíritu quedó reflejado a la perfección en el plano político con el decreto de la paz, aprobado por el segundo Congreso de Soviets de toda Rusia tan solo un día después de la victoria de la Revolución. Este manifiesto, que supuso el primer gran ejercicio de claro internacionalismo desde las posiciones victoriosas de un proletariado sabedor de su fuerza, conciencia y organización, declaraba la abolición del secreto diplomático, proponía una paz «justa, democrática» basada en el derecho de autodeterminación nacional y -lo que es más importante aún- exhortaba al proletariado de Alemania, Francia e Inglaterra a acudir en auxilio de sus hermanos de Rusia para «llevar a feliz término la conclusión de la obra de la paz, y también de la liberación de las masas trabajadoras y explotadas de la población de toda clase de esclavitud y explotación».

                Como se puede comprobar en este planteamiento, los bolcheviques, con Lenin a la cabeza, demostraron por vez primera su capacidad para maniobrar políticamente de tal forma que se aseguraran dos cosas: en primer lugar, la defensa irrenunciable de las conquistas de la Revolución de Octubre y del poder proletario; en segundo lugar, el principio igualmente imprescindible de apoyo a la Revolución proletaria internacional, elemento que el grueso de los comunistas de la Rusia soviética consideraba indispensable para que pudiera comenzar la construcción exitosa del socialismo en Rusia.

                En el aspecto táctico de la cuestión, es importante valorar hoy la forma en que, a pesar de las tremendas dificultades por el asedio imperialista, el Estado proletario fue capaz de maniobrar para aprovechar las contradicciones interimperialistas (algo que el nuevo poder obrero demostró con más profundidad a principios de los 20), buscando por encima de todo debilitar al enemigo y ganar tiempo hasta que el león revolucionario rugiera en toda Europa y en el mundo entero. Así, una de las maniobras más inteligentes del nuevo Estado revolucionario fue la de publicar los tratados secretos a través de los cuales las potencias imperialistas aliadas habían acordado el reparto del botín posbélico. Los tratados secretos, en palabras de Lenin, «revelaban las contradicciones existentes entre los intereses de los capitalistas y la voluntad del pueblo, de la forma más patente» (Obras completas, tomo 20º, p. 259). Gracias a la implantación de la «dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado», las democracias burguesas, los buitres imperialistas que despedazaban a los proletarios por conseguir la mayor cantidad posible de carroña, quedaron retratados y el sistema capitalista fue desenmascarado de cara a las grandes masas oprimidas como un gigantesco sistema de dominio, saqueo, explotación y opresión sobre la inmensa mayoría del planeta. En 1918, como demostración de esta nueva política revolucionaria e internacionalista, el Comité Ejecutivo Central de toda Rusia emitió un comunicado en el que declaraba que «Para nosotros no hay más que un tratado que no está escrito, pero que es sagrado: el tratado de la solidaridad internacional del proletariado».

                Otra prueba del inquebrantable internacionalismo proletario que defendió el flamante Estado obrero fue la de la concesión de la ciudadanía soviética a todos aquellos prisioneros de guerra que se solidarizasen con la causa revolucionaria del proletariado de Rusia (la punta de lanza de la Revolución proletaria mundial). Rusia ya no era solamente el primer país que había visto nacer en su interior una victoriosa Revolución proletaria, sino que además se convertía en el Estado mayor de la clase obrera revolucionaria; un Estado mayor que, como consecuencia de su formidable atraso, requería el concurso y el apoyo del proletariado revolucionario de los países capitalistas más desarrollados.

                Como era previsible, el imperialismo se tapó los oídos y los ojos ante las exhortaciones lanzadas por la República soviética para llegar a una «paz democrática» y «justa», sin anexiones ni indemnizaciones. Obviamente, la burguesía internacional pensaba en ese momento que la Revolución bolchevique sería rápidamente derrotada, consumida por su propia debilidad y por el brutal estado en que se encontraba el vastísimo territorio ruso. Es este un momento determinante para la historia de la Rusia soviética y para el conjunto del movimiento comunista internacional, pues es este el periodo en que la vanguardia comunista de Rusia comienza a darse cuenta de que la política revolucionaria e internacionalista tiene que contar, de forma insoslayable, con ciertos requerimientos e intereses de las grandes potencias. Esto era lógico, ya que Rusia, a mediados de 1918, estaba devastada y cercada por todas las grandes potencias capitalistas. Por este motivo, los revolucionarios de Rusia no tenían más remedio que maniobrar con ambas manos: con la izquierda, defendían escrupulosamente el internacionalismo proletario; con la derecha, comenzaron a acercarse a los grandes Estados capitalistas para tratar de negociar en el plano diplomático, militar o económico.

                Además, hay un elemento muy destacado que no debe olvidarse, y es que el Estado soviético, que se había levantado gracias a la alianza mancomunada de la clase obrera y los sectores pobre y medio del campesinado, tenía que sacar al país de la guerra imperialista de forma urgente, ya que la masa campesina no apoyaría a un Gobierno que no trajera la paz al sufrido campesinado pobre, obligado a ser carne de cañón en las disputas interimperialistas. Por ello, era indispensable que el proletariado ruso pudiera tomarse un respiro, pudiera parar para descansar un momento y posteriormente coger carrerilla. Las inconmensurables dificultades objetivas a nivel internacional obligaron a los bolcheviques a implementar una doble política (a la que antes nos hemos referido previamente con la metáfora de la mano izquierda y la mano derecha): a) máxima presión posible para provocar la caída de los Estados burgueses en toda Europa y el mundo; b) maniobras de negociaciones, acuerdos y componendas inevitables con esos mismos Estados capitalistas.

                Este fue el sentido de la firma del Tratado de Brest-Litovsk. Formalmente, las negociaciones para la firma de este tratado comenzaron el 9-22 de diciembre de 1917. La delegación soviética para el armisticio con Alemania, que estaba nutrida por Joffe, Kaménev y Sokólnikov (además de un obrero, un campesino y varios expertos en asuntos militares), se enfrentó con la imponente delegación alemana, que estaba presidida por el general Hoffmann. Era la primera vez en la historia humana que un grupo de revolucionarios, en representación de millones de explotados de todo el mundo, se sentaba a negociar con una gran potencia capitalista. Lenin, que desde el principio defendió de manera enconada el acuerdo con la Alemania imperialista como única manera de garantizar el fin de la guerra, declaró abiertamente: «No confiamos lo más mínimo en los generales alemanes, pero sí en el pueblo alemán». El revolucionario ruso, en un ejemplo brillante de su capacidad para adaptar la letra viva del marxismo a la realidad concreta, pronto abandonó su anterior optimismo sobre la capacidad revolucionaria del proletariado alemán y, al comprobar que los soldados de Alemania se disponían a atacar a la Rusia soviética, expuso en su trabajo Tesis sobre la cuestión de la conclusión inmediata de una paz separada y anexionista:

                «El estado de los asuntos con respecto a la revolución socialista en Rusia, ha de constituir la base de toda definición de la misión internacional de nuestro poder soviético. En el cuarto año de guerra,la situación internacional es tal, que resulta completamente incalculable cuál sea el momento probable del estallido de la revolución y de la destrucción de cualquiera de los gobiernos imperialistas europeos. No hay duda de que está destinada a producirse la revolución socialista en Europa, y que se producirá. Todas nuestras esperanzas en la victoria final del socialismo se fundan en esta convicción y en esta predicción científica. Tenemos que reforzar y afirmar nuestra actividad propagandística en general y, en particular, la organización de la fraternización, pero sería una equivocación montar la táctica del gobierno socialista en intentos de determinar si tendrá lugar o no el próximo año (o en cualquier espacio de tiempo corto) la revolución socialista, y en particular la alemana».

                En el mismo trabajo, Lenin argumentaría lo siguiente:

                «El ejemplo de una república soviética socialista en Rusia se erigirá como modelo viviente para las gentes de todos los países, y el efecto propagandístico revolucionario de ese modelo será inmenso. De un lado estarán el régimen y una guerra descarada de anexión, entre los dos grupos de usurpadores; de otro, la paz y la república socialista de soviets».

                Nuevamente, el máximo representante del Estado soviético volvía a colocar el nuevo poder de los proletarios rusos como paradigma y sostén de la Revolución socialista mundial. Además, la Rusia soviética aparecía ante los ojos de todos los oprimidos del mundo como el único Estado realmente interesado en acabar con la máquina de guerra capitalista y en denunciar a toda costa la hipocresía de las democracias burguesas con respecto a la paz. Trotsky, sin embargo, mantuvo una posición errónea e izquierdista que le llevó a sostener que firmar la paz con Alemania era algo innecesario y equivocado. Aunque es verdad que no defendía la posición ultraizquierdista de «guerra revolucionaria» en una situación en la que no era factible (como defendieron Bujarin y Dzerzhinski), Trotsky entendía de manera errónea que los bolcheviques podían distraer a los Hoffmann y Cía. a la espera de esa Revolución. Por ello, contradiciendo a Lenin, Trotsky abogó por no firmar ningún tratado de paz que supusiese aceptar lo que él entendía como condiciones absolutamente inaceptables.

                Stalin, por su parte, demostró mucha más lucidez y sentido de las posibilidades políticas reales, como lo muestra el hecho de que apoyó abierta y decididamente a Lenin el día de la votación sobre el tratado en el comité central del Partido. Sin embargo, salvo Stalin y el apoyo dubitativo de Zinóviev fundamentalmente, el resto del comité central no se decidía a apoyar la propuesta de Lenin, por lo que este amenazó con dimitir del gobierno y del Comité Ejecutivo Central de toda Rusia si proseguía «la política de pura fraseología revolucionaria». Con la madurez política que le caracterizaba, Lenin rechazó también el último ofrecimiento conciliador de Stalin, quien propuso postergar la firma. El revolucionario ruso expresó claramente la idea de que, si la Rusia soviética no aceptaba en ese momento las condiciones del imperialismo alemán, ya que la Revolución proletaria aún no estaba madura, el poder soviético sería aniquilado por la máquina de guerra de la burguesía alemana.

                Finalmente, el Tratado de Brest-Litovsk fue firmado el 3 de marzo de 1918. Era el primer episodio en el que se certificaba el aislamiento imperialista de la Rusia soviética y la excepcional capacidad de maniobra de la República proletaria. Rusia tuvo que aceptar la renuncia de derechos territoriales, además del pago muy elevado en concepto de mantenimiento de sus prisioneros de guerra. Tras esto, el 16 de marzo de 1918, el cuarto Congreso de Soviets de toda Rusia ratificó el tratado. La posición más inteligente y correcta a la luz de los hechos salió vencedora. Sin embargo, este mismo hecho demostraba ya en ese momento las tremendas dificultades que iban a tener que enfrentar los dirigentes soviéticos como consecuencia del reflujo de la Revolución en los años 20. Comenzaba una época en la que, mientras el proletariado y los campesinos pobres rusos se preparaban para reconstruir el país y sentar las bases del socialismo en una economía semifeudal y de capitalismo muy atrasado, el Estado soviético se veía obligado a buscar acuerdos con las potencias imperialistas para poder sobrevivir.

                Tras la ratificación del Tratado por el séptimo Congreso del Partido, Lenin aseveró:

                «Un país de pequeños agricultores, desorganizado por la guerra, reducido por su causa a una miseria inaudita, se encuentra en una situación excepcionalmente difícil: no tenemos ejército y tenemos que continuar viviendo frente a frente con unos bandidos armados hasta los dientes. Por culpa del ejército tenemos que pactar con el imperialismo» (Obras completas, tomo 22º, pp. 318-19, 325).

                Posteriormente, en un memorándum confidencial escrito en mayo de 1918, Lenin definió la política de «retiradas y maniobras» de la siguiente manera:

                «La política exterior del poder soviético no debe cambiarse bajo ningún concepto. Nuestra preparación militar no está todavía a punto y, por lo tanto, nuestra máxima general es la misma de antes: afianzarnos, retirarnos y esperar mientras continuamos la preparación con todas nuestras fuerzas».

                El Tratado de Brest-Litovsk supuso la formalización de la política leninista de acuerdos inevitables con el mundo capitalista. Como le dijo Lenin al británico Lockhart (esta intervención se puede consultar en el libro Memoirs of a British Agent, de Lockhart):

                «Nuestros métodos… no son los vuestros. Podemos permitirnos un compromiso temporal con el capital; es una necesidad porque, si el capital se uniese, seríamos aplastados en la presente etapa de nuestro desarrollo. Afortunadamente para nosotros, la naturaleza del capital es tal que no cabe la unión entre sus componentes. Por consiguiente, mientras exista el peligro alemán, estoy dispuesto a arriesgarme a cooperar con los aliados, cooperación que puede ser temporalmente ventajosa para todos. En caso de agresión germánica estoy incluso dispuesto a aceptar ayuda militar, pero al mismo tiempo estoy completamente convencido de que vuestro gobierno no verá nunca las cosas bajo esta luz. Es un gobierno reaccionario y cooperará con los reaccionarios rusos».

                La crítica que dirigentes como Bujarin, Shliápinikov, Piatakov o Kolontai -destacados representantes de la tendencia izquierdista del Partido bolchevique- le hacían a Lenin tenía que ver, básicamente, con que entendían que el comunista ruso, adoptando una posición «derechista», se había plegado en exceso a los intereses del imperialismo alemán. Sin embargo, tras la verborrea izquierdista, ninguno de los dirigentes críticos con las posiciones de Lenin fueron capaces de defender una postura aplicable en el terreno de la práctica política real. Por otro lado, es incierto que Lenin plegara a la Rusia soviética a los intereses del imperialismo alemán, pues lo único que propuso el revolucionario fue maniobrar de forma flexible y realista, tratando de ganar tiempo para coger aire y poder recomenzar la tarea de la Revolución proletaria internacional. También estaba muy lejos Lenin de defender, como arguyeron algunos de sus críticos izquierdistas, una postura «nacionalista» o «excesivamente» nacional, puesto que lo que él pretendía era disponer de ese tiempo de respiro para poder derrocar a la burguesía cuando las condiciones objetivas y subjetivas lo permitieran. Así, el revolucionario ruso lo dejó claro al expresar que «tendremos las manos libres y podremos emprender una guerra revolucionaria contra el imperialismo internacional» (Protokoli Tsentralnogo Komiteta RSDRP [1929], pp. 231, 241). Además, Lenin expresó:

                «Sosteniendo el poder soviético, prestamos el apoyo mejor y más poderoso al proletariado de todos los países en su penosa lucha, de una dificultad sin precedentes, contra su propia burguesía. No hay ni puede haber golpe mayor contra la causa del socialismo que el hundimiento del poder soviético en Rusia». (Protokoli Tsentralnogo Komiteta RSDRP [1929], pp. 231, 241).

                Como podemos leer, Lenin estableció una clara relación dialéctica entre la causa de la Revolución proletaria internacional y la defensa del Estado soviético frente al imperialismo beligerante. Ahora bien, aunque Lenin siempre dejó claro que el mayor peligro para el socialismo internacional era la caída de la República soviética, en todo momento subordinó con rotundidad el proyecto de construcción del socialismo en la Rusia soviética con la política internacional revolucionaria de la clase obrera. ¿Defensa nacional de la Rusia soviética frente a los invasores imperialistas? Sí, pero con un matiz fundamental:

                «Somos «defensistas»; desde el 25 de octubre de 1917 hemos conquistado el derecho a defender la patria. No estamos defendiendo tratados secretos porque los hemos roto en pedazos; los hemos revelado al mundo entero. Y ahora estamos defendiendo la patria contra los imperialistas. Porque defendemos, venceremos. No somos partidarios del Estado, no defendemos una posición de gran potencia; a Rusia no le queda más que la Gran Rusia. No se trata pues de intereses nacionales. Afirmamos que los intereses del socialismo, del socialismo mundial, son superiores a los nacionales, están por encima de los intereses del Estado. Somos «defensistas» de la patria socialista» (Obras completas, tomo 22º, pp. 13-14).

                Después de declarar el legítimo y necesario derecho del proletariado soviético a defenderse de las agresiones del imperialismo belicoso, Lenin afirmaba que los intereses del socialismo (aunque dependieran del sostenimiento del Estado soviético) eran superiores a los intereses nacionales, a los intereses de cualquier país (¡incluso a los de la Rusia soviética!). En sus Obras completas (tomo 23º, p. 291), se puede leer lo siguiente: «[…] el imperialismo anglo-francés y americano estrangulará inevitablemente la independencia y la libertad de Rusia a no ser que triunfe la revolución socialista, el bolchevismo, a escala mundial». En este pasaje, Lenin mantiene la posición (que defendió hasta que fue consciente de que la construcción del socialismo en Rusia sí era posible a pesar del aislamiento, haciendo gala nuevamente de su ejemplar flexibilidad táctica) según la cual condiciona el triunfo del socialismo en Rusia al éxito de la Revolución internacional. Esta postura, que era tan correcta como la que después defendió Lenin (ya que tanto una como otra se ajustaban a las diferentes necesidades y posibilidades revolucionarias a escala internacional), demostraba que el revolucionario ruso ponía un énfasis especial sobre la correlación de fuerzas entre clases a escala mundial. Al final, tanto el apoyo a la Revolución mundial como el fortalecimiento del Estado soviético formaron un solo y robusto puño de hierro que, a la postre, aseguraría el éxito del socialismo pese al reflujo del movimiento revolucionario de los 20, un movimiento que terminaría por decaer sobre todo después del fracaso de la insurrección de 1923 en Bulgaria.

                Terminando con este punto, entendemos que es necesario realizar unas apreciaciones breves sobre la cuestión de la defensa de la Rusia soviética y el apoyo a la Revolución internacional tanto en la URSS encabezada por Lenin como en la URSS estaliniana, pues esto es todavía algo que consideramos poco estudiado por el conjunto del movimiento comunista internacional. Stalin, que en ese momento defendía las mismas posiciones que Lenin, pasaría posteriormente a sostener posiciones en exceso «defensistas». Así, en lugar de subordinar en el plano ideológico la construcción del socialismo en territorio soviético al impulso a la Revolución mundial, colocaba a la Rusia soviética como la base de la Revolución mundial. A nuestro juicio, este planteamiento estuvo condicionado por la situación de reflujo revolucionario que se produjo desde mediados de los 20. Dicho reflujo provocó que esa posición excesivamente «defensista» se acentuara, provocando un debilitamiento progresivo del internacionalismo proletario hasta su liquidación definitiva con el programa de los Frentes Populares, el democratismo burgués del antifascismo y la posterior disolución formal de la Comintern.

                Como se puede leer en el documento Stalin, del marxismo al revisionismo (cuyo estudio aconsejamos encarecidamente a todos los comunistas), de los camaradas del Colectivo Fénix, entre los cruciales años de 1923 y 1925 el revolucionario georgiano ponía el acento sobre todo en la cuestión de la Revolución internacional. Sin embargo, una vez que las tesis del socialismo en un solo país (correctas y acordes a las necesidades políticas y económicas del socialismo en la URSS) resultaron victoriosas, el Partido encabezado por Stalin comenzó a sobredimensionar el aspecto nacional por encima del internacional, relegando a este último a un segundo plano.

                Es cierto que la recién constituida URSS tuvo que hacer frente a la reconstrucción del país sobre bases socialistas después de años de asedio, invasión y boicot por parte de las potencias capitalistas. Es cierto también que los comunistas soviéticos, por sí mismos, no tenían capacidad alguna para organizar revoluciones proletarias triunfantes en el resto de Europa. Por último, es verdad que el reflujo revolucionario de mediados de los 20 -que quedó certificado con la derrota del proletariado en Bulgaria- era sobre todo responsabilidad de la incapacidad manifiesta de los comunistas franceses, alemanes o británicos para derrocar a la burguesía de sus Estados. Pero todo esto, aunque por supuesto explica el contexto en que las posiciones excesivamente «nacionales» se hicieron fuertes en el seno del Estado soviético, no fundamenta de manera completa por qué esta línea terminó por imponerse. A nuestro entender, esta tendencia nacionalista presuponía una concepción un tanto mecanicista -de la que el bolchevismo no fue totalmente capaz de desprenderse al adaptar el marxismo a través de Kautsky y Plejanov a las condiciones particulares de Rusia- de la Revolución, ya que ponía sobre todo el acento en el desarrollo de las fuerzas productivas y las condiciones objetivas.

                Finalmente, como argumentan desde el Colectivo Fénix en su documento Stalin. Del marxismo al revisionismo:

                «La inclusión de consideraciones defensistas en la teoría del socialismo en un solo país irá conduciendo al partido bolchevique a contemplar la Revolución Proletaria Mundial desde el estrecho punto de vista de los intereses de Estado del país soviético, y cada vez más su desarrollo en función de las circunstancias políticas internacionales de la URSS. La Revolución Proletaria Mundial se considera cada vez menos como un movimiento independiente originado por la lucha de clase internacional del proletariado, y cada vez más como un proceso dependiente y subordinado a la conservación de la Unión Soviética como Estado dentro del concierto internacional. En estos términos, la instrumentalización de la clase obrera internacional para los fines de la política exterior soviética, reduciéndola a mero apéndice de su diplomacia, es el último paso lógico de la degeneración nacionalista de la teoría del socialismo en un solo país».

