Entre dos reinados… y dos ciclos revolucionarios (Nueva Praxis)

1           Un interregno político dentro de un interregno histórico. Este podría ser el titular con el que sintetizar el panorama sociopolítico de estas semanas en el Estado español. La abdicación del desgastado monarca (y no nos referimos aquí exclusiva ni principalmente a su estado de salud) llega cuando el Movimiento Comunista Internacional (MCI), al igual que el patrio, sigue totalmente desubicado ideológica y políticamente, como así lleva siendo las últimas décadas.

          Y aunque la línea proletaria (1) avanza y se desarrolla de forma positiva y esperanzadora, cualitativa y también cuantitativamente, el comunismo dominante, el revisionismo, continúa siendo lo hegemónico en nuestro movimiento; cosa palpable, ésta, si oteamos el estrecho horizonte que se autoimponen la mayoría de los destacamentos comunistas, escudándose (¡cómo no!) en la coyuntura, pero, eso sí, siempre en nombre de la revolución a la que han renunciado de antemano.

          No deja de ser, pues, paradigmática -e igualmente lamentable- la pasmosa facilidad con la que los partidos y destacamentos revisionistas, radicalizados tras la crisis, recuperan sus veleidades republicanas y desempolvan las concepciones etapistas que nunca abandonaron. Y es que una simple abdicación -aunque compleja (¿o, quizá, complicada?) por su contexto- ha servido para dar al traste con todos esos novísimos programas emanados de ciertos históricos congresos; para trocar, triste y muy irónicamente, a ese antirrevisionismo revisionista y dogmático en su contrario (¿o deberíamos decir aquí, más bien, su archienemigo)?; y para que el más descarado oportunismo, ahora en su salsa, sobreinterprete su hediondo papel hasta lo tragicómico. (2)

          Pero no desesperemos aún. Lo cierto es que el polo revolucionario de nuestro movimiento, el que apuesta por la reconstitución ideológica y política del Comunismo, no podía sino prever lo inevitable del titubeo del revisionismo ante escenarios ligera y sólo relativamente novedosos. Y es que el Movimiento Comunista del Estado español (MCEE), así como el MCI, sólo puede actuar en tanto que malogrado apéndice de alguna de las fracciones de la clase burguesa, al menos mientras no apueste consecuentemente por restituir al marxismo como teoría de vanguardia.

          Y si a este panorama de efervescencia tricolor le sumamos la decisión con la que, al menos aparentemente, ha irrumpido en el panorama político el partido del corifeo televisivo de moda, podemos imaginar la total vacilación con la que el revisionismo encarará los próximos acontecimientos; pues, como vertiente y expresión radicalizada de la aristocracia obrera, las organizaciones aspirantes a partido obrero de viejo cuño se ven ahora en un brete: o rebajan aún más (pero… ¿es esto posible?) sus objetivos inmediatos -aunque manteniendo cierta independencia respecto a otros discursos más diluidos-; o, por el contrario, participan o se integran de algún modo, como buenos oportunistas, en las estructuras de moda que parecen tener un reluciente futuro medido, como no podía ser de otra forma en el terreno de la política burguesa, en poltronas. De no adaptarse (léase doblegarse) a la realidad (léase lo inmediatamente sensible -y, por tanto, lo único posible… para ellos-) estos destacamentos perderían, casi de un plumazo, la exigua base social con la que cuentan y, obviamente, habrían de olvidarse también de toda potencial nueva clientela, sea ésta sindical, electoral, o de ambos tipos.

          Pero el marxismo revolucionario no conoce de inmediatismos. (3) Tampoco de posibilismo ni de estéril practicismo. Cualquier forma de espontaneísmo político es, al mismo tiempo, causa y consecuencia de la incapacidad de intervención en sentido revolucionario de los comunistas. Es un callejón sin salida; un eterno bucle en el que se repiten una y otra vez los errores ya cometidos y -por si esto fuera poco-, además con mayor ingenuo y criminal entusiasmo en cada ocasión.

