Elementos en torno a la construcción del comunismo durante el Ciclo de Octubre – Colectivo Conciencia e Transformación

Para leer el texto completo (en gallego y castellano) en la página del Colectivo Conciencia e Transformación: concienciatransformacion.wordpress.com

I. Introducción

Hoy en día, cuando toda una generación de comunistas nacida tras el fin del Ciclo de Octubre se suman a nuestro movimiento, el populismo, tanto de corte socialdemócrata como de corte fascista, el nacionalismo y el oscurantismo religioso, entre otras corrientes burguesas, continuan, revitalizados, ocupando el lugar de referencia ideológico-política para las masas, ese lugar que dejó vacío el marxismo tras la derrota de la ofensiva del proletariado revolucionario. Pero el primer factor que mencionamos tiene por fuerza que hacernos sentir optimistas acerca de las posibilidades que se abren para el comunismo en el objetivo de volver a ocupar la referencialidad para nuestra clase. Así, en efecto, la crisis económica, aunque desgraciadamente para las aspiraciones de los economicistas de diverso pelaje que habitan en el movimiento comunista, no haga bajar de los cielos la redentora revolución, sí sirvió de poderoso acicate para el desplazamiento hacia el ala izquierda de importantes sectores del movimiento comunista en el Estado español. Fenómeno que, por supuesto, sería imposible sin el concurso de aquellos que, tras el arriamiento de la bandera roja del proletariado, allá por los finales de los años 80, tomaron como propósito la noble y revolucionaria tarea de guardarla a buen recaudo, para, permitir, en el futuro, volver a colocarla en el lugar que la historia demanda. Pero más allá de estas, cuando menos, esperanzadoras perspectivas, aún tenemos como labor esencial, en el camino hacia la construcción de la vanguardia marxista-leninista, preguntarnos y, a la vez, contestarnos, por qué fuimos derrotados. Y es como humilde contribución a esta tarea que publicamos este trabajo, con el cual aprovechamos para presentarnos ante la vanguardia comunista de Galicia y del Estado español. Además, no es intrascendente la fecha escogida. Efectivamente, en este año, se cumple el 50 aniversario del inicio de lo que constituyó la cumbre más alta alcanzada por el movimiento comunista en el sendero hacia la emancipación de la humanidad, la Gran Revolución Cultural Proletaria. Y, en coherencia con esto, el análisis de la experiencia revolucionaria china y de la propia Revolución Cultural ocupan un lugar destacado en el texto que sigue.1

Remitiéndonos concisamente a la historia revolucionaria de nuestra clase, el Ciclo revolucionario de Octubre (1917-1991) supuso la aparición por todo el globo del proletariado como sujeto transformador de la realidad social, como clase revolucionaria e independiente (realmente se puede considerar que esto sucede a mediados del siglo XIX, pero en el movimiento socialdemócrata nunca dejó de estar bajo la influencia de la pequeña burguesía y de la naciente aristocracia obrera), en lucha contra el sistema capitalista vigente y la clase social que lo preserva, la burguesía. Hasta ese período histórico, el proletariado nunca había tomado el poder político en una sociedad2 y había dado comienzo a la intensa labor de ir sentando las bases, en ardua confrontación con su enemigo de clase, de la futura sociedad de la humanidad emancipada, el comunismo.

Esto situaba al incipiente movimiento comunista en una situación difícil, al carecer de experiencias previas en este terreno de las que extraer las pertinentes lecciones, o, dicho de otro modo, de hacer balance, para afrontar la enorme y grandiosa tarea que tenía por delante con mayores garantías de éxito, lo cual explica en parte ─junto con una serie de limitaciones ideológicas y políticas heredadas del período de conformación del proletariado como clase en si─ el final que tuvieron estos procesos de edificación comunista. Y esto nos impone a nosotros, comunistas del siglo XXI, la imperiosa obligación de hacer lo que por imposibilidad material los comunistas del siglo XX no pudieron hacer: analizar las experiencias socialistas y extraer conclusiones de ellas para incrementar y pulir el acervo que constituye la concepción comunista del mundo y, a su vez, sentar los cimientos para terminar con esta etapa de interregno en la que nos encontramos, poniendo en marcha el segundo Ciclo de la Revolución Proletaria Mundial que pueda, esta vez sí, salir victorioso del largo enfrentamiento de clases, que es la transición socialista, construyendo la sociedad comunista.

En este período de grandes y profundos cambios revolucionarios que se inicia con la Revolución bolchevique en Rusia y termina con la caída del Muro de Berlín ─más simbólica que realmente, puesto que las grandes derrotas del proletariado revolucionario ya habían sido infringidas antes─ destacan, en un lugar central, los procesos de edificación de la sociedad comunista, transcurridos en varias partes del mundo. Los de mayor significación fueron, incuestionablemente, los que tuvieron lugar en la Unión Soviética y en la China maoísta, tanto por duración en el tiempo como, principal y fundamentalmente, por los elementos ideológico-políticos aportados al marxismo-leninismo en esta trascendental materia. A la Unión Soviética, al ser la primera experiencia socialista, le correspondió la función de sentar las bases de los paradigmas comunistas acerca de esta nuclear cuestión, tanto en los elementos correctos como en las limitaciones; por tanto, ocupa un papel destacado en el balance. En el caso chino, que tomó el testigo de la URSS como faro para el movimiento revolucionario cuando en esta se produce la definitiva victoria de la contrarrevolución en el año 1956, tuvo lugar la realización de un balance parcial de la experiencia anterior, por lo que aporta elementos novedosos que rompen con las tesis limitadas sostenidas por los comunistas soviéticos en su proceso, aunque solo sea en cierto grado. Pero, aun con las limitaciones, sin lugar a dudas, la experiencia china posee una trascendencia fundamental para el futuro Ciclo revolucionario.

Dejamos conscientemente a un lado los casos de las democracias populares del Este europeo, donde los procesos ya nacieron constreñidos por causa del peculiar modo en el que los comunistas accedieron al poder: más por la fuerza militar del Ejército Rojo que por la existencia de movimientos revolucionarios en esos países (que, dicho sea de paso, eran inexistentes en la mayor parte de ellos). Hay, sin embargo, otra experiencia de edificación del comunismo digna de atención: la albanesa. Pero no entraremos en ella debido a que comparte los elementos centrales con la experiencia soviética, sin olvidar que la albanesa es posterior y, por tanto, tenía la posibilidad material de extraer lecciones y hacer balance sobre la anterior, cosa que no hicieron, limitándose, en cambio, a realizar en lo esencial un calco del proceso soviético añadiéndole elementos menores de carácter maoísta, lo que nos muestra de antemano la debilidad del hoxhismo.3

Por tanto, en este trabajo, nos centraremos en el estudio de los elementos fundamentales que nos aportan las dos cruciales experiencias revolucionarias de edificación del comunismo realizadas durante el siglo pasado4, ahondado en las diferencias entre ellas y en los fundamentos centrales que es necesario extraer para los venideros procesos de construcción de la sociedad sin clases. Y, por supuesto, también en las limitaciones que las atravesaban y que, finalmente, las hicieron fracasar, llevándolas a la derrota a manos de la burguesía.

También haremos un breve recorrido por lo que consideramos que fue la gran limitación del marxismo del Ciclo de Octubre, a su vez, hijo del marxismo decimonónico, esto es, el déficit dialéctico, la sustitución de la dialéctica materialista como base filosófica de la Weltanschauung comunista por el materialismo burgués, o lo que es lo mismo, por el materialismo mecanicista, determinista… vulgar, en definitiva. De esta gran limitación se derivan el resto de manifestaciones concretizadas de la estrechez del paradigma marxiano tal y como se presentó en el pasado revolucionario de la última clase de la historia, y aún sigue, actualmente, copando el movimiento comunista, ya sea a nivel estatal o internacional. En dicho sentido, la lucha de dos líneas en torno a la reconstitución de la dialéctica materialista, cobra una capital importancia para los comunistas revolucionarios.

Es necesario aprender de los errores para no repetirlos en el futuro. Y más aun cuando ese futuro depende de cómo ajustemos las cuentas con el pasado. También nos corresponde señalar que con este trabajo no pretendemos, de ningún modo, agotar la inmensa materia de estudio en este ámbito; tan solo pretendemos comenzar a abrir un poco, y brevemente, el sendero del mismo, sendero que le corresponderá recorrer ya en el futuro, no a un colectivo particular de nuestra Línea, sino al conjunto del Movimiento por la Reconstitución.

1. En este sentido, tenemos como objetivo continuar en el ámbito al que nos referimos, el camino iniciado por los camaradas del Movimiento Anti-Imperialista hace una década, con la publicación de dos textos acerca de este movimiento en el número 19 de su órgano de expresión, El Martinete.

2. Con la excepción de la pequeña experiencia de la Comuna de París, la cual por ser tan breve en espacio y tiempo no pudo dar lugar al primer caso de transformación de la realidad hacia el comunismo.

3. Sobre la misma recomendamos el trabajo de los camaradas de Nueva Praxis titulado El Partido del Trabajo de Albania y la revolución: una mirada retrospectiva.

4. No somos desconocedores de que desde la Línea de Reconstitución ya se tiene tratado en buena medida diversos aspectos relacionados con la construcción del comunismo, principalmente en el caso soviético. Por lo tanto en este trabajo no nos extenderemos en cuestiones ya tratadas y procuraremos poner la atención sobre factores menos atendidos hasta el momento. Para el resto recomendamos los trabajos de los camaradas del PCR: Un solo día de frío no basta para congelar el río a tres pies de profundidad, del Colectivo Fénix: Stalin. Del marxismo al revisionismo y de Revolución o Barbarie: Stalin, clases sociales y restauración del capitalismo.

Ante las elecciones al Parlament de Catalunya: ¡Boicot!

En castellano:

27-S, o cuando la voluntad popular deja paso al vil mercadeo

Tras varios meses de pugna inter-burguesa, la fracción de la clase dominante catalana que encabeza a día de hoy el procés, ha decidido llamar a las urnas al pueblo catalán, en una descarada muestra de que entre democracia y mercadeo parlamentario, ha optado de manera prístina por lo segundo. El Movimiento por la Reconstitución, ante esta nueva convocatoria, y en línea con lo que se ha expresado en anteriores ocasiones, llama al boicot ante esta nueva farsa electoral burguesa, como no podía ser de otra manera. Sin embargo, nuestro posicionamiento al respecto es, por fuerza, cualitativamente distinto al que mostramos ante las pasadas elecciones de mayo, en parte porque viene precedido por la audaz postura que esgrimimos ante el referéndum del pasado 9 de noviembre. Así pues, se antoja necesario que nos retrotraigamos un poco y comencemos con una breve retrospectiva, en busca de que se observe mejor la coherencia de nuestras argumentaciones, tanto pasadas como presentes.

9-N: dos caminos, un mismo objetivo

Como decíamos, nuestro posicionamiento ante el referéndum del 9 de noviembre se pudo considerar audaz, máxime considerando el estado del movimiento “comunista” en el Estado español. Este, que yace como un lánguido cuerpo a la espera de que la historia vuelva simplemente hacia atrás en busca de glorias pasadas, se halla además ensimismado en su particular escolástica; dado que no comprende la relación entre los términos que utiliza y el espíritu que hace ya tiempo los creó, sus posicionamientos van siempre a remolque de una u otra fracción de la burguesía. Uno de los muchos, muchísimos términos que nuestros revisionistas repiten cual cacatúa, intentando que su mera pronunciación haga que broten por arte de magia los posicionamientos políticos que lo encumbraron, es el del derecho a la autodeterminación. Mentado casi siempre, en el mejor de los casos, como la solución al problema nacional presente en el Estado español, dicho término ha ido anquilosándose, convirtiéndose en una manida frase hecha que nada por sí sola puede resolver. Lógico, pues, que en ese vacío ideológico campen a sus anchas tanto el nacionalismo de la nación opresora como el de la nación oprimida, ambos cerrando el paso al genuino espíritu internacionalista en la cuestión.

Desde el Movimiento por la Reconstitución, sin embargo, siempre hemos interpretado el derecho a la autodeterminación como parte indisoluble de una unidad dialéctica, donde operan tanto la cuestión democrática y la lucha contra toda opresión, como el espíritu universal de la clase de los explotados. Al igual que sucede con la propia constitución del Partido Comunista, donde vanguardia y masas se aúnan de manera dialéctica para desplegar el potencial revolucionario de la humanidad explotada, solo la síntesis de la democracia con el internacionalismo permite acometer con garantías el correcto tratamiento de la cuestión nacional. El resultado de la ausencia de uno de los dos elementos salta a la vista no solo hoy en día, sino también a nivel histórico, pues las posturas de los distintos destacamentos revisionistas sobre la cuestión nacional no son en absoluto novedosas: cada una de ellas no es más que la expresión actual de dos esquemas presentes hace ya más de un siglo, y contra las que el naciente partido bolchevique desarrolló su lucha de dos líneas. Por aquel entonces, una parte de la socialdemocracia dictó la imposibilidad de la independencia factual de cualquier nueva nación devenida en Estado, dada su inclusión en el amplio organigrama imperialista global; es decir, basándose en la división internacional del trabajo a escala mundial, se negó de antemano la independencia política de cualquier nuevo Estado, y por tanto se denigró la posibilidad de acción del proletariado revolucionario en pos de eliminar la opresión nacional: en una especie de reverso oscuro de la inevitabilidad del socialismo, se aducía que, debido a que la tendencia intrínseca del imperialismo era, supuestamente, conformar Estados cada vez más grandes y por tanto se caminaba hacia la disolución de las naciones, resultaba inútil dedicar esfuerzos a una cuestión cuya solución vendría dada a través del propio desenvolvimiento del sistema capitalista. Así, no solo se desdeñaba la utilización del elemento democrático para intentar aliviar la cuestión nacional, sino que se negaba la posibilidad de separación política, lo que evidentemente alimentaba el nacionalismo de nación opresora. Frente a esta visión se encontraba su contraria, representada principalmente por la escuela austríaca (Bauer y cía.): aquí, la nación dejaba de ser un elemento de la propia época burguesa y pasaba a convertirse en verdadero adagio de la humanidad universal, presente en toda época y lugar; de esta manera, se eternizaba dicha conformación social también bajo el socialismo, donde el proletariado cogería las riendas de una formación aún imperfecta para desarrollarla en toda su potencialidad, perpetuando sine die la segregación del ser humano a través de fronteras y trabas auto-impuestas.

Frente a ambas idealizaciones, tanto la del imperialismo como simple trituradora de cuerpos nacionales de menor entidad, como la de la nación como única muestra posible de socialización humana, la línea internacionalista defendida por el partido bolchevique mostró que el proletariado, a través de la defensa del derecho a la autodeterminación e igualdad de todas las naciones, puede minimizar y atenuar los choques y desconfianzas nacionales, permitiendo así la implementación práctica de la unidad internacionalista del proletariado en su lucha revolucionaria, la cual ha de allanar el camino hacia la fusión y disolución de las naciones en humanidad emancipada en el Comunismo. Esa es la postura que intentó explicitar el Movimiento por la Reconstitución ante el 9-N, aunque quizás sea necesario que insistamos algo más: tal y como propugnaba Lenin, el derecho a la autodeterminación necesita además, para desplegarse en toda su potencialidad, de una división funcional del trabajo internacionalista entre los proletarios de la nación opresora y los de la nación oprimida. Así, mientras que desde las organizaciones procedentes de la nación opresora se ha de realizar agitación a favor de la libertad de separación, desde la nación oprimida se ha de hacer hincapié en la libertad de unión. Solo desde esta perspectiva se puede entender que se pidiese el voto para el Sí-Sí desde las organizaciones radicadas principalmente en la nación opresora, pero se declarase libertad de voto desde la organización presente en tierras catalanas, Balanç i Revolució. Ambos caminos eran diferentes, pero el objetivo seguía siendo el mismo: poner en pie de nuevo el internacionalismo proletario genuino con el objetivo de posicionarse contra toda opresión y aliviar las tensiones nacionalistas entre la clase obrera de las diferentes naciones, cuya tarea histórica concreta sigue siendo a día de hoy la de reconstituir el Partido Comunista en todo el Estado español, para destruir el mismo mediante la Guerra Popular, estrategia militar de esa clase universal que es el proletariado.

¡Contexto, más contexto, siempre contexto!

