Nueva Orientación en el camino de la Reconstitución del PC

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El presente documento es el resultado de un periodo de reflexión y valoración global de la experiencia en la aplicación, el desarrollo y la difusión de nuestro proyecto de Reconstitución del Partido Comunista a lo largo de una década (1994-2003).

I. Balance y Rectificación

Una autocrítica

En el balance de nuestra trayectoria, nos hemos dirigido a la revisión de algunos de los ejes en torno a los que giraba el Plan de Reconstitución, principalmente el relacionado con el carácter y definición de las premisas ideológicas desde las que partimos, y el que se refiere a la naturaleza de nuestra organización como destacamento de vanguardia, en sí mismo y en el contexto general del movimiento de vanguardia actual. De esta revisión y sus consecuencias ha resultado la necesidad de iniciar un movimiento de rectificación en nuestro estilo de trabajo y en nuestra línea táctica, en el sentido de adecuar mucho más el objetivo de la Reconstitución del Partido Comunista a las reales circunstancias hoy predominantes en el movimiento comunista, en el movimiento obrero y dado el presente estado de la lucha de clases proletaria.

En cuanto al basamento ideológico, hemos llegado a la conclusión de que fundamentarlo exclusivamente en el estudio de las fuentes clásicas del marxismo-leninismo, agregándole un balance de la experiencia histórica de construcción del socialismo (entendiendo balance casi exclusivamente como depuración de errores tácticos e, incluso, estratégicos, pero sobre todo de errores de orden político ), resultará del todo insuficiente desde la perspectiva de la asunción de la ideología del proletariado como punto de partida de todo proyecto revolucionario. En primer lugar, porque nuestro análisis de la Revolución de Octubre –hasta el punto en que lo hemos realizado – nos ha conducido a adoptar una posición crítica respecto de lo que denominamos Ciclo de Octubre , en lo que se refiere a muchas de sus construcciones teóricas factuales (y también a bastantes de sus construcciones políticas), desde el punto de vista de su validez universal y actual. La obra de Octubre nos ha legado un tesoro de experiencias revolucionarias. Pero también nos aporta un sinnúmero de elementos ideológicos y políticos, insertos en el discurso revolucionario, que más bien son hijos de la necesidad práctica del momento o del acuerdo coyuntural del marxismo y el proletariado revolucionario con otras fuerzas políticas o sociales ante determinadas circunstancias que, si bien fueron pasajeras, dejaron una huella permanente en el discurso marxista sin recibir la pertinente crítica depuradora una vez superadas esas coyunturas. El marxismo que nos lega Octubre, pues, está cargado de resonancias del pasado, de expedientes agregados por las dificultades de cada momento político, arrastra los sedimentos aluviales que han ido depositando alianzas políticas, compromisos ideológicos y, no las menos veces, su deficitaria comprensión e inadecuada aplicación. No todo lo que ha pasado tradicionalmente por marxismo o por leninismo era realmente marxismo o marxismo-leninismo.

Es cierto que, como todo fenómeno social, el marxismo como formación ideológica es un producto histórico, está determinado por su tiempo y por las circunstancias que rodean a la época en que surge y se desenvuelve (sobre todo por el grado de desarrollo del proletariado y de su lucha de clase). En este sentido, no puede hablarse de compendio de verdades absolutas, ni de ideas eternas habitantes ex tempore de supralunares mundos platónicos siempre dispuestas a encarnarse terrenalmente en cualquier momento. Pero si el marxismo no es un idealismo –aunque a esto lo hayan reducido los dogmáticos de todo tipo–, tampoco puede asociársele con el relativismo social. Ciertamente, el marxismo es hijo de una época, la del capitalismo, y en este sentido es contingente e, incluso, convencional; pero que deba o pueda adaptarse a las exigencias del cambio social no significa que sea en esta cualidad donde reside su potencia como ideología, sino en algo permanente como son unos graníticos cimientos incólumes e inamovibles en forma de principios revolucionarios y de clase claramente definidos. Y es en estos principios donde anida el valor universal del marxismo, el ámbito a través del cual conecta, desde la práctica revolucionaria del proletariado, con la secular tradición que ha mantenido vivo el ideal emancipatorio de la humanidad. Forzar el fino hilo que señala la línea de equilibrio en la coherencia interna del discurso marxista (por ejemplo, entre sus monolíticos principios y la flexibilidad de sus tesis políticas) significa desvirtuarlo. Y no pocas veces ocurrió esto durante el Ciclo de Octubre, pasando a formar parte de su actual herencia todo un conglomerado de desviaciones teóricas e interpretaciones unilaterales ajenas al criterio del verdadero espíritu marxista. Por ejemplo, nadie puede negar la importancia que tiene para el marxismo la relación entre la clase obrera, entendida como movimiento de masas, y la conciencia de clase. No podemos negar la importancia del movimiento espontáneo de la clase, de su lucha de resistencia contra el capital porque, entonces, negaríamos la base materialista del marxismo como teoría; pero, si exageramos este aspecto hasta caer en el obrerismo (practicismo, sindicalismo y, en un plano más filosófico, empirismo), negamos el papel de la conciencia y, en consecuencia, dinamitaremos la base dialéctica del marxismo. Ambas desviaciones se dieron durante el pasado ciclo revolucionario –e, incluso, lo dominaron–, sobre todo la segunda. Lo que, en definitiva, demuestra la experiencia de Octubre es que, desde el punto de vista de su desarrollo como ideología guía de la lucha de clases proletaria, el marxismo ha terminado conformando un cuerpo doctrinal en cuyo seno cohabitan elementos extraños cuyo peso específico terminó por desfigurar el perfil de su primigenia formulación como teoría filosófica y, tras ello, por debilitar las posiciones políticas del proletariado. En consecuencia, la tarea de recurrir al marxismo como referente ideológico del proyecto revolucionario ofrece una dificultad en forma de contradicción: por un lado, contamos con la definición clara de las premisas y categorías conceptuales de la doctrina desde su primera formulación; pero esto resulta del todo insuficiente para encarar las tareas presentes de la Revolución; de modo que, por otro lado, tenemos un rico, complejo y multifacético desarrollo teórico del marxismo que es preciso abordar críticamente para separar el grano de la paja, lo que es verdadero aporte a la teoría proletaria, en consonancia con sus postulados gnoseológicos, de lo que no lo es. En último término, es preciso concluir que no es posible recuperar el marxismo o el marxismo-leninismo como referencia ideológica sin una labor de reelaboración , en el sentido de depuración de los contaminantes y elementos extraños que aún le acompañan -como demuestran las distintas versiones que todavía compiten de la mano de un sinfín de organizaciones más o menos revolucionarias- y de aprehensión crítica de todo su desarrollo que nos permita situar aquel punto de partida ideológico a la altura de las exigencias de la preparación de un nuevo ciclo revolucionario.

En segundo lugar, no sólo se precisa como basamento ideológico la reelaboración del marxismo desde sí mismo , por decirlo así, sino también es preciso que esa reelaboración se adecue al estado alcanzado por el saber de la humanidad. La doctrina elaborada por Marx y Engels cumplió en su día con esta condición, y lo mismo cabe decir del aporte de Lenin. En ambos casos, hubo una reelaboración de un legado teórico recibido y en ambos casos esa reelaboración se realizó en relación con los progresos del conocimiento científico. Naturalmente, el aporte cualitativo de Lenin al pensamiento no tiene el mismo significado que el de Marx y Engels: éstos crearon una nueva concepción del mundo distinta de la que recibieron, mientras que aquél desarrolló una cosmovisión ya existente. Sin embargo, también es importante señalar que lo que recibió Lenin como doctrina teórica no era una reproducción totalmente fiel del conjunto de ideas elaboradas por Marx y Engels, debido a que el marxismo que recibió era más bien la particular lectura y adaptación de la doctrina de Marx y Engels realizada por la socialdemocracia europea. Los méritos y limitaciones del aporte teórico leniniano deben apreciarse teniendo en cuenta esta circunstancia.

En cuanto a la parte del proceso de rectificación que se refiere a nuestra organización como destacamento de vanguardia, la elevación de los requisitos ideológicos nos ha obligado a repensar nuestro trabajo político centrado en la propaganda y a comprender la necesidad de incorporar otro objetivo más a las labores del destacamento de vanguardia: la construcción de cuadros comunistas . El hondo calado de la tarea de recuperar las bases ideológicas del proyecto revolucionario, unido al resultado del balance de la situación actual de la vanguardia proletaria en su conjunto y de nuestra situación en ella, nos ha permitido comprender la insuficiencia del mecanismo político orquestado en torno al eje estudiar-propagar (estudiar los principios del comunismo y hacer propaganda de ellos; investigar la experiencia histórica del socialismo y propagar las conclusiones; analizar las condiciones de la Revolución Proletaria y difundirlas, etc.), mecanismo que ha articulado el trabajo fundamental de todas las organizaciones de vanguardia hasta hoy, incluyendo a la nuestra, que se diferencia de las demás sólo por el rigor en la aplicación de esas tareas y por el contenido de la línea política, pero no en la incapacidad manifiesta –debido a inercias de la cultura revisionista que sobrevivían en nuestro estilo de trabajo– para preparar el despliegue en toda su amplitud de esa línea y disponer los cauces que lo hagan posible cuando ella vaya encarnándose en movimiento revolucionario. Se requiere, entonces, una nueva vertiente en la proyección del trabajo político comunista, que ya no puede limitarse a adoptar como referencia única a las masas, los problemas de su dirección revolucionaria y de su elevación consciente (referencia hacia abajo ), sino que es preciso que sea recuperada la referencia del Comunismo como objetivo final en nuestra política, que el objetivo más alto juegue también un papel fundamental en nuestro trabajo, desde el punto de vista de la planificación de los objetivos políticos y como acicate para la constante autoelevación de la vanguardia como garantía de continuidad a largo plazo del proceso revolucionario (referencia hacia arriba ). Por decirlo de una manera sintética y para resumir, ya no es suficiente la consigna de K. Liebknecht, vigente durante todo el periodo preparatorio del Ciclo de Octubre: ¡Estudiar, organizar, hacer propaganda! . En la preparación del próximo ciclo, el problema de la relación de la vanguardia con el movimiento de masas o del Partido con la clase, el problema de los medios de la Revolución, en definitiva, no colmará completamente de contenido la política proletaria; también resultará imprescindible abordar la cuestión del factor consciente, la cuestión de la relación del sujeto revolucionario con el objetivo revolucionario, la cuestión de la construcción de lo nuevo desde la conciencia (algo resuelto con demasiada espontaneidad e improvisación durante el Ciclo de Octubre). Durante el Primer Ciclo se pensó, sobre todo, en cómo ganar la dirección de las masas. Tal vez, la dura competencia que imponía la lucha de clases absorbió toda la atención en este cometido; el caso es que se olvidó con demasiada frecuencia pensar en el adónde dirigir a esas masas. La política proletaria, así, terminó perdiendo el rumbo y alimentándose cada vez menos del elevado objetivo de la emancipación y más de sí misma y del puro y simple movimiento de masas (recayendo continuamente en el seguidismo y el posibilismo).

Pero ya desarrollaremos en lo concreto todos estos aspectos en las páginas siguientes. Ahora, lo que importa resaltar es que la reflexión sobre las tareas políticas que impone la Reconstitución del Partido nos ha permitido adquirir mayor conciencia de la naturaleza del proceso mismo y de la creciente complejidad de sus requisitos, aún más exigentes ideológica y políticamente que lo que en un principio, hace más de una década, pudo parecernos.

La vanguardia, hoy

Antes de pasar a abordar esos nuevos requisitos que complican el Plan de Reconstitución, señalaremos alguno de otra índole que nos permitirá mostrar que no son sólo las premisas de corte teórico y organizativo las que han sido modificadas por el curso de la historia, sino también otras, objetivas, de corte sociológico y político, situadas en esferas muy alejadas de la influencia directa de nuestra actividad, y que determinan en grado sumo la naturaleza del problema de la preparación de un nuevo ciclo revolucionario, condicionando desde el primer momento el modo como debe ser abordado y el carácter de las tareas y de los instrumentos que para cumplir con ellas se necesitan. En particular, se trata del punto de partida que adopta la vanguardia ante el ciclo revolucionario y, más en concreto, de las consecuencias políticas que acarrea su diferente posición de inicio en la historia.

Efectivamente, en la fase de preparación del Ciclo de Octubre, la vanguardia ideológica del proletariado estuvo constituida principalmente por intelectuales de extracción social burguesa. Dominó el tipo de “ideólogos burgueses que se han elevado teóricamente hasta la comprensión del conjunto del movimiento histórico”[1] que describieron Marx y Engels en el Manifiesto comunista . Esta vanguardia ideológica asumió y elaboró el socialismo científico y el programa revolucionario y los llevó al movimiento obrero, fundiéndose con él en forma de organización revolucionaria. La táctica de construcción partidaria durante el Primer Ciclo Revolucionario estuvo determinada estrechamente por esta circunstancia histórica. Tanto las organizaciones de la clase obrera que protagonizaron el periodo de acumulación de fuerzas (partidos de la II Internacional) como el partido de nuevo tipo que protagonizó el asalto al poder se construyeron sobre esa misma premisa histórica, premisa que definió una táctica de construcción política (constitución del Partido) basada en la asociación de dos elementos plenamente configurados, pero en principio externos entre sí. Los manifiestos ideológicos y los programas políticos de los revolucionarios eran debatidos, redactados y proclamados por los círculos marxistas y acercados posteriormente a la clase en su movimiento espontáneo. Esta mecánica de fusión de factores políticos externos tenía la ventaja para el proletariado de que la teoría revolucionaria, como algo asumido y elaborado, formaba parte integrante de su movimiento ya desde el comienzo. El inconveniente, sin embargo, consistía en que la fusión como clase revolucionaria de esos dos factores ajenos cristalizaba sobre todo en forma de organización, de aparato político (más agitativo que propagandístico y más propagandístico que teórico), mientras que el problema de la asunción colectiva de la teoría revolucionaria por parte de los sectores avanzados del movimiento obrero era abordado y resuelto de modo incompleto. Esto, naturalmente, supondrá el pago de un alto precio a largo plazo; pero, a la corta, la rápida implementación del movimiento revolucionario esclarecía cualquier duda, sobre todo cuando –como en el caso del partido que abrió el Primer Ciclo de la Revolución Proletaria Mundial, el partido bolchevique– los acontecimientos históricos apremiaban –rápido ascenso de la revolución democrática y del movimiento obrero de masas en Rusia– y era preciso tomarles la delantera.

Terminado el Ciclo de Octubre, se nos plantea la pregunta: ¿goza la vanguardia actualmente, en el período preliminar al próximo ciclo revolucionario, de la misma posición de partida? La respuesta es negativa. En la actualidad y por la experiencia de las últimas décadas (sobre todo desde que terminó la última gran ofensiva proletaria, a finales de los 70), no existen sectores desclasados de la burguesía dispuestos a recoger el bagaje teórico del socialismo científico para aportarlo al movimiento obrero. Puede que se den casos aislados, individuos que sí estén dispuestos a cumplir ese papel, pero ya no se trata de un fenómeno social como ante el Primer Ciclo Revolucionario. Sin embargo, el problema de partida sí continúa siendo el mismo: la teoría revolucionaria , como suma del saber universal y de la síntesis de la experiencia de la lucha de clase del proletariado, no puede ser elaborada en el seno del movimiento obrero, sino fuera de él [2]. Por tanto, sigue vigente el mecanismo de fusión de factores políticos externos que una vez transformó al proletariado en clase revolucionaria; pero, en la actualidad, el proletariado no domina esos factores: la deserción histórica de la revolución del intelectual burgués le ha dejado huérfano del principal de ellos, la teoría de vanguardia. A la clase obrera se le plantea, pues, del modo más acuciante, un problema históricamente nuevo, que deberá afrontar y resolver con sus propias fuerzas y recursos, problema que consiste en suplir el papel de vanguardia ideológica que jugó en su día la intelectualidad burguesa. El obrero consciente de nuestros días debe elevarse hasta alcanzar la posición de depositario y guardián de la teoría, estudiando, elaborando y asimilando la ideología con el fin de cumplir con el primer requisito de la revolución, su fusión con el movimiento práctico. Nuestra época se caracteriza –al menos en los países imperialistas– por que la mayoría de quienes luchan por la recuperación del objetivo del Comunismo y por la recomposición del movimiento revolucionario del proletariado son obreros, lo cual nos obliga a pensar que los nuevos procesos de construcción revolucionaria comportan para la clase obrera la carga añadida de sustituir a aquél que desde fuera le traía la ideología necesaria para su emancipación. Los sectores de avanzada del proletariado deberán, por tanto y consecuentemente con todo lo que ello implica desde el punto de vista de la labor política, cubrir la transición que le llevará a salirse del movimiento espontáneo de la clase y asimilar la ideología consumando la función de vanguardia ideológica (teórica) del viejo intelectual, para volver, luego, a fundirse con la clase como vanguardia revolucionaria efectiva . La Reconstitución del partido proletario debe dedicar una parte amplia de sus tareas a satisfacer los requisitos de esa transición, principalmente durante sus primeras etapas. En la nueva era revolucionaria que se abre, pues, la contradicción entre teoría y práctica se resuelve dentro del seno de la clase obrera tras un proceso de escisión-fusión con su vanguardia, proceso más largo (en lo político y también, con toda probabilidad, en lo temporal) que el de simple fusión del Primer Ciclo Revolucionario, pero que permitirá acometer los procesos de construcción del Partido y del Socialismo desde una visión más profunda y con mayores garantías de éxito.

La conquista completa de la posición de vanguardia ideológica por parte del sector más consciente del proletariado –conquista que implica todo un periodo de luchas entre sus diversos destacamentos– significa un cierto repliegue desde el punto de vista de la Tesis de Reconstitución , pues en esta tesis política se presupone conquistada ya esa posición. Pero, precisamente, ha sido su aplicación a través del Plan de Reconstitución lo que nos ha conducido a la conclusión de que es necesario dar un paso atrás en las expectativas políticas y replantear o, mejor dicho, plantear de forma concreta el problema de las condiciones previas necesarias para que la cuestión de la dialéctica vanguardia ideológica-vanguardia práctica, la cuestión de su unidad en forma de Partido Comunista, fructifique del mejor modo. Todo esto supone un mayor recorrido político para el proceso de Reconstitución, pero, al mismo tiempo, un marco mucho más amplio para resolver, de manera más satisfactoria y con mayores garantías que tuvieron los revolucionarios que protagonizaron el Primer Ciclo, la cuestión de colocar siempre a la ideología al mando de todo el proceso de construcción y transformación revolucionarias hasta el Comunismo. Y, en particular, ahora mismo, esa nueva perspectiva nos concede una mejor visión y un más amplio margen para aplicar correctamente el Plan de Reconstitución.

Notas:

[1]MARX, K. y ENGELS, F.: Obras escogidas . Madrid, 1975. Tomo 1, pág. 32.

[2]Esta cuestión es crucial. Lo saben los revisionistas y liquidadores del marxismo, por eso siempre está en el objetivo de sus ataques más feroces. El último de ellos lo ha protagonizado una experimentada profesional del desprestigio del marxismo, Marta Harnecker. Esta renegada, metida a sacerdotisa de la lucha espontaneísta de las masas, ha montado toda una teoría –nada original, por cierto – precisamente sobre la revisión de este principio del marxismo-leninismo acerca de la naturaleza y los tipos de la conciencia social. Harnecker admite que la conciencia de clase “ilustrada” se elabora fuera del movimiento obrero práctico porque no puede negar la evidencia; pero sí niega que esta forma de conciencia sea la verdadera y única conciencia de clase proletaria, porque, según ella, la clase obrera, en su lucha de resistencia, adquiere conciencia de clase de manera natural, una conciencia que ya es diferente e independiente de la ideología burguesa, y, por añadidura, también distinta del socialismo científico. La finalidad de éste consiste, únicamente, en dotar a aquélla de más coherencia y fortaleza, siendo ella la que debe nuclear el trabajo de la vanguardia con el fin de evitar la construcción de partidos revolucionarios sabihondos, empeñados hasta la manía en formar en la teoría a los militantes en lugar de incitarlos a la lucha y educarlos en ella, sin “contacto real con la gente” y obsesionados por “controlarla” y “suplantarla”. Como se ve, más de un siglo después, Harnecker reedita la polémica de Lenin con los economistas socialdemócratas rusos, colocándose, en esta ocasión – a diferencia del adoptado de palabra en otro tiempo – , del lado de los Martínov y Krichevski de entonces, y con los Ludo Martens y Nines Maestro de hoy. Por otro lado, además, nuestro nuevo paladín de la lucha de resistencia (al que nunca, por cierto, se le ha conocido, en su larga trayectoria, por dirigir alguna lucha popular concreta, sino exclusivamente por su trabajo intelectual , dedicado a la, ahora tan nefasta, teoría y a destrozar el marxismo al pretender divulgarlo) enfila directamente contra los supuestos básicos de la estrategia y la táctica marxistas-leninistas: el carácter de clase del partido y su papel de vanguardia, la cuestión del poder como problema central de la revolución, la hegemonía de la clase obrera, la Dictadura del Proletariado, etc. (ver, Harnecker, M.: Acerca del sujeto político capaz de responder a los desafíos del siglo XXI . Ponencia ante la Conferencia Internacional “Carlos Marx y los desafíos del siglo XXI”; La Habana, mayo de 2003 [en línea] 27 de abril de 2003 [consulta: _ 27/08/04] _ < http://www.nodo50.org/cubasigloXXI/congreso/Harnecker27abr03.pdf > ). Su toma de posición, de ser aceptada, nos haría retroceder, igualmente, un siglo en la experiencia adquirida por el movimiento obrero revolucionario. El gran peligro que representa Harnecker es el de todo el economicismo, el halago servil de la lucha espontánea de las masas, su postración ante ella, precisamente en una época en la que – como veremos más adelante – la construcción ideológica y política del proletariado revolucionario tiene que ser iniciada en el seno mismo de las filas de la clase obrera, entre sus destacamentos de vanguardia. Este tipo de mensajes persigue adular al obrero medio, situándolo en el centro de la lucha de clases proletaria en la actual etapa, con lo que sustrae a sus elementos más conscientes el necesario protagonismo, tirando hacia atrás de ellos y desviando la atención de las verdaderas tareas del momento, impidiendo la elevación política y teórica (revolucionaria) de su vanguardia y, con todo ello, obstaculizando la construcción del principal instrumento político del proletariado, el partido de nuevo tipo leninista. Más aún, las añejas tesis de Harnecker son doblemente peligrosas porque están siendo difundidas, en su caso, por un personaje conocido y de cierto prestigio e influencia (funesta, pero influencia al fin y al cabo), procedente de la corriente predominante del movimiento comunista internacional del Primer Ciclo Revolucionario y que presenta sus ideas como el balance correcto y adecuado de esa experiencia histórica para toda esa tradición, que va de Marx a la III Internacional. Es preciso, por tanto, combatir esta línea oportunista, porque oculta a la clase que pretende recuperar concepciones políticas derrotadas cuando no aplicadas y fracasadas durante aquella experiencia histórica, siendo en consecuencia falsas y engañosas; porque oculta que su propuesta política no es resultado de un verdadero balance, sino la simple proyección en el tiempo – bajo nuevas condiciones, bajo las condiciones del ciclo revolucionario terminado – de la misma línea oportunista y revisionista que esa corriente mayoritaria del viejo movimiento comunista internacional, al que ella pertenecía, venía aplicando desde hacía muchas décadas; y porque el halo de prestigio que utiliza esta señora lo ha conquistado gracias al apoyo de la burguesía en pago a sus servicios en la vulgarización y desnaturalización del marxismo.

Ser y conciencia

Pero existe otro aspecto en todo este asunto que nos permite afirmar que, a pesar de que los requisitos para la Reconstitución del Partido Comunista son hoy más amplios y exigen mayor esfuerzo para su cumplimiento, su punto de partida se sitúa en un plano históricamente superior al del periodo anterior a 1917. Se trata de las causas y las consecuencias que acompañan a aquel abandono de las posiciones de vanguardia de la intelectualidad burguesa que hemos resaltado como característico de nuestra época. No es que haya perdido vigencia la tesis marxista que explica este fenómeno del paso de ciertos sectores de la intelligentsia burguesa a las filas del proletariado, tesis que señala que “el proceso de desintegración de la clase dominante, de toda la vieja sociedad, adquiere un carácter tan violento y tan patente que una pequeña fracción de esa clase reniega de ella y se adhiere a la clase revolucionaria, a la clase en cuyas manos está el porvenir”[1], sino que, sencillamente, esa “fracción” ya no ostenta, como en el tiempo en que esta cita fue escrita, el papel de vanguardia ideológica. Naturalmente, el proceso de descomposición del capitalismo y de su clase dirigente continúa. Quizá no haya mejor prueba de ello que el hecho de que ya no pueda gestionar el sistema sin el concurso de la aristocracia obrera. Su crisis ha provocado el falso reflejo de una inversión del proceso de descomposición social, como si éste estuviese afectando más a la clase obrera (todos los seudodebates sobre la supuesta desaparición de la clase obrera o de su transformación en clase media , etc., tienen este trasfondo); pero el desclasamiento arribista de una fracción del proletariado no demuestra sino su vigor y sus posibilidades de futuro, mientras la creciente dependencia de la clase antagónica que experimenta el capital para dar continuidad a su sistema de explotación (ya sea porque necesita el apoyo activo de la aristocracia obrera, ya sea por la pasividad revolucionaria de las masas, para lo cual aquélla juega un papel nada desdeñable) evidencia el estado de desintegración de la burguesía. Efectivamente, igual que durante el período de descomposición del Antiguo Régimen y de promoción política de la burguesía, el hecho de que algunos de sus elementos más acaudalados comprasen títulos nobiliarios expresaba más el ascenso de la nueva y futura clase dirigente que la vigencia de las clases feudales como referencia político-social, la participación de un sector privilegiado de la clase obrera en el reparto del pastel de la explotación y de la dominación capitalistas no significa que la burguesía mantenga su prestigio y sólida su posición social, sino que, muy al contrario, es la señal que da paso, una vez más en la historia, al ascenso de una nueva clase revolucionaria. Por otra parte, sin embargo, en determinadas coyunturas políticas de repliegue de la Revolución Proletaria, como la actual, el proceso de desintegración y desclasamiento de la clase dominante se ralentiza, y se abre el abismo social e intelectual entre las dos clases principales, dando la errónea impresión de que la derrota del proletariado en el Primer Ciclo Revolucionario ha sido definitiva y su propuesta de progreso ha perdido todo valor y vigencia, incluso para aquella parte de la inteligencia burguesa que busca una salida a la desintegración del modo de producción capitalista. Pero, insistimos, esto sigue siendo un espejismo: la causa de fondo consiste en que esos elementos de procedencia burguesa no es que no quieran, es que ya no pueden adoptar la posición de la vanguardia ideológica. Por esta razón, la contribución de la intelectualidad burguesa a la causa de la Revolución Proletaria se hará significar más en etapas posteriores a la Reconstitución del Partido Comunista y en tareas relacionadas con la aplicación y el desarrollo, en su sentido amplio, de su Línea y de su Programa (y menos en la elaboración original de ambos). Por esta razón, también, en coyunturas desfavorables se reduce o desaparece el goteo de elementos burgueses hacia el proletariado, porque aún no está desbrozado el campo en el que puedan germinar las semillas que quieran aportar en el arduo camino de la abolición de las clases.

La Tesis de Reconstitución advierte ya sobre la importancia de prestar atención a la originalidad histórica del proletariado a la hora de comprender los saltos cualitativos en el desarrollo social. La unidad de medios (lucha de clase del proletariado como tal clase) y objetivos (emancipación de la humanidad) que esta clase social porta como peculiaridad cuando pisa el escenario de la historia conllevan implicaciones globales para la lucha de clases en su conjunto, pero también para determinados sectores especiales dentro de las clases, como son la intelectualidad y los sectores cultos de las clases poseedoras. La previsión de la crisis social y de la necesidad del cambio histórico, ya fuera de modo consciente o inconsciente, ya de forma favorable o contraria, ha sido siempre atributo de esas capas sociales, desde la Antigüedad al capitalismo. Pero aquí la actividad intelectual respecto al cambio se presenta fuera del proceso de transformación social; el movimiento intelectual se muestra ajeno al movimiento social y lo observa simplemente como objeto, desde una actitud externa y pasiva de sujeto contemplativo. El estoicismo, el individualismo y el nihilismo social con que los filósofos de las escuelas helenísticas y latinas pusieron de manifiesto la crisis del mundo antiguo, o el criticismo racionalista con que los pensadores ilustrados destruyeron los cimientos espirituales de la sociedad feudal, resumen el modo cómo participaron las elites cultas en dos importantes épocas de transición entre sociedades diferentes. Bajo el dominio de la burguesía, sin embargo, la actitud de observador filantrópico de los reformadores sociales alcanza su límite cuando Marx interpone el imperativo de la transformación del mundo por encima del de su interpretación o simple contemplación. Pero el mismo Marx –al igual que todos los socialistas de su época– no pudo superar ese límite. Antes de 1917, el marxismo es la teoría crítica más avanzada de la época ( crítica revolucionaria ), es la expresión más alta de la conciencia social (la teoría de vanguardia , como la definía Lenin), pero que aún no ha podido realizarse como teoría realmente transformadora, que todavía no ha podido unirse al proceso del desarrollo social: lejos de haberse fundido con el ser social en una única totalidad histórica, todavía lo contempla desde fuera .

La unidad entre el ser social y la conciencia, unidad que implica la mutua transformación dialéctica de ambos elementos y que pone en marcha un proceso de autotransformación (desarrollo consciente) de la sociedad, tendrá lugar con la constitución del organismo social capaz de conseguir la fusión entre la teoría y la práctica social, del organismo social capaz de dar al mismo tiempo un contenido material a la teoría y de inducir una dirección consciente al devenir histórico. Este organismo social es el partido de nuevo tipo que diseñó Lenin en sus rasgos fundamentales (y que, probablemente, constituye su principal aporte al marxismo). En el partido de nuevo tipo leninista, en el Partido Comunista, se funde la teoría, la labor intelectual pura , con la práctica inmediata en una actividad de progresiva transformación de la realidad. Aquí, el ser social ya no es contemplado, regido o dictado desde fuera por la conciencia; aquí, nos encontramos ante el ser social autoconsciente en proceso de autotransformación y desarrollo. Aquí, por fin, el viejo intelectual metido a reformador social, el mejor legado de las elites cultas de las clases dominantes y última expresión del saber subjetivo , del sujeto consciente que no se funde con el objeto, desaparece como tal, desaparece como figura independiente en la historia. A partir de este momento rinde su estandarte de abanderado del progreso y se somete a la dialéctica implacable de la lucha de clases: o se integra en el organismo revolucionario, donde perderá su título de intelectual individual, pero se sumará al intelectual colectivo que encabeza el movimiento de transformación consciente del mundo; o bien, la estúpida vanidad ególatra le llevará a ponerse al servicio de las clases reaccionarias y de la contrarrevolución, so pretexto de una pretendida libertad intelectual .

