Estado burgués, luchas contra privatizaciones y Revolución proletaria (1ª parte)

El trabajo que a continuación os presentamos tiene por objeto el análisis, desde el punto de vista de la reconstitución del comunismo y de la lucha revolucionaria de la clase explotada, de las protestas que en torno a las privatizaciones han emprendido amplios sectores de la población asalariada (incluyendo estratos que forman parte de la base social de la aristocracia obrera), sobre todo en el sector de la sanidad. Conscientes de la necesidad de articular un discurso y un armazón ideológicos que vuelvan a erigir al comunismo como teoría de vanguardia en el seno de la clase obrera más avanzada, desde Revolución o barbarie entendemos que es imprescindible realizar una crítica revolucionaria a cuantas realidades y fenómenos sociales, políticos y económicos afecten de lleno a nuestra clase y sean parte fundamental del sustrato material que los comunistas debemos entender para poder transformar la sociedad. En la época actual, en el Estado español las tareas ideológicas son de una importancia determinante para el movimiento comunista, y en este sentido es tan vital el análisis del agotado Ciclo de Octubre y la crítica materialista a las diferentes experiencias socialistas como la radiografía de todos aquellos aspectos que en nuestra época afectan al curso a seguir del movimiento revolucionario.

Este documento está dividido en dos partes. La primera de ellas analizará la cuestión de la privatización de la sanidad “pública” en Madrid, explicando el contexto en que surge y sus verdaderas causas. Por otro lado, esbozaremos la que, a nuestro juicio, debe ser la postura a seguir por los comunistas en esta cuestión. En lo que respecta a la segunda parte, trataremos de desmitificar esa construcción socio-política de los países imperialistas europeos llamada “Estado del bienestar” como producto de una época agotada (denunciando al mismo tiempo esa falacia de lo “público” como representativo de la mayoría de la sociedad), además de insistir sobre la necesidad de unificar a la vanguardia ideológica en los principios del marxismo-leninismo como paso imprescindible y previo para la revolucionarización eficaz de las luchas de masas de nuestra clase.

La batalla contra la privatización de la sanidad en Madrid en el marco de la actual lucha de clases

Si bien las luchas contra las privatizaciones de los “servicios públicos” se han desarrollado con gran resonancia en varios sectores de la economía estatal (como la educación, la administración de “justicia” o la sanidad), es en este último sector donde en los últimos meses, sobre todo en Madrid, la pelea por mantener esa construcción reaccionaria del “Estado del bienestar” se ha cristalizado con más fuerza y visibilidad. Es este el motivo por el cual basaremos nuestro trabajo crítico sobre estas luchas y su necesaria contextualización en el sistema social capitalista en el ámbito de la sanidad “pública”, sobre todo de la madrileña.

Al igual que la Generalitat de Cataluña, el Gobierno de la Comunidad de Madrid se ha situado a la vanguardia de la burguesía monopolista del Estado al acometer el plan más profundo de privatización de la gestión de hospitales y centros de salud de la llamada “red pública” de salud madrileña. Si bien hacía más de una década que el Gobierno español había iniciado el desguace de la sanidad de titularidad y gestión estatales y autonómicas (un desguace que fue posible gracias al cambio regulatorio de la ley 15/97, aprobada con los votos favorables de PP, PSOE, CiU, PNV y Coalición Canaria, los grandes partidos de la burguesía española), ha sido a partir de 2012 cuando el gran capital, representado ahora a nivel estatal con el Gobierno del PP, ha aterrizado en el goloso sector sanitario “público” de la Comunidad de Madrid para adueñarse de la gestión de seis hospitales y 27 centros de salud (en total, más de un millón de madrileños serán atendidos por este nuevo modelo de gestión de la sanidad).

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Esto supondrá que, a partir de ahora, el gran capital de las empresas médicas y las constructoras (estas últimas ya acostumbradas a gestionar otros hospitales en Madrid y en otros lugares del Estado) se introducirán en un mercado potencial que muchos expertos valoran en 400 millones de euros anuales. Empresas como Capio Sanidad, Sanitas, Ribera Salud o DKV harán el agosto con el nuevo melón abierto por el Gobierno madrileño, el gran órgano de gestión del capital en Madrid. Todo este paquete privatizador supondrá un empeoramiento creciente de la calidad asistencial y una proletarización y precarización profundas del personal sanitario de esos hospitales y centros de salud, que desde ahora tendrán que generar plusvalor directo a las compañías que gestionen los servicios de salud.

El aspecto del empeoramiento brutal de la calidad asistencial se verá reflejado en un progresivo desmantelamiento del llamado “Sistema Nacional de Salud”, con una cartera de servicios cada vez más privativa por el famoso “copago” y con menor y peor equipamiento médico. Un ejemplo muy ilustrativo de lo que comenzará a suceder en cada vez más hospitales es el del tratamiento de los pacientes atendidos en las unidades de Urgencias, que a partir de ahora no serán diferenciados por el color (rojo, naranja, verde, etc.) en función de la gravedad que revistan sus dolencias, sino del coste que supongan para la empresa que gestiona el hospital.

El otro gran elemento que se impondrá en el Sistema Nacional de Salud, el de la proletarización y precarización profundas del personal sanitario de hospitales y centros de salud de titularidad estatal, confirma el proceso que ya adelantó Marx hace casi 150 años en relación a la proletarización progresiva de amplias capas de población pequeñoburguesa y de capas de asalariados provenientes de la aristocracia obrera. De ahora en adelante, el médico o el enfermero del hospital “público” pasarán a ser un proletario más sensu stricto, estando obligados a generar la mayor plusvalía posible para sus explotadores a costa, por supuesto, de la salud de todos los usuarios (que serán, cada vez más, las masas hondas y profundas del proletariado, esas para las que la posibilidad de contratar un seguro médico privado es una quimera); el médico trabajará en centros de salud y hospitales de tal forma que su función será exactamente la misma que en las clínicas privadas: maximizar ganancias reduciendo al mínimo los costes. A largo plazo, este proceso facilitará la integración de estos colectivos de proletarios en el movimiento obrero de resistencia (situación que difícilmente podía darse de forma masiva en colectivos que formaban parte de la base de la aristocracia obrera), pues implicará un empeoramiento considerable de sus condiciones de trabajo en forma de menores salarios o días de descanso, además de presiones muy fuertes en forma de “incentivos” por reducir costes lo máximo posible. Como en la mayor potencia imperialista del globo, el médico que más cobrará será aquel que atienda pacientes menos costosos, que menos derive a especialistas y cirujanos y que aconseje menos pruebas diagnósticas.

Antes de pasar a analizar las perspectivas y la naturaleza de estas luchas contra la privatización de la sanidad madrileña, es necesario contextualizar brevemente el periodo en que esta nueva embestida del gran capital se desarrolla. Nos encontramos inmersos en la peor crisis de la historia del capitalismo (si atendemos, no solo a las evidencias empíricas y a los datos abundantes que dan idea de la magnitud colosal de esta nueva crisis de sobreproducción del capital, sino sobre todo a ese aserto del genio de Karl Marx según el cual las crisis, en el sistema de producción capitalista, son cada vez más profundas y duraderas por la masa considerablemente mayor de capital acumulado, por una tendencia a la disminución de la tasa de ganancia como consecuencia de un crecimiento de la composición orgánica de capital y por un ejército de reserva que alcanza cotas históricas, factores que hacen que el nuevo ciclo de acumulación sea cada vez más dificultoso), y la burguesía, consciente de que debe sacrificar lo que haga falta y a quien haga falta con tal de reflotar su sistema de explotación, necesita de forma acuciante reducir el Estado a la mínima expresión en materia de administración y gestión de los diferentes servicios (como la educación o la sanidad), y ello por tres factores muy claros:

1) Porque la burguesía necesita eliminar vallas en aquellos campos donde antes solo había entrado de forma indirecta (como en la sanidad “pública”, que ya era anteriormente un negocio en cuanto a la provisión de ciertos servicios y en materia de venta de instrumentales, equipos médicos y fármacos de la Farmafia, pero cuya gestión era coto reservado para ese gran “capitalista colectivo” que es el Estado burgués), consiguiendo así un nuevo “nicho de mercado” fundamental para que los vampiros del capital extraigan plusvalor de forma masiva y directa.

2) Porque en la era del imperialismo, concretamente en esta etapa de máxima decadencia agudizada por una crisis internacional muy profunda, la burguesía monopolista española tiene también necesidad de debilitar considerablemente esa alianza histórica que fraguó ese modelo de Estado “social”, desalojando de ámbitos importantes de la sanidad y la educación a todos esos aparatos sindicales y políticos que habían crecido gracias a esa alianza entre diferentes fracciones de la clase dominante.

3) Porque el déficit y la deuda estatales (alimentados por el mismo gran capital cuyo Estado se trocea y vende en bonos, obligaciones y letras del Tesoro), que manifiestan hoy el poderío brutal del capital financiero sobre el conjunto de la sociedad, provocan que los mermados presupuestos “públicos” deban destinarse al pago de intereses usureros (al mismo capital que recibe de su Estado al 1% para prestarlo al 6%), al salvamento de grandes bancos (cuyo rescate provocó un incremento exponencial de la deuda estatal) y al aumento sin precedentes de los aparatos militares de los Estados imperialistas, los cuales -conscientes de que la guerra es, además de un gran negocio, una de las maneras fundamentales en que el capital sortea temporalmente sus crisis- se arman hasta los dientes y hacen aumentar aún más la deuda del Estado.

Al contrario de lo que sostienen las diferentes versiones del revisionismo (que siguen a coro los cantos de sirena de la aristocracia obrera y de sus órganos políticos y sindicales del Estado español), la intención del capital de privatizar la gestión de servicios estatales forma parte de la inexorable ley del valor capitalista, la cual empuja a la destrucción del “Estado del bienestar” (que luego, en el segundo y último punto, nos encargaremos de analizar en términos históricos y de clase). No es, por tanto, una cuestión de “ideología” o de “partido”, sino que es la misma burguesía la que necesitaba hincarle el diente a este jugoso pastel.

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Sobre las luchas contra la privatización del sector de la sanidad en Madrid, hay que decir que estas han alcanzado un grado de desarrollo muy elevado, un desarrollo poco habitual en los últimos años entre estos asalariados (situación muy lógica teniendo en cuenta que es ahora cuando la burguesía reestructura su Estado soltando lo que considera lastre social). Mientras escribimos esto, tras más de dos meses en huelga indefinida, manifestaciones masivas y ocupaciones de centros de salud y hospitales, la Asociación de Facultativos Especialistas de Madrid (Afem), desligada de la Mesa Sectorial de Sanidad de la que forman parte sindicatos como Stase, CCOO, Amyts, USAE y UGT, ha anunciado la desconvocatoria de la huelga indefinida, al tiempo que, junto con dicha Mesa Sectorial, va a acudir a litigar en los tribunales de la burguesía por las concesiones a empresas en la gestión de la salud “pública”. El Gobierno de esta región, por supuesto, sigue adelante con sus planes y el plan privatizador ya ha sido aprobado por la Asamblea de Madrid. Nuevo gol, por tanto, que se anota el Consejo de Administración de la burguesía monopolista por el dominio absoluto del Estado.