Sin embargo, dicha lucha contra la opresión y las desconfianzas nacionales no se produce nunca en un vacío, entendido este por partida doble: ni en cuanto al momento histórico en que puede tener lugar, ni en cuanto a las formas que esa lucha puede revestir. Ya se expusieron en su momento ambos condicionantes, pero no está de más
volver a incidir en ellos, para contar con una perspectiva más completa. En cuanto al momento histórico en que nos encontramos, entendemos que nos hallamos inmersos en un período de interregno entre dos ciclos revolucionarios, con todo lo que ello conlleva: ante la ausencia de horizonte emancipatorio, su lugar ha sido ocupado por todo tipo de opciones burguesas, entre las que se incluye muy poderosamente el nacionalismo. Por esa razón, y mientras el incipiente movimiento por la reconstitución del Partido Comunista no sea capaz de erigirse como actor político de primer orden y pueda generar sus propias dinámicas que contraponer a este nuevo auge de los movimientos nacionalistas, consideramos que lo prioritario es incidir en el aspecto democrático como atenuante de la cuestión nacional. En cuanto al Estado español en particular, era evidente que la opción que más en contra se posicionaba del statu quo actual, y por tanto la que más potencial disgregador tenía respecto de los mecanismos de encuadramiento burgués, era sin duda alguna la del voto afirmativo respecto a la independencia de Catalunya, no sólo porque el mismo implicaba educar a nuestra clase en el desprecio a las fronteras estatales establecidas por la burguesía; sino porque además la participación en la consulta favorecía imbuir de odio en la legalidad vigente al proletariado, dado el carácter ilegal de la consulta del 9 de Noviembre: una doble educación (contra las fronteras y contra el orden legal) necesaria para el proletariado catalán… y para el proletariado español. Pues partiendo de que un pueblo que oprime a otro no puede ser libre, éste último necesita sacudirse de su insensibilidad, cuando no complacencia (apuntalada en la fría hegemonía del revisionismo), respecto de la opresión nacional, para fundirse con los proletarios del resto de naciones. Por otra parte, y respecto las formas políticas que pueda adoptar un movimiento nacionalista (y por tanto burgués por naturaleza) en pos de una posible independencia nacional, es necesario realizar una distinción fundamental: la existencia o no de un mandato imperativo por parte de las masas. Así, un referéndum directo, cuyas mecánicas no se vean insertas de manera directa en las propias mediaciones que establece la burguesía entre representados y representantes, propia de su parlamento, supone la forma más democrática a través de la cual el pueblo catalán se puede expresar sobre la potencial necesidad de crear un Estado propio. Y aunque el referéndum del pasado año sólo puede comprenderse como parte del procés de encuadramiento nacional de las masas en Catalunya, el que el mismo se desarrollase contra la legalidad, lejos de favorecer la táctica de Mas y los suyos, permitía la diferenciación entre los dos aspectos contradictorios de un referéndum (su aspecto reaccionario como momento reproductor de las inercias parlamentarias del régimen burgués; y su aspecto democrático como fugaz momento de implicación directa de las masas en los asuntos públicos), pudiendo en esta ocasión el pueblo catalán actuar como soberano de su destino. Por ese motivo, desde el Movimiento por la Reconstitución entendimos que en el 9-N debíamos animar a nuestra clase a participar en el referéndum.

Es decir, y a modo de resumen: nuestro posicionamiento partía de unas condiciones concretas, tanto a nivel de las circunstancias históricas en las que nos movemos como por las formas a través de las cuales el pueblo catalán podía expresarse sobre su destino. Dicho posicionamiento, por tanto, se inscribe en la línea y espíritu marcado por el internacionalismo proletario, y supone una decisión táctica en base al contexto en que nos movemos.

Y quizás en esa palabra, táctica, se halle al menos parte de la enjundia de nuestra posición respecto al 9-N. A diferencia de las numerosas organizaciones nacionalistas teñidas de rojo, cuyo programa incluye de manera explícita la lucha por la independencia de una u otra nación, nuestro movimiento a favor del Sí-Sí desde el resto del Estado español se circunscribía a esas condiciones que acabamos de establecer; de no haber sido así, de haber realizado cierta genuflexión frente a las proclamas siempre independentistas de ciertos sectores de la burguesía, estaríamos incurriendo en un delito por partida doble en cuanto a principios: por un lado, estaríamos socavando la siempre necesaria independencia política del proletariado, mientras que, por el otro, estaríamos otorgando labores positivas a nuestra clase respecto a la nación. Como ya hemos mencionado en algún otro momento, al proletariado no le compete ninguna tarea de construcción nacional, aquellas que Lenin denominaba positivas respecto a la nación (esto es, de nacionalización de masas), sino que, justamente al contrario, su labor consiste en atenuar por todos los medios posibles los roces y desconfianzas nacionales, con la vista siempre puesta en la articulación internacionalista de su proyecto político revolucionario. Al mismo tiempo, y entroncando con la necesidad de evitar las tareas de orden positivo por parte del proletariado en su agenda respecto a la nación, desde el Movimiento por la Reconstitución entendemos que es el Estado español el marco político a través del cual se ha de enmarcar la lucha de clases del proletariado en la actualidad, y será así mientras no se produzca la independencia de una u otra nación. Esto, evidentemente, marca claramente nuestra posición respecto a aquellas organizaciones que, haciendo el juego a sus respectivas burguesías nacionales, plantean el encuadramiento del proletariado siguiendo un principio nacional, el cual lleva a la segregación de este y por tanto a su pérdida de independencia política frente a una burguesía que es, de facto, internacional. Es decir, y ya a modo de síntesis: nuestro movimiento táctico preservó nuestros principios, y por tanto confirmó la estrategia general: incidimos en la cuestión nacional para intentar atenuarla de manera concreta, al mismo tiempo que preservamos la independencia política del proletariado y explicitamos, a través de nuestro trabajo político, la necesidad de la reconstitución del Partido Comunista en el marco de todo el Estado bajo las circunstancias actuales.

Así pues, podríamos decir que nuestra postura respecto al 9-N podría presentarse como ejemplo de aplicación correcta y creativa de otra de esas manoseadas frases que siempre tiene a bien repetir el revisionismo patrio: “firmeza en los principios, flexibilidad en la táctica”. Creemos que el modo adecuado de proceder, como hemos visto, consiste en la asimilación del espíritu que dio luz a las consignas, con el objetivo de poder implementar la táctica adecuada en cada momento. Por el contrario, lo que nos ofrece el revisionismo, desde su eterna escolástica, es la utilización de toda consigna como subterfugio desde el que justificar su abandono de unos principios y un espíritu que ya no quiere ni puede aprehender, pues su inmediatismo pragmatista se lo impide por completo: al plegarse a lo espontáneo, su actuar no supone más que una monótona repetición de conciencia en sí, donde el espíritu ha ido muriendo día tras día.

Una diferencia cualitativa

Pero volvamos a las formas políticas de encauzar el movimiento nacionalista, pues aún hay asuntos que tratar al respecto. Tal y como dijimos en la víspera del 9-N, la fracción de la burguesía catalana a cuya cabeza marcha el president, no mostraba signo alguno de querer implementar el mandato popular y democrático expresado en las urnas, sino más bien todo lo contrario: los movimientos tras bambalinas de todos los actores, independientemente de que estos se mostrasen más o menos aguerridos o contestatarios frente al Estado español, eran evidentes antes de la celebración de la votación, y no han hecho más que incrementarse durante todo el período posterior. Tanto es así, tan intensas han sido las negociaciones inter-burguesas, que hasta el propio procés dio en repetidas ocasiones síntomas de detenerse, de frenarse en seco. Únicamente tras la cesión por parte de ERC a sumarse a una lista unitaria dominada por CDC tanto en números como en candidato a president, la candidatura denominada Junts pel Sí, el procés ha vuelto a coger aire, tras varios meses en los que estuvo a buen recaudo de Artur Mas y sus correligionarios.

Esta fracción del capital catalán, (el cual en conjunto poco tiene de homogéneo respecto a este asunto: ahí están las materializaciones partidarias del cómodo encaje de otras fracciones en el crisol de la hispanidad: de los inveterados constitucionalistas de Duran-Espadaler a la moderna caspa de Ciutadans), ha preferido y prefiere, por tanto, intentar regatear al Estado español antes que materializar al instante el mandato imperativo que surgió de la voluntad popular; ha optado por adaptarse a las reglas del juego del Estado español, o dicho de otro modo: ha preferido astucias frente a valentía, mercadeo frente a democracia. Y es que la burguesía teme lo que considera el horror vacui: la posibilidad de verse desbordada por las masas.

Sin embargo, hasta la propia burguesía es consciente de la diferencia cualitativa que existe entre un referéndum y unas elecciones parlamentarias, por mucho que estas tengan el epíteto de plebiscitarias; por esta razón, intenta constantemente ocultar, limar dicha diferencia: solo desde esta perspectiva se entiende la puesta en marcha de distintas maniobras para otorgar la impresión de que la enésima pantomima parlamentaria cuenta con un mayor carácter participativo. Medidas como el programa tots som candidats (en el que ya hay 70.000 candidatos inscritos) o la inclusión de diversas personalidades públicas alejadas en un principio del adusto mundo de la política, como pueden ser Lluís Llach o Pep Guardiola, muestran que la propia burguesía advierte que necesita dar la imagen de que se trata de un proceso popular y no uno dedicado únicamente al reparto de sillones y aspiraciones (y también muestra, por otra parte, hasta qué punto el sistema parlamentario tiene carácter de clase, hasta qué punto fondo y forma están indisolublemente unidos: más allá de que Artur Mas pusiese el grito en el cielo por la intención de conformar una lista sin políticos, lo que pone de manifiesto la mera intención de intentarlo es que ni siquiera es necesario que los políticos profesionales gestionen la res publica: el sistema proporciona los mimbres a través de los cuales solo es posible gestionarla a favor del capital).

Las diferencias entre un referéndum y unas elecciones parlamentarias al uso, por tanto, deberían estar claras: en síntesis, en un referéndum puede abrirse la posibilidad de que las masas se impliquen de manera directa en los asuntos públicos y, al mismo tiempo, de desbordar el orden jurídico establecido y los innumerables arreglos burgueses sobre los que se sostiene la vida política diaria, siempre y cuando se den circunstancias como las provocadas por la cerrazón del gobierno español, que situó fuera de la legalidad la expresión democrática del pueblo catalán. En cambio, unas elecciones parlamentarias suponen irremediablemente el encauzamiento y adocenamiento de las masas, la vuelta al redil mediatizado por la burguesía de manera permanente, donde predominan los pactos con la nación opresora y los arreglos en pos de conquistar una u otra parcela de poder.

Así las cosas, y con una nueva fiesta de la democracia en ciernes, el proletariado catalán no tiene nada que ganar con las próximas elecciones del 27 de septiembre, ni siquiera en el ámbito de la liberación nacional. A diferencia de un referéndum directo a través del que poder corporizar la voluntar popular, la mediación parlamentaria que se avecina solo puede otorgar a las masas el triste papel de último firmante del enésimo mercadeo político en el Parlament. La misión histórica del proletariado, sin embargo, es realizar la revolución a escala mundial, y no la de ser un simple y gris testaferro de sus viles explotadores, sea en una u otra nación. Por ese motivo, y porque nuestra misión va mucho más allá de elegir una u otra papeleta gris con la que seguir sancionando el despreciable régimen de explotación del capital, la única respuesta coherente frente a la enésima farsa electoral de la burguesía es el boicot.

¡Ante la farsa electoral, boicot!
¡Ni un voto obrero en las urnas!
¡Por la reconstitución ideológica y política del comunismo!
¡Guerra popular hasta el Comunismo!

Balanç i Revolució
Cèl·lula Roja
Juventud Comunista de Almería/Juventud Comunista de Zamora
Movimiento Anti-Imperialista
Nueva Dirección Revolucionaria
Nueva Praxis
Revolución o Barbarie

Septiembre de 2015
Estado español

En català:

Davant les eleccions al Parlament de Catalunya: Boicot!

27-S, o quan la voluntat popular deixa pas al vil mercadeig

Després de mesos de pugna inter-burgesa, la fracció de la classe dominant catalana que encapçala a dia d’avui el procés, ha decidit cridar a les urnes al poble català, en una descarada mostra que entre democràcia i mercadeig parlamentari, ha optat de manera pristina pel segon. El Moviment per la Reconstitució, davant aquesta nova convocatòria, i en línia amb el que s’ha expressat en anteriors ocasions, crida al boicot davant aquesta nova farsa electoral burgesa, com no podia ser d’altra manera. Però el nostre posicionament respecte a aquesta és, per força, qualitativament diferent del que vam mostrar davant les passades eleccions de maig, en part perquè està precedit per l’audaç posició que vam esgrimir davant el referèndum del passat 9 de novembre. Així doncs, sembla necessari que ens retrotraguem una mica i comencem amb una breu retrospectiva, en cerca que s’observi millor la coherència de les nostres argumentacions, tant passades com presents.

9-N: dos camins, un mateix objectiu

Com dèiem, el nostre posicionament davant el referèndum del 9 de novembre es va poder considerar audaç, sobretot considerant l’estat del moviment “comunista” a l’Estat espanyol. Aquest, que jeu com un lànguid cos a l’espera que la història torni simplement cap enrere en cerca de glòries passades, es troba a més embadalit amb la seva particular escolàstica; atès que no comprèn la relació entre els termes que utilitza i l’esperit que fa ja temps els va crear, els seus posicionaments van sempre a remolc d’una o altra fracció de la burgesia. Un dels molts, moltíssims termes que els nostres revisionistes repeteixen com a cacatues, intentant que la seva mera pronunciació faci que brollin per art de màgia els posicionaments polítics que el van enaltir, és el del dret a l’autodeterminació. Esmentat gairebé sempre, en el millor dels casos, com la solució al problema nacional present a l’Estat espanyol, aquest terme ha anat anquilosant-se, convertint-se en una rebregada frase feta que per si sola no pot resoldre res. És lògic, doncs, que en aquest buit ideològic facin el que vulguin tant el nacionalisme de la nació opressora com el de la nació oprimida, tots dos barrant el pas al genuí esperit internacionalista en la qüestió.

Des del Moviment per la Reconstitució, però, sempre hem interpretat el dret a l’autodeterminació com a part indissoluble d’una unitat dialèctica, en què operen tant la qüestió democràtica i la lluita contra tota opressió, com l’esperit universal de la classe dels explotats. Igual que succeeix amb la mateixa constitució del Partit Comunista, en què avantguarda i masses s’uneixen de manera dialèctica per a desplegar el potencial revolucionari de la humanitat explotada, només la síntesi de la democràcia amb l’internacionalisme permet d’emprendre amb garanties el tractament correcte de la qüestió nacional. El resultat de l’absència d’un dels dos elements salta a la vista no només avui en dia, sinó també a nivell històric, ja que les posicions dels diferents destacaments revisionistes sobre la qüestió nacional no són en absolut noves: cadascuna d’elles no és més que l’expressió actual de dos esquemes presents fa ja més d’un segle, i contra les quals el naixent partit bolxevic va desenvolupar la seva lluita de dues línies. En aquell temps, una part de la socialdemocràcia va dictar la impossibilitat de la independència factual de qualsevol nova nació convertida en Estat, donada la seva inclusió en l’ampli organigrama imperialista global; és a dir, basant-se en la divisió internacional del treball a escala mundial, es va negar per endavant la independència política de qualsevol nou Estat, i, per tant, es va denigrar la possibilitat d’acció del proletariat revolucionari per eliminar l’opressió nacional: en una mena de revers obscur de la inevitabilitat del socialisme, s’adduïa que, a causa que la tendència intrínseca de l’imperialisme era, suposadament, conformar Estats cada vegada més grans i per tant es caminava cap a la dissolució de les nacions, resultava inútil dedicar esforços a una qüestió la solució de la qual es faria a través del mateix desenvolupament del sistema capitalista. Així, no només es menyspreava la utilització de l’element democràtic per intentar alleujar la qüestió nacional, sinó que es negava la possibilitat de separació política, la qual cosa evidentment alimentava el nacionalisme de nació opressora. Davant aquesta visió es trobava la seva contrària, representada principalment per l’escola austríaca (Bauer i companyia): aquí, la nació deixava de ser un element de la mateixa època burgesa i passava a convertir-se en veritable adagi de la humanitat universal, present en tota època i lloc; d’aquesta manera, s’eternitzava aquesta conformació social també sota el socialisme, en què el proletariat agafaria les regnes d’una formació encara imperfecta per desenvolupar-la en tota la seva potencialitat, perpetuant sine die la segregació de l’ésser humà a través de fronteres i traves autoimposades.