2. Cerco imperialista, aislamiento y primeras tentativas de relaciones de

la Rusia soviética con el mundo capitalista

                Fue el 5 de abril de 1918, en Vladivostok, el día en que el imperialismo penetró directamente en territorio soviético. En concreto, tropas japonesas desembarcaron en la ciudad, tan solo un mes después de que, según la versión oficial de Japón, dos japoneses fueran asesinados. Esto fue, sin duda, un pretexto del imperialismo internacional para intervenir a gran escala en las entrañas de la Rusia soviética. Más tarde, a finales de mayo del mismo año, la legión checa tomó también posiciones en territorio soviético. Por último, Murmansk, un enclave de la RSFSR (que llegó a estar invadida por una veintena de ejércitos imperialistas), fue tomado por tropas inglesas a finales de junio.

                Todos estos acontecimientos demostraron que la burguesía internacional, temerosa de que la Revolución proletaria prendiera como la mecha y asolara la putrefacta sociedad burguesa, estaba dispuesta a derrotar militarmente a la Rusia proletaria, ya que política e ideológicamente no lo había conseguido. El poder soviético, viendo que por el momento la Revolución no se extendía con la rapidez deseada, volvió a maniobrar de forma inteligente y realista, llegando a un acuerdo con la Alemania imperialista para poner fin a las hostilidades. Esto se materializó en la firma de tres tratados suplementarios al de Brest-Litovsk: un acuerdo político, otro de tipo financiero y un tercero confidencial (con este último, el Estado proletario hacía uso por vez primera de la diplomacia secreta).

                Podemos decir que 1919 fue el año de mayor aislamiento de la Rusia soviética en relación al mundo capitalista. Además, fue uno de los periodos en los que su política exterior fue más decididamente revolucionaria. Ahora bien, el Estado de los obreros y campesinos pobres de Rusia estaba dispuesto a soportar un precio por llegar a acuerdos para el cese de las hostilidades imperialistas. Mientras el proletariado europeo era incapaz de llevar a buen puerto el proyecto revolucionario, a la República soviética le urgía un descanso que necesitaba para recomponer fuerzas.

                Tras más de medio año de asedio imperialista directo, las grandes potencias «aliadas» decidieron que ya no tenía sentido mandar más soldados a Rusia. Sin embargo, la retirada de las tropas fue acompañada de un apoyo más entusiasta y fuerte, tanto financiero como militar, a la contrarrevolución interna. No es casual que fuera este el periodo en que más éxitos cosechó el contrarrevolucionario Kolchak en la región de Siberia.

                El panorama internacional, por primera vez en la historia, aparecía dividido en dos bloques hostiles con intereses antagónicos. Por un lado, seguía en pie la Rusia soviética, con una legión creciente de millones de simpatizantes y seguidores entre el proletariado internacional; por otro lado, estaban todas las potencias imperialistas con sus dientes afilados preparados para derrocar al poder revolucionario. La posición de debilidad militar de la joven República proletaria obligó a mejorar, cuantitativa y cualitativamente, las fuerzas militares soviéticas (dicha mejoría tuvo su corolario lógico en la transformación de la Guardia Roja en un potente y disciplinado Ejército Rojo, para el cual el poder soviético no dudó en reciclar a algunos ex oficiales y mandos militares zaristas). Fue este el periodo en que la acusación de «militarismo» fue lanzada por el campeón internacional del revisionismo en aquella época, Karl Kautsky, quien pretendía que los obreros y pequeños campesinos se desarmaran para que volviera a imponerse la dictadura de la burguesía.

                En ese momento, Lenin pensaba que la Rusia soviética no podría aguantar mucho tiempo el asedio imperialista si no triunfaba la Revolución en Europa [«No estamos viviendo simplemente en un Estado, sino en un sistema de Estados, y es inconcebible que la República soviética continúe existiendo durante un largo periodo de tiempo al lado de Estados imperialistas. Al fin, uno de los dos tiene que vencer. Hasta que esto ocurra, son inevitables una serie de terribles choques con los Estados burgueses». (Obras completas, tomo 24º, p. 122]. Por este motivo, Lenin vio muy pronto la necesidad de crear una nueva Internacional (algo que ya había expresado el revolucionario ruso en 1914, cuando comenzó la primera gran carnicería imperialista mundial de la historia). Así, a principios de 1919, el dirigente bolchevique presidió una reunión en el Kremlin en la que se llegó a la conclusión de la necesidad de invitar a «todos los partidos opuestos a la Segunda Internacional» para asistir a un congreso en Moscú con el objetivo de crear una Tercera Internacional (Gran Enciclopedia Soviética, vol. 23º, col. 737, artículo «Internacional Comunista»).

                Recordemos que, en este periodo histórico, la división internacional del movimiento obrero y socialista estaba configurada de la siguiente manera. A la derecha de este movimiento, se encontraba toda la nómina de social-chovinistas, los mismos patrioteros que habían abjurado del marxismo y del internacionalismo proletario, y para los cuales la Internacional Comunista declaró una «guerra sin cuartel». En el centro del movimiento socialista internacional se encontraba un grupo de dirigentes que, sin ser descaradamente chovinistas y antisoviéticos, consideraban que se podía llegar a una serie de componendas con la burguesía internacional. De este grupo, la Comintern propuso la política de extraer a los elementos más combativos y honestos de sus filas, al tiempo que se llamaba a una crítica sin contemplaciones de sus dirigentes oportunistas. Por último, a la izquierda se encontraba todo el conjunto de organizaciones, dirigentes y militantes comunistas que apostaban decididamente por la implantación de soviets a escala internacional y por un apoyo firme a la República socialista de Rusia.

                En la invitación a los comunistas para la celebración del primer Congreso (tengamos en cuenta que llegaron a asistir delegaciones comunistas de buena parte del mundo, como Polonia, Finlandia, Letonia, Lituania, Suecia, Noruega, Ucrania, Bielorrusia, Georgia, Armenia, Azerbaiyán, Gran Bretaña, Suiza, Holanda, Hungría, Austria, Estados Unidos, China, Irán o Corea), se decía que el propósito era el de «crear un órgano general de lucha para la coordinación permanente y la dirección sistemática del movimiento, el centro de una Internacional Comunista, subordinando los intereses particulares del movimiento en cada país a los intereses de la revolución a escala internacional» (Pravda, 24 de enero de 1919). En esta declaración quedó meridianamente claro que las revoluciones nacionales debían subordinarse necesariamente al proyecto de la Revolución internacional. Posteriormente, la situación internacional obligó a poner más el acento en la cuestión del socialismo en territorio soviético, algo que sin duda explica solo parcialmente el viraje que se produciría después al transformarse la Unión Soviética en el elemento subordinante (y no subordinado) de la Revolución mundial.

                Este primer Congreso no se desarrolló sin polémicas o disensiones abiertas sobre la capacidad real del movimiento comunista internacional para conformar una nueva Internacional. Así, Eberlein, el dirigente del oportunista SPD, afirmó:

                «Solamente existen partidos comunistas propiamente dichos en unos pocos países; en la mayor parte de ellos han sido creados en las últimas semanas; en muchos países en los que hay comunistas, carecen totalmente de organización… Lo que hace falta es toda la Europa occidental. Bélgica e Italia no están representadas; el representante suizo no puede hablar en nombre del partido; Francia, Inglaterra, España y Portugal no están aquí representadas, y América tampoco se encuentra en situación de decirnos qué partidos nos ayudarían». (El primer Congreso de la Internacional Comunista [Hamburgo, 1921], p. 134).

                A pesar de los problemas, las vacilaciones y los ataques provenientes del campo del oportunismo, la Comintern fue fundada y su manifiesto político («A los proletarios del mundo entero», al que Zinóviev calificó de «segundo manifiesto comunista») hecho público internacionalmente. Se aprobaron las tesis presentadas por Lenin, unas tesis en las que se hacía una denuncia radical de la farsa de la democracia burguesa y el parlamentarismo, defendiendo de manera firme la necesidad de la dictadura del proletariado. Además, se atacó de forma clara el imperialismo de la Entente y el terror contrarrevolucionario «blanco». Al final, Lenin lanzó una apelación (titulada «A los obreros de todos los países») en la que exhortaba a los proletarios que acudieran en apoyo de la República soviética y promovieran el triunfo de la Revolución mundial.

                Lenin, en los momentos de mayor efervescencia revolucionaria, ejemplificaba a la perfección la dualidad de propósitos inherente al proyecto revolucionario de la época. Mientras se defendía con uñas y dientes la subsistencia del Estado proletario, se efectuaba una propaganda sistemática e incansable sobre la necesidad de dar impulso a la Revolución socialista internacional. Pero hay que tener en cuenta que el mismo impulso, lógico y necesario, dado por la Comintern en el sentido de unificar a los comunistas de todo el mundo, tuvo su consecuencia inevitable -dadas las condiciones en que los diferentes destacamentos comunistas se habían constituido- en la emergencia de Partidos Comunistas sin el mismo patrón de constitución partidaria que había seguido el Partido bolchevique, es decir, sin una lucha entre dos líneas previa y sin una ligazón real con la vanguardia práctica del proletariado. Esto provocó que, lo que ocurriera en marzo de 1919, no fuera tanto una fusión de diferentes Partidos Comunistas de ámbito estatal -con una fuerza más o menos uniforme- como una unión entre diferentes destacamentos comunistas, en general débiles y aislados, y el poder soviético, que en ese momento por fuerza tenía que ser el elemento rector de la política proletaria a nivel internacional.

                Mientras tanto, la burguesía trataba de jugar sus cartas, pero cada vez estaba más aterrada por el desarrollo de los acontecimientos políticos en Europa. Así se pudo demostrar ya en enero de 1919, en la Conferencia de Paz organizada por los imperialistas en París, evento en el que oficialmente se discutió sobre el problema de la ocupación imperialista de la República soviética; una discusión que, a la postre, demostraría las serias preocupaciones de la burguesía internacional por la oleada revolucionaria. Así, el primer ministro británico expresó el temor de la clase dominante británica con las siguientes palabras:

                «Si él proponía ahora mandar mil hombres a Rusia con ese propósito, los ejércitos se amotinarían», «si iniciase una acción militar contra los bolcheviques, Inglaterra se volvería bolchevique y habría un Soviet en Londres» (Relaciones Exteriores de Estados Unidos: La Conferencia de Paz de París, 1919, vol 3º, pp. 590-591).

                Otro destacado representante de las clases dominantes a escala mundial, House, llegó a decir que «El bolchevismo gana terreno en todas partes. Hungría acaba de sucumbir. Estamos sentados sobre un barril de pólvora y cualquier día una chispa puede prenderlo fuego» (Los papeles secretos del Coronel House, ed. C. Seymour, volumen 4º [1928], p. 405), y el mismo Lloyd George llegó a declarar que «Toda Europa está invadida por el espíritu de la revolución. Hay un sentimiento profundo, no de descontento, sino de furia y revuelta entre los obreros contra las condiciones existentes antes de la guerra. Todo el orden político, social y económico está siendo puesto en tela de juicio por las masas de la población de un extremo a otro de Europa» (Documentos sobre las negociaciones para un pacto anglo-francés, Cmd 2169 [1924], p. 78).

                Y no exageraban, pues las tentativas de desafiar el orden capitalista en el continente europeo se sucedían. En Gran Bretaña, la situación social era una auténtica olla a presión. Así, a finales de enero de 1919 se produjo la huelga general de Glasgow, y un «Viernes rojo» que se consideró la cima del movimiento proletario revolucionario en la región de Clyde. Como atestiguó el delegado británico de la Comintern, Fineberg: «El movimiento huelguístico se está extendiendo por toda Inglaterra y afecta a todas las ramas de la industria. En el ejército la disciplina se halla muy debilitada, lo cual fue, en otros países, el primer síntoma de la revolución» (El primer Congreso de la Internacional Comunista [Hamburgo, 1921], p. 70).

                2                  En gran parte de Europa central, el hambre y el desempleo se extendían vertiginosamente, mientras que las huelgas y los disturbios callejeros proliferaban en países como Holanda y Suiza. El periodo de flujo revolucionario vivió uno de sus hitos con la constitución de la República soviética de Hungría el 21 de marzo de 1919. A comienzos de abril, el proletariado bávaro tomó el testigo del húngaro y proclamó igualmente la formación de la República soviética de Baviera. El Estado soviético, que observaba con lógica ansiedad cómo las revoluciones obreras se extendían por Europa, emitió un comunicado en el que expresaba su convicción de que «el proletariado del mundo entero, al tener ante sus ojos los asombrosos ejemplos de la insurrección victoriosa de los obreros en tres países de Europa, los seguirá con una fe ciega en la victoria» (Kliuchnikov y Sabanin, Mezhdunarodnaya Politika, ii [1926], pp. 237-38).

                Sin embargo, el sistema burgués aún pisaba sobre tierra firme y, debido sobre todo al insuficiente desarrollo del movimiento revolucionario (fruto de una constitución forzada y sin vínculos reales con el movimiento de masas) y al papel que jugaría el oportunismo y el revisionismo, la oleada revolucionaria fue frenada de manera sangrienta y eficaz. Así, el 1 de mayo de 1919 se certificó la defunción de la joven República soviética de Baviera. Thomas, el comunista bávaro, declaró más tarde: «la caída de la prematura República soviética bávara había significado el fracaso de la revolución alemana» (Bericht über den 5. Parteitag der Kommunistichschen Partei Deutschlands [Spartakusbund], [1921], p. 77). La misma suerte correría el levantamiento comunista de Viena, que fue aplastado a mediados de junio del mismo año. Por último, en agosto de 1919, la República soviética de Hungría fue destruida, en parte por la propia debilidad interna, y en parte también por la intervención de las tropas rumanas apoyadas por las potencias imperialistas «aliadas».

                Tras esta serie de derrotas, y al ver que la Revolución internacional se aplazaba, la República Soviética Federativa Socialista de Rusia sufrió un aislamiento brutal por parte del imperialismo internacional, además de un asedio formidable que tuvo su punto culminante en los éxitos militares de Kolchak en Siberia, Yudenich frente a Petrogrado o Denikin en Ucrania y la región central de Rusia. Fueron tales los éxitos de la contrarrevolución y el imperialismo, que incluso la misma República soviética pendió de un hilo, sobre todo en los meses de octubre y noviembre de 1919. Es evidente que, como no podía ser de otra manera, ese año la Rusia soviética dependió en gran medida de las acciones de los imperialistas para la conformación de su política exterior. Igualmente, resulta evidente constatar que la Rusia revolucionaria fue aislada por la implicación directa de las potencias imperialistas en el terror «blanco»: es decir, fueron los imperialistas los que aislaron a la Rusia revolucionaria, y no esta la que decidió motu propio aislarse del mundo capitalista.

                El fracaso de la Revolución en Alemania, sobre todo, hizo que el pesimismo cundiera en destacados dirigentes bolcheviques, como era el caso de Radek. Sin embargo, ni siquiera Radek abandonaba todavía la idea de la inevitabilidad del triunfo definitivo de la Revolución:

                «La revolución mundial es un proceso muy lento, en el que hay que esperar más de una derrota. No tengo duda alguna de que en todos los países el proletariado se verá obligado a construir su dictadura varias veces y la verá hundirse muchas veces antes de vencer definitivamente» (Zur Taktik des Kommunismus: Ein Schreiben an den Oktober-Parteitag der KPD [1919], p. 5).

                1919 fue también el año en que tuvieron lugar importantes y profundas discusiones sobre la cuestión parlamentaria en el seno de la vanguardia comunista internacional. Así, la conocida Sylvia Pankhurst (quien fue la encargada de informar a Lenin sobre el desarrollo del movimiento comunista británico) escribió al revolucionario ruso con la intención de ganarse a este para difundir un mensaje claro contra la participación en los parlamentos burgueses. Sin embargo, el dirigente bolchevique defendió la participación en las instituciones democrático-burguesas. Esta posición de Lenin, que ha sido sin duda una de las más manipuladas por el oportunismo y el revisionismo hasta nuestros días, estuvo plenamente justificada a nuestro entender, pues no buscaba más que aprovechar todos los resquicios legales para insuflar conciencia revolucionaria a un movimiento proletario de masas que se radicalizaba cada vez más. Así, Vladimir Ilich Ulianov respondió a Sylvia Pankhurst con la idea de que el abstencionismo era, en ese momento, un error. Sin embargo, entendía que hubiera comunistas británicos opuestos a la participación parlamentaria, por lo que llegó a exhortar a los revolucionarios británicos para que no hubiera una ruptura entre ellos, propugnando que existieran «dos partidos comunistas, es decir, dos partidos a favor de la transición del parlamentarismo burgués al poder de los soviets» (Lenin, Obras completas, tomo 24º, pp. 437-442), los cuales diferirían solo en la cuestión de la participación de los comunistas en las instituciones políticas del capital. En todo caso, el movimiento comunista británico (que, en realidad, nunca tuvo una fuerza considerable, quizá por la propia historia del movimiento obrero inglés, en parte, y quizá también por lo que ya supieron ver Engels y Marx sobre el «aburguesamiento» de una porción importante de la clase obrera británica, que luego se transformó en aristocracia obrera) no consiguió despegar realmente y, salvo en contadas ocasiones y por el ímpetu combativo de algunos sectores del proletariado británico, nunca supuso una amenaza muy seria para la clase explotadora británica.

                En Francia, la situación era aún más desalentadora. El movimiento obrero galo, a pesar de tener un alto grado de conciencia, no era ni mucho menos de los más combativos y aguerridos de Europa. Pero -lo que es más importante aún- el único referente revolucionario hasta la fecha era el Partido Socialista Francés. Recordemos que este partido era, junto con el Partido Laborista Inglés, uno de los grandes adalides de la resurrección de la Segunda Internacional y, por tanto, uno de los puntales más importantes del orden burgués en Francia.

                En lo que respecta a países de menor importancia cuantitativa, el desarrollo de los Partidos Comunistas en 1919 era dificultoso y, en muchas ocasiones, carente de solidez ideológica y política. Por ejemplo, el Partido Comunista Polaco, se encontraba en una situación de aislamiento relativo respecto a las grandes masas del proletariado y el campesinado pobre; además, estaba en una situación de persecución y semi-ilegalidad. Por su parte, tanto el Partido Socialista Italiano como el Partido Obrero Noruego, aunque tenían una influencia considerable sobre las grandes masas explotadas, no habían emprendido una lucha de dos líneas seria y su estructura era un tanto caótica. Otras organizaciones políticas comunistas, como el Partido Comunista Húngaro o el Finlandés, apenas tenían presencia en sus respectivos países y el grueso de sus dirigentes y militantes residía en territorio ruso como exiliados políticos. El único partido de gran importancia era el Partido Comunista Búlgaro, que, de hecho, era el único partido auténticamente comunista, es decir, revolucionario y de masas, además del bolchevique. (Para un estudio introductorio sobre este partido y su papel en la derrotada Revolución búlgara de 1923, aconsejamos nuestro documento Bulgaria y la Revolución fracasada de 1923, que podréis leer en este enlace: https://revolucionobarbarie.wordpress.com/2013/03/09/bulgaria-y-la-revolucion-fracasada-de-1923.)

                Con este cuadro del movimiento comunista europeo, la dirección bolchevique seguía abrigando esperanzas en la Revolución proletaria en el continente europeo. Pero esto no significó, ni mucho menos, que sus dirigentes más lúcidos se llamaran a engaños sobre la inminencia de la dictadura proletaria a escala europea. Así, Lenin aseguró lo siguiente:

                «Confiamos en la inevitabilidad de la revolución internacional, pero esto no quiere decir que seamos tan tontos como para confiar en la inevitabilidad de la revolución internacional dentro de un periodo corto y definido. Hemos visto dos grandes revoluciones, la de 1905 y la de 1917, en nuestro país, y sabemos que las revoluciones no se hacen por encargo o por acuerdo» (Obras completas, tomo 23º, pp. 176-89).

                Este estadio de debilidad del proletariado revolucionario llevó al revolucionario ruso a flexibilizar su táctica y a aconsejar la participación en las elecciones burguesas y la entrada en los sindicatos de la aristocracia obrera y los oportunistas. Pero, a nuestro juicio, sería incorrecto atribuir a Lenin una «excesiva» tolerancia en lo doctrinal, pues incluso en situaciones desesperadas el dirigente bolchevique no dejó de remarcar siempre la necesidad de que el proletariado y los comunistas fueran la fuerza socio-política hegemónica en cualquier alianza política. Es más, incluso en el caso de los países coloniales y semicoloniales (donde el proletariado era una clase aún muy reducida y los comunistas una fuerza política muy minoritaria), Lenin siempre defendió abiertamente que el proletariado propugnara la consiga de la creación de soviets y que dicho proletariado, además, gozara en cualquier circunstancia de su necesaria independencia de línea y programa para la toma del poder.