Quienes constituimos este espacio de lucha ideológica y clarificación por la reconstitución teórica y política del comunismo en el Estado español, pensamos que es fundamental extraer las conclusiones más importantes de este tipo de luchas, pues ello contribuirá a un mejor conocimiento de la realidad de nuestra clase y a la futura fusión del movimiento comunista con la clase proletaria más combativa, hecho que solo podrá producirse cuando la vanguardia comunista se encuentre cualitativa y cuantitativamente en un estadio superior al actual, en el que el revisionismo impregna los poros de todo el cuerpo comunista.

En primer lugar, vuelve a confirmarse que el capital financiero, consciente de que no tiene a corto plazo ningún enemigo potencial que amenace su orden (pues el movimiento revolucionario en el Estado español no ha comenzado aún siquiera a gatear), no va a ceder ni lo más mínimo por mucho que determinados grupos peleen de la forma más resuelta y contundente en las calles. Lo hemos podido ver este verano con los mineros: al final, las políticas estatales de la burguesía monopolista se impusieron a pesar de que estos hermanos de clase protagonizaron una de las luchas obreras más potentes de la última década en el Estado español. En el caso de la sanidad, ha habido varias manifestaciones con miles y miles de personas, varios hospitales y centros de salud han sido permanentemente ocupados en Madrid y la huelga se ha prolongado durante más de dos meses. ¿Resultado a nivel práctico? Huelga desconvocada, anuncio de protestas por la vía legal e imposición del plan privatizador. Este hecho demuestra a todas luces que la burguesía solo cede cuando, por la existencia de un movimiento revolucionario, prefiere hacer determinadas concesiones antes que contribuir a exacerbar aún más antagonismos sociales.

En segundo y último lugar, es imprescindible perfilar una posición claramente proletaria y revolucionaria en esta batalla por algo esencial como es la asistencia médica:

-Por un lado, estas protestas han estado dirigidas por la aristocracia obrera en su pugna contra la burguesía monopolista por no perder la posición de privilegio que ha tenido en las estructuras política, sindical y administrativa del Estado español. Este encuadramiento ha determinado que los discursos y las prácticas de la totalidad de los colectivos de médicos o enfermeros no salieran de reivindicaciones de mantenimiento de un modelo de sanidad estatal que el capital está resuelto desde hace tiempo a liquidar, además de haber llevado a la inmensa mayoría de estos trabajadores a secundar ese discurso de los aparatos sindicales de la idealización de lo “público” y de la defensa de esa concepción del Estado como “Estado de todas las clases” (“Lo público nos iguala a todos”, hemos podido escuchar a personal médico en las manifestaciones de Madrid, como exponente claro de esa idealización del Estado “social” burgués).

-Por otro lado, también es innegable que los sectores del proletariado más combativos a nivel de luchas de resistencia no pueden quedarse con los brazos cruzados mientras algo tan esencial como la sanidad y una atención que, si bien era una forma de explotación indirecta (la mayoría de economistas suele hablar de salarios diferidos para referirse a aquellos servicios sociales que el Estado proveía en materia de pensiones, prestaciones por desempleo, gasto en sanidad o educación), pues no olvidemos que este sistema era sostenido en base a la explotación de gran parte de la fuerza de trabajo más precarizada y sobreexplotada, al menos permitía que muchos proletarios pobres pudieran tener acceso a servicios básicos para los que a partir de ahora cada vez serán más excluidos. Antes, el proletariado, con su explotación (“con su esfuerzo”, dirían los plumíferos socialdemócratas), sostenía un sistema de salud que al menos le permitía tener una cobertura relativamente buena en materia sanitaria. Ahora, es el mismo proletariado el que financiará el sistema, con la enorme diferencia de que el presupuesto de las Comunidades Autónomas irá directo a empresas que lo gestionarán maximizando ganancias, reduciendo considerablemente para ello todos los gastos que consideren oportunos.

Ante la pregunta: “¿Deben, entonces, los comunistas y proletarios combativos oponerse a estos planes privatizadores?”. La respuesta, por lo dicho en el punto anterior, no puede ser otra que sí. Pero con una condición ineludible si no queremos ir a rebufo de la aristocracia obrera: debemos denunciar de manera implacable a la aristocracia obrera como una fracción más de la clase dominante, que trata de utilizar al proletariado como carne de cañón en sus batallas con el capital monopolista; debemos, además, ser muy claros a la hora de combatir esa construcción reaccionaria del “Estado del bienestar”, dejando muy claro que solo es posible un sistema sanitario de calidad y realmente universal en una sociedad socialista.

Segunda y última parte

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Publicación de “Brevemente sobre las discrepancias en el seno del Partido” de Stalin

En la sección de teoría revolucionaria reproducimos un interesante texto de Stalin titulado “Brevemente sobre las discrepancias en el Partido”, escrito en 1905 en medio de la lucha ideológica en el POSDR contra el revisionismo. En este escrito Stalin muestra, apoyándose en citas de Lenin y Kautsky, que el movimiento comunista (en aquel momento socialdemócrata) es la fusión del socialismo científico con el movimiento obrero y explica que corresponde a los militantes revolucionarios introducir la conciencia de clase revolucionaria en el movimiento obrero para formar un movimiento proletario revolucionario, ya que la clase obrera por sus mismas fuerzas no es capaz de desarrollar conciencia de clase para sí. Ésta, por sí misma, solo es capaz de alcanzar la conciencia de clase en sí, sindicalista, conciencia de que tiene que luchar por sus intereses dentro de los límites del sistema socioeconómico capitalista y no la conciencia de que le corresponde acabar con dicho modo de producción a través de la revolución social. Esto se debe a que la conciencia comunista, que proviene de la ideología proletaria, surge de amplios conocimientos científicos que solo determinados individuos pueden comprender en un primer momento, lo cual no significa que los obreros no puedan comprender por sí mismos la cosmovisión proletaria pero solo pueden hacerlo elevándose de su posición de obreros, por ello solo elementos individuales de la clase obrera asumen el socialismo científico antes de la conformación del movimiento obrero revolucionario. El texto muestra el papel fundamental que desempeña la ideología en la constitución del sujeto revolucionario, el partido de nuevo tipo proletario.

El texto también es un ejemplo del determinismo histórico vigente en la socialdemocracia de la época al considerar que el socialismo es inevitable aún sin la existencia de la ideología revolucionaria del proletariado y del movimiento político revolucionario de la clase obrera, aunque sea de una forma más tardía y con más sufrimientos como afirma Stalin en el texto, y considerar idealista al que sostenga lo contrario. En realidad, como ha demostrado la experiencia histórica, sin la cosmovisión proletaria, el marxismo, es imposible la puesta en marcha del proceso revolucionario para la superación del modo de producción capitalista por el proletariado.

Se puede leer en el siguiente enlace: https://revolucionobarbarie.wordpress.com/teoria-revolucionaria/stalin/brevemente-sobre-las-discrepancias-en-el-partido/

Apuntes sobre represión, capitalismo y vanguardia revolucionaria en el Estado español (III): La solidaridad contra la represión del Estado capitalista y el devenir del movimiento revolucionario

En un sistema como el capitalista, la violencia ejercida por el Estado burgués es sistemática y alcanza cotas progresivamente mayores en términos históricos, aunque haya periodos en que la represión se “suaviza” por ausencia de un referente revolucionario real. Para el proletariado revolucionario, la solidaridad ante los ataques de la maquinaria represiva estatal es un arma indispensable, no solo para denunciar la política represiva de la clase dominante y apoyar a los represaliados, sino fundamentalmente para fortalecer el movimiento revolucionario y contribuir a su éxito a pesar de los golpes del capital y su Estado.

El Estado español -del que ya hemos analizado su naturaleza política y económica en los dos puntos anteriores- es un ejemplo muy claro de que, en el marco del sistema de explotación capitalista y del reforzamiento del aparato estatal español, heredado del régimen fascista y modernizado por los motivos que ya expusimos, la política real es la de la violencia institucionalizada, la política de criminalización y la represión creciente contra cualquier organización o movimiento que trate de resquebrajar su armazón social, económico o político.

Tras décadas perfeccionando su maquinaria represiva contra el Movimiento de Liberación Nacional Vasco (un movimiento, del que nos ocuparemos en otro trabajo, que jamás ha supuesto un desafío al orden burgués, sino al entramado estatal de la burguesía monopolista española, y que ha sido y es la expresión de la pequeña burguesía y una fracción de la burguesía no monopolista de Euskal Herria), el Estado español ha conseguido engrasar los pistones de su propio aparato represivo en el nuevo contexto de crisis económica y social que vive España, doblegando para ello a todos aquellos elementos que, aun estando encuadrados en movimientos pequeño-burgueses como el 15-M, han sido represaliados de las más diversas maneras (encarcelamientos, sanciones diarias, seguimientos policiales, etc.).

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Los ejemplos del MLNV (ahora ya completamente domesticado por un Estado que ha sabido derrotarlo política y militarmente tras más de cinco décadas de conflicto) y del 15-M demuestran que el Estado no reprime solamente al movimiento revolucionario y comunista, el único que puede destruirlo realmente y construir el nuevo poder de las masas explotadas. Esto es fundamental entenderlo, ya que en ocasiones muchos militantes del Movimiento Comunista del Estado español han tendido a pensar que el Estado solo reprime y encarcela a quienes están por la destrucción revolucionaria del capitalismo. Esto es rotundamente falso y el hecho de que el mayor número de represaliados y encarcelados corresponda a un movimiento nacionalista y pequeño-burgués como el abertzale (o el caso de menor incidencia de los independentistas galegos presos en mazmorras del Estado español) lo confirma de manera clara.

Si el Estado español ha combatido y combate (haciendo uso incluso de la guerra sucia y de tácticas que vulneran el ordenamiento jurídico burgués, como sucede con los casos de torturas y malos tratos recurrentes a detenidos y encarcelados) a movimientos de tipo independentista, es simple y llanamente porque la estructura jurídico-institucional de la que se ha dotado la gran burguesía del Estado no puede permitir que se debilite su gran instrumento de gestión y defensa de sus intereses. Pero estos movimientos no tienen ni tuvieron nunca un componente proletario, internacionalista o revolucionario. Por tanto, hay que dejar muy claro que el Estado burgués no reprime exclusivamente a quienes defienden, desde diferentes posiciones, los intereses de clase del proletariado revolucionario.

