Trotsky y el Leninismo

La Primera Revolución Rusa

San Petersburgo, 22 de enero de 1905. Una multitud silenciosa, encabezada por un pope ortodoxo, se acerca al Palacio de Invierno del zar. Pretenden entregarle un pliego de peticiones y reivindicaciones cuya aplicación haga más llevadera su desdichada existencia. No les atiende su padrecito autócrata, sino una línea de fusileros; no reciben promesas, sino balazos. Mueren más de 1.000 personas y unas 5.000 resultan heridas. Es domingo. El Domingo sangriento fue la chispa que encendió la Primera Revolución rusa. Su prólogo estuvo repleto de episodios miserables protagonizados por campesinos sometidos y arruinados por pagar el rescate de su servidumbre, abolida a la medida de sus señores en 1861, y obreros con salarios de hambre y jornadas de más de 12 horas diarias –pero que empezaban ya a aprender a manejar el arma de la huelga. A esto se unió la desastrosa guerra con Japón, iniciada en agosto de 1904, que todavía endureció más las condiciones de vida del pueblo ruso, y el deseo, por parte de algunos sectores de la burguesía, de una reforma del régimen autocrático y semifeudal en la dirección de una mayor apertura hacia el desarrollo capitalista.

La revolución iniciada en 1905 fue un movimiento ascendente que comenzó con huelgas económicas crecientes que se fueron transformando o entrelazando con huelgas políticas, que fueron elevando su magnitud hasta alcanzar la huelga general política –con la que aparecieron los Soviets–, en el mes de octubre, y que culminó con la fracasada insurrección armada en Moscú, en diciembre. A esto se sumaron las revueltas campesinas, que se iniciaron a partir del otoño y que continuaron creciendo a lo largo de 1906, cuando la revolución en las ciudades iba ya remitiendo. Desde el verano de este año, con el movimiento en franco repliegue, las fuerzas revolucionarias fueron encauzando su actividad a través de la Duma de Estado que Nicolás II se había visto obligado a convocar entre el canto de sirenas de las promesas constitucionales. Hasta que, en junio de 1907, el Primer Ministro, Stolipin, disolvió la II Duma , cerrando, así, en falso, el ciclo revolucionario.

La revolución de 1905-1907 movilizó a millones de obreros y campesinos y se caracterizó por que fue la clase obrera quien jugó el papel preponderante y hegemónico. El proletariado ruso actuó como vanguardia de un proceso en el que las reivindicaciones pasaron en seguida a adoptar contenidos políticos democráticos. Por el contrario, la burguesía ejerció un rol secundario, fue a remolque de los acontecimientos y, más bien, buscó la conciliación con la autocracia a través del seudoparlamento en forma de Duma de Estado. De hecho, la revolución sirvió para la consagración política de la burguesía liberal, que sólo en 1905 pudo constituir un partido al estilo de los de la burguesía occidental (el Partido Demócrata Constitucionalista, coloquialmente conocido como kadete ).

El posicionamiento de los partidos y de las clases en la Rusia revolucionaria siguió, en líneas generales, el guión fundamental que ya escribieran los marxistas en el Congreso de fundación de su partido, el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR), en 1898[1], y el análisis realizado en 1906 por el dirigente socialista alemán K. Kautsky en relación con el carácter social de la próxima revolución rusa, en general, y con el papel que en ella jugaría la burguesía liberal, en particular[2].

Desde estos presupuestos teóricos, y desde su confirmación por la experiencia práctica de la revolución, la socialdemocracia rusa pudo concretar sus diferentes concepciones tácticas. Ciertamente, una cosa eran las tareas de la revolución, y otra muy distinta sus fuerzas motrices y qué clase social debía dirigirla. Esta cuestión ahondaría aún más las diferencias políticas de las dos corrientes principales del socialismo ruso –el bolchevismo y el menchevismo– que ya se habían separado en el II Congreso del partido, celebrado en 1903.

Para los mencheviques, la naturaleza democrático-burguesa de las tareas de la revolución rusa indicaban la necesidad de que fuera la burguesía quien se pusiera a la cabeza del proceso, a la vez que el proletariado se reservaba las funciones de oposición extrema, aguardando su turno para ejercer el papel revolucionario que le ha encomendado la historia, mientras el capitalismo va creando las condiciones para la implementación de su lucha de clase en pos del socialismo. Para los bolcheviques, en cambio, de la naturaleza social de la revolución no se debía deducir necesariamente la naturaleza social de su sujeto dirigente. Para Lenin y sus seguidores, la burguesía se encontraba incapacitada para conducir de manera consecuente y hasta el final la revolución burguesa en Rusia: el temor de la débil burguesía a verse sobrepasada por el proletariado y las masas populares en el proceso, la retraían de su teórico papel dirigente. Como decía el jefe de los bolcheviques:

“[Cuando el proletariado ha empezado a] tener conciencia de constituir una clase aparte y a unirse en una organización de clase, independiente, [cuando el proletariado, en tales condiciones], utiliza cada paso de la libertad para reforzar su organización de clase contra la burguesía. De ahí deriva inevitablemente la aspiración de la burguesía a suavizar las aristas de la revolución, a no permitir que sea llevada a su fin, a no dar al proletariado la posibilidad de realizar su lucha de clase con toda libertad (…). Por eso, en el mejor de los casos, en las épocas de mayor ascenso de la revolución, la burguesía constituye (…) un elemento que vacila entre la revolución y la reacción. De manera que la burguesía no puede ser el dirigente de nuestra revolución.”[3]

Además, la revolución rusa presentaba una peculiaridad especial:

“(…) la agudeza del problema agrario, mucho más exacerbado en Rusia de lo que fuera en cualquier otro país en condiciones similares. La llamada reforma campesina de 1861 se llevó a cabo de modo tan inconsecuente y antidemocrático que las bases fundamentales de la dominación de los terratenientes bajo el régimen de servidumbre no fueron conmovidas. Por eso, el problema agrario, o sea, la lucha de los campesinos contra los terratenientes por la tierra, resultó ser una de las piedras de toque de la actual revolución. Esta lucha por la tierra forzosamente impulsa a enormes masas campesinas a la revolución democrática, pues sólo la democracia puede darles la tierra, al darles predominio en el Estado. La condición para la victoria del campesinado es el aniquilamiento total de la propiedad de los terratenientes.

De esta correlación de fuerzas sociales surge la inevitable conclusión de que la burguesía no puede ser el motor principal ni el dirigente de la revolución. Sólo el proletariado está en condiciones de llevarla hasta el fin, es decir, hasta la victoria completa. Pero esta victoria puede lograrse únicamente a condición de que el proletariado consiga llevar tras de sí a gran parte del campesinado. La victoria de la actual revolución es posible en Rusia sólo como dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado.”[4]

Siguiendo estos lineamientos tácticos, la percepción de las clases y de los partidos desde el punto de vista de la línea divisoria entre la revolución y la contrarrevolución variaba grandemente para cada una de las corrientes del socialismo ruso. Para los mencheviques, partidarios de una revolución burguesa clásica , el principal cometido del partido proletario consistía en apoyar al partido kadete , mientras establecían la línea que separaba la revolución de la contrarrevolución entre éste y los octubristas[5]. Por el contrario, para los bolcheviques, el papel dirigente del proletariado y las tareas de la revolución exigían que la socialdemocracia se atrajese a la pequeña burguesía democrática. La línea divisoria, entonces, habría que situarla entre la democracia revolucionaria y los kadetes . Cuando el desarrollo de la revolución, que implicaba una polarización constante de las fuerzas políticas, llevó al liberalismo constitucionalista a formar Gobierno, integrando el denominado gabinete responsable , al precio de su renuncia a cuestionar la propiedad terrateniente y al de su alejamiento de la consigna de Asamblea Constituyente –para ir reconociendo, poco a poco, la legitimidad de la Duma del zar–, el menchevismo se vio arrastrado hacia el campo contrarrevolucionario bajo la consigna de “gobierno apoyado en la Duma ”, y, una vez que ésta fue disuelta, con la idea de que fuese la Duma , y no un Gobierno Provisional Revolucionario –como defendían los bolcheviques–, quien convocase la Asamblea Constituyente ; todo lo cual significaba renunciar a la revolución democrática a cambio de un compromiso reformista con la autocracia. Por su parte, mientras los mencheviques se alejaban de la vía revolucionaria y del marxismo, los bolcheviques vieron cubiertas sus expectativas en el deslindamiento político entre las clases provocado por la marcha de los sucesos revolucionarios, cuando en la I Duma zarista se fue configurando el denominado “Grupo del Trabajo” –los llamados trudoviques –, como expresión de la democracia campesina revolucionaria y de la separación de ésta de la burguesía liberal. A partir de aquí, se abría la posibilidad práctica de realizar en el plano político la alianza de las clases revolucionarias que el plan bolchevique había puesto en la base de la revolución rusa. El golpe de Estado de Stolipin terminó con esta esperanza; pero, para 1907, los bolcheviques habían visto confirmada su línea táctica con el respaldo de los acontecimientos más importantes de la revolución, tanto en su fase ascendente, hasta la insurrección de diciembre, como en su fase de repliegue. La experiencia de 1905-07 no sólo había ratificado la posibilidad de que el proletariado se pudiera poner a la cabeza de la revolución democrático-burguesa en Rusia, sino también permitió corroborar la naturaleza de clase del futuro poder revolucionario según la fórmula bolchevique que Lenin hizo famosa en su libro dedicado a debatir estas cuestiones, Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática :

“ El proletariado debe llevar a su término la revolución democrática, atrayéndose las masas campesinas, para aplastar por la fuerza la resistencia de la autocracia y paralizar la inestabilidad de la burguesía. El proletariado debe llevar a cabo la revolución socialista, atrayéndose la masa de elementos semiproletarios de la población, para romper por la fuerza la resistencia de la burguesía y paralizar la inestabilidad de los campesinos y de la pequeña burguesía .”[6]

NOTAS

[1]En el Manifiesto de Minsk , en plena época de colaboración entre marxistas legales y marxistas revolucionarios, el propio P. Struve leyó ante el Congreso de fundación del POSDR el reconocimiento explícito, por parte de una de las corrientes del pensamiento liberal ruso, de la incapacidad de la burguesía para encabezar y consumar la revolución burguesa ( Cfr ., CARR, E. H.: La Revolución Bolchevique (1917-1923). Ed. Alianza. Madrid, 1972; tomo 1, pp. 25 y 29). Trotsky también compartía la común perspectiva revolucionaria del marxismo ruso en estos momentos incipientes: “Rusia avanzaba hacia la revolución burguesa. En las filas de la socialdemocracia (…) nadie dudaba que la revolución que se acercaba era precisamente burguesa ” (TROTSKY, L.: La revolución permanente . Ed. Fontamara. Barcelona, 1979; p. 46).

[2]Cfr ., LENIN, V. I.: Obras completas [en adelante, O.C .]. Moscú, 1983. 5ª edición; tomo 14, pp.183-193.

[3]LENIN: O.C ., t. 15, pp. 350 y 351.

[4]Ibídem.

[5]Así se denominaba coloquialmente a los seguidores de la Unión del 17 de octubre, el partido de los terratenientes y los industriales, ala derecha de los kadetes , que, tras el segundo manifiesto del zar, emitido en octubre de 1905 y en el que prometía “libertades civiles” y una “Duma legislativa”, había considerado suficientes esas concesiones de la autocracia y se había escindido de la vía liberal-constitucionalista representada por sus colegas demoliberales.

[6]LENIN: O.C ., t. 11, p. 95.

¿Tres Tácticas?

Bolcheviques y mencheviques representaban las dos principales líneas políticas que se enfrentaron dentro de la socialdemocracia rusa en la época de la Primera Revolución ; pero pronto se unió a la pugna León Trotsky, que abanderaba, prácticamente en solitario, una singular interpretación de los recientes acontecimientos revolucionarios y su consiguiente desarrollo táctico.

Trotsky había participado en el Congreso de 1903, decantándose por los mencheviques, aunque desde finales de 1904 se separó de ellos y se declaró “por encima y fuera de las fracciones”. A pesar de que en las cuestiones políticas fundamentales se situaba más cerca de los mencheviques, Trotsky trató de cultivar una imagen de independencia organizativa y de erigirse en el centro aglutinador o, al menos, en el símbolo de la unidad del POSDR. Pero lo que más ensalzó la figura individual e “independiente de las fracciones” de Trotsky fue la propia revolución rusa. En un proceso en el que ninguna de las fracciones socialdemócratas, ni el partido en su conjunto, consiguió ponerse a la cabeza o siquiera inspirar el movimiento de masas, Trotsky, desde su posición de dirigente práctico del Soviet de San Petersburgo, se erigió en la figura carismática y en uno de los referentes visibles de la socialdemocracia, lo cual le permitió disfrutar de un peso dentro del partido impensable en circunstancias normales –circunstancias que le impedirían en todo momento consolidar y encabezar una corriente con algún peso dentro del POSDR. Fueron los acontecimientos de 1905 los que impactaron en Trotsky hasta el punto de hacerle girar 180 grados en su perspectiva sobre el carácter de la revolución rusa. Si en 1903, en los debates internos del partido, fiel al punto de vista generalizado y a la común tradición de los marxistas rusos, se había mostrado incrédulo y contrario a la posible implantación de la dictadura del proletariado en la Rusia autocrática, su inmediata y personal experiencia revolucionaria le incitaron a pasar súbitamente a la posición contraria:

“Fue precisamente en el intervalo comprendido entre el 9 de enero [22 de enero, según el moderno calendario] y la huelga de octubre de 1905 cuando el autor formó sus concepciones sobre el carácter del desarrollo revolucionario de Rusia, conocidas bajo el nombre de teoría de la revolución permanente. Esta denominación, un poco capciosa, expresaba la idea de que la revolución rusa, si bien tenía planteados objetivos burgueses inmediatos, no podría detenerse en los mismos. La revolución no podría cumplir sus objetivos inmediatos burgueses más que llevando al proletariado al Poder .”[7]

El proceso intelectual que preparó tan repentino giro político no fue, sin embargo, tan brusco. Efectivamente, durante 1904 Trotsky había entablado una estrecha relación con G. Parvus, socialista ruso-alemán que se había ganado un nombre en el SPD denunciando el revisionismo de Bernstein. Parvus fue quien, realmente, estableció los presupuestos teóricos de la futura tesis sobre la Revolución Permanente :

“Como es sabido, el radicalismo político en Europa Occidental se apoyaba principalmente en la pequeña burguesía, formada por los artesanos y, más en general, por toda esa parte de la burguesía golpeada por el desarrollo de la industria y rechazada de la clase de los capitalistas (…). Es cierto que con el advenimiento del régimen parlamentario, su potencia hacía tiempo que se había agotado, pero la existencia de numerosas ciudades en las cuales predominaba el tercer estado tuvo una indiscutible importancia política. A medida que estas fuerzas sociales se disolvían en las contradicciones capitalistas, a los partidos democráticos se les planteaba el problema siguiente: unirse a los obreros y convertirse en socialistas, o unirse con la burguesía capitalista y transformarse en reaccionarios. En Rusia, en el período precapitalista, las ciudades se desarrollaban más bien a la manera china que al modo europeo. Eran centros administrativos sin ninguna importancia política y, desde el punto de vista económico, mercados para los campesinos y los propietarios latifundistas del entorno. Su desarrollo era todavía insignificante cuando el capitalismo lo detuvo, y comenzó a fundar grandes ciudades, es decir ciudades industriales y centros de comercio mundial. Por estas causas Rusia tiene una burguesía capitalista, pero no tiene esa burguesía media de la cual ha salido y sobre la cual se ha mantenido la democracia política de Europa occidental . Los estratos medios de la burguesía capitalista contemporánea en Rusia, así como en todo el resto de Europa, comprenden las profesiones liberales (médicos, abogados, literatos, etc.), los estratos sociales ajenos al proceso productivo y el personal técnico de la industria y del comercio capitalista como asimismo ciertas ramas de actividad conectadas con éstos, como las sociedades de seguros, los bancos, etc. Estos elementos no pueden tener un programa propio de su clase; dado que sus simpatías y antipatías oscilan incesantemente entre el proletariado revolucionario y el conservadurismo capitalista. En Rusia hay que agregar los resabios de las clases del período anterior a la abolición de la servidumbre de la gleba, resabios que el capitalismo aún no ha tenido tiempo de absorber.

Es sobre tal población urbana, que no ha pasado por la escuela del medioevo europeo occidental, sin conexiones económicas, sin tradiciones del pasado y sin ideales de futuro, que debe fundarse el radicalismo político en Rusia. No tiene nada de extraño que éste se busque también otras bases.”[8]

Bases que no son otras que las que le presta la clase obrera.

Este tipo de consideraciones históricas como punto de partida, unido al admirable papel jugado por el proletariado en 1905 del que fue testigo la impresionable pupila de Trotsky, que adivinó la inconmensurable capacidad creativa de las masas obreras, le condujeron a la elaboración de una audaz teoría sobre la mecánica del proceso revolucionario que habría de tener lugar en Rusia. Exponemos seguidamente su teoría de la Revolución Permanente según una de sus formulaciones clásicas:

“Esta denominación un poco abstrusa, expresa la idea que la revolución rusa, si bien tenía planteados algunos objetivos burgueses inmediatos, no podría detenerse en los mismos. La revolución no podría resolver los problemas de tipo burgués más importantes que tenía planteados más que llevando al proletariado al poder. Y cuando este último se hubiera adueñado del poder no habría podido limitarse al aspecto burgués de la revolución. Al contrario, y precisamente para asegurarse la victoria definitiva, la vanguardia proletaria, hubiera debido, desde los primeros días de su poder, penetrar profundamente en los dominios prohibidos de la propiedad, tanto burguesa como terrateniente. En tales condiciones la vanguardia debía chocar contra demostraciones hostiles de parte de los grupos burgueses que la habían sostenido al comienzo de su lucha revolucionaria, y aún también de parte de la masa campesina cuyo apoyo la proyectó hacia el poder. En un país en el cual la enorme mayoría de la población estaba compuesta de campesinos, los intereses contrapuestos que dominaban la situación de un gobierno obrero sólo podían conducir a una solución en el plano internacional, en la arena de una revolución proletaria mundial. Cuando, en virtud de la necesidad histórica, la revolución rusa hubiera franqueado los estrechos límites de la democracia burguesa, el proletariado triunfante iba a estar constreñido a franquear asimismo los límites de la nacionalidad, es decir hubiera debido dirigir conscientemente sus esfuerzos de manera tal que la revolución rusa se transformase en el prólogo de la revolución mundial.”[9]

Como síntesis de la experiencia de la Primera Revolución , el modelo táctico propuesto por Trotsky fue relegado a un lugar marginal en el cosmos del pensamiento revolucionario ruso, incluso más allá de la Revolución de Octubre. Aunque como tal teoría fue perfilada en todos sus contornos fundamentales en una fecha tan temprana como 1906 (principalmente con el trabajo de Trotsky titulado Resultados y perspectivas ), nunca se convirtió en centro de ninguna de las numerosas disputas que entre 1906 y 1917 enfrentaron a las dos corrientes principales del marxismo ruso[10]. Ni siquiera en el Congreso de Estocolmo, celebrado en la primavera de 1906 con el fin de reunificar la línea política de la socialdemocracia de cara a un posible repunte del ánimo revolucionario de las masas, donde se discutieron y se pusieron sobre el tapete las principales cuestiones tácticas de la revolución rusa, tuvo la teoría de la Revolución Permanente la menor mención de importancia. Tanto Trotsky, que asistió, como sus ideas al respecto pasaron desapercibidas en Estocolmo. El hecho de que las proposiciones de Trotsky, que respondían de manera original a los problemas candentes de la revolución rusa, apenas fueran tenidas en cuenta en su momento, es decir, en la larga etapa de pugna por el poder por parte de la clase obrera, cuando todo lo relacionado con las cuestiones tácticas cobra la mayor importancia, resulta si no curioso, sí elocuente. Más aún. La Revolución Permanente , como concepción inspiradora de la línea general de la política proletaria, tampoco jugó de manera patente ningún papel, ni para el partido y el Estado soviéticos, ni para la Internacional Comunista , entre 1917 y 1923, durante la primera etapa del poder proletario.

Una de las características de la peripecia de la teoría política de Trotsky es que, siendo formulada en una fase preliminar de la revolución rusa, no pasó a ocupar el centro del escenario de la lucha que decidía el papel de la vanguardia en esa revolución hasta una etapa muy tardía de la misma, cuando ya estaba relativamente consolidada, y sólo por un brevísimo espacio de tiempo. Además, y de manera paradójica, una teoría que había sido concebida en un momento de fervoroso ascenso revolucionario y que, por ello, encerraba un ardoroso espíritu de ofensiva, ideal para inspirar al proletariado en sus grandes embates históricos, sale a la palestra cuando la revolución vive un periodo de repliegue y de asentamiento, no de expansión. Esto explicará, en parte, su derrota política. Pero lo más significativo es esa incapacidad para situarse en el centro de la pugna entre las ideas, para aportar alguna orientación adecuada que pudiera servir de guía al partido como dirigente revolucionario, para incitar una posición ideológica o política decisiva en la lucha de dos líneas que se desenvolvía en el seno del POSDR. En ningún momento, ni antes de 1917, ni después –hasta la muerte de Lenin–, la socialdemocracia rusa, en general, ni el bolchevismo como corriente política dentro de ella, en particular, deciden y definen su política en función o en consideración a la teoría de la Revolución Permanente de Trotsky. Esto, ya de principio, puede ilustrarnos sobre el verdadero valor de esa teoría desde el punto de vista del desarrollo de la revolución en Rusia, y puede ayudarnos a delimitar su real importancia, restringida al debate contra una desviación izquierdista surgida en el partido bolchevique en un momento dado del desenvolvimiento de sus tareas de dirección revolucionaria. Desde luego, en el balance de la aportación del trotskismo a la revolución soviética, el autor sale mejor parado que sus ideas.

En relación con la influencia de su teoría en el devenir de la revolución rusa, Trotsky argumentará que, para el período entre 1917 y 1923, sus posiciones y las de Lenin eran idénticas, por lo que resultaría ocioso intentar sorprenderle defendiendo en esa época una línea política diferente de la de aquél. Esto no es del todo cierto, como veremos. Lo que sí es cierto, en cualquier caso, es que gran parte de su obra del exilio está dedicada a convencer al mundo de que en el periodo previo a Octubre (1905-1917) sus posiciones políticas y las de Lenin no eran antagónicas, a pesar de lo encendido de algunos debates, y que estaban destinadas a converger tras una natural evolución –sobre todo por parte de Lenin– influida y guiada por los acontecimientos políticos de Rusia[11]. Veámoslo también.

NOTAS

[7] TROTSKY: Op. Cit ., p. 164. Sin embargo, otra lectura de la actitud de Trotsky ante la cuestión de las posibilidades de un poder obrero en la Rusia semifeudal nos inducen a pensar que su cambio de opinión entre 1903 y 1905 no conllevó una modificación paralela de sus premisas ideológicas básicas. Efectivamente, en el Congreso de Bruselas, Trotsky rechaza la dictadura del proletariado por imposible en Rusia hasta que la clase obrera represente la mayoría de la población. La valoración esencialmente cuantitativa que utiliza Trotsky para sopesar las posibilidades políticas del proletariado no es abandonada en 1905 y continúa formando parte de los fundamentos teóricos de la Revolución Permanente.

