El debate cautivo

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“Claro está que el terror individual nada puede resolver, pero de todos modos es agradable.”

I. Ehrenburg.

“Sí, he ayudado a la Unión Soviética, he ayudado al Ejército Rojo. Y ello es lo mejor que he hecho durante mis cuarenta años de vida.”

Julius Fucik, ante el tribunal nazi que le condenó a la horca.

“Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente.”

K. Marx y F. Engels.

La publicación, en diciembre del pasado año, de la Declaración Política del MAI titulada El PCE(r)… ¡erre que erre! perseguía, en primer lugar, clarificar algunos extremos relacionados con la última etapa de la trayectoria de nuestra organización y reclamar un poquito de respeto a aquéllos que manifiestan sus discrepancias políticas con insultos y prepotencia chulesca, y, en segundo lugar y a tenor de todo esto, proponer un debate al conjunto de la vanguardia sobre elementos fundamentales de la línea general de la política revolucionaria del proletariado (en concreto, la cuestión de la lucha armada), encaminándolo, según era nuestra intención, por los derroteros de la racionalidad y el espíritu crítico y constructivo, único modo de que pueda servir de provecho a la causa del comunismo.

I. EL FALSO COMUNISMO DEL PCE(r)

 Las posiciones en la controversia

Sin embargo, el PCE(r) se ha mantenido pertinaz en su intolerancia y en su desprecio hacia la menor crítica, con el único argumento de la ofensa y de la acusación demagógica y paranoide, ascendiendo en esta ocasión un escalón más en su intransigencia al recurrir a la amenaza abierta y directa, no sólo contra nosotros, sino también contra alguna de las organizaciones que habían publicado nuestro manifiesto. El PCE(r) ha querido abortar, así, el debate, esgrimiendo amenazas en lugar de argumentos, extendiendo el miedo y la sospecha en lugar de sus ideas. Cada vez se abren más dudas sobre la legitimidad de éstas o sobre si siquiera existen, pero van quedando menos sobre el papel real que está jugando este partido en el seno del movimiento comunista. El primer resultado de nuestra Declaración Política ha sido la demostración palpable de que el autodenominado PCE(r) contra quien ejerce el terror es, en realidad, contra el proletariado. La burguesía y sus guardianes se regocijarán al comprobar cómo el PCE(r) no sólo quema militantes comunistas en una batalla absurda, no sólo desprestigia y aísla al comunismo en una endogámica y desesperada escalada demagógica y demente que se retroalimenta sólo de desesperación, demagogia y locura, sino también al comprobar cómo ahora este partido asume las funciones de vigilancia y contención de cualquier atisbo de desarrollo revolucionario de la vanguardia. En nuestra Declaración afirmábamos que la política del PCE(r) no se corresponde con una línea revolucionaria, sino con el reformismo armado; ahora, hay que añadir que la experiencia demuestra que el verdadero contenido de esta línea es el terrorismo contrarrevolucionario. Antes de esa Declaración se podía situar al PCE(r) –y así lo hacíamos nosotros– en este lado de la linde; pero su actitud ha demostrado que se ha convertido en un obstáculo para el desarrollo revolucionario del proletariado y para la construcción de su vanguardia. Por las consecuencias objetivas de su actitud hacia el resto de la vanguardia del proletariado, el PCE(r) se ha pasado decididamente al lado de la contrarrevolución.

El aspecto concreto de este asunto que más merece ser destacado es la presión que los del PCE(r) y acólitos han ejercido sobre el órgano del Partido Comunista Revolucionario de Euskal Herria (EhAKI), Kimetz, para que retirase del foro de su página web nuestro documento. Cual vulgares censores, insistentemente se les sugirió a estos camaradas que eliminasen el texto, denostándoles amenazadoramente mientras no lo hicieron, hasta que, finalmente, Kimetz cedió a los dictados gansteriles del kapo del movimiento comunista. Otros, por su parte, ya habían consumado la censura por cuenta propia y sin necesidad de sugerencias; pero no resulta extraño en el PCPE ni en Gazte Komunistak, por su línea reformista-revisionista, incompatible con los contenidos de nuestra Declaración, ni en Rash Madrid, cuyo talante anarquizante le imposibilita, ya de principio, para contribuir en algo en un debate serio entre comunistas. Por el contrario, otros que han recogido en sus foros nuestro documento, como el PCOE, no han sido importunados, toda vez que el espacio político que ocupa esta última formación parece alejado, por lo que se ve, de la zona de influencia natural del PCE(r), independientemente de la semejanza de sus líneas políticas (que las hay, más incluso que con Kimetz). Pero culturas políticas y estilo de trabajo separan al PCE(r) del PCOE, al mismo tiempo que los vínculos comunes con el nacionalismo radical vasco le acercan a Kimetz. Por el contrario, al mismo tiempo, elementos fundamentales de la línea política que defienden estos camaradas son esencialmente correctos, a la vez que sustancialmente contradictorios y alejados de la del PCE(r). En esta situación, tan ambigua como compleja, la polémica abierta por el MAI y el ambiente generado por la actitud del PCE(r) ofrecían a Kimetz una oportunidad magnífica para esclarecer su situación en el seno del movimiento de vanguardia, para definir más y mejor su relación con otros destacamentos del mismo y para profundizar en los elementos correctos de su línea a la vez que deslindar campos con la influencia pequeñoburguesa a que le someten algunos amigos y la presión del entorno nacionalista en que se mueve. Por todas estas razones, la decisión que adoptase Kimetz en esta polémica era crucial, porque reflejaría el espíritu que actualmente domina a los comunistas revolucionarios, su nivel de conciencia de la situación actual de la lucha de clases proletaria, su capacidad para pulsar los momentos políticos, para demostrar la asunción de su compromiso revolucionario, etc., su grado de madurez en relación con su cometido de ejercer el papel de vanguardia, en definitiva. En segundo lugar, esa decisión era crucial porque ella determinaría directamente y de manera práctica el futuro inmediato del proceso de construcción del movimiento comunista, en el sentido de que delimitaría el campo, más amplio o más estrecho, del comunismo revolucionario como base y punto de partida del proceso de reconstitución ideológica y política del comunismo. Por no hablar, en tercer lugar, de la propia coherencia interna de estos camaradas, pues una decisión correcta expresaría su verdadera voluntad de contribuir, como buenos maoístas, al desarrollo de nuestro movimiento desde el único método posible, el debate, la lucha de dos líneas, en suma. Así pues, se puede comprender que el MAI estuviese muy pendiente de la actitud final de los camaradas de Kimetz, y no debe extrañar la decepción experimentada ante tantas expectativas defraudadas. A pesar de ello, desde aquí queremos trasladar nuestras esperanzas en una rectificación de estos camaradas en el futuro. Creemos en su honestidad y en que comprenden que el primer mandato de esta virtud es aplicársela a uno mismo. Kimetz habla de “unidad y lucha” como principal instrumento de desarrollo de la vanguardia; sin embargo, ha cedido ante quienes sólo aceptan la unidad si es en su torno, y ante quienes han demostrado no estar dispuestos al debate, a la lucha ideológica y política. Los camaradas de Kimetz deberían reflexionar más sobre esto.

La justificación oficial dada por Kimetz para eliminar la Declaración del MAI de su foro de debate estaba relacionada con las posibles consecuencias penales que, para los miembros del PCE(r), acarrearía identificar su partido con una organización armada “como son las Brigadas Rojas”. Sería ocioso extenderse demasiado en esto, pues la discrepancia en la valoración de un fenómeno de índole más bien histórica y de carácter secundario políticamente jamás puede justificar la censura. Entonces, no tendría sentido el foro. Sin diferencias de opinión no hay debate político. Según su nuevo criterio, los camaradas de Kimetz deberían clausurar esta sección de su página web. No obstante, insistimos en que el paralelismo establecido en la Declaración entre el PCE(r) y Brigadas Rojas no era de carácter organizativo. Únicamente se refería a formaciones políticas que expresaban, a través de una línea política similar –defensa de la lucha armada, independientemente de su praxis–, fenómenos sociales similares –el ascenso del movimiento espontáneo de masas a principios de los 70, independientemente de las diferencias en las bases sociológicas que lo sustentaban en distintos países– desde una concepción similarmente errónea de la lucha de clases revolucionaria del proletariado y de una asimilación similarmente insuficiente del marxismo –al margen de la disparidad de programas y profesiones de fe–. Más aún, si nuestra valoración hubiese tenido algo que ver con las formas organizativas de la lucha armada, no hubiésemos puesto al lado del PCE(r) a las Brigadas Rojas, precisamente, sino a esa “organización que todos sabemos” a la que se refiere Kimetz en su comunicado de cierre del debate, aplicando esa omertá que el PCE(r) quiere imponer en nuestro movimiento, como si hablar entre susurros de el innombrable –cuando al mismo tiempo se está tratando del PCE(r)– fuera a engañar a alguien o a servir de algo. Por cierto, que la interdicción de hacer expresa esta relación, prohibida por esa ley del silencio, ha conducido a que los esbirros celosos de semejante norma no escrita hayan abierto debates en internet acerca de un supuesto guión garzoniano tan surrealistas como estériles. En cualquier caso, el argumento esgrimido por Kimetz para justificar su actuación ya había sido puesto sobre la mesa en el principio mismo de la controversia. De hecho, era el único –a falta de otros de naturaleza ideológica o política– que habían aducido hasta ese momento los iracundos defensores del PCE(r), y no incitó entonces ninguna intervención por parte del administrador del foro (sólo el consejo de que resolviésemos nuestras diferencias en privado, ¡de espaldas a la clase!) por cuanto aquéllos sólo habían proferido insultos y acusaciones, pero la amenaza directa aún no se había consumado. Ésta es la segunda razón por la que las explicaciones dadas por Kimetz resultan poco creíbles. Pero, está bien, respetemos los motivos de este órgano y veamos ahora cuál es su valor real.

Fue la intromisión de un tal Ferro en la porfía la que provocó el giro de los acontecimientos. Nuestro hombre de hierro amenazó (sugirió) y ordenó la retirada del documento del MAI. ¿Y cómo comenzaba su intervención en el foro este tipo duro y, por lo demás, bastante necio?:

“Como ex preso político de los GRAPO, y también del PCE(r), afirmo…”

¿Hace falta más para demostrar que todo lo que proviene de estos señores es pura farsa? Se desgañitan insultando y amenazando, acusando a diestro y siniestro de señalarles con el dedo ante la policía, de que deseamos que todo el peso de la represión caiga sobre ellos, de que nos gustaría verles entre rejas de por vida y no se sabe cuántas sandeces más… ¡y resulta que ellos mismos estampan el famoso guión garzoniano! ¿Hay algo más patético que ser chivato de sí mismo? Al MAI no le extraña, ya que es costumbre, pues le consta que estos señores, cuando pueden, publican datos sobre las organizaciones que les critican y que han manifestado disconformidad con su línea política. También es posible que el hombre de hierro resulte ser el Azef del PCE(r); pero, entonces, este partido debería limpiar primero su propio establo antes de intentar emponzoñar a los demás. En cualquier caso, se debe reconocer que esta forma de actuar no está exenta de cierta lógica: como el PCE(r) no puede ofrecer nada, pues carece de masas, de política revolucionaria y su ideología pequeñoburguesa se funda en el revisionismo, es natural que haya convertido las viejas batallas en su único patrimonio político, al que recurren sus prosélitos haciendo alarde de esa especie de mística de ex combatientes en que ha convertido este partido su retórica, a sabiendas de que el auditorio –dado el bajísimo nivel teórico en que se haya nuestro movimiento– se quedará atónito y experimentará espontáneamente cierta empatía (veta para poder explotar después una malentendida solidaridad) por el sacrificio de estos comunistas. De esta lógica simple y macabra vive desde hace tiempo el PCE(r), y es la que empuja a sus miembros a delatarse a sí mismos. Por la boca muere el pez, señor Ferro.

De todo lo expuesto se desprende que, en realidad, esos motivos sobre las consecuencias de la crítica a la línea del PCE(r) son una cortina de humo para esconder el fondo del problema (una línea errónea) y rechazar el debate que permita esclarecer los elementos para una verdadera política proletaria. El comunismo revolucionario lleva más de 30 años hipotecado por la apuesta que estos señores decidieron hacer un día, y los réditos de ese crédito se pagan todavía hoy con el precio de mantener cautivo el debate en el seno de la vanguardia acerca de las tareas que hoy necesita la reconstitución del comunismo (tareas ineludibles, también, como efecto del fracaso de aquella apuesta). En estos 30 años han acontecido cosas importantes con consecuencias muy serias para la lucha de clases proletaria a todos los niveles. Todo un ciclo histórico se ha cerrado y hora es ya de que el PCE(r) rinda cuentas ante la clase a la que dice servir. El MAI forma parte de ese sector de la vanguardia que piensa que el proletariado ha pagado sobradamente la hipoteca y que pugna por desembarazarse de viejas tutelas para iniciar la búsqueda del camino que permita al movimiento comunista salir de la crisis en la que se halla inmerso, y de la que el PCE(r) es uno de sus exponentes genuinos.

Algo más sobre el estilo del PCE(r)

Después de la reprimenda y la censura, y tal vez porque haya experimentado ciertos remordimientos de conciencia por el papelón que ha interpretado en público, el PCE(r) ha publicado Unas palabras sobre la declaración política del MAI, en su órgano Antorcha, donde, siguiendo su prosapia maledicente, mantiene su vulgar estilo calumnioso y prepotente. No quería ser el objetivo de esta carta abierta entretenernos todavía más con estas gentes, sino ofrecer la valoración del MAI del significado e implicaciones que, para nuestro movimiento, tiene la última controversia con ellos y, al hilo de la misma, presentar propuestas constructivas y concretas a los comunistas revolucionarios del Estado español: la intención de esta carta abierta es la de continuar avanzando en la clarificación del terreno que pisa la revolución en este país, no la de continuar atascados en el pantano del litigio permanente con estos señores, que sólo alimenta su vanidad y el engaño de creerse referente de vanguardia. Sin embargo, es preciso reconocer que el deslindamiento de la línea proletaria pasa todavía, al menos en parte, por el desenmascaramiento de los elementos oportunistas y revisionistas que nutren la línea del PCE(r) y, como ha demostrado la última cuasi polémica, es preciso realizarlo, al menos, ante un sector de la vanguardia que todavía se ve influida o confundida por los alardes de este partido. Aprovechando las palabritas que nos dedica Antorcha, intentaremos ampliar nuestra contribución en este cometido.

El sermón que lanza Antorcha desde la atalaya de su soberbia pretende zanjar lo que para ellos es un debate incómodo, por lo que, acompañando a su ya habitual y esperada verborrea incontinente y huera, se ha visto obligada a introducir argumentos de tipo político y a ponerse a ello dedicando parte de su precioso tiempo al “grupito de amiguetes” que dicen que es el MAI. Tanta condescendencia nos conmueve y permite pensar que se ha hurgado bien, pues la comadreja ha salido de la madriguera. No perdamos, pues, la ocasión que nos brindan para confrontar argumentos políticos y no despropósitos.

Sin embargo, todavía la primera parte del texto se corresponde con esa dialéctica de baja estofa a que nos tienen acostumbrados. Comienzan tratando al MAI con displicencia, casi con desidia, reprochando a “los del MAI” por inmodestos y por creerse “los portadores de la verdad universal” y “los sumos guardianes” del marxismo-leninismo, etc., etc. Algo que ya viene siendo habitual entre quienes nos censuran y, por lo demás, aburrido. Parece ser el premio con que el sector pacato de nuestro movimiento paga la independencia ideológica y la expresión firme, con convicción y lo mejor fundamentada que se puede, de lo que se piensa. Seguidamente, se burlan de la represión sufrida por algunos miembros del MAI a la que aludíamos en la Declaración Política. Dicen jactanciosamente que será “alguna multa de tráfico” y nos acusan de “jugar a la revolución”. Desde luego, nosotros no hemos expropiado ni ejecutado a nadie, así que no fue como para ir a acompañarles al talego; fue, precisamente, por pedir la libertad de su gente. El PCE(r) es quien habla de Estado fascista y de represión fascista, de modo que apliquen su propio criterio imaginándose cómo respondería ese Estado ante tales consignas y obtendrán una medida de la represión sufrida, desde luego más cercana a la realidad que la caricatura insolente con que la presentan. A continuación, y a propósito del tema de la infiltración policial que se había situado en la Declaración, se introduce, sin venir a cuento, todo un pasaje de exaltación épica en el que se reitera por enésima vez el tostón de lo veteranos, valientes, sacrificados y listos que han sido siempre y son los del PCE(r), y vuelta a poner encima de la mesa a los muertos y torturados. Es su argumento estrella, y es el que utilizan siempre para deslegitimar al contrario y “coger ventaja en el debate”, para, desde ella, expulsar por su negra boca lo más aberrante que se les ocurra. Por ejemplo, que “los del MAI” se han convertido “en apéndices y correas de transmisión de la propaganda y la guerra psicológica fascistas”. Por este tipo de referencias crispantes comenzó este asunto entre el PCE(r) y el MAI, y precisamente éste aludió al tema de la infiltración para hacer comprender a estos señores que ese tipo de argumentos no sirven para hablar de política, que ir acusando a todo el mundo de ser fascista o de pertenecer a la Guardia Civil no es una buena costumbre, y que puestos a contar provocadores, dónde mejor que en sus filas… ¡por razones obvias!, añadíamos. Y esta obviedad es la que han vuelto a explotar en este último documento para mayor autocomplacencia. Antorcha acusa al MAI de “frivolidad”, pero ¿hay mayor frivolidad que, por ejemplo, meter a Kimetz entre los “cómplices” del fascismo porque no eliminaban la Declaración del MAI de su foro, para luego sacarlos, una vez que estos camaradas cedieron a su presión? ¿Es esto serio? No sabemos si son hábiles en el arte de combatir las infiltraciones; ellos dicen que sí, pero estando gran parte de su organización en la cárcel induce a la duda; de lo que no cabe duda es de que sí son diestros en el arte de manipular las cosas a su antojo.

Los ejemplos que ofrecen para ilustrar la justeza de sus divagaciones demuestran la “profundidad” del pensamiento que gobierna a este partido y cómo ha “asimilado” éste la teoría y la historia de nuestro movimiento. Hablando de la infiltración policial, acuden como ejemplo al Comité de San Petersburgo del Partido Bolchevique, “el más importante” en Rusia, que estaba formado en 1905 por cinco personas, tres de ellas de la Ojrana, y que, “pese a todo, el Partido Bolchevique hizo la revolución”. ¡Vaya, vaya, un “grupito de amiguetes” que finalmente contribuyó al triunfo de la revolución, sólo doce años después! Después de 40 años, por el contrario, los “cientos” de militantes del PCE(r) (o quizá “miles”, como presumía en su arrebato inquisitorial el hombre de hierro) están presos y la reacción campando a sus anchas. Este ejemplo tan simple pone en evidencia la insuficiente comprensión del marxismo de que adolecen estos señores, porque demuestran guiarse por un criterio cuantitativo (organización) y no cualitativo (línea política) a la hora de considerar la actividad de la vanguardia. Pero hay más ejemplos y todavía más ilustrativos, como el del Partido Comunista de China, formado en una reunión de 12 delegados que representaban a los 57 miembros de que constaba toda la organización, ¡en un país de 400 millones de habitantes!, o el del Partido Comunista de Indochina, fundado por 7 personas. Nuevamente, vuelven a morder su propio anzuelo. Les vendría bien un poquito más de humildad y de respeto hacia los demás, amén de reflexionar sobre cuáles son los verdaderos valores del comunismo. Por cierto, en la época y lugar que sitúan su ejemplo, quienes poblaban las cárceles zaristas eran los populistas-terroristas y los eseristas rusos, mucho más que los marxistas revolucionarios, todavía una minoría entre el movimiento de vanguardia de la revolución rusa; y curiosamente –¡qué casualidad!–, esos presos políticos se despachaban contra los marxistas exactamente en los mismos términos insolentes que los del PCE(r) dedican a “los del MAI” cuando se desahogan a gusto tratándonos de grupúsculo de “listillos” y “diletantes” de la teoría que no hacen nada práctico ni son peligrosos para el Estado, etc. Antorcha tiene razón cuando señala que muchos pequeños grupos políticos han pasado de puntillas por la historia; pero también es verdad que torres más altas que las del PCE(r) han caído, cuanto más si tienen los pies de barro, como es el caso.

La otra prueba que ofrece Antorcha para demostrar que las posiciones del PCE(r) son correctas es la inevitable y siempre recurrente razón de los presos: que el Estado se esfuerce tanto en acabar con el PCE(r) es la mejor evidencia –dicen– de que es peligroso para él y de que le hace daño, y cierra parafraseando una cita de Mao: “si el enemigo nos ataca es que lo estamos haciendo bien”. Por esto mismo, entonces, si el PCE(r) ataca con tanta furia al MAI será porque ha puesto el dedo en la llaga. En cuanto a la cita de Mao, eso lo dijo hasta Don Quijote. No se trata de una cita que caracterice al maoísmo como pensamiento específico y diferenciado, como, por ejemplo, esta otra paráfrasis: si tenemos la línea correcta tendremos todo lo demás, las masas y las armas; si nuestra línea no es correcta, lo perderemos todo. El PCE(r) maoísta, sin embargo, invirtió los términos y prefirió pensar primero en las armas y dejar para después la política. Por eso, pretende ahora anteponer la razón de los presos a cualquier otra razón política o debate sobre política. Pero los presos no otorgan patente de corso ni ratifican una línea como correcta (entonces, hubiera tenido razón el PCE carrillista frente al PCE(r) en los 70, o Mandela frente a los revolucionarios sudafricanos en los 90, y hoy en día, ETA frente a todo el mundo, etc., etc.). En todo caso, y muy al contrario, la refutan: si el Estado ha conseguido aislarles en prisión es porque no han conseguido emboscarse entre las masas; si no han podido emboscarse entre las masas es porque no tienen masas, y si no tienen masas es porque su línea política no es correcta. Tal vez empezaran bien en los 70, con cierto apoyo social, al menos entre la vanguardia; pero por su línea incorrecta han terminado perdiéndolo todo. Ésta es la ineluctable lógica del pensamiento maoísta, señores.

El revisionismo del PCE(r)

A partir de aquí, las palabras de Antorcha adquieren un tono más grave y, por fin y sin que sirva de precedente, comienzan a exponer argumentos de carácter político. La pena es que ya se ha consumido la mitad del documento. Aún así, lo que queda no carece de enjundia. Veamos.

La cuestión del terrorismo sigue siendo especialmente sensible para los del PCE(r). Aunque niegue que les obsesiona, Antorcha insiste en desmarcarse del “epíteto de terroristas”, que, según ella, sólo busca “vilipendiarlos”. Esta insistencia denota claramente que estos señores siguen aceptando y compartiendo el contenido que la burguesía da a ese concepto –con su carga moral negativa incluida– y que, en consecuencia, no están dispuestos a aplicarlo a ninguna de las actividades que, aunque no realicen por sí mismos, sí apoyan “política y moralmente”. El MAI insiste en que ésta es una actitud revisionista en lo teórico. En la tradición de nuestro movimiento, siempre se han definido las acciones armadas individuales como terrorismo, y su juicio siempre se ha limitado a su oportunidad política en relación con el momento en que se producen o a su idoneidad general como forma de la línea militar del proletariado. A este plano de interpretación se ha limitado y sigue limitándose el MAI. Pretender otra intención es tergiversación pura o reconocer implícitamente que se ha abandonado el marxismo en este tema y se prefiere desviar el debate del terreno científico hacia el terreno burgués de las connotaciones éticas y emocionales del término, connotaciones impuestas por el enemigo y que se acepta introducir en el debate con tal de no hacer frente a la crítica que consiste en que se debe admitir que la actividad armada individual, esporádica aunque continuada, pero no planificada ni dirigida por el Partido Comunista, es terrorismo, una táctica militar que no se corresponde con la línea militar proletaria. El PCE(r) prefiere un debate con las reglas de juego de la burguesía antes que profundizar en el contenido político y de clase de una actividad armada que dice “apoyar”. En esto consiste el revisionismo teórico de este partido en el tema del terrorismo.

En este problema, Antorcha ofrece la misma ambigüedad y la misma posición contradictoria que su partido ha ido manteniendo a lo largo de su historia, posición determinada por el manto de oscuridad con el que se ha obstinado en cubrir su relación con la lucha armada. Pero, en esto, el marxismo exige una posición firme y sin ambages. Si el PCE(r) es ciertamente la vanguardia, si es el verdadero Partido Comunista reconstituido, y si en su análisis de las luchas de clases ha reconocido las condiciones para la lucha armada, entonces, ¿por qué no planifica y organiza él esta lucha? ¡Es lo que haría un verdadero Partido Comunista! Sin embargo, el PCE(r) nunca ha expresado tal coherencia y se ha limitado oficialmente a “aspirar a dirigir” la lucha armada pensada, preparada y llevada a cabo por otros. Aquí comienza el revisionismo práctico del PCE(r) en este asunto: la estrategia y la línea militar se piensan en la teoría, pero no se practican; la línea militar se concibe separada de la línea política, no como un desarrollo de ésta, algo inconcebible para el marxismo. Si la guerra civil es una forma desarrollada, elevada, de la lucha de clases, la línea militar debe ser la expresión de la dirección política por el Partido de las masas en esta lucha. De lo contrario, o bien serán otros los que ejerzan realmente de vanguardia –tal vez el innombrable– y nos encontraremos con que el fusil dirige la política (línea militarista), o bien se está reconociendo que la lucha armada se abandona al espontaneísmo de las masas y que el Partido ha renunciado a generarla (planificar, organizar y ejecutar) y sólo “aspira a” reconducirla. Este cuadro de divorcio entre política y guerra en la lucha comunista es el que acepta y presenta Antorcha cuando afirma que el “PCE(r) teoriza, aconseja, por decirlo así, sobre la lucha armada”. He aquí, pues, al Partido convertido en una suerte de Gran Consejo de Sabios dedicados a la teoría y a la actividad intelectual, cuyas recomendaciones son aceptadas y aplicadas por el movimiento como maná caído del cielo. Antorcha acusa al MAI de “grupito de amiguetes” sabihondos que se dedican a “jugar a la revolución” impartiendo lecciones teóricas a los aguerridos combatientes de su partido; pero, realmente, ¿quiénes son los que presentan con afectada seriedad al partido de vanguardia del proletariado como un grupo de intelectuales listillos cuyo cometido es teorizar y aconsejar sobre la revolución sin llevarla a cabo? ¡Los señores de Antorcha! ¿Quién se dedica a “jugar” en todo este asunto?, ¿quién se burla de la inteligencia ajena? Tras la separación entre política y guerra, con la separación entre teoría y práctica que realiza con su política el PCE(r) da un paso más en su labor de revisionismo práctico del marxismo. Este revisionismo, que oculta el verdadero papel del Partido en la revolución, es la grieta por donde hace aguas toda la política de este partido. Pero esto no es lo más grave; la consecuencia más perniciosa tiene que ver con la educación revolucionaria de las masas, tarea que se ve perjudicada por una propaganda que sólo ofrece confusión, cuando no simple embuste, en lugar de una nítida visión de las condiciones y de los instrumentos que requiere el desarrollo de la lucha revolucionaria del proletariado.

Como los ideólogos del PCE(r) comenzaron la casa por el tejado, se encontraron con que debían fundamentar su política militarista sobre alguna base social que diera consistencia materialista a su línea. Se inventaron, entonces, esa entelequia que comenzaron denominando “movimiento político de resistencia” y que luego paso a ser “movimiento de resistencia antifascista”. Desde la categoría de resistencia, que describe un pretendido movimiento de masas autónomo bastante extendido y articulado, han montado estos señores su tinglado político. La resistencia es la madre del cordero, ella lo crea todo: genera movimiento de masas, conciencia revolucionaria y lucha armada. La frontera entre resistencia y revolución, bien delimitada por el comunismo revolucionario, queda, de este modo, difuminada, conformando ese marchamo oportunista que caracteriza al revisionismo del PCE(r) y ampliando los efectos de la confusión que provoca su propaganda. El Partido sólo debe “aspirar a” dirigir todo ese movimiento de resistencia en sus diversas formas, que surgen por doquier como producto de la explotación y de la opresión capitalistas. Para eludir su deriva revisionista, el PCE(r) cae en el sumidero del espontaneísmo. En lugar de educación comunista de las masas, este partido ofrece el culto a la espontaneidad de las masas, mientras Antorcha, el sacerdote del Gran Consejo, engalana y da lustre al altar de la resistencia, al mismo tiempo que el de la revolución se cubre de orín y mugre.

La penúltima escena del revisionismo práctico del PCE(r) se representa ante los tribunales del Estado y es la consecuencia del proceso de dualización a que somete este partido la política comunista. Como los militantes del PCE(r) están obligados a defenderse sólo como teóricos y como políticos, como adalides de la resistencia o como revolucionarios en teoría y no como revolucionarios prácticos, se ven imposibilitados para realizar verdaderos alegatos comunistas, se ven imposibilitados para utilizar los tribunales como los utilizó siempre nuestro movimiento, para la propaganda revolucionaria. Y si esto se intenta, carecerá de toda credibilidad, pues nadie va a confiar en la palabra ni a querer aprender de la experiencia de quienes hablan de lo que dicen no realizar ellos mismos. Las masas les darán la espalda por fabuladores y la confusión y el engaño se extenderá hacia la vanguardia, que pronto se verá envuelta en ridículos debates sobre guiones garzonianos o sobre si existe o no vínculo entre organizaciones (¡La pena es que no lo haya!). De esta manera, el militante preso no puede explicar ni defender de manera consecuente y en toda su amplitud la política del partido. Ésta, entonces, deja de ser lo sustantivo y pasa a primer plano la prioridad de atenuar al máximo el castigo por la militancia comunista, con el desprestigio que acarrea dejarse arrastrar en esta dinámica. El partido, por consiguiente, dejará de dirigir la batalla en los tribunales, que quedará en manos de los abogados; en lugar del comunismo, en esta pelea mandarán las triquiñuelas legales y la sofistería de los letrados. En la calle, la política del PCE(r) se somete a la espontaneidad del movimiento de resistencia; en los tribunales, se somete al Código Penal. ¡Hasta tal punto comparte y admite el PCE(r) las premisas ideológicas y políticas que establece el sistema! Como se trata de un partido ilegal (aunque, por lo visto, tiene vocación de legalidad y de parlamento, sólo que “los Estados fascistas español y francés nos ilegalizan”), ha terminado orquestando toda su política en función de las exigencias que impone el Código Penal. El PCE(r) afirma en su propaganda no aceptar la legalidad vigente, pero elabora su política y maniobra en función de los márgenes que permite el Código Penal; el PCE(r) habla de propaganda armada ante las masas, pero ante los tribunales no es capaz de pasar por encima de las “leyes fascistas”. Las concesiones del PCE(r) al enemigo son muy generosas… ¡qué pena que la Declaración del MAI no pudiera disfrutar de la misma magnanimidad!

El PCE(r) se ha erigido en paradigma de organización política para la resistencia, ha elevado hasta su máxima expresión esta prerrogativa. No es extraño que “aspire a” aglutinar toda manifestación de este tipo de lucha. La resistencia es, por definición, adaptación, capacidad para permanecer igual ante las agresiones del medio, conservación de las propias condiciones dadas, etc.; por definición, la resistencia se diferencia, incluso se opone, a la transformación del medio, a la transformación de las condiciones dadas. A lo largo de 40 años, este partido ha demostrado ser un maestro de la adaptación al medio político circundante. No es extraño, pues, que se haya convertido en el gran abanderado de la resistencia y que tanto en su política como en su propaganda la revolución brille por su ausencia. La estrategia de la adaptación ha conducido a este partido en una progresiva deriva oportunista-derechista que se ha traducido en la constante rebaja de su programa: si el socialismo y la Dictadura del Proletariado fueron relegados desde el principio por la república popular y la Asamblea constituyente, este programa máximo se presenta ahora mermado bajo la forma de decálogo de reivindicaciones de corte democrático y sindical, tan general que puede incorporar a amplios sectores de la aristocracia obrera y de la burguesía. De lo que se trata, por lo visto, “es de coordinarse en torno a una serie de reivindicaciones mínimas sobre cuestiones que nos afectan a todos, pues el Estado no hace muchos distingos ideológicos a la hora de perseguirnos” (La lucha antirrepresiva, la solidaridad con los presos políticos y la situación actual, en Antorcha.org). Tampoco el PCE(r) parece querer hacer muchos distingos. El frentepopulismo antifascista de estos nostálgicos de Febrero del 36 reduce la política proletaria a la mínima expresión. Las concesiones hacia el oportunismo político también parecen ser generosas. ¿Cuál es la causa última? No “el Estado fascista” ni la naturaleza de las tareas económicas necesarias para el progreso de la sociedad, sino la absoluta ausencia de apoyo social de este partido, que le obliga a la apertura política hasta extremos que desfiguran los contornos de clase de su programa. Es la pescadilla que se muerde la cola: el análisis erróneo de las condiciones de las luchas de clases aleja a la vanguardia de las masas; esta falta de apoyo le obliga a estar a la defensiva; esta posición genera el discurso de la resistencia; el discurso de la resistencia provoca la rebaja política, y la rebaja política alimenta aún más la errónea percepción de las condiciones objetivas y el desarrollo errático de la línea política. Y vuelta a empezar. Ni siquiera la fase de repliegue que hoy vive el movimiento obrero a escala internacional tiene que ver con la línea política de resistencia del PCE(r): ésta fue elaborada mucho antes de que ese reflujo se hiciera evidente y sus presupuestos políticos son de índole diversa (la “lucha antifascista” y no la recomposición del movimiento comunista tras la derrota de la primera gran ofensiva de la Revolución Proletaria Mundial).

Antorcha acusa al MAI de hacer “afirmaciones sin ser conscientes de las implicaciones de las mismas”. De lo dicho hasta aquí se desprenderá que el MAI fue siempre muy consciente de sus afirmaciones. Lo que ocurre es que no comparte la doctrina del PCE(r) en materia de organización ni de propaganda comunistas. Lo que ocurre, también, es que al MAI le preocupan más las “implicaciones” del miedo que tienen los miembros del PCE(r) a defender abierta y coherentemente su política que las “implicaciones” que pueda acarrear la militancia comunista consecuente. Lo primero trae confusión, desprestigio y desmoralización; lo segundo, sólo honra. El MAI tampoco presta oídos a la proclamación de modelo de comportamiento comunista que para sí reclaman estos señores. Por suerte, no hemos perdido de vista al resto del movimiento comunista internacional ni a su historia, que ofrece, desde luego, mejores ejemplos de abnegación ante el enemigo. No sean tan petulantes, ni pretendan parangonarse con un G. Dimitrov, un J. Fucik o un Nguyen Van Troi, que sí dieron ejemplo de actitud comunista ante los tribunales. Y no es que dudemos del valor de los militantes del PCE(r): lo que no tiene valor es su política, y esto los desarma ante pruebas tan duras. No nos cabe duda, ciertamente, de que la fortaleza de los militantes del PCE(r) supera con creces la de su política, pero la valía de los comunistas se mide por cuanto continúan ejerciendo de propagandistas revolucionarios y no sólo de presos políticos. Y si en esto existe algún modelo, lo establecieron los camaradas del Partido Comunista del Perú en el penal de Cantogrande, que transformaron en luminosa trinchera de combate hasta el martirio final. Es con estos episodios heroicos que se escribe la epopeya de nuestra clase. Por favor, no digan que no sabemos lo que decimos, no insinúen, por ejemplo, que la defensa jurídica del Secretario General del PCE(r), el camarada Arenas, es un ejemplo comparable de comportamiento comunista ante el aparato represivo del Estado. En este caso, resulta triste, por no decir patético, comprobar cómo el líder de ese partido no sólo centra su defensa judicial en la negación de toda relación del PCE(r) “en actividades armadas”, que a estas alturas ya da lo mismo, sino también presuponiendo la “imparcialidad” del juez y del tribunal que llevan su caso y lamentando la influencia “del gobierno de turno” sobre sus decisiones. En su defensa, Arenas reitera que “el Partido elabora la estrategia de la revolución, pero no participa directamente en la lucha armada. Y en esto no existe contradicción alguna”. ¡No para el Código Penal, no desde el punto de vista burgués, pero sí para el comunismo revolucionario! ¡No se puede decir que el alegato de Arenas esté cortado por el patrón de Cantogrande! Para el PCE(r), la formación política burguesa propia de la época del imperialismo es el Estado fascista. Así, el Estado español es fascista e inmisericorde, y no se puede esperar indulgencia. Pero, por lo que se deduce de la estrategia de defensa del teórico del Estado moderno fascista, del Estado francés sí se pueden esperar, en cambio, jueces “imparciales”. Al parecer, en la V República el Estado no es fascista, sólo “el gobierno de turno”. ¡Sobre este sofisma se funda la defensa del ideólogo del PCE(r)! Como antes en el terreno de la política y de la organización, aquí también el oportunismo se cobra su precio, esta vez a costa del análisis de fondo en el que se basa la estrategia de este partido: o bien, el imperialismo no genera superestructuras políticas fascistas siempre (lo cual es cierto, contra lo que supone o suponía –ya no sabemos, dadas las circunstancias– el partido), o bien, el capitalismo en Francia no ha alcanzado su fase imperialista de desarrollo (lo cual es absurdo). Como se ve, no es tan fácil mantener separadas la teoría y la práctica; aunque tampoco nos extrañaría que el camarada Arenas piense que “en esto no existe contradicción alguna”.