Un análisis particular merece la situación de los anarquistas represaliados por el Estado español. El anarquismo, que firmó su acta de defunción en España en el momento en que demostró, durante la guerra civil revolucionaria, que no se puede renunciar al poder sin cedérselo a la burguesía, está muy debilitado y su influencia entre el proletariado es prácticamente inexistente, a excepción del sindicato ultraminoritario CNT. Los anarquistas que se encuentran presos en el Estado español lo están por su relación con la práctica insurreccionalista, una tendencia exportada desde Italia en un momento en que eclosionan todas las variantes del izquierdismo marxista y no marxista en el país transalpino. Esta tendencia, claramente enfrentada a la anarcosindicalista, postula que los explotados (los insurreccionalistas son reticentes incluso detractores del lenguaje revolucionario y de clase, eludiendo o rechazando hablar de “proletarios”) deben destruir el poder del capital mediante la libre asociación de células y órganos “autónomos” sin estructura centralizada y que dispongan de plena autonomía para “actuar” donde consideren conveniente.

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Dentro del Movimiento Comunista del Estado español, son los presos del PCE(r), GRAPO y SRI los que han sido más violentamente reprimidos por la maquinaria represiva del Estado burgués. El caso más conocido y grave es el de Manuel Pérez Martínez, Camarada Arenas, secretario general del Partido, que ha sido condenado a cadena perpetua real sin haberse demostrado su implicación en acción armada alguna. En este sentido, ocurre lo mismo que con todos aquellos presos del mundo abertzale, que son mantenidos en prisión solo por haber participado en movimientos sociales y políticos de corte independentista. En el caso de los presos comunistas, cualquier revolucionario tiene el deber político y moral de solidarizarse con estos camaradas, denunciando la represión sistemática del Estado contra estas organizaciones. Esto no significa, ni mucho menos, compartir la línea ideológica de esta organización política (ni compartimos su caracterización política del Estado español, ni concordamos en las tareas actuales de la vanguardia comunista y en la forma en que debe reconstituirse el Partido revolucionario de la clase obrera). Pero la solidaridad revolucionaria y proletaria es precisamente solidaridad por encima de siglas o líneas que podamos considerar erróneas en aspectos fundamentales.

La cuestión de la naturaleza represiva del Estado español es fundamental para la conformación de un nuevo movimiento comunista que sea capaz de generar las condiciones para la nueva constitución del Partido Comunista, es decir, de la fusión y síntesis superior del movimiento de masas y la vanguardia revolucionaria. Sumándonos a la iniciativa de aquellos grupos de camaradas que ya vienen planteando abiertamente la necesidad de la lucha de líneas en el seno del movimiento comunista en el Estado como única forma para depurarlo de toda forma de revisionismo, desde este espacio de debate y lucha ideológica consideramos que la lucha contra la represión del Estado capitalista en cualquiera de sus variantes y por la solidaridad con los represaliados, debe ir indisolublemente unida a la lucha por la implantación del marxismo-leninismo en la vanguardia ideológica como paso previo para poder conformar el Partido de Nuevo Tipo.

Apuntes sobre represión, capitalismo y vanguardia revolucionaria en el Estado español (II): La represión del Estado en todos sus ámbitos.

Desde que el 29 de diciembre de 1978 la Constitución española formalizara el cambio de fachada política de la burguesía española (que pasaba, así, de disponer de un aparato estatal fascista a dotarse de un marco jurídico y político de democracia burguesa sui generis), el conjunto de los instrumentos represivos de los que se dota cualquier Estado burgués se han ido perfeccionando en el «Reino de España».

Al contrario de lo que sostienen los distintos demócratas defensores a capa y espada de este orden depredador y de su Estado de clase, la represión en el Estado español no ha ido disminuyendo desde el fin del régimen fascista de Franco. Bien al contrario, dicha represión se ha intensificado y ha conformado un nuevo andamiaje legal y político que trata de legitimar un sistema como el capitalista (sistema que, sea cual sea el formato político de que se dote su Estado, se basa en la época del imperialismo en la violencia, la opresión y la dictadura del capital financiero sobre el proletariado).

En el caso del Estado español, como ya hemos comentado al caracterizarlo económica y políticamente, las distintas fracciones de la clase dominante (el capital monopolista español, las diversas burguesías monopolistas nacionales, la aristocracia obrera y un sector de la burguesía no monopolista)  fraguaron su alianza de poder dentro del marco estatal existente.

Este pacto entre caballeros comenzó a hacer aguas cuando la crisis de 2007 golpeó de manera brutal al proletariado y a las capas medias del Estado español. Fue entonces cuando una de las grandes burguesías monopolistas del Estado, la catalana, lanzó lo que los voceros mediáticos del gran capital español llamaron «órdago nacionalista a España». Esta operación política de propuesta de «consulta sobre el derecho a decidir del pueblo catalán» ha sido la manifestación más clara de las pugnas interburguesas en el seno del Estado español durante los últimos 30 años. Detrás de la cortina de humo de este movimiento fundamentalmente promovido por el gran capital catalán (con gran parte de la mediana y pequeña burguesía a rebufo de los Rodés, los Godó o los Andic), se ve claramente la intención del capital financiero catalán de soltar «lastre», es decir, de disfrutar básicamente de un régimen impositivo en igualdad de condiciones que la burguesía monopolista vasca.

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El otro gran frente que se le abrió a la gran burguesía del Estado, y que ha modificado sustancialmente las condiciones en que las diferentes fracciones dominantes acceden al pastel español, fue la ruptura de la alianza entre el capital financiero y la aristocracia obrera, que se materializó durante la última legislatura del PSOE con los nuevos planes de la burguesía monopolista (profundizados por el Gobierno del PP) consistentes en erosionar y debilitar la base social de la aristocracia obrera y el poder de negociación de su tejido burocrático.

Hay que tener en cuenta que, sin entender la naturaleza de clase del Estado español, es imposible entender el porqué de una dinámica cada vez más represiva, que obviamente se acentúa en esta época de crisis económica y creciente conflictividad proletaria.

Primeramente, prestemos atención a varios datos muy significativos sobre el panorama represivo en España.

-Según ha confirmado la Policía Nacional el 2 de diciembre, esta destinará nada más y nada menos que 2.200 agentes a la denominada Unidad de Prevención y Reacción (UPR). Esta Unidad será un «complemento» de la Unidad de Intervención Policial (UIP), conocida por la brutalidad con que reprime en las manifestaciones y protestas de todo tipo.

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-Además del millar de presos políticos que existen en España (sobre todo del MLNV y, en menor medida, del PCE(r), los GRAPO, grupos anarquistas e independentistas galegos -una buena parte de todos ellos en prisión pese a no haber participado en acciones armadas-), las cárceles españolas (de las más superpobladas de toda Europa) comienzan a albergar a cada vez más personas que son detenidas en el curso de protestas callejeras y son encarceladas de manera «preventiva» durante meses (como ocurrió con los estudiantes detenidos en la huelga general del 29-M y exactamente igual que ha sucedido con Alfon, el joven vallecano detenido el 14-N, el último paro-pantomima de la aristocracia obrera, quien ha sido víctima de un burdo montaje policial y que se encuentra encarcelado e incluso en régimen de aislamiento en un módulo FIES-5).

-El marco legal que da cobertura a los últimos encarcelamientos es el marco recién creado por el Gobierno español en materia de reforma del Código Penal. Merced a esta reforma, se endurecen las figuras penales relativas a los delitos de atentado, resistencia y desobediencia a la autoridad, además del de alteración del «orden público». Se instaura también la “prisión a perpetuidad revisable“, lo que incluso vulnera el ordenamiento jurídico español (el mismísimo Consejo General del Poder Judicial ha declarado que la reforma del Código Penal de Gallardón es inconstitucional). Por otro lado, el delito de resistencia pasiva se mantiene penado con entre seis meses y un año de cárcel.

-Toda esta nueva legalidad se suma a la ya existente en el Estado español con la Ley de Partidos (vigente desde 2002), que permite dejar fuera de la ley a toda aquella organización que «ampare el terrorismo» y que, a efectos prácticos, reduce los ya de por sí estrechos márgenes de denuncia que tiene el proletariado en las instituciones democrático-burguesas del Estado español. La legislación española permite, además, que una persona pueda ser detenida durante cinco días en los que la tortura y los malos tratos son una práctica muy habitual. Por último, la Audiencia Nacional (heredera directa del Tribunal de Orden Público) es el órgano judicial encargado de los juicios políticos sumarísimos contra todos aquellos que desafíen la «violencia legítima» del Estado. Es el mismo alto órgano judicial del Estado burgués que, «por error», absuelve al capitalista y mafioso chino Gao Ping; el mismo órgano que archiva, a mediados de 2012, la causa contra el faraón Botín, representante de la gran familia española del capital financiero.

-Organismos de «derechos humanos» como Amnistía Internacional (organización poco sospechosa de ser revolucionaria; de hecho, es un puntal más, en este caso democrático, del orden imperialista) llevan años demostrando en sus informes que en el Estado español la violencia estatal en el transcurso de manifestaciones, detenciones y reclusiones en centros penitenciarios y en los siniestros Centros de Internamiento de Extranjeros es de proporciones muy elevadas. Todas las personas que mueren o sufren secuelas físicas y psíquicas graves son el tributo de sangre que el Estado burgués se cobra en tiempos de paz.

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-Una clara muestra del carácter sui generis de la democracia burguesa española es la total impunidad de que gozan los elementos de los cuerpos represivos que son acusados -y lo que es peor: condenados en firme- de torturas y malos tratos. Según publica La Voz de Galicia el 2 de diciembre, el Gobierno de la Generalitat catalana pactó con el Gobierno español (no sabemos con qué contrapartidas) el perdón a los mossos condenados por torturas.

-La misma impunidad de la que han disfrutado estos mossos la tuvieron aquellos que fueron acusados de participar en los GAL (el grupo paramilitar financiado por el Estado español que cometió 27 asesinatos), de los cuales solo dos permanecen en prisión (por supuesto, ningún alto mando o cargo de los aparatos del Estado permanece entre rejas por tales crímenes).

-Según datos oficiales, 24 personas han perdido la visión en un ojo por el impacto de una bala de goma desde 1990. Como no podía ser de otra manera en una dictadura de clase que protege fielmente a sus perros de presa, ningún elemento de los cuerpos represivos ha sido condenado. De hecho, la última vez que un juez se ha pronunciado en España en este sentido ha sido para sobreseer un caso de pérdida de visión en un ojo «por falta de pruebas», el de la compañera Ester Quintana en Barcelona.