Davant ambdues idealitzacions, tant la de l’imperialisme com a simple trituradora de cossos nacionals amb entitat menor, com la de la nació com a única mostra possible de socialització humana, la línia internacionalista que defensava el partit bolxevic va mostrar que el proletariat, a través de la defensa del dret a l’autodeterminació i igualtat de totes les nacions, pot minimitzar i atenuar els xocs i desconfiances nacionals, i així permet la implementació pràctica de la unitat internacionalista del proletariat en la seua lluita revolucionària, la qual ha d’aplanar el camí cap a la fusió i dissolució de les nacions en humanitat emancipada en el Comunisme. Aquesta és la posició que va intentar explicitar el Moviment per la Reconstitució davant el 9-N, encara que potser és necessari que hi insistim una mica més: tal com propugnava Lenin, el dret a l’autodeterminació necessita, a més, per a desplegar-se en tota la seva potencialitat, una divisió funcional del treball internacionalista entre els proletaris de la nació opressora i els de la nació oprimida. Així, mentre que des de les organitzacions procedents de la nació opressora s’ha de realitzar agitació a favor de la llibertat de separació, des de la nació oprimida s’ha de posar l’accent en la llibertat d’unió. Només des d’aquesta perspectiva es pot entendre que es demanés el vot pel Sí-Sí des de les organitzacions radicades principalment a la nació opressora, però es declarés llibertat de vot des de l’organització present en terres catalanes, Balanç i Revolució. Tots dos camins eren diferents, però l’objectiu continuava sent el mateix: posar dempeus de nou l’internacionalisme proletari genuí amb l’objectiu de posicionar-se contra tota opressió i alleujar les tensions nacionalistes entre la classe obrera de les diferents nacions, la tasca històrica concreta continua sent avui dia la de reconstituir el Partit Comunista a tot l’Estat espanyol, per destruir-lo mitjançant la Guerra Popular, l’estratègia militar d’aquesta classe universal que és el proletariat.

Context, més context, sempre context!

No obstant això, aquesta lluita contra l’opressió i les desconfiances nacionals no es produeix mai en un buit, entenent-lo doblement: ni pel que fa al moment històric en què pot tenir lloc, ni pel que fa a les formes que aquesta lluita pot revestir. Ja es van exposar en el seu moment aquests termes, però no està de massa tornar a incidir-hi, per tenir una perspectiva més completa. Pel que fa al moment històric en què ens trobem, entenem que ens trobem immersos en un període d’interregne entre dos cicles revolucionaris, amb tot el que això comporta: davant l’absència d’horitzó emancipador, el seu lloc ha estat ocupat per tota mena d’opcions burgeses, entre les quals s’inclou en bona mesura el nacionalisme. Per aquesta raó, i mentre l’incipient moviment per la reconstitució del Partit Comunista no sigui capaç d’erigir-se com a actor polític de primer ordre i pugui generar les seves pròpies dinàmiques que contraposi a aquest nou auge dels moviments nacionalistes, considerem que la prioritat és incidir en l’aspecte democràtic com a atenuant de la qüestió nacional. Quant a l’Estat espanyol en particular, era evident que l’opció que més en contra es posicionava de l’statu quo actual, i, per tant, la que més potencial disgregador tenia respecte dels mecanismes d’enquadrament burgès, era sens dubte la del vot afirmatiu respecte a la independència de Catalunya, no només perquè implicava educar la nostra classe en el menyspreu de les fronteres estatals establertes per la burgesia; sinó perquè, a més, la participació en la consulta afavoria imbuir d’odi a la legalitat vigent al proletariat, atès el caràcter il·legal de la consulta del 9 de novembre: una doble educació (contra les fronteres i contra l’ordre legal) necessària per al proletariat català… i per al proletariat espanyol. Ja que, partint de la veritat que un poble que n’oprimeix un altre no pot ser lliure, aquest últim necessita desempallegar-se de la seva insensibilitat, quan no complaença (apuntalada en la freda hegemonia del revisionisme), respecte de l’opressió nacional, per fondre’s amb els proletaris de la resta de nacions. D’altra banda, i respecte de les formes polítiques que pugui adoptar un moviment nacionalista (i, per tant, burgès per naturalesa) a favor d’una possible independència nacional, és necessari realitzar una distinció fonamental: l’existència o no d’un mandat imperatiu per part de les masses. Així, un referèndum directe, les mecàniques del qual no s’insereixin de manera directa en les mateixes mediacions que estableix la burgesia entre representats i representants, pròpia del seu parlament, suposa la forma més democràtica a través de la qual el poble català es pot expressar sobre la necessitat potencial de crear un Estat propi. I encara que el referèndum de l’any passat només es pot comprendre com a part del procés d’enquadrament nacional de les masses a Catalunya, el fet que es desenvolupés contra la legalitat, lluny d’afavorir la tàctica de Mas i els seus, permetia la diferenciació entre els dos aspectes contradictoris d’un referèndum (el seu aspecte reaccionari com a moment reproductor de les inèrcies parlamentàries del règim burgès; i el seu aspecte democràtic com a fugaç moment d’implicació directa de les masses en els assumptes públics), així que en aquesta ocasió el poble català va poder actuar com a sobirà del seu destí. Per aquest motiu, des del Moviment per la Reconstitució vam entendre que en el 9-N havíem d’encoratjar la nostra classe a participar en el referèndum.

És a dir, en resum: el nostre posicionament partia d’unes condicions concretes, tant a nivell de les circumstàncies històriques en què ens movem com per les formes a través de les quals el poble català podia expressar-se sobre el seu destí. El dit posicionament, per tant, s’inscriu en la línia i l’esperit marcat per l’internacionalisme proletari, i suposa una decisió tàctica sobre la base del context en què ens movem.

I potser en aquesta paraula, tàctica, es trobi almenys part de la substància de la nostra posició respecte al 9-N. A diferència de les nombroses organitzacions nacionalistes tenyides de roig, el programa inclou de manera explícita la lluita per la independència d’una o altra nació, el nostre moviment a favor del Sí-Sí des de la resta de l’Estat espanyol es circumscrivia a aquestes condicions que acabem d’establir; si no hagués estat així, si s’hi hagués realitzat una certa genuflexió davant de les proclames sempre independentistes de certs sectors de la burgesia, estaríem incorrent en un delicte doble pel que fa als principis: d’una banda, estaríem soscavant la sempre necessària independència política del proletariat, mentre que, de l’altra, estaríem atorgant tasques positives a la nostra classe respecte a la nació. Com ja hem esmentat en algun altre moment, al proletariat no li competeix cap tasca de construcció nacional, aquelles que Lenin anomenava positives respecte a la nació (és a dir, de nacionalització de masses), sinó que, justament al contrari, la seva tasca consisteix a atenuar per tots els mitjans possibles els frecs i les desconfiances nacionals, amb la vista sempre posada sobre l’articulació internacionalista del seu projecte polític revolucionari. Alhora, i entroncant amb la necessitat d’evitar les tasques d’ordre positiu per part del proletariat en la seva agenda respecte a la nació, des del Moviment per la Reconstitució entenem que és l’Estat espanyol el marc polític a través del qual s’ha d’emmarcar la lluita de classes del proletariat en l’actualitat, i serà així mentre no es produeixi la independència d’una o altra nació. Això, evidentment, marca clarament la nostra posició respecte a aquelles organitzacions que, fent el joc a les seves respectives burgesies nacionals, plantegen l’enquadrament del proletariat seguint un principi nacional, el qual el mena a la segregació i per tant a la seva pèrdua d’independència política davant una burgesia que és, de facto, internacional. És a dir, i ja en síntesi: el nostre moviment tàctic va preservar els nostres principis, i per tant va confirmar l’estratègia general: incidim en la qüestió nacional per intentar atenuar-la de manera concreta, al mateix temps que preservem la independència política del proletariat i explicitem, a través del nostre treball polític, la necessitat de la reconstitució del Partit Comunista en el marc de tot l’Estat sota les circumstàncies actuals.

Així doncs, podríem dir que la nostra posició respecte al 9-N es podria presentar com a exemple d’aplicació correcta i creativa d’una altra d’aquelles grapejades frases que sempre li ve de gust repetir al revisionisme patri: “fermesa en els principis, flexibilitat en la tàctica “. Creiem que la manera adequada de procedir, com hem vist, consisteix en l’assimilació de l’esperit que va donar llum a les consignes, amb l’objectiu de poder implementar la tàctica adequada en cada moment. Al contrari, el que ens ofereix el revisionisme, des de la seva eterna escolàstica, és la utilització de tota consigna com a subterfugi des del qual justifica el seu abandonament d’uns principis i un esperit que ja no vol ni pot aprehendre, ja que el seu immediatisme pragmatista li ho impedeix completament: en plegar-se a l’espontaneïtat, la seva actuació no suposa més que una monòtona repetició de consciència en si, en què l’esperit ha anat morint dia rere dia.

Una diferència qualitativa

Però tornem a les formes polítiques de canalitzar el moviment nacionalista, ja que encara hi ha assumptes a tractar. Tal com vam dir en la vigília del 9-N, la fracció de la burgesia catalana al capdavant de la qual marxa el president, no mostrava cap signe de voler implementar el mandat popular i democràtic que es va expressar a les urnes, sinó més aviat tot el contrari: els moviments entre bastidors de tots els actors, independentment que aquests es mostressin més o menys aguerrits o contestataris davant l’Estat espanyol, eren evidents abans de la celebració de la votació, i no han fet més que incrementar-se durant tot el període posterior. Tant és així, tan intenses han estat les negociacions inter-burgeses, que fins i tot el mateix procés va tenir en repetides ocasions símptomes de detenir-se, de frenar en sec. Únicament després de la cessió per part d’ERC a sumar-se a una llista unitària dominada per CDC tant en nombres com en candidat a president, la candidatura anomenada Junts pel Sí, el procés ha tornat a agafar aire, després de diversos mesos en què va estar ben custodiat per Artur Mas i els seus coreligionaris.

Aquesta fracció del capital català (el qual en conjunt té poc d’homogeni respecte a aquest assumpte: aquí hi ha les materialitzacions partidàries del còmode encaix d’altres fraccions en el gresol de la hispanitat: dels inveterats constitucionalistes de Duran-Espadaler a la moderna caspa de Ciutadans) ha preferit i prefereix, per tant, intentar regatejar a l’Estat espanyol abans que materialitzar a l’instant el mandat imperatiu que va sorgir de la voluntat popular; ha optat per adaptar-se a les regles del joc de l’Estat espanyol, o dient-ho d’una altra manera: ha preferit astúcies davant valentia, mercadeig enfront de democràcia. I és que la burgesia tem el que considera l’horror vacui: la possibilitat de veure’s desbordada per les masses.

No obstant això, fins i tot la mateixa burgesia és conscient de la diferència qualitativa que hi ha entre un referèndum i unes eleccions parlamentàries, per més que aquestes tinguin l’epítet de plebiscitàries; per aquesta raó, intenta constantment amagar, llimar aquesta diferència: només des d’aquesta perspectiva s’entén l’engegada de diferents maniobres per atorgar la impressió que l’enèsima pantomima parlamentària tingui un major caràcter participatiu. Mesures com el programa Tots som candidats (en el qual ja hi ha 70.000 candidats inscrits) o la inclusió de diverses personalitats públiques allunyades al principi de l’adust món de la política, com poden ser Lluís Llach o Pep Guardiola, mostren que la mateixa burgesia adverteix que necessita donar la imatge que es tracta d’un procés popular i no d’un de dedicat únicament al repartiment de butaques i aspiracions (i també mostra, d’altra banda, fins a quin punt el sistema parlamentari té caràcter de classe, fins a quin punt fons i forma estan indissolublement units: més enllà que Artur Mas posés el crit al cel per la intenció de conformar una llista sense polítics, el que posa de manifest la mera intenció d’intentar-ho és que ni tan sols cal que els polítics professionals gestionin la Res publica: el sistema proporciona els canals a través dels quals només és possible gestionar-la a favor del capital).

Les diferències entre un referèndum i unes eleccions parlamentàries a l’ús, per tant, haurien d’estar clares: en síntesi, en un referèndum pot obrir-se la possibilitat que les masses s’impliquin de manera directa en els assumptes públics i, al mateix temps, de desbordar l’ordre jurídic establert i els innombrables arranjaments burgesos sobre els quals se sosté la vida política diària, sempre que hi hagi circumstàncies com les provocades per l’entossudiment del govern espanyol, que ha situat fora de la legalitat l’expressió democràtica del poble català. En canvi, unes eleccions parlamentàries suposen irremeiablement la canalització i l’embrutiment de les masses, la tornada a la cleda mediatitzada per la burgesia de manera permanent, on predominen els pactes amb la nació opressora i els arranjaments per conquerir una o altra parcel·la de poder.

Així les coses, i amb una nova festa de la democràcia als seus inicis, el proletariat català no té res a guanyar amb les pròximes eleccions del 27 de setembre, ni tan sols en l’àmbit de l’alliberament nacional. A diferència d’un referèndum directe a través del qual pugui corporificar la voluntat popular, la mediació parlamentària que s’acosta només pot atorgar a les masses el trist paper de darrer signatari de l’enèsim mercadeig polític al Parlament. La missió històrica del proletariat, però, és realitzar la revolució a escala mundial, i no la de ser un simple i gris testaferro dels seus vils explotadors, sigui en una o altra nació. Per aquest motiu, i perquè la nostra missió va molt més enllà d’escollir una o altra papereta grisa, amb què continuaríem sancionant el menyspreable règim d’explotació del capital, l’única resposta coherent davant l’enèsima farsa electoral de la burgesia és el boicot.

Davant la farsa electoral, boicot!

Ni un vot obrer a les urnes!

Per la reconstitució ideològica i política del comunisme!

Guerra popular fins al Comunisme!

Setembre del 2015

Estat espanyol

En galego:

Ante as eleccións ao Parlament de Catalunya: Boicot!

27-S, ou cando a vontade popular deixa paso ao vil mercadeo

Tras varios meses de pugna inter-burguesa, a fracción da clase dominante catalá que encabeza a día de hoxe o procés, decidiu chamar ás urnas ao pobo catalán, nunha descarada mostra de que entre democracia e mercadeo parlamentario, optou de maneira clara polo segundo. O Movemento pola Reconstitución, ante esta nova convocatoria, e na liña co que se expresou en anteriores ocasións, chama ao boicot ante esta nova farsa electoral burguesa, como non podía ser doutra maneira. Porén, o noso posicionamento ao respecto é, por forza, cualitativamente distinto ao que mostramos ante as pasadas eleccións de maio, en parte porque ven precedido pola audaz postura que esgrimimos ante o referendo do pasado 9 de novembro. Así pois, antóllase necesario que nos retrotraiamos un pouco e comecemos cunha breve retrospectiva, na busca de que se observe mellor a coherencia das nosas argumentacións, tanto pasadas como presentes.

9-N: dous camiños, un mesmo obxectivo

Como dicíamos, o noso posicionamento ante o referendo do 9 de novembro púidose considerar audaz, máxime considerando o estado do movemento “comunista” no Estado español. Este, que xace morto como un lánguido corpo á espera de que a historia volva simplemente cara atrás na busca de glorias pasadas, encóntrase ademais absorto na súa particular escolástica; dado que non comprende a relación entre os termos que utiliza e o espírito que fai xa tempo os creou, os seus posicionamentos van sempre ao remolque dunha ou doutra fracción da burguesía. Un dos moitos, moitísimos termos que os nosos revisionistas repiten cal cacatúa, intentando que a súa mera pronunciación faga que broten por arte de maxia os posicionamentos políticos que os elevaron, é o do dereito á autodeterminación. Amentado case sempre, no mellor dos casos, como a solución ao problema nacional presente no Estado español, dito termo foi anquilosándose, converténdose nunha sobada frase feita que nada por si soa pode resolver. Lóxico, pois, que nese baleiro ideolóxico teñan vía libre tanto o nacionalismo de nación opresora como o de nación oprimida, ambos pechando o paso ao xenuíno espírito internacionalista na cuestión.

