Stalin. Del marxismo al revisionismo

Nuestra época y nuestras tareas

Hace sólo unos años, el mundo mostraba una faz política muy diferente de la actual. En poco tiempo, las cosas han cambiado vertiginosamente. Estructuras políticas, incluyendo en ellas a determinadas formas de Estado, y escuelas de pensamiento que se juzgaban definitivamente asentadas y cuyo lugar bajo el sol parecía incuestionable, desaparecieron de la noche a la mañana; y otras, sin embargo, que se creía pertenecían ya por siempre al pasado, han renacido. En la mayoría de los países, los partidos políticos y las elites intelectuales no barajan ya para sus programas de acción ninguna de las consideraciones que se pudieran relacionar con objetivos futuros que permitan o pudieran perseguir situar a la humanidad en un estado ideal de bienestar universal. Nadie quiere ya pensar a tan largo plazo. Ni tampoco se cree sinceramente en la posibilidad práctica de un ideario emancipatorio. La utopía ha muerto, y con ella el espíritu humanista que, desde el siglo XV, inició la larga guerra contra el oscurantismo medieval y por sacar a la humanidad de las tinieblas de la sinrazón y de las garras de la teocracia, con el fin de ponerla en el centro del interés de los propios hombres. Al antropocentrismo de especie que inauguró el Renacimiento le ha sustituido el antropocentrismo egoísta del capitalismo. Calvino se ha levantado sobre el cadáver de Tomás Moro, y con él ha resucitado el viejo liberalismo económico, que parecía enterrado por la sabiduría de la historia bajo los escombros de la industrialización, olvidada por la revolución tecnológica, y bajo las gigantescas necrópolis construidas en las guerras por el reparto de los mercados mundiales; y resucitado, el ídolo del laissez faire y de la iniciativa privada retorna incuestionado y campeando, ocultando sus decrépitos jirones tras afeites y perfumes de última moda, mostrándose como el genuino resultado de la última destilación de la razón e imponiendo su lógica económica, política y cultural en todas las esferas de la vida, desde las principales cancillerías y demás altas instancias del poder, hasta el más elemental programa público de educación infantil. El pragmatismo y el posibilismo dominan la escena, los intereses individuales aplastan toda perspectiva que pretenda abordar la realidad desde un criterio social, la palabra socialismo se confunde con beneficencia y la solidaridad no es más que una plataforma para la promoción personal o para limpiar la propia conciencia. El antiquísimo ideal comunitario, que ha llegado hasta nosotros en la forma de comunismo, se ha convertido en palabra maldita o, en el mejor de los casos, en un cliché estereotipado ante la indiferencia de una época incrédula que ha dejado de tener esperanza. Y esta desesperanza es una sarcástica ironía porque en ningún otro tiempo como el presente las mujeres y los hombres necesitaron creer tanto en algo más allá de su mundo rutinario y de su vida alienante, cuando no miserable e infrahumana si no se tiene la suerte de compartir las migajas que en Occidente los poderosos se dignan desperdigar entre su vasallaje asalariado. El siervo feudal tenía el consuelo de su dios y de un paraíso postrero; pero al siervo de hoy, al proletario, la burguesía le ha mostrado el árbol de la ciencia y le ha arrebatado los consuelos del árbol de la vida, incluido ese dios. Aquel campesino sujeto a la gleba podía recurrir a los bienes comunales, en caso de penuria material, o a las ilusiones milenaristas del sectarismo mesiánico que sembró de revueltas campesinas muchos siglos de la historia europea, en el caso de penuria espiritual; pero, al proletario, la burguesía le despojó de todo acceso al usufructo de medios de producción, y ahora también toda esperanza de un futuro mejor, de modo que se halla completamente desnudo ante su destino material y espiritual, destino que depende y que le dicta el índice de la Bolsa de Wall Street.

La caída del Muro de Berlín, la desaparición del denominado campo socialista y la desintegración de la URSS, con todas las profundas implicaciones de índole geopolítica que estos acontecimientos históricos trajeron consigo, crearon las condiciones para una ofensiva del capital en toda la línea, en todos los aspectos y en todas las esferas de la vida y a lo ancho de todo el planeta. Pero, por extraño que parezca, las repercusiones de esta ofensiva no han sido tan profundas en el plano económico o político y cultural como en el moral. Ciertamente, en cuanto a la esencia de las cosas, no se puede decir que antes de 1989 no imperasen de manera análoga los intereses del capital, tanto aquende como allende el Muro, ni que no predominasen en el plano diplomático los intereses de gran potencia, tanto a un lado como al otro del telón de acero, ni que las clases dirigentes hubiesen dejado de engañar a sus respectivos pueblos, las unas con la monserga demoliberal, con el revisionismo las otras. Lo importante era que todo aquello eran los últimos restos de una situación que había sido creada por la Revolución de Octubre, por la obra revolucionaria de la clase proletaria. Las pocas conquistas que aún mantenía la clase obrera en los distintos países, tanto de Oriente como de Occidente, y que había logrado por el influjo y al calor de esa revolución, han sido sobre las que el capitalismo ha querido ahora resarcirse. Pero su venganza ha sido mayor no porque de esta manera esté en condiciones para aumentar su cuota de beneficios, sino porque ha conseguido mostrar, con razón, que todos esos acontecimientos políticos desencadenados de manera súbita en poquísimos años tienen un significado claro: la derrota histórica del proletariado como clase revolucionaria. Es muy probable que, tras una indagación minuciosa en busca de los elementos revolucionarios de la obra que se inició en 1917 que pudieran haber sobrevivido en las vísperas de la caída del Muro, nos encontrásemos con rastros muy pobres, si no negativos. Y, sin embargo, de manera general, aquellos hechos fueron interpretados, con euforia o a regañadientes, directamente como el fracaso de aquella revolución, como el fracaso de trascendencia histórica del comunismo como ideología y del proletariado como clase social con un proyecto político. Fue aquí, en este aspecto realmente, cuando se perdió la última herencia que todavía quedaba de la Revolución de Octubre: su valor moral, el mensaje vivo de esperanza para los oprimidos y humillados de la Tierra. La idea de que su lucha podía depararles algo mejor, la esperanza de que, después de todo, tal vez el destino todavía estuviera en sus manos.

La burguesía y sus acólitos, sus plumíferos orgánicos, los apóstatas y los renegados han aprovechado, más que ninguna otra, esta faceta de la cuestión para extender al máximo y hasta el último rincón su significado y sus implicaciones: “No penséis, no os rebeléis, ¿para qué?, si ya vivimos en el mundo menos malo. ¿No lo demuestra así vuestro fracaso?”. Como consecuencia, en la actualidad no existe ningún movimiento político de importancia que plantee una crítica tan radical de la sociedad ni una transformación de la misma tan a fondo y de tan largo alcance como la que inspiró el pensamiento de Marx y sus discípulos al movimiento revolucionario que preparó la Revolución de Octubre. Pasado este capítulo y en el contexto reaccionario que le continuó, lo que predominan son los proyectos de corte corporativo y reformista (sindicalismo, ecologismo, feminismo, indigenismo…) o nacionalista (FARC, zapatismo, islamismo radical…), planteados a corto o medio plazo y ajenos completamente a toda visión universalista del hombre2. En esto radicó el gran triunfo de la burguesía y del capital en 1989-1991: en que, independientemente del número de sus enemigos o de su importancia, nunca más se verían colocados en una situación crítica tal que lo que se estuviera poniendo en juego fueran nada menos que las bases de su sistema de dominación política y económica. Ningún movimiento político de importancia cuestiona hoy en día esas bases y, por esto mismo, tanto sus fracasos como sus posible éxitos serán siempre vehículos de la reproducción permanente de esas bases de dominación y, por lo tanto, del apuntalamiento del sistema en su conjunto. Existen, no obstante, honrosas excepciones; pero en todos los casos se trata de movimientos políticos que reivindican el legado de Octubre y se consideran seguidores y continuadores de la obra revolucionaria de la clase obrera. Sendas guerras populares en Nepal y en Filipinas, encabezadas por partidos comunistas de inspiración maoísta, son, tal vez, los más importantes. Estas experiencias, sin embargo, se encuentran muy localizadas y en etapas de la revolución en las que todavía no se han puesto en el orden del día los problemas del socialismo como sociedad de transición hacia una nueva época, hacia una forma superior de existencia de la humanidad, lo cual repercute negativamente en su posible influjo en sociedades desarrolladas, en las que una crítica radical de lo existente pondría a las masas precisamente ante la cuestión inmediata de cómo transitar hacia esa forma superior de organización social. Lo importante, sin embargo, es constatar que los sucesos acaecidos después de más de una década de liquidación definitiva de la obra de Octubre y de la más perniciosa reacción demuestran el hecho de que no existe ni puede existir ningún plan emancipador verdadero que no esté -como ya lo estuvo- orientado y guiado por el pensamiento marxista y que no implique a las masas trabajadoras, a la clase proletaria como sujeto histórico o como agente protagonista de esa experiencia de transformación revolucionaria.

De este modo, recuperar la esperanza es recuperar el marxismo como doctrina de interpretación y de comprensión del mundo, y como instrumento teórico para una nueva época de praxis revolucionaria. En la actualidad, la primera tarea de la vanguardia, la tarea más urgente, no cosiste en dirigir su atención hacia las necesidades inmediatas de las masas, ni en organizar sus luchas económicas, ni en tratar de dar continuidad a sus movimientos espontáneos allá donde quiera que surjan; la tarea de la vanguardia no es de naturaleza económica, ni siquiera ahora mismo de naturaleza política: la tarea es ideológica, y consiste en derrotar el espíritu de la época, el espíritu de la reacción burguesa que atenaza la conciencia de los hombres, empezando por restaurar el legado moral de la Revolución de Octubre, recuperando la idea de que la emancipación es posible, de que los ideales de libertad, igualdad y fraternidad pueden ser de verdad los pilares sólidos de una sociedad futura. La vanguardia debe luchar por recuperar y extender la idea de que, en efecto, otro mundo es posible, pero sólo si lo construye el proletariado revolucionario; debe recuperar y extender el viejo espíritu de la Revolución de Octubre y fundamentarlo científicamente, en definitiva, dar a la esperanza fundamento científico. En estos momentos, el campo de batalla está situado en la esfera de la conciencia o, al menos, en el terreno que pisa el sector social que es la expresión genuina y material de esa conciencia, por lo que a las masas trabajadoras se refiere. La tarea más urgente hoy, y por la que debe comenzar toda obra digna de considerarse revolucionaria, consiste en rescatar el último valor revolucionario que quedaba del legado de Octubre, perdido finalmente con la crisis del revisionismo moderno y con el colapso del sistema político imperante en los llamados países del Este, a saber, la revolución proletaria como referencia política. La vanguardia debe, hoy, aglutinar a los sectores más avanzados y más conscientes de la clase obrera en torno a este objetivo para construir los instrumentos políticos necesarios para alcanzarlo.

El ciclo revolucionario

 Constituye un grave error considerar o pretender que aquella debacle sólo afecta al revisionismo o al estalinismo. Considerar que la crisis actual sólo afectaría a unas determinadas corrientes del movimiento comunista internacional y que, por el contrario, otras que se apartaron antes o después de la matriz de ese movimiento situada bajo la égida de la Komintern, como el trotskismo, el comunismo de izquierda, el eurocomunismo, etc., no se han resentido o, incluso, se han fortalecido o están ahora en condiciones de hacerlo, supone no comprender el carácter de nuestra época, época abierta precisamente por aquella debacle. Y es que lo que está en crisis no es una corriente, un sector o una determinada tradición dentro del movimiento comunista, lo que está en crisis es el movimiento comunista en su conjunto. Esto es así porque el ciclo revolucionario que inauguró la Revolución de Octubre está agotado, ha sido clausurado definitivamente. Lo cual significa que casi todas las premisas políticas y muchas de las premisas teóricas de las que partía el movimiento revolucionario entre 1917 y 1990 han caducado: no sirven, no rigen completamente la realidad o no están a la altura de las necesidades que imponen las tareas revolucionarias en la actualidad. Y sería absurdo tratar de cuestionar o matizar este argumento por parte de las corrientes comunistas supervivientes, porque absolutamente todas ellas comparten esas mismas premisas, y los resultados de su fracaso, allí, o de su impotencia, aquí, son ya demasiado patentes como para eludir la reflexión crítica sobre todos estos hechos. Es preciso tomar conciencia de que hay que comenzar de nuevo, de que hay que volver a construir el edificio de la revolución desde sus mismos cimientos, de que hay que reiniciarlo todo desde sus bases primordiales. Y este recomenzar se inicia con la autocrítica y el debate sobre el modo de cumplir con los requisitos necesarios para iniciar un nuevo ciclo revolucionario.