Repasada esta realidad que aún hay quien se niega a ver y denunciar, es imprescindible saber hilvanar todos estos datos que, a ojos de quienes ven la sociedad con las lentes de la burguesía, pueden parecer inconexos pero que, en realidad, forman parte de un todo que conforma la única realidad política que puede existir en el marco de una dictadura de clase como la burguesa.

La represión que el Estado capitalista ejerce contra todos aquellos que, al margen de que tengan una línea política revolucionaria o no, cuestionan el monopolio de la violencia del Estado, desafían la legalidad burguesa o simplemente son víctimas de brutalidad policial en manifestaciones, huelgas o protestas «permitidas», no tiene absolutamente nada que ver con qué personas ostenten los cargos de delegado del Gobierno o de ministro del Interior; tampoco está relacionada con el Partido que forme el Gobierno «nacional». En realidad, el Estado burgués es una máquina represiva que tiene como cometido el de sostener, mediante el uso de la violencia, el orden capitalista que lo engendra.

Si el Estado español cada vez reprime más, no es porque esté ahora en el Gobierno el PP (este canto de sirena no solo es repetido por elementos afines al PSOE, sino hasta por organizaciones como IU y grupúsculos revisionistas varios), sino porque la burguesía, en tiempos de crisis económica y social, se quita la careta pacífica -que exhibe en momentos de relativa paz social– y comienza a hablar el único y verdadero lenguaje que domina a la perfección: el de la violencia, la represión y el terror.

Tercera y última parte

Apuntes sobre represión, capitalismo y vanguardia revolucionaria en el Estado español (I): Caracterización política y económica del Estado español.

El Estado español, en lo económico, es uno donde el capitalismo ha alcanzado el desarrollo imperialista, la fase superior del capitalismo, en el que las posiciones predominantes de la economía las ocupan, en todos los sectores productivos, unos pocos monopolios (los más poderosos, incluso, tienen gran proyección internacional y actividad imperialista, sobre todo en Latinoamérica). Asimismo, predomina la forma financiera del capital y, por tanto, la hegemonía de una fuerte y poderosa oligarquía financiera.

Quizás, el caso más claro de este tipo de monopolio imperialista de sello “español” sea el de Telefónica, quinta compañía de telecomunicaciones del mundo en tamaño e importancia, que teniendo su sede y principal actividad en el Estado español, extiende sus tentáculos de manera abrumadora a Brasil, Perú, Argentina, Venezuela, Chile, Colombia, Costa Rica, El Salvador, México, Guatemala y Nicaragua y va introduciéndolos en Alemania, Eslovaquia, República Checa, Reino Unido e Irlanda. Además, como monopolio imperialista paradigmático, su capital es financiero (fusión del capital industrial y el bancario), ya que entre sus principales accionistas se encuentran el Banco Bilbao-Vizcaya Argentaria (BBVA), la Caja de Ahorros y Pensiones de Barcelona, Criteria Caixa S.A. y el BNP Paribas, entre otras corporaciones bancarias y grupos de grandes accionistas privados.

De modelo similar están también monopolios tales como las petroleras REPSOL y CEPSA, las eléctricas ENDESA e Iberdrola, la gasista Gas Natural, la de abastecimiento de agua potable Aguas de Barcelona, la constructora FERROVIAL, la arrocera Ebro PULEVA, la de tecnología militar y de comunicaciones INDRA, la aseguradora MAPFRE, la de seguridad privada PROSEGUR, las hoteleras NH y Sol Meliá y la textil INDITEX (acusada por Brasil de usar incluso mano de obra esclava).

Además, en la economía se produce un elevado volumen de exportación e importación de capital en comparación con el de mercancías, todo en correspondencia con dicha fase imperialista de desarrollo del capitalismo en dicho Estado. Estos monopolios financieros tienen además fuertes conexiones con otros monopolios similares a nivel internacional y están inextricablemente unidos por millones de hilos e intereses al propio Estado español, que funciona enteramente al servicio de aquellos, conformando por ello un capitalismo monopolista de Estado, que es la forma de imperialismo más elevada, en que los monopolios financieros se han fundido con el propio Estado, completando así una implacable dictadura burguesa de enorme eficacia en las labores de producción, acumulación y concentración de capital en manos de la burguesía, sobre todo del sector que constituye la oligarquía financiera más poderosa y desarrollada.

Además de esto, el Estado imperialista español está integrado en las estructuras imperialistas de la Unión Europea, subsidiarias a día de hoy en gran medida del imperialismo norteamericano, con el que al mismo tiempo compiten sin llegar a superarlo en cuanto a hegemonía en expolio de las masas trabajadoras del mundo y en el dominio político y estratégico de la mayor parte del planeta.

Debido, entre otros factores, al escaso desarrollo industrial actual del estado español, que le hace muy alejado de la autosuficiencia productiva y de posiciones hegemónicas a nivel internacional, su modelo imperialista está formado principalmente por empresas monopolistas de servicios, lo que le convierte en un imperialismo subsidiario de las asociaciones imperialistas de que forma parte, esto es, la U.E. y la O.T.A.N., de cuyas decisiones y participación depende en gran medida su funcionamiento. Por ello, la oligarquía financiera que domina el Estado es firme defensora de los intereses de las oligarquías de la U.E. y de los EE.UU. de Norteamérica, con los que están firmemente ligados los suyos propios.

Esta infraestructura económica de la sociedad española, determina los rasgos principales de su superestructura política, de las formas políticas concretas en que la oligarquía imperialista ejerce su poder sobre las masas trabajadoras del Estado español y de otros Estados, que en todo momento, desde la llamada “transición española a la democracia” se adaptan a las impuestas por las de la U.E. y las de los países de la O.T.A.N., con los EE.UU. de Norteamérica a la cabeza, sirviendo como instrumento político para el pacto entre clases y el mantenimiento de la “paz social”, no sólo entre proletariado y burguesía, sino también entre los diferentes sectores de la propia burguesía, tan necesaria a la burguesía para desarrollar sus planes de actividad de expolio y latrocinio sin sobresaltos ni incómodas “interferencias”. Y esta forma básica de dominación política burguesa es, en la actualidad, el modelo de monarquía parlamentaria, de carácter cada vez más bipartidista.

De este modo, políticamente, el Estado español adopta para ejercer la burguesía su dictadura de clase diversos elementos de democracia burguesa parlamentaria, como son un cierto pluralismo político más o menos amplio y “tolerante”, libertades formales de empresa y de mercado, libertades cívicas formales, elecciones “libres” periódicas a las cámaras del Parlamento, el Senado y las diferentes cámaras territoriales, separación formal de “los tres poderes” (legislativo, ejecutivo y judicial), etc., todo ello sancionado por una Constitución pretendidamente democrática. Así sigue en sus rasgos fundamentales el modelo político y económico de dominación burguesa de los demás Estados “de su entorno” desde que se dio por liquidado, por prácticamente las mismas oligarquías que lo impusieron en su día -a las que jamás se desplazó realmente del poder, de la dominación del Estado- el modelo fascista impuesto a sangre y fuego durante el franquismo.

Esta última peculiaridad del desarrollo político histórico del Estado español, en que la misma oligarquía que edificó un Estado fascista, se pone luego a la tarea de modernizarlo bajo formas “democráticas burguesas”, ha introducido también peculiaridades en la actual forma política del Estado, que inciden de manera directa, brutal y evidente en la forma en que ejerce la represión y coerción de la clase dominante sobre las masas para mantener el orden social bajo su control, que es la función esencial de todo Estado.

Un signo innegable del estrecho margen de “normalidad democrática burguesa” del modelo político del Estado español (herencia directa del período franquista) es que esas elecciones “libres” de la burguesía de dicho Estado ni siquiera han sido tales en el caso de Euskal Herria, donde movimientos políticos y sociales pequeño-burgueses han sido violentamente reprimidos e ilegalizadas sus formaciones políticas.

Por otro lado, está la forma particular en que se configura la representación institucional de los diferentes sectores de la burguesía del territorio plurinacional del Estado español, así como los frutos de los pactos con la aristocracia obrera.  Así se dota de una red, de equilibrio inestable y complejo, pero que se ha mantenido operativo hasta el momento sin amenazas serias, de parlamentos estatal y autonómicos, en que queda representado el bloque burgués hegemónico, constituido principalmente por la burguesía monopolista agrupada en los dos partidos mayoritarios (PP y PSOE), la burguesía nacional vasca (PNV), la burguesía nacional catalana (CiU) y la aristocracia obrera (PCE-IU y las estructuras sindicales de CC OO y UGT).

Lejos de haberse liquidado en su totalidad todos los fundamentos y mecanismos de poder fascista de la época franquista, en la llamada “transición” se procedió a transformarlos en unos más adecuados para la integración en las asociaciones imperialistas mencionadas más arriba, que las oligarquías necesitaban para seguir prosperando en su desarrollo imperialista y para la que las formas pura y abiertamente fascistas eran entonces un serio impedimento, por los corsés de restricciones que el modelo corporativista de Estado del franquismo y su funcionamiento por asignaciones de cotas de poder por “familias” (falangistas, militares, monárquicos, tecnócratas del Opus Dei, clero, etc.) eran un serio impedimento. Y lo eran para el desarrollo de dichas oligarquías tanto a nivel nacional (del interior del Estado) como a nivel internacional.

Esos planes de “modernización del Estado y del sistema productivo” tan necesarios para la oligarquía monopolista, se vieron matizados y precipitados en gran medida también por la presión creciente originada por la movilización de los sectores de las masas populares y de la burguesía no monopolista antifranquistas, tanto del interior como del exterior del Estado español, que forzaron tanto el ritmo como la naturaleza del proceso, que fue pactista por un lado y extremadamente violenta (llegando a producir centenares de muertos) por otro, en el que no se logró comprometer en la vía pactista a gran parte del independentismo de las naciones oprimidas del Estado español y a determinados sectores del movimiento comunista y del movimiento republicano.

Esa fuerte presión (que, como acabamos de señalar, llegó a generar grandes dosis de violencia y de represión, mezcladas con la firma de grandes y numerosos pactos) amenazaba con conseguir que el control del proceso de cambio político se escapara de las manos de las oligarquías monopolistas, que se apoyaron en el Estado fascista del franquismo hasta ese momento y que necesitaban dirigirlo para salvaguardar sus intereses en adelante.

Así, en el proceso se suprimieron las principales ataduras de regulaciones estatales, el sindicato vertical y los sectores de la economía considerados obsoletos, ineficaces y poco rentables y se sustituyeron las instituciones y formas de dominación políticas más propias del fascismo por otras de carácter parlamentario, pero manteniendo varias que se consideraron esenciales para reproducir el orden social dentro de los cauces deseados por esas oligarquías, que no debemos jamás olvidar que eran las mismas que usaron del franquismo en su día para imponer de manera abiertamente terrorista y asesina (en vez de solapadamente y supuestamente legitimado por las urnas) su modelo de desarrollo social.

