La insurrección armada (A. Neuberg)

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Notas críticas al texto de Neuberg de los camaradas del MAI (extraído de su documento Octubre: lo viejo y lo nuevo):

Como vimos más arriba, Stalin todavía diez años después de Octubre (está escrito en 1927, a propósito de China) mantiene unas concepciones que la experiencia soviética en la Revolución rusa no han modificado. Aunque, en estricto, las formulaciones stalinianas que se recogen no son necesariamente incorrectas en sí mismas (salvando el caduco matiz insurreccionalista), suponen la institucionalización, en el contexto de crisis que comienza a embargar a la IC al no encontrar sus secciones la forma de avanzar hacia la revolución, de esa dualización (que también podemos encontrar en Lenin) del proceso revolucionario. Así, con esta dualización, en las concepciones que van a dominar a la IC se supondrá a los soviets como producto de las reivindicaciones parciales de las masas, que son sucedidas por la insurrección. El libro de Neuberg, resumiendo el proyecto de programa de la IC, lo expone claramente:

En presencia de un auge revolucionario , cuando las clases dominantes están desorganizadas, cuando las masas están en estado de fermentación revolucionaria, cuando los elementos intermedios se inclinan hacia el proletariado (…) entonces se impone al partido del proletariado el deber de conducirlo al ataque directo contra el Estado burgués. Este resultado se obtiene mediante la propagación de consignas transitorias, cada vez más activas, (Soviets, control obrero de la producción…) (…) y mediante la organización de acciones masivas (…) En estas acciones de masas se incluyen: las huelgas, las huelgas combinadas con manifestaciones o con manifestaciones armadas, finalmente la huelga general ligada con la insurrección armada contra el poder de la burguesía. Tales acciones tienen como condición indispensable la organización de grandes masas en unidades de combate, cuya forma misma abarca y pone en movimiento al mayor número posible de trabajadores (Soviets de diputados obreros y campesinos, Soviets de soldados, etc.) (…).” 34

En esta formulación vemos todos estos elementos: un “auge revolucionario” y una “fermentación revolucionaria de las masas” que no son producto de la acción del partido del proletariado, que es conceptualizado como un elemento externo al revolucionarismo de las masas, cuyo deber es actuar como una especie de catalizador y conducirlo hacia el ataque contra el Estado. En estas supuestas “acciones masivas” se despoja a los soviets de su naturaleza principal y se los convierte unilateralmente en “unidades de combate”.

Por si queda alguna duda de que toda esta vorágine revolucionaria es una consecuencia de las luchas parciales de las masas, la obra de Neuberg es aún más clara:

“Si se fija demasiado temprano [la fecha de la insurrección], o sea cuando la situación general todavía necesita agitación y propaganda para las ordinarias reivindicaciones parciales de las masas (…).” 35

Y más claramente aún:

“(…) utilizando ampliamente los sindicatos y sobre todo comités de fábrica, para transformar los combates parciales del proletariado en combates armados por la dictadura.”36

Como vemos, esta forma de desnaturalizar el verdadero carácter de los soviets como órganos de Nuevo Poder los va haciendo cada vez más superfluos. Así, basándose en el VI Congreso de la IC, de 1928, Neuberg, haciendo una desafortunada síntesis de las experiencias proletarias en este campo, ni siquiera sitúa a los soviets entre los elementos fundamentales que hacen originarse la insurrección:

“El programa de la I.C., al resumir la inmensa experiencia internacional de las insurrecciones proletarias, demuestra cómo se originan éstas en las huelgas o en las manifestaciones ordinarias, mediante las combinaciones de grandes huelgas políticas y manifestaciones armadas. Esta experiencia internacional, generalizada en el programa bajo forma de directriz, muestra que el punto central de la preparación de la sublevación armada es la voluntad del Partido para llevar las masas proletarias a la calle mediante la huelga y, cuando estas masas se han lanzado a la calle, el Partido debe animarlas y organizarlas con miras a la lucha por el poder. (…) Hay que dar a los partidos y a las masas proletarias el más detallado análisis posible de la experiencia acumulada, hay que enseñarles a elevar las huelgas y las manifestaciones a un grado superior, para transformarlas en huelgas generales combinadas con una sublevación armada contra el poder del Estado de la burguesía .”37

Como vemos, este “resumen de la inmensa experiencia de las insurrecciones proletarias”, al no captar la esencia de los soviets, es incapaz de entender correctamente el posicionamiento de Lenin ante los acontecimientos de julio donde, como ya hemos señalado, sobraba ardor combativo entre las masas proletarias –factor sobre el que también insiste mucho la obra de Neuberg– y la insurrección se originó desde estos elementos que señala Neuberg, oponiéndose aún así Lenin a ella y resultando un fracaso a pesar de la forzada participación del partido revolucionario. Por supuesto, si esto fue así en Rusia, con un Estado burgués en agudísima crisis, en las insurrecciones que jalonaron tras Octubre una Europa en proceso de estabilización el proletariado sólo coleccionó derrotas, y algún éxito efímero finalmente aplastado.