[8] Cfr ., PROCACCI, G. (Selec.): El gran debate (1924-1926), I. La revolución permanente . Ed. Siglo XXI. Madrid, 1976; pp. 160 y 161. Para una valoración de primera mano de la influencia de Parvus sobre Trotsky, cfr ., TROSKY, L.: La revolución de octubre . Ed. Fontamara. Barcelona, 1977; pp. 235-237. Para una apreciación de la contribución real de Parvus en la elaboración de la teoría de la Revolución Permanente , cfr ., TROSKY: La revolución permanente , pp. 109-111, donde Trotsky señala que Parvus no llevó hasta sus últimas consecuencias su análisis de las particulares circunstancias socioeconómicas de Rusia, limitándose a encomendar al proletariado que constituyese un gobierno obrero para cubrir los objetivos de la democracia, pero sin llegar a plantear los problemas de la revolución socialista.

[9] Cfr ., PROCACCI: Op. cit ., pp. 181 y 182.

[10] El propio Trotsky reconoce años después, camino ya del exilio, polemizando retrospectivamente sobre la validez de su teoría, que Lenin apenas si la conoció de primera mano durante el periodo de 1905 a 1919. Con ello, Trotsky trata de justificarse y de insinuar que el jefe bolchevique no hubiera criticado sus planteamientos, ni siquiera en los pocos momentos que les dedicó su atención, si los hubiera conocido directamente desde los textos escritos por el autor o si sus informadores no hubieran sido tan malintencionados. Fuera aparte las suspicacias o cualquier otro tipo de consideración subjetiva, lo que sí es cierto es que ese hecho sólo puede demostrar el escaso interés de Lenin por las posiciones de Trotsky –aunque sólo fuera a título informativo– debido a su escaso peso entre los miembros del POSDR ( Cfr ., TROTSKY: La revolución permanente , p. 85).

[11] “Para reconocer en 1919 que mi previsión era acertada, Lenin no tenía necesidad alguna de oponer mi posición a la suya. Le bastaba tomar ambas posiciones en su desenvolvimiento histórico.” ( Ibídem , p. 86, nota). “Lo más que se puede decir hoy, después de la comprobación histórica, acerca de las antiguas divergencias en torno a la dictadura, es esto: mientras que Lenin, partiendo invariablemente del papel directivo del proletariado, subraya y desarrolla la necesidad de la colaboración revolucionario-democrática de los obreros y campesinos, enseñándonos a todos nosotros en este sentido, yo, partiendo invariablemente de esta colaboración, subrayo constantemente la necesidad de la dirección proletaria no sólo en el bloque, sino en el Gobierno llamado a ponerse al frente de dicho bloque. No se puede hallar otra diferencia.” ( Ibíd ., p. 124).

El Método

Hasta 1905, el marxismo revolucionario había deslindado suficientemente los campos ideológico y político con el populismo, el marxismo legal y el economicismo, corrientes del pensamiento político ruso que tenían en común la negación del papel dirigente del proletariado en la revolución. Para postergar igualmente al menchevismo, que también pecaba de lo mismo, sería necesario más tiempo. Esta lucha, llevada a cabo por los bolcheviques y dirigida por Lenin, duraría 12 años más, en los que ambas fracciones protagonizarían todos los debates políticos importantes desde el punto de vista de los intereses de la revolución. Ya hemos expuesto los elementos fundamentales de sus distintas visiones políticas; también hemos transcrito los de la de Trotsky. Esos elementos nos indican las fuerzas motrices sociales sobre las que se sostiene cada una de esas líneas tácticas: la burguesía, con el apoyo del proletariado, para los mencheviques; el proletariado y el campesinado en estrecha alianza, para los bolcheviques, y el proletariado internacional para Trotsky. Éste último también hablaba del necesario apoyo del campesinado al proletariado ruso cuando esta clase iniciase la revolución desde su país; pero la palabra apoyo referida al campesinado, tiene para Trotsky el mismo sentido subsidiario que para los mencheviques encerraba el apoyo del proletariado al gobierno burgués. Ambas fuerzas son secundarias para esas dos corrientes de la socialdemocracia; la construcción revolucionaria no depende de ellas en lo fundamental; como mucho, juegan algún papel en el primer empuje del proceso: inmediatamente después, pasan a la defensa de sus intereses de clase inmediatos (en su sentido económico más puro). No existe, por tanto, como para Lenin –dada la etapa histórica que atravesaba Rusia–, una comunidad de intereses mínimos entre las clases sobre el que fundar y estabilizar el nuevo poder revolucionario, un programa mínimo de construcción revolucionaria. Lenin, en cambio, insistía en que ese programa era, precisamente, el programa mínimo del POSDR, el programa de la república democrática. No en vano había luchado denodadamente cuando se discutía el primer programa del partido (1903), incluso contra Plejánov, por la introducción, en la parte democrática del mismo ( programa mínimo ), del programa agrario como instrumento para la futura construcción de la alianza del proletariado con las grandes masas del campesinado[12]. La concepción estratégica de la revolución rusa se fue forjando en Lenin desde muy temprano; el año 1905 abría la posibilidad práctica de coronar el diseño arquitectónico de la táctica bolchevique con la instalación en el poder de aquella alianza, dando forma de gobierno provisional revolucionario y de república democrática a la dictadura democrática del proletariado y el campesinado .

¿Cuál es la posición objetiva que ocupa Trotsky en la lucha de dos líneas que enfrenta a la vanguardia del proletariado ruso en la época de la Primera Revolución ? La clave para responder a esto está en la metodología con la que cada una de las corrientes vincula el proceso revolucionario con el papel que en él puede jugar la clase obrera. El problema de la actitud hacia el poder nos permitirá mostrar las diferentes limitaciones que cada una de ellas le impondrá y las consecuencias que de ello se derivará.

“Martínov [dice] que si prosperaba la labor organizadora de la revolución y si nuestro Partido dirigía la insurrección popular armada, nos veríamos obligados a participar en el gobierno provisional revolucionario. Y tal participación es una inadmisible ‘usurpación del poder’ (…).

Detengámonos en los razonamientos de quienes comparten dicha opinión. Al entrar en el gobierno provisional, nos dicen, la socialdemocracia tendrá el poder en sus manos; pero como partido del proletariado, no puede tener el poder sin intentar cumplir muestro programa máximo, es decir, sin intentar hacer la revolución socialista. Y en los momentos actuales sufrirá inevitablemente una derrota en esa empresa y no hará más que cubrirse de oprobio, hacer el juego a la reacción. Por eso, según ellos, la participación de la socialdemocracia en el gobierno provisional revolucionario es inadmisible.

Este razonamiento se basa en la confusión de la revolución democrática con la revolución socialista, de la lucha por la república (incluido en ello todo nuestro programa mínimo) con la lucha por el socialismo. En efecto, la socialdemocracia no haría más que cubrirse de oprobio si intentara plantearse la revolución socialista como objetivo inmediato. Precisamente contra semejantes ideas confusas y oscuras de nuestros “socialistas revolucionarios” ha luchado siempre la socialdemocracia. Precisamente por eso ha hecho siempre hincapié en que la futura revolución en Rusia presentará carácter burgués y exigido con energía que el programa mínimo democrático vaya separado del programa máximo socialista. Esto pueden olvidarlo durante la revolución algunos socialdemócratas propensos a dejarse llevar por la espontaneidad, pero no el Partido en su conjunto. Los adeptos de esta errónea opinión se dejan arrastrar por la espontaneidad, creyendo que la marcha de las cosas obligará en esa situación a la socialdemocracia a emprender contra su voluntad la revolución socialista.”[13]

En esta cita, dirigida contra los mencheviques, Lenin describe el error básico que puede provocar todo tipo de desviaciones de la política correcta, tanto por la derecha, con el conservadurismo menchevique que hace el juego a la reacción, como por la izquierda, con el aventurerismo promovido por “ideas confusas y oscuras”. En este sentido, Lenin señala a los socialistas revolucionarios (los eseristas ), los herederos del viejo populismo ruso que quería construir el comunismo en Rusia directamente desde la comuna rural ( obschina ), saltándose la etapa capitalista; sin embargo, no cabe duda de que la teoría de Trotsky también entra en este grupo que ve en el proletariado en el poder “la obligación” de “hacer la revolución socialista”.[14]

El error que critica Lenin es el del espontaneísmo, más complejo y sofisticado en el menchevismo, más burdo y elemental en Trotsky; aunque finalmente ambos se dan la mano. Para los mencheviques, la historia es una sucesión de fases socioeconómicas, cada una de las cuales cumple su función en el desarrollo de las fuerzas productivas. Entienden la idea expuesta por Marx de que ningún modo de producción puede ser superado hasta que no agote en su seno la capacidad de impulsar las fuerzas productivas de una manera tan dogmática que niegan cualquier posibilidad de que en Rusia no domine por todo un periodo histórico el capital y la burguesía industrial; niegan cualquier crédito a toda idea que pueda variar en algo la sucesión clásica entre feudalismo-autocracia y capitalismo-burguesía en Rusia. Esta visión dogmática y mecanicista del materialismo histórico es una forma de economicismo (determinismo) y también una forma –sofisticada, eso sí– de espontaneísmo, según la cual, el proceso histórico sigue una mecánica predeterminada e inconsciente. Pero el espontaneísmo filosófico se torna vulgar cuando se traduce en política: si el proletariado tomara la iniciativa política, “se vería en la obligación de hacer la revolución socialista”; y si esa iniciativa se diera en una fase de la historia en que el protagonismo corresponde a la burguesía, entonces, “no hará más que cubrirse de oprobio”. Es aquí donde Trotsky enlaza con el menchevismo, en la metodología de la mecánica política. Él no es un filósofo dogmático al modo de Martínov; en filosofía, Trotsky ocupa el banco opuesto: no es un determinista, al contrario, es un voluntarista:

“(…) el día y la hora en que el Poder pase a las manos de la clase obrera, depende directamente no del nivel de las fuerzas productivas, sino de los factores de la lucha de clases, de la situación internacional y, finalmente, de una serie de circunstancias objetivas: tradiciones, iniciativas, espíritu combativo…”[15]

Y el poder en manos de la clase obrera le “obligará” a cruzar el umbral de la revolución socialista. Una especie de lógica de las cosas , de impersonal mecánica política, empuja –tanto desde el prisma menchevique, como desde el de Trotsky– al proletariado en una especie de frenética carrera hacia un destino imponente e ineludible. El espontaneísmo consiste, aquí, en identificar el papel histórico-revolucionario de la clase con su papel político en un determinado momento. El salto “espontáneo” es notable.[16] Aunque Trotsky, a diferencia de Martínov y sus amigos, sí acepte el reto del poder para el proletariado, aparentando, con ello, optar por una línea diferente a la menchevique, más cercana a la de Lenin, en realidad, se encuentra atrapado en el mismo microcosmos metodológico que aquéllos. Una especie de fetichismo fatalista permite el dominio del político por la política, del partido y de la clase obrera por el proceso histórico. No hay margen para la creatividad revolucionaria, para la maniobra táctica consciente, para la búsqueda de caminos nuevos. No hay autonomía para el sujeto histórico: terminará siendo engullido por la historia. El método menchevique sustituye la política por la filosofía vulgar, Trotsky también. Ambos expresan dos formas de marxismo vulgar. Finalmente, el menchevismo implica el desarme político del proletariado, porque prefiere la pasividad al temor que le produciría el loco frenesí en el que lo envolvería la lógica de su método si pretendiese acceder al poder. El trotskismo, en cambio, acepta el reto, pero su carrera hacia el socialismo pronto le separará de su base socioeconómica original. La búsqueda de una nueva base de apoyo que permita continuar la carrera le “obligará” a reclamar la revolución proletaria internacional. Si ésta no llega, perderá pie y la caída en el vacío será inevitable. Como esta metáfora fue, efectivamente, la vida política de Trotsky y de su teoría de la Revolución Permanente. Por fortuna, no arrastraron consigo, en su caída, al proletariado de Rusia.

Metodológicamente, por tanto, por su concepción del proceso revolucionario y de la relación de las clases con sus intereses políticos, Trotsky representa una variante del menchevismo. En este sentido, su posición política en el periodo que rodea a la Primera Revolución está más cerca de la línea oportunista del POSDR que de la línea revolucionaria.

[17]Los elementos programáticos introducidos, ante la insistencia de Lenin, por la socialdemocracia rusa en su II Congreso eran del todo insuficientes: sólo hacían referencia a la demanda campesina de los recortes de tierras (porciones robadas por la nobleza con la reforma de 1861). Sólo con la revolución, el ala bolchevique introdujo el principio de confiscación de la propiedad terrateniente, aunque en el IV Congreso de Estocolmo el impacto revolucionario del programa agrario del partido obrero ruso fue rebajado con la aprobación por la mayoría menchevique del principio de municipalización de la tierra. El error fue subsanado en 1917, cuando el Gobierno bolchevique promulgó el programa agrario eserista (el partido campesino) en forma de ukase , programa que, a la sazón, era lo más parecido a los planteamientos que sobre el problema había defendido Lenin en Estocolmo (la nacionalización). Como se ve, la cuestión campesina fue un permanente caballo de batalla en el partido obrero ruso, debido, sobre todo, a la persistencia de Lenin por que la mayoría del pueblo ruso no se quedara fuera de la revolución.

NOTAS

[12] LENIN: O.C ., t. 10, pp. 25 y 26.

[13] Recordémoslo: “Y cuando este último [el proletariado] se hubiera adueñado del poder no habría podido limitarse al aspecto burgués de la revolución” ( Cfr ., supra , nota 9). ¿Por qué no? Trotsky no lo dice.

[14] TROTSKY: La revolución permanente , p. 102. Estaríamos plenamente de acuerdo con la idea que el autor defiende en este pasaje y no lo hubiéramos traído aquí como ejemplo de subjetivismo voluntarista, si hubiese introducido alguna frase que mostrase que, para él, el hecho de que una clase se aúpe en el poder prematuramente no significa que se desentienda del cumplimiento de las tareas que la historia deja pendientes. Como no lo dice, y tratándose del promotor del salto de la revolución por encima de la etapa burguesa y de las fronteras nacionales sin mirar atrás, preferimos aconsejar cautela al lector cuando se enfrente a este párrafo. Además, las “circunstancias objetivas” que aduce como coadyuvantes para el triunfo de la lucha de clase proletaria, no nos parecen muy “objetivas”: más bien pertenecen al campo de los elementos conscientes e inconscientes (subjetivos) que acompañan la lucha proletaria. Hubiera sido más correcto aludir a factores como las crisis económicas o políticas, las guerras, etc. De esta manera, la tentación de imponer nuestra voluntad subjetiva a la marcha de los acontecimientos no se cerniría como un peligro sobre nuestras cabezas.

[15] “El proletariado [en el poder] realiza los objetivos fundamentales de la democracia, y la lógica de su lucha directa por la consolidación de la dominación política le plantea en un momento determinado problemas puramente socialistas” ( Ibídem , p. 137. La cursiva es nuestra). Como se ve en esta formulación ejemplar, el sometimiento de las posibilidades tácticas de la política proletaria bajo el imperativo de una supuesta “lógica” esencialista motivada por la naturaleza y el cumplimiento inmediato de sus tareas históricas como clase revolucionaria (el socialismo) es lo que mejor resume la intención de Lenin cuando califica de “espontaneísmo” las tácticas del tipo de la Revolución Permanente.

Trotsky y los campesinos

Como ya hemos dicho, Trotsky batalló mucho por demostrar que, muy al contrario, entre 1905 y febrero de 1917 su posición estaba mucho más cerca de la de Lenin que de los mencheviques. En algunas ocasiones, empero, no podrá evitar, al intentar demostrarlo, poner él mismo las cosas en su sitio. Citando al propio Lenin, dice:

“Sólo observaré que Trotsky, en su folleto En defensa del Partido , expresa su solidaridad con Kautsky, quien ha hablado de la comunidad económica de los intereses del proletariado y de los campesinos en la revolución actual (…). Para mí, son suficientes estos hechos para reconocer el acercamiento de Trotsky a nuestras posiciones. Independientemente de la cuestión de la revolución permanente , existe una solidaridad en los puntos fundamentales de la cuestión sobre la actitud frente a los partidos burgueses.”

La estrategia argumental de Trotsky consiste en reconocer lo evidente, que Lenin no aceptaba su visión de fondo del proceso revolucionario, para poner el acento en que, al menos, sí coincidía con él en uno de los puntos cardinales de la del jefe bolchevique, a saber, la cuestión campesina. Esto le servirá para demostrar que la teoría de la Revolución Permanente y la táctica de Lenin compartían principios estratégicos fundamentales, lo cual, a la larga, les haría coincidir. En cualquier caso, lo que está claro de momento es que Trotsky reconoce que, entre 1905 y 1917, Lenin rechaza explícitamente su teoría general sobre la revolución rusa. ¿Qué ocurre con el punto central referido al campesinado?; ¿hay aquí “solidaridad”, como dice Trotsky?.

“El mismo camarada Trotsky – dice Lenin, citado nuevamente por el propio Trotsky – , en este razonamiento, admite ‘la participación de los representantes de la población democrática’ en el ‘Gobierno obrero’, esto es, admite un Gobierno integrado por representantes del proletariado y de los campesinos. Cuestión aparte es la de saber en qué condiciones se puede admitir la participación del proletariado en el Gobierno de la Revolución, y es muy posible que por lo que se refiere a esta cuestión, los bolcheviques no se pongan de acuerdo no sólo con Trotsky, sino tampoco con los socialdemócratas polacos. Pero la cuestión de la dictadura de las clases revolucionarias no se reduce de ninguna de las maneras a la de la ‘mayoría’ o a la de las condiciones de participación de los socialdemócratas, en tal o cual Gobierno revolucionario.”

Esto es todo lo que puede alegar Trotsky en su favor. Aún concediendo que Lenin estuviese dispuesto a denominar “gobierno obrero” a la representación política de la dictadura conjunta del proletariado y de los campesinos, ya adelanta que, con toda seguridad, no estaría de acuerdo con Trotsky en el terreno práctico de las “condiciones” con las que el proletariado entraría a formar parte de un gobierno revolucionario. Estamos en 1909, con las fracciones del POSDR tirándose los trastos a la cabeza y más alejadas que nunca. No hay visos de una futura reunificación. En estas circunstancias, en los debates políticos Lenin prefiere poner el acento en las cuestiones generales, de principio. Los problemas prácticos pasan a un segundo plano porque no existen como tales problemas inmediatos –ni por la marcha de la revolución, ni por el estado del POSDR como candidato para formar gobierno como representante cohesionado del proletariado–, y hablar de ello no conduciría más que a ejercitar el bizantinismo dialéctico. El debate sobre los principios tácticos generales era el camino que permitiría encontrar terrenos comunes de diálogo sobre los que retomar la unidad de acción de las corrientes del partido. Era preciso dejar las puertas abiertas a esa futura unidad. Según estos parámetros actuaba Lenin entre 1907 y 1912, época de la cita. Pero las cuestiones prácticas son, a la postre, tanto o más importantes en política que las apreciaciones teóricas. Más aún si de lo que se trata es de una valoración del problema no en función de determinados intereses políticos o de fracción inmediatos, sino desde la perspectiva del tiempo y en la búsqueda de una apreciación correcta del significado del periodo político en cuestión . Trotsky mismo parece reconocerlo así cuando sitúa la importancia histórica de ese problema y la necesidad de que fuera resuelto a priori :

“Pero si la cuestión de la dictadura revolucionaria de los obreros y campesinos no se reduce a la de tal o cual mayoría en el Gobierno, en caso de triunfo de la revolución, conduce precisamente a ella, dándole una importancia decisiva.”

Como la teoría y la política revolucionarias se elaboran también para el “caso de triunfo de la revolución”, podemos decir que, en Trotsky, el problema de las “condiciones” –sobre todo la condición de qué partido, el obrero o el campesino, constituirá la “mayoría” del gobierno– forma parte indisoluble de su concepción del proceso político, de su teoría de la Revolución Permanente. Naturalmente, Lenin tampoco deja de lado este asunto de las “condiciones”:

“Pero el problema de la admisibilidad desde el punto de vista de los principios aún no resuelve, naturalmente, el de la conveniencia práctica [de la participación del partido proletario en el gobierno revolucionario]. ¿En qué condiciones es conveniente esa nueva variedad de lucha, de lucha ‘desde arriba’, aceptada por el Congreso del Partido [el Tercer Congreso, celebrado en 1905 y al que sólo asistieron bolcheviques]? (…). Se pueden y se deben determinar el carácter y los fines de nuestra participación. Es lo que hace la resolución, al indicar dos objetivos de la participación: 1) combatir implacablemente todos los intentos contrarrevolucionarios y 2) defender los intereses propios de la clase obrera.”

Para Lenin, entonces, la cuestión de la composición de clase del gobierno revolucionario – la necesaria mayoría obrera que sí exige Trotsky– no reviste importancia decisiva desde el punto de vista de la participación activa del proletariado en la revolución. Para Trotsky, lo principal es que la revolución instaure un “gobierno obrero”, que, como tal, aborde cuanto antes los problemas del socialismo; para Lenin, en cambio, ésta no es una “condición” imprescindible, si bien aboga, contra los mencheviques –partidarios de constituirse en “oposición extrema” parlamentaria–, por que el partido obrero entre en el gobierno, aunque sea en minoría. Trotsky se impacienta ante esto y previene a sus seguidores:

“(…) acepto enteramente el contenido leninista de la dictadura democrática y reclamo únicamente una definición más precisa de su mecánica política, esto es, la exclusión de una coalición en la cual el proletariado no es más que un rehén de la mayoría pequeño-burguesa.”

Es decir, Trotsky “reclama”, exige, el gobierno obrero. Pero esto significa no aceptar “el contenido leninista de la dictadura democrática”, porque Trotsky necesita una “mayoría” en el gobierno en función del socialismo entendido como objetivo inmediato. En otras palabras, preso de su intentona infructuosa por hermanar su táctica con la de Lenin, Trotsky termina utilizando la consigna de “dictadura democrática” como disfraz de la dictadura del proletariado, que es lo que se encierra detrás de su “reclamo” de “gobierno obrero”. En Trotsky, el papel del campesinado en la revolución rusa es el de convidado de piedra, lo cual implica un absoluto vaciado de todo contenido leninista de la consigna de “dictadura democrática del proletariado y el campesinado”.

Por si no queda aún clara la absoluta oposición existente entre la línea leninista y la táctica de Trotsky en el contexto de la Primera Revolución rusa, veamos el plan que éste último tenía preparado para cuando la dictadura del proletariado apareciera “como inevitable sobre la base de la revolución burguesa” :

“Al entrar en el Gobierno, no como rehenes impotentes, sino como fuerza directora, los representantes del proletariado destruyen, ya por este solo hecho, la frontera entre el programa mínimo y el programa máximo, poniendo el colectivismo en el orden del día .”

O bien:

“Tan pronto como el proletariado haya tomado el Poder, luchará por él hasta las últimas consecuencias. Y si es cierto que uno de los medios de esta lucha por la conservación y la consolidación del Poder será la agitación y la organización, sobre todo en el campo, no lo es menos que otro será el programa colectivista. El colectivismo se convertirá, no sólo en una consecuencia inevitable del hecho de la permanencia del partido en el Poder, sino en el medio de asegurar esta permanencia apoyándose en el proletariado.”