Los principales elementos de dominación política presentes en el franquismo que se consideraron no liquidables fueron: la Jefatura de Estado no electa -en manos, por derechos de herencia, de la saga monárquica de los Borbones restituida por el propio dictador y genocida Franco-, el Ejército como garante de la unidad indivisible e incuestionable del Estado-nación, la fuerte presencia e influencia de la Iglesia Católica en la vida social, amparada por el Estado, los cuerpos represivos o “de seguridad del estado” (que, al igual que el Ejército, jamás fueron depurados de sus mandos, ideología y métodos fascistas, que se han ido perpetuando, adaptados formalmente a la “modernidad”) y el Tribunal de Orden Público (auténtico tribunal político fascista), que tomó el nombre de “Audiencia Nacional” y que goza de un peso y protagonismo actuales gigantescos en el orden jurídico.

Todo ello ha conformado un Estado español que podríamos caracterizar de imperialista, subsidiario de la U.E. y de la OTAN, monárquico y parlamentario, pero con enormes carencias democráticas en comparación con los demás Estados de “su entorno”, que lo hacen extremadamente represor de todo movimiento y organización de masas que cuestione o ponga en riesgo, por mínimo que este sea, el modelo social surgido de “la transición”, un modelo fuertemente explotador de las masas trabajadoras y opresor de todo tipo de derechos y avances sociales básicos, que va liquidando con gran rapidez e impunidad en favor de la oligarquía financiera, que realiza su dictadura de clase por medio de este Estado burgués  tan peculiar, antiobrero, represor e inhumano que es el Estado español.

Segunda parte

Respuesta al artículo de la UCCP “Tras el 14-N, Las Tareas del Momento Actual”

El artículo de la UCCP se puede leer en el siguiente enlace: http://unionccp.wordpress.com/2012/11/26/tras-el-14-n-las-tareas-del-momento-actual/

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Desde Revolución o barbarie somos conscientes de la inexistencia de Partido Comunista (de la fusión entre vanguardia y masas en un todo único e indisoluble) en el Estado español en la actualidad. Por esta razón la tarea inmediata y prioritaria de los marxistas-leninistas consiste en trabajar para dicha reconstitución. Para ello, debemos librar la lucha de dos líneas en el seno del movimiento comunista contra el oportunismo y el revisionismo y, de forma secundaria, también con otras teorías que pretenden influir sobre el movimiento obrero; además, debemos realizar un análisis sobre la experiencia histórica que nos legó el Movimiento Comunista Internacional en el ciclo revolucionario iniciado con la Revolución de Octubre en 1917. Nos referimos principalmente a lo que atañe a la construcción del socialismo en la URSS y en China pero también a otras experiencias, terminasen o no en la conquista del poder político para el proletariado, así como también todas las cuestiones relacionadas con el progresivo avance del revisionismo en los Partidos Comunistas y los Estados proletarios hasta su total liquidación como instrumentos revolucionarios del proletariado.

En esta etapa de la reconstitución partidaria del comunismo la línea de masas debe ir dirigida a la vanguardia proletaria, pero no a la vanguardia en general, sino al sector de esta más cercano a los problemas relacionados con la línea general de la revolución, a los sectores más avanzados desde el punto de vista teórico, para incorporarlos al marxismo-leninismo. El medio para llevar a cabo esta labor es la lucha ideológica contra las corrientes revisionistas y oportunistas (las cuales dirigen o pretenden dirigir a las masas proletarias) y la propagación de los resultados del análisis marxista sobre el primer ciclo de la Revolución Proletaria Mundial. De esta forma, luchando contra las concepciones e ideas revisionistas contrarias al marxismo-leninismo, y exponiendo un balance sobre la experiencia histórica del proletariado revolucionario que explique, de forma coherente con el socialismo científico, la derrota de los procesos revolucionarios y por tanto la situación en la cual se encuentra el movimiento comunista en la época actual, se podrá atraer para el marxismo-leninismo a los militantes honestos que forman parte de la vanguardia teórica no marxista-leninista. En este proceso se sentarán las bases teóricas y políticas que permitan organizar y llevar a término la conquista del poder por el proletariado en el Estado español, es decir, las cuestiones relacionadas con la táctica y la estrategia de la revolución proletaria.

A nivel de los militantes marxistas-leninistas, en esta etapa corresponde su formación como cuadros revolucionarios, es decir, como portadores y defensores de la concepción proletaria del mundo, del socialismo científico. Para ello es necesario e imprescindible el estudio de los clásicos del marxismo-leninismo y de las experiencias revolucionarias de la primera oleada de la RPM, estudio que debe realizarse de forma reflexiva y crítica para poder llegar a la comprensión y asunción del marxismo-leninismo como cosmovisión proletaria.

Una vez esta fase vaya avanzando, los marxistas-leninistas deberán comenzar a dirigirse al otro sector que forma la vanguardia proletaria, esto es, los elementos que encabezan y dirigen a las masas proletarias en sus luchas de resistencia contra el capital, es decir, la parte de la vanguardia más avanzada en el trabajo práctico de masas. Para ello, la vanguardia marxista-leninista deberá acudir a los frentes de masas con el objetivo de ganarse a estos elementos realizando propaganda entre ellos. Es necesaria la elevación de la conciencia de clase de este sector de la vanguardia del proletariado -que posee conciencia de clase en sí- a conciencia de clase para sí a través de la formación política e ideológica. Cuando estos elementos que ejercen influencia y dirigen a las masas proletarias en sus luchas económicas dentro del marco del capitalismo sean ganados para la revolución proletaria, es cuando se produce la fusión entre vanguardia y masas, es decir, cuando se produce la constitución del Partido Comunista.

La reconstitución del Partido Proletario de Nuevo Tipo es un proceso que parte de la ideología revolucionaria. El proletariado por sí mismo no puede desarrollar su conciencia revolucionaria (lo máximo que puede adquirir es conciencia de clase en sí), ya que esta parte de amplios conocimientos que solo los sectores social e ideológicamente más avanzados, debido a una previa y determinada predisposición, pueden adquirir y asumir. Estos sectores,  que son los portadores de la ideología revolucionaria, forman la vanguardia marxista-leninista y deben ir incorporando de forma progresiva a los distintos sectores que componen la vanguardia del proletariado hasta fusionar la teoría de vanguardia con el movimiento obrero, para formar así un movimiento político revolucionario que es el Partido Comunista reconstituido. Por lo tanto, la constitución del Partido Comunista no se produce por la voluntad subjetiva de un grupo de personas, no se produce por la unidad de los comunistas como pregona el revisionismo, sino que es una realidad social objetiva que se produce cuando la vanguardia comunista se fusiona con las masas proletarias.

Sobre la idea de trabajar para un comité de los distintos colectivos e individualidades que defienden la misma línea de la reconstitución del comunismo, entendemos que este proceso es necesario y muy positivo, pero que debe ser convenientemente trazado para que pueda tener éxito. En este sentido, no creemos que la reagrupación ideológica y organizativa vayan a transcurrir simultáneamente, sino que antes debe proseguirse con el trabajo de lucha ideológica y acercamiento en cuestiones fundamentales para el Movimiento Comunista del Estado español (la cuestión de la reconstitución del PC, la lucha por conseguir la hegemonía de la ideología revolucionaria en el seno de la vanguardia ideológica, la superación de la línea sindicalista y electoralista, etc.).

La propuesta que sí vemos factible a corto plazo y muy necesaria es la de la creación de un medio de difusión que agrupe a toda la vanguardia comunista. Pero habría que acordar quiénes podrían encargarse de este trabajo, qué documentos se colgarían (¿textos elaborados conjuntamente?, ¿o los de algún colectivo o individualidad que refuerce nuestra línea?) y de qué forma se difundiría dicho medio.

Sería interesante conocer las posibles respuestas que hayáis recibido de otros colectivos comunistas del Estado español que apuesten por la reconstitución del PC.

El fascismo, el Estado burgués y la lucha de clases

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Los camaradas de Revolución Proletaria nos envían un documento sumamente interesante para el Movimiento Comunista del Estado español sobre la cuestión del fascismo, el capitalismo y la lucha revolucionaria del proletariado. Coincidiendo plenamente con estos compañeros en la necesidad de seguir asentando las bases ideológicas para la necesaria unidad de los comunistas sobre los principios revolucionarios del marxismo-leninismo, difundimos en nuestro espacio este trabajo que debería servir para profundizar en la cuestión del fascismo y la lucha contra cualquiera de las formas estatales que adopte la dictadura del capital financiero.

Al final, el Estado burgués, se vista con el ropaje democrático o con el fascista, es siempre el envoltorio político y militar de la clase dominante para imponer al conjunto de las masas explotadas su dictadura de clase. El movimiento revolucionario no debe contraponer la democracia (en abstracto) al fascismo, sino la democracia proletaria (dictadura contra los explotadores) frente a la democracia burguesa (dictadura contra los explotados).

El fascismo, el estado burgués y la lucha de clases

La extensión de la crisis económica y política que viven los regímenes burgueses en Europa está facilitando que asome la cabeza el discurso social del fascismo. Tal es así que allí donde se encuentra el ojo del huracán, en Grecia, la formación fascista Chryssi Avghi (Amanecer Dorado) pasó en menos de un año de no aparecer en las encuestas a tener más de 400.000 votantes, que representan a un 7% de aquellos que todavía acuden a votar[1].

 El avance de este “fascismo clásico” (racista, ultra nacionalista, que se moviliza en las calles implantando el terror parapolicial y autoproclamado, sin complejos, heredero de los Hitler, Metaxas…) no puede entenderse sin la fricción que está generando la crisis en las fuerzas políticas griegas (LAOS, anterior receptor del voto ultra participó en los gobiernos de la Troika junto a PASOK y ND) y que está llevando a sectores de la burguesía hacia el discurso nacionalista (Amanecer Dorado busca la salida de la UE) que garantice el orden y la propiedad (las labores parapoliciales de los fascistas griegos se circunscriben al ámbito de la defensa de la propiedad privada, la colaboración con la policía en manifestaciones, el acoso a los obreros más débiles, los inmigrantes, apaleándolos y dando algunos medios “asistenciales” a los obreros nativos con el fin de fomentar la fractura en la clase obrera). Mas el fascismo, como movimiento político, tampoco puede reducirse a estos tiempos de crisis: mientras el imperialismo europeo disfrutaba de su fiesta de expansión, aparecía con total tranquilidad Le Pen en la segunda vuelta de las presidenciales francesas de 2002; crecía pujante el voto nacional en Austria; el revisionismo histórico se hacía un hueco en el Báltico marchando en honor a las tropas de la Wehrmacht; o iba conformándose el neofascismo magiar que entrelaza a los paramilitares de la Guardia Húngara con el partido Jobbik  y a su vez con numerosos grupúsculos nazis y fascistas que actualmente encuentran no pocas simpatías en el gobierno conservador de Orban.