                Volviendo a la cuestión de la República soviética y el mundo capitalista, hay que decir que, al igual que la Rusia revolucionaria fue obligada al aislamiento por el asedio imperialista, el gran capital internacional inició un progresivo acercamiento al poder soviético a finales de 1919 por imposición de las circunstancias políticas. Estas circunstancias tenían que ver con la conciencia clara, por parte de los buitres imperialistas, del fracaso estrepitoso de la contrarrevolución interna, por un lado, y de la posición económica que ocupaba el vasto territorio ruso, por otro lado. En el primer aspecto, se demostraba la capacidad del proletariado revolucionario ruso para defender su nuevo poder (una influencia muy poderosa en este sentido la tuvo el recién creado Ejército Rojo, que fue capaz de hacer frente a sofisticados y poderosos ejércitos de las potencias más formidables del globo en su momento). Con respecto al papel económico internacional de Rusia y el acercamiento de la burguesía internacional, quedaba claro que la economía política internacional se imponía, y ningún gran capitalista internacional, al ver que el poder soviético se consolidaba y que se iniciaba un periodo de concesiones controladas de los inmensos recursos del país, estaba dispuesto a quedarse atrás en el negocio. A pesar de eso, hubo multitud de fricciones y, al final, el monto total de las inversiones extranjeras y las concesiones a capitalistas foráneos no fueron tan elevados como en un principio se previó desde la dirección soviética.

                En este sentido, no es de extrañar que Lloyd George, en su discurso en el Guildhall, el 8 de noviembre de 1919, declarara que Rusia era un país indispensable para lograr la «paz», llegando a condenar abiertamente el bloqueo y calificando a Rusia como «uno de los grandes recursos para el abastecimiento de alimentos y de materias primas» (House of Commons: 5th Series, cxxii, p. 194). Como consecuencia del nuevo rumbo político dado por la burguesía británica con respecto a Rusia, en enero de 1920, el Consejo Supremo reconoció de facto a las repúblicas de Georgia, Armenia, Azerbaiyán, Estonia y Letonia.

                Fue en este momento cuando Chicherin, que fue Comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores hasta 1928 (año en que fue sustituido por el conocido Maxim Litvinov), aseveró que:

                «Incluso estamos dispuestos a sacrificarnos por conseguir un estrecho contacto económico con Inglaterra… Por tanto, acojo encantado la declaración del primer ministro británico como un primer paso hacia una política sana y real que responde a los intereses de ambos países»,

                para concluir lo siguiente:

                «Es posible que existan diferentes opiniones acerca de la duración del sistema capitalista, pero, por el momento, éste existe, de forma que es necesario encontrar un modus vivendi para que nuestros Estados socialistas puedan coexistir pacíficamente con los Estados capitalistas, y para que las relaciones entre ambos sean normales; esto es una necesidad que interesa a todos». (A. L. P. Dennis, The Foreign Policies of Soviet Russia [1924], p. 380).

                Llegados a este punto y dada la enjundia de esta última intervención de Georgi Chicherin, es imprescindible que nos detengamos un momento en la idea de la «coexistencia pacífica» que ya defendió claramente el dirigente bolchevique. En primer lugar, esto demuestra que la idea de la coexistencia pacífica con el imperialismo no fue, en absoluto, una «invención» del revisionista Kruschev, sino que era parte de una línea que latía, desde el momento en que el reflujo revolucionario europeo se consolidara, en un sector de la dirección soviética. En segundo lugar, esta declaración de Chicherin sentó un precedente nefasto para el internacionalismo proletario y, en última instancia, la propia subsistencia del socialismo en Rusia, pues sembró el campo con la ilusión de que el socialismo y el capitalismo podían existir mutuamente y de manera pacífica. Si bien el cerco y el aislamiento alimentaron esta posición defendida por Chicherin (una posición que, de hecho, nunca desapareció del todo en la URSS, como lo prueba el hecho de que la tesis fue finalmente impuesta por Kruschev tras la muerte de Stalin), consideramos que, si esta posición pudo afianzarse en el Partido y el Estado soviéticos desde mediados de los 50 sin apenas resistencia, implicaba de hecho que la idea del enfrentamiento inevitable entre el capitalismo y el socialismo pugnaba -con más debilidad de la imaginada por los dirigentes soviéticos- con la de la «coexistencia pacífica» con el imperialismo. Esto demuestra, en nuestra opinión, la correcta y justa idea de que el revisionismo no es una amenaza «externa» al movimiento comunista, sino que es un peligro constante que anida en el interior mismo del movimiento revolucionario, y que solo desaparece con el triunfo definitivo del socialismo, es decir, con la implantación de la sociedad comunista mundial.

                Ahondando más en esta problemática, es interesante sacar a colación ahora una intervención de otro de los grandes diplomáticos soviéticos de los 20, Karl Radek, el ambivalente «germanófilo», quien declaró en marzo de 1920:

                «Si nuestros colegas capitalistas se abstienen de actividades antirrevolucionarias en Rusia, el gobierno soviético se abstendrá de llevar a cabo actividades revolucionarias en países capitalistas; pero seremos nosotros los que determinemos si están o no provocando agitación antirrevolucionaria (…) Pensamos que ahora los países capitalistas pueden coexistir con un Estado proletario. Consideramos que los intereses de ambos lados se centran en obtener la paz y en el establecimiento de un intercambio de bienes y, por lo tanto, estamos dispuestos a concluir la paz con todo país que hasta el momento ha luchado contra nosotros, pero que en el futuro esté dispuesto a darnos locomotoras y maquinaria a cambio de nuestras materias primas y nuestros cereales» (A. L. P. Dennis, The Foreign Policies of Soviet Russia [1924], pp. 358-59).

                Nuevamente, quedaba claro que había destacados dirigentes bolcheviques que no eran conscientes del peligro de las tesis de la incipiente «coexistencia pacífica» con el imperialismo. Radek fue a más incluso, llegando a decir -como se puede leer en este fragmento- que los intereses de «ambos lados» se centraban en «obtener la paz» (!). Es decir, resultaba que el imperialismo ya no llevaba forzosamente a la guerra de rapiña; resultaba, además, que el imperialismo ya no estaba destinado a enfrentarse con el socialismo para ser derrotado por el proletariado internacional. Por lo que se ve, para Radek el entendimiento entre el imperialismo internacional y la Rusia soviética no era, como para Lenin, un mal menor, una realidad ineludible mientras el fermento revolucionario volvía a tomar fuerza. Por el contrario, tanto Radek como Chicherin entendían que el Estado proletario podía desarrollarse en armonía con las hienas capitalistas internacionales. En definitiva, nada que ver con lo que Lenin sostuvo en el noveno Congreso del Partido, en marzo de 1920, en relación a dicha «coexistencia»:

                «Lo que más nos interesa es maniobrar nuestra política internacional sin desviarnos de la línea que hemos adoptado y estando preparados para cualquier cosa. Hemos estado llevando a cabo la guerra por la paz con la mayor energía. Esta guerra está dando excelentes resultados… Pero nuestros pasos en pro de la paz deben ir acompañados de una puesta a punto de todos nuestros recursos militares» (Obras completas, tomo 25º, p. 102).

                Anteriormente, en febrero de 1920, el Comité Ejecutivo Central de toda la Unión emitió un comunicado (la famosa «Invocación al Pueblo Polaco») en el que, de forma mesurada y realista -pero quizá imbuido, en el fondo, de cierto determinismo económico que nunca los bolcheviques pudieron eliminar del todo en sus posiciones-, declaraba lo siguiente:

                «Nosotros, los representantes de la clase obrera y campesina rusa, hemos aparecido y seguimos apareciendo abiertamente ante el mundo entero como los campeones de los ideales comunistas; estamos plenamente convencidos de que los trabajadores de todos los países terminarán por salir al camino que los trabajadores rusos ya están pisando.

                Pero nuestros enemigos y los vuestros os engañan cuando dicen que el gobierno soviético ruso desea implantar el comunismo en territorio polaco con las bayonetas de los soldados del Ejército Rojo. Un orden comunista es solo posible cuando la inmensa mayoría de los trabajadores están convencidos de la idea de crearlo con su propia fuerza. Solo entonces será sólido; porque solo entonces el comunismo podrá echar raíces profundas en un país. Por el momento los comunistas de Rusia no están luchando más que para defender su propio territorio, su trabajo pacífico y constructivo; no están luchando ni pueden luchar para implantar el comunismo por la fuerza en otros países» (Krasnaya Kniga: Sbornik Diplomatischeskij Documentov o Russko-Polskij Otnosheriyaj, 1918-1920 [1920], pp. 84-85).

                Este mensaje, lanzado al mundo para refutar las ideas lanzadas por la burguesía internacional sobre la «imposición» del comunismo a las masas trabajadoras de Europa, tuvo la gran virtud de señalar las limitaciones del poder soviético en un mundo imperialista hostil. De hecho, es cierto que los bolcheviques adolecieron de determinados errores (como el determinismo económico, el seguidismo en cuanto al desarrollo de las fuerzas productivas y una infravaloración del enemigo revisionista interno durante el periodo de la dictadura revolucionaria del proletariado), pero resultaría injusto achacar a los revolucionarios rusos el fracaso del impulso revolucionario a las masas europeas. No fueron los revolucionarios rusos los que más fallaron, sino el resto del movimiento comunista europeo e internacional, incapaz de agrupar en su seno a las masas más combativas para el triunfo del socialismo.

                Al final, tras un corto periodo de cese de hostilidades, la cuerda se tensó tanto que volvió a romperse. El imperialismo y la Rusia revolucionaria volvían a enfrentarse abiertamente, esta vez como consecuencia de la guerra polaco-soviética, en la cual el Estado polaco, como país controlado sobre todo por el imperialismo francés, invadió territorio ucraniano el 28 de abril de 1920.

3. La “retirada temporal” de la NEP, la Rusia Soviética y la Comintern

                A principios de los 20, la Rusia soviética comenzó a andar en un mundo capitalista hostil y beligerante, como no podía ser de otra manera. Pero, además de las tensiones exógenas, la joven República proletaria tuvo también que hacer frente a una serie de problemas internos que hicieron aún más dificultoso el camino de la construcción del socialismo. Estos problemas internos se expresaban, sobre todo, en un creciente descontento campesino como consecuencia del atraso económico del país, las secuelas de la intervención imperialista que dejaron a Rusia exhausta y una política de «comunismo de guerra» que rápidamente fue modificada para adoptar la NEP y restablecer, así, el equilibrio -imprescindible para el orden soviético- en la alianza obrero-campesina. Pronto los líderes bolcheviques se darían cuenta de que la cuestión interna y la externa estaban estrechamente relacionadas con la solidez del proyecto revolucionario soviético. Así, el descontento campesino del otoño de 1920 solo podía ser calmado, además de con la implantación de la NEP, gracias a un relajamiento en las tensiones con el imperialismo. En este sentido, la política exterior de relajamiento de las hostilidades con el mundo capitalista fue una consecuencia lógica e inevitable de la propia NEP. Como justificó el Comité Central de la Internacional Comunista, la NEP era «la expresión de la solución en la tarea de incorporar el Estado proletario a la cadena de las relaciones internacionales» (Documentos de la Internacional Comunista [1933], p. 272). La nueva política exterior, según las palabras utilizadas por Lenin en relación a la NEP, «había sido adoptada seriamente y por largo tiempo».

                Sin duda, el papel que jugó el Ejército Rojo en la estabilización de la situación interna también jugó un papel muy destacado. En gran medida como consecuencia de la invasión polaca de 1920, multitud de miembros provenientes de la antigua clase dominante del aparato zarista (como técnicos, burócratas y, por supuesto, militares) fueron reciclados por el Estado soviético. De hecho, el Ejército Rojo que consiguió aplastar a los contrarrevolucionarios internos estaba compuesto por importantes ex oficiales zaristas de muy diversos tipos (como Vatsetis y Sergei Kámenev, dos oficiales zaristas de graduación superior y a la sazón jefes importantes del Ejército Rojo, o Tujachevski, un joven soldado del ejército del zar que en poco tiempo ascendió a general del Ejército Rojo). Esto no fue algo que no inquietara a los bolcheviques más lúcidos (pues suponía reincorporar a elementos pertenecientes al viejo poder y, por tanto, ajenos al nuevo Estado), pero fue una medida inevitable dada la carencia de cuadros y técnicos al servicio del poder revolucionario. En este sentido, la invasión polaca del territorio soviético marcó igualmente un hito importante en la transformación de las fuerzas armadas revolucionarias, aún algo desorganizadas y con no demasiada experiencia, en un poderoso y disciplinado Ejército Rojo. Como expuso Radek:

«(…) en los tres años de guerra civil ha cristalizado una élite de oficiales zaristas que, en su fuero interno, está unida al gobierno soviético» (Die Auswärtige Politik Sowjet-Russlands [Hamburgo, 1921], pp. 67-68),

el aparato estatal soviético se veía obligado a reclutar a miembros pertenecientes al viejo orden. De nuevo, la poderosa realidad del aislamiento y el atraso se imponía sobre lo que habrían preferido los bolcheviques. En este contexto se enmarcaba el nuevo viraje de la Rusia soviética en el plano internacional. Tras vislumbrarse el final de una brutal guerra interna y un acoso internacional formidable, la política exterior soviética comenzó a dar más importancia al sostenimiento del orden revolucionario en Rusia. Con esta actitud comenzaron las negociaciones, colectivas o individuales, para llegar a acuerdos concretos con diferentes Estados capitalistas. Ahora bien, sería erróneo inferir de esto que el Estado soviético hubiera prescindido de su defensa inquebrantable de la Revolución proletaria internacional. En realidad, lo que hubo es un acomodo a una situación en la que la Revolución en Europa parecía más lejana y en la que la construcción del socialismo soviético no podía esperar a que el proletariado europeo acudiera en ayuda del ruso. Así lo expresó Lenin en una conferencia al Partido en Moscú, en noviembre de 1920:

                «No solo disfrutamos un respiro, sino que estamos en una nueva etapa en la cual ha sido ganada nuestra posición fundamental en el marco de los Estados capitalistas».

                «De semejante locura nunca fuimos culpables: siempre hemos dicho que nuestra Revolución vencerá cuando tenga el apoyo de los trabajadores de todos los países. Resulta que nos han apoyado a medias, debilitando el brazo que se alzaba en contra nuestra; pero aun así, en ese sentido, nos han ayudado» (Obras completas, tomo 25º, pp. 485-496).

                De este modo, la idea de una isla revolucionaria en medio del océano reaccionario del capitalismo -rechazada por utópica por los bolcheviques en el comienzo de la Revolución- comenzaba  a tomar cuerpo. Así, el líder bolchevique declaró: «Mientras continuemos siendo, desde el punto de vista militar y económico, más débiles que el mundo capitalista, debemos guardar las reglas: tenemos que ser suficientemente hábiles valiéndonos de las oposiciones y contradicciones entre los imperialistas… Políticamente tenemos que utilizar los conflictos entre nuestros adversarios que tienen su raíz en causas profundamente económicas» (Ibid., tomo 25º, pp. 498-501). Trotsky, en agosto de 1920, argumentó lo siguiente: «No solo podemos convivir con gobiernos burgueses, sino que podemos trabajar juntos con ellos dentro de unos límites muy amplios. Está perfectamente claro que nuestra actitud en el conflicto del Pacífico estará determinada por la actitud del Japón y Estados Unidos hacia nosotros» (Kak Vooruzhalas Revolutsiya [1924], p. 283).

                Fue este el contexto en el que la Rusia soviética comenzó a buscar posibles vendedores de bienes de capital imprescindibles para la reconstrucción del país y la industrialización como base económica del socialismo. Aquí los bolcheviques hilaron muy fino y, además de aprovecharse de las contradicciones interimperialistas, trataron de encontrar proveedores extranjeros de bienes de equipo y de inversiones que aceptaran algunas de las condiciones soviéticas. Recordemos que ya en este año los imperialistas comenzaron a darse cuenta de que el territorio ruso era demasiado apetecible como para no ser explotado. Cuando comenzó la oferta de concesiones extranjeras para la explotación de recursos naturales (como las minas, los bosques, el gas natural o el petróleo), fue Estados Unidos la fuente más prometedora de inversiones de capital. Las condiciones soviéticas para las concesiones eran claras.

                En primer lugar, los obreros soviéticos tendrían que trabajar en las condiciones determinadas por la legislación laboral soviética. En segundo lugar, las compañías  tenían que demostrar ser solventes y de confianza. A cambio, el Estado soviético se comprometía a compensar a los capitalistas extranjeros con una fracción de lo producido por los capitalistas concesionarios. Además, las concesiones tendrían una duración razonable y suficiente para la obtención de una ganancia por parte del grupo capitalista. Esta política fue directamente planificada y aprobada por Lenin, quien expresó lo siguiente:

                «Tenemos cientos de miles de fincas excelentes que podían ser mejoradas con tractores; vosotros tenéis tractores, vosotros tenéis petróleo y vosotros tenéis mecánicos preparados, y nosotros las ofrecemos a todos, incluyendo a las personas de los países capitalistas, para hacer de la restauración de nuestra economía nacional y del hecho de salvar a todos los pueblos del hambre, la piedra de toque de nuestra política» (Obras completas, tomo 25º, p. 507).

                Esta política no estuvo exenta de problemas, discusiones y divisiones en el seno del Partido y el Estado soviéticos. Así, Stepanov mostró su preocupación al decir que «La cuestión de las concesiones a capitalistas extranjeros está provocando descontento en los círculos del partido» (Correspondencia rusa, ii, i, nº 1-2 [enero-febrero, 1921]). Por un lado, había bolcheviques que veían un peligro en dar «demasiado» poder a capitalistas extranjeros. Por otro lado, también se observaba con preocupación el hecho de que las compañías extranjeras pudieran hacer uso de su fuerza negociadora y no se comprometieran totalmente a respetar la legislación soviética en materia laboral, fiscal, etc. Sin embargo, lo cierto es que, al margen de las críticas vertidas, de nuevo se imponía como única alternativa de política económica la de llegar a acuerdos puntuales con grupos capitalistas internacionales. Era el inexorable precio que la Rusia soviética tenía que pagar por su atraso histórico.

                Tan solo una semana después de que el revolucionario ruso anunciara al décimo Congreso del Partido sus propuestas para el impuesto en especie sobre los productos agrícolas (en definitiva, la base de la Nueva Política Económica), se produjo la firma del acuerdo comercial anglo-soviético. Este acuerdo fue el corolario inevitable de la necesidad acuciante de la Rusia soviética por reconstruir un país devastado. A diferencia de lo que sucedería con la Unión Soviética revisionista, aquí la «cooperación pacífica» con el imperialismo era un producto inevitable por el aislamiento y el fracaso de la Revolución internacional. En ningún caso constituía una línea que se defendiera con ahínco, sino que se aceptaba como un mal menor de ineludible cumplimiento para la propia supervivencia del modelo soviético.

                Además del cambio que se produjo en cuanto a las relaciones de la Rusia revolucionaria con los Gobiernos capitalistas occidentales, la República soviética comenzó a mirar cada vez más al Oriente. Esto tenía un sentido claro (que quedó patente en los primeros congresos de la Comintern): apoyar los movimientos nacional-revolucionarios en los países coloniales y semicoloniales como manera de debilitar al imperialismo y fortalecer el internacionalismo proletario. Así, en el otoño de 1920 se inició la política de aproximación entre Rusia y la antigua Persia. El 22 de octubre del mismo año, el comité central del Partido bolchevique fue instado a declarar que la Revolución en Persia solo podía producirse una vez que el desarrollo democrático-burgués se hubiera completado. La idea era desplazar al imperialismo en Persia, sellando una alianza temporal con la burguesía nacional. Los comunistas persas, por su parte, en ningún caso debían renunciar a su independencia ideológica y política.

                Sin embargo, dicha independencia no siempre se pudo garantizar en el caso de otros países semicoloniales, como se pudo comprobar con la Turquía de Kemal. Aquí hubo problemas serios que enfrentar por la brutal represión del Gobierno turco contra los comunistas de aquel país. El 28 de enero de 1921, en Erzerum, agentes turcos detuvieron al dirigente comunista Sufi y, junto a otros 16 prisioneros revolucionarios, fue arrojado al mar en Trebisonda. (Era este un método brutal de represión que «popularizó» el Estado turco. Décadas después, otros Estados capitalistas al servicio del imperialismo, como el argentino o el chileno, seguirían los pasos de tan brutales métodos anticomunistas.) La posición del Estado soviético fue aquí demasiado ambivalente, pues el «incidente» no llegó a afectar de manera importante a las relaciones diplomáticas entre ambos países. La posición de Stalin, a quien le honra ser uno de los pocos bolcheviques que se opuso claramente a ayudar al Estado turco en ese momento, supuso sin duda un acicate importante para que el Estado soviético exigiera explicaciones y medidas de amnistía para con los comunistas turcos, los cuales fueron liberados ese año. Además, Turquía se comprometió a perseguir y condenar a los asesinos del comunista turco Mustafá Sufí.