Antes de la experiencia revolucionaria del Ciclo de Octubre, ser y conciencia se desarrollaban por cauces paralelos. La tecnología, la forma de aplicación de las ciencias experimentales a la realidad, principalmente a la producción capitalista, es el modo en que la burguesía ha llegado más lejos en el problema de unificar teoría y práctica. La representación de la realidad a través de leyes objetivas y la abstracción del mundo desde las reglas que rigen su movimiento facilitó la racionalización de la experiencia a través de la intervención desde esas leyes y reglas (ciencia) con instrumentos inspirados en ellas (tecnología). La técnica, pues, sería el punto de convergencia entre una concepción del mundo racionalista y la racionalización de un mundo que el sujeto va transformando a su imagen y semejanza. Pero se trata de un método espurio, ya que la aplicación de la tecnología se basa en el principio de verificación y de reproducción de las leyes objetivas, y no admite ningún principio de transformación de esas leyes como realidad por parte del sujeto consciente, el cual, a su vez, es concebido como entidad separada del objeto sobre el que ejerce su actividad. Por el contrario, a partir de 1917, cuando se inicia por primera vez en la historia un proceso provocado, encabezado y dirigido, a diferencia de todos los procesos similares anteriores, con un alto componente de espontaneidad y en gran medida productos finales del agregado de innumerables sucesos aleatorios –y nunca de una única iniciativa consciente con medios y fines definidos–, por un organismo político colectivo cohesionado ideológicamente, aquellos dos cauces paralelos convergen en un proceso revolucionario de transformación de la totalidad social, donde la actividad cognitiva no es ya una actividad de aprehensión y verificación de la realidad, sino de cambio de esa realidad, y donde el desarrollo de la misma no puede separarse de la constante revolucionarización de nuestras premisas conceptuales, de nuestra concepción del mundo. La Revolución de Octubre abre una nueva era en la que el sujeto consciente es un organismo social con capacidad para transformar la realidad objetiva en un proceso creativo de integración que abrirá nuevos estadios de desarrollo y organización para las comunidades humanas. Después de terminado el ciclo revolucionario que abrió Octubre, en la parrilla de salida del nuevo ciclo no se sitúa ya el intelectual individual armado con su teoría crítica: el desarrollo histórico exige que en el punto de partida se encuentre el organismo capaz de desbrozar el camino del progreso social a través de una total transformación del mundo, el Partido Comunista. Históricamente, por tanto, el debate sobre el papel del intelectual en la sociedad o ante el progreso ha perdido vigencia, ha caducado, ya no está en el orden del día. Consumado el Primer Ciclo Revolucionario, plantear la cuestión de la emancipación significa poner en primer plano el problema del Partido Comunista, el de su naturaleza y todas las cuestiones relacionadas con los requisitos para su construcción.

Tomando todo esto en consideración, afirmamos que, en comparación con el Primer Ciclo, la preparación del segundo ciclo se sitúa en un plano superior. La conquista de la posición de vanguardia revolucionaria ya no puede estar en manos de una pretendida vanguardia ideológica que no ha adquirido capacidad de influir sobre el proceso social, que no ha construido vínculos sociales –con la clase que genera toda la riqueza y que sirve de motor a la sociedad– que le permitan ejercer una práctica transformadora. Antes de 1917, todavía podía jugar algún papel el núcleo de vanguardia aislado formado por audaces intelectuales dispuestos a ponerse a la cabeza de los acontecimientos revolucionarios. Pero la concepción del partido de nuevo tipo leninista, su papel a lo largo de todo el ciclo histórico de la Revolución de Octubre y, sobre todo, la obra de transformación y novedosa construcción social que se forjó en torno a ese partido, exigen hoy que el punto de partida de cualquier futuro proceso revolucionario deberá estar ocupado por un tal partido, exponente del salto cualitativo en los requisitos que hoy exige la preparación del ciclo revolucionario, salto cualitativo que se expresa en que ya no es suficiente con que el factor subjetivo de la revolución se presente como vanguardia ideológica pura, sino que necesita haber superado una fase de socialización , de fusión con el movimiento práctico en forma de Partido Comunista. Es por esta razón, porque la experiencia histórica de la Revolución desde 1917 sitúa al proletariado en un estadio más elevado de madurez política, que la completa y más coherente visión del Partido Comunista (nuestra Tesis de Reconstitución ) no ha podido ser formulada sino después de la misma, aplicando esa experiencia a las condiciones de preparación del siguiente ciclo revolucionario.

Sin embargo, el hecho de que el debate del intelectual ante la sociedad y ante el progreso esté trasnochado o superado no significa que haya dejado de jugar un papel la función intelectual ante ese progreso, papel que el Partido debe retomar asimilándolo y superándolo en el contexto más amplio de la preparación del Comunismo. Éste es el problema de fondo al que se enfrenta actualmente la vanguardia (incluida nuestra organización), problema que es preciso resolver y que se traduce, en primer término, en la necesidad de conquistar la posición de vanguardia ideológica (algo que hoy es insuficiente, pero necesario, para iniciar el ciclo revolucionario) como paso o primer requisito de Reconstitución del Partido como vanguardia revolucionaria efectiva.

Notas:

[1]MARX, K. y ENGELS, F.: Obras escogidas . Madrid, 1975. Tomo 1, pág. 32.

Carácter del momento actual

Las consecuencias prácticas más inmediatas que acarrean los imperativos de la reconquista para el marxismo-leninismo de la posición de vanguardia de la revolución y de que sea la propia clase obrera quien deba realizar esa reconquista, como premisas necesarias de la Reconstitución, consisten, en primer lugar, desde el punto de vista organizativo, interno de los destacamentos de vanguardia, en el necesario fomento de la formación intelectual y cultural de los militantes comunistas, por encima y más allá de los programas de iniciación rutinarios con los que se acostumbra a despachar el compromiso formal adquirido con la ideología proletaria; y, en segundo lugar, desde el punto de vista político, la comprensión de que no existe ni puede existir ninguna línea política verdaderamente revolucionaria si no está construida desde la formación de la vanguardia en esa ideología, desde la recomposición de su discurso teórico revolucionario y desde su desarrollo y aplicación a través del debate y la lucha de dos líneas en el seno de la vanguardia; la comprensión de que, en la actualidad, este ámbito, el de la conciencia –y, por lo tanto, el de los interrogantes acerca de su naturaleza de clase, de su coherencia interna, etc.– es el centro medular desde el que se construye toda la política proletaria. En otras palabras, las cuestiones ideológicas y teóricas ocupan, y ocuparán por un tiempo indefinido, el primer plano. Desde que el PCR diseñó su Plan de Reconstitución (1993), orientado ya por este criterio –aunque, como hemos visto y como seguiremos comprobando, de manera insuficiente–, no ha habido, en todos estos años, ningún desplazamiento político ni social entre las clases, ni en el interior de la clase obrera, incluyendo sus sectores de vanguardia, que justifique un desplazamiento del eje en torno al que deben seguir construyéndose los proyectos políticos revolucionarios (y la impotencia política puesta de manifiesto por los últimos acontecimientos de importancia protagonizados por las masas, como las movilizaciones con motivo del caso Prestige y, sobre todo, las habidas contra la guerra de Irak y el 11-M, no hacen más que ratificar esta tesis). Los problemas teóricos e ideológicos que la vanguardia debe resolver en la perspectiva de la Revolución Proletaria y del Comunismo configuran ese eje, de forma que podemos decir que, desde el punto de vista del movimiento proletario general y de la dirección de su lucha de clases, nos encontramos en un momento de acumulación de fuerzas de la vanguardia .

Las fuentes desde las que extraemos los requisitos que necesariamente deben ser cumplidos para alcanzar el objetivo de la Reconstitución tienen una doble naturaleza. En primer lugar, se trata del análisis de las consecuencias de la liquidación a manos del revisionismo de la conciencia y de todo el desarrollo alcanzado por el comunismo (tanto como línea y organización políticas como desde la perspectiva de la organización de la nueva sociedad). Los resultados de este análisis conforman el cuerpo central de lo que hasta hoy ha sido nuestra actividad (Plan de Reconstitución y Tesis de Reconstitución ) y los desarrollos teóricos y prácticos que de él hemos derivado (línea política y línea organizativa). En segundo lugar, el análisis de la peculiaridades políticas propias del segundo ciclo revolucionario, sobre todo en comparación con las del Ciclo de Octubre. En este ámbito, aunque ya adoptamos esta teoría del desarrollo cíclico de la Revolución Proletaria Mundial a escala histórica casi desde el momento en que fue establecida por el Partido Comunista de Perú, en el contexto de la formulación de la tesis del recodo de la revolución peruana tras la caída de la dirección del partido en 1990 y del debate en torno a las cartas del Presidente Gonzalo, es ahora cuando estamos tomando conciencia –a la luz también de algunas conclusiones que nos ofrecen los estudios relacionados con la experiencia de construcción del socialismo en la URSS– de la importancia del análisis comparativo de las premisas necesarias para el comienzo de cada ciclo revolucionario. Así, en relación al problema de la vanguardia, observamos que, históricamente, ante el Primer Ciclo Revolucionario, ésta se organiza y configura políticamente en periodos relativamente cortos de tiempo: en Rusia entre 1895 y 1903, y, en el resto de los países, a través de actos constituyentes únicos que casi siempre se reducían a la asunción –casi siempre formal– de las Veintiuna condiciones de la Komintern. Tal como hemos expuesto más arriba, las condiciones para la construcción de la vanguardia eran radicalmente distintas a las actuales, principalmente por la posición adoptada por un sector de la intelectualidad burguesa hacia la Revolución y por la presencia de un movimiento revolucionario a la ofensiva y de una organización internacional de vanguardia (la Internacional Comunista). Estas condiciones facilitarán el cumplimiento de los requisitos de la organización del partido de vanguardia, pero fijarán, a su vez, una determinada concepción de su construcción en el imaginario comunista que acarreará taras de índole estratégica, como el insuficiente deslindamiento ideológico con el oportunismo (lo que favoreció la fácil recaída en políticas oportunistas), y la raquítica política de formación de cuadros entre el proletariado que acompañaba a aquella escasa penetración en los problemas ideológicos que están relacionados directamente con la construcción de la vanguardia (y que a la larga debilitará la posición proletaria en la lucha de dos líneas en el seno de los partidos comunistas). Pues bien, a partir de esas constituciones políticas, los partidos comunistas pasaron a plantearse directamente la pugna por las masas y la lucha por el poder, entrando en dinámicas de lucha de clases a gran escala. En esta situación, los momentos contrarrevolucionarios de repliegue son considerados como de acumulación de fuerzas para toda la clase , en particular en lo que toca al vínculo e influencia de la vanguardia respecto de las masas, y como capítulo especialmente importante, la lucha de la vanguardia por preservar los cuadros y los principios ideológicos y programáticos del partido. En la actualidad, en cambio, las circunstancias históricas que preparan el segundo ciclo revolucionario indican que, en sus prolegómenos, en la etapa de Reconstitución del partido revolucionario, la cuestión de la acumulación de fuerzas atañe principalmente a los destacamentos de vanguardia organizados en torno a los problemas ideológicos y teóricos del desarrollo de la revolución y de la construcción del partido . No se trata, entonces, de una tarea conservadora , sino más bien creadora , por cuanto que entre los objetivos de la Reconstitución se sitúa en primer lugar el de recuperar la ideología revolucionaria del comunismo y el de construir cuadros que la restituyan en el lugar que le corresponde como vanguardia dirigente de la Revolución.

En consecuencia, las circunstancias que rodean la formación de lo que en el seno de la vanguardia servirá de base para la Reconstitución del Partido Comunista, ponen de manifiesto de forma clara su trasfondo teórico y educativo , es decir, que los problemas principales a los que nos enfrentamos tienen predominantemente este doble carácter, y que los problemas prácticos que principalmente nos asaltarán serán los que estén estrechamente ligados con la disposición de medios y la creación de los instrumentos necesarios para solucionar aquellos otros problemas. Su solución, entonces, conllevará el fortalecimiento político de la vanguardia en general y de nuestra organización en particular, porque significará que se va avanzando en la tarea de reconstituir ideológicamente al comunismo , en cuyo cometido y a través de cuyos logros hallará el militante comunista el acicate, la inspiración y la iniciativa necesarios para su trabajo –pues la fuerza de la vanguardia reside en su ideología–, así como una fuente vivificadora para su organización. Nuestra ideología, pues, con toda la problemática que hoy la rodea, debe ser, en la actual situación, el punto de partida y el fin de toda la actividad principal de la vanguardia.

Más autocrítica

La reflexión sobre nuestra trayectoria nos ha obligado, como se ve, a percibir de una manera más madura y coherente el papel de la ideología y el carácter de las tareas que de ella emanan; pero también nos ha obligado a madurar en la percepción de nuestro trabajo práctico y a someterlo a una severa crítica cuyas conclusiones nos conminan a rectificar elementos fundamentales de nuestra anterior línea de masas. Esta última era el producto de dos tipos de errores: de método y de concepción.

Los errores de método son los que están relacionados con el análisis de los elementos dialécticos del proceso de Reconstitución en su fase actual y que nos habían conducido a la separación, al desligamiento de hecho, entre nuestra actividad teórica y nuestra actividad práctica.

En concreto, las causas de los errores consistieron en que, primero, absolutizamos la contradicción fundamental que rige de forma general todo el proceso de Reconstitución (la existente entre vanguardia teórica y vanguardia práctica), observándola no sólo como la contradicción principal, sino como la única, y considerando los problemas teóricos y prácticos de la organización de la vanguardia teórica como su aspecto principal , mientras que el trabajo de masas con la vanguardia práctica pasaba a un plano secundario . En segundo lugar, asimilamos mecánicamente las tareas del Plan en su fase actual a esa dicotomía, dividiéndolas en principales (incluyendo en ellas las tareas teóricas : formación, investigación, elaboración, etc.), por un lado, y secundarias (o tareas prácticas : principalmente el trabajo de masas con entidad superior a la propaganda y a los contactos aislados), por otro. De esta manera, desvinculamos la unidad orgánica que debe existir entre vanguardia organizada y línea de masas, provocando el divorcio entre teoría y práctica en nuestra política, a través de un proceso de internalización de la actividad teórica y otro de externalización de nuestra actividad práctica. La falta de un análisis del complejo dialéctico que subyace en el proceso de Reconstitución y la reducción de este complejo a su forma general, a la contradicción vanguardia teórica-vanguardia práctica, en la que el aspecto secundario se presentaba como inasimilable al principal, como externo a él, porque, tomado en conjunto, como bloque homogéneo, como vanguardia práctica en general , no satisfacía las necesidades políticas de la actual fase de la Reconstitución (en particular, las de naturaleza más teórica), condujo a que la labor interna fuese adquiriendo sustantividad como tal actividad exclusivamente interna, mientras que el objetivo del trabajo de masas se percibía cada vez más como algo ajeno a las necesidades políticas más acuciantes e inmediatas y, por tanto, cada vez más su práctica era apreciada como simple experiencia , a tener en cuenta en el futuro, cuando comenzásemos a abordar las cuestiones ligadas a la tercera fase de la Reconstitución (vinculación con la vanguardia práctica más integrada en el movimiento de masas espontáneo y elaboración del Programa). La política necesaria , identificada con los puntos más teóricos del Plan, por un lado, y, por otro, la práctica de masas vista cada vez más como actividad secundaria y experimental, sólo verdaderamente útil cuando las demandas teóricas del Plan se hubieran cubierto en lo fundamental, conllevaba no sólo la separación entre la teoría y la práctica de nuestra actividad política, vaciando de todo contenido nuestra línea de masas, sino que también terminó reduciendo conceptualmente nuestra visión del trabajo de masas bajo la forma de trabajo de masas en general , sin matices, sin capacidad para aprehender las diferencias entre los distintos sectores de la vanguardia proletaria, que eran percibidos cada vez más en bloque, como una masa gris y homogénea. Y la concepción cada vez más consolidada de una línea de masas aplicada como trabajo de masas en general terminó proyectando su abstracta mediocridad de concepto hacia su propio objeto: el obrero medio de la vanguardia práctica, el militante del movimiento de resistencia y, en especial, del miembro del sindicato con conciencia de clase en sí se convertía, de este modo, en el prototipo del futuro comunista cuya conciencia sería conquistada una vez que retomásemos en serio el trabajo de masas, armados ya con una teoría revolucionaria elaborada (principios y línea, productos principales de las dos primeras fases del Plan de Reconstitución). Nuestra línea de masas se hizo inútil para la Reconstitución, entonces, como línea de masas sindicalista .

Los errores de método en la aplicación de las directrices de la Tesis de Reconstitución para el cumplimiento del Plan acarrearon como consecuencia errores de concepción de la naturaleza misma del asunto que nos traíamos entre manos, y en particular, el modo de entender cómo prospera el curso de la Reconstitución, cuáles son los mecanismos que la hacen viable y que permiten su desarrollo. En concreto, no comprendimos correctamente la naturaleza de la mediación dialéctica en el trabajo de masas. Esta mediación implica que no se puede conquistar la conciencia de las masas –ni de las masas en general, ni de los sectores de la vanguardia que actualmente componen nuestras masas directamente desde la ideología comunista, sino que se necesita la intermediación de determinados factores y de una determinada práctica para que pueda tener lugar esa transformación subjetiva.

La incomprensión de la mediación dialéctica es la forma filosófica que adoptó el espontaneísmo que comenzó a dominar nuestro método de trabajo, según el cual pretendíamos establecer una relación directa, inmediata , entre nuestra organización como destacamento de vanguardia ideológica y la vanguardia práctica. Esta pretensión nos llevó a caer en un error de idealismo, pues, en nuestra representación del trabajo de masas, pusimos a esa vanguardia práctica frente a nosotros como objetivo de nuestra línea de masas, de manera que no sólo reducíamos todas la contradicciones de la etapa de Reconstitución a una (vanguardia teórica-vanguardia práctica), sino que también reducíamos toda la atomización organizativa de la vanguardia teórica a nuestra única organización. Fabricábamos forzadamente, así, una contradicción artificial (PCR-vanguardia práctica), con la que mentalmente operábamos de hecho en nuestro trabajo de masas, que por ser espuria no disponía de una base material que permitiera ser objeto del análisis científico; más bien, constituía una antinomia, una contradicción falsa.

Desde el punto de vista del materialismo dialéctico, la mediación significa el reconocimiento de la interacción y de la interrelación entre los elementos, de que nada es inmediatamente igual a sí mismo, sino a través de lo otro y de su contrario; la mediación, en definitiva, es el reconocimiento de la contradicción[1]. El marxismo, por lo tanto, nos exige un esfuerzo de análisis de las contradicciones y de las interrelaciones, y se opone a todo espontaneísmo intelectual o político, como, por ejemplo, la acción directa anarquista.

Al contrario de lo que se cree comúnmente, la acción directa no es un llamamiento a la violencia inmediata, sino una especie de concepto político que propugna que los afectados solucionen directamente sus problemas por sí mismos , lo cual implica la negación de toda mediación, de todo intermediario entre la causa del problema y sus damnificados, incluyendo la política o toda ideología extraña que, desde fuera , pueda influir en su solución. El espontaneísmo ácrata niega, así, todo papel a la organización política y a la política misma (al poder político) como instancia necesaria de la actividad práctica revolucionaria. Más aún, como niega toda construcción teórica mediadora, el anarquismo es intelectualmente espontaneísta (hasta el extremo de llegar al nihilismo político, como en el caso de Necháev) y prescinde de toda aportación que no surja del movimiento mismo. El comunismo, como concepción integradora de los grandes aportes del saber universal, es rechazado como inspirador político porque, como referente externo, impone un hiato que separaría al sujeto del camino directo del objetivo revolucionario. El comunismo, efectivamente, crea una visión científica (materialismo histórico y materialismo dialéctico) y, desde la asimilación de las leyes objetivas del desarrollo de la materia, construye los instrumentos necesarios para que el sujeto revolucionario pueda, ciertamente, alcanzar su objetivo de autoemancipación. Ya desde el primer paso, el de la conciencia , comunismo y anarquismo se separan radicalmente: la compleja problemática acerca del desarrollo de la conciencia del proletariado que plantea el marxismo y que le conduce hacia la teoría de la vanguardia, es rechazado absolutamente por el espontaneísmo del anarquismo, que confía en que el proletariado en su conjunto adquirirá conciencia revolucionaria a través de su experiencia económica. Lógicamente, las divergencias entre ambas escuelas se acentuarán ante cuestiones derivadas como el partido revolucionario y la Dictadura del Proletariado, instancias intermedias que el marxismo considera necesarias para abrir el camino entre el proletariado y el Comunismo.

El marxismo sigue fielmente el significado etimológico de la palabra conciencia , que se construye a base de la preposición latina cum , que significa con , y del verbo scire , que significa saber . Conciencia significa, entonces, con el saber ; es decir, la conciencia no es el producto inmediato del reflejo de la realidad sobre nuestra mente, como se deduciría de toda concepción del mundo espontaneísta como la anarquista (materialismo mecanicista); al contrario, la conciencia es la adquisición con el saber , con la ciencia ( con-ciencia ), de toda percepción de la experiencia. El marxismo, pues, construye su cuerpo doctrinal y su ideario desde la ciencia, y lo mismo cabe decir de todos sus instrumentos políticos. Esta remisión desde el movimiento real a la ciencia es el procedimiento por el que la ideología de clase se presenta como la primera mediación necesaria y como la condición de la posibilidad de aquel movimiento real como movimiento revolucionario , como movimiento consciente dirigido por una ideología de vanguardia. La remisión a la instancia ideológico-científica supone un extrañamiento desde el movimiento, una proyección desde sí mismo como movimiento espontáneo que obliga al abordaje de cuestiones fundamentales no relacionadas directamente con la marcha del movimiento, pero necesarias para activar su aspecto revolucionario (reconstitución ideológica del comunismo –aspecto teórico– y construcción de la vanguardia –aspecto práctico y organizativo–, primero, y Reconstitución del Partido Comunista, después). La ideología es quien nos ofrece esa perspectiva de transformación a largo plazo y quien nos informa del potencial revolucionario del proceso social espontáneo. Por eso, para el marxismo, la fuerza política radica en la firmeza ideológica[2], mientras que el anarquismo pocas veces da importancia a las representaciones ideológicas y se remite a las posibilidades del movimiento mismo.

Nuestra organización siempre tuvo presente, desde su fundación, la importancia de la instancia ideológico-consciente y de las tareas particulares que traía consigo. De hecho, el peso otorgado a actividades organizativas relacionadas con esa faceta ideológica, como la prioridad de la formación, fue el primer elemento diferenciador que nos separó del resto de las organizaciones que decían perseguir objetivos parecidos a los nuestros. Sin embargo, como ya hemos señalado, ha sido en el último periodo, a la luz de los resultados de nuestra experiencia, que hemos tomado conciencia de que el factor ideológico-consciente tiene una trascendencia aún mayor en la preparación y desarrollo de la revolución. De esto hablaremos más adelante con mayor detalle. Ahora, lo que nos interesa resaltar es la importancia de la mediación de las instancias a través de las cuales se resuelve la continuidad del proceso histórico revolucionario, en especial consideración a la primera de ellas, la esfera ideológica, cuya reconstitución resulta imprescindible para que el comunismo reconquiste la posición de vanguardia ideológica, para que el marxismo-leninismo recupere la dirección del movimiento obrero, pero que será imposible sin la adquisición de la conciencia, de los instrumentos teóricos necesarios a través de la ciencia. Ésta es una exigencia básica para la construcción de la vanguardia, sin la cual no será posible la educación de las masas y, en consecuencia, la ulterior elevación de la segunda gran instancia mediadora en el proceso revolucionario, el Partido Comunista. Al contrario, tanto nos estábamos alejando de una comprensión más profunda de los requerimientos ideológicos y científicos (entendidos también en su dimensión práctica, educativa) de la conciencia revolucionaria que nos íbamos deslizando hacia lo que precisamente nosotros habíamos criticado a otros (como el Frente Marxista-Leninista de España y el Comité de Organización). La falsa contradicción (antinomia) que nosotros mismos nos habíamos fabricado entre nuestra organización y la vanguardia práctica, y que habíamos elevado a contradicción principal en el actual momento del desarrollo del proceso de Reconstitución, nos condujo a subestimar, de manera inconsciente pero real, la obra de liquidación del revisionismo sobre nuestra tradición ideológica, política y organizativa, y, por consiguiente, a sobreestimar el impacto que nuestra política, en el actual grado de elaboración y aplicación , pudiera ejercer sobre la conciencia actual de los trabajadores que ya poseen conciencia de clase ( en sí ). Llegamos a pensar que no hay ningún eslabón intermedio entre el cumplimiento –incluido el cumplimiento por nosotros mismos– de las principales tareas de elaboración teórica y el acceso a las masas que conforman la vanguardia práctica, y que bastaba el desarrollo puramente cuantitativo de esa elaboración teórica para dar ese salto hacia la práctica como actividad principal a partir de un momento dado.

Nuestro limitado grado de asunción del marxismo-leninismo y el abismamiento por el cumplimiento de las tareas cotidianas nos hicieron perder la perspectiva y olvidarnos del sentido profundo de lecciones que el leninismo nos legó de manera explícita (como la tesis de Lenin de que a las masas no se las puede ganar directamente desde la propaganda de los principios del comunismo, sino que es preciso un intermediario , su experiencia práctica) y con las que nosotros mismos construimos bases políticas tan importantes como la Tesis de Reconstitución , que insiste precisamente en las transiciones necesarias para que los principios del comunismo puedan ser traducidos y asimilados por las masas. Los sucesivos pasos que conducen desde los Principios a la Línea política y, desde ésta, al Programa , constituyen los sucesivos eslabones de la cadena que permite la asimilación del comunismo a través de círculos concéntricos cada vez más amplios, cuyos radios de acción van incluyendo paulatinamente a sectores tanto más extensos de las masas avanzadas de la clase. Cada una de esas transiciones, empero, requiere un análisis concreto y una definición de tareas teóricas y prácticas, así como un vínculo entre ellas, una línea de masas. Nuestro error, derivado de la separación en nuestra mente de los problemas teóricos y prácticos de la Reconstitución como problemas principales y secundarios , nos condujo a la falsa concepción de que esas transiciones se mantenían y resolvían, siempre y en lo fundamental, en el plano de la teoría, y que no existía ninguna actividad práctica de masas importante ligada a ella, salvo, como mucho, al arrumbar la última transición en busca de la vanguardia práctica y del Programa revolucionario. Tanta presión ejercía –y ejerce– sobre nuestras conciencias la mentalidad sindicalista, la falsa idea de que sólo existe un trabajo de masas real, verdadero , que ya planteábamos impacientemente como tarea la preparación exitosa de la tercera fase de la Reconstitución (la fase “político-práctica” de ganar a la vanguardia práctica). Deseosos de abordar el trabajo más familiar para nosotros –el trabajo codo a codo con las masas– teníamos puesta la mirada más en el futuro que en el presente, y con semejante actitud intelectual descuidamos el análisis de la peculiaridades de la etapa en la que nos encontrábamos realmente. Ahora hemos debido rectificar en este punto y esforzarnos por cambiar nuestra visión sobre el ordenamiento e interrelación de las contradicciones que están en la base del proceso de Reconstitución, abandonando principalmente la idea de que el obrero medio del sindicato, el obrero con conciencia sindical, debe ser el objetivo político inmediato de nuestro trabajo de masas. La tarea más urgente desde los intereses de una línea de masas correcta, es decir, desde la perspectiva de la recuperación de la unidad entre teoría y práctica en nuestro trabajo político, es la de definir y concretar el círculo de vanguardia inmediato que debemos ganar para la causa de la Reconstitución y del comunismo, así como el entorno y los medios necesarios para ello. Igualmente, debemos considerar en el futuro –también en aras de esa unidad– a esos círculos objetivo de nuestra línea de masas simultáneamente como objeto y sujeto de las tareas del Plan de Reconstitución .

Por su carácter científico, el marxismo-leninismo no puede ser asimilado de forma espontánea ni directa por el proletariado. Igual que el resto de las ciencias, puede ser comprendido en primera instancia por determinados elementos individuales especialmente predispuestos para ello, pero requiere de una serie de instrumentos cuando de lo que se trata es de que forme parte de la clase, de que sea incorporado a su movimiento. Esos instrumentos son los medios a través de los cuales el marxismo-leninismo se va adecuando conceptualmente al lenguaje y a la recepción intelectiva de cada vez más y más básicos sectores de las masas proletarias. Es algo parecido a lo que sucede –si se nos permite el símil– con la cadena alimentaria. Ésta se rige por el principio de organización de las especies en orden a una escala predatoria en la cual cada una de ellas se alimenta de la anterior y sirve, a su vez, de alimento a la siguiente. La dialéctica que regula la cadena trófica se basa en la contradicción entre materia orgánica y materia inorgánica, es decir, el ciclo de transformación de la una en la otra. En este ciclo, los minerales (calcio, fósforo, hierro, etc.) y otras sustancias básicas imprescindibles para la vida son transformadas en materia orgánica gracias al mecanismo de fotosíntesis de las plantas; cuando los vegetales son ingeridos por los animales herbívoros, éstos metabolizan aquellas sustancias gracias a la forma orgánica en que se presentan; y de la misma manera sucede cuando el herbívoro es cazado por el carnívoro: éste asimilará los materiales básicos necesarios para la vida de la única forma posible para él, o sea, no directamente, sino a través de la fisiología del herbívoro. Algo parecido ocurre con la ideología proletaria: no puede ser asimilada directamente por la clase sino mediante su asunción por parte de sus sectores más avanzados cultural y teóricamente, de los que va apoderándose paulatinamente y desde los que va ensanchando su influencia a sectores cada vez más amplios y cada vez más ligados con los estratos más profundos de la clase, recorriendo esa especie de cadena alimentaria del comunismo a través de cuyos eslabones los principios puros del marxismo-leninismo se van metabolizando hasta hacerse comprensibles para la gran mayoría de las masas proletarias a través de un escalafón sucesivo de problemáticas, inquietudes y reivindicaciones. En este proceso, el marxismo-leninismo comienza resolviendo los problemas teóricos fundamentales que requiere la próxima reanudación del movimiento obrero como movimiento revolucionario ( reconstitución ideológica ), recuperando su carácter de ideología de vanguardia sobre la base de la lucha ideológica y política contra las formas oportunistas de resolver esos problemas, derrotándolas e incorporando en sus filas a lo mejor de sus masas , a sus elementos honestos y válidos para la continuación del proceso de construcción de la vanguardia proletaria . Es de este modo como nuestra línea de masas, dirigida a la conquista de esos círculos teóricamente avanzados de la clase ( vanguardia teórica ), los observa como objetivo político precisamente para incorporarlos como sujetos de la Reconstitución.