Pero el fascismo es más que un movimiento político. Es un modo de dominación política de la burguesía, que reviste unas características que lo sustantivizan con respecto a las formas parlamentarias en que el capital ejecuta su dictadura de clase. Y es por ello que adquiere importancia realizar un análisis, aunque sea breve, sobre su carácter de clase para no caer en las elucubraciones del oportunismo y el revisionismo con respecto a esta cuestión.

El fascismo como relación entre las clases dominantes

El fascismo es un producto histórico de una determinada época. El rápido crecimiento del capitalismo, el surgimiento de los monopolios y, tras éstos, el monopolismo de Estado. La carrera internacional por controlar mercados, por garantizar las exportaciones de capitales, puso en pie, desde finales del s. XIX, las fuerzas de todas las potencias mundiales. Éstas, entre otras cosas, no hacían más que exacerbar el nacionalismo y con él, el discurso de la supremacía racial se convertía en sustento ideológico que nutría a cada patria de la consciencia necesaria para luchar por ser la luminaria de la Humanidad[2]. Estalló la I Guerra Mundial. Y acabó. En las trincheras quedaron decenas de millones de trabajadores mandados como carne de cañón con el objeto de lograr un buen botín para sus burguesías. La II Internacional secundó la carnicería. La guerra permitió el reparto de unas cuantas colonias de los derrotados entre los vencedores y el desmembramiento de los viejos imperios alemán, austro-húngaro y otomano. Pero la necesidad de expansión del imperialismo seguía intacta. Todas las potencias huían, aun sin saberlo, de la gran crisis económica que llamaba a las puertas del sistema imperialista mundial, que estallaría en 1929. Y a esta se unía otra crisis que el imperialismo si conocía, una mucho más grave, que amenazante se acercaba desde el este: la crisis política que el ascenso de la Revolución Proletaria Mundial imponía a los dueños del Mundo. Si el viejo y tosco imperio ruso había sucumbido al Poder revolucionario de los Soviets, el eco de esta gesta estaba haciendo temblar a todos los poderes de la refinada y burguesa Europa: en Alemania, en Hungría… pero también en el sur, en Italia, e incluso España[3]. Los regímenes con elementos parlamentarios mostraban su desgaste. El proletariado, como clase independiente, ya no jugaba a la farsa del parlamento sustentando a esta o aquella fracción de la clase dominante. Por el contrario, se lanzaba a romper aquel estadio político de dominación del capital. El liberalismo, como ideología de la clase dominante y como sistema estatal que se había asentado en la época del capitalismo concurrencial, estaba en quiebra: el imperialismo ponía en tensión a todas las fuerzas sociales, generando tales contradicciones en el mismo marco nacional, que el Estado liberal, comprendido como aquel que reconoce a las distintas facciones de la burguesía la capacidad de representar sus propios intereses (cuestión cubierta formalmente con la división de poderes) como base política de la dictadura del capital, no podía solventar democráticamente los conflictos que sacudían a las clases dominantes (entre los distintos grupos monopolistas, entre las distintas industrias, entre el capital financiero y la pequeña burguesía, etc.)

Así quedan sentadas las bases para que opere desde el Estado capitalista el fascismo, como forma concreta que toma la dictadura de la burguesía, en el momento en que la democracia se limita a tan sólo algunas fracciones de la burguesía y en dónde éstas ponen todo el peso del Poder en la ejecución de sus designios económicos y políticos. Es decir, cuando el poder del capital se centraliza (con respecto al mismo capital), cuando se estrecha la democracia burguesa, implantando el corporativismo para reducir al máximo las colisiones entre las fracciones del capital. Reducir las colisiones en el único sentido que puede hacerlo el capital, arrancando a una parte de esas clases los medios de gestión del Estado (parlamento, etc.), situándolas, políticamente, en la misma situación en que se encuentra el proletariado y las masas explotadas cuando el capital marcha bajo su normalidad democrática. Decimos “políticamente” porque aquellas facciones expulsadas del marco de gestión de la dictadura burguesa siguen manteniendo su posición de privilegio como poseedores de medios productivos: en 1950, aunque un proletario madrileño y un empresario vasco podían ser aliados tácticos en la lucha contra el fascismo español (y tan sólo en el supuesto de que el proletariado tuviese garantizada su independencia política a través de su partido de nuevo tipo, cosa que no ocurría ya en el Estado español[4]) no podían ir por mucho tiempo de la mano, más allá de acabar con el fascismo, dado que los intereses de uno estarán por la destrucción de toda forma de propiedad privada sobre los medios de producción (dictadura del proletariado) mientras que los del segundo estarán en afianzar, potenciar y desarrollar su capital (democracia para la burguesía nacional vasca).

El fascismo, tal y cómo lo retrató en su momento la Internacional Comunista, no es más que un arma al servicio de la clase capitalista[5],  y más en concreto, del capital monopolista (o del grupo capitalista que sea el pilar de la alianza estatal, pues el fascismo se ha dado en países dependientes). Los objetivos del fascismo son los de defender los intereses de clase de una facción concreta del capital. Es ésta la razón que impronta a todas las formas nacionales que ha adoptado el fascismo y que permiten realizar de éste una radiografía universal:

“(…)la unidad orgánica de la burguesía en el fascismo no se realiza inmediatamente después de la conquista del poder. Fuera del fascismo quedan los centros de una oposición burguesa al régimen. Por una parte, no queda absorbido el grupo que tiene fe en la solución giolittiana[6] del Estado. Este grupo se vincula a una sección de la burguesía industrial y, con un programa de reformismo “laborista”, ejerce influencia sobre estratos obreros y de pequeña burguesía. Por otra parte, el programa de fundar el Estado sobre una democracia rural del Sur y sobre la parte “sana” de la industria septentrional tiende a convertirse en programa de una organización política de oposición al fascismo con base de masas en el Mediodía (Unión Nacional)”  Tesis de Lyon, III Congreso del Partido Comunista de Italia, 1926.

Lo que adelanta correctamente el Partido Comunista de Italia en los años 20 es que el fascismo es una forma de poder de la burguesía, pero no de ésta en su conjunto si no que es producto del grado de agudización a que llegan las contradicciones entre esta clase.

Cuando el nacional-socialismo toma el poder en Alemania, esta no ha dejado de ser una potencia imperialista: los objetivos del capital monopolista alemán están por un lado en deshacerse del peligro de la Revolución Socialista, el cual ha estado sobrevolando a la sociedad alemana desde el fin de la Gran Guerra (sobretodo entre 1918-19, con el Spartakusaufstand, hasta el derrocamiento de los gobiernos soviéticos en 1923) y que se mantiene vivo a través del KPD, la mayor organización comunista de Europa, tras el comunismo soviético. De otra parte, y fundamental para que surja el fascismo, los monopolios alemanes necesitan superar las trabas internacionales (derrota bélica que relega al imperialismo alemán en beneficio de Francia, el Imperio Británico y EEUU) y nacionales (obligatoriedad legal de resolver “democráticamente” los conflictos en el seno del capital alemán.) para alzarse como principal bloque imperialista mundial. Por esto en la Alemania fascista el Estado monopolista realiza la planificación económica, tomando en sus manos, las decisiones económicas de la nación (es decir, unifica la producción capitalista conforme a las aspiraciones de los grandes monopolios alemanes de la guerra). Realiza el capitalismo de Estado para mantener la propiedad, para sacar de la crisis a los capitales del país: dota de fuertes inversiones a la industria pesada y la organiza a través de los planes cuatrienales. Garantiza la expansión del mercado alemán a través de la ocupación militar, siguiendo los pasos de toda potencia imperialista. Corporativiza al conjunto de la sociedad alemana a través del NSDAP (el partido nazi). Despoja a las capas inferiores de la burguesía de sus organismos de representación y de su capacidad para decidir libremente en sus asuntos mercantiles (esto último es una tendencia inherente al imperialismo, que al reunir elementos de planificación impone cuotas de mercado a los propietarios particulares. La diferencia es que bajo el fascismo esta circunstancia se impone de forma ejecutiva, mientras que bajo condiciones parlamentarias, la burguesía se permite negociar estos asuntos).

Cuatro décadas más tarde es en Chile donde la principal facción de la burguesía se agarra al fascismo para resolver sus contradicciones e imponer sus intereses de clase. Si el capital monopolista alemán utilizó al fascismo para integrar a toda la economía bajo su dominio, la burguesía chilena realiza la operación contraria: los sectores estratégicos del capital nacional son desmantelados y puestos a disposición de capitales extranjeros. El Ejército hace las veces de partido “orgánico” en torno al que se une el gran capital chileno para realizar estas políticas, seguidas minuciosamente por el capital norteamericano, (pronto ocuparán carteras ministeriales los Chicago Boys). Una burguesía dependiente (por su posición en el sistema imperialista mundial) es la explicación material de esta determinada política “neoliberal” que para la socialdemocracia[7] significaría algo así como “desmantelar el Estado” cuando en el Chile fascista lo que el Estado hizo fue convertirse en máquina ejecutoria de los designios del capital nacional en unión al capital extranjero, llevándose por delante a miles de militantes obreros.

Los “socialfascistas”

De aquí cabe reseñar algo sobre la cuestión del fascismo y del Estado que atañe directamente al revisionismo. Para el fascismo el Estado (nacional) significa la armonía entre las clases sociales mientras que para el marxismo la existencia de éste es la prueba material de la existencia de la lucha de clases. Consecuente con esto, el fascismo niega la lucha de clases y comprende al Estado (aparte de para garantizar los intereses nacionales) como sujeto que representa la patria y dota a sus componentes de bienestar, sean proletarios o patrones. Esto permite la “corporativización” de las clases sociales, su representación única a través del Estado (capitalista), la unidad de todas las clases como “clase dominante”. Así es el marco teórico del fascismo. Si al frente colocamos los postulados del revisionismo es harto sencillo comprender el epíteto de “socialfascistas” que acuñó el movimiento comunista para referirse a los exégetas del marxismo: Los socialdemócratas, al negar la dictadura revolucionaria del proletariado, proponían (y así lo sigue marcando el revisionismo “moderno”) que la clase obrera entre a gestionar el Estado burgués, es decir, que la clase trabajadora acceda al poder como clase reaccionaria (así ha pasado hasta hoy en los Estados imperialistas occidentales) generando el reparto de cuotas de poder entre las distintas facciones del capital, lo que supone una tendencia hacia la corporativización de los Estados burgueses la cual se desarrolla, con altibajos, desde que el capitalismo entró en su fase superior (con este “Estado para todos” que corporativiza a los sujetos políticos y niega la lucha de clases podemos comprender porqué se puede denominar socialfascismo a los Estados revisionistas, caso actual de China). Si a esto le añadimos el papel de la socialdemocracia en la primera gran guerra imperialista (ningún pudor al posicionarse por las glorias nacionales y contra la clase obrera) y su labor protagónica al abortar procesos revolucionarios, con el caso de la Revolución Alemana de 1918-19 en donde la socialdemocracia se situó a la vanguardia de la matanza uniéndose a las fuerzas embrionarias del fascismo, los freikorps; tenemos ya un escenario en que denominar socialfascistas a los revisionistas no es más que referirse a lo testarudo de los hechos.