¡Colectivizar el campo en 1905! Esta es la interpretación trotskiana del contenido leninista de la “dictadura democrática del proletariado y el campesinado”. ¡Más bien dictadura del proletariado contra el campesinado! Y no digamos la pervertida idea de que el proletariado se mantendrá en el poder gracias a la colectivización, “apoyándose en el proletariado”; es decir, zurrando al campesino, convirtiendo a la fuerza al mujik ruso en asalariado de la granja colectiva. ¡Y esto lo dice Trotsky en 1928, después de toda la experiencia del poder soviético en este terreno entre 1917 y 1927! ¡En 1928 se ratifica Trotsky en que todavía en 1905 el “gobierno obrero” hubiera podido aplicar el plan socialista de colectivización del campo! ¿Dónde quedaron Kronstadt y las revueltas campesinas de principios de 1921 contra el Comunismo de guerra , y, sobre todo, dónde quedó la Nep ? Ya no se trata de que en 1905 faltan 12 años de desarrollo de las relaciones capitalistas en la ciudad y en el campo, que experimentaron gran impulso entre las dos primeras revoluciones rusas; ni siquiera de los efectos que en el campo tuvo la reforma agraria de Stolipin, que permitió una mayor profundización de las relaciones burguesas en la agricultura de Rusia; se trata de que, con todo y con esto, a partir de Octubre de 1917, con un campo mucho más desarrollado en el sentido capitalista y con el proletariado en el poder, el partido bolchevique no sólo no aplicó, sino que ni siquiera se planteó un plan inmediato de colectivización de la agricultura soviética. Muy al contrario, toda la política del partido se basaba en conseguir, por todos los medios, el mantenimiento del bloque obrero-campesino como pilar fundamental del Poder Soviético. Y durante bastantes años esto significó concesiones al campesino medio y al capitalismo en el campo ( Nep ). ¡Nada que ver con la colectivización inmediata y forzosa prevista por Trotsky para 1905! Al contrario, la experiencia soviética, sobre todo en el periodo de 1921-1927, demostró que, en las condiciones de un país atrasado como Rusia, en un primer momento el poder proletario no sólo no se “asegura” con la colectivización, ni por el “medio” de “penetrar profundamente en los dominios prohibidos de la propiedad”, como asegura Trotsky, sino que una política poco sensible a los intereses del campesinado como clase propietaria pone en peligro –en determinada fase de la revolución– todo el sistema de la dictadura del proletariado.

Tal vez, Trotsky se deje llevar por los acontecimientos del momento. A principios de 1928, Stalin inicia el giro de la política soviética hacia la industrialización y la colectivización. Al identificarse con la colectivización en 1928 y al hablar de este plan como idóneo también para 1905, sin preocuparse en salvar las distancias de tiempo y, sobre todo, de circunstancias en el terreno socioeconómico, parece insinuar que –una vez más y como siempre– él tenía razón y que todo consiste en que la historia ha tardado 23 años en aplicar su receta de jarabe de palo para el campo ruso. Evidentemente, esta tesis –no explícita, pero sí tácita en el texto de Trotsky– es propia del intelectual pequeñoburgués que sustituye los procesos reales de la sociedad por los procesos mentales de su cerebro. Si en 1928 el giro hacia la colectivización fue correcto, ¡23 años –excepto el periodo entre 1918 y 1921, de Comunismo de guerra – de desarrollo capitalista en el campo lo contemplan! En realidad, desde 1917 era más realista y mantenía mayor vigencia para el campo ruso (incluso con bastantes años más de capitalismo) la consigna de Lenin de 1905 de “dictadura democrática del proletariado y el campesinado” que el salto colectivista que proponía Trotsky.

Comprendemos mejor ahora el sentido de la concepción trotskiana de la revolución:

“La revolución no es un salto dado aisladamente por el proletariado, sino la transformación de toda la nación acaudillada por el proletariado. Así concebía y así interpretaba yo, a partir de 1905, las perspectivas de la revolución permanente.”

La revolución consiste, únicamente, en la conquista del poder y en la transformación de la nación. Para Trotsky, la revolución es un acto grandioso (“conquista del poder”) al que se va agregando una suma de actos administrativos (“transformación de la nación”), y no un largo proceso en el que se conjugan multitud de factores de todo tipo; para Trotsky, no hay ninguna preparación , ninguna maduración de las condiciones para que aquella “transformación” sea posible y verdadera, y no una obra artificial construida sobre la base de medidas decretadas a la fuerza.

Cfr ., ibíd ., p. 146.

Ibíd ., p. 128.

Trotsky escribe la parte central de La revolución permanente en 1928, deportado en Alma-Ata.

TROTSKY: La revolución permanente , p. 129.

LENIN: O.C ., t. 11, p. 17.

TROTSKY: La revolución permanente , p. 125.

Ibídem , p. 104.

Ibíd . ¡Fíjense, el proletariado, por el mero hecho de estar en el poder, puede saltar del programa mínimo al máximo, sin mayor consideración por las condiciones objetivas! ¿No es esto puro voluntarismo?.

Ibíd .

Trotsky utilizó la expresión “zurrar a los sindicatos” en la polémica sobre los sindicatos que tuvo lugar dentro del PC(b)R en 1920-1921, para resumir su idea, según su peculiar estilo administrativo, de conducir por decreto y a la fuerza a la clase obrera hacia el comunismo.

Es curioso –por no decir otra cosa– cómo Trotsky, también en 1928, al hacer el balance de la revolución soviética en el campo, resalta el período de las primeras medidas del Estado soviético. Para ello recurre al texto de Lenin, ¡de 1918!, La revolución proletaria y el renegado Kautsky , donde el jefe bolchevique describe la constitución de los Comités de Campesinos Pobres, en junio de 1918, como el paso a la ofensiva del socialismo en el campo ( Cfr ., ibid ., p. 159). A Trotsky le interesa esta interpretación de los hechos porque quiere demostrar que Octubre, que pudo iniciarse como culminación de la revolución democrática, en tanto que terminó de arrasar con la autocracia y la servidumbre, “ya unos meses después empezó a transformarse en dictadura socialista”, con lo que se demostraría la validez de su teoría de la Revolución Permanente. Pero, claro, Trotsky se olvida de todo lo que sucede después de junio de 1918: la supresión de los Comités de Campesinos Pobres, en noviembre del mismo año, y el retorno del partido a una política de apoyo en el campesinado medio, y, por supuesto, a partir de 1921, la Nep . En otras palabras, el asalto socialista del campo fracasó y hubo que retornar a la fase democrática de la revolución en el campo.

Ibíd ., p. 109.

Dos concepciones de la política

Este tipo de errores se debe, por supuesto, a la falta de un análisis concreto de la situación concreta; pero, en 1905, Lenin lo atribuía a la confusión que, para muchos –entre ellos Trotsky–, existía entre revolución democrático-burguesa y revolución socialista. Ya vimos más arriba cómo Lenin relacionaba este error con el “espontaneísmo” de derecha y de izquierda en cuestiones de táctica; ahora veamos qué implica ese error desde el punto de vista de los objetivos, para los intereses del proletariado, de la revolución democrática:

“La ausencia de unidad en los problemas del socialismo y en la lucha por el socialismo no excluye la unidad de voluntad en las cuestiones de la democracia y en la lucha por la república. Olvidar esto significa olvidar la diferencia lógica e histórica que existe entre la revolución democrática y la revolución socialista. Olvidar esto significaría olvidar el carácter popular de la revolución democrática: si es ‘popular’, esto significa que hay ‘unidad de voluntad’ precisamente en tanto en cuanto esa revolución satisface las necesidades y las exigencias del pueblo en general.”

En Trotsky, por el contrario, no existe esa “unidad de voluntad” entre el proletariado y el campesinado. Enseguida, las contradicciones entre ambos se ponen de manifiesto y es precisa la “mayoría” obrera en el gobierno, la dictadura del proletariado, para dar continuidad a la revolución resolviendo esa contradicción (¡ojo, entre el proletariado y la pequeña burguesía; aquí ya no se trata de la contradicción entre proletariado y capital!) por el único camino posible, según Trotsky, la senda del socialismo. Para Lenin, sin embargo, sí hay un motivo de colaboración estable, una “unidad de voluntad” entre esas dos clases: el desarrollo del capitalismo.

“Y de estas tesis se deduce que es una idea reaccionaria buscar la salvación de la clase obrera en algo que no sea un desarrollo mayor del capitalismo. En países como Rusia, la clase obrera no sufre tanto a causa del capitalismo como de la insuficiencia de desarrollo del capitalismo. Por eso, la clase obrera está absolutamente interesada en el desarrollo más vasto, más libre, más rápido del capitalismo. Es beneficiosa por completo para la clase obrera la supresión de todas las reminiscencias del pasado que entorpecen el desarrollo amplio, libre y rápido del capitalismo. La revolución burguesa es, precisamente, la revolución que barre del modo más resuelto los restos de lo antiguo, las supervivencias del feudalismo (a las cuales pertenecen no sólo la autocracia, sino también la monarquía) y que garantizan por completo el desarrollo más amplio, libre y rápido del capitalismo.

Por eso, la revolución burguesa es beneficiosa en extremo para el proletariado . La revolución burguesa es absolutamente necesaria para los intereses del proletariado. Cuanto más profunda, decidida y consecuente sea la revolución burguesa, tanto más garantizada se hallará la lucha del proletariado por el socialismo contra la burguesía. Esta conclusión puede parecer nueva o extraña, paradójica, únicamente a los que ignoran el abecé del socialismo científico. Y de esta conclusión, dicho sea de paso, se desprende asimismo la tesis de que, en cierto sentido , la revolución burguesa es más beneficiosa para el proletariado que para la burguesía. He aquí, justamente, en qué sentido es indiscutible esta tesis: a la burguesía le conviene apoyarse en algunas supervivencias del pasado contra el proletariado, por ejemplo, en la monarquía, en el ejército permanente, etc. A la burguesía le conviene que la revolución burguesa no barra con demasiada resolución todas las supervivencias del pasado, sino que deje en pie algunas de ellas; es decir, que esta revolución no sea del todo consecuente, que no se lleve hasta el fin, que no sea decidida e implacable (…). A la burguesía le conviene más que los cambios necesarios en un sentido democrático burgués se produzcan con mayor lentitud, de manera más paulatina y cautelosa, de un modo menos resuelto, mediante reformas y no mediante la revolución, que estos cambios sean lo más prudentes posible con respecto a las ‘honorables’ instituciones de la época de la servidumbre (tales como la monarquía), que estos cambios desarrollen lo menos posible la acción independiente, la iniciativa y la energía revolucionarias del pueblo sencillo, es decir, de los campesinos y principalmente de los obreros (…).

Temerosa del progreso democrático, que amenaza con el fortalecimiento del proletariado, la burguesía vuelve la vista atrás. El proletariado no tiene nada que perder, más que sus cadenas; tiene, en cambio, un mundo que ganar mediante la democracia. Por eso, cuanto más consecuente es la revolución burguesa en sus transformaciones democráticas, menos se limita a lo que beneficia exclusivamente a la burguesía. Cuanto más consecuente es la revolución burguesa, tanto más garantiza las ventajas del proletariado y de los campesinos en la revolución democrática.

El marxismo no enseña al proletariado a quedarse al margen de la revolución burguesa, a no participar en ella, a entregar su dirección a la burguesía; por el contrario, le enseña a participar del modo más enérgico y a luchar con la mayor decisión por la democracia proletaria consecuente, por llevar la revolución hasta el fin. No podemos salirnos del marco democrático burgués de la revolución rusa, pero podemos ensanchar en proporciones colosales dicho marco, podemos y debemos, dentro de los límites del mismo, luchar por los intereses del proletariado, por satisfacer sus necesidades inmediatas y por crear las condiciones indispensables para la preparación de sus fuerzas para la futura victoria completa. Hay democracia burguesa y democracia burguesa. El monárquico del zemstvo, partidario de una cámara alta, que ‘reclama’ el sufragio universal y llega a la chita callando a un compromiso con el zarismo para obtener una Constitución enteca es un demócrata burgués. El campesino que se alza con las armas en la mano contra los terratenientes y los funcionarios y, por ‘republicanismo ingenuo’, propone ‘echar al zar’, es también un demócrata burgués. Hay regímenes democráticos burgueses como el de Austria y como el de Inglaterra; como el de Austria y como el de Norteamérica o el de Suiza. Bueno sería el marxista a quien se le escapara, en la época de la revolución democrática, esta diferencia entre los grados de democracia y entre el diferente carácter de tal o cual forma de la misma y se limitara a ‘discurrir con gran ingenio’ a propósito de que, a pesar de todo, esto es una ‘revolución burguesa’, fruto de una ‘revolución burguesa’.”

Para Lenin, la “condición” de la participación del proletariado en la revolución democrática y en su dirección consiste, no en obtener la mayoría gubernamental, sino en garantizar que esa revolución burguesa sea lo más profunda posible, en el sentido de permitir que el proletariado pueda implementar con el mayor grado de libertad su lucha de clase por el socialismo. Para Lenin:

“Más allá de los límites de la democracia no se puede hablar siquiera de unidad de voluntad entre el proletariado y la burguesía campesina. La lucha de clases entre ellos es inevitable; pero en la república democrática, esta lucha será la lucha popular más profunda y amplia por el socialismo . La dictadura democrática revolucionaria del proletariado y los campesinos tiene, como todo el mundo, su pasado y su porvenir. Su pasado es la autocracia, el régimen de servidumbre, la monarquía, los privilegios. En la lucha contra este pasado, en la lucha frente a la contrarrevolución, es posible la ‘unidad de voluntad’ del proletariado y los campesinos, pues hay unidad de intereses.

Su porvenir es la lucha contra la propiedad privada, la lucha del obrero asalariado contra el patrono, la lucha por el socialismo. Aquí la unidad de voluntad es imposible. Aquí no nos hallamos ante el camino que va de la autocracia a la república, sino del camino que conduce de la república democrática pequeñoburguesa al socialismo.”

Finalmente, para valorar las posibilidades que en 1905 existían en Rusia, desde el punto de vista leninista, para pasar “ininterrumpidamente” desde la autocracia hasta el socialismo, idea clave de la teoría de la Revolución Permanente, recurramos, una vez más, a las afirmaciones categóricas de Lenin:

“Y como respuesta a las objeciones anárquicas de que aplazamos la revolución socialista, diremos: no la aplazamos, sino que damos el primer paso hacia la misma por el único procedimiento posible, por la única senda certera, a saber: por la senda de la república democrática. Quien quiera ir al socialismo por otro camino que no sea el de la democracia política, llegará infaliblemente a conclusiones absurdas y reaccionarias, tanto en el sentido económico como en el político. Si en un momento determinado tales o cuales obreros nos preguntan por qué no realizamos nuestro programa máximo, les contestaremos indicándoles cuán ajenas son aún al socialismo las masas del pueblo, impregnadas de espíritu democrático, cuán poco desarrolladas están aún las contradicciones entre las clases, cuán desorganizados se hallan aún los proletarios. ¡Organizad a centenares de miles de obreros en toda Rusia, difundid entre millones la simpatía por vuestro programa! Probad a hacerlo, sin limitaros a pronunciar estrepitosas pero hueras frases anárquicas, y veréis inmediatamente que llevar a cabo esta organización, difundir esta educación socialista depende de la realización más completa posible de las transformaciones democráticas.”

En resumen, en la Rusia de 1905 estaba pendiente la revolución burguesa. El problema fundamental al que se enfrentaba el proletariado revolucionario era qué tipo de Estado burgués sería implantado con la revolución , cuál era la correlación de clases, dentro del atrasado y semifeudal imperio zarista, para que el próximo capítulo que se abriría en la historia de Rusia dejase desbrozado el terreno para el más amplio despliegue ulterior de la lucha del proletariado por el socialismo. Por esta razón, Lenin impone una sola condición para la implicación activa del proletariado en la revolución: que el viejo régimen sea barrido por completo, que sea lograda una completa victoria sobre la autocracia, y que en ese fértil campo yermo el proletariado disfrute de toda la libertad para “defender sus intereses propios” de clase (entiéndase, no sólo económicos, sino, también y sobre todo, políticos) y cultivar la semilla de la revolución. Desde el punto de vista leninista, en 1905 el problema consistía en encontrar el modo de que la vanguardia proletaria ganase las posiciones políticas necesarias para dirigir el proceso revolucionario; era suficiente con que la actividad política de la vanguardia favoreciese la inclinación de la balanza de la lucha de clases hacia el lado más favorable para los intereses futuros de la clase obrera. En 1905 no existían bases materiales en Rusia –ni objetivas ni subjetivas– para el socialismo. Esto es algo irrefutable. Lenin jamás revisó su posición de Dos táct icas en este sentido; al contrario, su pensamiento acompañó la evolución de las circunstancias sociales de su país . Para Lenin, la lucha de clases de la Rusia de 1905 nunca podría ser encauzada directamente hacia el socialismo sin que antes se hubiera dado una profunda transformación de todas sus estructuras, económicas y políticas. Pero si Rusia aún no albergaba en su seno el germen del socialismo, sí existía el agrupamiento de fuerzas sociales capaz de acercarlo lo más rápidamente posible. Toda la política bolchevique, entre 1905 y 1917, consiste –además de la propaganda y la educación en las ideas socialistas de los elementos más conscientes de las masas– en conseguir aquel agrupamiento. Cuando éste tuvo lugar de forma imprevista, casi espontánea, debido a una serie de circunstancias inusitadas (e imprevisibles en 1905, lo cual es muy importante tener en cuenta), casi todas consecuencia directa de la guerra imperialista, a partir de febrero de 1917, Lenin cambió de óptica y se propuso –y propuso al partido en sus famosas Tesis de Abril – dar el siguiente paso, con el socialismo como meta inmediata.

Pero junto al agrupamiento de fuerzas de clase buscado desde 1905 y conseguido en 1917, también habían cambiado en Rusia otras cosas importantes. Ya hemos hablado de la aceleración del desarrollo capitalista tanto en la ciudad como en el campo desde la Primera Revolución, a lo que se sumaría el anudamiento de los vínculos de la cada vez más poderosa burguesía financiera rusa con el imperialismo internacional (lo que, además de imprimir un sesgo cada vez capitalista a la economía rusa, constituiría un factor importante de crisis). A esto irá vinculado un reseñable desarrollo cuantitativo del proletariado industrial, acompañado también de su desarrollo político: desde 1911, pero sobre todo a partir de la matanza perpetrada contra una manifestación de obreros en huelga de los auríferos del Lena, en abril de 1912, tiene lugar en Rusia el ascenso del movimiento obrero combativo, en un proceso en escalada similar al del año cinco, con un crecimiento vertiginoso de las huelgas y un porcentaje cada vez más alto de ellas con motivaciones políticas. Cuando la dinámica de este movimiento ascendente –al que se le iba sumando un incipiente movimiento democrático en forma de movilizaciones estudiantiles, etc.– empezaba a convertirse en una amenaza seria para el régimen autocrático, el estallido de la Primera Guerra Mundial lo paralizó y lo disolvió bruscamente. Trotsky llegó a afirmar, con su habitual estilo hiperbólico, que si no hubiera sido por la declaración de guerra de Alemania a Rusia del 1 de agosto, la Revolución de Octubre se hubiera iniciado en 1914 . Lo que debemos retener, sin embargo, es que, en este periodo y en el fragor de la lucha de clases, un proletariado más numeroso había adquirido una mayor madurez combativa para el caso de tener que afrontar la lucha en un plano cualitativo más elevado si las circunstancias así lo requiriesen en una crisis revolucionaria.

Finalmente, el factor quizá más importante, si no para un Febrero, sí al menos para que pudiera darse el triunfo de Octubre: el partido de vanguardia del proletariado revolucionario. A partir de la Conferencia celebrada en Praga en 1912, la fracción bolchevique rectifica su línea de construcción del partido e inicia un proceso de reconstitución del partido obrero ruso. La primera consecuencia de esta rectificación es la ruptura total, política y organizativa, con el resto de las fracciones del POSDR, y principalmente con lo que por esas fechas era el proyecto de Trotsky, el Bloque de Agosto , último intento de reunificación de las corrientes oportunistas del partido. En Praga, el bolchevismo rompió con la línea de unidad entre fracciones como base de construcción partidaria; a partir de aquí, la organización se sometía a la unidad político-ideológica y de dirección, reconquistando, de esta manera, el proletariado revolucionario ruso su independencia política. El bolchevismo se dispuso, entonces, a combatir políticamente al menchevismo y a conquistar sus organizaciones en Rusia. La fragua de este tipo de organización significó que, para 1917, el proletariado contaba con un organismo político dirigente capaz y dispuesto a conducirlo en pos del cumplimiento de su papel revolucionario .

Hacia 1917, en conclusión, estaban en sazón en Rusia las condiciones materiales –tanto objetivas como, sobre todo, subjetivas– que permitían la formulación de una táctica política que plantease como objetivo inmediato el socialismo, sin que tal planteamiento supusiese una descabellada aventura. El pensamiento de Lenin evoluciona desde 1905 a 1917 en consideración con esos elementos cambiantes. El método de Lenin consiste, precisamente, en la acción consciente sobre esos elementos, ya sean de naturaleza objetiva (por ejemplo, la implantación del capitalismo cuando se hace necesaria la liquidación completa de la servidumbre y la diferenciación clasista en el campo) o subjetiva (por ejemplo, la búsqueda de la alianza con los elementos políticos de la democracia pequeñoburguesa para sustraerlos a la influencia de la burguesía liberal) con el fin de conducirlos en la dirección adecuada para los intereses estratégicos del proletariado. En Lenin hay una dialéctica estrecha entre la marcha del proceso histórico, con sus ingredientes económicos, políticos, etc., y el desarrollo de la línea política y de la táctica. La mutua transformación de ambos planos es lo que hace característico al leninismo como concepción política. Por esta razón, las Tesis de Abril no pueden ni deben interpretarse como una ruptura con la política bolchevique anterior, sino como un desarrollo de la misma en términos de rectificación en función de un cambio en el plano del proceso histórico. Precisamente, esta adecuación política sería lo que permitiría la transformación posterior de ese proceso histórico rompiendo su línea de evolución normal , en el sentido de la desviación del desarrollo de la revolución burguesa de Febrero hacia Octubre, a partir de la acción desde el plano político. Lenin, partiendo de una realidad concreta, se vale del marxismo como método de análisis y como doctrina política para crear los instrumentos para la transformación de esa realidad. La mayoría de las controversias en las que se sumergió desde 1905 buscaban que la mayoría del partido comprendiera que el punto central de la acción política consistía en desequilibrar el sistema de relaciones entre las clases de la autocracia ganando al campesinado para la revolución. La alternativa era confiar en la actividad de la burguesía liberal, como defendían los mencheviques. Sin embargo, éstos también, aunque invitaban a la pasividad revolucionaria, ofrecían una fórmula práctica concreta basada en la realidad dada. Por eso, ambas corrientes, bolchevique y mencheviques, fueron quienes protagonizaron la escena política en este periodo, porque, partiendo de un análisis concreto de la situación concreta , ofrecieron sendas vías de desarrollo revolucionario a partir de elementos objetivos realmente existentes. Al contrario que Trotsky, para quien la política no encierra una estrecha relación entre proceso histórico y línea táctica, sino que consiste simplemente en la emisión de un pronóstico sobre los acontecimientos futuros , lo cual le apartó del escenario central de la política y del debate político del partido, al no ser capaz de ofrecer algún elemento concreto sobre el que fundar la actividad política cotidiana del POSDR .