Hemos visto que, como colectivo político, el PCE(r) somete al marxismo a un proceso de dualización, de escisión de sus elementos ideológicos. Primero, en la teoría, separa la política de la guerra, desentendiéndose del principio materialista de que la guerra es la política llevada por otros medios; esto le permite después, en la práctica, divorciar la actividad política de la actividad armada, lo cual crea las condiciones para que se tenga que separar la militancia comunista de la causa comunista. Este fenómeno de dualización resume ese revisionismo práctico que aplica ese partido y no es más que el reflejo de la división social del trabajo burguesa –fundada en la separación entre trabajo manual y trabajo intelectual– en su ideología y en su política, que pone de manifiesto su incapacidad para construir un movimiento político independiente que sirva a los objetivos de la lucha de clases revolucionaria del proletariado. Y lo que se refleja como organismo colectivo tiene su correlato, finalmente, en el plano individual, donde el reflejo ideológico burgués se traduce en liberalismo puro y simple. El PCE(r) siempre ha dicho que la participación de sus militantes en la lucha armada es fruto de una decisión soberana y personal que sólo les corresponde a ellos como individuos. Esta desviación individualista y voluntarista, ajena a la tradición del movimiento comunista internacional, es el epílogo del revisionismo práctico del PCE(r) y la confesión expresa de su renuncia a organizar y dirigir la revolución. Una vez más, el Código Penal impone las reglas; pero, lo importante, en este caso, no son las causas, sino los efectos de este método de trabajo. El marxismo enseña que el paso de la lucha de clases a la guerra de clases va acompañado de una creciente complejidad del proceso político y, desde el punto de vista de la vanguardia, de una maduración ideológica, política y organizativa. Sin embargo, la imagen que ofrece el PCE(r) en esa transición es la del paso de la organización de la vanguardia a la fragmentación de la vanguardia. Ante la complejidad del proceso revolucionario, el PCE(r) ofrece soluciones individuales. En su sermón montañés, Antorcha pone esto de manifiesto a través del salto en el vacío que propone cuando habla de “militarización” de todo el movimiento revolucionario “en el momento de la insurrección”. Salto de la resistencia a la revolución; salto de la política a la insurrección; salto del partido al ejército… El espontaneísmo, nuevamente, rige el proceso y la vanguardia, que después de renegar durante tanto tiempo de la práctica armada aparece de pronto armada hasta los dientes sin haber expuesto ni explicado a las masas un plan de acción claro, sigue propagando confusión y oscurantismo a través de inexplicables saltos mortales. Ante tanto salto, el destino seguro es el fondo del precipicio.

La línea militar

Antorcha afirma que la cuestión militar fue resuelta por su partido en los debates de los 70 y 80 con “las Brigadas Rojas y demás defensores de los Partidos-guerrilla”. Pero con su crítica de la equivocada identificación absoluta del Partido y la guerrilla, el PCE(r) se ha dirigido hacia el extremo opuesto, hacia la separación absoluta del Partido y la guerrilla. Este partido insiste en que sólo “apoya política y moralmente” a la guerrilla, mientras Antorcha ofrece la solución de la cuestión militar con la insurrección (donde, al parecer, se fusionan Partido y movimiento de masas y cuando la guerrilla deja de jugar algún papel, desapareciendo o bien integrándose en esa fusión, o no se sabe qué). ¡Estos señores se apuntan a todo! Pero el eclecticismo no va a impedir que se perciba la enorme falla que se abre entre ambas posturas, generando más contradicciones y más confusión: la línea militar que nos ofrecen comienza con las acciones individuales armadas de la guerrilla y, a través de un salto mortal, termina en la insurrección. O terrorismo o insurreccionalismo; pero ninguna explicación clara y explícita de la relación o posible relación orgánica existente entre esa guerrilla y la “militarización de todo el movimiento revolucionario”. La única relación que se nos ofrece es la imagen de la guerrilla como catalizador del espontaneísmo insurreccional de las masas: un vínculo espiritual y abstracto que no se concreta en movimiento revolucionario organizado ni se vincula orgánicamente al Partido. En su Declaración Política, el MAI defendía que la verdadera línea militar proletaria es la Guerra Popular y Antorcha se apresura a recordarnos que ellos llevan hablando de “guerra popular prolongada” “desde los años 70” y que “los del MAI” “no entienden ni una palabra” de ello. Entonces, ¿responde a los principios de la Guerra Popular esta amalgama de ideas confusas y contradictorias que nos presentan el PCE(r) y Antorcha? ¿Cómo interpretan, aplican o pretenden aplicar estos señores la Guerra Popular? En 1986, la Comuna Carlos Marx de presos de la cárcel de Soria llegaba a la siguiente conclusión:

“(…) podemos decir que, en nuestra opinión, nuestra revolución pasará por dos fases: la defensiva estratégica del desarrollo de la Guerra Popular Prolongada y la fase de la insurrección.” (Textos para el debate en el movimiento revolucionario europeo, 1987, p. 38).

Sin duda, en esta “opinión” se basan las aleccionadoras peroratas de Antorcha y sin duda da fundamento todavía, 20 años después, a la línea política y a la propaganda del PCE(r); sin duda, también, es una nueva muestra del revisionismo recalcitrante de este partido. No vamos a tomarnos el trabajo de acarrear hasta aquí citas de Mao para exponer los requisitos de la Guerra Popular. Son suficientemente conocidos y la obra de Mao lo suficientemente accesible como para evitarnos alargar innecesariamente esta carta, cuyo espacio deberá ser aprovechado para explicar cosas no tan sabidas. Así pues, todo el mundo conoce que la Guerra Popular contempla tres fases fundamentales y correlativas: defensiva estratégica, equilibrio estratégico y ofensiva estratégica. Por otro lado, también se sabe que, como estrategia militar, la Guerra Popular excluye la insurrección: ambas son soluciones militares del desenlace de la guerra de clases opuestas, independientemente de que la insurrección pueda incluirse en un momento dado de la Guerra Popular, ya de manera planificada ya como epifenómeno. Pero lo importante es que las tres etapas de la Guerra Popular son imprescindibles, pues cada una cumple una función en el proceso de su desarrollo y sirve de base para la siguiente. Lo que los comuneros de Soria presentan como una “combinación original de las estrategias revolucionarias más sobresalientes de la historia del proletariado” (ibid., p. 39) no es sino eclecticismo burdo y puro revisionismo.

Lo que motiva semejante esfuerzo de “originalidad” es el recordatorio de que “nuestros países son de población totalmente urbana (…), por lo que no es posible crear zonas rojas liberadas, ni acosar las ciudades desde el campo. Es, pues, erróneo identificar la G. P. P. (Guerra Popular Prolongada) en Europa con zonas o territorios rojos liberados en el campo, o con algún tipo concreto de guerra de guerrillas rurales o guerra de movimientos.” (ibid.). En otras palabras, la Guerra Popular sólo es aplicable como estrategia a países semifeudales o a países agrarios con escaso desarrollo de las fuerzas productivas. Esto es lo que se traduce de las conclusiones políticas que sirven de base a la línea militar del PCE(r), es decir, el rechazo fáctico de la Guerra Popular como forma superior y ley universal de la lucha de clases proletaria. El PCE(r) cercena la estrategia revolucionaria del proletariado (separa y aísla entre sí cada una de las tres fases), toma a su antojo lo que le interesa (sólo acepta la primera fase y desecha las otras dos) y trata de integrarlo con formas y estrategias ajenas al proletariado revolucionario moderno (la insurrección sustituye a las dos fases estratégicas suprimidas). En particular, el tratamiento que se ofrece de la insurrección trasluce una concepción errónea o mítica de la misma. Es cierto que la estrategia de la insurrección urbana fue la que, siguiendo el modelo de la Revolución de Octubre, aplicó también la III Internacional, a pesar de que Engels ya había extendido su certificado de defunción en 1895 y a pesar de las conclusiones sobre el arte de la guerra aplicado a la revolución a las que había llegado Lenin en 1905; pero el fracaso de las insurrecciones centroeuropeas y de las de Shangai, Nanchang y Cantón, en los años 20, unido a la experiencia de la revolución china, crearon las condiciones para una recapitulación del conjunto de la experiencia del proletariado internacional en esta materia. Fue Mao quien sintetizó las leyes de la forma militar de la lucha de clases proletaria, que resumió como Guerra Popular Prolongada, y que desde entonces pasaron a formar parte del cuerpo doctrinal del socialismo científico. Por tanto, la cuestión está planteada en estos términos: o se acepta la Guerra Popular, con sus requisitos insoslayables, como principio de la revolución proletaria o se rechaza, como hace, en la práctica, el PCE(r) cuando la incorpora a medias y a conveniencia en su estrategia. Desde el punto de vista del MAI, el argumento de corte economicista, basado en la estructura productiva o demográfica, en el que se escuda el PCE(r) para justificar su interpretación revisionista de la Guerra Popular, denota ya desde el comienzo su insuficiente comprensión por parte de este partido, mientras que, por otro lado, pone en evidencia, más bien, su incapacidad para aplicar con verdadera creatividad y “originalidad” los principios de la guerra revolucionaria a las condiciones específicas de las luchas de clases en el Estado español.

La historia demuestra que el triunfo sólido de la revolución proletaria sólo puede basarse en el cumplimiento de los requisitos de la Guerra Popular. En primer lugar, porque sus fases de desarrollo incorporan y dan respuesta al problema de la transición de la lucha de resistencia (revolucionaria, no la resistencia económica en la que se han empantanado estos señores) de las masas a la lucha (revolucionaria) por el poder de las masas, desde un método materialista y científico, no con el salto en el vacío que propone el PCE(r) cuando recurre al ideal de la insurrección para resolver ad hoc ese mismo problema. Todo eso, por cierto, nos incita a añadir una nota sobre la insurrección de Octubre como modelo de conquista del poder por el proletariado. En la tradición de nuestro movimiento, ha predominado el estudio de ese hito histórico desde la perspectiva del desarrollo de los acontecimientos acaecidos entre Febrero y Octubre de 1917. A nuestro entender, sin embargo, este punto de vista fue el que convirtió durante mucho tiempo al método insurreccional en modelo de la revolución y el que erigió el pedestal del mito de la insurrección como gran desencadenante de la conquista del poder. A nuestro entender, igualmente, una perspectiva que abarcara lo sucedido desde 1914, o incluso la guerra civil posterior, permitiría una interpretación de la revolución soviética adecuada a la aplicación de los principios de la Guerra Popular. Naturalmente, se trata todavía de una hipótesis, que deberá ser contrastada dentro del Balance del Ciclo de Octubre que el MAI defiende como condición para la reconstitución ideológica y política del comunismo, pero, de todas formas, fenómenos como el desgaste y la profunda crisis a los que la guerra sometió al Estado ruso, la progresiva bolchevización de las masas armadas entre 1914 y 1917 (tropas del frente y de la retaguardia, aparición de los guardias rojos, etc.), la dualidad de poderes entre Febrero y Octubre, la disolución de la Asamblea Constituyente y la guerra civil son, entre otros, exponentes de que, ya a primera vista, la lógica de los acontecimientos revolucionarios –independientemente y a pesar de la cronológica de los mismos– puede ser acoplada a las fases de desarrollo y al esquema de interpretación de la Guerra Popular. Además, los episodios de Alemania y Hungría, con la toma del poder sobre la base de insurrecciones obreras y su subsiguiente y relativamente fácil derrota, permiten hacer hincapié en la importancia de las circunstancias peculiares de la experiencia soviética y resaltar sus diferencias respecto de aquellos otros episodios, de modo que la fortaleza de la revolución soviética residiría en factores distintos de la insurrección, dejando ésta de ocupar el centro de la explicación de la victoria final para ser incorporada a una visión más amplia y compleja del aspecto militar en la victoria de Octubre.

II. LECCIONES DE LA EXPERIENCIA MÁS RECIENTE DE LA REVOLUCIÓN PROLETARIA MUNDIAL

Sí, mejor “mirar para otro lado”

La posición revisionista del PCE(r) en la cuestión de la línea militar proletaria se debe, como dejan entrever las palabras que Antorcha dedica al MAI, a su incapacidad para salir del marco del debate que sobre este particular mantuvieron los grupos armados pequeñoburgueses en la Europa de los 80. Y por mucho que se empeñen estos señores, su posición no se distingue, en la práctica, de la de las Brigadas Rojas, la Fracción del Ejército Rojo alemana o las Células Comunistas Combatientes belgas. Pero mientras estos grupos competían entre sí por ver quién subvertía más y mejor el marxismo, tenía lugar en Perú un verdadero proceso revolucionario, basado en la lucha armada de masas, incomparablemente más aleccionador que “el ejemplo de lucha de resistencia” de todos esos grupos juntos. En los 80, mal que le pese a Antorcha, la vanguardia de la Revolución Proletaria Mundial había abierto su trinchera en aquel país andino y no es posible adoptar hoy una posición correcta sin tener en cuenta esta experiencia. Antorcha acusa a “los del MAI” de “pereza mental”; pero en su discurso, entonado con el soniquete de la amonestación permanente, no sólo demuestra que ni se ha molestado en familiarizarse lo más mínimo con la línea de nuestra organización, a la que no alude en ningún momento en sus reproches, sino también, como es propio de quien hace mucho que vive en una burbuja aislado de la realidad creyendo que su propio ombligo es el centro del universo, que desconoce o no ha asimilado importantes capítulos de la historia más reciente de la lucha de clases del proletariado internacional. Sin duda, un somero repaso de la experiencia del Partido Comunista del Perú (PCP) en el que se señalen algunos de los elementos propios y diferenciadores de la línea política y militar del proletariado revolucionario servirán para poner aún más de relieve las deficiencias del PCE(r).

Los comunistas peruanos plantean que son cuatro los problemas fundamentales que aborda la revolución: el problema de la guía ideológica; la necesidad del Partido Comunista como único posible dirigente de todo el proceso revolucionario; la especificación de la Guerra Popular en función de las condiciones concretas del país, y el problema de las bases de apoyo sobre las que se irá sustentando el nuevo poder.

El PCP considera el inicio del proceso de reconstitución del partido desde mediados de los 50, a través de la lucha de dos líneas entre marxismo y revisionismo, y sobre todo a partir de 1963, cuando Abimael Guzmán organiza la fracción roja del partido en Ayacucho con un plan de Establecimiento de la línea política general y reconstitución del Partido, basado en el Camino de cercar las ciudades desde el campo como solución de los debates que habían ido teniendo lugar entre las distintas fracciones acerca de la vía pacífica o violenta de toma del poder y, en éste último caso, sobre si se trataba de cercar las ciudades o de ir desde éstas hacia el campo. En 1964, la fracción roja ha conquistado importantes posiciones en el partido y, a partir de 1967, su dirección aplica el Plan estratégico de Reconstituir el Partido para la guerra popular y a definir la base de unidad partidaria desde el marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tsetung (posteriormente, marxismo-leninismo-maoísmo, pensamiento Gonzalo). En la primavera de 1977 se pasa a la fase de Culminar la Reconstitución y sentar Bases de apoyo para iniciar la lucha armada. La consigna es construir en función de la lucha armada y desde el verano se trasladan decenas de cuadros al campo para constituir Comités Regionales como núcleos de las futuras Bases de Apoyo. El partido entra en reorganización general para iniciar el proceso teniendo al campo como centro y para establecer los pilares de construcción de los tres instrumentos de la revolución: Partido, Ejército y Frente (Bases de Apoyo). Naturalmente, todos estos avances se realizan en medio de una feroz lucha de dos líneas, pero puede decirse que para 1979 el PCP había resuelto en lo fundamental aquellos cuatro problemas esenciales de la revolución, al menos en cuanto a su definición y a su encaminamiento organizativo. El IX Pleno Ampliado del Comité Central de junio de 1979 consideró culminado el proceso de reconstitución partidaria y acordó el inicio de la Guerra Popular. Se formaron cuadros militares y grupos de acción y el 3 de diciembre se creó la I Compañía de la I División del Ejército Rojo (cuyo bautizo de fuego será el asalto a la cárcel de Ayacucho). El 17 de mayo de 1980 comienza la Guerra Popular en Perú con el boicot armado a las elecciones en el pueblo de Chuschi. Los destacamentos y pelotones armados del partido entran en acción de guerrilla con el objetivo de abrir zonas donde instalar Bases de Apoyo y de organizar milicias populares. La cuestión de la militarización del partido cobra importancia singular. A. Guzmán, Presidente Gonzalo, había planteado esta cuestión en la I Conferencia Nacional, celebrada en noviembre de 1979, desde el criterio de desarrollar la militarización del Partido a través de acciones armadas, de modo que el partido sería el eje de construcción de todo el proceso revolucionario y en su torno se irían creando el Ejército y, simultáneamente y alrededor de ambos, el nuevo Estado, según tres círculos concéntricos. La militarización del partido da fundamento a esta combinación que establece que el Partido es la forma más alta de organización, el Ejército la forma principal y el Nuevo Poder la forma básica de organización de las masas armadas. La línea de masas del partido consiste en pasar de masas desorganizadas a masas militarmente organizadas. Entre 1981 y 1983, la Guerra Popular se extiende por el campo peruano, proliferando las Bases de Apoyo que se articulan sobre dos elementos principales, la milicia popular y el Comité Popular Clandestino. A partir de 1983, el incremento de la Guerra Popular obliga al Estado reaccionario peruano a comprometer al ejército en la lucha contrainsurgente. Es el momento en que el PCP decide crear el Ejército Guerrillero Popular a través de la incorporación de las milicias y como paso importante hacia el mar armado de masas. Después de diez años de Guerra Popular, la situación política en Perú permitirá constatar al II Pleno del Comité Central, celebrado en febrero de 1991, que se había alcanzado la fase bélica de equilibrio estratégico después de cumplida la II Campaña del Plan de Impulsar el desarrollo de las Bases de apoyo. La III Campaña de este Plan debería crear las condiciones para un Plan de Conquista del Poder. En el II Pleno se plantean los problemas relacionados con la nueva situación, como la constitución y despliegue de los Comités Populares Abiertos, las consecuencias de la probable intervención militar del imperialismo en Perú, el paso de la guerra de guerrillas a la guerra de movimientos (el Ejército Guerrillero Popular había alcanzado capacidad operativa a nivel de batallón) y el desplazamiento del centro del teatro de la Guerra Popular del campo a la ciudad, y, con él, el problema de la insurrección como método de incorporación de las masas urbanas a la Guerra Popular, insistiendo en que se concibe como forma especial y no como forma principal de guerra, como medio de extender la Guerra Popular a la ciudad. Éste fue el punto más alto alcanzado por la Guerra Popular en Perú. Sus logros obligaron a Fujimori a orquestar un autogolpe como fórmula para la concentración de fuerzas del Estado en torno al poder ejecutivo y al ejército y como inicio de una nueva contraofensiva contra el PCP. Como se sabe, la caída de la dirección de este partido, en septiembre de 1992, supuso un grave retroceso de la Guerra Popular y marcó un punto y aparte de la revolución en Perú.

Lectura comparada

Aunque muy sucinto y demasiado concentrado, este resumen de la experiencia del PCP es suficiente para resaltar varios elementos característicos de una visión correcta de la revolución proletaria, pertinentes en el debate que aquí nos ocupa. En primer lugar, en relación con esos cuatro problemas de la revolución que conforman el camino de postas que debe recorrer la línea proletaria y que el PCP respetó y abordó en su estrecha ligazón interna, comprobamos que, ya a primera vista, el PCE(r) se desentiende completamente del cuarto de ellos, el que tiene que ver con el Nuevo Poder, con todo lo que rodea a la construcción del nuevo Estado. Y es que este partido no plantea como objetivo inmediato un Estado tipo Comuna, fundado sobre comités populares de base –cuya necesidad intrínseca demuestra la experiencia del PCP–, sino un Estado de viejo tipo, bajo la forma de república democrática parlamentaria fundada sobre una Asamblea constituyente, siguiendo el modelo del gobierno de Frente Popular surgido de las elecciones del 16 de febrero de 1936, en virtud del cual, siempre según este partido, la II República se convertía en una república popular dirigida por el proletariado. No será preciso entrar ahora en este debate, aunque sí en el futuro, pues un amplio sector de la vanguardia todavía comulga, al igual que el PCE(r), con la rueda de molino de que la línea de conservación del Estado republicano burgués y de conducción de la guerra –ya que estamos tratando de la línea militar proletaria– al estilo convencional de los generales burgueses que aplicó durante la Guerra Civil el PCE de los revisionistas José Díaz y Dolores Ibárruri fue correcta. Y no será necesario reabrir ahora este debate porque el discurso antifascista en torno a la justicia social y la libertad que adorna el programa político minimalista del PCE(r) (un decálogo, corporativista en un 90%, de reivindicaciones parciales, elaborado con evidente intención oportunista atendiendo punto por punto las expectativas del nacionalismo, los presos, el sindicalismo de clase, el feminismo, la juventud, los inmigrantes, el socialpacifismo, etc.) ya basta por sí solo para definir su alcance y su carácter de clase pequeñoburgés, pues todas y cada una de sus reivindicaciones pueden ser aceptadas por amplios sectores de la burguesía no monopolista (incluyendo la temida expropiación del gran capital financiero, de la que este partido habla pero que se ha cuidado en dejar fuera de su programa de frente amplio antifascista) y puesto que el PCE(r), tanto en éste como en su programa máximo (Asamblea constituyente), elude la cuestión crucial en este punto: la necesidad de la aniquilación del aparato estatal burgués –que no está formado sólo por su aparato represivo– y de su sustitución por el nuevo poder de las masas armadas. En esto, la posición del PCE(r) es la misma que caracteriza toda su política: propone medios para alcanzar objetivos de los que sólo habla, pero siempre ocultando la relación entre unos y otros, entre medios y objetivos. Con toda seguridad, porque en el planteamiento de este partido tal relación no existe o es imposible. Así, igual que en su línea militar el PCE(r) propone y hace propaganda sobre la necesidad de la guerrilla de cara a una futura e hipotética insurrección, de la que únicamente habla y cuyos lazos con la lucha guerrillera no se explican porque no los hay, de la misma manera, en la cuestión del Estado, propone positivamente un programa de reformas de amplio espectro social como medio de “acumulación de fuerzas” para la Dictadura del Proletariado, de la que sólo se habla –quedando, por supuesto, fuera de todas sus propuestas programáticas– y a la que recurre como referente abstracto para un futuro lejano y cuya relación con el programa político no se explica porque, en realidad, no existe. Este es el método de la demagogia, el método que siempre han utilizado el revisionismo y el oportunismo para liquidar la línea revolucionaria.

Más aún, es la posición del PCE(r) en esta cuestión del Estado la que, por cierto, nos orienta a la hora de emitir un juicio sobre el sentido de las negociaciones de este partido con el Estado. Antorcha rechaza la crítica que el MAI dirige a la línea de su partido porque persigue como objetivo estratégico forzar al Estado a un pacto. Con frases de manual contraataca reprendiéndonos porque parece que no comprendemos que los comunistas deben ser “flexibles”, que la lucha revolucionaria “no es un esquema ni una línea recta” y que no se debe dar la espalda a la negociación “si existe la posibilidad, por pequeña que sea, de conseguir algunas reivindicaciones”, eso sí, “mientras se tengan claros los objetivos estratégicos”. ¡Pues por eso mismo! Como, en última instancia, el objetivo estratégico es una constitución política que respeta en lo fundamental las estructuras del viejo poder, entonces, la política de negociaciones que practica el PCE(r) se corresponde con su línea de reformismo armado, como el MAI ya dejó dicho en su Declaración, y que los estrechos límites políticos en que se sitúan los contraargumentos de Antorcha –circunscritos a ese resistencialismo que es clave de bóveda de su ideología– no hace sino confirmar. Y que conste que aquí pasamos por alto el hecho objetivo de que lo que realmente negocia o está en condiciones de negociar el PCE(r) con el Estado, se refiere a temas de interés para su partido o para militantes de su partido, en absoluto relacionados con los intereses generales de la clase obrera.

Por otro lado, en relación con el primero de los cuatro problemas de orden estratégico planteados, el problema de la guía ideológica es, ahora mismo, a juicio del MAI, el eslabón de la cadena al que es preciso asirse para que la vanguardia no termine de perder totalmente el contacto con las necesidades de la revolución proletaria. Nos encontramos en la misma fase de construcción que enfrentó el PCP hasta 1976, la fase de definición de las bases de unidad partidaria –por utilizar su mismo lenguaje–, con la salvedad de que las circunstancias históricas son muy diferentes. Ya no es posible ni suficiente enarbolar la bandera de alguna de las corrientes que poblaron el movimiento comunista internacional durante el ciclo revolucionario pasado. El MAI piensa que es preciso partir del Ciclo de Octubre como ciclo cerrado y de su necesario Balance como punto de arranque de la reconstitución ideológica y política del comunismo revolucionario. Ya no es posible ni suficiente transitar el mismo camino que recorrió el PCP y proclamar el maoísmo como guía ideológica y como base de unidad partidaria. La profunda crisis general que atraviesa el comunismo, junto a la crisis que, en particular, ha abierto el Partido Comunista de Nepal (maoísta) [PCN(m)] dentro de la corriente maoísta, lo impiden. Es falsa la tesis de que quien ha fracasado es el revisionismo. La derrota ha sido del marxismo y la victoria del revisionismo y de la burguesía. La otra interpretación supone cerrar los ojos ante la realidad. La liquidación del movimiento comunista y del socialismo es el mejor testimonio del verdadero vencedor. Por eso el comunismo revolucionario ha perdido su posición de vanguardia, que debe recuperar; pero ya no es suficiente con rememorar o recuperar el viejo discurso, ante el cual el revisionismo ha demostrado su superioridad y el capital su inmunidad: es precisa su reconstitución como teoría de vanguardia a la altura de las exigencias de toda la experiencia acumulada por la lucha del proletariado revolucionario. El MAI está de acuerdo en que el maoísmo expresó el punto más elevado de desarrollo del marxismo durante el Primer Gran Ciclo Revolucionario, pero no está de acuerdo en que pueda ser punto de partida, sin más, del nuevo ciclo. En esto consiste, precisamente, la primera consecuencia de la cesura y de la discontinuidad que implica el fin del ciclo, que convierte esta época que nos ha tocado vivir en periodo de transición entre dos ciclos revolucionarios. Consideramos que organizaciones como el EhAKI y Kimetz, que han querido resolver la cuestión de la guía ideológica adoptando el maoísmo al mismo tiempo que parecen aceptar la tesis del ciclo revolucionario clausurado (ver su Manifiesto político o, más recientemente, Sobre la cuestión del Partido. Teoría y Práctica), incurren en una contradicción que les impide extraer todas las consecuencias de esta tesis. Es preciso que la vanguardia revolucionaria reflexione y debata sobre esta cuestión de primordial importancia. No es posible, por ejemplo, aceptar sin más, eludiendo todo criterio crítico, la Gran Revolución Cultural Proletaria como el hito más alto del pasado ciclo obviando llanamente la cuestión de su derrota final. Resolver esta cuestión es insoslayable y no se puede dar un solo paso en la línea revolucionaria sin haberle dado solución. Esto no significa que el MAI rechace la experiencia pasada de la Revolución Proletaria Mundial, como algunos han querido interpretar, sino todo lo contrario: sólo puede partirse de esa experiencia como base de reconstitución; ésta sólo es posible desde la asimilación crítica de la experiencia del marxismo a lo largo de todo el Ciclo de Octubre. El desarrollo de la lucha de clases proletaria requiere de la vanguardia un balance periódico, como hizo Marx de las revoluciones de 1848 y de la Comuna de París, Lenin del periodo entre 1871 y 1917, Stalin de los años entre1917 y 1924 o el Partido Comunista Chino (PCCh) de la experiencia de construcción del socialismo durante su controversia de los años 60 con el PCUS. Hoy se requiere de un nuevo balance, con la salvedad de que se trata de un balance cualitativamente diferente porque abarca a todos los anteriores, abarca todo el ciclo. Para el MAI, éste es el mojón que separa, hoy por hoy, el campo de la revolución del campo de la contrarrevolución. Aceptar o no la necesidad del Balance de Octubre es lo decisivo ahora mismo desde el punto de vista de la continuidad de la revolución. Esto no significa que, mientras tanto, en su lucha de dos líneas el comunismo revolucionario carezca de referentes para combatir al revisionismo. Aunque no es suficiente para erigirse en teoría de vanguardia, el marxismo sobrevive como concepción del mundo coherente en sus principios, lo cual, junto a la larga experiencia revolucionaria del proletariado, prestan todavía armas a la vanguardia para enfrentarse al enemigo. De hecho, como se ve, el MAI se apoya en lo que considera verdaderas experiencias revolucionarias para fundamentar su crítica del falso comunismo. Por eso compara al PCE(r) con el PCP. Es más, consideramos la trayectoria de este último partido no sólo a la altura de lo más avanzado de la época revolucionaria de la que emerge como digno colofón –frente a la indignidad de lo que sí es su verdadero último capítulo, la rendición del PCN(m)–, sino lo suficientemente original como para que, si bien se sostiene en lo fundamental sobre las premisas ideológicas y políticas del viejo ciclo revolucionario, reconozcamos que también contiene elementos de lo nuevo, elementos que se convertirán probablemente en premisas necesarias del próximo ciclo. Por esta razón la hemos traído hasta aquí, no sólo como referente de apoyo para desenmascarar ciertas manifestaciones del revisionismo, sino también para arrojar luz sobre esos elementos novedosos de suma importancia. Además, claro está, de apoyar nuestra crítica en experiencias prácticas reales, con el fin de anticiparnos al facilón e inquisitorial reproche que de otro modo caería sobre nuestras cabezas de intelectualillos aficionados a la especulación teórica.

Pero, ¿qué tiene que aportar el PCE(r) en este asunto? Nada en absoluto. No sólo porque, como hemos visto, con la línea de este partido desaparece la ligazón entre el problema de la ideología revolucionaria y el del Estado revolucionario, no sólo porque no se plantea la cuestión de la guía ideológica en función de la Guerra Popular y del Nuevo Poder, pues el PCE(r) se orienta hacia una forma del viejo poder, hacia el parlamentarismo y la reducción del partido proletario a mero grupo parlamentario (Asamblea constituyente), y no sólo porque este partido ha dado unos cuantos bandazos desde su originario maoísmo hasta su manifiesta nostalgia del socialismo real, sino, sobre todo, porque su actual posición frentepopulista reclama como punto de partida ideológico la doctrina que adoptó la Komintern en su época de decadencia, en el momento que otorgaba mayores concesiones a la burguesía, la doctrina que condujo al proletariado hacia el frentismo interclasista, la doctrina del periodo de mayor transigencia de la Internacional con los principios del comunismo, la doctrina que la condujo, lógicamente, a su autodisolución.

El Partido Comunista

En relación con el segundo problema estratégico de la línea proletaria, la cuestión del Partido Comunista, la experiencia del PCP, en cambio, sí aporta, a nuestro entender, varios de esos elementos novedosos que pueden ser considerados plenamente vigentes. En general, las dos lecciones válidas, de inapreciable valor, que extraemos de esa experiencia consisten en que, por un lado, es preciso considerar al Partido Comunista como resultado de la fusión de la vanguardia con el movimiento de masas, y que, por otro, se trata de un proceso político de construcción consciente que parte de la vanguardia y que no se reduce a ella. En otras palabras, el Partido Comunista es la expresión política de una relación objetiva de la vanguardia revolucionaria con las masas que se plasma en un movimiento consciente e independiente, tanto de las clases enemigas como del movimiento espontáneo de las clases amigas. Es preciso subrayar la importancia de esta visión en su dimensión histórica.

El proletariado nace como clase a través de la unión de sus luchas económicas a lo largo del siglo XIX. Se trata de una fase de crecimiento cuantitativo y de acumulación de fuerzas donde el aspecto principal recae en la organización de masas y el carácter de la lucha de clases se somete a los imperativos de la lucha de resistencia y de la defensa de las condiciones de existencia de la clase obrera como tal clase. El reflejo político de esta etapa es el partido obrero de masas, el partido de viejo tipo que expresa los intereses inmediatos del proletariado y su conciencia como clase económica (en sí) a través de una línea política reformista. Su prototipo fue el partido socialdemócrata de la II Internacional. La crisis de este modelo de partido obrero se había puesto de manifiesto con la aparición del revisionismo entre sus filas. La Primera Guerra Mundial le dio la puntilla. La continuidad de la lucha revolucionaria del proletariado pasaba, entonces, por la construcción del movimiento obrero en torno a un partido de nuevo tipo. Entre 1902 y 1905, Lenin había empleado los resultados de la lucha del marxismo contra el revisionismo para definir la naturaleza de este partido como fusión de la vanguardia con las masas (“fusión del socialismo científico con el movimiento obrero”, decía en su ¿Qué hacer?), y el éxito del partido bolchevique, en gran medida, se cifró en haber conseguido plasmar este nuevo modelo. Pero, lejos de convertirse en el prototipo de la III Internacional, en torno a ésta se fueron constituyendo partidos de vanguardia que obedecieron al único requisito de ser reunión del sector más avanzado de la clase, del sector portador de la conciencia revolucionaria (para sí) del proletariado. De este modo, el partido de nuevo tipo terminó configurándose como simple contrapunto del partido socialdemócrata, en el sentido de que si en éste el aspecto principal era situado en el aspecto cuantitativo, de masas, de la organización obrera, con el partido comunista se pasó a la organización del factor cualitativo, consciente, del factor de dirección revolucionaria del movimiento obrero. El antagonismo entre partido socialdemócrata y partido comunista escenificaba la contradicción entre las masas y la vanguardia y la incapacidad para hallar entre ellas la síntesis propuesta por Lenin que presidió la historia del movimiento obrero durante casi todo el siglo XX. Sin ninguna duda, esta larga etapa de oposición entre dos modelos organizativos, cada uno de los cuales ponía dogmáticamente el acento en cada uno de los dos aspectos que conforman la unidad dialéctica del verdadero partido de nuevo tipo leninista (vanguardia y masas), fue una etapa necesaria en el proceso de maduración del proletariado como clase revolucionaria. Si históricamente fue importante la autoafirmación del proletariado como clase y su organización independiente para la defensa y el reconocimiento de sus intereses materiales dentro del capitalismo, igualmente importante, o más, fue su autonegación como clase explotada y la proclamación de su vocación revolucionaria de sobrepasar y destruir el capitalismo. Pero estos dos momentos, aunque etapas en una misma evolución, surgen y se presentan como momentos separados y opuestos entre sí, y este antagonismo conformará el marco político en que se desenvolvió el movimiento obrero durante todo el Ciclo de Octubre. De hecho, no resulta en absoluto casual que ambos modelos del partido obrero, cada uno con su punto de vista unilateral sobre la relación vanguardia-masas, terminaran de igual manera transformándose en partidos reformistas. Y por lo que respecta a los actuales destacamentos comunistas que persiguen la reconstitución del Partido Comunista, entre los que se encuentran también los maoístas, es preciso señalar que su error de base consiste, precisamente, en que pretenden reproducir ese modelo, históricamente caduco, de partido como unidad de la vanguardia en una sola organización, como unidad intersubjetiva en el seno de la vanguardia (habitualmente denominada unidad de los comunistas o de los maoístas, etc.) y no como unidad objetiva entre vanguardia y masas. Exactamente el mismo error de principio que reprodujo el PCE(r) en su fundación, al constituirse o reconstituirse, una vez más, como partido de vanguardia que “aspira a” dirigir los movimientos de masas, pero independiente y orgánicamente separado de ellos.

Pues bien, la importancia de la experiencia del PCP reside en que, tomando directamente el testigo del partido bolchevique, consigue reconstituirse como forma superior del partido obrero, como verdadero partido de nuevo tipo leninista, desde la síntesis de sus dos formas o modelos precedentes. El PCP no es la organización del movimiento de masas, ni la organización de la vanguardia revolucionaria a secas, que luego trata de convertirse en vanguardia efectiva de las masas, sino las dos cosas a la vez: el PCP consigue ser el movimiento revolucionario organizado desde la teoría de vanguardia. La originalidad de este modelo nuevo –modelo que debe servir para la reconstitución de todos los partidos comunistas como punto de arranque del próximo ciclo revolucionario– se plasma en el método de construcción política, que consiste, en sustancia, en que es la vanguardia la que genera movimiento a través de su línea de masas. La vanguardia no presupone el movimiento de masas (espontáneo) como dado, sino que, en el contexto de las luchas de clases y de la crisis social, genera ella misma movimiento (consciente) a través de sus vínculos de todo tipo con las masas. El Partido no existe sin esos vínculos ya establecidos; algo bastante distinto de la concepción tradicional, que entendía que primero se constituía el Partido y, después, éste se vinculaba con las masas. Esta vieja visión fue superada por el PCP. La táctica de construcción del movimiento revolucionario de masas por parte de los maoístas peruanos reposaba en el principio organizativo de desarrollar formas propias como lo principal y penetrar todo tipo de organizaciones, es decir, descansaba en el principio de que se construye desde arriba, de que la iniciativa de la vanguardia a la hora de organizar a las masas es lo principal, mientras que participar en las organizaciones creadas espontáneamente por las masas o por otras clases es complemento. En lo concreto, la línea de masas del PCP terminó articulándose –sobre todo, a partir de 1973– alrededor de los organismos generados y las escuelas populares (más la coordinación metropolitana en las ciudades). La experiencia de este partido rompe taxativamente con esa especie de axioma, de profundas raíces en nuestro movimiento y que comparte todavía la mayoría de los destacamentos de vanguardia, incluyendo al PCE(r), según el cual la base de todo movimiento revolucionario debe ser obra de la espontaneidad de las masas, que el cometido de la vanguardia, ya constituida en Partido Comunista, consiste sólo en colonizar ese movimiento de masas, consiste en “aspirar a” dirigirlo, y que toda expresión organizada de lucha de las masas nace con el estigma de la revolución. El PCP, fiel al leninismo, demuestra que las organizaciones de masas sólo son revolucionarias si son organizaciones del Partido. Así, el movimiento revolucionario de masas no es independiente ni está separado del Partido, sino que es el Partido mismo; y que no se debe comprender –como se ha hecho casi siempre– por este concepto político otra cosa que lo reduzca a su dimensión organizativa (o sea, el Partido no es organización de revolucionarios, sino movimiento revolucionario organizado). Finalmente, continuando con la experiencia del PCP, cuando el Partido Comunista entra en la fase de Guerra Popular, pasan a ser la guerrilla y después el Ejército, la organización armada en suma, el principal instrumento de la línea de masas del Partido.