La tesis del ciclo revolucionario nos obliga a tomar conciencia de que nos hallamos en una etapa histórica de transición entre dos ciclos de la Revolución Proletaria Mundial. Esta clarividencia nos permite conocer el lugar en el que la historia nos ha ubicado y, gracias a ello, comprender mejor las tareas preliminares de preparación de la revolución (en sentido histórico, no político) que nos tocan, y, al mismo tiempo, alejarnos de la entelequia de la ya vieja idea de la revolución en proceso de maduración o de la revolución inminente que se nos aparece como un espectro cada vez que se produce una crisis económica o se oye hablar de revueltas populares en tal o cual país (idea que, por cierto, constituye uno de los axiomas compartidos por todas las corrientes revolucionarias, independientemente de su confesión política, y que tiene su origen en la comunidad teórica del pasado ciclo, pero, hoy, a todas luces incorrecta por insuficiente).

La tesis del ciclo, igualmente, nos previene contra la teoría de la fase superior de desarrollo como punto de partida del próximo ciclo revolucionario. Según esta teoría, la vanguardia debe asumir los desarrollos más avanzados de la ideología proletaria como requisito único antes de abordar inmediatamente el problema de la conquista de las masas y del poder. Como se sabe, esta posición es la defendida por la corriente maoísta. A este respecto, es innegable que, en términos relativos, esta corriente ha conseguido, al menos, demostrar desde varias experiencias (Perú, Nepal, Filipinas) la capacidad del comunismo para encauzar la potencialidad revolucionaria de las masas y, de esta manera, mantener viva la vigencia del comunismo como teoría revolucionaria; si bien es cierto que con poca repercusión internacional, debido a que se trata de experiencias en países periféricos y más en el entorno campesino que en el obrero. Igualmente, es innegable que la ideología proletaria, como toda realidad, no es estática y experimenta un desarrollo. Pero el planteamiento de la tercera fase del desarrollo de esta ideología (marxismo-leninismo-maoísmo) ofrece una imagen lineal y en permanente ascenso del desarrollo y, lo que es más pernicioso, nos presenta el ciclo revolucionario de Octubre aún abierto. En consecuencia, esta tesis niega, en la práctica, la necesidad de la reflexión crítica sobre el carácter de las premisas ideológicas y políticas que nos han servido hasta ahora de punto de partida revolucionario, y, por ende, se muestra estéril para explicar las razones del fracaso de la revolución socialista, en general, y de la revolución china, en particular.

Efectivamente, la ideología proletaria se desarrolla en fases y crece en grado de complejidad, pero si deseamos ser no sólo materialistas consecuentes, sino también aplicar coherentemente la dialéctica, convendremos en que el desarrollo no es unilateral, sino contradictorio, y se realiza, en muchos casos, a través de retrocesos. El maoísmo actual aplica una lógica dialéctica circunscrita al ámbito de la experiencia política de la ideología proletaria. Si se nos permite resumir algo tan complejo, obviando todo tipo de matices a pesar de todo de la mayor importancia, diríamos que, según esta tendencia, el marxismo propiamente dicho sería la ideología del proletariado en la época del capitalismo concurrencial y de la acumulación de fuerzas para la clase; que el leninismo es la teoría y la táctica de la clase obrera en la fase imperialista del capitalismo, época de paso a la ofensiva revolucionaria y de la dictadura del proletariado (negación de las condiciones que encierra la anterior tesis), y que el maoísmo sería la teoría y la práctica del proletariado para la continuación de la revolución bajo las condiciones de la dictadura del proletariado (negación de la negación). Todo esto es esencialmente correcto y sirve para explicar el desarrollo de la conciencia proletaria a lo largo del Ciclo de Octubre, pero no más allá de éste. Este planteamiento no permite comprender el conjunto de contradicciones que abocaron finalmente al repliegue del movimiento revolucionario, al subsiguiente paso de la contraofensiva contrarrevolucionaria y, en definitiva, al fracaso político de todos los procesos de transformación social en curso. Para alcanzar esta posibilidad, se requiere un punto de vista que se sitúe fuera del proceso mismo, que lo observe y estudie desde una perspectiva exterior, que lo comprenda como ciclo terminado. Se requiere, pues, un punto de vista más elevado, la perspectiva que permite situarnos en una lógica dialéctica encumbrada hasta el plano histórico, según la cual el Ciclo de Octubre debe ser considerado como un conjunto de experiencias ideológicas y políticas y un conjunto de resultados en estrecha relación con unas determinadas circunstancias de índole histórica en cuyo seno se engendraron y desarrollaron las contradicciones que determinaron su fin. Este conjunto debe ser considerado, una vez esclarecida la naturaleza de las premisas y contradicciones que configuraron su nacimiento y desarrollo y una vez definido su aporte al corpus ideológico del proletariado, como condición sine qua non de la posibilidad del inicio de un nuevo ciclo revolucionario. Este punto de vista histórico, entonces, nos obliga a interpretar el Ciclo de Octubre como una fase del largo proceso -proceso que abarca toda una época- de la constitución del proletariado en clase revolucionaria. El Ciclo de Octubre ha sido una etapa de maduración, y su crisis final la enfermedad infantil que, una vez superado el estado febril, permitirá el acceso a una nueva etapa de crecimiento. El próximo ciclo, entonces, una vez comprendidas las limitaciones que frenaron el ascenso del anterior, permitirá reiniciar la ofensiva de la revolución proletaria desde una posición cualitativamente más elevada.

En consecuencia, la tarea más inmediata de la vanguardia consiste en realizar el balance del Ciclo de Octubre. Sin comprender las carencias materiales y espirituales, sin comprender el déficit ideológico y político con que el proletariado abordó, a partir de 1917, la misión de emancipar a la humanidad de la sociedad organizada en clases y de sus lacras resultará vana toda empresa futura que persiga realizar ese reto histórico. El balance del Ciclo de Octubre es la síntesis teórica de la experiencia revolucionaria del proletariado alcanzada hasta el presente, es el necesario momento de aprehensión intelectual de toda una praxis transformadora de la clase obrera. Por esta razón, insistimos en el carácter más teórico que práctico, más ideológico que político, de las tareas más candentes de la revolución. Negar esto en nombre de las masas, imponer las necesidades prácticas del movimiento de masas, significa aplicar una línea política, independientemente de sus matices, construida desde presupuestos teóricos a todas luces insuficientes y con instrumentos políticos agotados.

Como resultado práctico de la concepción cíclica del desarrollo de la revolución proletaria a escala histórica, el balance abordará, naturalmente, todas las cuestiones y todos los problemas, replanteará todas las polémicas que recorrió la lucha de dos líneas en el seno de los partidos que dirigían procesos revolucionarios y que decidieron las vías de actuación, los giros tácticos y estratégicos decisivos, así como las escisiones y rupturas organizativas en el seno del movimiento. Lo novedoso debe ser el punto de vista y el espíritu a la hora de confrontar las ideas sobre todas estos temas y a la hora de valorar sus resultados, tanto por lo que se refiere a la época en cuestión como a su influencia posterior. Es importante partir de la idea de que, en la actualidad y en primera instancia, ninguno de los posicionamientos determinados a priori sobre cualquiera de las cuestiones alrededor de las que ha estado litigando el movimiento comunista durante décadas decidirá ni marcará por sí el límite entre el campo de la revolución y el de la contrarrevolución. Este método era correcto y legítimo en el transcurso del ciclo, y necesario para el deslindamiento ideológico y político del proletariado desde el punto de vista de sus intereses de clase, y, tal vez, a lo largo del debate surjan también motivos suficientes para el señalamiento de fronteras entre lo justo y lo injusto en cuanto a las necesidades del establecimiento de las bases teóricas del próximo ciclo revolucionario. Pero, por ahora, lo que sí es de obligado reconocimiento es que, en el seno de la vanguardia proletaria, actualmente, hay impuesto solamente un poste de separación entre la revolución y la contrarrevolución, entre el reconocimiento de la necesidad del balance del Ciclo de Octubre y de organizar con carácter prioritario políticamente su realización abarcando al segmento más amplio posible de esa vanguardia, y quienes niegan de palabra o de hecho esta tarea fundamental.

Uno de los numerosos asuntos controvertidos que deberá acometer el balance será la denominada cuestión de Stalin. Naturalmente, en este caso, como en todos los que encendieron y encienden aún vivas polémicas, debe ser desterrada, de principio, la perspectiva política o historiográfica burguesa. Es preciso denunciar todo planteamiento subjetivista e idealista a la hora de investigar y valorar las distintas facetas de nuestra historia revolucionaria, empezando por la de situar a un personaje, por muy relevante que haya sido su figura, como eje discursivo en torno al que se articule la narración o la explicación de los hechos. Es imprescindible una aplicación rigurosa y coherente del método marxista, del materialismo histórico. La lucha de clases no se explica por el carácter o las ideas de los individuos; al contrario, éstas son fruto o expresión de aquélla. La valoración de un personaje debe encuadrarse en el marco de la clase y de los intereses de clase a los que representa, y éstos no se deducen desde una interpretación psicologista del mismo, sino desde el contexto de las contradicciones de las clases y entre las clases.

En este sentido, aprovechar el 50 aniversario de la muerte de Stalin (1953-2003) no es más que un motivo, una excusa, para plantear al conjunto de la vanguardia de la clase el problema de fondo que está relacionado con el estudio de nuestro pasado revolucionario, y, por otro lado, proponer por nuestra parte algunas consideraciones y compartir algunas reflexiones encaminadas precisamente a plantear interrogantes, sugerir hipótesis o líneas de investigación y adelantar algunas conclusiones, a todas luces provisionales o parciales; todo ello con la finalidad de iniciar la labor de esclarecimiento del estado ideológico y político en que queda el proletariado tras el Ciclo de Octubre.

A continuación, el lector no hallará ni un panegírico de Stalin, ni su reprobación. Nada parecido. Ni siquiera nuestro personaje es el protagonista. Apenas sale a escena. Sólo para el desenlace del drama. La razón de este Stalin no es conmemorativa, sino científica. Pretendemos indagar sobre las limitaciones de las que, desde el punto de vista de las necesidades teóricas del proletariado revolucionario, adolecieron los marxistas que se enfrentaron a las tareas políticas del primer ciclo revolucionario, con el fin de explicar el contexto ideológico que contribuyó a crear las condiciones para la liquidación de esa teoría como guía para la acción de la clase obrera. Se trata de las premisas y desarrollos teóricos del marxismo de la época, como reflejo del estado económico y político de la clase obrera y de su lucha de clase, y como instrumento para transformar ese estado de cosas. Nos limitaremos a la esfera ideológico-teorética, dando por supuestos los acontecimientos en los planos económico y político. Nuestra indagación no busca abarcar todos los aspectos de una realidad compleja; al contrario, sólo pretende contribuir a la comprensión de esa realidad, abordándola en una sola de sus múltiples facetas y ofreciendo una interpretación de cómo este aspecto parcial se corresponde con la naturaleza de los acontecimientos que transcurrían en las otras partes de ese complejo social que era la Rusia de la revolución proletaria.

Límites de las premisas ideológicas del Ciclo de Octubre

 El cuerpo ideológico que guiaba la política del partido que encabezará y dirigirá la Revolución de Octubre fue, por una parte, el marxismo, entendiendo como tal la interpretación de la doctrina de Marx y Engels que había realizado la socialdemocracia europea del último tercio del siglo XIX, o, lo que era lo mismo, la interpretación llevada a cabo por la dirección del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), el principal partido de la II Internacional, que expresaba sólo una asimilación parcial de ese cuerpo teórico. Por otra parte, se incluían los matices y rectificaciones del ala izquierdista de la Internacional, de manera que el partido bolchevique en 1917 se ubicaba dentro de lo que se denominaba marxismo revolucionario. La diferencia entre este marxismo revolucionario y el de la línea oficial de la socialdemocracia internacional versaba, sobre todo, en cuestiones de táctica, en los pormenores relacionados con los medios e instrumentos para alcanzar el objetivo final, principalmente el de la vía, revolucionaria o reformista, que se aplicaba en la práctica, independientemente de las declaraciones oficiales, para la consecución de ese objetivo común. Pero, en primera instancia, el trasfondo gnoseológico y filosófico era compartido, en lo fundamental, por todas las corrientes socialistas. Ese trasfondo dependía directamente de la asimilación de la obra de Marx y Engels alcanzada por los principales dirigentes del partido alemán, y, en particular, por parte de Karl Kautsky. En segundo lugar, dependió de la constitución del partido mismo, en cuanto síntesis política de corrientes de pensamiento de origen diverso y del modo y el grado en que fueron incluidos en su discurso político los preceptos marxistas.