En la crisis de los años 30, con la exacerbación de las contradicciones sociales la burguesía monopolista tenderá, caso de Alemania, a deshacerse de sus aliados “democráticos” y la socialdemocracia, representante de la aristocracia obrera (eslabón más débil de la alianza de dominación), será la primera en caer en las filas de los perseguidos por el fascismo. Esta situación será partera para que la socialdemocracia sea, desde un punto de vista táctico, un aliado del proletariado revolucionario en la pugna contra el capital, términos sobre los que iremos más adelante.

Un esbozo sobre la Comintern y los frentes populares

Volviendo sobre la caracterización que la Comintern hizo del fascismo, si bien era justa en cuanto a señalarlo como producto de la burguesía, erraba a nuestro a entender en determinar que era la “dictadura abierta y terrorista” de los elementos más reaccionarios del capital. Cierto es que los elementos de represión sistemática de los que se dotó el fascismo significaban una “mejora” frente a lo visto con anterioridad (aunque, verdaderamente, las decenas de miles de communards asesinados pueden decir lo contrario). Y cierto es igualmente que el fascismo, como ideología y como movimiento, sacudía a los elementos más reaccionarios de la sociedad pues era un asalto contra los propios valores políticos emanados de la revolución burguesa (liberalismo, democracia parlamentaria, división de poderes…). Pero el racismo, el nacionalismo, las parafernalias imperiales que el fascismo acercaba eran la cosecha de la siembra que el imperialismo había realizado en su época de expansionismo.

El acento que la Comintern pone en el “terror” (represión) como característica del fascismo, unido al viraje político de la asunción del frente interclasista con los socialdemócratas y el resto de partidos burgueses[8] y a la tesis sobre estados intermedios entre la dictadura burguesa y la del proletariado, estaban sellando la separación teórica y política de dos formas de ejecución de la dictadura del capital (símil de las teorías kautskianas contra las que se erigió el comunismo): de un lado el fascismo que “reprime”, de otro lado la “democracia” (en abstracto) capaz de permitir la libertad de acción política a todas las clases sociales. Confusión grave que se ha mantenido de tal modo, no sólo entre la vanguardia, sino entre las masas sin organizar, que cualquier acto represivo de las fuerzas del capital se identifica como “fascismo” y la respuesta popular que encuentra es la de “depurar” y “democratizar” a esos cuerpos armados al servicio de la democracia burguesa:

“El hecho de que los detenidos, es decir, gente que el poder del Estado ha tomado bajo su custodia, hayan podido ser asesinados impunemente por oficiales y capitalistas, gobernando el país los socialpatriotas, evidencia que la república democrática en que ha sido posible tal cosa es una dictadura de la burguesía. La gente que expresa su indignación ante el asesinato de Carlos Liebknecht y Rosa Luxemburgo, pero no comprende esta verdad, pone de manifiesto o bien tis pocas luces o bien su hipocresía. La libertad en una de las repúblicas mas libres y adelantadas del mundo en la república alemana, es la libertad de asesinar impunemente a los jefes del proletariado detenidos. Y no puede ser de otro modo mientras se mantenga el capitalismo pues el desarrollo de la democracia no embota, sino que agudiza la lucha de clases, que en virtud de todos los resultados e influjos de la guerra y de sus consecuencias ha alcanzado el punto de ebullición.”[9]

Efectivamente, para que la burguesía desate toda su fuerza represiva no es necesario que su Estado esté organizado bajo los postulados del fascismo: ya hemos hecho referencia a la Comuna. La incipiente República de Weimar, sentada sobre el asesinato de los espartaquistas, era una república democrática, de hecho una de las más avanzadas de todo el s. XX. Para que el KPD fuese, por segunda vez, ilegalizado no fue necesario que la Constitución de Bonn cambiase su base liberal. Algo similar ocurrió en EEUU, la persecución de militantes obreros desde inicios del s. XX era una lógica de la democracia burguesa, como lo era el régimen de segregación racial que hasta bien entrado el siglo pasado se mantuvo en ese país a nivel institucional. Para asesinar a los jornaleros de Casas Viejas o a los insurrectos de Asturias, la II República tuvo los mismos reparos que ha mostrado la monarquía constitucional para encarcelar, torturar y asesinar a militantes vascos y antifascistas. Podríamos decir algo parecido de la Francia republicana, que vistió a su Marianne con el uniforme de los paracaidistas para, vuelta de Indochina, verter la sangre del pueblo argelino en África y en el centro de París. Mismas fuerzas, pero con vestimenta británica, que aun someten hoy a una parte de Irlanda. Y podríamos seguir recitando los crímenes de todos los regímenes democrático-burgueses (es decir, democracia para los explotadores, dictadura para los explotados) sin tener que hacer una sola referencia al fascismo. Porque ahogar en sangre a los proletarios conscientes, someter a través del terror a los pueblos, es la única ley que respeta la burguesía. Es justo señalar el terror que sigue al fascismo. Es reduccionismo, y contrario a la tesis marxista del Estado, enfrentar al fascismo el régimen parlamentario. Aquí entran en colusión los principios con la táctica. Se entra en el simplismo político al denominar fascismo a cualquier forma represiva que adopte un Estado burgués. Este signo, que se ha mantenido en el seno del movimiento comunista, lleva en la actualidad a observar, que las tareas políticas de la vanguardia comunista no han de estar encaminadas a reconstituir el Partido Comunista sino a forjar una especie de frente anti-fascista con otras clases que, consecuentemente no tendrán por objeto la construcción de las bases de apoyo (tarea del partido revolucionario), de la Revolución Socialista, sino que se pondrán por meta (aunque sea “volante”) la lucha por alguna suerte de Asamblea Constituyente o etapa republicana intermedia, repitiendo punto por punto, aunque esta vez con la experiencia suficiente para no caer en ella, la deriva por la que navegó el movimiento comunista. Por ello la cuestión del fascismo ha de quedar perfectamente clara. Una mala interpretación del carácter de clase del Estado lleva al proletariado a estrellarse contra el muro de la realidad y ha convertirse en apéndice de algún sector de la burguesía.

El frente interclasista, el Frente Popular, reviste el siguiente problema: Sólo cuando el proletariado está constituido en Partido Comunista puede permitirse hablar de alianzas en torno al poder, sean tácticas o estratégicas. Podemos partir de la premisa de que las secciones nacionales de la I.C. eran partidos de nuevo tipo, sino por sí mismos, por la existencia de la propia I.C. como partido mundial (aunque la consigna de “bolchevización” de los partidos comunistas lanzada por la I.C. en 1924 invita a reconocer los límites de tal premisa). En este caso un Partido Comunista puede y debe tener en cuenta el estado de la lucha de clases en el marco en que se desenvuelve, la correlación de fuerzas existentes y los objetivos por los que lucha cada clase social, incluidos los intereses concretos por donde navegue la Revolución. Un P.C. puede y debe manejar su táctica teniendo presente las contradicciones de la clase dominante y donde puede abrir la brecha, en un momento determinado, para debilitar la unidad del campo de la burguesía. Todo esto es válido y está en la esencia de toda organización revolucionaria. Pero todo esto parte de la premisa de la existencia del Partido, esto es, la incorporación del proletariado a la política como sujeto revolucionario, como sujeto independiente. La actividad del Partido Comunista (bolchevique) es un gran ejemplo. Los bolcheviques no tuvieron mayor problema en aliarse con sectores del campesinado y la pequeña burguesía (adopción del programa agrario eserista) para llevar a cabo la Revolución de Octubre. Esta alianza (con los eseristas de izquierda) no significaba que los bolcheviques renunciasen a implantar el socialismo en el campo de la mano de la dictadura revolucionaria de la clase obrera, es más, esta alianza tenía por objeto sentar las bases de tal socialización al permitir el derrocamiento del Poder burgués y el sometimiento de las clases poseedoras al Poder de los Soviets, ganados para la Revolución Socialista gracias a la labor bolchevique. Los bolcheviques no tomaron el Estado “burgués”, sino que lo destruyeron y las alianzas las gestionaron desde la imposición de la dictadura proletaria. Si seguimos el hilo histórico de la RPM nos encontramos con la revolución en China. El Partido Comunista de China se forjó entre el debate ideológico y el balance de las duras derrotas a que lo sometió la burguesía nacional china unida en el Kuomintang: El Partido, fundado en 1921[10], se alió con el Kuomintang en 1922 para forjar el frente unido que desarrolló la guerra civil contra los elementos de la burguesía burocrática china aliada del imperialismo. Pero esta organización inicia en 1927 la persecución de los cuadros comunistas, iniciándose el segundo período de guerra civil en la cual el P.C. va asentar su base en el campo movilizando a las masas con la guerra de guerrillas. En medio de la guerra civil, China ha de enfrentarse a un nuevo reto: la invasión del imperialismo japonés. Ante estos hechos la Comintern insta al P.C. a que vuelva a unirse al Kuomintang del mismo modo en que estuvo en 1922-27, como forma de aplicar en China el “frente popular” ¿Qué hicieron los comunistas chinos? Sellar una alianza anti-imperialista con el Kuomintang, ¿significaba esto bajar las bandera rojas y declinar ante un régimen burgués? Todo lo contrario, supuso mantener enfrentadas a dos fuerzas contrarrevolucionarias (el Kuomintang chino y el imperio japonés) permitiendo al Partido mantener intacta su independencia política y desarrollando, más y mejor, su trabajo propio en el terreno militar (el Ejército rojo desarrolla guerra popular contra Japón) implantando en las zonas donde se fusiona con las masas el Nuevo Poder, la democracia de los obreros y el campesinado.

En el caso ruso y chino se manejan las alianzas de tal modo que el proletariado revolucionario no queda atado a programas que le son ajenos, por el contrario, queda liberado para desarrollar su línea revolucionaria.