Más adelante desentrañaremos el sentido de todos estos aspectos nuevos que han ido surgiendo en nuestra visión del proceso de Reconstitución. Ahora, para terminar de exponer el problema de la mediación y de dar una idea general del papel que juega en un proceso como es el de la Revolución Proletaria, expondremos de manera general, ya fuera de toda consideración particular sobre la forma más o menos incorrecta con que nuestra política lo trató, el sentido que adquiere desde la perspectiva histórica del proceso social. Nos ayudaremos para ello del siguiente diagrama:

En el nivel superior está resumida la historia de la Humanidad, que, desde cierto punto de vista, puede ser interpretada como el paso de la sociedad sin clases, pero en estado de necesidad ( Comunismo Primitivo ), a la sociedad sin clases en estado de libertad ( Comunismo ). Pero este paso no puede darse sino a través de la sociedad de clases, cuyo principal expediente es el desarrollo de las fuerzas productivas, y que hemos resumido en la locución Revolución Comunista , porque en ésta se presentan concentradas todas las contradicciones de la sociedad de clases que deben ser resueltas antes de alcanzarse la fase histórica superior. De alguna manera, entonces, la historia de la Humanidad puede ser considerada como un simple intermedio hacia un estadio en el que la Humanidad pueda desenvolverse plena y libremente, desembarazada ya de las servidumbres de la escasez y la desigualdad. En realidad, no sería sino lo que el propio Marx definía como “la prehistoria de la Humanidad”.

Pero la Revolución Comunista requiere otro ínterin. Se trata de la construcción de aquellos instrumentos necesarios para realizarla. La Historia y la Revolución, ciertamente, la hacen las masas, pero no directamente , sino a través de aquellos instrumentos. Los vemos representados en el segundo nivel, y sobre ellos nos hemos centrado principalmente al tratar la insuficiente comprensión del concepto de mediación dialéctica en nuestro trabajo como organización. Los instrumentos a los que nos referimos son la Ideología , el Partido Comunista y la Dictadura del Proletariado ; pero hemos subrayado el paso del primero al segundo porque, igualmente, la transformación de la Ideología en Partido Comunista requiere otro intervalo político con sus tareas específicas dedicadas a la reformulación y reafirmación de los Principios del comunismo y su concreción en Línea política y, después, en un sentido más profundo, en Programa revolucionario. De este forma llegamos al último nivel, en el que, por decirlo así, nos hallamos ahora mismo: el intermedio necesario para resolver los problemas teóricos y prácticos de la reconstitución ideológica del comunismo y la construcción de su vanguardia , problemas cuya solución se encuentra dentro del campo de la lucha de dos líneas llevada a cabo a todos los niveles por los marxistas-leninistas contra las corrientes de distinto pelaje que orientan o pretenden orientar al movimiento proletario, y cuya solución se nos presenta como premisa necesaria para que el comunismo pueda transformarse en la ideología de vanguardia del proletariado.

En resumen, el marxismo contiene la exigencia de que toda empresa dirigida a la emancipación de la Humanidad en el Comunismo realice constantemente el esfuerzo crítico de analizar la naturaleza dialéctica del proceso en todos y en cada uno de sus momentos con el fin de dilucidar los medios que su continuidad requiere como necesarios.

Notas:

[1]“Todo lo que existe está en relación, y esta relación constituye lo verdadero de toda existencia. Así lo que existe no es para sí de un modo abstracto, sino solamente en lo otro, y en este otro está en relación consigo mismo; y la relación absoluta es la unidad de la relación consigo mismo y de la relación con lo otro.” (HEGEL, G. W. F.: Lógica . Madrid, 1971; pág. 223 ­ § 135, Zusatz ).

[2]“La educación ideológica es el eslabón clave que debemos empuñar firmemente en nuestro trabajo por unir a todo el Partido para la gran lucha política. De no proceder así, el Partido no podrá cumplir ninguna de sus tareas políticas.” (MAO TSE-TUNG: Citas del Presidente Mao Tsetung (Libro rojo). Pekín, 1972; pág. 152).

El sistema de contradicciones en el proceso de Reconstitución

La complejidad dialéctica que subyace en el proceso de Reconstitución no puede ser reducida a una única contradicción, y, mucho menos, ésta ser escindida en sus elementos para designar a uno un papel principal sobre el otro. Y, sin embargo, en los hechos, nosotros ejercimos ambas operaciones, como ha quedado dicho. Con ello, rompimos con el materialismo dialéctico, pues, en primer lugar, no se trataba de dilucidar el aspecto principal y el secundario de la contradicción, sino de discernir la contradicción principal de las contradicciones secundarias en el proceso; y, en segundo lugar, discurríamos erróneamente al separar los dos aspectos de la contradicción –uno como principal y otro como secundario –, es decir, al contemplarla al estilo metafísico del dos hacen uno , en lugar del modo dialéctico del uno se divide en dos . En este sentido, debemos recordar que la Tesis de Reconstitución demuestra que, para que haya movimiento revolucionario (al nivel que sea, prepartidista o ya con Partido Comunista), es preciso el vínculo entre la organización de vanguardia y las masas (línea de masas). Lo cual supone que no puede haber separación entre los dos aspectos de la contradicción (vanguardia-masas), sino que el trabajo de masas se concibe y aplica en función de las tareas necesarias para la organización de la vanguardia y para el cumplimiento de sus tareas. Lo prioritario, pues, es definir el contenido de esas tareas en cada momento o en cada fase de la Reconstitución, el modo de organizar su cumplimiento y el sector del proletariado sobre el que nos vamos a apoyar para realizarlas. La vanguardia debe permanecer atenta a cada cambio del contenido de las tareas a lo largo del proceso con el fin de reajustar las relaciones organizativas y los vínculos con las masas que cada momento exija. Esta vigilancia excluye todo dogmatismo y toda concepción estática de los distintos elementos que juegan un papel en la Reconstitución, y nosotros caímos en el dogmatismo cuando valoramos unilateralmente las principales tareas políticas actuales sólo desde el punto de vista de nuestra organización de vanguardia, sin ninguna relación orgánica con las masas, y cuando valoramos unilateralmente el sistema de contradicciones del proceso de Reconstitución.

Mao decía que “en el proceso de desarrollo de toda cosa grande existen numerosas contradicciones”[1]. Es lo que vamos a denominar, para el caso que nos ocupa, sistema de contradicciones , cuya caracterización cobra ahora la mayor importancia de cara a la superación de los errores de análisis cometidos que nos han conducido por infructuosos derroteros políticos. Como sabemos, la Tesis de Reconstitución dice que la contradicción que rige el desarrollo del proceso de Reconstitución del Partido Comunista es la que se da entre la vanguardia teórica y la vanguardia práctica . Esta definición es correcta en general porque pone en el centro del proceso sus elementos fundamentales, la unión de la teoría y la práctica, la idea de fusión del comunismo con el movimiento obrero; pero da por supuesta la superación de otras contradicciones relacionadas con la reconstitución ideológica de la vanguardia . Esta reconstitución tiene un contenido principalmente teórico y los problemas políticos que la acompañan son los que ahora reclaman nuestra atención. En cualquier caso, forma parte del sistema dialéctico que organiza y jerarquiza las contradicciones que dan carta de naturaleza al proceso de Reconstitución. Ofrecemos a continuación gráficamente ese sistema en sus elementos y grados principales:

Mao decía, también, que “para descubrir la esencia del proceso de desarrollo de una cosa, hay que descubrir la particularidad de cada uno de los aspectos de cada contradicción de ese proceso”[2]. En el esquema quedan reflejados, a primera vista, el orden de las contradicciones que participan en el proceso reconstituyente, en primer lugar, y las relaciones internas fundamentales que entre ellas se establecen, de manera que su posición en el sistema nos facilitará el descubrimiento de “la particularidad de cada uno de los aspectos de cada contradicción”, que pide Mao.

El organigrama está construido de arriba abajo en orden de menor a mayor inmediatez desde el punto de vista de la necesidad y posibilidad de desarrollo y solución de cada una de las contradicciones del sistema. Está formado por el ensamblaje de unidades triangulares superpuestas cuyos vértices muestran un elemento dialéctico cuya posición determina su relación interna con todo el conjunto de elementos del sistema.

Comenzando por arriba, observamos un módulo triádrico compuesto por una base en la que se sitúa la contradicción Vanguardia-Masas y, en la altura, la otra protagonizada por el Proletariado y la Burguesía . Esta última, la Burguesía , queda fuera del sistema (por eso no está incluida en ningún triángulo), porque se trata de un sistema que describe las contradicciones en el seno de la revolución en su etapa histórica prerrevolucionaria: se trata del sistema de contradicciones que la vanguardia debe resolver y superar, como condición previa al gran enfrentamiento abierto entre las clases principales de la sociedad moderna. El sistema, pues, describe –como se expresa gráficamente en el diagrama– las contradicciones que hay dentro o que están detrás del proletariado como clase revolucionaria. La contradicción Proletariado-Burguesía sólo puede resolverse con la Revolución Proletaria ; pero, antes, el proletariado debe ir solucionando sucesivamente las contradicciones fundamentales –de abajo arriba en el esquema– que lo habiliten como clase madura para iniciar la guerra revolucionaria contra la burguesía. El Proletariado como entidad política, por su parte, se desarrolla en función de la contradicción Vanguardia-Masas (que hemos situado en la base del triángulo superior), que se resuelve con la construcción del Partido Comunista (es decir, el periodo revolucionario que va desde la constitución del Partido a la Dictadura del Proletariado, cuando aquél aborda tareas propias de esta fase de la revolución como son la construcción del Frente Único, del Ejército Rojo con masas pertenecientes a otras clases o la construcción del Comunismo). Esta es la contradicción fundamental que explica la naturaleza del partido proletario (Partido Comunista), y es el adecuado tratamiento de la unidad de sus dos aspectos contradictorios lo que permitirá el desarrollo político del proletariado como clase revolucionaria. Finalmente, la posición de los distintos elementos dialécticos en la cúspide del dibujo nos informa de que no es la lucha entre el proletariado y la burguesía el problema central en esta etapa del proceso revolucionario (la Burguesía queda fuera del sistema), sino la lucha por resolver los distintos problemas que están relacionados con la contradicción Vanguardia-Masas , y, sobre todo, los que aquejan al aspecto principal de la misma, la Vanguardia . En concreto, se trata de las cuestiones relacionadas con el establecimiento de los vínculos necesarios para lograr la unidad de esa contradicción en forma de proceso revolucionario, para lo cual la lucha de clases se desenvuelve principalmente en el seno de la clase obrera entre la vanguardia y el oportunismo, el reformismo y el revisionismo que pretenden impedir el acercamiento político y organizativo entre las masas del proletariado y su vanguardia revolucionaria.

Las cuestiones que rodean a la vanguardia son, en general, las que centran la atención del comunismo en el actual periodo. Por esta razón, la Vanguardia ocupa el vértice superior del siguiente módulo triangular. La contradicción que, en su interior, determina su esencia es la que se da entre Vanguardia teórica y Vanguardia práctica ; por eso, esta contradicción ocupa la base de este segundo triángulo. El desarrollo y la solución de esta contradicción están ligados al proceso de Reconstitución del Partido Comunista , que es el periodo que nuestra organización considera como preámbulo necesario a la existencia del partido de nuevo tipo proletario y a su ulterior proceso de construcción. El aspecto principal de esta contradicción es la Vanguardia teórica , y son las cuestiones relacionadas con la recuperación y consolidación de esta vanguardia las que deben ser solucionadas para preparar su fusión con la Vanguardia práctica en forma de Partido Comunista. Por esta razón, aquélla ocupa la cabecera de la última contradicción, la que está en la base de todo el sistema: la contradicción entre Vanguardia marxista-leninista y Vanguardia teórica No marxista-leninista .

Una de las principales consecuencias del balance del último periodo político de nuestra organización ha sido, precisamente, la toma de conciencia de la existencia y de la importancia de la contradicción entre la Vanguardia teórica marxista-leninista y la Vanguardia teórica No marxista-leninista . Una de las causas principales de nuestros errores fue pasar por alto esa contradicción y centrar nuestra atención en las contradicciones superiores del sistema, sobre todo la inmediatamente superior ( Vanguardia teórica Vanguardia práctica ) que, vista en perspectiva, preside el proceso político de Reconstitución, por cuya culminación hemos apostado y en cuya realización hemos depositado todos nuestros anhelos. Por esta causa erramos en la valoración de las condiciones y posibilidades de resolución de esa contradicción. Al no realizar un análisis adecuado de su aspecto principal (la Vanguardia teórica ) no descubrimos que en su seno existen una serie de contradicciones que es preciso desarrollar. Estas contradicciones se pueden resumir en la dialéctica que debe desenvolverse entre la vanguardia marxista-leninista y aquellos sectores de la vanguardia teórica que proponen concepciones, ideas y tesis políticas en pugna con aquélla. La solución de esta contradicción es la reconstitución del comunismo como ideología de vanguardia del proletariado . Sólo cuando el marxismo-leninismo consiga hegemonizar la ideología y la política de la vanguardia teórica del proletariado, ésta podrá dirigirse a la conquista de los sectores de la clase que encabezan sus luchas de resistencia y su movimiento espontáneo (vanguardia práctica). Son, por tanto, los problemas teóricos y prácticos que plantea la lucha de dos líneas en el interior de la vanguardia teórica los que deben centrar, a partir de ahora, nuestra atención más inmediata, porque es la contradicción entre Vanguardia marxista-leninista y Vanguardia teórica No marxista-leninista la contradicción principal del sistema dialéctico en el que se halla detenido actualmente el proceso de Reconstitución. Más arriba caracterizamos el momento actual desde el punto de vista de nuestra organización (profundización en la formación en la ideología comunista –y que hacemos extensiva a todos los destacamentos de vanguardia que se autoproclaman marxistas-leninistas) y desde el punto de vista del proletariado en general (acumulación de fuerzas de la vanguardia). Pues bien, ahora podemos añadir, también, que, desde el punto de vista de la vanguardia –o, si se quiere, del movimiento comunista–, nos encontramos ante un momento donde es crucial la implementación y el desarrollo de la lucha de dos líneas en el seno de la vanguardia teórica por la hegemonía del marxismo-leninismo .

La reconstitución del marxismo-leninismo en la posición de vanguardia ideológica del proletariado no es, en absoluto, un problema exclusivamente teórico. Muy al contrario, sólo puede ser fruto del éxito en esa lucha de dos líneas. Por eso, sería contraproducente separar los aspectos teóricos de los prácticos en el actual momento político. No debemos dejarnos engañar por el sentido vulgar, coloquial, de las palabras. Que la actual etapa plantee problemas relacionados principalmente con cuestiones teóricas de la revolución no significa que no exista ninguna práctica de masas que nos ayude en la tarea. De la misma manera, la palabra práctica no debe vincularse únicamente –como casi siempre hemos hecho– con la actividad entre las masas del movimiento práctico, espontáneo; también existe una línea de masas para resolver los problemas de la vanguardia teórica , que no es otra que los vínculos que el marxismo-leninismo debe establecer con el resto de la vanguardia teórica. Se trata, en última instancia, de superar ese vicio al que nuestros errores nos habían conducido de separar radicalmente nuestra actividad teórica de nuestra actividad práctica, vicio del que ya hemos hablado; se trata, en resumidas cuentas, de restituir la unidad de los dos aspectos de la contradicción, que nuestro análisis ha definido como principal, como forma concreta y actual de unidad teoría-práctica. Esta unidad implica redefinir las tareas principales y el carácter y el objetivo del trabajo de masas que llevar a cabo para cumplirlas. En otras palabras, lo que se nos presenta ahora como el problema fundamental es el de esclarecer política y organizativamente la esencia y las formas de los vínculos, en el seno de la vanguardia teórica, entre el marxismo-leninismo y el resto de esa vanguardia y la línea de masas necesaria para elevarlos a las posiciones revolucionarias.

El mecanismo del desarrollo de la contradicción principal ya lo hemos descrito anteriormente: se trata de ir planteando lucha de dos líneas y vínculos organizativos con los círculos de la vanguardia teórica de manera sucesiva para ir avanzando, desde aquellos con planteamientos más generales y abstractos y de más largo alcance desde el punto de vista de los intereses de la Revolución Proletaria, hacia esos otros cuyas inquietudes van acercándose más a los problemas relacionados con las necesidades del movimiento práctico. En este caso, cuando hablamos de círculos de la vanguardia teórica no nos referimos a organizaciones concretas –aunque sea bajo esta forma como nos los vamos a encontrar en la realidad–, sino al grado de cercanía que cada conjunto de problemas teóricos guarda en relación con las necesidades de las reconstitución ideológica del comunismo, siendo la vanguardia marxista-leninista el punto de referencia en torno al que se nuclean y articulan esas necesidades. Así, el primigenio núcleo marxista-leninista irá conquistando paulatinamente esos círculos, resolviendo los problemas teóricos que plantean desde la lucha de dos líneas e incorporándolos a la causa de la Reconstitución desde su línea de masas. Esta es la forma que adquiere la unidad teoría-práctica en el momento presente y dado el carácter de la contradicción principal que impulsa ahora el proceso hacia el Partido Comunista. Nuestro trabajo práctico o nuestro trabajo de masas, por tanto, no debe asemejarse al típico trabajo en el sindicato, aunque probablemente el sindicato sea, en algún momento, uno de los lugares donde haya que ir en busca de algunos de esos círculos de vanguardia. Pero esto no debe confundirnos hasta el punto de dejarnos llevar por la inercia de la actividad propia del sindicato y perder de vista nuestro cometido y nuestra perspectiva, como nos ha venido ocurriendo hasta ahora. Precisamente, uno de los prejuicios que con más ahínco debemos combatir de cara a nuestro futuro trabajo de masas es nuestra mentalidad sindicalista . No hay duda de que la tradición revisionista en la que nos hemos educado y en la que la mayoría de nosotros ha militado durante muchos años, practicando y absorbiendo formas de trabajo utilitaristas que nos enseñaron más a postrarnos ante la marcha del movimiento obrero que a prepararnos para convertirnos en su vanguardia, ha dejado una profunda huella en nuestra concepción de la política y del trabajo de masas, concepción que puede resumirse como sindicalismo , obrerismo , economicismo o cualquier otro concepto que indique espontaneísmo político . Y este lastre lo hemos estado arrastrando hasta aquí, contribuyendo con ello a agravar las deficiencias de nuestro trabajo. Debemos, pues, poner las medidas para combatir esta herencia y retomar el espíritu leninista en la labor de la construcción de cuadros, en la perspectiva de la creación de los tribunos y dirigentes que necesita la Revolución Proletaria.

Pero no podemos finalizar este punto referido al análisis de las contradicciones que directamente incumben a la vanguardia proletaria sin hacer alusión, aunque sólo sea brevemente, a la relación existente entre ese sistema que determina de manera inmediata las tareas más acuciantes de la vanguardia , las tareas de la Reconstitución, y el sistema de contradicciones que implican directamente a las masas , el que rige la marcha real, material, de la lucha de clases: el sistema compuesto por la contradicción capital-trabajo, la contradicción países imperialistas-países oprimidos y las contradicciones interimperialistas. Este sistema se caracteriza, en la actualidad, porque la contradicción principal es la que se desarrolla entre los países imperialistas y los países oprimidos, mientras que las otras dos están atenuadas, sobre todo porque la dialéctica capital-trabajo no supera el plano de la lucha de clases económica, debido a la hegemonía que detenta el reformismo en el movimiento obrero, por un lado, y a que, por otro, el sistema de relaciones internacionales está configurado de manera unipolar, está dominado por una sola potencia hegemónica (por lo que es absolutamente falso poner en primer plano la contradicción interimperialista, pues no hay otros centros ni bloques de alianzas imperialistas que puedan competir con la superpotencia económica y militar yanqui, ni estamos ante un periodo de preparación de una nueva guerra imperialista mundial –como defiende erróneamente un sector del movimiento comunista internacional– sino de colusión entre potencias). Por su parte, la relación entre el sistema mundial de contradicciones y el sistema de contradicciones de la clase obrera revolucionaria se caracteriza porque se desarrollan de manera paralela, sin apenas contacto mutuo, sin vínculos que permitan la influencia de éste sobre aquél. Este divorcio no es sino la suprema expresión de la escisión prevaleciente en el seno de la clase proletaria entre su vanguardia y las masas. Solamente desde la solución del conglomerado de contradicciones que conforman el proceso de constitución de la clase obrera en clase revolucionaria podrá elevarse el antagonismo entre capital y trabajo hasta el nivel político revolucionario de la lucha de clases; y solamente de este modo recuperará esta contradicción el protagonismo del proceso social, y será en torno a su eje que se desarrollarán y se resolverán las demás contradicciones de nuestra época. De este modo, también, con el retorno al primer plano de la dialéctica capital-trabajo (la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado), se hallará la ocasión para poner nuevamente y mejor de relieve la forma concreta que mejor expresa y desde la que mejor se puede resolver la contradicción general que preside todo el desarrollo del capitalismo y al propio capitalismo como modo de producción: la que se agudiza cada vez más entre el progresivo carácter social de la producción y la forma privada de apropiación[3].

Notas:

[1] MAO TSE-TUNG: Obras escogidas . Madrid, 1974. Tomo I, pág. 345.

[2]Ibidem

[3] “Los medios de producción y la producción misma se han hecho esencialmente sociales. Pero se someten a una forma de apropiación que tiene como presupuesto la producción privada por individuos, en la cual cada uno posee su propio producto y lo lleva al mercado. En esta contradicción que da al nuevo modo de producción su carácter capitalista se encuentra ya en germen toda la actual colisión . Cuanto más se extendió el dominio del nuevo modo de producción en todos los campos decisivos de la producción misma y por todos los países económicamente importantes, reduciendo la producción individual a unos restos irrelevantes, tanto más violentamente tuvo que salir a la luz la incompatibilidad entre la producción social y la apropiación capitalista .” (ENGELS, F.: La subversión de la ciencia por el señor Eugen Dühring (‘Anti-Dühring’) . Barcelona, 1977; págs. 281 y 282).

2

La reconstitución de la ideología proletaria

Uno de los problemas centrales en la labor de reconstitución de la ideología proletaria es la construcción de cuadros y, en primer lugar, el esclarecimiento de la naturaleza política del militante comunista. En la medida que el aspecto principal de la contradicción principal en la actual fase del proceso de Reconstitución nos obliga a centrar nuestra atención en el estado actual de la vanguardia marxista-leninista, la definición de su componente individual y de los requisitos que debe cumplir como portador y defensor de la teoría de vanguardia cobra la mayor importancia. Si una vez reconstituido el Partido Comunista el problema del militante individual pasa a un segundo plano, al quedar subsumido en una entidad superior como es la colectividad orgánica del partido (pues, precisamente, su existencia presupone que ya se han solventado los problemas a los que aquí y ahora nosotros nos enfrentamos y que estará establecido el correcto mecanismo de integración del militante), en la etapa de Reconstitución la formación del miembro de vanguardia, del dirigente proletario o del cuadro comunista, resulta crucial como pilar básico del destacamento de vanguardia marxista-leninista. En tanto que este destacamento no constituye aún el organismo político proletario cualitativamente superior, como colectivo es todavía en gran parte suma de voluntades, y, por tanto, la actitud y la aptitud individuales adquieren el mayor relieve. La transformación de la voluntad comunista individual en conciencia revolucionaria se convierte en una de las tareas más importantes y apremiantes para el fortalecimiento de la vanguardia marxista-leninista y para el éxito de su lucha por la reconquista de la posición de vanguardia ideológica del proletariado.

En este sentido, los elementos heredados del estilo de trabajo revisionista que aún arrastramos, junto a la deriva sindicalista en nuestra línea de masas, nos han obligado a rememorar los términos de la polémica de Lenin con los economistas y los mencheviques acerca del carácter del miembro del partido. En 1902, en su ¿Qué hacer? y frente a la propuesta de practicar el sindicalismo como actividad principal de los miembros del partido que presentaban los economistas , Lenin defendió que se debía “hacer de los militantes socialdemócratas dedicados a la labor práctica líderes políticos”[1], e insistió en que “nuestra misión no consiste en propugnar que se rebaje al revolucionario al nivel del militante primitivo, sino en elevar a este último al nivel del revolucionario” [2]; al año siguiente, en el II Congreso del partido obrero de Rusia, Lenin volvió a enfrentarse contra quienes querían rebajar la cualificación política de los militantes revolucionarios. Esta vez contra el líder menchevique Mártov y con motivo del artículo 1º de los Estatutos, que definía al miembro del partido, inquirió a la asamblea si consideraba que cualquier huelguista o cualquier charlatán podrían ser considerados miembros del partido. De alguna manera, nosotros nos encontramos, ahora, ante una disyuntiva parecida; de alguna manera, se nos han presentado como inaplazables en su solución los interrogantes relativos a qué entendemos por militantes de vanguardia en función de las actuales necesidades de la Reconstitución, ¿los líderes prácticos o los cuadros formados íntegramente en todos los aspectos, teóricos y prácticos, de la dirección proletaria?, y de cómo educamos a esa vanguardia, ¿con la perspectiva amplia del proceso histórico de emancipación del proletariado, o en la inmediatez del trabajo práctico?, ¿educamos a la vanguardia en la escuela del estratega o en la del líder dirigente de una huelga?.

Georg Lukács, destacado comunista húngaro, dijo en una ocasión que, para su generación, la figura de Lenin había supuesto una auténtica revelación desde el punto de vista del modelo de dirigente revolucionario. Y no nos debe extrañar, porque Lenin es el primer gran dirigente revolucionario que adopta la posición del estratega en la dirección política de la lucha de clases proletaria. Efectivamente, desde 1830, el jefe revolucionario era el cabecilla del estrecho círculo conspirativo y clandestino y el líder de barricada. Ni siquiera el partido obrero más potente y organizado de Europa, el partido socialdemócrata alemán, pudo oponer otra alternativa a este tipo de liderazgo fuera del tribuno parlamentario. Lenin, por el contrario, representa al líder de las masas en movimiento, al jefe de los cientos de miles y de los millones de obreros en acción, dibuja a la perfección el perfil necesario del dirigente de las vastas masas que la revolución proletaria pone en movimiento. A diferencia del líder de barricada, que sólo puede dirigir una acción militar, que se identifica con ella y que hace depender todo el curso de la lucha de esa sola acción, reduciendo con ello toda la capacidad, intensidad y profundidad del movimiento político al margen que puedan otorgar unas pocas maniobras tácticas, Lenin, por el contrario, aplica a la dirección del movimiento una perspectiva estratégica, es decir, el método de combinar acciones tácticas en función del objetivo estratégico, subordinando siempre aquéllas a éste y utilizando absolutamente todos los medios posibles, políticos y militares, en relación con cada fase del movimiento. Lenin nos enseñó que no puede haber un verdadero método de dirección de la clase si no se combate la tendencia espontánea a contemplar la lucha de clases desde la perspectiva del instrumento táctico que estemos utilizando en cada momento: la tendencia al sindicalismo o, en general, al economicismo cuando tratemos de ganarnos a las masas en los frentes de resistencia y de construir el Frente Único; la tendencia al parlamentarismo cuando abramos el frente de la lucha de clases en el parlamento burgués; la tendencia al militarismo cuando declaremos abierta la guerra contra el capital, etc.

Si se nos permite utilizar el paralelismo con el arte de la guerra, podemos decir que Lenin significa, para el arte de dirección política proletaria, la cúspide que para la historia militar supuso la figura del comandante del ejército de la Unión durante la Guerra de Secesión norteamericana (1861-1864), Ulysses S. Grant. Hasta las guerras napoleónicas, la guerra estuvo dominada por el concepto táctico. Aunque, a diferencia de Alejandro, Napoleón no interviniese personalmente en la batalla y permaneciese en la retaguardia, el corso se ubicaba en una posición desde la cual observaba el campo de batalla y dominaba todo el curso de las operaciones. Así, la comandancia participaba directamente en la batalla, con lo que las maniobras tácticas constituían el elemento principal del modo de conducir la guerra, por lo que ésta misma dependía casi siempre del desenlace de una batalla. Pero Grant transforma este concepto de la guerra invirtiendo la relación estrategia-táctica al otorgar a la primera la función principal. De esta manera, Grant comienza incluyendo en la balanza del poderío militar aquellos factores externos que son la base del modo de vida de una nación, empezando por su potencia industrial y sus recursos humanos; y, en segundo lugar, pone el acento en la logística necesaria para que el potencial material de la nación sirva de soporte permanente de una enorme y poderosa máquina de guerra. El campo de batalla es, pues, el último punto de la atención de la comandancia militar. De hecho, Grant se sitúa siempre en la retaguardia de las batallas, sin establecer contacto físico con el frente, operando en función de informes que le tienen al tanto del estado de todos los frentes. La batalla en curso se subordina al plan general militar: la guerra ya no depende de una sola batalla, sino de todo un conjunto de operaciones que persigue alcanzar un único objetivo estratégico. El nuevo concepto de la guerra se correspondía con las condiciones de la nueva era que se abría paso con el capitalismo industrial, cuya expresión más pura y avanzada se estaba dando, y no por casualidad, precisamente en el mismo suelo que la forma más avanzada de conducción del arte militar.