La concepción del mundo marxiana es una ruptura radical con todas las escuelas de pensamiento anteriores en cuanto al modo de abordar y de resolver los grandes problemas que siempre se había planteado la humanidad, y, al mismo tiempo, es el continuador genuino de todas ellas, en la medida que resuelve esos interrogantes o los sitúa en una perspectiva nueva. En Marx, están llevados hasta su máxima coherencia y hasta su última consecuencia todos los aspectos que sirvieron de leitmotiv al pensamiento racionalista ilustrado, recogiéndose el espíritu científico de la época a través de los economistas empiristas ingleses. Marx llega hasta la nueva concepción revolucionaria del mundo, de manera inmediata, desde la crítica que realiza, entre 1842 y 1846, de la filosofía idealista de Hegel y del materialismo ingenuo de Feuerbach y sus seguidores jovenhegelianos, unida a la observación de las profundas transformaciones socioeconómicas que estaba provocando la revolución industrial en Europa. Hacia finales de los 40, Marx es un prestigioso publicista que se había destacado por su crítica del proudhonismo (en 1847, publica La miseria de la filosofía) y por su propaganda entre los círculos intelectuales de exiliados revolucionarios vinculados con el movimiento obrero europeo. Apoyándose en esta influencia, creó en 1847 la Liga de los Comunistas y redactó su manifiesto constituyente, primera exposición sistemática de la nueva concepción del mundo. Pero el desenlace de las revoluciones europeas del año siguiente puso en claro el verdadero estado de la correlación de fuerzas de clase en el continente, sacando a la luz la inmadurez política del proletariado y su persistente dependencia del ala izquierda del partido democrático burgués. Marx se retira, entonces, de la actividad pública consciente de la importancia de dar mayor cimiento teórico al proyecto revolucionario del proletariado (por lo que se sumerge en sus estudios sobre la naturaleza del capitalismo) y de la necesidad de una etapa de acumulación de fuerzas y de desarrollo organizativo de la clase obrera. Cuando esta necesidad comienza a cristalizar a través de la constitución de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), en 1864, Marx, que había participado en ella, redacta también su Manifiesto inaugural. Pero, en esta ocasión, guiado por criterios tácticos, rebaja considerablemente el listón de los principios en busca de un proyecto de consenso que pudiera integrar al tradeunionismo inglés y al sindicalismo francés todavía muy influenciado por el proudhonismo. No será hasta 1871, con motivo de la Comuna de París, que Marx elabore un documento político de máximo alcance, en plena concordancia con la potencia revolucionaria de su pensamiento (La guerra civil en Francia).

Sin embargo, un repaso de su obra nos muestra la evidencia de que, para la fecha de su muerte (1883), no existe, desde el panorama de sus trabajos publicados, una exposición sistemática del nuevo pensamiento revolucionario que pudiera ser asimilada clara y directamente, en su totalidad, por el movimiento obrero, en general, y por el partido socialista, en particular. La excepción es el Anti-Dühring de Engels (1878), prueba inequívoca -junto con su llamamiento a estudiar el marxismo como una ciencia- de la necesidad de ofrecer una perspectiva global y de conjunto de la doctrina marxista. De hecho, Engels hubo de dedicar el resto de su vida, tras la muerte de Marx, a la tarea principal de exponer, desde distintos temas y con motivo de diversas exigencias puntuales, de forma sistemática el materialismo dialéctico marxista. Pero para esta época ulterior, el partido obrero alemán ya se había constituido, sus dirigentes estaban formados intelectualmente hablando y la organización caminaba ya orientada por los compromisos políticos adquiridos entre las corrientes que lo habían formado.

En la formación intelectual y política de los dirigentes socialistas y del partido de la época no pudieron influir trabajos donde Marx expone el discurrir de su pensamiento y del modo de comprender completamente su fondo filosófico más profundo como cosmovisión. La obra publicada por Marx contiene este trasfondo de manera más esotérica que explícita. Literariamente, está dedicada a problemas políticos del momento o a investigaciones científicas especializadas. Qué duda cabe que textos como El18 Brumario de Luis Bonaparte o El Capital son productos de la aplicación genial de la concepción materialista y dialéctica del mundo y de la historia, pero es como si Marx exigiese de sus lectores y de sus interlocutores una capacidad y un esfuerzo inductivo extraordinarios para acceder por sí mismos a la verdad que él ya había reconocido. Como método para incentivar la elevación teórica de los círculos intelectuales puede resultar fructífero, pero de cara a la propaganda entre las masas del partido, cada vez más amplias, y a su asimilación por ellas tiene, desde luego, sus inconvenientes. En cualquier caso, Marx y su correligionario intelectual, Engels, se acostumbraron a proceder de modo que se reservaban los resultados de sus investigaciones en tanto que formulación teórica y se dedicaban a aplicar esos resultados en función de las exigencias de la coyuntura política o de las necesidades  prácticas del movimiento obrero, algo inusual en una época en la que los filósofos estaban acostumbrados a presentar ante el público sistemas acabados de pensamiento. En los hechos, todo esto se traslada, desde el punto de vista de la actividad pública marxiana, como despreocupación por la extensión de la nueva concepción del mundo como ideología y en su difusión como propaganda política aprehensible para la intelligentsia burguesa adherida al movimiento, pero sólo traducida a las masas como agitación política. El famoso comentario de Marx en su Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política (1859), referido al trabajo que sería publicado póstumamente, en fecha tan tardía como 1932, con el título de La ideología alemana (elaborado en 1845-1846), anticipa lo que será costumbre habitual de los padres del socialismo científico y da cuenta de hasta qué punto influía en ellos el entorno elitista y la cultura de círculo entre cuyos bastidores se movían como exiliados políticos:

“El manuscrito -dos gruesos volúmenes en octavo- llevaba ya la mar de tiempo en Westfalia, en el sitio en que había de editarse, cuando nos enteramos de que nuevas circunstancias imprevisibles impedían su publicación. En vista de esto, entregamos el manuscrito a la crítica roedora de los ratones, muy de buen grado, pues nuestro objetivo principal: esclarecer nuestras propias ideas, estaba ya conseguido”3.

Lo mismo ocurría con la síntesis de la concepción materialista de la sociedad burguesa -y que daba las claves in extenso para comprender todas las formaciones sociales anteriores- que Marx elabora después de una década de estudios sobre el capitalismo y que preparó como presentación de su Contribución, pero que, finalmente, sustituyó por el Prólogo -donde esa concepción aparece quizá expuesta con un exceso de simplificación- para evitar dar resueltos desde el principio al lector las conclusiones hacia las que deseaba conducirle a lo largo de su libro4. También podemos recordar los manuscritos preparatorios de El Capital, conocidos como Grundisse (1857-1858), sometidos a la “crítica roedora de los ratones” hasta 1939-1941, donde no sólo se puede apreciar la riqueza del pensamiento marxiano, sino donde se recogen también textos fundamentales para una apreciación correcta y completa del materialismo histórico, como son los que conforman el capítulo dedicado a las Formaciones económicas precapitalistas (Formen); o bien, la carta a Bracke, donde Marx realiza la Crítica del Programa de Gotha (1875), fundamental para una apreciación científica de la proyección futura del desarrollo social a partir del capitalismo desde el punto de vista del objetivo del comunismo, pero que no vio la luz hasta 1891 (la dirección del SPD no consintió su publicación hasta esta fecha) y de modo incompleto.

En definitiva, independientemente de la voluntad de los autores, la dualidad científico-literaria de su obra, compartida entre el esoterismo de las conclusiones teóricas globales y el exoterismo de su aplicación política y literaria, determinará y permitirá de manera muy marcada el carácter mixto y heterogéneo de las fuentes ideológicas que irán conformando el pensamiento de los principales líderes del socialismo alemán y, por extensión, el origen de los principios fundamentales de la línea política de su partido, casi siempre insuficientes desde el punto de vista de las exigencias de principio del marxismo, como atestigua la renuncia de Marx y Engels a participar en la fundación del SPD, en el Congreso de Gotha de 1875.

En cualquier caso, esa actitud semi-inconsciente de los dos teutones -principalmente del de Tréveris- es también producto de una época, en el sentido de que se explica como subproducto de su actitud hacia el movimiento de masas. Después de observar las experiencias revolucionarias de 1848 y 1871, Marx y Engels confían en la capacidad espontánea de las masas para iniciar el movimiento revolucionario de manera relativamente autónoma de la influencia de los círculos de intelectuales revolucionarios. Esto les conducía a adoptar hacia ese movimiento una actitud semijacobina de espera oportunista de su puesta en marcha con motivo de crisis políticas o económicas. Y es cierto que, en buena medida, esas expectativas se correspondían con la realidad social y política del continente en aquella época. Sin embargo, en gran parte, ese fenómeno se debía a la conciencia espontánea de las masas que todavía se dejaba influir por los sectores más radicales de la burguesía en una Europa con etapas de inestabilidad política y con conquistas democráticas pendientes de alcanzar (el sufragio universal, el constitucionalismo parlamentario, la unidad nacional de varios países, por ejemplo). En consecuencia, el marxismo de la época no sólo no resolvió sino que tampoco abordó correctamente el problema de la relación de la vanguardia revolucionaria de los círculos intelectuales con el movimiento obrero, algo a cargar entre los débitos de una teoría que promulgaba -como rezaba en el Manifiesto inaugural- que la obra de emancipación de los obreros debe ser realizada por los obreros mismos. Los partidos de la II Internacional arrastrarán esta deficiencia, que no será superada hasta que Lenin elabore su teoría del partido de nuevo tipo proletario. Aunque, en honor a la verdad, siempre quedarán en el partido bolchevique residuos de la vieja interpretación sobre las posibilidades revolucionarias de los mecanismos espontáneos del movimiento obrero, como demostraron las permanentes expectativas abiertas en la dirección bolchevique acerca de la inminente insurrección obrera triunfante en Europa occidental entre 1917 y 1923. La vieja interpretación irá recuperando protagonismo en el pathos bolchevique en la misma medida que la teoría leninista del partido vaya desequilibrándose hacia los aspectos organizativos y vaya recuperándose el primitivo espíritu  del cerrado círculo de vanguardia, y en la misma medida que la relación vanguardia-masas definida por Lenin como fusión orgánica vaya siendo reducida a una unión formal, hasta su definitivo respaldo legal otorgado por la Komintern.

Uno de los ingredientes que contribuyó en gran medida a configurar el microcosmos intelectual del partido socialista alemán fue el lassallismo. Ferdinand Lassalle fue un impetuoso activista que inició su carrera en el fragor de las luchas de 1848, época en la que conoció a Marx y a Engels y desde la que se declaró su discípulo. Sin embargo, Lassalle nunca fue marxista. Se alimentó de Hegel y nunca supo superar el idealismo de su filosofía. Pero, como activista socialista se le debe conceder el mérito de haber sido el incitador de la organización del movimiento obrero alemán como movimiento político independiente, arrancándolo de la influencia de la burguesía liberal. Para conseguirlo, empero, y con el fin de aislar a su enemigo confeso, el partido progresista, no dudó en ofrecer una alianza al Estado prusiano, encabezado por el jefe de los junkers, el ministro presidente Leopold von Bismarck. Objetivamente, Lassalle representa los intereses de clase de un sector de la pequeña burguesía alemana, y la hegemonía del lassallismo en el movimiento obrero, la expresión de la inmadurez política del proletariado alemán. El programa político del partido de Lassalle, la Asociación General de Obreros Alemanes (ADAV), fundada en 1863, se basaba en la conquista del sufragio universal como medio para el acceso al poder del Estado, contemplado como el instrumento esencial de la transición hacia una sociedad socialista, en cuya base se encontrarían las masas de la clase obrera organizadas en asociaciones productivas financiadas por el Estado. Lassalle rechazaba la lucha sindical de los obreros por considerar que los apartaba del verdadero objetivo de alcanzar el poder político, y también el constitucionalismo parlamentario de la burguesía liberal por considerarlo como la expresión de las correlaciones de fuerzas sociales, cuan el fin del Estado no era otro que la hegeliana implantación de la idea. Su sistema de gobierno era un poder central autoritario, una dictadura educativa de reafirmación plebiscitaria, guiada por la dictadura de la intuición del liderazgo y no por la dictadura de la clase obrera como tal clase. Objetivamente, pues, el lassallismo constituye la instrumentalización política de la clase obrera por parte de la pequeña burguesía en un proyecto cesarista al estilo del imperio francés de Luis Napoleón, montado sobre la base del apoyo social de la pequeña burguesía rural francesa. Su rechazo equidistante de la lucha económica del proletariado y del constitucionalismo político, junto a su idea del socialismo de Estado, permitió a Lassalle considerar al Estado vigente como el epicentro de la transformación social y como su instrumento adecuado conquistado por medio del sufragio directo. La tesis del reformismo estatalista, central en el pensamiento político lassalleano, penetrará profundamente en el socialismo alemán, y pervivirá en lo fundamental -a pesar de la progresiva extinción de su influencia en favor del marxismo- a través de las siguientes generaciones de dirigentes del partido obrero alemán -incluyendo a Kautsky y sobre todo a Bernstein-, hasta que adquirió carta de naturaleza, a pesar de las acerbas críticas de Marx y Engels, hasta prolongar su influjo más allá, a través de la Internacional, abarcando incluso al bolchevismo, que, en la práctica, no terminó nunca de superar la necesidad o la tentación de utilizar al Estado vigente como instrumento político.