¿Qué es lo que hace la Comintern cuando propone y desarrolla los Frentes Populares?

La unidad inminente (en frentes únicos o incluso en partidos únicos proletarios) con la socialdemocracia de la II Internacional. Aun así, las tesis del frente popular siguen haciendo referencia a la cuestión de la independencia política de los comunistas:

“Naturalmente, los comunistas no pueden, ni deben renunciar, ni por un solo minuto, a su labor propia e independiente de educación comunista, de organización y movilización de las masas. Sin embargo, para asegurar a los obreros el camino hacia la unidad de acción, hay que conseguir sellar al mismo tiempo acuerdos a corto y a largo plazo sobre acciones comunes con los partidos socialdemócratas, los sindicatos reformistas y las demás organizaciones de los trabajadores contra los enemigos de clase del proletariado.”[11]

Pero todo el trabajo de los P.C. se circunscribe al ámbito de la organización de las luchas de resistencia de las masas, a que los comunistas sean los que mejor organizan la lucha sindical, la lucha por la defensa de los derechos democrático-burgueses, etc. Y la ofensiva, una vez se hallan “acumulado” las fuerzas necesarias (en la unidad de acción con la socialdemocracia) se lanzará en forma de huelga política, la táctica proletaria de la época previa a la existencia de los partidos de nuevo tipo:

“Debemos preparar sin descanso a la clase obrera para los cambios rápidos de formas de lucha, al variar las circunstancias. A medida que crezca el movimiento y se fortalezca la unidad de la clase obrera, tendremos que ir más lejos y preparar el paso de la defensiva a la ofensiva contra el capital, poniendo proa a la organización de la huelga política de masas. Condición obligada de una huelga semejante es que los sindicatos fundamentales de cada país sean enrolados en ella.”[12]

Ocurre con la cuestión del Poder algo similar. En las tesis del VII Congreso, la IC no reniega del poder soviético:

“(…) los comunistas somos partidarios del poder soviético, único poder capaz de emancipar a los obreros del yugo del capital. Pero, ¿queréis un gobierno laborista? Perfectamente. Nosotros hemos luchado y luchamos mano a mano con vosotros por derrotar al “gobierno nacional”. Estamos dispuestos a apoyar vuestra lucha por la formación de un nuevo gobierno laborista, a pesar de que los dos gobiernos laboristas anteriores no han cumplido las promesas hechas por el Partido Laborista a la clase obrera. No esperamos de este gobierno que se realicen medidas socialistas. Pero, en nombre de millones de obreros, le formulamos la exigencia de que defienda los intereses económicos y políticos más apremiantes de la clase obrera y de todos los trabajadores. (…)”[13]

Pero sin embargo propone el apoyo a un gobierno progresista con la esperanza de que este frene las medidas reaccionarias que está imponiendo la burguesía o en todo caso, si así no lo hiciese, las masas obreras que arrastraba el laborismo (la socialdemocracia británica), caerían tranquilamente en el colchón de los comunistas. Así se situaba la acción comunista totalmente subordinada a los intereses de otras clases sociales que por defecto darían a los comunistas la dirección de las masas. No hay construcción independiente de los mecanismos de la Revolución. El problema cardinal aquí es que los comunistas no sobrepasaban la labor de organizar las luchas por reformas junto a otras clases (la socialdemocracia ya hemos dicho, encuentra su base material en la aristocracia obrera) y no está construyendo paralelamente ninguna base política ni de Poder independiente de la burguesía y en los casos que lo hace (el Quinto Regimiento en España) pronto lo diluye en las formas de acción de otra clase (Ejército republicano). Y se espera de todo esto que las masas, por la justeza de las consignas, por el desarrollo de las cosas, caigan en brazos de los comunistas.

El problema de la IC no proviene de orquestar la alianza táctica con sectores de la burguesía (incluidos los socialdemócratas) en la lucha contra el fascismo, sino en elevar esta alianza a bloque de poder atando así las manos de la vanguardia revolucionaria y obligándola a cumplir con los programas de otras clases deshaciéndose de sus propios objetivos (contrario a la experiencia pretérita rusa y a la coetánea china). En vez de ser una alianza en la perspectiva de crear Poder Revolucionario se convierte en la alianza hacia un poder en el que se mantiene dicha alianza: en otras palabras; la alianza no se concibe como modo de permitir la ejecución de la dictadura revolucionaria del proletariado (independencia política de la clase obrera) sino para garantizar la pervivencia de una forma de dictadura de la burguesía (a lo sumo adjetivada de “nuevo tipo”[14]).

Fundamentos para el debate

La cuestión del fascismo y la lucha antifascista es parte fundamental en la historia del Movimiento Comunista Internacional. La valentía con la que millones de comunistas se lanzaron a la victoria frente a aquel, tiende a poner un velo ante muchos militantes que observan en el análisis marxista sobre aquel periodo un “peligro” para la memoria. Ver así las cosas es producto de la debilidad de nuestro movimiento, tomado por el oportunismo y cuya práctica política desatiende a las bases mismas sobre las que se constituyó el comunismo. Pues hacer balance de nuestra experiencia revolucionaria no debe plantearse ni como un medio para renegar de la historia ni como una forma de autocomplacencia. Hacer balance de la experiencia de la Revolución significa entresacar los elementos concretos y los generales de todo proceso, para poder abordar el próximo período de la Revolución Socialista desde las cotas ideológicas más elevadas, que son la garantía previa para cualquier empresa proletaria que se ponga por objeto no solo el derrocamiento del poder burgués, sino el desarrollo de la revolución socialista hasta sus últimas consecuencias. Frente a esto aún se erigen aquellos que se atan a una u otra “tradición” del movimiento para trasladar mecánicamente cualquier estrategia o táctica (incluso aunque demostrase su invalidez) para lo que suelen desembarazarse del análisis marxista y la contextualización que nos llevan siempre a unos elementos comunes que se han dado en cualquier proceso revolucionario: la construcción de la vanguardia a través de la lucha teórica y programática, la independencia política del partido comunista y la necesidad de ir construyendo un Poder revolucionario (que movilice a las masas) para destruir el poder del capital.

REVOLUCIÓN PROLETARIA

DICIEMBRE DE 2012

NOTAS


[1] En las generales de 2009, los nazi-fascistas griegos apenas consiguieron el 0,3 % de los votos. En mayo de 2012 llegaron al 7% (21 escaños) y en junio se mantuvieron en el 6,9% (18 escaños).

[2] Los imperialistas británicos a lo largo del siglo XIX defendían que la raza “anglosajona” por su superioridad estaba llamada a ser la raza civilizadora de los bárbaros. Tras la II GM Churchill mantendría esa lógica discursiva en la que los pueblos “de habla inglesa” debían extender su dominio global para frenar al bolchevismo. Los fascistas alemanes no hicieron más que acogerse a esta “tradición” y ponerla a funcionar bajo sus particulares intereses.

[3] Entre la Revolución de Octubre y el año 1923 se suceden gobiernos revolucionarios en varias regiones de Alemania, en Bulgaria, Hungría, Finlandia. En Italia este período se conoce como el Bienio Rosso, surge el movimiento de ocupación de fábricas y se produce la rebelión de Bersaglieri. En España los tres primeros años de la década del 20 se conocen como “trienio bolchevique” por la elevada y continuada capacidad de combate que mostró el proletariado del campo y la ciudad, todo esto precedido por los choques revolucionarios de la Huelga General de 1919.

[4] En un artículo anterior “A vueltas con Carrillo: El PCE y el revisionismo en el MCI” (Octubre 2012) realizábamos un análisis sobre la línea política del PCE tras la guerra civil, cuando el Partido asume todos los elementos “tácticos” y “estratégicos” del revisionismo: reniega de la dictadura del proletariado y de la lucha de clases para postularse como fuerza de orden para gestionar el desarrollo del capitalismo español.

[5] “Bajo las condiciones de la profunda crisis económica desencadenada, de la violenta agudización de la crisis general del capitalismo, de la revolucionarización de las masas trabajadoras, el fascismo ha pasado a una amplia ofensiva. La burguesía dominante busca cada vez más su salvación en el fascismo para llevar a cabo medidas excepcionales de expoliación contra los trabajadores, para preparar una guerra imperialista de rapiña, el asalto contra la Unión Soviética, para preparar la esclavización y el reparto de China e impedir, por medio de todo esto, la revolución.” G. Dimitrov, Informe ante en VII Congreso Mundial de la Internacional Comunista, 2 de agosto de 1935.

[6] La solución giolittiana, se refiere a la época de principios del siglo XX en la que  Giovanni Giolitti gobernó intermitentemente el país. Político liberal, su gestión se centraba en conciliar los intereses de la burguesía con los sectores organizados de clase obrera para suprimir las aspiraciones del proletariado revolucionario. Llegó a proponer a Palmiro Togliatti una cartera ministerial a la que renunció. No dudó en defender la acción fascista contra las organizaciones revolucionarias. (Nota de REVOLUCIÓN PROLETARIA).

[7] En la actualidad la política de reestructuración que lleva a cabo la burguesía ante su crisis se define como “desmantelamiento” del Estado, ya que se ve a éste como un dispensador de servicios públicos y no como un instrumento al servicio de la clase dominante. En esto se dan la mano revisionistas y socialliberales, siempre pendientes de la defensa de “lo público”.

[8] La socialdemocracia converge con la burguesía desde su bancarrota, en algunos casos antes. Cierto es que sociológicamente habrá sectores de la socialdemocracia que alberguen en sus filas a sectores proletarios que incluso se van a situar a la izquierda de la IC, caso de la izquierda del PSOE durante la guerra civil. Aunque, para ver el dificultoso marco de la época, quienes representaban a aquella izquierda, entre ellos Largo Caballero, venían de haber participado en los gobiernos primorriveristas.

[9] Tesis e Informe sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado, V.I. Lenin, 1919.

[10] El Partido Comunista de China se funda oficialmente en 1921, mas su constitución como partido de nuevo tipo se realiza tras la experiencia 1921-1927. Para una interpretación marxista de este período es recomendable estudiar el trabajo “China 1927. De la insurrección a la guerra popular” El Martinete nº 20, 2007.

[11] G. Dimitrov, Informe ante en VII Congreso Mundial de la Internacional Comunista, 2 de agosto de 1935.

[12] Ibídem.

[13] Ibíd.

[14] “Ese régimen, por el establecimiento y desarrollo del cual luchó el Partido Comunista era la República Democrática que en el transcurso de la guerra fue convirtiéndose, en virtud de las transformaciones realizadas, en una República de nuevo tipo: no era la del 14 de abril, pero no era tampoco una República Socialista.”  Historia del PCE, EditIons Sociales, 1960