Ya hemos señalado que la teoría de la Revolución Permanente acepta como punto de partida el análisis de Parvus sobre la Rusia de principios del siglo XX. Como recordaremos, Parvus destaca la falta de una clase social en Rusia cuya radicalización política ofrezca una amplia base para la democratización del país. De este modo, debe ser el proletariado quien cumpla ese papel. Trotsky, de acuerdo con esto, da un paso más y dice que el cumplimiento de ese papel le “obligará” inmediatamente a abordar problemas propios del socialismo. Aquí, como se ve, no hay, prácticamente, una propuesta táctica. O, mejor dicho, aquí la táctica se identifica con el proceso político general, se convierte en pronóstico. El único elemento concreto inmediato sustentado firmemente sobre la realidad objetiva de la sociedad rusa que contiene la teoría de Trotsky –y que no se refiera a ella por omisión, como la supuesta ausencia de un sector radicalizado de la pequeña burguesía– es la potencialidad revolucionaria del proletariado ruso. Al negar toda capacidad revolucionaria al resto de las clases sociales en Rusia, Trotsky preestablece y fija de una forma definitiva, sin posibilidad de alteración, la correlación de fuerzas entre las clases, sus agrupamientos políticos; y el poco numeroso proletariado queda aislado en esta prefiguración. Finalmente, como carece de aliados potenciales, no puede hacer nada, no puede elaborar una táctica y realizar una acción política con el fin de modificar aquella correlación entre las clases. La política proletaria, pues, se reduce a la espera de que la crisis social, con los enemigos –las demás clases– debilitados o neutralizados, permita al proletariado subirse en la cresta de la ola de la revolución. Pasado el primer momento triunfal, si el enemigo –todas o cualquiera de las demás clases– consigue recuperarse y contraatacar, o simplemente revolverse contra él –que es lo más probable vistas así las cosas–, el proletariado no podrá hallar apoyo más que en otros destacamentos nacionales de su misma clase.

En esto consiste la diferencia radical entre el método de Lenin y el método de Trotsky: para éste, la política –el análisis político– es previsión, anticipación del decurso de los acontecimientos; para Lenin, el análisis político es sólo un instrumento para incidir o para contribuir en ese devenir; para Trotsky, lo fundamental es la relación acierto-error de una tesis política, en último caso, su conclusión, el resultado , “resultado” que debe ser lo más acorde posible con los hechos finales ; para Lenin, lo principal es el contenido de esa tesis, el momento fijado por la misma y la actitud que subjetivamente vamos a adoptar hacia ese momento captado por nuestro análisis, precisamente para transformarlo en la dirección del objetivo deseado. Lenin no sustituye el “resultado” de los acontecimientos reales por el “resultado” del análisis. Ésta no es la cuestión: se trata de que este último permita influir sobre los acontecimientos como tales. De hecho, para el marxismo lo importante, desde el punto de vista de su utilidad como método científico, no es “el resultado”, el desenlace final del curso de los hechos, el objetivo. El marxismo ya determina de antemano el objetivo: la dictadura del proletariado y el comunismo. No en vano, el marxismo, como teoría política, es la síntesis intelectual de toda la evolución de la humanidad como entidad social y de sus conquistas en todas las esferas de la vida social y del saber. Por esta razón, las tendencias que genera en su marcha la historia forman ya parte del acervo teórico del marxismo. No se trata, en consecuencia, de “pronosticar” que el proletariado, en un momento dado, tomará las riendas del poder e instaurará su dictadura de clase o que, de lo contrario, no lo hará. Esta tautología forma implícitamente parte de las bases conceptuales de la teoría de la Revolución Permanente. Trotsky cifra el valor de esta teoría en que responde a la cuestión de que si el proletariado no se convierte en clase dirigente, la revolución burguesa no será consumada; pero esto, como hemos visto, lo había dicho ya Lenin en Dos tácticas . Lo importante, y lo que diferencia a ambos, se sitúa en el terreno de las consecuencias políticas de esta tesis. No se trata, por tanto, de informarnos de que sólo hay dos alternativas: socialismo o barbarie ; de que si en algún momento del proceso del desarrollo social el proletariado no se coloca en su vanguardia, cualquier trastorno político o revolución “conservará su carácter burgués, limitado” , es decir, mantendrá aquel proceso en el terreno y en el recorrido del capitalismo. Se trata, pues, no de anticiparnos en la historia, sino de orientar la actividad consciente de la vanguardia proletaria hacia la transformación de los elementos objetivos y subjetivos que permitan realizar la tendencia histórica de todo el desarrollo social hacia el socialismo y el comunismo, como nos enseñó Marx. Trotsky decía que la consigna de Lenin de “dictadura democrática del proletariado y los campesinos” era:

“(…) una fórmula algebraica que admitía, en el futuro, interpretaciones políticas muy diversas.”

Y esa “fórmula algebraica”, para Trotsky algo así como una descripción abstracta ceñida a los aspectos fundamentales de la política:

“(…) no quería expresar otra cosa que las relaciones, caracterizadas más arriba, entre el proletariado, los campesinos y la burguesía liberal (…). Pero la vieja fórmula de Lenin no resolvía de antemano cuáles serían las relaciones políticas recíprocas del proletariado y de los campesinos en el interior del bloque revolucionario.”

Trotsky funda la superioridad de su teoría en que sí “resuelve de antemano”, sí adelanta “el resultado” de esa correlación entre esas dos últimas clases, pronosticándolo con 12 años de antelación. Pero lo que Trotsky considera el lado fuerte de su teoría es, en realidad, lo que pone de manifiesto su debilidad, porque la fórmula de Lenin va dirigida al meollo del problema, señala la piedra clave sobre la que se sostiene todo el sistema de relaciones entre las clases de Rusia en el trance de paso de la autocracia a la revolución burguesa, orientando la labor política práctica, inmediata, de la vanguardia proletaria. El contenido de esa fórmula es lo principal; la forma que adopte, lo secundario. El cometido del partido consiste en resolver esto, en encontrar la expresión formal de esa fórmula en función de las circunstancias específicas y particulares de cada momento histórico. La “anticipación” de Trotsky, sin embargo, no ofrece al proletariado la orientación necesaria de cada momento, le impide ser actor en las circunstancias concretas y le relega al estado de impasse de quien espera su oportunidad sin saber buscarla. Lenin presta una brújula al proletariado para que se oriente en la tormenta de la revolución; Trotsky solo le “pronostica” que “después de la tormenta vendrá la calma”, pero no le ayuda para que la nave llegue a buen puerto. Mientras éste adelanta el posible “resultado” del proceso histórico, Lenin ilustra al proletariado sobre los elementos necesarios para cubrir con éxito la travesía de la autocracia al socialismo. Trotsky elude el fondo de la cuestión sobre el verdadero sentido del análisis político y de la formulación de la línea táctica marxistas para la vanguardia proletaria desviando el cometido de ambos:

“Si se examinan mis antiguas divergencias con Lenin, no valiéndose de citas tomadas al vuelo, de tal año, mes y día, sino de perspectivas históricas justas, se verá de un modo completamente claro que el debate estaba entablado, al menos por lo que a mí se refiere, no precisamente en torno a la cuestión de saber si para la realización de los objetivos democráticos era necesaria la alianza del proletariado con los campesinos, sino acerca de la forma de partido, política y estatal, que podía asumir la cooperación del proletariado y de los campesinos y de las consecuencias que se desprendían de ello para el desarrollo ulterior de la Revolución.”

Ya hemos visto el significado que, para Trotsky, encierra la locución “alianza del proletariado y el campesinado” . Ahora, pretende que el núcleo de sus diferencias con Lenin estribaba en la definición de la forma que adoptaría aquella alianza; lo cual es rotundamente falso, principalmente porque Lenin –como bien termina por reconocer Trotsky – eludió esta cuestión, consciente de que debía encontrar una respuesta práctica (no teórica, no anticipada) en función de las circunstancias que rodeasen al acontecer político. De esta manera, tras el fracaso de la insurrección de Moscú, Lenin buscó la realización del bloque revolucionario obrero-campesino en el terreno de la lucha parlamentaria, en la Duma de Estado; y, tras el periodo de reacción, la encontró ya cristalizada, a principios de 1917, en forma de Soviets de Diputados Obreros y Soldados (que no eran, estos últimos, sino campesinos uniformados) . Desde 1905, el centro de gravedad de la política bolchevique estaba situado en la construcción de la alianza obrero-campesina, con el objetivo estratégico de la revolución democrático-burguesa. La Segunda Revolución resuelve este problema y el de la revolución pendiente de forma imprevisible (incluso para Trotsky), en forma de dualidad de poderes . Todo el periodo de Febrero a Octubre consiste en la búsqueda de las condiciones para romper ese equilibrio de fuerzas; pero esto suponía superar el marco de la revolución burguesa, tal y como se había dado en Rusia.

Efectivamente, lo característico de Febrero –y lo que le otorgaba esa peculiaridad de inusitada originalidad histórica– era que, como lo describió Lenin, junto al poder de la burguesía se encontraba el poder del proletariado y del campesinado en armas (Soviets), y que, entre Febrero y Octubre, este segundo poder estaba sirviendo de apoyo al primero. Pero la otra característica de la revolución burguesa rusa –menos original que la anterior pero más sorprendente para los marxistas rusos que la primera, incluso para Trotsky, siquiera hubiera intentado comprender la originalidad de la Segunda Revolución respecto de la Primera– consistía en que la burguesía liberal no se había limitado al papel apocado y conservador de 1905-1907. En Febrero, había encabezado la caída del zar y ahora se apoyaba en el campesinado para aplicar su programa de reformas. El bloque burguesía-campesinado, la dictadura de la burguesía con el apoyo del campesinado, es lo que caracteriza Febrero desde el punto de vista de las relaciones entre las clases en Rusia. Algo que no vio Trotsky, pues tenía la mirada en otra parte, y que ni siquiera posteriormente fue capaz de comprender:

“Insisto en esto con toda firmeza. Si se reconoce que las contradicciones sociales entre el proletariado y la masa campesina no permiten al primero ponerse al frente de ésta; si el proletariado mismo no es lo bastante fuerte para alcanzar la victoria, entonces no habrá más remedio que llegar, en términos generales, a la conclusión de que nuestra revolución no está llamada a triunfar. En estas condiciones, el final natural de la revolución debe ser el acuerdo de la burguesía liberal con el antiguo régimen. Es ésta una hipótesis cuya posibilidad no puede descartarse. Pero es evidente que se halla en el camino de la derrota de la revolución, condicionada por su debilidad interna.”

En Febrero, el campesinado no se puso del lado del proletariado, sino del de la burguesía, pero esto no supuso la necesidad de concluir que la revolución “no está llamada a triunfar”. Muy al contrario, triunfó, aunque siguiendo un modelo más cercano al clásico europeo. He aquí el primer resbalón del Trotsky adivino. Claro está, nos referimos al triunfo de la revolución burguesa. He aquí otra consecuencia –la ofuscación que produce Febrero en Trotsky– de no saber distinguir claramente entre revolución burguesa y revolución socialista. Por otra parte, en Febrero –a diferencia de 1905– la burguesía liberal no buscó un acuerdo “con el antiguo régimen” (aunque sí trató de “suavizar las aristas de la revolución”, como anticipó Lenin), y la revolución, lejos de dirigirse por el “camino de la derrota”, fue in crescendo hasta Octubre. He aquí el segundo resbalón del oráculo de Trotsky. Fue aplicando el método de Lenin y no la perspectiva trotskiana (¡ni siquiera 10 años después Trotsky fue capaz de comprender la situación de las clases surgida de Febrero: continuó agarrado al esquema de 1905!) como se halló la forma de transformar la correlación de fuerzas entre las clases a favor del proletariado: no llevando al proletariado al poder directamente (recordemos la experiencia de las jornadas de julio, cuando las masas plantearon la cuestión en estos términos en una situación en la que los Soviets de mayoría pequeñoburguesa aún apoyaban al gobierno provisional), como se deduciría de la fórmula de Trotsky, sino disputando y ganando el apoyo del campesinado para el proletariado, pugnando por que el centro de gravedad del sistema de clases de Rusia, el campesinado ( antes de intentar tomar el poder, y no después , desde donde “arrastrarlo” hacia sí), se desplazase hacia el campo del proletariado revolucionario, aislando a la burguesía. Este fue el problema central del periodo que abarca de Febrero a Octubre, problema que no supieron ver al principio, por distintos motivos, ni Trotsky ni la dirección en el interior del partido bolchevique: que en Rusia se había dado ya una de las posibles vías de la revolución burguesa –la menos deseada de las previstas por Lenin–, y que, a partir de entonces, la conquista de la correlación de clases sociales perseguida desde 1905, en 1917 significaba la lucha por la revolución socialista. Lo que en 1905 era un reagrupamiento de fuerzas sociales contra la autocracia, se convertía, en 1917, en un reagrupamiento contra la burguesía. La revolución burguesa se transformaba en socialista (entiéndase, en el sentido político , es decir, desde el punto de vista de ese reagrupamiento de fuerzas, pero no, claro está, en el sentido económico de que se hubieran cumplido todos los requisitos para el socialismo). Pero este hecho, lejos de traducir el sentido de “revolución permanente” que le daba Trotsky, supone una actitud revolucionaria consciente, una intervención subjetiva sobre el decurso de los acontecimientos; en absoluto el fatalismo espontáneo que impone Trotsky al proletariado. La revolución burguesa rusa de Febrero pudo perfectamente consolidarse y desarrollarse, sin que por ello se debiera interpretar que “la revolución” (¿qué revolución, la revolución en abstracto ?) había sido derrotada o que caería irremisiblemente en los brazos del antiguo régimen, y su desarrollo no hubiera conducido directamente al socialismo sin la lucha revolucionaria del proletariado dirigida por el partido bolchevique y sin una serie de circunstancias que hundieron a la Rusia de 1917 en una profunda crisis política.

Trotsky jamás comprendió esto. Nunca quiso incorporar la riqueza de la experiencia revolucionaria a partir del Febrero ruso a su teoría de la Revolución Permanente. Quizá porque no podía, pues Febrero más bien la refutaba. Prefirió remitirse al “resultado”, a Octubre como criterio de valoración de la misma, sin considerar que, tal vez, fue la casualidad histórica la que, en un momento dado, depositó al mismo tiempo la teoría de la Revolución Permanente de Trotsky y la revolución socialista en el suelo de Rusia.

Según el esquema de 1905 descrito en Dos tácticas , después de la revolución democrática, el centro de gravedad de la política bolchevique pasaría a ser la organización del proletariado, en alianza con las masas semiproletarias, para realizar la revolución socialista, mientras las masas del campesinado pequeñoburgués eran neutralizadas. Entre 1918 y 1920 el partido bolchevique intentó este cambio de escenario, pero hubo de retroceder. Si el “gobierno obrero” duró tanto en Rusia fue gracias a los imperativos de la guerra civil. Terminada ésta y tras un periodo de debate y rectificación (polémica sobre los sindicatos, lucha contra la Oposición Obrera, discusión sobre la Nep …), el PC(b)R retoma la alianza obrero-campesina como base de toda su política de construcción del socialismo. En un contexto de crisis económica y de crisis política nacional e internacional, la Revolución de Febrero no pudo asentarse para crear las premisas necesarias –según el esquema de Dos tácticas , en esto muy cercano al clásico del marxismo– para el socialismo. La flexibilidad táctica del leninismo permitió formular un plan de abordaje del socialismo sobre las premisas sociales de la revolución democrática (alianza obrero-campesina) y con la conciencia de tener que cubrir el recorrido económico necesario para generar sus premisas materiales (o sea, las premisas que sólo puede crear el capitalismo). Un cuadro mucho más complejo, en definitiva, que el esquema trotskista de “gobierno obrero” “obligado a” cumplir inmediatamente el programa del socialismo.

La actitud vigilante de Lenin y de su partido, quienes nunca se dejaron engatusar ni cegar por los espejismos de las formas políticas que adoptaba la lucha de clases y que nunca perdieron de vista el estado real y actual de las relaciones entre las clases –por debajo de sus formas organizativas–, en la sociedad en general y en el campo de la revolución en particular, fue lo que permitió la victoria de Octubre y la posterior experiencia de edificación socialista en el País de los Soviets.

LENIN: O.C ., t. 11, p. 77.

Ibídem , pp. 38-41. En cuanto al problema de las necesarias premisas económicas para el socialismo en Rusia, Lenin no altera en lo fundamental su posición a lo largo de toda su carrera política. Si en 1905, como vemos, recetaba capitalismo, al final de su vida, en sus penetrantes análisis en los que disecciona los tipos económicos que cohabitaban en Rusia entre 1918 y 1921, insistía en que su país debía pasar irremediablemente por el peldaño del capitalismo de Estado como antesala necesaria del socialismo ( Cfr ., LENIN: O.C ., t. 36, pp. 302-324, y t. 43, pp. 158-161).

LENIN: O.C., t. 11, pp . 77 y 78.

Ibídem , p. 16.

“En Rusia, se trata todavía sólo de crear un Estado burgués moderno, que será similar a una monarquía junker (en caso de que el zarismo triunfe sobre la democracia), o a una república campesina democrática burguesa (en caso de que la democracia triunfe sobre el zarismo). Y la victoria de la democracia en la Rusia contemporánea sólo es posible si las masas campesinas siguen al proletariado revolucionario y no al liberalismo traidor (…). Las revoluciones burguesas no están aún terminadas en Rusia y, dentro de estos límites , es decir, dentro de los límites de la lucha por la forma del régimen burgués en Rusia, ‘el contenido político real’ del trabajo de los socialdemócratas rusos es menos ‘limitado’ que en los países donde no se lucha por la confiscación de las tierras de los terratenientes por los campesinos, donde las revoluciones burguesas fueron terminadas hace tiempo.” (LENIN: O.C. , t. 19, pp. 380 y 381).

Incluso en abril de 1917, cuando Lenin abogaba por dar el siguiente paso en la revolución, continuó cuestionando la idea de un poder político sostenido únicamente sobre la clase obrera de Rusia sin tener en cuenta los intereses políticos del campesinado:

“¿Pero quizá corremos el peligro de caer en el subjetivismo, de querer ‘saltar por encima’ de la revolución de carácter democrático burgués, aún no terminada –trabada todavía por el movimiento campesino-, a la revolución socialista?.

Si yo hubiese dicho: ‘Sin zar, por un Gobierno obrero ‘, me amenazaría semejante peligro. Pero yo no he dicho eso, he dicho otra cosa distinta.” (LENIN: O.C ., t. 31, p. 145).

Evidentemente, Lenin se refiere en esta cita, implícitamente, a Trotsky, lo cual pone en duda la aseveración de éste según la cual Lenin se acercó a su posición de 1905 en 1917. Para evitar esta asociación de ideas, empero, Trotsky llegó a negar que él hubiera formulado alguna vez tal consigna, reconociéndola incluso como errónea e imputando a Parvus la autoría ( cfr ., TROTSKY: La revolución permanente , pp. 149-152). Sin embargo, independientemente del autor material de tal consigna, tomado individualmente, lo que está claro es que se corresponde, describe y expresa perfectamente la posición política de una determinada corriente de la socialdemocracia rusa, corriente con la que Trotsky se identifica de manera coherente. Por lo tanto, si no autor material, debe considerarse a Trotsky coautor espiritual, tal vez no de la consigna como tal, pero sí al menos de la línea política sobre la que se sostiene y que está en concordancia con ella.

Cfr ., PROCACCI: Op. cit ., pp. 36 y 37. En 1924, todavía Trotsky llega a decir que “muchos indicios permiten suponer que, si la revolución victoriosa se hubiese desarrollado en el sentido de los sucesos de julio de 1914, con toda seguridad que la derrota del zarismo hubiese significado el advenimiento inmediato al poder de los consejos obreros revolucionarios”. Trotsky sigue anclado en el esquema de 1905. La revolución de Febrero se desarrolló, ciertamente, “en el sentido de los sucesos de julio de 1914”, es decir, agitación obrera y constitución de Soviets (aunque en esa fecha no llegaron a aparecer en escena); pero quien accedió al poder fue la burguesía. Ni siquiera en 1924 Trotsky es capaz de reconocer esto. Como Febrero rompe su pronóstico sobre la revolución rusa, se niega a tenerlo en cuenta en su balance histórico. De ahí el esperpéntico vaticinio de 1924: la guerra impidió que Octubre llegase a Rusia directamente en el verano de 1914.

También es importante añadir, en lo concerniente a la diferente situación de la vanguardia proletaria entre las distintas revoluciones rusas, que sólo con las grandes movilizaciones obreras que acompañaron a la revolución de 1905, los círculos marxistas rusos, que hasta ese momento conformaban el POSDR, tuvieron verdaderamente contacto orgánico y adquirieron experiencia de masas. Este requisito indispensable para la construcción de un partido de vanguardia no existía antes de 1905, pero sí antes de 1917.

“Con respecto a la revolución permanente, hablaba únicamente de las ‘lagunas’ de la teoría, con tanto mayor motivo inevitables cuanto que se trataba de una previsión.” (TROTSKY: La revolución permanente , p. 91).

En este sentido, el menchevismo, aunque sí se diferencia de la concepción política de Trotsky en que ofrece la posibilidad de una actividad inmediata para el proletariado (sindicalismo, parlamentarismo), tiene de común con ella que se somete al pronóstico histórico (contemplar el advenimiento de la revolución burguesa y dejar hacer a la burguesía).

Trotsky habla de que el proletariado debe “apoyarse” en el campesinado para ponerse a la cabeza de la revolución; pero desconocemos el contenido de esta palabra cuando, una vez en el poder, el campesino no verá saciada su hambre de tierra. A cambio, obtendrá la colectivización. Trotsky, a cambio, obtendrá la guerra campesina contra el “gobierno obrero”.

“Un pronóstico político no puede pretender la misma exactitud que un pronóstico astronómico. Resulta satisfactorio sólo con que señale correctamente la línea general de desarrollo y permita orientarse en la dirección del proceso real de los acontecimientos, cuya línea fundamental habrá de desviarse inevitablemente a derecha o izquierda. En este sentido, no es posible dejar de reconocer que la concepción de la revolución permanente ha soportado con éxito la prueba de la historia.” (TROTSKY: La revolución de octubre , p. 241). El fatalismo histórico de Trotsky vacía de todo contenido la política entendida como actividad autónoma, y aplasta toda creatividad en esa esfera de la actividad del proletariado como un alud arrasa con todo lo que encuentra a su paso. En última instancia, desde la visión política de Trotsky se cierra toda posibilidad a que el pensamiento político proletario pueda encontrarse en algún momento con la idea leninista de partido de nuevo tipo proletario .

El trasfondo del mensaje de Trotsky viene a decir que si la revolución burguesa en Rusia no triunfa, entonces, fracasará; en concreto, si la revolución no se transforma en revolución socialista con el proletariado en el poder, será un fracaso. Al contrario que Lenin, quien consideraba que la revolución en Rusia triunfaría irremisiblemente. De lo que se trataba era de conseguir que esa victoria lo fuera también para el futuro de la lucha de clase del proletariado.

TROTSKY : La revolución permanente , p. 105.

Ibídem , p. 115.

Ibíd ., p. 216.

Ibíd ., pp. 121 y 122. La cursiva es nuestra.

La palabra alianza no tiene el mismo significado para Lenin que para Trotsky. Para Lenin, significa “unidad de voluntad”, concesiones hacia la parte correligionaria; para Trotsky, en cambio:

“El campesino sigue al obrero o al burgués. Esto significa que la ‘dictadura democrática del proletariado y de los campesinos’ sólo es concebible como dictadura del proletariado arrastrando detrás de sí a las masas campesinas .” ( Ibíd ., p. 216).