       Y todo esto es, a su vez, producto de la asimilación acrítica de un determinado paradigma que, por caduco e incuestionado, requiere para su dogmático sostén la absoluta renuncia a los principios en cuyo nombre se erige.

       La solución pasa entonces, precisamente, por esforzarse en nadar contracorriente, preservando y defendiendo los objetivos clasistas y revolucionarios, y remontar -para no ahogarnos en él- el amoratado río interclasista que desemboca, necesariamente, en la derrota del proletariado revolucionario.

      Pero veamos un poco más de cerca lo ridículo del pragmático proceder del revisionismo.

Arrepublicanados… ¿otra vez?

       Como decíamos, el espontaneísmo político es lo que prima en nuestro movimiento. Y no podía ser de otra manera. Las concepciones empiristas que reinan en el MCEE son, aparte del legado recogido por pura inercia del pasado ciclo revolucionario, el sello ideológico que garantiza la subordinación de los comunistas a la burguesía. La cuestión es sencilla de resumir: si partimos exclusivamente del movimiento inmediatamente dado, espontáneo, como eje de la acumulación de fuerzas de masas, nos veremos obligados a sustituir (o a conciliar) las necesidades del proletariado revolucionario por las del susodicho movimiento. Y como lo espontáneo sólo puede generar conciencia en sí, y ésta es la conciencia reaccionaria del proletariado, terminaremos haciendo política burguesa en sindicatos, plataformas y parlamentos en nombre de la revolución socialista.

     Demostremos cómo se materializa esto en los diferentes destacamentos revisionistas.

         En primer lugar, el PCPE, ante el problema de la sucesión, llama a levantar la más amplia movilización popular contra este descarado intento de perpetuar la dominación burguesa en España (4). Y al ser incapaces de crear por sí mismos tal movilización de masas, habrán de introducirse subrepticiamente en el movimiento realmente existente para parasitarlo a golpe de cántico y bandera. Por eso mismo, a pesar de la altanería con la que presumían de haber abandonado la defensa de etapas intermedias -democrático-burguesas- antes de la revolución socialista (cuyo contenido únicamente puede materializarse como Dictadura del Proletariado), vienen ahora a proponernos… ¡un programa democrático inmediato (5)! ¡Vuelven las veleidades antimonopolistas que decían, orgullosamente, haber dejado atrás!

          Y todo esto, como si no tuviéramos ya bastante, acompañado de una nefasta epicidad (que sólo mueve a risa) al apelar a esa supuesta partida que -el capitalismo español, dicen-  juega a la desesperada contra la Historia. Pues no, señores. La Historia no va tumbar al capitalismo. Lo hará, precisamente, la lucha consciente del proletariado revolucionario, del que, por cierto, ustedes no forman parte. En el mismo sentido, y envuelto en un indigesto idealismo subjetivo, consideran que las clases dominantes han fracasado y que ahora nos toca a nosotros. Dígannos, se lo suplicamos, en qué han fracasado exactamente las clases dominantes del Estado español. ¿Acaso su misión, en tanto que corporeización del capital, es emancipar o asegurar siquiera una existencia digna al proletariado? Este tipo de alocuciones sólo tienen un posible sentido, profundamente arraigado en el subsconsciente revisionista y velado entre fraseología seudorevolucionaria, y es que el PCPE -insistimos, como ala radicalizada de la aristocracia obrera- considera un fracaso la gestión monopolista del capitalismo… y pretende cooptar a ella dando a su fracción de clase una parte más justa del pastel imperialista en que aspira a sustentar su propia existencia como partido. Pues, como veremos, buena parte de las fuerzas de la izquierda extraparlamentaria están dejándose la piel… ¡en poner su granito de arena para la reestructuración del capitalismo español! Pero sobre este punto volveremos después.

