Octubre: lo viejo y lo nuevo

1

“Pero lo que sucumbía en estas derrotas no era la revolución. Eran los tradicionales apéndices prerrevolucionarios, las supervivencias resultantes de relaciones sociales que aún no se habían agudizado lo bastante para tomar una forma bien precisa de contradicciones de clase: personas, ilusiones, ideas, proyectos de los que no estaba libre el partido revolucionario…”

K. Marx

 

Este año se cumple el 90º aniversario de la Revolución Socialista de Octubre, acontecimiento cardinal en la historia revolucionaria de nuestra clase. Ante la previsible avalancha de panegíricos irreflexivos y lugares comunes por parte de los grupos que aún se reclaman de esta tradición, el MAI quiere marcar distancias. Si por un lado nos mantenemos intransigentes en la defensa de Octubre, sus principios y el luminoso camino que señaló a los pueblos del mundo, por otro, fieles a nuestro compromiso con el Balance histórico de la revolución y la lucha de líneas, queremos presentar ante la vanguardia una serie de reflexiones. Siempre, por supuesto, con la vista puesta en la reconstitución del comunismo, en el rearme ideológico y político de nuestro movimiento, llamado a encabezar la superación revolucionaria de la sociedad de clases.

No obstante, vamos a realizarlo sin ánimo de exhaustividad, centrándonos en un prisma particular, desde lo que podemos entresacar para la línea militar proletaria. La insurrección de Octubre sigue siendo la guinda del imaginario insurreccionalista, imaginario en el que pocos creen fundadamente, y al que se aferran los negadores del Balance, a pesar de haber demostrado reiteradamente su fracaso. Por otra parte, para los que defienden la correcta línea de Guerra Popular Prolongada (GPP) como estrategia universal del proletariado, Octubre siempre ha constituido un problema difícil y que suelen soslayar, ya que también comparten muchos de los presupuestos kominternistas . Y ciertamente, Octubre es un tema complejo en el que concurren muchas particularidades políticas e históricas. Las reflexiones que sustentan la argumentación del presente artículo buscan estimular el debate entre ese sector de la vanguardia que defiende la estrategia de GPP.

Algo sobre las premisas históricas de Octubre y el viejo paradigma revolucionario

Octubre representa un acontecimiento histórico trascendental, el inicio de la era de la revolución proletaria, y la madurez histórica de la clase obrera como clase revolucionaria que, estruendósamente, pone sus aspiraciones sobre el tapete de la historia. No obstante, creemos que para entender cabalmente un acontecimiento de tan profundo calado nos tenemos que remitir obligatoriamente al pasado que le sirve de base y de sustento.

El siglo XIX está indeleblemente marcado por la revolución burguesa, que es el contexto político donde se enmarca la conformación del proletariado como clase. Durante esta centuria se puede hablar de una alianza entre un proletariado en formación, poco consciente y organizado, y el ala democrático-revolucionaria de la burguesía, que instrumentalizará esta base de masas en función de sus intereses, y, de forma más general, de los intereses de la burguesía. Engels, en su Introducción a Las luchas de clases en Francia (1848-1850) de Marx, hace un somero balance de estas luchas:

“(…) todas las revoluciones se habían reducido al derrocamiento y sustitución de una determinada dominación de clase por otra; pero todas las clases dominantes anteriores sólo eran pequeñas minorías, comparadas con la masa del pueblo dominada. Una minoría dominante era derribada, y otra minoría empuñaba en su lugar el timón del Estado y amoldaba a sus intereses las instituciones estatales. Este papel correspondía siempre al grupo minoritario capacitado para la dominación y llamado a ella por el estado del desarrollo económico y, precisamente por esto y sólo por esto, la mayoría dominada, o bien intervenía a favor de aquélla en la revolución o aceptaba la revolución tranquilamente. Pero, prescindiendo del contenido concreto de cada caso, la forma común a todas estas revoluciones era la de ser revoluciones minoritarias. Aun cuando la mayoría cooperase a ellas –consciente o inconscientemente– al servicio de una minoría; pero esto, o simplemente la actitud pasiva, la no resistencia por parte de la mayoría, daba al grupo minoritario la apariencia de ser representante de todo el pueblo.

Después del primer éxito grande, la minoría vencedora solía escindirse: una parte estaba satisfecha con lo conseguido; otra parte quería ir todavía más allá y presentaba nuevas reivindicaciones, que, en parte al menos, iban también en interés real o aparente de la muchedumbre del pueblo. En algunos casos, estas reivindicaciones más radicales prosperaban también; pero con frecuencia, sólo por el momento, pues el partido más moderado volvía a hacerse dueño de la situación y lo conquistado en el último tiempo se perdía de nuevo, total o parcialmente; y entonces, los vencidos clamaban traición o achacaban la derrota a la mala suerte. Pero, en realidad, las cosas ocurrían casi siempre así: las conquistas de la primera victoria sólo se consolidaban mediante la segunda victoria del partido más radical; una vez conseguido esto, y con ello lo necesario por el momento, los radicales y sus éxitos desaparecían nuevamente de la escena.”1

Este convulso proceso culminará con la consolidación del poder político de la burguesía en las principales naciones de la Europa occidental, aún con una mayor o menor fusión con los viejos grupos dominantes. A partir de 1848 se da un proceso de expansión sin precedentes de la base económica y de las relaciones sociales capitalistas. Este periodo, más o menos pacífico, supone un espaldarazo al desarrollo histórico del proletariado como clase, que se realiza en base a sus demandas parciales, cohesionándose políticamente sobre la base de su posición económica, y por tanto, sin poder subvertirla. Es la época que cristalizará con la formación de los partidos socialdemócratas, aglutinadores de masas y representantes genuinos de la conciencia en sí proletaria.

Recapitulando, el ámbito en que el proletariado decimonónico se mueve políticamente oscila entre su conformación y cohesión sobre la base económica capitalista y sus ruidosas apariciones en la palestra de la crisis política de la mano de la burguesía revolucionaria, aunque, siempre puntualmente, pueda con su empuje espontáneo rebasarlo. Es decir, son siempre factores externos a su propia conciencia revolucionaria, necesariamente inmadura –las relaciones socioeconómicas capitalistas y su alianza de clase con la burguesía revolucionaria–, las que le proporcionan sus primeras experiencias políticas e históricas. Acotamos que esto es fruto de un inevitable proceso de maduración como clase, base ineluctable y necesaria de su desarrollo revolucionario posterior. No obstante, estos primeros y, si se nos permite, intrauterinos aprendizajes en la lucha de clases marcarán indeleblemente –casi lo podríamos llamar un estigma de nacimiento– un sustrato muy profundo en la concepción proletaria del mundo y en el modo de afrontar el hecho revolucionario, sustrato que en gran medida subsiste y que es necesario depurar como condición sine qua non para la apertura del próximo Ciclo revolucionario.

Podemos definir estos elementos como, por un lado, en el sustrato filosófico-ideológico, el kautskismo. Kautsky es el vulgarizador del marxismo en el movimiento obrero y el que más contribuye a adaptarlo a estas particulares condiciones históricas. El kautskismo (realmente el marxismo de la época) es la plasmación más acabada y sistematizada en lo ideológico de la hipoteca que esta alianza entre la burguesía revolucionaria y el proletariado va a suponer; alianza que se sellará a medida que las principales luminarias intelectuales del proletariado se concentran en el combate contra el idealismo filosófico, y que acabará entronizando como razón absoluta y principal fuente de conocimiento al producto genuino de la concepción burguesa del mundo, la ciencia. Este proceso se verá facilitado por la aversión que los fundadores de la cosmovisión proletaria, especialmente Marx, van a sentir por la sistematización de su pensamiento. Sucintamente, los efectos ideológicos de esta inmadura alianza se van a plasmar, cada vez más acentuadamente, en un sacrificio de la dialéctica a favor del mecanicismo, el determinismo economicista, un evolucionismo de corte darwinista y, como corolario, la fe en la inevitabilidad del progreso social.2 La culminación lógica de este proceso y que, aún a pesar de que en la época causara gran escándalo, acabará hegemonizando la socialdemocracia –y, andado el tiempo y por la incapacidad de superar su crisis, también al comunismo– fue el revisionismo bernsteiniano.

Por otro lado, un contexto en que el proletariado se encuentra en un proceso histórico de conformación en base a sus luchas económicas y demandas parciales y repentinamente se ve abocado al combate, casi siempre con las armas en la mano, por la crisis política producida por la revolución burguesa (la revolución de 1848 3, hito decimonónico, es un ejemplo prístino) será determinante en la conformación de su subconsciente político en cuanto al cómo afrontar el hecho revolucionario.

El resultado de estos factores históricos es una visión en la que el proletariado acumula fuerzas mediante sus demandas parciales en paciente espera del estallido social, en la visión determinista-economicista fruto por excelencia de una crisis económica, crisis que le viene dada desde fuera, y que le da las condiciones para el asalto al poder, que en este imaginario quedará esencialmente reducido a una insurrección. Así, el proletariado es un espectador pasivo en la crisis social, quedando su papel político activo reducido a elegir el momento oportuno para el putsch . Es evidente que ambos aspectos, el filosófico-ideológico y el político- golpista (más que revolucionario), no se injertan artificialmente, sino que son complementarios, siendo el segundo la consecuencia política lógica del primero.

Así pues, el insurreccionalismo como colofón necesario de una concepción economicista, determinista y fatalista (inevitabilidad del progreso social o, lo que es lo mismo, derrumbe capitalista). Todo ello, a pesar de que Engels en su ya citada Introducción –en realidad un balance de la experiencia proletaria decimonónica, escrita en los momentos finales de su vida y de la centuria (1895), como digno y genial cofundador de nuestra ideología– ya prescribía la caducidad de las concepciones insurreccionalistas:

“Pues también en este terreno habían cambiado sustancialmente las condiciones de la lucha. La rebelión al viejo estilo, la lucha en las calles con barricadas, que hasta 1848 había sido la decisiva en todas partes estaba considerablemente anticuada.

No hay que hacerse ilusiones: una victoria efectiva de la insurrección sobre las tropas en la lucha de calles, una victoria como en el combate entre dos ejércitos, es una de las mayores rarezas.” 4

El proletariado no saldará cuentas consecuentemente con estas concepciones, fruto de un contexto histórico y político-cultural muy concreto, y seguramente necesario dado el proceso de conformación en la que estaba inmersa nuestra clase, y, a través de la II Internacional, pasará en gran parte a Lenin y los bolcheviques.

Los bolcheviques y el camino a Octubre

Hemos visto como en la yuxtaposición histórica de la revolución burguesa y la revolución proletaria en Occidente muchos elementos políticos e ideológicos burgueses pasaron, como no podía ser menos dada la reiterada inmadurez de nuestra clase, sin criba al imaginario proletario. En Rusia el panorama se complica ya que aquí este encadenamiento de tareas revolucionarias históricas se da también, fruto del atraso socioeconómico ruso, en el plano político.

De nuevo, aquí tenemos una alianza entre la burguesía liberal y el proletariado, alianza que de nuevo tendrá diversas plasmaciones ideológicas. No obstante, la debilidad e impotencia de la burguesía rusa y la consistencia del proletariado internacional hacen que, de la mano de la creciente mundialización de las relaciones capitalistas, que anuncia ya el imperialismo, la plasmación ideológica de esta alianza bascule más hacia el proletariado, es lo que se denominó marxismo legal .

Hallamos aquí una socialdemocracia excepcionalmente madura, que es fruto, por un lado, de la recepción, con una avidez voraz rara en la historia, por parte de la intelectualidad progresista rusa, de las corrientes más avanzadas del pensamiento occidental, que finalmente entronizará al marxismo; y por otro lado, de un ambiente de crisis social y política, producto del impacto de los profundos cambios económicos y sociales que el edificio autocrático del Estado ruso se ve incapaz de asimilar. Es decir, un ambiente en el que se respira la necesidad de revolución.

Éstas son las circunstancias que verán forjarse el bolchevismo en el seno de la socialdemocracia rusa (corriente que no tiene equivalente en los otros partidos de la II Internacional, salvo más o menos débiles elementos izquierdistas). El bolchevismo representa genuinamente al proletariado revolucionario, ya que si bien parte de las mismas premisas ideológicas que el resto de la socialdemocracia 5, se va a desarrollar en lucha contra buena parte de ellas, plasmadas y sistematizadas en el menchevismo, en tanto obstaculizaban la labor del proletariado y el desarrollo de la revolución rusa. Ahí se encuentran los éxitos y limitaciones del bolchevismo, ya que su lucha ideológica va a ser fundamentalmente política, contra los posicionamientos políticos que, fruto de esas premisas, obstaculizaban el desarrollo revolucionario, y no tanto un combate global, de fondo, contra el sustrato filosófico que sustenta esas tesis políticas.