Algunas conclusiones

Dos son las conclusiones que inmediatamente se extraen de este planteamiento de la relación de la vanguardia con las masas para la construcción de la política revolucionaria. En primer lugar, que en las condiciones del imperialismo, en las condiciones de crisis general del modo de producción capitalista y con la revolución proletaria como tarea inmediata del orden del día, ya no es la crisis del capital la que provoca la lucha de clase del proletariado, sino que pasa a ser la lucha de clase del proletariado revolucionario (el Partido Comunista) la que provoca la crisis del capital (a través de la Guerra Popular, principalmente). Esto no es un simple juego de palabras, sino el resultado de un proceso que incluye sus propios desarrollos cualitativos. Así, si durante el capitalismo concurrencial, las crisis económicas provocaban la lucha política del proletariado –casi siempre dentro de los límites del reformismo– y eran el resorte de la actividad de la vanguardia, siendo este paradigma el que se mantuvo vigente durante todo el Ciclo de Octubre, en la fase ulterior del capitalismo maduro, la lucha revolucionaria del proletariado será la que provoque la crisis política del capital. La crisis económica del capitalismo es algo crónico y permanente, no puede ser la espoleta de la revolución, sino sólo su telón de fondo. Lo decisivo es la crisis política, y ésta debe ser inducida, provocada por la lucha consciente de la clase obrera. La historia ha demostrado que, cuando la vanguardia espera la maduración espontánea de la crisis interna del Estado capitalista, éste ya ha encontrado el modo de superarla. Desde estas consideraciones de fondo es desde donde se explica la causa última de la bifurcación de las dos líneas que pugnan dentro del movimiento obrero: la línea resistencialista, que espera la respuesta espontánea de las masas a los problemas que generan las contradicciones del sistema para hacer política, y que por sus mismas premisas no puede superar el marco de esas contradicciones (por lo que el pacto se presenta como único objetivo último posible), y la línea revolucionaria, desde la que la vanguardia hace política independientemente de la coyuntura dada, porque la actividad del proletariado revolucionario se ha convertido en el factor político principal de la lucha de clases, por encima de las crisis económicas de distinto tipo, la confrontación civil –que incluye el antagonismo económico entra capital y trabajo– o las contradicciones entre las clases poseedoras. La maduración del factor objetivo y del factor subjetivo para la revolución proletaria consiste precisamente en la posibilidad de su convergencia, desde la acción de éste, en un movimiento revolucionario (Partido Comunista) de construcción de lo nuevo y destrucción de lo viejo. Por último, este planteamiento de las cosas resulta fundamental porque es con este modo de abordar la relación entre crisis del sistema y destrucción del sistema como queda patente la ligazón indivisible que existe, en la línea política proletaria, entre Partido Comunista y Guerra Popular: es el Partido Comunista quien crea las condiciones para la crisis política del Estado capitalista y para la organización armada de las masas como solución de esa crisis a través de la Guerra Popular. Naturalmente, este planteamiento es del todo opuesto al del PCE(r), que no sólo desliga Partido y guerra, ubicándolos en parámetros de desarrollo discontinuos y no en un mismo parámetro de desarrollo político, como hace el PCP, sino que también desvincula el factor objetivo de la revolución, la crisis política del Estado, como variable independiente, separándola de la actividad del sujeto revolucionario. Para este partido, la crisis política se debe, por este orden, a las contradicciones internas del Estado fascista y a la resistencia espontánea de las masas, mientras que la acción revolucionaria se mantiene a la expectativa y opera en función de las otras. En definitiva, es en la estrecha ligazón existente entre Partido Comunista y Guerra Popular donde se sitúa el nudo gordiano que da unidad a todo el proceso revolucionario, mostrando la necesaria correlación y la continuidad de sus cuatro tareas estratégicas, la íntima concatenación existente entre las tareas teóricas e ideológicas de la revolución con las tareas prácticas de construcción revolucionaria.

Si se nos permite ahondar más en el análisis del alcance de las consecuencias de este planteamiento nuevo, diríamos que es desde el que adquiere verdadero sentido y completa coherencia el postulado maoísta de que la rebelión se justifica. Para el maoísmo, éste es principio ideológico motor de la revolución; pero, en nuestra opinión, los maoístas mismos apenas han llegado a alcanzar a comprender su profundo significado, precisamente porque siempre lo interpretan en el sentido de que la rebelión espontánea de las masas se justifica. Sin embargo, esta lectura implica acudir a una causa extrínseca al propio principio y refutar su condición intrínseca, es decir, que la rebelión tiene justificación en sí misma. En la interpretación más común, la rebelión es efecto de la opresión y la explotación de las masas. Causa y efecto establecen, aquí, ciertamente, una relación lógica de causalidad, pero externa: si hay explotación y opresión, entonces hay rebelión. En la práctica, naturalmente, esto funciona, pues esta lógica está en el orden del día de toda sociedad de clases. Pero en el plano teórico quiebra con tan sólo cambiar la premisa: si no hay explotación y opresión, entonces no se justifica la rebelión. La consecuencia teórica es que el principio revolucionario no es un principio absoluto, sino relativo, que sólo puede hallar justificación fuera de sí mismo. La consecuencia práctica es una concepción de la revolución como resultado de la resistencia y una concepción economicista de la conciencia revolucionaria, que se contempla como producto de la experiencia en la lucha de resistencia. Y de aquí a la idea sempiterna y siempre recurrente del revisionismo de que la revolución no es más que un agregado de reformas sólo hay un paso. Sin embargo, el marxismo no surgió como expresión de los intereses corporativos de una clase, ni su doctrina es reflejo teórico de su única experiencia como clase, sino que nació como síntesis de los logros alcanzados por el pensamiento humano y como expresión de los resultados de las luchas de todas las clases a lo largo de la historia; es decir, la revolución proletaria no viene justificada en el marxismo por la experiencia subjetiva del proletariado como clase, sino por su posición objetiva en el proceso social. Esto por una parte. Por otra, la vocación del marxismo como teoría consiste en construir una concepción del mundo revolucionaria, es decir, una visión que incluya a la revolución como fundamento de toda la realidad, como principio absoluto que lo mueve todo, principio que no necesita ser explicado por una causa, por otro principio anterior. La rebelión como reacción ante la opresión y la explotación es algo que comparte el proletariado como clase dominada con el resto de las clases oprimidas de todas las formaciones sociales. No confiere, por tanto, originalidad y especificidad alguna a la revolución proletaria. La rebelión espontánea como acto legítimo contra la tiranía es algo que tienen en común muchas clases a lo largo de la historia, y no siempre clases subalternas, precisamente. La doctrina del tiranicidio no sólo fue defendida por el milenarismo sectario de origen cristiano que animó las revueltas campesinas a lo largo de la Edad Media y de la Edad Moderna, sino que también fue difundida, entre los siglos XIII y XVI, por los ideólogos defensores de los intereses de los señores feudales para justificar la resistencia a la centralización absolutista de las monarquías (John Salisbury, en Inglaterra, y el jesuita Mariana, en Castilla, por ejemplo); igualmente, forma parte del democratismo pequeñoburgués de corte rousseauniano o del liberalismo burgués de los padres de la Constitución norteamericana. En cambio, el marxismo no es una simple doctrina contra tiranos, una doctrina de la rebelión más en apoyo de los oprimidos, sino una teoría de la revolución social que se fundamenta en el hecho irrefutable de que la realidad, la naturaleza y la sociedad se desenvuelven revolucionarizándose (tesis que da fundamento al materialismo dialéctico). Sin duda, numerosas formulaciones clásicas del marxismo, durante el pasado ciclo, se inspiraron en motivaciones externas al propio marxismo, que entraban en contradicción con su verdadera esencia y que permitieron su instrumentalización. El marxismo siempre ha sido utilizado por otras clases y por otras ideologías para legitimarse y ampliar su influencia social, desde la burguesía hasta la denominada teología de la liberación; pero la instrumentalización típica, tradicional y dominante del marxismo ha sido y es la del sindicalismo, la subversión del marxismo en función de la defensa de los intereses económicos inmediatos de la clase obrera y de su condición de clase asalariada. Tesis tales como que el marxismo es, únicamente, guía para la acción (y no toda una concepción del mundo), o que su cometido es servir al pueblo han desvirtuado y desvirtúan su verdadera dimensión, al situar a la teoría revolucionaria del proletariado en función de referentes extraños a ella. El marxismo no se elaboró para dar sentido a la práctica política de una determinada clase, ni para representar sus intereses como tal clase; el marxismo nació para transformar la práctica de esa clase y para poner en cuestión la conciencia inmediata de sus intereses como clase. De lo contrario, no podría ser una teoría de vanguardia: sería una teoría de retaguardia sancionadora del statu quo que se vería reducida a doctrina ética guiada por imperativos ajenos a sus propios postulados internos. La gran lección de la experiencia del PCP consiste precisamente en esto, en que demuestra que la acción de la vanguardia viene justificada por su misma posición de vanguardia del proceso social (y no por ser punta de lanza de las luchas de resistencia del proletariado) y que esa acción se inicia desde sus pasos iniciales como acción revolucionaria, que primero se apoya en la teoría para definir la línea política de la revolución y que después se apoya en las masas para construir movimiento revolucionario (Partido Comunista) y destruir las bases de la vieja sociedad revolucionándolas, creando Nuevo Poder. El movimiento no pasa de la resistencia a la revolución, es revolución siempre, desde el principio hasta el fin. La rebelión se justifica no en función de un ideal ético o utópico u otro principio instrumentalizador, sino como la única vía para la continuidad del progreso social, porque, en el estadio social alcanzado, es la única manera de que la materia continúe su desarrollo progresivo. La opresión y la explotación explican que haya revolucionarios, pero no que haya revolución. La razón de la revolución es la revolución. La explotación y la opresión pueden servir, y servirán, de base de apoyo a la revolución, pero no la justifican por sí mismas, no son razón suficiente de la revolución. En esto consiste la originalidad de la acción revolucionaria del proletariado como clase específica y esto es lo que la diferencia del resto de las clases subordinadas de la historia. Y la lección que nos ofrece, en este sentido, la experiencia del PCP, el modo como la vanguardia maoísta peruana ordena y utiliza los instrumentos políticos de la revolución y para la revolución, consiste en habernos mostrado un ejemplo de reencuentro coherente de acción política revolucionaria con las premisas revolucionarias del marxismo, y en haber iluminado el camino para su recuperación (reconstitución) como teoría revolucionaria de vanguardia con vocación totalizadora que en sí misma halla los motivos, las premisas y la posibilidad de incorporar los resultados de su actividad práctica. Los maoístas gustan decir que las masas hacen la historia, pero olvidan añadir –y sin esto ese lema no sería más que loa a la espontaneidad de las masas– que, en el punto del desarrollo social en que nos encontramos, momento en que el futuro sólo es posible como obra de construcción consciente, las masas sólo podrán seguir siendo protagonistas de la historia como masas revolucionarias.

Como el comunista típico de nuestros tiempos suele ser pragmático y poco capaz o poco dado a la teoría, esta digresión tal vez le pueda parecer fútil y la rechazará sin siquiera haber reflexionado sobre ella por filosófica o demasiado especulativa. Ejemplifiquemos, pues, las consecuencias prácticas de la tesis que acabamos de exponer. ¿Cómo se justifica la rebelión bajo la Dictadura del Proletariado, cómo se justifica la revolución cultural? Si en el socialismo no hay opresión ni explotación, ¿sobre qué se fundamenta la rebelión?, ¿cómo se explica la revolución dentro de la revolución? Los maoístas responden que para prevenir la usurpación burguesa. Y es correcto. Pero este pensamiento supone romper con las premisas teóricas de las que se partía (pues una amenaza no es todavía un hecho) y obliga a una reflexión más profunda sobre sus implicaciones prácticas. En nuestra opinión, en cierto sentido, este problema no fue resuelto durante la Gran Revolución Cultural Proletaria china y produjo tensiones entre la teoría y la práctica del partido comunista que contribuyeron al fracaso final. La Unión Soviética, por su parte, es el mejor ejemplo de lo que ocurre en la práctica cuando ni siquiera se intuye el problema. A partir de los años 30, tras la derrota de la clase kulak y la victoria de la industrialización acelerada y de la colectivización, se extendió la idea de que se había superado la explotación del hombre por el hombre, la opresión de clase –aunque no todavía la existencia de clases–, de modo que el progreso social pasaba a depender del desarrollo de las fuerzas productivas, pues la lucha de clases había perdido el fundamento que le daba sentido. El proletariado, entonces, medía su nivel de conciencia revolucionaria por el grado de cumplimiento de los planes quinquenales. La emulación económica y, después, la emulación pacífica se convirtieron en los motores de la avenida del Comunismo. Y como los beneficios sociales del sistema económico pasaron a ser su única legitimación, la clase obrera se convirtió, poco a poco, en una clase acomodaticia y su conciencia fue rebajándose y retornando al nivel de conciencia sindicalista. Siguiendo la tesis del PCCh de que en el socialismo todavía existe división del trabajo y clases, bases del peligro de restauración, y que éste sólo se conjura con la revolución cultural, el PCP defiende la tesis correcta de que el paso del socialismo al Comunismo sólo es posible a través de sucesivas revoluciones culturales. Esto supuso la recuperación, por parte del proletariado internacional, del principio de la lucha de clases como principio motor del desarrollo social. Pero también supone que, entonces, la rebelión sólo se justifica desde la órbita de la conciencia, desde el imperativo revolucionario de proseguir el camino de la transformación social hasta el fin de las clases. La rebelión ya no es espontánea, sino consciente y parte del sujeto consciente, de la vanguardia revolucionaria, que bien puede tener carácter de masas. Los motivos materiales de la rebelión se someten cada vez más a la voluntad del sujeto consciente a medida que la revolución avanza. Ésta es progresiva y crecientemente obra consciente. La opresión y las demás lacras materiales de la sociedad de clases van dejando de ser base de apoyo de la revolución. El proletariado construirá el Comunismo no por necesidad ni porque exista una insoslayable ley del desarrollo social que le obligue a ello, sino porque libremente desee hacerlo. El ardid de la razón hegeliano ha sido derogado por el proletariado. El mecanismo de la historia que favorecía el progreso general a través de la búsqueda ciega del interés particular ha periclitado. La burguesía accedió al poder gracias a la revuelta campesina y el siervo, que buscaba la propiedad de la tierra, se encontró convertido, sin quererlo, en ciudadano libre desposeído, en proletario. Engels decía que con este tipo de artimañas avanza la sociedad. Pero el proletariado no tiene como aliados ni ignotas astucias de la historia ni supuestos destinos predeterminados. La clase obrera sólo puede sostener su proyecto liberador en su voluntad para ejecutar y culminar una obra de construcción consciente cuyo resultado no es aleatorio, sino predecible, la emancipación de la humanidad de la sociedad de clases y el paso a un estadio superior de civilización. Ninguna fuerza oculta procurará este desenlace desde el solo desarrollo de la lucha espontánea del proletariado como clase económica explotada por el capital. Igual que los comunistas chinos debieron completar el contenido de la tesis marxista de la Dictadura del Proletariado añadiendo que se trata de la dictadura omnímoda sobre la burguesía, es preciso matizar y concretar la tesis marxiana de que la lucha de clases desemboca en la Dictadura del Proletariado señalando que se trata de la lucha de clases revolucionaria del proletariado.

La segunda conclusión que nos ofrece el tratamiento por el PCP de la relación entre la vanguardia y las masas es también muy importante porque la experiencia de este partido demuestra que el proceso de construcción del Partido Comunista se divide en dos grandes etapas bien diferenciadas por su naturaleza y por sus tareas políticas, etapas que quedan delimitadas por el momento de la culminación de la reconstitución del Partido. La primera etapa es la prepartidaria, la etapa en que los comunistas pugnan por resolver los dos primeros problemas estratégicos, las tareas de hegemonía de la teoría revolucionaria entre la vanguardia y de organización en torno a la línea y al programa de la revolución. No basta con que los comunistas resuelvan por sí mismos esos problemas en la teoría, es preciso vincularse con los sectores activos y conscientes de la clase para ganarlos para la ideología y la línea revolucionarias. La línea de masas existe como instrumento de enlace con la lucha de clases, pero combatiendo la línea sindicalista de derecha que pretenderá que los comunistas dirijan la lucha de resistencia de las masas. La vinculación de los comunistas con la resistencia a través de su propaganda y de su línea de masas –que se plasmará a través de organismos generados– no persigue conquistar masas, sino a la vanguardia de esas masas, con el fin de organizar un incipiente movimiento revolucionario mínimamente articulado, aprovechando todas las posibilidades legales y semilegales (aunque salvaguardando siempre la clandestinidad del núcleo central), y de definir la línea y el programa de la revolución desde la lucha de dos líneas. Se trata de la fase de lucha de clases revolucionaria pacífica. Cuando el grado de influencia del comunismo entre la vanguardia sea lo suficientemente amplio y, a través de ésta, entre las masas, y cuando este desarrollo político esté lo suficientemente consolidado orgánicamente, se considerará reconstituido el Partido, lo cual supone, automáticamente, el paso a la siguiente fase, la etapa de guerra de clases, que se inicia con la Guerra Popular (tras el consabido periodo de preparación) y en la que la línea de masas adquiere carácter militar y va dirigida a lo hondo y profundo de las masas según el principio de pasar de masas desorganizadas a masas militarmente organizadas. Comprender esto es esencial. El PCP insiste en que es preciso distinguir la nata superficial que es la costra que sirve a la reacción, de las inmensas mayorías hondas y profundas; y es preciso, también, relacionar esto con la idea de que, en esta etapa, el objetivo son éstas últimas, que –y esto es fundamental– son masas desorganizadas. Sobre lo que nos alecciona la experiencia del PCP en este punto es en la necesidad de desenmascarar y romper con la falsa idea sindicalista, dominante entre nuestro movimiento actualmente, de que la lucha de resistencia es la plataforma sobre la que debe sostenerse el trabajo de masas del Partido Comunista. Esto es falso porque las organizaciones de resistencia más o menos consolidadas se constituyen o tienden a constituirse en correas de transmisión del Estado burgués, persiguiendo la influencia y el encuadramiento de masas para apuntalar el sistema. En el capitalismo actual, las verdaderas masas están desorganizadas. Así, si en la fase de reconstitución partidaria las plataformas de resistencia pueden servir como complemento en el estrechamiento de lazos del comunismo con los sectores avanzados del movimiento de masas (sin pretender conquistar sus organizaciones, insistimos, sólo a estos sectores), en la etapa subsiguiente, cuando el Partido reconstituido inicia la lucha por ganar a las amplias masas y por conquistar el poder, esas organizaciones pasan al campo de la reacción y el objetivo es destruirlas a través de la propaganda armada y de la organización armada de las masas que sufrían su influencia. En otras palabras, el Partido no construye movimiento revolucionario de masas desde el trabajo en las organizaciones reformistas reaccionarias, sino contra ellas.

La Guerra Popular

En resumen, y ya pasamos al tercero de los grandes problemas estratégicos de la revolución, la Guerra Popular, en realidad, no es más que una etapa más del proceso de construcción del Partido Comunista. La Guerra popular y los instrumentos que requiere son la estrategia y el método que adopta la vanguardia para abordar las tareas de una etapa determinada del proceso revolucionario –la etapa de conquista de las masas y de construcción del Nuevo Poder–, una vez cumplidos los requisitos de la reconstitución del Partido Comunista y como condición para la subsiguiente etapa de construcción política: fin del periodo de dualidad de poderes y triunfo e instauración de la Dictadura del Proletariado.

La principal particularidad de esta fase de Guerra Popular consiste en que la línea militar pasa a ser el centro de la línea política general del Partido. De este modo, se plasma la ley de que la guerra es la continuación de la política por otros medios. El proceso de construcción de la vanguardia genera un movimiento político de cuyo desarrollo surge el Partido Comunista. Éste genera actividad guerrillera creando destacamentos armados que, en su contacto con las masas hondas y profundas, organizan milicias populares. El desarrollo de la guerra de guerrillas permite forjar Ejército guerrillero sobre base de masas, cuyo éxito permitirá su transformación en Ejército popular y en mar armado de masas como instrumento de la expansión de las instituciones del Nuevo Poder. Por tanto, todo constituye un único y mismo proceso político, en el que cada fase sucesiva es exponente de los estadios de su desarrollo, del grado creciente de madurez política del movimiento y de su cumplimiento de las tareas revolucionarias. El movimiento revolucionario es uno solo y es general porque se centra en lo militar, esfera en la que se concentran todos los aspectos de la realidad social en condiciones de guerra civil. El Partido Comunista dirige omnímodamente todo el proceso y sus instrumentos –Ejército y nuevo Estado–, y como expresión política y organizativa del sector revolucionario del proletariado se convierte en el sujeto de transformación consciente de la sociedad. Por eso, rompiendo con toda veleidad espontaneísta, actúa según planes preestablecidos, con objetivos definidos y generando las herramientas necesarias para alcanzarlos. Hasta la consecución de la Dictadura del Proletariado, éste es el mecanismo general de la revolución, según se desprende de la experiencia del PCP. ¿Qué nos ofrece a cambio el PCE(r)?

Ya hemos visto que, para este partido, la Guerra Popular es de imposible aplicación en los términos aquí descritos para el caso de los países imperialistas. También hemos visto que, para el MAI, esta posición obedece más bien a su incapacidad ideológica y a su falta de voluntad política para aplicar las leyes de la Guerra Popular a las condiciones de esos países. La historia demuestra que es falso que no se pueda partir de las ciudades, que no se puedan crear bases de apoyo de la Guerra Popular en las zonas urbanas. Los soviets en las revoluciones rusas, la casbah argelina durante la guerra de liberación nacional, los barrios católicos de Belfast ante la ocupación colonial británica, las ciudades del sur del Líbano y los numerosos núcleos de resistencia en Irak actualmente, o, incluso, el Barrio Latino de París durante el mayo del 68 o la kale borroka en Hegoalde, aunque no forman parte ni están ni estuvieron integradas en una estrategia proletaria de Guerra Popular, son episodios que demuestran fehacientemente la posibilidad de provocar vacíos del viejo poder y de que sean ocupados por el poder de las masas urbanas, y que este fenómeno no es algo en absoluto extraordinario, sino más bien tendencia objetiva que provoca casi siempre la crisis social, y son prueba de que desplegar Guerra Popular en las ciudades no depende de imponderables condiciones económicas, sino de condiciones políticas, de que la línea sea correcta y de la capacidad del Partido para ganarse el apoyo de las masas. El resto depende de la iniciativa, la creatividad y la flexibilidad del movimiento para adaptarse a las situaciones dadas, que son los criterios de aplicación de la Guerra Popular, cuya ausencia en la línea militar del PCE(r) sólo invita a pensar en su total ausencia de criterio revolucionario. El PCP enseña que la construcción del Nuevo Poder a partir de bases de apoyo sigue el principio de fluidez de la Guerra Popular: puede expandirse o contraerse, desaparecer en un lugar y aparecer en otro… El punto de vista fijista sobre la Guerra Popular que adopta el PCE(r), según el cual este tipo de guerra consiste siempre en cercar las ciudades y en considerar las bases de apoyo como espacios consolidados, como un concepto que designa territorios y no –como es en realidad– masas armadas, le impide comprender la posibilidad del paso de la defensiva estratégica a una fase de equilibrio de fuerzas, y le obliga, en un alarde de absoluta falta de perspectiva, a recurrir a la huida hacia adelante para resolver el problema de la continuidad estratégica de su línea militar dando un salto precipitado y absurdo hacia la insurrección, borrando de un plumazo todos los requisitos que hacen posible crear las condiciones ideológicas, políticas y organizativas del asalto definitivo al poder. Algo lógico, por otra parte, pues esos requisitos y esas condiciones tienen que ver con la maduración política de las masas y con la consolidación del Nuevo Poder, factores que no entran en las cuentas de la política pactista de frente interclasista del PCE(r). La revisión de la teoría de la Guerra Popular por parte de este partido no es sino la confesión de que su política no puede ni quiere plantearse el objetivo de la destrucción del viejo Estado, sino solamente el debilitamiento de su forma actual para sustituirlo (reformarlo) por otra forma de ese mismo Estado. Por eso, no puede ni quiere diseñar un escenario político-militar de desgaste del poder burgués hasta el punto de que pueda ser posible el nacimiento y el crecimiento de un nuevo poder revolucionario en equilibrio con aquél, que luego pueda pasar a la ofensiva. Por eso, ni siquiera se plantea el problema de las bases de apoyo en la lucha guerrillera y se contenta con la alianza exclusivamente política (no militar) de todos los sectores supuestamente perjudicados por el Estado fascista.

Recientes episodios de la lucha de clases demuestran la tendencia objetiva de la crisis general que vive el capitalismo a producir dislocaciones políticas que crean vacío de poder y la posibilidad de la agudización de la crisis política. Las movilizaciones contra la guerra de Irak en el Estado español, en 2003, fueron en gran parte incitadas por intereses de un sector de la gran burguesía en su enfrentamiento intestino contra otro sector de la clase dominante; sin embargo, sobre todo en sus primeras fases, ese movimiento mantuvo cierto componente espontáneo de carácter popular, de resistencia de las masas contra los planes imperialistas del Estado español. En esa primera fase, hubo vacío de poder que, aunque inmediatamente fue ocupado por el partido de oposición parlamentaria, creó condiciones durante un breve espacio de tiempo para la acción de un verdadero Partido Comunista, si éste hubiera existido, en la línea de dirigir ese movimiento o a un sector del mismo hacia la organización revolucionaria. Más claro aún fue el caso de la crisis provocada por el desastre del Prestige, en 2002, cuando el vacío de poder fue más prolongado, ninguna fracción política institucional se apresuró a cubrir ese vacío y el carácter autónomo y la iniciativa del movimiento espontáneo de las masas fue de mayor alcance. Un Partido Comunista habría dispuesto, en este momento, de un gran margen de maniobra política para incidir en un movimiento autoorganizado –y, por eso, organizado de manera primitiva–, menos amplio pero más profundo que el anterior dirigido contra la guerra. En las condiciones políticas de un Partido Comunista reconstituido, la labor de éste en la línea de pasar de masas desorganizadas a masas militarmente organizadas hubiera dado otros frutos distintos de la transformación de este movimiento en plataforma social de resistencia, reconducida hacia la integración en el sistema como medio de encauzamiento del descontento social derivado de las contradicciones cada vez más patentes del capitalismo y cuya actividad ha quedado reducida a simples y testimoniales marchas de aniversario. Y mucho más evidente todavía es el ejemplo del vacío de poder provocado por la crisis de las banlieues en Francia, durante el otoño de 2005. En este caso, las posibilidades de un Partido Comunista para transformar (no sólo dirigir) el movimiento de protesta social de los suburbios urbanos galos en formas de lucha armada de masas eran inimaginables.

Pero todas estas posibilidades –es preciso insistir en ello para que nadie se llame a engaño y se forme un cuadro irreal de esas situaciones hipotéticas– presuponen el Partido reconstituido y, en consecuencia, un contexto político previo también diferente, marcado principalmente por el hecho de que el papel del proletariado revolucionario sería mucho más activo –en tanto que la reconstitución del Partido implica el paso a la ofensiva política de la vanguardia proletaria– que la mera comparsa que realmente resultó ser y, por consiguiente, el cuadro político de las relaciones de clase sería distinto en todos lo ejemplos aludidos, hasta el punto, tal vez, de influir lo suficiente en las alineaciones de clase como para que el Estado no hubiera siquiera permitido llegar a semejantes situaciones ante una amenaza revolucionaria mucho más presente. Valgan, sin embargo, como ejemplo a los efectos de exponer los términos en que debe entenderse el verdadero trabajo de masas comunista.

Para influir decisivamente en esas situaciones de crisis política del capital, es preciso, también, que el Partido haya sido reconstituido desde bases correctas, es decir, no como simple círculo político de vanguardia, sino como organismo que ya ha fijado lazos con el movimiento social práctico de la clase obrera suficientes como para estrecharlos y extenderlos a una escala nueva en estos episodios críticos de estallido espontáneo de las masas, con el fin de vincularse con ellas al modo revolucionario y no para adaptarse a su movimiento, ni en sus formas ni en sus métodos, ni para dirigirlo y agregarlo a su radio de influencia en función de no se sabe qué programa reivindicativo o en función de no se sabe qué política reformista de presión sobre el Estado, sino para transformar la violencia espontánea de las masas en violencia revolucionaria en función de la Guerra Popular y de la creación de bases de apoyo de la revolución proletaria. Y que conste que estamos ante expresiones espontáneas de la crisis del sistema capitalista y que son las masas las que inconscientemente provocan las dislocaciones de su sistema político. ¿Qué ocurriría si un movimiento revolucionario, apoyado en un sector importante de la vanguardia proletaria y organizado como Partido Comunista, se dedicara a actuar de manera sistemática y planificada en todos y cada uno de los frentes que abren las contradicciones del capitalismo para provocar vacío del viejo poder y generar nuevo poder desplazando y liquidando la iniciativa y la influencia de las correas del transmisión del Estado (sindicatos, ONGs…), organizando a las masas desorganizadas –como lo eran realmente las que protagonizaron los episodios aludidos– en organizaciones revolucionarias integradas en la estrategia de Guerra Popular del Partido Comunista? Imaginarse la respuesta a este interrogante ayudará no sólo a comprender en lo concreto los elementos y los requisitos que precisa la estrategia revolucionaria, sino también a familiarizarse con el escenario político que ofrecerían las luchas de clases en el momento en que el Partido Comunista prepara el paso a o inicia la Guerra Popular. Igualmente, ayudará a atajar por anticipado la crítica de que el MAI no concede valor alguno a la iniciativa de las masas. Como se ve, no es así. Lo que ocurre es que somos consecuentes con los presupuestos de la estrategia de Guerra Popular, que exigen que la ideología y la vanguardia dirijan el proceso revolucionario e incorporen a las masas al mismo. Somos coherentes con el principio marxista-leninista de que el sujeto de transformación social ya no es el proletariado en general, sino el proletariado revolucionario. En 1914, el movimiento obrero internacional se dividió en dos alas. Lenin certificó este hecho en documentos como La bancarrota de la II Internacional o El socialismo y la guerra. Desde entonces, no es posible hablar del proletariado como clase social homogénea, como clase política monolítica. El culto al proletariado como clase explotada, sin mayores consideraciones, conduce al resistencialismo, a la postración ante el movimiento espontáneo de las masas y subordina la iniciativa de la vanguardia y del Partido Comunista a esa espontaneidad. Los resultados han sido siempre y serán catastróficos para la revolución. El punto de partida del proceso revolucionario es la forma superior de organización proletaria, el Partido Comunista, no sus formas inferiores. El Partido es exponente de la fusión alcanzada entre la vanguardia revolucionaria y el movimiento de masas, por eso es índice de madurez política de la clase que permite dar paso a la guerra civil. Entonces, la forma superior transforma, eleva e incorpora a las inferiores. El proceso se construye –no surge– desde lo más elevado, desde la forma superior, no desde abajo, desde las formas inferiores. Es falso que éstas se incorporan por sí mismas a la revolución o que sirven a la revolución en tanto que organizaciones de resistencia. La creatividad de las masas juega un enorme papel, pero no resuelve por sí misma la cuestión de a qué clase servirá su iniciativa espontánea. La Guerra Popular la hacen las masas, pero organizadas como masas revolucionarias por el Partido Comunista.

III. CASUÍSTICA DE LA LÍNEA POLÍTICA DE GUERRA POPULAR

El caso del PC (MLM)

Para abundar más en estos puntos, y con el fin de que el contraste dé mayor relieve a esos elementos y requisitos de la estrategia revolucionaria en general y de la Guerra Popular en particular, compararemos nuestro punto de vista con algunas manifestaciones de organizaciones maoístas que, a nuestro entender, buscan honestamente situarse en la correcta línea proletaria, pero que incurren en errores cuyo origen está, ciertamente, en el arrastre de viejas premisas heredadas del pasado ciclo revolucionario y que se han asumido acríticamente. Esos errores consisten en la exageración de unos u otros elementos de la Guerra Popular que conducen a desviaciones de su justa concepción. En primer lugar, el balance que realizó, en enero de 2006, el Partido Comunista (Marxista-Leninista-Maoísta) francés de la revuelta de las banlieues. Para esta organización, “la revuelta fue una rebelión de la misma naturaleza que la guerra popular”, por lo que es preciso atribuir a la rebelión “el carácter de guerra popular” (ver Continuons le processus enclenché, continuons à nous rebeller, en Lescommunistes.net). Más aún, como, según este grupo maoísta, el movimiento continúa activo y es el fenómeno político al que es preciso “agarrarse”, hace un llamamiento a continuar la rebelión. Para el PC (MLM), “la revuelta forma parte del orden de las cosas” y es sobre esta idea que “se funda nuestra estrategia comunista”; la Guerra Popular es “la manera de luchar” que tienen las masas, que consiste en que “en la guerra del pueblo el pueblo no cuenta con otra ayuda que él mismo”. Aunque, para los maoístas franceses, lo que demuestra la rebelión de los suburbios es “la necesidad de un Partido Comunista auténtico para dirigir la lucha a fin de que triunfe”, el papel de este partido como sujeto político queda diluido en la iniciativa espontánea de las masas. La Guerra Popular, entonces, es un fenómeno político que surge desde el comienzo con sus perfiles ya definidos porque es “la generalización del principio de organización de las masas por sí mismas, masas de las que los comunistas son los elementos más avanzados”. A la postre, en este balance el Partido Comunista como tal queda reducido a círculo de vanguardia, a organización de “los comunistas” subsumida en el movimiento general de la rebelión de las masas; su función organizadora no se reconoce en virtud de la capacidad de autoorganización de las propias masas y su cometido se ve limitado a “educar a las masas mostrándoles su verdadera naturaleza” revolucionaria, ya que “los comunistas son la memoria de las luchas de masas por su liberación y, por tanto, son necesariamente su dirección política”. En consecuencia, la línea de masas comunista, la tarea política de “los comunistas”, es dotar a ese movimiento presente –e, incluso, permanente– de conciencia revolucionaria.

El texto de los maoístas franceses demuestra que éstos se debaten entre terribles dudas en torno a las dos cuestiones centrales de la relación del marxismo con el movimiento obrero, las cuestiones de la conciencia y de la organización revolucionarias. En relación con la primera de ellas, cuando se sitúan en el plano teórico, los camaradas franceses tratan de cumplir con el guión marxista, aceptando y defendiendo la idea de que la conciencia revolucionaria proviene de fuera del movimiento espontáneo, de que es preciso que los comunistas cumplan un papel educador, etc.; aunque ya aquí imponen estrictos límites al alcance de ese papel al declarar, al mismo tiempo, que, después de todo, esa labor de educación se reduce a revelar a las masas “su verdadera naturaleza”, a mostrarles el sentido verdadero de sus luchas y de su experiencia como clase, a dotar de horizonte consciente a un movimiento inconsciente, pues, al parecer, el comunismo sólo es “memoria” o síntesis histórica de la experiencia de las masas oprimidas en la lucha por su liberación. Sin embargo, cuando se sitúan en el terreno práctico las consecuencias de ese límite teórico se imponen con toda su crudeza: “en la naturaleza misma de las masas está el desear la destrucción del Estado”, llegan a decir. A efectos prácticos, por tanto, para los maoístas franceses la conciencia revolucionaria ya es patrimonio de las masas. En tales términos, se abren numerosas dudas sobre el papel real que pueda jugar el marxismo o un partido comunista, siquiera en los propios términos por los que ellos dicen abogar. Mucho nos tememos que este punto de vista abre la puerta a la liquidación del movimiento comunista.

En cuanto a la segunda cuestión, la de la organización revolucionaria, ocurre lo mismo: en teoría, los franceses dicen que el movimiento de las banlieues reclama la “necesidad de un auténtico Partido Comunista” porque “las masas no están organizadas”; afirman que las masas “no necesitan que se les comprenda, sino que se les organice”. Pero, en la práctica, dicen también que en ese movimiento de los suburbios urbanos galos “se vio que el nivel de organización de los jóvenes proletarios era de un alto nivel. Esta organización proviene de una larga tradición en los barrios, una tradición que va más allá de la historia de las ciudades-dormitorio para hundir sus raíces en las poblaciones chabolistas de los años 1960-70”. Es decir, el movimiento, en realidad, disfrutó de capacidad de autoorganización suficiente. Entonces, a efectos prácticos, si el movimiento era autoconsciente y estaba organizado, ¿para qué necesitaba a “los comunistas”? La liquidación del comunismo está consumada. El PC (MLM) francés se impone tareas que luego reconoce que pueden realizar las masas por sí mismas. El culto a la espontaneidad de las masas conduce a estas paradojas ya habituales en nuestra historia: la liquidación del comunismo por los comunistas.

En la relación conciencia-espontaneidad, el PC (MLM) se decanta, invirtiendo los términos correctos, por otorgar el papel principal al factor espontáneo. La crisis social permanente del capitalismo y la tendencia objetiva a la rebelión de las masas no son sólo telón de fondo sobre el que actúa la vanguardia comunista como sujeto consciente, sino que son ese mismo sujeto. El reflejo de las contradicciones y de la crisis del capital en el estado de ánimo de las masas es lo sustantivo, es lo principal. Los comunistas actúan en función del repunte coyuntural de la respuesta de las masas a la presión del capital, deben “aceptar el desarrollo desigual de la revolución, el desfase entre la situación social y la práctica de las masas, para situarlas al mismo nivel y desarrollar la conciencia revolucionaria”. La práctica política del comunismo se reduce, pues, no a una actividad de construcción y de organización consciente en función de un plan, sino a una práctica oportunista de aprovechamiento de las manifestaciones de esa guerra popular larvada y permanente para incidir sobre ellas como propagandistas e ideólogos (ya que el movimiento parece ser autosuficiente en política y organización). La Guerra Popular, por tanto, no es una fase del proceso revolucionario, sino que abarca la totalidad del proceso revolucionario; no es una etapa de la construcción del Partido, sino que éste se constituye a partir de ella y subordinándose a ella; no indica un grado de madurez de la lucha de clases del proletariado, sino que éste es ya clase madura para la guerra de clases “por su naturaleza”; no es resultado de la fusión del Partido Comunista con las masas, sino movimiento preexistente e independiente del comunismo. El Partido no organiza, planifica y dirige la Guerra Popular como parte de su estrategia política, sino que va a remolque del movimiento de masas y se limita a ser su intérprete. Más todavía, en esa guerra popular espontánea, ni siquiera los comunistas han sido la vanguardia: el relevo ha sido tomado por la juventud rebelde de las banlieues. A la liquidación teórica del comunismo y a su línea oportunista el PC (MLM) añade una visión izquierdista, anarquizante, del proceso revolucionario.

Sin embargo la “rebelión” se fue como había llegado, fulgurante e inesperadamente, y dejó en evidencia a la línea política del PC (MLM), en cuyo diagnóstico final aparecen nítidamente los elementos necesarios e imprescindibles sobre los que se funda su verdadera visión de la revolución:

“Lo que hay que lamentar es que del conjunto del proletariado no se haya unido a la revuelta. El proletariado debió seguir a su componente más oprimido y más determinado: la juventud proletaria.”