Traduciendo los términos militares a los de la polémica política de Lenin con los mencheviques, se trata de adoptar la táctica-plan frente a la táctica-proceso que defendían éstos. De este modo, concluimos que el líder bolchevique representa un estadio superior de desarrollo, similar al alcanzado por Grant en el arte de la guerra, en los métodos de dirección política de la lucha de clases del proletariado. Y este debe de ser el modelo en el que inspirarnos a la hora de abordar las cuestiones relacionadas con la formación comunista y la elevación de nuestros militantes al nivel del revolucionario, a la hora de acometer la tarea de la construcción de los futuros cuadros dirigentes del proletariado. Debemos, pues, educar estrategas, no jefes militares de barricada, ni sindicalistas, organizadores de huelgas o agitadores (el desarrollo del movimiento ya procurará que las propias masas destaquen, en el momento necesario, jefes de este tipo); debemos elevarnos en nuestra formación hasta situarnos a la altura que exige ese salto cualitativo que históricamente puso en primer plano la estrategia sobre la táctica en el arte militar, la revolución sobre la huelga en el terreno de la lucha de clases del proletariado, y el Partido sobre el Sindicato (o el partido obrero de viejo tipo) en el de su organización.

Es en este sentido que Lenin insistía en su ¿Qué hacer? en que el buen dirigente revolucionario no es el “secretario de tradeunión” [3], que orienta la lucha económica de los trabajadores, pues no se trata únicamente de la contradicción capital-trabajo. Por el contrario, al obrero sólo se le puede dotar de conciencia política de clase –decía Lenin– desde la esfera “de las relaciones de todas las clases y sectores sociales con el Estado y el Gobierno, la esfera de las relaciones de todas las clases entre sí”[4], y añadía: “si [el revolucionario] es partidario, no sólo de palabra, del desarrollo polifacético de la conciencia política del proletariado, debe ‘ir a todas las clases de la población’” [5]. El cuadro de vanguardia, pues, debe elevarse hasta la perspectiva superior que le permita observar y estudiar desde arriba todo el escenario de la lucha de clases, y combatir toda tendencia que empuje hacia la perspectiva del movimiento por el movimiento , la perspectiva desde abajo que impide una contemplación completa de todos los acontecimientos relacionados con la pugna entre las clases. Sin embargo, aquel elevarse requiere previamente cierta talla intelectual , una actitud mental que de alguna manera debe ser adquirida, porque no es innata, no es espontánea ; requiere una preparación, un entrenamiento, una instrucción que capacite al cuadro comunista para la educación y la dirección revolucionaria de las masas.

En los últimos tiempos, la burguesía ha dejado constancia de que tiene muy presente la importancia de la cualificación de los cuadros para la dirección del desarrollo social. No cabe duda de que, en esa cualificación, juega un gran papel la formación cultural y la instrucción en el saber, y tanto más para el proletariado por cuanto su conciencia se construye –como ya hemos dicho– desde la ciencia. Sin duda alguna, la normativa promulgada por el anterior gobierno del PP, la Ley Orgánica de Universidades (LOU), ley que restringe el acceso de las masas a la educación superior, y la Ley Orgánica de Calidad de la Enseñanza (LOCE), que las aleja de la posibilidad de recibir una formación cultural integral, promoviendo la especialización prematura –y, a ser posible, puramente técnica y práctica– del alumnado, persiguen como fin precisamente obstaculizar la relación del proletariado con la cultura, y con ello, dificultar el desarrollo de su conciencia como clase y la construcción de sus cuadros políticos. Con estas leyes [6], la burguesía nos está diciendo que prefiere que los futuros dirigentes del proletariado se formen en el sindicato y en el movimiento práctico de masas y que la Universidad no influya en absoluto en esa formación; nos está diciendo que formemos cuadros de agitadores antes que de propagandistas, que cultivemos dirigentes prácticos y no teóricos, que formemos tácticos, no estrategas; en definitiva, está induciendo a la clase obrera a educar a sus dirigentes en la solución de sus problemas inmediatos y no en la comprensión de los problemas globales de la transformación social y de la dirección de esa transformación, en la elevación hacia la perspectiva revolucionaria, hasta el punto de vista del comunismo, ese punto de vista que Marx y Engels ya exigieron que expresase “los intereses del movimiento en su conjunto”[7] . La ofensiva de la burguesía contra la participación de las masas en y de la cultura coincide, precisamente, con un momento en que los destacamentos más avanzados del proletariado comienzan a replantearse los problemas relacionados con el papel de la ciencia en la formación de la conciencia de la clase y en el de la construcción de sus cuadros dirigentes desde una perspectiva amplia e integral, no economicista, y los relacionados con el vínculo existente entre la cultura y la reconstitución ideológica del comunismo. Tal vez se trate de una casualidad, pero por desgracia coincide con una coyuntura de repliegue y debilitamiento proletario y de fortaleza de la burguesía. Lo que sí está claro, al menos para la burguesía –y debe empezar a estarlo también para nosotros–, es la importancia que para la lucha de clases en general tiene la cuestión de qué clase posee el saber y los resortes educacionales necesarios para difundirla, y entre quién está dispuesta a hacerlo; lo que está claro, también, es que esta es una batalla de clase crucial, de importancia estratégica, de cuyo resultado dependerá en gran parte el futuro éxito a largo plazo de la Revolución Proletaria.

No sólo de la actualidad de la lucha de clases extraemos lecciones que nos indican la importancia de la preparación de cuadros como condición para dotar a todo futuro movimiento de masas de un carácter revolucionario, también la historia nos señala en la misma dirección. Sin ir más lejos, algunas conclusiones derivadas de nuestro análisis de la Revolución de Octubre nos muestran lo decisivo que puede ser que las masas aprendan , ya durante el capitalismo, lo máximo posible sobre el manejo y dirección de las fuerzas productivas como requisito de independencia de la clase y como primer paso para su aprendizaje en la futura gestión y dirección de toda la economía social. Concluíamos que esta enseñanza debía ser llevada en su momento a nuestra política sindical en la forma de las reivindicaciones concretas que hagan posible aquel objetivo. Pues bien, ¿por qué no aplicar esta lección al problema de conjunto de la dirección política de la clase obrera, tanto antes como después de la conquista del poder?, ¿es que, acaso, no hay que aprender a ser dirigente ?, ¿es que la dirección del Partido, la dirección de las masas por éste y, posteriormente, la dirección de toda la sociedad no exigen, en cada una de esas etapas, el dominio de ciertas técnicas de dirección, no requiere de conocimientos que no se pueden adquirir de forma espontánea, sino mediante el aprendizaje por el estudio y la experiencia?.

La idea misma de preparación , de aprendizaje , relacionada con la tarea primordial de la construcción de cuadros como medio para el fortalecimiento de la vanguardia marxista-leninista y de su posición en la lucha de dos líneas en el seno de la vanguardia teórica, nos informan de que la naturaleza del punto de partida en el que debemos situarnos es esencialmente teórica . Asimismo, lo confirma el objetivo que nos hemos marcado al definir las cualidades del cuadro comunista siguiendo el modelo que representa Lenin, las cualidades del estratega. Pero, ¿en qué sentido debe ser entendido esto? Desde luego, en el de alejarnos del aprendizaje práctico, de las enseñanzas de las luchas a pie de calle . Debemos combatir toda propuesta o toda tendencia que favorezca el cultivo de la práctica frente a la teoría, que traiga consigo la educación política en la escuela de la práctica, de la organización y del trabajo cotidiano (practicismo) frente a la educación en la escuela del estudio teórico y de la elevación intelectual del militante; debemos combatir toda actitud teórica o práctica que conduzca a la infravaloración del papel de la teoría en la formación de los cuadros comunistas y que implique la minusvaloración de todo esfuerzo, individual o colectivo, por elevar cultural e ideológicamente a los militantes de vanguardia. Pero también hay que combatir la idea de la formación teórica en el sentido puramente formal, de que la instrucción de los comunistas consista en un agregado indiscriminado de datos y de conocimientos. En absoluto. Se trata de formar en y desde la ideología proletaria, en y desde el marxismo-leninismo, pero no entendido como filosofía política , sino como concepción del mundo . El objetivo consiste en que los comunistas terminen asumiendo el marxismo-leninismo como Weltanschauung (concepción del mundo), que es la forma verdadera de concebir la ideología proletaria, superior a la forma tradicional –incluso podríamos decir, espontánea – de aprehenderlo que fue dominante durante la mayor parte del Primer Ciclo Revolucionario, el comunismo entendido casi exclusivamente como teoría política. Ésta supone una práctica reduccionista de todo el rico complejo ideológico del marxismo-leninismo, y conduce a una concepción unilateral del mismo. Precisamente y con toda probabilidad, una de las causas de fondo de la derrota del proletariado en ese ciclo haya que buscarla en este déficit ideológico. Al menos, cabe como explicación en la medida que parte de los problemas procedieron de la incapacidad ideológica para dar respuestas políticas acordes con las nuevas situaciones históricas que presentaba el proceso de transformación de la sociedad.

El predominio de la concepción estrecha del marxismo como filosofía política fue un caso general durante todo el Ciclo de Octubre dentro del movimiento comunista internacional. La causa fundamental residía en que los partidos comunistas se fundaron siempre sobre una base programática y bajo un tutelaje externo (la Internacional Comunista). Incluso muchos de los desarrollos ideológicos del principal partido de aquel movimiento, el partido bolchevique –que sí se formó y se desarrolló en virtud de la solución de debates teóricos de profundo calado– se realizan, sobre todo después de la muerte de Lenin –aunque también, en parte, bajo la dirección de éste–, en función de problemas coyunturales, problemas que, además, se resuelven muchas veces de una manera insatisfactoria desde el punto de vista de la relación entre la superación de esas determinadas coyunturas políticas y las exigencias a largo plazo del movimiento hacia el Comunismo.

Ejemplos de esos problemas resueltos de manera insuficiente, y que aquí sólo apuntamos en este último sentido, son: la cuestión del capitalismo de Estado –la economía estatalizada– en la sociedad de transición, que quedó en el aire en el X Congreso del partido bolchevique y que, para el XV, ya había desaparecido como problema casi por arte de magia, al identificarse capitalismo de Estado con socialismo o, si se prefiere, estatalización con socialización de los medios de producción; el irresuelto debate sobre el modo de conducir la transformación de las relaciones sociales en el campo ruso, a partir de 1924 (se consideró un escrito postrero de Lenin titulado Sobre las cooperativas , como el plan leninista de colectivización del campo , cuando, por un lado, era sólo un texto de reflexión destinado para el debate y no una propuesta de resolución del mismo, y, por otro, no atendía a todos los aspectos del problema –como, por ejemplo, la lucha de clases en el campo); el insuficiente desarrollo de la teoría del Socialismo en un solo país como respuesta a las necesidades del progreso de la Revolución Proletaria Mundial a partir de la segunda mitad de la década de los 20, que alimentó una marcada tendencia al nacionalismo (socialchovinismo) en el partido comunista soviético y su desvío hacia la teoría de las fuerzas productivas ; la renuncia a la independencia política del comunismo por mor de una alianza a cualquier precio contra el fascismo con la socialdemocracia y el liberalismo (táctica refrendada por el VII Congreso de la Komintern); la subordinación de la ciencia a los intereses de la política hasta manipular los resultados de aquélla y tergiversar la esencia del marxismo ( caso Lysenko , en Biología, caso Kozyrev , en Astrofísica), etc. Todos estos debates están referidos al caso soviético y, aunque nunca se termina en ellos de romper los lazos con las necesidades de fundamentación teórica que todo desarrollo exige como premisa, sí se percibe una marcada tendencia al predominio de lo coyuntural, a resolver interesadamente en función de las necesidades inmediatas de la línea política o el estado de cosas vigentes.

Si esto sucedía en la organización de vanguardia del movimiento comunista internacional, mucho más acentuada se presentaba esa tendencia al reduccionismo político del análisis marxista en los partidos hermanos , donde en muchas ocasiones se limitaban simplemente a traducir en su interior los resultados políticos de los debates que habían tenido lugar en el seno del partido comunista soviético.

En el Estado español, por su parte, a estas peculiaridades comunes al movimiento general se unen otras particulares debidas a las propias condiciones de la evolución socioeconómica y política del país, y, en particular, al escaso arraigo que en el movimiento obrero tuvo siempre el marxismo. Primero, por la hegemonía del anarquismo durante la época de la AIT; después, cuando en Europa el socialismo de inspiración marxista termina por hegemonizar el movimiento obrero (aunque casi siempre de una manera más formal que real), porque el Estado español quedó al margen de ese proceso. Efectivamente, cuando, a mediados del siglo XIX, Julián Sanz del Río, intelectual con predicamento entre los sectores progresistas que tenían influencia en el incipiente movimiento obrero, visitó Alemania, nación con una efervescente tradición filosófica, con la intención de buscar una filosofía que pudiese enmarcar los proyectos políticos de la burguesía revolucionaria, se encontró con que dos escuelas estaban allí de moda entre las elites intelectuales: el socialismo (sobre todo, Hess, Weitling y la escuela del verdadero socialismo) y el krausismo. Eligió esta última corriente de pensamiento y la introdujo en España, prestando posteriormente las bases teóricas del discurso político de algunos sectores de oposición al sistema de la Restauración y del reformismo liberal de finales del siglo XIX y del primer tercio del XX. En la época en la que Sanz del Río estuvo pensionado por el gobierno español en Alemania, ni el marxismo había aún cuajado como corriente alternativa del socialismo, ni en el Estado español el desarrollo del proletariado era lo suficientemente importante como para que la intelectualidad avanzada fuese sensible a sus necesidades teóricas. En España todavía no se había consumado la revolución burguesa, y ni siquiera había entrado aún en escena el partido democrático (todo esto sucede antes de la Gloriosa Revolución de 1868). Sin embargo, y puesto que la frontera pirenaica permanecía impermeable a la penetración de cualquier influencia del socialismo francés, se perdió una buena ocasión para haber creado tempranamente una escuela de pensamiento socialista en España que hubiera facilitado la creación de condiciones culturales para la posterior recepción del marxismo. Al contrario, floreció el pensamiento humanista y personalista que depositaba en la educación del individuo toda esperanza de renovación. Cuando en el Estado español se crearon el primer partido y el primer sindicato obreros (en 1879 y 1888, respectivamente), en el ambiente intelectual de la época el marxismo no estaba seriamente presente. La influencia del reformismo y de la ideología burguesa fue, en consecuencia, demasiado importante en la fundación de esos órganos del ya sólido movimiento obrero en el Estado español. De hecho, el marxismo nunca constituye la única fuente de inspiración para la política del PSOE (Guesde influye más que Marx en la elaboración teórica y política del partido en sus primeras etapas), y cuando su ala izquierda se escinde para formar el PCE, lo hace más en virtud de los acontecimientos que había provocado en el escenario internacional un evento como la Revolución de Octubre, que como fruto de un proceso interno de deslindamiento político e ideológico. Posteriormente, sólo durante coyunturas históricas de auge de la lucha de clase del proletariado el marxismo recupera su papel protagonista en el proscenio político español: durante la II República y en el tardofranquismo el marxismo se coloca como referencia de primera línea para los sectores de vanguardia de la sociedad y para el movimiento obrero; sin embargo, en ambas ocasiones se presenta en su aspecto sesgado de pensamiento político: alimenta los programas de innumerables grupos y partidos, pero sus líneas políticas no se sostienen sobre una sedimentada tradición filosófica que hubiese familiarizado con la concepción del mundo marxista a promociones de intelectuales y a generaciones de dirigentes obreros. Esta falla acarreará graves consecuencias cuando en la Transición sea derrotada la opción rupturista (ya de por sí, enfocada al modo pequeñoburgués), y con la monarquía parlamentaria vaya desapareciendo gradualmente todo ese movimiento político revolucionario, tras cuyo rastro no quedará absolutamente nada del discurso proletario.

En resumidas cuentas, en la historia contemporánea del Estado español el marxismo no cuajó nunca como escuela de pensamiento, y su historia política apenas dejó testimonio. El hecho de que aquí no podamos mencionar a ningún Kautsky, Labriola o Plejánov, dice bastante por sí solo del papel que las ideas de Marx hayan podido jugar en la orientación del proletariado español en su lucha de clase, pobre en el terreno político y nulo en el teórico. Con esto no queremos insinuar que una de las tareas actuales tenga que ser la de implantar el marxismo como escuela filosófica en España. En absoluto. Tal vez en los prolegómenos de la primera gran ola de la Revolución Proletaria Mundial cupiese cierta autonomía entre la lucha teórica y la política. El monopolio casi exclusivo del conocimiento en manos de la intelectualidad permitía que determinados individuos resolvieran las cuestiones de fondo más teóricas, mientras que el partido se ocupaba de la agitación y de la propaganda. Pero desde el momento en que el partido de nuevo tipo leninista se ha convertido en el punto de partida para el inicio de la próxima ola revolucionaria, esa división del trabajo ya no ha lugar. Ahora, es con el Partido Comunista como centro que el proletariado acomete la lucha de clases en los tres niveles que describió Engels: económico, político y teórico. Ya no tiene sentido hablar del marxismo como filosofía y del marxismo como línea o programa político de forma separada. Si lo distinguíamos en la pequeña valoración histórica sobre la vigencia del marxismo en el movimiento obrero internacional durante el Primer Ciclo Revolucionario, era porque, además de constituir un hecho, nos permitía explicar las razones del reduccionismo político al que fue sometido el pensamiento de Marx de manera generalizada en el mundo y exagerada en el Estado español. Pero el nuevo ciclo de la Revolución Proletaria presupone superada la dicotomía intelectualidad burguesa-movimiento obrero que caracterizó al Ciclo de Octubre y, por lo tanto, también la tendencia a la autonomización de la dirección de la lucha en las diferentes esferas de la confrontación social. Al contrario, todas se articularán en torno al Partido. Sin embargo, esto trae consigo el reto de asumir el marxismo como totalidad, como cosmovisión, como Weltanschauung . La conservación de los vínculos e interrelaciones existentes entre los distintos planos de la lucha de clases permitirá mayores garantías en la cohesión ideológica entre los fundamentos teóricos y las resoluciones políticas y una más profunda visión crítica que permita en todo momento la adecuación de la línea política a las necesidades del desarrollo real de la sociedad, sin hipotecar el futuro revolucionario por las necesidades políticas del momento, por muy acuciantes que éstas nos parezcan.

La obligación que actualmente nos imponen las tareas relacionadas con la Revolución Proletaria de asumir el marxismo-leninismo como un todo, como concepción del mundo, no significa que la política haya dejado de ser el terreno decisivo de la lucha de clases, en general, y que la Reconstitución del Partido Comunista haya dejado de ser la tarea política más apremiante para el proletariado consciente, en particular. Al contrario, la política sigue siendo la expresión concentrada de la lucha de clases y el punto que permite la transición de la crítica social a la práctica social, lugar de asentamiento necesario, por tanto, para la obra de transformación del proletariado. Pero que la política sea lo principal y la lucha por el poder político lo verdaderamente importante es una cosa, y otra bien distinta considerar que es en términos políticos como se resuelven todas las formas de la lucha de clases o que sea el punto de vista de las necesidades de la política en curso las que dominen los análisis de los problemas que plantea la lucha de clases. El dominio del criterio de la política por la política ha demostrado que genera una tendencia al pragmatismo y al tacticismo demasiado peligrosa. El modo de superarla es adoptando el punto de vista global que nos permita enmarcar cada momento en el proceso en el que está incluido, manteniendo siempre la perspectiva del objetivo final; y este punto de vista sólo nos lo puede aportar el marxismo-leninismo como cosmología.

Notas:

[1] LENIN, V. I.: Obras completas . Moscú, 1981. 5ª edición. Tomo 6, pág. 91.

[2]Ibidem , pág. 134.

[3]Ibid ., pág. 86.

[4]Ibid ., pág. 84.

[5]Ibid ., pág. 87.

[6] Aunque la reforma de la LOCE, promovida por el PSOE y que será aprobada en otoño de este año, ha limado las aristas más retrógradas de la Ley (derogación de los itinerarios en la enseñanza secundaria y carácter voluntario de la asignatura de Religión), ralentizando la tendencia que impone el capital hacia la especialización en el aprendizaje que el PP quería acelerar, está por ver hasta qué punto el nuevo partido en el poder anulará el alcance de esa normativa ultrarreaccionaria. En cualquier caso, sólo será una cuestión de grado: el PSOE fue quien introdujo la LOGSE, a finales de los 80, cuando ya se había demostrado –por ejemplo, en Francia– que provocaría un deterioro en la calidad de la educación pública.

[7] MARX y ENGELS: Op. cit ., pág. 35.

Bildung und Wissenschaft : la universidad obrera

La construcción de buenos cuadros dirigentes y la asunción, por su parte, del marxismo-leninismo como concepción del mundo son dos de los pilares básicos imprescindibles para el cometido de reconstituir la ideología comunista. Pero, ¿cómo formar ese tipo de militante comunista, de qué instrumentos necesitamos dotarnos para ello?.

Como se trata de educar, de formar, lo primero que necesitamos es instrucción ( Bildung ), pero instrucción en la ciencia ( Wissenschaft ). En este momento, las necesidades de la lucha del marxismo por reconquistar la posición de vanguardia teórica son distintas a las que requerían otros momentos históricos como, por ejemplo, la Rusia de los debates en torno al II Congreso del POSDR. En aquel momento, como diría Lenin, el eslabón de la cadena al que era preciso agarrarse era la fundación de un periódico revolucionario para toda Rusia. Hoy, para nosotros, ese eslabón es diferente, o, mejor dicho, corresponde a las necesidades propias de una etapa distinta, anterior, del proceso. En la Rusia de 1903, la obra de lucha y deslindamiento con otras corrientes políticas, aunque no consumada, ya hacía tiempo que había sido iniciada por el marxismo revolucionario, y era distinto el estado de ánimo de las masas, en pleno movimiento ascendente desde 1895 –movimiento que culminaría con la revolución de 1905–, mientras que nosotros aún nos encontramos en los inicios de aquella lucha, apenas restablecidos del aturdimiento que nos provocó la última derrota del proletariado internacional. ¡Y qué decir del estado de ánimo actual de las masas! Si hacia 1903 los marxistas revolucionarios rusos debían cubrir el último tramo de su lucha de desenmascaramiento de las corrientes políticas oportunistas de la época, para pasar inmediatamente a la conquista de los elementos más conscientes de las masas proletarias, de ahí la importancia del órgano central de prensa, nosotros debemos retrotraernos aún más, cuando los marxistas rusos –por continuar el paralelismo con la experiencia rusa–, encabezados por Plejánov, iniciaron la lucha contra los populistas (anarquistas) por lo menos a partir de 1883. Nuestra primera y principal tarea, en estos momentos, es similar. También debemos combatir el oportunismo político, el que plantea a las masas falsas vías revolucionarias y el que sólo les ofrece una salida reformista. Pero como el estado de liquidación de la conciencia marxista es severo –algo por lo que no pasaron nuestros homólogos rusos–, también debemos prepararnos para este combate . Por esta razón, el eslabón de la cadena al que tenemos que asirnos es diferente, no responde a tareas cuya naturaleza correspondería a las que pueda cumplir un periódico o la propaganda política en general, sino con tareas de carácter más elemental : formar cuadros marxistas-leninistas, educándolos en la teoría y en la lucha de dos líneas contra el oportunismo.

Instrucción y ciencia son los elementos clave que nos permitirán crear buenas bases y buenas condiciones para la construcción de cuadros comunistas. Pero debemos entender esas palabras en un sentido particular. Por eso, para designarlas, hemos utilizado los vocablos correspondientes en alemán, porque en esta lengua presentan connotaciones semánticas que adquirieron, sobre todo en un determinado periodo histórico, connotaciones que matizan el significado de esas palabras en el sentido que nosotros queremos subrayar. Efectivamente, cuando a partir de la liquidación del Sacro Imperio por Napoleón se apodera de Alemania una fiebre reformadora, mezcla de Ilustración y de resentido nacionalismo, y los sectores emergentes de la sociedad germana pertenecientes a las nuevas clases medias, vinculadas más con las profesiones liberales que con la industria, pretenden dirigir, con el permiso de la aristocracia, los cambios necesarios para situar a Alemania al nivel de las necesidades del mundo moderno que se había gestado a partir de la Revolución Francesa –que ni siquiera la Restauración sobrevenida con la derrota de Napoleón había podido atajar–, aparece la idea de la necesidad de que la renovación espiritual y moral de Alemania y su reforma política fuera encabezada por una nueva elite cultural de líderes formados para el gobierno del país: los hombres de Bildung . Bildung significa instrucción, educación; pero a diferencia del término homólogo Erziehung , que denota asimilación pasiva de conocimientos, la palabra Bildung indica autoformación, dirección de uno mismo en el cultivo del saber, búsqueda del conocimiento, autodesarrollo cultural. Este elemento activo deja traslucir una predeterminación consciente a la hora de iniciar una labor educativa, es decir, la conciencia de que esta labor es solo un medio para alcanzar un fin predeterminado, lo cual resulta fundamental a la hora de definir el carácter de la formación ideológica y cultural del cuadro comunista, porque educar en términos de Bildung supone la capacitación crítica necesaria que permitirá su autoformación permanente. El sentido de la palabra Bildung presenta, pues, ante nosotros, un nuevo reto: el de enseñar a aprender . Si, además, el contenido principal de este aprendizaje se corresponde con la concepción del mundo proletaria, entonces habremos puesto los cimientos para edificar verdaderas conciencias revolucionarias.

Igual que para la mesocrática elite intelectual alemana de principios del siglo XIX la educación entendida como Bildung implicaba una idea de funcionalidad, de que una sabia autodirección cultural habilitaba para la dirección política (frente a las pretensiones fundadas en el nacimiento y la posición social propias de la tradición de la época), de la misma manera la formación intelectual del dirigente proletario no debe entenderse en términos de erudición académica, de búsqueda del saber por el saber , sino en los del conocimiento del mundo como condición para su transformación . Para decirlo de un modo más inmediato, relacionado con la política práctica, y con las palabras de Lenin, la instrucción en términos de Bildung de los militantes comunistas les permitirá “dirigir todas las manifestaciones de esta lucha múltiple, [y] que sepan, en el momento necesario, ‘dictar un programa positivo de acción’” [1] en cada uno de los frentes de la lucha de clases en el que tengan encomendadas tareas revolucionarias. La autonomía intelectual que le dotará de la capacidad de servirse por sí mismo y de saber enfrentarse a los retos novedosos que plantee la lucha de las masas, tanto desde el punto de vista teórico como práctico, principalmente en la tarea de aplicar y traducir creativamente la línea política revolucionaria en cada uno de esos frentes, permitirá al cuadro comunista ejercer de vanguardia y, a través de él, al Partido la dirección efectiva del movimiento de masas (cuestión a tener en cuenta y de vital importancia cuando se aborde la tercera fase de la Reconstitución: el trabajo entre las masas para conquistar a la vanguardia práctica). La autonomía intelectual que acompaña a la idea de Bildung no debe entenderse en el sentido pequeñoburgués de libertad de crítica , sino en el de capacidad crítica adquirida como condición sine qua non para ejercitar una actividad de vanguardia consciente. De la misma manera, la idea de Bildung , aunque pone énfasis en la iniciativa y la actividad individual en la formación, no pretende prescindir –y en nuestro caso no debe prescindir– del aprendizaje colectivo y de la experiencia práctica. Lo que pretende remarcar es la idea de formación permanente , fuera incluso (o, mejor dicho, sobre todo ) del marco de la actividad organizativa, la idea de la continuación de la formación por otros medios , por los propios medios, la idea de reflexión permanente sobre el mundo a la luz del marxismo y sobre el marxismo a la luz de ese mundo, de imbuirnos de espíritu crítico y de ganas de aprender para comprender, de imbuirnos de la idea de que el permanente movimiento de la realidad exige de nosotros un aprendizaje constante y un esfuerzo intelectual individual permanente, exige de nosotros, en definitiva, el ejercitar la Bildung .

La relación entre el aspecto individual y el colectivo del aprendizaje ha sido planteada por nosotros de manera bastante unilateral hasta ahora. Al considerar la asunción colectiva de los materiales de formación como la forma verdadera de asimilación, hemos terminado entendiendo que también se trata de la única , lo cual es falso. Naturalmente, desde el punto de vista del debate, síntesis y elaboración de la política del día a día el marco colectivo de actividad intelectual es el principal; de la misma manera ocurre cuando se trata de asimilar de la mejor y más completa forma posible cuestiones y temas teóricos concretos relacionados directamente con el pensamiento marxista o con las necesidades de su política. Pero en este terreno estamos hablando de lo que la organización aborda desde el punto de vista de las necesidades teóricas o políticas más inmediatas o perentorias, ya se trate de dotar a los militantes de los elementos teórico-conceptuales imprescindibles para el conocimiento del marxismo-leninismo, ya de su aplicación práctica. Queda, sin embargo, olvidada –o, al menos, pendiente– una cuestión de fondo fundamental, a saber, que la asimilación mental de la concepción del mundo marxista-leninista es un prolongado y larvado proceso de sedimentación intelectual, y, además, en primera instancia, un proceso individual . El contexto formativo colectivo es importante como el más adecuado útero de gestación del marxista individual en tanto que guía intelectual y en tanto que entorno desde el que vincular la formación teórica del individuo con las necesidades prácticas del movimiento real de la lucha de clases (necesidades que son la verdadera base material de los problemas en cuya solución teórica debe participar el comunista como individualidad intelectual); pero esto no puede sustituir –y, en parte, nosotros hemos sido víctimas de este error– la originalidad de la experiencia individual en el estudio del marxismo-leninismo, o en la asimilación particular de la concepción del mundo proletaria. En general, nosotros no hemos sabido concienciar a los camaradas sobre la importancia de su experiencia personal como estudiantes de la doctrina comunista. De hecho, la etapa de preparación individual de los temas de estudio previa a las reuniones de formación (etapa colectiva) ha sido infravalorada e, incluso, en muchos casos suprimida. Como resultado hemos convertido el estudio en una formalidad y a nuestro método de estudio, en los hechos, en un método pasivo de educación ( Erziehung ) en el que la generalidad de los camaradas se han limitado a escuchar y a intentar comprender las ideas y comentarios de los otros más informados previamente. En tal situación, hemos reproducido inconsciente e involuntariamente el esquema que precisamente queríamos superar con el Programa de Formación: la separación entre el militante comunista y la ideología comunista, en general, y, en particular, la separación entre quienes conocían algo de marxismo-leninismo y quienes no conocían nada (con todo lo que esto puede repercutir en la organización desde el punto de vista de la reproducción de la división burguesa del trabajo manual e intelectual).