Es interesante observar que estos desarrollos del marxismo, y, por ende, del movimiento revolucionario, son siempre el resultado de poner el acento en el factor consciente de la revolución. Así, por ejemplo, el menchevismo, fiel al mecanicismo determinista dominante en la socialdemocracia, consideraba que, puesto que la revolución pendiente era burguesa, era a la burguesía a la que le correspondía la iniciativa política, debiendo limitarse el proletariado a la posición de pasiva comparsa en espera de que, con el desarrollo del capitalismo, le tocara el turno de su actividad independiente (actividad que, vistas las concepciones socialdemócratas que ya hemos señalado, sería, de todos modos, muy limitada). Así, y enlazando con lo que hemos visto en Occidente, el menchevismo se convertía objetivamente en un producto ideológico de la alianza, y la supeditación, del proletariado con la burguesía. Lenin, por el contrario, y observando las experiencias europeas y de la revolución de 1905, niega esta iniciativa a la burguesía y considera que el proletariado debe ser el dirigente de la revolución democrática, en alianza con el campesinado, y que será capaz de dirigir conscientemente la resolución de las tareas burguesas pendientes, para pasar seguidamente, y en idónea posición, a la Revolución Socialista. Acuñará así la consigna dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado.

La elección de afrontar consecuentemente la revolución será la causa de otras controversias con el menchevismo y en el seno de la socialdemocracia internacional, como en el caso del debate en torno al partido revolucionario, pieza fundamental del leninismo. Será en el curso de éstas y otras controversias ideológicas como los bolcheviques irán forjando el genuino partido proletario de nuevo tipo.

Ésta es precisamente una de las enseñanzas universales del bolchevismo. El partido se constituye desde la ideología, en torno a la cual se desarrollan las formas organizativas, que son más elásticas y deben adaptarse a multitud de situaciones concretas. Los críticos burgueses y casi siempre los comunistas no han sabido comprender la esencia del partido de nuevo tipo leninista, centrándose en el aspecto orgánico y formal de la “organización disciplinada de revolucionarios profesionales”, el “centralismo”, etc. Todo ello es cierto pero sólo atiende a un aspecto, es unilateral y, por tanto, incorrecto, haciendo caer a los revolucionarios en un estrecho organizativismo que se ha mostrado asfixiante. Lenin en su célebre ¿Qué hacer? trata en profundidad sólo un aspecto de la contradicción que realmente constituye el partido, que es la que se establece entre vanguardia y masas. En esta obra este conjunto está enfocado de forma más implícita que explícita. El propio Lenin se verá obligado a explicarlo más detenidamente a algunos camaradas. En una carta, fechada el 2 de agosto de 1902, a P. G. Smidovich, podemos leer:

“Pero es un error suyo encontrar una antítesis absoluta donde yo sólo establezco una gradación y señalo los límites de los últimos eslabones de esa gradación. Pues aparece toda una cadena, empezando por un puñado de personas que forman el núcleo rigurosamente clandestino y bien entrelazado de revolucionarios profesionales (el centro) y terminando por la ‘organización’ de masas ‘sin afiliados’.

Yo sólo señalé la orientación en el carácter cambiante de los eslabones: cuanto mayor sea el carácter de “masas” de la organización, menos definidamente organizada y menos clandestina debe ser; esa es mi tesis. Pero usted interpreta que significa ¡¡que entre las masas y los revolucionarios no se precisan intermediarios!! ¡Pero si toda la esencia está en esos intermediarios! Y puesto que yo señalo las características de los últimos eslabones y subrayo ( y subrayo con fuerza ) la necesidad de que existan eslabones intermedios, es evidente que estos últimos estarán ubicados entre la ‘organización de revolucionarios’ y ‘la organización de las masas’…” 6

Ésta es la verdadera esencia orgánica del partido proletario de nuevo tipo, que, como vemos, no sólo no corresponde ni al típico partido de masas socialdemócrata (propio de la época histórica de acumulación de fuerzas de clase) ni y a la estrecha organización de la vanguardia (que acabó predominando entre las secciones de la Komintern), sino que las niega, incluyéndolas a un nuevo nivel. La experiencia bolchevique, realmente de uno de los escasos partidos proletarios de nuevo tipo que se han constituido en la historia, además demuestra que el pilar fundamental de su construcción es la ideología revolucionaria.

La historia del bolchevismo hasta 1917 es fundamentalmente (lo que no excluye otros aspectos) la historia de las disputas en torno a las grandes cuestiones de la revolución: el partido, la estrategia revolucionaria, el parlamentarismo, la cuestión nacional, la guerra, el Estado… Es en la victoriosa resolución de estos debates como la línea revolucionaria bolchevique se va dotando de los instrumentos orgánicos que le permitirán afrontar el reto revolucionario. De hecho, el protagonismo bolchevique en los acontecimientos y crisis que sacuden al imperio zarista hasta 1917 es bastante marginal –casos puntuales, como su destacada participación en la insurrección de Moscú de diciembre de 1905, en la que también participan los mencheviques–, y, en todo caso, posterior al desencadenamiento de las crisis. Que no se colija de aquí que los comunistas debemos ausentarnos del mundo, como vociferarán los corifeos caricaturizadores de líneas políticas, pero lo cierto, y es lo que se desprende de las experiencias que más laureles han depositado sobre la cabeza de nuestra clase, la ideología revolucionaria debe estar siempre al mando. Ésta, a medida que se va constituyendo el partido, se va haciendo progresivamente inteligible para las masas, hasta culminar con la formulación del Programa, exposición de la necesidad de su dictadura de clase para satisfacer sus demandas y primer eslabón en la cadena que conduce al Comunismo.

La exitosa y completa forja del principal instrumento revolucionario es la clave fundamental de Octubre y del triunfo bolchevique.

Por otro lado, la existencia de un potente movimiento espontáneo de masas es debido a particulares condiciones, históricas generales (la irradiación en el conjunto de la sociedad de unos modos político-culturales fruto de una revolución burguesa ya caducada históricamente), y concretamente rusas (la crisis crónica de un Estado incapaz de asimilar los profundos cambios estructurales de la sociedad rusa), condiciones que ya no pueden existir, lo cual no hace sino confirmar este diagnóstico sobre la vital importancia de la ideología revolucionaria.

Octubre: propuesta para una nueva perspectiva

Sentada ya la innegable importancia del partido de nuevo tipo, tanto general como en el caso particular de Octubre, y dibujados algunos elementos para su correcta comprensión, vamos a concentrarnos en el punto central de la cuestión: la Revolución de Octubre.

De Febrero a Octubre

La derrota de la revolución de 1905 había supuesto la contraofensiva de la reacción. Las organizaciones revolucionarias tuvieron que conocer el arte del repliegue y el movimiento espontáneo de masas sufrió una repentina parálisis y quedó muy debilitado. La masacre del Lena en 1912, donde las tropas zaristas masacraron a centenares de mineros, parecía volver a ponerlo en marcha, pero agosto de 1914 y el estallido de la guerra imperialista ahogó al movimiento entre fervores patrióticos. La guerra determinó dos acontecimientos fundamentales.

Por un lado, mostró hacia dónde lleva la política de “acumulación fuerzas” sin una sólida perspectiva. A pesar de todas las pomposas declaraciones de la socialdemocracia internacional de “impedir la guerra”, “combatir la guerra con la guerra”, “usarla para acelerar el derrumbe del capitalismo”… (Stuttgart en 1907, Basilea en 1912), los líderes de la II Internacional levantaron la bandera de la “unión sagrada” y condujeron a los obreros de sus respectivos países a la carnicería fratricida. Sólo los bolcheviques y algunas débiles facciones izquierdistas mantuvieron en alto la bandera del internacionalismo y lanzaron la consigna de transformar la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria . La bancarrota de la II Internacional y la escisión histórica del movimiento obrero en dos alas (de la que, por cierto, no se suelen sacar las consecuencias políticas pertinentes) estaba servida.

Por otro lado, el inicio de la guerra supuso el principio del fin de la autocracia zarista. Desde fuera, el aparato militar zarista parecía impresionante. Era el mayor ejército de Europa (lo que en la época quería decir del mundo) y parecía modernamente equipado. Sin embargo, todo era fachada y el ejército ruso, producto de una arcaica organización social y política, pronto empezó a descomponerse por los golpes de la guerra. Lo único que no le faltaba era carne de cañón, y los generales rusos economizaban poco su empleo. El ejército ruso es, con diferencia, el que más bajas sufrió durante la guerra, lo cual sólo podía ir en detrimento de la situación interior. Este callejón sin salida en el que el poder terrateniente-feudal zarista se encontraba al verse inmerso en la guerra imperialista lo resume la célebre frase, pronunciada ya en 1915 por el ministro de la Guerra, general Polivanov: “Confío en la dilatada extensión intransitable de nuestro territorio, en los pantanos inacabables y en la misericordia de San Nicolás de Mirlik, protector de la santa Rusia.” 7 ¡Recetas medievales para los problemas de una guerra moderna! Es difícil encontrar en la historia una confesión más descarnada de la inviabilidad y la quiebra de un sistema.

A ello podemos sumar la ineptitud de la camarilla dirigente que no veía forma de superar la crisis. Las tentativas de buscar una paz por separado y el golpe palaciego contra Rasputín no sólo no solucionaron la crisis de la monarquía, sino que agravaron las contradicciones con el capital financiero internacional británico y francés. La crónica crisis interior de la autocracia, agravada por el gran desarrollo capitalista de Rusia desde 1905, no hizo sino exacerbarse por los horrores, sufrimientos y privaciones de la población rusa.

Estos factores despertaron de nuevo el movimiento espontáneo de masas. Manifestaciones y huelgas iban en aumento. Durante enero y febrero el número de huelguistas alcanzó los 680.000. El estallido revolucionario se produce el 12 de marzo.8 Las tropas se niegan a disparar contra los obreros en Petrogrado y estalla la insurrección. Tres días después expiran, con pocas lágrimas, varios siglos de autocracia feudal y se proclama la república.

La burguesía rusa, siempre timorata, corre a llenar el vacío creado y se forma un gobierno provisional. No obstante, para contener el movimiento de masas que tan espectacularmente había barrido una secular monarquía se ve también obligada a buscar mecanismos para canalizarlo. Éste es el origen de los soviets en 1917:

“El Soviet de Petersburgo se consideraba conscientemente como heredero de su antecesor de 1905. De todos modos se diferenciaba ya por su forma ya por las circunstancias de su fundación claramente del anterior. Mientras que el consejo de diputados obreros de 1905 creció directamente de las huelgas masivas para mantenerlas y dirigirlas, el nuevo soviet se formó cuando el levantamiento revolucionario ya había ganado en la capital el predominio. La iniciativa para su fundación se encontraba –en contraposición a 1905– sobre todo, en algunos dirigentes políticos (de los grupos obreros, de los delegados de la Duma), que intentaban formar, en el momento del derrumbamiento del antiguo régimen, una especie de ‘gobierno de reserva clandestino’.” 9

A pesar de su insufrible tono antibolchevique, la obra de Anweiler tiene el mérito de ofrecernos una muy detallada narración de la historia de los soviets y de sus vicisitudes, así como gran cantidad de datos concretos. Así, como bien explica, la iniciativa en la formación de los soviets no parte, como en 1905, espontáneamente de las masas, sino que es obra de los dirigentes mencheviques y eseristas, apéndices confesos en su línea política de la burguesía liberal. Lo que nos interesa resaltar es que estos organismos, llamados a ser la base del Nuevo Poder, no surgieron, en la experiencia rusa, en ningún caso por la iniciativa del proletariado revolucionario, del Partido Bolchevique. En 1905 surgen como producto, en unas muy determinadas condiciones históricas y políticas, de la respuesta de las masas ante el traumático agravamiento de la crisis social. No obstante, están sometidos, por ser su producto genuino, a ésta, dependen de estos condicionantes sociales y políticos, siendo por sí solos incapaces de incidir decisivamente en el agravamiento de la crisis. La experiencia de 1905 demuestra que el movimiento espontáneo dejado a su suerte está condenado a ser derrotado una vez que el enemigo, de forma más o menos dificultosa, consigue estabilizarse. Febrero de 1917, por su parte, nos habla de la capacidad de la burguesía, por muy pusilánime que sea como en el caso ruso, para canalizar el movimiento espontáneo, aún utilizando sus organismos genuinos (es de señalar el enorme prestigio que en el imaginario obrero ruso habían acumulado los soviets desde 1905). De hecho, tendrá que ser un factor externo, el Partido Bolchevique, el que haga que la balanza de la crisis se incline hacia la revolución proletaria.10 Dejemos sentado pues, que el derrumbamiento de la autocracia y la formación de los soviets, es decir las bases del Nuevo Poder, no parten de la iniciativa del partido revolucionario, sino que son producto de los condicionantes sociales y políticos dominantes –queda en el marco burgués, por tanto–, e incluso de la iniciativa de la clase antagonista.