                Sobre el asesinato de Mustafá Sufí y el supuesto esclarecimiento de su muerte, desconocemos qué sucedió finalmente. Relacionado con esto, nos parece interesante ahora recalcar la posición que tuvo Stalin, quien en una entrevista realizada el 13 de mayo de 1927, declaró: «La revolución kemalista es una revolución de las altas esferas, una revolución de la burguesía comercial nacida en lucha contra los imperialistas extranjeros, y que en su desarrollo posterior va, en esencia, contra los campesinos y obreros, contra la posibilidad misma de una revolución agraria». Por su parte, Ibrahim Kaypakkaya, el fundador del Partido Comunista de Turquía (Marxista-Leninista) insistió, en su trabajo Puntos de vista sobre el kemalismo publicado en los años 70, en la idea de que «la revolución kemalista es una revolución de la capa superior de la burguesía comerciante, de los grandes propietarios de tierras, de los usureros turcos y la mucho más débil burguesía industrial… que entra en cooperación con el imperialismo». También aseveró que la «dictadura kemalista es democrática en apariencia, en realidad es una dictadura militar fascista. La Turquía kemalista no podía evitar “lanzarse en los brazos” de los imperialistas alemanes y franceses, transformándose cada vez mas en una semicolonia, elemento integrante del mundo imperialista reaccionario».

                Entonces, ¿por qué la Rusia soviética selló una alianza con un Estado ultrarreaccionario, como el de Kemal, en 1921? En nuestra opinión, en este caso los motivos del aislamiento y «la lucha contra el imperialismo» no justifican en absoluto una posición que consideramos radicalmente errónea. Entendemos que con el acuerdo turco-soviético se buscaba debilitar, sobre todo, al imperialismo británico. Pero fue un error de una magnitud considerable no analizar a fondo a qué intereses servía el Gobierno de Kemal y, sobre todo, cuál era su papel con respecto al movimiento revolucionario de Turquía. A nuestro entender, este es un claro exponente de cómo se abandona la línea política de solidaridad internacionalista en pos de un -hasta cierto punto lógico, pero muy mal enfocado- acercamiento con un Gobierno reaccionario y formalmente «antiimperialista». Sabemos que el Estado soviético se veía impelido en ese momento a hacer frente a un dilema importante en la cuestión de la «doble política» (promover el enfrentamiento de los Partidos Comunistas contra las diferentes burguesías, al tiempo que se aprovechaban las rivalidades interimperialistas y se llegaban a acuerdos concretos con distintos Estados burgueses). En todo caso, insistimos en que la actitud respecto a la Turquía kemalista fue ideológica y políticamente errónea, pues se subordinó el internacionalismo proletario a la posición del Estado soviético y a un antiimperialismo mal planteado.

                En otro orden de cosas, el tercer Congreso de la Comintern había declarado que:

                «La tarea más importante de la Internacional Comunista es, actualmente, la de ganar la exclusividad de la influencia sobre la mayoría de la clase obrera y la de atraer su sector más activo a la lucha inmediata… Desde el mismo día de su fundación, la Internacional Comunista estableció clara e inequívocamente que su tarea no era la de crear pequeñas sectas comunistas que lucharan por influir en las masas obreras solamente a través de la agitación y la propaganda, sino la de participar directamente en la lucha bajo dirección comunista, y la de crear durante este proceso de lucha partidos comunistas de masas, extensos y revolucionarios».

                Tras comprobar que la Revolución en Europa no llegaba, la Internacional Comunista tuvo que reajustar sus actividades para ganarse, paciente y denodadamente, el apoyo de las grandes masas proletarias. Estamos de acuerdo con el historiador E. H. Carr cuando asegura que este reajuste era «la contrapartida natural del cambio de la política soviética nacional y extranjera, representado por la NEP y el tratado comercial anglo-soviético». Ahora bien, hay que tener en cuenta que este cambio de posición (propuesto urgentemente por Lenin, entre otros), según el cual se priorizaba ahora la unificación por encima de la escisión, era en el fondo la aplicación del principio leninista enunciado en el órgano Iskra: «antes de unir, y para unir, debemos trazar primero una línea de separación de manera decisiva y definitiva». Este paradigma de constitución de destacamentos revolucionarios fue lógico -probablemente inevitable-, pero a la larga demostraría una insuficiente fortaleza de principios por parte de muchos destacamentos (que no se constituyeron, como ya dijimos previamente, en lucha constante contra el revisionismo) y, como consecuencia de ello, una incapacidad para ganarse a la vanguardia del proletariado para la Revolución socialista. En el marco de esta nueva política de búsqueda de la lealtad de las masas obreras, se produjeron la fundación de la Internacional Sindical Roja (constituida el 1 de mayo de 1921 por parte del Comité Central de la Comintern), la creación de la Internacional de Juventudes Comunistas o la constitución de la Internacional Comunista Femenina.

                Cuando se reunió el tercer Congreso de la Internacional Comunista, hubo delegados que señalaron  contradicciones entre los intereses inmediatos de la RSFSR y los de la Tercera Internacional. Así lo señalaron algunos delegados del KAPD:

                «No olvidamos ni por un momento las dificultades con que el poder político ruso ha tenido que enfrentarse a causa del aplazamiento de la revolución mundial. Pero también vemos el peligro de que de estas dificultades pueda surgir una contradicción aparente o real entre los intereses del proletariado revolucionario mundial y los intereses momentáneos de la Rusia soviética» (Protokoll des III. Kongresses der Kommunistischen Internationale [Hamburgo, 1921], p. 159).

                En realidad, el cambio de posición se hizo patente en diciembre de 1921, año en que el Comité Central de la Internacional Comunista defendió la constitución del «Frente Único Proletario» en 25 tesis. Dichas tesis interpretaban que había un acercamiento cada vez mayor de las masas obreras hacia los destacamentos comunistas. En este contexto, se exhortó a los Partidos Comunistas y a la Comintern en conjunto para que «apoyaran el lema de un frente único proletario y tomaran en sus manos la iniciativa de esa cuestión». La política del Frente Único Proletario (que, a nuestro entender, difería sustancialmente de la adoptada una década después por la Comintern en cuanto a los Frentes Populares, pues con estos últimos el proletariado subordinó su programa revolucionario al de la burguesía democrática), trataba de priorizar la unidad política de los comunistas para conseguir un mayor acercamiento a la clase obrera y poder arrebatarles a los oportunistas la hegemonía del movimiento obrero. Como expresó Radek:

                «No tenemos la menor confianza en los partidos de la Segunda Internacional y no podemos fingirla. Pero a pesar de esto decimos: «no se trata de que tengamos o no confianza los unos en los otros; los obreros piden una lucha en común y nosotros respondemos: comencémosla». (The Second and Third Internationals and the Vienna Union [s. f.], pp. 47-50, 53, 72).

                En lo relativo a la alianza temporal con los dirigentes oportunistas, Lenin entendía que había que mantenerlos «como la soga mantiene al ahorcado». Sin embargo, este frente formado por los Partidos Comunistas y las organizaciones herederas de la Segunda Internacional no pudo fructificar, y al final la Revolución europea se esfumó de manera definitiva. Como hemos expresado anteriormente, las exigencias del momento y el paradigma de construcción de los  Partidos Comunistas de la época provocaron que dichos partidos no se constituyeran en un sentido bolchevique y leninista, sino que fueran la expresión de una construcción en cierta medida artificial, inconsistente y con escasas garantías de éxito revolucionario (como quedó demostrado posteriormente).

                Aunque, como explicó Zinóviev:

                «En un principio -es decir, en 1921-22- la táctica de frente unido fue la expresión de nuestra toma de conciencia, primero, de que aún no hemos alcanzado una mayoría entre la clase obrera; segundo, de que la socialdemocracia es todavía muy fuerte; tercero, de que ocupamos posiciones defensivas y de que el enemigo está atacando…; cuarto, de que las batallas decisivas no son todavía inminentes. De esta forma llegamos al lema: «Hay que ganar a las masas», y a la táctica del frente unido» (Protokoll: Fünfer Kongress der Kommunistischen Internationale [s. f.], i, p. 77),

la táctica del frente único era, desde luego, la única posible en un momento en que los comunistas aún no habían conseguido ganar la hegemonía de la vanguardia práctica del proletariado, los comunistas de los diferentes Estados europeos trataban de fusionarse con las masas obreras, mimetizando el modo de constitución del Partido bolchevique, sin haber logrado la hegemonía marxista-leninista sobre la vanguardia ideológica. Aquí residía, a nuestro entender, el error de base que provocó que la táctica del frente unido no fuera el escalón necesario para llegar a la Revolución socialista.

                Por último, fue también Zinóviev el que, en febrero de 1922, dirigió un discurso a la junta ampliada del Comité Central de la Comintern, asegurando que:

                «Si el Ejército Rojo de la Rusia soviética hubiera tomado Varsovia en 1920, las tácticas actuales de la Internacional Comunista hubieran sido otras de las que son. Pero esto no ocurrió. La retirada estratégica fue seguida de una retirada política, para todo el movimiento obrero. El partido proletario ruso se vio obligado a hacer extensas concesiones a los campesinos y, en parte, también a la burguesía. Esto frenó el ritmo de la revolución proletaria, pero lo contrario también es cierto: el revés que sufrieron los proletarios de los países de Europa occidental entre 1919 y 1921 influyó en la política del primer Estado proletario y frenó el ritmo en Rusia. Por lo tanto, se trata de un proceso doble» (Die Taktik der Kommunistischen Internationale Gegen die Offensive des Kapitals [Hamburgo, 1922], p. 30).

                De forma acertada, supo ver las implicaciones mutuas entre la Revolución proletaria internacional y la consolidación del socialismo en la Rusia soviética. Lo cierto es que, como expusimos, el error determinante tuvo que ver con la incapacidad por parte de los comunistas europeos para aplicar una línea política correcta, de clara oposición al revisionismo y de contacto estrecho con los sectores más avanzados del proletariado. Sin embargo, sería irreal plantear que en esta política errónea no hubo ninguna influencia en la línea rectora de quien en ese periodo era el «Estado mayor de la Revolución internacional», la Rusia soviética.

4. Conclusiones: la Rusia soviética y la Revolución proletaria internacional en los años 20

«La patria socialista está en peligro.

¡Viva la patria socialista!

¡Viva la revolución socialista internacional!»

(Pravda, 22 de febrero de 1918).

                Mucho se ha escrito sobre el hito que representó la Revolución soviética no solo para el movimiento proletario revolucionario mundial, sino para la historia de la Humanidad. La gran Revolución socialista de Octubre inauguró el ciclo de transformaciones sociales, políticas y económicas más formidable que ha conocido la «Edad contemporánea» durante la vigencia del sistema de explotación capitalista. Uno de los grandes logros que consiguió la Rusia soviética fue el de demostrar que el socialismo era una realidad posible, incluso en medio de inconmensurables dificultades, presiones y ataques por parte de la burguesía internacional.

                El objetivo fundamental de este documento ha sido el de esbozar -profundizando todo lo que hemos podido en la medida de nuestras capacidades- el proceso de construcción del Estado soviético y el socialismo en Rusia con respecto a la cuestión internacional, tanto en lo relativo al imperialismo como al internacionalismo proletario y la política exterior soviética.

                Profundizando en la crítica a las posiciones de bolcheviques como Chicherin, creemos interesante volver a sacar a colación otra intervención del diplomático soviético. En este caso, se trata de comentarios en torno a acuerdos del Comité Ejecutivo Central de toda la Unión para su posterior ratificación:

                «A pesar de las grandes diferencias entre los regímenes de Rusia y Alemania, y de las tendencias fundamentales de ambos gobiernos, la coexistencia pacífica de los dos pueblos, que ha sido siempre el objetivo de nuestro «Estado de obreros y campesinos» es, por el momento, igualmente deseable para la clase rectora alemana… Precisamente en interés de las relaciones pacíficas con Alemania, hemos firmado estos acuerdos que se someten hoy al VTsIK para su ratificació(Piati Soziv Vserossiiskogo Tsentralnogo Ispolnitelnogo Komiteta [1919]).

                Como podemos comprobar, el Comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores volvía a insistir en la idea de la «coexistencia pacífica» de Alemania y Rusia. Nos encontramos, de nuevo, con una línea política de clara justificación de la conciliación entre los intereses del proletariado revolucionario y el imperialismo. Decir que el objetivo del Estado soviético es llegar a acuerdos con la Alemania imperialista (en lugar de decir que los acuerdos eran inevitables hasta el ascenso del movimiento revolucionario europeo, pero, incluso en un periodo de acuerdos inevitables y de aprovechamiento de rivalidades interimperialistas, el objetivo del poder revolucionario debía ser siempre la defensa del principio del enfrentamiento ineludible entre el capitalismo y el movimiento revolucionario), es como mínimo allanar el camino para posiciones defensistas y de clara claudicación frente al imperialismo en el seno de la vanguardia comunista.

                En una línea muy diferente, el 1 de agosto de 1918, el Consejo de Comisarios del Pueblo lanzó la siguiente proclama al mundo:

                «Forzados a luchar contra el capital aliado, que quiere añadir nuevas cadenas a las cadenas que nos ha impuesto el imperialismo alemán, nos volvemos hacia vosotros gritando:

                ¡Viva la solidaridad de los trabajadores del mundo entero!

                ¡Viva la solidaridad del proletariado francés, inglés, americano e italiano con el ruso!

                ¡Abajo los bandidos del imperialismo internacional!

                ¡Viva la revolución internacional!

                ¡Viva la paz entre las naciones!» (Kliuchnikov i Sabanin, Mezhdunarodnaya Politika, ii [1926], p. 161).

                Sabemos perfectamente que esta proclama fue lanzada en un momento en que el hundimiento alemán hizo ver muy cercana una Revolución internacional. Este optimismo lógico se plasmó en esta resolución del Comité Ejecutivo Central de toda la Unión: «Las profundas luchas internas entre los que toman parte en el latrocinio universal y las sacudidas cada vez más profundas de las masas engañadas y exhaustas, llevan al mundo capitalista a la era de la revolución social. Ahora, al igual que en octubre del pasado año y que durante las negociaciones de Brest-Litovsk, el gobierno soviético basa toda su política en las perspectivas de revolución social en ambos campos imperialistas…El VTsIK declara ante todo el mundo que, en esta lucha, la Rusia soviética ayudará, con todos sus recursos y todas sus fuerzas, al poder revolucionario de Alemania contra sus enemigos imperialistas. No dudamos de que el proletariado revolucionario de Francia, Inglaterra, América, Italia y Japón se encuentra en el mismo campo que la Rusia soviética y la Alemania revolucionaria» (Piati Soziv Vserossiiskogo Tsentralnogo Ispolnitelnogo Komiteta [1919], p. 252); o en esta otra declaración de Lenin: «¡El bolchevismo se ha convertido en la teoría y la táctica mundiales del proletariado internacional! Se debe al bolchevismo el que haya aparecido ante la faz del mundo una vigorosa revolución social, que haya disputas entre todas las gentes sobre si estar a favor o en contra de los bolcheviques. Al bolchevismo se debe el que esté a la orden del día el programa de la creación de un Estado proletario… Nunca hemos estado tan cerca de la revolución mundial. Nunca ha sido tan evidente que el proletariado ruso ha impuesto su voluntad, ni tan claro que millones y decenas de millones del mundo proletario nos han de seguir» (Obras completas, tomo 23º, p. 230), lo que no sucedería meses después de que la República soviética en Alemania fuera una posibilidad cada vez más lejana.

                Esa euforia lógica -previa al fracaso de la Revolución en Alemania- se vio confirmada oficialmente el 13 de noviembre de 1918, año en que el Comité Ejecutivo Central de toda Rusia anuló formalmente el Tratado de Brest-Litovsk. Además de anularse dicho tratado, la Rusia soviética, haciendo gala de una atrevida y necesaria política internacionalista, aprovechó la situación para lanzar una llamada al proletariado de Alemania, Austria y Hungría:

                «Se reconocerá el pleno derecho a la autodeterminación a los trabajadores de todas las naciones. Se hará soportar todas las pérdidas a los verdaderos culpables de la guerra: las clases burguesas. Los soldados revolucionarios de Alemania y Austria, que están formando consejos de diputados de soldados en los territorios ocupados y tomando contacto con los consejos locales de campesinos y obreros, serán los colaboradores y aliados de los trabajadores en el cumplimiento de dichas tareas. Mediante una unión fraternal con los obreros y campesinos de Rusia, curarán las heridas infligidas a la población de los territorios ocupados por los generales austriacos y alemanes que defendían los intereses de la contrarrevolución… Las masas trabajadoras de Rusia, representadas por el gobierno soviético, ofrecen esta unión a los pueblos de Alemania y Austria-Hungría. Esperan que a esta poderosa unión de los pueblos liberados se unirán los pueblos de todos los demás países que no han sacudido todavía el yugo del imperialismo» (Sobranie Uzakoneni, 1917-1918, nº 95, art. 947).

                Como hemos comentado previamente, la «doble política» exterior soviética fue una posición justa -y, por encima de todo, inevitable dadas las condiciones internacionales. Lo realmente evitable era lo que defendían dirigentes como Chicherin o Radek, quienes daban un  claro paso atrás, sobrepasando la justa política de maniobras en pos de aprovechar las rivalidades entre gánsters imperialistas para adentrarse en el terreno pantanoso de la «coexistencia pacífica» con el imperialismo, la supuesta conjunción de intereses entre los Estados burgueses y el socialismo o, por último, la pretendida «armonía» que podía reinar entre ambos sistemas: es decir, todo ello una completa degeneración del marxismo.

                En conclusión, tal y como sostuvimos en el primer epígrafe, en la cuestión internacional ya comenzaba a vislumbrarse una serie de posiciones que, si bien luego fueron parcialmente derrotadas con la definitiva construcción del socialismo en un solo país, ya apuntaban la posibilidad -¡y hasta la necesidad!-, no de llegar a acuerdos concretos e inevitables con el imperialismo, sino de vender al proletariado internacional la idea de que era posible construir el socialismo en perfecta armonía con el imperialismo rapaz y decadente. En el fondo, los diplomáticos claudicantes al estilo de Radek o Chicherin no solo defendían que el capitalismo pudiera desarrollarse por un lado y el socialismo por otro, sino que era posible y deseable frenar todos aquellos procesos revolucionarios que entorpecieran la política de componendas con el imperialismo. En este sentido, aunque la teoría kruschevista de la «coexistencia pacífica» se impuso definitivamente en la dirección soviética a mediados de los 50, el estudio y la investigación sobre el desarrollo del Estado soviético en los 20 proporcionan un basamento ideológico y político que, si bien se mantuvo parcialmente soterrado durante la época de Stalin, no fue en absoluto ajeno al Estado soviético capitaneado por el comunista georgiano.

                Es totalmente incierto decir que Stalin apoyó o fortaleció la «coexistencia pacífica» de Radek, Chicherin o, posteriormente, Kruschev, puesto que la única forma de coexistencia que el revolucionario georgiano defendió fue la puramente comercial y diplomática, siguiendo las posiciones esgrimidas por Lenin. Pero sería un análisis parcial y superficial si no analizáramos las limitaciones y errores de determinadas líneas y políticas implementadas por Stalin, quien -como ya dijimos en el primer epígrafe citando al Colectivo Fénix- pasó a defender una subordinación cada vez mayor de la lucha revolucionaria internacional con respecto a la supervivencia del Estado soviético. Un análisis especial merecería la línea de defensa de los Frentes Populares, una formulación considerablemente diferente a la del Frente Único Proletario defendida por la Internacional Comunista a principios de los 20. Se puede responder a esto que, a mediados de los 20 y principios de los 30, no podía haber más centro revolucionario que el Estado soviético, pero ello es confundir las cosas y no saber distinguir entre centralidad operativa o táctica y centralidad ideológico-política o estratégica, es decir, entre el hecho lógico de que el Estado mayor de la Revolución internacional fuera el único Estado socialista de la época, por un lado, y la posición errónea de hacer depender la marcha de la Revolución internacional a las posiciones, maniobras y alianzas del socialismo soviético, por otro lado.

                Recordemos, para terminar, que fue el mismísimo Lenin el que, incluso en un periodo de reflujo revolucionario, defendió con ahínco que la marcha de la República soviética debía girar en torno al desenvolvimiento de la lucha de clases internacional, y no a la inversa, como en la práctica sucedería después. En cualquier caso, entendemos que todo análisis correcto sobre esta cuestión debe profundizar en la relación entre la infraestructura socio-económica de la sociedad soviética, las condiciones internacionales de la lucha de clases y las pugnas entre líneas que se desarrollaron en las entrañas del movimiento comunista soviético y mundial. Creemos que solo así podemos explicar, de forma marxista-leninista, el origen material de desviaciones en la política internacionalista de la Unión Soviética en los momentos de iniciación y consolidación del poder revolucionario.

Revolución o Barbarie

Consideraciones sobre los escraches, la lucha de masas y el movimiento comunista en el Estado español

Escraches: la espontaneidad de las masas y la inquietud de la burguesía

El escrache (palabra originaria del lunfardo, la variante lingüística rioplatense, conocido a su vez en Chile como funa y en Perú como roche) es una acción de protesta originaria de Argentina y que, básicamente, consiste en señalar de forma pública a algún conocido gestor o representante de la clase dominante y de sus aparatos represivos. Es poco el tiempo que en el Estado español, de la mano de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) y los diversos colectivos que se agrupan en torno al problema de la vivienda, este tipo de acción se ha practicado y extendido en multitud de ciudades y pueblos de España.