Desde o Movemento pola Reconstitución, non obstante, sempre interpretamos o dereito á autodeterminación como parte indisolúbel da unidade dialéctica, onde operan tanto a cuestión democrática e a loita contra toda opresión, como o espírito universal da clase dos explotados. Ao igual que sucede coa propia constitución do Partido Comunista, onde vangarda e masas se fusionan de xeito dialéctico para despregar o potencial revolucionario da humanidade explotada, só a síntese da democracia co internacionalismo permite afrontar con garantías o correcto tratamento da cuestión nacional. O resultado da ausencia dun dos dous elementos salta á vista non só hoxe en día, senón tamén a nivel histórico, pois as posturas dos distintos destacamentos revisionistas sobre a cuestión nacional non son en absoluto novidosas: cada unha delas non é máis que a expresión actual dos esquemas presentes fai máis dun século, e contra as que o nacente partido bolxevique desenvolveu a súa loita de dúas liñas. Por aquel entón, unha parte da socialdemocracia ditou a imposibilidade da independencia de feito de calquera nova nación devida en Estado, dada a súa inclusión no amplo organigrama imperialista global; é dicir, baseándose na división internacional do traballo a escala mundial, negouse de antemán a independencia política de calquera novo Estado, e por tanto denigrouse a posibilidade de acción do proletariado revolucionario en pos de eliminar a opresión nacional: nunha especie de reverso escuro da inevitabilidade do socialismo, aducíase que, debida a que a tendencia intrínseca do imperialismo era, supostamente, conformar Estados cada vez máis grandes e polo tanto camiñábase cara a disolución das nacións, resultaba inútil dedicar esforzos a unha cuestión cuxa solución viría dada a través do propio desenvolvemento do sistema capitalista. Así, non só se desprezaba a utilización do elemento democrático para intentar aliviar a cuestión nacional, senón que se negaba a posibilidade de separación política, o que evidentemente alimentaba o nacionalismo de nación opresora. Fronte a esta visión encontrábase a súa contraria, representada principalmente pola escola austríaca (Bauer e cía.): aquí, a nación deixaba de ser un elemento da propia época burguesa e pasaba a converterse en verdadeira adagio da humanidade universal, presente en toda época e lugar; desta maneira, eternizábase dita conformación social tamén baixo o socialismo, onde o proletariado collería as rendas dunha formación aínda imperfecta para desenvolvela en toda a súa potencialidade, perpetuando sine die a segregación do ser humano a través de fronteiras e trabas auto-impostas.

Fronte a ambas idealizacións, tanto a do imperialismo como simple trituradora de corpos nacionais de menor entidade, como a da nación como única mostra posíbel de socialización humana, a liña internacionalista defendida polo partido bolxevique mostrou que o proletariado, a través da defensa do dereito á autodeterminación e igualdade de todas as nacións, pode minimizar e atenuar os choques e desconfianzas nacionais, permitindo así a implementación práctica da unidade internacionalista do proletariado na súa loita revolucionaria, a cal alisará o camiño cara a fusión e a disolución das nacións na humanidade emancipada no Comunismo. Esa é a postura que intentou explicitar o Movemento pola Reconstitución ante o 9-N, aínda que quizais sexa necesario que insistamos nalgo máis: tal e como propugnaba Lenin, o dereito á autodeterminación necesita ademais, para despregarse en toda a súa potencialidade, dunha división funcional do traballo internacionalista entre os proletarios da nación opresora e os da nación oprimida. Así, mentres que desde as organizacións procedentes da nación opresora ten que realizarse axitación a favor da liberdade de separación, desde a nación oprimida ten que insistirse na liberdade de unión. Só desde esta perspectiva pódese entender que se pedise o voto para o Si-Si desde as organizacións radicadas principalmente na nación opresora, pero se declarase liberdade de voto desde a organización presente en terras catalás, Balanç i Revolució. Ambos camiños eran diferentes, pero o obxectivo seguía sendo o mesmo: pór en pé de novo o internacionalismo proletario xenuíno co obxectivo de posicionarse contra toda opresión e aliviar as tensións nacionalistas entre a clase obreira das distintas nacións, cuxa tarefa histórica concreta segue sendo a día de hoxe a de reconstituír o Partido Comunista en todo o Estado español, para destruír ao mesmo mediante a Guerra Popular, estratexia militar desa clase universal que é o proletariado.

Contexto, máis contexto, sempre contexto!

Porén, dita loita contra a opresión e as desconfianzas nacionais non se produce nunca nun baleiro, entendido este por partida dobre: nin en canto ao momento histórico no que pode ter lugar, nin en canto ás formas que esa loita pode revestir. Xa se expuxeron no seu momento ambos condicionantes, pero non está de máis volver a incidir neles, para contar cunha perspectiva máis completa. En canto ao momento histórico no que nos encontramos, entendemos que nos atopamos inmersos nun período de interregno entre dous ciclos revolucionarios, con todo o que iso conleva: ante a ausencia de horizonte emancipatorio, o seu lugar foi ocupado por todo tipo de opcións burguesas, entre as que se inclúe moi poderosamente o nacionalismo. Por esa razón, e mentres o incipiente Movemento pola Reconstitución do Partido Comunista non sexa capaz de erixirse como actor político de primeira orde e poida xerar as súas propias dinámicas que contrapor a este novo auxe dos movementos nacionalistas, consideramos que o prioritario é incidir no aspecto democrático como atenuante da cuestión nacional. En canto ao Estado español en particular, era evidente que a opción que máis en contra se posicionaba do statu quo actual, e por tanto a que máis potencial disgregador tiña ao respecto dos mecanismos de encadramento burgués, era sen dúbida algunha a do voto afirmativo respecto a independencia de Catalunya, non só porque o mesmo implicaba educar a nosa clase no desprezo ás fronteiras estatais estabelecidas pola burguesía; senón porque ademais a participación na consulta favorecía imbuír de odio na legalidade vixente ao proletariado, dado o carácter ilegal da consulta do 9 de Novembro: unha dobre educación (contra as fronteiras e contra a orde legal) necesaria para o proletariado catalán… e para o proletariado español. Pois partindo de que un pobo que oprime a outro non pode ser libre, este último precisa sacudirse da súa insensibilidade, cando non compracencia (apuntalada na fría hexemonía do revisionismo) respecto da opresión nacional, para fundirse con proletarios do resto de nacións. Por outra parte, e respecto as formas políticas que poida adoptar un movemento nacionalista (e por tanto burgués por natureza) en pos dunha posíbel independencia nacional, é necesario realizar unha distinción fundamental: a existencia ou non dun mandato imperativo por parte das masas. Así, un referendo directo, cuxas mecánicas non se vexan inseridas de maneira directa nas propias mediacións que estabelece a burguesía entre representados e representantes, propia do seu parlamento, supón a forma máis democrática a través da cal o pobo catalán se pode expresar sobre a potencial necesidade de crear un Estado propio. E aínda que o referendo do pasado ano só pode comprenderse como parte do procés de encadramento nacional das masas en Catalunya, o que o mesmo se desenvolvese contra a legalidade, lonxe de favorecer a táctica de Mas e os seus, permitía a diferenciación entre os dous aspectos contraditorios dun referendo (o seu aspecto reaccionario como momento reprodutor das inercias parlamentarias do réxime burgués; e o seu aspecto democrático como fugaz momento de implicación directa das masas en asuntos públicos), podendo nesta ocasión o pobo catalán actuar como soberano do seu destino. Por ese motivo, desde o Movemento pola Reconstitución entendemos que no 9-N debiamos animar a nosa clase a participar no referendo.

É dicir, e a modo de resumo: o noso posicionamento partía dunhas condicións concretas, tanto a nivel das circunstancias históricas nas que nos movemos como polas formas a través das cales o pobo catalán podía expresarse sobre o seu destino. Dito posicionamento, por tanto, inscríbese na liña e espírito marcado polo internacionalismo proletario, e supón unha decisión táctica en base ao contexto no que nos movemos.

E quizais nesta palabra, táctica, encóntrese polo menos parte do elemento central da nosa posición respecto ao 9-N. A diferenza das numerosas organizacións nacionalistas tinguidas de vermello, cuxo programa inclúe de forma explícita a loita pola independencia dunha ou doutra nación, o noso movemento a favor do Si-Si desde o resto do Estado español circunscribíase a esas condicións que acabamos de estabelecer; de non ser así, de non realizar certa xenuflexión fronte as proclamas sempre independentistas de certos sectores da burguesía, estariamos incorrendo nun delito por partida dobre en canto a principios: por un lado, estariamos socavando a sempre necesaria independencia política do proletariado, mentres que, polo outro, estariamos outorgando labores positivas a nosa clase respecto á nación. Como xa mencionamos nalgún outro momento, ao proletariado non lle compete ningunha tarefa de construción nacional, aquelas que Lenin denominaba positivas respecto á nación (isto é, de nacionalización de masas), senón que, xustamente ao contrario, a súa labor consiste en atenuar por todos os medios posíbeis os roces e as desconfianzas nacionais, coa vista sempre posta na articulación internacionalista do seu proxecto político revolucionario. Ao mesmo tempo, e entroncando coa necesidade de evitar as tarefas de orde positiva por parte do proletariado na súa axenda respecto á nación, desde o Movemento pola Reconstitución entendemos que é o Estado español o marco político a través do cal se ten que enmarcar a loita de clases do proletariado na actualidade, e será así mentres non se produza a independencia dunha ou doutra nación. Isto, evidentemente, marca claramente a nosa posición respecto a aquelas organizacións que, facendo o xogo as súas respectivas burguesías nacionais, defenden o encadramento do proletariado seguindo un principio nacional, o cal leva a segregación deste e por tanto a súa perda de independencia política fronte a unha burguesía que é, de feito, internacional. É dicir, e xa a modo de síntese: o noso movemento táctico preservou os nosos principios, e por tanto confirmou a estratexia xeral: incidimos na cuestión nacional para intentar atenuala de maneira concreta, ao mesmo tempo que preservamos a independencia política do proletariado e explicitamos, a través do noso traballo político, a necesidade da reconstitución do Partido Comunista no marco de todo o Estado baixo as circunstancias actuais.

Así pois, poderiamos dicir que a nosa postura respecto ao 9-N podería presentarse como exemplo de aplicación correcta e creativa doutra desas sobadas frases que sempre ten a ben repetir o revisionismo patrio: “firmeza nos principios, flexibilidade na táctica”. Cremos que o modo adecuado de proceder, como vimos, consiste na asimilación do espírito que deu luz as consignas, co obxectivo de poder implementar a táctica adecuada en cada momento. Polo contrario, o que nos ofrece a revisionismo, desde a súa eterna escolástica, é a utilización de toda consigna como subterfuxio desde o que xustificar o seu abandono duns principios e un espírito que xa non quere nin pode aprehender, pois o seu inmediatismo pragmatista impídello por completo: ao pregarse ao espontáneo, o seu actuar non supón máis que unha monótona repetición da conciencia en si, onde o espírito foi morrendo día tras día.

Unha diferenza cualitativa

Mais volvamos ás formas políticas de encarrilar o movemento nacionalista, pois aínda hai asuntos que tratar ao respecto. Tal e como dixemos na véspera do 9-N, a fracción da burguesía catalá a cuxa cabeza marcha o president, non mostraba signo algún de querer implementar o mandato popular e democrático expresado nas urnas, senón máis ben todo o contrario: os movementos entre bambolinas de todos os actores, independentemente de que estes se mostrasen máis ou menos aguerridos ou contestarios fronte ao Estado español, eran evidentes antes da celebración da votación, e non fixeron máis que incrementarse durante todo o período posterior. Tanto é así, tan intensas foron as negociacións inter-burguesas, que até o propio procés deu en repetidas ocasións síntomas de deterse, de frearse en seco.

Unicamente tras a cesión por parte de ERC a sumarse a unha lista unitaria dominada por CDC tanto en números como en candidato a president, a candidatura denominada Junts pel Sí, o procés volveu a coller aire, tras varios meses nos que estivo ben custodiado por Artur Mas e os seus correlixionarios.

Esta fracción do capital catalán, (o cal en conxunto pouco ten de homoxéneo respecto a este asunto: aí están as materializacións partidarias do cómodo encaixe doutras fraccións no crisol da hispanidade: desde os inveterados constitucionalistas de Duran-Espadaler á moderna caspa de Ciutadans), preferiu e prefire, por tanto, intentar regatear ao Estado español antes que materializar ao instante o mandato imperativo que xurdiu da vontade popular; optou por adaptarse ás regras de xogo do Estado español, ou dito doutro modo: preferiu astucias fronte a valentía, mercadeo fronte a democracia. E é que a burguesía teme o que considera o horror vacui: a posibilidade de verse desbordada polas masas.

Non obstante, até a propia burguesía é consciente da diferenza cualitativa que existe entre un referendo e unhas eleccións parlamentarias, por moito que estas teñan o epíteto de plebiscitarias; por esta razón, intenta constantemente ocultar, limar dita diferenza: só desde esta perspectiva se entende a posta en marcha de distintas manobras para outorgar a impresión de que a enésima pantomima parlamentaria conta con un maior carácter participativo. Medidas como o programa tots som candidats (na que hai xa máis de 70.000 candidatos inscritos) ou a inclusión de diversas personalidades públicas alonxadas nun principio do adusto mundo da política, como poden ser Lluís Llach ou Pep Guardiola, mostran que a propia burguesía advirte que necesita dar a imaxe de que se trata dun proceso popular e non un dedicado unicamente ao reparto de cadeiras e aspiracións (e tamén mostra, por outra parte, até que punto o sistema parlamentario ten carácter de clase, até que punto fondo e forma están indisolubelmente unidos: máis alá de que Artur Mas puxése o grito no ceo pola intención de conformar unha lista sen políticos, o que pon de manifesto a mera intención de intentalo é que nin sequera é necesario que os políticos profesionais xestionen a res publica: o sistema proporciona os elementos a través dos cales só é posíbel xestionala a favor do capital).

As diferenzas entre un referendo e unhas eleccións parlamentarias ao uso, por tanto, deberían estar claras: en síntese, nun referendo pode abrirse a posibilidade de que as masas se impliquen de maneira directa nos asuntos públicos e, ao mesmo tempo, de desbordar a orde xurídica estabelecida e os innumerábeis arranxos burgueses sobre os que se sostén a vida política diaria, sempre e cando se dean circunstancias como as provocadas pola cerrazón do goberno español, que situou fora da legalidade a expresión democrática do pobo catalán. A diferenza disto, unhas eleccións parlamentarias supoñen irremediabelmente o encarrilamento e adormecemento das masas, a volta ao campo mediatizado pola burguesía de xeito permanente, onde predominan os pactos coa nación opresora e os arranxos en pos de conquistar unha ou outra parcela de poder.

Así as cousas, e cunha nova festa da democracia á volta da esquina, o proletariado catalán non ten nada que gañar coas próximas eleccións do 27 de setembro, nin sequera no ámbito da liberación nacional. A diferenza dun referendo directo a través do que poder corporizar a vontade popular, a mediación parlamentaria que se aveciña só pode outorgar ás masas o triste papel de último asinante do enésimo mercadeo político no Parlament. A misión histórica do proletariado, porén, é realizar a revolución a escala mundial, e non a de ser un simple e gris representante dos seus viles explotadores, sexa nunha ou noutra nación. Por ese motivo, e porque a nosa misión vai moito máis alá de elixir unha ou outra papeleta gris coa que seguir sancionando o desprezábel réxime de explotación do capital, a única resposta coherente fronte a enésima farsa electoral da burguesía é o boicot.

Ante a farsa electoral, boicot!

Nin un voto obreiro nas urnas!

Pola reconstitución ideolóxica e política do comunismo!

Guerra Popular até o Comunismo!

Balanç i Revolució
Cèl·lula Roja
Juventud Comunista de Almería/Juventud Comunista de Zamora
Movimiento Anti-Imperialista
Nueva Dirección Revolucionaria
Nueva Praxis
Revolución o Barbarie

Setembro do 2015

Estado español

Ante el ciclo electoral de 2015: ¡Boicot!