A partir de aquí se inicia una de las características específicas de la Revolución rusa: la etapa del doble poder, de la coexistencia relativamente pacífica de dos poderes.

En un principio, los principales dirigentes bolcheviques en Petrogrado no captan claramente las características de la nueva situación. 11 A su llegada a la ciudad epicentro de la revolución, a finales de marzo, Kamenev y Stalin 12 tomarán la vieja consigna de dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado .

La llegada de Lenin a Petrogrado desde el exilio suizo el 16 de abril supone un cambio fundamental en la táctica bolchevique. Bajo el brazo trae las célebres Tesis de Abril , verdadero hito de la madurez del proletariado, que consagran la iniciativa revolucionaria de éste y plantean el objetivo del socialismo.

Lenin caracteriza esta fase de la revolución como una fase transitoria:

“El doble poder expresa simplemente una fase transitoria en el desarrollo de la revolución, cuando ésta ha llegado más allá de una revolución democráticoburguesa corriente, pero no ha llegado todavía a una dictadura ‘pura’ del proletariado y el campesinado.”13

Fase en la que coexisten dos poderes, el de la burguesía, encarnado en el Gobierno Provisional y el de las masas populares, encarnado en los soviets. Lenin, político revolucionario genial, entiende que esta situación ha hecho caducar las viejas consignas agitativas bolcheviques y considera que los soviets son la consumación de facto de la dictadura democrática del proletariado y el campesinado:

“El origen de clase y la significación de clase de este doble poder son las siguientes: la revolución rusa de marzo de 1917 no sólo arrolló toda la monarquía zarista, no sólo entregó el poder íntegro a la burguesía, sino que, se acercó mucho a la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado. El soviet de Petrogrado y los demás, los locales, representan precisamente esa dictadura (es decir, un poder que no se apoya en la ley, sino directamente en la fuerza de las masas armadas de la población), una dictadura precisamente de las clases antes mencionadas.” 14

Y realmente es un poder en toda la significación del término. Como nos enseña el marxismo-leninismo la esencia y origen de todo poder político reside en el fusil. Los soviets no sólo representan los órganos con mayor legitimación en la Rusia del momento por su apoyo de masas, sino, y esto es lo realmente importante, constituyen, valga la redundancia, un auténtico poder armado. Desde los primeros momentos de su constitución participan en ellos un enorme número de soldados. Por ejemplo, a finales de marzo, de unos 3.000 delegados del Soviet de Petrogrado dos tercios aproximadamente son soldados. Posteriormente, el soviet se reorganizó pero la composición y participación de soldados continuó siendo extraordinariamente alta. Además, al poco de comenzar la revolución, y producto de la desarticulación de la autocracia, comienzan a formarse en la mayoría de las unidades del frente comités de soldados, manteniendo el soviet fluidos contactos con ellas. El 13 de marzo el Soviet de Petrogrado había formulado la Orden nº 1, proclamando las libertades formales de la tropa y llamando a la formación de estos comités. Con estas disposiciones se calcula que en poquísimo tiempo más de 100.000 soldados están de una u otra forma ligados con el soviet, número que aumentaría con el tiempo y la formación de nuevos soviets a lo largo de la geografía rusa. Los oficiales se vieron obligados a aceptar estas medidas ya que es, de hecho, el soviet quien controla a las tropas, que sólo obedecen las órdenes de la Duma cuando no se contraponen a las del soviet.15

Así, el soviet constituye un auténtico poder que por su modo de actuar y composición es plenamente popular ya que, como Lenin esgrime en uno de sus argumentos para considerar realizada la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado, éste último está uniformado, pues es campesina la extracción de la inmensa mayoría de los soldados que componen los soviets, hartos de la carnicería imperialista.

Ello no es óbice, todo lo contrario dado el carácter espontáneo de este movimiento de masas, para que en esta compleja y contradictoria situación de transición estos organismos entreguen el poder y le sirvan de correa de transmisión a la burguesía, que aún no ha sido capaz de estabilizar la situación:

“El segundo rasgo sumamente importante de la revolución rusa consiste en el hecho de que el Soviet de diputados soldados y obreros de Petrogrado, que, como está demostrado, goza de la confianza de la mayoría de los soviets locales, entrega voluntariamente el poder a la burguesía y a su gobierno provisional, le cede voluntariamente la supremacía, habiendo llegado al acuerdo de apoyarlo, y limita su propio papel al de observador, de supervisor de la convocación de la Asamblea Constituyente (cuya fecha el gobierno provisional ni siquiera ha anunciado todavía).” 16

A pesar de este factor, Lenin no duda en considerar a los soviets como lo que ahora llamaríamos Nuevo Poder, una base que anuncia el socialismo:

“No se comprende a los Soviets de diputados obreros, soldados, campesinos, etc., (…) Tampoco se los comprende en el sentido de que ellos constituyen una nueva forma, mejor dicho, un nuevo tipo de Estado . (…) Es muy fácil (como la historia lo demuestra) volver de una república parlamentaria burguesa a una monarquía, ya que todo el aparato de opresión, el ejército, la policía y la burocracia, queda intacto. La Comuna y los soviets destruyen ese aparato y lo eliminan.

La república parlamentaria burguesa dificulta y asfixia la vida política independiente de las masas, su participación directa en la organización democrática de toda la vida del Estado, de abajo arriba. Lo contrario sucede con los soviets.”17

Con esta nueva y genial perspectiva, Lenin plantea la nueva táctica que deben acometer los bolcheviques, que deja de lado cualquier ilusión democrático burguesa respecto a la Asamblea Constituyente, y que enfila directamente hacia le revolución proletaria:

“El nuestro debe ser un trabajo de crítica, de esclarecimiento de los errores de los partidos pequeñoburgueses socialista revolucionario y socialdemócrata; de preparación y unificación de los elementos de un partido comunista concientemente proletario, y de curación del proletariado de la embriaguez pequeñoburguesa ‘general’.

En apariencia , esto es ‘sólo’ trabajo de propaganda. Pero, en realidad, es una labor revolucionaria sumamente práctica , porque no puede progresar una revolución, que se ha estancado, que se ha atascado con frases y ‘marca el paso’ no por causa de obstáculos externos, no por causa de la violencia de la burguesía (…), sino por causa de la fe irracional del pueblo.

Sólo venciendo esa fe irracional (y podemos y debemos vencerla sólo ideológicamente, mediante la persuasión fraternal, recurriendo a las lecciones de la experiencia ) podremos liberarnos de la orgía de fraseología revolucionaria y estimular realmente la conciencia, tanto del proletariado como de las masas en general, así como su audaz y resuelta iniciativa (…). Al principio, serán inevitables los errores en esta nueva tarea de la organización por el pueblo mismo, pero es preferible cometer errores y avanzar, que esperar hasta que los profesores de leyes (…) elaboren sus leyes para la convocación de la asamblea constituyente, para la perpetuación de la república parlamentaria burguesa y para el estrangulamiento de los soviets de diputados obreros y campesinos.

Si nos organizamos y dirigimos nuestra propaganda diestramente, no sólo los proletarios, sino las nueve décimas partes de los campesinos se opondrán al restablecimiento de la policía, se opondrán a una burocracia inamovible y privilegiada y a un ejército divorciado del pueblo. Y en esto consiste, precisamente, el nuevo tipo de Estado.” 18

Es decir, a partir de aquí la táctica bolchevique va dirigida a ganar la mayoría en los soviets, a recuperarlos como genuinas bases de apoyo del proletariado revolucionario, a convertirlos, en definitiva, en bases del Nuevo Poder proletario.

Desde este momento la historia de la Revolución rusa hasta Octubre es la historia del desengaño de las masas ante los oportunistas y conciliacionistas. Varias crisis van a jalonar este camino.

A principios de mayo se tiene conocimiento de una nota enviada por el ministro de Negocios Extranjeros, P. N. Miliukov, a los aliados imperialistas de Rusia en la que reafirma el compromiso del Gobierno Provisional de mantener todas las obligaciones de guerra de Rusia para con sus aliados. El resultado son masivas manifestaciones espontáneas de obreros y soldados que resultan tremendamente amenazadoras para el gobierno. Para las masas esta nota era un ataque directo contra sus más sentidas aspiraciones que se pueden resumir en la tríada “paz, tierra y libertad”. La burguesía consiguió sortear la crisis mediante la retirada de Miliukov del gabinete y la entrada en él de mencheviques y eseristas, que se ven obligados a dejar su posición de “apoyo crítico” desde la cabeza de los soviets para jugar su verdadero rol de reservas de la burguesía. Éste es el primer golpe de los que van a ir desgastando a la república burguesa.

Hay que añadir, para completar el fresco de la situación del país, que tras conocerse las noticias sobre el inicio de la revolución, en el campo había comenzado un vasto movimiento campesino, con ocupaciones de tierras incluidas, que los eseristas, tradicional partido del campesinado , no respaldaban.

La situación del Gobierno Provisional va agravándose y el 1 de julio una demostración convocada por el Comité Ejecutivo del Soviet de Petrogrado, en manos de los oportunistas, en apoyo de la política del gobierno deviene en una manifestación en la que las masas enarbolan las consignas bolcheviques: “¡Abajo la guerra!”, “¡Abajo los diez ministros capitalistas!”, “¡Todo el poder a los Soviets!”. Era una demostración palpable de que no sólo el proletariado, sino también los sectores urbanos intermedios (Lenin, en sus Tesis de Abril , había definido a Rusia tras la Revolución de febrero como el país más pequeño-burgués de Europa, en el que las concepciones e ilusiones políticas de estos sectores lo inundaban todo), estaban retirando su apoyo al gobierno burgués y basculaban hacia los bolcheviques.

El gobierno, que no había renunciado a su belicismo imperialista, y espoleado por la crisis interna, lanza a primeros del mes de julio una gran ofensiva militar en la zona sur del frente, en Galitzia, contra los poderes centrales. Esto detiene momentáneamente las manifestaciones populares, pero para mediados de mes la ofensiva ya ha fracasado estrepitosamente y ante el contraataque austro-alemán las desmoralizadas tropas rusas huyen en desbandada. El ejército vuelve a sufrir espantosas bajas, y más aún por la actuación de los batallones de la muerte , que en un desesperado intento por mantener la disciplina militar ahorcan a centenares de soldados.

Las noticias que llegan de la nueva sangría desatan la furia de las masas en Petrogrado que de forma masiva y espontánea, en los días 16 y 17 de julio, se lanzan a las calles. Las manifestaciones devienen en una auténtica insurrección armada, que los bolcheviques tratan de impedir por considerar que el momento aún no es propicio, pero son desbordados y, como buen partido revolucionario, no tienen más remedio que encabezar el descontento armado de las masas. Efectivamente, la situación no estaba aún lo suficientemente madura y la contrarrevolución tiene la excusa perfecta para pasar a la ofensiva. Las manifestaciones son aplastadas y el día 18 de julio el partido y la prensa bolcheviques son prohibidos, teniendo que pasar a la clandestinidad. Se desata una feroz represión. Afortunadamente, y en una nueva muestra de su madurez como partido revolucionario, los bolcheviques saben replegarse exitosamente y la médula de la organización resiste los embates represivos. Gracias a esto la crisis de julio supone más un desgaste para el gobierno, encabezado por el socialista Kerensky, y para mencheviques y eseristas, obligados a respaldar las medidas represivas sobre los bolcheviques y las masas.