Por el programa de colectivización forzosa que Trotsky tenía preparado para los campesinos desde 1905, intuimos que la palabra arrastrar alcanzaría con el “gobierno obrero” de Trotsky su sentido semántico más literal.

“Sí; Lenin en el transcurso de una serie de años, se negó a prejuzgar cuál sería la organización política de partido y de Estado de la dictadura democrática del proletariado y de los campesinos, colocando en primer término la colaboración de estas dos clases en oposición a la burguesía liberal.” ( Ibíd ., p. 114).

No olvidemos que, en este asunto, Lenin resume el significado de los Soviets como organismos básicos del Estado de la dictadura del proletariado sólo en el verano de 1917, en su obra El Estado y la revolución . Imposible adivinar que ésta sería la “forma estatal” que hallaría la revolución en una fecha tan temprana como 1905. No era ésta, pues, la cuestión. Si lo hubiera sido, Trotsky podía haber vaticinado con más tiempo el significado histórico del organismo que llegó a dirigir. Sin embargo, se limitó a una formulación abstracta del tipo “gobierno obrero”. Ahora bien, cabe la posibilidad de interpretar que Trotsky ya se haya planteado esto y de que lo haya resuelto en el sentido de que, para él, la “forma” superior de poder proletario o de la expresión política del proletariado como clase dirigente sea, igualmente, el “gobierno obrero”. Entonces, el retroceso respecto al leninismo sería aún mayor, porque Trotsky reduciría el problema del poder proletario, efectivamente, al de la forma de gobierno , eludiendo la problemática marxista-leninista acerca del tipo de Estado .

Ibíd ., p. 145.

El mismo Trotsky reconoció que si Lenin no hubiese desembarcado en Rusia en abril de 1917, Octubre nunca se hubiera producido.

Trotsky y la Revolución Proletaria

Hasta ahora, hemos abordado la teoría de la Revolución Permanente de Trotsky desde el punto de vista de la revolución rusa, desde el punto de vista de algunos de los problemas relacionados con esa teoría circunscribiéndonos al ámbito nacional de esa revolución y en relación con su validez para explicarla como fenómeno histórico y político. Ahora, observaremos esa teoría de Trotsky como teoría general de la Revolución Proletaria, con lo cual desbordaremos las fronteras nacionales y nos enfrentaremos a una determinada concepción de la Revolución Proletaria Mundial.Como hemos comprobado hasta aquí, la visión general del proceso revolucionario y los métodos propiamente trotskianos de elaboración táctica y de utilización unilateral del análisis marxista, junto a una visión subjetiva y abstracta de las premisas necesarias para la revolución, conducen inevitablemente hacia una concepción subjetivista de la revolución y voluntarista de la acción revolucionaria (lo cual acarrea consigo el peligro de aventurerismo). Pero, ¿qué significa esto desde la perspectiva de la teoría general de la Revolución Proletaria? En 1924, en uno de sus innumerables balances de la Revolución de Octubre, y refiriéndose críticamente a la táctica de los mencheviques, Trotsky les censuraba que considerasen que:

“(…) las tareas del partido no son determinadas en base al reagrupamiento real de las fuerzas de clase, sino que están definidas según sea que el carácter de la revolución es formalmente declarado burgués o democrático-burgués.”

Es absolutamente falsa cualquier idea que insinúe que las tareas del partido no tienen que ver con el “carácter de la revolución”. De hecho, el carácter de la revolución determina las tareas del partido. Al menos, desde la óptica leninista, e, igualmente, desde la óptica de la socialdemocracia rusa. No en vano, toda la primera etapa de construcción del partido obrero en Rusia consistió, precisamente, en batallar por el esclarecimiento del carácter de la revolución rusa, y en determinar las tareas del partido en relación con la naturaleza de esa revolución (lo que, como hemos visto, abrió un nuevo campo a las divergencias): desde finales de los 70 del siglo XIX, los marxistas rusos –encabezados por Plejánov, primero, y después también por Lenin–, se empeñaron en una lucha contra el populismo, al que disputaron la posición de vanguardia en la lucha contra la autocracia y, sobre todo, contra el que esclarecieron el carácter de la próxima revolución rusa en función de las tendencias que marcaba el incipiente desarrollo del capitalismo en ese país. Los marxistas demostraron, contra la opinión de los naródniki , que Rusia necesitaba que se rompiesen todas las trabas que obstaculizaban el pleno desarrollo del capitalismo, y que toda ilusión sobre el salto por encima del capitalismo hacia un socialismo ruralista basado en la obschina rusa era una utopía reaccionaria. La revolución burguesa, entonces, rompería aquellas trabas y procuraría el desarrollo industrial y, paralelamente, el desarrollo del proletariado, única base verdadera desde la que puede construirse la sociedad socialista.

Una vez determinado el carácter burgués de la revolución, se abrió un nuevo capítulo de luchas políticas para definir las tareas del partido: si la revolución es burguesa, entonces que la haga la burguesía, el proletariado sólo debe preocuparse por su organización sindical y por la defensa de sus intereses económicos (economicismo); o bien, por convertirse en oposición política extrema dentro del parlamento (menchevismo). Como ya hemos visto, Lenin se enfrentó a estas corrientes y, con el telón de fondo de la revolución burguesa pendiente (el “carácter de la revolución”), diseñó la táctica, es decir, el “reagrupamiento de las fuerzas de clase” más acorde con los intereses a largo plazo del proletariado. Como Trotsky invierte absolutamente la relación tareas-táctica, o, más bien, identifica completamente esos dos aspectos de la política debido a su tendencia al subjetivismo, no nos extraña que, con una propuesta política idealista, alejada de toda observación materialista de la realidad rusa, apenas tuviese influencia en la lucha de fracciones del POSDR.

En resumidas cuentas, la teoría de la Revolución Permanente de Trotsky, como base para una generalización teórica de la Revolución Proletaria, nos arrastraría hacia una concepción de la revolución según la cual la determinación de su carácter vendría dada por el sujeto revolucionario, no por las tareas de la revolución.

Este paradigma revolucionario se sostiene sobre la presunción de un alto desarrollo de las fuerzas productivas y la consideración de su escala a nivel mundial. Antes veíamos cómo, en el caso particular de la cuestión campesina, Trotsky pasaba por alto las condiciones concretas de la agricultura y de las clases campesinas rusas, y no prestaba atención a si estaban maduras o no para su paso hacia socialismo por sí mismas . Esto se comprende por la actitud teórica y metodológica de Trotsky, quien sustituye las condiciones concretas de la transformación revolucionaria (la madurez de las relaciones sociales para esa transformación en un lugar y en un momento dados) por sus condiciones abstractas (grado alcanzado por las fuerzas productivas a nivel mundial acorde con aquella transformación). Escenificando la controversia que generaban sus postulados, Trotsky escribe:

“-Pero, ¿es que considera usted que Rusia está bastante madura para una revolución socialista? –me objetaron docenas de veces (…), allá por los años 1905 a 1917.

Y yo les contestaba invariablemente:

-No, pero sí lo está, y bien en sazón, la economía mundial en su conjunto y, sobre todo, la europea.”

En Trotsky, por tanto, la problemática de las premisas objetivas para la revolución pierde importancia, y toda la atención se centra en la actitud y en la capacidad del factor subjetivo de la revolución. Aquí radica la base teórica del voluntarismo y del subjetivismo conscientes de la Revolución Permanente de Trotsky. El proletariado puede pasar sin temor hacia los objetivos del socialismo en un país atrasado como Rusia porque se apoya no tanto en la madurez de las condiciones económicas de su país, sino en las de la economía mundial. Pero la revolución rusa puede servirse de todo el potencial de la fuerzas productivas del planeta si el proletariado internacional se lo cede. Esta es la primera insuficiencia del paradigma trotskista de la revolución, que ésta no se sostiene siempre sobre sus propias fuerzas . En segundo lugar, ¿hasta qué punto es posible realizar la Revolución Permanente en un mundo –como el de la segunda mitad de la década de los 20, o incluso como el de hoy en día– de mayoría campesina, es decir, con un desarrollo general de las fuerzas productivas atrasado (salvo en regiones muy específicas como Norteamérica, Europa y Japón)? Trotsky no puede responder a esto. En otras palabras, las dos premisas fundamentales de la teoría de Trotsky sobre la Revolución Proletaria o no existen o no son una garantía. Efectivamente, en el mundo no existe un alto desarrollo generalizado de las fuerzas productivas, aunque sí un alto desarrollo polarizado de las mismas, o sea, monopolizado por unas pocas potencias imperialistas. Pero, aquí, nos enfrentamos no ante la cuestión de las premisas para el socialismo –como pretende Trotsky–, sino ante el de las condiciones mismas de la Revolución Proletaria. Esta nueva confusión en Trotsky le conduce, una vez más, a encarrilarse por el camino del marxismo vulgar:

“En un país económicamente atrasado, el proletariado puede llegar al Poder antes que en un país capitalista avanzado. La idea de que existe una cierta dependencia automática entre la dictadura proletaria y las fuerzas técnicas y los recursos del país, representa en sí un prejuicio propio de un materialismo ‘económico’ simplista hasta el extremo. El marxismo no tiene nada de común con esta idea.”

Trotsky dice que un país atrasado puede ver al proletariado en el poder antes que un país capitalista avanzado, pero, en última instancia, su teoría hace depender el destino de la revolución del proletariado de los países con un alto desarrollo de las fuerzas productivas. Él mismo es víctima de ese “materialismo simplista” que hacer depender la dictadura proletaria de “las fuerzas técnicas y los recursos del país”. Para Trotsky, la vanguardia de la Revolución Proletaria Mundial sólo puede ser ejercida hasta cierto momento por el proletariado de un país atrasado. Irremisiblemente –so pena de fracaso de la revolución–, el proletariado de los países más avanzados deberá tomar el relevo. Trotsky identifica madurez capitalista con madurez revolucionaria; invita al proletariado a asaltar el poder fuera de toda valoración de sus circunstancias objetivas de existencia, pero le niega la victoria si esas circunstancias objetivas no son las del capitalismo desarrollado o éste no acude en su ayuda. Esta contradicción ubica a Trotsky, después de tanto circunloquio, en el mismo terreno del menchevismo que critica. El desprecio de Trotsky por las condiciones concretas para la revolución supone, en la práctica, el divorcio entre los factores de necesidad y de posibilidad de la revolución, lo cual situaría –como realmente situó– a países como Rusia en una tesitura angustiosa desde la perspectiva del diseño estratégico para la continuidad de la revolución, sobre todo a partir de 1923, cuando resulta evidente que la ofensiva revolucionaria europea, iniciada en 1917, experimentaba un reflujo nada coyuntural. Ante esta situación fáctica, la teoría de la Revolución Permanente no ofrecía respuestas. Para continuar, la revolución soviética se cobró el precio de su sacrificio.

El paradigma revolucionario de Trotsky se opone frontalmente al leninismo, y su puesta en práctica acarreará serias y graves consecuencias para la política revolucionaria del proletariado en su ámbito internacional. La primera de esas nocivas consecuencias se refiere a la táctica general de la Revolución Proletaria Mundial:

“¿En qué consiste entonces la diferencia entre los países avanzados y los atrasados? La diferencia es grande, pero así y todo se trata de una diferencia en los límites de la dominación de las relaciones capitalistas. Las formas y métodos de dominación de la burguesía en los distintos países son extraordinariamente variados. En uno de los polos, su dominación tiene un carácter claro y absoluto: los Estados Unidos . En el otro polo – India – el capital financiero se adapta a las instituciones caducas del medioevo asiático, sometiéndoselas e imponiendo sus métodos a las mismas. Pero tanto allí como aquí domina la burguesía. De esto se deduce que la dictadura del proletariado tendrá asimismo en los distintos países capitalistas un carácter extremadamente variado, en el sentido de la base social, de las formas políticas, de los objetivos inmediatos y del impulso de actuación. Pero sólo la hegemonía del proletariado, convertida en dictadura de este último, después de la conquista del Poder, puede conducir a las masas populares a la victoria sobre el bloque de los imperialistas, de los feudales y de la burguesía nacional.”

Para Trotsky, entonces, sólo hay diferencias cuantitativas entre los distintos países del mundo: las existentes en el diferente desarrollo del capitalismo en sus economías. De esta manera, tanto en los países más desarrollados como en los más pobres “domina la burguesía”. De lo que “se deduce” que la dictadura del proletariado y el socialismo están en el orden del día de la revolución. Ni qué decir tiene que cuando Trotsky ha pasado a la palestra de la revolución internacional, se ha desembarazado de toda esa molesta problemática de la “revolución democrática” que todavía tenía que tener en cuenta en el debate sobre la revolución rusa y en consideración a las argumentaciones de Lenin . Para Trotsky, en definitiva, en el mundo sólo hay países capitalistas, y todos sufren a la burguesía como clase dominante (aunque coligada con el imperialismo y “los feudales”). De todo lo cual, deducimos nosotros que Trotsky no ha comprendido ni la naturaleza del imperialismo ni las consecuencias que acarrea tanto en la transformación de la estructura de las relaciones económicas internacionales, como en su influencia en las relaciones entre las clases en el plano mundial.

La verdad es que el concepto de imperialismo de Trotsky varía grandemente con respecto al de Lenin. Trotsky denomina imperialismo al dominio mundial del capitalismo, pero entiende este dominio como el resultado de un proceso de expansión del modo de producción capitalista que se apoya por completo en las premisas económicas que estableció Marx en El Capital . En la teoría sobre el imperialismo, Trotsky recuerda más a R. Luxemburg, para quien “la acumulación mundial” era un proceso de extensión, de desarrollo cuantitativo de las relaciones principalmente mercantiles del capitalismo , que a Lenin, quien señala un salto cualitativo en el desarrollo del capitalismo que modifica parcialmente sus premisas económicas (monopolio). No nos ha de extrañar, por tanto, que el modelo de relaciones económicas internacionales sea, en Trotsky, un remedo en el plano mundial de la expansión del mercado interno nacional:

“Todo país retrógrado ha pasado, al incorporarse al capitalismo, por distintas etapas, a lo largo de las cuales ha visto aumentar o disminuir la relación de interdependencia con los demás países capitalistas; pero, en general, la tendencia del desarrollo capitalista se caracteriza por un incremento colosal de las relaciones internacionales, lo cual halla su expresión en el volumen creciente del comercio exterior, incluyendo en él, naturalmente, el comercio de capitales.”

El desarrollo aséptico del capitalismo mundial por la vía de la expansión de los mercados permite plantear a Trotsky las relaciones internacionales de una manera economicista e insultantemente inocua:

“Desde un punto de vista cualitativo, la relación de dependencia de la India con respecto a Inglaterra tiene, evidentemente, distinto carácter que la de Inglaterra con respecto a la India. Sin embargo, esta diferencia hállase informada, fundamentalmente, por la diferencia existente en el nivel del desarrollo de las respectivas fuerzas productivas y no por el grado en que económicamente se basten a sí mismas. La India es una colonia, Inglaterra una metrópoli. Pero si hoy Inglaterra se viera sujeta a un bloqueo, perecería antes que la India. He aquí –digámoslo de paso– otra prueba suficientemente convincente de la realidad que tiene la economía mundial.”

Inglaterra es la metrópoli y la India la colonia, ¡pero esta diferenciación formal es sólo debida a “la diferencia existente en el nivel del desarrollo de las respectivas fuerzas productivas”! ¿Qué decía Lenin en 1916, en plena guerra imperialista, que es lo mismo que decir en pleno periodo de comprobación y aprendizaje de la naturaleza del imperialismo?

“(…) el programa de la socialdemocracia debe presentar como fundamental, como lo más esencial e inevitable bajo el imperialismo, la división de las naciones en opresoras y en oprimidas.”

En otras palabras, Inglaterra es metrópoli porque oprime a la India, su colonia. Y esta relación de opresión , que no tiene nada que ver con las melifluas ideas sobre si una u otra “se bastan a sí mismas”, incluye expolio de recursos económicos, explotación, opresión política y dependencia de la una, la colonia, por la otra, la metrópoli. Trotsky presenta las relaciones internacionales al modo burgués, como las que se estableciesen en un gigantesco mercado en el que confluirían todas las naciones obligadas por “la división mundial del trabajo y el carácter supranacional de las fuerzas productivas” , mientras que las relaciones de dominio colonia-metrópoli serían algo así como un contrato de mutua dependencia suscrito con el fin de asegurarse los mercados en la concurrencia internacional. La naturaleza de la “dependencia”, eso sí, es diferente: Inglaterra “depende” de las materias primas indias, y la India de los productos manufacturados ingleses; pero, tanto monta, los dos son países capitalistas y en los dos domina la burguesía. Naturalmente, la realidad no tiene nada que ver con este cuadro ricardiano que nos pinta Trotsky. La realidad es que uno de los países está sometido al otro y su economía está organizada en función de las necesidades de la economía del otro. Objetivamente, sólo uno de ellos es dependiente y sólo uno de ellos es independiente. Sólo las ideas “confusas y oscuras” de Trotsky, impregnadas de cierto falso misticismo seudorromántico pueden conducir a las siguientes afirmaciones:

“Para que el movimiento de emancipación de la India pueda triunfar, es menester que estalle un movimiento revolucionario en Inglaterra y viceversa. Ni en la India ni en Inglaterra es posible levantar una sociedad socialista cerrada. Ambas tienen que articularse como partes de un todo superior a ellas. En esto y sólo en esto reside el fundamento inconmovible del internacionalismo marxista.”

A esto conduce la confusión en el plano internacional de los problemas de la revolución democrático-burguesa con los del socialismo, de la que ya adolecía Trotsky en el terreno nacional. ¡Es la India quien necesita emanciparse de Inglaterra, no “viceversa”! No se trata de un problema del socialismo, ni siquiera se trata de un problema que deba ser vinculado directa e incondicionalmente con el socialismo. Es una necedad –y, además, una necedad reaccionaria– hacer depender la emancipación colonial de la revolución en las metrópolis. Sería necio defenderlo hoy, cuando la historia lo ha refutado y se ha dirigido por otros derroteros, y era ya necio defenderlo en 1930 –año en que Trotsky escribió ese texto–, cuando en la Internacional Comunista estaban vigentes las tesis que elaboró Lenin en 1920 sobre la cuestión nacional y colonial y que fueron aprobadas por su II Congreso. Veamos algunos de sus contenidos:

“La situación política mundial ha puesto ahora al orden del día la dictadura del proletariado, y todos los hechos de la política internacional convergen de modo inevitable en un punto central, a saber: la lucha de la burguesía mundial contra la República Soviética de Rusia, que agrupa necesariamente a su alrededor, de una parte, los movimientos de los obreros de vanguardia de todos los países en pro del régimen soviético y, de otra parte, todos los movimientos de liberación nacional de las colonias y de los pueblos oprimidos (…).

Por lo tanto, en la actualidad no hay que limitarse a reconocer o proclamar simplemente el acercamiento entre los trabajadores de las distintas naciones, sino que es preciso aplicar una política que convierta en realidad la unión más estrecha de todos los movimientos de liberación nacional y colonial con la Rusia Soviética, haciendo que las formas de esta unión estén en consonancia con el grado de desarrollo del movimiento comunista en el seno del proletariado de cada país o del movimiento democrático burgués de liberación de los obreros y campesinos en los países atrasados o entre las naciones atrasadas. (…).

En lo que respecta a los Estados y las naciones más atrasados, donde predominan las relaciones feudales o patriarcales y patriarcal-campesinas, es preciso tener presente, en particular: la necesidad de que todos los partidos comunistas ayuden al movimiento democrático burgués de liberación en dichos países; el deber de prestar la ayuda más activa incumbe, en primer término, a los obreros del país del que la nación atrasada depende en el aspecto financiero o como colonia; (…) la necesidad de combatir con decisión la tendencia a teñir de color comunista las corrientes liberadoras democráticas burguesas en los países atrasados; la Internacional Comunista debe apoyar los movimientos nacionales democráticos burgueses en las colonias y en los países atrasados sólo a condición de que los elementos de los futuros partidos proletarios –comunistas no sólo de nombre– se agrupen y eduquen en todos los países atrasados para adquirir plena conciencia de la misión especial que les incumbe: luchar contra los movimientos democráticos burgueses dentro de sus respectivas naciones; la Internacional Comunista debe concluir una alianza temporal con la democracia burguesa de las colonias y los países atrasados, pero no fusionarse con ella, sino proteger a toda costa la independencia del movimiento proletario, incluso en sus formas más rudimentarias.”

Nada que ver, pues, con la idea de dictadura del proletariado como única solución de los problemas nacional y colonial. Además, Lenin señala cuáles son incuestionablemente los problemas económicos que esas naciones deben superar como tarea inmediata de la revolución: la gran propiedad agraria y las reminiscencias del feudalismo. En otras palabras, Lenin traslada como planteamiento a la línea política general de la Internacional Comunista el mismo con el que abordó problemas similares para Rusia en 1905. ¿Y qué ocurre cuando el desarrollo de esos países es tan exiguo que apenas han madurado en su interior las condiciones para un amplio desarrollo del proletariado?, ¿qué propone Trotsky ante esta eventualidad?

“En las condiciones de la época imperialista, la revolución nacional-democrática sólo puede ser conducida hasta la victoria en el caso de que las relaciones sociales y políticas del país de que se trate hayan madurado en el sentido de elevar al proletariado al Poder como director de las masas populares. ¿Y si no es así? Entonces, la lucha por la emancipación nacional dará resultados muy exiguos, dirigidos enteramente contra las masas trabajadoras.”

Puro derrotismo revolucionario. ¿Qué responde Lenin, en cambio? Pues, como hemos visto, que la Internacional Comunista deberá “apoyar los movimientos nacionales democrático burgueses en las colonias y en los países atrasados”. Eso sí, con la condición, no de la posibilidad del “gobierno obrero” –como vuelve a insistir Trotsky también aquí–, sino –una vez más– de que el proletariado disfrute del máximo de libertad para organizarse como clase y de que se respete su independencia política. Alianza temporal con la democracia burguesa a cambio de la independencia política que el proletariado necesita para ir preparando su futura lucha por el socialismo. Como podemos comprobar, Lenin, lejos de dejarse embargar por el nihilismo revolucionario hacia los países atrasados, como Trotsky, busca el modo, la correlación de fuerzas sociales adecuada, que permita dar una salida a los países coloniales en la dirección que favorezca la lucha de clases proletaria, en función siempre de las tareas políticas y revolucionarias que exigen de manera inmediata el desarrollo económico de esos países. En esta ocasión, incluso –ocasión importante y significativa, por cuanto se trata de la política de la Internacional Comunista–, Lenin ha basculado un poco más hacia la derecha en relación con la disposición de clases que buscaba en la Rusia de 1905. En 1920, parece dispuesto a permitir que los comunistas se acerquen a la burguesía liberal de los países atrasados. Desde luego, la evolución es inversa a la de Trotsky, lo cual resulta harto elocuente. No debemos perder de vista, sin embargo, el método leninista de análisis concreto de la situación concreta como fundamento de toda línea política. Es cierto que Lenin recomienda, en parte, una táctica diferente en 1920 para los países coloniales que para Rusia en 1905, pero igualmente es cierto que también era diferente la situación de la Rusia a caballo de los siglos XIX y XX, en la frontera –no sólo en el sentido geográfico, también en el económico– entre Asia y Occidente, y con una posición de nación dominante en el escenario internacional de las relaciones imperialistas (aunque también arrastraba rasgos de dependencia) que determinaba el papel de la burguesía nacional ante la revolución, así como la actitud del proletariado ante esa clase. Los países coloniales, en cambio, eran del todo asiáticos y su posición en las relaciones internacionales era siempre de opresión. Esto concedía un papel diferente a la burguesía nacional, mejor dicho, al sector de la burguesía que se incorporaba al movimiento de liberación nacional contra el imperialismo .