Sin embargo, por lo novedoso y lo inquietante para la burguesía (luego explicaremos por qué a la oligarquía financiera le preocupa muy mucho que este tipo de acciones desborde el cauce democrático-burgués -cada vez más reaccionario- que impera en el Estado español) ha sido el contemplar cómo esta forma de protesta proletaria se ha extendido de forma muy rápida, denunciando de forma colectiva no solo a importantes dirigentes del partido del Gobierno (como a Soraya Sáenz de Santamaría o a Esteban González Pons), sino también a elementos de otros partidos burgueses e, incluso, a burócratas sindicales a sueldo de la aristocracia obrera, como se puede apreciar en el primer vídeo que hemos compartido al principio de este artículo.

Para conocer el trasfondo de las reacciones de la clase dominante ante este tipo de protestas, en primer lugar hay que entender el papel que juega cada fracción o elemento dentro de la alianza de fracciones que constituyen la actual clase dominante española (dicha alianza está conformada por la burguesía monopolista española, la aristocracia obrera y las burguesías nacionales de Catalunya y Euskal Herria). Así, con respecto a las reacciones del Gobierno español (que representa los intereses de la oligarquía financiera, es decir, de la burguesía monopolista que es dueña de la banca, la industria, los medios de comunicación, el conjunto de los servicios, etc.), no puede sorprender a ningún comunista que las primeras reacciones y medidas hayan tenido que ver con una seria advertencia para quienes pretendan ir más allá de la legalidad democrático-burguesa, además de medidas efectivas para intensificar la represión en forma de identificaciones masivas y arbitrarias, o el establecimiento de «perímetros de seguridad» en los domicilios de los gestores de la burguesía que sean «acosados» por los escraches. En esta escalada represiva -lógica, por otro lado- ha vuelto a destacarse Cristina Cifuentes, la delegada del Gobierno en Madrid que, como buena mercenaria a sueldo del capital, no ha dudado un ápice en criminalizar de forma burda a los manifestantes que han participado en escraches e, incluso, a destacados representantes de la pequeña burguesía dentro de este movimiento, como Ada Colau o Rafa Mayoral.

En segundo lugar, es interesante analizar el papel que están jugando en este conflicto los medios de comunicación más importantes de la burguesía española. En lo que han coincidido todos los grandes medios del capital (desde La Sexta hasta Intereconomía, pasando por El País o El Mundo), es en su preocupación por que este tipo de protestas se intensifiquen y tomen un cariz más «violento» (como buenos voceros de la clase dominante, los medios de comunicación burgueses entienden que la única violencia legítima y aceptable es la violencia de la clase explotadora y sus aparatos de represión y control). En cuanto a las diferencias, resulta una obviedad señalar que los medios más derechistas y ultraderechistas (como Libertad Digital, 13TV, La Razón o Intereconomía) han sido los que, de forma más burda y ultrarreaccionaria, han satanizado y criminalizado a todo el colectivo de vivienderos, no dudando ni un ápice -siguiendo las «advertencias» de la inefable Cifuentes- en señalar a los miembros de la PAH como «filo-etarras», «nazis», «acosadores» y una larga ristra de epítetos lanzados por el TDT Party. En relación al espectro mediático y socio-institucional de la derecha ultrarreaccionaria española, cabe destacar que, en el día de hoy, 15 de abril de 2013, hemos conocido la noticia de que el «sindicato» fascista Manos Limpias ha denunciado ante el fiscal general del Estado a Ada Colau como «presunta inductora y cooperadora en delitos de amenazas y coacciones por los escraches».

Más complejo es el análisis que podemos hacer con respecto al tratamiento informativo dado por los medios de careta socialdemócrata «de izquierda» (como Público y La Sexta) o los cada vez más derechistas (como El País). Este tipo de medios, como pata mediática sistémica de corte «progresista», ha optado por tratar de canalizar esta interesante lucha de masas en el territorio de la sacrosanta dictadura del capital. Así, los periodistas mercenarios que trabajan para estos medios no han dudado en expresar que «entienden» este tipo de protestas, pero que consideran «peligroso» cierto «acoso» a los dirigentes políticos de la clase explotadora. Interpretando a la perfección su papel de voceros buenos de los verdugos capitalistas, los plumíferos y portavoces de estos medios intentan hacer ver al conjunto de este movimiento que, en democracia (burguesa), es posible conseguir determinados cambios u objetivos mediante la «presión ciudadana», que debe ser, por supuesto, «pacífica» en todo momento.

En tercer lugar, consideramos interesante realizar un análisis de clase sobre este movimiento, pues, que nosotros sepamos, a día de hoy no hay ningún documento público de ninguna organización del movimiento comunista del Estado español que haya estudiado este movimiento espontáneo en el contexto de la actual etapa de la lucha de clases en España. El primer aspecto que nos ha llamado la atención muy gratamente de este movimiento -aunque no nos ha sorprendido en absoluto- ha sido el hecho de cómo ha superado ciertos cauces legales democrático-burgueses. Esto se ha manifestado en un interesante y colectivo señalamiento y hostigamiento de aquellos gestores políticos del capital que, por eso mismo, son cómplices directos del exterminio socio-económico general que sufren las masas hondas del proletariado en una cuestión esencial como la vivienda. La principal virtud de esta táctica de lucha reside en que es una forma de acción espontánea y genuinamente proletaria que, por su radicalidad en cuanto a la forma, se enfrenta inevitablemente al poder dictatorial de la burguesía. Con los escraches desaparecen los mecanismos y las estructuras de mediación propias de la dictadura burguesa entre la clase dominante y la clase explotada, siendo así los propios afectados los protagonistas directos de sus acciones de lucha y repulsa de determinadas políticas implementadas por los capataces de la patronal.

Es obvio que este movimiento, así como la PAH (organización que aglutina en gran medida esta lucha), es y será incapaz de sobrepasar los límites de la lucha de resistencia y de sus proclamas radicalmente reformistas. Podemos decir que, en cuanto a la forma, este es un movimiento genuinamente proletario (no hay más que acudir a una asamblea o concentración organizadas por la PAH para comprobar el sector hondo de las masas proletarias que es abrumadoramente mayoritario), si bien es, en cuanto al contenido, un movimiento de corte pequeñoburgués y reformista (como se puede ver fácilmente por su estrategia, su discurso dominante y sus reivindicaciones inmediatas). Pero movimientos como estos demuestran dos cosas muy positivas que los comunistas no podemos eludir si queremos fundirnos algún día con el sector de las masas más avanzado y consciente. Por un lado, los escraches a dirigentes políticos o sindicales demuestran que las masas son capaces, por sí solas, de constituir sus propias organizaciones de resistencia frente a los ataques de la burguesía. Por otro lado, los protagonistas de esta forma de acción espontánea han vuelto a hacer visible, para una cantidad nada desdeñable de explotados, el carácter clasista del Estado y de sus diferentes órganos de gestión y represión. De hecho, en pocas protestas espontáneas proletarias (o populares, si incluimos a otros estratos no proletarios que también se ven sacudidos por la crisis capitalista y las políticas del capital financiero) que se suceden actualmente en el Estado español, se ha visto una represión tan brutal -en forma de detenciones, identificaciones, multas de diversa cuantía y controles sistemáticos- y un hostigamiento tan descarado contra multitud de manifestantes.

La clase dominante, como es lógico, no teme esta forma de protesta en sí misma, sino la manera en que se está expresando en multitud de ocasiones y, sobre todo, el hecho de que estas luchas de resistencia puedan convertirse en toda una escuela de aprendizaje para el sector más combativo de las masas proletarias (aquellas a las cuales los comunistas, una vez unificados bajo la bandera del marxismo-leninismo, debemos dirigirnos para transformar la línea revolucionaria en programa para la toma del poder).

Sobre la imposibilidad de transformar estas luchas de resistencia en luchas revolucionarias sin la reconstitución ideológica y política del comunismo

Cualquiera que conozca este blog, sabe que aquí defendemos de manera clara y rotunda la necesidad de que el movimiento comunista del Estado español emprenda un trabajo profundo y serio de reconstitución del comunismo. La idea de la reconstitución y el balance del ciclo de Octubre no es, como piensan todos aquellos intoxicados hasta la médula de revisionismo, un capricho o un pasatiempo intelectual para los comunistas. De hecho, es una tarea prioritaria y determinante para que las luchas de resistencia, como la que algunos proletarios están protagonizando con los escraches, puedan ser canalizadas en la estrategia revolucionaria para la destrucción del Estado burgués y la Revolución socialista.

Ya hemos analizado brevemente el carácter y la naturaleza de clase de este movimiento. Además, hemos subrayado los elementos positivos y novedosos que contiene. Ahondando en este último aspecto, es interesante comprobar cómo, en general, la práctica totalidad de los comunistas ha estado ausente en este tipo de luchas o, cuando menos, no ha destacado con representantes que puedan hacer virar el contenido de las reivindicaciones hacia posiciones nítidamente revolucionarias. En cualquier caso, con este movimiento podemos comprobar lo acertada y necesaria que es la tesis de la reconstitución ideológica y política del movimiento comunista, pues, aunque hubiera habido militantes comunistas encabezando estas luchas de resistencia, habría quedado patente de nuevo que no se puede recolectar lo que se ha sembrado con los fertilizantes inapropiados. Es decir, no puede haber ningún movimiento revolucionario de masas, si previamente no ha habido: a) una unificación de la vanguardia comunista en el Estado español en base a los principios del marxismo-leninismo; b) una fusión estrecha con los sectores más combativos de la clase obrera (fusión que, inevitablemente, debe ser posterior a la unificación comunista en base al marxismo-leninismo y a la lucha de dos líneas contra el revisionismo).

Esto significa -volveremos a insistir en ello cuantas veces creamos necesario- que no hay una relación estrecha ni equidistante entre las luchas económicas y la lucha política revolucionaria. Parece mentira que tantos autoproclamados marxistas-leninistas sigan hoy sin entender uno de los mayores y más geniales aciertos de Lenin, que consistió en deslindar claramente el campo de la lucha revolucionaria de la lucha reivindicativa y por reformas. En el movimiento de los escraches y contra los desahucios, como en cualquier otro movimiento genuinamente proletario y de masas de resistencia frente a la burguesía, no hay posibilidad alguna de convertir en revolucionario algo que, dadas las condiciones actuales, no lo puede ser. La Revolución no es ese estadio final al que se llega tras haber acumulado y dirigido luchas parciales desde una óptica espontaneísta y economicista, sino el proceso mediante el cual la clase obrera revolucionaria, constituida en su Partido Comunista y mediante la guerra revolucionaria contra la burguesía, consigue traducir la línea revolucionaria (esa que hoy muchos tildan de «teoricista», «izquierdista» y demás epítetos propios de quienes son incapaces de refutar las tesis sobre la necesidad de reconstituir el comunismo tras el agotamiento del ciclo de Octubre) en un programa claro para la toma del poder y la Revolución proletaria.

Asimismo, nos gustaría aclarar que, si bien este tipo de movimientos adolecen -como no puede ser de otra manera- de un claro carácter pequeñoburgués en cuanto a su contenido, es sin lugar a dudas el frente de masas que en la actualidad más debería interesar a los comunistas, sobre todo por el hecho de que este movimiento de resistencia económico no está controlado, al menos directamente, por los sindicatos aristobreros ni por el oportunismo del tándem PCE-IU. Esto hace que sea un campo relativamente abierto para la intervención de los comunistas, sobre todo porque no hay que disputar la hegemonía a una fracción de la clase dominante española tan experimentada y poderosa como la aristocracia obrera (una fracción que, en los últimos tiempos, tal y como como hemos analizado en otros escritos, ha venido a menos por la última gran crisis capitalista). Además, es un frente en el que claramente se sitúan elementos de las masas más profundas del proletariado. Y esto no es baladí, ya que es evidente que es este segmento social el que será la punta de lanza de la guerra civil revolucionaria emprendida en un futuro por el Partido Comunista del Estado español.

Pero -repetimos- dicha intervención solo podrá ser revolucionaria y eficaz cuando la mayoría de la vanguardia comunista haya emprendido esa urgente reconstitución ideológica, para lo cual es imprescindible continuar haciendo balance de la historia del movimiento comunista internacional y de todas aquellas realidades enmarcadas en la lucha de clases que vivimos en España. De esta forma, a través de una lucha ideológica respetuosa en las formas pero radicalmente contundente en la crítica al revisionismo en sus diferentes manifestaciones, entendemos que es como podrá producirse un progresivo acercamiento (real y fundamentalmente ideológico, no  artificial y exclusivamente político) entre la vanguardia comunista; un acercamiento que necesariamente derivará en unificación política en un periodo de tiempo determinado. A nuestro entender, cuando todo esto se haya llevado a efecto, es cuando podremos empezar a plantear de forma seria una política de intervenciones en los distintos movimientos de masas, para convertir a estos en un poderoso movimiento revolucionario por el comunismo.

Ante el “día de la república”

Compartimos el documento que han elaborado los camaradas de la Juventud Comunista de Almería en relación a la conmemoración del 82º aniversario de la II República y el movimiento comunista del Estado español. Estamos plenamente de acuerdo con el texto y felicitamos a los compañeros por su trabajo.

reformaorevolucion

Otro 14 de abril. Y van ya 83 desde que se proclamase la II República española. Llega la fecha en la que los partidos comúnmente llamados de “izquierdas” y que, en muchos casos, se autodenominan “comunistas”, inflan sus pechos, entre elogios a sí mismos, mencionando una y otra vez la palabra “República”. Y así, nos venden la moto de que tenemos que querer a la República y que tenemos que luchar por una Tercera edición. Pero, estos partidos que se autoproclaman “comunistas”, u olvidan que el programa político de un PARTIDO COMUNISTA, debe ser revolucionario y ayudar a la elevación de la conciencia de clase, o es que a lo mejor no es que lo olviden, sino que no lo quieren ver, o no les interesa verlo. Hoy en día hasta a la burguesía, le podría convenir y, en muchos  casos, así lo demanda para sus intereses económicos y comerciales, que España, dejara de ser un Estado monárquico (véase los ejemplos de autodeterminación de Cataluña o País Vasco que, aunque se trata de un tema más profundo que aquí no entraremos a tratar, sí que cabe mencionar que el resultado de dicha autodeterminación, poco o nada tiene que ver con la clase trabajadora y, aunque insistan en lo contrario, se trata únicamente de un conflicto inter-burgués en el que los obreros son usados en la defensa de intereses ajenos a los suyos. Aclarar que no significa esto que estemos en contra de la independencia ni mucho menos). Proclamar la República no es, en ningún momento un acto revolucionario, una república podría y, de hecho, así suele (porque tenemos a muchos países de ejemplo, no hay que irse muy lejos) existir bajo un sistema capitalista. Estos supuestos marxistas de palabra y no de hechos, no son en manera alguna socialistas, sino demócratas pequeñoburgueses con una fraseología casi socialista. Algo básico que debe saber un marxista es que la sociedad está dividida en clases; que los intereses de ambas clases son completamente antagónicos; que en ningún momento de la historia, éstos se han visto conciliados entre sí y que la lucha de clases es el hilo conductor de dicha historia (libres y esclavos; señores y siervos; maestros y oficiales). Y, en un sistema capitalista, no se suprimen esos papeles de opresores y oprimidos, sino que se enmascara como ‘Democracia’ y, monárquica o republicana, se trata de una Democracia Burguesa, compuesta por unas leyes burguesas, escritas por burgueses, las cuales, sólo y únicamente, atienden a sus intereses. El Estado es, siempre, un sistema opresor, en el que existen opresores y oprimidos que, además, dispone de un cuerpo de seguridad armado que lo defiende a capa y espada. Ésta es una cuestión muy básica y, de hecho, es algo de lo que el capitalismo es muy consciente. El proletariado es, en este sistema, la clase explotada, pero a diferencia de otras etapas anteriores de la historia, el capitalismo disfraza a la clase trabajadora con una ‘libertad jurídica’ y su función es crear toda la riqueza a través de la explotación de su fuerza de trabajo. Mientras sigamos bajo el yugo de un sistema capitalista, seguiremos sufriendo las graves consecuencias del capitalismo, y más a día de hoy, inmersos en una de las crisis cíclicas del capital. Además, este sistema, en su tendencia al monopolio, tiende a proletarizar a cada vez más capas y a expropiarlas de sus medios de vida. El proletariado no es dueño ni de sí mismo, ni de su destino bajo este yugo. Y, para que esto deje de suceder, la única vía es la expropiación de esos medios de producción concentrados y monopolizados por esa clase poseedora, que se corresponde con una minoría irrisoria del total de la población mundial, mediante la llamada Dictadura Revolucionaria del Proletariado, es decir, un Estado Socialista, que permita eliminar las contradicciones creadas por el capital y nos lleve a la desaparición de las clases, es decir, al Comunismo. Pero, para ello, es necesario redundar en que hay que tener conciencia de clase para sí, donde la vanguardia teórica y las masas se fusionen en movimiento revolucionario. Los programas políticos de todos esos partidos republicanos autodenominados ‘comunistas’ y, por tanto, el contenido ideológico predominante en la actualidad del Movimiento Comunista Español, no cumple esa labor que es indispensable en un verdadero programa revolucionario. Esto sucede porque este entramado de siglas y letras distintas (IU, PCE, PCPE, IA, CR, PTE…) han realizado un análisis erróneo de la teoría revolucionaria, tergiversándola y cambiándola a su gusto y necesidades, de manera que, después de 83 años, nada han aprendido ni cambiado de los errores cometidos en el pasado y continuarán 83, 100 o 200 años más en la misma senda, puesto que su discurso se ha rebajado hasta el infinito permitiendo que el capitalismo, ante el descampado que vislumbra, se crezca y se refuerce, mientras que las amplias masas, descontentas ante la situación, sin saber muy bien qué hacer, desgastan sus esperanzas gritando en las calles junto a las banderas que alimentan una y otra vez a aquel monstruo feroz que nos explota a todos. Éste es el bucle constante que se repite una y otra vez, y España es bien testigo de ello durante estos 30 años atrás. Cuando la gente no puede más, se harta y sale a la calle, después de un tiempo, se cansa y vuelven a sus casas. La culpa de ello se reduce a una cuestión: no existe un referente ideológico.

Por ello, la Juventud Comunista de Almería, considera que el primer frente de lucha activa que nos permita dar un salto a próximos objetivos y metas, es el de la lucha ideológica. Es estrictamente necesario que el comunismo rescate aquellos que son sus pilares teóricos básicos y que los lleve a la práctica, analizando etapas pasadas en las que se cometieron errores y extrapolando todo esto a nuestra actualidad para, así, elaborar una teoría netamente revolucionaria apta a nuestras luchas de hoy y de mañana. Y esto será posible tan sólo mediante la crítica y la autocrítica y a través de la formación y del debate. Claro que somos conscientes de las oscuridades que atraviesan ahora mismo muchos sectores de la población por culpa de la crisis e sobreproducción capitalista y, nunca negaremos que un trabajador tiene y debe luchar por sus intereses más inmediatos, pero tan sólo de esta manera, nunca conseguirá alcanzar un siguiente escalón. Es algo que viene demostrándose durante todo el siglo XX. Si bien, el capitalismo a veces se muestra generoso en cesión de derechos, al día siguiente vuelve a demostrarnos que es propietario de los mismos y que con tal de mantener su equilibrio y conveniencias, nos puede dar o quitar según le plazca a la burguesía, para así hacernos parecer que existen salidas a la situación dentro del Sistema. Por tanto, hacemos hincapié en la necesidad de esa ideología revolucionaria, el estudiarla en toda su profundidad, sistematizando en dicho proceso, el debate para el desarrollo de las ideas que explican el mundo y la sociedad en el seno de la vanguardia, de forma que sea posible la RECONSTITUCIÓN IDEOLÓGICA DEL COMUNISMO que permita la existencia de un verdadero PARTIDO COMUNISTA que disponga de un PROGRAMA POLÍTICO que de verdad consiga la emancipación de la clase trabajadora y, por último, la desaparición de las clases y de la figura opresora del Estado.

Los comunistas no tienen por qué guardar encubiertas sus ideas e intenciones. Abiertamente declaran que sus objetivos sólo pueden alcanzarse derrocando el orden social existente. Con la Revolución Comunista, los proletarios no tienen nada que perder, sino sus cadenas. Por el contrario, tienen todo un mundo entero que ganar” (Karl Marx, Manifiesto Comunista)
 
Abril de 2013

Plan de Reconstitución del Partido Comunista

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Publicamos por su interés el cuarto y último punto de El debate cautivo, texto del MAI, el cual se puede leer completo a través del siguiente enlace:

https://revolucionobarbarie.wordpress.com/documentos-de-organizaciones-comunistas/movimiento-anti-imperialista-mai/el-debate-cautivo/

Los temas suscitados en el presente documento tocan casi todos los aspectos del comunismo revolucionario, desde sus fundamentos ideológicos hasta las cuestiones tácticas. Ello es fruto de la reacción natural de la vanguardia ante el estado en que se encuentra la teoría proletaria tras el desgaste a que fue sometida como doctrina social de vanguardia durante el pasado ciclo y después de la derrota sufrida por la clase cuyos intereses representa, estado de desorientación, de descomposición y sometimiento absoluto al oportunismo que hace preciso que atraviese por todo un periodo de reconstitución y que hace inevitable que la superación de este periodo se plantee como cuestión de primer orden para la vanguardia actualmente. Por esta razón, la lucha teórica es el campo y la herramienta principal del comunismo hoy en día; por eso, es tan importante abrir espacio al debate, a la confrontación ideológica y a la lucha de dos líneas en nuestro movimiento; por eso, es preciso desamordazar el debate que tienen prisionero los celadores del actual estado de postración y deterioro del pensamiento y de la política comunistas, los tuteladores del statu quo del movimiento obrero actual, que pretenden la exclusiva de la línea política proletaria, cuando la realidad ha demostrado largamente su fracaso.