“Sólo los canallas o los bobos pueden creer que el proletariado debe primero conquistar la mayoría en las votaciones realizadas bajo el yugo de la burguesía, bajo el yugo de la esclavitud asalariada, y que sólo después debe conquistar el poder. Esto es el colmo de la estulticia o de la hipocresía, esto es sustituir la lucha de clases y la revolución por votaciones bajo el viejo régimen, bajo el viejo poder”

V.I. LENIN

El presente curso ha sido señalado por los representantes de la burguesía como el año del cambio, pues en él coinciden elecciones municipales, autonómicas y generales. Todos los partidos toman posiciones, ya que nadie quiere perder su papel en esta perversa farsa tantas veces representada y en donde siempre pierde el proletariado. No tanto porque nuestra clase se juegue algo durante esas jornadas en que se escenifica la fiesta de la dictadura parlamentaria, sino porque el mero desarrollo de las mismas no es más que un medio para que las variadas estratificaciones del capital colaboren entre sí en la ardua tarea de acumular fuerzas para la reacción, encuadrando a las masas en su órgano político predilecto, el Estado burgués y su pléyade de organismos de representación: desde el ayuntamiento, venerado por los feligreses sin aspiraciones de la pequeña burguesía, al parlamento central, a donde tradicionalmente han peregrinado, sin mucha suerte hasta ahora, los que saben que para mendigar limosnas han de tratar con el capital de alta alcurnia.

La caducidad histórica de las instituciones burguesas se demuestra en que desde éstas sólo es posible desarrollar una política que va en contra de la mayoría de la sociedad. El reformismo es reaccionario, pues reproduce la base socioeconómica del capitalismo. Los más piadosos deseos del sindicalista, las éticas proposiciones del pequeño propietario, se traducen siempre en más explotación y miseria para el proletariado, así como para las masas de los pueblos oprimidos.

 Pero tal agotamiento de los instrumentos que la burguesía sostiene para representar su mundo, no sólo se inscribe para la clase obrera en términos negativos. La experiencia acumulada durante todo un periodo de la Revolución Proletaria Mundial (RPM), el Ciclo de Octubre, nos enseña que la clase proletaria, lejos de tener que tomar los instrumentos de dominación de la burguesía, a través del concurso pacífico en las elecciones o violento mediante una insurrección formal, ha de romper violentamente la máquina estatal de la burguesía a través de sus propios medios de lucha: el Partido Comunista representa la organización del proletariado como clase revolucionaria y comporta la existencia de todo un sistema único de organismos de todo tipo, que la vanguardia en fusión con las masas constituye para enfrentarse a la dominación de clase de la burguesía. Este enfrentamiento ha de encauzarse a través de la organización del proletariado revolucionario como clase dominante, siendo así que la tarea del Partido Comunista, una vez está reconstituido, es la de construir los órganos de Nuevo Poder, la dictadura del proletariado, organizando masas a través de la estrategia de Guerra Popular, es decir, mediante la línea militar proletaria como concreción de la línea de masas en ese estadio de desarrollo del proceso revolucionario.

Los medios parlamentarios, sin embargo, no permiten a la vanguardia elevar la conciencia política de las masas de la clase para que comprendan la necesidad inmediata de la revolución socialista, pues tan sólo permiten reproducir el régimen de dominación existente. Esos medios, como recurso táctico de la revolución, se circunscriben al período de acumulación de fuerzas pacífico, o político, en contraposición a la fase militar de la revolución. Más en concreto, sólo pueden servir en la fase inmediatamente anterior a la existencia del Partido Comunista, cuando se trata de que el movimiento de vanguardia comunista se vincule políticamente a la vanguardia práctica de la clase obrera. Es sólo en este período, en función de múltiples contingencias a tener en cuenta en cada momento, cuando la vanguardia marxista-leninista podrá utilizar las viejas instituciones como tribuna y siempre en función de las necesidades concretas del proceso de reconstitución del comunismo.

En la actualidad, en el Estado español multitud de organizaciones que dicen defender los intereses de la mayoría, se afanan por mostrar la validez de las instituciones burguesas como medio central para el desarrollo del movimiento obrero o popular, pues por más vueltas que le den, la estructura parlamentaria siempre aparece como centro desde el que han de aplicarse las demandas de los movimientos de resistencia que ellos dirigen o pretenden dirigir.

Un lugar privilegiado entre quienes defienden la estrategia parlamentaria lo ocupa hoy Podemos. Esta organización se ha destacado como socialdemocracia rediviva durante el último año, desde su sorprendente resultado en las pasadas elecciones europeas. Por los intereses de clase que representa y por la procedencia de sus cuadros políticos, Podemos es fiel reflejo del partido obrero liberal legado por el Ciclo de Octubre, cuya definición pasaría por una contraposición formal a los efectos del capitalismo tardío (proletarización de capas medias, pauperización de las masas, internacionalización de las relaciones capitalistas…), combinada con una defensa a ultranza del Estado Benefactor (cuyos pilares son la sobreexplotación de las masas proletarias y la opresión de otros pueblos). Aunque todo esto cristaliza en Podemos sin el peso social y cultural de ser una organización oportunista nacida al calor de ese ciclo: para defender la reforma del capital, Podemos se agarra a la democracia en general, sin necesidad de referirse complementariamente a Enver Hoxha, a Pyongyang o a la URSS del señor Breznev, como hacen los diversos gremios de la ortodoxia revisionista. De hecho, Podemos ni siquiera pretende hacer suyo el bagaje político y cultural del movimiento obrero, como ha mostrado este último Primero de mayo, suponiendo este deslinde con la tradición obrera la verdadera diferencia entre la nueva socialdemocracia y la vieja socialdemocracia “comunista”, y que hace permisible introducir en el discurso revolucionario esa distinción de matiz entre el oportunismo a lo Podemos y el revisionismo que aún hegemoniza el movimiento comunista existente.

En lo concreto, Podemos se presentó en sociedad para disputar la hegemonía, en nombre del pueblo, a las élites económicas, con el objeto de reimpulsar dentro del sistema democrático-burgués el papel de las llamadas clases medias (aristocracia obrera y pequeña burguesía). Tras un año de pre-campaña electoral, la propuesta de Iglesias y cía. se ha desfondado, mostrando que la reforma desde abajo, si no se presenta como alternativa reaccionaria a un verdadero movimiento revolucionario, como ocurriera durante el Ciclo de Octubre, no tiene recorrido. Y eso que, al contrario que su organización hermana Syriza, Podemos aún no ha gestionado el viejo poder. Lo cómico es que los Iglesias y cía. se han mostrado oportunistas incluso con sus principios burgueses, pues lo que están traicionando con sus patéticas peticiones en las “negociaciones” con la lideresa socialista en Andalucía, es la gradación de las reformas del régimen del 78, es esa fatua lucha contra la corrupción que se ha convertido en leitmotiv de esta nueva vieja socialdemocracia. Del republicanismo tradicional han transitado hacia aquella conservadora concepción de la política que tiene por centro la accidentabilidad de las formas de gobierno. Del ramplón internacionalismo pequeño burgués valedor de la Venezuela bolivariana, han pasado a la primera línea de defensa de la unión monetaria europea, el infranqueable muro defensivo de la Troika. En suma, nuestros nuevos oportunistas, los que hace un año se dieron un bautismo de masas en que se autoproclamaron como ingenieros de la nueva política, son los primeros que acuden a comulgar cuando el capital monopolista dispensa sus ruedas de molino.

Pero lo más importante en relación a los límites del parlamentarismo como política proletaria, es que incluso hoy Podemos plantea su concurso electoral como una combinación entre movimientos sociales e instituciones, poniendo siempre en valor que el parlamento no es el eje central de su acción política, sino sólo un paso más hacia la realización de sus lineamientos programáticos. Más allá de lo absurdo que resulta plantear esto por quienes han utilizado su capacidad de movilización social para servir de válvula de escape a la crisis de las instituciones maquillando a éstas (sólo así puede percibirse la participación en las elecciones al ¡parlamento europeo! ¡la institución más despreciada por las masas!), lo que este discurso demuestra es: en primer lugar que Podemos y lo que representa son un eco de esa concepción política que acabó dominando a los partidos proletarios durante el Ciclo de Octubre, tomados por el inmediatismo político al carecer de una estrategia revolucionaria. Y segundo, que aquella concepción empirista y economicista que se somete al devenir de la democracia burguesa, con los ritmos que el parlamentarismo le impone, lejos de ser la plasmación de la flexibilidad táctica que ha de nutrir el desarrollo de la táctica-plan de la vanguardia revolucionaria, no es más que la muestra del cerril dogmatismo y la estrechez de miras de quienes no conciben más mundo posible que el que el mercado capitalista en su incesante reproducción pone ante sus narices.

La ligazón entre este oportunismo y el revisionismo queda clara en los paralelismos presentes en su quehacer político. Ahí tenemos al Partido Comunista de los Pueblos de España (PCPE), como si tres décadas después de “práctica de masas” con nulos resultados, le hubiesen llevado a despertar, una vez más, en 1984. Análisis tras análisis, nuestros revisionistas han llegado invariablemente a la misma conclusión, con independencia del estado concreto de la lucha de clases: siempre que la burguesía convoca elecciones, allí está el PCPE para presentar un “programa mínimo”, concienzudamente preparado para combatir el “izquierdismo” de las masas y presto a ser realizado de urgencia dentro de los márgenes del Estado burgués. Pero qué mejor ejemplo de esa interpenetración entre los postulados de las diversas facciones de la aristocracia obrera radicalizada que la dramática posición del Partido del Trabajo Democrático, atravesado por sus dos eternas pasiones: la de la ortodoxia revisionista que sigue acogiendo en su seno, y la del bravo oportunismo consecuente que se abre camino, como señala el mismo nombre de la organización, como mostró su petición de voto a Podemos en las pasadas europeas y como evidencia su vocación a conquistar las concejalías obreras para desde las instituciones burguesas crear… ¡conciencia sindical!, que al parecer es la nueva tarea de los “comunistas”. ¡El imperialismo los cría y ellos se juntan!

La firmeza de oportunistas y revisionistas para defender dogmáticamente su estrategia parlamentaria contrasta con su eclecticismo generalizado ante el referéndum del 9 de Noviembre en Cataluña. Podemos, exponiendo los límites del nuevo reformismo, nadó en la charca de la ambivalencia respecto al derecho democrático a la autodeterminación, sin ocultar su actitud chovinista-españolista. Y el resto de socialdemócratas “comunistas” reptaron entre la ambigüedad y la férrea defensa del statu quo, el que garantiza el sometimiento nacional de Cataluña. El revisionismo, instalado en la quietud y el obrerismo más estrecho, fue además incapaz de comprender la significación del referéndum y sus diferencias con una convocatoria convencional: el 9-N tenía un carácter imperativo, en el que el pueblo catalán podía expresar sin mediaciones su posición ante la relación entre Cataluña y el Estado español. El 9-N podía, pues, servir para dar solución a la opresión nacional que sufre Cataluña. Además, aquel referéndum significó una brillante ocasión para la educación en el internacionalismo proletario de nuestra clase. Elementos todos estos que permitían la incursión de la vanguardia marxista-leninista en la gran política, sin menoscabo del mantenimiento de la independencia política de nuestra clase, en cuyo horizonte más cercano sigue estando la resolución de los problemas ligados a la reconstitución ideológica y política del comunismo.

Pero frente a la estulticia de los representantes de la aristocracia obrera, las posiciones del proletariado revolucionario empiezan a avanzar. Aunque la Línea de Reconstitución (LR) sigue siendo a día de hoy una corriente ideológica en el seno de la vanguardia de la clase proletaria, lo que exige priorizar la reconstitución ideológica del comunismo, el avance del marxismo-leninismo entre los sectores más avezados de la clase obrera es una realidad. Derivada de esta situación, la LR tiene hoy entre sus principales tareas la de articularse como movimiento político de vanguardia, construyendo un referente de la vanguardia marxista-leninista que pueda acometer el Plan de Reconstitución a través del Balance del Ciclo revolucionario y del desarrollo de la lucha de dos líneas. Medios que garantizan esa construcción del movimiento proletario revolucionario sobre bases independientes y ajenas a los parámetros que la inercia del capital impone al oportunismo en sus diversas formas, desde las más neonatas hasta las que siguen parapetándose en los hábitos liquidadores del pasado siglo.

Por ello, ante las sucesivas convocatorias electorales que la clase obrera va a padecer a lo largo de este año, en donde el único cambio posible se sitúa sobre el nombre de quiénes van a gestionar la dictadura del capital durante los próximos años, la consigna a defender desde el comunismo revolucionario es la del boicot: ¡Porque las elecciones no sirven para defender los intereses de las masas proletarias! ¡Porque las elecciones no sirven a la vanguardia revolucionaria para reconstituir comunismo!

 

¡Por la reconstitución ideológica y política del comunismo!

¡Guerra popular hasta el comunismo!

¡Ante la farsa electoral, boicot!

¡Ni un voto obrero en las urnas!

 

 

Balanç i Revolució

Cèl·lula Roja

Juventud Comunista de Almería

Juventud Comunista de Zamora

Movimiento Anti-Imperialista

Nueva Dirección Revolucionaria

Nueva Praxis

Revolución o Barbarie

Mayo de 2015

Estado español

El Partido Comunista Portugués y el oportunismo: una crítica necesaria en el movimiento comunista internacional

El trabajo que os presentamos a continuación no pretende ser un análisis que agote o apure por completo el estudio crítico-­revolucionario de una organización importante del campo del oportunismo internacional como es el Partido Comunista Portugués. En un sentido general y enmarcado en la lucha de dos líneas en el seno del movimiento comunista internacional, este breve documento tiene como objetivo seguir profundizando en el esclarecimiento ideológico mediante el desmenuzamiento de las premisas y las prácticas defendidas por el revisionismo, que hoy sigue siendo hegemónico entre la vanguardia, pese a los notables —pero modestos aún— avances cuantitativos y cualitativos de la Línea de Reconstitución en el Estado español.

No obstante, debido a las particularidades del PCP (que seguidamente pasaremos a detallar), consideramos de enorme interés demostrar, más allá de la aureola que rodea a esta organización entre muchas organizaciones revisionistas, el profundo sedimento oportunista de la organización portuguesa. Para exponer con mayor eficacia y claridad nuestra crítica a las tesis y prácticas revisionistas y oportunistas del Partido Comunista Portugués, hemos decidido dividir el trabajo en diversos puntos relacionados con el Balance del Ciclo de Octubre, el espontaneísmo, el electoralismo y la concepción que tiene el Partido Comunista Portugués de la dictadura del proletariado y del proceso de construcción del movimiento revolucionario organizado.

Enlace para lectura y descarga del documento completo “El Partido Comunista Portugués y el oportunismo: una crítica necesaria en el movimiento comunista internacional”

Para un balance del maoísmo en el Estado español

1

Seguidamente os presentamos un documento que consideramos de gran relevancia para profundizar en el Balance del Ciclo del Octubre y, en concreto, en el estudio del maoísmo a nivel internacional y en el marco del Estado español. La experiencia revolucionaria china y las aportaciones de Mao Tse-tung —que podemos resumir en la teoría y la práctica de la Guerra Popular Prolongada, en la concepción revolucionaria sobre la continuación de la lucha de clases ininterrumpida hasta la construcción de la fase superior del comunismo, que toma cuerpo en la categoría de la Revolución Cultural, y en la noción de la lucha entre dos líneas como expresión de la contienda revolucionaria entre el proletariado y la burguesía en el seno del Partido Comunista y del Estado-comuna— llevaron a las cotas más altas el paradigma revolucionario de Octubre con la eclosión de la Gran Revolución Cultural Proletaria. No obstante, pese a los focos que el maoísmo hoy mantiene en India o Filipinas, este tampoco ha sido capaz en última instancia de superar las limitaciones y los errores de dicho paradigma.

En esta breve presentación solo deseamos dejar claras algunas cuestiones que nos parecen de sumo interés. En primer lugar, hemos de reseñar que el movimiento maoísta o con simpatías hacia el maoísmo fue entre finales de los años 60 y principios de los años 70 un movimiento de considerable importancia ideológica y política en el seno del autodenominado movimiento comunista del Estado español. A nivel electoral, por ejemplo, las principales organizaciones adscritas al maoísmo del Estado español (PTE, ORT, MC, y OCE-BR) llegaron a obtener más de 450 000 votos. Sin duda, dentro del movimiento comunista del Estado español, el maoísmo se convirtió, después del oportunista PCE, en el movimiento que mayores desafíos generó al Estado español, como lo muestran las 16 sentencias dictadas por el Tribunal de Orden Público (TOP) contra las organizaciones con mayor o menor influencia del maoísmo desde 1972: 14 contra el PCE (m-l)-FRAP, 1 contra el PCE (i) (denominado PTE a partir de 1975) y 1 más contra el Partido Comunista Proletario (PCP), siendo esta última la de mayor pena.