Durante esta feroz represión, que los soviets, en manos oportunistas, respaldan, los bolcheviques retiran la consigna de todo el poder a los soviets , que será recuperada en septiembre. De nuevo, esto nos muestra el verdadero temple y naturaleza del partido de nuevo tipo y su construcción desde los principios y la ideología revolucionarios. Esta independencia respecto del medio en el que se mueve es precisamente la base de esa, célebre en las peroratas oportunistas, flexibilidad táctica. Si los bolcheviques hubieran construido su movimiento desde la base de los soviets –lo que incluso es más que hacerlo desde bases sindicales o de cualquier otra manifestación de lucha parcial–, sin duda hubieran sido completamente barridos. En un partido revolucionario la elasticidad táctica no es sino el reverso dialéctico de la firmeza en los principios revolucionarios. Ésta, la ideología revolucionaria, es la única base desde la que construir el principal instrumento revolucionario, pues es la única que lo hace independiente de los vaivenes del movimiento y le da la capacidad de dirigirlo en pos del auténtico camino revolucionario. Amén de ser la única base posible que le libera del medio y le da la capacidad de revolucionarlo. De ello deberían tomar buena notas esos comunistas republicanos y aquellos que quieren construir la organización revolucionaria “aprendiendo con la clase”, desde las estrechas luchas inmediatas, pues quedarán atados a las condiciones que las propician.

Sentada esta poco comprendida lección bolchevique, prosigamos con la narración de los acontecimientos.

El momento álgido de la ofensiva contrarrevolucionaria, y punto clave en los acontecimientos de estos meses, es la llamada kornilovada . Entre los días 7 y 12 de septiembre el general Kornilov intenta aplastar militarmente los soviets y la revolución. Los bolcheviques encabezan y organizan la resistencia. Éste es el momento esencial en el proceso de desengaño de las masas respecto a la política conciliacionista de los oportunistas, que muestra claramente que su única beneficiaria es la reacción más descarada. El 13 de septiembre, derrotada ya la kornilovada , el Soviet de Petrogrado se pronuncia a favor de la política bolchevique. En los días siguientes los bolcheviques copan las direcciones de gran parte de los soviets más importantes, los de Petrogrado y Moscú entre ellos. Los bolcheviques han ganado la batalla por los soviets, que pasan a ser bases de apoyo del proletariado revolucionario.

A partir de este momento Lenin comprende que con la conquista de una firme base de apoyo, sustentada en los soviets, ha llegado para el partido revolucionario la hora de pasar al ataque. Comienza a partir de aquí a lanzar una fuerte campaña en pro de la insurrección, de la conquista violenta del Poder. En El marxismo y la insurrección , escrito a finales de septiembre, explica las condiciones que en este momento, a diferencia de en julio, aseguran el éxito bolchevique. Junto al ascenso revolucionario de las masas y el agravamiento de las contradicciones y vacilaciones en el campo de la contrarrevolución, Lenin coloca en primer lugar la conquista de los soviets, es decir, las bases del Nuevo Poder:

“No contábamos todavía con el apoyo de la clase que es la vanguardia de la revolución.

No teníamos todavía la mayoría entre los obreros y soldados de las capitales. Hoy la tenemos en ambos Soviets. Es fruto, sólo de la historia de julio y agosto, de la experiencia de la represión de que fueron objeto los bolcheviques y de la experiencia de la kornilovada.

No existía entonces un ascenso revolucionario de todo el pueblo. Ahora existe, después de la kornilovada. La situación en las provincias y el hecho de que los Soviets hayan asumido el poder en muchas localidades así lo demuestran.”19

Se pueden advertir varios aspectos sumamente interesantes. Vemos que para la Lenin el apoyo de obreros y soldados al partido revolucionario es equivalente a mayoría en los soviets, es decir a estas masas ejerciendo real y directamente su poder. Así pues, nada que ver esta “experiencia” de la que habla Lenin con las estrecheces sindicalistas, muy en boga actualmente, que se suelen encubrir tras esta expresión. La “experiencia” que posiciona a las masas con el partido revolucionario es la del ejercicio de su dictadura, y las agresiones que, de una forma u otra –fundamental es el putsch kornilovista–, sienten que se están perpetrando contra él. Por último, hay que advertir, abundando en este sentido, que, a pesar de que en julio las masas literalmente pasaron por encima de los bolcheviques en su ímpetu combativo, Lenin sitúa el ascenso del movimiento revolucionario ahora, en septiembre, y lo considera inexistente en julio. Es decir, que además del hecho del ascenso del movimiento campesino, Lenin vincula estrechísimamente estos dos factores: ascenso revolucionario y mayoría revolucionaria en los órganos de poder de las masas, en los soviets, que ya controlan todo el poder en muchos lugares.

En definitiva, sí, Lenin plantea la insurrección, pero vemos que sobre unas premisas que no son tenidas en cuenta en el imaginario insurreccionalista, que pasadas las décadas sigue tenazmente enquistado en la materia gris comunista .

De hecho, Lenin se ha de enfrentar con una fuerte resistencia de lo viejo en su propio partido, resistencia que está encabezada por Kamenev y Zinoviev, para hacer prevalecer sus posiciones. Éstos, durante las semanas que preceden a la acción bolchevique se muestran persistentes en su oposición a los requerimientos de Lenin, hasta el extremo de llegar a anunciar los planes en periódicos ajenos al partido. Extractemos sus posiciones, con el objetivo de contrastar más claramente lo viejo y lo nuevo. El principal documento de esta oposición es su declaración del 24 de octubre de 1917 (recordamos que estamos utilizando el calendario gregoriano y esta fecha no se corresponde con la víspera de la insurrección):

“Gracias al considerable incremento de la influencia de nuestro Partido (…) la burguesía se halla en tal situación que si se le ocurriera en estos momentos sabotear la Asamblea Constituyente empujaría de nuevo a las masas pequeñoburguesas hacia nosotros y el disparo se produciría solo.

(…) La Asamblea Constituyente, más los Soviets: he ahí el tipo mixto de institución gubernamental hacia el cual nos encaminamos. Sobre semejante base política, nuestro Partido logrará enormes posibilidades para una victoria efectiva.

Nunca hemos dicho que la clase obrera rusa, enteramente sola , por sus propias fuerzas, fuera capaz de hacer culminar victoriosamente la actual revolución. Nunca hemos olvidado, y no debemos olvidar aun en este momento, que entre nosotros y la burguesía existe un enorme tercer campo, el de la pequeña burguesía (…). Sin duda, en el momento actual, ese campo se encuentra mucho más cerca de la burguesía que de nosotros.

(…) En Rusia, tenemos la mayor parte de los obreros y una parte considerable de los soldados. Pero todo el resto es un signo de interrogación. Todos estamos convencidos, por ejemplo, de que si logramos llegar a la Asamblea Constituyente los campesinos, en su mayor parte, votarán a favor de los SR [eseristas].

(…) llegamos a la segunda afirmación que pretende que la mayoría del proletariado internacional está ya con nosotros. Desgraciadamente, no hay tal cosa (…). Sin embargo sólo el despertar de la revolución en Europa podría obligarnos a tomar el poder sin vacilación de ningún tipo. Ésa es, además, la única garantía de victoria de la revolución proletaria en Rusia. Eso vendrá, pero todavía no existe.

(…) El adversario puede forzarnos a entablar una lucha decisiva antes de las elecciones para la Asamblea Constituyente. Intentos de un nuevo golpe de Estado a lo Kornilov no nos dejarán, evidentemente, otra alternativa (…). Pero en ese caso un parte importante del campo pequeñoburgués nos apoyará otra vez, seguramente. La huida del Gobierno a Moscú empujará hacia nosotros a las masas pequeñoburguesas. Entonces habrá las condiciones para nuestra victoria; entonces ya no será nuestra derrota, sino la de nuestros adversarios.

(…) [el II Congreso de los Soviets] Debe convertirse en el centro de agrupamiento en torno a los Soviets de todas las organizaciones proletarias y semiproletarias…” 20

Aquí tenemos gran parte de los elementos de la vieja concepción revolucionaria, heredera del siglo XIX, y que, en realidad, se puede aprisionar dentro de los marcos políticos de la burguesía. Vemos que el documento desborda cretinismo parlamentario por todos los poros, con una confianza farisaica en la Asamblea Constituyente y en la “incapacidad de la burguesía para sabotearla”. Como si las formas estatales fueran neutras, cuando ya Lenin en sus Tesis de Abril había, como hemos mostrado más arriba, colocado la Asamblea Constituyente junto al estrangulamiento de los soviets, es decir, ya había expuesto la imposibilidad de la convivencia de lo viejo –el parlamento burgués– con lo nuevo –el Nuevo Poder de las masas armadas, los soviets–, y la inevitabilidad de que uno destruyese al otro. Unido a ello se encuentra la “eterna acumulación de fuerzas”, utilizando la legalidad burguesa (la Asamblea Constituyente, el parlamento en definitiva) o incluso el Congreso de los Soviets (cuyo contenido queda desvirtuado de poder real, efectivo e inmediato de las masas, a la vieja concepción menchevique de parlamento obrero 21), a la espera del inevitable estallido, en este caso un nuevo putsch reaccionario. Es decir, pasividad del proletariado, que en su pueril confianza en la inevitabilidad del progreso (una constante a lo largo de todo el Ciclo; nótese en los extractos la coletilla kameneviana refriéndose a la revolución europea, base en esta concepción del triunfo en Rusia: “eso vendrá, pero todavía no existe”), cede toda la iniciativa al enemigo. Así, el resultado es una interminable espera del proletariado revolucionario, que debe postergar su actuar consciente como clase de vanguardia de la historia a las vacilaciones de las capas intermedias, de la pequeña burguesía. La guinda, como ya venimos adelantando, y la confirmación de este viejo fondo ideológico, es el determinismo economicista, la espera de la revolución proletaria en el “avanzado” Occidente. “Avanzado”, por supuesto, en la faceta económica, pero no desde el punto de vista de la experiencia y capacidad de la lucha revolucionaria del proletariado y del bagaje de su vanguardia. No obstante, hay que señalar que esta era una premisa compartida por el conjunto del bolchevismo, Lenin incluido, fruto de su amamantamiento en el seno del marxismo canónico de la socialdemocracia. La diferencia es que Lenin, que había profundizado mucho más en el marxismo, y aunque no rompe explícitamente con todas estas concepciones y no realiza, como ya hemos señalado, un combate a fondo contra ellas, sí sabe, como revolucionario genial que es, ver lo nuevo en su aplicación práctico-política. La práctica del líder bolchevique es la mejor prueba de ello.

Lenin, con sobrada razón, será particularmente duro en la lucha contra estas posiciones. 22 Lenin se enfrenta a problemas con los que los proletarios revolucionarios se han enfrentado siempre a lo largo de la historia:

“El marxismo es una doctrina en extremo profunda y multilateral. No es sorprendente que fragmentos de citas de Marx, principalmente si se hacen fuera de lugar, puedan ser siempre hallados entre los “argumentos” de quienes rompen con el marxismo.” 23

Sí, la oposición, para justificar su cretinismo parlamentario también apelaba al marxismo. Es una práctica universal de los oportunistas el utilizar tales o cuales citas de los clásicos para asesinar su espíritu, es decir los enlaces internos que dan coherencia a su pensamiento, y que deben confrontarse con la práctica efectiva del proletariado revolucionario. Es más, y aquí lo conocemos por experiencia propia, es un problema particularmente aplicable a la obra de Lenin.