La ley de excepción contra los socialistas, impuesta en vano por Bismarck entre 1878 y 1890 con el fin de frenar el auge del movimiento obrero alemán, supuso la bancarrota del lassallismo. Ante el partido se mostraba entonces a la luz la verdadera naturaleza del Estado como instrumento de dominación de clase, quedando desterrada la ilusión hegeliana del Estado como expresión moral del espíritu del pueblo, tan cara a Lassalle. En estas circunstancias, se crearon las condiciones para que, a partir de la segunda mitad de la década de los 80, el marxismo se abriera paso en el partido en busca de su hegemonía política.

La corriente desde la que Marx pudo influir en la conformación política del socialismo alemán fue la de los eisenachianos, que en 1869 habían fundado el Partido Obrero Socialdemócrata Alemán, sobre la base de organizaciones obreras entre las que destacaban las sociedades educativas, dirigidas por A. Bebel, y las secciones adheridas a la AIT, bajo el ascendiente directo de Marx, además de un sector de oposición de la ADAV. En 1875, este partido se une al de Lassalle (que había fallecido en 1864) para constituir el SPD, y a principios de los 80 nos encontramos ya con la primera generación de dirigentes obreros que encarnaban esa mixtura ideológica en la que entraba a formar parte integrante el marxismo. Los W. Liebknecht, Bracke, Schramm y Bebel representan un socialismo ecléctico y vacilante que recogía aportes de distintas filosofías, proclive a la influencia del oportunismo demagógico (como la que ejerció Dühring en determinado periodo) y a ofrecer resistencia al marxismo como único fundamento teórico de la política del partido. Excepciones como la de J. Dietzgen, quien demostró el mayor esfuerzo por asimilar el marxismo como concepción global del mundo, sirvieron de puente para la siguiente generación, la de Bernstein y Kautsky -y también Bebel-, que ultimaron la conquista de la hegemonía política del marxismo, hegemonía ratificada formalmente en el Congreso de Erfurt de 1891.

El principal representante del partido obrero alemán como partido declaradamente marxista fue Kautsky, el principal continuador de la misión engelsiana de divulgar y defender el marxismo una vez que hubo fallecido el correligionario de Marx. Kautsky popularizó el marxismo entre las masas obreras del SPD y fue el principal inspirador de la línea política de la II Internacional. Con él, el marxismo traspasó las barreras de los círculos intelectuales y se hizo patrimonio del conjunto de la clase. Pero esta obra de divulgación se cobró un precio: el marxismo de Kautsky también adolecía de serias limitaciones.

Kautsky llegó al marxismo desde la teoría de la evolución darwinista vulgarizada por Häckel, y asumió el marxismo en los términos expuestos en el Anti-Dühring. De esta manera, la comprensión kautskiana del marxismo estuvo siempre marcada por un fuerte determinismo evolucionista que dificultó, en gran medida, la aceptación conceptual de la noción dialéctica de salto cualitativo, marginando en su pensamiento la idea de revolución, que fue aceptada más en los términos limitados -demasiado generales y demasiado poco comprometidos- de cambio de estructuras económicas, que en los de conquista violenta del poder. Para él, el determinismo económico ordenado por el grado de desarrollo de las fuerzas productivas constituía la tesis nuclear del marxismo. En este sentido, su visión de la transformación social se vio sometida cada vez más a un gradualismo progresivo según el cual las condiciones del socialismo iban madurando, en función del desarrollo de las fuerzas productivas, cada vez más en el seno del capitalismo, hasta el punto de identificar el objetivo final, el socialismo, con la simple transformación jurídica de la propiedad privada capitalista en propiedad social después de la toma del poder por el proletariado. Esta concepción le llevó, por una parte, a defender la táctica del agotamiento, del desgaste político de la burguesía como principal estrategia para facilitar el advenimiento de la clase obrera al poder, pronunciándose a favor de la utilización de métodos legales como normativa y de la huelga de masas sólo excepcionalmente en situaciones revolucionarias (Kautsky no aceptaba otros métodos de lucha); y, por otra parte, le condujo al exceso de celo en su vigilancia ante cualquier intento de conquista del poder prematuro. En este orden, Kautsky participa de la idea de la revolución como maduración de las premisas económicas necesarias para el socialismo, más que como maduración de premisas políticas. Por eso, llega a afirmar que el partido obrero no debe aprender a organizar la revolución, sino a utilizarla. Al socaire de esta interpretación, en la actitud de Kautsky hacia el Estado termina predominando una intención reformista. Aunque aceptaba la tesis del Estado como instrumento clasista, nunca asimiló completamente la necesidad de su destrucción. Como identificaba democracia con parlamentarismo y estaba convencido de que el Estado como órgano de representación no era inseparable de su función de instrumento de opresión de clase, llegó a la conclusión de que el Estado en manos de la mayoría proletaria podría convertirse en órgano del pueblo, en órgano plenamente democrático, por lo que se mostró partidario de la utilización del Estado moderno como instrumento de transformación social, y cada vez más favorable a la idea de la integración política del proletariado en el Estado existente. Aunque Kautsky se enfrentó a la revisión del marxismo que inició Bernstein, en la práctica dejó abonado el terreno para su triunfo final. Con Kautsky se decía del SPD que era un partido revolucionario que no hacía la revolución, expresión de un estado de frustración política producto de una línea de actuación que “prescribía una práctica política de carácter reformista y persistía al mismo tiempo en la fe en una autodestrucción del orden social capitalista y su sustitución por uno socialista”5. Hasta qué punto fue limitado en su asunción el marxismo de Kautsky lo demuestra el hecho de que se le pueda aplicar perfectamente la crítica que Marx realizó en 1879 al sector derechista del SPD (aunque Kautsky fuera el reconocido representante del centro):

“Lo primero que debe hacer es realizar una propaganda enérgica entre la burguesía; en vez de hacer hincapié en objetivos de largo alcance, que asustan a la burguesía y que de todos modos no han de ser conseguidos por nuestra generación, mejor será que concentre todas sus fuerzas y todas sus energías en la aplicación de reformas remendonas pequeñoburguesas, que habrán de convertir en nuevos refuerzos del viejo régimen social, con lo que, tal vez, la catástrofe final se transformará en un proceso de descomposición que se lleve a cabo lentamente, a pedazos y, en la medida de lo posible, pacíficamente”6.

Desde el punto de vista sociológico, el kautskismo era la expresión ideológica de la capa más culta y acomodada de la clase obrera alemana, que había terminado adaptándose a las reglas del juego reformista que le reportaban ciertos beneficios a corto plazo, y que había conseguido adecuar la política del partido socialdemócrata a este juego. Pero el colapso del kautskismo llega con la Primera Guerra Mundial, cuando se acaban las prebendas para la aristocracia obrera y cuando la teoría de la integración de Kautsky, que había llegado a prever la colusión pacífica internacional de los intereses imperialistas de las grandes potencias (ultraimperialismo), se desploma. El proletariado bascula, entonces, hacia el ala izquierda de la socialdemocracia internacional, y deja a ésta en disposición de iniciar de manera práctica la obra de la transformación social. Es en la Rusia zarista donde se reúnen las condiciones para la ruptura de la cadena imperialista por la revolución proletaria, y el partido bolchevique, encabezado por Lenin, se dispuso a no dejar pasar la ocasión.

Los límites del bolchevismo

 El bolchevismo, como corriente del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, estaba adherido a la II Internacional, compartiendo muchos de sus postulados políticos y de sus presupuestos ideológicos, y, por consiguiente y a través de ella, de los preceptos y premisas que guiaban a la socialdemocracia alemana. Sin embargo, como corriente independiente del marxismo internacional, el bolchevismo nace y termina configurándose entre 1903 y 1905, precisamente, en la lucha contra algunos de esos presupuestos ideológicos. En primer lugar, contra el evolucionismo determinista, según el cual, como en Rusia estaba pendiente la revolución burguesa y un desarrollo en profundidad del capitalismo, el proletariado debía limitarse a su organización económica como clase (economismo) o a dar su apoyo político a la burguesía revolucionaria (menchevismo). Lenin se rebela contra este fatalismo economicista y apuesta por un papel activo del proletariado como clase dirigente en la revolución rusa, lo cual le apartó de la ortodoxia de la Internacional, que apoyaba al menchevismo con su receta de esperar a que el capitalismo permitiera la maduración de las condiciones económicas para el socialismo. Lenin rompe con la teoría determinista de las fuerzas productivas a través de su teoría del partido de nuevo tipo proletario y de su programa revolucionario de dictadura democrática del proletariado y el campesinado como objetivo inmediato de la revolución rusa. Sin embargo, la ruptura en este terreno sólo fue parcial.

Desde que inicia su carrera política, a principios de los 90, Lenin se limita a aplicar el marxismo canónico de la socialdemocracia internacional a las condiciones de Rusia. Aunque había profundizado mucho más en el marxismo que el socialismo alemán, no pretendió el desarrollo del marxismo en su vertiente teórica. Sólo cuando aquel canon interfería en una aplicación consecuentemente revolucionaria del marxismo procedía a su rectificación y a su adecuación con un marxismo más genuino. Pero nunca se planteó, antes de 1917, una revisión a fondo de los postulados dogmáticos de la socialdemocracia internacional. En general, Lenin es un activista político, un propagandista y un organizador. Su obra teórica se ciñe a las necesidades de la revolución rusa, a la lucha por la hegemonía del marxismo entre la vanguardia revolucionaria y a la lucha por que la participación activa del proletariado en la revolución burguesa acelere las condiciones para la revolución socialista, mientras que, en el terreno internacional, se circunscribe en la ofensiva contra el revisionismo bernsteiniano que encabezaba Kautsky. Sólo cuando el agregado teórico convencional del marxismo europeo resultaba insuficiente ante problemas nuevos, Lenin se aventuraba a profundizar en el campo teórico del marxismo. En este contexto deben entenderse obras como Materialismo y empiriocriticismo (para cuya elaboración, el propio autor consideraba poseer insuficientes conocimientos filosóficos), de 1911, o El imperialismo, fase superior del capitalismo, de 1916. Todo esto, sin embargo, no significa que, en su conjunto, la obra de Lenin no haya contribuido con aportes valiosos y con desarrollos imprescindibles al cuerpo teórico del marxismo, y que, incluso, lo haya elevado en términos cualitativos.

Cuando Lenin se plantea seriamente una reflexión crítica y a fondo de toda la tradición ideológica de la II Internacional es en vísperas de la Revolución de Octubre. Hasta ese momento, y a pesar de que la dirección del socialismo internacional se había pronunciado siempre del lado del menchevismo en todas y cada una de las polémicas suscitadas con los bolcheviques, Lenin nunca estimó oportuno ni iniciar un enfrentamiento político abierto, ni realizar un deslindamiento ideológico de conjunto con el marxismo oficial. Pero la guerra había supuesto la bancarrota de la Internacional, y la inminente revolución rusa exigía una puesta al día de los preceptos válidos de la teoría revolucionaria que sirviesen de guía para conducir al proletariado en la nueva etapa de transformación social que le abría sus puertas.

En el verano de 1917, Lenin redacta El Estado y la Revolución, que es un balance general de la experiencia histórica del proletariado internacional y una actualización del marxismo como teoría revolucionaria, depurada de muchas de las inconsistencias que se le habían añadido a lo largo de décadas de práctica reformista. El Estado y la Revolución es un retorno al marxismo originario y una revivificación de su espíritu revolucionario. Sin embargo, inevitablemente, registra también las huellas de la escuela en la que se educaron todos los dirigentes socialistas de las dos generaciones anteriores al estallido de la Revolución de Octubre.

Después de caracterizar al Estado como instrumento de opresión de clase y de establecer la necesidad de su destrucción por el proletariado y su sustitución por un Estado-comuna, Lenin aborda en su libro la cuestión de las “bases económicas de la extinción del Estado”. Al final de este capítulo, cuando se dedica a esclarecer las peculiaridades de la “fase superior de la sociedad comunista”, Lenin recurre a una cita de la Crítica del Programa de Gotha de Marx:

“…En la fase superior de la sociedad comunista, cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo y, con ella, el contraste entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y fluyan con todo su caudal los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués, y la sociedad podrá escribir en su bandera: ‘De cada cual, según sus capacidades; a cada cual, según sus necesidades’”7.