La obstinación del PCE(r) en obstaculizar todo intento de abrir caminos a la recomposición revolucionaria del comunismo ha terminado convirtiendo su política en escollo inmediato y en objetivo ineludible de superación. El MAI ha decidido llevar a cabo el deslindamiento con este partido, también, porque si no representa la línea más avanzada, sí al menos es la más lanzada , la que más lejos ha llegado en los últimos tiempos en el enfrentamiento con el Estado, y ello le ha hecho acreedor de cierta aureola de prestigio que utiliza para distraer a la vanguardia sobre los errores de su política. La vida misma, pues, obliga y hace necesario que el futuro desarrollo revolucionario del proletariado consciente y de la clase obrera en su conjunto pase por el desenmascaramiento de la política del PCE(r). Cuando organizaciones como Kimetz censuran posiciones políticas como nuestra Declaración de diciembre en nombre de una pretendida –al igual que mal entendida– solidaridad, al mismo tiempo que reconocen que “comparten en gran medida” esas posiciones, hacen un flaco favor a la causa del comunismo. Subordinar los principios a la solidaridad no es una postura propia del comunismo revolucionario; someterse a las exigencias tácticas de una línea que se reconoce como errónea es de una gravedad extrema y anuncia la bancarrota del proyecto político propio. Los camaradas del EhAKI y de Kimetz deberían recapitular sobre todo esto. Es preciso terminar con la fútil neutralidad en las cuestiones de fondo que tocan directamente con los intereses de la revolución proletaria; es hora ya de tomar partido y de involucrarse en la lucha de dos líneas por los problemas candentes; es imperativo que la vanguardia se reactive y haga frente a sus responsabilidades como vanguardia. Por lo demás, con esta carta abierta el MAI demuestra que no está en su ánimo ni persigue resarcirse en una polémica particular con el PCE(r). Hemos abierto el campo de visión de nuestro análisis para abarcar lo máximo posible y realizar una radiografía crítica del actual estado del sector que consideramos más avanzado dentro del movimiento comunista internacional, su sector de izquierda que sigue la línea de Guerra Popular. Si insistimos en la crítica de la línea militar del PCE(r) es porque este partido tiene línea militar, independientemente de su relación práctica con la lucha armada –en la que, una vez más, no hemos entrado–, que forma parte sustancial de su línea política y cuya caracterización se hace imprescindible para los objetivos de ese análisis. Nuestros intereses van más allá del supuesto desprestigio de una determinada organización: pretendemos aplicar y extender la lucha de dos líneas proletaria con el fin de contribuir a la reconstitución ideológica y política del comunismo.

Línea política de Reconstitución del Partido Comunista

De cara a esa contribución y después del análisis de los elementos fundamentales que conforman la línea general de la revolución proletaria, corresponde ahora presentar en sentido positivo y a modo de síntesis aquellos elementos. La línea general es el plan general de la revolución, la representación de sus etapas, requisitos y tareas en función de las leyes de la transformación revolucionaria de la sociedad que la lucha de clases del proletariado ha ido revelando a lo largo de la historia. En sentido lato, la revolución comunista transcurre por tres etapas: la constitución (reconstitución) del proletariado en partido político revolucionario; la conquista del poder por este Partido a través de Guerra Popular, y la instauración de la Dictadura del Proletariado, que se desarrolla mediante revoluciones culturales. Aquí, nos centraremos en la primera etapa, por cuanto ella recoge la construcción de los dos primeros instrumentos de la revolución (Ideología y Partido) y por cuanto la realidad social actual sólo nos ofrece los materiales y las condiciones concretas para elaborar un plan práctico con estos objetivos inmediatos. Eso sí, siempre en función de los otros instrumentos y las subsiguientes etapas de la revolución, en función de la Guerra Popular y de la instauración de la Dictadura del Proletariado y del socialismo. Es decir, es preciso reconstituir Partido Comunista para iniciar inmediatamente la Guerra Popular; pero no es posible elaborar aún un plan de inicio de la Guerra Popular in abstracto , al margen de las condiciones sociales y políticas concretas que ofrecerá en el futuro la reconstitución del Partido Comunista, una vez cumplida, desde el punto de vista del estado general de la correlación de fuerzas entre las clases y desde el punto de vista de la posición particular que ocupará el proletariado en él. Los propios maoístas peruanos formulaban el tercer instrumento como especificación de la Guerra Popular en función de las condiciones concretas del país , lo que significa que la Guerra Popular es ley e instrumento estratégico, pero sólo puede hablarse de ella como línea política desde lo concreto, desde la forma que adopta en función de las condiciones específicas dadas por el proceso revolucionario. Y, en tal sentido, únicamente es posible adelantar que, en un país imperialista como el Estado español, la Guerra Popular tendrá como centro las ciudades y el proletariado será tanto la clase principal como la clase dirigente en la revolución. En resumen, la línea general nos informa sobre las leyes del movimiento revolucionario, pero no es posible una línea política sin los elementos tácticos que permitan alcanzar los objetivos estratégicos, sin tener en consideración las condiciones concretas en que nos movemos. Así pues, una vez establecidos los elementos generales de la estrategia revolucionaria y sus relaciones internas, es preciso centrar y definir el objetivo inmediato y proponer un plan que incluya los medios para alcanzarlo.

La primera fase de la revolución proletaria es la fase política. Su contenido consiste en la acumulación de fuerzas de la vanguardia de la clase desde la ideología revolucionaria, y su objetivo es la reconstitución del Partido Comunista. La segunda fase de la revolución proletaria es la fase militar, bajo la forma de Guerra Popular. Su contenido consiste en la acumulación de fuerzas de las masas de la clase, en la conquista de las masas para la ideología revolucionaria, y su objetivo es la construcción de Nuevo Poder sobre las masas armadas hasta la destrucción del Estado y la instauración de la Dictadura del Proletariado. Nos limitaremos a exponer los elementos de la primera fase en sus distintas etapas.

1ª etapa. Defensiva política estratégica . Se trata de la recomposición (reconstitución) ideológica del comunismo revolucionario desde la lucha de dos líneas en torno al Balance del Ciclo de Octubre y en torno a la Línea General de la revolución proletaria, como aspecto principal, y lucha de clases ideológica contra todas la manifestaciones y formas de la concepción del mundo burguesa –incluidas las teorías de origen no marxista que pugnan por hegemonizar el movimiento obrero– desde el punto de vista de la reconstitución de la concepción del mundo independiente de la clase obrera y de su construcción como forma superior de la conciencia social, como aspecto complementario. Este tipo de lucha ideológica pasará a ser principal una vez reconstituido el Partido Comunista y una vez que, en virtud de ésta, el deslindamiento entre las clases y entre el campo de la revolución y de la contrarrevolución hayan quedado clarificados. La línea de masas, en esta etapa, se centra en el sector de la vanguardia cuyas preocupaciones alcanzan el nivel más elevado de las cuestiones relacionadas con la revolución, con las cuestiones que tocan la teoría revolucionaria como prerrequisito y condición del movimiento revolucionario (conciencia de clase para sí ). Se trata del sector que denominamos vanguardia teórica . El carácter de las tareas políticas es fundamentalmente teórico (investigación y elaboración) y propagandístico (difusión entre el resto de los sectores de la vanguardia y entre las masas). Orgánicamente, toda esta labor irá cristalizando en la articulación de órganos centrales de dirección y propaganda y en la generación de los organismos necesarios para el cumplimiento de las tareas; en suma, se irá materializando en un incipiente movimiento de vanguardia prepartidario. Cuando el progreso en el cumplimiento de las tareas y en la construcción de ese movimiento de vanguardia sea suficiente, podrá iniciarse el paso a la siguiente etapa.

2ª etapa. Equilibrio político estratégico . Se trata de la aplicación de los principios del comunismo revolucionario a las condiciones concretas de la revolución en el Estado español. La Línea General se transforma en Línea Política. El objetivo principal de la línea de masas sigue siendo la vanguardia teórica, pero ampliando su radio de acción, pues, en la medida que la teoría se va aplicando a problemas cada vez más cercanos , las cuestiones relacionadas con la transformación social reclaman el interés de un sector más amplio de la vanguardia. Sin embargo, como complemento, se inicia el contacto con lo que denominamos vanguardia práctica , con la parte de la vanguardia involucrada en los problemas inmediatos de las masas y en la organización y dirección de la lucha de resistencia económica (conciencia de clase en sí ). Las tareas fundamentales siguen siendo teóricas (análisis de las relaciones de clase y tendencias económicas, sociales y políticas en la formación social española, sin dejar de profundizar en las cuestiones ideológicas de la reconstitución) y propagandísticas (defensa del comunismo y del socialismo y la Dictadura del Proletariado como objetivo inmediato de la revolución en el Estado español), aunque ya se inicia la generación de organismos para combatir la línea oportunista y conciliacionista en los frentes de resistencia.

3ª etapa. Ofensiva política estratégica . Se trata de la traducción de la Línea Política en Programa. Es el último paso de la traslación de los principios revolucionarios hacia propuestas de acción revolucionaria. Las contradicciones sociales de la formación española se traducen en reivindicaciones revolucionarias en función de los problemas concretos que esas contradicciones producen; pero, no se trata de un programa mínimo reformista; en nuestra revolución sólo hay programa máximo: la Dictadura del Proletariado. El Programa comunista es la demostración teórica y práctica del principio de que sin el poder todo es ilusión , es la exposición –en virtud de las primeras experiencias de la vanguardia comunista en los frentes de masas y en virtud de las primeras experiencias de las masas en su contacto con la Línea Política comunista– de los medios políticos y organizativos que se requieren para alcanzar el objetivo del socialismo a condición de que sean las propias masas armadas quienes se organicen en Nuevo Poder para aplicarlo por sí mismas. En esta etapa, el destino de la línea de masas es la vanguardia práctica como objetivo principal. Generación de organismos en los frentes de masas y de fracciones rojas en los movimientos de masas que faciliten la vinculación política del movimiento de vanguardia comunista con el movimiento obrero práctico y el establecimiento de las bases que permitan la extensión de su influencia en el momento de culminación de la reconstitución del Partido Comunista y del paso a la fase militar del proceso y a la conquista de las masas hondas y profundas desde Guerra Popular. Lucha contra la tendencia derechista de transformar los organismos de base en frente sindical, que los desviaría de su cometido de ser organismos del Partido para la futura constitución de bases de apoyo para la Guerra Popular y que los encarrilaría por la vía reformista de las reivindicaciones económicas inmediatas y de la lucha por conquistas políticas democráticas . La incorporación de un sector de la vanguardia práctica al movimiento comunista y la consolidación organizativa de esta unificación entre vanguardia teórica y vanguardia práctica supondrá la plasmación real de la fusión leninista entre el socialismo científico y el movimiento obrero, entre la teoría y la práctica proletarias y, en definitiva, la culminación de la reconstitución del Partido Comunista. El Partido Comunista como movimiento político y el Programa comunista como primer referente político-ideológico para las masas expresan la posición de ofensiva política que la vanguardia proletaria ha alcanzado para la clase obrera. Inmediatamente, se inician los preparativos para el desarrollo de la política proletaria por otros medios, por la vía armada a través de la conquista de las masas mediante Guerra Popular en su primera etapa de defensiva militar estratégica .

Como ya se ha dicho, no es posible describir en lo concreto los elementos de esta nueva fase, ni las formas de los destacamentos armados del Partido, ni la forma de las bases de apoyo, ni de los métodos de organización de milicias populares, etc. Naturalmente, todo esto depende de las condiciones concretas de la lucha de clases, de las formas específicas como haya tomado cuerpo la unidad del movimiento de vanguardia con el movimiento práctico y de la experiencia acumulada durante la fase de reconstitución, principalmente en su tercera etapa.

En la actualidad, la línea política de reconstitución es la única línea política proletaria posible. Las condiciones de liquidación del movimiento comunista en las que nos movemos, como resultado del final del ciclo revolucionario, obligan a reconsiderar las condiciones y los requisitos de recomposición de ese movimiento, tanto desde un punto de vista estratégico como táctico. Ya no basta la unidad en torno a bases políticas, como aquellas Veintiuna condiciones que permitieron el nacimiento de los primeros partidos comunistas y del movimiento comunista internacional, ni la unidad en torno a bases ideológicas, como el maoísmo, que sirvió de punto de partida para la reconstitución del PCP; se precisa la definición de todo un área de tareas teóricas y prácticas que permitan, como punto de partida, la reconstitución ideológica y la construcción de un movimiento de vanguardia en estrecha unidad como base de la reconstitución del Partido Comunista. Las masas no son nuestras, y el comunismo ha dejado de ser un referente para ellas (factor que sí estaba presente en los dos casos de constitución comunista que acabamos de citar). Las masas, hoy, son carne de cañón del imperialismo, de manipulación del reformismo o de suicidio terrorista del yihadismo . Es preciso reconquistarlas; pero, para ello, la vanguardia sólo cuenta con sus propias fuerzas. Debe, por tanto, organizarse para este fin, creando los instrumentos necesarios, principalmente el Partido Comunista. No puede pretender que las masas solucionen por ella sus problemas teóricos y prácticos, que las masas le ofrezcan resueltas las herramientas para la revolución. Es cierto que sin ellas éstas no son posibles, pero el punto de partida está en la vanguardia, el primer paso debe ser dado por la vanguardia y en el ámbito de la vanguardia. Ésta es la única respuesta a la cuestión de por dónde empezar .

Esta propuesta implica, naturalmente, que se debe empezar por los problemas teóricos y por los problemas prácticos relacionados con la construcción de un movimiento de vanguardia mínimamente articulado. Contra esta posición se objeta habitualmente el argumento demagógico y dogmático de que, para el marxismo, la práctica es siempre lo primero y lo principal, por lo que se debe comenzar por la acción práctica y por el movimiento obrero realmente existente, tal como se presenta en su estado actual. Pero se trata de un argumento antidialéctico que desvía el concepto marxista de la práctica hacia el pragmatismo y el empirismo, y la actividad de la vanguardia hacia el practicismo. Entonces, ¿qué es la práctica para el marxismo? Para el marxismo, la categoría de práctica presenta dos aspectos –que, por supuesto, forman una unidad óntico-gnoseológica–, uno objetivo y otro subjetivo. El primero de ellos, lo resumió Marx en su VIII tesis sobre Feuerbach:

“La vida es, en esencia, práctica . Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esta práctica”.

En esto consiste el primer principio del método marxista, del materialismo histórico. Pero nuestros demagogos han llegado a la conclusión de que toda actividad de comprensión racional de la práctica humana, de la sociedad como producto de la actividad material del hombre, es idealismo o intelectualismo . Todo esfuerzo por elaborar una representación de las relaciones sociales y de la lucha de clases en su conjunto, de comprensión de las tendencias concretas que abren esas relaciones y esa lucha y del marco general de las leyes en que se encuadran son teoricismo puro y especulación de intelectuales (lo cual, desde su esquema de valores, es todo un insulto), no actividad propia de los obreros, aunque se trate de obreros con conciencia de clase. Éstos, al parecer, deben ser prácticos , deben sumergirse en la realidad concreta para conocerla formando parte de ella. Pero, ¿este practicismo que renuncia a la perspectiva del punto de vista teórico y pretende forjarse una representación del mundo y de la sociedad en función de la experiencia empírica inmediata tiene algo que ver con el marxismo?, ¿es esta especie de espontaneísmo gnoseológico la posición de la práctica subjetiva marxista? En su IV tesis sobre Feuerbach, Marx dice que:

“(…) lo primero que hay que hacer es comprender ésta [la realidad terrenal] en su contradicción y luego revolucionarla prácticamente eliminando la contradicción. Por consiguiente, después de descubrir, en la familia terrenal el secreto de la sagrada familia, hay que criticar teóricamente y revolucionar prácticamente aquélla”.

En esto consiste el primer principio de la acción práctica del sujeto, que no es acción inmediata, sino acción revolucionaria. Pero nuestros demagogos han llegado a la conclusión de que sólo la acción directa es acción revolucionaria, y se disponen a participar en las luchas que provocan las contradicciones sociales incorporándose a ellas sin haber realizado la pertinente crítica teórica que permita descubrir su naturaleza, con el solo objetivo de agudizar y desarrollar esas contradicciones hasta que encuentren solución por sí mismas, pues su fe materialista les conmina a creer en una sustancialista metafísica de la inmanencia que está detrás de las cosas y que permite que éstas se dirijan por sí mismas hacia el fin que su naturaleza les dicta. Pero, como Marx no es Aristóteles y no cree en entelequias, indica muy claramente que no se trata de desarrollar la contradicción, ni de procurar que se resuelva por sí misma, sino de revolucionar la contradicción. Ha sido esta absoluta incomprensión de la verdadera práctica revolucionaria la que ha permitido, de la mano de estos prácticos –que durante décadas han dominado el movimiento comunista y han dirigido sus organizaciones–, la reducción ontológica y gnoseológica del marxismo y la liquidación de su programa de acción revolucionaria, que han sustituido por el reformismo y el posibilismo políticos. En conclusión, no se trata de desarrollar la contradicción entre capital y trabajo, sino de revolucionarla; no se trata de desarrollar el movimiento de resistencia hasta que se transforme en revolucionario. Esto es una fantasía idealista. Se trata de revolucionar el movimiento de resistencia de las masas. Y el Partido Comunista, llevando Guerra Popular a ese movimiento, es el único instrumento capaz de revolucionar al conjunto de la clase obrera.

Una de las consecuencias del reduccionismo al que los prácticos someten al marxismo es la limitación del enfoque social de la lucha de clases al punto de vista económico, y la limitación del enfoque que recoge el estado de todas las relaciones entre todas las clases al punto de vista de la relación entre el obrero y el patrón. De este modo, la práctica queda reducida a la lucha sindical, a un espacio limitado del conjunto de las contradicciones de clase, y la realidad sobre la que hay que actuar, de la que debe partir el sujeto revolucionario, no es el conjunto de la sociedad, sino el movimiento económico de una sola clase, el proletariado. Según este planteamiento, la lucha económica por reivindicaciones inmediatas es embrión de tipos de lucha superiores, de formas políticas de lucha revolucionaria. La lucha de empresa es la forma básica cuyo desarrollo y extensión implicará a la clase en su conjunto. Por esta razón, se pone el acento en las huelgas, manifestaciones y demostraciones de calle como formas principales de lucha en la actualidad, que la vanguardia debe proponer y organizar; al mismo tiempo, se reclama el apoyo para los sectores críticos de los sindicatos mayoritarios amarillos, para los pequeños sindicatos de clase y para las plataformas autónomas de trabajadores. La extensión de la experiencia de estos organismos, unida a la verdad revelada (alguna variante del marxismo-leninismo o del maoísmo) que les acercarán estos señores tan serios y responsables, vacunados contra toda veleidad izquierdista , procurará las herramientas políticas y organizativas de la revolución. No hay problemas teóricos en la construcción del movimiento comunista porque éste, en realidad, no existe como tal. El movimiento revolucionario es el movimiento práctico dirigido por estos señores. El comunismo es apéndice del movimiento de resistencia. Su reconstitución, pues, se reduce a un problema de organización y a su posterior incorporación en el movimiento, pues como ya dijera el padre del revisionismo, lo importante es el movimiento, el objetivo es secundario .