Por supuesto, el error no reside en algún aspecto táctico o técnico –que es lo que la obra de Neuberg, prisionera de esta vieja concepción, es incapaz de superar–, sino en la concepción de fondo.

Ya hemos señalado esta asfixiante dualización del proceso revolucionario entre el ganar a las masas y tomar el poder, cuya consecuencia, bajo el halo de prestigio de la experiencia soviética mal comprendida, es esta división de los soviets como órganos de combate e insurrección (partiendo ésta de las demandas parciales y, consecuentemente, los soviets también) y como órganos de Poder.

Pues bien, la concepción de GPP, que contemporáneamente comienzan a transitar Mao y el Partido Comunista de China, supera estas limitaciones teóricas y muestra en la práctica el camino a seguir, contrastando con el estancamiento de las secciones europeas de la IC. Así, es un absurdo dualizar los soviets, los organismos de Nuevo Poder, como órganos de combate y de poder, sino que son ambas cosas a la vez. Es decir, el proceso revolucionario, la GPP, es el establecimiento del poder proletario –que no hay que entender como una demarcación territorial precisa, sino como masas armadas– desde el principio, que va paulatinamente, a medida que la GPP se desarrolla exitosamente, extendiéndose y afirmándose. Por tanto, los órganos de Nuevo Poder son también organizaciones de lucha como correlato de su naturaleza, al representar a las masas armadas, que se defienden o pasan a la ofensiva en el transcurso de la guerra civil prolongada. La premisa fundamental para el inicio de esta lucha es la completa constitución (reconstitución en nuestro caso) del partido revolucionario, del Partido Comunista, en todos sus requisitos, es decir, la unión de la ideología revolucionaria –que es la materialización consciente, en base a la síntesis del saber universal y la experiencia histórica de la lucha de clases, del plan general para la emancipación del proletariado y la humanidad– con el movimiento obrero, con todas sus particularidades y complejidades, plasmándose su concreción en las características y situación de cada país a través del Programa y la especificación del plan de GPP en función de aquéllas.

De este modo, la GPP supera las inconsistencias de la línea política del viejo paradigma revolucionario, estableciendo que el trabajo de los revolucionarios es siempre revolucionario. Supera el callejón sin salida de intentar ganar a las masas para la subversión de las relaciones sociales capitalistas desde el marco de éstas, al establecer que las masas van incorporándose progresivamente al proceso revolucionario mediante la experimentación de su dictadura de clase. La experimentación de las masas se pone en consonancia con la naturaleza del proceso revolucionario, realizándose en el único marco coherente concebible con él, la experiencia política de su propia dictadura, frente a la experimentación económica en el marco impuesto por el sistema. Así, la práctica revolucionaria de la vanguardia consiste esencialmente en generar el marco y las condiciones políticas, sobre la base material de la crisis histórica general del capitalismo y su descomposición, necesarias para tal experimentación. Ésta es la senda que, confusamente, señaló Octubre y por la cual el maoísmo se lanzó decididamente.

El camino opuesto, el transitado por las secciones europeas de la IC, es tristemente conocido. La incapacidad para ganarse a las masas para la revolución desde sus condiciones inmediatas de existencia llevó a la búsqueda de aquéllas en el lugar donde, desde esta base, coherentemente se encuadraban, el reformismo político socialdemócrata, con la búsqueda de un acercamiento a éste mediante la táctica de Frente Único. El correlato lógico fue, dando un paso más allá, buscar la iniciativa política en tal o cual facción de la burguesía que se juzgaba “demócrata” o “progresista”, con la política de Frente Popular, que, consecuentemente, en su inevitable degeneración condujo (como se demostraba tempranamente con la disolución del Partido internacional de la Revolución, la Komintern, en contraprestación a la alianza con la burguesía “democrática” internacional –en este caso, el imperialismo anglosajón– en la lucha contra el fascismo) a la liquidación del comunismo como actor político independiente y de la revolución como referente social, y a la reabsorción de sus últimos y descompuestos restos por el sistema.

34 NEUBERG, A.: La insurrección armada. Akal. Madrid, 1977, pág. 55.
35Ibídem , pág. 63.
36Ibid ., pág. 26.
37 Ibid. , págs. 20 y 21.

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