Aunque el Estado franquista no fue el único que hizo uso de una brutal represión y de la guerra sucia contra la vanguardia proletaria (la gran democracia burguesa francesa —a la que nunca le han dolido prendas para mostrar que, como toda democracia burguesa, es una dictadura encubierta del capital contra el proletariado— proscribió en esa época histórica tanto al Parti Communiste Marxiste-Léniniste de France como a la Union de Jeunesses Communistes y la Gauche Prolétarienne), es innegable que este fue indudablemente más reaccionario que otros Estados capitalistas europeos, más aún, aunque pueda sorprender a quienes desconozcan la historia reciente de España, durante la transición a la democracia burguesa, momento en que se aprobó el decreto-ley de 26 de agosto de 1975 que permitía un periodo de detención de hasta 10 días, además de registros domiciliarios sin autorización judicial. En total, el TOP (recordemos que los delitos de terrorismo fueron competencia exclusiva de los Consejos de Guerra hasta 1971) llegó a dictar 3894 sentencias desde el 23 de marzo de 1964 hasta el 20 de diciembre de 1976, siendo, tras el PCE, las más afectadas las organizaciones maoístas del Estado español (sobre todo el PCE (m-l) y su brazo armado, y, en menor medida, el PCE (i)). Pese a todos los errores y limitaciones de estas organizaciones que referiremos en esta introducción al documento que os ofrecemos, lo cierto es que el maoísmo en España se convirtió en un auténtico problema de Estado a principios de los años 70. Y es que el aparato represivo español ya tenía constancia, a mediados de los años 60, incluso de la pugna sino-soviética y de las primeras iniciativas “prochinas” en España, detectando los primeros brotes maoístas en 1964, cuando se incautó de ejemplares de la revista La Chispa en la Universidad madrileña y en algunos barrios obreros de la capital española.

Haciendo un repaso breve de la línea y el programa de las organizaciones de vanguardia más destacadas en este sector del movimiento comunista del Estado español, la primera organización que más destacó fue el PCE (m-l), que, además de disponer de su propio brazo armado (el FRAP), levantó toda una estructura con organismos como la Juventud Comunista de España (marxista-leninista) (JCE (m-l), la Federación Universitaria Democrática Española (FUDE), la  Federación de Estudiantes de Enseñanza Media (FEDEM), la Unión Popular del Campo (UPC), la Unión Popular de Mujeres (UPM) o la Unión Popular de Artistas (UPA). Sus órganos de prensa fueron Vanguardia Obrera (con una tirada de 5000 ejemplares por número) y Revolución española. La estrategia del PCE (m-l) no difirió en esencia de la del resto de organizaciones más o menos influenciadas por el maoísmo en el Estado español, teniendo como base el insurreccionalismo y el economicismo (a pesar de que nominalmente hablasen de Guerra Popular). Según la errónea concepción del PCE (m-l) sobre la revolución, esta debía materializarse en una República Popular y Federativa (programa que expresaba una línea abiertamente derechista), en cuya articulación debían participar tanto la pequeña burguesía como algunos estratos de la burguesía media. El sumum de la revolución llegaría con la “huelga general revolucionaria”, que permitiría, con la acción del “Partido” y su brazo armado —el cual llegaría a sufrir una escisión por su flanco izquierdo con Acción Revolucionaria Unida (ARU), que tampoco fue capaz de superar el paradigma espontaneísta del terrorismo pequeñoburgués—, la toma de las armas y la sublevación popular. Todas las organizaciones armadas surgidas en los 60 y 70, más o menos influenciadas por el maoísmo, al partir de una visión economicista y espontaneísta del marxismo fueron incapaces de superar una actividad armada sin vinculación con las masas proletarias. En definitiva, como ya hemos comentado en otras ocasiones, el economicismo (electoralista o no) y el terrorismo pequeñoburgués fueron y son las dos caras de la misma moneda revisionista.

El PCE (i) (PTE desde 1975), por su parte, fue otro de los destacamentos de vanguardia más importantes del arco maoísta en el Estado español. Esta organización, que rechazó el terrorismo individual y que se extendió sobre todo por Andalucía, Aragón, Galicia y Madrid, se gestó a partir de una escisión del PSUC en 1967 y derivó en una línea profundamente derechista, llegando a integrarse en Assemblea en noviembre de 1972 (un conglomerado que en Cataluña agrupó al PSOE, a UDC y al PCE (i)), gracias a la hegemonía lograda por el ala más derechista del destacamento (posteriormente, el PCE (i) no llegó a descartar siquiera concertar alianzas temporales con sectores “moderados” y “aperturistas” del régimen franquista). A pesar de que el PCE (i) defendió nominalmente que la revolución pendiente en el Estado español solo podía ser la proletaria, la socialista, en el fondo su esquema era tan derechista como el del PCE (m-l), dado que también suscribió la idea de que la pequeña burguesía y una parte de la mediana burguesía debían participar en la revolución. Asimismo, la defensa entusiasta de la aristocracia obrera por parte del PCE (i) fue clarísima, dándole a CCOO un papel preponderante en su concepción de la revolución. Como colofón a su carrera marcadamente oportunista, el PTE llegó a concurrir con el Frente Democrático de Izquierdas a nivel estatal, y en Cataluña con ERC. Por último, llegó a pedir el “Sí” en el referéndum constitucional, lo cual por sí solo es un buen botón de muestra del carácter ultraderechista que llegó a tener este destacamento en el seno del movimiento comunista del Estado español. Tras fusionarse con la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT) (destacamento proveniente del mundo cristiano de base, de la HOAC y la JOC, así como de la AST, del País Vasco, que, además de aceptar tácitamente la monarquía parlamentaria y de participar en la Plataforma de Convergencia Democrática, defendió la consigna derechista de democracia popular para el Estado español), muchos de sus militantes harían bueno aquel dicho que reza “Para este viaje no hacían falta estas alforjas”, pues terminarían en el PSOE y en el PSC.

Otras organizaciones destacadas fueron el Movimiento Comunista de España (Movimiento Comunista, desde 1976), que llegaría a participar en la Plataforma de Convergencia Democrática junto a la ORT y que se presentaría a las elecciones generales de 1979 en coalición con la trotsquista Liga Comunista Revolucionaria (LCR); la OMLE, creada en 1968 y transformada en el PCE(r) en junio de 1975, destacamento que, como demostramos en las páginas 18-20 de nuestro documento El revisionismo y la revolución espontánea, fue igualmente incapaz de superar su estrecha visión espontaneísta de la revolución proletaria; la Organización Comunista de España-Bandera Roja (OCE-BR), surgida también de una escisión del PSUC, formada casi en su totalidad por elementos pertenecientes a la pequeña burguesía y a la aristocracia obrera; el Partido Comunista Proletario (PCP), posiblemente el destacamento de vanguardia más influenciado por el maoísmo y por el tsunami revolucionario generado por la Gran Revolución Cultural Proletaria en China, pero incapacitado asimismo para constituir un movimiento de masas revolucionario; o la Organización de Izquierda Comunista de España (OICE), grupo a caballo entre el comunismo “de izquierda” y el maoísmo, que llegó a jugar un papel relativamente destacado en Andalucía, formando coalición electoral con el MC en 1979, aherrojada también por la cosmovisión revisionista, hegemónica igualmente en esa época.

En suma, al igual que el conjunto de destacamentos que conformaron y conforman el movimiento comunista internacional, el maoísmo en el Estado español fue incapaz de diseñar, articular y desarrollar una estrategia revolucionaria, dado que concibió —y concibe a día de hoy, a excepción de su ala izquierda— la revolución proletaria desde un enfoque determinista, espontaneísta y economicista, sin comprender que las condiciones subjetivo-conscientes para desarrollar la revolución proletaria deben ser preparadas a través de una táctica-plan dirigida a constituir los instrumentos revolucionarios (Partido, Ejército, Frente/Nuevo Poder). Esta concepción provocó que las organizaciones maoístas en el Estado español, y aquellas con más o menos influencias del maoísmo, no lograran superar sus concepciones de raigambre revisionista, que cristalizaron tanto en su política de masas tradeunionista o abiertamente reformista y capitulacionista como en el terrorismo individual o pequeñoburgués, siendo incapaces de constituir un Partido de Nuevo Tipo y sus correspondientes órganos generados de lucha revolucionaria de masas, y ello pese a su enorme heroicidad a la hora de enfrentarse con un Estado como el español de los años 60 y 70 (de hecho, fueron numerosos los camaradas torturados y caídos en combate por la acción represiva del Estado burgués español).

Si bien la tarea del balance completo del maoísmo aún está pendiente entre quienes formamos parte del Movimiento por la Reconstitución del comunismo, no queremos dejar pasar esta oportunidad para recomendar, además del estudio atento de este libro, el documento de los camaradas del MAI Consideraciones sobre el maoísmo, que consideramos un muy buen punto de partida para esta tarea ineludible de cara a la conformación de un polo de vanguardia marxista-leninista que esté en condiciones de completar con éxito el plan de reconstitución ideológica y política del comunismo.

Enlace para descargar el documento. 

Revolución o Barbarie

Enero de 2015

El marxismo-leninismo y la dictadura del proletariado

1Enlace para descargar el texto.

Este breve documento ha sido preparado por nuestro colectivo para contribuir, en la medida de nuestras posibilidades, al esclarecimiento ideológico en el seno de la vanguardia teórica de nuestra clase. Esta lucha ideológica entre la línea proletaria y la línea burguesa se produce en un contexto de crecimiento cualitativo y cuantitativo de la Línea de Reconstitución en el Estado español. Como todos los textos que elaboramos desde Revolución o Barbarie, el artículo El marxismo-leninismo y la dictadura del proletariado está directamente vinculado con las necesidades y las problemáticas del movimiento por la reconstitución ideológica y política del comunismo. En este caso, de una forma sencilla y concisa nos dedicamos a analizar la cuestión de la dictadura del proletariado, del socialismo, desde el punto de vista del marxismo-leninismo; una cuestión que ha sido tradicionalmente distorsionada por el oportunismo y que, además, consideramos que aún no ha sido comprendida en toda su profundidad dialéctica por la mayoría de la vanguardia.

Hemos organizado los contenidos de este documento en cuatro epígrafes. El primero de ellos se centra en el análisis dialéctico de la dictadura del proletariado, del socialismo, paralelamente a la crítica revolucionaria de los postulados del revisionismo sobre la necesidad y la naturaleza histórica y política de la dictadura proletaria, indagando también de forma introductoria en la concepción espontaneísta, evolucionista y mecanicista del marxismo revisionista en torno a la lucha por el comunismo. En segundo lugar, estudiamos desde la perspectiva de Marx, Engels y Lenin la naturaleza de la dictadura del proletariado, introduciendo algunos elementos críticos en base al Balance del Ciclo de Octubre (1) y a la lucha entre dos líneas en pos de la superación de las limitaciones teóricas, en relación con el socialismo, de las grandes figuras ideológicas del proletariado revolucionario. El tercer epígrafe, por su parte, focaliza la atención sobre los errores y limitaciones de índole ideológica por parte de la dirección soviética (y concretamente de Stalin), en torno a la construcción del socialismo, demostrando en dicho epígrafe cómo la dirección bolchevique fue incapaz de superar los elementos evolucionistas y mecanicistas, heredados del kautskismo de la II Internacional (con los cuales jamás rompió de forma completa el movimiento comunista internacional); elementos presentes en su visión sobre las clases sociales en el periodo de transición entre el capitalismo y el comunismo. Para finalizar, sintetizamos todo lo planteado en los tres epígrafes y conectamos las enseñanzas fundamentales sobre la cuestión de la dictadura del proletariado, del Nuevo Poder, con el proyecto de reconstitución del Partido Comunista del Estado español y del movimiento comunista internacional.

Dictadura del proletariado, ¿por qué?

Mientras exista una base clasista, la dictadura del proletariado será indispensable para profundizar las tendencias revolucionarias del proletariado, la lucha por implantar el comunismo a escala planetaria. Pero, al contrario de lo que defiende el revisionismo, la noción de la dictadura proletaria va mucho más allá del episodio de la “toma del poder” (que es a lo que el oportunismo reduce, a tenor de su visión espontaneísta-insurreccionalista, el proceso revolucionario). Es inseparable de la cuestión de la construcción, detentación, extensión y profundización del Nuevo Poder, uno de los tres instrumentos revolucionarios junto con el Partido Comunista y el Ejército Rojo.

Si, siguiendo a Lenin, la dictadura es el poder absoluto, por encima de toda ley, de la burguesía o bien del proletariado (2), el Nuevo Poder, el poder revolucionario de las masas proletarias guiadas por su Partido, es un poder absoluto de nuevo tipo que pretende la confrontación con el poder de la burguesía hasta la liquidación revolucionaria de esta clase, hecho que en realidad se prolonga hasta la fase superior del comunismo.

Hay una cuestión muy relacionada con el poder, que es el derecho. Pues bien, hemos de precisar que este no es nunca el fundamento de un determinado poder históricamente constituido, sino que tal fundamento es la correlación de fuerzas entre clases. Lo único que hacen el derecho y las leyes es sancionar las relaciones —fundamentalmente violentas— entre las clases. Por un lado, ningún dominio clasista puede ser mantenido sin la institucionalización de la represión contra la/s clase/s enemiga/s. Por otro lado, ninguna clase dominante puede mantener su dominación solo sobre dicha represión.

Sobre el Estado imperialista, hay que advertir que no es solamente el producto del antagonismo de clases (que también); es, además y sobre todo, la máxima expresión orgánica de los intereses de la burguesía, el conjunto de aparatos organizados permanentemente para tratar de conjurar por todos los medios el peligro de la Revolución proletaria (3). Un elemento más avanzado del Estado burgués en relación con los Estados feudal o esclavista tiene que ver con el hecho de que el primero integra y fusiona mucho mejor y de forma más plena las funciones de organización de la clase dominante y del conjunto de las clases sociales que el resto de formas estatales.

Por otra parte, el movimiento comunista, a la hora de encarar el problema de la dictadura, no puede atenerse a la diferenciación abstracta de las “mayorías” y las “minorías”, pues, como estableció Lenin, ese esquematismo es propio de liberales y demócratas burgueses. Como siempre, el criterio debe ser el de distinguir entre clases con intereses enfrentados, con antagonismos —valga la redundancia— irreconciliables.

Para comprender bien la problemática de la dictadura del proletariado, del socialismo o del Nuevo Poder, y su relación con el mecanicismo y el espontaneísmo del marxismo revisionista, lo primero que cabe recordar es que el comunismo revolucionario debe estar siempre claramente en contra de todo planteamiento evolucionista y en favor de la dialéctica revolucionaria, elemento este último antagónico a la visión tradeunionista del marxismo. Dicho lo cual, tengamos en cuenta que la caricaturización mecanicista del marxismo en la cuestión que tratamos se manifiesta, básicamente, en la separación rígida y antidialéctica del Estado y de las relaciones de producción; es decir, en la dependencia mecanicista de lo político-ideológico con respecto a la infraestructura económica. En el fondo, esto implica supeditar el comunismo a las categorías abstractas de la política burguesa, la teoría revolucionaria a la cosmovisión capitalista.

Marx, Engels, Lenin y la significación histórica de la dictadura del proletariado

“El problema de la dictadura del proletariado es el fundamental del movimiento obrero contemporáneo… Sin preparar la dictadura, no es posible ser revolucionario en la práctica” (Lenin, Contribución a la historia del problema de la dictadura [1920]).

Marx (4), al descubrir la necesidad histórica de la dictadura del proletariado, no se refirió al socialismo como etapa o fase entendida de manera mecánica, sino al proceso cuyo sendero termina, desde el seno mismo de la lucha de clases durante el periodo de transición, en el comunismo, en la sociedad sin clases, sin opresión de unos seres sobre otros.

Para Lenin, son tres las proposiciones más importantes sobre el poder político.

En primer lugar, la idea del poder estatal, que es siempre el poder político de una clase social dominante (5), de modo que la democracia es inseparable de la dictadura, y viceversa: la democracia burguesa es una dictadura de clase contra el proletariado, así como la democracia proletaria es una dictadura de clase contra la burguesía (6).

En segundo lugar, la tesis del aparato estatal: el poder político de la clase dominante no puede ser históricamente tal sin disponer de una serie de aparatos estatales: represivos (ejército, policía, burocracia permanente, subaparato judicial, etc.), ideológicos (sistema de enseñanza, medios de comunicación de masas, subaparato religioso o sindical) y económicos (organismos que se encargan de planificar y gestionar la política económica capitalista). Lógicamente, no hay que establecer una diferenciación rígida entre estas tres clases de aparatos, pues hay una intersección (es decir, hay un conjunto de elementos que son comunes a varios conjuntos) de factores entre los tres aparatos; o, dicho de otra forma, en el aparato represivo se manifiestan indudablemente elementos del ideológico y el económico; en el ideológico se manifiestan elementos del represivo y el ideológico, etc., etc.