        No obstante, a este respecto es similar el caso de Reconstrucción Comunista (RC). Esta organización revela sus más inconfesables instintos etapistas al abordar la abdicación del rey. Veamos uno de los párrafos finales de su comunicado:

          “Queremos un cambio transformador, no una república con Rajoy o Rubalcaba de presidentes. Queremos una república federal, popular y obrera. Encaminada al socialismo.” (6).

          ¡Ironías de la vida! No entraremos, al menos en esta ocasión, a valorar la opción federalista que defienden con tanta porfía, pues daría, probablemente, para un escrito aparte. Ya tendremos ocasión de hacerlo cuando abordemos la cuestión nacional.

        Pero sí nos parece inevitable, leyendo las líneas citadas, esbozar una sonrisa sarcástica. A esto nos referíamos más arriba al decir que cierta tendencia se convertía, irónicamente, en su archienemigo más que en su contrario. Y es que el antimaoísmo local, cuya punta de lanza es, sin duda, RC, tiene uno de sus argumentos estrella en la -infundada- denuncia de la Nueva Democracia como una aberrante desviación interclasista, es decir, conciliacionista. Pues bien, estos mismos señores abogan por una república… ¡encaminada al socialismo! En otras palabras: a diferencia de las revoluciones neodemocráticas, que son revoluciones burguesas de nuevo tipo dirigidas por Partidos Comunistas en países semifeudales y/o semicoloniales, RC nos propone una revolución burguesa de viejo tipo, ¡en un país imperialista y sin, siquiera, el concurso del Partido Comunista! De poco sirven las previsibles excusas que pongan para explicar esto; si una república está encaminada hacia el socialismo, es que no es socialista. Y, teniendo en cuenta que el contenido fundamental del socialismo es la Dictadura revolucionaria del Proletariado -y que, evidentemente, no dicen ni una palabra acerca de ello-, podemos concluir que proponen el mismo absurdo que el resto de organizaciones revisionistas: identifican teóricamente la revolución necesaria en el Estado español como indefectiblemente socialista, pero eso no les impide apostar, en la práctica -y de manera oportunista- por formas intermedias y democrático-burguesas de transición hacia el socialismo.

       ¿Quién es, pues, el que disocia aquí teoría y práctica?

       Pero RC no está sola en tamaña reaccionaria empresa. Como hemos demostrado, en el mismo sinsentido cae, por ejemplo, el PCPE, aunque sea éste, conscientemente, mucho más ambiguo al expresarse. En idéntica contradicción sucumbió el programa del PCE(r). Y el inefable PTD, ahora con un plus de oportunismo tras su unidad con los renegados de la UP y los exCJC-CLM, aun con una práctica política mucho más timorata, nos plantea la misma ridícula vía hacia la república democrática previa al socialismo.

        El caso de éste último (el PTD), merece mención aparte. Ya desmontamos su línea política, en sincronía con los camaradas de las Juventudes Comunistas de Almería y Zamora, hace escasos meses. (7) Pero su nefasta deriva se aceleró, precisamente, tras el proceso de unidad por el que pasaron. Dicen ahora, y sin aparente sonrojo, que las fuerzas vivas del pueblo (!) derribaron (!!) en las urnas (!!!) a los sirvientes de la oligarquía financiera y multiplicaron sus apoyos a los partidos políticos que exigen democracia para la mayoría (¡sic!) (8). Eso es, democracia para la mayoría… ¡de las fracciones burguesas no monopolistas! Además, y en consonancia con lo anterior, su horizonte queda limitado a la petición de un referéndum para elegir la forma del Estado burgués español.

       ¡Por una dictadura burguesa… pero democrática y plebiscitaria! Tal podría ser el grito de guerra de esta gente. Consideramos que huelga explayarse más sobre estos señores. Lo que creímos oportuno apuntar ya fue dicho en el documento citado; y toda la predisposición de cara al debate que mostraban no compensa ni por asomo una línea política criminal como la que practican.