En este texto, Marx plantea el problema de la superación del último obstáculo para alcanzar el comunismo, la sociedad sin clases y sin las bases que puedan reproducir las condiciones para un retorno a la organización social en clases: la división del trabajo. Marx dice que, en la sociedad comunista, “cuando haya desaparecido” la división del trabajo, podrá hablarse de verdadera igualdad entre los individuos, porque “con el desarrollo de los individuos en todos los aspectos” -lo cual presupone que esos individuos no están ya encuadrados por la división social del trabajo- “crezcan también las fuerzas productivas”. Es decir, Marx establece la emancipación del individuo de las cadenas de la división del trabajo como condición para el desarrollo pleno y sin cortapisas de las fuerzas productivas, e identifica la “fase superior de la sociedad comunista”, el comunismo propiamente dicho, con la sociedad que ya no tiene por base la división social del trabajo, que es propia, entonces, de la “fase inferior”, el socialismo. En definitiva, el comunismo presupone la superación de la división social del trabajo. ¿Cómo interpreta Lenin, en cambio, este parágrafo?

“En consecuencia, deja de existir una de las fuentes más importantes de la desigualdad social contemporánea, una fuente que en modo alguno puede ser suprimida de golpe por el solo hecho de que los medios de producción pasen a ser propiedad social, por la sola expropiación de los capitalistas.

Esta expropiación dará la posibilidad de desarrollar las fuerzas productivas en proporciones gigantescas. Y al ver cómo retrasa el capitalismo ya hoy, de modo increíble, este desarrollo y cuánto podríamos avanzar sobre la base de la técnica moderna ya lograda, tenemos derecho a decir con la mayor certidumbre que la expropiación de los capitalistas originará inevitablemente un desarrollo gigantesco de las fuerzas productivas de la sociedad humana. Lo que no sabemos ni podemos saber es la rapidez con que avanzará este desarrollo, la rapidez con que llegará a romper con la división del trabajo, al suprimir el contraste entre el trabajo intelectual y el manual, a convertir el trabajo en ‘la primera necesidad vital’”8.

Lenin supera a Kautsky en la medida que comprende que es insuficiente, para terminar con la desigualdad social, “el solo hecho de que los medios de producción pasen a ser propiedad social, por la sola expropiación de los capitalistas”. Kautsky se había detenido aquí, en la socialización de los medios de producción por el Estado en manos del proletariado. En estas condiciones, para él la igualdad social era lo mismo que la garantía de la igualdad de derechos jurídicos. Pero Lenin, aunque va más allá, aunque recoge el verdadero planteamiento marxista del problema advirtiendo sobre lo inadecuado de identificar y de reducir las relaciones sociales de producción a las relaciones jurídicas de propiedad, y aunque dirige su atención hacia la cuestión de la división social del trabajo como fundamento último de esas relaciones sociales, comete el error de establecer un hiato, una ruptura, entre un problema, el de la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción, y el otro, el de la superación de la división del trabajo. A pesar de las advertencias de Engels sobre la íntima relación entre la división social del trabajo y la organización clasista de la sociedad9, Lenin da a entender en el texto que la “expropiación de los capitalistas” y, en general, de la propiedad privada de los medios de producción, significará la supresión de las clases, por lo que deja entrever, también, que se trata -éste de la abolición de la propiedad privada- de un problema político que debe resolver la lucha de clases, y que, por otra parte, la división del trabajo es un asunto económico que resolverá el desarrollo de las fuerzas productivas. En la práctica, esto supone limitar la vigencia de las clases y de la lucha de clases, incluso de la dictadura del proletariado, al periodo de expropiación y de socialización de los medios de producción, mientras, por sí mismas, las fuerzas productivas permitirán, en su evolución, superar la división social del trabajo. Entonces, no se trata ya de destruir las bases de la sociedad de clases, ni de continuar la lucha de clases, sino sólo de conseguir “la igualdad”, algo que puede confiarse al crecimiento cuantitativo de la riqueza social desde el desarrollo en “proporciones gigantescas” de las fuerzas productivas. Lenin termina, de esta manera, recayendo en una problemática de corte kautskiano, según la cual, de lo que se trata después de la desaparición de la propiedad privada es de la igualdad entre las personas: en este caso, de la igualdad en el disfrute del derecho; para Lenin, de la igualdad en el disfrute de la riqueza. La ruptura del vínculo entre división del trabajo y sociedad de clases reduce el objeto de la lucha de clase proletaria a la abolición de la propiedad privada, dejando expedito el camino para un retorno de la asimilación kautskiana entre relaciones sociales y relaciones jurídicas. Por otra parte, la independización de la superación de la división del trabajo de la lucha revolucionaria del proletariado, unida al nuevo factor determinante que Lenin introduce, la “técnica moderna” como principal motor del desarrollo económico una vez abolida la propiedad privada, crea la base teórica para una interpretación tecnocrática del desenvolvimiento futuro de la sociedad de transición, y, en consecuencia, para el retorno del determinismo economicista de corte kautskiano en forma de teoría de las fuerzas productivas.

La separación de las tareas de la revolución en dos etapas cualitativamente diferentes por su contenido socioeconómico entra en contradicción con el espíritu que domina El Estado y la Revolución. Frente al reformismo claudicante de la socialdemocracia, Lenin se esfuerza por demostrar que, para alcanzar el comunismo, no es suficiente la conquista del poder y la inmediata expropiación del capital (lo que, unido a la falsa ilusión de las posibilidades legales del parlamentarismo para acceder al poder, condujo a la táctica socialdemócrata por la vía del reformismo). Por el contrario, las tareas revolucionarias no se limitan a esto, sino que se extienden a lo largo de todo un periodo de transición en el que se liquidarían todas las premisas socioeconómicas de la sociedad de clases. Este periodo, además, estaría presidido por el proletariado organizado en clase dominante, por la dictadura del proletariado. Lenin denomina a todo este periodo, socialismo, entendido como “fase inferior” de la sociedad comunista, y que, a diferencia de ésta, aún no se “ha desarrollado sobre su propia base, sino de una que acaba de salir precisamente de la sociedad capitalista”10. Pero como la sociedad capitalista no está solo fundada sobre la propiedad privada de los medios de producción, sino que en su naturaleza íntima y en toda su complejidad es una sociedad de clase, es la forma de la sociedad organizada en clases que se presenta en un momento históricamente determinado, precisamente el momento en que la clase oprimida está en condiciones de suprimir ese modo de organización social en todo su significado y en todos sus niveles, precisamente por eso, a la dictadura del proletariado le incumbe terminar con todas las bases de este modo de sociedad, desde la propiedad privada hasta la división social del trabajo. Y en tanto que ejecuta este cometido, sólo podemos hablar de sociedad de transición, o sea, según Lenin, de socialismo. Sin embargo, lo que está en espíritu en El Estado y la Revolución, su propio autor parece contradecirlo cuando establece una cesura tajante entre dos problemáticas de la transformación social. Esto supone, de hecho, subdividir el periodo de transición en dos subperiodos con contenidos socioeconómicos diferentes. En el Estado y la Revolución, Lenin parece inclinarse por identificar el segundo periodo -el de la superación de la división del trabajo desde el desarrollo “gigantesco” de las fuerzas productivas como su atributo esencial- ya con el comunismo, con la fase superior de la nueva sociedad. Con lo cual, la fase inferior, el socialismo propiamente dicho, tendría por objeto la liquidación de la propiedad privada de los medios de producción. Esto tendrá, a la larga, hondas repercusiones en la visión del partido bolchevique del proceso de transformación social y en su línea política cuando se inicie en la práctica ese proceso, y permitirá la creación de las condiciones teóricas para la formulación de una serie de tesis políticas que generarán contradicciones que debilitarán ideológicamente al proletariado.

Cuando, una vez en el poder el partido proletario y una vez iniciada la obra de edificación de la nueva sociedad, Lenin pasa a aplicar su visión del periodo de la transición al análisis de la formación social soviética, se reproduce el dualismo que de facto divide ese periodo. Pero en el análisis que realiza en mayo de 1918, al comienzo del denominado comunismo de guerra, el líder bolchevique ha rectificado en parte los términos de lo que en El Estado y la Revolución era una subdivisión teórica del periodo de transición. En la práctica, o al menos para el caso del País de los Soviets en 1918, la primera subetapa ya no es el socialismo:

“A juicio mío, no ha habido una sola persona que, al ocuparse de la economía de Rusia, haya negado el carácter transitorio de esa economía. Ningún comunista ha negado tampoco, a mi parecer, que la expresión República Socialista Soviética signifca la decisión del Poder soviético de llevar a cabo la transición al socialismo; mas en modo alguno el reconocimiento de que el nuevo régimen económico es socialista”11.

Para Lenin, las específicas condiciones económicas de atraso secular de la Rusia soviética, agudizadas por los desastres de la Gran Guerra, exigían que el eje de separación de los dos subperiodos fuera retrotraído más hacia atrás, con el fin de abarcar un periodo anterior no recogido entre las “premisas económicas” del comunismo que se establecían en El Estado y la Revolución: el periodo de transición al socialismo (es decir, el periodo de transición ya no es sólo del capitalismo al comunismo12). La principal tarea de este periodo era el desarrollo de las fuerzas productivas, que elevase a Rusia hasta un nivel de civilización acorde con las “premisas económicas” que permitieran la maduración de las condiciones del socialismo. Lenin no sólo tomaba como referencia para esas premisas a la Europa capitalista, sino que había absolutizado la caracterización del socialismo realizada por Marx en la Crítica del Programa de Gotha como una etapa donde perdura el problema de la división social del trabajo y sobrevive el derecho burgués, pero donde ha sido abolida la propiedad privada. En la Rusia de 1918, en cambio, ni hablarse podía de prescindir de este último factor, pues resultaba inimaginable la restauración económica sin la participación de la masa de campesinos propietarios -que constituían la masa de la población- y otras formas de economía de corte mercantil e, incluso, capitalista. Como en la mente de Lenin -arraigada en este problema en la tradición de la socialdemocracia europea- el socialismo no comienza hasta la expropiación de los medios de producción en manos del capital, la lógica de su esquema debía producir, consecuentemente, una etapa de preparación de las condiciones para esa expropiación.

Sin embargo, el régimen político se define como dictadura del proletariado. Lenin reproduce, aquí, el dualismo que también presenta entre economía y política en El Estado y la Revolución. En esta obra, Lenin asignaba a la dictadura del proletariado el papel político de abolir la propiedad privada y dar paso al socialismo, mientras que, bajo estas condiciones nuevas, la economía, por su parte y en su desenvolvimiento espontáneo, conduciría a la sociedad hasta el comunismo. Ahora, en cambio, la dictadura del proletariado es el régimen de preparación de las condiciones para que las fuerzas productivas, siempre observadas en su plano autónomo, puedan cumplir con su misión independiente después de la abolición de la propiedad privada. Ésta, entonces, ya no es consecuencia de una acto político de violencia revolucionaria de la clase obrera, como se imaginaba Lenin en su libro de 1917, sino de un proceso que requiere -según la lógica leniniana- todo un periodo político de transición al socialismo. La teoría del periodo de transición al socialismo es resultado de la parte de la concepción del mundo que todavía Lenin comparte con el determinismo económico kautskiano. ¿Por qué, si la abolición de la propiedad privada ya no es un solo acto, sino todo un proceso político, requiere una caracterización diferente en un nuevo periodo?, ¿qué diferencia hay entre acto y proceso en este caso? Desde el punto de vista político de la lucha de clases del proletariado, ninguna. Sólo la hay si se considera a las fuerzas productivas el factor principal del desarrollo social.

Toda esta adecuación práctica de la teoría leniniana del periodo de transición es coherente consigo misma y no ofrece más limitaciones que las ya detectadas en su formulación teórica primigenia. Tampoco reportaría ningún peligro si se considera que, una vez superada la etapa de transición preparatoria del socialismo, continúa rigiendo la forma política de dictadura del proletariado, ya con el socialismo en curso, tal como visualiza Lenin el proceso en El Estado y al Revolución. Pero esto es, precisamente, lo que comienza a ser cuestionado por la dirección del partido bolchevique y, en algunas de sus formulaciones, también por Lenin. A partir del VII Congreso del partido (marzo de 1918), se empieza a hacer habitual la identificación del régimen propio del periodo de transición al socialismo con la dictadura del proletariado, en tales términos que parece darse a entender que esta dictadura ya no será necesaria cuando sea superado este periodo de transición13. Lenin nunca hace explícito este extremo, pero hay que pensar que, efectivamente, formaba parte del subconsciente político del bolchevismo, porque en poco tiempo, después de la desaparición de Lenin, se convertirá en tesis oficial del partido.