Una vez más, a pesar de que, en el escrupuloso respeto formal de la teoría maoísta se situó la “necesidad del Partido”, en el veredicto final, donde se dejan traslucir los verdaderos deseos y esperanzas, tan sinceros como inconfesables, y donde se muestra de verdad la fuente ideológica de la que se bebe, desaparece toda relación del fracaso de la rebelión con los problemas teóricos y prácticos del comunismo. Lo cual no demuestra sino la impotencia de estos maoístas para comprender y aplicar la estrategia proletaria de Guerra Popular. Entre los defensores de la Guerra Popular, el PC (MLM) es uno de los exponentes más extremos del culto a la espontaneidad de las masas, llevando hasta sus últimas consecuencias la tendencia economicista dominante hoy en nuestro movimiento bajo la forma de desviación masista. Sin embargo, es de gran ayuda para mostrar la raíz última de esa tendencia, a saber, una ontología revolucionaria de carácter inmanente, alejada de la ontología trascendente del marxismo. El economicismo latente que sobrevive por debajo de las distintas variantes del revisionismo, herencia del pasado ciclo revolucionario, y que muestra su faz política a través de la línea espontaneísta en sus diversas versiones sindicalista, resistencialista o masista, se basa en la tesis de que el carácter revolucionario del proletariado viene dado por “ser portador de un nuevo modo de producción” (Konstantinov, vaca sagrada del revisionismo soviético, dixit). Como dirían los maoístas franceses, por su “naturaleza”, o, como lo expresarían otros, por “instinto de clase”. Según esta tesis, el proletariado es revolucionario por sustancia, la revolución es un proceso de despliegue genético de esa esencia y la lucha de clases el motivo o el motor de la realización de su destino inmanente como clase que ya posee conciencia innata de su destino o de su misión. Históricamente, numerosas corrientes políticas que se han reclamado del marxismo comparten o han terminado compartiendo este punto de vista, desde las reformistas hasta las maoístas. Sin embargo, se trata de una visión que no se corresponde con el marxismo porque, para éste, por el contrario, el proletariado no posee, sino que adquiere su condición de clase revolucionaria. Y la adquiere no desde su ensimismamiento como clase, sino trascendiendo su condición en sí de clase asalariada. Esto es posible a través de su relación con lo otro, a través de su lucha de clases con la burguesía, siendo esta relación lo sustantivo y no la posición unilateral que en ella ocupa el proletariado. Por eso distinguía Marx entre conciencia en sí y conciencia revolucionaria o para sí del proletariado. Por eso, sólo adoptando este punto de vista trascendente es como adquiere importancia el problema de la conciencia y el de su papel en la revolución, distinto de esa especie de patata caliente que nos quema las manos y de la que es preciso deshacerse, tal como hemos visto en el caso del PC (MLM). La clase ensimismada tiende a recluir sus relaciones externas como clase social a su relación económica con el capital, es decir, a su relación con su explotador directo, con el patrón. Y desde este restringido campo de relación se deriva todo lo demás: las formas ideológicas, políticas y organizativas necesarias para el desarrollo de la clase como clase revolucionaria. Pero, para el marxismo, el campo de acción son todas las relaciones que tiene el proletariado a todos los niveles (de producción, políticas, jurídicas, culturales, entre y con otras clases…), incluida la historia de todas esas relaciones. Entonces, es en estos términos que la elaboración de una cosmovisión, de una concepción del mundo que no viene dada por la posición que ocupa en el proceso social, sino por el reflejo en su conciencia de todo ese amplio y complejo campo histórico y social, se convierte en algo que no sólo tiene sentido, sino que resulta decisivo para su desarrollo como clase revolucionaria. La fusión de este modo de conciencia con el movimiento práctico de la clase es lo que le da carta de naturaleza como clase revolucionaria. Por este motivo, el papel y las tareas de la vanguardia revolucionaria son fundamentales y ésta no puede ser subordinada ni relegada como mera comparsa o como simple complemento –aunque sea como “dirigente”– del movimiento espontáneo de masas, cual exorcizador taumatúrgico capaz de extraer el instinto de clase del proletariado para después ofrecérselo como su razón revolucionaria, tal como hace el PC (MLM).

A los camaradas de este partido les gusta acompañar sus argumentos con citas del Presidente Gonzalo; pero lo único que han demostrado es la completa subversión de su pensamiento y de la experiencia del PCP. Y es que, para el PCP, rebelión espontánea es algo diferente de revolución y, por lo tanto, de Guerra Popular. La identificación de estos términos por parte del PC (MLM) implica que se asume que la revuelta espontánea es ya un movimiento independiente que nace de manera autónoma, tanto de la influencia de la burguesía como de la actividad de la vanguardia comunista. Lo cual supone que se asume, igualmente, la tesis revisionista de que existe un tipo de conciencia de clase natural del proletariado distinta de la conciencia burguesa y del socialismo científico (M. Harnecker). Por otro lado, la experiencia del PCP demuestra que la revolución debe cubrir requisitos y cumplir tareas políticas anteriores a la Guerra Popular, que ésta sólo es posible si ha sido preparada por el Partido Comunista, previamente reconstituido como resultado de un proceso de construcción de la vanguardia desde la lucha de dos líneas en torno a la definición de la línea general y del programa político de la revolución. En la historia del PCP, la Guerra Popular es la tercera tarea estratégica que abre la segunda fase de la revolución peruana, y no su inicio. La Guerra Popular es un desarrollo de la lucha de clases proletaria que se realiza a instancias del Partido Comunista, no al revés, como insinúa el PC (MLM), para quien el Partido Comunista es un desarrollo o una consecuencia de la Guerra Popular. Ésta es el paso de la política a la guerra en la lucha de clases proletaria; en cambio, para los maoístas franceses, todo el proceso de la revolución se sitúa desde el principio en el terreno militar. Aunque de palabra diga lo contrario, aunque señale que las masas reclaman el Partido –a cuya problemática de reconstitución no dedica ni una línea en su balance–, para el PC (MLM) la cuestión del día es la Guerra Popular, la rebelión de las masas es el “processus enclenché” al que los comunistas deben incorporarse con el fin de levantarlas y educarlas. Pero, la Guerra Popular presupone un trabajo de construcción política por parte de la vanguardia, la generación de organismos que preparen las condiciones de su inicio a partir de un plan, no es algo aleatorio sometido a la iniciativa de las masas. Es el Partido quien toma la iniciativa, quien elige el momento y el lugar para abrir las hostilidades contra la burguesía. La Guerra Popular está estrechamente ligada al Partido porque es el instrumento de presión del proletariado revolucionario que favorece la crisis política del sistema y hace posible la conquista de las masas por el Partido: la Guerra Popular no viene determinada por la respuesta espontánea de las masas a la crisis económica, no es efecto de la crisis del sistema, sino causa: viene determinada por el paso a la ofensiva política del proletariado y persigue, de manera premeditada y sistemática, la crisis política del sistema. La Guerra Popular es la línea de masas del Partido durante la etapa de conquista de las grandes masas hondas y profundas y de la toma del poder. Algo muy diferente del punto de vista del PC (MLM), que carece de línea de masas, puesto que, como las masas se suman espontáneamente a la rebelión, la línea de masas comunista queda reducida simplemente al trabajo de propaganda. El Partido incorpora a la guerra a las masas; para los maoístas franceses, en cambio, las masas incorporan al Partido a la rebelión. Para el PCP, la Guerra Popular es instrumento del Partido, para el PC (MLM), el Partido es instrumento de la Guerra Popular. Este partido tampoco habla de las bases de apoyo como sostén de la Guerra Popular ni, por supuesto, cómo o quién debería organizarlas. La impresión que deja el documento sobre la rebelión de las banlieues del PC (MLM) es la de que, en la cuestión de los métodos de lucha armada del proletariado, se atisba una tendencia a adoptar el punto de vista insurreccionalista.

En resumen, la posición del PC (MLM) sobre la Guerra Popular es resultado de la respuesta izquierdista de un sector de la vanguardia que pretende suplir con voluntarismo la ausencia total de condiciones políticas para la guerra de clases del proletariado. La incomprensión de ese déficit del proletariado se traduce en impaciencia y en aventurerismo políticos.

El caso del (n)PCI

Dentro de la corriente maoísta existen, por otro lado, interpretaciones distintas de la Guerra Popular, aunque, en realidad, no lo son tanto porque participan de los mismos errores de base. Nos centraremos ahora, para ilustrar esto, en el documento del (nuevo) Partido Comunista de Italia [(n)PCI], Guerra popolare rivoluzionaria di lunga durata, lotta armata di OCC e altro (publicado en La Voce, nº 25, de marzo de 2007, págs. 57 y ss. –ver Lavoce.samizdat.net), documento recientemente traducido al castellano por el MAI y colgado en su página web porque, a pesar de todo, contiene elementos correctos que sin duda contribuirán en el cometido de definir y refutar ciertas tendencias de interpretación y aplicación equivocadas de la línea militar proletaria. El mejor aporte de este documento a esta causa es su caracterización de algunos errores comunes de organizaciones similares al PCE(r). Sin embargo, su misma concepción de la Guerra Popular está lastrada y ello le impide llegar hasta el fondo en su crítica del comunismo terrorista. Buena prueba es, por ejemplo, su diagnóstico sobre las Brigadas Rojas. Para el (n)PCI, en las Brigadas Rojas convivían una línea errónea, una línea militarista, plasmada en “la voluntad de sustituir con el propio ejemplo un movimiento armado de masas”, y una línea correcta, comunista, expresada en “la voluntad de reconstruir el partido comunista como Estado Mayor revolucionario del movimiento de masas tal como era, para que pudiese ulteriormente desarrollarse”. Para el (n)PCI, la lucha entre estas dos líneas “constituye la verdadera historia” de las Brigadas Rojas y es “la razón de su éxito y de su fracaso”. Lo que no comprende el (n)PCI es que lo que considera “línea comunista” no es en realidad otra cosa que una línea política sindicalista, tanto más por cuanto entiende y acepta como “línea comunista” el convertirse en “punta de lanza más avanzada del movimiento reivindicativo de las grandes masas” y en procurar dar a este movimiento “una salida política que el PCI, dominado por los revisionistas, negaba”. Como ya manifestamos en nuestra Declaración Política, fue precisamente la pretensión de traducir inmediatamente (espontáneamente) en política revolucionaria, fuera del cauce institucional burgués, las aspiraciones del movimiento reivindicativo de masas en auge lo que condujo a las Brigadas Rojas hacia la vía armada directa, hacia el terrorismo. Por lo tanto, esos dos aspectos de su política, esas “dos líneas”, no fueron antagónicas, sino complementarias: eran las dos caras de las misma moneda, la concepción reformista –en su versión armada– de la lucha de clases, concepción que tiene su origen en una insuficiente comprensión del socialismo científico y de las leyes de la revolución proletaria. En el mismo sentido, el erróneo balance del (n)PCI sobre las Brigadas Rojas nos ofrece ya una pista sobre el origen ideológico de las deficiencias de su punto de vista sobre la Guerra Popular. Señalarlas someramente nos ayudará en nuestra exposición comparada de los elementos fundamentales de la línea militar proletaria.

Comenzamos con el punto de partida estratégico, con la definición del plan de tareas de la revolución. Para el (n)PCI, “los instrumentos de la GPR de LD [Guerra Popular Revolucionaria de Larga Duración] son el partido, el frente de clases y de las fuerzas revolucionarias, [y] las fuerzas armadas revolucionarias”. En primer lugar, no se contempla el problema de la guía ideológica. Tal vez, el (n)PCI considere esta cuestión resuelta con su tesis de la octava discriminante (el maoísmo), sin embargo, esto no es suficiente: no basta con proclamar el maoísmo sin definir y delimitar claramente sus contornos y sin establecer una base mínima que contribuya a superar el actual estado de fragmentación ideológica y política que sufre la corriente maoísta. Y, sobre todo, no es suficiente porque en aquella tesis no se incorpora el balance de lo que los mismos camaradas italianos denominan “primera oleada de la revolución proletaria mundial”, ni siquiera como problema. Para ellos, la causa de la derrota del movimiento comunista internacional se debió “al hecho de que los partidos comunistas no habían seguido conscientemente la estrategia coherente con las leyes de la obra que intentaban dirigir: no la conocían y habían sido construidos para poner en práctica esa estrategia. Han tratado de realizar una obra sin un conocimiento suficiente de las leyes que le son propias”. Por lo tanto, no existe el problema de la reconstitución ideológica del comunismo. Toda la experiencia revolucionaria del ciclo se despacha como un lamentable malentendido, como un desafortunado desencuentro entre teoría y práctica. Sólo queda su expresión última y más elevada –el maoísmo– a la que es preciso aferrarse; aunque no se entiende por qué, en este caso, la derrota final de la revolución (cultural) no supone, del mismo modo, el insuficiente conocimiento “de las leyes que le son propias”.

De todas las maneras, la posición del (n)PCI en este punto implica una visión dualista de la relación de la vanguardia con el socialismo científico, una relación que presenta, por un lado, a la teoría –esas “leyes” de la revolución– como un corpus normativo abstracto y absoluto que, separado de la conciencia, espera ser rescatado por ésta de su limbo supramundano, y, por otro lado, a la vanguardia, que se limita a reflejar en su conciencia ese conjunto de principios y a aplicarlo sobre la realidad con el frío cálculo de un ingeniero social. Se trata, pues, de un punto de vista que contempla la relación entre teoría y práctica, entre conciencia y realidad, como una relación externa y objetiva, punto de vista que entronca con la tradición positivista de interpretación del marxismo. Esta tradición hizo época y terminó impregnando el sustrato filosófico de todas las corrientes políticas del marxismo internacional hasta desvirtuarlo. En un primer momento, el acercamiento del marxismo a la ciencia expresó la alianza ideológica del proletariado con el sector más progresista de la burguesía, con su ala demócrata, en una época en la que la potencia revolucionaria de la burguesía aún mantenía cierta vitalidad. Engels ratificó esta alianza cuando, en su Ludwig Feuerbach, vinculó la aparición y el significado del marxismo a los últimos descubrimientos de la ciencia de la época (la célula, el principio de conservación de la energía y la teoría de la evolución). Pero este método de autolegitimación dejó abierta la puerta al peligro de simplificación del marxismo como forma de la conciencia y a la tendencia, extendida hasta hoy y que se hizo dominante, de asimilar la doctrina revolucionaria del proletariado a la ciencia. Según esta tendencia, el marxismo o es una ciencia o una metaciencia o una filosofía que se sostiene o legitima por los resultados de la ciencia. Para ella, la ciencia es la construcción gnoseológica superior, la forma absoluta de conocimiento y no la práctica revolucionaria, que había sido el punto de partida de la innovación del pensamiento de Marx y Engels (XI tesis sobre Feuerbach). De este modo, el marxismo quedaba constreñido en el marco ontológico de una concepción del mundo positivista, burguesa, y desposeído de su condición de forma superior de la conciencia social, de nueva y más elevada concepción del mundo. Si, en un primer momento, la alianza del marxismo con la ciencia permitió a la teoría recién llegada y a la vanguardia proletaria, inexperta y bisoña en cuanto a experiencia práctica propia, colocarse a la cabeza del movimiento social, muy pronto se hicieron patentes los obstáculos y las terribles limitaciones que esa influencia interponía al desarrollo integral y coherente del marxismo. Desde el neokantismo de corte bernsteiniano y el evolucionismo darvinista de un Kautsky, hasta el cientismo de Althusser, pasando por el materialismo vulgar de la ortodoxia soviética, cada vez se manifestaban más síntomas de que la pujanza política que facilitó la asociación ideológica con el sector radical de la burguesía se cobraba su precio ideológico bajo la forma de creciente déficit dialéctico en el pensamiento marxista. Además, el influjo del punto de vista positivista sobre la línea política proletaria se tradujo en el principio teleológico –que se convirtió en axioma incuestionable– de que las leyes del desarrollo social no sólo eran objetivas e independientes de la voluntad del hombre, sino que conducían al socialismo y al Comunismo. Bastaba con conocerlas y manejarlas. No es ninguna casualidad que, en sus primeras disputas con los mencheviques, los bolcheviques señalaran que el fondo de la controversia no consistía en si Rusia alcanzaría o no el socialismo, sino cuándo: antes, por la vía revolucionaria, o después y con mayores sufrimientos para las masas, por la vía reformista; ni tampoco es casual que, todavía en plena revolución cultural, el propio Chang Chun-chiao manifestase su fe en que la victoria del comunismo es algo predeterminado, inevitable, necesario e independiente de la voluntad del hombre. Finalmente, desde el punto de vista táctico, la visión empirista del mundo que trae aparejado el positivismo sirvió para respaldar la línea sindicalista y resistencialista como la verdadera línea de acción comunista, pues si la evolución social se encamina hacia el socialismo, basta con una política que persiga ganar la posición de dirección del movimiento espontáneo como objetivo fundamental de su línea de masas.

Por el contrario, para el marxismo, la actitud del sujeto consciente hacia el mundo no es la del observador pasivo y ajeno que establece el ethos de la ciencia positiva, no es la actitud contemplativa propia de una relación gnoseológica externa, sino que se trata de una relación interna y universal de mutua transformación dialéctica entre objeto y sujeto, una relación que debe ser concebida –como decía Marx en su I tesis sobre Feuerbach– de un modo subjetivo; es decir, una relación donde la determinación de las leyes objetivas se somete a la acción del sujeto, porque precisamente se trata de transformar esas leyes, de revolucionarlas, no sólo de conocerlas y manejarlas. Revolucionar el mundo significa destruir sus bases actuales, derogar sus leyes y construir otro nuevo sobre bases y leyes distintas: no basta con dirigir el desarrollo social, es preciso crear una nueva sociedad. La política y la táctica comunistas deben fundarse en estos principios. Por esta razón, su punto de partida no puede ser el movimiento espontáneo, la resistencia de las masas, sino un movimiento revolucionario (el Partido Comunista construido desde la ideología revolucionaria) dirigido a derruir y transformar, a revolucionar, las bases de ese movimiento para convertirlo en su contrario: de movimiento de resistencia en movimiento revolucionario, de movimiento espontáneo en movimiento consciente.

Como el (n)PCI se ha hecho acreedor de la nefasta influencia del positivismo que arrastra tradicionalmente el marxismo, no comprende la verdadera relación que guarda la vanguardia con el socialismo científico, con las “leyes de la obra” revolucionaria. Ésta no es una “obra” que se someta a leyes objetivas dadas e independientes del sujeto revolucionario: no son principios que estén ahí fuera, dispuestos a ser aprehendidos y aprendidos en un ejercicio especulativo. La obra revolucionaria se sostiene sobre una base objetiva, que son las leyes del desarrollo social, en particular, las luchas de clases y las tendencias económicas del modo de producción capitalista. Éste es el punto de partida para el proletariado revolucionario. Pero una tendencia no es una ley apodíctica. Ninguna ley del capital resuelve el problema del paso al socialismo, no existe una transición natural del capitalismo al Comunismo. Se precisa la acción práctica del sujeto revolucionario para transformar la tendencia en ley. Por ejemplo, la creciente socialización de las fuerzas productivas que genera el capitalismo abre la tendencia hacia el socialismo, la base material y objetiva de la revolución, es cierto; pero también es cierto que crea la posibilidad de la tendencia contraria, la tendencia al monopolio, es decir, la posibilidad de la reestructuración capitalista, de la solución capitalista de la crisis del modo de producción. Qué tendencia venza no depende de una ley económica, sino de las luchas de clases, en general, y del papel que consiga jugar en ella la línea revolucionaria, en particular. Por esta razón, la acción del sujeto es la primera “ley de la obra” revolucionaria, y sólo un proceso de lucha social que se fundamente en este primer principio, en la praxis revolucionaria del proletariado, posibilita la construcción de la nueva sociedad al mismo tiempo que el conocimiento de sus leyes. Éstas, por tanto, no existen ni pueden conocerse fuera de la propia experiencia revolucionaria del sujeto consciente, de manera separada de su práctica revolucionaria, de su interacción transformadora con la sociedad. Es en este sentido que decimos que el conocimiento de las leyes de la revolución es un problema de carácter subjetivo, no de ciencia positiva. Y por este motivo, la aprehensión de las leyes que pueden extraerse de la experiencia revolucionaria no puede producirse fuera del contexto, fuera del laboratorio, donde tiene lugar esa experiencia, es decir, fuera de la lucha de clases, en particular y en un primer momento, de la lucha de dos líneas. Únicamente en el marco de la lucha de clases teórica puede iniciarse el conocimiento de los principios que rigen la construcción del Comunismo, y sólo sobre la base de la experiencia revolucionaria acumulada. Por eso, el MAI defiende la tesis de que el balance del Ciclo de Octubre que realice la vanguardia en lucha de dos líneas es el único punto de partida posible de la reconstitución del movimiento comunista revolucionario. Cuando –como reconoce el (n)PCI– la causa última del fracaso del primer ciclo reside en el insuficiente conocimiento de las leyes de la transformación revolucionaria de la sociedad, es inadmisible comenzar la obra por el tejado, comenzar con el trabajo de resistencia de masas, en lugar de empezar por la investigación, formulación y comprensión de esas leyes, en gran parte ocultas todavía, que encierra la reciente experiencia revolucionaria. La sacralizada idea dominante en nuestro movimiento de que hay que ir a las masas y aprender con ellas niega las tesis marxistas de que la teoría no es otra cosa que práctica resumida y de que la lucha teórica es una forma de la lucha de clases. Bajo el discurso demagógico, dogmático y antidialéctico, según el cual, como la práctica es principal, la escuela del comunismo es la lucha de las masas, se encuentra la tesis vulgar que niega que la conciencia sea una forma de la materia, que las ideas juegan un papel en la historia y que, por tanto, la vanguardia revolucionaria del proletariado no puede constituirse en agente social independiente del estado material y espiritual en que se encuentre el conjunto de la clase en cada momento. La liquidación fáctica del Partido Comunista, del movimiento comunista como movimiento independiente, queda consumada por este comunismo economicista cuando, con su escuela de la práctica por la práctica, condena a cada obrero y a cada generación de obreros a comenzar cada vez desde cero la obra de la revolución, cuando pretende que por su propia experiencia inmediata vayan conociendo por sí mismos “las leyes de la obra” revolucionaria. Este absurdo, desde luego, carece de todo sentido, a pesar de que es puesto en práctica por la casi totalidad de las organizaciones comunistas. El absurdo sólo tendría alguna lógica si se cree de veras que esas leyes existen aparte de la revolución real (por ejemplo, bajo la forma de maoísmo). Pero esta creencia presupone una concepción gnoseológica idealista que separa la teoría de la práctica, la conciencia de la materia, y conduce a la reproducción en el interior del movimiento de la división burguesa del trabajo y la sanción del Partido Comunista como elite dirigente, única capaz de elevarse hasta el olimpo de las ideas donde se guardan esas leyes. Resulta, por tanto, inútil, como hace el (n)PCI, reprochar a los “sincero comunistas” del pasado sus errores, y mucho más trivial resulta disculparlos al mismo tiempo por “sus heroicos esfuerzos”. Simplemente, porque esos “esfuerzos” desbrozaron el camino de la revolución y crearon las condiciones para conocer sus leyes, leyes que antes de ellos sencillamente no existían. La obra se construye a la vez que se aprende a construirla. Por eso, la revolución es una constante alternancia de éxitos y fracasos, y conocer sus principios requiere la reflexión constante y sistemática, la permanente crítica y autocrítica sobre lo que se está realizando. El mejor homenaje que se puede ofrendar a esos comunistas no es el emotivo pero huero recuerdo de los muertos, sino el esfuerzo por comprender el significado de su legado, que está vivo.

El problema del conocimiento de las leyes de la revolución (el balance) no tiene nada que ver –al menos de manera directa– con los problemas de la lucha de resistencia de las masas. Negarlo es ridículo y pretender vincular mecánicamente ambas problemáticas por el medio de unir las tareas de la reconstitución con las que impone la lucha reivindicativa de las masas ha resultado y resulta nefasto. La separación de ambos tipos de problemas no es más que el reflejo político de la escisión que hoy existe entre la vanguardia revolucionaria y las masas como consecuencia de la derrota del Ciclo de Octubre. Este hecho es incontrovertible y no puede cambiarse con voluntarismo ni con pragmatismo, sino a través de un plan de tareas que permita superar los obstáculos que impiden la verdadera fusión de la vanguardia con el movimiento obrero. Esta fusión no tendrá carácter revolucionario si la vanguardia no resuelve previamente el problema estratégico de la guía revolucionaria, del balance, o lo que viene a ser lo mismo, de la reconstitución ideológica del comunismo, de su restitución como teoría de vanguardia. El ámbito social donde, en la práctica, puede hallar solución esta cuestión es el que ocupa la vanguardia actualmente. Este campo se encuentra muy atomizado. Ningún destacamento cumple con los requisitos ideológicos ni políticos para dar por resuelta la primera gran tarea estratégica de la revolución, ni para considerarse preparado para abordar por su cuenta la segunda, la reconstitución del Partido Comunista. Ningún destacamento puede poner a prueba su proyecto o su programa, ni su grado de asunción de los principios del comunismo ante las masas sin antes haberlo puesto a prueba ante el resto de la vanguardia. No existe otro camino. La reconstitución ideológica es una obra colectiva en el seno de la vanguardia, es un proceso intersubjetivo, que se diferencia de la reconstitución política del comunismo, de la reconstitución del  Partido Comunista, porque éste es –como ya hemos señalado– un proceso objetivo de relación entre la vanguardia y las masas. Distinguir esto es fundamental, porque lo común es confundir ambos procesos e identificar la reconstitución del Partido con ese proceso interno de la vanguardia, confusión que sostiene la tendencia reduccionista generalizada que identifica Partido Comunista con unidad de los comunistas. Pero lo más común entre los destacamentos de vanguardia es agregar ambas fuentes de error: confundir la reconstitución del Partido con la unidad de los comunistas y, al mismo tiempo, pretender realizarla en el seno del movimiento obrero práctico. La consecuencia es la mezcolanza de todo tipo de tareas de naturaleza dispar, la pretensión de cumplir con todos los requisitos del movimiento revolucionario de masas al mismo tiempo. Sin ir más lejos, el movimiento comunista del Estado español de las últimas décadas ha reincidido en este doble error en numerosas ocasiones. El último experimento en este sentido es el enjambre de grupúsculos que revolotean alrededor de la Plataforma de Ciudadanos por la República y que se reúnen bajo el techo de la última casa común de la izquierda, el programa de la III República. Deriva política reformista lógica, por otra parte, pues la táctica de unidad de acción de la vanguardia dentro y en colaboración con el movimiento práctico de resistencia sólo puede desenvolverse en función de las necesidades de este movimiento y, por lo tanto, en función de un programa mínimo de reformas. El programa mínimo republicano es la expresión política pequeño burguesa que muestra el limitado alcance que impone el estrecho marco de la resistencia como plataforma para la reconstitución del movimiento revolucionario. En cuanto a la reconstitución del Partido Comunista como dirigente de este movimiento, ese marco impone el método del consenso ideológico y el establecimiento de un mínimo denominador común político como condición suficiente para el Partido. Esto exige, naturalmente, más discusión que debate, más política que ideología y más práctica que teoría. En conjunto, se trata de un proyecto caracterizado por la rebaja política e ideológica de todos los requisitos de la revolución. Por el contrario, distinguir las tareas y los instrumentos de la reconstitución ideológica de los de la reconstitución política del comunismo permitirá el máximo deslinde entre marxismo y revisionismo gracias a la lucha de dos líneas dentro de la vanguardia. El principio de que, en la dialéctica entre unidad y lucha, la unidad es principal –principio que orienta a los comunistas republicanos–, debe ser sustituido por el principio de primacía de la lucha como único medio de construir un movimiento político en función del programa máximo de la revolución que adopte el punto de vista ideológico más elevado alcanzado por la lucha de clases del proletariado como el único punto de partida legítimo de su acción política. La unidad sólo puede sobrevenir desde el acuerdo en las tareas políticas, en el plan, no desde contenidos programáticos consensuados o pactados: sólo a través de la lucha puede arrojarse luz sobre los contenidos concretos de esas tareas y sobre la dirección en que éstas encaminarán al movimiento revolucionario.

El culto al factor espontáneo

Al minimalismo político, como se ve, se puede llegar por dos vías: por esta vía moderna de la unidad de acción entre oportunistas, o, como es el caso del PCE(r), por la vía clásica del exclusivismo partidista. En cuanto al (n)PCI, parece que ha elegido este segundo camino, reproduciendo, además, los errores típicos señalados. En primer lugar, aunque este partido parece haber intuido que es preciso desmarcarse de la identificación de Partido Comunista con unidad de los comunistas, termina recayendo en ella. En un documento traducido y publicado por el MAI (El nuevo partido comunista, en El Martinete, nº 18, septiembre de 2005, pág. 30 y ss.), se afirma que “la experiencia del movimiento comunista nos ha enseñado que un partido comunista a la altura de los deberes que la segunda crisis general del capitalismo pone al orden del día debe estar constituido a partir de un grupo de comunistas unido sobre la base de la concepción comunista del mundo, esto es sobre la base del marxismo-leninismo-maoísmo”. Al parecer, el (n)PCI es ese núcleo maoísta “a partir del cual” se podrá reconstituir el Partido Comunista en Italia. Pero, cuando se pasa a enumerar los requisitos que debe cumplir ese Partido, a diferencia del primitivo embrión maoísta, resulta que se termina identificando con la organización clandestina, y que cuando se toca la cuestión fundamental de la influencia de ese primer núcleo comunista sobre la vanguardia del movimiento obrero, sobre “los exponentes de vanguardia de la clase obrera (los obreros avanzados)”, se dice que deben estar integrados en sus filas. En otras palabras, la diferencia entre el núcleo primigenio de vanguardia y el Partido es una diferencia meramente cuantitativa, un problema de suma de maoístas. Así pues, aunque el (n)PCI parece comprender que el Partido Comunista no se reduce a la forma orgánica que adopte la unidad ideológica, su punto de vista empirista termina obligándole a retroceder hacia el Partido como unidad orgánica de los verdaderos comunistas, de los maoístas. Y es que esta vía sólo ofrece dos posibles salidas, falsas porque, en realidad, son la misma cosa: o bien, “los exponentes de vanguardia de la clase obrera” se convierten al maoísmo, incorporándose a su estructura clandestina; o bien, se termina reculando hacia la posición menchevique de que el Partido debe recoger a todos aquellos que “se declaren comunistas” –fórmula que rechaza tajantemente el partido italiano en este texto– o, en este caso, maoístas. La crítica del (n)PCI a la idea menchevique de que el partido debe estar formado por el mayor porcentaje posible de quienes “se declaran comunistas” cierra un debate espurio e inexistente en nuestro movimiento, pues hoy las líneas de confrontación ya no son las del II Congreso del partido socialdemócrata ruso en el debate sobre el artículo 1º de los Estatutos, ya no se trata de si se admite a todo el que se declara formalmente comunista o únicamente a “lo que hay de adecuado para el Partido” entre las masas populares, como dicen los maoístas italianos acercándose a la posición bolchevique en ese debate, para incluirlas “en las filas clandestinas del (n)PCI” –añadido que de pronto los aleja de esta posición–; y no se trata de este debate porque el Partido no es un problema de organización de un aparato político, sino un problema de organización de un movimiento político. Como no comparte este planteamiento sobre el Partido, el (n)PCI ni habla de organismos generados, ni comprende que los organismos generados por la vanguardia son el medio de incorporar a “los exponentes” del movimiento obrero al movimiento revolucionario, sin que necesariamente deban participar de su organización clandestina, que es la única solución que este partido es capaz de ofrecer a la cuestión de cómo organizar a la vanguardia del movimiento práctico de masas. En último término, lo que ocurre es que el (n)PCI no da cabida a la posibilidad de otro movimiento político revolucionario distinto de ese movimiento espontáneo de las masas, no comprende la posibilidad de un movimiento político de nuevo tipo; en último término, el (n)PCI sigue pensando en un Partido como suma de individuos y no en el partido leninista, concebido como suma de organizaciones de distinto tipo. Los italianos no comprenden que el Partido no es sólo organización clandestina de la vanguardia, sino la relación de ésta con las masas a través de un sistema de correas de transmisión que configuran todo un movimiento político nuevo, distinto del movimiento espontáneo de la clase obrera, con el que se vincula pero del que es independiente. Así las cosas, cuesta comprender la diferencia entre el (n)PCI y el futuro verdadero PCI más allá del número de sus militantes.

En segundo lugar y una vez asimilado el Partido a su estrecha organización de vanguardia, en la práctica los del (n)PCI ponen manos a la obra actuando –como no podía ser de otra manera, dadas las circunstancias– como si ya fueran el Partido plenamente reconstituido. Y como la visión organicista del Partido es producto de una visión empirista del mundo y ésta es propia de gentes pragmáticas y realistas, dejados aparte como solucionados los problemas ideológicos, con alivio se apresuran a sumergirse en el movimiento de resistencia, en el movimiento realmente existente. En su documento que aquí estudiamos sobre la Guerra Popular, dicen:

“El partido debe, ya hoy, trabajar para llegar a dirigir la lucha de clases, la resistencia que las masas populares oponen al avance de la segunda crisis general del capitalismo, a la eliminación de las conquistas, a la implicación en las agresiones a los países oprimidos y en las guerras imperialistas, a la destrucción del medio ambiente y de las condiciones de vida, a la marginación y al embrutecimiento de las masas, etc.”

O expresado de manera sintética y directa:

“El factor decisivo es la construcción de un partido comunista capaz de dirigir al menos las formas principales del actual movimiento de las masas según una línea revolucionaria.”

¿Hay alguna diferencia entre este proyecto, el del PCE(r) o el de nuestros comunistas republicanos? Evidentemente, no.

Antes de retomar los siguientes elementos de la estrategia del (n)PCI, recojamos las conclusiones que se derivan de su tratamiento de los dos primeros, la ideología y el Partido. En primer término, para el (n)PCI, las circunstancias objetivas inmediatas son el resorte insustituible de toda acción política, de modo que es el movimiento de resistencia “actual” el primum mobile del movimiento revolucionario y el entorno donde se construyen los instrumentos de la revolución. La vanguardia sólo puede incorporarse a ese movimiento realmente existente con el propósito de dirigirlo. La determinación económica es tan importante como premisa necesaria para estos materialistas vulgares que hasta se han inventado una supuesta “segunda crisis general del capitalismo” con el fin de asegurar ese caldo de cultivo de agitación social y de reacción espontánea de las masas ante las agresiones del capital sin las que no sabrían conducirse como vanguardia en las luchas de clases. Al parecer, no es suficiente con la crisis general que vive permanentemente el sistema, se precisa de su puesta es escena para que se haga evidente y para que la vanguardia, así, se decida a actuar sin devanarse demasiado los sesos sobre lo que tiene que hacer. Por lo tanto, el factor determinante no es la conciencia ni el punto de partida un movimiento político independiente del estado de la lucha de clases económica del proletariado, como propone la experiencia del PCP, ni se trata tampoco de un proceso de construcción consciente generado desde la actividad de la vanguardia en función de un plan, pues la crisis del capitalismo ofrece solucionado ya este problema generando por sí misma el movimiento, al que la vanguardia puede remitirse, como movimiento espontáneo de resistencia. En verdad, resulta difícil comprender qué entiende el (n)PCI por táctica-plan –en la que dice apoyarse– cuando, en la práctica, su punto de referencia primero y último es la espontaneidad de las masas y, como veremos, la acción de la burguesía.

Si retornamos a la formulación con la que el (n)PCI definía su línea estratégica, recordaremos que, después del Partido, situaba al “frente de clases y de las fuerzas revolucionarias, y las fuerzas armadas revolucionarias”. Si, ahora, la comparamos con la formulación estratégica del PCP, enseguida saltan a la vista dos diferencias sustanciales: que se ha invertido la correlación entre estos dos elementos, y que están expresados de manera genérica e inconcreta. Efectivamente, el PCP sitúa antes y de manera clara y concreta a la Guerra Popular –no simplemente “las fuerzas armadas”, sino éstas iniciando la Guerra Popular– como objetivo inmediato del Partido Comunista y, después, la construcción del Nuevo Poder, del nuevo Estado –no simplemente el “frente de fuerzas revolucionarias”, sino éstas como masas armadas organizadas políticamente–, como objetivo de la Guerra Popular. La incoherencia y la laxitud de la fórmula estratégica escogida por el (n)PCI no es casual: todo lo contrario, es consecuencia lógica y necesaria de las premisas de las que parte.

En efecto, si el centro es el movimiento “actual”, el movimiento de resistencia, su desenvolvimiento, influido por la vanguardia dirigente, estará determinado por la acumulación de fuerzas como tal movimiento de resistencia, su finalidad será ampliarse y extender la lucha de clases económica, traducida políticamente en alguna forma programática de defensa de las condiciones de existencia de las masas (probablemente, en clave democrática o reformista); como este movimiento de resistencia ya es, en esencia, revolucionario, se trata solamente de articularlo internamente: primero la vanguardia maoísta incorpora y dirige a “los exponentes de vanguardia de la clase obrera” para fundar el Partido, y después éste organiza y dirige el “frente de clase y de fuerzas revolucionarias”, que abarca al mayor número posible de masas. En esa sopa que es el amorfo movimiento de resistencia contra el capital, la táctica, los medios y los instrumentos de la línea de masas comunista apenas necesitan variar. Por eso, no es tampoco casual que el (n)PCI niegue que haya “periodos” diferenciados o fases en el discurrir de la revolución; según él, sólo existen “etapas diversas del mismo movimiento revolucionario”. Cosa lógica, pues no existen ni pueden existir saltos cualitativos en este proceso de permanente acumulación de fuerzas en el plano de la resistencia. Por eso, niega que haya que distinguir entre un periodo pacífico de la lucha de clases y otro “armado”. Entonces, como el sustrato del proceso se mantiene, como el desarrollo de la resistencia es, en sustancia, revolución in crescendo –como no existe contradicción entre el Partido revolucionario y el movimiento espontáneo de masas, como no existe el problema de cómo transformar a éste en movimiento revolucionario y todo se resuelve con el acoplamiento de la vanguardia en ese movimiento y en su pugna por la hegemonía en su seno– sólo cabe esperar la reacción del enemigo ante esta amenazante potencia en alza de las fuerzas populares, reacción que se verificará como imposición de la guerra civil. Es en este momento, entonces, cuando cobra sentido y entra en escena el tercer elemento de la estrategia del (n)PCI, “las fuerzas armadas revolucionarias”, que afrontarán el inicio de las hostilidades armadas por parte de la burguesía. En resumen:

“Por consiguiente, en estos años el deber de nuestro Partido es promover y organizar en todos los campos la resistencia de las masas populares al avance de la segunda crisis general del capitalismo, de tal forma que 1. su resistencia sea eficaz (que la burguesía no alcance a sofocar y embrutecer a las masas populares) y 2. las masas populares estén en condiciones de hacer frente con éxito a la guerra civil que tarde o temprano la burguesía imperialista desencadenará para imponer por todos los medios sus intereses. Esto es en síntesis el deber histórico de los comunistas en esta fase. Toda su labor teórica y práctica, todos sus esfuerzos y tentativas, todas sus experiencias de organización, de construcción del Partido, de trabajo de masas, de propaganda, de agitación, de organización de las masas, de formas de lucha, etc. deben reconducirse consciente y coherentemente a este fin histórico. En caso contrario se trata de retórica, de un ejercicio mental sin objeto, de desviación.

