Significado de los acontecimientos en Nepal (extracto de un texto del MAI)

Nota de Revolución o Barbarie: El siguiente artículo es un fragmento extraído del texto de los camaradas del MAI titulado Respuesta al grupo Reconstrucción. Algunas consideraciones sobre el maoísmo. Se puede leer el texto completo en el siguiente enlace.

1Significado de los acontecimientos en Nepal

Éste es el punto de vista desde el que el MAI observa al maoísmo, y creemos que con ello demostramos más respeto hacia él que muchos acólitos fanáticos que no hacen otra cosa que desprestigiarlo haciendo gala de su absoluta falta de sentido crítico y de honestidad intelectual. Porque empecinarse en salvar al maoísmo de toda mácula después de todo lo que ha ocurrido en la historia del movimiento comunista internacional, sobre todo desde 1976, es absurdo; pretender desvincular la derrota política –temporal, pero derrota al fin y al cabo– del proletariado a escala mundial de toda connotación e implicación ideológica, resulta hasta obsceno. Sólo en el mundo de las quimeras idealistas los avatares políticos no salpican a la esfera de las ideas, ni los fracasos de los proyectos políticos arrastran a las doctrinas que los inspiraron. Este punto de vista no es propio de materialistas, ni de marxistas; ni siquiera ya de quienes no saben entender lo que ven o leen, sino de auténticos ciegos. Pero, los hechos son tozudos y a ellos nos remitimos. Ahora no se trata ya de las consecuencias teóricas que, para el maoísmo como doctrina, pudo acarrear la derrota de la Gran Revolución Cultural Proletaria, ni de las vicisitudes que le han acompañado desde la caída del Presidente Gonzalo, en 1992; ahora se trata de algo inaudito cuyas consecuencias, de largo alcance, no pueden ser desdeñadas por más tiempo. Ni siquiera por ustedes. Nos referimos al giro liquidacionista protagonizado por el Partido Comunista de Nepal (maoísta) [PCN(m)]. El latrocinio perpetrado contra la revolución por este partido ya no puede ser atribuido a la traición de alguno o algunos dirigentes, o a un error táctico, etc. Este tipo de explicaciones o excusas ya no es suficiente. Es preciso profundizar más en el análisis de las causas de esta nueva manifestación de revisionismo y liquidacionismo revolucionario, hasta escudriñar en los postulados mismos que conforman algunos de los pilares básicos del paradigma revolucionario que fue forjándose a lo largo del Ciclo de Octubre y cuya última y máxima expresión es el maoísmo. Ésta es nuestra opinión y, aunque aquí no ahondemos en ello, sí expondremos los rasgos, tan peculiares como insólitos, que indican que, con el caso nepalí, nos encontramos ante un hecho que no puede ser despachado, al viejo estilo, como otra desviación más del justo camino. Los nuevos síntomas que presenta esta última manifestación del fenómeno del revisionismo denotan una enfermedad distinta y más grave; presentan, más bien, un cuadro clínico en fase terminal que obliga a pensar que lo que está ante nuestros ojos es el punto final de algo. Y es sobre esto que los comunistas debemos reflexionar seriamente.

En primer lugar, jamás en la historia de la Revolución Proletaria Mundial el partido de la revolución recurrió a una maniobra de repliegue estratégico, ni a un cambio de alianzas que supusiese el acercamiento a fuerzas conservadoras y el simultáneo alejamiento de importantes sectores de las masas trabajadoras, como en este caso, cuando las fuerzas revolucionarias disfrutaban de una situación franca y favorable de ofensiva estratégica; nunca el partido revolucionario ha optado por la vía pacífica, desistiendo de tomar el poder por las armas cuando ha estado en condiciones de hacerlo. Es la primera vez que ocurre en nuestra historia, la cual, en todo caso, está plagada de infructuosos intentos de asalto violento del poder, oneroso precio que el proletariado internacional ha querido pagar por perseverar en la línea correcta para conquistarlo.

Es cierto, por otra parte, que, en su último análisis, con el que pretendía justificar la liquidación de la guerra popular, el PCN(m) redimensionó el papel del contexto internacional de hegemonía y ofensiva del imperialismo yanqui, exagerando tanto las dificultades que impondría la injerencia exterior y cubriendo de tan malos presagios un hipotético triunfo de una revolución aislada en Nepal que trocaron el optimismo de la ofensiva estratégica de la guerra popular en pesimismo y, sucesivamente, en cobardía y claudicación. En estos términos, los nuevos parámetros políticos del PCN(m) ponen al proletariado internacional ante una paralizante paradoja: si la Revolución Proletaria Mundial avanza desde la ruptura de los eslabones débiles de la cadena imperialista, constituyendo bases de apoyo revolucionarias en condiciones de cerco imperialista, y si solamente con la extensión de este principio pueden crearse condiciones internacionales favorables, entonces, la exigencia de que se cumpla como condición y requisito de la acción política lo que no es sino consecuencia o resultado de la puesta en marcha del mecanismo de la revolución mundial, supondrá que ésta sea abortada y quede detenida antes de comenzar. Esperar a la ofensiva del proletariado internacional para iniciar o consumar mi ofensiva nacional es absurdo, pues aquélla depende de que la suma de ofensivas locales permita que la defensiva proletaria a escala mundial pueda transformarse en ofensiva en el plano internacional. Y lo peor y más grave, por extravagante y nunca visto, es que este absurdo con regusto trotskista-menchevique se lo ha planteado el PCN(m) al movimiento comunista internacional no como plan o como problema teórico, sino como solución práctica que no admite apelación.