La unión de estas dos tesis, la unión de la teoría del periodo de transición al socialismo y la teoría de que la dictadura del proletariado ya no es la forma política del socialismo contiene, en potencia, peligrosas consecuencias prácticas para el proletariado, en el sentido de que ese nuevo discurso teórico prepara las bases para la liquidación de su lucha de clase revolucionaria durante el socialismo. Y en el socialismo, aunque la visión que tiene el bolchevismo no lo contemple así -al reproducir fielmente la tesis kautskiana de que la supresión de la propiedad privada supone la supresión de las clases-, permanecen las clases o la tendencia de éstas a recomponerse, porque se mantiene lo que “subyace” en ellas, la división social del trabajo14. La desaparición de la dictadura de la clase revolucionaria entre los elementos de la línea política que persigue superar esta etapa del desarrollo social, otorgando el papel principal de esta transformación al desenvolvimiento según el dictado de factores nuevos como la “técnica moderna”, supone arrebatar la dirección de ese proceso al proletariado como clase revolucionaria, única garantía de que la dirección del mismo continúe orientada hacia el comunismo. A cambio, resurgirán los elementos sociales que se benefician de la reproducción de las condiciones económicas que respalda la vieja división del trabajo, y estos elementos usurparán la dirección del proceso social invirtiéndolo con el fin de restaurar el capitalismo. Esta posibilidad práctica se hace más real cuando consideramos que en el esquema leniniano-bolchevique se detecta un nuevo dualismo: el que separa, esta vez, la división del trabajo de las fuerzas productivas, interpretando, además, a éstas últimas como un factor neutro sin contenido social (de clase). De ahí que el bolchevismo se permita otorgar tanta importancia a la técnica. Sin embargo, la división del trabajo es también una fuerza productiva. No considerarlo así, significa reducir las fuerzas productivas al simple desarrollo tecnológico. En la producción social, sin embargo, las fuerzas productivas son todo un conjunto de factores inseparables entre sí del que forman parte tanto la división técnica y la división social del trabajo como los modos de organización de las clases sociales en tanto que clases productoras. Entonces, el libre desarrollo de las fuerzas productivas supone directamente la reproducción de las condiciones de desarrollo de esas fuerzas productivas y, por lo tanto, la reproducción de la división del trabajo en las condiciones dadas, que son las condiciones heredadas del viejo modo de producción. Sólo con la revolucionarización consciente de esas fuerzas productivas dispuestas en función de la organización de la sociedad en clases pueden suprimirse definitivamente las bases de la misma y conjurarse el peligro de restauración. Pero la liquidación política de la dictadura del proletariado, como principal instrumento de esa revolucionarización, deja a la clase obrera desarmada ideológicamente ante la recuperación de la burguesía. En la práctica, el proletariado carecerá de los elementos teóricos adecuados para detectar esta recuperación. Finalmente, será desbancado del poder casi sin haberse cerciorado de ello.

Aun con todo, estas derivaciones se circunscriben en el ámbito de la teoría y -aunque ésta siempre es exponente fiel de una determinada práctica- pueden ser rectificadas a tiempo. Es la lucha de clases real y la correlación de fuerzas entre las clases lo que determinará, en última instancia, si esos desarrollos teóricos dirigidos en la línea de revisión del marxismo serán rectificados y anulados para retornar a una línea de fortalecimiento ideológico del proletariado o, por el contrario, si la práctica de la lucha de clases permitirá que continúen profundizándose. En este sentido, jugó un papel crucial la interpretación que el partido bolchevique realizó de las clases y de la correlación de fuerzas entre ellas después de la conquista del poder y como resultado de las primeras medidas adoptadas por el Estado soviético. Aquí, encierra la mayor importancia el modo cómo se representa en la conciencia bolchevique el capitalismo de Estado y qué posición ocupa dentro de la formación social soviética.

En el mismo trabajo de 1918 en que Lenin había aplicado su visión del periodo de transición a las condiciones de la Rusia revolucionaria (Acerca del infantilismo “izquierdista” y del espíritu pequeñoburgués), con los resultados ya expuestos, el jefe bolchevique realiza la descripción de aquella formación social:

“(…) qué elementos de los distintos tipos  de economía social existen en Rusia. Y ahí está todo el meollo de la cuestión.

Enumeremos esos elementos:

  1.  economía campesina patriarcal, es decir, natural en grado considerable;
  2.  pequeña producción mercantil (en ella se incluye la mayoría de los campesinos que venden cereales);
  3.  capitalismo privado;
  4.  capitalismo de Estado;
  5.  socialismo”15.

¿Cuál es el “tipo de economía social” que predomina, cuáles son las relaciones sociales de producción dominantes?

“Está claro que en un país de pequeños agricultores predomina, y no puede menos de predominar, el elemento pequeñoburgués; la mayoría, la inmensa mayoría de los agricultores son pequeños productores de mercancías”16.

Lenin continúa añadiendo que la correlación de fuerzas, en estas circunstancias y desde el punto de vista del avance hacia el socialismo, se caracterizaba por que:

“No es el capitalismo de Estado el que lucha contra el socialismo, sino la pequeña burguesía más el capitalismo privado los que luchan juntos, de común acuerdo, tanto contra el capitalismo de Estado como contra el socialismo”17.

La táctica que propone Lenin es utilizar el capitalismo de Estado para favorecer la creación de las condiciones del socialismo. Para Lenin, el capitalismo de Estado es “la antesala del socialismo”18. Pero, ¿qué era para Lenin el capitalismo de Estado, en 1918?

“El capitalismo de Estado significaría un gigantesco paso adelante incluso si pagáramos más que ahora (…), pues merece la pena pagar ‘por aprender’, pues eso es útil para los obreros, pues vencer el desorden, el desbarajuste y el relajamiento tiene más importancia que nada, pues continuar la anarquía de la pequeña propiedad es el peligro mayor y más temible, que nos hundirá sin duda alguna (si no lo vencemos), en tanto que pagar un tributo mayor al capitalismo de Estado, lejos de hundirnos, nos llevará por el camino más seguro hacia el socialismo. La clase obrera, después de aprender a proteger el orden estatal frente a la anarquía de la pequeña propiedad, después de aprender a organizar la producción a gran escala, a escala de todo el país, basándola en el capitalismo de Estado, tendrá entonces a mano -perdón por la expresión- todos los triunfos, y el afianzamiento del socialismo estará asegurado.

El capitalismo de Estado es incomparablemente superior, desde el punto de vista económico, a nuestra economía actual. Eso primero.

Y segundo, no tiene nada de temible para el Poder soviético, pues el Estado soviético es un Estado en el que está asegurado el poder de los obreros y de los campesinos pobres”19.

El capitalismo de Estado es la organización moderna de la producción social; es la forma económica sobre la que se tiene que apoyar el proletariado con el fin de capacitarse para tomar posesión de los medios de producción. Dejando aparte que en su análisis Lenin reincide en su punto de vista tecnocrático-economicista20, es importante señalar que este análisis conserva vivo todo el espíritu del marxismo, porque es un ejemplo de análisis de clase de la sociedad y de la búsqueda certera de la correlación de fuerzas sociales que facilite el camino de la consecución de los objetivos revolucionarios del proletariado.

Desde este punto de vista, lo que hay que resaltar es que Lenin habla de utilización del capitalismo de Estado por parte del poder soviético. Por lo tanto, no identifica la naturaleza de esta forma económica (capitalismo) con la del Estado (socialismo). Para Lenin, el capitalismo de Estado toma cuerpo bajo los modos de “monopolio de los cereales, control sobre los patronos y comerciantes, los cooperativistas burgueses”21, pero, sobre todo, bajo la forma de dirección de las empresas estatales por los antiguos capitalistas. Lenin propone aplicar:

“(…) los métodos de compromiso o de indemnización a los capitalistas cultos, que aceptan el ‘capitalismo de Estado’, que pueden aplicarlo y que son útiles al proletariado como organizadores inteligentes y expertos de grandísimas empresas que cubran de verdad el abastecimiento de productos a decenas de millones de personas”22.

En esta época, el partido bolchevique decidió aplicar el método de dirección unipersonal de las empresas del Estado. En estos términos, las funciones principales de dirección y organización de la producción estatal pasaban a manos de los directores y técnicos burgueses. Lenin planteaba la necesidad de esta medida, pero también era consciente de sus peligros, por eso proponía, igualmente, una contramedida, apoyada en que “está asegurado el poder de los obreros y de los campesinos pobres”, para garantizar el desenvolvimiento correcto de aquella decisión: la “contabilidad y control por todo el pueblo de la producción y distribución de los productos”23.

Es importante indicar que, en su análisis de 1918, cuando Lenin se refiere a los “elementos socialistas” de la formación social rusa, no habla de formas económicas, sino de la posición política del proletariado24. De aquí se desprende que Lenin es consciente de que la dirección política de todo ese entramado socioeconómico que describe es también un factor económico, y, también, que es el factor principal, porque es el que decide la tendencia hacia donde debe dirigirse la solución de las contradicciones de clase en esa formación social. El segundo elemento fundamental, es que Lenin -insistimos en ello- no identifica propiedad estatal de los medios de producción con propiedad socialista. Su análisis se mantiene dentro del marxismo precisamente porque manifiesta explícitamente estos dos elementos. De esta manera, a pesar de las derivaciones incorrectas a que había desembocado con su teoría de la fase de transición, en su pensamiento permanecen todavía los elementos ideológicos que permitirían la rectificación a tiempo en el caso de una progresión degenerativa aún mayor de aquella teoría.

Desde el pensamiento leniniano de 1918, entonces, todavía cabía la interpretación marxista de la sociedad de transición (llámesela como quiera: dentro del marco del análisis de clase correcto de la sociedad rusa, el nombre carecería de importancia), comprendida como conjunto complejo de relaciones sociales de producción en el que conviven lo viejo y lo nuevo: todas las formas económicas heredadas -desde la economía natural, hasta el capitalismo de Estado-, junto con la posibilidad y la capacidad del proletariado, desde su posición económica de clase dominante, de revolucionarlas en la dirección del comunismo, en la dirección de destruir las premisas que las convierten en relaciones de reproducción de la sociedad de clases, con el fin de transformarlas, como conjunto, en la base económica de la sociedad sin clases, del comunismo. Lo que define a la sociedad de transición no es la forma económica dominante (tesis que poco después pasará a ser doctrina en el partido bolchevique), sino la naturaleza de clase de la tendencia dominante, el sentido político de la dirección hacia la que se encamina en su desarrollo, en su transformación, el conjunto de formas socioeconómicas. Quién dirige es, entonces, la cuestión fundamental. Por esta razón, el plano político de la lucha de clases sigue siendo el principal durante todo el periodo de transición. Renunciar a la lucha de clase proletaria, a la dictadura del proletariado, en alguno de los momentos de ese tránsito, resultaría catastrófico. Si la burguesía tomase el poder, ese mismo conjunto de relaciones sociales, que antes podíamos considerar como socialismo porque era encauzado hacia su fase superior, el comunismo, será reorientado en su desenvolvimiento hacia el capitalismo abierto y la apropiación privada: ese conjunto de relaciones sociales transitaría hacia la dominación burguesa, sería, de hecho, una sociedad capitalista, porque quien la dirige es la burguesía.

Sin embargo, la influencia en el pensamiento de Lenin de la problemática economicista de las fuerzas productivas terminará por neutralizar la aportación marxista que realiza en el análisis de la formación social rusa. En 1921, bajo circunstancias políticas nuevas, Lenin retoma la cuestión del carácter de la sociedad soviética. Recupera su análisis de 1918 y señala que, tres años después, las cosas siguen igual: las formas económicas son las mismas y su peso relativo también. Sin embargo, el partido ha rectificado su política, ha implantado la Nep y pone en primer plano la alianza del proletariado con el campesinado, en particular, con esa “pequeña producción mercantil” que antes era considerada el principal enemigo. Pero, en este giro táctico, queda oscurecido el papel del capitalismo de Estado. Aunque Lenin mantiene la necesidad de continuar utilizándolo, su análisis sobre él queda relegado a un segundo plano -en favor de las formas económicas de alianza con el campesinado, principalmente el impuesto en especie- y la descripción incisiva sobre su papel y naturaleza también. De hecho, cuando en su nuevo repaso de la situación describe el capitalismo de Estado, prescinde del punto de vista marxista, central en 1918, que definía al capitalismo de Estado como una relación social que en la Rusia soviética se caracterizaba por el vínculo establecido entre la propiedad estatal de los medios de producción en manos de la dictadura del proletariado y la gestión y organización de esos medios al modo capitalista, vínculo que tomaba cuerpo desde la “contabilidad y control” de éstos por aquélla. En 1921, por el contrario, en el análisis leniniano no domina el punto de vista de las relaciones sociales, sino el que se remite a las formas económicas. Y lo peor es que, cuando se enumeran las formas concretas que están relacionadas con el capitalismo de Estado, no se incluye a la industria estatal. Lenin habla de cuatro formas de capitalismo de Estado (cooperativas, concesiones, franquicias comerciales y arriendo de empresas25), pero no dice nada sobre la dirección unipersonal desde arriba, ni de la gestión y organización capitalista de las empresas nacionalizadas.