        Sin embargo, hay otro rasgo significativo en todos estos comunicados. Toda forma de oportunismo confluye en algo: el culto a la espontaneidad. Y todas las organizaciones con las que aquí hemos confrontado coinciden, precisamente, en diagnosticar el momento actual como una excelsa oportunidad: para el PTD, es la hora del pueblo (9); para el PCPE ahora es nuestro turno (…)  y nos corresponde ahora (…) coger el timón de nuestro futuro (10); y muestra de ello es también el PCOE, que cree que la abdicación es el principio del fin (11) y que el pueblo ha logrado subir varios peldaños en su concienciación (12).

       ¡He ahí el quid de la cuestión! Todos nuestros revisionistas, anclados a la pura inmediatez para ganarse a las amplias masas, no pueden sino apelar a su espontaneidad, azuzada por los acontecimientos políticos en los que no participan de forma independiente y revolucionaria, sino dependiente (de determinadas fracciones burguesas) y reaccionaria. Por esto ven en cada crisis económica, curiosamente, el momento adecuado para dar un barniz de radicalidad a sus programas; por esto, también, carecen de toda iniciativa y dependen de un panorama político externo que no pueden transformar, intentando aprovechar cualquier conato de inestabilidad del Estado o las pugnas interburguesas para, ahí sí, ponerse manos a la obra y hacer política recogiendo el descontento (o intentándolo) de ciertos sectores subalternos de la clase dominante. Lástima que esto sea, precisamente, política burguesa, reaccionaria.

         Paralelamente, y como muestra magistralmente la última frase citada del PCOE, se ve la concienciación de las masas como un problema puramente cuantitativo. Es decir, entre la conciencia en sí y la conciencia para sí no hay, según ellos, ningún abismo; la segunda es consecuencia de la progresiva sublimación de la primera. Por eso la expresan como gradación, como simple yuxtaposición de peldaños subidos. Por el contrario, los comunistas revolucionarios sabemos que entre una  y otra media todo un salto cualitativo, que no puede darse sino a través de la revolucionarización de la conciencia de sectores cada vez más amplios del proletariado y siempre desde la iniciativa de la vanguardia. (13)

¿Etapas de transición… hacia períodos de transición?

Toda esta incomprensión de los mecanismos, requisitos y necesidades de la revolución repercute fatalmente en su línea política. Como hemos visto, a la hora de la verdad todos intentan subirse al tren de la espontaneidad, proponiendo, la mayoría, esas etapas de transición hacia el socialismo. Pero esta simple formulación demuestra palmariamente que tampoco han comprendido lo que es el socialismo.

          Veamos qué decía Marx al respecto:

       “Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la  d i c t a d u r a   r e v o l u c i o n a r i a   d e l   p r o l e t a r i a d o.” (14)

         En efecto, el socialismo es ya un período político de transición, en forma de dictadura proletaria, que transforma revolucionariamente la sociedad capitalista edificando conscientemente el comunismo. Por lo tanto, carece de sentido la apuesta de nuestros revisionistas, que ven necesaria una etapa democrática de transición entre el capitalismo y el socialismo. La cuestión es realmente evidente: si todo Estado es clasista y no es factible imaginar uno al margen o por encima de las clases, al apostar por uno intermedio -poco importa que se le adjetive como obrero y/o popularprevio a la Dictadura del Proletariado pero posterior a la forma actual de dictadura burguesa, se está propugnando una simple reforma -más o menos profunda- del Estado burgués. ¡Qué forma más barata de hacer oportunismo!