Trotsky no puede comprender el profundo sentido que Lenin da a la política de acercamiento del proletariado hacia determinadas capas de la burguesía nacional de los países oprimidos porque no ha alcanzado a entender las implicaciones que el imperialismo acarrea para la estructura de clases de esos países. Trotsky no ve que la dominación económica que ejerce el capital financiero en los países atrasados se traduce sólo en un desarrollo parcial de las relaciones sociales capitalistas en dichos países, mientras que, por otra parte, se reproducen –también por interés del capital extranjero– gran parte de las relaciones sociales precapitalistas. El desarrollo de las fuerzas productivas es, pues, unilateral y está truncado. Por eso, el marxismo-leninismo los define como semifeudales . Desde el punto de vista de las relaciones de clase, los países semifeudales se caracterizan porque el dominio de las viejas clases (oligarquía terrateniente) se mantiene, mientras que al calor de la economía de exportación (que es en lo que convierten a estos países) y de las inversiones extranjeras crece una burguesía compradora y especuladora y una burguesía burocrática. Y como el desarrollo industrial es desintegrado, fraccionado, porque está en función de los intereses del capital extranjero y de la economía de exportación, hay una parte de la burguesía industrial que ve cercenado su desarrollo como clase capitalista y que, en un momento dado, toma conciencia de que sus intereses se oponen a los del imperialismo y los del Estado oligárquico-burocrático nacional. Estos sectores sociales, en determinados momentos, pueden unirse al proletariado y al campesinado en su lucha revolucionaria contra el capital financiero internacional.

El imperialismo se caracteriza, desde el punto de vista de las correlaciones entre las clases, porque la burguesía financiera internacional se une en alianza con las clases terrateniente, compradora y burocrática nacionales, mientras que un sector de la burguesía industrial queda desplazado. Su reacción es el nacionalismo. De este modo, en los países semifeudales la línea divisoria entre la revolución y la contrarrevolución está situada a la derecha de esta burguesía nacional desplazada. Trotsky se equivoca en esto, e incluye a esta clase en el bloque contrarrevolucionario porque, como hemos señalado ya, tiene una concepción premonopolista del capitalismo, según la cual la expansión lineal del capitalismo a través del mercado mundial y de la división internacional del trabajo permite el desarrollo de las fuerzas productivas en cada país (más avanzado en unos que en otros, pero esto no acarrea consecuencias) de modo que en su seno se puede dar el normal desarrollo de las relaciones económicas capitalistas, que pasarán a ser dominantes, y de las clases principales que les son propias, el proletariado y la burguesía. En los países más atrasados ésta se unirá al bloque de las viejas clases dominantes que aún el capitalismo no habría liquidado. La lucha de clases, entonces, enfrentará a este bloque dominado por la burguesía con el proletariado (que tratará de “arrastrar” tras sí al campesinado), y esta línea divisoria que separa en cada país revolución y contrarrevolución es la misma que separa al globo entero.

Para resumir las diferencias fundamentales que oponen de manera tajante la concepción táctica de Trotsky y de Lenin acerca de la Revolución Proletaria Mundial, diremos que, mientras el primero pone todo el peso del proceso en el proletariado internacional, organizado principalmente en forma de Estado obrero, para Lenin, que parte de un análisis de las relaciones internacionales sometidas a las condiciones del imperialismo (del capitalismo en su fase superior de desarrollo), el proletariado debe unirse a la lucha de las naciones oprimidas por su liberación nacional. Esto supone que, mientras para Trotsky las tareas que la revolución debe abordar de manera inmediata son las del socialismo, independientemente de que se trate de un país avanzado o atrasado económicamente, para Lenin hay países imperialistas y países oprimidos, y mientras en los primeros la tarea inmediata es la revolución socialista, en los segundos –en los que predominan las relaciones semifeudales– se trata de preparar las premisas para el socialismo. Para el leninismo, es preciso distinguir entre forma y contenido en la Revolución Proletaria Mundial: se trata del proceso político, encabezado por la única clase verdaderamente revolucionaria moderna, el proletariado, dirigido contra el capitalismo de nuestra época, el imperialismo, en cuanto al contenido, pero que se manifiesta como suma de las revoluciones socialistas en los países imperialistas y las revoluciones democrático-burguesas dirigidas por el proletariado en los países semifeudales. Para Trotsky, por el contrario, no hay diferencia entre forma y contenido, ambos se identifican. Para el leninismo el proceso de la Revolución Proletaria Mundial exige una dialéctica entre el ámbito nacional y el internacional de la revolución. Para Trotsky, en cambio, para que el proceso pueda considerarse consolidado, debe mantenerse en el plano internacional.

PROCACCI: Op. cit ., p. 47.

TROTSKY: La revolución permanente , p. 50.

Ibídem , p. 102.

Ibíd. , p. 185.

“Con respecto a los países de desarrollo burgués retrasado, y en particular de los coloniales y semicoloniales, la teoría de la revolución permanente significa que la resolución íntegra y efectiva de sus fines democráticos y de su emancipación nacional tan solo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado, empuñando éste el Poder como caudillo de la nación oprimida y, ante todo, de sus masas campesinas.” ( Ibíd .., p. 215; también cfr ., Ibíd .., p. 184).

“El desarrollo del capitalismo (…) se ha efectuado, y no podía dejar de efectuarse, por medio de un ensanchamiento sistemático de su base. En el proceso de su desarrollo y, por lo tanto, en lucha contra sus contradicciones internas, cada capitalismo nacional recurre en un grado cada vez más considerable a las reservas del ‘mercado exterior’, esto es, de la economía mundial. La expansión ineluctable, que surge como consecuencia de las crisis internas permanentes del capitalismo, constituye su fuerza expansiva antes de convertirse en mortal para este último.” ( Ibíd ., pp. 32 y 33).

Ibíd ., p. 32.

Ibíd .

LENIN: O.C. , t. 27, p. 269.

TROTSKY: La revolución permanente , p. 32.

Ibídem , p. 28.

LENIN: O.C ., t. 41, pp. 169-173.

TROTSKY: La revolución permanente , p. 188.

En 1928, Trotsky se quejó contra esta interpretación de las tesis leninistas de la Internacional Comunista (no lo hizo en 1920) aduciendo el ejemplo de China, donde la incorporación del PCCh en el Kuomintang de Chang Kai-chek había terminado, en 1927, en ruptura, traición y masacre de comunistas por parte de la burguesía encabezada por Chang ( cfr ., Ibíd ., pp. 189-193). Pero, en cuanto a esta experiencia, Trotsky absolutiza los errores –que los hubo– de la Internacional Comunista y del PCCh. Es correcto que acarreó graves consecuencias que los comunistas no respetasen suficientemente una de las condiciones de las tesis de Lenin: la absoluta independencia política y organizativa del proletariado en su alianza con la burguesía nacional. Esto, sin embargo, no permite deducir que esa alianza no sea necesaria en determinados momentos. Así, por ejemplo, en la misma China, a partir de 1938, tras la invasión japonesa, el PCCh, ahora encabezado por Mao Tse-tung, volvió a aliarse con la burguesía nacional en un frente único antiimperialista. Pero en esta ocasión el partido sí mantuvo su política, su organización y su ejército fuera del alcance del Kuomintang, de modo que cuando la alianza volvió a romperse tras la derrota de Japón, los comunistas no debieron pagar más precio que el de volver sus armas contra sus antiguos aliados.

Para evitar malentendidos o interpretaciones intencionadas de esta tesis general, añadiremos que nunca debería sustituir el análisis concreto de la situación concreta , por lo que tenemos que insistir en que se refiere a países semifeudales y cuyo escaso grado de desarrollo económico mantiene al proletariado en un estado de desarrollo embrionario. Pero no se refiere a los países oprimidos en general o a todos los países oprimidos. Aquí es preciso distinguir entre países dependientes cuyo desarrollo ha permitido –por razones históricas específicas y particulares– el dominio de las relaciones capitalistas en su economía y el desplazamiento en bloque de la burguesía nacional hacia la alianza con el imperialismo, de aquellos otros países dependientes que permanecen en un estado verdaderamente semifeudal. No es lo mismo, y es preciso distinguir y definir bien tanto las tareas de la revolución como la táctica a aplicar por el proletariado, el Chile de 1970 –país dependiente, pero preparado para la revolución socialista– del Ecuador o la Guatemala de 1990 –países con la revolución agraria como problema fundamental pendiente. Sustituir la tesis general por el análisis concreto, como hizo la dirección del Partido Comunista de Chile en 1970-1973, significó practicar el oportunismo y la liquidación de la revolución, y también ejercitar el mismo dogmatismo político –aunque mostrando su lado inverso– que Trotsky.

Lenin y la Revolución Permanente

El problema de la mecánica de la Revolución Proletaria Mundial es uno de los grandes puntos de controversia entre el trotskismo y el leninismo. La posición de Trotsky en este asunto está clara. Repasémosla, de todas formas, con un resumen claro y conciso en palabras del propio autor:

“La dictadura del proletariado, que sube al Poder en calidad de caudillo de la revolución democrática, se encuentra inevitable y repentinamente, al triunfar, ante objetivos relacionados con profundas transformaciones del derecho de propiedad burguesa. La revolución democrática se transforma directamente en socialista, convirtiéndose con ello en permanente . (…).

El triunfo de la revolución socialista es inconcebible dentro de las fronteras nacionales de un país. Una de las causas fundamentales de la crisis de la sociedad burguesa consiste en que las fuerzas productivas creadas por ella no pueden conciliarse ya con los límites del Estado nacional. De aquí se originan las guerras imperialistas, de una parte, y la utopía burguesa de los Estados Unidos de Europa, de otra. La revolución socialista empieza en la palestra nacional, se desarrolla en la internacional y llega a su término y remate en la mundial. Por lo tanto, la revolución socialista se convierte en permanente en un sentido nuevo y más amplio de la palabra: en el sentido de que sólo se consuma con la victoria definitiva de la nueva sociedad en todo el planeta.

El esquema de desarrollo de la revolución mundial, tal como queda trazado, elimina el problema de la distinción entre países ‘maduros’ y ‘no maduros’ para el socialismo, en el sentido de la clasificación muerta y pedante que establece el actual programa de la Internacional Comunista. El capitalismo, al crear un mercado mundial, una división mundial del trabajo y fuerzas productivas mundiales, se encarga por sí sólo de preparar la economía mundial en su conjunto para la transformación socialista.”

Por su parte, Lenin adopta como punto de arranque la tesis marxista clásica, recogida por la tradición de la II Internacional y que con tanta ortodoxia profundizó Trotsky, sobre la necesidad de un escenario internacional para la revolución proletaria. Sin embargo, durante la Primera Guerra Mundial, Lenin penetró aún más en el estudio económico del capitalismo y alcanzó a comprender su transformación cualitativa en capitalismo monopolista, en imperialismo. Sobre esta base conceptual abordó algunas de las cuestiones políticas candentes en ese momento en el marco de la política europea, como la consigna de moda de los “Estados Unidos de Europa”, que, como bien señala Trotsky, fue una respuesta utópica de la burguesía contra futuras guerras. En 1915, Lenin sometió a crítica, en el contexto del debate sobre aquella consigna –a la que tachó de reaccionaria e imperialista–, la idea de los “Estados Unidos del mundo”.

“Los Estados Unidos del mundo (y no de Europa) constituyen la forma estatal de unificación y libertad de las naciones, forma que nosotros relacionamos con el socialismo, mientras la victoria completa del comunismo no traiga la desaparición definitiva de todo Estado, incluido el Estado democrático. Sin embargo, como consigna independiente, la de los Estados Unidos del mundo dudosamente sería justa, en primer lugar, porque se funde con el socialismo y, en segundo lugar, porque podría conducir a la falsa idea de la imposibilidad de la victoria del socialismo en un solo país y a una interpretación errónea de las relaciones de este país con los demás.

La desigualdad del desarrollo económico y político es una ley absoluta del capitalismo. De aquí se deduce que es posible que el socialismo triunfe primeramente en unos cuantos países capitalistas, o incluso en un solo país capitalista. El proletariado triunfante de este país, después de expropiar a los capitalistas y de organizar la producción socialista dentro de sus fronteras, se enfrentaría con el resto del mundo, con el mundo capitalista, atrayendo a su lado a las clases oprimidas de los demás países, levantando en ellos la insurrección contra los capitalistas, empleando, en caso necesario, incluso la fuerza de las armas contra las clases explotadoras y sus Estados.”

Este texto es importante porque, desde la crítica de la hipótesis de una posible unidad mundial de Estados bajo las condiciones del capitalismo, Lenin deduce la concepción científica de la mecánica del desarrollo de la Revolución Proletaria Mundial en consideración a las premisas económicas del desarrollo capitalista en su etapa imperialista. En otras palabras: el desarrollo económico desigual del capitalismo puede provocar que la cadena imperialista mundial se rompa por su eslabón más débil, de modo que el socialismo triunfe en primer lugar en varios o en un solo país, cuyo proletariado aplicará la política del internacionalismo revolucionario para extender la revolución por todo el mundo. En definitiva, Lenin vaticina en 1915 lo que terminaría por ocurrir a partir de Octubre.

Queda el interrogante de si en esta cita Lenin se refiere a los países con un capitalismo relativamente avanzado o a cualquiera de los países del orbe. Desde luego, la visión del imperialismo como una cadena que atenaza a todas las naciones del mundo es la más adecuada a sus presupuestos teóricos y a la idea del eslabón débil , por lo que habría que considerar que cualquiera de los países oprimidos económicamente atrasados podría ser ese “eslabón débil”. En cualquier caso, Lenin todavía no lo formula en estos términos y lo cierto es que se refiere explícitamente a los “países capitalistas” (¿entraría Rusia en esta definición?). Lo cierto también es que, para 1917, Lenin abandona esta posición teórica:

“Rusia es un país campesino, uno de los países europeos más atrasados. En ella no puede triunfar el socialismo inmediatamente, de un modo directo . Pero, sobre la base de la experiencia de 1905, el carácter campesino del país –en el que se conserva un enorme fondo agrario de los terratenientes nobles– puede dar enorme impulso a la revolución democrática burguesa en Rusia y hacer de nuestra revolución el prólogo de la revolución socialista universal, un peldaño hacia ella. (…).

En Rusia no puede triunfar el socialismo de manera directa e inmediata. Pero la masa campesina puede llevar la revolución agraria, ineluctable y en sazón, hasta la confiscación de toda la inmensa propiedad terrateniente. (…).

Semejante revolución, por sí sola, no sería todavía socialista, ni mucho menos. Pero daría un impulso gigantesco al movimiento obrero mundial. Reforzaría extraordinariamente las posiciones del proletariado socialista en Rusia y su influencia entre los obreros agrícolas y los campesinos pobres. Permitiría al proletariado urbano, apoyándose en esta influencia, formar organizaciones revolucionarias como los ‘Soviets de diputados obreros’, sustituir con ellos los viejos instrumentos de opresión de los Estados burgueses (el ejército, la policía y la burocracia) y aplicar –bajo la presión de la guerra imperialista, insoportablemente dura, y de sus consecuencias– una serie de medidas revolucionarias para controlar la producción y la distribución de los productos.

El proletariado ruso no puede culminar victoriosamente la revolución socialista sólo con sus propias fuerzas. Pero puede dar a la revolución rusa tal envergadura, que cree las mejores condiciones para ella, que la empiece , en cierto sentido. Puede aliviar la situación para que entre en las batallas decisivas su colaborador principal , más fiel y más seguro, el proletariado socialista europeo y americano.(…).

Las condiciones objetivas de la guerra imperialista son garantía de que la revolución no se limitará a la primera etapa de la revolución rusa, de que la revolución no se limitará a Rusia.

El proletariado alemán es el aliado más fiel y más seguro de la revolución proletaria rusa y mundial .”

Nos encontramos en plena vorágine revolucionaria en Rusia, mientras que en Europa los contendientes en la guerra imperialista ya dan síntomas de agotamiento. Sobre todo Alemania, que se siente acorralada y se dispone a realizar su último pero decisivo esfuerzo bélico ante la perspectiva de la inminente entrada de los Estados Unidos en la guerra. La crisis social se adivina en el horizonte europeo. En estas circunstancias, el plan estratégico de los revolucionarios rusos les inclinaba a considerar a Rusia como un país secundario en la próxima revolución internacional, aunque cumpliese el papel protagonista de ser la chispa iniciadora del incendio revolucionario de Europa. Este era el criterio con que se manejaban Lenin y los bolcheviques a partir de la primavera de 1917, y con este criterio y aquella perspectiva de la revolución europea asaltaron el Palacio de Invierno el 7 de noviembre. Sin embargo, tras el triunfo de Octubre y una vez asentada la revolución, la valoración de la relación entre el factor nacional y el internacional de la revolución fue obligando a Lenin a abandonar paulatina pero indefectiblemente la posición teórica sobre la revolución proletaria clásica de la socialdemocracia occidental a la que había retornado en 1917 . La propia experiencia de la revolución soviética incitará en Lenin una reelaboración y el reinicio de la evolución de su pensamiento en este terreno. Ya en el otoño de 1918, Lenin parece haber asimilado la primera lección tras un año de experiencia soviética:

“Si los explotadores son derrotados solamente en un país –y este es, naturalmente , el caso típico , pues la revolución simultánea en varios países constituye una rara excepción–, seguirán siendo, no obstante, más fuertes que los explotados, porque sus relaciones internacionales son poderosas.”

Es decir, el proceso, la mecánica del movimiento de la Revolución Proletaria Mundial no se asemeja para nada al “sentido nuevo y más amplio” de la Revolución Permanente como proceso ininterrumpidamente trasgresor de las fronteras nacionales que le da Trotsky. Parece claro, entonces, que tras un año de experiencia revolucionaria, Lenin, antes incluso de los fracasos de los asaltos revolucionarios de 1923, había perdido toda esperanza en la revolución “europea y americana” y en la “revolución proletaria mundial” y se disponía a aceptar, al menos tácitamente, la teoría del triunfo aislado y paulatino de la revolución. Pero una cosa es el modo, la forma del proceso y otra su contenido, su programa de construcción económica y sobre qué clases se apoya.

En noviembre de 1920, con motivo de la celebración del tercer aniversario de Octubre, Lenin volvía a recordar que, en las jornadas de 1917, en su pensamiento estaba sólidamente arraigada la idea de que:

“(…) nuestra victoria sólo sería firme cuando triunfara nuestra causa en todo el mundo, ya que iniciamos nuestra obra confiando exclusivamente en la revolución mundial.”

Sin embargo,

“Ahora, al cabo de tres años, resulta que somos muchísimo más fuertes que antes, pero que la burguesía mundial es también muy fuerte todavía y, a pesar de que es incomparablemente más fuerte que nosotros, podemos afirmar que hemos triunfado. (…).

Cuando decimos esto tampoco debemos olvidar otro aspecto: que sólo hemos triunfado a medias. Hemos triunfado porque hemos sabido mantenernos frente a unos Estados más fuertes que nosotros y que, además, se habían unido a nuestros explotadores emigrados: los terratenientes y los capitalistas. Hemos sabido siempre –y no lo olvidaremos– que nuestra causa es una causa internacional, y mientras no se realice la revolución en todos los Estados –incluidos los más ricos y civilizados–, nuestro triunfo representará únicamente la mitad de la victoria o quizá menos.”

Y este triunfo a medias de la revolución significa que:

“(…) el peligro no ha desaparecido, existe y seguirá existiendo hasta que triunfe la revolución en uno o en varios países avanzados.”

Entonces, para que la victoria sea completa, la abnegada labor de resistencia contra la reacción (guerra civil) y la agresión imperialista (intervención militar) debe ser completada con una labor de construcción y creación.

Hacia el otoño de 1920, en definitiva, Lenin ha roto con la idea de revolución europea y centra toda su atención, a corto plazo, en el problema del sostenimiento del poder revolucionario. En este sentido, es el espíritu de Brest-Litovsk, de conservación a toda costa del partido bolchevique en el poder, lo que continúa inspirando a Lenin. Desde luego, en torno a los debates sobre la paz de Brest y en la polémica contra los comunistas de izquierda, que querían continuar la guerra hasta el estallido social en Alemania, Lenin establece claramente la jerarquía de prioridades del poder soviético: defender y consolidar la revolución en Rusia, aunque sea a costa de desvincularla orgánicamente de Europa . Sin embargo, desde el punto de vista estratégico, el jefe bolchevique aún considera al proletariado occidental como la reserva principal tanto de la Revolución Proletaria Mundial como de la consolidación definitiva del poder soviético. Ganar tiempo y recuperarse para aguantar hasta que el proletariado de los países capitalistas desarrollados vayan en su ayuda . Estos son los parámetros con los que se maneja la dirección bolchevique tres años después del Octubre.

En estos momentos –que son todavía los del Comunismo de guerra –, Trotsky coincide, básicamente, con estos lineamientos estratégicos de la revolución vista desde la perspectiva soviética, a pesar de su posición ambigua hacia la firma de la paz de Brest-Litovsk . Realmente, el discurso oficial de los dirigentes soviéticos todavía se construía sobre los elementos políticos básicos de la Revolución Permanente de Trotsky (proletariado internacional como reserva estratégica principal de la revolución rusa, y política de repliegue y recuperación acorde con un momento coyuntural de impasse de la revolución internacional que continuaría extendiéndose hacia Occidente), mientras que las declaraciones de Lenin y de otros dirigentes acerca de la posibilidad de éxito relativo de la edificación socialista en un país aislado, que no aparentaban ser formuladas con intenciones teóricas, bien podían ser interpretadas como puro pragmatismo político para encarar la situación creada. Sin embargo, lo que verdaderamente se estaba dando en el fuero más interno del pensamiento leninista no tenía nada que ver con el pragmatismo político. Ciertamente, en su constante esfuerzo por comprender los hechos a la luz de la doctrina marxista, Lenin terminará poniendo en cuestión no sólo la idea clásica sobre el mecanismo de desarrollo de la revolución proletaria, sino también los viejos axiomas sobre el apoyo social de la misma y el carácter de la construcción de la nueva economía. Y son las circunstancias que acompañan a la adopción de la Nep por el X Congreso del PC(b)R, en marzo de 1921, y el significado de este giro en la política de construcción del socialismo en Rusia los que sirven de catalizador para la transformación en Lenin de algunas de sus concepciones sobre la Revolución Proletaria Mundial.

En diciembre de 1921, ante el IX Congreso de los Soviets de Toda Rusia, dice:

“”Ahora bien, ¿cabe concebir que una república socialista pueda subsistir en medio del cerco capitalista? Eso parecía inconcebible lo mismo en el sentido político que en el militar. Que esto es posible en los sentidos político y militar es ya cosa demostrada, ya es un hecho.”

Las posibilidades de supervivencia de un solo país socialista en medio del cerco capitalista no son, por tanto, coyunturales, sino que este hecho es posible contemplarlo a largo plazo. Después de añadir que también es posible la supervivencia de una república socialista aislada en el sentido comercial, en relación con sus posibilidades de recabar recursos en el mercado internacional, Lenin pasa a la cuestión crucial del nuevo basamento sobre el que se sostiene la revolución:

“(…) la cuestión más esencial y más cardinal de toda nuestra revolución y de todas las futuras revoluciones socialistas (tomadas a escala universal). La cuestión más cardinal y más esencial es la actitud de la clase obrera ante los campesinos, la alianza de la clase obrera con el campesinado.”