A pesar de todo, Lenin introduce un elemento que da pie a pensar que, a pesar de todo, aún se mantiene, globalmente, en la línea marxista de análisis:

“No. Es necesario revisar y reformar todas las leyes sobre la especulación, declarando punible (…) todo hurto y toda elusión, directa o indirecta, abierta o encubierta, del control, de la vigilancia y de la contabilidad estatal. Precisamente con semejante modo de plantear el problema (…) conseguiremos que el desarrollo del capitalismo, en cierta medida  inevitable e indispensable para nosotros, vaya por el cauce del capitalismo de Estado”26.

La idea de “control, vigilancia y contabilidad estatal” de todas las formas de producción económica permite pensar que Lenin todavía mantiene el criterio de un poder político de carácter proletario que se vincula con todas las formas económicas a través de métodos de dirección y control, y no desde la competencia entre formas económicas anteriores y formas socialistas (que será el modo de plantearlo por el partido posteriormente). Así, el deseo expreso de que todo desarrollo del capitalismo -incluida la pequeña producción- “vaya por el cauce del capitalismo de Estado”, permite intuir que, implícitamente, Lenin piensa también en las formas capitalistas de propiedad estatal, que aún situaría bajo el rubro de capitalismo de Estado.

Pero lo que para 1921 era sólo un residuo del primigenio análisis marxista, en enero de 1923 desaparece por completo:

“Siempre que he escrito algo de la nueva política económica he citado mi artículo de 1918 sobre el capitalismo de Estado. Eso hizo dudar en más de una ocasión a algunos camaradas jóvenes (…).

Creían que no se podía calificar de capitalismo de Estado a un régimen en el que los medios de producción pertenecen a la clase obrera y en el que ésta es dueña del poder estatal (…).

Tampoco hay duda de que, en nuestra actual realidad económica, (…) al lado de empresas capitalistas privadas (…) hay empresas de tipo socialista consecuente (cuando tanto los medios de producción como el suelo en que se halla enclavada la empresa y toda ella en su conjunto pertenecen al Estado)”27.

Al final de su carreta y sin tiempo para rectificar (caería enfermo poco después y en el curso de un año fallecerá), Lenin terminará cediendo a las presiones del sector del partido que quería zanjar la cuestión del capitalismo de Estado en los términos de la identificación de la propiedad estatal de los medios de producción con la propiedad socialista de los mismos. Pero esta concesión supone el regreso a la perspectiva kautskiana, según la cual las relaciones sociales de producción se reducen a las relaciones jurídicas de propiedad. De este modo, se desbroza del todo el terreno para la germinación y crecimiento, en el discurso ideológico bolchevique, de la tesis de la existencia de formas económicas que, por sí mismas, son socialistas. El socialismo ya no se concebirá como un conjunto contradictorio y complejo de relaciones de producción de distinto signo, con las que se vincula la lucha de clase del proletariado para transformarlo en la dirección del comunismo; el socialismo pasará a ser el conjunto de relaciones jurídicas que persiguen la estatalización de la economía social28. El camino para la hegemonía de los sectores sociales vinculados con la producción estatal y con el aparato administrativo de dirección, gestión y control de la gran industria soviética quedaba abierto. A través de la nueva fórmula teórica podrían encubrir su promoción social y política como clase capitalista, y disimular la usurpación burguesa del poder del Estado proletario.

En este mismo sentido, es preciso introducir otro elemento relacionado con el carácter del Estado soviético. En el mismo artículo dedicado a las cooperativas en el que Lenin renuncia a resolver en clave marxista la cuestión del capitalismo de Estado, reconoce que el aparato administrativo soviético “no sirve para nada en absoluto” y, sobre todo, reconoce que fue tomado “íntegramente de la época anterior”29, es decir, de la época zarista. Lenin había advertido al partido sobre este particular en muchas ocasiones. La interpretación, más bien implícita, sobre este hecho entre los dirigentes bolcheviques consistía en que ésta era una más de esas circunstancias -ésta en el terreno político- que permitían hablar de la necesidad de una fase de transición al socialismo, pues, como demostró Lenin, el tipo de Estado apropiado al socialismo era el del Estado-Comuna. Pero, más allá de disquisiciones teóricas, la verdad es que, en la práctica, en su funcionamiento ordinario, el aparato del Estado no estaba en posesión directa del proletariado. Y estamos hablando del resorte fundamental del que dispone esta clase para dirigir el proceso de transformación social revolucionaria.

La convergencia fáctica de todas estas circunstancias de índole ideológico y político a la altura de 1923, nos puede ayudar a comprender mejor y a explicar la deriva teórica hacia la que cada vez más iba conduciéndose el partido bolchevique, en función de la presión que sobre él ejercía, sin duda, un determinado sector social instalado en ese aparato burocrático estatal. La suma del peso del aparato administrativo y de las posiciones que estaba conquistando el aparato de dirección económica del Estado, puede ofrecernos una imagen cercana de cuál era el estado de la correlación de fuerzas de clase o de las tendencias que comenzaban a emerger en su seno, en Rusia, en vísperas de la muerte de Lenin. Sin embargo, esto sólo indica una tendencia, la del incipiente ascenso del capitalismo en la Rusia contemporánea, precisamente por el frente que no esperaba la dirección bolchevique (que estaba alerta únicamente contra el peligro de restauración que pudiera provenir del elemento kulak, es decir, del capitalismo privado), cegada por la tesis del socialismo como estatalización de los medios de producción; no significa que esa nueva clase hegemonizara ya aquella correlación de fuerzas. El partido bolchevique estaba muy arraigado entre proletariado soviético. Este hecho, unido a su posición dirigente en al aparato político del Estado, permitió que la hegemonía proletaria no fuera liquidada de inmediato. Sin embargo, las respuestas halladas por el partido para conducir y superar las contradicciones de clase, cada vez más se fundaban en premisas ideológicas insuficientes, progresivamente alejadas del marxismo, que iban entrando a formar parte del corpus teórico del bolchevismo, lo cual constituyó un factor determinante en última instancia para que se creasen las condiciones de la caída de la dirección proletaria en el país soviético.

Stalin

 En enero de 1924, fallece Lenin. Esta circunstancia coincidió con el fracaso de la última insurrección obrera en Occidente (la revolución búlgara de 1923) y con la plena toma de conciencia, por parte de la dirección del partido bolchevique, sobre la situación de aislamiento y de cerco capitalista en que quedaba el poder proletario en Rusia. En consecuencia, se abrió una etapa de incertidumbre política y de debate general sobre el futuro de la revolución, y sobre qué camino tomar, una vez que se había derrumbado uno de los pilares estratégicos que habían soportado la iniciativa bolchevique de conquistar el poder en 1917 desde el punto de vista de su consolidación política. Un sector del partido, encabezado por Trotsky, Zinoviev y Kamenev, se mostró vacilante ante la nueva situación, mostró su desconfianza en las posibilidades de la Unión Soviética para mantenerse en el camino del socialismo sin la ayuda de la revolución exterior y auguró la degeneración contrarrevolucionaria del sistema político soviético. Frente a ellos, se situó el sector, encabezado por Stalin y Bujarin, que planteaba la posibilidad real de dar continuidad a la revolución socialista soviética sobre la base de sus propios medios, a condición de que esos medios se organizasen adecuadamente en virtud de un plan que partiera de la adecuada configuración política de las fuerzas de clase, con el fin de que el proletariado mantuviese la hegemonía política. La base de este plan era -tal como Lenin lo había formulado- la alianza del proletariado y el campesinado, principalmente el campesinado medio, y la transformación del conjunto de relaciones sociales sobre dos ejes: la industrialización de la economía y la cooperación creciente de la masa de pequeños productores independientes, como primera paso hacia formas colectivas de organización de la agricultura. Este plan, formulado principalmente por Stalin, fue denominado teoría del socialismo en un solo país.

La teoría del socialismo en un solo país es la teoría de la continuidad de la revolución, es el marco ideológico adecuado a las condiciones prácticas, reales, de desarrollo de la Revolución Proletaria Mundial, que se habían presentado de improviso e inesperadamente ante el partido bolchevique. Hasta ese momento, este partido se guiaba por la visión que la II Internacional tenía del mecanismo de desarrollo de la revolución, al que situaba, desde el primer momento, en un escenario internacional, más allá del marco de organización social y política del Estado-nación. Esta visión se basaba en los preceptos establecidos por Marx y Engels sobre la cuestión, pero que eran reflejo de las condiciones que el capitalismo ofrecía en su etapa de desarrollo premonopolista. La ortodoxia de la socialdemocracia europea nunca cuestionó las premisas que habían conducido a aquellos preceptos, y no advirtió que las nuevas condiciones del capitalismo maduro, las condiciones del imperialismo, transformaban aquellas premisas y que, también, podían modificar los mecanismos de desarrollo de la Revolución Proletaria Mundial. La teoría del socialismo en un solo país es la respuesta que halló el marxismo para explicar estas nuevas condiciones.

En otro sentido, la tesis estaliniana del socialismo en un solo país es la expresión de la lucha ideológica en el seno del bolchevismo por superar las contradicciones que, cada vez más, imponían las tesis revisionistas, que iban ganando terreno en su discurso teórico. Esta nueva teoría nace y se desarrolla, en primer lugar, como contraposición a la teoría de la revolución permanente de Trotsky. Ésta, era la forma extrema, en su versión izquierdista, de la tesis determinista de las fuerzas productivas, piedra clave de la ideología de la socialdemocracia europea. Según la tesis de Trotsky, el nivel de desarrollo económico en Rusia hacía imposible cualquier pretensión de implantar el socialismo sin la ayuda de la revolución proletaria internacional. En la práctica, negaba la idea del periodo de transición al socialismo, que fue la forma que encontró el bolchevismo para resolver la contradicción entre su vieja concepción economicista del desarrollo social y las exigencias prácticas de la instauración de la dictadura del proletariado. Aunque insuficiente desde el punto de vista del marxismo, esa idea otorgaba un margen de maniobra a la actividad consciente del proletariado, en la medida que permitía que, desde su acción política, pudiesen ser transformadas las formaciones sociales presentes para conducirlas hacia el socialismo. Trotsky niega, incluso, esta posibilidad, y entronca aún más con el postulado kautskiano de la necesaria madurez económica de las premisas del socialismo.

Para formular su teoría, Stalin se remonta a los elementos que, desde 1915, Lenin había ido deduciendo como consecuencia de una interpretación coherente de su teoría sobre el imperialismo. En primer lugar, la idea del desarrollo desigual del capitalismo monopolista y de la ruptura de la cadena imperialista por su eslabón más débil. Stalin sitúa que la Revolución Proletaria Mundial sólo puede desenvolverse a través de rupturas sucesivas y no necesariamente continuadas de esos eslabones débiles, rupturas que plantean la cuestión de la posibilidad y de la necesidad de que el socialismo comience a construirse desde cada uno de esos eslabones (países o regiones localizadas). Y a la pregunta de si esto es posible, Stalin responde afirmativamente, a condición de que el proletariado sepa organizar su sistema político vinculándose con el resto de las masas populares. En el caso de Rusia, la posibilidad de construir el socialismo dependía de que el proletariado supiese atraerse a las masas campesinas, al mismo tiempo que neutralizaba las tendencias a la recuperación del capitalismo. Esto no era óbice para continuar afirmando que estos procesos revolucionarios, aparentemente aislados entre sí, formasen parte de un mismo movimiento internacional, la Revolución Proletaria Mundial. De esta manera, el carácter internacionalista del movimiento continuaba siendo considerado el aspecto principal del proceso, a pesar de la forma nacional que éste adoptaba.

En sus primeras formulaciones, la teoría del socialismo en un solo país mantenía el criterio internacionalista consustancial a la naturaleza de clase del proletariado. En una de sus muchas caracterizaciones del trotskismo, Stalin señala que:

“Una de dos: o vemos en nuestro país una base de la revolución proletaria y tenemos, como dice Lenin, todo lo imprescindible para edificar la sociedad socialista completa, y entonces podemos y debemos edificarla, con vistas a la victoria completa sobre los elementos capitalistas de nuestra economía nacional; o no vemos en nuestro país una base de la revolución, no tenemos lo imprescindible para edificar el socialismo, no podemos edificar la sociedad socialista, y entonces, si se retrasa la victoria del socialismo en otros países, debemos conformarnos con que prevalezcan los elementos capitalistas de nuestra economía nacional, se descomponga el Poder Soviético y degenere el Partido. (…).

Rasgo distintivo de este peligro es la falta de fe en la revolución proletaria internacional; la falta de fe en su victoria; el escepticismo respecto al movimiento de liberación nacional de las colonias y de los países dependientes; la incomprensión de que, sin el apoyo del movimiento revolucionario de los otros países, nuestro país no podría mantenerse contra el imperialismo mundial; la incomprensión de que la victoria del socialismo en un solo país no puede ser definitiva, pues no puede estar a salvo de la intervención mientras la revolución no haya vencido en varios países, por lo menos; la incomprensión de ese requisito elemental del internacionalismo, en virtud del cual la victoria del socialismo en un solo país no es un fin en sí, sino un medio para desarrollar y apoyar la revolución en los otros países.