El problema de una actitud activa ante la formación ( Bildung ) adquiere, por tanto, la mayor importancia a partir de ahora. Y esta actitud sólo puede venir de la concienciación de que el aspecto individual de la educación acompaña en importancia al aspecto colectivo. De hecho, son complementarios. En primer lugar, porque la asimilación del marxismo-leninismo como Weltanschauung no puede reducirse al aprendizaje de unas tesis filosóficas o políticas. Aquí, la sentencia de Heráclito nos resulta del todo pertinente: para saber una cosa no basta con haberla aprendido [2]; o sea, aprender no es saber . Aprender una serie de principios, tesis ideológicas o políticas, o leer unos cuantos libros marxistas importantes no significa que se haya asimilado el marxismo como concepción del mundo. Para ello es preciso estudiar en el pleno significado de la palabra, reflexionando y reuniendo con sentido crítico nuestros conocimientos hasta el punto de imbuirnos del espíritu de la ideología, de familiarizarnos con su particular enfoque de la realidad. Además, es importante no limitar el interés de nuestra formación a la doctrina político-filosófica marxista-leninista propiamente dicha, sino ampliarlo a todas las facetas de la realidad y de la ciencia ( Wissenschaft ) en virtud de la vocación integradora y del punto de vista global que el marxismo-leninismo proyecta sobre el mundo. El esfuerzo individual por amalgamar todos esos contenidos cognitivos en un bloque homogéneo y único, en una cosmovisión, desde la perspectiva crítica marxista, contribuirá en gran medida a la forja de mentes portadoras de la cosmología proletaria. Los resultados de este esfuerzo individual pueden y deben contrastarse colectivamente –aunque no desde un riguroso orden del día, sino en la medida que las necesidades prácticas obliguen a ofrecer esos resultados en función de problemas concretos–, de modo que esas mentes proletarias individuales vayan configurando poco a poco una mente colectiva –ese querido intelectual colectivo – como verdadero soporte y propagador de esa nueva concepción del mundo.

Pero mientras este proceso acompaña paralelamente al proceso de Reconstitución, desde el punto de vista de nuestras necesidades inmediatas como destacamento de vanguardia ideológica, debemos hallar un nuevo equilibrio entre los aspectos individual y colectivo de la instrucción del militante comunista. En este sentido, es importante señalar que compartir una misma concepción del mundo no significa profesar un pensamiento único. En tanto que individuos limitados, la concepción del mundo proletaria sólo puede ser representada parcialmente en las conciencias de los comunistas. Esta limitación exige cierta complementación de los distintos grados y modos de asunción individual del marxismo-leninismo. Será así, por lo menos, hasta la culminación de la Reconstitución. Pero lo que sí perdurará –incluso en el seno del Partido Comunista– será la importancia de esa diferencia y desigual asunción individual de la concepción del mundo proletaria desde la perspectiva del desarrollo teórico del comunismo. Ciertamente, es en el largo plazo donde la contribución individual al desarrollo ideológico del proletariado adquiere su verdadero relieve. Si en lo inmediato es el contexto colectivo lo determinante para la resolución de los problemas teóricos y prácticos del movimiento desde la aplicación del esquema unidad-crítica-unidad , a la larga es la aportación novedosa (individual) ante un problema nuevo lo que permite ese desarrollo ideológico-político en términos cualitativos, cuando precisamente las premisas conceptuales desde las que se operaba no permiten enfrentarse correctamente a esos problemas novedosos y es preciso romper con ellas, revolucionarlas , plantear en toda su dimensión el elemento central de aquella dialéctica del desarrollo político-ideológico del comunismo, la crítica, la lucha . Y la capacidad interna del organismo político para recurrir a lo novedoso para enfrentarse a lo nuevo proviene, precisamente, de la diferenciación y riqueza de matices, de las distintas versiones del pensamiento en que ha ido asimilándose individualmente una misma concepción del mundo. Esta diversidad, por decirlo de algún modo, cumple la función que la variabilidad genética de las especies en la Naturaleza: garantizar su adaptación y evolución. La aportación de elementos individuales parciales e innovadores en la solución de los problemas prácticos de la revolución y su asimilación colectiva e integrada en la lógica del discurso ideológico de clase es el modo como se desarrolla el Partido Comunista desde la perspectiva de la contradicción individualidad-colectividad en la esfera intelectual. Pero, por otro lado, en este ámbito lo individual no podrá sustituir nunca a la colectividad como depositaria de la totalidad ideológica, de todo el horizonte cosmológico de la concepción del mundo del proletariado; la individualidad sirve a las necesidades del permanente desarrollo ideológico y a la constante vocación de teoría de vanguardia del marxismo-leninismo; pero la individualidad no puede suplir a la organización de vanguardia o al Partido Comunista como consciente colectivo depositario de la Weltanschauung de la clase proletaria, como entorno intelectual donde pacientemente se van soldando los fragmentos de la conciencia clasista del mundo al mismo ritmo que ésta se va desarrollando. De ahí que algunas tesis políticas defendidas por ciertos sectores del movimiento comunista se nos antojen del todo erróneas por unilaterales y dogmáticas. Tesis como la teoría de la jefatura , defendida por algunas organizaciones maoístas, rompen completamente la unidad dialéctica entre individuo y colectivo en la cuestión del desarrollo teórico de la ideología proletaria, terminando por permitir la suplantación del Partido por el jefe, y por ungir a la conciencia individual con el monopolio y el privilegio de la creatividad teórica, sin referencia alguna al colectivo y por encima del Partido. Cuando, por añadidura, se personaliza esa conciencia individual, es decir, se considera que la individualidad intelectual creadora es siempre la misma y, en consecuencia, la única y verdadera portadora de la concepción del mundo proletaria, obtendremos como colofón la teoría complementaria del pensamiento guía . Ambas tesis, por tanto, deben ser denunciadas por idealistas e individualistas, por impedir la comprensión del verdadero papel que juega el individuo en el proceso de desarrollo del pensamiento proletario y su correcta relación con el colectivo partidista en esta materia (por no hablar ya del perjudicial reflejo de la rígida división del trabajo de la sociedad burguesa que provoca en el interior de la organización de vanguardia), y porque, después de todo, son hijas de una época, la del Primer Ciclo Revolucionario, donde dominó la concepción del marxismo como filosofía política y nunca se planteó la necesidad (si exceptuamos el corto período de la Revolución Cultural china y somos condescendientes con sus declaraciones de intenciones y no demasiado severos con la perspectiva, cuando menos ingenua, de extender la concepción del mundo proletaria entre las masas a base de recetarios de citas como el Libro rojo ) de formar a todos los comunistas en la concepción del mundo proletaria. Ni siquiera esto se planteó como problema a resolver con los adecuados medios políticos.

El marxismo-leninismo como Weltanschauung implica una cosmología unitaria, una visión del mundo como totalidad integrada, como organon . La formación multidisciplinar del marxista persigue la representación intelectual de esa cosmovisión, su comprensión y su integración en su actividad práctica. La Weltanschauung así concebida exige una Wissenschaft , una ciencia; pero no una ciencia entendida como novedosa disciplina propia, ni tampoco como práctica experimental particular, sino como resultado del saber universal, como asimilación y síntesis sistematizada de los progresos de las ciencias y su integración crítica en el marco gnoseológico marxista-leninista. La idea ilustrada de Wissenschaft surgió como negación del dominio humanístico-literario en los contenidos de la formación cultural dominante (basados en la lengua y la literatura clásicas, griega y latina) que en Europa se remontaba al Renacimiento, y por oposición a toda superstición, esoterismo o espontaneísmo en el proceso de conocimiento. Éste sólo puede ser resultado de la ciencia, y es en su espíritu y en el conocimiento de las leyes reguladoras del universo que nos va desvelando donde debe residir la fuente de nuestra instrucción. La Wissenschaft así entendida pasa de esta manera a ser el objeto de la Bildung (es decir, educarse en la ciencia ), el marco general y permanente de su desenvolvimiento y de su actividad, bajo la guía crítica del marxismo-leninismo. La unidad de ambos – Bildung und Wissenschaft – expresará el continuo esfuerzo por asimilar los progresos de la ciencia a la Weltanschauung proletaria y por la permanente actualización del marxismo-leninismo como teoría de vanguardia. Esa unidad constituirá el fundamento principal para proveer del contexto adecuado para la consecución de ese objetivo fundamental que es la construcción de cuadros comunistas: la universidad obrera . Esta idea de universidad obrera no debe ser interpretada en el sentido organizativo-institucional, sino como la visión genérica que englobaría el trasfondo común de las principales tareas políticas del presente periodo.

La idea de universidad obrera corresponde a una común necesidad histórica de autogestión cultural del proletariado en una nueva época prerrevolucionaria y en un nuevo nivel. Igual que en los preliminares del Ciclo de Octubre las consecuencias del imposible acceso a la educación por parte de las grandes masas trataba de paliarse a través del mitigamiento del analfabetismo y de impartir nociones de cultura general a las bases del sindicato o del partido obrero en la denominada Casa del Pueblo , en la actualidad, la imposibilidad creciente de acceder a una educación elevada de las masas y de sus elementos más preparados, en general, y la imposibilidad de obtener, en particular, una concepción del mundo autónoma, independiente de la burguesa, en el seno del sistema educativo vigente, obligan al proletariado consciente a dotarse de los instrumentos necesarios para elevarse intelectualmente hasta el punto que exige el grado de civilización alcanzado por el desarrollo social. Si en el Primer Ciclo Revolucionario las Casas del Pueblo se correspondían con una situación en la que era preciso acercar a las masas culturalmente a la actividad de su vanguardia, pues mientras la vanguardia estaba educada, las masas eran semianalfabetas, ante el próximo ciclo revolucionario la necesidad de la universidad obrera es exponente de una situación inversa, donde, relativamente hablando, las masas son muy cultas y la vanguardia, en cambio, no está a la altura de las exigencias de la dirección en la construcción de una sociedad nueva, ni de la dirección política de las masas, ni siquiera de las de la dirección de su partido revolucionario. Si en el Ciclo de Octubre el gran problema de la revolución, desde el punto de vista de la cultura, era la participación de las masas en la obra de edificación de lo nuevo, precisamente su participación en el proceso de su emancipación –lo que ponía un fuerte interrogante a la naturaleza del proceso revolucionario como proceso de autoemancipación del proletariado–, en la actualidad, la lucha de clases proletaria y las necesidades que impone el incremento de la composición técnica del capital han obligado a la burguesía a formar a los hijos de la clase obrera hasta niveles altos de educación (generalización de la enseñanza secundaria), pero impide su acceso a la formación superior como cuadros dirigentes . Esto es lo que debe suplir el proletariado de manera autosuficiente e independiente de cara al futuro ciclo revolucionario, del mismo modo que en la época de su preparación para el primer asalto revolucionario se enseñó a leer a sí mismo. Lo cual, por cierto, redundará en una mejor correspondencia entre la preparación cultural de la vanguardia y la de las masas de la clase, y en una correspondencia a un nivel más alto; lo cual, a su vez, otorgará mayores posibilidades futuras a la autonomía que el proletariado como clase debe imprimir a la revolución como proceso de autoemancipación.

Notas:

[1] LENIN: Op. cit ., pág. 91.

[2] “No entienden los más las cosas con las que se topan, ni pese a haberlas aprendido las conocen, pero a ellos se lo parece.” ( Filósofos presocráticos Barcelona, 1995; pág. 133).

La construcción de la vanguardia

Construir cuadros no es construir vanguardia , de la misma manera que construir vanguardia no es construir Partido (o, en nuestro caso, reconstituir ). Debemos preparar al militante comunista como dirigente revolucionario, formándolo en el mayor número posible de campos del conocimiento y dotándole de la concepción del mundo proletaria, además de hacer de él un buen propagandista de la línea política proletaria y de los principios que la inspiran. Ésta debe ser nuestra actividad principal como organización que persigue el desarrollo de la vanguardia marxista-leninista. Pero, aunque necesario, esto no es suficiente. Como destacamento de vanguardia y, por lo tanto, como punto de referencia nuclear de la vanguardia proletaria, la organización marxista-leninista debe asumir la responsabilidad de aquel desarrollo en la dirección de la Reconstitución, y vigilar siempre por no desviarse de este camino, previendo sus necesidades presentes y a largo plazo, y tratando siempre de que sean cubiertas o de preparar las condiciones para que sean satisfechas. Sin embargo, la capacidad y capacitación política de la organización de vanguardia, tanto desde el punto de vista individual como desde el colectivo, no son ingredientes suficientes –aunque sí la base necesaria– para dar cuerpo al proceso de construcción de esa vanguardia (teórica) capaz de ganarse en el futuro a los sectores conscientes del movimiento de masas (vanguardia práctica) como paso previo a la Reconstitución del Partido Comunista. Para hablar de construcción de la vanguardia no podemos descuidar el tratamiento del aspecto secundario de lo que hemos definido como la actual contradicción principal del proceso de Reconstitución: el vínculo que une a su lado principal, la vanguardia marxista-leninista, con el resto de la vanguardia teórica, la línea de masas que aquélla debe aplicar para establecer el sistema de relaciones organizativas y políticas con ésta desde el que emprender un proceso dialéctico ( unidad y lucha) que permita resolver esa contradicción. Tal proceso no será sino el proceso de construcción de la vanguardia propiamente dicho. Es decir, un proceso de construcción donde el resultado es una vanguardia situada a un nivel más elevado a su forma de construcción individual como cuadros o suma de cuadros, pero todavía inferior a la forma superior, social , la forma capaz de expresar los intereses y el movimiento de la clase en su conjunto, el Partido.

Pero el proceso de construcción de la vanguardia teórica marxista-leninista es sólo el aspecto formal que presenta la solución de la actual contradicción principal; su contenido se manifiesta como proceso de reconstitución ideológica del comunismo o, si se quiere, como lucha marxista-leninista por la reconquista de la posición de vanguardia ideológica del proletariado , que son dos modos diferentes de expresar el mismo necesario fenómeno. Y es que no hay verdadera construcción de la vanguardia sin la interrelación del marxismo-leninismo con el resto de las corrientes teóricas que influyen sobre el proletariado, sin lucha de dos líneas entre ambas y sin el proceso de transformación en virtud del cual el marxismo-leninismo fagocita a esas corrientes, es decir, las destruye asimilándolas, las supera incluyéndolas. En alemán, existe un verbo que expresa a la perfección el sentido que queremos otorgar a esta acción: aufheben , que significa, al mismo tiempo, elevar, suprimir y conservar. Entonces, las contradicciones entre el marxismo-leninismo y las demás corrientes teóricas irán resolviéndose sucesivamente como síntesis ( Aufhebung , o, para decirlo en lenguaje marxista, negación de la negación ) en las que el marxismo-leninismo se enriquecerá elevándose , al mismo tiempo que suprime a esas corrientes derrotándolas políticamente y conserva lo que han podido aportar a la reconstitución ideológica del comunismo. Al realizar esto, el marxismo-leninismo va configurándose como discurso teórico-político (reconstitución ideológica) y se construye como movimiento de vanguardia. En esto consiste su pugna por la hegemonía entre los sectores ideológicamente avanzados del proletariado. Es en el desenvolvimiento de este proceso como el marxismo-leninismo toma cuerpo y crece en todas las facetas (teórica, política y organizativa) como vanguardia ideológica, en función de las necesidades prácticas del propio movimiento de vanguardia, necesidades prácticas que, por cierto, no son sino las necesidades teóricas del proletariado como movimiento revolucionario. Es a través de la solución práctica de los problemas que la lucha de dos líneas impone al marxismo-leninismo en el seno de la vanguardia teórica del proletariado como conquistará la posición de interlocutor cualificado ante su vanguardia práctica; y es conquistando a lo más granado de entre los sectores de avanzada influenciados por esa vanguardia teórica que el marxismo-leninismo creará las condiciones organizativas para acometer la futura conquista de esa vanguardia práctica en todas y cada uno de los frentes que ésta pueda abrir en su lucha de resistencia contra el capital. En resumidas cuentas, reconstitución ideológica y construcción de la vanguardia son cuestiones inseparables desde el punto de vista del marxismo-leninismo: ambas van ligadas indisolublemente en un proceso en el que se alimentan recíprocamente.

Del mismo modo, no puede entenderse la idea de reconstitución ideológica de manera distinta de la de hegemonía ideológica del marxismo-leninismo en el seno de la vanguardia . La reconstitución ideológica no es un proceso exclusivamente teorético, no tiene por objeto resolver problemas abstractos o planteados de forma académica en función de las supuestas necesidades de la teoría marxista-leninista como sistema teórico encerrado en sí mismo. En absoluto. La reconstitución ideológica del marxismo-leninismo sólo puede realizarse en relación con la solución teórica y política de problemas concretos , de los problemas que pone en el orden del día la marcha o puesta en marcha del movimiento obrero como movimiento revolucionario, comenzando por aquellos problemas que atañen a la dirección consciente de ese movimiento, y, en primer lugar, los relacionados con la naturaleza de clase de esa conciencia rectora. Y esas soluciones no podrán ser ratificadas y asumidas como soluciones acordes con los requisitos que exige la vanguardia revolucionaria si no son confrontadas con otras soluciones a los mismos problemas presentadas por otras corrientes de pensamiento, y si en esa confrontación, en esa lucha, las respuestas marxista-leninistas no salen victoriosas, no resultan ser las únicas respuestas válidas y satisfactorias para la mayoría de la vanguardia teórica. La incorporación al discurso teórico y político de esas sucesivas respuestas, el deslindamiento ideológico que producirán respecto a la influencia ideológica burguesa y el desplazamiento de esas otras corrientes políticas alternativas procurarán simultáneamente la hegemonía y la reconstitución ideológicas del marxismo-leninismo.

La reconstitución ideológica debe ser comprendida como un proceso, y, además, como un proceso vivo. De hecho, en primer término, su naturaleza presenta más un perfil político que puramente teórico. Efectivamente, al organizarse el discurso teórico-político marxista-leninista en función de los problemas concretos que ante la vanguardia revolucionaria presenta el movimiento de la clase, su construcción discursiva no puede presentarse sino como línea política , en atención a las necesidades de la acción práctica como primera condición; si bien la vocación universalista del marxismo-leninismo como Weltanschauung promoverá con posterioridad la articulación de todos esos elementos discursivos en el seno de su cosmovisión unitaria del mundo. La reconstitución ideológica del comunismo, pues, no consiste en la construcción de ningún sistema teórico –aunque, a la larga, el desarrollo del marxismo-leninismo como teoría sí vaya cristalizando en sistema –, sino que se expresa de una forma real, viva, como dirección del movimiento práctico de la vanguardia (teórica) por el camino de la Reconstitución y de la Revolución Proletaria. No se trata, pues, de cubrir las supuestas necesidades teóricas de la teoría, sino las necesidades teóricas de la práctica, del movimiento práctico de construcción de la vanguardia ideológica. Por esta razón, hay un estrecho vínculo entre reconstitución ideológica y hegemonía política del marxismo-leninismo , porque hegemonía significa dirección, y ésta implica autoridad, prestigio, cualidades que no pueden ser fruto sino de la capacidad para ofrecer respuestas a los interrogantes acuciantes cuya solución es condición para toda verdadera teoría de vanguardia. La reconstitución ideológica del comunismo, por tanto, no es un ejercicio académico, y por eso mismo es algo que no se realiza desde la teoría para la teoría, es decir, en función del ensamblaje completo de un supuesto corpus teórico preestablecido y que permaneciera como entelequia teórica oculta que fuera necesario desvelar y recuperar del limbo del pensamiento puro. Al contrario, la reconstitución ideológica se realiza desde la teoría para la práctica , es decir, en función de los intereses concretos y reales del movimiento de Reconstitución política, en función de los problemas reales que la vanguardia necesita resolver para dar continuidad a ese movimiento y para ampliarlo en su base. No se trata, por consiguiente, de completar un sistema teórico determinado , ni de depurarlo de revisionismo , sino de construir un movimiento práctico real desde cuyas bases políticas en todo caso pueda ser recuperado el corpus teórico monolítico y coherente del marxismo-leninismo.

En el momento actual, desde el punto de vista de la contradicción principal que rige el proceso de Reconstitución, la línea de masas que debe aplicar la vanguardia marxista-leninista es el sistema de relaciones que debe establecer con el resto de la vanguardia teórica con el fin de resolver los problemas fundamentales de las dos primeras fases de la Reconstitución (cuando se establecen las bases ideológicas y la línea política general), de carácter eminentemente teórico. Este es el contenido principal de nuestro actual trabajo de masas. Este sistema de relaciones, por su parte, tiene dos vertientes. Por un lado, la principal, sobre la que ya hemos insistido bastante: el desarrollo de la lucha de dos líneas con los distintos destacamentos de esa vanguardia teórica no marxista-leninista. Pero, por el otro, las relaciones entre esta vanguardia y la marxista-leninista pueden establecerse, en determinados momentos, como alianza , como unidad , con alguno o algunos sectores de esa misma vanguardia. Todo depende de la situación de la lucha de dos líneas general en el interior de la vanguardia teórica, de la posición que en cada momento ocupa el marxismo-leninismo, de la necesidad de neutralizar o aislar la influencia de alguna corriente determinada, etc. Lo importante es no olvidar que la lucha por los principios también requiere la utilización inteligente de los recursos tácticos.

El objetivo de nuestro trabajo de masas, la vanguardia teórica, puede ser representado como una serie de círculos concéntricos que van alejándose del centro ocupado por el núcleo marxista-leninista en función de que sea más próxima o más lejana en cada momento su relación con los problemas teóricos y las tareas prácticas, políticas y organizativas, que plantean la Tesis y el Plan de Reconstitución. Se trata de ir acercándonos de manera consecutiva a aquellos que puedan ayudarnos a resolver esos problemas y a culminar esas tareas; se trata, naturalmente, de resolver tareas políticas apoyándonos en las masas –como es obligado en toda concepción correcta del estilo de trabajo comunista–; pero se trata de problemas muy particulares que afectan a masas también muy especiales: la vanguardia teórica del proletariado . Por lo tanto, no hablamos de los problemas de las grandes masas de la clase, ni de los problemas teóricos del movimiento obrero de resistencia, sino de la resolución de las premisas teóricas y políticas necesarias para la transformación de ese movimiento de resistencia en movimiento revolucionario: la reconstitución ideológica y la Reconstitución política (Partido Comunista) del proletariado, siendo la primera condición de la segunda. El contenido de la línea de masas debe conservar una unidad con el carácter de las tareas de la etapa política en la que nos encontramos en cada momento. Debemos ir a las masas para cumplir esas mismas tareas y, en consecuencia, hallar el tipo de masas que nos interesa en función de tal cumplimiento. Hasta ahora decíamos que nosotros, como destacamento de la vanguardia ideológica, debíamos resolver las cuestiones teóricas y de principio de forma fundamental –y casi sumaria– y que, en el futuro, las masas (entiéndase, las masas a las que se dirige ya el Partido reconstituido) se encargarían de los desarrollos y de los detalles. Pues bien, estábamos equivocados en el sentido de que necesitamos a las masas para cumplir las tareas incluso en su nivel básico fundamental. Es el único modo, desde luego, de que la actividad de la vanguardia marxista-leninista no sea una actividad aislada, sin ninguna relación con las necesidades objetivas del movimiento revolucionario –configurado hoy como vanguardia–, y el único modo de que los frutos de esa actividad sirvan verdaderamente de base para la Reconstitución.

La necesidad de la reconstitución ideológica presupone, evidentemente, la pérdida de la hegemonía ideológica de la que una vez el marxismo-leninismo disfrutó, su desaparición como importante referencia política (que no absoluta, ni única: el concepto de hegemonía debe ser entendido en sentido relativo, sobre todo cuando lo aplicamos a la historia de Occidente) para los sectores conscientes del movimiento de masas (vanguardia práctica); presupone, por tanto, un proceso histórico de liquidación y un estado político de retroceso. Y es, precisamente, mediante la revisión de las soluciones que el comunismo daba a los problemas, tanto de las masas como de la vanguardia, como fue liquidada poco a poco su posición hegemónica dentro del movimiento obrero. El revisionismo, en general, y el eurocomunismo, en particular, se encargaron de llevar a término esta labor de erosión de los cimientos sobre los que se levantaba el carácter revolucionario del movimiento proletario y la guía comunista de su vanguardia. Y no poco ayudó a ello, por otro lado, el dogmatismo, que si bien no revisó aquellas soluciones las absolutizó tanto que terminó sustituyendo el análisis vivo y actualizado basado en el marxismo-leninismo como concepción del mundo por esas soluciones concretas dadas en un momento particular como recetas , lo cual esclerotizó la política comunista y facilitó la labor del revisionismo.

La experiencia de la primera constitución política de un partido revolucionario del proletariado nos puede ayudar a comprender la naturaleza de este proceso de conquista de la vanguardia teórica y de la hegemonía en la dirección de las masas por parte del marxismo-leninismo, ya que, en la Rusia a caballo de los siglos XIX y XX, los marxistas hubieron de resolver tareas políticas muy similares a las que nosotros ahora tenemos planteadas, aunque relativamente más difíciles en nuestro caso, dada la actual crisis del marxismo y los imperativos del cambio de ciclo de la Revolución Proletaria Mundial. Así, comprobamos que la primera lucha política importante que tuvieron que atender fue la de dilucidar, frente al anarquismo populista, el carácter de la revolución rusa y la ideología que debía guiar a las masas en esa revolución. Entre mediados de la década de los 80 y de la de los 90 del siglo XIX, los marxistas supieron dar la réplica adecuada a los naródniki rusos y dejar sentado que la Rusia semifeudal debía pasar por una etapa capitalista, ya en ciernes, que engendrara a un poderoso proletariado, por lo que la inminente revolución debía de ser burguesa. Además, el instrumental ideológico adecuado para que la vanguardia pudiese guiarse y guiar a las masas en ese proceso revolucionario no podía provenir más que de la única teoría científica, el marxismo. En los primeros años del siglo XX, el populismo, derrotado como alternativa política revolucionaria, se transformaría en un partido ecléctico burgués. A continuación, los marxistas revolucionarios hubieron de enfrentarse a los llamados marxistas legales en la disputa acerca de cuál debería ser el verdadero cometido de la teoría marxista: si respaldar políticamente la implantación franca del capitalismo en Rusia que anticipaba, o como instrumento político-ideológico de educación revolucionaria de la clase proletaria. Los marxistas revolucionarios se habían aliado con los marxistas legales contra el populismo, pero la instrumentalización del pensamiento de Marx que querían llevar a cabo éstos a favor de la burguesía (P. Struve, representante destacado del marxismo legal , llegó a decir que se podía ser marxista sin ser socialista ) condujo a la inevitable ruptura. El siguiente círculo de vanguardia al que se enfrentó el marxismo ruso se encontraba dentro del socialismo: los economistas . En esta ocasión, se trataba de resolver cuáles debían de ser los medios de lucha y organización del proletariado. Los economistas optaban por la huelga y el sindicato, respectivamente, mientras que los marxistas revolucionarios (iskristas) apostaban por la lucha política y la constitución de un partido revolucionario. Los economistas fueron derrotados en la lucha de dos líneas dentro del partido socialdemócrata de Rusia, y el siguiente problema que los marxistas revolucionarios debieron afrontar (ya como bolcheviques) fue el de dilucidar cuál sería la fuerza motriz de la revolución rusa. Mientras los mencheviques querían dejar toda la iniciativa a la burguesía, Lenin y sus partidarios insistían en que el proletariado debía jugar un papel dirigente en la revolución burguesa rusa. Como se sabe, en la lucha por esta última vía revolucionaria se culminó el camino de constitución del primer partido de nuevo tipo proletario, que coronó su andadura con la Revolución de Octubre y la primera experiencia de construcción del socialismo.

Todas estas cuestiones, planteadas en un contexto de feroz lucha entre corrientes de pensamiento y alternativas políticas, fueron las que, al ser resueltas al modo revolucionario, llenaron de contenido teórico y político el proceso de construcción de la vanguardia revolucionaria del proletariado ruso. De la misma manera, nosotros, en nuestras circunstancias históricas particulares, debemos acometer un proceso de similar carácter, ahora que nos enfrentamos ante las tareas de construcción de la vanguardia marxista-leninista del proletariado del Estado español. Naturalmente, los interrogantes que será preciso resolver no serán los mismos, pues están en estrecha relación con las peculiaridades propias de cada revolución, lo que incluye hoy en día abordar las exigencias del cambio de ciclo revolucionario. Sin embargo, por la experiencia que hasta ahora arrastramos, podemos atisbar en el horizonte de las luchas políticas que las corrientes con las que habrá de enfrentarse el marxismo-leninismo se asemejan por el contenido de sus posiciones a las que ya tuvieron que combatir los marxistas revolucionarios rusos. Ciertamente, los populistas, marxistas legales , economistas y mencheviques de ayer parecen reencarnarse hoy en anarquistas, revisionistas y trotskistas, que son los actuales reflejos políticos en que se manifiesta de manera dominante la conciencia espontánea de los sectores de vanguardia del proletariado (vanguardia teórica, pero también práctica), principalmente del proletariado occidental. Si la comunidad de raíces filosóficas nos permite comprender de inmediato la afinidad entre el viejo populismo ruso y el actual anarquismo, la familiaridad entre el marxismo legal o el economismo y el moderno revisionismo no parece tan evidente hasta que comparamos sus tesis políticas a favor del reformismo. En el mismo sentido, tampoco a primera vista parecen poder ser emparejados menchevismo y trotskismo, hasta que comprobamos sus mismos fundamentos teóricos y sus prácticas políticas (connivencia con el revisionismo, electoralismo, construcción partidaria de tipo burgués…). A la espera de que nuestro trabajo de masas nos permita completar estas expectativas –o a la espera de que nos indique, por el contrario, lo erróneo de las mismas–, podemos adelantar que los círculos de la vanguardia teórica a los que nos vamos a enfrentar en primera instancia se sitúan –sin olvidar, por supuesto a los maoístas– en la órbita de cada una de estas corrientes políticas fundamentalmente.