Lenin combatió esta concepción gradualista y mecanicista del movimiento revolucionario cuando el revisionismo de corte bernsteiniano cobró cuerpo en Rusia bajo la forma de economismo , en los primeros años del siglo XX, y cuando, tras la derrota de la Primera Revolución rusa, combatió a los mencheviques, que querían liquidar las formas de organización clandestina y de lucha ilegal del movimiento obrero. En ambas ocasiones, Lenin demostró que la proyección política de la resistencia espontánea de las masas y la proyección organizativa de la lucha sindicalista conducen al programa reformista y a lo que él denominó partido obrero liberal . Hoy, tras la derrota de la primera gran ofensiva de la Revolución Proletaria Mundial, la vanguardia se enfrenta a las mismas desviaciones de la táctica revolucionaria. No es casualidad que los mismos prácticos que, con exaltación, desprecian la lucha teórica y llaman a dirigir las luchas parciales de los trabajadores sean también quienes proclaman como objetivo político inmediato la República. Sin embargo, a día de hoy, los fervorosos adalides de la práctica inmediata no han sido capaces de mostrar una sola experiencia de lucha obrera que pueda servir de ejemplo de plataforma del futuro movimiento revolucionario del proletariado. Nuestros prácticos llevan años llamando a apoyar y a encauzar luchas obreras como la de Sintel, Santana, La Naval, Cortefiel o Delphi, insistiendo en que es ahí donde debe dirigirse y laborar la vanguardia; pero sólo han sido capaces de demostrar su impotencia, su fracaso y, finalmente, la bancarrota de la línea practicista de construcción del movimiento revolucionario. A la postre, su tan cacareado trabajo comunista entre las masas se ha quedado en eso, en hacer llamamientos de apoyo a luchas que no han sido capaces de iniciar, ni de organizar, ni de dirigir. Resulta irónico, pues, que los enemigos más acérrimos de la teoría y de la planificación política hayan terminado ejerciendo de simples teorizadores y de propagandistas de la práctica, con la que carecen de toda relación real. Es el colmo observar a los prácticos teorizando sobre la práctica y empecinándose en especular sobre hipótesis e ideas preconcebidas que la propia práctica –ese criterio de la verdad al que tanto apelan, pero que no se aplican– ha refutado como falsas. Y es que el pragmatismo no es más que la otra cara del idealismo, en nuestro caso, del culto al ídolo de la espontaneidad de las masas. Pero, la consecuencia más grave para el movimiento obrero revolucionario ha consistido en que el predominio de esta escuela de pensamiento durante varias generaciones de comunistas ha sometido al marxismo, como instrumento teórico para la lucha de clases, a un terrible proceso de depauperación, consistente en la supresión de todo análisis de clase, antesala de su liquidación como ideología. Efectivamente, si el punto de vista que se adopta es el de las necesidades teóricas y prácticas de un movimiento concreto dado, la tendencia que predominará conducirá a poner en el centro del análisis esas necesidades y al resto de los factores reales en función de las mismas; quedará excluido, en consecuencia, el análisis científico marxista, el análisis que pone en el centro las luchas de clases, no la lucha o el movimiento de una clase, sino las relaciones entre todas las clases sociales. Hace mucho que este tipo de análisis brilla por su ausencia en nuestro movimiento, siendo sustituido por la enumeración de conflictos laborales o las retahílas de denuncias de atentados contra los derechos de los trabajadores perpetrados por los gobiernos de turno en que se han convertido los órganos de prensa de los partidos comunistas y obreros .

Entonces, como el punto de referencia para la vanguardia no es el movimiento práctico e inmediato de las masas, su lucha de resistencia contra las agresiones del capital, sino la práctica social en su pleno sentido marxista, la sociedad en su conjunto, o sea, el estado real de las relaciones de clase, el escenario concreto de las luchas de clases en el que la vanguardia debe aplicar su plan de tareas, procede, ahora, exponer someramente la situación de ese escenario, con el fin de señalar el eslabón al que es preciso aferrarse para vincular aquel plan con la realidad concreta sobre al que se pretende actuar. Este análisis, sin embargo, no puede sustituir a la definición completa de la Línea Política porque ésta comprende el estudio de todas las contradicciones y de todas las tendencias que presenta una determinada formación social, y, al igual que no podemos especificar todavía un plan para la Guerra Popular porque éste presupone cumplida la tercera etapa de la reconstitución, tal como aquí la hemos descrito, tampoco podemos definir Línea Política –objetivo de la segunda etapa de la reconstitución– sin haber resuelto antes los problemas de la primera, relacionados con las cuestiones ideológicas de fondo. Sí podemos, en cambio, destacar las tendencias fundamentales de las luchas de clases actuales en el Estado español, de modo que, aunque nos movamos en la epidermis del cuerpo social, en tanto que reflejo de las tendencias subyacentes más profundas, puedan orientarnos a la hora de concretar el plan de reconstitución.

Las luchas de clases en el Estado español

En al actualidad, el epicentro de las contradicciones de clase está situado en el seno de la clase dominante, en particular, entre el bloque hegemónico y una fracción emergente de la clase capitalista. El resto de las contradicciones de clase y del conjunto de la vida política gira en torno a la lucha entre esos dos sectores de la clase dominante. En esto, nuevamente, nos tropezaremos con nuestros prácticos , que, incapaces de superar el horizonte del antagonismo entre el obrero y el patrón, dirán que la contradicción principal en el capitalismo es y será siempre entre el proletariado y la burguesía, y nuevamente encontraremos a los pragmáticos enemigos del teoricismo aferrados a una tesis teórica, convirtiendo en absoluto un principio ideológico y encajonando la realidad en los límites de una idea preconcebida. Pero la realidad, hoy, es bien distinta. La lucha de clases proletaria no ocupa el centro del proscenio político, sino que está subordinada y determinada por la confrontación de intereses de otras clases. Quienes pretendan que tanto el desarrollo político de la formación social española como el desarrollo del proletariado como clase revolucionaria dependen de las luchas de resistencia que, como la de Delphi, están acometiendo los obreros, será mejor que se retiren del camino de la lucha por el comunismo, dejen de estorbar a la vanguardia revolucionaria y se dediquen claramente al sindicalismo. El proletariado sólo puede madurar como clase revolucionaria si su vanguardia comprende la situación del escenario general de las luchas de clases y sabe incidir sobre él con una política de clase independiente. Naturalmente, la clase obrera no podrá transformar (revolucionar) ese escenario, ni ningún otro, hasta que no se constituya como clase revolucionaria (es decir, en Partido Comunista); pero, de momento, comprender ese escenario le servirá para iniciar ese proceso de (re) constitución.

La monarquía parlamentaria es la forma de Estado que ha adoptado la dictadura de la burguesía, la dominación del capital, en la formación social española. Este tipo de Estado se sostiene sobre la alianza de tres fracciones de clase, fundamentalmente, la burguesía financiera (monopolios y bancos), las burguesías nacionales periféricas y la aristocracia obrera. Esta alianza se selló con la Constitución de 1978 como solución reformista a la crisis que atravesaba la forma fascista del Estado durante la última etapa del franquismo. En este punto, es preciso hacer un breve inciso para denunciar nuevamente la revisión que, como es costumbre, ha realizado el PCE(r), en este caso, de la doctrina marxista del Estado. Este partido afirma que el contenido de la actual forma de Estado es el fascismo, que, de hecho, constituye el contenido de todas las formas modernas del Estado en la etapa imperialista del capitalismo. Así, la diferencia entre dictadura franquista y monarquía parlamentaria es sólo formal, manteniéndose su esencia política fascista . La tergiversación consiste en sustituir el concepto marxista de dictadura de clase por el de fascismo . Para el marxismo, la dictadura de clase constituye la esencia de todo Estado, que puede adoptar diferentes formas en función de la correlación de fuerzas entre las clases. La transformación de lo que no es sino una forma más de dictadura burguesa, el fascismo, en la esencia de todo tipo de Estado burgués en la actualidad, no es más que un truco que permite al PCE(r) anteponer la oposición fascismo-democracia a la verdadera oposición marxista entre dictadura de la burguesía y Dictadura del Proletariado, con el fin de poder presentar, así, al proletariado un programa reformista, democrático y republicano que elude el problema de socavar y derruir las bases sobre las que se sostiene la dictadura de clase de la burguesía. Prosigamos, entonces, con el análisis de la nueva forma política de dictadura de la burguesía que continuó a su forma fascista del periodo franquista.

El pacto signado en la llamada transición configuraba un bloque de hegemonía política en el que se incorporaban ciertos sectores sociales representados por la oposición antifranquista –principalmente, burguesías medias periféricas y aristocracia obrera– y los objetivos estratégicos de expansión imperialista de la oligarquía financiera –a través de la integración en las estructuras internacionales del capital, principalmente la OTAN, la CEE, las instituciones de Breton Woods y el GATT–. El acuerdo, además, recogía la estrategia económica que ya se había gestado anteriormente en los pactos de la Moncloa : la reestructuración del modelo de acumulación, tras la estabilización política, en términos de liberalización y de desmantelamiento del capitalismo burocrático. La resistencia del búnker y de algunos sectores vinculados al aparato de administración y gestión del viejo Estado crearon cierta incertidumbre hasta que, consolidada la transición política con la mayoría absoluta del PSOE en las elecciones de 1982, se inició de inmediato el proceso de reestructuración económica con la reconversión industrial. Las fases más duras de este proceso transcurrieron durante los primeros gobiernos de Felipe González, proceso que centró la lucha de clases proletaria durante toda la década de los 80. Sus principales consecuencias fueron la transformación –y reducción escandalosa– del tejido industrial y, acompañando a este fenómeno, la recomposición socioeconómica de la estructura de clase del proletariado, hasta esos momentos asociado a la gran industria de segunda y tercera generación. El hecho de que, durante todos esos años, la única oposición política al gobierno se encontrase fuera del parlamento y estuviera protagonizada por la moderada resistencia de los sindicatos a su política económica (se convocaron, entre 1982 y 1988, dos huelgas generales, por supuesto, pacíficas) dice mucho sobre el grado de consenso alcanzado por todos los sectores que componían el bloque hegemónico y, por lo que respecta a la aristocracia obrera, revela la preocupación de sus representantes por que la recomposición estructural que estaba padeciendo la fuerza de trabajo y el pago de los costos sociales de la reestructuración económica, que recaía completamente sobre las espaldas de las masas de la clase obrera, no repercutiera de manera demasiado lesiva sobre su base social.

El capitalismo español homologaba, de esta manera, su modelo de acumulación con el de los países imperialistas de su entorno, que habían iniciado sus ajustes económicos a mediados de los 70, cuando las crisis del petróleo y del sistema monetario internacional obligaron a desmantelar el modelo de capitalismo de Estado vigente desde la Segunda Guerra Mundial. El nuevo modelo de acumulación es un modelo de integración económica internacional que debía cumplir con los requisitos neoliberales de retraimiento del Estado como agente económico –limitándose a mero regulador y valedor del mercado–, de contención del gasto público y de equilibrio presupuestario, y que, en el caso español, adolecía de defectos estructurales motivados, en gran parte, por la herencia de las deficiencias que arrastró la revolución industrial en este país en la segunda mitad del siglo XIX. De esta manera, la integración económica regional imponía un modelo de acumulación basado en la exportación de capitales y en la producción y consumo de servicios y bienes de uso, así como en el déficit permanente en la balanza comercial y la inflación y el paro estructurales –además de la baja productividad y el fracaso en los sectores de alto valor añadido– como puntos débiles del sistema. En estas condiciones, la integración imperialista de su economía sitúa al Estado español como potencia de segundo orden en el concierto europeo e internacional, con intereses estratégicos crecientes en Europa y en los países oprimidos, que entrelazan cada vez más los intereses políticos del bloque hegemónico con las instituciones del capitalismo internacional, las clases imperialistas a las que representan y con las oligarquías de los países periféricos. Así, los ejes estratégicos de la política del bloque dominante giran en torno al europeísmo en política exterior –pues la consolidación de la UE como centro imperialista mundial garantiza tanto la continuidad de un modelo de desarrollo económico dependiente de la integración económica internacional, como la defensa de los intereses financieros en los mercados extraeuropeos– y en torno a la estructura autonómica territorial del Estado –que garantiza el respeto de los intereses de las burguesías medias locales y nacionales–. Por consiguiente, la conclusión obligada es que el Estado español no es un país oprimido por el imperialismo, ni un Estado sometido a los designios de potencias extranjeras, como todavía defienden algunos partidos comunistas para justificar su política de conciliación con la burguesía y su programa republicano antiimperialista de revolución democrática y nacional como paso necesario y previo al socialismo. El Estado español es un Estado plurinacional imperialista en el que los capitalistas vernáculos no sólo disfrutan de un sistema político de dominación que vela por sus beneficios extraídos de la opresión y de la explotación de las masas hondas y profundas de su clase obrera, sino que también les ha permitido establecer estrechas alianzas internacionales con las clases dominantes del actual sistema imperialista mundial, tanto de los países opresores como de los oprimidos, que le permiten, también, beneficiarse de la explotación de sus pueblos. La miopía que impide a esos comunistas republicanos ver el papel que juega la burguesía imperialista del Estado español en el entramado internacional tiene su origen –como ya se ha dicho– en su concepción economicista de la lucha social, que le imposibilita para todo análisis de clase, y en la tendencia hacia el oportunismo y la convergencia política con la burguesía que implementa esa concepción, todo lo cual cristaliza, debido a determinadas herencias culturales de nuestra historia, en el programa republicano.

Pero continuemos con la evolución económica del modelo de acumulación capitalista introducido a partir de principios de los 80. Lo más destacable del mismo es que, a partir de la primera mitad de los 90, el motor del desarrollo económico se sitúa cada vez más en el ramo de la construcción, que produce un boom inmobiliario en el que prospera todo un universo de promotores, especuladores del suelo y constructoras a lo largo y ancho del territorio, y que, al calor de esta expansión inmobiliaria, emerge toda una poderosa fracción de la clase capitalista que pronto querrá ver reflejado su poder económico en poder político. En más de una década de desenfreno inmobiliario, han aparecido más de 40.000 nuevas fortunas relacionadas con el ladrillo ; de hecho, tres de los cuatro primeros grandes patrimonios en el ranking de los ricos pertenecen al negocio inmobiliario. Este ramo crea actualmente el 14% de los nuevos puestos de trabajo, ocupa al 11% de la población activa y cubre el 17% de la inversión total. Según cifras oficiales, genera el 10’5% del PIB, pero como en gran parte es economía sumergida , datos más realistas otorgan a esta actividad en torno al 25% del PIB. Sin ninguna duda, las actividades relacionadas con la construcción son las que más han prosperado en los últimos años: si a mediados de los 80 se construían en el Estado español unas 200.000 viviendas, en 2006 se crearon 850.000. Este crecimiento explosivo no lo ha experimentado ningún otro ramo de la economía. Y es este modo particular como se ha manifestado en la formación socioeconómica española el desarrollo desigual propio del modo de producción capitalista lo que explica las contradicciones de clase y los conflictos políticos que han protagonizado el último periodo.

El empuje del sector de la construcción, que ha elevado los precios de la vivienda hasta cotas intolerables (se lleva el 41% de la renta disponible familiar, más del doble que en 1987), tira del consumo y lo convierte en el otro pistón del motor económico. En 2006, el endeudamiento de los hogares alcanzó el 114% de sus ingresos, y para finales de este año se espera que llegue al 140%. Esta presión sobre el ahorro indica signos de agotamiento del actual modelo de desarrollo y pone en guardia a los gestores económicos del sistema de cara a tomar medidas para que el estallido o el aterrizaje suave de la burbuja inmobiliaria no suponga en el futuro un crash económico similar al que provocó la crisis asiática . De hecho, el Banco de España ya está pidiendo a las entidades crediticias que refuercen las provisiones de fondos destinados a afrontar los impagos y la morosidad creciente que se prevé a medio plazo en vistas de la ralentización que empieza a experimentar el sector tras el cambio de tendencia en los tipos de interés.

Pero lo importante, más allá de presagios catastrofistas –en los que, como resortes del cambio político, han depositado tradicionalmente sus ingenuas esperanzas los comunistas–, consiste en cómo esta potencia económica ha logrado traducirse en potencia política. Aunque la red de intereses relacionados con el ladrillo abarca todo el territorio del Estado (por ejemplo, en Galicia se prevé construir 600.000 viviendas, más que en toda la Costa del Sol), salpica a todos los partidos institucionales (como demostró el tamayazo en Madrid, ante cuya comisión de investigación se pasearon también los intereses que los cuadros dirigentes del PSM tienen o terminan teniendo con el negocio inmobiliario; desde luego, más que con el movimiento obrero) y crea intereses comunes con amplios sectores sociales (como ha demostrado el respaldo electoral a candidatos involucrados en escándalos urbanísticos en las últimas municipales), donde ha conseguido consolidar un polo de referencia es allí donde ha establecido lazos y ha sabido conformar un entramado de intereses con otros sectores económicos estratégicos, como el turismo y, en menor medida, la agricultura de exportación. De este modo, el Levante peninsular se ha convertido en el promontorio de todo un modelo de desarrollismo y en el territorio prototipo donde fermentan permanentemente las condiciones de reproducción económica y cultural de esta nueva fracción de la clase poseedora. Y no es extraño que de este caldo de cultivo hayan surgido, igualmente, los especímenes políticos que lo representan, como el señor E. Zaplana, halcón que encabeza, dentro del PP, a la corriente que defiende abiertamente los intereses de la nueva clase emergente.

Es a partir del año 2000, con el gobierno de mayoría absoluta de José Mª Aznar, que se dan las condiciones para el asalto al poder de esta fracción de la clase capitalista. Este hecho y sus consecuencias son lo que ha caracterizado y caracteriza todavía el último periodo político, que consiste en la polarización política en torno a dos sectores de la clase dominante y en la fisura institucional abierta entre los dos partidos parlamentarios principales como reflejo de esa confrontación social. Por esa fisura se han colado todos los episodios políticos relevantes de los últimos años, desde las macromanifestaciones contra la guerra de Irak, hasta las negociaciones con ETA, pasando por el plan Ibarretxe , la recuperación de la memoria histórica , etc. En contra de lo que piensan muchos, todos estos episodios no reflejan ni han reflejado, en absoluto, contradicciones entre la clase dominante y las masas trabajadoras, sino contradicciones en el seno de la clase dominante, que, en su enfrentamiento intestino, ha sabido arrastrar en su apoyo a algunos sectores populares.

Por otro lado, en el contexto de esta pugna, aparece también la expresión ideológica que la justifica. El aznarismo es la corriente ideológica que, dentro del PP, se ha hecho valedora de las ambiciones de la nueva clase. Esta ideología ha buscado y recogido del pasado reciente de nuestra historia los elementos más reaccionarios para articular un discurso de legitimación y un proyecto político de identificación que otorgan personalidad y cohesión al programa de lucha por la hegemonía del poder del Estado de esta fracción social. Pero este objetivo implica el desplazamiento de otras fracciones de la clase capitalista instaladas en el poder y el atentado contra intereses de los sectores sociales dominantes.

En su fase de asalto frontal de las posiciones del bloque hegemónico, durante la segunda legislatura de los populares , el gobierno de Aznar dinamitó el principio de consenso político , que había sido la base del pacto constitucional, impulsando un giro de 180 grados en la política del Estado en las cuestiones estratégicas que conformaban los pilares del statu quo desde 1978. Así, en política exterior, imprimió un viraje atlantista en la política de alianzas al involucrarse en la guerra de Irak, apoyando incondicionalmente la invasión de la coalición imperialista que, en el contexto de la crisis internacional que suscitó esa agresión, supuso la paralización de facto del proceso de construcción europea. En política interior, inició una campaña de demonización y acoso judicial del nacionalismo, a través de la ofensiva directa contra el vasco –con la excusa de la derrota de ETA–, que comportaba la identificación del nacionalismo en general –incluido el moderado del PNV– con el terrorismo y su potencial exclusión del marco legal vigente. Naturalmente, esta reforma de los lineamientos estratégicos que tradicionalmente habían guiado la política española se justificó y adornó con un discurso ideológico que rescataba los viejos laureles del chovinismo españolista de gran potencia, hasta el punto de provocar una grave crisis diplomática con Marruecos a cuenta del pedrusco de Perejil, reminiscencia, entre otras, del pasado colonial español. Finalmente, para garantizar la continuidad económica del modelo desarrollista en el que medraba la fracción social en la que se apoyaba, diseñó un Plan Hidrológico Nacional (PHN) a la medida de las necesidades del emporio turístico-inmobiliario levantino, que expoliaba literalmente el agua de los cauces del Ebro y del Tajo en su trasvase a las cuencas de los ríos del sur y sureste peninsular.

El giro atlantista del Gobierno Aznar perjudicaba a los sectores más instalados del capital financiero español no sólo porque, por ejemplo, la guerra de Bush desbarataba los planes de penetración en la zona del Golfo Pérsico de empresas como Repsol, que ya tenía firmados los contratos de explotación con Sadam Husein, sino, sobre todo, porque debilitaba las posiciones de poderosas empresas, como Telefónica y el Banco de Santander, en América Latina, principal foco de exportación de capitales españoles, frente a la competencia a largo plazo de las empresas norteamericanas sin el respaldo de una UE consolidada y fuerte que considera esencial el papel de la madre patria como su cabeza de puente en el Mercosur . Por su parte, los ataques contra los nacionalismos históricos perseguían el aislamiento de las burguesías medias nacionales, comenzando por la vasca, en vistas a su posterior desplazamiento de sus posiciones dentro del bloque hegemónico de clase. Esta fracción de la clase burguesa, desde luego, es la más débil de las que componen ese bloque, y por tanto, el sector más fácil de sustituir. En cuanto a la aristocracia obrera, el gobierno cocinó una serie de medidas, que legalizó vía decreto, sin concertación social (forma que adopta el consenso entre los agentes sociales ) ni el permiso de los sindicatos, dirigidas a abaratar aún más los despidos y a reducir drásticamente el subsidio por desempleo. Como respuesta, los sindicatos convocaron la huelga general del 20 de junio de 2002, que transcurrió sin pena ni gloria, y el gobierno ni se inmutó. Sin embargo, meses después hubo de retirar el decretazo. Lejos de una victoria de la clase obrera, o de su capa privilegiada, esta rectificación mostraba una maniobra política de repliegue provocada por otros contrincantes del gobierno. Y es que las burguesías nacionales se disponían para la contraofensiva. El tripartito en Catalunya y, fundamentalmente, el plan Ibarretxe son la respuesta de esos sectores de la burguesía media –que ha recabado apoyos en la pequeña burguesía y entre las masas obreras– al ataque a sus posiciones dentro del Estado. El plan del gobierno pone de manifiesto su debilidad cuando decide cerrar con concesiones el frente abierto contra la aristocracia obrera para centrarse, con todos sus recursos, en su cruzada centralista. Con ello, se beneficiaría del apoyo, o, al menos, de la neutralidad de la aristocracia obrera hacia su política beligerante, como quedaría demostrado poco después, con la crisis de Irak, cuando los sindicatos se abstuvieron de tomar alguna medida seria de resistencia a la intervención imperialista del gobierno español (UGT convocó un paro testimonial de dos horas el 10 de abril de 2003, y CCOO, nada). Quien sí aceptó el envite de la guerra de Irak para contrarrestar la política del aznarismo fue un sector de la gran burguesía financiera que, a través de su poder mediático y de organismos como la Plataforma de Cultura Contra la Guerra –formada por intelectuales y artistas–, organizó la mayor movilización de masas de la historia reciente de este país. La polarización política y el método del aislamiento político que el gobierno había puesto en práctica durante toda la legislatura como estrategia para conquistar peso en la correlación de fuerzas de clase, se volvía en su contra. Finalmente, el 11-M precipitó los acontecimientos. La pretensión de utilizar en beneficio propio los atentados contra los trenes de cercanías madrileños como arma electoral y como instrumento para terminar de aislar al nacionalismo vasco, se tradujo en indignación y más movilizaciones de masas, que salieron a la calle en la víspera del 14-M y que, este día, acudieron a las urnas –incluidos millones de abstencionistas– para echar al gobierno del PP. El asalto frontal a las posiciones del bloque hegemónico había fracasado. La nueva clase, con sus jefes recluidos en los despachos de la Calle Génova, requería de una nueva táctica.