Como siempre, la primera víctima del oportunismo y su diana predilecta, contra la que cuenta con el generoso apoyo argumental del arsenal de la propaganda burguesa, es la actividad de la vanguardia. En las intensas reuniones de la dirección bolchevique de esos días, Lenin ha de poner las cosas claras:

“No es posible guiarse por el estado de ánimo de las masas, porque es tornadizo y no se presta a control; debemos guiarnos por el análisis objetivo y la apreciación de la revolución (…).” 24

Precisamente con este tipo de ataques se va contra la esencia del movimiento comunista, que es su actividad transformadora consciente. Cualquier concesión a la espontaneidad (que, por supuesto tiene su papel y puede y debe ser utilizada, pero, si se quiere que sea con una finalidad revolucionaria, siempre sobre la premisa de la actividad independiente de la vanguardia), al estado de ánimo de las masas, a sus vacilaciones, etc., a la hora de elaborar la política revolucionaria es directamente renunciar a la posición de vanguardia y abrir la puerta a la liquidación del movimiento comunista. Tal vez estas críticas sean excesivamente duras refiriéndonos a Zinoviev y Kamenev, con un partido revolucionario en plena vitalidad y con unas concepciones de fondo que, en mayor o menor medida, todos compartían, siendo las diferencias esencialmente tácticas (aunque de la mayor importancia, pues como vemos, con la ventaja que nos da la perspectiva, la táctica era el terreno concreto donde en este momento se da la disputa general entre lo viejo y lo nuevo). Pero a día de hoy, con el movimiento comunista prácticamente liquidado, con un capitalismo que ha demostrado su extraordinaria robustez y capacidad de reestructuración, y sin las particulares condiciones político-culturales que presidieron el Ciclo, las veleidades masistas sólo pueden conducir a la reconducción de cualquier tentativa al redil del sistema y la liquidación definitiva de la perspectiva revolucionaria, como en la práctica sucede con lo que resta del movimiento comunista, al menos en el Estado español y en la mayoría de los países. En este sentido, Lenin marca luminosamente el camino de lo nuevo y, como gran adalid del accionar revolucionario de nuestra clase, sabe señalar la importancia del factor consciente:

“(…) reemplaza [la concepción sostenida por esta oposición] el análisis político del desarrollo de la lucha de clases y de la marcha de los acontecimientos en el país entero, en la situación internacional íntegra, por impresiones subjetivas sobre estados de ánimo; olvida ‘oportunamente’, por supuesto, que la línea firme del partido, su inquebrantable determinación, es también un factor forjador de estados de ánimo (…).”25

Por supuesto, en su apasionada defensa de la justa línea revolucionaria, Lenin también recuerda lo que para cualquier comunista revolucionario es una obviedad, el papel clave de la violencia en cualquier desenlace histórico, el deber insoslayable del proletariado de servirse de ella:

“(…) el pueblo tiene el derecho y el deber de decidir estos problemas no mediante votaciones, sino por la fuerza (…).” 26

Finalmente, Lenin plantea el fondo de la cuestión y la esencia central de toda revolución:

“(…) que no hay salida, no hay ni puede haber ninguna salida objetiva, fuera de la dictadura de los kornilovistas o de la dictadura del proletariado (…).”27

Como es sabido, Lenin consiguió sacar adelante su justa concepción y el Comité Central bolchevique dispuso el plan para la sublevación que tuvo lugar el 7 de noviembre. Es interesante señalar que la decisión, preparación y ejecución de la insurrección corre siempre a cargo de la dirección bolchevique, aunque ésta, por oportunos motivos políticos, la recubra con un matiz de legalidad soviética, pasando formalmente la responsabilidad al Soviet de Petrogrado, de todos modos bajo la dirección absoluta de los bolcheviques. Al día siguiente del levantamiento el II Congreso de los Soviets de toda Rusia aprobaba los decretos sobre la Paz y sobre la Tierra. Pocos días después los bolcheviques son dueños de Moscú. Se ha iniciado el Primer Ciclo de la Revolución Proletaria Mundial.

Algunas reflexiones

1

Hemos hecho un relato de las vicisitudes de la Revolución, sin ánimo de exhaustividad y ciñéndonos al esquema convencional que la trata de Febrero a Octubre, recalcando algunos aspectos que nos parecen particularmente útiles para intentar desgranar lo que realmente es nuevo, proletario, en la experiencia de Octubre, y lo que es fruto de la contingencia, de condiciones específicamente rusas e históricas generales que ya han pasado definitivamente al baúl del pasado.

Ya hemos señalado que Octubre constituye un momento particularmente difícil para los críticos del insurreccionalismo y defensores de la GPP como estrategia militar universal del proletariado, como ley universal de la revolución proletaria. Y ciertamente lo es, porque en Octubre confluyen numerosos factores circunstanciales, tanto de índole política como histórica, amén de que muchas veces los defensores de la estrategia de GPP no han comprendido las profundas implicaciones ideológicas de ésta y, por extensión, del conjunto de la revolución proletaria, y la ruptura, que tanto objetiva como subjetivamente, ésta supone respecto de las formas anteriores de entender la transformación social. Pero no adelantemos conclusiones generales.

Octubre presenta muchas particularidades, pero vemos que entender los soviets como lo que realmente son, como bases persistentes del Nuevo Poder de las masas armadas, pone ya en cuestión gran parte del imaginario insurreccionalista. Sin embargo, su formación a la vieja usanza, sin la participación consciente del partido revolucionario, sin su implementación sobre la base y en función de un plan revolucionario general, ha creado y crea mucha confusión. De hecho, como veremos, ni siquiera los dirigentes de la Internacional Comunista (IC) sabrán captar la esencia de este hecho capital. Ésta es una de las características peculiares de Octubre, que hace que en él confluyan aspectos de las dos formas de entender el hecho revolucionario y que se proyectarán a lo largo de todo el Ciclo. Pues, por un lado, las condiciones históricas que hemos señalado, fruto y resabio de la revolución burguesa decimonónica, grabadas en el subconsciente político proletario realmente, en el marco que persistirá hasta la conclusión del Ciclo –la referencia social de la revolución comunista–, constituyen un factor socio-cultural y político de movilización espontánea de masas, aunque ya no se ajusten plenamente a las condiciones socioeconómicas reales, y a la larga constituyan una cortapisa al desarrollo revolucionario. Por otro lado, las características particulares de la sociedad rusa, un Estado obsoleto en crisis crónica e incapaz de asimilar los profundos cambios socioeconómicos –un veloz desarrollo capitalista–, elementos exacerbados por las desastrosas consecuencias de la guerra, son las que propician la formación de las bases del Nuevo Poder de un modo, si se nos permite decirlo así, burgués, sin la iniciativa del proletariado revolucionario, como es en el esquema de GPP.

Desde esta perspectiva, y como ya hemos adelantado, la historia de febrero a Octubre constituye la historia de cómo el proletariado revolucionario conquista sus bases de apoyo que, en estas condiciones histórico-políticas peculiares, se han creado de forma exógena a él. Ésta debe ser la forma de entender la manera aparentemente pasiva, crítico-propagandística, del actuar bolchevique durante estos meses: acumulación de fuerzas en el sentido de asegurar sus bases de apoyo políticas, de poder revolucionario, y de ningún modo acumulación de fuerzas económica, en base a las demandas parciales de las masas o el reformismo político, que es como se acabó transcribiendo al imaginario de los partidos de la IC.

Es así, también, como percibimos en toda su grandeza al Partido Bolchevique como partido de nuevo tipo, que no se deja arrastrar por el devenir de los acontecimientos, cuyo origen es exterior a él, y sabe reconducirlos hacia el objetivo estratégico de la Revolución Socialista. Ésta constituye la verdadera clave del glorioso éxito de Octubre.

Entendidos los soviets correctamente, podemos seguir abundando un poco más en este punto de vista. Realmente, no creemos correcto entender el comienzo de la guerra civil a partir del levantamiento de Octubre, o de la disolución de la Asamblea Constituyente a principios de 1918, como correlato impuesto a los bolcheviques por la resistencia reaccionaria y la intervención imperialista. Aunque en parte es cierto, no capta el proceso revolucionario ruso en toda su esencia. Lenin en sus Tesis de Abril , texto fundamental que constituye, no lo olvidemos, la base táctica que llevará a los bolcheviques hasta Octubre, sitúa el comienzo de la guerra civil antes:

“Con la revolución rusa de febrero-marzo de 1917, la guerra imperialista comenzó a transformarse en guerra civil.” 28

Tratándose del texto que consagra la táctica que llevará al proletariado al poder no creemos que Lenin se permita licencias verbales, sino que intenta captar la esencia de la situación para elaborar la línea justa. Y realmente, a partir de Febrero hay una serie de elementos que van más allá de la mera acumulación de fuerzas y preparan el escenario de conflagración civil: un partido revolucionario en toda la amplitud de la expresión, y, por tanto, un antagonista irreconciliable del poder formal constituido, poder que se encuentra en un estado de crisis extrema, y finalmente, y es el aspecto fundamental, el poder de las masas armadas, que aunque en un principio no siguen al proletariado revolucionario tampoco forman parte orgánica de la reacción. La pugna por la conquista de estas masas constituye, aunque pequemos de inexactos y paradójicos, la fase pacífica de la guerra civil, ese interregno transicional que, como dice Lenin, “comienza a transformar la guerra imperialista en guerra civil”. Los acontecimientos de julio y septiembre supone el fin de esta fase relativamente pacífica y el paso a la guerra abierta, primero con la feroz represión que sufren los bolcheviques y que a partir de septiembre, con la conquista por el proletariado revolucionario de sus bases de apoyo, da un salto cualitativo. Esta visión más amplia del proceso revolucionario como guerra civil, que engloba todo el proceso de llegada al poder y se prolonga hasta la guerra civil académicamente entendida, permite despojar de su sustantividad a la insurrección de Octubre y verla, más globalmente, como parte de un proceso revolucionario más amplio. Esto la hace más acorde con la GPP, que entiende y acepta la insurrección como momento táctico, para la extensión de la lucha, dentro de la guerra prolongada. No obstante, hay que señalar que Octubre representa una diferencia cualitativa respecto al esquema de GPP donde se inserta la insurrección, ya que Octubre supone el establecimiento de una amplia base permanente del poder rojo (realmente la conquista del Poder), pero que se debe más a esas peculiares condiciones históricas y políticas que estamos señalando, que a una enseñanza universal para el acceso del proletariado al Poder.

Prosigamos, pues la experiencia de Octubre aún nos ilumina algo más de la senda de lo nuevo, y en este caso, aunque veremos que de forma contradictoria, Lenin sí sabe dar los primeros pasos hacia su síntesis.

Formulaciones clásicas como la de Engels, que hemos citado extensamente más arriba, y que oponen abstractamente “mayoría” y “minoría” pueden generar confusión. Estas expresiones abstractas pueden ser, y de hecho lo son, correctas en un sentido general, histórico (que es en el plano que habla Engels), pero a la hora de pasar a lo concreto, al accionar político, pueden tener el efecto de un fusil defectuoso y estallarnos en la cara. En primer lugar es necesario, y esto es una exigencia del marxismo, contextualizar y observar el momento histórico desde el que Engels nos habla, que no es otro que la época de libre concurrencia del capitalismo, aún en sus estertores, en la que este sistema no ha agotado del todo sus potencialidades históricas y, por extensión, la época de la cohesión política de la clase obrera, que ya hemos caracterizado. Esa idea, correcta en un sentido general, y más plausible en ese momento histórico, además es formulada por Engels cuando tiene ante sus ojos un crecimiento aparentemente imparable de la socialdemocracia alemana.

Sin embargo, cuando trasladamos dogmáticamente esta frase a otro periodo histórico, como es el del imperialismo y su correlato de escisión del movimiento obrero, e intentamos fundamentar en ella nuestro actuar político, consecuentemente acabaremos practicando una táctica de acumulación constante de fuerzas para ganar a la “mayoría” para hacer la revolución. Es decir, establece un cesura entre el ganar a las masas y hacer la revolución. La dualización del proceso revolucionario en este sentido, como la práctica de todo un siglo ha demostrado, conduce al callejón sin salida del sindicalismo y el reformismo. Sólo hay que echar un vistazo a lo que queda de los partidos comunistas históricos para darse cuenta de sus perniciosos efectos de reabsorción por el sistema. O sólo hay que recordar, para acercarnos más a la época y lugar de Engels, que fueron los líderes del SPD, sociológicamente aún el partido de la clase obrera , los responsables de la represión y masacre de los revolucionarios espartaquistas. Pues bien, Lenin, basándose en las condiciones objetivas del capitalismo imperialista y en su riquísima experiencia revolucionaria (escribe esto a finales de 1919), en este sentido sí indica por dónde hay que continuar:

“Nosotros, en cambio, basándonos en la doctrina de Marx y en la experiencia de la revolución rusa, decimos:

el proletariado debe primero derrocar a la burguesía y conquistar para sí el poder estatal y después utilizar ese poder estatal, o sea, la dictadura del proletariado, como un instrumento de su clase con el fin de ganarse la simpatía de la mayoría de los trabajadores.