En relación con los grandes interrogantes que la lucha de dos líneas en el seno de la vanguardia teórica con esas corrientes deberá esclarecer, también deberán ser formulados, naturalmente, por esa misma vanguardia. Lo que no excluye que nosotros, como uno de sus destacamentos, llevemos lo que ya consideremos que son esos interrogantes insoslayables, incluyendo, si cabe, las respuestas a los mismos. En cualquier caso, nuestra experiencia nos permite, una vez más, anticipar que la vanguardia deberá resolver qué alternativa hay frente al capitalismo (su reforma, alguna forma de socialismo pequeñoburgués o el comunismo), lo cual está estrechamente relacionado con los resultados del balance del Ciclo de Octubre, en el sentido de su validez como experiencia histórica que muestra un camino de progreso para la humanidad; igualmente, se deberá resolver la naturaleza de los instrumentos políticos imprescindibles para hacer realidad aquella alternativa (por lo que es preciso confrontar nuestra Tesis de Reconstitución con todos los demás puntos de vista, tanto sindicalistas como cualesquier otros), así como la naturaleza de los procesos políticos para alcanzarla (debates sobre la estrategia y la táctica de la revolución, sobre el carácter de clase del nuevo poder –socialismo o etapa de transición– y sobre la forma del nuevo Estado –República de consejos o una nueva República burguesa), etc.

Pero, ¿dónde hallaremos a esa vanguardia que nos ayudará a resolver todos estos problemas y que nos permitirá desarrollar ese proceso de construcción de la vanguardia? Si somos consecuentes con las premisas desde las que hemos hilvanado nuestro análisis, sobre todo aquella que nos previene sobre la inutilidad de buscar elementos de vanguardia ideológica fuera del proletariado, debemos establecer que tenemos que remitirnos a la clase proletaria. Sin embargo, aquí debemos introducir una puntualización para advertir sobre los errores que pueda conllevar la tendencia espontánea y acrítica, propia de mentalidades políticas educadas en el sindicalismo, de identificar a la clase con el movimiento obrero y, sobre todo, a éste con el sindicato. Para expresarlo de forma resumida, el sindicato es el frente de resistencia general de proletariado, su modo más puro de organización para su lucha económica contra el capital; pero hay sectores del proletariado que no se encuadran en esas luchas o en esos modos de organización y que, sin embargo, abren otros frentes de combate: estudiantes, movimientos vecinales, asociaciones de mujeres, antiglobalización, etc. son también formas de la lucha espontánea de la clase proletaria determinadas por circunstancias específicas. Como concepto político, pues, el movimiento obrero debe ser comprendido como la suma del movimiento sindical y de todos esos otros movimientos parciales del proletariado. Finalmente, el proletariado como clase no puede ser identificado única y exclusivamente con su manifestación económica, puramente material, sino también con su forma consciente. La clase obrera no es sólo un movimiento económico, también contiene en su seno un movimiento revolucionario, también es, a través de sus sectores más conscientes, un movimiento de vanguardia en tanto que portadora del progreso social. La clase obrera es, pues, la suma del movimiento obrero más su movimiento de vanguardia . Pero, mientras no culmine el proceso de Reconstitución, esas dos formas principales del movimiento de la clase permanecerán escindidas, y la clase se mostrará predominantemente desde su materialidad, como movimiento económico, todavía no como movimiento consciente, como movimiento revolucionario.

Entonces, ¿dónde se encuentra esa vanguardia que el marxismo-leninismo necesita para reconstituir la ideología comunista y construir la vanguardia teórica que necesitamos para dar un salto cualitativo en el proceso de Reconstitución? Cuando decimos que el movimiento proletario de vanguardia y el movimiento obrero se encuentran escindidos, divorciados, hablamos en términos políticos , más que físicos . Queremos decir que la vanguardia no habla el mismo lenguaje político que las masas, que no tiene sus mismos problemas, ni sus mismas inquietudes (y así será mientras dure la Reconstitución); y esto se manifiesta políticamente en el sentido de que la vanguardia se organiza aparte e, incluso, plantea luchas aparte del movimiento obrero (organizaciones de apoyo a la revolución peruana, a presos políticos, plataforma por la República,…). Sin embargo, esto no siempre es así. De hecho, la forma más usual de existencia del movimiento de vanguardia es en simbiosis física con el movimiento obrero. Por esta razón, la vanguardia marxista-leninista no debe excluir ninguno de los ámbitos de la clase (sindicato, movimiento obrero o movimiento de vanguardia en los distintos destacamentos que lo conforman) para resolver sus contradicciones con la vanguardia teórica del proletariado en la orientación de transformar al movimiento de vanguardia del proletariado, ahora fragmentado ideológica y organizativamente, y fragmentado también en multitud de proyectos políticos, en un movimiento homogéneo y con la única dirección de la Reconstitución.

En esto consiste la orientación general para nuestro trabajo de masas. Pero debemos permanecer vigilantes en su aplicación, con el fin de evitar caer en esa tendencia casi innata –que hemos denunciado hasta la saciedad, aunque en este asunto nunca se pecará por exceso– hacia el economicismo o el sindicalismo, a desviar nuestra atención de las tareas inmediatas de la vanguardia (teórica) y fijarla en las necesidades inmediatas del movimiento obrero (o, si se quiere, de la vanguardia práctica). Error que ya cometimos y sobre el que aquí ya hemos expuesto nuestra autocrítica. En cualquier caso, si el criterio de ubicación de la vanguardia teórica es flexible y abierto, no ocurre así con el orden que debemos seguir para su tratamiento. En este sentido, debemos orientarnos por la idea de la vanguardia teórica organizada idealmente en círculos concéntricos con problemáticas políticas más o menos cercanas a las necesidades del Plan de Reconstitución. A no ser que la lucha de dos líneas termine anteponiendo en lo concreto problemas de otro tipo en el orden del día del proceso de construcción de la vanguardia teórica del proletariado, debemos seguir rigurosamente el orden que nos marca el Plan en su desarrollo, dando prioridad a la solución de las contradicciones con aquellos sectores de la vanguardia teórica preocupados por las cuestiones más cercanas a las que ahora nosotros estamos atendiendo o sobre las que ya hemos elaborado nuestra posición política (balance del Ciclo de Octubre, Tesis de Reconstitución , etc.).

Aunque hayamos definido el objetivo de nuestro trabajo de masas como la vanguardia teórica del proletariado, esto no significa que sea el único. También debemos contemplar el modo de conducir nuestra relación con la vanguardia práctica y las masas en general , en primer lugar porque, como ha quedado dicho, nos encontraremos con ellas, precisamente, cuando vayamos a la búsqueda de aquella vanguardia teórica.

En el siguiente gráfico ofrecemos representadas las dos formas de comprender y aplicar la línea de masas comunista en el actual periodo, entendiendo, en este caso, la línea de masas como aplicación tanto de la labor de propaganda como del trabajo de masas propiamente dicho. En la Figura 1 está visualizado el concepto de trabajo de masas que, en los hechos, aplicábamos hasta ahora, antes de la rectificación; en la Figura 2 observamos el modo como debe ser aplicado a partir de ahora.

Cada cuadro representa al proletariado, y está subdividido en los sectores que lo configuran desde el punto de vista de su grado de conciencia de clase o, si se quiere, desde el punto de vista del proceso de Reconstitución (vanguardia marxista-leninista, vanguardia teórica, vanguardia práctica y masas). Las flechas expresan la dirección en la que se aplica nuestra línea de masas y las expectativas que abrigamos en cuanto a lo que cabe esperar como respuesta , como fruto de ese trabajo en cuanto a contactos, reclutamiento, etc.: si la flecha es doble, significa que existen expectativas de que ese trabajo reporte resultados concretos, que nuestra acción sobre un determinado sector de la clase obrera encuentre respuesta positiva en su interior; si la flecha, en cambio, es unidireccional, significa que sobre ese sector realizaremos sólo trabajo de propaganda, sin esperar ninguna reciprocidad política.

La Fig. 1 muestra, en primer lugar, que nuestro análisis no tenía en consideración la diferenciación, dentro de la vanguardia teórica, entre vanguardia marxista-leninista y el resto de la vanguardia teórica (nuestra relación con el resto de la vanguardia teórica sólo era considerada desde la lucha de dos líneas, pero sin línea de masas, exclusivamente como competencia ideológico-política: se trataba de convencer a la vanguardia práctica de que nuestra línea de dirección era la más correcta, de que éramos la verdadera vanguardia teórica, sin más), y que, en segundo lugar, en nuestra línea de masas manteníamos las mismas expectativas con la propaganda entre las masas que con el trabajo entre la vanguardia práctica. Esto requería nuestra presencia tanto en la regular actividad de organismos y movimientos como el sindicato, las plataformas contra las guerras imperialistas y todas las demás movilizaciones puntuales por motivo de cualquier agresión perpetrada por el capital a cualquier nivel, o, por lo menos, la absorción de nuestro trabajo práctico por parte de este tipo de actividad. Además, la captación de nuevos miembros sólo era posible desde el trabajo de contactos individuales y con la condición de la formación ideológico-política de los nuevos candidatos. En Fig. 2 , en cambio, observamos que ya hay establecida una jerarquía en la aplicación de la línea de masas. En primer lugar, la relación entre la vanguardia marxista-leninista y la vanguardia teórica como vínculo principal que es preciso desenvolver en función de las características del momento del proceso de Reconstitución en el que nos encontramos, vínculo que debe proporcionar resultados políticos, en el ámbito de la teoría y de la línea política, y organizativos, en el reclutamiento de nuevos miembros para la vanguardia marxista-leninista, y no sólo a título individual como contactos, sino también como colectivos o grupos. No olvidemos el punto de vista dialéctico en esta materia: la contradicción principal se resuelve como lucha , pero también y al mismo tiempo, como unidad , como alianza del marxismo-leninismo con la vanguardia teórica del proletariado para construir su vanguardia ideológica.

En segundo lugar, la relación de la vanguardia marxista-leninista con la vanguardia práctica, que también debe abrir un carril de ida y vuelta, pero, en esta ocasión, las expectativas políticas y organizativas deberán ser mucho menos exigentes. Esto se debe a que el vínculo entre la vanguardia marxista-leninista y la vanguardia práctica será, en lo inmediato, predominantemente individual , a realizar a través del contacto personal, y no en función de problemas objetivos concretos, sino de inquietudes subjetivas y de problemáticas específicas particulares . Lo cual obligará a que la conquista para el comunismo de esos elementos de la vanguardia práctica se realice no desde la lucha de dos líneas principalmente, sino desde la formación ideológico-política. Mientras tanto, por su parte, la relación entre la vanguardia marxista-leninista y la vanguardia teórica sí se establecerá en función de los problemas objetivos de la construcción de la vanguardia ideológica del proletariado, y en un ámbito supraindividual, entre colectivos , que permitirá la aplicación de la lucha de dos líneas en la dirección de la clarificación teórico-política y del desarrollo orgánico a mayor escala de la vanguardia ideológica comunista. Por último, estos progresos entre los sectores más conscientes de la clase ejercerán cierto influjo indirecto sobre la vanguardia práctica, ya que situarán frente a ella nuevos referentes teóricos, esta vez realmente revolucionarios. Si bien no conviene albergar demasiadas expectativas acerca de su receptividad, siendo insustituible el posterior combate de la vanguardia ideológica marxista-leninista por conquistarla.

Finalmente, la relación de la vanguardia marxista-leninista con las masas en general. Aquí, sólo podemos contemplar la actividad de propaganda realizada sobre este sector de la clase sin ánimo proselitista a corto plazo, sino, más bien, con una intención a largo plazo de ir poniendo bases para la educación política de las masas, de ir creando opinión pública comunista entre ciertas esferas de la clase para que vayan familiarizándose con el discurso y con la forma de enfocar la realidad y sus problemas del proletariado revolucionario.

Hasta aquí, quedan expuestos los resultados de nuestras reflexiones acerca de las tareas políticas, la táctica y la línea de masas pertinentes en la actual fase de la política proletaria, tras una década de experiencia política. Pero, con esto, no termina nuestro balance. También es preciso introducir una serie de consideraciones, situadas en un plano teórico más elevado, que han surgido obligadamente como derivaciones naturales y necesarias de algunas de las conclusiones alcanzadas en este punto; sobre todo, por lo que se refiere a las más relacionadas con el papel y el carácter de la conciencia proletaria . La segunda parte de este balance –a publicar en un próximo número– sobrepasa, pues, nuestra experiencia particular como destacamento de vanguardia y pretende ir más allá, vinculando esta experiencia con un ámbito más amplio, como reflexión de más largo alcance sobre la andadura histórica del movimiento comunista internacional en lo que atañe a problemas de fondo con los que –como aquí hemos comprobado– nos hemos topado en nuestra evolución, y cuya adecuada respuesta resulta del todo pertinente para la continuidad del proyecto de Reconstitución del movimiento revolucionario del proletariado y para la revalidación del Comunismo como objetivo de la humanidad.

Partido Comunista Revolucionario
Estado Español, 2004

La nueva orientación en el camino de la Reconstitución del Partido Comunista

Presentación

Con esta Separata al número 33 de LA FORJA continuamos la publicación de las bases que configuran la línea de nuestro partido desde su 6ª Conferencia. En esta ocasión, y después de haber editado la parte más política de la misma (ver nº 31), ofrecemos a nuestros lectores una serie de reflexiones de índole teórica que se derivan directamente de la problemática que aborda la Nueva Orientación como respuesta política ante el reto de la Reconstitución del movimiento comunista. Si la Nueva Orientación, en tanto que línea política, deja bien asentado el papel principal de la conciencia, del factor subjetivo, la problemática de la construcción política de éste como norte orientador de las tareas trasciende del plano que ciñe la política comunista a los problemas tácticos y abre la puerta a consideraciones de más hondo calado y de mayor alcance teorético. Este es el segundo paso que propone la Nueva Orientación, iniciando camino en la dirección opuesta a la que hasta ahora habíamos andado en nuestro análisis sobre las cuestiones que rodean a la Reconstitución del comunismo. Hasta ahora, el ámbito fundamental desde el que pretendíamos hallar los elementos imprescindibles para solucionar esta cuestión era el del Balance de la experiencia histórica de construcción del Comunismo. Sin embargo, las conclusiones políticas a que conduce la Nueva Orientación, sobre todo en relación con los requisitos y el carácter del partido proletario como sujeto y su relación con el movimiento social, obligan a integrar en ese Balance histórico la perspectiva en profundidad de la doctrina marxista como herramienta para la revolución. Es decir, no basta ya sólo el análisis de los desarrollos teóricos que pudiera aportar la práctica histórica revolucionaria, sino que también es preciso e imprescindible remitirse a las premisas teóricas y políticas que sirvieron de base a esos desarrollos. Abrimos, pues, el angular de nuestra visión con la confianza de que, con esta panorámica más amplia que proponemos a la vanguardia desde estas páginas, podamos rodear y abarcar completamente el problema de la Reconstitución del comunismo, como condición para su correcta solución.

La sección de la Nueva Orientación que el lector tiene en sus manos es la última parte del Informe aprobado por la 6ª Conferencia del PCR. A pesar de que el plan original, como se sabe, consistía en publicar como parte II de la Nueva Orientación lo que aquí se contiene más la parte declarativa de la Resolución de Formación, aprobada también en esa Conferencia –o sea, siguiendo el mismo plan de edición que la colección Textos del PCR–, por consideraciones de espacio, de elaboración (la Resolución requiera muchos más arreglos de forma y contenido antes de que pueda ser ofrecida al público como algo más que un documento interno) y de urgencia (el debate sobre la Nueva Orientación está en el candelero y aún el conjunto de la vanguardia no dispone de una exposición sistemática de todos sus elementos) hemos decidido editar el presente texto para dar a conocer ya el tipo de problemáticas que, desde nuestro punto de vista, deben empezar a formar parte de los debates en el seno de la vanguardia del proletariado. Así las cosas, la Resolución de Formación, debidamente desarrollada, será próximamente publicada como parte III de la Nueva Orientación.

En cualquier caso, la decisión de editar por separado lo que en un principio veíamos como conjunto único no está exenta de fundamento. En realidad, desde el punto de vista temático, esta parte II no deja –ni nunca dejó– de estar vinculada con el núcleo político principal del Informe conferencial (parte I) al que pertenecía y pertenece. Y, al mismo tiempo, es el que abona el terreno para situar la problemática de fondo que aborda la Resolución (parte III). Es decir, se trata de un momento teórico de transición entre el análisis político-táctico y el análisis teórico-estratégico. De la parte I de la Nueva Orientación emerge el Partido como centro de toda la problemática de la revolución; la parte II ofrece toda la dimensión histórica de esa problemática desde la perspectiva de la vanguardia como actor consciente y ubica a ésta en el verdadero plano que le permite estar a la altura del objetivo del Partido. Esta parte es fundamental para comprender no sólo la naturaleza del Partido Comunista, sino también las causas últimas de los fracasos pasados y futuros de todos los experimentos para su reconstrucción. Igualmente, constituye uno de los puntos calientes de nuestro debate con los renegados de la línea oportunista de derecha, puesto que es aquí donde se ponen en solfa sus pretensiones de realizar práctica revolucionaria de manera inmediata y sin el Partido reconstituido. Finalmente, una vez que el sujeto consciente ha sido definido cono tal sujeto en función de los requerimientos que actualmente exige la historia y el desarrollo alcanzado por la lucha de clases del proletariado, la parte III se ocupará de desmenuzar el profundo y verdadero significado del adjetivo consciente que se le atribuye a aquel sujeto. Entonces, es cuando la cuestión de la Conciencia proletaria, la cuestión de su naturaleza y construcción, lo que emerge como tema central actual de la revolución.

La nueva orientación en el camino de la Reconstitución del Partido Comunista

II

CONCIENCIA Y REVOLUCIÓN

Uno de los aspectos más importantes de la revisión de nuestra trayectoria es que nos ha ayudado a dar un paso más en la comprensión de la naturaleza de la Reconstitución y de su significado como proceso político, en el conocimiento de lo que nos traemos entre manos como destacamento de vanguardia y en nuestra actividad política como actividad consciente, guiada por la ciencia revolucionaria. En este progreso hemos ido comprendiendo mejor los obstáculos de tipo ideológico y político que va interponiéndonos el camino de la Reconstitución, al igual que la naturaleza de los medios necesarios para su superación. Y la reflexión sobre el entorno ideológico que rodea a la Reconstitución del Partido Comunista nos conduce, finalmente, ante la cuestión de su ubicación como proceso histórico.

Comenzamos este documento describiendo nuestra situación como destacamento organizado de la vanguardia ideológica inmerso en un proceso de recapitulación y balance sobre la capacidad y el grado de cumplimiento de las tareas políticas que se derivan del Plan de Reconstitución. Seguidamente, introdujimos una valoración histórica sobre la transformación de algunos requisitos socio-políticos en las premisas del ciclo revolucionario en comparación con el de Octubre y desde el punto de vista del sujeto político revolucionario, fundamentalmente los relacionados con la constitución política cualitativamente más elevada de la vanguardia revolucionaria (como Partido Comunista y no sólo como vanguardia teórica) como presupuesto necesario para el inicio del nuevo ciclo. El resto del texto, de alguna manera, no es más que la consideración y, en la medida de lo posible, una descripción de los medios e instrumentos necesarios –incluyendo la rectificación de los ya inadecuados– que nos permitan pasar de nuestras tribulaciones actuales hasta el cumplimiento de esos nuevos requisitos que son condición de la apertura del próximo ciclo revolucionario. Retomamos, pues, aquella problemática de índole histórica y teórica que trataba de definir la forma cualitativamente superior de unidad entre la teoría de vanguardia y el movimiento social como partido de nuevo tipo proletario, o, en otros términos, la forma que la conciencia revolucionaria del proletariado adopta como expresión subjetiva de la autoconciencia del ser social en proceso de autotransformación; pero, en esta ocasión, no adoptaremos el punto de vista objetivo, es decir, el que se sitúa ante ese proceso de fusión teoría-práctica que culmina en el Partido Comunista desde la contemplación externa de su desenvolvimiento dialéctico, sino el punto de vista subjetivo, que observa ese desenvolvimiento internamente desde la posición del sujeto consciente, desde la consideración del itinerario recorrido por la teoría en esa evolución. La contradicción, pues, entre conciencia y ser en su desarrollo hasta su total solución, considerando al ser social como factor independiente y prestando atención al proceso en la conciencia. Se trata, en definitiva, de las distintas posiciones que va adoptando la conciencia en su relación dialéctica con el ser social hasta alcanzar su forma superior de unidad.

El lugar histórico de la Reconstitución

“Habitualmente ante todo se intenta alejar la contradicción, apartándola de las cosas, de lo existente, y de lo verdadero en general; se afirma, que no hay nada que sea contradictorio. Al contrario, luego, se imputa la contradicción a la reflexión subjetiva, que, por medio de sus referencias y comparaciones, la había establecido en primer lugar. Pero tampoco en esta reflexión se presentaría verdaderamente [la contradicción], pues lo contradictorio no podría ser representado ni pensado. En general la contradicción, sea en lo real o en la reflexión conceptual, vale como una accidentalidad, y al mismo tiempo como una anormalidad y un paroxismo morboso transitorio.”[1]

En esta cita, Hegel nos muestra la primera forma, la más primitiva, de la contradicción entre ser y conciencia. Aquí, no se reconoce la contradicción como algo objetivo, sino sólo como la posición negativa, crítica, del sujeto respecto de la objetividad. La contradicción es, pues, como mucho, la negación subjetiva de la conciencia respecto de la realidad. Esta es, en general, la base gnoseológica del criticismo moralista que dominó a lo largo de los siglos las escuelas de pensamiento no religioso, desde los griegos clásicos hasta Kant; es decir, uno de los instrumentos configuradores de la falsa conciencia dominante en todas las sociedades históricas, incluyendo la burguesa. Y, en particular, desde el punto de vista del pensamiento social, constituye, también, la base del pensamiento de todos los reformadores utopistas, desde los humanistas (Moro, Campanella…) hasta los socialistas del siglo XIX (Cabet, Owen, Fourier, Saint Simon…). Es bajo estos parámetros, ciertamente, como se desenvuelve la actividad crítica de la intelectualidad burguesa. Su principal característica consiste en que es un modo de pensamiento antidialéctico, dogmático: no concibe la realidad en movimiento, como flujo de contradicciones, sino de manera estática; la contradicción no es atributo de la objetividad, sino actividad “transitoria” de la subjetividad. No hace falta decir que, aquí, pensamiento y mundo son ajenos entre sí y su relación es totalmente externa e inasimilables sus influencias recíprocas. Desde este modo de pensamiento, cualquier iniciativa práctica subjetiva con la finalidad de transformar en algún grado la realidad objetiva está condenada al fracaso por principio. Esta actividad queda, así, recluida en los límites de la crítica subjetiva.

Los límites de la crítica subjetiva comienzan a ser superados con la introducción del pensamiento dialéctico, sobre todo con Hegel, que atribuye la contradicción al mundo objetivo como su principal característica. La realidad, pues, se encuentra en movimiento permanente. La labor de la conciencia, entonces, consiste en aprehender las contradicciones objetivas con el fin de conocer y comprender el devenir del ser. Pero como, en Hegel, el sujeto consciente queda sumergido en la dialéctica del movimiento objetivo, no existe ninguna actividad práctica subjetiva independiente de ese movimiento; la realidad es concebida como el movimiento objetivo de la Idea, y no hay lugar para otra posibilidad práctica que la que señala el camino de ese movimiento a la luz de la solución de sus contradicciones internas; la actividad subjetiva se contempla como proceso de autoconocimiento del ser objetivo; toda práctica subjetiva, incluida la crítica, desaparece en la avalancha de la totalidad objetiva, en la marcha del Absoluto hacia su autoconciencia.

La contradicción entre el método dialéctico de Hegel y su sistema filosófico, que justificaba aeternum la existencia de las más opresoras instituciones del Estado prusiano, motivaron la crítica de sus sucesores, que no renunciaron, sin embargo, a continuar moviéndose dentro de los parámetros del pensamiento hegeliano. La crítica más fructífera fue la llevada a cabo por los denominados jóvenes hegelianos (o izquierda hegeliana), movimiento liderado por Feuerbach en el que se encontraba un joven renano llamado Karl Marx. Aunque entre ellos hay deferencias de matiz por las problemáticas que abordan y, sobre todo, por lo que cada uno de ellos resalta del pensamiento del maestro, el movimiento jovenhegeliano se caracteriza porque rescata la autonomía de la actividad subjetiva del océano hegeliano del ser objetivo en el que se hallaba sumergida, porque retoma la actividad de la conciencia como actividad crítica, y no sólo cognitiva pura. Pero no se trata, esta vez, de recuperar la crítica subjetiva; al contrario, ahora, la posición de la conciencia es crítica porque se dirige al ser desde fuera, lo contempla como objeto externo, pero no como contradicción, sino como sujeto contemplativo; la contradicción la reconoce, igualmente, al modo hegeliano, como atributo del movimiento objetivo de la realidad. Se trata, en definitiva, de una crítica objetiva, donde la actividad subjetiva es la actividad intelectual de aprehensión de la contradicción objetiva y de vigilancia (crítica) por la materialización real de lo que la dialéctica objetiva impone como necesidad en su movimiento. El papel de la conciencia, entonces, consiste en esclarecer, penetrando en la esencia de su naturaleza dialéctica, cada forma y cada fase del movimiento real como momentos necesarios del desarrollo del ser, procurando su realización práctica contra cualquier oposición. La crítica objetiva vela por el desenvolvimiento del ser en su devenir. En palabras de Feuerbach, la crítica debía restituir la verdad a la realidad.

Este es el punto de partida del pensamiento del joven Marx. La crítica objetiva que comienza a practicar, entre 1842 y 1843, como activista literario desde las páginas de ese “órgano de la democracia” –como rezaba en su cabecera– que era la Gaceta renana, es una filosofía crítica. Los jovenhegelianos, al principio, concebían la Filosofía al modo de Hegel, o sea, con mayúsculas: La Filosofía era el reflejo intelectual del Ser, o, lo que es lo mismo, la expresión de la Razón. La filosofía crítica era, entonces, la crítica racional del mundo, la fiscalización de la realidad desde los parámetros de la Razón, el centinela que supervisaba la plasmación de la racionalidad en el mundo. El movimiento jovenhegeliano había nacido precisamente como movimiento crítico desde la constatación de que algunas de las manifestaciones terrenales hegelianas del Espíritu o de la Razón no eran, en la realidad, muy razonables. La crítica filosófica fue alejando a este movimiento de la Filosofía. El primero en hacerlo fue Feuerbach, quien, en su crítica de la religión cristiana –fundamento del Estado prusiano legitimado por Hegel–, había experimentado un giro humanista en su pensamiento que le condujo a proponer la reducción de la Filosofía a una Antropología. Marx, por su parte, centra su atención más en el Estado y las cuestiones que le rodean, proponiendo desde sus artículos periodísticos la reforma de leyes y prácticas políticas supuestamente ajenas a la Razón. Naturalmente, la empresa del joven Marx de la Gaceta renana fue un auténtico fracaso. El Estado prusiano no sólo hizo caso omiso de los consejos de su filosofía crítica, sino que también procuró el cierre del periódico y el destierro de su director. La clausura de la Gaceta fue, para Marx, el fracaso ideológico de la Filosofía como crítica orientadora de la práctica, y, en lo político, puesto que había manifestado claramente preocupaciones democrático-populares en sus artículos (en los que había criticado ataques perpetrados contra los sectores populares por parte de las clases poseedoras), su ruptura con la burguesía.

En su exilio de París, entre los años de 1843 y 1845, encontramos a un Marx que integra en su problemática filosófica tradicional la influencia del socialismo materialista francés pasado por el tamiz humanista-universalista feuerbaquiano. Marx descubre al proletariado y ve en él el instrumento capaz de plasmar la racionalidad en el mundo. En el nuevo órgano del comunismo recién abrazado, los Anales franco-alemanes, escribe a principios de 1844:

“Lo mismo que la filosofía encuentra en el proletariado sus armas materiales, el proletariado encuentra en la filosofía sus armas intelectuales. Bastará con que el rayo del pensamiento prenda en este ingenuo suelo popular, para que los alemanes, convertidos en hombres, realicen su emancipación.”[2]

Pero, aunque Marx declare su profesión política comunista, su pensamiento es todavía burgués, ideológicamente no ha roto aún con la burguesía (y de esta simbiosis bastarda no puede resultar otra cosa que un programa de corte comunista utópico). Esta evolución se manifiesta en el paso que da Marx en su punto de vista desde la crítica objetiva a la crítica política (o filosofía de la acción, que no es más que un desarrollo de la filosofía crítica). Como había puesto de manifiesto su experiencia, las invocaciones de la Razón no eran suficientes para una práctica racional, la fuerza de las ideas no era suficiente por sí misma para ordenar el mundo, de modo que el sujeto consciente debía pisar el terreno de la política para hallar los instrumentos prácticos que permitiesen realizar aquel proyecto. Marx creyó encontrar ese instrumento en el proletariado. Pero, aquí, éste es sólo un intermediario: no es ni el sujeto consciente (posición que todavía Marx reserva a la intelectualidad) ni el objeto de transformación (que, para Marx, es la humanidad como concepto, la humanidad abstracta), es sólo el “arma” de la teoría para que la conciencia plasme objetivamente el producto de su actividad subjetiva. Aunque Marx avanza desde el punto de vista de la práctica como producto de la teoría (crítica objetiva) a la toma de conciencia de la necesidad de una unión entre teoría y práctica (crítica política), todavía ve esta unión no como fusión, sino como alianza, todavía observa la crítica intelectual y el movimiento material de manera separada como unidad externa, todavía se mueve dentro de los parámetros de la influencia que sobre él ejercía Feuerbach, quien había dicho que la filosofía es la cabeza y el pueblo el corazón, es decir, dentro de los parámetros del pensamiento burgués. La ruptura de Marx con el pensamiento burgués[3] tendrá lugar cuando termine de perfilar una revolución conceptual que conformará un nuevo marco de pensamiento, y, de hecho, la inauguración de una nueva concepción del mundo. Este nuevo marco cosmológico implica un nuevo cambio de posición de la conciencia en el pensamiento marxiano, posición que será la primera característica diferenciadora del pensamiento proletario respecto de cualquiera de las formas del pensamiento burgués. Esta evolución en el pensamiento de Marx es principalmente de carácter material; es decir, se refiere, sobre todo, al contenido de los postulados teórico-conceptuales fundamentales que sirven de base a la conciencia. Naturalmente, el nuevo corpus teórico que ordena Marx no surge repentinamente, sino que es producto de aquella evolución filosófica y de su práctica criticista, que –en el contexto de una permanente práctica como entorno de contraste de los resultados teóricos– posibilitó tal evolución, y en virtud de la cual fue destilando progresivamente los nuevos conceptos y las nuevas categorías teóricas que, reunidas críticamente, permitieron en un momento dado el salto cualitativo necesario para configurar un novedoso sistema de pensamiento. Así, desde la crítica de la filosofía de Hegel –principalmente a través de los resultados de su Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel–, hasta La ideología alemana –es decir, entre 1843 y 1846–, pasando por la asimilación del materialismo a través del estudio del socialismo francés y de la economía política inglesa (Manuscritos de París, que también son continuación de la crítica de Hegel) y la crítica del materialismo ingenuo y del humanismo abstracto de Feuerbach (Tesis sobre Feuerbach), Marx realizará la síntesis teórica que servirá de base a la nueva concepción del mundo.