Para Lenin, la necesaria alianza entre el proletariado y el campesinado había adoptado una forma política y militar durante el Comunismo de guerra . Ahora, en la posguerra y en un periodo de estabilidad y de equilibrio de fuerzas a nivel internacional, debía adoptar una forma económica . Este era el primigenio significado de la Nep . Pero ésta tenía un calado mucho más profundo, de alcance histórico, de “escala universal”:

“Sólo en el afianzamiento de la alianza de los obreros y los campesinos reside la garantía de que toda la humanidad ha de verse libre de cosas como la reciente matanza imperialista, de las atroces contradicciones que hoy vemos en el mundo capitalista , donde un pequeño número, un puñado insignificante de las potencias más ricas se ahoga en su abundancia, mientras la inmensa mayoría de la población del globo terrestre sufre penalidades sin poder gozar de la cultura ni de los abundantes recursos existentes, que no encuentran salida por falta de mercado.”

Lenin finaliza su discurso insistiendo en que la unión de la clase obrera con los campesinos es una tarea “no sólo rusa, sino universal” . De modo que, para el invierno de 1921-1922, tenemos que Lenin se ha desembarazado del penúltimo requisito clásico de la Revolución Proletaria Mundial, que versaba sobre una determinada disposición de las fuerzas sociales de clase. Lenin ya no mira al proletariado internacional en su conjunto, sino que pone el peso en la construcción de sólidos vínculos entre sus destacamentos nacionales y el resto de los sectores populares. Al final de su vida dará el definitivo espaldarazo a esta nueva perspectiva cuando le otorgue carta de naturaleza al describir su significado concreto a escala mundial:

“El desenlace de la lucha depende, en última instancia, del hecho de que Rusia, la India, China, etc., constituyen la mayoría gigantesca de la población. Y precisamente esta mayoría de la población es la que se incorpora en los últimos años con inusitada rapidez a la lucha por su liberación, de modo que, en este sentido, no puede haber ni sombra de duda respecto al desenlace final de la lucha a escala mundial.

Pero lo que nos interesa no es esta inevitabilidad de la victoria definitiva del socialismo. Lo que nos interesa es la táctica que nosotros, el Partido Comunista de Rusia, que nosotros, el Poder soviético de Rusia, debemos seguir para impedir que los Estados contrarrevolucionarios de Europa Occidental nos aplasten. Para asegurar nuestra existencia hasta la siguiente colisión militar entre el Occidente imperialista contrarrevolucionario y el Oriente revolucionario y nacionalista, entre los Estados más civilizados del mundo y los Estados atrasados al modo oriental, los cuales, sin embargo, constituyen la mayoría, es preciso que esta mayoría tenga tiempo de civilizarse.”

En otras palabras, en el epílogo de su carrera, Lenin no sólo había trastocado la visión tradicional sobre las alianzas estratégicas del proletariado revolucionario, sino que, llevando ese cambio de perspectiva hasta sus últimas consecuencias, dejó indicado que el futuro de la Revolución Proletaria Mundial debía de dejar de mirar hacia Occidente para desviar su vista hacia Oriente, donde estaba en candelero la revolución de liberación nacional.

Finalmente, y para resumir, Lenin consigue cerrar el ciclo lógico de su cosmovisión política y termina, en el ámbito de la teoría general de la revolución proletaria, justo en el mismo punto donde comenzó cuando estableció la táctica y la línea general de la revolución rusa:

“Pero ¿y si lo peculiar de la situación llevó a Rusia a la guerra imperialista mundial, en la que intervinieron todos los países más o menos importantes de Europa Occidental, y puso su desarrollo al borde de las revoluciones de Oriente que estaban comenzando y en parte habían comenzado ya, en unas condiciones que nos permitían poner en práctica precisamente esa alianza de la ‘guerra campesina’ con el movimiento obrero, de la que escribió como de una perspectiva probable en 1856 un ‘marxista’ como Marx, refiriéndose a Prusia?”

La alianza del proletariado y el campesinado para la revolución rusa; la alianza del movimiento obrero occidental y de la dictadura del proletariado con la guerra campesina de Oriente como motor de la Revolución Proletaria Mundial. En esto se resume la visión política de Lenin en sus rasgos más fundamentales. Visión a todas luces alejada de la de Trotsky y su Revolución Permanente.

Ibíd .., pp. 217 y 218. Aquí podemos comprobar hasta dónde llegan el voluntarismo y el subjetivismo de Trotsky, y hasta qué punto pueden llegar a ser “confusas y oscuras” determinadas ideas sobre la revolución contra el capitalismo en el escenario de “la economía mundial en su conjunto”. Indiquemos, también, que el programa de la Internacional Comunista al que se refiere Trotsky es el aprobado en su VI Congreso, celebrado en 1928, que declaró que “las Tesis sobre los problemas nacional y colonial , redactadas por Lenin y aprobadas por el II Congreso, siguen en vigor y deben servir de norte en la labor ulterior de los partidos comunistas.” ( Cfr ., AA.VV.: La Internacional Comunista . Moscú, s/f [1970]; p. 279).

LENIN: O.C ., t. 26, pp. 377 y 378.

LENIN: O.C ., t. 31, pp. 97-99.

Esta posición se refiere, naturalmente, a la idea internacional o, por lo menos, europea que asociaba la II Internacional con la revolución proletaria, pero también a la posibilidad, que había adelantado Kautsky en 1902, de que fuera Rusia la que iniciase ese proceso.

LENIN: O.C ., t. 37, p. 271. La cursiva es nuestra.

LENIN: O.C ., t. 42, p. 1.

Ibídem , pp. 1-3.

Ibíd ., p. 3.

“Eso es lo que hemos de resolver ahora. Debemos recordar que es necesario aprovechar el presente estado de ánimo para inyectarlo en forma prolongada a nuestro trabajo a fin de acabar con toda la dispersión de nuestra vida económica. Es imposible ya volver al pasado. Al derrocar el poder de los explotadores hemos realizado ya más de la mitad de la obra. Ahora debemos agrupar estrechamente a todas las trabajadoras y trabajadores y hacerles trabajar juntos.” ( Ibíd ., p. 5).

“(…) que el cambio radical consiste ahora en la creación de la República de los Soviets de Rusia; que lo supremo tanto para nosotros como desde el punto de vista socialista internacional es preservar esta República, que ha comenzado ya la revolución socialista; que, en el momento dado, la consigna de guerra revolucionaria por parte de Rusia significaría o bien una frase y un vacuo acto ostensivo, o equivaldría objetivamente a caer en la trampa que nos tienden los imperialistas, los cuales quieren arrastrarnos a proseguir la guerra imperialista mientras somos débiles y derrotar por el procedimiento más barato posible la joven República de los Soviets.” (LENIN: O.C ., t. 35, p. 264). A pesar de las posiciones de defensa a ultranza de la revolución en una sola nación y su incólume decisión de firmar la paz al alto precio que exigían los alemanes, y aún a costa de poner en jaque la expansión de la revolución hacia Occidente, Lenin nunca cae en el chovinismo revolucionario ni en el nacionalismo (lo que Trotsky denominaba “mesianismo revolucionario”, que, efectivamente surge como peligro objetivo dado el modo como se desenvuelve el proceso revolucionario mundial), como posteriormente sí harán otros dirigentes soviéticos: “Si creemos que el movimiento alemán puede desarrollarse inmediatamente en caso de suspender las negociaciones de paz, lo que debemos hacer es sacrificarnos nosotros, puesto que por su fuerza la revolución alemana será mucho mayor que la nuestra. Pero lo esencial es que allí el movimiento no ha comenzado todavía, mientras que en nuestro país tiene ya un recién nacido que da grandes voces, y si en este momento no decimos claramente que queremos la paz, estamos perdidos. Para nosotros es importante mantenernos hasta que aparezca una revolución socialista general, y eso lo podemos conseguir sólo firmando la paz.” ( Ibídem , pp. 267 y 268).

“Resulta un cierto equilibrio, claro que muy malo. Pero, con todo, debemos tener en cuenta este hecho. No debemos perder de vista este hecho si queremos subsistir. O victoria inmediata sobre la burguesía, o pago de un tributo. (…). Pero ganaremos tiempo, y ganar tiempo significa ganarlo todo, sobre todo en una época de equilibrio, cuando nuestros camaradas del extranjero preparan a fondo su revolución. Y cuanto más a fondo la preparen, más segura será la victoria. Pero, mientras tanto, tendremos que pagar un tributo.” (LENIN: O.C ., t. 44, p. 48).

Trotsky era partidario de la consigna “Ni paz ni guerra”, lo que suponía cesar la guerra desmovilizando al ejército, pero sin firmar la paz. Trotsky era el jefe de la delegación encargada de firmar el tratado de paz con Alemania, y contra las directivas aprobadas en Moscú defendió su punto de vista suicida en Brest, lo que acarreó la ira alemana, un nuevo desastre en el frente y mayores concesiones al kaiser. Desde luego, la posición más coherente para Trotsky hubiera sido la de los comunistas de izquierda , partidarios de continuar la guerra como medio para la excitación de la revolución internacional. Sin embargo, una de las características de la actitud de Trotsky mientras vivió Lenin fue la de no decantarse nunca franca y abiertamente por una línea determinada o por un grupo o fracción, sobre todo si éstos se enfrentaban a Lenin, manteniendo casi siempre una postura ecléctica y ambigua.

LENIN: O.C ., t. 44, p. 310.

Ibídem , p. 315.

Cfr ., ibíd ., p. 316.

Ibíd ., p. 315. La cursiva es nuestra.

Cfr ., ibíd ., p. 339.

LENIN: O.C ., t. 45, p. 420. Es importante llamar la atención sobre la afirmación que realiza Lenin en este artículo, el último que publicó en vida, titulado Más vale poco y bueno y que sí puede ser considerado su verdadero testamento político, acerca de la idea recurrente de aguantar hasta la próxima oportunidad revolucionaria. Lo importante, esta vez, es que Lenin ya no espera la revolución proletaria en Occidente en abstracto para que acuda en ayuda de Rusia, sino que piensa en la revolución en Oriente como fruto de la colisión concreta e inevitable entre el imperialismo y las luchas de liberación.

Ibídem , p. 396.

El debate de 1924 en el seno del PC(b)R

Los resultados de la evolución del pensamiento de Lenin en el tema del modo en que debería tener lugar el proceso revolucionario mundial nunca llegaron a ser expuestos de una forma sistemática. Lenin cae enfermo en mayo de 1922 y no pudo reincorporarse al trabajo hasta octubre. Pero en marzo de 1923 sufre una recaída que le apartará definitivamente de la política. Morirá el 21 de enero de 1924. Sin embargo, los elementos materiales que sirvieron de impulso al pensamiento leninista estaban ahí, formando parte de la experiencia común del partido bolchevique como colectivo. Las conclusiones a las que Lenin se había acercado no tenían porqué ser patrimonio de un individuo. Es más, la necesidad histórica iba a obligar a un sector de la dirección del PC(b)R a recorrer el mismo camino que Lenin y a extraer las pertinentes consecuencias. Efectivamente, en el verano y en el otoño de 1923, tuvieron lugar sendas intentonas insurreccionales por parte del Partido Comunista de Bulgaria y del Partido Comunista de Alemania que terminaron en derrota. A partir de aquí, el empuje internacional de la revolución proletaria iniciada en 1917 se apaga definitivamente. Cada vez más resulta evidente que la necesaria ayuda del proletariado occidental para la supervivencia de la Rusia soviética no llegaría, al menos bajo la forma de revoluciones proletarias; cada vez más se ponía en el orden del día de la agenda política del Comité Central del PC(b)R el problema de cómo afrontar la nueva situación de repliegue general de la Revolución Proletaria Mundial. En esta tesitura, sólo era una cuestión de tiempo que la historia y el partido bolchevique ajustaran cuentas con la teoría de Trotsky, no sólo como instrumento para comprender el pasado, sino como punto de apoyo para afrontar el futuro.

Es importante señalar el carácter objetivo y prácticamente inevitable de este desenlace y denunciar la interpretación conspirativa y maniquea sobre los enfrentamientos que tuvieron lugar en el seno de la dirección del partido bolchevique tras el fallecimiento de Lenin, interpretación muy en boga entre los intelectuales orgánicos y filotrotskistas. Es importante resaltar que, bajo la apariencia de una lucha por el poder –que expresaba sólo el aspecto secundario del hecho, aunque tristemente sea el único aspecto que contempla la historiografía burguesa–, el debate sobre la táctica y la teoría general de la Revolución Proletaria Mundial que tuvo lugar en la dirección del partido a partir del otoño de 1924 – debate cuya altura intelectual rara vez ha sido igualada por ningún otro grupo dirigente en el mundo– fue la legítima expresión ideológica y política de la lucha de clases que se estaba desenvolviendo en la Rusia soviética reflejada en el interior del partido comunista.

Sin embargo, por lo que se refiere al aspecto conspirativo de este episodio, también es preciso advertir contra la versión oficial de la historiografía burguesa, por cuanto presenta a Trotsky como la víctima propiciatoria de un contubernio tramado contra su supuesta posición de favorito del partido (e, incluso, de Lenin) por las fuerzas oscuras de la vieja guardia y del aparato del partido. La verdad de los hechos, empero, es bien distinta. Independientemente de todo juicio de valor, lo único cierto es que justamente en el momento en que se tomaba conciencia de que sería prácticamente imposible la recuperación de Lenin y coincidiendo con una importante crisis financiera y comercial (denominada crisis de las tijeras ) de la economía soviética, Trotsky envió una carta al Comité Central del PC(b)R, fechada el 8 de octubre de 1923, en la que criticaba la burocratización del partido, la falta de democracia interna y en la que planteaba la necesidad de la planificación como eje central de la organización y del desarrollo económico. Casi simultáneamente, el 15 de octubre, sale a la luz pública lo que se conocería como Plataforma de los 46 , firmada por antiguos comunistas de izquierda y miembros del grupo Centralismo Democrático, además de conocidos amigos y colaboradores de Trotsky. El manifiesto de esta plataforma toca exactamente los mismos temas que la carta de Trotsky y denuncia a la dirección del partido y del Estado, reclamando su renovación en estrecha concordancia con un nuevo régimen interno, más “democrático”, dentro del partido. En octubre, el Comité Central aprobó una resolución condenando la actitud de Trotsky y de la oposición, y en diciembre, otra Sobre la democracia interna del Partido , aceptada por unanimidad –incluyendo a Trotsky– y que significaba un intento de conciliación entre las diferentes posiciones de la dirección del PC(b)R. Pero exactamente un día después de la publicación de la resolución del Comité Central, Trotsky, saltándose todo procedimiento orgánico interno y la autoridad del Comité Central, violó el espíritu de la última resolución del máximo órgano del partido y envió una nueva carta a las células reiterando sus denuncias contra la posible degeneración de la vieja guardia y la burocratización del aparato del partido, burocratización que, según él, alejaba a aquél de las masas y de las nuevas generaciones de comunistas. La XIII Conferencia (enero de 1924) y el XIII Congreso (mayo de 1924) condenaron nuevamente a la oposición tildándola de pequeñoburguesa y no leninista.

Era como si de repente Trotsky quisiera dar un vuelco en el partido tanto en el plano político como organizativo. La desaparición de Lenin y la crisis de las tijeras , coincidiendo con los ataques directos contra la dirección del partido y del Estado, no invitan a pensar otra cosa que Trotsky seguía un plan de reforma dirigido a la destitución de la actual directiva política y hacia un giro político probablemente en el sentido de liquidar la Nep . Ciertamente, después del debate sobre los sindicatos, del que salió derrotado, y con la adopción de la nueva política económica ( Nep ), Trotsky pasa a un segundo plano en la vida pública. De dirigir el Comisariado del transporte, de importancia estratégica en la recuperación económica, es relegado al Comisariado de la Guerra, negociado apartado de la ejecución de las grandes decisiones políticas y económicas a partir de 1921. Esto, naturalmente, se correspondía con el paso a un periodo pacífico y de repliegue de la revolución, y no es ninguna casualidad que Trotsky, el comandante del Ejército Rojo y el gran teorizador de la ofensiva revolucionaria, de la “revolución en estado permanente”, se mantuviese relativamente alejado y en la sombra hasta que la crisis económica, unida al problema de la continuidad política de la revolución surgido con el fallecimiento de Lenin, prestasen a Trotsky el contexto necesario para intentar un asalto a la cúpula del poder para readecuar la política del Estado y del partido soviéticos a sus concepciones políticas. El asunto de la incapacidad política de la vieja guardia y el de la burocratización del aparato de la dictadura del proletariado le sirvieron para plantear y dirigir su ataque (primero, tanteando el terreno, después, como veremos, más intensamente). En esta nueva batalla política entre Trotsky y los epígonos de Lenin (como él gustaba denominarlos peyorativamente), aquél parece nuevamente dejarse llevar por el fatalismo formalista de su teoría, por aquella funesta y abstracta lógica de las cosas que según él “obliga” a la revolución a ser “permanente”. Así, el hecho de que la revolución soviética no haya traspasado las fronteras nacionales después de un lustro y que el proletariado ruso no haya conseguido apoyarse más que en el campesinado, no puede acarrear, desde los presupuestos de la teoría de la Revolución Permanente, más que síntomas de degeneración . Trotsky no aduce argumentos novedosos, más que los que viene esgrimiendo tradicionalmente el partido contra el reconocido problema del burocratismo y los que le proporciona la reciente crisis económica. Pero ni Trotsky está exento de actitudes coactivo-administrativas, muy alejadas de los métodos de la persuasión y de la democracia, en su reciente pasado político (no olvidemos que la discusión sobre los sindicatos puso de manifiesto que Trotsky fue uno de los últimos en el partido en abandonar la mentalidad del periodo de Comunismo de guerra ), ni es ajeno, en política económica, a las concepciones centralizadoras y explotadoras del campo que provocaron las tijeras del otoño de 1923. No hay, en este momento, ningún elemento en la vida soviética lo suficientemente novedoso que justifique una crítica y una reforma tan a fondo de la política y de la organización del partido como proponían Trotsky y los 46 después de la muerte de Lenin y no antes. Sólo la vacante de Lenin y un supuesto proceso degenerativo del sistema político no sustentado sobre argumentos fundados en la realidad, sino más bien en el “resultado” lógico que en la mente de Trotsky debía producir invariablemente el incumplimiento de todas las condiciones de su teoría política sobre el decurso de la revolución proletaria. En consecuencia, podemos deducir que –movido por las conclusiones a las que le conduciría su idealista y subjetivo método de análisis– era más probable que fuera Trotsky quien, en 1923-1924, estaba ocupado en tramas conspirativas inconfesables , necesarias para dar un giro a la situación de la política soviética que permitiese reanudar la ofensiva revolucionaria del proletariado ruso para superar su actual limitación nacional.

Este era el ambiente político que reinaba en el partido cuando Trotsky escribe el prólogo al tercer volumen de la recopilación de sus obras, publicado en noviembre de 1924. El prefacio introductorio, titulado Lecciones de Octubre , era un ataque en toda regla contra los cuadros dirigentes más veteranos del bolchevismo (la “vieja guardia”, acepción recogida por Trotsky de la polémica de Lenin con sus camaradas bolcheviques con motivo de las Tesis de Abril ). A diferencia de otros escritos anteriores, Trotsky, en éste, señala con el dedo a la mayoría de la dirección bolchevique acusándola de pusilánime y vacilante, recordando su incredulidad y su oposición cuando en abril del 17 Lenin les propuso el cambio de su vieja consigna de 1905 por la de “Todo el poder a los Soviets”. Trotsky repasa los acontecimientos de 1917, entre Febrero y Octubre, para demostrar que en toda revolución surge “como una ley infalible el hecho que en el pasaje del trabajo preparatorio para la revolución a la lucha inmediata por el poder, surge una crisis inevitable en el partido” , e identifica a la casi totalidad de la dirección bolchevique (aunque sin dar nombres) que estaba en Febrero en el interior de Rusia, con los portadores de esa crisis, al oponerse a las nuevas directrices de Lenin en abril. Igualmente, recuerda la oposición de un sector de la dirección cuando Lenin planteó, en el mes de octubre, el problema de la insurrección como una cuestión práctica inmediata (y aquí sí nombra personalmente a Kamenev). La intención expresa de Trotsky, según él, no era la de abrir las viejas heridas, sino la de extraer las lecciones pertinentes de la experiencia de la revolución rusa para que sirvieran a los partidos comunistas en el futuro, habida cuenta de los recientes fracasos en Alemania y Bulgaria, que notoriamente, al parecer, no habían intentado asimilar el significado de Octubre antes de sus infructuosos intentos insurreccionales. Sin embargo, lo que consiguió, naturalmente, fue provocar y enfurecer al sector mayoritario de la dirección del PC(b)R, por un lado, y, por otro, plantear la cuestión de la vigencia de la teoría de la Revolución Permanente. Y esta última vindicación, que no aparecía sino de manera implícita en el texto , fue lo que terminó centrando la parte medular del debate que se abrió inmediatamente en el partido.

Nos limitaremos, aquí, a repasar de manera breve únicamente el tema que está directamente relacionado con la cuestión de la vigencia o validez, desde el punto de vista leninista, de la teoría de Trotsky. En este sentido, quien se opone de manera más consecuente con la teoría de la Revolución Permanente es Stalin, que ya en este primer debate contra Trotsky adelanta su teoría del Socialismo en un solo País, aunque sólo en esbozo, pues no será hasta la siguiente controversia en el seno de la dirección del partido (que enfrentó a la Plataforma de los 4 con Stalin y Bujarin) que Stalin desarrolle más su nueva tesis y la interponga formalmente como síntesis de su línea política. Aunque Bujarin trató de profundizar más en la crítica de los postulados de Trotsky llevándola hasta sus presupuestos metodológicos , fue Stalin quien mejor tradujo políticamente la crítica dirigida contra Trotsky, no sólo porque opone frente a éste una línea política alternativa, sino también porque realiza el esfuerzo de síntesis del pensamiento de Lenin (principalmente con su trabajo, producto de la polémica con Trotsky de 1923, Los fundamentos del leninismo ), dándole el cuerpo y la coherencia interna necesarias para servir de soporte ideológico a esa línea política, e imprescindibles para que en el futuro pudiera formar el núcleo sólido de una de las principales corrientes dentro del movimiento obrero internacional.

La línea política que defiende Stalin perseguía la continuidad de la Nep como etapa de reconstrucción y acumulación de fuerzas para la revolución, desde una determinada correlación entre las clases sociales fundada, principalmente, en la alianza del proletariado con el campesinado medio. Stalin extrajo todas las consecuencias teóricas de esta política –como ya había hecho Lenin– en lo tocante a la relación de la revolución soviética con la Revolución Proletaria Mundial. Hasta tal punto que el mismo Trotsky reconoció que la teoría del Socialismo en un solo País era la única que se había enfrentado con coherencia a su teoría de la Revolución Permanente.