(…) Los partidarios de la democracia ‘consecuente’ no han reflexionado sobre la importancia de este hecho histórico. Inventaron, y siguen inventando, el cuento infantil de que, en el capitalismo, el proletariado puede ‘convencer’ a la mayoría de los trabajadores y ganarlos firmemente para su causa por medio de votaciones. Pero la realidad demuestra que sólo en el curso de una larga y terrible lucha, la dura experiencia de la vacilante pequeña burguesía la llevará , después de comparar la dictadura del proletariado con la dictadura de los capitalistas, a la conclusión de que la primera es mejor que la segunda.” 29

Ni que decir tiene que esta formulación está en la base de la concepción que propugna la GPP. No establece traumáticos cortes dentro del proceso revolucionario entre el ganar a las masas y la toma del poder, ajustándose de forma general a la concepción de GPP, en la que el acto revolucionario es esencialmente uno y las masas se van incorporando a medida que se desarrolla, suponiendo la toma del poder un salto cualitativo, pero que no está sancionado por cuantitativismos burgueses (en el fondo cretinismo parlamentario) de “mayorías” o “minorías”. En este sentido, otro tanto se puede decir de la referencia que llevará a la pequeña burguesía, esos amplios estratos intermedios, a comparar la dictadura proletaria con la capitalista, que es, en esencia, la clave de la GPP, en la que la vanguardia genera las condiciones políticas para que las masas, podemos decir que las empuja a ello, experimente su propia dictadura y la comparen con la dictadura de los explotadores. Muy aleccionador en este sentido son las referencias de Lenin al comportamiento del campesinado durante la guerra civil:

“Las vacilaciones de la población pequeñoburguesa, en aquellos distritos donde es más débil la influencia del proletariado, se manifestaron con especial claridad:

primero a favor de los bolcheviques, cuando éstos dieron la tierra y los soldados desmovilizados trajeron la noticia de la paz. Después, contra los bolcheviques, cuando éstos, para impulsar el desarrollo internacional de la revolución y para defender su centro, en Rusia, firmaron la paz en Brest, y con ello ‘ofendieron’ los sentimientos patrióticos, los más profundos de los sentimientos pequeñoburgueses. La dictadura del proletariado disgustaba en particular a los campesinos de aquellos lugares donde había grandes excedentes de cereales, cuando los bolcheviques demostraron que garantizarían, con energía y firmeza, que esos excedentes fueran entregados al Estado a precios fijos. Los campesinos de los Urales, de Siberia y de Ucrania viraron hacia Kolchak y Denikin.

Más tarde, la experiencia de la ‘democracia’ de Kolchak y Denikin, sobre la que vociferaba cualquier plumífero de las zonas ocupadas por ellos, en cada número de los periódicos de los guardias blancos, demostró a los campesinos que las frases sobre la democracia y sobre la Asamblea Constituyente no eran, en realidad, más que una pantalla para ocultar la dictadura de los terratenientes y capitalistas.

Se inició entonces un nuevo viraje hacia el bolchevismo y se extendieron los levantamientos campesinos en la retaguardia de Kolchak y Denikin. Las tropas rojas fueron recibidas por los campesinos como liberadoras.”30

Esta experimentación política desde el contraste entre las dictaduras, propiciada por el actuar de la vanguardia, se puede comparar también, aún a riesgo de ir muy lejos, con la actitud bolchevique en el levantamiento de Octubre, donde los revolucionarios asumen admirablemente su posición de vanguardia y “fuerzan” la situación con la insurrección, llevando a las masas, a los soviets, a ejercer su dictadura en toda su amplitud. Más clara es la comparación con la experiencia china o la del Partido Comunista del Perú. Claro que Lenin, debido al estado objetivo de la experiencia revolucionaria del proletariado no es capaz de ir más allá consecuentemente, y muchas veces también, debido a muchas de las premisas compartidas con el marxismo socialdemócrata, incurrirá en flagrantes contradicciones.

Recapitulando

Hemos visto cómo el viejo paradigma revolucionario, forjado al calor de la revolución burguesa y propio de una época de inmadurez del proletariado como clase revolucionaria, cuyo colofón necesario es el insurreccionalismo, es heredado, a pesar de su caducidad ya prescrita, por el primer verdadero partido revolucionario de la historia. Y realmente no podía ser de otra manera ya que la práctica revolucionaria de su lucha de clases, verdadera fuente de conocimiento del proletariado, no había sobrepasado ese estadio. La clave del éxito de la Revolución de Octubre lo constituye la existencia de ese partido que es capaz de mantener el rumbo, a pesar de que la crisis revolucionaria no ha sido propiciada, o fundamentalmente propiciada, por su accionar consciente, siendo capaz, por decirlo así, de “galopar” por encima de los acontecimientos. Ahí reside la complejidad y la paradoja de Octubre, en que un partido revolucionario que hereda un bagaje obsoleto es capaz de ir resolviendo, con grandes apuros, las tareas revolucionarias, comenzando a desbrozar el camino para el conocimiento de las leyes que rigen la transformación revolucionaria, precisamente gracias a su robusta constitución. Así, no es que haya una aplicación de GPP por los bolcheviques, ya que ésta presupone, entre otras cosas, la aplicación consciente de un plan revolucionario general, pero en tanto que representa una ley universal de la revolución proletaria, y como los bolcheviques están realmente inmersos en tal proceso, sí van dando confusos e improvisados pasos en este sentido. Éstos, además, se ven aún más camuflados por las peculiares circunstancias que confluyen en la Revolución rusa. Esta dualidad entre lo viejo y lo nuevo, que es transitado de una forma más instintiva , táctico-política, que atendiendo a un plan general, da a Octubre un aire de improvisación.

Esta forma bastarda de consumar el asalto al poder supondrá de entrada taras de nacimiento en la construcción revolucionaria posterior. Se puede señalar como ejemplo la mayor dependencia de los bolcheviques respecto a las estructuras del viejo Estado (por ejemplo, la dependencia respecto a ex-oficiales zaristas en la formación del Ejército Rojo). Seguramente no es casualidad que la menor dependencia respecto a estos aspectos (una demolición más compleja del viejo aparato de Estado), amén del conocimiento de la experiencia soviética, ayudará a los comunistas chinos a ir más allá en la empresa de edificar el socialismo.

Por otro lado, el Movimiento Comunista Internacional (MCI) nace con Octubre y se inspira en sus concepciones. Por tanto, entender un Octubre bastardo en el que se mezcla lo viejo y lo nuevo ayuda a entender un MCI igualmente bastardo, que, a medida que se muestra incapaz de superar los retos revolucionarios, irá cada vez más recurriendo a lo viejo hasta el total colapso y la fagocitación por el revisionismo. De hecho, la IC se mostrará incapaz de discernir los aspectos nuevos, aportes universales para la práctica revolucionaria del proletariado, incluso en su época de máximo esplendor.

Una “mala digestión” por la Internacional Comunista

Hemos insistido reiteradamente en este carácter bastardo, sincrético entre lo nuevo y lo viejo, de Octubre, fruto, por un lado, de la existencia de unas particulares condiciones históricas y políticas, y, por otro, de un auténtico partido revolucionario, que, no obstante, bebe de las premisas fundamentales del marxismo canónico socialdemócrata, y que hacen que, si bien en Octubre no se pueda hablar plenamente de un proceso de GPP, sí se empiecen a desbrozar, como verdadera revolución proletaria, elementos en este sentido. Este carácter bastardo será una marca de nacimiento del MCI, alumbrado a su calor.

Ya en su época de máxima vitalidad, con Octubre aún coleando, vemos en los documentos y tesis de la IC esta cohabitación entre las viejas concepciones y las nuevas, borrosamente intuidas por la reciente experiencia de Octubre. Entre las tesis aprobadas en el II Congreso de la IC de 1920, sintomáticamente producto del puño de Lenin, podemos observar un ejemplo paradigmático:

“Por otra parte, la idea común de todos los partidos y de todos los viejos líderes de la Segunda Internacional de que la mayoría de los trabajadores y de los explotados, de un régimen capitalista, puedan adquirir fácilmente plena conciencia y firmeza socialista, nos parece que confunde a los trabajadores. Esto no puede lograrse bajo el yugo esclavizante de la burguesía que reviste formas infinitamente variables, cada vez más refinadas, crueles e implacables cuanto más cruento es el país capitalista. En efecto, solo después que la vanguardia proletaria, sostenida por la única clase revolucionaria o por su mayoría, haya derrotado a los explotadores y liberado a los explotados de su servidumbre, e inmediatamente mejorado sus condiciones de existencia en detrimento de los capitalistas expropiados, aún a costa de la dura guerra civil, se podrá realizar la educación, la instrucción, la organización de las más grandes masas explotadas en torno del proletariado y bajo la influencia de su dirección.” 31

Como vemos, en el mismo párrafo se señala correctamente la imposibilidad de ganar, bajo las condiciones económicas, sociales y culturales del dominio burgués, a la mayoría de las masas trabajadoras para la conciencia política revolucionaria, al mismo tiempo que se recupera la tesis de que la vanguardia debe estar sostenida por el conjunto o por la mayoría del proletariado, abriendo la puerta a la reedición de la vieja práctica socialdemócrata, a un trabajo entre las grandes masas previo al inicio efectivo de la revolución para ganar esa base de “sostenimiento”.

De este modo, lo viejo, la concesión al desarrollo por sí mismo desde el marco socioeconómico y cultural vigente, recibe un espaldarazo implícito. Así, la vieja táctica socialdemócrata de ir a las masas desde sus “reivindicaciones parciales” (lógica en una época histórica de cohesión de la clase, pero no en la era de la revolución) recibe carta de naturaleza por la IC, estableciéndose la cesura en el trabajo comunista entre el ganar a las masas y la revolución propiamente dicha. Es decir, del absurdo, que tanto daño ha hecho al movimiento comunista, de que una parte del trabajo de los revolucionarios no es revolucionario. En la práctica, esto establece un periodo en que los revolucionarios pugnan por ganar esa base de “sostenimiento” para la revolución desde las reivindicaciones económicas y parciales de las masas. Se cae así en el contrasentido de intentar generar conciencia para la revolución desde la lucha por el sostenimiento de las condiciones materiales de las masas, aquéllas donde se objetiva su posición de subordinación social, y que, en realidad, es donde se afianza y reproduce esta subordinación. Es decir, se pretende generar conciencia para la subversión de estas condiciones materiales desde la base de la lucha por su afianzamiento, ya que, aunque se pretenda mejorarlas, en la práctica, cualitativamente, no se supera su marco. Por supuesto, el colofón de esta dinámica, cuando aún no se ha renunciado a la revolución, sólo puede ser la entronización del putschismo de la vanguardia, un vacuo insurreccionalismo. No es de extrañar que la obra cumbre de la concepción insurreccionalista, La insurrección armada de Neuberg 32, dé tantísima importancia a las contradicciones y vacilaciones del enemigo (que, por supuesto, juegan un papel importante, pero secundario; lo fundamental, y en lo que debe insistir una vanguardia digna de tal nombre, debe ser la iniciativa del movimiento revolucionario), que se suponen dadas, sin sugerir que puedan ser provocadas o agravadas por la acción del movimiento revolucionario. Esto no es sino la elevación del aprisionamiento del proletariado en el marco social y cultural capitalista al plano político, concediendo una primacía desmesurada a las naturales crisis intestinas del enemigo de clase. Es decir, la revolución queda supeditada a la dinámica de las crisis políticas propiciadas por el marco económico capitalista y depende de ellas. Así, la importancia que esta obra da a los aspectos técnicos de preparación del levantamiento insurreccional es la consecuencia del aprisionamiento de la revolución en el marco de las condiciones vigentes, y el reconocimiento de la incapacidad de atraerse a las masas bajo éstas, siendo únicamente la vanguardia la posibilitada para realizar la acción, quedando en consecuencia un acontecimiento de calado histórico como la revolución proletaria reducido a cuestiones técnicas relativamente insignificantes, como elegir la fecha apropiada para el golpe –¡en días!–; realmente, blanquismo en estado puro.

A medida que la mayoría de las secciones de la IC se muestran incapaces de continuar el camino comenzado a desbrozar por Octubre, irán poniendo cada vez más acento en el ganar a las masas previo al “momento revolucionario”, que se supone dado por la crisis del sistema, cayendo en realidad en la práctica socialdemócrata, pero en unas condiciones objetivamente más desfavorables, como son las condiciones del imperialismo y la existencia de unos partidos obreros de masas reformistas.