Son tres los ejes teóricos en torno a los cuales se construye el nuevo modo de pensar. En primer lugar, el concepto de praxis. Este término no fue acuñado por Marx, sino póstumamente por algunos estudiosos de su pensamiento con el fin de describir la concepción que llegó a elaborar sobre la práctica, o, más en concreto, sobre la relación teoría-práctica. A diferencia del vocablo práctica, que se define por oposición a la teoría, la praxis es la práctica fusionada con la teoría, como unidad de contrarios donde la práctica representa el aspecto principal. Frente a las formas premarxistas (burguesas) de relación teoría-práctica –que hemos repasado someramente–, la praxis expresa la forma superior, porque representa esa relación como unidad dialéctica. La ruptura con Feuerbach y el movimiento jovenhegeliano (hecha pública en 1845 con la obra escrita en colaboración con Engels, La sagrada familia), unida al contacto con la industrialización y el combativo proletariado que se estaban desarrollando en Francia e Inglaterra, llevaron a Marx a abandonar todo atisbo de idealismo y a considerar a la conciencia como actividad subjetiva práctica, lo cual suponía efectuar un revolucionario giro filosófico consistente en pensar la conciencia ya no como producto de la teoría, sino como reflejo de la práctica.

En un primer momento del proceso que conduce a Marx hasta el concepto de praxis, la práctica adquiere un nuevo relieve y un mayor peso en su pensamiento, como efecto de la impresión que en él había dejado la comprobación del poder material de la esfera económica, concretándose en su filosofía como trabajo. En los Manuscritos de 1844, el trabajo es considerado ya como el vínculo fundamental entre el hombre y la naturaleza y la base del carácter social de aquél, pero todavía domina un concepto sustancialista del hombre y una estimación abstracta de aquella relación (idealismo).

“Sólo el hombre social es consciente de la entraña humana de la naturaleza, pues sólo entonces se le presenta ésta como aquello que le une con el [otro] hombre, como su realidad para el otro y del otro para él, a la vez que el elemento en que vive la realidad humana; sólo entonces se convierte la naturaleza en la base de su propia existencia humana. Sólo entonces sabe el hombre (transformada su existencia de natural en humana) la naturaleza del hombre. Por tanto la sociedad es la unidad esencial perfecta del hombre con la naturaleza, la verdadera resurrección de la naturaleza, naturalismo cumplido del hombre y humanismo cumplido de la naturaleza.”[4]

Por otro lado, el trabajo, entendido como actividad humana esencial, es abordado, igualmente, de manera abstracta y utilizado como eje para el planteamiento de una problemática de claro corte feuerbaquiano: el hombre alienado.

“Lo que este hecho significa es simplemente que el objeto producido por el trabajo, su producto, se le opone como algo extraño, como un poder independiente del productor. El producto del trabajo es el trabajo fijado en un objeto, convertido en una cosa, es la objetivación del trabajo. La realización del trabajo es su objetivación. Esta realización del trabajo aparece en un estado de economía política como irrealidad del trabajador, la objetivación como pérdida del objeto y esclavitud bajo él, la apropiación como enajenación, como extrañación.”[5]

Marx contempla al capitalismo como una sociedad de hombres alienados o “enajenados” porque el imperio de la propiedad privada expropia a los productores el fruto de su trabajo, en el que el joven Marx ve la proyección (objetivación) social del hombre –y, por tanto, su verdadera humanización– desde su relación económica con la naturaleza. Es desde esta posición teórica que el Marx comunista utópico de 1844 reivindica la abolición de la propiedad privada, como el medio para superar la esclavitud del trabajo alienado y restituir la verdadera naturaleza humana del trabajo: el trabajo libre. Pero, desde esa reivindicación, Marx no está defendiendo aún una posición de clase proletaria, sino democrática, pequeñoburguesa. Efectivamente, el hombre alienado no es más que la transfiguración idealizada del productor individual, y la problemática del trabajo enajenado, con su crítica anticapitalista, no es sino la manifestación teórica de la crisis de la economía mercantil ante el avance del capitalismo; de la misma manera, la relación abstracta, casi bucólica, entre el hombre y la naturaleza de la que parte Marx para explicar la sociedad, se sitúa en la misma línea de pensamiento que los ideólogos liberales del siglo XVIII; incluso, la idea del paso de la humanidad de un supuesto primitivo estado de naturaleza a su estado social (verdaderamente humano) desde el trabajo, que sirve de telón de fondo a las argumentaciones marxianas de los Manuscritos, la hallamos ya en Locke. No cabe duda de que Marx estudió, en su exilio parisino, a los autores británicos, tanto economistas como políticos, y dejó sentir su influencia en la evolución de su pensamiento; como no cabe duda, tampoco, no sólo de que Marx abandonará por sí mismo estas posiciones teóricas y políticas muy pronto, sino que, con posterioridad, dirigirá críticas muy duras contra quienes las defiendan.

El paso hacia la praxis lo da Marx cuando consigue reunir y ordenar los diferentes elementos resultantes de su crítica de modo que expresen una visión nueva del mundo. En particular, Marx llega a concebir en lo concreto la relación del hombre con la naturaleza como algo material, como producción de sus medios de vida; igualmente, supera la noción abstracta de trabajo comprendiendo que la reproducción de los medios de vida del hombre sólo puede ser entendida cabalmente como producción social, y, finalmente, desecha al hombre universal de naturaleza racional para describirlo como conjunto de relaciones sociales, precisamente, las que generan los hombres cuando se organizan para producir sus medios de vida. Con este cuadro conceptual consigue Marx formular por primera vez una concepción materialista consecuente del mundo y del hombre y, por lo tanto, una concepción científica de la realidad social. El concepto de praxis resume adecuadamente la síntesis de este nuevo cuerpo doctrinal porque expresa el lugar que ocupa la conciencia en la nueva concepción científica del mundo, a saber, como reflejo intelectual de las relaciones sociales, como proyección subjetiva de la actividad material del hombre organizado socialmente para producir sus medios de vida, o, si se quiere, como aspecto subjetivo de la práctica. Finalmente, la dialéctica de la praxis consiste en que el modo de la conciencia sólo expresa el modo en que los hombres producen sus medios de vida, y que a cada modo de producción corresponde un estado de la conciencia; es decir, la conciencia es expresión de una actividad subjetiva práctica. Esta actividad del sujeto consciente, que en Hegel tenía un carácter meramente contemplativo y que estaba sometida al movimiento objetivo del ser, en Marx recobra su autonomía subjetiva, no ya como actividad crítica pura y separada de la objetividad, como en los jóvenes hegelianos, sino como actividad práctica que se convierte en un atributo más del movimiento material objetivo de la sociedad, es decir, incorporándose en él como la parte subjetiva de su materialidad, como momento subjetivo necesario del movimiento objetivo de la sociedad. Ser (sociedad) y conciencia, en definitiva, conforman una unidad material en correspondencia con el modo de vida de los hombres. Del concepto de praxis, finalmente, de la idea de unidad material de ser y conciencia, surge la concepción revolucionaria del mundo marxista como su colofón lógico:

“No se trata de buscar una categoría en cada período, como hace la concepción idealista de la historia, sino de mantenerse siempre sobre el terreno histórico real, de no explicar la práctica partiendo de la idea, de explicar las formaciones ideológicas sobre la base de la práctica material, por donde se llega, consecuentemente, al resultado de que todas las formas y todos los productos de la conciencia no brotan por obra de la crítica espiritual […], sino que sólo pueden disolverse por el derrocamiento práctico de las relaciones sociales reales, de que emanan estas quimeras idealistas; de que la fuerza propulsora de la historia, incluso la de la religión, la filosofía, y toda otra teoría, no es la crítica, sino la revolución.”[6]

Marx ha roto, pues, con el pensamiento crítico entendido como actividad independiente de la conciencia, es decir, con el pensamiento burgués. Ha completado su ruptura política con la ruptura ideológica con la burguesía. Marx pisa ya el terreno del pensamiento proletario.

El segundo eje de la concepción marxista del mundo es una derivación de la idea de praxis; mejor dicho, es el resultado de su aplicación teórica. Efectivamente, una vez que ha quedado definido el punto de partida materialista científico, Marx explica el desarrollo de la historia desde este nuevo punto de vista. El resultado es el materialismo histórico, o si se quiere, la primera exposición del materialismo dialéctico bajo la forma de una síntesis genial del desarrollo de la historia de la humanidad. El materialismo histórico, por decirlo así, es el despliegue de la praxis, la exposición histórica de la permanente transformación (revolucionarización) del mundo –del hombre, de la naturaleza y de la sociedad– desde la actividad productiva.

Desde su concepción materialista de la historia, Marx nos muestra la imposibilidad de imponer los deseos subjetivos a la marcha de los acontecimientos, que se suceden necesariamente en función de condiciones materiales reales, la imposibilidad de interponer programas reformistas elaborados por la conciencia crítica a las leyes de la historia, que no existe una oposición entre ser y deber ser que permita la sustitución de aquél por éste, sino que ambos son una y la misma cosa desde el punto de vista de las tendencias históricas. La quimera feuerbaquiana del Marx de los Manuscritos que pretendía sustituir el trabajo alienado por el trabajo libre es, pues, absurda, idealista.

El materialismo histórico también enseña que la humanidad no existe como entidad abstracta, sino como realidad concreta socialmente determinada. Y esta determinación es el hombre como zoon politikón, como animal político, como entidad social. El hombre, entonces, es producto de su época y de las relaciones sociales que ha generado su modo de producir sus condiciones de existencia. El hombre, así, sólo se presenta en la historia como esclavo, siervo, señor, burgués o proletario: de manera real y concreta, nunca desde una supuesta y abstracta humanidad esencial pura. Marx nos muestra, de esta manera, el correcto camino para plantear adecuadamente el problema de la emancipación humana, que es el problema de fondo que motiva la evolución de su pensamiento. Marx lleva a cabo una ruptura conceptual con su pasado filosófico y, podríamos decir, con toda la filosofía anterior a él, una ruptura conceptual que le lleva hasta la formulación de una nueva concepción del mundo, concepción que es, además, militante, que tiene clara vocación partidista y se declara abiertamente clasista; pero todo esto no es más que el modo como Marx resuelve interrogantes de calado universal, precisamente los grandes interrogantes que toda la filosofía anterior había planteado y que sólo con él hallan respuesta. El pensamiento marxiano es, en origen, universalista, racionalista, y humanista, pues hunde sus raíces en los estratos más sólidos del pensamiento occidental, desde el clasicismo griego hasta la escuela idealista alemana, pasando por el humanismo renacentista y la ilustración francesa. Todas las corrientes de pensamiento que ponen al hombre en el centro de sus reflexiones, que tratan de explicar su posición en el mundo y de discernir el modo de conducirse racionalmente en él tienen en Marx a su último gran exponente; y todos los problemas que aquellas escuelas han planteado como esenciales, hallan en Marx su luminaria. Y es la búsqueda de las respuestas a los grandes interrogantes que la humanidad tiene planteados lo que conduce a Marx hasta la nueva concepción del mundo. Marx no rompe nunca con los problemas de fondo que le llevaron a la actividad filosófica y política, aunque se ve obligado, para resolverlos, a dar un salto epistemológico, en la teoría, y un cambio en su posición de clase, en la política. Pero el motivo de estas transformaciones no será nunca cambiar, por ejemplo, el problema de la emancipación de la humanidad por el de la emancipación de la clase obrera (lo que supondría caer en una forma de obrerismo, error muy común en la historia del movimiento comunista internacional). Al contrario, la gran enseñanza a la que nos conduce el materialismo histórico consiste, precisamente, en que el movimiento necesario de la historia deja abierta la posibilidad, en un momento dado, de plantear de una forma realista el problema de la emancipación de la humanidad de manera que pueda ser resuelto desde premisas sociales y materiales que permitan que esa emancipación sea algo más que una quimera idealista, siempre que se tengan en consideración las propias leyes del desarrollo social, es decir, siempre que éstas no sean sustituidas por vanos proyectos crítico-utópicos con pretensiones científicas. Pero no adelantemos acontecimientos y recapitulemos.

Tenemos a la conciencia concebida como atributo de la materia, en unidad dialéctica con la práctica real, como momento necesario del movimiento social (praxis); y tenemos, también, la aplicación de este punto de vista a toda la historia de la humanidad (materialismo histórico). Pero este despliegue de la praxis conlleva un repliegue de la conciencia, en el sentido de que ésta experimenta una especie de desdoblamiento que, en resumidas cuentas, supondrá un retroceso hacia posiciones criticistas, una cierta ruptura en la unidad alcanzada por la conciencia con la práctica social. Y hablamos de desdoblamiento porque esta ruptura tiene dos vertientes: en primer lugar, la conciencia de sí, es decir, la representación ideológica que de sí misma tiene cada una de aquellas formas sociales que van conformando el desarrollo histórico. Marx señala que, en toda sociedad, la ideología dominante es la ideología de la clase dominante[7]. La conciencia de sí, por tanto, es la falsa conciencia. Falsa porque no refleja la totalidad de la práctica social, la totalidad del proceso de producción social y del conjunto de relaciones sociales, sino sólo la parte de los mismos que permite su reproducción en términos de conservación, ocultando, precisamente, aquellas formas y tendencias que permitirían la revolucionarización de ese modo de producción social y que se pone de manifiesto a través de la lucha de clases. Pero junto a la falsa conciencia (o conciencia de sí), el materialismo histórico ofrece también su crítica, la crítica de la falsa conciencia. Frente a lo que las diferentes sociedades piensan de sí mismas como reflejo espontáneo de su práctica social, el materialismo histórico también ofrece la comprensión científica de su desarrollo objetivo y, por lo tanto, la posibilidad de conocer las tendencias de su evolución y posterior transformación en formaciones sociales nuevas. Sin embargo, esto implica el retorno de la conciencia a la posición de la crítica objetiva, y, en consecuencia, la escisión, de nuevo, entre teoría (conciencia crítica) y práctica (proceso social capaz de reflejar solamente una conciencia espontánea). Por cierto, ésta es la posición que adoptan historiadores, sociólogos, economistas y demás estudiosos de las formas sociales –o de alguna de sus esferas– pasadas y presentes: el marxismo sólo como método crítico de investigación científica de la sociedad, el método marxista configurado sólo como instrumento epistemológico crítico-contemplativo del ser social; es decir, en la medida que la unidad interna del concepto de praxis (fusión teoría-práctica) se vuelve a presentar separada en sus elementos, una práctica gnoseológica que se rige por un canon burgués.

Pero la más importante característica del proceso social consiste en que, en un determinado momento histórico, en su desarrollo llegan a coincidir la conciencia de sí mismo, que obtiene el ser social, con la conciencia crítica, que analiza las tendencias y las posibilidades objetivas de su desenvolvimiento y de su transformación revolucionaria. Este momento es el de la aparición en la historia del proletariado. El proletariado es la clase social históricamente determinada que puede representarse, gracias a la conciencia crítico-objetiva, una idea de su posición social y de su papel histórico como sujeto revolucionario (conciencia de sí) que ya no es una falsa conciencia, sino el reflejo subjetivo concordante con la dirección objetiva del proceso social. Cuando la conciencia de sí coincide con la conciencia objetiva, o, dicho de otro modo, cuando la crítica objetiva consigue transformar la falsa conciencia proletaria (pues ésta también existe en forma de economicismo, sindicalismo, obrerismo y espontaneísmo ideológico en general), la conciencia proletaria se convierte en revolucionaria, es conciencia –en palabras de Marx– para sí misma. De esta manera, el proletariado puede desarrollar su práctica social subjetiva en la misma dirección que la tendencia del proceso social objetivo. Es, pues, en este momento cuando la conciencia rescata su unidad con la materia social bajo la forma de proletariado revolucionario. El proletariado revolucionario es el retorno de la fusión teoría-práctica marxista (praxis) recuperada en un nivel superior como praxis revolucionaria. En este punto comienza a gestarse el tercer pilar del pensamiento marxiano; pilar o eje que se refiere a uno de los momentos culminantes del desarrollo del marxismo como concepción del mundo: el momento de la autoconciencia del ser social.

La autoconciencia presupone la identificación del proceso social con el sujeto revolucionario. El proceso de acumulación capitalista crea las condiciones para esta identificación al destruir las bases de la producción individual, al socializar las fuerzas productivas y todas las esferas de las relaciones sociales (incluso, con las sociedades anónimas, la propiedad privada se hace social, en el sentido de que van disolviéndose los mecanismos de apropiación individual del producto social), y al proletarizar a la gran mayoría de la humanidad, es decir, al enfrentar radicalmente a la humanidad desposeída y explotada, en un polo, con el capital, que concentra y detenta la totalidad de los medios de producción, en el otro. Marx demuestra que la actual polarización social entre poseedores y desposeídos es un producto histórico, el resultado del progresivo proceso de expropiación de la humanidad de sus medios y de sus condiciones de existencia en el curso de la historia de la división social del trabajo, del surgimiento y desarrollo de las clases y de la lucha entre ellas. De esta manera, la autoconciencia puede ser definida como el aspecto subjetivo de la práctica social cuando el sujeto ocupa la posición social objetivamente idónea para la práctica revolucionaria, cuando esta práctica conlleva una práctica emancipatoria universal. En otras palabras, cuando la apropiación de sus condiciones de existencia como clase oprimida y como clase revolucionaria supone la abolición de la propia sociedad organizada en clases, y, por lo tanto, la emancipación de toda la humanidad de las lacras de la sociedad de clases. En este proceso, el proletariado es, al mismo tiempo, sujeto y objeto de transformación social: sujeto, porque va adquiriendo el grado de conciencia para sí; objeto, porque el movimiento regido y dirigido por la autoconciencia (conciencia para sí) es un movimiento de transformación de sí mismo como clase que representa la totalidad social (la humanidad histórica y socialmente determinada como clase obrera) y cuyo terreno de desenvolvimiento es la lucha de clases (único contexto que puede procurar la elevación consciente del proletariado hasta su autoconciencia), un movimiento de autotransformación del proletariado de clase explotada en humanidad emancipada. El proceso social, entonces, se presenta como progreso universal donde la fusión entre teoría y práctica se concreta como praxis revolucionaria del proletariado en un proceso de autoemancipación, en el que el sujeto consciente ya no puede referirse a la actividad crítica objetiva, separada de la actividad práctica, sino a la misma actividad práctica consciente como principal atributo del proceso revolucionario de autotransformación del proletariado. De este modo, Marx supera definitivamente la vieja idea de juventud del sujeto consciente entendido como individualidad intelectual –y que todavía hallaba cierto margen de legitimidad en la acepción de su pensamiento como materialismo histórico, como método materialista de la historia– aliado pero separado del movimiento social práctico. Marx despoja al intelectual burgués de su investidura de flamante depositario de la actividad subjetiva consciente y funde este atributo, en el seno de una entidad social, el proletariado, con su movimiento práctico convirtiéndolo en movimiento revolucionario. El proletariado se convierte, así, en una formación social consciente, en un intelectual colectivo; es sujeto consciente al mismo tiempo que la propia materia del movimiento social. Entonces, el proletariado consciente de su posición en la sociedad capitalista y de su papel histórico (autoconciencia), puede iniciar el proceso revolucionario necesario para cumplir con ese papel, proceso que no es más que su propia transformación de clase sojuzgada en humanidad liberada (Comunismo) a través de su lucha de clase (autotransformación). La clase oprimida, por fin y por primera vez en la historia, deja de necesitar salvadores o albaceas que velen por su liberación: el proletariado puede ya emanciparse a sí mismo (autoemancipación). Así queda completamente perfilado el tercer gran eje del pensamiento marxista, la noción de praxis revolucionaria.

El periplo intelectual del Marx proletario comienza, pues, con la construcción conceptual en torno a la idea de praxis y culmina con la tesis de praxis revolucionaria. La primera establece la concepción revolucionaria del mundo en un plano general, filosófico o científico incluso; la segunda la imputa en el plano actual, en la política. Por último, todo este desarrollo teórico queda resumido en un aserto, especie de mandato que podríamos designar como el imperativo categórico marxista:

“Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo[8]

La XI tesis sobre Feuerbach sintetiza genialmente la concepción revolucionaria del mundo que es el marxismo. Sin embargo, el hecho de su formulación en los términos que ha sido realizada expresa también la contradicción y los límites de la obra de Marx. Efectivamente, el modo vocativo como es formulada esta tesis indica ya de por sí un asincronismo real entre teoría y práctica. Igualmente, el contenido de la tesis muestra también una separación entre el momento de la comprensión de la necesidad de la transformación del mundo y el momento del acto de esa transformación. Lo cual no encaja con la noción marxiana de praxis revolucionaria, para la cual el momento teórico no está separado del momento de la práctica. Todo esto indica que, en los hechos, en el pensamiento proletario, tal como lo deja elaborado Marx (con la colaboración de Engels), la conciencia ha experimentado una transformación en cuanto a sus contenidos, en cuanto concepción del mundo, pero no ha ocurrido al mismo tiempo un desplazamiento de su posición en relación con la práctica; o, mejor dicho, sí se ha producido un desplazamiento hacia la práctica, pero sólo en la esfera de la teoría, no en la práctica viva y real, en la práctica material. Este desacompasamiento entre la posición que alcanza la conciencia en la teoría (unidad con la práctica como praxis revolucionaria) y su relación real en la práctica (la conciencia que comprende que debe fundirse con el movimiento práctico real, pero que aún no ha consumado ese paso) es lo que explica la necesidad, por parte de Marx, de una formulación categórica –casi como un imperativo ético– como llamamiento a la acción práctica. De alguna manera, en cuanto a su forma, Marx no puede dejar elaborado el punto de vista del proletariado más que bajo el instrumental discursivo de un tipo más de filosofía de la acción. Y en esto consiste la principal contradicción del pensamiento marxiano: un corpus conceptual clasista proletario y revolucionario dentro de un envoltorio burgués. El llamamiento a revolucionar el mundo sin poder hacerlo significa que el pensamiento proletario, hasta el punto que lo desarrollaron Marx y Engels, mantiene todavía un pie en el terreno político de la burguesía y en el terreno de las formas del pensamiento burgués. Éste es su límite como instrumento práctico para el proletariado y su lucha de clases. En el fondo, este límite no es más que el resultado –lógico y comprensible para cualquier materialista– de construir una nueva concepción del mundo y un nuevo modo de pensar revolucionarios de la única manera que es posible: con los viejos materiales teóricos y conceptuales heredados y sobre la base del antiguo universo intelectual. A lo largo de su carrera, Marx llegó a comprender y a asumir que “el arma de la crítica no puede sustituir a la crítica de las armas”[9]. De hecho, él había pasado, en su experiencia, desde el primer principio (la crítica como arma) al segundo (las armas como crítica, o sea, el imperativo de la revolución), y éste es, ciertamente, el sentido que tiene la última tesis sobre Feuerbach: la crítica de las armas como fórmula expresiva de la crítica revolucionaria. Crítica revolucionaria, pero todavía no práctica revolucionaria. Marx no alcanza a dar el último paso desde la crítica de las armas a la toma de las armas; deja la revolución planteada como necesidad teórica, como conciencia subjetiva, como programa político, pero no como movimiento político real.

El límite con el que se encuentra el pensamiento de Marx implica la no realización práctica de la praxis revolucionaria, que queda relegada a mera formulación teórica. La consecuencia es un nuevo repliegue teórico-conceptual de la conciencia hasta las posiciones de la crítica revolucionaria. La praxis revolucionaria exige una concreción material, encarnarse como movimiento político práctico, porque ella es revolución in actu. Si esto no sucede, no tendrá lugar la realización de esa praxis como fusión material entre teoría y práctica social, y las nociones de praxis y de revolución sólo serán formas del pensamiento o estados de la conciencia teórica. La praxis revolucionaria es el proletariado revolucionario (es decir, el proletariado desarrollando su lucha de clase revolucionaria), y en la época de Marx diversas circunstancias históricas y políticas, objetivas y subjetivas, coadyuvaron en detrimento de su realización, sobre todo –considerando la experiencia de la Comuna de París–, de su realización sistemática (es decir, planificada y consciente, y no esporádica y espontánea, como el episodio communard), a pesar de que Marx y Engels sí se esforzaron por encontrar cauces para su realización material, como demuestran sus actividades en la Liga de los Comunistas y en la AIT y su estrecha relación con el movimiento obrero europeo, en general, y con el movimiento socialista alemán, en particular. Pero su fracaso supuso el destierro de la praxis revolucionaria de los territorios de la actividad material y su relegamiento a la esfera de la conciencia teórica como crítica revolucionaria, la cual, por su parte, como es exponente de la no realización material de la fusión teorético-praxeológica en el seno del proletariado que es la praxis revolucionaria, pone de manifiesto un modo de relación externa entre teoría y práctica, y, por tanto, un modo criticista, burgués, de estado de la conciencia. Como crítica revolucionaria, la conciencia adopta una posición gnoseológica de corte burgués, porque es una forma más de la crítica objetiva; pero también es su forma más elevada.

La crítica revolucionaria es la crítica objetiva que observa la realidad desde la asunción de la concepción revolucionaria (proletaria) del mundo. Por tanto, reconoce la necesidad de las leyes del desarrollo histórico y de las relaciones sociales que ese desarrollo ha terminado alcanzando, pero también establece la necesidad de transformarlas, revolucionándolas. Esta es la posición de la crítica revolucionaria. A diferencia de la posición crítico-objetiva representada por el materialismo histórico, posición de la conciencia que todavía permitía el ejercicio académico burgués de interpretación de la historia como una ciencia social más, la posición crítico-objetiva expresada como crítica revolucionaria cierra completamente esa posibilidad, y cualquier otra que pretenda romper la unidad existente entre el proceso social y la revolución social, que quiera desvincular el desarrollo histórico como escenario de la lucha de clases de su solución en el Comunismo, que persiga romper los lazos entre el pasado y el futuro de la humanidad. La crítica revolucionaria es la posición crítica de la conciencia cuando ésta reconoce y ha asimilado completamente la necesidad de la praxis revolucionaria como momento teórico para su actividad intelectual subjetiva; al contrario que el materialismo histórico, que es un momento teórico anterior en la construcción cosmológica marxista, y que, por lo tanto, su actividad crítica no tiene porqué estar relacionada con la actividad revolucionaria de transformación del objeto de su crítica. En lo concreto, la crítica revolucionaria es la actividad teórica del sujeto consciente que demuestra, de manera sistemática, por todos los medios y desde todas las perspectivas, la necesidad de la revolución como solución de las contradicciones sociales, la necesidad de que el proceso social objetivo desemboque en la praxis revolucionaria como su única y verdadera solución. La crítica revolucionaria se apoya, para ello, en el bagaje científico y teorético-conceptual del marxismo –incluyendo al materialismo histórico–, pero dándole, en este caso, el sentido direccional –hacia la revolución proletaria y el Comunismo– que se deriva del contenido fundamental del marxismo como concepción del mundo del proletariado: un contenido esencialmente revolucionario. Por esta razón, la finalidad de la crítica revolucionaria es la actividad práctica, no el puro conocimiento teórico, que sólo es un medio para aquella finalidad. La crítica revolucionaria expresa, así, una posición de la conciencia como actividad subjetiva dirigida hacia la práctica, y no como actividad teórica intelectiva. Por esta razón, también es el producto de esta actividad consciente lo único que puede configurarse como aquello que Lenin denominó teoría de vanguardia. Sólo una concepción teórica del mundo organizada y desarrollada para poner las bases ideológicas de la transformación de ese mundo puede ser puesta a la cabeza de esa transformación; sólo cuando la conciencia ha alcanzado y adoptado la posición gnoseológica de la crítica revolucionaria puede colocarse en disposición de fundirse con el proceso social para formar un todo en una permanente mutua transformación del mundo y de las ideas hasta alcanzar el Comunismo (praxis revolucionaria). De hecho, la parte más importante y de más valor del legado de Marx y Engels es, precisamente, el conjunto de trabajos teóricos que, reunidos, constituyen lo que podríamos designar como su doctrina crítico-revolucionaria, ese monumental esfuerzo intelectual por demostrar la necesidad teórica y práctica de la revolución desde diversos ángulos, todos los que pudieron abarcar: la economía, con su magna obra, El capital; la política y la historia: edición de la Nueva gaceta renana, el Manifiesto del Partido Comunista, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, La guerra civil en Francia, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado y un largo etcétera; e, incluso, la ciencia, con el Anti-Dühring y su interés por vincular los resultados de las ciencias con la concepción materialista de la historia (Dialéctica de la Naturaleza).

Como toda realidad material, el marxismo se desarrolla desde sus contradicciones internas. Y la contradicción fundamental, de fondo, entre el imperativo categórico marxista y su concepción revolucionaria del mundo, esa contradicción que se presenta todavía en el pensamiento de Marx como una expresión peculiar de la vieja oposición entre el ser (movimiento social) y el deber ser (revolución social) –dualidad que, ciertamente, es testigo de que aún no se ha sobrepasado del todo el marco del pensamiento y de la práctica burgueses–, no se superará hasta que Lenin y los bolcheviques perfilen y den contenido real a los contornos del partido de nuevo tipo proletario.