Como cabía esperar, el nuevo gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero aplicó inmediatamente una política de contrarreforma: retirada de las tropas de Irak y crisis diplomática con EE. UU., nuevo empuje al europeísmo con el respaldo pleno de la Constitución europea, derogación del PHN y concesión cortés para que el plan Ibarretxe fuera defendido por el Lehendakari en el parlamento de Madrid. Y, como cabía esperar, el PP en la oposición inició una estrategia de desgaste acelerado del gobierno, oponiéndose sistemática y frontalmente a todas y cada una de sus iniciativas, manteniendo el clima de crispación social y polarización política. Tras fracasar en el ataque directo, quiere ahora, al parecer, aplicar la táctica de cerco del enemigo. Por su parte, el primer objetivo de Zapatero ha sido el de recuperar el pacto constitucional, restaurando sus bases sociales y la correlación de clases sobre la que se sostiene, intentando, al mismo tiempo, ampliar los apoyos sociales de su política para poder disponer de reservas a las que recurrir en el largo plazo, dado el panorama de hostigamiento permanente a que le somete la oposición. En este sentido, la legislación social promulgada (Ley de Dependencia, Ley de Igualdad, Ley de matrimonios homosexuales, ayudas por natalicio) pretende ganar la fidelidad de una parte del electorado, mientras que la reforma de los estatutos de autonomía, junto a la incorporación de los partidos nacionalistas de la pequeña burguesía (ERC, BNG) a los gobiernos regionales, persigue atesorar capital político de cara a asegurar un posible gobierno con minoría parlamentaria en la próxima legislatura. Sin embargo, el plan estrella, en este punto, la solución pacífica del conflicto vasco, ha fracasado, debido, por supuesto, a la intransigente obstinación del imperialismo español por no atender siquiera el programa mínimo del MLNV que, incluso, concedía la postergación del ejercicio del derecho de autodeterminación para un momento posterior al fin del proceso de paz y de la estabilización democrática de Euskal Herria.

En el campo contrario, no pintan las cosas claras. De hecho, se abren tendencias contradictorias que plantean muchos interrogantes sobre las posibilidades futuras de la actual estrategia de confrontación del PP, fundamentalmente, porque la base socioeconómica sobre la que se aupó la corriente que terminó por encabezar Aznar está experimentando cambios que hacen mucho más movedizo el terreno en el que pueda continuar apoyándose el programa rupturista del aznarismo. Efectivamente, en torno al año 2000, tuvo lugar un gran proceso de concentración en el sector inmobiliario, con fusiones y absorciones de empresas (Vallehermoso terminó la adquisición de Prima Inmobiliaria, Bani completó la absorción de Zabálburu, Metrovacesa se hizo con Resinar, Urbis con la filial inmobiliaria de Dragados, Ferrovial refundió y reestructuró sus grupos promotores, etc.) que clarificó el panorama y confirmó la tendencia hacia la centralización en núcleos empresariales estables con aspiraciones a controlar el mercado. Esta fuerza centrípeta hacia el monopolio frena la influencia económica de los intereses localistas de las innumerables pequeñas empresas del sector y la trascendencia política de sus alianzas con los poderes locales, resorte que había servido de plataforma de lanzamiento de la nueva clase emergente, al mismo tiempo que le indica una salida empresarial mediante la ligazón, a través del mercado, con los oligopolios del sector. Y al mismo tiempo que el mercado abre expectativas económicas a este mundo empresarial, el Estado le ofrece expectativas políticas. En 2006, tuvo lugar un nuevo proceso de reestructuración en el sector de la construcción cuando las grandes firmas del mismo iniciaron o aceleraron fusiones con empresas de otras ramas estratégicas de la industria, principalmente del sector energético. Zapatero dio luz verde a este proceso cuando bendijo la OPA de Gas Natural a Endesa. Lo que parecía una operación de blindaje del mercado estatal de la energía ante su futura liberalización se ha convertido en el entrelazamiento de intereses monopolistas de las grandes empresas de estos dos sectores de la economía. Así, a la entrada de Acciona en Endesa, se ha unido la participación de Sacyr Vallehermoso en Repsol; pero destaca, sobre todas, ACS, que controla el 35% de Unión Fenosa, la tercera eléctrica española, el 10% de Iberdrola, que es la segunda, y el 5% de Cepsa, las cuales, a su vez, participan de los negocios de otras empresas extranjeras del ramo como Eni, Enel o Galp. La operación de nacionalización del sector energético que, tras el abordaje de las constructoras, deja en buenas posiciones a las empresas nativas en este mercado frente a la eventual entrada de los competidores extranjeros a partir de 2012, será premiada por el gobierno con una próxima subida de la factura de la luz. Además, el papel de las constructoras en estas operaciones dentro del mercado energético ha tenido la peculiaridad de que ha desplazado a la banca, tradicional protagonista en el intercambio de títulos en las opas de los gigantes empresariales, que esta vez se ha limitado a financiar las operaciones de otros. De hecho, los bancos se están replegando cada vez más hacia su negocio tradicional, la banca comercial (no en vano el 60% de sus beneficios proceden de comisiones sobre sus productos y cada vez menos en inversiones productivas, y no en vano el 80% de los beneficios del primer banco estatal, el Santander, procede de la banca comercial). Todos estos hechos han favorecido y reforzado la posición monopolista del capital inmobiliario y, desde el punto de vista de clase, han facilitado y acelerado –sobre todo en el último lustro– su incorporación como parte integrante del capitalismo financiero, permitiéndole estrechar sus vínculos con el resto de las fracciones del bloque hegemónico en el Estado español.

Por consiguiente, lo que nos encontramos es que, al mismo tiempo que el PP en el gobierno ejecutaba su asalto al poder, se empezaba a resquebrajar la plataforma socioeconómica sobre la que se apoyaba su programa hegemonista. Por lo que se ve, las posibilidades de que la fisura en el seno de la clase dominante se amplíe hasta la fractura disminuyen, al mismo tiempo que la eventual recomposición del bloque hegemónico con la consiguiente reconstitución política, total o parcial, del Estado. A la incertidumbre que abren ante el PP los últimos desplazamientos de clase, se suma la incertidumbre que trajeron consigo el fracaso del proyecto rupturista del aznarismo y la derrota electoral de marzo. Tanta incertidumbre ha abierto el debate entre las corrientes del partido. Aunque parece que Aznar dejó todo atado y bien atado, lo cierto es que hay luchas internas. De hecho, Rajoy no es Aznar. Rajoy es un ecléctico, más que un aznarista acérrimo –como Zaplana o Acebes– es un conciliador de las distintas tendencias de su partido. Pero no puede ocultar, por ejemplo, las desavenencias entre bandos de su organización en Madrid, que son la mejor muestra de las contradicciones internas que ha dejado en herencia Aznar. Por no hablar de los barones regionales del partido, incómodos ante las consecuencias que puede acarrear a sus aspiraciones políticas llevar demasiado lejos el discurso centralista y catastrofista en asuntos como la reforma de los estatutos, y que han sido los primeros en comenzar a minar la coherencia de ese discurso al votar a favor de reformas en Andalucía o Baleares que su partido había criminalizado en Cataluña. Además, recientemente, Rodrigo Rato ha entrado en escena. Este personaje representa a la corriente liberal del PP que mantuvo serias reticencias ante la intervención militar española en Irak. Esto le privó de todas sus opciones a la sucesión de Aznar y provocó su posterior depuración de la dirección del partido. La forma precipitada como ha abandonado su puesto directivo en el FMI no indica otra cosa que desea participar en la lucha por el poder dentro de la cúpula del PP. Lo cual, unido a las maniobras de Gallardón en la capital, parece confirmar que en su propio partido se extiende cada vez más la idea de que, si tras las próximas generales el PP no forma gobierno, el liderazgo de Rajoy habrá sido sólo un paréntesis entre el proyecto de Aznar y otro liderazgo fuerte. Consciente de este peligro y de que, por los resultados de las elecciones de mayo, el aislamiento creciente de su política y de su partido le pueden imponer un techo electora l, se ve en la necesidad de reclamar una reforma de la Ley Electoral, con el fin de introducir un sistema mayoritario que le dé opciones para gobernar en solitario, única salida a la que le aboca su estrategia de confrontación. De lo contrario, la crisis en su partido está servida.

Pero, ¿cómo ha influido el escenario principal de las luchas de clases sobre el movimiento obrero y sobre la vanguardia comunista? No hace falta decir que las masas de la clase obrera no han tomado parte activa en él. Se han limitado a contemplar los acontecimientos o a acudir al llamamiento de alguno de los actores enfrentados. Y han tenido faena, pues, tras ser relegado del poder, el PP no ha dudado en sacar a la calle la lucha de clases, movilizando a las masas en su cometido de desgastar al gobierno y crispar el ambiente político, algo inaudito en 30 años de parlamentarismo viniendo de uno de los partidos del sistema de turnos sobre el que se sostiene la gobernabilidad del Estado. Pero ésta es otra de las consecuencias de la ruptura del consenso y del desbordamiento de las instituciones como medio de canalización de los conflictos de clase que trae consigo. Así pues, el modo como se ha reflejado el enfrentamiento entre las facciones de la clase dominante en el ámbito de amplios sectores de la vanguardia consiste en que se ha percibido ese ambiente de radicalización y polarización políticas como causado por la fascistización de la derecha española. Esta simple conjetura, propia de mentes ajenas a todo análisis de clase, ha alimentado el espíritu republicanista como reacción espontánea (no se podía esperar otra cosa) y natural de la izquierda no institucionalizada –dada su tradición cultural guerracivilista–, y ha actuado como revulsivo para la convergencia hacia el programa de III República de innumerables grupúsculos a la izquierda del PCE. Incluso este partido, para no perder comba, se ha dejado contagiar por la fiebre republicana. De este modo, han cuajado, en los últimos años, varias plataformas republicanas, que se han mostrado relativamente activas hasta que se han estrellado contra la realidad que les ha impuesto su fracaso en las elecciones del 27-M.

Pero lo más destacable de este fenómeno es que ese movimiento de convergencia republicano supone, objetivamente, un desplazamiento hacia la derecha de todo un amplio espectro de la vanguardia, y que, en realidad, se trata de un movimiento de convergencia con la izquierda institucional. Efectivamente, como garante del pacto constitucional y como respuesta a la ruptura del consenso por parte del PP, el PSOE ha roto el pacto de silencio que, desde la transición , se impuso a todo lo relacionado con la II República y la Guerra Civil, permitiendo elevar la voz al movimiento de recuperación de la memoria histórica –aunque éste se haya visto defraudado con la ley que al respecto hizo aprobar Zapatero en el parlamento– y dando alas y expectativas políticas a los restos del naufragio del revisionismo que aún sobreviven bajo la forma de fermento grupuscular. Naturalmente, esta concesión se sitúa dentro del contexto de apertura hacia la izquierda que está realizando el equipo de Zapatero con vistas a ampliar sus apoyos electorales o sus apoyos políticos ante un posible próximo gobierno en minoría; sobre todo, teniendo en cuenta que la crisis crónica del PCE-IU no garantiza la hegemonía electoral de la izquierda institucional en el largo plazo. Precisamente, es muy probable que la descomposición del PCE haya convencido a los elementos más inteligentes y persuadidos en algunas instancias del poder de la conveniencia y de los beneficios que tendría cierto reagrupamiento del fragmentadísimo campo político que se sitúa a la izquierda del PCE, siempre y cuando manifieste su vocación reformista y parlamentaria. Corriente Roja, que cumple a rajatabla esas condiciones, ha realizado el primer intento en esta dirección. Aprovechando el clima favorable que le ofrecen las tendencias políticas que generan las actuales contradicciones de clase, rompió con IU con el objetivo de nuclear un proyecto de unificación de ese campo levantando la bandera tricolor. Pero desde que presentó su carta de credenciales en Salamanca, en octubre de 2005, el proyecto se ha desinflado.

Lo importante, sin embargo, es comprender que, dada la correlación de fuerzas de clase actual, y la polarización política en que se traduce, todo proyecto de frente republicanista sólo serviría de apoyo a las maniobras políticas del PSOE. Y en el caso improbable de que las luchas entre las fracciones dominantes desembocasen en fractura política y en confrontación civil, las fuerzas de ese frente terminarían sirviendo a una fracción de la clase dominante bajo el lema de unidad de la izquierda frente al fascismo , como ocurrió en 1936. Una vez más, los intereses del proletariado quedarían relegados en nombre de una causa común superior o más urgente , la defensa de la democracia (consigna que, por cierto, aparece cada vez más frecuentemente en las proclamas de los comunistas republicanos).

¿Qué hacer?

En conclusión, las luchas de clases en el Estado español han trasladado la polarización en el seno de la clase dominante al seno del movimiento comunista. La presión de esas luchas sobre el movimiento obrero y el movimiento comunista ha empujado al ala derechista de éste más hacia la derecha, hacia la convergencia con la socialdemocracia, ampliando su distancia con el ala izquierda que denuncia la solución reformista republicana y defiende la solución revolucionaria de la crisis económica y política del capitalismo. Esta disposición objetiva del estado del movimiento comunista contemporáneo es la realidad concreta a la que es preciso remitirse y desde la que es preciso partir en la aplicación del plan de reconstitución del comunismo revolucionario, es el eslabón al que hay que aferrarse para vincular este plan con el estado real de la lucha de clases. Estas luchas han delimitado claramente los campos en nuestro movimiento, confirmando plenamente la experiencia histórica del movimiento obrero internacional al señalar como vigente la oposición y la lucha entre las dos tendencias posibles en el desarrollo del movimiento obrero: como clase subsidiaria de una fracción de la burguesía (con la III República como programa máximo), o como clase independiente con programa propio (la conquista de su dictadura de clase desde la Guerra Popular).

Ciertamente, el último periodo de las luchas de clases ha contribuido a aclarar el panorama del movimiento comunista: el centro ha desaparecido y aquéllos destacamentos vacilantes que todavía dudaban o incluso denunciaban el objetivo de la República –hablando incluso de vía armada , aunque sin incorporarla a su línea política– han terminado basculando, en su mayoría, hacia ese programa, cegados por el ambiente de reacción a las posiciones neofascistas resucitadas por la derecha y por las expectativas despertadas por una posible recomposición republicana de la izquierda . Hoy por hoy, en el movimiento sólo existe una alternativa: República o Guerra Popular.

Si se nos permite recurrir al argumento ontológico que más arriba hemos expuesto sobre las dos formas de concebir la solución de la contradicción, comprobaremos que se corresponden con cada una de esas dos líneas que, a su vez, reflejan políticamente dos concepciones del mundo antagónicas. En efecto, la lógica de desarrollar la contradicción como método para su superación conduce a los comunistas republicanos a incorporarse a las luchas tal como se presentan. No sólo ante las luchas de tipo sindical entre obreros y patronos, sino también ante las luchas políticas entre las demás clases. De ahí su tendencia a configurarse en ala extrema del sector más progresista o más democrático cuando la pugna principal tiene lugar entre fracciones de la burguesía, de ahí su táctica de conducir al movimiento obrero a rebufo del partido burgués menos reaccionario . Los verdaderos comunistas, en cambio, como se trata de revolucionar la contradicción, optan por crear las condiciones que lo permitan (la construcción del movimiento revolucionario del proletariado, el Partido Comunista), para “eliminar” la contradicción –como decía Marx– fagocitándola desde un proceso de escala y calado incomparablemente mayor (la revolución proletaria). Sólo en estos términos puede la lucha de clases proletaria ocupar el centro de las luchas de clases en la sociedad, sólo así su contradicción con el capital determinará el desenvolvimiento de las demás contradicciones sociales.

Por consiguiente, en función de las condiciones objetivas que impone la lucha de clases, el plan de reconstitución debe centrarse en el ala izquierda del actual movimiento comunista, debe ser aplicado por su sector revolucionario, aquél que defiende los principios que lo inspiran y ordenan, por quienes apuestan por la vía revolucionaria de Guerra Popular. La Propuesta concreta que a continuación ofrece el MAI a la vanguardia presupone, pues, esta primera condición. A partir de aquí, presenta los elementos que pueden permitir el cumplimiento de las tareas de la primera etapa que establece la Línea de Reconstitución del Partido Comunista: la etapa de defensiva política estratégica de la vanguardia proletaria.

1. La primera tarea de los comunistas revolucionarios consiste en defender la Línea General de la Revolución Proletaria Mundial, la Línea de Reconstitución del Partido Comunista, la Guerra Popular como estrategia militar y como línea de masas de la revolución. Deben defender la vitalidad de la ideología proletaria, el marxismo en todos sus desarrollos, y la vigencia de su programa de construcción del Comunismo desde la Dictadura del Proletariado. Para ello, es fundamental la realización y conclusión, en lucha de dos líneas, del Balance de la experiencia histórica de la Revolución Proletaria Mundial y, en particular, del Ciclo de Octubre, como fuente primera y principal de reconstitución de la teoría proletaria como teoría de vanguardia. De manera específica, deben combatir ante las masas y ante la opinión pública en general al ala derechista del movimiento, su deriva oportunista, su línea reformista, su programa republicanista y cualquier programa mínimo de conquistas parciales anterior a la conquista del poder, desenmascarando los señuelos y los engaños que ofrece a la clase obrera para alejarla de sus objetivos revolucionarios.

2. Esto mismo debe ser llevado al plano internacional, al conjunto del movimiento comunista internacional. En particular, y como cuestión de primer orden, es preciso desarrollar lucha de dos líneas contra la línea negra de renuncia a la Guerra Popular y de apertura de una tercera vía que ha comenzado a articularse a raíz del giro revisionista de la dirección del Partido Comunista de Nepal (maoísta) y que ha encontrado eco en un sector del movimiento comunista internacional encabezado por el Partido Comunista Revolucionario de EE.UU.

3. Apertura de un debate, en estrecha conexión con el Balance histórico, sobre la Línea General de la Revolución Proletaria en lo tocante, particularmente, a problemas candentes relacionados con la naturaleza del partido de nuevo tipo proletario y la cuestión nacional. El MAI está seriamente preocupado –por no decir perplejo– porque muchas organizaciones revolucionarias internacionalistas en el Estado español, casualmente casi todas ellas maoístas, como Kimetz , La Rebelión Se Justifica y otras, tienden a circunscribir –y a justificar teóricamente esta restricción– su actividad al ámbito de las nacionalidades en que se ubican –principalmente, Euskal Herria, Catalunya y Galiza–, encerrándose en las fronteras territoriales y culturales que el capital impone al proletariado. Es preciso clarificar este tipo de cuestiones, relacionadas con la Línea General, en función de la Reconstitución de un Partido Comunista en el Estado español.

4. Propuesta organizativa.

Todos los destacamentos, organizaciones o personas que compartan esta propuesta de contenidos –independientemente de lo que suscriban o no de los fundamentos que han conducido a ella a lo largo de esta carta abierta– deberán iniciar contactos con vistas a la planificación, organización y cumplimiento de los objetivos que señala esa propuesta de contenidos, tomando en consideración la necesidad de organizar, al menos:

• Un Seminario sobre la revolución china como experiencia más elevada del Ciclo de Octubre y, una vez concluido, retrospectiva aplicando sus resultados al resto de las experiencias del Ciclo, según el principio científico de que el desarrollo de un fenómeno se comprende mejor desde la perspectiva que da su evolución más alta.

• Órgano de prensa (periódico y/o revista y/o página web) como vehículo de propaganda y como foro de debate que refleje la lucha de dos líneas por la Reconstitución.

• Comité de Dirección que vele y dirija el cumplimiento de las tareas y los acuerdos alcanzados por las organizaciones y miembros asociados a esta Propuesta de Plan de Trabajo.