El primer paso en este camino será la dualización, paralela a la del proceso revolucionario, de los soviets. Demos la palabra al dirigente que tras la desaparición de Lenin tomará las riendas del MCI:

“Los Soviets de diputados obreros son órganos de lucha de la clase obrera contra el Poder existente, órganos de la insurrección, órganos del nuevo Poder revolucionario…” 33

Como vimos más arriba, Stalin todavía diez años después de Octubre (está escrito en 1927, a propósito de China) mantiene unas concepciones que la experiencia soviética en la Revolución rusa no han modificado. Aunque, en estricto, las formulaciones stalinianas que se recogen no son necesariamente incorrectas en sí mismas (salvando el caduco matiz insurreccionalista), suponen la institucionalización, en el contexto de crisis que comienza a embargar a la IC al no encontrar sus secciones la forma de avanzar hacia la revolución, de esa dualización (que también podemos encontrar en Lenin) del proceso revolucionario. Así, con esta dualización, en las concepciones que van a dominar a la IC se supondrá a los soviets como producto de las reivindicaciones parciales de las masas, que son sucedidas por la insurrección. El libro de Neuberg, resumiendo el proyecto de programa de la IC, lo expone claramente:

En presencia de un auge revolucionario , cuando las clases dominantes están desorganizadas, cuando las masas están en estado de fermentación revolucionaria, cuando los elementos intermedios se inclinan hacia el proletariado (…) entonces se impone al partido del proletariado el deber de conducirlo al ataque directo contra el Estado burgués. Este resultado se obtiene mediante la propagación de consignas transitorias, cada vez más activas, (Soviets, control obrero de la producción…) (…) y mediante la organización de acciones masivas (…) En estas acciones de masas se incluyen: las huelgas, las huelgas combinadas con manifestaciones o con manifestaciones armadas, finalmente la huelga general ligada con la insurrección armada contra el poder de la burguesía. Tales acciones tienen como condición indispensable la organización de grandes masas en unidades de combate, cuya forma misma abarca y pone en movimiento al mayor número posible de trabajadores (Soviets de diputados obreros y campesinos, Soviets de soldados, etc.) (…).” 34

En esta formulación vemos todos estos elementos: un “auge revolucionario” y una “fermentación revolucionaria de las masas” que no son producto de la acción del partido del proletariado, que es conceptualizado como un elemento externo al revolucionarismo de las masas, cuyo deber es actuar como una especie de catalizador y conducirlo hacia el ataque contra el Estado. En estas supuestas “acciones masivas” se despoja a los soviets de su naturaleza principal y se los convierte unilateralmente en “unidades de combate”.

Por si queda alguna duda de que toda esta vorágine revolucionaria es una consecuencia de las luchas parciales de las masas, la obra de Neuberg es aún más clara:

“Si se fija demasiado temprano [la fecha de la insurrección], o sea cuando la situación general todavía necesita agitación y propaganda para las ordinarias reivindicaciones parciales de las masas (…).” 35

Y más claramente aún:

“(…) utilizando ampliamente los sindicatos y sobre todo comités de fábrica, para transformar los combates parciales del proletariado en combates armados por la dictadura.”36

Como vemos, esta forma de desnaturalizar el verdadero carácter de los soviets como órganos de Nuevo Poder los va haciendo cada vez más superfluos. Así, basándose en el VI Congreso de la IC, de 1928, Neuberg, haciendo una desafortunada síntesis de las experiencias proletarias en este campo, ni siquiera sitúa a los soviets entre los elementos fundamentales que hacen originarse la insurrección:

“El programa de la I.C., al resumir la inmensa experiencia internacional de las insurrecciones proletarias, demuestra cómo se originan éstas en las huelgas o en las manifestaciones ordinarias, mediante las combinaciones de grandes huelgas políticas y manifestaciones armadas. Esta experiencia internacional, generalizada en el programa bajo forma de directriz, muestra que el punto central de la preparación de la sublevación armada es la voluntad del Partido para llevar las masas proletarias a la calle mediante la huelga y, cuando estas masas se han lanzado a la calle, el Partido debe animarlas y organizarlas con miras a la lucha por el poder. (…) Hay que dar a los partidos y a las masas proletarias el más detallado análisis posible de la experiencia acumulada, hay que enseñarles a elevar las huelgas y las manifestaciones a un grado superior, para transformarlas en huelgas generales combinadas con una sublevación armada contra el poder del Estado de la burguesía .”37

Como vemos, este “resumen de la inmensa experiencia de las insurrecciones proletarias”, al no captar la esencia de los soviets, es incapaz de entender correctamente el posicionamiento de Lenin ante los acontecimientos de julio donde, como ya hemos señalado, sobraba ardor combativo entre las masas proletarias –factor sobre el que también insiste mucho la obra de Neuberg– y la insurrección se originó desde estos elementos que señala Neuberg, oponiéndose aún así Lenin a ella y resultando un fracaso a pesar de la forzada participación del partido revolucionario. Por supuesto, si esto fue así en Rusia, con un Estado burgués en agudísima crisis, en las insurrecciones que jalonaron tras Octubre una Europa en proceso de estabilización el proletariado sólo coleccionó derrotas, y algún éxito efímero finalmente aplastado.

Por supuesto, el error no reside en algún aspecto táctico o técnico –que es lo que la obra de Neuberg, prisionera de esta vieja concepción, es incapaz de superar–, sino en la concepción de fondo.

Ya hemos señalado esta asfixiante dualización del proceso revolucionario entre el ganar a las masas y tomar el poder, cuya consecuencia, bajo el halo de prestigio de la experiencia soviética mal comprendida, es esta división de los soviets como órganos de combate e insurrección (partiendo ésta de las demandas parciales y, consecuentemente, los soviets también) y como órganos de Poder.

Pues bien, la concepción de GPP, que contemporáneamente comienzan a transitar Mao y el Partido Comunista de China, supera estas limitaciones teóricas y muestra en la práctica el camino a seguir, contrastando con el estancamiento de las secciones europeas de la IC. Así, es un absurdo dualizar los soviets, los organismos de Nuevo Poder, como órganos de combate y de poder, sino que son ambas cosas a la vez. Es decir, el proceso revolucionario, la GPP, es el establecimiento del poder proletario –que no hay que entender como una demarcación territorial precisa, sino como masas armadas– desde el principio, que va paulatinamente, a medida que la GPP se desarrolla exitosamente, extendiéndose y afirmándose. Por tanto, los órganos de Nuevo Poder son también organizaciones de lucha como correlato de su naturaleza, al representar a las masas armadas, que se defienden o pasan a la ofensiva en el transcurso de la guerra civil prolongada. La premisa fundamental para el inicio de esta lucha es la completa constitución (reconstitución en nuestro caso) del partido revolucionario, del Partido Comunista, en todos sus requisitos, es decir, la unión de la ideología revolucionaria –que es la materialización consciente, en base a la síntesis del saber universal y la experiencia histórica de la lucha de clases, del plan general para la emancipación del proletariado y la humanidad– con el movimiento obrero, con todas sus particularidades y complejidades, plasmándose su concreción en las características y situación de cada país a través del Programa y la especificación del plan de GPP en función de aquéllas.

De este modo, la GPP supera las inconsistencias de la línea política del viejo paradigma revolucionario, estableciendo que el trabajo de los revolucionarios es siempre revolucionario. Supera el callejón sin salida de intentar ganar a las masas para la subversión de las relaciones sociales capitalistas desde el marco de éstas, al establecer que las masas van incorporándose progresivamente al proceso revolucionario mediante la experimentación de su dictadura de clase. La experimentación de las masas se pone en consonancia con la naturaleza del proceso revolucionario, realizándose en el único marco coherente concebible con él, la experiencia política de su propia dictadura, frente a la experimentación económica en el marco impuesto por el sistema. Así, la práctica revolucionaria de la vanguardia consiste esencialmente en generar el marco y las condiciones políticas, sobre la base material de la crisis histórica general del capitalismo y su descomposición, necesarias para tal experimentación. Ésta es la senda que, confusamente, señaló Octubre y por la cual el maoísmo se lanzó decididamente.

El camino opuesto, el transitado por las secciones europeas de la IC, es tristemente conocido. La incapacidad para ganarse a las masas para la revolución desde sus condiciones inmediatas de existencia llevó a la búsqueda de aquéllas en el lugar donde, desde esta base, coherentemente se encuadraban, el reformismo político socialdemócrata, con la búsqueda de un acercamiento a éste mediante la táctica de Frente Único. El correlato lógico fue, dando un paso más allá, buscar la iniciativa política en tal o cual facción de la burguesía que se juzgaba “demócrata” o “progresista”, con la política de Frente Popular, que, consecuentemente, en su inevitable degeneración condujo (como se demostraba tempranamente con la disolución del Partido internacional de la Revolución, la Komintern, en contraprestación a la alianza con la burguesía “democrática” internacional –en este caso, el imperialismo anglosajón– en la lucha contra el fascismo) a la liquidación del comunismo como actor político independiente y de la revolución como referente social, y a la reabsorción de sus últimos y descompuestos restos por el sistema.

Deliberaciones a la vista de un Ciclo

En el viejo progreso social, llamémosle, preproletario , lo que domina es el agregado de coyunturas, la búsqueda del interés particular; en estas condiciones lo que da primacía a las nuevas clases sociales es, digámoslo usando un lenguaje revisionista, “ser portadoras de un nuevo modo de producción”. Es decir, sus progresos como clase van de la mano de ese desarrollo económico que el anterior sistema es incapaz de asimilar. En realidad, la historia hasta la aparición del proletariado moderno no es más que la sucesión de sistemas de explotación cada vez más complicados y perfeccionados (evidentemente, esto con todas sus complejidades de la mayor importancia), con lo cual es natural que las formas superiores y más eficientes engullan materialmente (con su correlato de violencias, vaivenes y revoluciones) a los más rudimentarios. Este esquema es particularmente válido para la burguesía y el capitalismo, que es, en cambio, la última y más perfeccionada de estas formas, lo que le da una capacidad de asimilación y reestructuración sin parangón en la historia, y la experiencia de las revoluciones del siglo XX, el más serio desafío a su existencia, y que ha sabido sortear, lo demuestra sobradamente.

Así, el proletariado no puede confiar, como en el pasado, en que el simple desarrollo social espontáneo lo transporte al socialismo y al Comunismo. Precisamente porque rompe con la lógica de la historia hasta ahora, porque es económicamente imposible que logre instituir una forma de explotación más perfecta, sino que su objetivo es la completa abolición de ésta en todas sus formas. Esta cesura consabida, no ha sido asimilada en todas sus consecuencias. El proletariado no puede confiar ya, como hizo a lo largo del Ciclo, en el desarrollo económico y social espontáneo para impulsar su lucha de clase, porque eso sólo le conduce, y de hecho así ha sido, hacia la asimilación por este sistema, su desarme y su postración. La única garantía de futuro es su lucha de clase revolucionaria, consecuente y consciente , y remarcamos esta palabra para que no sea entendida al modo convencional, sino en un plano cualitativamente superior, histórico: la revolución proletaria es realmente el primer acto de libertad de la humanidad, lo que la ajusta completamente a su objetivo final.

Estas disquisiciones algo abstractas son necesarias para clarificar lo que entendemos por viejo y por nuevo. Por decirlo de forma extremadamente esquemática y simple, a lo primero corresponde lo espontáneo, el movimiento ciego, y a lo segundo, la consciencia, el progresivo conocimiento de las leyes que rigen la sociedad y su transformación. En las condiciones económicas, sociales y culturales de la sociedad capitalista esto supone respectivamente poner el acento en lo espontáneo, en la experimentación social desde lo dado inmediatamente, o, en el otro lado, en la consciencia, en la teoría revolucionaria, entendida como síntesis de la experiencia histórica de la clase, como guía de la actividad de la vanguardia. Por supuesto, ningún pensamiento mínimamente dialéctico puede hablar de una oposición absoluta entre ambos aspectos, sino que forman parte de una misma contradicción, fruto del surgimiento de lo nuevo desde lo viejo y de su desarrollo en lucha (y, por tanto, unidad) contra éste.

Hasta ahora, el pensamiento proletario ha estado dominado por esa pueril confianza en que el desarrollo social por sí mismo, con sus consecuencias políticas de espontaneísmo, seguidismo y culto al movimiento por el movimiento, le daría el triunfo. Como hemos señalado, una de las razones fundamentales para el predomino de esta concepción es el alumbramiento de la clase proletaria y de sus primeras experiencias como tal en la lucha de clases al calor de la revolución burguesa, proceso que sí se adecúa a esta concepción del progreso social como agregado de coyunturas, como superioridad económica en definitiva. El proletariado, fruto de su neonata inmadurez, transustanció estas concepciones a su propia idiosincrasia de clase y las mantuvo durante su empeño revolucionario, aunque ya no se adecuaban plenamente a la situación objetiva de una nuevas “relaciones sociales que ya se habían agudizado lo bastante”, las de la culminación de las posibilidades del capitalismo y su época de descomposición (el imperialismo, la era de la revolución proletaria). La inmadurez del proletariado y de su lucha de clase y el hecho de que “el fantasma del comunismo” pasará inmediatamente a escena tras la culminación, más o menos completa, de las revoluciones burguesas, impidieron que se pudiera hacer una criba de estos elementos, que constituyen con seguridad una necesaria marca de nacimiento como clase independiente. Esta yuxtaposición inmediata de las revoluciones burguesa y proletaria permitió que ciertos elementos permanecieran vigentes durante el Primer Ciclo de la Revolución Proletaria Mundial. Así, a lo largo de dos siglos, la revolución estuvo vigente como referente social y político, que daba cierta perspectiva a las movilizaciones de masas y les servía de acicate, aunque fueran relativamente espontáneas, y era tenida en cuenta en todas las chancillerías. Ésta es una de las características que se mantuvieron vigentes durante toda esa, si se nos permite, era de la revolución , que podría abarcar el periodo comprendido entre 1789 y 1989 (desde luego, el paso del protagonismo al proletariado revolucionario supone un salto cualitativo por la posición y naturaleza del enfrentamiento de clases y sus perspectivas). Otro factor, íntimamente unido al anterior, era el desclasamiento de numerosos intelectuales burgueses, todo un fenómeno social, hacia el proletariado, que, por fuerza, solían asumir la dirección del movimiento revolucionario. Esto solucionaba en gran parte, aunque defectuosamente y, como vemos ahora, con nefastas consecuencias en el largo plazo, el problema de la elevación ideológica de nuestra clase y, en el fondo, reforzaba ese ideal espontaneísta entre los obreros más avanzados. Es debido a estos factores y en este sentido que podemos hablar de un histórico impulso burgués a la revolución proletaria y explicar muchas de las peculiaridades de Octubre, del MCI nacido a su calor y del Ciclo.