Promover la resistencia pero sin prepararse para afrontar la guerra civil, sería por nuestra parte de inconscientes y aventureristas…”

Es desde este discurso que cobra sentido el orden en que el (n)PCI coloca los principales instrumentos de la revolución y su descripción desde un perfil bajo, pues están orquestados no en función de un plan de construcción predeterminado, sino desde la subordinación a las condiciones políticas que imponen, primero, la espontaneidad de las masas y, después, la posición que adopte la burguesía. Semejante plan sustrae al Partido toda iniciativa y lo somete al principio de adaptación a las condiciones dadas de la lucha de clases que interponen la resistencia popular o la ofensiva militar de la burguesía. En manos del (n)PCI, por tanto, la lucha armada de las masas se convierte, sencilla y directamente, en el último episodio de su lucha de resistencia, la Guerra Popular es la sublimación de la resistencia, su expresión suprema como respuesta a la forma suprema de agresión por parte del capital. De esta manera, conduciéndose desde la resistencia económica hasta la resistencia militar, el (n)PCI lleva hasta sus últimas consecuencias la desviación resistencialista como línea política, y de este modo se desmarca de la línea revolucionaria del proletariado.

Para terminar de definir su estrategia, el (n)PCI señala un último componente importante de su línea, a saber, que es preciso diferenciar entre Guerra Popular y guerra civil:

“Cuando hoy se dice que en Perú, en Nepal, en Filipinas, en Turquía, en la India está en marcha la guerra popular revolucionaria de larga duración, se dice una cosa cierta, pero se dice de forma que crea confusión. En realidad la GPR de LD está en marcha en todos los países en los cuales existe un partido comunista que aplica la estrategia de la guerra popular revolucionaria de larga duración conscientemente y con coherencia entre teoría y práctica. La diferencia está en el hecho de que en esos países la GPR de LD ha asumido ya la forma más o menos desarrollada de guerra civil. Pero identificando guerra civil con GPR de LD, la parte con el todo y reduciendo la GPR de LD a la guerra civil, se consolida un grave prejuicio de nuestros adversarios, opuestos nominalmente o no a la estrategia de la guerra popular revolucionaria de larga duración: el prejuicio de que ésta consista por su esencia en el encuentro armado entre fuerzas revolucionarias y las fuerzas armadas de los reaccionarios.”

Es decir, la Guerra Popular constituye la esencia del proceso revolucionario. Se inicia en el mismo momento de la aparición del primer embrión político maoísta y se extiende, al menos, hasta el fin de la guerra civil. Por esta razón no es preciso distinguir fases ni tareas políticas cualitativamente diferentes en el proceso revolucionario: todo él está ya inmerso en la Guerra Popular. Por eso el (n)PCI afirma que tanto el Partido, como el Frente y las fuerzas armadas revolucionarias son instrumentos de la Guerra Popular. Por esta adjetivación de los componentes estratégicos de la revolución se comprende el estado de subordinación al elemento espontáneo a que los maoístas italianos someten la iniciativa de la vanguardia y el papel del Partido Comunista. Entonces, como la Guerra Popular es lo sustantivo y como se sostiene desde el primer momento sobre el movimiento de resistencia, obtenemos que en el esquema mental del (n)PCI la resistencia no sólo es ya intrínsecamente revolucionaria, sino que también se adapta a las exigencias organizativas de la Guerra Popular de manera concreta. Desde luego, este discurso economicista-espontaneísta resulta familiar y parece que aspira a convertirse cada vez más en seña de identidad del revisionismo de los modernos maoístas. Lo que los distingue dentro de su corriente son cuestiones de matiz. Así, por ejemplo, si tanto para el (n)PCI como para el PC (MLM) francés el factor espontáneo es el punto de partida necesario de la revolución y ésta es siempre, desde su comienzo, Guerra Popular, para el primero la resistencia no es todavía guerra civil, mientras que para el segundo la rebelión es ya guerra civil “larvada”. Este tipo de matices permiten diferenciar entre la desviación voluntarista e izquierdista de la estrategia de Guerra Popular de los franceses de la desviación conservadora –que pretende enfrentarse a la guerra civil desde la resistencia tal cual es– y derechista del partido italiano. Pero ambas expresan, igualmente, la postración ante el factor espontáneo de un amplio sector de la vanguardia, su incapacidad para elaborar un plan consciente de construcción de un movimiento político revolucionario independiente y su incomprensión del papel de la Guerra Popular en la revolución proletaria.

Dos modelos

La oposición entre este plan estratégico y el camino recorrido por el PCP es notable. Se trata, de hecho, de proyectos políticos antagónicos. La distancia entre ambos está marcada tanto por la disposición y la correlación interna de los instrumentos estratégicos como por su contenido y el papel que se le asigna en el proceso político. Comparemos la estructura de ambos planes. El esquema de la línea general del PCP sería:

Vanguardia — Partido — Guerra Popular — Frente (Nuevo Poder)

En este caso, se trata de una visualización completa de todo el proceso revolucionario en lo fundamental. Esto significa que, por un lado, se sitúa todo el recorrido político de la lucha de clases necesario para que el proletariado pase de clase oprimida a ocupar la posición de clase dominante, en condiciones adecuadas, además, para continuar el proceso revolucionario ulteriormente en consideración de la experiencia histórica de la Revolución Proletaria Mundial (por ejemplo, el PCP señala que el armamento del pueblo es garantía para el inicio y el éxito de las revoluciones culturales en el futuro). En segundo lugar, significa también que se incluyen tanto los elementos estratégicos que configuran el plan como su ligazón interna, lo cual condiciona su aspecto táctico, en el sentido de que toda decisión táctica sólo es válida si permite el paso de un hito estratégico a otro. En concreto, el desarrollo de la vanguardia debe estar dirigido hacia la constitución del Partido Comunista –y no a frente político, por ejemplo–; el desarrollo del Partido debe estar dirigido hacia el inicio de la Guerra Popular –y no, quizá, a la conquista de una mayoría parlamentaria–, y la Guerra Popular construye Nuevo Poder –y no, por ejemplo, como en Nepal, a forzar al Estado a un pacto de reforma constitucional–. Hay, por tanto, una correlación orgánica entre todos los elementos que conforman el plan. Por último, en el proyecto del PCP están también incluidas las fases del desarrollo del proceso revolucionario, como veremos.

El esquema de la línea del (n)PCI, en cambio, sería:

Partido — Frente — Guerra Civil

Este lineamiento no ofrece una visual tan amplia como la del PCP porque sólo se refiere a la Guerra Popular. Aunque sabemos que, para el (n)PCI, la Guerra Popular constituye el contenido esencial del proceso revolucionario en su conjunto, esta identificación entre Guerra Popular y revolución supone, en la práctica, una interpretación unilateral de la lucha de clases y de la tareas de la revolución, de cuya aplicación resulta el sometimiento de la planificación política a los requerimientos de uno solo de los hitos de la construcción revolucionaria en función de su desenlace (inicio de la guerra civil) y no del desenlace del proceso en su conjunto (Dictadura del Proletariado). Este planteamiento impone un límite que impide que la perspectiva con que se diseña el plan abarque todo el espectro histórico que ofrece la experiencia de la Revolución Proletaria Mundial. A la consolidación de este defecto contribuye no sólo que el diseño del plan prescinda del amplio horizonte que ofrece la experiencia revolucionaria del proletariado internacional, sino el hecho de que se somete al estrecho horizonte que permite contemplar el inmediato movimiento práctico “actual”. El plan del (n)PCI ni puede ni quiere ir más allá de la perspectiva que ofrecen las posibilidades del movimiento tal cual es. Resulta paradójico que un partido que insiste tanto en la necesidad de conocer e incorporar a la política proletaria las leyes de la revolución prescinda de ellas o de una parte importante de ellas a la hora de diseñar su proyecto estratégico.

En realidad, estamos ante un plan táctico. El (n)PCI niega las fases en el proceso revolucionario, pero la verdad es que nos está ofreciendo los ejes de desarrollo de lo que este partido entiende por la primera fase de la revolución. En realidad, lo que se nos describe es toda una etapa estratégica, la que contempla el desenvolvimiento de la Guerra Popular hasta su episodio más alto, la guerra civil. Por eso, los elementos que se incluyen en ella se revelan como instrumentos tácticos. Desde el punto de vista estratégico, efectivamente, también para el (n)PCI existen fases en la revolución: hay un antes y un después de la guerra civil. Para este partido, ésta es el punto de inflexión del proceso, a diferencia del PCP, para quien el punto de inflexión es la constitución (o reconstitución) del Partido Comunista.

En cuanto a la relación interna de los factores del plan del (n)PCI, será preciso reproducir de nuevo el esquema, pero esta vez mostrando de una manera gráfica adecuada los vínculos que los unen:

Vanguardia / Partido — Frente / Guerra Civil

En esta ocasión, hemos añadido al principio el factor Vanguardia, que antes habíamos suprimido en coherencia con nuestro análisis precedente, según el cual, para el (n)PCI, la vanguardia es un factor subsidiario externo al movimiento real que sólo adquiere función acoplándose al proceso, incorporándose al movimiento de resistencia en curso. Pero ahora es preciso incluirlo porque se trata del modo de interrelación de todos los elementos políticos que este partido tiene en consideración. En este sentido, hemos introducido signos de relación de factores distintos (no sólo líneas o guiones horizontales, sino también oblicuos) con el fin de representar mejor el contenido de las relaciones internas del plan. Así, los factores vinculados con una línea oblicua mantienen una relación inorgánica, mientras que los que lo están por una horizontal mantienen una relación orgánica (como ocurre con todos y entre todos los factores en el caso del esquema del PCP).

Las razones por las que la vanguardia no mantiene una relación de carácter orgánico con el Partido Comunista ya han sido expuestas. Se resumen en que, en la práctica, el (n)PCI identifica vanguardia y Partido, y en que, en la teoría, la organización de vanguardia se incorpora a un movimiento preexistente que no ha generado, pero que aspira a dirigir. Por el contrario, la fracción maoísta del PCP generó organismos políticos para vincularse con el movimiento práctico, construyendo así un movimiento político independiente como Partido Comunista. Se contraponen, pues, dos modelos antagónicos: un modelo de dirección del movimiento espontáneo de resistencia y un modelo de construcción a partir del elemento consciente. En cuanto a este último, en tanto que obra de construcción consciente, el motor de su desenvolvimiento radica en la iniciativa de la vanguardia para incorporar a cada vez más y más amplios sectores de la clase y de las masas a su movimiento. En esto consiste la construcción del movimiento revolucionario del proletariado, del Partido Comunista, forma superior de organización del movimiento obrero. Por eso, sólo los organismos que se incorporan a este movimiento –generados o espontáneos– son organismos revolucionarios, y por eso, los instrumentos políticos que este movimiento genera para alcanzar sus objetivos mantienen un vínculo orgánico interno y necesario. Y el instrumento fundamental del Partido para la conquista de las masas y la destrucción del viejo Estado es la guerra civil afrontada por las masas armadas, la Guerra Popular. De esta manera, el PCP muestra tanto la unidad orgánica existente entre las tareas de construcción y destrucción revolucionarias (ganar masas es destruir el poder del enemigo), que en el (n)PCI aparecen separadas, como la unidad orgánica entre política y guerra, que también aparecen desvinculadas en el plan de los italianos: el desarrollo de la política da paso necesariamente a la guerra, la política se transforma en guerra de manera natural, como algo necesario para la continuidad de la línea revolucionaria; la línea militar es un desarrollo de la línea política revolucionaria que refleja la maduración de una fase del movimiento; la Guerra Popular es la línea de masas del Partido, es instrumento central de su construcción. La guerra civil no viene impuesta necesariamente por las masas o por la burguesía: tarde o temprano formará parte del proceso de construcción del movimiento revolucionario del proletariado a iniciativa del Partido Comunista. La tesis clásica de que la guerra civil es el último recurso de los opresores para salvaguardar sus privilegios y de que el proletariado se verá obligado a enfrentarse a esta circunstancia a su pesar, debe ser abandonada porque no se corresponde con la experiencia histórica del proletariado internacional, con “las leyes de la obra revolucionaria”, y porque se inscribe más bien en la lógica de la línea oportunista de nuestra tradición. Esta línea terminó suplantando la recomendación leniniana de que es preciso apurar las esperanzas de las masas en las instituciones burguesas antes de optar por la lucha armada, por el principio de que es preciso apurar las esperanzas de la vanguardia en las instituciones burguesas antes de hablar de revolución violenta. Como se sabe, aunque a una minoría se le agotó rápidamente la paciencia y abrió prematuramente vías armadas según una línea terrorista, la gran mayoría demostró paciencia infinita y elaboró todo tipo de justificaciones para aprovechar hasta el último resquicio de la legalidad burguesa. Esta línea reformista, hoy dominante en nuestro movimiento, es hija legítima de la teoría –compartida hasta por los defensores de la guerra “de larga duración”, como los maoístas del (n)PCI– de la solución final, de que la guerra, el enfrentamiento armado con la burguesía, es el momento culminante de la conquista del poder. La experiencia del PCP demuestra que, en realidad, la guerra se sitúa o debe situarse en un momento anterior en el que se prepara –más que resuelve– esta cuestión de la conquista del poder.

La única relación verdaderamente orgánica que se da en el esquema revolucionario del (n)PCI es la que existe entre el Partido y el Frente. Con este binomio, el partido italiano reproduce la vieja táctica de la Internacional de lucha del Partido por aglutinar en su torno al mayor número de organizaciones de masas en un frente único y por conseguir su dirección política y la hegemonía en su seno. Pero como esa vieja táctica no incluía la Guerra Popular, resulta que el modo como incorpora el (n)PCI el problema de la guerra es mecánico y forzado: del desarrollo del Frente no se deriva como necesidad estratégica la guerra civil. Los mismos camaradas italianos lo reconocen cuando hacen recaer la responsabilidad de su inicio no en las demandas del propio movimiento, sino en la acción del enemigo. Por esta razón aparece una cesura política entre Frente y Guerra Civil en el esquema de los italianos, porque entre ambos no existe un nexo direccional. La evolución del Frente, ciertamente, está ligada a la acumulación cuantitativa de fuerzas, y la vía política por la que finalmente se encarrile depende de factores exógenos, no de las necesidades del plan. Esos factores pueden permitir la peligrosa apertura de una vía de desarrollo pacífico del Frente en virtud de los cambios en la correlación de fuerzas en su interior o en virtud de una reacción de la burguesía diferente de la esperada. El nexo inorgánico que vincula un Frente que no presenta una relación de determinación con la guerra –sólo factible por la acción de la burguesía– otorga un amplio margen de maniobra para el oportunismo político, para evitar la tan temida guerra civil aprovechando al máximo las posibilidades de la legalidad burguesa para frenar con reformas las agresiones del capital, es decir, para la desviación electoralista del Frente. El espíritu defensista que recorre la estrategia del (n)PCI, junto a la vieja línea frentista como forma principal de organización del movimiento (recordemos que, por el contrario, para el PCP, la forma principal de organización era la fuerza armada), sitúan la política de este partido muy cerca del radio de influencia de la fórmula defensiva más acabada de la Komintern, definida en su VII Congreso, el Frente Popular.

Pero lo importante es que la diacronía de los elementos y de los acontecimientos políticos que muestra el esquema del plan del (n)PCI excluye la línea militar como eje de la línea de masas en la construcción del Frente, al menos en sus primeras y decisivas fases. Y la alienación de la línea militar como componente principal de la línea de masas implica una concepción de la línea militar reducida sólo al campo operativo y logístico, técnico en definitiva, del arte de la guerra; es decir, implica un método burgués de afrontar la guerra de clases. La separación de la línea de masas de la línea militar permite distinguir entre frente político y frente militar como cosas diferentes, lo cual propicia la posibilidad de hablar de frente de masas sin masas armadas, desligando la construcción del frente de la construcción de bases de apoyo, y de quitar del orden del día el problema de la construcción del Nuevo Poder. La ausencia de esta cuestión en el diseño estratégico del (n)PCI no hace más que ratificar esta deficiencia, apuntalando las posibilidades de la deriva oportunista-electoralista llegado el caso. Así todo, si la solución es finalmente de tipo militar, si la burguesía impone la guerra civil, la lógica de la vieja táctica de la Internacional se impondrá, obligando al movimiento a reproducir la misma respuesta militar, la insurrección. La lógica resistencialista sólo puede ofrecer como respuesta a la ofensiva militar de la burguesía la contraofensiva militar del proletariado. Si el movimiento de resistencia se ha estado preparando largamente para el momento del inicio de la guerra civil, no tiene sentido una respuesta limitada en los términos de defensa estratégica, porque sería un crimen estar preparados para iniciar la defensiva militar y postergarla hasta el ataque del enemigo, concederle la decisión del momento. Además, si tampoco se prevén bases de apoyo armadas para el momento del ataque del enemigo, sólo tiene sentido la respuesta en toda la línea a la ofensiva militar burguesa, la contraofensiva; sólo tiene sentido, así las cosas, la insurrección. Pero la lógica de la insurrección es incompatible con la lógica de la Guerra Popular. Ésta ha sido suplantada y liquidada.

La inversión de la relación entre el Frente y la guerra en el plan del (n)PCI nos presenta un modelo de estrategia política que sólo ofrece dos desenlaces posibles, ambos desviaciones extremas de la línea proletaria: insurrección o frente electoral. Así entiende la Guerra Popular este partido maoísta italiano. De una manera, por cierto, que también nos resulta muy familiar, pues como se recordará, el PCE(r) plantea en términos casi idénticos el problema militar de la revolución (por no hablar de la semejante tentación hacia el frentismo político). La única diferencia estriba en que, mientras éstos reconocen que han revisado la doctrina de la Guerra Popular, aquéllos todavía tratan de vender el producto como genuino. Tal familiaridad, por otra parte, no es extraña, dadas las buenas relaciones que el (n)PCI mantiene con la Fracción Octubre del PCE(r), grupo disidente que comparte la línea general de la organización madre, salvo en el punto de la oportunidad actual de la lucha armada y en lo relativo al uso de las posibilidades legales del sistema burgués en las condiciones actuales de las luchas de clases en el Estado español. Matices con los que el (n)PCI parece estar de acuerdo y que ha incorporado a su línea política. Por lo demás, las estrategias del PCE(r) y del (n)PCI se parecen como dos gotas de agua.

El nudo gordiano

El fracaso del intento del (n)PCI de diseñar un plan estratégico de la revolución proletaria tiene su origen en un error de base fundamental, error que pone en evidencia su incomprensión tanto de la naturaleza del proceso revolucionario como del papel que juegan sus diferentes elementos, tal como hemos tratado de demostrar hasta aquí. Este error radical consiste en que la propuesta del partido italiano desintegra la piedra clave sobre la que se sostiene todo el edificio estratégico de la revolución, rompe el punto nodal que da unidad al plan en su conjunto. Este elemento clave se halla situado en el momento del paso del Partido Comunista a la Guerra Popular, a la guerra civil. Ya hemos visto que, para los maoístas italianos, el Partido da paso al Frente político; y también hemos visto que, en su plan, este paso es el único que revela una verdadera conexión orgánica. Curiosamente, en la única transición cuya necesidad se desprende del propio plan, y no de circunstancias provenientes del exterior, es donde el (n)PCI asesta el golpe de gracia a la línea proletaria de la revolución; precisamente en el punto crucial del proceso es donde este partido altera la posición de los elementos estratégicos y su interrelación, imprimiendo un giro que desviará definitivamente la política revolucionaria de la línea correcta. Aunque estos camaradas no sean conscientes de las consecuencias liquidacionistas de esta maniobra, pone en evidencia e ilustra sobre las consecuencias que acarrea la lógica espontaneísta-resistencialista que han adoptado como ideología política.

Cuando expusimos nuestra interpretación de la experiencia del PCP ya señalábamos que todo dependía de que el Partido Comunista, una vez reconstituido, iniciase la Guerra Popular, de que se diese el paso del Partido a la guerra como condición para la construcción del Frente bajo la forma de Nuevo Poder (y no Frente como condición para la guerra o como medio de preparar la guerra civil, como defienden los italianos, o la insurrección, como dicen los españoles); decíamos que aquel paso indicaba tanto una concepción correcta de la naturaleza del Partido Comunista –aunque todavía en gran medida inconsciente en cuanto a su formulación teórica y a sus implicaciones ideológicas, incluso para el caso del PCP– como el método correcto para abordar y resolver las subsiguientes tareas, nuevas y distintas, que interpondría la continuidad de la revolución. Señalábamos, en síntesis, que el paso inmediato del Partido a la Guerra Popular garantizaba la iniciativa del sujeto revolucionario como factor principal del proceso, la Guerra Popular como centro de la línea de masas del Partido y como eje de su construcción y, en definitiva, el desarrollo de la línea política como línea militar. Y es el significado profundo de esta última cuestión lo que no ha entendido el (n)PCI ni, en general, la inmensa mayoría de las organizaciones de vanguardia, incluidos los simpatizantes más fieles de la experiencia de los maoístas peruanos. El tratamiento correcto de la dialéctica o de la contradicción entre política y guerra es la gran lección que aporta el PCP: cómo y en qué sentido en la revolución proletaria se transforma la política en guerra es lo que constituye el basamento fundamental de la correcta línea comunista. Todo el mundo conoce y habla del principio científico marxista de la correspondencia entre guerra y política, de que la guerra es la política llevada por otros medios y de que la política debe transformarse en guerra; pero, por lo que se ve, nadie lo ha comprendido de verdad. El hecho de que, al menos en los países imperialistas, y destacadamente en Europa, nadie haya reflexionado sobre el sentido de la correlación de los elementos estratégicos que presentaba el plan del PCP para la revolución en el Perú, y que acabamos de resituar, en general, ni, en particular, sobre el significado del elemento crucial del plan de esa revolución, que es el inicio de la guerra civil por el Partido una vez reconstituido, son buena prueba de la incomprensión generalizada de la relación proletaria entre política y guerra y de la desorientación ideológica que domina nuestro movimiento.

El Partido Comunista es el eje de construcción del proceso revolucionario y, al contrario de lo que piensa el (n)PCI, la Guerra Popular es su instrumento, no a la inversa. Igualmente, al contrario de lo que dice esta partido, existen fases claramente diferenciadas, al menos hasta la conquista del poder, y la reconstitución del Partido marca la frontera entre ambas. Como veremos, las tareas y el contenido de la etapa de reconstitución del Partido tienen como objetivo crear las condiciones para la ofensiva política de la vanguardia proletaria. Éste es su significado: el Partido Comunista es el instrumento del paso a la ofensiva política de la clase proletaria. Pero, para que pueda tener lugar este acontecimiento decisivo, que da un contenido cualitativamente nuevo al proceso, deben haberse cumplido ciertos requisitos, los requisitos de la reconstitución del Partido Comunista. Estos requerimientos tocan los campos ideológico, organizativo y político de la lucha de clases proletaria y deben ser cubiertos por su vanguardia.

En lo ideológico, se precisa la restitución del marxismo en su posición de teoría de vanguardia, se precisa la reconquista de la hegemonía del comunismo revolucionario como referente ideológico y político principal para los sectores de avanzada de la sociedad, principalmente los sectores más conscientes de la clase obrera. Y aquí cobra especial relevancia la cuestión de poner al día la única ideología verdaderamente revolucionaria sobre la base de su propia experiencia histórica, la cuestión del balance y, en general, la cuestión de la reconstitución ideológica del comunismo. Reconocer la derrota del Ciclo de Octubre conlleva reconocer en última instancia los propios errores e insuficiencias. Retomar simplemente el legado de Octubre sin crítica es rechazar el deber insoslayable de la autocrítica. Supondría una traición al proletariado. La vanguardia no puede retomar sin más la obra revolucionaria en el punto en que la dejó Octubre, no puede pretender limitarse a darle continuidad. Esta actitud comportaría un error gravísimo. Es preciso dar por concluido el ciclo y dedicar un tiempo a reflexionar sobre él y a reconsiderar los puntos débiles del discurso revolucionario para reelaborarlo en lo que sea pertinente hasta ponerlo a la altura de las exigencias del inicio de un nuevo ciclo revolucionario. Sin esta prerrogativa, el comunismo no volverá a convertirse en referente de la vanguardia ni en anhelo de las masas. Ni que decir tiene que esta labor de reconstitución ideológica abarca desde la recomposición teórica en lo que toca a los fundamentos filosóficos hasta la clarificación y definición de los elementos de la línea general de la revolución. Todo ello en dura e intransigente lucha de dos líneas con el revisionismo. Entiéndase, igualmente, que no se trata de revisar los fundamentos del marxismo como punto de partida doctrinal de la revolución, sino todo lo contrario, de recuperarlos. Como ya hemos visto someramente, en ocasiones, los compromisos adquiridos por la vanguardia revolucionaria o las influencias sobre ella de corrientes de pensamiento ajenas –como fue el caso del positivismo– condujeron a la suplantación del punto de vista genuinamente marxista a la hora de resolver los problemas que planteaba la lucha de clases proletaria. Esto creó condiciones favorables para la labor de zapa del revisionismo y, en general, provocó numerosas desviaciones en el conjunto de los partidos obreros. La historia de la II Internacional es un compendio completo de esta degeneración. En particular, ese conjunto de circunstancias, muchas veces ajenas a la voluntad de los dirigentes obreros, contribuyeron a conformar un paradigma revolucionario –es decir, una visión a priori de los problemas, mecanismos y recorridos de la revolución– con aspectos que en muchos casos estaban en desacuerdo con las premisas ideológicas del marxismo o con la experiencia real de la lucha de clases del proletariado. En esto, la historia de la III Internacional presenta algunos capítulos aleccionadores. La fracción maoísta del PCCh fue el primer intento, serio pero aislado, de rectificar las desviaciones de la línea general de la revolución (crítica del revisionismo soviético) al mismo tiempo que ponía en práctica esa rectificación (revolución cultural). Sus logros deber ser reivindicados y recuperados (el PCP realiza un gran aporte en este sentido), pero su derrota final demuestra que la experiencia china no está exenta de la crítica que permita descubrir los elementos erróneos aún persistentes en su línea que finalmente condujeron a la derrota de la fracción roja del partido chino. En el estado actual de nuestros conocimientos, el MAI baraja la hipótesis, a ratificar por el balance, de que la causa última de esos errores se halla en el hecho de que el maoísmo participaba en lo fundamental del paradigma revolucionario de Octubre y de muchos de sus elementos de dudosa adscripción marxista; y aunque inició el cuestionamiento teórico y práctico de muchos de esos errores, no supo o no pudo llevar hasta el final esa labor de rectificación y actualización de la concepción proletaria de la revolución. Pero esto ya forma parte del debate sobre el balance del Ciclo de Octubre.

Prosigamos con los requisitos de la reconstitución del Partido Comunista. En segundo lugar, en el plano organizativo, como el cumplimiento de las tareas ideológicas no es un ejercicio académico ni especulativo, sino vinculante para todo el sector de la vanguardia interesado en los problemas teóricos de la revolución y en la recuperación del Partido Comunista, la reconstitución incluye el aspecto de línea de masas, alrededor de la cual irá cristalizando un movimiento práctico de vanguardia, que se irá articulando a través de los organismos necesarios para alcanzar los objetivos establecidos. Finalmente, en el plano político, el significado último del proceso de reconstitución consiste en que se trata de un proceso de acumulación de fuerzas de la vanguardia. Esta faceta de la reconstitución es primordial. Lo que no comprende el (n)PCI, ni aparece en ninguna de las propuestas de reconstitución que hoy están sobre la mesa, es la existencia de dos problemáticas políticas diferentes para la vanguardia, que encierran dos tipos distintos de tareas y que implican la división del proceso revolucionario en dos fases fundamentales antes de la implantación de la Dictadura del Proletariado; lo que no reconoce nadie en nuestro movimiento es la distinción entre una etapa de acumulación de fuerzas de la vanguardia (reconstitución del Partido) y una etapa de acumulación de fuerzas basada en las masas (Guerra Popular), la relación existente entre ambas y el modo de transitar de la una a la otra. En este punto radica el meollo del plan revolucionario. Sin embargo, los comunistas de hoy sólo perciben el problema de la acumulación de fuerzas de la clase en términos de masas porque, en su miopía empirista, identifican clase con masas y no otorgan a la vanguardia otro papel que el de mero apéndice de ellas. Por el contrario, el marxismo enseña que la vanguardia es también parte de la clase, que posee atributos específicos y que puede actuar de manera autónoma respecto de las masas. Por eso, los problemas de la vanguardia son problemas particulares de la revolución y no basta con hacer abstracción de ellos o mirar para otro lado ante ellos. Stalin diferenciaba entre un periodo en el que los comunistas aprenden a dirigir su partido y otro periodo en el que aprenden a dirigir a las masas. El movimiento revolucionario adquirirá carácter de masas sólo si sabemos transitar del movimiento revolucionario como simple movimiento de vanguardia al movimiento revolucionario de masas. Y en esto es fundamental la aceptación de que se impone primero una fase de conquista de la vanguardia como premisa para la apertura de otra fase de conquista de las grandes masas y la comprensión de los mecanismos que permiten el paso de la una a la otra. Porque aquí se encuentra la piedra clave que da unidad y continuidad a todo el proceso revolucionario. En La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, Lenin resumió la experiencia bolchevique en la revolución rusa distinguiendo entre esas dos fases fundamentales y definió su contenido general en estos mismos términos. Pero las necesidades de la lucha de clases del proletariado en el plano internacional le obligaron a centrar toda su atención en el segundo problema, el del método adecuado para la conquista de las masas por parte de la vanguardia. En el mismo sentido, el hecho de la existencia de la Internacional Comunista suponía la modificación de las condiciones y requisitos para el cumplimiento de la primera tarea, la de conquistar a la vanguardia para el comunismo, lo cual coadyuvó en gran medida para que las enseñanzas en este sentido de la experiencia bolchevique entre 1902 y 1917 no fueran consideradas relevantes o útiles como para ser estudiadas, sintetizadas e incorporadas a la doctrina de la Komintern. Hoy, que no existe Internacional Comunista, este vacío redunda negativamente y resulta urgente llenarlo, sobre todo cuando comprobamos cómo la mayoría de los destacamentos de vanguardia aplican, ciegamente y sin ningún aprecio por la diversidad de contextos y de situaciones históricas, la táctica de Frente Único de la Internacional para cumplir con todas las premisas de la revolución proletaria. La táctica de Frente Único puede ser correcta cuando la Internacional ocupa la posición de vanguardia de la Revolución Proletaria Mundial y sus secciones nacionales actúan como correas de transmisión hacia el movimiento obrero; pero, sin Internacional, esta táctica está equivocada y es contraproducente como base de reconstitución del movimiento revolucionario del proletariado. Por esta razón, lo que se pone en el orden del día es el análisis y la solución de los problemas relacionados con la organización de la vanguardia en función de la reconstitución del Partido Comunista. Hay que poner el centro en la vanguardia y en crear las condiciones para que pueda conformarse como fuerza política enfilada a generar las bases ideológicas y los instrumentos políticos para la reconstitución del Partido. Estamos hablando de todo un periodo de acumulación de fuerzas de la vanguardia, que debe traducirse en la recuperación del comunismo revolucionario como polo de referencia acreditado ante el proletariado y ante la sociedad en general y conformarse como incipiente movimiento político capacitado para las labores de propaganda y organización en todos los terrenos de la lucha de clases proletaria en esta primera fase política prepartidaria de reconstitución.

Entonces, como periodo de acumulación de fuerzas de la vanguardia, la reconstitución del Partido Comunista es el transcurso del paso de una posición política de defensiva estratégica a una posición política de ofensiva estratégica para la vanguardia. Culminar este periodo, culminar la reconstitución del Partido cumpliendo sus requisitos, significa que, con éste, el proletariado está en condiciones de iniciar la ofensiva política contra la burguesía. Y esta capacidad política, esta posición lograda por el proletariado a través de su vanguardia de ofensiva política es la base de y se traduce como Guerra Popular, en su posición inicial de defensiva militar. En este punto es preciso detenerse en una consideración importante. Igual que Lenin, debido a las circunstancias de la lucha de clases internacional, puso, a partir de 1920, el peso en el aspecto de las masas en la contradicción vanguardia-masas, Mao, el gran teórico y práctico de la Guerra Popular, puso el acento en los problemas de la guerra, dentro de la contradicción política-guerra, durante el periodo inmediatamente anterior a la conquista del poder (1927-1949). Naturalmente, se trataba de la respuesta adecuada a las exigencias de la lucha de clases del momento, no sólo porque en el plano internacional la existencia de la Komintern permitía resolver de manera concentrada y cubrir de forma acelerada las cuestiones ideológicas y políticas relacionadas con la constitución del Partido Comunista, sino, sobre todo, porque, en el plano interior, la lucha de clases en China se dirimió casi siempre en el terreno militar (contra los señores de la guerra, frente al Kuomintang y frente a Japón). De este modo, el problema de la transición de la política a la guerra, de los principios que rigen la transformación de la política en guerra en la lucha de clases proletaria, quedaron velados, ocultando los rasgos propios de una esfera de la actividad de la vanguardia cuyo esclarecimiento hoy adquiere la mayor relevancia. Insistir, pues, en que en la actualidad el aspecto principal de la contradicción entre política y guerra recae en el primero de ellos y que su contenido es el de la reconstitución del Partido Comunista, nos permite situar el marco general en el que hoy se encuentra la vanguardia desde el punto de vista del plan para la revolución proletaria, desde el punto de vista de la conquista del poder por la clase obrera a través de la Guerra Popular dirigida por el Partido Comunista.

En particular, y para acercarnos al planteamiento científico en esta cuestión, es preciso señalar que la Guerra Popular, comprendida al modo marxista como desarrollo cualitativo de la política proletaria, no es más que la réplica en un plano superior del mismo ciclo cumplido en el nivel inferior de la política. En otras palabras, si como mostró magistralmente Mao, la Guerra Popular es un ciclo de transición de la defensa a la ofensiva militar, y puesto que, como enseña el marxismo, la guerra y la política son aspectos de la misma realidad, comparten la misma naturaleza, entonces, el ciclo de la política responde al mismo mecanismo y debe cumplir los mismos estadios de desarrollo que el ciclo de la guerra, cambiando sólo su contenido cualitativo; es decir, el ciclo de la política debe responder también a un ciclo de defensiva-ofensiva. Entonces, la fase de reconstitución del Partido Comunista es el desarrollo completo de este ciclo, llevado a cabo por la vanguardia del proletariado en el plano de la política, en virtud del cual tiene lugar un proceso de acumulación de fuerzas desde posiciones de repliegue –que son las que hoy ocupa la vanguardia y el conjunto de la clase en general– hasta la culminación de la reconstitución del Partido, hasta que esta culminación permita una disposición para la ofensiva política. Y lo que es más importante, el paso a la ofensiva política de la vanguardia se plasma como paso a la defensiva militar de las masas. La disposición política de ofensiva estratégica de la vanguardia se traduce en disposición militar de defensiva estratégica de las masas. En esto consiste el planteamiento científico de la dialéctica entre política y guerra en la lucha de clases del proletariado. Aquí se sitúa el nudo gordiano de la estrategia revolucionaria del proletariado para la conquista del poder, la clave que da continuidad, unidad y coherencia al plan de la revolución proletaria.

La dialéctica ofensiva-defensiva es la que determina la relación entre la política y la guerra, es la contradicción que subyace a su desarrollo y en función de la cual se configura también la relación de la vanguardia con las masas. Así, la transformación en su contrario de la defensiva política en ofensiva política supone un salto dialéctico hacia la posición inicial como defensiva nuevamente, pero en un plano superior, el militar. Este cambio se refleja también como salto cualitativo en la relación vanguardia-masas en el sentido de que el aspecto principal de esta contradicción se desplaza del primero al segundo, es decir, la base del proceso revolucionario pasa de la vanguardia a sostenerse sobre las masas. Finalmente y en paralelo, tiene lugar simultáneamente la transformación de los contrarios en la dialéctica política-guerra: la política deja de ser el contenido fundamental de la lucha de clases proletaria y ésta pasa a desenvolverse como guerra de clases, abriéndose una nueva fase de la revolución.

Revelar de modo científico cómo se transforma la política en guerra para el proletariado permite también comprender por qué el Partido Comunista, elemento cuya reconstitución posibilita esa transformación, es el eje de todo el proceso y de todo el plan estratégico de la revolución y no la Guerra Popular, como dicen casi todos lo maoístas. Igualmente, permite entender por qué el Partido no puede ser asimilado a una organización política simple, a destacamento organizado de la vanguardia, sino a un movimiento político imbricado en el movimiento de masas (pero distinto de él), incomprensión que está en el origen de este error de los maoístas; permite entender por qué la culminación de la reconstitución del Partido implica necesariamente el inicio de la Guerra Popular, por qué estos dos elementos son inseparables en la estrategia proletaria y no pueden estar mediatizados por ningún otro, como el Frente político, y por qué el Partido, al ser eje, es dirección y, por lo tanto, garantía de que en la fase militar la política dirige al fusil y no el fusil a la política.

En resumen, la ofensiva política de la vanguardia se transforma en defensiva militar de las masas, cumplida la conquista de la vanguardia para la revolución comienza su conquista de las masas, la culminación de la fase política de la revolución, de la etapa de lucha de clases pacífica, da paso inmediatamente a su fase armada. Al PCP cabe el honor de haber sabido formular y aplicar un plan erigido sobre esta piedra clave de la revolución, de haber sabido plasmar correctamente la línea general de la revolución proletaria, las leyes por las que se rige la construcción de la obra revolucionaria. A nosotros nos queda la responsabilidad de estudiar su experiencia, aprehenderla y servirnos de ella para desenmascarar las falsas concepciones de la Guerra Popular y aplicarla a las condiciones de las luchas de clases en el Estado español.

Precisamente, la mayoría de los epígonos oficiales y oficiosos del PCP se han dejado impresionar por el papel de la Guerra Popular en la revolución peruana, por el imponente e impresionante escenario de las masas armadas acosando al Estado reaccionario. Pero esta fascinación ha hecho que centrasen demasiado su atención en el fenómeno de la guerra, tomándola de manera aislada del resto del proceso, sin comprender del todo el significado del lugar que ocupa en él y sin apreciar debidamente los vínculos que guarda con el resto de los instrumentos de la estrategia revolucionaria, principalmente los que permiten su preparación. Los maoístas en general, principalmente en Europa, aceptan y declaran la importancia del Partido Comunista; sin embargo, en los hechos, este reconocimiento parece más bien la repetición de un rito litúrgico aprendido de la tradición a la que se quiere pertenecer, porque, en los hechos, los maoístas de hoy se preparan para la Guerra Popular con o sin Partido, se preparan para tal evento tanto si es desencadenado por las masas como por la burguesía. En sus planes aparecen recogidos ambos, Partido y Guerra Popular, pero no encajan, carecen de la correlación orgánica que les vincule internamente como momentos necesariamente continuos. Y esto es así porque no han comprendido que el paso de la política a la guerra es producto de un proceso planificado de desarrollo de la lucha de clases del proletariado encabezado por su vanguardia. El sometimiento de los planes revolucionarios que proponen nuestros maoístas a los factores aleatorios o espontáneos, el papel subordinado que otorgan a la vanguardia y a los problemas teóricos y prácticos de su construcción y la falta de cohesión orgánica que prevalece en sus planes revolucionarios nos son más que el reflejo de la desorientación y del temor que experimenta un sector de la vanguardia ante la responsabilidad de asumir el papel que le corresponde en la puesta en marcha del proceso revolucionario. Este apocamiento les induce a derivar esa responsabilidad hacia las masas, a refugiarse en ellas y a esperar que ellas resuelvan sus tareas; pero las masas no pueden sustituir a la vanguardia, ni cumplir sus obligaciones, ni tampoco redimirla del retraimiento que la paraliza y la hace inoperante. La experiencia de la Revolución Proletaria Mundial, confirmada por sus episodios más recientes, demuestra que el proceso revolucionario debe abrirse desde la iniciativa de la vanguardia, que el primer movimiento en este juego le corresponde a ella y que su primera tarea es asumir esta responsabilidad. Otra postura es renuncia de la revolución.