En su primera intervención importante en el debate del otoño de 1924 (un discurso en el Consejo Central de los Sindicatos, el 19 de noviembre, publicado luego bajo el título de ¿Trotskismo o Leninismo? ), Stalin señala que una de las particularidades del trotskismo –además de su desconfianza hacia el principio bolchevique de partido y hacia los jefes del bolchevismo– es su teoría de la Revolución Permanente. Para Stalin, el trotskismo es, en sustancia, esa teoría, que no es otra cosa que “la revolución haciendo caso omiso de los campesinos pobres como fuerza revolucionaria”. La teoría política de Trotsky también significa “’saltar’ por encima del movimiento campesino, ‘jugar a la toma del Poder’”, y su aplicación conduciría al “fracaso inevitable, porque apartaría del proletariado ruso a su aliado, es decir, a los campesinos pobres”. Finalmente, Stalin indica que Trotsky consideró desde 1905 al leninismo como una teoría con “rasgos antirrevolucionarios” porque “el leninismo defendía y logró imponer en su tiempo la idea de la dictadura del proletariado y del campesinado .”

Pero donde más profundiza Stalin su crítica a Trotsky, no limitándose a adoptar una actitud negativa, sino ofreciendo positivamente una alternativa, es en su trabajo intitulado La Revolución de Octubre y la táctica de los comunistas rusos , publicado en enero de 1925. Aquí, Stalin realiza una crítica más detallada de la teoría de Trotsky y –como ya hemos dicho– amplía el tipo de argumentaciones más allá de la cuestión campesina o de la valoración de los acontecimientos de 1917, que, además del historial político de cada dirigente con sus errores bien resaltados, fueron los principales motivos de controversia durante casi todo el debate del otoño-invierno de 1924-1925. Stalin trata de llegar al fondo de las diferencias ideológicas con Trotsky poniendo de manifiesto su divergencia fundamental en cuanto a la concepción de la táctica general de la Revolución Proletaria Mundial. De este modo –aunque sólo a modo de primer ensayo– introduce la idea de Lenin de 1915 sobre la ley del desarrollo desigual del capitalismo como determinante principal del modo en que se desenvuelve la revolución proletaria a escala internacional:

“Ya durante la guerra, Lenin apoyándose en la ley del desarrollo desigual de los Estados imperialistas, opone a los oportunistas su teoría de la revolución proletaria, que afirma la posibilidad de la victoria del socialismo en un solo país, aun cuando este país esté menos desarrollado en el sentido capitalista.”

Sin embargo, en esta ocasión Stalin no va más allá del planteamiento general de la teoría, sin extraer todas sus consecuencias . Enseguida, pasa al problema de las posibilidades de supervivencia de un país socialista aislado sin el “apoyo estatal directo del proletariado europeo”, tesis consustancial a la teoría de Trotsky :

“¿Ha bastado hasta ahora con esa simpatía y con esa ayuda, unidas al poderío de nuestro Ejército Rojo y a la disposición de los obreros y campesinos de Rusia a defender con su pecho la patria socialista? ¿Ha bastado todo eso para repeler los ataques de los imperialistas y conquistar las condiciones necesarias para una seria labor de edificación? Sí, ha bastado. Y esa simpatía, ¿crece o disminuye? Indudablemente, crece. ¿Tenemos, pues, condiciones favorables, no sólo para llevar adelante la organización de la economía socialista, sino también para prestar, a nuestra vez, apoyo a los obreros de la Europa Occidental y a los pueblos oprimidos del Oriente? Sí, tenemos esas condiciones. Los siete años de historia de la dictadura proletaria en Rusia lo atestiguan elocuentemente (…).

¿Qué puede significar, después de todo eso, la declaración de Trotski de que la Rusia revolucionaria no podría resistir ante una Europa conservadora?

No puede significar más que una cosa: en primer lugar, que Trotski no percibe la potencia interior de nuestra revolución; en segundo lugar, que Trotski no comprende la importancia inapreciable del apoyo moral que los obreros de Occidente y los campesinos del Oriente prestan a nuestra revolución; en tercer lugar, que Trotski no percibe el mal interior que corroe actualmente al imperialismo.”

Finalmente, Stalin sitúa las conclusiones necesariamente pesimistas que, de manera inevitable, se extraen de la teoría de la Revolución Permanente:

“Resulta que, por más vueltas que se le dé, no sólo ‘no hemos llegado’, sino que ‘ni siquiera nos hemos acercado’ a la creación de la sociedad socialista (…), pues, por más vueltas que se le dé, ‘el verdadero auge de la economía socialista’ no se alcanzará mientras el proletariado no haya vencido ‘en los países más importantes de Europa’.

Y como aun no se ha obtenido la victoria en el Occidente, a la revolución de Rusia no le queda más que un ‘dilema’: o pudrirse en vida o degenerar en un Estado burgués.

Por algo hace ya dos años que Trotski viene hablando de la ‘degeneración’ de nuestro Partido.

Por algo Trotski profetizaba el año pasado el ‘hundimiento’ de nuestro país.”

Años después, Trotsky polemizará con Stalin en un monólogo en el que repasará los argumentos de aquél:

“Lo que más insoportable se hace en estas cuestiones es ver a Stalin ‘teorizando’ con dos bultos que constituyen su único bagaje teórico: la ‘ley del desarrollo desigual’ y el ‘no saltarse por alto una etapa’. Stalin no ha llegado todavía a comprender que el desarrollo desigual consiste precisamente en saltarse por alto ciertas etapas . (O en permanecer un tiempo excesivo en una de ellas.) Stalin opone con una seriedad inimitable a la teoría de la revolución permanente… la ley del desarrollo desigual. Sin embargo, la previsión de que la Rusia históricamente atrasada podía llegar a la revolución proletaria antes que la Inglaterra avanzada, se hallaba enteramente basada en la ley del desarrollo desigual.”

Efectivamente, a primera vista, la teoría de la Revolución Permanente parece basarse, igualmente, en la comprensión de la ley del desarrollo desigual del capitalismo. La posibilidad que un país tiene de situar a la cabeza a la clase revolucionaria moderna en un contexto revolucionario e independientemente del estado de desarrollo de las fuerzas productivas, así lo parecen confirmar. Por eso es tan importante no limitarnos a la simple exposición de aquella ley presentándola sólo como factor determinante para la marcha de la Revolución Proletaria Mundial; también es preciso dar el siguiente paso y formular todas las implicaciones teóricas de la misma. No será preciso, sin embargo, prolongarnos hacia otros debates dentro del partido comunista soviético en los que terminarían de perfilarse todos los contornos –que el mismo Lenin ya había dejado esbozados– de la teoría leninista de la Revolución Proletaria Mundial. El propio Trotsky nos dará la pauta de hasta qué punto es posible la asimilación de la ley del desarrollo desigual a su teoría de la Revolución Permanente:

“Un país puede ‘madurar’ para la dictadura del proletariado sin haber madurado, ni mucho menos, no sólo para una edificación independiente del socialismo, sino ni aun para la aplicación de vastas medidas de socialización. No hay que partir de la armonía predeterminada de la evolución social. La ley del desarrollo desigual sigue viviendo, a pesar de los tiernos abrazos teóricos de Stalin. Esta ley manifiesta su fuerza no sólo en las relaciones entre los países, sino también las interrelaciones de los distintos procesos en el interior de un mismo país. La conciliación de los procesos desiguales de la economía y de la política se puede obtener únicamente en el terreno mundial. Esto significa, en particular, que la cuestión de la dictadura del proletariado en China no se puede examinar únicamente dentro del marco de la economía y de la política chinas. Y aquí llegamos de lleno a dos puntos de vista que se excluyen recíprocamente: la teoría internacional revolucionaria de la revolución permanente y la teoría nacional-reformista del socialismo en un solo país. No sólo la China atrasada, sino, en general, ninguno de los países del mundo, podría edificar el socialismo en su marco nacional: el elevado desarrollo de las fuerzas productivas, que sobrepasan las fronteras nacionales, se opone a ello, así como el insuficiente desarrollo para la nacionalización. La dictadura del proletariado en Inglaterra, por ejemplo, chocaría con contradicciones y dificultades de otro carácter, pero acaso no menores de las que se plantearían a la dictadura del proletariado en China. En ambos casos, las contradicciones pueden ser superadas únicamente en el terreno de la revolución mundial.”

Efectivamente, la teoría de la Revolución Permanente y la teoría del Socialismo en un solo País “se excluyen recíprocamente” precisamente porque la primera excluye tácitamente la ley del desarrollo desigual. En Trotsky, esta ley puede explicar o contribuir a explicar –igual que en Lenin– la ruptura revolucionaria en un país atrasado, y en esto ambos están de acuerdo, por ejemplo, frente al menchevismo. Pero Trotsky se detiene aquí. A partir de este punto se remite al argumento economicista de que “la conciliación de los procesos desiguales de la economía y de la política se puede obtener únicamente en el terreno mundial”, es decir, desde las posibilidades que da aprovecharse libremente de la división internacional del trabajo (mercado mundial) y beneficiarse del máximo desarrollo de las fuerzas productivas. En última instancia, pues, Trotsky busca paradójicamente la neutralización de los efectos que aquella ley produce, imponer una línea de compensación a la desigualdad del desarrollo capitalista. En este terreno, el problema de las fuerzas productivas recupera la máxima importancia. Trotsky ha vuelto al redil menchevique. Ni siquiera los países más avanzados económicamente, como Inglaterra, pueden siquiera pensar en edificar el socialismo en su marco nacional, porque ese tótem abstracto que es el desarrollo mundial de las fuerzas productivas, “que sobrepasa las fronteras nacionales, se opone a ello”. ¿En qué sentido? No queda nada claro; sin embargo, Trotsky trata de explicarlo:

“La sociedad socialista ha de representar ya de por sí, desde el punto de vista de la técnica de la producción, una etapa de progreso respecto al capitalismo. Proponerse por fin la edificación de una sociedad socialista nacional y cerrada, equivaldría, a pesar de todos los éxitos temporales, a retrotraer las fuerzas productivas deteniendo incluso la marcha del capitalismo. Intentar, a despecho de las condiciones geográficas, culturales e históricas del desarrollo del país, que forma parte de la colectividad mundial, realizar la proporcionalidad intrínseca de todas las ramas de la economía en los mercados nacionales, equivaldría a perseguir una utopía reaccionaria.”

¿Proporcionalidad intrínseca de todas las ramas de la economía? ¿Qué significan estas frases “confusas y oscuras”? Sea lo que fuere, lo que está claro es que Trotsky, en la época de las revoluciones proletarias –cuando lo que se pone en el orden del día como asunto urgente es la cuestión del poder–, se remite, en última instancia, al problema de las fuerzas productivas, cuando, precisamente, la problemática política que plantea la ley del desarrollo desigual nos obliga a dirigirnos en la dirección de situar la cuestión de la lucha de clases como la cuestión central de la política proletaria. Trotsky no comprende las consecuencias teóricas de aquella ley. La utiliza de manera oportunista (en 1906 no estaba expresa en su teoría) y termina reculando ante el camino que abre a sus pies, muy movedizo para él, acostumbrado a desenvolverse en el terreno de los procesos políticos abstractos. Trotsky no comprende que la ley del desarrollo desigual significa que, en un determinado lugar, la obstaculización del desarrollo económico, el bloqueo de todo paso hacia la civilización y, en suma, el estrangulamiento del proceso social provocan una ebullición de la lucha de clases y una reorganización de la disposición de las mismas tales que el estallido revolucionario en ese lugar pone a sus clases revolucionarias precisamente en la vanguardia del proceso social general (incluso desde la perspectiva internacional). A partir de aquí, el problema no es principalmente económico, no se trata de priorizar la atención sobre el estado de las fuerzas productivas, sino de buscar constantemente un progresivo desplazamiento de la correlación de fuerzas de clase, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, favorable al campo revolucionario. En este sentido, cobra importancia decisiva no anteponer la problemática de las fuerzas productivas a la problemática de la lucha de clases. La superposición que realiza Trotsky de la cuestión de las fuerzas productivas sobre cualquier otro asunto relacionado con la revolución impide sistemáticamente la correcta valoración de los elementos principales que debemos tener en cuenta a la hora de abordar las tareas revolucionarias.

En realidad, el problema del desarrollo económico –tomado aisladamente– durante el periodo de transición del capitalismo al comunismo, durante la época de las revoluciones proletarias, es secundario. La cuestión no reside en si un solo Estado puede dar el máximo de bienestar a su pueblo, no se trata todavía de que “corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva”, como decía Marx hablando del comunismo. Y es que Trotsky confunde socialismo con comunismo , la fase inferior o de transición entre el capitalismo y el comunismo, la etapa en la que aún existen las clases, la división del trabajo y el derecho burgués, con la etapa donde ha sido suprimida la organización en clases de la sociedad, con todas sus lacras. Durante el socialismo, pues, no se trata de resolver los problemas materiales de la humanidad, sino de que el proletariado, desde su lucha de clases, esté en condiciones cada vez mejores de emancipar a la humanidad. Los factores sociales extraeconómicos cobran, entonces, especial importancia en la sociedad de transición, durante el socialismo. ¡Naturalmente que un solo país no puede emanciparse de la sociedad de clases apartado del resto de los pueblos del mundo! Nadie podrá alcanzar el comunismo aisladamente mientras el resto de las naciones viven en el capitalismo. Si la teoría de Trotsky limitara su significado a esta perspectiva, a explicar el sentido histórico, no político, del proceso revolucionario de emancipación del proletariado internacional a escala histórica, entonces sería válida y habría que aceptarla al mismo tiempo que la depositábamos en el museo de las grandes verdades, por inútil para la práctica política cotidiana del proletariado. Pero esta no es la cuestión. La cuestión consiste en que el desarrollo desigual del capitalismo permite en un lugar y en un momento dados (eslabón débil) una concentración tal de fuerzas sociales y de potencia revolucionaria capaz de iniciar y dar continuidad al proceso de transformación revolucionaria del capitalismo en comunismo a nivel internacional. De esta manera, algunas de las cosas que Trotsky nos presenta como variables inmutables o como condicionantes incuestionables de la revolución, como la del carácter internacional de la revolución “obligado” por el carácter internacional de las fuerzas productivas, se trastocan o pasan a un plano subsidiario. Así, el problema de la relación económica entre el poder revolucionario y los países imperialistas que le someten a un cerco económico y militar, que Trotsky contempla como una desventaja porque impide utilizar todos los recursos de la economía mundial en provecho del proletariado revolucionario , se troca en la necesidad de la independencia económica respecto a ese cinturón militar; en otros términos, la necesidad de construir una economía interior equilibrada y suficiente frente a la exigencia trotskista de la necesaria integración mundial de la economía proletaria bajo peligro de muerte. Y es que no se trata de construir de manera inmediata una idílica isla paradisíaca en medio del depravado océano capitalista, sino de crear un instrumento más al servicio de la lucha de clases nacional e internacional del proletariado triunfante. La economía se pone al servicio de la lucha de clases, no al revés. Cuando el proletariado esté en condiciones de derrotar definitivamente al capital, tirará al cuarto trastero de la historia, junto con el resto de sus instituciones, la división internacional del trabajo imperialista y la organización de las fuerzas productivas al modo capitalista, cuestión ésta que Trotsky, quien las contempla embobado como ídolos que hay que adorar, ni siquiera se plantea. Más bien da a entender, por el contrario, que para él se trata de instituciones neutras que el proletariado puede poner tranquilamente a su servicio, sin pensar en revolucionarizarlas antes.

El caso es que la interpretación tecnocrático-economicista del concepto de fuerzas productivas , tan caro para Trotsky como para los mencheviques, gracias a la correcta y a la coherente aplicación de la teoría de la revolución proletaria a partir de la ley del desarrollo desigual, se ve superada por el reencuentro con la interpretación verdaderamente marxista que otorga al proletariado como clase el papel de fuerza productiva principal del desarrollo social. Tenía razón Stalin, en efecto, cuando reprochaba a Trotsky su falta de fe en el proletariado ruso . De la teoría del desarrollo desigual deriva la constatación de que la posición política del proletariado revolucionario, su potencial creativo y su capacidad táctica y estratégica para afrontar los avatares de la lucha de clases nacional e internacional se sitúan en el primer plano del proceso de construcción de la nueva sociedad, mientras que pasa a segundo término todo planteamiento basado en la problemática economicista de las fuerzas productivas al estilo trotskista.

* * * *

Así fue llamada una crisis provocada por la sobrevaloración de los productos industriales frente a los agrícolas, que colapsó el intercambio campo-ciudad. Esta política económica de transferencia intensiva de valor del campo hacia la industria era, precisamente, la que patrocinaba Trotsky con su política de centralización y planificación económica).

Desde el punto de vista económico, Trotsky señala en 1930 lo que considera la contradicción fundamental de un país, como la URSS, que pretende construir el socialismo de manera aislada: “la que existe entre el carácter de concentración de la industria soviética, que abre los cauces a un ritmo de desarrollo jamás conocido, y el aislamiento de esa economía, que excluye la posibilidad de volver a aprovecharse como en condiciones normales de las reservas de la economía mundial.” (TROTSKY: La revolución permanente , p. 34). Arriba, en cambio, ya señalamos que Lenin defendió la idea de que el país que está construyendo el socialismo puede aprovecharse del mercado mundial ( Cfr ., LENIN: O.C ., t. 44, pp. 310-314).

El elocuente silencio que recorre las páginas de las memorias de Trotsky sobre la preparación, el contenido y el propio proceso de los debates de este periodo no hacen más que arrojar sospechas sobre su actividad, nada aclarada, en este periodo. ¡Y no digamos del modo melodramático con que afirma reconocerse como el continuador de la obra de Lenin!: “Ahora, me daba más clara cuenta de quiénes eran aquellos ‘discípulos’ que seguían fielmente al maestro en los pequeños detalles, pero no en lo que tenía de verdaderamente grande. Con el aire del mar que entraba en mis pulmones, todo mi ser respiraba la certeza absoluta de que en aquella campaña contra los epígonos, el derecho histórico estaba de mi lado…” (TROTSKY: Mi vida . Ed. Akal. Madrid, 1979; p. 533).

PROCACCI: Op. cit ., p. 31.

Trotsky no hace mención a su teoría expresamente, sino introduciendo sus elementos soslayadamente en la narración histórica:

“Ya en vísperas de la revolución de 1905, Lenin indicó esta peculiaridad de la revolución rusa con la fórmula: ‘Dictadura democrática del proletariado y de los campesinos’. Esta fórmula, en sí y de por sí, sólo podía indicar una etapa del camino hacia la dictadura socialista del proletariado, que se apoya en los campesinos, como lo ha demostrado todo el desarrollo siguiente” ( Ibídem , p. 34). También, cfr ., ibíd ., pp. 38 y 39.

Cfr ., BUJARIN, N.: Acerca de la teoría de la revolución permanente ; en PROCACCI: Op. cit ., pp. 99-106.

STALIN, J.: Obras . Ed. VOSA. Madrid, 1984; tomo VI, p. 366. Trotsky decía en 1928, rememorando su actitud hacia la consigna de Lenin de 1905:

“’Claro está [escribía en 1909] que la diferencia que los separa ante este problema es muy considerable: mientras que los aspectos antirrevolucionarios del menchevismo se manifiestan ya con toda su fuerza en la actualidad, los rasgos antirrevolucionarios del bolchevismo sólo significan un peligro inmenso en caso de triunfar la revolución’.

En enero de 1922, añadí la siguiente nota a este pasaje del artículo, reproducido en la edición rusa de mi libro 1905 :

‘Esto, como es notorio, no sucedió, pues bajo la dirección de Lenin el bolchevismo efectuó (no sin lucha interior) un reajuste ideológico respecto a esta importantísima cuestión en la primavera de 1917, esto es, antes de la conquista del Poder.’” (TROTSKY: La revolución permanente , p. 165).

STALIN: Op. cit ., p. 390.

Faltan, por ejemplo, el concepto explícito de eslabón débil de la cadena imperialista -vinculado estrechamente a la problemática del desarrollo desigual, según el punto de vista leninista-, y la ligazón completa entre estas condiciones objetivas de la Revolución Proletaria Mundial y el factor subjetivo, la correlación política de las fuerzas de clase revolucionarias.

“Pero que la presión internacional por sí sólo no basta, lo demostró con excesiva claridad la guerra imperialista, la cual se desencadenó a pesar de todas las ‘presiones’. Finalmente, y esto es lo principal, si la presión del proletariado en los primeros y más críticos años de la República Soviética resultó eficaz fue únicamente porque se trataba entonces, para los obreros de Europa, no de presión, sino de lucha por el Poder, lucha que además tomó más de una vez la forma de guerra civil.” (TROTSKY : La revolución permanente , p. 201).

STALIN: Op. cit ., pp. 393 y 394.

Ibídem , p. 395.

TROTSKY: La revolución permanente , p. 171.

Ibídem , p. 187.

Ibíd ., p. 24.

“Si admitimos por un momento la posibilidad de llegar a realizar el socialismo, como sistema social definido, dentro de las fronteras nacionales de la URSS, estaríamos ante el triunfo definitivo, pues, ¿qué intervención cabría después de esto? El régimen socialista presupone una técnica, una cultura y una gran solidaridad por parte de la población. Como hay que suponer que en la URSS, en el momento en que esté acabada la edificación socialista, habrá por lo menos doscientos cincuenta millones de habitantes, ¿qué país capitalista o qué coalición de países se atrevería a arrostrar una intervención en condiciones semejantes?” ( Ibíd ., p. 29). ¡Qué duda cabe de que inconscientemente Trotsky está suplantando el contenido de la sociedad de transición (socialista) con el de la sociedad comunista! Alto desarrollo técnico, alta cultura para todos y una solidaridad generalizada en el pueblo –lo que supone la no existencia de clases-, son atributos no de la sociedad de transición, sino del comunismo. Trotsky incurre en un error teórico del que no era ajena la mayoría de los dirigentes bolcheviques –incluyendo en algunas ocasiones también a Lenin. Gran parte de los debates que continuaron teniendo lugar en el seno del bolchevismo tras la derrota de Trotsky en el invierno de 1924-1925, fueron estériles por cuanto se basaban en problemas nominalistas sin ningún contenido real, como el de diferenciar –tal como hace Trotsky en esta cita– entre “triunfo del socialismo” y “triunfo definitivo del socialismo”, como si el triunfo definitivo del socialismo, o sea, la culminación de la sociedad de transición, fuera otra cosa diferente del comunismo. Observadas las cosas desde este punto de vista, comprobamos que la teoría de la Revolución Permanente, por cuanto consiste en la conquista inmediata de las fuerzas productivas en posesión del capital a escala global –pues cuantas más sean las interposiciones que sufra en este cometido, mayores serán las probabilidades de derrota-, supone, en el fondo, la invitación al proletariado para que dé un salto directo desde el capitalismo hasta el comunismo, lo cual la coloca más cerca del anarquismo que del marxismo. El dominio de la problemática de las fuerzas productivas en el pensamiento de Trotsky le lleva a identificar el objetivo de la emancipación del proletariado con la apropiación de esas fuerzas económicas, olvidándose de toda la compleja problemática sociológica que plantea Marx en su Crítica del Programa de Gotha , donde concede a la emancipación del proletariado el sentido del proceso de apropiación de sus condiciones de existencia, a diferencia del economicismo trotskista que se remite a la apropiación de sus medios de existencia.

“La debilidad de la economía soviética, además del atraso que heredó del pasado, reside en su aislamiento actual, esto es, en la imposibilidad en que se halla de utilizar los recursos de la economía mundial no ya sobre las bases socialistas, sino por medios capitalistas, en forma del crédito internacional bajo las condiciones normales y de la ‘ayuda financiera’ en general, que desempeña un papel decisivo con respecto a los países atrasados.” ( Ibíd ., p. 33).

Cfr ., STALIN: Op. cit., p. 397.

Colectivo Fénix

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