1Si rendir las armas a las puertas mismas de la victoria es algo insólito en nuestro movimiento, no menos inusitado resulta el hecho de que, también por primera vez en nuestra historia, el partido revolucionario asuma la responsabilidad de sostener al viejo Estado. Es verdad que el partido obrero ha participado, históricamente hablando, en gobiernos burgueses; también es cierto que incluso la Internacional Comunista avaló esta posibilidad; sin embargo, desde los gobiernos de Frente Popular, en los años 30, hasta el Gobierno Allende, nunca soportó el proletariado la mayor parte de la responsabilidad en la gestión del Estado reaccionario. Nunca fue tan grande la concesión hecha a la burguesía como la que ha realizado el PCN(m) al integrarse en el sistema legal con el fin de protagonizar y cargar con la responsabilidad de la refundación constitucional del Estado reaccionario nepalí. En la historia de nuestro movimiento sólo hay un precedente en esto, que es el que nos permitirá situar la tercera peculiaridad original del caso nepalí: el gobierno encabezado por el socialdemócrata Ebert, con el que el SPD contribuyó de manera destacada a la refundación del Estado imperialista alemán, en 1918-1919. Pero, a diferencia de los traidores y asesinos socialpatriotas de la República de Weimar, en Nepal es el ala extrema de la revolución quien ejercerá el papel de verdugo de la misma comprometiéndose en la reconstitución del viejo poder. Una constante que se repite en la historia de nuestro movimiento consiste, precisamente, en que siempre que ha tenido lugar uno de esos vergonzosos episodios de colaboracionismo, por parte de algún sector de la clase obrera, hubo en cambio un ala izquierda que denunció y rompió con esa política o que, al menos, buscó y aplicó una verdadera línea revolucionaria, manteniendo en alto el estandarte de la lucha de clases proletaria por el comunismo. Desde que A. Millerand inaugurase la funesta tradición del oportunismo político en nuestro movimiento, entrando en el Gobierno Waldeck-Rousseau, en 1899, hasta los ministerios comunistas que el partido de G. Marchais encabezó en varios gobiernos franceses en los 80 del siglo pasado, siempre hubo alguna corriente organizada y con cierta influencia política a la izquierda del movimiento comunista internacional desde la que se combatió ese oportunismo y desde la que, aplicando lucha de dos líneas, se desarrolló la línea proletaria revolucionaria. Incluso cuando la Komintern realizaba sus llamamientos a los frentes nacionales antifascistas con la burguesía, el Partido Comunista Chino mantenía su independencia del Kuomintang y organizaba formas nuevas de poder popular en sus bases de apoyo, experiencia que será la semilla de la línea roja futura cuando, tras la liquidación de la Internacional, el PCUS y sus satélites caigan en el revisionismo moderno en sus distintas versiones. Pero, en Nepal, esto cambia. Lo insólito y, a la vez, lo original de este caso consiste en que es el PCN(m) quien representa la línea roja, en que no hay nadie más a su izquierda. El PCN(m) ha representado, hasta aquí, al partido extremo de la revolución, a la forma más avanzada de la revolución proletaria, tanto en su ideología como en su línea política. En el movimiento obrero y comunista internacional actual no hay nada más allá del PCN(m), no hay nada a la izquierda del partido maoísta nepalí aplicando Guerra Popular y del Ejército Popular de Liberación en ofensiva estratégica. Esto es –o era– el non plus ultra de la revolución hoy en día. Ni siquiera el PCP o el Partido Comunista de la India (maoísta), que prosiguen Guerra Popular, pueden comparársele u ofrecerse como alternativa, pues, hasta el momento del giro revisionista, estos partidos defendían exactamente la misma línea ideológica, política y militar que el PCN(m), sólo que menos desarrollada en su aplicación. Y es nada menos que este partido, el buque insignia de la revolución, el que protagoniza el último episodio de conciliacionismo y renuncia revolucionaria. Este hecho inaudito sólo puede tener consecuencias de gran calado: es la señal definitiva que se suma a la lista de pruebas que demuestran como irrefutable y consumado algo que, por lo demás, era ya harto evidente: el agotamiento de la ideología y de la política que ha dominado una época de la historia de la clase obrera, el final, en suma, de todo el ciclo histórico que abrió la Revolución de Octubre.

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