Aplicaciones e implicaciones

Marx decía que la anatomía del hombre da la clave para conocer la anatomía del mono. Con ello, quería expresar el criterio científico de que las etapas de un proceso se comprenden mejor desde la perspectiva que da su evolución más alta, y que ésta es, muchas veces, la que crea las condiciones para ese conocimiento. No en vano él mismo desentrañó los secretos de las formas inferiores del valor (mercancía y dinero) desde el estudio de su forma más desarrollada, el capital. De la misma manera, la formulación más acabada de la línea política de la revolución proletaria, aplicada con retrospectiva a episodios y a debates pretéritos, pero vigentes, de la historia de la clase obrera, puede ayudarnos, sin menoscabo del análisis de las circunstancias concretas y singulares en las que se dieron, a enjuiciarlos y a valorarlos mejor, de un modo más objetivo, más cercano al punto de vista científico. Por ejemplo, la valoración de la línea seguida por el PCE y por la Internacional durante la guerra civil española de ganar la guerra y hacer después la revolución. Sin ánimo, por el momento, de reabrir este debate, importante, por otra parte, para el deslindamiento del campo de la revolución y para la definición de la línea proletaria en el Estado español, se puede apuntar que esa táctica de separar guerra y revolución, de extraer el problema de la revolución del escenario bélico de lucha de masas armadas, que condujo a la desactivación de la revolución desde la alianza del PCE con el viejo Estado, se alejó completamente de la línea proletaria, precisamente en función de esa táctica basada en la línea Partido–Frente que se desentendió de plantear la guerra civil como Guerra Popular, aceptando su conducción al estilo burgués, y de construir Nuevo Poder sobre la base de masas armadas. Todavía hay maoístas en el Estado español, seguidores confesos de la Guerra Popular en Perú, que defienden al partido de José Díaz subrayando la importancia de la fundación del 5º Regimiento y alabando la iniciativa de su creación como fuerza armada del partido. Curiosamente, estos mismos maoístas censuran al PCN(m) el haber cesado la Guerra Popular y el haber entregado las armas; pero olvidan o no quieren reconocer que el PCE hizo exactamente lo mismo en 1936 con su ejército: entregarlo a la burguesía. Se puede ser indulgente en un juicio sobre las decisiones adoptadas por el PCE de la época, cuyos dirigentes carecían de la perspectiva histórica que hoy tenemos. Toda valoración ponderada de esas decisiones debería incluir una explicación de las circunstancias que impidieron a la dirección de ese partido acertar con la política revolucionaria correcta, aún cuando, en un contexto parecido de guerra civil, otro partido contemporáneo, el PCCh, sí supo definirla y aplicarla. Pero no se puede ser indulgente con quienes todavía hoy, con la ventaja de la perspectiva que dan el tiempo y la experiencia posterior de la Revolución Proletaria Mundial, pretenden rescatar la política del PCE durante la guerra civil. Y menos aún tratándose de maoístas.

Una vez situado este comentario de aplicación, para la reflexión de quien corresponda, pasamos a un terreno que nos interesa mucho más a los efectos que persigue esta carta, el de las implicaciones de la línea general de la revolución proletaria, tal como aquí queda formulada. Nos limitaremos, en este punto, a implicaciones de concepto que entroncan con nuestro debate y que hunden sus raíces en la larga tradición de nuestro movimiento. En primer lugar, la categoría de resistencia, en general, y de resistencia revolucionaria, en particular. Hasta aquí, hemos definido nuestra posición acerca del papel de la resistencia de las masas. Nuestra crítica va enfilada contra la sobreestimación del mismo y, sobre todo, contra el hecho de que se haya convertido en el eje de la estrategia de la mayoría de las organizaciones de vanguardia. Resulta muy elocuente que tanto el ala oportunista-derechista como el ala izquierda de nuestro movimiento compartan indistintamente este punto de partida estratégico. Dice mucho sobre la desorientación y las deficiencias ideológicas y políticas que padece el comunismo contemporáneo. Para el MAI, el rol preponderante que se le asigna al factor espontáneo en la revolución, amén de ser síntoma del actual estado de debilidad de la vanguardia, pone de manifiesto que todavía ésta comparte en lo fundamental el viejo paradigma revolucionario heredado del Ciclo de Octubre, que ha sido retomado sin la menor crítica. Realmente, la mayoría de los comunistas sigue concibiendo los mecanismos y el proceder de la revolución proletaria a la manera clásica, a pesar de que la práctica ha demostrado que se trata de un modelo que ya está completamente agotado. Una de las aportaciones del PCP consiste, precisamente, en que propone una disposición de los instrumentos de la revolución y una relación entre ellos que permite vislumbrar, con el aval de más de una década de exitosa Guerra Popular, la articulación de un nuevo paradigma revolucionario. Así hemos tratado de demostrarlo exponiendo nuestra lectura de la experiencia del PCP. Lo cual no es óbice para añadir a continuación que se trata, como se ha dicho, de elementos embrionarios de lo nuevo. La reconstitución de la línea política comunista debe ser acompañada de una labor de reconstitución global del comunismo como teoría de vanguardia y como concepción del mundo clasista. De lo contrario, estos primeros logros políticos se truncarán porque carecerán del cuerpo ideológico sobre el que sostenerse y con el que deben ser coherentes. De hecho, el propio PCP se mueve todavía en gran parte con el bagaje de la vieja concepción de la revolución, donde el papel de lo espontáneo sigue siendo principal. Valga como muestra el documento publicado por el Movimiento Popular Perú (organismo generado por este partido para la política internacional) con motivo del Primero de Mayo de este año. Su título es por sí mismo suficientemente elocuente: El inmenso mar de masas oprimidas y desarmadas se levanta en el mundo para ser dirigido en guerra popular por un partido comunista marxista-leninista-maoísta. Como se ve, los maoístas peruanos todavía otorgan crédito a la equiparación, ya suficientemente contrastada como falsa, entre conciencia espontánea y conciencia revolucionaria de las masas, entre resistencia y revolución. La imagen de las masas “levantándose” espontáneamente, a la vez que autoconscientes de la necesidad del Partido y de la Guerra Popular, revela la convivencia en el discurso de los peruanos de lo viejo, todavía predominante, con lo nuevo, en embrión. Como se ha demostrado, la exageración de los elementos residuales del viejo paradigma en la política del que fue partido de vanguardia de la Revolución Proletaria Mundial en la década de los 80 por parte de quienes, al mismo tiempo, han hecho abstracción de lo nuevo que aportaba ese partido, ha conducido a desviaciones tanto de izquierda –PC (MLM)–  como de derecha –(n)PCI– entre sus adeptos. Pero, ¿cuál es el lugar que, según su propia lógica interna, adjudica verdaderamente la línea del PCP a la resistencia de las masas, qué papel le otorga en la revolución?

Si repasamos el esquema de la estrategia del PCP, recordaremos que la resistencia de las masas se incorpora al proceso revolucionario con protagonismo sólo con el inicio de la Guerra Popular, como masas armadas. Es decir, la resistencia de las masas contribuye positivamente a la revolución una vez comenzada la fase militar de la misma, la Guerra Popular: la resistencia de las masas es revolucionaria, entonces, como resistencia militar, como columna vertebral de la defensiva estratégica. La relación de la vanguardia revolucionaria con la lucha de resistencia de las masas, por supuesto, no nace aquí, es anterior y se remonta a la etapa de reconstitución partidaria. Pero, aquí, tiene otro contenido, que no es plenamente revolucionario, en el sentido de que la lucha de masas esté ya encauzada en la línea de los objetivos inmediatos de la revolución. En esta fase, la resistencia espontánea es base de apoyo de la reconstitución del Partido Comunista. La resistencia de las masas, por tanto, no es inmediatamente revolucionaria, sino que se transforma en revolucionaria por mediación del Partido y se substancia como Guerra Popular. En consecuencia, se requiere el cumplimiento de dos condiciones para considerar la resistencia de masas como resistencia revolucionaria. Primero, que se inscriba en el contexto de la Guerra Popular, que se trate de una resistencia armada. Pero esto no es suficiente, porque, si no se aquilata bien el concepto de Guerra Popular, puede conducir a las desviaciones de corte militarista que ya hemos visto en los casos analizados del PC (MLM), el (n)PCI y –como veremos– del PCE(r). El caso de este último es especialmente indicativo, porque este partido justifica la expresión armada de la resistencia como una forma más del movimiento espontáneo y la incluye en el proceso revolucionario, aunque haya surgido –según su versión oficial– espontánea e independientemente del Partido. Por esta razón, sobre todo, hay que precisar que no vale cualquier tipo de resistencia armada: debe exigirse que la manifestación militar de la resistencia recaiga sobre las masas –y no sobre un sector de la vanguardia, como el que, en el caso español, se cubre bajo el paraguas de la política del PCE(r)– y, principalmente, que sea la base de la fase de defensa estratégica de la Guerra Popular, es decir, que sea incorporada al proceso de construcción del Partido y, por tanto, iniciada por él y vinculada a él. Únicamente cumpliendo estas condiciones puede hablarse, en puridad, de resistencia revolucionaria. Todo lo demás es terrorismo o insurreccionalismo, las expresiones de la deriva militarista que en numerosas ocasiones ha tomado cuerpo la resistencia espontánea de las masas de la mano de ciertas vanguardias. Deriva, por cierto, que no es más que la otra cara de la misma moneda del electoralismo en el que recae inevitablemente la traducción política legalista de esa misma resistencia de masas de la mano del sindicalismo predominante hoy entre los comunistas, pero igual de peligrosa. La Guerra Popular es el único método de incorporación activa y sustantiva de las masas a la revolución, frente al resistencialismo en sus distintas versiones, porque es el único método que comprende esa incorporación como acto consciente. La Guerra Popular es el Partido Comunista organizando y sumando masas a la revolución. Esto supone un trabajo político metódico y planificado y, sobre todo, presupone que las masas no se unen por sí mismas a la revolución, no se hacen revolucionarias desde su experiencia en la lucha de clases económica, sino desde los escenarios políticos que consigue abrir la vanguardia revolucionaria.

Es en relación con este asunto del peligro de la desviación militarista en la línea política comunista que queremos comentar una segunda implicación conceptual que se deduce del punto de vista correcto de la estrategia de la revolución proletaria. Nos referimos a la diferencia entre militarismo y militarización.

Anteriormente, cuando expusimos de manera resumida la trayectoria del PCP, explicamos el significado de la militarización. En síntesis, ésta suponía la reestructuración orgánica del Partido en clave militar, el desarrollo de la línea política como línea militar y ésta como el centro de la línea de masas. El hecho de que el PCP plantee la militarización del Partido únicamente a partir de un momento determinado del proceso indica ya que no todo él puede ser abordado en clave militar y que no todo él es Guerra Popular, como dicen el PC (MLM), el (n)PCI y el PCE(r) (la política frentista de este último legitima la apertura del frente militar desde el principio). Ésta es la primera y más general diferencia entre la necesaria militarización que contempla la línea proletaria y la línea militarista. La lógica de esta última, además, conduce al absurdo de identificar la resistencia económica de las masas –o su “rebelión”– con la defensiva estratégica militar. Si todo el proceso es Guerra Popular y su punto de partida es la resistencia de las masas, ésa es la única conclusión lógica, a todas luces ajena tanto a la verdadera dialéctica entre política y guerra, tal como la acabamos de mostrar, como a la cruda realidad de las luchas actuales, siquiera se las mire con un poquito de objetividad.

Otro elemento característico del militarismo consiste en que la militarización no está vinculada a la línea de masas, en que considera que no es la forma principal de conquista de las masas, sino que se aplica posteriormente, en el momento culminante del “encuentro armado entre las fuerzas revolucionarias y las fuerzas armadas de los reaccionarios”, en el momento de la guerra civil –(n)PCI– o en el momento de la insurrección –PCE(r)–. Desde este punto de vista, la militarización no es método de acumulación de fuerzas sobre la base de masas, sino que presupone esta acumulación de fuerzas como dada desde métodos pacíficos, desde la táctica de Frente Único. La militarización, pues, queda relegada a recurso técnico-logístico, quedando la línea militar separada de la línea política y concebida al estilo burgués.

Por último, el militarismo conduce a desvincular la guerra de la construcción del Nuevo Poder. Si la conquista de las masas puede realizarse por medios pacíficos, por la lucha de clases económica y en el plano político legal, no se precisa organizarlas en bases de apoyo armadas. A diferencia de la línea Partido–Guerra Popular, que unifica guerra, frente y construcción del nuevo poder en un único y mismo proceso, la línea Partido–Frente posterga el problema del Nuevo Poder y lo somete al resultado final del conflicto militar, en definitiva, lo desplaza hasta el momento de la derrota del Estado y lo identifica con la toma del viejo poder, sin atender a la construcción paulatina y previa del nuevo que le sustituya. Naturalmente, el inconveniente que sobrevendrá inmediatamente será el de cómo instalar el dominio político del proletariado, su dictadura, desde el viejo aparato del Estado. La única manera de resolver esta contradicción es la del reformismo, pacífico o armado, pero siempre en disposición a un pacto con el viejo poder (pacto que incluso puede ser cerrado post mortem, o sea, después de que el propio viejo Estado haya sido derrotado militarmente, si los revolucionarios en lugar de terminar de liquidarlo completamente por medio de revoluciones culturales se adaptan a él, como ocurrió en gran medida en la Unión Soviética). Por eso, la pulsión reformista en los partidos que aplican línea de Frente Único es tan grande y ha sido, hasta ahora, insuperable en la historia de nuestro movimiento. En cualquier caso, para la desviación militarista, el Nuevo Poder se instalará después del desenlace final de las hostilidades militares. Por lo tanto, la línea militar no sirve para la preparación, sino sólo para la culminación de la conquista del poder. En esto consiste el militarismo, que históricamente se ha manifestado como terrorismo, putschismo o insurreccionalismo.

Por otra parte, como para la concepción militarista de la revolución todo el proceso se enmarca en la Guerra Popular, sus adeptos se ven obligados a utilizar términos y nociones del campo militar, extraídos del bagaje conceptual de la teoría de la Guerra Popular de Mao, para aplicarlos indistintamente a la confrontación de clases, aunque ésta se desenvuelva de manera pacífica. Así, el (n)PCI afirma que la burguesía practica “guerra de exterminio no declarada” contra el pueblo en el periodo anterior a declararle abiertamente la guerra civil, y el PCE(r) habla de táctica de “cerco y aniquilamiento” del Estado contra el movimiento de resistencia antifascista. De la misma manera, el (n)PCI, instalado desde el principio en la dialéctica de la guerra, recurre a la consigna leninista de transformar la guerra imperialista en guerra civil para justificar su postergación del recurso a las armas hasta que se presente un escenario de guerra civil para decidirse a transformarla en guerra revolucionaria. Este reduccionismo conceptual es otra de las consecuencias de la visión militarista de la revolución, que sólo puede acarrear una falsa percepción de la lucha de clases, el error en el análisis de la situación, la confusión entre las masas y el propio debilitamiento político y organizativo. En el Estado español tenemos al campeón en el yerro a la hora de percibir la realidad política, consecuencia directa de esa visión militarista de la lucha de clases. Sobreestimando casi hasta el paroxismo la situación real del movimiento de masas, el PCE(r) lleva años construyendo y difundiendo, a través de su prensa y de sus documentos teóricos, la ficción –naturalmente, para consumo interno– de que el movimiento de resistencia desbarata continuamente los proyectos del gobierno de turno y tiene al Estado prácticamente en jaque permanente.

En resumen, la desviación militarista consiste, en general, en contemplar todo el proceso revolucionario como un único periodo de guerra de clases, sin distinguir una fase política dentro del mismo, sin diferenciar la etapa política de la etapa militar de la lucha de clases del proletariado; en particular, la desviación militarista consiste en que el aspecto militar es considerado como un recurso separado y autónomo del curso principal de movimiento, al que se apela como solución táctica en el último momento para decidir definitivamente el enfrentamiento de clase –(n)PCI–, o bien, al que se permite especializar como esfera particular de actividad de un sector del movimiento –PCE(r)–.

El caso del PCE(r)

Aunque ya hemos situado y criticado el planteamiento general de la línea militar del PCE(r) y posteriormente hemos ido añadiendo más elementos a esa crítica al hilo del análisis de las posiciones que sobre esta materia mantienen otros grupos, no podemos concluir este capítulo dedicado al estudio de las distintas desviaciones de la línea de Guerra Popular sin terminar de caracterizar la visión que tiene este partido de la lucha armada desde sus aspectos concretos más significativos. De paso, cerraremos el círculo de la crítica general de su línea política situando otras facetas de la misma estrechamente conectadas con esa visión.

Como ya hemos insinuado, a nuestro parecer, la política del PCE(r) es muy similar a la del (n)PCI. Para confirmarlo, recuperaremos a los comuneros de Soria, que nos ofrecen una síntesis de cómo espera aquel partido que se dé el proceso revolucionario:

“El movimiento de masas (…) destaca al partido y a la guerrilla y los nutre continuamente de los hombres y mujeres más decididos. También les aporta incontables y preciosas experiencias. El Partido, a su vez, organiza la lucha, la dota de unos objetivos y de un programa claro y forma a los cuadros dirigentes que necesita (y van a necesitar cada vez más en mayor número) el movimiento de masas y sus organizaciones, y entre ellas, la misma guerrilla. Esta labor general del Partido y la lucha armada de guerrillas estimula continuamente al movimiento popular a seguir adelante, le orienta, le da ejemplo de firmeza, de arrojo y resolución; le allana el terreno de sus conquistas y va abriendo una senda cada día más ancha y prometedora. Al final de este proceso, se producirá la gran confluencia entre las masas y sus organizaciones, el Partido y el ejército popular. Será el momento de la insurrección general que acabe con el régimen de ignominia que venimos padeciendo.” (loc. cit., pág. 45).

Sin entretenernos demasiado en ello, la primera parte de la cita evidencia la ideología economicista que guía toda la política de estos señores: el Partido es generado por la masas (menchevismo), no desde la vanguardia (Lenin); la guerrilla también es fruto espontáneo de las masas, no de la actividad del Partido; y la experiencia de la que éste parte no es la de toda la historia de la lucha de clases y, en particular, de la lucha de clases internacional del proletariado, sino de la experiencia inmediata de las masas. En definitiva, el Partido está formado por sindicalistas, no por comunistas. Por lo demás, se puede observar que la mecánica de ascenso del movimiento desde lo espontáneo hasta la revolución asigna al Partido el simple papel de mero catalizador del proceso. Exactamente igual que en el caso de los maoístas italianos. En cuanto a la cuestión militar, lo destacable es que, en primer lugar, la guerrilla es identificada con el ejército, existiendo entre ellos sólo una diferencia de grado, cuantitativa. Pero, como hemos comprobado desde la experiencia del PCP, guerrilla y ejército sí son cosas distintas, entre ambos existe una diferencia cualitativa. La guerrilla son los destacamentos que genera el Partido para iniciar la Guerra Popular y para que ésta dé sus primeros pasos, mientras que el ejército es la fusión de esa guerrilla con las milicias populares, con el sector de las masas, sobre el que se apoya la guerrilla, que ha tomado las armas y se ha organizado militarmente para construir Nuevo Poder. Esta fusión supone un salto de calidad en el transcurso de la Guerra Popular en relación con la fase de guerrilla. En segundo lugar, se confirma la completa separación que el PCE(r) realiza de la actividad militar respecto del Partido y del grueso del movimiento de masas. Por tanto, ni la guerrilla-ejército es generado por el Partido, ni el ejército se concibe como masas armadas, ni la lucha armada como la forma principal de organizar a las masas. La relación de la organización militar con el “movimiento popular” es externa y queda relegada al papel de organismo auxiliar que, desde fuera del movimiento, lo “estimula” y “orienta” y “le allana el terreno”, etc. Pero es, precisamente, este tipo de actividad armada concebida al margen del movimiento, orgánicamente separada de él y con el objetivo de excitarlo lo que constituye la esencia del terrorismo como forma especial de desviación militarista. Y la cosa se agrava cuando se pretende el salto mortal que es esa “gran confluencia” hacia la “insurrección general”, que no se sabe cómo se ha preparado ni cómo se produce, pero que es la única salida que la fe revolucionaria, como manifestación de la conciencia espontánea de la vanguardia, puede ofrecer al movimiento espontáneo de las masas. Del militarismo terrorista, el PCE(r) salta al militarismo insurreccionalista. Desde luego, esta alternativa terrorista-insurreccionalista, basada en la “confluencia” de distintos y dispares movimientos, ajenos entre sí, más que un plan revolucionario basado en la experiencia de la lucha de clases del proletariado internacional parece una representación de la revolución más idealista que realista, más bucólica que científica.

Cuando los comuneros tratan de manera particular la relación que para ellos debe existir entre el Partido y la guerrilla se termina de completar el carrusel de errores que infesta su política y que convierten su línea militar en algo inservible para el proletariado:

“La guerra de guerrillas es una forma de guerra civil que, aunque larvada, está ahí y madura. Y, efectivamente, por tratarse de una guerra requiere de un análisis militar. Sobre esto no hay duda posible. Pero no se debe perder de vista que la guerra de guerrillas en los países capitalistas, al ser la continuación de la política proletaria por otros medios, los medios violentos, debe estar dirigida en todo momento por la política, por el Partido. Hoy, al igual que ayer, es válida la consigna de que es el Partido quien dirige al fusil. Y como la lucha armada juega un papel tan destacado en los países capitalistas modernos, es necesario que el Partido Comunista tome con toda firmeza bajo su control la dirección política, y por tanto, en cierta medida, también militar del movimiento guerrillero.

Cometen un craso error quienes se obstinan en conducir la guerra de guerrillas con criterios exclusivamente militares. Hacerlo así sería contraproducente, pues hasta las leyes de la guerra, especialmente las leyes de la guerra de guerrillas, obedecen a profundas razones económicas, políticas e históricas. (…). No están al alcance de la organización armada –como tal organización armada– ni la elaboración del programa, o la estrategia; esto únicamente se encuentra al alcance del Partido y son tareas principalmente suyas. De mantenerse una posición ‘militarista’ nos llevaría implacablemente, a no tardar, al arroyo del oportunismo, a caer presos de las redes tendidas por la burguesía.

La idea de un Partido-guerrilla, o la militarización total del Partido, no se corresponde ni con la situación de la lucha de clases en nuestros países ni, por lo tanto, con las tareas que tiene planteadas el proletariado revolucionario.

En primer lugar, porque la idea del Partido-guerrilla u otra similar esconde el propósito de una organización exclusivamente militar, o sea, el ejército como la única forma de organización del proletariado revolucionario moderno. Esto llevaría aparejado que la única forma de encuadramiento en la actualidad sería el encuadramiento militar, las tareas principalmente militares, los organismos, funciones y relaciones militares, y los objetivos fundamentalmente militares. Esta estructura organizativa podría muy bien convenir a las necesidades de los países coloniales y semicoloniales; pero esto es falso incluso en estos países, donde, pese a que las masas se organizan en el ejército y la guerra es la principal forma de lucha, la organización política ha dirigido siempre la organización militar. (…).

Los comunistas debemos siempre velar por dirigir todas las formas de lucha del proletariado, por muy dispares que sean, lo que únicamente es posible desde la organización partidista. Si en los países coloniales y semicoloniales el reclutamiento ha sido sobre todo hacia el ejército, este hecho no se ha reñido nunca con la dirección comunista. En nuestro país, hemos comprendido que el encuadramiento del proletariado consciente será por bastante tiempo principalmente partidista, pero sin descuidar en ningún momento la guerrilla. De esta manera, damos paso hacia la guerrilla a todos los trabajadores y revolucionarios que quieran combatir con las armas en la mano.

Y, en segundo lugar, la idea de Partido-guerrilla es errónea porque el Movimiento Político de Resistencia tiene, aparte de las tareas militares, otras múltiples tareas que no encajan, de ningún modo, dentro de las rigideces de un Partido militarizado. Las luchas de las amplias masas de obreros y trabajadores necesitan de la dirección política del Partido Comunista. Éste da cauces a su ardor y determinación revolucionarios, sintetizando las experiencias de sus luchas y extendiéndolas. A la vez, forma los cuadros que va necesitando todo el Movimiento, tendiendo los lazos orgánicos entre las distintas organizaciones en base a unos principios ideológicos y políticos mínimos. (…).

Estas tareas imprescindibles para el movimiento revolucionario de los países capitalistas no las puede realizar, por mucho que se lo proponga, el llamado Partido-guerrilla, ya que se salen de su esfera de influencia, de su capacidad política y de sus posibilidades organizativas. Recordemos que las formas de organización se adaptan siempre a las formas de lucha. De donde se desprende que el guerrillero y la guerrilla, por su naturaleza esencialmente militar, están impedidos de efectuar esas tareas políticas e ideológicas en el grado que requiere todo el movimiento.” (ibid., págs. 42-44).

Hemos recurrido a una cita tan larga porque en ella aparece claramente reflejada la línea militar del PCE(r), así como las premisas ideológicas sobre las que se sostiene y las consecuencias políticas que acarrea. Igualmente, aparecen explícitos todos los elementos que han sido objeto de nuestra crítica a lo largo de este documento; y aunque pequemos de excesivamente reiterativos, consideramos que merece la pena abundar en ellos para que, al menos por esta vez, Antorcha no pueda desmarcarse con el “ataque fácil” diciendo que el MAI miente. Los que engañan son quienes se curan en salud con el doble lenguaje y quienes dan gato por liebre.

En primer lugar, la cita confirma, una vez más, el culto a la espontaneidad que practica el PCE(r). Circunscribir el papel del Partido al encauzamiento y extensión de las luchas que las masas emprenden con “ardor y determinación revolucionarios” implica limitar ese papel al de mera dirección política y presupone el carácter revolucionario del movimiento; es decir, reduce el papel del Partido al de gestor de un proceso cuya direccionalidad viene predeterminada. Desde este planteamiento, no sólo queda identificada la resistencia con la revolución, sino que no se precisa mayor requisito para el Partido que el de constituirse en estructura organizativa particular con programa propio, con el fin de competir en el interior del movimiento con el resto de los partidos comunistas por la hegemonía política, es decir, con el fin de concurrir en el mercado de las ofertas políticas dirigidas al proletariado.

En segundo lugar, como ya apuntábamos en la primera parte de este trabajo, la cita ratifica el hecho de que este partido contempla la relación orgánica del Partido con la lucha armada de modo individualista y voluntarista: el Partido se encarga únicamente de dar “paso hacia la guerrilla” a todos aquellos “que quieren combatir con las armas en la mano”. Ya señalamos que este punto de vista obstaculiza seriamente la continuidad en la construcción del Partido paralela al proceso revolucionario, y también que es resultado del reflejo en el seno del movimiento de la división burguesa del trabajo en la sociedad. En este mismo sentido, podemos añadir que ese punto de vista pone de manifiesto el modo burgués como el PCE(r) entiende la articulación política del movimiento revolucionario, igualmente desde la división del trabajo, a través de la especialización de los frentes de lucha y su unificación mediante la táctica de frente, a través del Frente Único. Ciertamente, si la guerra no se concibe como el escenario general que abre necesariamente el desarrollo de la lucha de clases, ni como la forma principal que adopta la confrontación entre las clases, su forma concentrada en la que toman cuerpo de manera directa o indirecta todos los antagonismos sociales a todos los niveles, sino que se concibe sólo como una forma parcial de esa confrontación, paralela y simultánea a otras formas de lucha y a su mismo nivel en cuanto a importancia estratégica (en el citado documento se insiste en que la lucha guerrillera ni es ni puede ser la forma principal en los países imperialistas), entonces, sólo es posible articular las distintas manifestaciones de la lucha de clases del proletariado en un único movimiento a posteriori, desde el frentismo político.

Esta posición presenta, enseguida, dos imponderables. Primero, que el movimiento político concebido como frente, como no pone en cuestión las bases sobre las que se sostiene, sólo puede mantenerse y desarrollarse reproduciendo las premisas económicas y políticas que dan contenido a las distintas manifestaciones de la lucha reivindicativa que lo conforman, sin cuestionarlas ni poder transformarlas a su vez. Si la lucha de los obreros por defender sus condiciones de existencia bajo el régimen del trabajo asalariado genera un movimiento de resistencia que no pone en cuestión ese régimen como fundamento de ese mismo movimiento, es decir, si los propios obreros no ponen en cuestión las bases materiales de la lucha que protagonizan –cosa que tampoco hace el PCE(r)–, entonces, sólo tienen cabida la tendencia a la política que reproduzca y legitime esas condiciones, el programa de reformas, y la tendencia ideológica a identificar la lucha por el salario con la lucha por la revolución. Ambas tendencias dominan la línea del PCE(r). Lo que no comprende ni quiere comprender este partido y lo que no tiene cabida en su perspectiva sobre el papel de la lucha armada es que sólo a través de Guerra Popular, como escenario en el que vayan incorporándose todas las expresiones de la resistencia de las masas, pueden superarse los límites que impone la traducción política de la lucha espontánea. Segundo, que del movimiento político concebido como Frente deriva una idea de la construcción del movimiento revolucionario que lo identifica y reduce a construcción del Frente, en la que, por tanto, no tiene cabida la visión de construcción del movimiento revolucionario como edificación de Nuevo Poder. El Partido dirige la alianza de los distintos movimientos de resistencia: esto es el movimiento revolucionario para el PCE(r); en realidad, el Partido debe construir desde Guerra Popular para destruir las bases sobre las que se reproduce la resistencia como lucha reformista, como lucha para la defensa de las condiciones de existencia dadas, y construir bases nuevas que permitan la alianza revolucionaria de los movimientos de resistencia de las masas. Éste es el principio de construcción del verdadero Frente Único revolucionario. Igual que el PCE(r) no comprende y se desentiende de la unidad que en el comunismo revolucionario existe y debe existir entre Partido y guerrilla, igual que no comprende que el Partido se construye a través de Guerra Popular, tampoco comprende y se desentiende de la unidad entre Frente y Nuevo Poder, que el Frente sólo se construye como masas armadas que derruyen los fundamentos de la vieja sociedad.

Otro punto de nuestra crítica que confirma el documento de los comuneros sorianos se refiere a la concepción del Partido que profesa el PCE(r). Ésta está tomada directamente de la III Internacional, sin el menor atisbo de crítica, y, como se ha dicho, consiste en identificar al Partido como organización y a reducirlo al destacamento político de vanguardia de la clase obrera. Y es la lógica de esta concepción, que simplifica la relación del Partido con las masas al problema de su dirección política, excluyendo el de la construcción de un movimiento de nuevo tipo, la que, como acabamos de indicar, conduce inevitablemente a desplazar la cuestión de la construcción del movimiento revolucionario hacia el frente político, terminando por identificarlos. Así, el movimiento revolucionario no es el Partido Comunista en su desarrollo según el eje Partido–Ejército–Nuevo Poder, sino únicamente el Frente Único. Efectivamente, si la construcción del Partido y del movimiento revolucionario se consideran cosas separadas, de modo que la unidad en el seno de la vanguardia sea algo diferente de la unidad entre la vanguardia y el movimiento de masas, entonces, de tal discriminación resultará, por un lado, que en las relaciones internas del Partido como organización única de la vanguardia predominará el criterio estatutario jurídico-formal –es decir, nuevamente, el punto de vista individualista burgués–, y, por otro lado, que el desarrollo de la relación de la vanguardia encuadrada como Partido (no en vano en la cita se deja claro que “el encuadramiento del proletariado consciente” debe ser “principalmente partidista”) con las masas sólo pueda cristalizar como frente político, dando lugar a que se implemente la tendencia –que el PCE(r) ha llevado hasta el final y que termina confesando– de que “los lazos orgánicos entre las distintas organizaciones” que procura el Partido para forjar el frente político –o “el Movimiento”, como dicen los comuneros– deba realizarse “en base a unos principios ideológicos y políticos mínimos”; o sea, la tendencia hacia el programa mínimo y hacia la política de reformas.

La estrategia del PCE(r) reproduce en todos sus términos la línea que terminó prevaleciendo como expresión política del paradigma revolucionario de Octubre: la fe en la espontaneidad revolucionaria de las masas se corresponde con un Partido entendido como organización de la vanguardia, cuyos vínculos orgánicos y políticos con el movimiento obrero cristalizan como frente político, como Frente Único. Espontaneísmo, reduccionismo organicista del Partido y frentismo político son los tres pilares políticos sobre los que se sostiene el viejo paradigma de la revolución, que se complementan y corresponden, a su vez, con una concepción determinista del desarrollo social que pone el acento en las fuerzas productivas antes que en la lucha de clases y, en último término, con una visión de la consumación de la revolución social desde la teoría economicista del derrumbe capitalista. En definitiva, con un punto de vista fatalista de la historia y una noción antropológica que excluye la revolución como obra de la libertad humana.

En cuanto a la guerrilla, resultan reveladores los esfuerzos por separarla del Partido y por asignarle un campo de actividad propio e independiente de él. El PCE(r) se mantiene dentro del horizonte visual de los debates de los 70 y 80 en Occidente sobre lo que denomina “Partido-guerrilla”; pero, en su obsesión –en parte justificada– por desmarcarse de la guerrilla que se hace Partido, ha terminado situándose en la posición oportunista de crítica del Partido que hace la guerra, hasta llegar a la aberración de considerar “militarismo” la actividad armada del Partido. Es evidente que el PCE(r) confunde militarismo con militarización, que al reaccionar contra una desviación militarista desde una concepción equivocada de la vía armada de la revolución proletaria él mismo cae en el militarismo. Porque esta desviación consiste, principalmente, en justificar, respaldar y teorizar la actividad armada independiente de la actividad del Partido.

Agazaparse tras la tesis de la función directiva del Partido en relación con todas las formas de lucha, incluyendo la lucha armada, es lo que permite al PCE(r) mantener ese doble juego, característico de su política, consistente en justificar la violencia a la par que se excusa de su práctica, y es lo que pone en evidencia no sólo los peligros de la simplificación de las tareas del Partido en términos de dirección del movimiento –cuando el movimiento revolucionario es construcción, que implica multifacéticas tareas–, sino también la teoría, que se insinúa en la cita, de que el militarismo es la práctica de la violencia, el uso de las armas por parte del Partido, “la militarización total del Partido”, como dicen los comuneros. Pero, la militarización no es más que la reestructuración organizativa del Partido para el cumplimiento de las nuevas tareas políticas que la revolución pone en el orden del día; es la adecuación de la organización en función de la revolución, en función de las necesidades políticas. Los presos de Soria afirman que “las formas de organización se adaptan siempre a las formas de lucha”, pero cuando la lucha es la guerra civil –y ellos reconocen que “la guerra de guerrillas es una forma de guerra civil”, aunque sea “larvada”– se amilanan, niegan la necesidad de que el Partido “adapte” sus “formas de organización” a las nuevas “formas de lucha”, a las nuevas condiciones de la lucha de clases y sacan a pasear sus escrúpulos pequeño burgueses de liberales adocenados: hablan de “las rigideces de un Partido militarizado” y dicen que la militarización “llevaría aparejado que la única forma de encuadramiento en la actualidad sería el encuadramiento militar, las tareas principalmente militares, los organismos, funciones y relaciones militares, y los objetivos fundamentalmente militares”. ¡Lógico, si se trata de que sean las masas armadas las que hagan la revolución, si se cree sinceramente que la revolución es una obra de autoemancipación, que, como dijera Marx, la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos! Tanta reticencia hacia lo militar sólo puede provenir del espíritu pequeño burgués de quienes pretenden tener localizada y arrinconada la expresión militar de la lucha de clases proletaria, porque temen la guerra total contra la burguesía; sólo puede provenir de quienes desean tener controlado el fenómeno de la violencia revolucionaria de masas porque temen perder su control, porque sólo la conciben a pequeña escala como instrumento de presión contra el Estado, como argumento de negociación de cara a un acuerdo a largo plazo con él. De ahí el interés por desvincular al ejército de las masas, el desinterés por armar a las masas, de ahí el identificar al ejército con la guerrilla y no con el mar armado de masas, porque, según el PCE(r), “no es el ejército quien va a hacer la revolución, sino quien va a ayudar a las masas a hacerla” (ibid., pág. 46). Es decir, no serán las masas armadas las protagonistas, sino una elite dirigente, que instrumentalizará los beneficios de la acción armada de una minoría y de la experiencia de lucha de resistencia económica de la mayoría. Ésta es la cuestión crucial que divide los dos campos en la cuestión de la línea militar de la revolución proletaria: quienes esquivan resolver la contradicción antagónica fundamental de la sociedad moderna, la contradicción entre el proletariado y la burguesía, mediante el desenlace de la guerra civil protagonizada por las masas armadas, y quienes persiguen crear las condiciones para que en el futuro se dé ese escenario de guerra de clases.