Esa es la vía del nacionalismo y la degeneración, una vía que conduce a la liquidación completa de la política internacionalista del proletariado, pues la gente atacada de esa enfermedad no ve en nuestro país una parte del todo que se llama movimiento revolucionario mundial, sino el principio y el fin de ese movimiento, considerando que los intereses de todos los demás países deben ser sacrificados a los intereses de nuestro país”30.

Entre 1923 y 1925, Stalin ordena los elementos de su teoría en consonancia con el internacionalismo proletario. Pero, para finales de 1925, cuando en el XIV Congreso del partido son derrotadas las posiciones de la oposición, y el partido hace suya oficialmente la tesis del socialismo en un solo país, de los elementos contradictorios sobre los que se levanta esta teoría -el contenido de la revolución proletaria como movimiento internacional y la forma de desenvolverse a través de revoluciones nacionales-, Stalin ha pasado ya, de poner el acento en el primero de ellos, a incidir cada vez más en el segundo. Ya antes de dicho Congreso, había manifestado que:

“Los camaradas, al hablar de las tareas de nuestro Partido en el terreno del movimiento revolucionario internacional, se limitan habitualmente a las tres primeras tareas y se olvidan de la cuarta, se olvidan de que la lucha en nuestro país, la lucha por la victoria de los elementos socialistas sobre los elementos capitalistas en nuestro país, nuestra lucha en la edificación, es también, por su significado, una lucha internacional, pues nuestro país es la base de la revolución internacional”31.

De ser una base de apoyo de la Revolución Proletaria Mundial, la Unión Soviética, en la perspectiva de Stalin, pasa a ser considerada la base de la revolución internacional. Esta tendencia nacionalista se irá haciendo cada vez más marcada, y, en el contexto internacional de acoso al que se veía sometido el país, se irán añadiendo ingredientes que alejarán cada vez más el espíritu internacionalista originario de la teoría del socialismo en un solo país:

“no tengo necesidad de decir que, si atacan a nuestro país, nosotros no permaneceremos con los brazos cruzados, que tomaremos todas las medidas para soltar al león revolucionario en todos los países”32.

O bien:

“(…) al prohijar a nuestro Estado y considerarlo como algo propio, se compromete [la parte revolucionaria del proletariado de Europa] a defenderlo y a luchar por él en caso necesario. (…).

No repararemos en sacrificios, con tal de dar a la clase obrera del Occidente la posibilidad de convencerse de que nuestro país es el único Estado obrero del mundo, por el que vale la pena que ellos luchen en el Occidente y al que vale la pena defender contra su propio capitalismo”33.

La inclusión de consideraciones defensistas en la teoría del socialismo en un solo país irá conduciendo al partido bolchevique a contemplar la Revolución Proletaria Mundial desde el estrecho punto de vista de los intereses de Estado del país soviético, y cada vez más su desarrollo en función de las circunstancias políticas internacionales de la URSS. La Revolución Proletaria Mundial se considera cada vez menos como un movimiento independiente originado por la lucha de clase internacional del proletariado, y cada vez más como un proceso dependiente y subordinado a la conservación de la Unión Soviética como Estado dentro del concierto internacional. En estos términos, la instrumentalización de la clase obrera internacional para los fines de la política exterior soviética, reduciéndola a mero apéndice de su diplomacia, es el último paso lógico de la degeneración nacionalista de la teoría del socialismo en un solo país.

“Cada obrero, cada obrero organizado en los sindicatos, debe preocuparse de defender contra la intervención a la primera República Soviética del mundo. Si en este asunto los sindicatos de nuestro país son apoyados por los sindicatos ingleses, aunque sean reformistas, ¿acaso no está claro que debemos aplaudirlo?”34.

La obsesión defensista condicionó la política de alianzas de los partidos de la Komintern, por encima de toda contemplación de las condiciones específicas en que debían aplicar su trabajo de masas y, sobre todo, del necesario deslindamiento, ante ellas, entre el campo de la revolución y el de la contrarrevolución. Al parecer, la mera existencia de la URSS resolvía esta cuestión por sí sola y de una vez por todas. Para 1928, la preocupación por defender al Estado soviético se había convertido en un deber:

“De esto se desprende, por lo menos, que nuestra revolución es parte de la revolución mundial, base e instrumento del movimiento revolucionario mundial.

Es indudable también que no sólo la revolución en la URSS tiene y cumple sus deberes respecto a los proletarios de todos los países, sino que también los proletarios de todos los países tienen algunos deberes bastante serios respecto a la dictadura proletaria en la URSS”35.

Como la Unión Soviética no sólo era ya la base de la revolución internacional, sino también su instrumento, la subversión de los elementos internacionalistas de la teoría del socialismo en un solo país se completa finalmente:

“no puede haber nada más chabacano, porque hasta los menchevique rematadamente chabacanos comienzan a comprender que la revolución rusa no es un asunto privado de los rusos, que, por el contrario, es la causa de la clase obrera del mundo entero, la causa de la revolución proletaria mundial”36.

La Revolución Proletaria Mundial ya no es la causa del proletariado, sino que la revolución soviética -o, mejor dicho, el Estado soviético- pasa a ser la causa de la Revolución Proletaria Mundial.

La degeneración socialchovinista de la teoría marxista del socialismo en un solo país no halla ni puede hallar sus causas en los elementos conceptuales originarios de la propia teoría. Es, precisamente, la influencia que sobre ella ejercen esos otros principios revisionistas que el bolchevismo ha ido adaptando desde 1917, con el fin de superar las contradicciones que la situación del poder proletario en Rusia había provocado en su planteamiento de partida, lo que conducirá a la teoría de Stalin, de la mano de su autor, por derroteros ajenos a los intereses del proletariado. La presión ideológica de esos principios revisionistas obliga a Stalin a adecuar su teoría en función de la coherencia interna de la línea política bolchevique, cada vez más dependiente en su desarrollo de premisas y conceptos claramente obsoletos. Stalin no fue capaz de superarlos, como había superado, en el sentido marxista, las premisas y las consecuencias que se colegían de las viejas tesis socialdemócratas sobre la Revolución Proletaria Mundial. Al contrario, a la larga, Stalin fue amoldando su innovadora teoría a las necesidades de las categorías no marxistas que articulaban paso a paso la línea política bolchevique. El punto de inflexión se sitúa en la primavera de 1925, por la época de la XIV Conferencia del partido.

En el Balance de esta Conferencia, Stalin indica que la URSS está sometida a dos tipos de contradicciones:

“Nuestro país nos muestra dos grupos de contradicciones. Uno de ellos lo forman las contradicciones interiores, entre el proletariado y el campesinado. El otro, las contradicciones exteriores, entre nuestro país, como país del socialismo, y todos los demás países, como países del capitalismo”37.

La exclusión antidialéctica de estos dos “grupos de contradicciones” permitirá a Stalin desarrollarlas unilateralmente por separado y, así, plantear tareas sin ninguna vinculación entre los dos “grupos”, para llegar a conclusiones, cuando menos, paradójicas. Según él, el tratamiento correcto de las contradicciones “interiores”, sobre todo la salvaguarda de la alianza del proletariado con el campesinado, permitirá edificar en la URSS “la sociedad socialista completa”; mientras que si se logra conjurar el peligro de intervención extranjera, rechazándose por este medio el peligro de restauración capitalista, en la URSS se podrá contar con el “triunfo definitivo del socialismo”38.

Con el problema de la restauración, Stalin rompe el vínculo entre la lucha de clases nacional e internacional del proletariado. Diferir el problema de la restauración como una amenaza exclusivamente de origen externo, termina de cerrar la posibilidad de detectar las bases socioeconómicas de ese peligro que genera permanentemente la sociedad de transición en su interior. Este planteamiento ponía a la teoría del socialismo en un solo país en plena concordancia con todo ese grupo de tesis recientemente incorporadas, según las cuales en el sistema soviético no predominaba la forma económica del capitalismo de Estado, porque la propiedad jurídica de los medios de producción en manos del Estado de dictadura del proletariado los convertía en elementos socialistas; en consecuencia, no existían contradicciones antagónicas en el régimen interno de esta forma económica que pudieran favorecer el ascenso de la burguesía, ni que pudieran incubar el peligro de la restauración. Tesis que, por su parte, Stalin compartía plenamente. Cuando, a partir de principios de los años 30, con la colectivización en masa, desaparezca el peligro kulak, la tesis del peligro exterior como única posibilidad aceptada de restauración quedará definitivamente asentada, y, por esta vía, abiertos los cauces para el libre desarrollo de los elementos de la restauración capitalista desde el interior de la sociedad soviética.

Por otro lado, aislar el problema de las posibilidades del desarrollo social del país de la lucha de clases internacional, permite a Stalin proyectar el desenvolvimiento de la formación social soviética hasta extremos inauditos. Edificar la “sociedad socialista completa” significaba, en la práctica, llevar hasta su punto culminante las tesis de que la supresión de la propiedad privada significaba la supresión de las clases; de que, entonces, desaparecería la lucha de clases y la necesidad de la dictadura del proletariado -relegada, definitivamente, a superestructura política sólo necesaria durante el periodo de transición al socialismo-; de que, así las cosas, de lo que se trataba era de implementar al máximo el desarrollo de las fuerzas productivas desde la técnica moderna (de ahí la obsesión por la industrialización siguiendo el modelo occidental), y, sobre la base de la gran industria socialista, ir liquidando el resto de las formas económicas.

Al final, la teoría del socialismo en un solo país se convierte en el receptáculo donde se recogen y se llevan a su extremo último las formulaciones más revisionistas del bolchevismo, organizándose, en un discurso internamente coherente que difícilmente podía servir a los intereses del proletariado. Muy al contrario, al calor de esta línea política la burguesía irá escalando posiciones hasta la completa restauración del capitalismo. Una vez en el poder, los Kruschev, Breznev y demás cabecillas de la nueva burguesía en el poder no tendrán que esforzarse mucho para dar un sostén teórico a su sistema de dominación: únicamente tenían que llevar un poco más allá las tesis articuladas por Stalin. La teoría de la emulación pacífica entre socialismo y capitalismo es hija directa de la línea defensista e instrumentalizadora de la lucha internacional de la clase obrera; la teoría del partido de todo el pueblo y del Estado de todo el pueblo, de la tesis de la supresión de las clases en el socialismo y de la innecesaria dictadura del proletariado. Y todo ello, en suma, de una teoría errónea del periodo de transición.

En este somero repaso de la experiencia del proletariado revolucionario durante el Ciclo de Octubre, nos hemos limitado a observarlo en el terreno teórico e ideológico de su evolución. Naturalmente, para una exposición completa de esa experiencia y para un análisis ilustrativo que sirva completamente a su comprensión y a la asimilación de sus lecciones para preparar las bases del próximo ciclo, es preciso abordar el resto de las esferas sociales, en su interrelación, así como la experiencia de la revolución en todos los países donde tuvo lugar. Sin embargo, la exposición que aquí hemos ofrecido es importante porque demuestra que la cuestión del carácter de las premisas ideológicas de las que partió del Ciclo de Octubre se sitúa en primer plano a la hora de tratar sobre las circunstancias y factores que abocaron finalmente al fracaso del proletariado en ese primer ciclo y a su clausura definitiva. Por supuesto que la explicación teorética es unilateral y puede conducir a impresiones alejadas de la realidad acerca del papel desempeñado por ciertos líderes en el desarrollo de los acontecimientos. Probablemente, Stalin sea uno de los más perjudicados en este sentido. Una investigación multilateral que incorpore los procesos políticos y económicos de cada etapa de la lucha de clases explicará mejor y de una manera más científica el porqué de determinadas posiciones políticas o formulaciones teóricas, posiblemente no tan alejadas en la práctica de los intereses del proletariado. Sin embargo, este repaso general de los problemas de contenido ideológico que se suscitaron durante el Ciclo de Octubre sí nos da una orientación de partida sobre el desarrollo de los acontecimientos. Y lo que es más importante, nos ilumina en la importancia del factor ideológico en la revolución, y en la necesidad de practicar la crítica sistemática y permanente, en coherencia con el marxismo, del carácter y de las posibles servidumbres de las premisas teóricas de las que partimos, heredadas o elaboradas, a la hora de hacer frente a los quehaceres de la revolución. Si el presente trabajo ha servido para extraer aunque sólo sea esta lección de la experiencia del pasado ciclo revolucionario, habrá merecido la pena, incluso, equivocarse.

http://www.nodo50.org/mai/Documentos/Fenix/Stalin%20Del%20Marx%20al%20Revis/IndiceStalin.htm

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