Este punto de los aparatos estatales es de vital importancia comprenderlo, tanto para estudiar la compleja naturaleza del Estado capitalista de la fase imperialista como para derrocarlo y sustituirlo por el Estado-comuna. Nunca hemos de cansarnos de repetir una gran verdad histórica: la Revolución socialista es irrealizable sin la destrucción del aparato estatal burgués. No hay “varias teorías” o “vías” para construir la dictadura proletaria, sino solamente la concepción revolucionaria, marxista-leninista.

Llegados a este punto, entendemos que es necesario realizar una crítica a lo que consideramos como limitaciones de las tesis de Lenin con respecto al análisis del Estado y sus aparatos. Creemos que en el conjunto de la obra del revolucionario ruso, muy especialmente en el gran opúsculo El Estado y la revolución, se infravalora la importancia del aparato ideológico como dispositivo de dominación de la burguesía. Es innegable que, en última instancia, el Estado burgués es un grupo de personas armadas para el sostenimiento del capitalismo, pero sobredimensionar este elemento, obviando la relevancia del aparato ideológico como conformador y difusor de ideas dominantes que tienden a perpetuar el modo de producción burgués hasta que el movimiento proletario revolucionario le ponga fin, es un error del que creemos que el movimiento comunista en general, y Lenin en particular, no se ha librado ni se libra en la actualidad.

En tercer y último lugar, Lenin rescató la tesis marxiana, presente con nitidez en la Crítica al programa de Gotha de Marx, según la cual el socialismo no es otra cosa que la dictadura del proletariado. Por tanto, la dictadura proletaria no es una forma de transición o vía de paso al socialismo, sino que es el propio socialismo que pugna por profundizarse y llevar a la sociedad humana mundial al comunismo. En consecuencia, solamente hay un objetivo final: el comunismo. Existe dictadura del proletariado solo cuando se construye el socialismo desde el punto de vista del comunismo; o, lo que es lo mismo, la realización efectiva de la dictadura proletaria solo es posible desde el punto de vista del comunismo, desde la práctica tendente a conformar la sociedad sin clases (7).

Para Marx, Engels y Lenin la cuestión esencial era: ¿qué clase detenta el poder? Esta es la pregunta determinante sobre la cual debe girar siempre toda la estrategia del proletariado revolucionario, incluso cuando, ya constituido el Partido Comunista y con la indispensable independencia ideológico-política, sea necesario trabar alianzas con capas o clases no proletarias.

Es falso que lo fundamental de la teoría marxista tenga que ver con la lucha de clases, puesto que, como argumentó Lenin, marxista “solo es el que hace extensivo el reconocimiento de la lucha de clases al reconocimiento de la dictadura del proletariado”. Para el dirigente bolchevique, la esencia oportunista reside en la cuestión del aparato de Estado (8), en la interpretación de la “‘conquista’ [del poder] como una simple adquisición de la mayoría”. Por tanto, contrariamente a lo que se cree entre gran parte del movimiento autodenominado comunista, el revisionismo no se traduce en el hecho de ignorar o repudiar la conquista del poder estatal, sino en la carencia de la estrategia revolucionaria para la construcción del poder proletario, de los tres instrumentos revolucionarios (Partido, Ejército y Frente/Nuevo Poder). El oportunismo más derechista (el reformismo recalcitrante [9]) llega incluso a tildar de tesis “anarquista” o “izquierdista” la necesidad histórica de destruir el aparato de Estado capitalista.

Con respecto al Nuevo Poder y las tesis defendidas por Lenin, lo primero que hay que tomar en consideración es que en el dirigente revolucionario hubo, a nivel ideológico, una clara pugna entre lo viejo y lo nuevo, entre la vieja concepción masista-propagandista del revisionismo (es decir, aquella que postula que las grandes masas explotadas pueden ser ganadas para la Revolución socialista mediante la acción sindical y parlamentaria) y la concepción revolucionaria de las masas, según la cual están solo adquieren conciencia revolucionaria gracias a la instrumentación de órganos revolucionarios en los que dichas masas puedan participar y construir el poder revolucionario. Así, por un lado, Lenin defendió que

“La dictadura del proletariado es la forma más decisiva y revolucionaria de la lucha de clase del proletariado contra la burguesía. Sólo puede tener éxito cuando en la vanguardia más revolucionaria del proletariado es respaldada por la aplastante mayoría del proletariado” (Tesis para el II Congreso de la Internacional Comunista, en Obras Completas, Akal, Madrid, 1978, t. XXXIII, p. 313),

junto a aseveraciones como esta:

“El abismo de la miseria humana y de la ignorancia es insondable. Todo sector que se yergue deja detrás suyo otro que apenas intenta levantarse. Pero la vanguardia no debe esperar a la masa compacta de la retaguardia para iniciar el combate. La clase obrera aprenderá la tarea de despertar, estimular y educar a su sectores más atrasados cuando llegue al poder” (Manifiesto del II Congreso de la Internacional Comunista. El mundo capitalista y la Internacional Comunista, en Los cuatro primeros congresos, vol. I, p. 206).

Por otro lado, Lenin fue de los pocos dirigentes revolucionarios que rechazó siempre la concepción obrerista sobre la dictadura del proletariado (10). La dictadura proletaria no puede existir si esta no consigue tejer con las masas pequeñoburguesas sólidos vínculos ideológicos, políticos y económicos. De hecho, no solamente la noción de dictadura proletaria no excluye la cuestión de las alianzas en el proceso revolucionario, sino que las plantea con urgencia (por supuesto, también hay que tener en cuenta las condiciones concretas de cada Estado, pues no es lo mismo la pequeña burguesía de un país oprimido que la de un país imperialista, como tampoco son idénticos todos los sectores de la pequeña burguesía en cuanto a su permeabilidad al mensaje revolucionario). Pero estas alianzas solo deben trabarse cuando el proletariado cuenta con independencia ideológica y política, cuando dispone de su Partido. Si no se dan estas condiciones, ocurre que el proletariado es llamado a ser carne de cañón para unos sectores burgueses y otros, como ocurre hoy en el este de Ucrania.

A vueltas sobre la concepción en torno a la dictadura del proletariado

en la URSS de la época de Stalin

Durante la época de la URSS estaliniana, la noción marxista de la dictadura del proletariado fue progresivamente abandonada. Ya en la Constitución soviética de 1936 se consagró el fin de la lucha entre clases antagónicas (defendiendo la existencia de la lucha de clases solo contra los residuos de las clases enemigas), dado que, de acuerdo con lo dicho por el propio Stalin, en la URSS ya no existían clases enemigas, sino solo clases aliadas: el proletariado, el campesinado sovjosiano y koljosiano y los intelectuales y cuadros del Estado. Por lo tanto, desde el punto de vista interno, el Estado no tenía razón de ser en tanto que herramienta de la lucha de clases. Solo a nivel externo se justificaba la existencia del aparato estatal (11).

Entendemos que aquí se produjo una clara desviación teórica de carácter evolucionista, dado que los distintos elementos revolucionarios fueron aislados unos de otros, mostrándose como fases históricas diferentes e infravalorando el rol que concede el materialismo dialéctico a las rupturas de la continuidad, a los saltos (¡también y sobre todo en el socialismo!); en definitiva, a la consigna revolucionaria de la política al mando.

Como consecuencia de dicho planteamiento evolucionista (por supuesto, heredado del paradigma teórico-político de la II Internacional), el desarrollo de las fuerzas productivas se convirtió para la dirección soviética (12) en un elemento determinante de la historia. Así, la lucha de clases ya no era el motor de la historia, sino en todo caso un accidente o un elemento complementario de unas fuerzas productivas abstraídas de las relaciones de producción, que es como entiende el materialismo vulgar la relación dialéctica entre fuerzas productivas y relaciones de producción. De hecho, la concepción mecanicista y evolucionista del marxismo, que fue —y continúa siendo— hegemónica en el seno del movimiento comunista internacional, tiene como sedimento la primacía dada al desarrollo de las fuerzas productivas; una concepción cuyos presupuestos ontológicos más importantes tienen su origen en el tecnocratismo humanista de Saint-Simon.

Habida cuenta de que no existe el socialismo más que en la medida en que construye el comunismo, la postura estaliniana sobre la construcción del socialismo rechaza, en el fondo, la tesis leninista sobre el socialismo y el comunismo. Y es que como proceso histórico que es, el socialismo solo puede desarrollarse a través de una lucha profunda y radical contra la división del trabajo, de una transformación consciente de la división entre trabajo manual y trabajo intelectual, en favor de lo que Marx calificó como “politecnicismo”. En suma, el socialismo es un proceso dialéctico en el que la negación de la negación se materializa en la condición proletaria, que se generaliza y se hace fuerte al tiempo que debe transformarse y tender a desaparecer progresivamente.

En definitiva, bajo el paraguas de esta concepción evolucionista fue inevitable terminar entendiendo el socialismo como la transición mecánica a la sociedad sin clases, que se realiza tras el fin de la lucha de clases, bajo el efecto de una necesidad técnica, puramente económica y organizativa, tomada a su cargo por el Estado proletario.

El socialismo es la dictadura del proletariado, el sendero rojo del comunismo

Partamos de una premisa básica e indiscutible: el comunismo solamente puede ser construido a partir del material humano legado por el modo de producción capitalista (13). Como en toda sociedad históricamente constituida, las contradicciones sociales en la dictadura proletaria surgen en el interior del sistema, contrariamente a lo que postula el reduccionismo revisionista y su teoría de los agentes externos como únicos restauradores del capitalismo tras la eliminación formal de la propiedad privada de los medios de producción.

En relación con la implantación del poder obrero, de la dictadura del proletariado, hay que tener muy clara una cosa: las masas proletarias no se rebelan contra el estado de cosas impuesto por el capitalismo por simple convicción o gracias a la propaganda de la Buena Nueva comunista, sino exclusivamente mediante su experiencia política de construcción y participación en el Nuevo Poder (que constituye “brotes de comunismo”, por usar la expresión de Lenin), fase en la cual están en condiciones de comprobar el antagonismo entre las relaciones sociales dominantes y sus intereses vitales e históricos.

En el momento en que el movimiento revolucionario de masas pierde fuerza, se extingue o es desviado de sus objetivos revolucionarios en el seno del Estado-comuna, las tendencias contrarrevolucionarias del revisionismo se desarrollan y se hacen fuertes hasta restaurar el capitalismo si no lo impide el Partido Comunista, el amplio y masivo movimiento revolucionario organizado.

En torno a los órganos de Nuevo Poder, soviets o consejos de obreros armados, debemos reparar en que la dialéctica complejidad ontológica y organizativa de los soviets se demuestra por su doble naturaleza: por un lado, los soviets o consejos de obreros armados son un nuevo poder proletario, un nuevo tipo de Estado, el embrión del Estado-comuna; por otro lado, los soviets constituyen la organización directa y propia de las masas proletarias, diferente de todo Estado y, desde el punto de vista histórico-tendencial, antagónica con la organización estatal en general. Con los soviets sucede lo que ocurre con las contradicciones insoslayables del Estado proletario: debe fortalecerse para combatir al revisionismo, a la burguesía más o menos latente durante el socialismo, pero ese fortalecimiento ha de ir encaminado a hacer desaparecer toda forma de Estado, de poder político, incluyendo por supuesto la democracia socialista. El Estado burgués se destruye, el Estado proletario se debilita hasta su total extinción. Pero no se debilita de forma natural (que es una idea subyacente total o parcialmente en el grueso de la vanguardia actual, y también en parte en el pensamiento de Lenin), sino tras un proceso de revolución ininterrumpida hasta el fin de toda forma de opresión de unos seres sobre otros.

El revisionismo, tan dado a desnaturalizar el marxismo para adecuarlo a su visión antidialéctica (propia de la aristocracia obrera y la pequeña burguesía radicalizadas), obvia que sin poder revolucionario de masas, es decir, sin Nuevo Poder armado y construido bajo la dirección del Partido Comunista, no hay posibilidad de generar Revolución, dado que

“(…) el nuevo poder no cae del cielo, sino que surge, crece a la par del viejo, en oposición al viejo poder, en lucha contra él. Sin la violencia contra los opresores, que tienen en sus manos instrumentos y órganos de poder, es imposible liberar al pueblo de los opresores (…) En tiempos de guerra civil, todo poder que haya resultado vencedor solo puede ser una dictadura (…) La noción científica de dictadura no significa otra cosa que un poder ilimitado no sujeto a ninguna clase de leyes ni absolutamente a ninguna clase de reglas y directamente apoyado en la violencia” (Lenin, El triunfo de los kadetes y las tareas del partido obrero, 1906).

Los consejos de obreros armados y las bases de apoyo de estos, que constituyen la médula espinal de la guerra civil revolucionaria (o Guerra Popular Prolongada), son de hecho el embrión de la dictadura proletaria. Y decimos embrión porque, pese a las diferencias que existen entre los primeros soviets creados por el Partido de Nuevo Tipo y los soviets que se desarrollan cuando el poder proletario ha destruido completamente el Estado capitalista en un territorio dado, los órganos de Nuevo Poder que constituye, potencia y extiende el Partido para confrontar la dictadura proletaria con la dictadura burguesa durante la defensiva estratégica, el equilibrio estratégico y la ofensiva estratégica son ya de hecho la dictadura del proletariado, aunque en un estado aún poco desarrollado. Veamos qué decía Lenin al respecto, ya en 1906:

“Los órganos descritos por nosotros eran, en germen, una dictadura, pues este poder no reconocía ningún otro poder, ninguna ley, ninguna norma, proviniera de quien proviniere. Un poder ilimitado, al margen de toda ley, que se apoya en la fuerza en el sentido más directo de esa palabra, es precisamente lo que se entiende por dictadura” (El triunfo de los kadetes y las tareas del partido obrero).

Continuando con el mismo escrito de Lenin, podemos preguntarnos en estos momentos: ¿en qué se apoyan los órganos del poder revolucionario, los órganos del Nuevo Poder?:

“(…) los nuevos órganos del nuevo poder (…) se apoyaba[n] en la masa popular (…) Este es un poder abierto para todos que lo hace todo a la vista de las masas, órgano directo de la masa popular y ejecutor de su voluntad. Tal era el nuevo poder popular” (14).

En contraste con estas posiciones, el revisionismo reniega en la teoría y en la práctica de la constitución de órganos de Nuevo Poder. A lo sumo, llega a la impostura de vender sus órganos sindicalistas como órganos de Nuevo Poder, cuando estos solo pueden considerarse tales a condición de que sean generados por el Partido (como parte de la tríada Partido-Ejército-Nuevo Poder/Frente) y de que constituyan la expresión del poder revolucionario, político-militar, de las masas proletarias. Dado que la concepción oportunista sobre la Revolución socialista es espontaneísta e insurreccionalista, al proletariado solo le queda, si continúa maniatado por esta visión, resignarse a generar un movimiento “de masas” desde lo sindical y económico, a la espera de que las condiciones “objetivas” sean propicias para “organizar la revolución” mediante una huelga general política y una insurrección. Es decir, para el revisionismo, el movimiento revolucionario no se genera fuera del movimiento espontáneo, sino dentro; además —como corolario lógico de esta premisa—, el proletariado tampoco debe constituir su propio Ejército Rojo para ir ampliando y consolidando, mediante la práctica de la Guerra Popular Prolongada, el poder revolucionario de la clase obrera. Esta posición demuestra el carácter antimarxista del revisionismo, que se niega a aprender de las lecciones históricas que nos ha legado la experiencia del movimiento comunista internacional, lo que lleva aparejado el desprecio hacia las aportaciones de Mao en torno a la teoría de la Guerra Popular o hacia la riquísima experiencia del PCP y su paradigma de construcción de un movimiento genuinamente revolucionario. Pero lo más llamativo no es que rechacen estos aportes (algo esperable del revisionismo, que es mecanicista y dogmático por naturaleza), sino que demuestren una ignorancia supina o un desinterés abierto hacia los mismos postulados de Marx, Engels o Lenin en torno a la guerra civil revolucionaria y al poder revolucionario. Veamos otro ejemplo que demuestra cómo Lenin entendió, aunque con las limitaciones referidas con anterioridad, la naturaleza del Nuevo Poder:

“¿Está bien que el pueblo aplique métodos de lucha ilegales, no reglamentarios, no regulares ni sistemáticos, tales como apoderarse de la libertad, crear un nuevo poder formalmente no reconocido por nadie y revolucionario, aplicar la violencia contra los opresores del pueblo? Sí, está muy bien” (El triunfo de los kadetes y las tareas del partido obrero).