El PCE(r) intenta presentar su política con el marchamo de la ortodoxia colocando consignas y frases hechas de la historia de nuestro movimiento para ocultar la tergiversación descarada de su auténtico espíritu proletario. Acabamos de comprobar cómo, mientras se dice que lo organizativo debe subordinarse a la política, en realidad, se absolutiza lo organizativo y se subordina la política a las formas orgánicas en que se muestran las distintas formas de lucha. En la práctica, el PCE(r) hace política en función de la organización del movimiento tal como surge espontáneamente en sus distintas manifestaciones, circunscribiendo a cada una de ellas en un compartimiento estanco y atribuyéndole tareas específicas. Así toma cuerpo el predominio de lo organizativo sobre la política y aparece la base sobre la que se sustenta la política frentista, la política que necesita procurar la alianza de las distintas formas orgánicas de la lucha espontánea para forjar movimiento político. En esto consiste el movimiento de resistencia antifascista del PCE(r), que tiene la desfachatez de calificar como “movimiento de nuevo tipo” (ver Programa, Línea política y Estatutos, 1993, pág. 85), cuando desde su misma arquitectura no hace más que mostrar sus cortas alas y su naturaleza reformista. Así revisa el PCE(r) la tesis leninista de que el Partido Comunista es la organización de nuevo tipo del proletariado. En particular, para este partido hay tres formas principales de lucha: la política, la militar y la económica, y cada una de ellas tiene asignado su campo de actuación y su protagonista. La política es asunto particular del Partido, la lucha armada de la guerrilla y la lucha económica de las masas. Todas tienen en común que son expresiones de la resistencia y, juntas, conforman el movimiento de resistencia, que es el etéreo modelo de movimiento revolucionario que defiende este partido, en el cual las competencias están bien delimitadas por frentes. Por eso, los comuneros insisten en que “la elaboración del programa” o de la estrategia, como es cosa política, “únicamente se encuentra al alcance del Partido y son tareas principalmente suyas”, mientras que la acción militar es “de la única incumbencia de la organización armada” (Textos para el debate, pág. 44).

Anclado en su visión espontaneísta de la política, el PCE(r) no comprende que la lucha revolucionaria del proletariado sólo es posible y factible desde la posición que únicamente permite la construcción de su forma superior de organización como clase, el Partido como movimiento político dotado de todos los instrumentos necesarios para afrontar todas las exigencias que impone la forma superior de la lucha de clases, la guerra civil. El PCE(r) no quiere entender –o pretende ocultar– que el Estado capitalista es la forma de organización superior de la burguesía como clase social, que es su forma de organización como clase dominante y que este Estado organiza y gestiona su sistema de dominación a todos los niveles a través de innumerables instrumentos, principalmente su aparato represivo, en el que destaca el ejército; que la destrucción de ese Estado pasa por la derrota de su ejército, y que las leyes de la guerra enseñan que para aniquilar a un ejército –más allá de veleidades insurreccionalistas– se necesita otro ejército. El PCE(r) confiesa que su objetivo estratégico último no es destruir el Estado burgués cuando reduce la escala del enfrentamiento militar entre el proletariado y la burguesía a la guerrilla y cuando la desvincula, como expresión armada del proletariado, del Partido Comunista, como expresión política del proletariado. La victoria de éste sólo es posible si es capaz de enfrentarse a la burguesía a gran escala, a la escala de la guerra civil abierta (no sólo “larvada”), desde su forma superior de organización como clase social, desde el Partido Comunista, que ha sido capaz de generar y articular los instrumentos para la guerra de clases. El proletariado no triunfará si su Partido no construye su propio ejército, si, para ello, no es capaz de poner en tensión todos los recursos del movimiento obrero para este fin. El Estado y sus fuerzas armadas contra las masas armadas organizadas y dirigidas por el Partido Comunista: éstos son los contendientes y así está planteado el problema. Alcanzar este escenario de lucha de clases es el único objetivo válido desde el punto de vista de los intereses de la revolución proletaria. La guerra localizada, el enfrentamiento militar con la burguesía planteado prematura y permanentemente en el nivel de guerrilla, como parte de ese enfrentamiento fragmentado en escenarios diferentes, con distintos instrumentos y desde iniciativas diversas es una pantomima que sólo puede conducir al debilitamiento y a la derrota del proletariado. El desarrollo de la lucha de la clase obrera, si discurre por una línea revolucionaria, sólo puede desembocar en la guerra como escenario principal y general, en el que y a través del que se expresen todas las contradicciones sociales entre las clases. En la fragmentación frentista de la lucha de clases que propone el PCE(r) y en un hipotético contexto político, hasta podría simultanearse la guerrilla con la lucha parlamentaria del Partido. No nos cabe duda de que esta posibilidad entra dentro de las cuentas de sus dirigentes; pero no es más que una estafa pequeño burguesa inspirada en la táctica de sus amigos del MLNV, quienes, como se sabe, no tienen como objetivo estratégico la destrucción del Estado imperialista español, sino sólo crear condiciones para un pacto que permita la secesión nacional.

Por cierto, la relación del PCE(r) con el MLNV ilustra perfectamente las graves limitaciones de la línea política de ese partido. No sólo porque el movimiento independentista vasco es considerado un frente de resistencia más y porque, como tal, es incluido en el movimiento antifascista, lo cual da idea de la consistencia organizativa y de la homogeneidad programática de ese frente único que se pretende dirigir, tan etéreo que parece más una unidad moral que política, sino también porque da buena cuenta del carácter de la dirección política a la que el PCE(r) “aspira” o de su idea de cómo debe el partido proletario establecer sus vínculos de dirección del movimiento de masas. El apoyo incondicional que, en ocasiones, ha dado este partido a las candidaturas electorales del MLNV dice mucho sobre quién dirige, sobre quién actúa como vanguardia real y quién como retaguardia en cada frente concreto según la doctrina del PCE(r). La relación del PCE(r) con el MLNV es la mejor prueba de cargo de que la línea de “aspirar a dirigir” los frentes de masas sólo conduce a colocar al Partido a remolque del movimiento de masas.

Para justificar su estrategia, el PCE(r) no ha dudado en revisar el marxismo y, en particular, su doctrina sobre la guerra. En la primera parte de esta carta ya vimos cómo los comuneros de Soria subvertían la teoría de la Guerra Popular; ahora, completan su labor revisionista falsificando el principio marxista que rige la relación general entre política y guerra. Para el PCE(r), ya no es la guerra, en su pleno sentido, lo que da continuidad al desarrollo cualitativo de la política proletaria; ahora es “la guerra de guerrillas” –no la guerra, sin más– “la continuación de la política proletaria por otros medios, los medios violentos”. Esta reducción de la dimensión de la forma culminante como se manifiestan los antagonismos de clase es, a todas luces, una adulteración del marxismo, que persigue desplazar la violencia revolucionaria de masas del centro de la confrontación social para rebajarla a “otro medio” más –el de la violencia aislada– de lucha, aparejado con otros que se pretenden de similar impacto, como los medios políticos o los medios huelguísticos de la lucha económica, etc. En apariencia, el PCE(r) realiza esta maniobra para garantizar que se aplique “la consigna” de que “es el Partido quien dirige al fusil”, para garantizar la independencia y la dirección de la política en la lucha revolucionaria. Pero, lo que se consigue es estrangular la línea de continuidad que el marxismo establece entre política y guerra, separándolas y divorciándolas como formas correlativas de la lucha de clases del proletariado, para yuxtaponerlas y vaciar su significado como formas centrales de la lucha proletaria en cada una de las fases de su maduración como clase revolucionaria. Ya sabemos que estos señores conocen la letra del marxismo y que no tienen escrúpulos para manipularla a su antojo y asesinar su espíritu. El Partido dirige al fusil, es cierto; pero, también es cierto que el poder nace del fusil. ¿Por qué se prescinde de esta “consigna” tan imprescindible como inseparable de la otra?, ¿por qué se traen sólo las “consignas” que interesan, por qué se escogen los principios a la carta? Sencillamente, porque no se sabe o no se quiere combinar ambos principios, ambas “consignas”; sencillamente, porque ni se sabe ni se quiere construir un movimiento obrero revolucionario dirigido políticamente por un Partido Comunista que hace la guerra.

El fraude de la línea militar del PCE(r) no es más que el eco del fraude de su línea general, de toda su política. No podemos terminar nuestra crítica de las posiciones de este partido sin dejar constancia, una vez más, de este hecho, de las tergiversaciones con que trata de hacer pasar por política revolucionaria lo que no es sino puro oportunismo. Más allá de la línea militar, cuando se refiere a los objetivos estratégicos de la revolución en el Estado español, se dice en el Programa, Línea política y Estatutos, aprobados en el III Congreso del PCE(r):

“De acuerdo con las condiciones generales que se acaban de señalar la revolución pendiente en España sólo puede tener un carácter socialista. Este es el objetivo estratégico que persigue el Partido. Por consiguiente, no existe ninguna etapa revolucionaria intermedia, ningún peldaño de la escalera histórica anterior a la revolución socialista.” (op. cit., págs. 72 y 73).

De acuerdo, el objetivo inmediato de la revolución es el socialismo y –se entiende, aunque tal vez pequemos de ingenuos– la Dictadura del Proletariado. No hay, por tanto, etapas de transición democráticas entre el capitalismo y el socialismo, entre la dictadura de la burguesía y la Dictadura del Proletariado, proclama que ha proliferado durante décadas entre los programas de innumerables partidos obreros y comunistas, y que hoy recobra fuerza con la consigna de III República. Pero… ¿no nos estaremos precipitando?, ¿tan seguro es este deslindamiento ideológico y político para el PCE(r)?, ¿tan inquebrantable es su lucha, su defensa y su propaganda de la Dictadura del Proletariado y el socialismo? Sólo tres párrafos después del texto que acabamos de transcribir –¡sólo tres párrafos después!– puede leerse:

“El Partido no se puede proponer conducir directamente a la clase obrera, desde la situación presente, a la toma del poder. Para eso son necesarias determinadas condiciones interiores y exteriores, una potente organización y abundantes experiencias políticas, tanto por parte de las masas como del Partido. Todo eso habrá de aparecer o se irá creando en el curso de la lucha revolucionaria y en el proceso mismo de derrocamiento del régimen capitalista.

Con la instauración de la República Popular se inicia el período que va desde el derrocamiento del Estado burgués a la implantación de la dictadura revolucionaria del proletariado y que marca una corta etapa de transición política, la cual habrá de estar presidida por un gobierno provisional que actúe como órgano de las amplias masas del pueblo alzado en armas. La principal misión de este gobierno será la de aplastar la oposición violenta de la gran burguesía y demás sectores reaccionarios y garantizar la celebración de elecciones verdaderamente libres a una Asamblea Democrática y Popular. Esta Asamblea elaborará la constitución y nombrará al nuevo gobierno democrático.” (ibid., págs. 73 y 74).

¡Todo nuestro gozo en un pozo! Resulta que, a fin de cuentas, entre el Estado burgués y la Dictadura del Proletariado sí hay un periodo de transición, la República Popular, la III República. La manipulación es tan burda que parece burla. Y realmente lo es, como toda la política de este partido, que lleva muchos años engañando a un sector de la vanguardia (que no a las masas, que han terminando dándole la espalda) vendiendo gato por liebre: guerrilla por guerra, democracia por socialismo y reforma por revolución. Con este tipo de lindezas –innumerables en los documentos del PCE(r)– ha terminado situándose fuera del campo de la revolución. Verborrea revolucionaria y práctica oportunista. Es el retrato de un partido que ha convertido la política proletaria en horripilante caricatura.

Y cerramos el ciclo de nuestro recorrido crítico por la política del PCE(r) finalizando en el mismo punto en que comenzamos, con el embarazoso asunto del “epíteto de terroristas” que tanta turbación produce entre sus miembros y que, según Antorcha, sólo busca “vilipendiarlos”. Ante tal adjetivo, estos señores se enrabietan e indignan. Pero, ¿es propia de revolucionarios tanta indignación o sólo de quienes se dejan enredar por las palabras en lugar de comprender y explicar los hechos? ¿Cómo responden los revolucionarios cuando la burguesía trata de insultarlos con el “epíteto de terroristas”? No insulta quien quiere sino quien puede. Una vez más, debemos poner al lado de estos señores a verdaderos revolucionarios. ¿Cómo reaccionan los maoístas peruanos ante los facilones ataques verbales de sus enemigos?

“Casinello dice que los grupos armados se desarrollan siguiendo el proceso de primero ‘terroristas’ pasan a ser guerrilleros y devienen en soldados; pues bien, éste es el camino que seguimos (…).” [¡Construir la conquista del Poder en medio de la Guerra Popular! (II Pleno del Comité Central). MPP Francia, 1992, pág. 13).

Los verdaderos revolucionarios no se encolerizan, se ríen ante la cara del burgués que les increpa y les tilda de “terroristas” porque descubren el miedo en su rostro iracundo, el miedo a las masas armadas, el miedo al Partido que va a reclutar a los obreros y a los campesinos para convertirlos en guerrilleros y, luego, en soldados. Pero, como el PCE(r) no piensa cubrir ese trayecto que convierte al obrero comunista en “terrorista” y en guerrillero y al “terrorista” en soldado, se estremece y se rebela contra cualquier “epíteto” que insinúe siquiera algo parecido. Tal es su aprecio por las apariencias y por las palabras, por cuyo motivo no duda en presentar encarnizada batalla. Esto sucede cuando tomar las armas (perdón, hablar de tomar las armas) no es más que una baladronada para jugar a la revolución, cuando los comunistas juegan a ser héroes. En cambio, cuando se aplican seriamente en las tareas revolucionarias no se dejan zaherir por las palabras. Explican su significado. Aunque, a veces, la burguesía lo hace por ellos.

IV. PLAN DE RECONSTITUCIÓN DEL PARTIDO COMUNISTA

Los temas suscitados en el presente documento tocan casi todos los aspectos del comunismo revolucionario, desde sus fundamentos ideológicos hasta las cuestiones tácticas. Ello es fruto de la reacción natural de la vanguardia ante el estado en que se encuentra la teoría proletaria tras el desgaste a que fue sometida como doctrina social de vanguardia durante el pasado ciclo y después de la derrota sufrida por la clase cuyos intereses representa, estado de desorientación, de descomposición y sometimiento absoluto al oportunismo que hace preciso que atraviese por todo un periodo de reconstitución y que hace inevitable que la superación de este periodo se plantee como cuestión de primer orden para la vanguardia actualmente. Por esta razón, la lucha teórica es el campo y la herramienta principal del comunismo hoy en día; por eso, es tan importante abrir espacio al debate, a la confrontación ideológica y a la lucha de dos líneas en nuestro movimiento; por eso, es preciso desamordazar el debate que tienen prisionero los celadores del actual estado de postración y deterioro del pensamiento y de la política comunistas, los tuteladores del statu quo del movimiento obrero actual, que pretenden la exclusiva de la línea política proletaria, cuando la realidad ha demostrado largamente su fracaso.

La obstinación del PCE(r) en obstaculizar todo intento de abrir caminos a la recomposición revolucionaria del comunismo ha terminado convirtiendo su política en escollo inmediato y en objetivo ineludible de superación. El MAI ha decidido llevar a cabo el deslindamiento con este partido, también, porque si no representa la línea más avanzada, sí al menos es la más lanzada, la que más lejos ha llegado en los últimos tiempos en el enfrentamiento con el Estado, y ello le ha hecho acreedor de cierta aureola de prestigio que utiliza para distraer a la vanguardia sobre los errores de su política. La vida misma, pues, obliga y hace necesario que el futuro desarrollo revolucionario del proletariado consciente y de la clase obrera en su conjunto pase por el desenmascaramiento de la política del PCE(r). Cuando organizaciones como Kimetz censuran posiciones políticas como nuestra Declaración de diciembre en nombre de una pretendida –al igual que mal entendida– solidaridad, al mismo tiempo que reconocen que “comparten en gran medida” esas posiciones, hacen un flaco favor a la causa del comunismo. Subordinar los principios a la solidaridad no es una postura propia del comunismo revolucionario; someterse a las exigencias tácticas de una línea que se reconoce como errónea es de una gravedad extrema y anuncia la bancarrota del proyecto político propio. Los camaradas del EhAKI y de Kimetz deberían recapitular sobre todo esto. Es preciso terminar con la fútil neutralidad en las cuestiones de fondo que tocan directamente con los intereses de la revolución proletaria; es hora ya de tomar partido y de involucrarse en la lucha de dos líneas por los problemas candentes; es imperativo que la vanguardia se reactive y haga frente a sus responsabilidades como vanguardia. Por lo demás, con esta carta abierta el MAI demuestra que no está en su ánimo ni persigue resarcirse en una polémica particular con el PCE(r). Hemos abierto el campo de visión de nuestro análisis para abarcar lo máximo posible y realizar una radiografía crítica del actual estado del sector que consideramos más avanzado dentro del movimiento comunista internacional, su sector de izquierda que sigue la línea de Guerra Popular. Si insistimos en la crítica de la línea militar del PCE(r) es porque este partido tiene línea militar, independientemente de su relación práctica con la lucha armada –en la que, una vez más, no hemos entrado–, que forma parte sustancial de su línea política y cuya caracterización se hace imprescindible para los objetivos de ese análisis. Nuestros intereses van más allá del supuesto desprestigio de una determinada organización: pretendemos aplicar y extender la lucha de dos líneas proletaria con el fin de contribuir a la reconstitución ideológica y política del comunismo.

Línea política de Reconstitución del Partido Comunista

De cara a esa contribución y después del análisis de los elementos fundamentales que conforman la línea general de la revolución proletaria, corresponde ahora presentar en sentido positivo y a modo de síntesis aquellos elementos. La línea general es el plan general de la revolución, la representación de sus etapas, requisitos y tareas en función de las leyes de la transformación revolucionaria de la sociedad que la lucha de clases del proletariado ha ido revelando a lo largo de la historia. En sentido lato, la revolución comunista transcurre por tres etapas: la constitución (reconstitución) del proletariado en partido político revolucionario; la conquista del poder por este Partido a través de Guerra Popular, y la instauración de la Dictadura del Proletariado, que se desarrolla mediante revoluciones culturales. Aquí, nos centraremos en la primera etapa, por cuanto ella recoge la construcción de los dos primeros instrumentos de la revolución (Ideología y Partido) y por cuanto la realidad social actual sólo nos ofrece los materiales y las condiciones concretas para elaborar un plan práctico con estos objetivos inmediatos. Eso sí, siempre en función de los otros instrumentos y las subsiguientes etapas de la revolución, en función de la Guerra Popular y de la instauración de la Dictadura del Proletariado y del socialismo. Es decir, es preciso reconstituir Partido Comunista para iniciar inmediatamente la Guerra Popular; pero no es posible elaborar aún un plan de inicio de la Guerra Popular in abstracto, al margen de las condiciones sociales y políticas concretas que ofrecerá en el futuro la reconstitución del Partido Comunista, una vez cumplida, desde el punto de vista del estado general de la correlación de fuerzas entre las clases y desde el punto de vista de la posición particular que ocupará el proletariado en él. Los propios maoístas peruanos formulaban el tercer instrumento como especificación de la Guerra Popular en función de las condiciones concretas del país, lo que significa que la Guerra Popular es ley e instrumento estratégico, pero sólo puede hablarse de ella como línea política desde lo concreto, desde la forma que adopta en función de las condiciones específicas dadas por el proceso revolucionario. Y, en tal sentido, únicamente es posible adelantar que, en un país imperialista como el Estado español, la Guerra Popular tendrá como centro las ciudades y el proletariado será tanto la clase principal como la clase dirigente en la revolución. En resumen, la línea general nos informa sobre las leyes del movimiento revolucionario, pero no es posible una línea política sin los elementos tácticos que permitan alcanzar los objetivos estratégicos, sin tener en consideración las condiciones concretas en que nos movemos. Así pues, una vez establecidos los elementos generales de la estrategia revolucionaria y sus relaciones internas, es preciso centrar y definir el objetivo inmediato y proponer un plan que incluya los medios para alcanzarlo.

La primera fase de la revolución proletaria es la fase política. Su contenido consiste en la acumulación de fuerzas de la vanguardia de la clase desde la ideología revolucionaria, y su objetivo es la reconstitución del Partido Comunista. La segunda fase de la revolución proletaria es la fase militar, bajo la forma de Guerra Popular. Su contenido consiste en la acumulación de fuerzas de las masas de la clase, en la conquista de las masas para la ideología revolucionaria, y su objetivo es la construcción de Nuevo Poder sobre las masas armadas hasta la destrucción del Estado y la instauración de la Dictadura del Proletariado. Nos limitaremos a exponer los elementos de la primera fase en sus distintas etapas.

1ª etapa. Defensiva política estratégica. Se trata de la recomposición (reconstitución) ideológica del comunismo revolucionario desde la lucha de dos líneas en torno al Balance del Ciclo de Octubre y en torno a la Línea General de la revolución proletaria, como aspecto principal, y lucha de clases ideológica contra todas la manifestaciones y formas de la concepción del mundo burguesa –incluidas las teorías de origen no marxista que pugnan por hegemonizar el movimiento obrero– desde el punto de vista de la reconstitución de la concepción del mundo independiente de la clase obrera y de su construcción como forma superior de la conciencia social, como aspecto complementario. Este tipo de lucha ideológica pasará a ser principal una vez reconstituido el Partido Comunista y una vez que, en virtud de ésta, el deslindamiento entre las clases y entre el campo de la revolución y de la contrarrevolución hayan quedado clarificados. La línea de masas, en esta etapa, se centra en el sector de la vanguardia cuyas preocupaciones alcanzan el nivel más elevado de las cuestiones relacionadas con la revolución, con las cuestiones que tocan la teoría revolucionaria como prerrequisito y condición del movimiento revolucionario (conciencia de clase para sí). Se trata del sector que denominamos vanguardia teórica. El carácter de las tareas políticas es fundamentalmente teórico (investigación y elaboración) y propagandístico (difusión entre el resto de los sectores de la vanguardia y entre las masas). Orgánicamente, toda esta labor irá cristalizando en la articulación de órganos centrales de dirección y propaganda y en la generación de los organismos necesarios para el cumplimiento de las tareas; en suma, se irá materializando en un incipiente movimiento de vanguardia prepartidario. Cuando el progreso en el cumplimiento de las tareas y en la construcción de ese movimiento de vanguardia sea suficiente, podrá iniciarse el paso a la siguiente etapa.

2ª etapa. Equilibrio político estratégico. Se trata de la aplicación de los principios del comunismo revolucionario a las condiciones concretas de la revolución en el Estado español. La Línea General se transforma en Línea Política. El objetivo principal de la línea de masas sigue siendo la vanguardia teórica, pero ampliando su radio de acción, pues, en la medida que la teoría se va aplicando a problemas cada vez más cercanos, las cuestiones relacionadas con la transformación social reclaman el interés de un sector más amplio de la vanguardia. Sin embargo, como complemento, se inicia el contacto con lo que denominamos vanguardia práctica, con la parte de la vanguardia involucrada en los problemas inmediatos de las masas y en la organización y dirección de la lucha de resistencia económica (conciencia de clase en sí). Las tareas fundamentales siguen siendo teóricas (análisis de las relaciones de clase y tendencias económicas, sociales y políticas en la formación social española, sin dejar de profundizar en las cuestiones ideológicas de la reconstitución) y propagandísticas (defensa del comunismo y del socialismo y la Dictadura del Proletariado como objetivo inmediato de la revolución en el Estado español), aunque ya se inicia la generación de organismos para combatir la línea oportunista y conciliacionista en los frentes de resistencia.

3ª etapa. Ofensiva política estratégica. Se trata de la traducción de la Línea Política en Programa. Es el último paso de la traslación de los principios revolucionarios hacia propuestas de acción revolucionaria. Las contradicciones sociales de la formación española se traducen en reivindicaciones revolucionarias en función de los problemas concretos que esas contradicciones producen; pero, no se trata de un programa mínimo reformista; en nuestra revolución sólo hay programa máximo: la Dictadura del Proletariado. El Programa comunista es la demostración teórica y práctica del principio de que sin el poder todo es ilusión, es la exposición –en virtud de las primeras experiencias de la vanguardia comunista en los frentes de masas y en virtud de las primeras experiencias de las masas en su contacto con la Línea Política comunista– de los medios políticos y organizativos que se requieren para alcanzar el objetivo del socialismo a condición de que sean las propias masas armadas quienes se organicen en Nuevo Poder para aplicarlo por sí mismas. En esta etapa, el destino de la línea de masas es la vanguardia práctica como objetivo principal. Generación de organismos en los frentes de masas y de fracciones rojas en los movimientos de masas que faciliten la vinculación política del movimiento de vanguardia comunista con el movimiento obrero práctico y el establecimiento de las bases que permitan la extensión de su influencia en el momento de culminación de la reconstitución del Partido Comunista y del paso a la fase militar del proceso y a la conquista de las masas hondas y profundas desde Guerra Popular. Lucha contra la tendencia derechista de transformar los organismos de base en frente sindical, que los desviaría de su cometido de ser organismos del Partido para la futura constitución de bases de apoyo para la Guerra Popular y que los encarrilaría por la vía reformista de las reivindicaciones económicas inmediatas y de la lucha por conquistas políticas democráticas. La incorporación de un sector de la vanguardia práctica al movimiento comunista y la consolidación organizativa de esta unificación entre vanguardia teórica y vanguardia práctica supondrá la plasmación real de la fusión leninista entre el socialismo científico y el movimiento obrero, entre la teoría y la práctica proletarias y, en definitiva, la culminación de la reconstitución del Partido Comunista. El Partido Comunista como movimiento político y el Programa comunista como primer referente político-ideológico para las masas expresan la posición de ofensiva política que la vanguardia proletaria ha alcanzado para la clase obrera. Inmediatamente, se inician los preparativos para el desarrollo de la política proletaria por otros medios, por la vía armada a través de la conquista de las masas mediante Guerra Popular en su primera etapa de defensiva militar estratégica.

Como ya se ha dicho, no es posible describir en lo concreto los elementos de esta nueva fase, ni las formas de los destacamentos armados del Partido, ni la forma de las bases de apoyo, ni de los métodos de organización de milicias populares, etc. Naturalmente, todo esto depende de las condiciones concretas de la lucha de clases, de las formas específicas como haya tomado cuerpo la unidad del movimiento de vanguardia con el movimiento práctico y de la experiencia acumulada durante la fase de reconstitución, principalmente en su tercera etapa.

En la actualidad, la línea política de reconstitución es la única línea política proletaria posible. Las condiciones de liquidación del movimiento comunista en las que nos movemos, como resultado del final del ciclo revolucionario, obligan a reconsiderar las condiciones y los requisitos de recomposición de ese movimiento, tanto desde un punto de vista estratégico como táctico. Ya no basta la unidad en torno a bases políticas, como aquellas Veintiuna condiciones que permitieron el nacimiento de los primeros partidos comunistas y del movimiento comunista internacional, ni la unidad en torno a bases ideológicas, como el maoísmo, que sirvió de punto de partida para la reconstitución del PCP; se precisa la definición de todo un área de tareas teóricas y prácticas que permitan, como punto de partida, la reconstitución ideológica y la construcción de un movimiento de vanguardia en estrecha unidad como base de la reconstitución del Partido Comunista. Las masas no son nuestras, y el comunismo ha dejado de ser un referente para ellas (factor que sí estaba presente en los dos casos de constitución comunista que acabamos de citar). Las masas, hoy, son carne de cañón del imperialismo, de manipulación del reformismo o de suicidio terrorista del yihadismo. Es preciso reconquistarlas; pero, para ello, la vanguardia sólo cuenta con sus propias fuerzas. Debe, por tanto, organizarse para este fin, creando los instrumentos necesarios, principalmente el Partido Comunista. No puede pretender que las masas solucionen por ella sus problemas teóricos y prácticos, que las masas le ofrezcan resueltas las herramientas para la revolución. Es cierto que sin ellas éstas no son posibles, pero el punto de partida está en la vanguardia, el primer paso debe ser dado por la vanguardia y en el ámbito de la vanguardia. Ésta es la única respuesta a la cuestión de por dónde empezar.

Esta propuesta implica, naturalmente, que se debe empezar por los problemas teóricos y por los problemas prácticos relacionados con la construcción de un movimiento de vanguardia mínimamente articulado. Contra esta posición se objeta habitualmente el argumento demagógico y dogmático de que, para el marxismo, la práctica es siempre lo primero y lo principal, por lo que se debe comenzar por la acción práctica y por el movimiento obrero realmente existente, tal como se presenta en su estado actual. Pero se trata de un argumento antidialéctico que desvía el concepto marxista de la práctica hacia el pragmatismo y el empirismo, y la actividad de la vanguardia hacia el practicismo. Entonces, ¿qué es la práctica para el marxismo? Para el marxismo, la categoría de práctica presenta dos aspectos –que, por supuesto, forman una unidad óntico-gnoseológica–, uno objetivo y otro subjetivo. El primero de ellos, lo resumió Marx en su VIII tesis sobre Feuerbach:

“La vida es, en esencia, práctica. Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esta práctica”.

En esto consiste el primer principio del método marxista, del materialismo histórico. Pero nuestros demagogos han llegado a la conclusión de que toda actividad de comprensión racional de la práctica humana, de la sociedad como producto de la actividad material del hombre, es idealismo o intelectualismo. Todo esfuerzo por elaborar una representación de las relaciones sociales y de la lucha de clases en su conjunto, de comprensión de las tendencias concretas que abren esas relaciones y esa lucha y del marco general de las leyes en que se encuadran son teoricismo puro y especulación de intelectuales (lo cual, desde su esquema de valores, es todo un insulto), no actividad propia de los obreros, aunque se trate de obreros con conciencia de clase. Éstos, al parecer, deben ser prácticos, deben sumergirse en la realidad concreta para conocerla formando parte de ella. Pero, ¿este practicismo que renuncia a la perspectiva del punto de vista teórico y pretende forjarse una representación del mundo y de la sociedad en función de la experiencia empírica inmediata tiene algo que ver con el marxismo?, ¿es esta especie de espontaneísmo gnoseológico la posición de la práctica subjetiva marxista? En su IV tesis sobre Feuerbach, Marx dice que:

“(…) lo primero que hay que hacer es comprender ésta [la realidad terrenal] en su contradicción y luego revolucionarla prácticamente eliminando la contradicción. Por consiguiente, después de descubrir, en la familia terrenal el secreto de la sagrada familia, hay que criticar teóricamente y revolucionar prácticamente aquélla”.

En esto consiste el primer principio de la acción práctica del sujeto, que no es acción inmediata, sino acción revolucionaria. Pero nuestros demagogos han llegado a la conclusión de que sólo la acción directa es acción revolucionaria, y se disponen a participar en las luchas que provocan las contradicciones sociales incorporándose a ellas sin haber realizado la pertinente crítica teórica que permita descubrir su naturaleza, con el solo objetivo de agudizar y desarrollar esas contradicciones hasta que encuentren solución por sí mismas, pues su fe materialista les conmina a creer en una sustancialista metafísica de la inmanencia que está detrás de las cosas y que permite que éstas se dirijan por sí mismas hacia el fin que su naturaleza les dicta. Pero, como Marx no es Aristóteles y no cree en entelequias, indica muy claramente que no se trata de desarrollar la contradicción, ni de procurar que se resuelva por sí misma, sino de revolucionar la contradicción. Ha sido esta absoluta incomprensión de la verdadera práctica revolucionaria la que ha permitido, de la mano de estos prácticos –que durante décadas han dominado el movimiento comunista y han dirigido sus organizaciones–, la reducción ontológica y gnoseológica del marxismo y la liquidación de su programa de acción revolucionaria, que han sustituido por el reformismo y el posibilismo políticos. En conclusión, no se trata de desarrollar la contradicción entre capital y trabajo, sino de revolucionarla; no se trata de desarrollar el movimiento de resistencia hasta que se transforme en revolucionario. Esto es una fantasía idealista. Se trata de revolucionar el movimiento de resistencia de las masas. Y el Partido Comunista, llevando Guerra Popular a ese movimiento, es el único instrumento capaz de revolucionar al conjunto de la clase obrera.

Una de las consecuencias del reduccionismo al que los prácticos someten al marxismo es la limitación del enfoque social de la lucha de clases al punto de vista económico, y la limitación del enfoque que recoge el estado de todas las relaciones entre todas las clases al punto de vista de la relación entre el obrero y el patrón. De este modo, la práctica queda reducida a la lucha sindical, a un espacio limitado del conjunto de las contradicciones de clase, y la realidad sobre la que hay que actuar, de la que debe partir el sujeto revolucionario, no es el conjunto de la sociedad, sino el movimiento económico de una sola clase, el proletariado. Según este planteamiento, la lucha económica por reivindicaciones inmediatas es embrión de tipos de lucha superiores, de formas políticas de lucha revolucionaria. La lucha de empresa es la forma básica cuyo desarrollo y extensión implicará a la clase en su conjunto. Por esta razón, se pone el acento en las huelgas, manifestaciones y demostraciones de calle como formas principales de lucha en la actualidad, que la vanguardia debe proponer y organizar; al mismo tiempo, se reclama el apoyo para los sectores críticos de los sindicatos mayoritarios amarillos, para los pequeños sindicatos de clase y para las plataformas autónomas de trabajadores. La extensión de la experiencia de estos organismos, unida a la verdad revelada (alguna variante del marxismo-leninismo o del maoísmo) que les acercarán estos señores tan serios y responsables, vacunados contra toda veleidad izquierdista, procurará las herramientas políticas y organizativas de la revolución. No hay problemas teóricos en la construcción del movimiento comunista porque éste, en realidad, no existe como tal. El movimiento revolucionario es el movimiento práctico dirigido por estos señores. El comunismo es apéndice del movimiento de resistencia. Su reconstitución, pues, se reduce a un problema de organización y a su posterior incorporación en el movimiento, pues como ya dijera el padre del revisionismo, lo importante es el movimiento, el objetivo es secundario.

Lenin combatió esta concepción gradualista y mecanicista del movimiento revolucionario cuando el revisionismo de corte bernsteiniano cobró cuerpo en Rusia bajo la forma de economismo, en los primeros años del siglo XX, y cuando, tras la derrota de la Primera Revolución rusa, combatió a los mencheviques, que querían liquidar las formas de organización clandestina y de lucha ilegal del movimiento obrero. En ambas ocasiones, Lenin demostró que la proyección política de la resistencia espontánea de las masas y la proyección organizativa de la lucha sindicalista conducen al programa reformista y a lo que él denominó partido obrero liberal. Hoy, tras la derrota de la primera gran ofensiva de la Revolución Proletaria Mundial, la vanguardia se enfrenta a las mismas desviaciones de la táctica revolucionaria. No es casualidad que los mismos prácticos que, con exaltación, desprecian la lucha teórica y llaman a dirigir las luchas parciales de los trabajadores sean también quienes proclaman como objetivo político inmediato la República. Sin embargo, a día de hoy, los fervorosos adalides de la práctica inmediata no han sido capaces de mostrar una sola experiencia de lucha obrera que pueda servir de ejemplo de plataforma del futuro movimiento revolucionario del proletariado. Nuestros prácticos llevan años llamando a apoyar y a encauzar luchas obreras como la de Sintel, Santana, La Naval, Cortefiel o Delphi, insistiendo en que es ahí donde debe dirigirse y laborar la vanguardia; pero sólo han sido capaces de demostrar su impotencia, su fracaso y, finalmente, la bancarrota de la línea practicista de construcción del movimiento revolucionario. A la postre, su tan cacareado trabajo comunista entre las masas se ha quedado en eso, en hacer llamamientos de apoyo a luchas que no han sido capaces de iniciar, ni de organizar, ni de dirigir. Resulta irónico, pues, que los enemigos más acérrimos de la teoría y de la planificación política hayan terminado ejerciendo de simples teorizadores y de propagandistas de la práctica, con la que carecen de toda relación real. Es el colmo observar a los prácticos teorizando sobre la práctica y empecinándose en especular sobre hipótesis e ideas preconcebidas que la propia práctica –ese criterio de la verdad al que tanto apelan, pero que no se aplican– ha refutado como falsas. Y es que el pragmatismo no es más que la otra cara del idealismo, en nuestro caso, del culto al ídolo de la espontaneidad de las masas. Pero, la consecuencia más grave para el movimiento obrero revolucionario ha consistido en que el predominio de esta escuela de pensamiento durante varias generaciones de comunistas ha sometido al marxismo, como instrumento teórico para la lucha de clases, a un terrible proceso de depauperación, consistente en la supresión de todo análisis de clase, antesala de su liquidación como ideología. Efectivamente, si el punto de vista que se adopta es el de las necesidades teóricas y prácticas de un movimiento concreto dado, la tendencia que predominará conducirá a poner en el centro del análisis esas necesidades y al resto de los factores reales en función de las mismas; quedará excluido, en consecuencia, el análisis científico marxista, el análisis que pone en el centro las luchas de clases, no la lucha o el movimiento de una clase, sino las relaciones entre todas las clases sociales. Hace mucho que este tipo de análisis brilla por su ausencia en nuestro movimiento, siendo sustituido por la enumeración de conflictos laborales o las retahílas de denuncias de atentados contra los derechos de los trabajadores perpetrados por los gobiernos de turno en que se han convertido los órganos de prensa de los partidos comunistas y obreros.

Entonces, como el punto de referencia para la vanguardia no es el movimiento práctico e inmediato de las masas, su lucha de resistencia contra las agresiones del capital, sino la práctica social en su pleno sentido marxista, la sociedad en su conjunto, o sea, el estado real de las relaciones de clase, el escenario concreto de las luchas de clases en el que la vanguardia debe aplicar su plan de tareas, procede, ahora, exponer someramente la situación de ese escenario, con el fin de señalar el eslabón al que es preciso aferrarse para vincular aquel plan con la realidad concreta sobre al que se pretende actuar. Este análisis, sin embargo, no puede sustituir a la definición completa de la Línea Política porque ésta comprende el estudio de todas las contradicciones y de todas las tendencias que presenta una determinada formación social, y, al igual que no podemos especificar todavía un plan para la Guerra Popular porque éste presupone cumplida la tercera etapa de la reconstitución, tal como aquí la hemos descrito, tampoco podemos definir Línea Política –objetivo de la segunda etapa de la reconstitución– sin haber resuelto antes los problemas de la primera, relacionados con las cuestiones ideológicas de fondo. Sí podemos, en cambio, destacar las tendencias fundamentales de las luchas de clases actuales en el Estado español, de modo que, aunque nos movamos en la epidermis del cuerpo social, en tanto que reflejo de las tendencias subyacentes más profundas, puedan orientarnos a la hora de concretar el plan de reconstitución.

Las luchas de clases en el Estado español

En al actualidad, el epicentro de las contradicciones de clase está situado en el seno de la clase dominante, en particular, entre el bloque hegemónico y una fracción emergente de la clase capitalista. El resto de las contradicciones de clase y del conjunto de la vida política gira en torno a la lucha entre esos dos sectores de la clase dominante. En esto, nuevamente, nos tropezaremos con nuestros prácticos, que, incapaces de superar el horizonte del antagonismo entre el obrero y el patrón, dirán que la contradicción principal en el capitalismo es y será siempre entre el proletariado y la burguesía, y nuevamente encontraremos a los pragmáticos enemigos del teoricismo aferrados a una tesis teórica, convirtiendo en absoluto un principio ideológico y encajonando la realidad en los límites de una idea preconcebida. Pero la realidad, hoy, es bien distinta. La lucha de clases proletaria no ocupa el centro del proscenio político, sino que está subordinada y determinada por la confrontación de intereses de otras clases. Quienes pretendan que tanto el desarrollo político de la formación social española como el desarrollo del proletariado como clase revolucionaria dependen de las luchas de resistencia que, como la de Delphi, están acometiendo los obreros, será mejor que se retiren del camino de la lucha por el comunismo, dejen de estorbar a la vanguardia revolucionaria y se dediquen claramente al sindicalismo. El proletariado sólo puede madurar como clase revolucionaria si su vanguardia comprende la situación del escenario general de las luchas de clases y sabe incidir sobre él con una política de clase independiente. Naturalmente, la clase obrera no podrá transformar (revolucionar) ese escenario, ni ningún otro, hasta que no se constituya como clase revolucionaria (es decir, en Partido Comunista); pero, de momento, comprender ese escenario le servirá para iniciar ese proceso de (re) constitución.