La cohabitación en el seno del MCI de elementos viejos y nuevos, proletarios, hizo que a medida que el movimiento se veía incapaz de afrontar las tareas que imponía lo nuevo, la revolución proletaria, recurriera cada vez más a recetas caducadas. Éstas finalmente acabaron fagocitándolo y destruyéndolo como movimiento revolucionario, cerrando el Primer Ciclo de la Revolución Proletaria Mundial. Este agrio final ha dejado al movimiento comunista descompuesto e incapaz de retomar el camino revolucionario propio, mostrando todos estos viejos elementos en su más fea y descompuesta cara, ya que se han perdido esos elementos que permitían cierta viabilidad inmediata –pero que en el largo tiempo, cuando se iban haciendo evidentes los retos objetivos de la empresa revolucionaria, resultarían desastrosos– a estas concepciones (fundamentalmente esa perspectiva social de la revolución, pero también la deserción del intelectual burgués de sus filas). Es por eso que el final del Ciclo nos deja en una situación insólita y nos plantea nuevos retos.

No obstante, el final del Ciclo también nos da la perspectiva necesaria para, con el estudio de la experiencia histórica de la lucha revolucionaria del proletariado, poder depurar estos elementos y elevar la capacidad revolucionaria del proletariado, disponiendo a nuestra clase en una posición cualitativamente superior para afrontar el próximo Ciclo revolucionario.

La naturaleza de la revolución proletaria, empresa emancipadora universal, hace de ella, por las condiciones objetivas que supone la culminación del capitalismo, una empresa –y esto tampoco tiene parangón en la historia– socialmente consciente. Un proceso por el cual la humanidad (abstracción materializada en humanidad proletarizada) va conociendo progresivamente las leyes de la sociedad y de su transformación, capacitándose para manejarla, y con ello por primera vez se libera de todos los condicionantes sociales para su libre realización. Es por ello que toda la problemática relacionada con la ideología revolucionaria, el marxismo, guía emancipadora universal, adquiere una importancia crucial. Es también esto lo que hace que la GPP sea la única estrategia coherente con la inaudita naturaleza histórica de la revolución proletaria, pues pone el acento en la iniciativa consciente del sujeto revolucionario, que desarrolla el proceso en función de un plan general (que, por supuesto, está adaptado a las condiciones específicas y deberá afrontar multitud de contingencias), y no depende de supuestos cataclismos externos (crisis varias y estallidos sociales), sino que, en todo caso, los aprovecha para su desarrollo.

El fin del Ciclo, y de toda una era de revoluciones con él, y la situación en la que ha dejado al marxismo, sobre la que venimos insistiendo, hace urgente su reconstitución, y con él la del movimiento comunista. Así pues, en las condiciones que nos impone el final del Ciclo, la lucha por entronizar la GPP entre la vanguardia del proletariado está profundamente hermanada con la lucha por el Balance de esta experiencia y por la reconstitución del comunismo. Cuanto más se implique el conjunto de la vanguardia en estas ineludibles tareas históricas tanto mayores serán la solidez de la recomposición de nuestro movimiento y las posibilidades de éxito en el próximo Ciclo revolucionario.

César H .

NOTAS

1 MARX, C.: Las luchas de clases en Francia (1848-1850). Ayuso. Madrid, 1975, págs. 15 y 16.
2Para una mayor profundización en estos aspectos remitimos al lector al magnífico trabajo elaborado por el Colectivo Fénix: Stalin. Del marxismo al revisionismo. , especialmente en el apartado “Límites de las premisas ideológicas del Ciclo de Octubre”.
3 Mención aparte merece la Comuna de París, en rigor la primera experiencia plenamente revolucionaria del proletariado. Sin embargo, aquí de nuevo son factores externos al proletariado –la crisis del II Imperio y la desastrosa guerra contra Prusia (factor que no por casualidad se repetirá en Rusia)– los que, en una época de resaca política de la revolución burguesa (no en vano el II Imperio es hijo bastardo de ella), determinan el estallido revolucionario. Además, la inmadurez de los obreros parisinos marcará el que no sea la ideología revolucionaria del proletariado, el marxismo, quien hegemonice la empresa, sino concepciones pequeñoburguesas como el blanquismo y el proudhonismo. No obstante, gracias al fecundísimo cerebro de Marx, será fuente de fundamentales enseñanzas respecto a las tareas de la revolución para con el Estado.
4 MARX : Op. cit. págs. 28 y 29. Añadir que Engels, antes de morir, se quejó amargamente en varias cartas de la utilización de su Introducción por la socialdemocracia para legitimar su práctica real reformista: “Hoy he visto en Vorwärts un extracto de mi introducción, publicado sin mi consentimiento y arreglado de tal modo que aparezco como un pacífico adorador de la legalidad a toda costa. Razón de más para que deseé ver publicada integramente la introducción en Neue Zeit, a fin de que se disipe esta bochornosa impresión.” MARX, ENGELS: Sochineniya . Moscú, 1966. Tomo 39, pág. 373.
5 Véase al respecto también, Colectivo Fénix: Stalin. Del marxismo al revisionismo , en el apartado “Los límites del bolchevismo”.
6 LENIN, V. I.: Obras completas. Akal. Madrid, 1978, tomo XXXVII, págs. 220 y 221 (la negrita es nuestra – N. de la R .).
7 TROTSKI, L.: Historia de la revolución rusa. Sarpe. Madrid, 1985, vol. I, pág. 41.
8 Usamos para las fechas el actual calendario gregoriano, con trece días de adelanto respecto al calendario juliano, vigente en la Rusia de la época.
9 ANWEILER, O.: Los soviets en Rusia. 1905-1921. Zero. Madrid, 1975, págs. 112 y 113.
10 Que piensen en ello los consejistas, comunistas de izquierda y otros adalides “izquierdistas” de la “auto-organización obrera” y del espontaneísmo revolucionario, que además acusan a los bolcheviques de haber asesinado la revolución ¿Qué hubiera sido de los soviets en 1917 sin el contrapeso bolchevique? Su destino, sin duda, hubiera sido fenecer, como en 1905, una vez que la burguesía rusa hubiese estabilizado su crisis en alianza con las fuerzas sociales del viejo régimen. Cierto que le hubiera costado bastante, pero la guerra, principal factor desestabilizador, no duraría eternamente, y sólo un año después, y sin segundo frente, Alemania sería derrotada.
11 Aunque, por otro lado, esto no es del todo cierto, ya que algunos miembros del Comité del POSDR (b) en Petrogrado intuyen de una forma, vamos a decir, bastante “leninista”, la nueva situación y coligen la consigna consecuente; ver ANWEILER : Op cit., pág. 156. Lo que nos puede hablar de la madurez revolucionaria del Partido Bolchevique como conjunto y ayudar a liberarnos de la mitificación de caudillajes –ciertamente, algo natural en el caso de Lenin– en el ideal de lo que debe ser la dirigencia revolucionaria.
12 También es cierto que la posición de éste no era exactamente igual a la de Kamenev –que siempre se mostrará receloso, aunque la acate, con la consigna de todo el poder a los soviets – y, aunque algunas propagandas quieran hacer tabla rasa, ya antes de la recepción de las primeras cartas de Lenin, muestra una posición más receptiva ante la actitud leninista de los soviets como órganos del Nuevo Poder socialista, a la que enseguida se adhirió; en la segunda mitad de marzo escribe en Pravda : “Es necesario un organismo general de la lucha revolucionaria de toda la democracia rusa, con el suficiente prestigio para fundir en un todo único la democracia de la capital y la de las provincias y que pueda convertirse, llegado el momento, de órgano de dirección de la lucha revolucionaria del pueblo en un órgano de Poder revolucionario que movilice todas las fuerzas vivas del pueblo contra las fuerzas de la contrarrevolución. Ese organismo sólo puede ser el Soviet de Diputados Obreros, Soldados y Campesinos de toda Rusia.”; STALIN, J.: Obras. Ediciones en Lenguas Extranjeras. Moscú, 1953, tomo 3, pág. 14. (nótese, por otra parte, esa dualización entre órganos de lucha revolucionaria y órganos de Poder, cesura que perdurará en su pensamiento y de la que hablaremos más adelante).
13 LENIN: O. C. Akal, t. XXIV, pág. 479.
14 Ibídem , pág. 478.
15 ANWEILER: Op. cit. pág. 113.
16 LENIN: Op. cit. pág. 478.
17Ibídem , págs. 485 y 486.
18Ibid ., págs. 480, 481 y 487.
19 LENIN: O. C. , Akal, t. XXVII, pág. 133.
20Los bolcheviques y la revolución de octubre. Actas del comité central del partido obrero socialdemócrata ruso (b), agosto de 1917 a febrero de 1918. Siglo XXI. México, 1978, págs. 92-98.
21 NIN, A.: Los soviets. Revolución. Madrid, 1987, pág. 42.
22 La lucha de Lenin y su decisión llegará hasta el extremo de plantear su dimisión en el Comité Central para conseguir libertad de palabra y agitación entre las organizaciones de base y los obreros; LENIN: Op. cit. , págs. 196 y 336. Es decir, antes revolución que unidad. Inevitablemente, ante esta actitud, nuestra mente se traslada inmediatamente a Nepal. Lo cierto es que las informaciones que llegan de allí son bastante oscuras y fragmentarias, pero algunas hablan de ciertas resistencias –incluso hay vagas referencias a una resistencia armada– de sectores del partido nepalí ante los acuerdos de paz. Si de verdad existe un ala izquierda organizada, desde aquí no podemos por menos que exhortarles, sin aventurerismos y teniendo en cuenta la relación de fuerzas, a continuar la senda leninista. Es curiosa, abundando algo en la cuestión, la semejanza entre los liquidacionismos, a pesar de la diversidad de contextos, entre esa línea kamenevista de espera a los países “avanzados” y la apelación de la dirección nepalí a la situación en los países imperialistas, para justificar su renuncia a la revolución y a ejercer de vanguardia mundial de ésta. La esencia universal es la misma, la desconfianza en la capacidad de la lucha de clase revolucionaria del proletariado y, por tanto, la liquidación del principio marxista de la lucha de clases como motor de la historia.
23 LENIN: Op. cit., pág. 325.
24 Los bolcheviques y la revolución de octubre, pág. 100.
25 LENIN: Op. cit., pág. 322.
26 Ibídem , pág. 346.
27Ibid ., pág. 316.
28 LENIN: O. C., Akal, t. XXIV, pág. 484.
29 LENIN: O. C. , Akal, t. XXXII, págs. 253 y 259.
30Ibídem , pág. 258.
31Los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista (1919-1923) . Pluma. Buenos Aires, 1973, tomo I, pág. 151.
32 La obra de Neuberg fue redactada por una comisión del Ejército Rojo y de miembros de la IC por encargo de ésta. Así, es una obra colectiva, aunque, por comodidad, nos referiremos genéricamente a ella señalando sólo el nombre que figuró como autor.
33STALIN: Op. cit ., t. 9, pág 242.
34 NEUBERG, A.: La insurrección armada. Akal. Madrid, 1977, pág. 55.
35Ibídem , pág. 63.
36Ibid ., pág. 26.
37 Ibid. , págs. 20 y 21.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s