En otro orden de cosas, podemos plantear que entre la burguesía y el proletariado, por una parte, y el Estado en general, por otra parte, hay una similitud y una disimilitud que deben ser comprendidas bien: la similitud consiste en que ambas clases necesitan un tipo determinado de poder estatal; la disimilitud tiene que ver con el hecho de que el proletariado, al ser la primera clase dominante que tiene como fin histórico acabar con las clases sociales, necesita destruir toda forma de poder político, estatal.

Por otro lado, hay que ser conscientes de que la deformación burocrática de la que hablaba Lenin al analizar el recién creado Estado soviético es consustancial a todo Estado, a la división del trabajo que lo sustenta. Por tanto, es en el propio Estado obrero donde se inserta la contradicción principal. La contradicción entre el socialismo y el imperialismo no es de hecho externa, sino interna (primeramente porque es una forma bajo la cual se desarrolla el antagonismo entre capital y fuerza de trabajo, y en segundo lugar porque no se pueden comprender ambas categorías, si es que se pretende ser marxista, como si fueran entidades separables, como si pudieran manifestarse de forma pura). Y, dado que es a través de las contradicciones internas como se manifiestan las contradicciones externas, es una desviación revisionista y mecanicista plantear que los enemigos del socialismo no provienen principalmente del Estado proletario, del aparato productivo-administrativo socialista y de la dirección del propio Partido Comunista.

Otro aspecto que consideramos que debe ser clarificado es el de relación entre la dictadura del proletariado y las instituciones representativas. Es falso decir que el marxismo-leninismo se opone a la democracia representativa en abstracto. A lo que se opone es a las instituciones representativas propias de la democracia burguesa, pero, como Lenin apuntó correctamente:

“Sin instituciones representativas no puede concebirse la democracia, ni aun la democracia proletaria; sin parlamentarismo, sí puede y debe concebirse, si la crítica de la sociedad burguesa no es para nosotros una frase vacía” (Lenin, El Estado y la revolución).

Dicho lo cual, recordemos que la dictadura proletaria no es el “tránsito” del capitalismo al comunismo sin más (esta es una visión metafísica, revisionista y mecanicista del socialismo). Sí, el Estado de dictadura proletaria es el periodo de transición del capitalismo al comunismo, pero es también el socialismo como periodo histórico de revolución que necesariamente debe ser ininterrumpida y que debe profundizar la lucha de clases hacia la sociedad comunista. La dictadura proletaria es la realidad de la tendencia histórica que empieza desarrollándose dentro del capitalismo con la creación y la extensión del Nuevo Poder (un poder que no cae del cielo), con el desarrollo del movimiento revolucionario desde la fase de defensiva estratégica hasta la fase de ofensiva estratégica.

Una definición claramente unilateral, errónea y oportunista del socialismo es aquella que lo concibe como una ecuación en la que solamente habría que sumar la propiedad estatal de los medios de producción y el poder político del proletariado, haciendo abstracción de la necesaria lucha de clases en el socialismo con el objetivo de eliminar las bases materiales de la sociedad de clases. Atendiendo al punto de vista revolucionario, el socialismo no es ni puede ser en ningún caso una sociedad sin clases (o con clases aliadas, “no antagónicas”, como planteaba erróneamente Stalin). En el socialismo está en proceso de desaparición la estructura clasista de la sociedad, pero, puesto que perduran las bases materiales de las clases sociales, solamente existe tal proceso de desaparición de las clases a condición de una aguda lucha de clases contra los intereses y la línea de la burguesía que sigue persistiendo en el nuevo Estado, en el aparato económico y administrativo, etc. (15)

Por tanto, el socialismo no es, como planteaban los oportunistas Kautsky y Plejanov (o como postula el revisionismo actual), un modo de producción histórico propio o una forma socioeconómica independiente del capitalismo. Porque, en palabras de Marx, de lo que aquí se trata “no es de una sociedad comunista que se ha desarrollado sobre su propia base, sino, al contrario, de una que acaba de salir precisamente de la sociedad capitalista y que, por tanto, presenta todavía en todos sus aspectos, en el económico, en el moral y en el intelectual, el sello de la vieja sociedad de cuya entraña procede” (Crítica al programa de Gotha) (16).

Veamos la forma dialéctica en que Lenin concibió el Estado proletario, socialista, durante el periodo de transición entre el capitalismo y el comunismo:

“Resulta, pues, que bajo el comunismo (17) no solo subsiste durante cierto tiempo el derecho burgués, sino que subsiste incluso el Estado burgués ¡sin burguesía!” (El Estado y la revolución).

Esta última idea es especialmente interesante, puesto que demuestra que para Lenin la instauración definitiva de la dictadura del proletariado en un territorio determinado no podía suponer por sí misma la erradicación de las relaciones sociales burguesas. Sin embargo, según la lectura evolucionista y mecanicista de la teoría revolucionaria (lectura que demuestra que el revisionismo es incapaz de pensar la materia social en términos de movimiento, contradicción y tendencias), el socialismo y el comunismo son solo dos fases sucesivas en las que el desarrollo socialista de las fuerzas productivas, la tecnificación masiva y la “firmeza” ideológica bastan para llevar al proletariado a la victoria. Los hechos históricos relacionados con el triunfo del revisionismo en los Estados de dictadura del proletariado han impugnado claramente esta tesis mecanicista y antimarxista. Otra cuestión es que el oportunismo, que se niega a hacer un balance marxista del marxismo, tenga intención de comprender cabalmente esto.

Sobre la relación entre el capitalismo de Estado proletario y el socialismo, recordemos lo que dijo Lenin al respecto:

El socialismo no es más que el monopolio capitalista de Estado puesto al servicio de todo el pueblo y que, por ello, ha dejado de ser monopolio capitalista” (Lenin, La catástrofe que nos amenaza…, Cartago, t. XXV, p. 389 [348-349]).

Por consecuencia, para acabar con las contradicciones del capitalismo monopolista de Estado no hay alternativa que no pase por la Revolución socialista. Y, para acabar con el capitalismo de Estado existente durante la dictadura del proletariado, no hay otra solución que no pase por profundizar la Revolución socialista mediante la lucha ideológica y política del Partido Comunista contra el revisionismo, contra esa burguesía burocrática que permanece siempre en estado más o menos latente durante el desarrollo del socialismo. Como sostuvo Lenin:

“El desarrollo progresivo, es decir, el desarrollo hacia el comunismo, pasa por la dictadura del proletariado, y solo puede ser así, ya que no hay otra fuerza ni otro camino para romper la resistencia de los explotadores capitalistas” (El Estado y la revolución).

En conclusión, la propiedad estatal de los medios de producción es condición necesaria pero no suficiente en el socialismo. Y esto es así porque hasta que no se llega plenamente a la fase superior del comunismo no hay una apropiación integral de los medios de producción por parte de la clase obrera, sino que tal apropiación continúa siendo formal y no permite aún suprimir completamente la separación de la fuerza de trabajo y del control real de los medios de producción. La dictadura del proletariado, entonces, tiene como fin supremo la revolución ininterrumpida hasta la autoemancipación total de toda la Humanidad explotada.

Notas

(1). El oportunismo ortodoxo actual, que suele hacer ascos a todo lo que tenga que ver con la teoría de vanguardia como rectora del proceso de construcción concéntrica del movimiento revolucionario, olvida a esos clásicos a los que tanto apela cuando se desentiende de la perentoria necesidad de acometer con éxito el Balance del Ciclo de Octubre. Reparemos en lo que, según Lenin, hicieron los marxistas rusos tras la experiencia revolucionaria de 1905: “En Rusia, tanto los bolcheviques como los mencheviques, inmediatamente después de la derrota de la insurrección armada de 1905, realizaron el balance de esta experiencia” (Lenin, Contribución a la historia del problema de la dictadura [1920]).

(2) Precisemos que el proletariado no es en absoluto una clase totalmente homogénea. Tampoco es inmutable ni tiene ningún porvenir revolucionario escrito en su ADN, como defiende el revisionismo obrerista. Por el contrario, para que sea una clase revolucionaria debe poner en marcha su propio poder, lo que se consigue con la unión de los elementos que portan la ideología revolucionaria (vanguardia teórica) y de los elementos que encabezan los movimientos espontáneos de las masas obreras (vanguardia práctica).

(3) Un peligro que —conviene aclarar esto las veces que hagan falta— no se activa cual resorte de una determinada pieza, sino que solo puede ser generado por un movimiento revolucionario organizado.

(4) “La instauración inmediata de la dictadura como único medio de realización de la democracia” (Marx, Nachlass (Herencia [literaria]). Esta afirmación expresa con gran nitidez el carácter de clase de la democracia y la dictadura, algo que niega el reformismo, para el cual la democracia sería una forma social neutra y pura, cuyo carácter de clase moderno (burgués o proletario) puede ser moldeado en función de la acción de partidos políticos y fuerzas sociales que operen desde dentro del Estado burgués para su reforma gradual.

(5) En cuyo seno, evidentemente, pueden tejerse distintas alianzas entre fracciones dominantes. De hecho, la configuración del Estado imperialista no sería tal sin la participación política conjunta (y variable en función de la correlación de fuerzas y de la coyuntura política) del gran capital, la burguesía media, la pequeña burguesía y la aristocracia obrera en el aparato estatal capitalista. Otra cuestión es la evolución que este bloque de clases dominantes está sufriendo en los últimos tiempos, evolución espoleada sin duda por la gran crisis económica capitalista que aún padecemos, que ha traído aparejada una ofensiva considerable de la oligarquía financiera.

(6) “Mientras existe el Estado no existe libertad. Cuando haya libertad no habrá Estado” (Lenin, El Estado y la revolución). Por otro lado, no debemos olvidar que el mismo Lenin, en la obra precitada, señaló que “Engels aconseja a Bebel (…) borrar completamente del programa la palabra Estado, sustituyéndola por la de ‘comunidad’”. También Marx optó por denominar “Estado-comuna” al Estado proletario, así como Engels llegó a hablar de semiestado para diferenciar el nuevo Estado revolucionario del Estado capitalista, todo lo cual demuestra el carácter dialéctico del Estado para el marxismo.

(7) En Una gran iniciativa, Lenin defendió que la dictadura proletaria no implicaba solo ejercer violencia sobre los explotadores, sino algo de mucho mayor calado transformador: “La dictadura del proletariado (…) no es solo el ejercicio de la violencia sobre los explotadores, ni siquiera es principalmente violencia la base económica de esta violencia revolucionaria. La garantía de su vitalidad y éxito está en que el proletariado representa y pone en práctica un tipo más elevado de organización social del trabajo que el capitalismo. Esto es lo esencial”.

(8) Podemos definir el aparato de Estado como su organización material, el resultado histórico de la división social del trabajo, base de la existencia de las clases sociales. Sin esta organización material no cabe concebir la existencia de ningún tipo de Estado.

(9) El campo del oportunismo es hoy amplio y variado, y en él confluyen tanto elementos que forman parte integrante del Estado burgués, que incluso reniegan abiertamente de la dictadura del proletariado (el eurocomunismo o el reformismo pequeñoburgués en sus distintas variantes son sus grandes paradigmas), como el revisionismo, que es de hecho el más nocivo del campo oportunista por seguir compartiendo formalmente y de boquilla algunos preceptos básicos del marxismo tales como la necesidad del Partido o del derrocamiento violento del poder burgués. Para nosotros, distinguir pertinentemente una categoría oportunista de otra es imprescindible para conocer a nuestro enemigo, para completar con éxito el proceso de reconstitución del comunismo (aunque, por supuesto, no existe una frontera inexpugnable entre el reformismo y el revisionismo). Por otro lado, esta posición ya estuvo muy presente en Lenin, quien, en su Contribución a la historia del problema de la dictadura (1920), planteó lo siguiente:  “(…) no solo todos los oportunistas y reformistas, sino también todos los ‘kautskianos’ (gentes que vacilan entre el reformismo y el marxismo)”. Dentro del movimiento comunista internacional en general y del Estado español en particular, la hegemonía la siguen ostentando aún los kautskianos, las “gentes que vacilan entre el reformismo y el marxismo”. De ahí la importancia crucial de esta diferenciación ideológica y política.

(10) Véanse estas dos reflexiones de Lenin (sobre todo la segunda): “(…) sólo en el curso de una larga y terrible lucha, la dura experiencia de la vacilante pequeña burguesía la llevará, después de comparar la dictadura del proletariado con la dictadura de los capitalistas, a la conclusión de que la primera es mejor que la segunda (Obras completas, Akal, tomo XXXII, pp. 253 y 259); “Imaginar que la revolución social es concebible sin las revueltas de las naciones pequeñas en las colonias y en Europa, sin los estallidos revolucionarios de una parte de la pequeña burguesía con todos sus prejuicios, sin el movimiento de las masas proletarias y semiproletarias sin consciencia de clase contra la opresión de los terratenientes, la iglesia, la monarquía, las naciones extranjeras, etc. —imaginar eso significa repudiar la revolución social—. Sólo aquellos que se imaginan que en un lado se alineará un ejército y dirá: ‘Estamos por el socialismo’, y en el otro lado otro ejército dirá: ‘Estamos por el imperialismo’, y que así será la revolución social… Quien espere una revolución social ‘pura’ nunca vivirá para verla. Tal persona pregona la revolución sin entender lo que es la revolución” (Obras escogidas, tomo V).

(11) Sobre este particular, remitimos a nuestro estudio monográfico sobre Stalin, las clases sociales y la restauración del capitalismo.

(12) En este sentido, llama la atención comprobar cómo el hilo del evolucionismo-productivismo revisionista conecta tanto al marxismo “ortodoxo” como al trotskismo o a la “izquierda comunista”. Esto demuestra que el derechismo, el centrismo y el “izquierdismo”, pese a la fraseología que puedan emplear, no asumen ni comprenden la cosmovisión revolucionaria, proletaria.

(13) “Esto es solo la mitad del trabajo; es poco vencer a la burguesía, terminar con ella; hay que obligarla a que trabaje para nosotros” (Lenin, XXXIII, 295 [265], Cartago); “[de lo que se trata es de] construir el comunismo con manos no comunistas” (Lenin, XXXIII, 296 [266], Cartago).

(14) Además, Lenin siempre dejó meridianamente claro el potencial revolucionario de las masas guiadas por su Partido. Así lo hizo en El Estado y la revolución: “(…) los obreros armados son gente práctica y no intelectualillos sentimentales, y será muy difícil que permitan que nadie juegue con ellos”.

(15) Es erróneo pensar que solo la pequeña producción engendra tendencialmente relaciones capitalistas, puesto que estas también se reproducen y se hacen fuertes en el seno del aparato estatal (con una ideología burguesa, revisionista, que sigue estando presente, y a la que hay que combatir sin cuartel desde la lucha entre dos líneas, por mucho “cierre de filas” que pregone el revisionismo ortodoxo con su típica visión estrecha y metafísica de lo que este entiende por “revisionismo” u “oportunismo”) y en la división social entre trabajo manual y trabajo intelectual que se reproduce dentro del aparato productivo estatal, una división que genera unas relaciones sociales determinadas que no pueden ser abolidas por decreto. Si bien en Lenin ya encontramos limitaciones en este sentido, es en el revisionismo “ortodoxo” donde observamos cómo se contempla de forma totalmente lineal la restauración capitalista en un Estado proletario, a nivel interno, solamente desde la vía de la pequeña producción o de la producción no ligada directamente a las unidades productivas del Estado socialista.

(16) “Cuando lo nuevo acaba de nacer, tanto en la naturaleza como en la vida social, lo viejo siempre sigue siendo más fuerte durante cierto tiempo” (Lenin, Una gran iniciativa).

(17) Comunismo referido al socialismo (considerada por Marx la fase inferior de la sociedad comunista), no a la fase superior, no al comunismo propiamente dicho, es decir, al periodo histórico de la Humanidad en que ya no existe opresión de clase, de género, etc.

Revolución o Barbarie

Diciembre de 2014