La monarquía parlamentaria es la forma de Estado que ha adoptado la dictadura de la burguesía, la dominación del capital, en la formación social española. Este tipo de Estado se sostiene sobre la alianza de tres fracciones de clase, fundamentalmente, la burguesía financiera (monopolios y bancos), las burguesías nacionales periféricas y la aristocracia obrera. Esta alianza se selló con la Constitución de 1978 como solución reformista a la crisis que atravesaba la forma fascista del Estado durante la última etapa del franquismo. En este punto, es preciso hacer un breve inciso para denunciar nuevamente la revisión que, como es costumbre, ha realizado el PCE(r), en este caso, de la doctrina marxista del Estado. Este partido afirma que el contenido de la actual forma de Estado es el fascismo, que, de hecho, constituye el contenido de todas las formas modernas del Estado en la etapa imperialista del capitalismo. Así, la diferencia entre dictadura franquista y monarquía parlamentaria es sólo formal, manteniéndose su esencia política fascista. La tergiversación consiste en sustituir el concepto marxista de dictadura de clase por el de fascismo. Para el marxismo, la dictadura de clase constituye la esencia de todo Estado, que puede adoptar diferentes formas en función de la correlación de fuerzas entre las clases. La transformación de lo que no es sino una forma más de dictadura burguesa, el fascismo, en la esencia de todo tipo de Estado burgués en la actualidad, no es más que un truco que permite al PCE(r) anteponer la oposición fascismo-democracia a la verdadera oposición marxista entre dictadura de la burguesía y Dictadura del Proletariado, con el fin de poder presentar, así, al proletariado un programa reformista, democrático y republicano que elude el problema de socavar y derruir las bases sobre las que se sostiene la dictadura de clase de la burguesía. Prosigamos, entonces, con el análisis de la nueva forma política de dictadura de la burguesía que continuó a su forma fascista del periodo franquista.

El pacto signado en la llamada transición configuraba un bloque de hegemonía política en el que se incorporaban ciertos sectores sociales representados por la oposición antifranquista –principalmente, burguesías medias periféricas y aristocracia obrera– y los objetivos estratégicos de expansión imperialista de la oligarquía financiera –a través de la integración en las estructuras internacionales del capital, principalmente la OTAN, la CEE, las instituciones de Breton Woods y el GATT–. El acuerdo, además, recogía la estrategia económica que ya se había gestado anteriormente en los pactos de la Moncloa: la reestructuración del modelo de acumulación, tras la estabilización política, en términos de liberalización y de desmantelamiento del capitalismo burocrático. La resistencia del búnker y de algunos sectores vinculados al aparato de administración y gestión del viejo Estado crearon cierta incertidumbre hasta que, consolidada la transición política con la mayoría absoluta del PSOE en las elecciones de 1982, se inició de inmediato el proceso de reestructuración económica con la reconversión industrial. Las fases más duras de este proceso transcurrieron durante los primeros gobiernos de Felipe González, proceso que centró la lucha de clases proletaria durante toda la década de los 80. Sus principales consecuencias fueron la transformación –y reducción escandalosa– del tejido industrial y, acompañando a este fenómeno, la recomposición socioeconómica de la estructura de clase del proletariado, hasta esos momentos asociado a la gran industria de segunda y tercera generación. El hecho de que, durante todos esos años, la única oposición política al gobierno se encontrase fuera del parlamento y estuviera protagonizada por la moderada resistencia de los sindicatos a su política económica (se convocaron, entre 1982 y 1988, dos huelgas generales, por supuesto, pacíficas) dice mucho sobre el grado de consenso alcanzado por todos los sectores que componían el bloque hegemónico y, por lo que respecta a la aristocracia obrera, revela la preocupación de sus representantes por que la recomposición estructural que estaba padeciendo la fuerza de trabajo y el pago de los costos sociales de la reestructuración económica, que recaía completamente sobre las espaldas de las masas de la clase obrera, no repercutiera de manera demasiado lesiva sobre su base social.

El capitalismo español homologaba, de esta manera, su modelo de acumulación con el de los países imperialistas de su entorno, que habían iniciado sus ajustes económicos a mediados de los 70, cuando las crisis del petróleo y del sistema monetario internacional obligaron a desmantelar el modelo de capitalismo de Estado vigente desde la Segunda Guerra Mundial. El nuevo modelo de acumulación es un modelo de integración económica internacional que debía cumplir con los requisitos neoliberales de retraimiento del Estado como agente económico –limitándose a mero regulador y valedor del mercado–, de contención del gasto público y de equilibrio presupuestario, y que, en el caso español, adolecía de defectos estructurales motivados, en gran parte, por la herencia de las deficiencias que arrastró la revolución industrial en este país en la segunda mitad del siglo XIX. De esta manera, la integración económica regional imponía un modelo de acumulación basado en la exportación de capitales y en la producción y consumo de servicios y bienes de uso, así como en el déficit permanente en la balanza comercial y la inflación y el paro estructurales –además de la baja productividad y el fracaso en los sectores de alto valor añadido– como puntos débiles del sistema. En estas condiciones, la integración imperialista de su economía sitúa al Estado español como potencia de segundo orden en el concierto europeo e internacional, con intereses estratégicos crecientes en Europa y en los países oprimidos, que entrelazan cada vez más los intereses políticos del bloque hegemónico con las instituciones del capitalismo internacional, las clases imperialistas a las que representan y con las oligarquías de los países periféricos. Así, los ejes estratégicos de la política del bloque dominante giran en torno al europeísmo en política exterior –pues la consolidación de la UE como centro imperialista mundial garantiza tanto la continuidad de un modelo de desarrollo económico dependiente de la integración económica internacional, como la defensa de los intereses financieros en los mercados extraeuropeos– y en torno a la estructura autonómica territorial del Estado –que garantiza el respeto de los intereses de las burguesías medias locales y nacionales–. Por consiguiente, la conclusión obligada es que el Estado español no es un país oprimido por el imperialismo, ni un Estado sometido a los designios de potencias extranjeras, como todavía defienden algunos partidos comunistas para justificar su política de conciliación con la burguesía y su programa republicano antiimperialista de revolución democrática y nacional como paso necesario y previo al socialismo. El Estado español es un Estado plurinacional imperialista en el que los capitalistas vernáculos no sólo disfrutan de un sistema político de dominación que vela por sus beneficios extraídos de la opresión y de la explotación de las masas hondas y profundas de su clase obrera, sino que también les ha permitido establecer estrechas alianzas internacionales con las clases dominantes del actual sistema imperialista mundial, tanto de los países opresores como de los oprimidos, que le permiten, también, beneficiarse de la explotación de sus pueblos. La miopía que impide a esos comunistas republicanos ver el papel que juega la burguesía imperialista del Estado español en el entramado internacional tiene su origen –como ya se ha dicho– en su concepción economicista de la lucha social, que le imposibilita para todo análisis de clase, y en la tendencia hacia el oportunismo y la convergencia política con la burguesía que implementa esa concepción, todo lo cual cristaliza, debido a determinadas herencias culturales de nuestra historia, en el programa republicano.

Pero continuemos con la evolución económica del modelo de acumulación capitalista introducido a partir de principios de los 80. Lo más destacable del mismo es que, a partir de la primera mitad de los 90, el motor del desarrollo económico se sitúa cada vez más en el ramo de la construcción, que produce un boom inmobiliario en el que prospera todo un universo de promotores, especuladores del suelo y constructoras a lo largo y ancho del territorio, y que, al calor de esta expansión inmobiliaria, emerge toda una poderosa fracción de la clase capitalista que pronto querrá ver reflejado su poder económico en poder político. En más de una década de desenfreno inmobiliario, han aparecido más de 40.000 nuevas fortunas relacionadas con el ladrillo; de hecho, tres de los cuatro primeros grandes patrimonios en el ranking de los ricos pertenecen al negocio inmobiliario. Este ramo crea actualmente el 14% de los nuevos puestos de trabajo, ocupa al 11% de la población activa y cubre el 17% de la inversión total. Según cifras oficiales, genera el 10’5% del PIB, pero como en gran parte es economía sumergida, datos más realistas otorgan a esta actividad en torno al 25% del PIB. Sin ninguna duda, las actividades relacionadas con la construcción son las que más han prosperado en los últimos años: si a mediados de los 80 se construían en el Estado español unas 200.000 viviendas, en 2006 se crearon 850.000. Este crecimiento explosivo no lo ha experimentado ningún otro ramo de la economía. Y es este modo particular como se ha manifestado en la formación socioeconómica española el desarrollo desigual propio del modo de producción capitalista lo que explica las contradicciones de clase y los conflictos políticos que han protagonizado el último periodo.

El empuje del sector de la construcción, que ha elevado los precios de la vivienda hasta cotas intolerables (se lleva el 41% de la renta disponible familiar, más del doble que en 1987), tira del consumo y lo convierte en el otro pistón del motor económico. En 2006, el endeudamiento de los hogares alcanzó el 114% de sus ingresos, y para finales de este año se espera que llegue al 140%. Esta presión sobre el ahorro indica signos de agotamiento del actual modelo de desarrollo y pone en guardia a los gestores económicos del sistema de cara a tomar medidas para que el estallido o el aterrizaje suave de la burbuja inmobiliaria no suponga en el futuro un crash económico similar al que provocó la crisis asiática. De hecho, el Banco de España ya está pidiendo a las entidades crediticias que refuercen las provisiones de fondos destinados a afrontar los impagos y la morosidad creciente que se prevé a medio plazo en vistas de la ralentización que empieza a experimentar el sector tras el cambio de tendencia en los tipos de interés.

Pero lo importante, más allá de presagios catastrofistas –en los que, como resortes del cambio político, han depositado tradicionalmente sus ingenuas esperanzas los comunistas–, consiste en cómo esta potencia económica ha logrado traducirse en potencia política. Aunque la red de intereses relacionados con el ladrillo abarca todo el territorio del Estado (por ejemplo, en Galicia se prevé construir 600.000 viviendas, más que en toda la Costa del Sol), salpica a todos los partidos institucionales (como demostró el tamayazo en Madrid, ante cuya comisión de investigación se pasearon también los intereses que los cuadros dirigentes del PSM tienen o terminan teniendo con el negocio inmobiliario; desde luego, más que con el movimiento obrero) y crea intereses comunes con amplios sectores sociales (como ha demostrado el respaldo electoral a candidatos involucrados en escándalos urbanísticos en las últimas municipales), donde ha conseguido consolidar un polo de referencia es allí donde ha establecido lazos y ha sabido conformar un entramado de intereses con otros sectores económicos estratégicos, como el turismo y, en menor medida, la agricultura de exportación. De este modo, el Levante peninsular se ha convertido en el promontorio de todo un modelo de desarrollismo y en el territorio prototipo donde fermentan permanentemente las condiciones de reproducción económica y cultural de esta nueva fracción de la clase poseedora. Y no es extraño que de este caldo de cultivo hayan surgido, igualmente, los especímenes políticos que lo representan, como el señor E. Zaplana, halcón que encabeza, dentro del PP, a la corriente que defiende abiertamente los intereses de la nueva clase emergente.

Es a partir del año 2000, con el gobierno de mayoría absoluta de José Mª Aznar, que se dan las condiciones para el asalto al poder de esta fracción de la clase capitalista. Este hecho y sus consecuencias son lo que ha caracterizado y caracteriza todavía el último periodo político, que consiste en la polarización política en torno a dos sectores de la clase dominante y en la fisura institucional abierta entre los dos partidos parlamentarios principales como reflejo de esa confrontación social. Por esa fisura se han colado todos los episodios políticos relevantes de los últimos años, desde las macromanifestaciones contra la guerra de Irak, hasta las negociaciones con ETA, pasando por el plan Ibarretxe, la recuperación de la memoria histórica, etc. En contra de lo que piensan muchos, todos estos episodios no reflejan ni han reflejado, en absoluto, contradicciones entre la clase dominante y las masas trabajadoras, sino contradicciones en el seno de la clase dominante, que, en su enfrentamiento intestino, ha sabido arrastrar en su apoyo a algunos sectores populares.

Por otro lado, en el contexto de esta pugna, aparece también la expresión ideológica que la justifica. El aznarismo es la corriente ideológica que, dentro del PP, se ha hecho valedora de las ambiciones de la nueva clase. Esta ideología ha buscado y recogido del pasado reciente de nuestra historia los elementos más reaccionarios para articular un discurso de legitimación y un proyecto político de identificación que otorgan personalidad y cohesión al programa de lucha por la hegemonía del poder del Estado de esta fracción social. Pero este objetivo implica el desplazamiento de otras fracciones de la clase capitalista instaladas en el poder y el atentado contra intereses de los sectores sociales dominantes.

En su fase de asalto frontal de las posiciones del bloque hegemónico, durante la segunda legislatura de los populares, el gobierno de Aznar dinamitó el principio de consenso político, que había sido la base del pacto constitucional, impulsando un giro de 180 grados en la política del Estado en las cuestiones estratégicas que conformaban los pilares del statu quo desde 1978. Así, en política exterior, imprimió un viraje atlantista en la política de alianzas al involucrarse en la guerra de Irak, apoyando incondicionalmente la invasión de la coalición imperialista que, en el contexto de la crisis internacional que suscitó esa agresión, supuso la paralización de facto del proceso de construcción europea. En política interior, inició una campaña de demonización y acoso judicial del nacionalismo, a través de la ofensiva directa contra el vasco –con la excusa de la derrota de ETA–, que comportaba la identificación del nacionalismo en general –incluido el moderado del PNV– con el terrorismo y su potencial exclusión del marco legal vigente. Naturalmente, esta reforma de los lineamientos estratégicos que tradicionalmente habían guiado la política española se justificó y adornó con un discurso ideológico que rescataba los viejos laureles del chovinismo españolista de gran potencia, hasta el punto de provocar una grave crisis diplomática con Marruecos a cuenta del pedrusco de Perejil, reminiscencia, entre otras, del pasado colonial español. Finalmente, para garantizar la continuidad económica del modelo desarrollista en el que medraba la fracción social en la que se apoyaba, diseñó un Plan Hidrológico Nacional (PHN) a la medida de las necesidades del emporio turístico-inmobiliario levantino, que expoliaba literalmente el agua de los cauces del Ebro y del Tajo en su trasvase a las cuencas de los ríos del sur y sureste peninsular.

El giro atlantista del Gobierno Aznar perjudicaba a los sectores más instalados del capital financiero español no sólo porque, por ejemplo, la guerra de Bush desbarataba los planes de penetración en la zona del Golfo Pérsico de empresas como Repsol, que ya tenía firmados los contratos de explotación con Sadam Husein, sino, sobre todo, porque debilitaba las posiciones de poderosas empresas, como Telefónica y el Banco de Santander, en América Latina, principal foco de exportación de capitales españoles, frente a la competencia a largo plazo de las empresas norteamericanas sin el respaldo de una UE consolidada y fuerte que considera esencial el papel de la madre patria como su cabeza de puente en el Mercosur. Por su parte, los ataques contra los nacionalismos históricos perseguían el aislamiento de las burguesías medias nacionales, comenzando por la vasca, en vistas a su posterior desplazamiento de sus posiciones dentro del bloque hegemónico de clase. Esta fracción de la clase burguesa, desde luego, es la más débil de las que componen ese bloque, y por tanto, el sector más fácil de sustituir. En cuanto a la aristocracia obrera, el gobierno cocinó una serie de medidas, que legalizó vía decreto, sin concertación social (forma que adopta el consenso entre los agentes sociales) ni el permiso de los sindicatos, dirigidas a abaratar aún más los despidos y a reducir drásticamente el subsidio por desempleo. Como respuesta, los sindicatos convocaron la huelga general del 20 de junio de 2002, que transcurrió sin pena ni gloria, y el gobierno ni se inmutó. Sin embargo, meses después hubo de retirar el decretazo. Lejos de una victoria de la clase obrera, o de su capa privilegiada, esta rectificación mostraba una maniobra política de repliegue provocada por otros contrincantes del gobierno. Y es que las burguesías nacionales se disponían para la contraofensiva. El tripartito en Catalunya y, fundamentalmente, el plan Ibarretxe son la respuesta de esos sectores de la burguesía media –que ha recabado apoyos en la pequeña burguesía y entre las masas obreras– al ataque a sus posiciones dentro del Estado. El plan del gobierno pone de manifiesto su debilidad cuando decide cerrar con concesiones el frente abierto contra la aristocracia obrera para centrarse, con todos sus recursos, en su cruzada centralista. Con ello, se beneficiaría del apoyo, o, al menos, de la neutralidad de la aristocracia obrera hacia su política beligerante, como quedaría demostrado poco después, con la crisis de Irak, cuando los sindicatos se abstuvieron de tomar alguna medida seria de resistencia a la intervención imperialista del gobierno español (UGT convocó un paro testimonial de dos horas el 10 de abril de 2003, y CCOO, nada). Quien sí aceptó el envite de la guerra de Irak para contrarrestar la política del aznarismo fue un sector de la gran burguesía financiera que, a través de su poder mediático y de organismos como la Plataforma de Cultura Contra la Guerra –formada por intelectuales y artistas–, organizó la mayor movilización de masas de la historia reciente de este país. La polarización política y el método del aislamiento político que el gobierno había puesto en práctica durante toda la legislatura como estrategia para conquistar peso en la correlación de fuerzas de clase, se volvía en su contra. Finalmente, el 11-M precipitó los acontecimientos. La pretensión de utilizar en beneficio propio los atentados contra los trenes de cercanías madrileños como arma electoral y como instrumento para terminar de aislar al nacionalismo vasco, se tradujo en indignación y más movilizaciones de masas, que salieron a la calle en la víspera del 14-M y que, este día, acudieron a las urnas –incluidos millones de abstencionistas– para echar al gobierno del PP. El asalto frontal a las posiciones del bloque hegemónico había fracasado. La nueva clase, con sus jefes recluidos en los despachos de la Calle Génova, requería de una nueva táctica.

Como cabía esperar, el nuevo gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero aplicó inmediatamente una política de contrarreforma: retirada de las tropas de Irak y crisis diplomática con EE. UU., nuevo empuje al europeísmo con el respaldo pleno de la Constitución europea, derogación del PHN y concesión cortés para que el plan Ibarretxe fuera defendido por el Lehendakari en el parlamento de Madrid. Y, como cabía esperar, el PP en la oposición inició una estrategia de desgaste acelerado del gobierno, oponiéndose sistemática y frontalmente a todas y cada una de sus iniciativas, manteniendo el clima de crispación social y polarización política. Tras fracasar en el ataque directo, quiere ahora, al parecer, aplicar la táctica de cerco del enemigo. Por su parte, el primer objetivo de Zapatero ha sido el de recuperar el pacto constitucional, restaurando sus bases sociales y la correlación de clases sobre la que se sostiene, intentando, al mismo tiempo, ampliar los apoyos sociales de su política para poder disponer de reservas a las que recurrir en el largo plazo, dado el panorama de hostigamiento permanente a que le somete la oposición. En este sentido, la legislación social promulgada (Ley de Dependencia, Ley de Igualdad, Ley de matrimonios homosexuales, ayudas por natalicio) pretende ganar la fidelidad de una parte del electorado, mientras que la reforma de los estatutos de autonomía, junto a la incorporación de los partidos nacionalistas de la pequeña burguesía (ERC, BNG) a los gobiernos regionales, persigue atesorar capital político de cara a asegurar un posible gobierno con minoría parlamentaria en la próxima legislatura. Sin embargo, el plan estrella, en este punto, la solución pacífica del conflicto vasco, ha fracasado, debido, por supuesto, a la intransigente obstinación del imperialismo español por no atender siquiera el programa mínimo del MLNV que, incluso, concedía la postergación del ejercicio del derecho de autodeterminación para un momento posterior al fin del proceso de paz y de la estabilización democrática de Euskal Herria.

En el campo contrario, no pintan las cosas claras. De hecho, se abren tendencias contradictorias que plantean muchos interrogantes sobre las posibilidades futuras de la actual estrategia de confrontación del PP, fundamentalmente, porque la base socioeconómica sobre la que se aupó la corriente que terminó por encabezar Aznar está experimentando cambios que hacen mucho más movedizo el terreno en el que pueda continuar apoyándose el programa rupturista del aznarismo. Efectivamente, en torno al año 2000, tuvo lugar un gran proceso de concentración en el sector inmobiliario, con fusiones y absorciones de empresas (Vallehermoso terminó la adquisición de Prima Inmobiliaria, Bani completó la absorción de Zabálburu, Metrovacesa se hizo con Resinar, Urbis con la filial inmobiliaria de Dragados, Ferrovial refundió y reestructuró sus grupos promotores, etc.) que clarificó el panorama y confirmó la tendencia hacia la centralización en núcleos empresariales estables con aspiraciones a controlar el mercado. Esta fuerza centrípeta hacia el monopolio frena la influencia económica de los intereses localistas de las innumerables pequeñas empresas del sector y la trascendencia política de sus alianzas con los poderes locales, resorte que había servido de plataforma de lanzamiento de la nueva clase emergente, al mismo tiempo que le indica una salida empresarial mediante la ligazón, a través del mercado, con los oligopolios del sector. Y al mismo tiempo que el mercado abre expectativas económicas a este mundo empresarial, el Estado le ofrece expectativas políticas. En 2006, tuvo lugar un nuevo proceso de reestructuración en el sector de la construcción cuando las grandes firmas del mismo iniciaron o aceleraron fusiones con empresas de otras ramas estratégicas de la industria, principalmente del sector energético. Zapatero dio luz verde a este proceso cuando bendijo la OPA de Gas Natural a Endesa. Lo que parecía una operación de blindaje del mercado estatal de la energía ante su futura liberalización se ha convertido en el entrelazamiento de intereses monopolistas de las grandes empresas de estos dos sectores de la economía. Así, a la entrada de Acciona en Endesa, se ha unido la participación de Sacyr Vallehermoso en Repsol; pero destaca, sobre todas, ACS, que controla el 35% de Unión Fenosa, la tercera eléctrica española, el 10% de Iberdrola, que es la segunda, y el 5% de Cepsa, las cuales, a su vez, participan de los negocios de otras empresas extranjeras del ramo como Eni, Enel o Galp. La operación de nacionalización del sector energético que, tras el abordaje de las constructoras, deja en buenas posiciones a las empresas nativas en este mercado frente a la eventual entrada de los competidores extranjeros a partir de 2012, será premiada por el gobierno con una próxima subida de la factura de la luz. Además, el papel de las constructoras en estas operaciones dentro del mercado energético ha tenido la peculiaridad de que ha desplazado a la banca, tradicional protagonista en el intercambio de títulos en las opas de los gigantes empresariales, que esta vez se ha limitado a financiar las operaciones de otros. De hecho, los bancos se están replegando cada vez más hacia su negocio tradicional, la banca comercial (no en vano el 60% de sus beneficios proceden de comisiones sobre sus productos y cada vez menos en inversiones productivas, y no en vano el 80% de los beneficios del primer banco estatal, el Santander, procede de la banca comercial). Todos estos hechos han favorecido y reforzado la posición monopolista del capital inmobiliario y, desde el punto de vista de clase, han facilitado y acelerado –sobre todo en el último lustro– su incorporación como parte integrante del capitalismo financiero, permitiéndole estrechar sus vínculos con el resto de las fracciones del bloque hegemónico en el Estado español.

Por consiguiente, lo que nos encontramos es que, al mismo tiempo que el PP en el gobierno ejecutaba su asalto al poder, se empezaba a resquebrajar la plataforma socioeconómica sobre la que se apoyaba su programa hegemonista. Por lo que se ve, las posibilidades de que la fisura en el seno de la clase dominante se amplíe hasta la fractura disminuyen, al mismo tiempo que la eventual recomposición del bloque hegemónico con la consiguiente reconstitución política, total o parcial, del Estado. A la incertidumbre que abren ante el PP los últimos desplazamientos de clase, se suma la incertidumbre que trajeron consigo el fracaso del proyecto rupturista del aznarismo y la derrota electoral de marzo. Tanta incertidumbre ha abierto el debate entre las corrientes del partido. Aunque parece que Aznar dejó todo atado y bien atado, lo cierto es que hay luchas internas. De hecho, Rajoy no es Aznar. Rajoy es un ecléctico, más que un aznarista acérrimo –como Zaplana o Acebes– es un conciliador de las distintas tendencias de su partido. Pero no puede ocultar, por ejemplo, las desavenencias entre bandos de su organización en Madrid, que son la mejor muestra de las contradicciones internas que ha dejado en herencia Aznar. Por no hablar de los barones regionales del partido, incómodos ante las consecuencias que puede acarrear a sus aspiraciones políticas llevar demasiado lejos el discurso centralista y catastrofista en asuntos como la reforma de los estatutos, y que han sido los primeros en comenzar a minar la coherencia de ese discurso al votar a favor de reformas en Andalucía o Baleares que su partido había criminalizado en Cataluña. Además, recientemente, Rodrigo Rato ha entrado en escena. Este personaje representa a la corriente liberal del PP que mantuvo serias reticencias ante la intervención militar española en Irak. Esto le privó de todas sus opciones a la sucesión de Aznar y provocó su posterior depuración de la dirección del partido. La forma precipitada como ha abandonado su puesto directivo en el FMI no indica otra cosa que desea participar en la lucha por el poder dentro de la cúpula del PP. Lo cual, unido a las maniobras de Gallardón en la capital, parece confirmar que en su propio partido se extiende cada vez más la idea de que, si tras las próximas generales el PP no forma gobierno, el liderazgo de Rajoy habrá sido sólo un paréntesis entre el proyecto de Aznar y otro liderazgo fuerte. Consciente de este peligro y de que, por los resultados de las elecciones de mayo, el aislamiento creciente de su política y de su partido le pueden imponer un techo electoral, se ve en la necesidad de reclamar una reforma de la Ley Electoral, con el fin de introducir un sistema mayoritario que le dé opciones para gobernar en solitario, única salida a la que le aboca su estrategia de confrontación. De lo contrario, la crisis en su partido está servida.

Pero, ¿cómo ha influido el escenario principal de las luchas de clases sobre el movimiento obrero y sobre la vanguardia comunista? No hace falta decir que las masas de la clase obrera no han tomado parte activa en él. Se han limitado a contemplar los acontecimientos o a acudir al llamamiento de alguno de los actores enfrentados. Y han tenido faena, pues, tras ser relegado del poder, el PP no ha dudado en sacar a la calle la lucha de clases, movilizando a las masas en su cometido de desgastar al gobierno y crispar el ambiente político, algo inaudito en 30 años de parlamentarismo viniendo de uno de los partidos del sistema de turnos sobre el que se sostiene la gobernabilidad del Estado. Pero ésta es otra de las consecuencias de la ruptura del consenso y del desbordamiento de las instituciones como medio de canalización de los conflictos de clase que trae consigo. Así pues, el modo como se ha reflejado el enfrentamiento entre las facciones de la clase dominante en el ámbito de amplios sectores de la vanguardia consiste en que se ha percibido ese ambiente de radicalización y polarización políticas como causado por la fascistización de la derecha española. Esta simple conjetura, propia de mentes ajenas a todo análisis de clase, ha alimentado el espíritu republicanista como reacción espontánea (no se podía esperar otra cosa) y natural de la izquierda no institucionalizada –dada su tradición cultural guerracivilista–, y ha actuado como revulsivo para la convergencia hacia el programa de III República de innumerables grupúsculos a la izquierda del PCE. Incluso este partido, para no perder comba, se ha dejado contagiar por la fiebre republicana. De este modo, han cuajado, en los últimos años, varias plataformas republicanas, que se han mostrado relativamente activas hasta que se han estrellado contra la realidad que les ha impuesto su fracaso en las elecciones del 27-M.

Pero lo más destacable de este fenómeno es que ese movimiento de convergencia republicano supone, objetivamente, un desplazamiento hacia la derecha de todo un amplio espectro de la vanguardia, y que, en realidad, se trata de un movimiento de convergencia con la izquierda institucional. Efectivamente, como garante del pacto constitucional y como respuesta a la ruptura del consenso por parte del PP, el PSOE ha roto el pacto de silencio que, desde la transición, se impuso a todo lo relacionado con la II República y la Guerra Civil, permitiendo elevar la voz al movimiento de recuperación de la memoria histórica –aunque éste se haya visto defraudado con la ley que al respecto hizo aprobar Zapatero en el parlamento– y dando alas y expectativas políticas a los restos del naufragio del revisionismo que aún sobreviven bajo la forma de fermento grupuscular. Naturalmente, esta concesión se sitúa dentro del contexto de apertura hacia la izquierda que está realizando el equipo de Zapatero con vistas a ampliar sus apoyos electorales o sus apoyos políticos ante un posible próximo gobierno en minoría; sobre todo, teniendo en cuenta que la crisis crónica del PCE-IU no garantiza la hegemonía electoral de la izquierda institucional en el largo plazo. Precisamente, es muy probable que la descomposición del PCE haya convencido a los elementos más inteligentes y persuadidos en algunas instancias del poder de la conveniencia y de los beneficios que tendría cierto reagrupamiento del fragmentadísimo campo político que se sitúa a la izquierda del PCE, siempre y cuando manifieste su vocación reformista y parlamentaria. Corriente Roja, que cumple a rajatabla esas condiciones, ha realizado el primer intento en esta dirección. Aprovechando el clima favorable que le ofrecen las tendencias políticas que generan las actuales contradicciones de clase, rompió con IU con el objetivo de nuclear un proyecto de unificación de ese campo levantando la bandera tricolor. Pero desde que presentó su carta de credenciales en Salamanca, en octubre de 2005, el proyecto se ha desinflado.

Lo importante, sin embargo, es comprender que, dada la correlación de fuerzas de clase actual, y la polarización política en que se traduce, todo proyecto de frente republicanista sólo serviría de apoyo a las maniobras políticas del PSOE. Y en el caso improbable de que las luchas entre las fracciones dominantes desembocasen en fractura política y en confrontación civil, las fuerzas de ese frente terminarían sirviendo a una fracción de la clase dominante bajo el lema de unidad de la izquierda frente al fascismo, como ocurrió en 1936. Una vez más, los intereses del proletariado quedarían relegados en nombre de una causa común superior o más urgente, la defensa de la democracia (consigna que, por cierto, aparece cada vez más frecuentemente en las proclamas de los comunistas republicanos).

¿Qué hacer?

En conclusión, las luchas de clases en el Estado español han trasladado la polarización en el seno de la clase dominante al seno del movimiento comunista. La presión de esas luchas sobre el movimiento obrero y el movimiento comunista ha empujado al ala derechista de éste más hacia la derecha, hacia la convergencia con la socialdemocracia, ampliando su distancia con el ala izquierda que denuncia la solución reformista republicana y defiende la solución revolucionaria de la crisis económica y política del capitalismo. Esta disposición objetiva del estado del movimiento comunista contemporáneo es la realidad concreta a la que es preciso remitirse y desde la que es preciso partir en la aplicación del plan de reconstitución del comunismo revolucionario, es el eslabón al que hay que aferrarse para vincular este plan con el estado real de la lucha de clases. Estas luchas han delimitado claramente los campos en nuestro movimiento, confirmando plenamente la experiencia histórica del movimiento obrero internacional al señalar como vigente la oposición y la lucha entre las dos tendencias posibles en el desarrollo del movimiento obrero: como clase subsidiaria de una fracción de la burguesía (con la III República como programa máximo), o como clase independiente con programa propio (la conquista de su dictadura de clase desde la Guerra Popular).

Ciertamente, el último periodo de las luchas de clases ha contribuido a aclarar el panorama del movimiento comunista: el centro ha desaparecido y aquéllos destacamentos vacilantes que todavía dudaban o incluso denunciaban el objetivo de la República –hablando incluso de vía armada, aunque sin incorporarla a su línea política– han terminado basculando, en su mayoría, hacia ese programa, cegados por el ambiente de reacción a las posiciones neofascistas resucitadas por la derecha y por las expectativas despertadas por una posible recomposición republicana de la izquierda. Hoy por hoy, en el movimiento sólo existe una alternativa: República o Guerra Popular.

Si se nos permite recurrir al argumento ontológico que más arriba hemos expuesto sobre las dos formas de concebir la solución de la contradicción, comprobaremos que se corresponden con cada una de esas dos líneas que, a su vez, reflejan políticamente dos concepciones del mundo antagónicas. En efecto, la lógica de desarrollar la contradicción como método para su superación conduce a los comunistas republicanos a incorporarse a las luchas tal como se presentan. No sólo ante las luchas de tipo sindical entre obreros y patronos, sino también ante las luchas políticas entre las demás clases. De ahí su tendencia a configurarse en ala extrema del sector más progresista o más democrático cuando la pugna principal tiene lugar entre fracciones de la burguesía, de ahí su táctica de conducir al movimiento obrero a rebufo del partido burgués menos reaccionario. Los verdaderos comunistas, en cambio, como se trata de revolucionar la contradicción, optan por crear las condiciones que lo permitan (la construcción del movimiento revolucionario del proletariado, el Partido Comunista), para “eliminar” la contradicción –como decía Marx– fagocitándola desde un proceso de escala y calado incomparablemente mayor (la revolución proletaria). Sólo en estos términos puede la lucha de clases proletaria ocupar el centro de las luchas de clases en la sociedad, sólo así su contradicción con el capital determinará el desenvolvimiento de las demás contradicciones sociales.

Por consiguiente, en función de las condiciones objetivas que impone la lucha de clases, el plan de reconstitución debe centrarse en el ala izquierda del actual movimiento comunista, debe ser aplicado por su sector revolucionario, aquél que defiende los principios que lo inspiran y ordenan, por quienes apuestan por la vía revolucionaria de Guerra Popular. La Propuesta concreta que a continuación ofrece el MAI a la vanguardia presupone, pues, esta primera condición. A partir de aquí, presenta los elementos que pueden permitir el cumplimiento de las tareas de la primera etapa que establece la Línea de Reconstitución del Partido Comunista: la etapa de defensiva política estratégica de la vanguardia proletaria.

1. La primera tarea de los comunistas revolucionarios consiste en defender la Línea General de la Revolución Proletaria Mundial, la Línea de Reconstitución del Partido Comunista, la Guerra Popular como estrategia militar y como línea de masas de la revolución. Deben defender la vitalidad de la ideología proletaria, el marxismo en todos sus desarrollos, y la vigencia de su programa de construcción del Comunismo desde la Dictadura del Proletariado. Para ello, es fundamental la realización y conclusión, en lucha de dos líneas, del Balance de la experiencia histórica de la Revolución Proletaria Mundial y, en particular, del Ciclo de Octubre, como fuente primera y principal de reconstitución de la teoría proletaria como teoría de vanguardia. De manera específica, deben combatir ante las masas y ante la opinión pública en general al ala derechista del movimiento, su deriva oportunista, su línea reformista, su programa republicanista y cualquier programa mínimo de conquistas parciales anterior a la conquista del poder, desenmascarando los señuelos y los engaños que ofrece a la clase obrera para alejarla de sus objetivos revolucionarios.

2. Esto mismo debe ser llevado al plano internacional, al conjunto del movimiento comunista internacional. En particular, y como cuestión de primer orden, es preciso desarrollar lucha de dos líneas contra la línea negra de renuncia a la Guerra Popular y de apertura de una tercera vía que ha comenzado a articularse a raíz del giro revisionista de la dirección del Partido Comunista de Nepal (maoísta) y que ha encontrado eco en un sector del movimiento comunista internacional encabezado por el Partido Comunista Revolucionario de EE.UU.

3. Apertura de un debate, en estrecha conexión con el Balance histórico, sobre la Línea General de la Revolución Proletaria en lo tocante, particularmente, a problemas candentes relacionados con la naturaleza del partido de nuevo tipo proletario y la cuestión nacional. El MAI está seriamente preocupado –por no decir perplejo– porque muchas organizaciones revolucionarias internacionalistas en el Estado español, casualmente casi todas ellas maoístas, como Kimetz, La Rebelión Se Justifica y otras, tienden a circunscribir –y a justificar teóricamente esta restricción– su actividad al ámbito de las nacionalidades en que se ubican –principalmente, Euskal Herria, Catalunya y Galiza–, encerrándose en las fronteras territoriales y culturales que el capital impone al proletariado. Es preciso clarificar este tipo de cuestiones, relacionadas con la Línea General, en función de la Reconstitución de un Partido Comunista en el Estado español.

4. Propuesta organizativa.

Todos los destacamentos, organizaciones o personas que compartan esta propuesta de contenidos –independientemente de lo que suscriban o no de los fundamentos que han conducido a ella a lo largo de esta carta abierta– deberán iniciar contactos con vistas a la planificación, organización y cumplimiento de los objetivos que señala esa propuesta de contenidos, tomando en consideración la necesidad de organizar, al menos:

• Un Seminario sobre la revolución china como experiencia más elevada del Ciclo de Octubre y, una vez concluido, retrospectiva aplicando sus resultados al resto de las experiencias del Ciclo, según el principio científico de que el desarrollo de un fenómeno se comprende mejor desde la perspectiva que da su evolución más alta.

• Órgano de prensa (periódico y/o revista y/o página web) como vehículo de propaganda y como foro de debate que refleje la lucha de dos líneas por la Reconstitución.

• Comité de Dirección que vele y dirija el cumplimiento de las tareas y los acuerdos alcanzados por las organizaciones y miembros asociados a esta Propuesta de Plan de Trabajo.

Julio de 2007

MOVIMIENTO ANTI-IMPERIALISTA

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2 pensamientos en “El debate cautivo

  1. El MAI habla en este texto de censura y malas prácticas, pero mientras el órgano Antorcha se encuentra cerrado y censurado a golpe de legalidad, los del MAI continuan con su labor sin ningún percance.

    • El hecho de que el órgano Antorcha haya sido censurado y el MAI no, no invalida de ningún modo los argumentos que se exponen en el presente texto. Igualmente, creemos que el interés de El debate cautivo no reside en los reproches que ambas organizaciones puedan lanzarse mutuamente en cuanto a formas o actitud, sino en la crítica que el MAI dirige contra la línea política del PCE(r).

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