Marx había identificado la praxis revolucionaria con el proletariado revolucionario, pero en abstracto, entendiendo el movimiento de emancipación de la clase como movimiento político en general, sin poder todavía definir ni describir sus modos ni el proceder de su desenvolvimiento, precisamente porque aún ese movimiento no había madurado lo suficiente debido a aquellas circunstancias objetivas y subjetivas propias de su época, una época que podíamos definir como de transición, con una burguesía que veía agotarse sus energías revolucionarias y un joven proletariado que todavía no estaba en condiciones de tomar el relevo histórico de la revolución social. La época de Lenin, en cambio, es la de la entrada del capitalismo en su fase imperialista y la de la maduración de las condiciones para la organización del proletariado como clase revolucionaria. La época de Lenin es la de los primeros embates a gran escala del proletariado contra el capital (victorias en el frente electoral en Alemania, Primera Revolución rusa de 1905,…), es la época del nacimiento del movimiento proletario como movimiento revolucionario. Gracias a ello, Lenin puede observar al proletariado revolucionario de forma concreta, tiene la posibilidad de estudiar de manera específica y objetiva las formas que ese movimiento adquiere en la realidad. El resultado es el desarrollo en cuanto a sus contenidos del significado de la noción marxista de praxis revolucionaria. Si Marx le otorgaba el sentido general de proletariado revolucionario, Lenin consigue concretarlo hasta identificarlo con el concepto de partido de nuevo tipo proletario o Partido Comunista. O, si se prefiere, dicho de otro modo: Lenin identifica los conceptos de proletariado revolucionario y de Partido Comunista. Marx no llega hasta este punto: en el Manifiesto no alcanza a conseguirlo    –aunque ya intuye genialmente el carácter de vanguardia de los comunistas dentro del movimiento obrero– porque careció de la experiencia posterior del proletariado internacional sobre la que se basó Lenin, principalmente la comprensión del mecanismo interno que rige el desarrollo político de la clase –su particular dialéctica– desde la contradicción vanguardia-masas, y, por otro lado, la escisión histórica y fundamental por su significado que tuvo lugar entre la línea revolucionaria y la línea oportunista en el seno del movimiento obrero internacional. El estudio y la síntesis de los nuevos y trascendentales episodios de la historia del proletariado fue lo que posibilitó que Lenin diera un contenido real y concreto a la noción de praxis revolucionaria.

El concepto marxista de praxis revolucionaria como fusión de teoría y práctica encuentra su materialización en el proyecto leninista de partido proletario como producto de la fusión entre la teoría revolucionaria marxista (crítica revolucionaria) y el movimiento obrero. Ésta es la formulación que emplea Lenin para delimitar en la realidad las condiciones de la unidad marxista entre teoría y práctica. Y esta concepción es, además, una constante en su carrera política. En una fecha tan temprana como 1899, Lenin ya dejaba claro lo que para él constituía la esencia del partido proletario:

“La separación entre el movimiento obrero y el socialismo hacía que uno y otro fueran débiles, poco desarrollados: las doctrinas de los socialistas no fusionadas con la lucha obrera, no pasaban de ser utopías, buenos deseos, que no ejercían influencia alguna sobre la vida real; el movimiento obrero seguía siendo limitado, fraccionado, no adquiría importancia política ni lo alumbraba la ciencia de vanguardia de su época. Por eso vemos que en todos los países europeos se manifestó cada vez con mayor fuerza la tendencia a fusionar el socialismo y el movimiento obrero en un movimiento socialdemócrata único. La lucha de clase de los obreros se convierte, en virtud de esa fusión, en lucha consciente del proletariado por liberarse de la explotación a que le someten las clases pudientes, y se constituye la forma superior de movimiento obrero socialista: el partido obrero socialdemócrata independiente.”[10]

En el comienzo mismo de su carrera, pues, Lenin tiene ya ordenados los elementos configuradores de la praxis revolucionaria marxista que permitirán su realización material práctica. El leninismo puede construir el edificio político de la praxis revolucionaria –el partido de nuevo tipo– gracias a las favorables condiciones objetivas que cultiva el imperialismo, pero, sobre todo y desde el punto de vista subjetivo, gracias a la base teórica que legan Marx y Engels, de modo que la teoría leninista de la relación entre conciencia y movimiento social puede pisar ya con los dos pies sobre terreno proletario: no sólo en lo concerniente al contenido de esa relación, también en cuanto a la forma que recoge la concepción ideológica del mundo proletaria. Con Lenin y con el partido leninista no sólo el pensamiento revolucionario se corresponde ya con la concepción del mundo proletaria, también el lenguaje con el que se habla y en el que se expresa ese pensamiento. Y este lenguaje es, precisamente, el movimiento comunista (mejor que “socialdemócrata”), es decir, “la forma superior del movimiento obrero”, en otras palabras, el Partido Comunista[11].

Veintiún años después, en plena madurez intelectual y con una larga experiencia a sus espaldas, suficiente para haber contrastado con la realidad los criterios de juventud, Lenin vuelve a establecer, aunque de manera colateral en medio del debate contra el izquierdismo en la Komintern, lo que para él es la esencia del Partido:

“Cuando comenzó a extenderse la forma superior de unión clasista de los proletarios, el partido revolucionario del proletariado (que será indigno de este nombre mientras no sepa agrupar a los líderes con la clase y las masas en un todo único e indisoluble), en los sindicatos empezaron a manifestarse fatalmente ciertos rasgos reaccionarios […].”[12]

La unión “indisoluble” de la vanguardia con las masas, su fusión, es y ha sido siempre la idea determinante del partido de tipo leninista; y la consagración, en virtud de esa “unión indisoluble”, de “un todo único”, de una nueva totalidad social en la que toma cuerpo el modo proletario de transformación revolucionaria del mundo. La fusión de teoría y práctica, de vanguardia y movimiento, de conciencia y ser social es el proletariado revolucionario, el proletariado organizado en su forma superior de movimiento, que surge, entonces, como la forma superior del movimiento social, y, a su vez, como totalidad social orgánica en proceso de transformación, como movimiento de la sociedad en proceso de autotransformación. De esta manera, la conciencia adopta, por fin, la verdadera posición proletaria, la de sujeto de transformación revolucionaria del mundo, cuando ese sujeto es el mismo objeto de su transformación. La conciencia para sí del proletariado es, entonces, conciencia interna del movimiento social, es premisa y resultado de la transformación del mundo y permanente revolucionarización ideológica desde el mundo en revolución permanente. Es así como el Partido Comunista leninista expresa el modo históricamente superior de estado de la conciencia, estado que se corresponde, naturalmente, con la forma superior del movimiento social también a escala histórica.

La Tesis de Reconstitución del Partido Comunista se basa en esta visión de la relación entre ser y conciencia y en la necesidad de que ésta adopte una determinada posición respecto de aquél, posición que es también un producto histórico. Es ésta, además, la razón última de que esa tesis política se oponga a todas aquellas teorías sobre el Partido Comunista que presuponen una posición premarxista, burguesa, de la conciencia, concepción que domina en la mayoría de grupos comunistas, que generalmente entienden el Partido sólo como vanguardia, como conciencia externa al movimiento social.

La Tesis de Reconstitución también se sostiene sobre la idea leninista de que no existe proletariado revolucionario -y, por lo tanto, movimiento revolucionario- fuera del Partido Comunista; lo cual supone diferenciar cualitativamente, desde el punto de vista de la política proletaria, una etapa de Reconstitución de ese partido de las otras en la que éste actúa políticamente. De esto se deduce, entonces, que existen dos modos de estado de la conciencia revolucionaria o comunista: uno anterior y otro posterior a la Reconstitución del Partido Comunista. El anterior análisis de la evolución del pensamiento marxista-leninista nos indica, además, que esos distintos estados de la conciencia se corresponden con dos posiciones diferentes de la misma en relación con la práctica. De esta forma, la conciencia revolucionaria sólo puede actuar como crítica revolucionaria mientras no exista el Partido Comunista, y sólo como praxis revolucionaria en tanto que Partido Comunista. Finalmente, en función de las características propias de estas distintas posiciones de la conciencia -que ya hemos estudiado- y considerando que la etapa política de la Reconstitución del Partido Comunista forma parte integrante de su proceso de construcción, proceso que es paralelo al de la Revolución, deducimos que, desde el punto de vista histórico, actualmente nos encontramos en la fase burguesa de construcción del Partido Comunista (fase que es la que se corresponde, en general, con la de preparación de la Revolución -entiéndase, con la de preparación del Partido de la Revolución, con la fase de Reconstitución).

Dos fases y dos formas de la transformación del mundo

No debemos inquietarnos por estas consideraciones sobre el carácter del momento histórico en el que nos encontramos, sino que debemos tomar conciencia de ello. El análisis de la evolución del pensamiento marxista nos ha demostrado que su origen es, igualmente, burgués. No debe asustarnos, pues, que se hable del origen burgués de los instrumentos políticos del proletariado, incluyendo su partido revolucionario. Con ello, no sólo nos mantendremos firmemente ubicados en el correcto punto de vista materialista, alejándonos del purismo obrerista tan común en el pasado y en el presente de las organizaciones de vanguardia, sino que también elevaremos la idea de partido proletario por encima del vulgar objetivo tanto del partido electoralista o conspirativo habitual en nuestra tradición histórica, como del resultante de la simple unificación comunista, tan común hoy. Porque éstos sí son partidos burgueses a cuenta cabal. Partidos hechos voluntariosamente de una vez por todas, en cuyo plan de constitución no entra la valoración del estado de conciencia del proletariado revolucionario (es decir, si este estado corresponde al de la concepción del mundo burguesa o al de la proletaria), porque ese plan fue elaborado independientemente del estado del movimiento de ese proletariado revolucionario, es decir, independientemente de la visión leninista de partido de nuevo tipo proletario.

El hecho de que el punto de vista materialista sobre el origen burgués de los instrumentos políticos del proletariado no fuese claramente explicitado durante el Primer Ciclo Revolucionario se debió a las características propias del mismo. Sobre todo a que, por un lado, la mayoría de los partidos comunistas nacieron cuando el proceso revolucionario estaba a la ofensiva en el plano internacional, simplificándose o simplemente saltándose la larga etapa de constitución política entendida como prolongado período de acumulación de fuerzas del proletariado revolucionario; y a que, por otro, en la experiencia bolchevique, en primer lugar, siempre se puso el acento más en la contradicción con el menchevismo y en el salto cualitativo que suponía el partido leninista respecto a la tradición socialdemócrata (partido de masas) que representaba aquél, sin apenas prestar atención al otro aspecto, también importante, del vínculo de origen en el desarrollo y la transformación de la socialdemocracia en bolchevismo, y, en segundo lugar, a que el partido de nuevo tipo no surgió desde el principio como un plan independiente de construcción política separado del modelo de partido obrero clásico de la II Internacional, sino que paulatinamente se fueron incorporando los elementos diferenciadores hasta la necesaria escisión entre ambos modelos. Esto hizo que, en adelante, a la correcta tesis leninista de la necesaria constitución política del proletariado revolucionario independientemente del partido obrero burgués se adhiriese la incorrecta percepción de que es negativo o improcedente todo vínculo –aunque sólo sea originario– de lo proletario con lo burgués. Pero una cosa es pretender desarrollar el partido obrero revolucionario desde el partido obrero burgués, lo cual es erróneo, y otra muy distinta pretender construir el partido revolucionario desde bases proletarias previas completamente configuradas, lo cual es un absurdo idealista[13]. Históricamente, como ya hemos señalado, es con Lenin que el proletariado puede realizar una política propia de su naturaleza de clase en cuanto a forma y en cuanto a contenido; pero esto hubiera sido imposible sin la previa labor realizada por Marx y Engels de desbrozamiento de ese camino, sin las premisas que ambos supieron establecer principalmente en el plano teórico e intelectual. En lo político, por su parte, todo proceso de construcción proletaria de nueva planta, dondequiera y cuando fuera que tenga lugar, debe sustentarse, al menos en sus fases preliminares, sobre elementos preexistentes, o sea, antiguos, de viejo cuño, burgueses, en definitiva. Es su organización correcta y su reagrupamiento adecuado en la disposición del cumplimiento de las tareas del comunismo lo que permitirá que sirvan de base para crear algo novedoso y más elevado, de modo que se desarrollo cree las condiciones para que el movimiento revolucionario genere nuevas bases de clase proletaria desde las que reproduzca su desenvolvimiento futuro. En la actualidad y bajo las condiciones políticas dominantes, toda pretensión de construir comunismo desde premisas proletarias supuestamente preestablecidas es una falacia. Sin embargo, durante el Ciclo de Octubre, aunque pasó desapercibido en la cuestión de la construcción del Partido, sí hubo ocasión para reconocer el problema genético del origen burgués de lo proletario cuando los imperativos de la marcha de la revolución soviética pusieron en el orden del día la cuestión del Estado como instrumento político del proletariado. Y, aquí, la sentenciosa conclusión de Lenin fue clara: la Dictadura del Proletariado es un Estado burgués sin burguesía. En efecto, cuando la vanguardia proletaria se enfrentó al análisis de la nueva fase de la revolución en condiciones de independencia política –de la que no pudo disfrutar en todo el período de la etapa de constitución del Partido–, pertrechados de la concepción del mundo materialista y dialéctica, sí supo descubrir el necesario origen burgués del Estado de dominación del proletariado.

Pero, volviendo a la etapa que nos ocupa, la etapa de Reconstitución del Partido Comunista, ¿cuáles son esos elementos básicos de viejo cuño sobre los cuales debemos construir lo nuevo? No son otros que los que conforman el Plan de Reconstitución. Ciertamente, las distintas tareas políticas que desde finales de 1993 configuran nuestro Plan y que ahora, después de varios años de experiencia y de sopesar a la luz de la práctica la importancia y dimensión de cada una de ellas, terminamos de organizar y ordenar jerárquicamente, de modo que su cumplimiento sucesivo nos dote de las bases ideológicas, políticas y organizativas imprescindibles para dar el salto cualitativo hacia lo novedoso, hacia lo que aún no existe ni siquiera en sus lineamientos primordiales (el Partido Comunista), son los elementos de base que la sociedad burguesa nos ofrece y que tomamos como los primeros materiales de construcción del nuevo edificio político del proletariado. No debemos, pues, perder la perspectiva, ni confundir el terreno sobre el que ahora pisamos; debemos saber reconocer que los medios y los instrumentos de los que ahora disponemos son de carácter esencialmente burgués; que tanto la Bildung, como la idea de universidad obrera o la construcción de cuadros individuales, así como la formación en la ciencia y la investigación o la actividad de propaganda ideológica y política, tal como las ejercitamos hoy, etc., son, por su forma y por su contenido –pero sobre todo por su forma– modos y procedimientos que se sitúan dentro del marco burgués de actividad, en tanto que todos ellos nos instalan en una actitud de contemplación e interpretación crítica del mundo, que, por muy revolucionarias que se pretendan, no permiten su transformación material; modos y procedimientos necesarios como presupuestos para esta transformación, pero insuficientes por sí mismos desde el punto de vista de la actividad propiamente proletaria. El hecho de que toda la actividad política de la vanguardia durante la etapa de Reconstitución y de que todo el Plan de Reconstitución giren en torno a la crítica revolucionaria, y de que ambos puedan reducirse conceptualmente a ella como la mejor definición de su fundamento más esencial, además de constituir el eje de su desarrollo en sus distintas fases (adoptando, por tanto, dicha crítica distintas formas o modos según cada fase o cada momento), es el índice más elocuente del carácter de la etapa política en la que nos encontramos, sobre todo si tenemos presente el papel que la crítica revolucionaria juega en el desarrollo del marxismo y nos permitimos establecer un paralelismo con el desarrollo de la construcción del Partido: si la crítica revolucionaria (actividad semiburguesa) no es todavía la praxis revolucionaria (actividad plenamente proletaria), el carácter de las tareas de la Reconstitución no puede ser el de las de la Revolución (aunque, históricamente, reconozcamos que la Reconstitución es ya la primera fase de la Revolución; pero no es así políticamente).

Nuestro Plan pretende desarrollar los Principios del comunismo hasta el Programa de la revolución comunista, o, lo que es lo mismo, persigue la conquista de la vanguardia para el comunismo. Pues bien, esto no es más que la conquista de los distintos sectores de esa vanguardia –primero, de los más conscientes y más preparados teórica e intelectualmente, y, después, de los dirigentes prácticos– desde la crítica revolucionaria, desde la necesidad demostrada de la Revolución Proletaria, no todavía desde la actualidad de la revolución, como establecería un contexto político de desarrollo de la praxis revolucionaria. En resumen, se trata de unos instrumentos políticos que nos permiten y que a la vez limitan nuestra actividad al seno de la vanguardia, que no nos permiten aún la actividad en el seno del movimiento de masas. Esto último sólo es posible como Partido Comunista reconstituido. Uno de los grandes males del movimiento comunista en las últimas décadas es que no ha comprendido la diferencia cualitativa entre los medios e instrumentos políticos posibles en la etapa prepartido y los medios e instrumentos necesarios en un Partido Comunista. Debido a ello, se ha incurrido en el error de creer tener en varias ocasiones reconstituido el Partido, cuando, en realidad, sólo se ha podido dotar a la vanguardia, como mucho, de los elementos políticos disponibles en su fase burguesa de construcción, aquéllos que sólo permiten iniciar su Reconstitución. La consecuencia lógica es que al dirigirse al proletariado ofreciéndose como el partido de nuevo tipo proletario, sólo se le ha presentado verdaderamente un partido de nuevo tipo burgués. Los resultados han sido palmarios (línea política burguesa) y su fracaso, natural.

El carácter de los instrumentos políticos de que puede dotarse la vanguardia proletaria en la fase de Reconstitución del Partido Comunista indican, naturalmente, el terreno sobre el que esos medios permiten desenvolver la actividad revolucionaria. Ya hemos señalado que sólo en el marco de la vanguardia; pero, ¿cuál es el motivo de fondo por el que el carácter de la fase actual del proceso de construcción del Partido imponga un límite a la actividad de la vanguardia? La razón estriba, precisamente, en las posibilidades de esa actividad como actividad revolucionaria.

Efectivamente, el reino de la crítica revolucionaria, pilar de la construcción partidaria en la etapa de Reconstitución, es el reino de la crítica objetiva, de la crítica racional. Esto supone que su objeto no puede ser sino la conciencia, y, desde el punto de vista del medio material, su escala sólo puede ser individual. En otras palabras, en la etapa de Reconstitución, debido al carácter de los instrumentos y de los métodos de que se dispone, sólo existen condiciones para revolucionar las conciencias. Desde luego, es un modo de revolución, pero primitivo; de hecho, es el modelo revolucionario tolerado por la burguesía: primero cambiar las conciencias para que cambie el mundo. Es el programa del reformismo burgués con el que polemizó Marx en su III tesis sobre Feuerbach[14]. Pero resulta del todo imposible transformar las conciencias de todas las masas desde la crítica. La crítica, la crítica revolucionaria, representa para el marxismo la forma primitiva, preproletaria, burguesa, de revolucionarización del mundo; revolución que consiste en la transformación inmediata de las conciencias a escala individual desde esa crítica. Por esta razón, el marco de esta actividad no puede sobrepasar la escala individual (personas o grupos), y por esta razón es el método principal cuando el objetivo del comunismo es la vanguardia del proletariado. Pero el marxismo nos enseña que:

“[…] para engendrar en masa esta conciencia comunista como para llevar adelante la cosa misma, es necesaria una transformación en masa de los hombres, que sólo podrá conseguirse mediante un movimiento práctico, mediante una revolución.”[15]

Para cambiar las mentes a gran escala, entonces, deben primero cambiar las bases materiales que las moldean. Éste es el programa del proletariado revolucionario. El objetivo de este programa también consiste en transformar las conciencias, pero sólo de la única forma posible: de manera mediata, a través de la transformación previa de las relaciones materiales imperantes en la sociedad. El marco de actividad, en consecuencia, exige un proceso a escala social. Aquí, ya no es suficiente la crítica: es precisa la política como eje de la actividad revolucionaria. De la misma manera, ya no se trata del individuo o del pequeño grupo individualizado, ni de su concepción teórica de las cosas, sino que el objetivo pasan a ser las grandes masas y su movimiento práctico en el marco de la lucha de clases en toda su dimensión. Y está claro que esa política revolucionaria no puede ser aplicada más que por el partido revolucionario de la única clase verdaderamente revolucionaria: el partido de nuevo tipo leninista.

El instrumento de la crítica es la dialéctica racional, y su base la experiencia individual, experiencia que es un compendio de conocimientos teóricos y prácticos. La dialéctica racional persigue el acercamiento de la conciencia hacia la concepción revolucionaria del mundo mediante la persuasión, el debate, el contraste teórico de la experiencia práctica, etc. Se trata, pues, de un contexto limitado, que, desde el punto de vista del desarrollo del comunismo y del movimiento comunista, sólo puede ser enmarcado –por sus objetivos y por sus medios– dentro del período histórico de conquista de la vanguardia para las posiciones de la Revolución Proletaria. Históricamente, se corresponde con el modo propiamente burgués de actividad política, modo que nos retrotrae –si se nos permite el paralelismo– a la época de los clubes de debate y de las tertulias de café de la burguesía revolucionaria. Esta imagen puede ser distorsionadora, porque no permite contemplar en toda su importancia el aspecto práctico que en la dialéctica racional del proletariado revolucionario (crítica revolucionaria) acompaña siempre a la confrontación teórica, aspecto que consiste en situar como referencia última a la práctica como criterio de verdad[16] ; sin embargo, sí sirve para ilustrar el sentido y la forma dominantes de la actividad crítico-racional en la etapa prepartidaria de Reconstitución, y, también, para ilustrar la diferencia de fondo con el contexto dominante en la fase postrreconstituyente, en la que predomina la dialéctica social.

La dialéctica social es la confrontación entre las clases, terreno principal para la política. La política, como eje central de la actividad del proletariado revolucionario organizado en Partido Comunista, adopta como punto de partida, no un determinado estado de la conciencia individual -como ocurría en la etapa donde su actividad gravitaba en torno a los problemas de la Reconstitución-, sino un determinado estado de los agentes sociales o de los sujetos históricos que conforman la materia social, en definitiva, un determinado estado de las fuerzas de clase como preámbulo para su acción política. Se parte, entonces, no de una disposición subjetiva individual dominante entre la mayoría de los elementos o de los destacamentos de vanguardia, como ocurre durante la Reconstitución, sino que se adopta como punto de partida la disposición subjetiva social del proletariado como clase y, desde esa disposición, su posición como sujeto político dentro del contexto general de la correlación de fuerzas entre todas las clases de la sociedad. De esta manera, es la práctica social el distintivo que da contenido a la dialéctica social desde el punto de vista del desarrollo revolucionario del proletariado, y es mediante la práctica social que las masas de la clase obrera hallan el cauce de su transformación consciente. Si la transformación de la conciencia de las masas sólo es posible desde la transformación de las bases materiales de la sociedad que engendra su falsa conciencia, la revolución social, es decir la transformación de las relaciones sociales, sólo es posible desde el desplazamiento político de las masas proletarias hacia las posiciones políticas del comunismo. Compruébese que aún no hablamos de desplazamiento consciente o premeditadamente revolucionario de las masas de la clase hacia el comunismo, sino de su desplazamiento político. La historia de la Revolución Proletaria Mundial demuestra que el movimiento de las masas hacia las posiciones de su vanguardia (el Partido Comunista) se realiza y sólo puede realizarse no desde la actividad consciente de estas masas, sino desde desplazamientos políticos propiciados por su vanguardia consciente en función de los problemas concretos que afectan a esas masas y que son puestos en el centro mismo de la lucha de clases por los acontecimientos históricos. Por esta razón, es con la culminación de la Reconstitución, cuando la vanguardia proletaria termine de formular el Programa de la Revolución, que se darán las condiciones para que el Partido Comunista pueda actuar e influir sobre las masas en este sentido. Únicamente la práctica social -como decía Lenin-, la propia experiencia de las masas permite su desarrollo político y, con ello, las condiciones para la transformación del mundo como premisa para la transformación de la humanidad y su paso a un estadio nuevo y más elevado de civilización, donde el devenir dependa ya plenamente de los actos de la voluntad consciente de la colectividad.

Compruébese, finalmente, que hemos separado deliberadamente -aunque en la práctica existe una indisoluble unidad dialéctica entre ambos- transformación del mundo de transformación de la humanidad, con el fin de mostrar sin ambigüedades que se trata de un proceso que no es mecánico: de la transformación del mundo no surge espontáneamente la transformación de la humanidad, de la conciencia de las masas. Hay que insistir en la fórmula de Marx: “la transformación en masa de los hombres sólo podrá conseguirse mediante la revolución; es decir, se trata sólo de un medio, de una premisa, del contexto adecuado y necesario para transformar las conciencias; pero la sola revolución –y menos la revolución hecha desde la política como referente- no es esa transformación. El Partido Comunista debe elevar a las masas desde la conciencia política hacia la concepción revolucionaria del mundo a través de la lucha de clases en todas sus formas y ámbitos.


Notas:

[1] HEGEL, G. W. F.: Ciencia de la Lógica. Buenos Aires, 1968. Tomo II, pág. 73.

[2] MARX, K.: La cuestión judía (y otros escritos). Barcelona, 1992; pág. 84.

[3] Aunque desde distintos presupuestos intelectuales (Ilustración y liberalismo) respecto de Marx (hegelianismo y democracia) y a través de una experiencia diversa (la decepción que acompañó a su colaboración con el Doktorklub, el grupo berlinés de los jóvenes hegelianos, durante 1841 y 1842, y el contraste que frente a este desengaño le produjo la subsiguiente e impactante estancia en Inglaterra, cuya realidad socioeconómica resultó reveladora para su espíritu), también Engels transitó por el idealismo moralizante y la filosofía de la acción, que sustituyó a partir de 1844 por una concepción materialista-economicista de la sociedad, cuya aplicación crítica respecto del capitalismo (sobre todo su artículo publicado en los Anales titulado Esbozo para una crítica de la economía política), y aunque aún los elementos del materialismo histórico aparecen sólo diseminados a lo largo de su discurso, sería uno de los acicates que inspirarían a Marx para encauzar su materialismo humanista crítico hacia la revolución conceptual del nuevo pensamiento proletario (Para familiarizarse con el particular periplo intelectual de Engels, convergente con el de Marx desde 1844, vid., BERMUDO, J. M.: Conocer Engels y su obra. Barcelona, 1979. Para el itinerario del joven Marx hasta el materialismo histórico es imprescindible, del mismo autor, El concepto de praxis en el joven Marx. Barcelona, 1975, y para ambos, naturalmente, el clásico de August CORNU: Carlos Marx-Federico Engels. La Habana, 1975).

[4] MARX: La cuestión judía, pág. 130.

[5] Ibídem., pág. 93.

[6] Ibid., pág. 172.

[7] Ibid., pág. 182.

[8] Ibid., pág. 232.

[9] Ibid., pág. 76.

[10] LENIN, V. I.: O. C., t. 4, pág. 260.

[11] “Para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual.” (MARX: Op. cit., pág. 169). Es importante constatar que el marxismo ha considerado desde siempre al comunismo no como un ideal de futuro o, in abstracto, como la sociedad del porvenir, sino como un movimiento real e inmediato, como movimiento social práctico, en primer término, como el movimiento político revolucionario del proletariado. Este movimiento expresa una unidad de medios (el movimiento comunista, el Partido Comunista) y de fines (la sociedad comunista) que determina que el comunismo sea una obra en permanente construcción, desde su inicio como movimiento material en el que conciencia y sociedad se transforman mutuamente (praxis revolucionaria). Esta es la primera seña de identidad que separa al marxismo de toda veleidad utópica, anterior incluso a su prurito cientista. Se confirma, pues, que ya en el marxismo original figuraba la idea que identificaba al partido comunista con un movimiento social de carácter revolucionario. El posterior predominio de la visión organicista del comunismo, del partido revolucionario exclusivamente como una  estrecha organización política, distinta del movimiento y aparte de él, tiene sus orígenes -además de en algunas plausibles interpretaciones de pasajes del mismo Marx, v. gr., en el Manifiesto– en el prototipo de organización obrera que estandarizó la II Internacional, y, sobre todo, en el deseo por parte de la Komintern de asegurar la independencia de la labor política de la vanguardia proletaria, frente al movimiento espontáneo de masas y a los partidos reformistas. La necesidad de poner todo el peso en la vanguardia y en su organización fue la reacción natural al predominio del partido de masas que había prevalecido en el periodo anterior. Sin embargo, esta tendencia permitió que se instalase la otra visión dogmática extrema en la concepción del partido revolucionario del proletariado en el seno de la III Internacional. Para una reconstitución correcta de la acepción marxista-leninista del partido, es preciso volver a negar la antítesis que recorrió el Ciclo de Octubre entre partido como organización de las masas y partido como organización de la vanguardia para hallar una síntesis –negación de la negación– que nos permita construir el verdadero partido de nuevo tipo proletario: la organización del movimiento revolucionario de las masas.

[12] LENIN, V. I.: O. C., t. 41, pág. 34. De paso, permítasenos señalar aquí la otra idea que Lenin nos invita a deducir en esta cita, a saber, que “la forma superior de unión clasista de los proletarios” tampoco es resultado de un “ideal” o de un modelo organizativo inventado a priori, sino producto necesario del propio desarrollo de la lucha de clases proletaria, del deslindamiento político con las formas antiguas de “unión clasista” del proletariado, el sindicato y el viejo partido obrero, las cuales, en la época de la organización monopolista del capital, se van pasando con armas y bagajes, de la mano de la aristocracia obrera, al campo de la reacción.

[13] En este punto es preciso advertir sobre el común error de pretender construir el Partido desde las bases obreras, directamente desde la clase proletaria tomada empíricamente como método que garantice unas “bases proletarias previas plenamente configuradas”. Esta es la falacia típica del materialismo vulgar. Y no sólo porque se prescinde, con este planteamiento, del problema del carácter de la conciencia de esas bases obreras, sino, sobre todo, porque olvidan que el Partido Comunista no es una construcción positiva, sino una relación social, una determinada relación entre la conciencia y el movimiento obrero.

[14]“La teoría materialista [burguesa] del cambio de las circunstancias y de la educación olvida que las circunstancias las hacen cambiar los hombres y que el educador necesita, a su vez, ser educado. […]. La coincidencia del cambio de las circunstancias con el de la actividad humana o cambio de los hombres mismos, sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria” (MARX, K.: Op. cit., pág. 230).

[15] Ibidem, pág. 214.

[16] La II tesis sobre Feuerbach de Marx dice: “El problema de si puede atribuirse al pensamiento humano una verdad objetiva no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre debe demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poder, la terrenalidad de su pensamiento. La disputa en torno a la realidad o irrealidad del pensamiento –aislado de la práctica– es un problema puramente escolástico.” (Ibid., pág. 229).

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