         Pero toda esta confusión no es casual, sino causal. Y es que todas estas organizaciones han renunciado, implícita o explícitamente, a dotar al proletariado de los instrumentos con los que éste pueda ser un sujeto político independiente y revolucionario. Porque todos los aquí nombrados, excepto el PCPE (15), reconocen la inexistencia, en el Estado español, de Partido Comunista. No obstante, esta circunstancia no parece ser óbice para que su actuar político sea trazado como si, efectivamente, ellos fueran el PC. ¿Cuál es el resultado de que organizaciones –desprovistas además de teoría revolucionaria– que sólo agrupan a pequeños círculos de vanguardia se lancen a por las amplias masas por su cuenta y riesgo y sin un Plan político amplio y audaz? No hará falta ser un gran conocedor del panorama político local para imaginarse el despropósito. Pues, como imaginará el lector, el diagnóstico es claro: un cúmulo de siglas, cuyas diferencias son más bien escasas, luchan entre sí por copar la dirección del movimiento espontáneo. Pero las masas entienden bien que para resistir no necesitan discursos, folclore ni parafernalia comunista. Por eso el rechazo es lógico: para parar un desahucio no es menester una bandera de los CJC; una asamblea universitaria no necesita saber de Hoxha para organizar una jornada de huelga; las asociaciones de vecinos no sienten la necesidad de pasar a llamarse FUP porque lo diga un partido marginal.

En este sentido, y aunque solemos ser nosotros los tildados de monasteriales, podríamos decir que la praxis a la que apelan todos los oportunistas se puede resumir en la locución latina ora et labora; es decir, su concepción de la práctica viene determinada por una relación más mística y religiosa que ideológico-política con la teoría; el rezo, aquí, consiste en la huera repetición de aquello que, creen, son verdades indiscutibles del marxismo-leninismo. No en vano, no dejan de sermonear a las masas con dichas verdades reveladas y se esfuerzan en convertir a los herejes que blasfeman contra tal o cual dogma de fe al que rinden culto, por cierto, sin ningún resultado positivo.

       Conviene apuntar, también, que a este respecto poco importa el contenido concreto de las verdades que proclaman por doquier. Bien podrían sustituir sus consignas etapistas por otras socialistas (como, con la ambigüedad antedicha, intenta el PCPE) sin que el problema de fondo hubiera sido solucionado. Y es que no se trata, como decimos, de proclamar la necesidad de la revolución. Se trata de ejecutar las tareas que nos permitan ir hilando cada etapa de la revolución con la subsiguiente. En otras palabras, al ser los fines los que determinan los medios, hemos de trabajar por cumplir los objetivos que nos permitan concatenarlos con otros más elevados y siempre en función de estos últimos. En ese sentido, se reconstituye la ideología -sintetizando la práctica social pasada- como medio para poder hegemonizar la vanguardia teórica; construimos la vanguardia comunista para poder ganarnos a la vanguardia práctica y, así, reconstituir el Partido; se reconstituye el Partido para desarrollar la Guerra Popular; ésta se ejecuta en función de la creación de Nuevo Poder; etc… Y todo esto, obviamente, como fases del movimiento que va realizando el Comunismo y subordinadas a éste objetivo final -hasta su victoria total, que depende de la lucha de clase revolucionaria del proletariado y no de ninguna fatalidad histórica, como quieren hacernos creer diferentes organizaciones revisionistas.

Como vemos, nada tiene que ver el ecléctico proceder del revisionismo, siempre a la zaga de los acontecimientos, con una verdadera táctica-Plan consciente como la que acabamos de delinear, que discurre a iniciativa de la vanguardia, y que es la única base sólida y coherente sobre la que edificar un proceso revolucionario.

      Si estas personas quieren realmente luchar por el socialismo, deberían replantearse su praxis política. Después de que infinitas siglas lleven décadas intentando dirigir el movimiento espontáneo, ¿cuántos éxitos revolucionarios se han conseguido? Absolutamente ninguno. Lo mismo es, en definitiva, la fracasada y absurda lucha por la República Democrática ya sea mediante el reformismo armado o el pacato economicismo. Lenin ya demostró las idénticas bases de ambas desviaciones. Y es que el socialismo no llega, se construye.

           Pero para poder construirlo hay que saber cómo. Y esto es lo que obvian estas organizaciones, al omitir toda referencia a la Dictadura del Proletariado en contraposición a la dictadura de la burguesía (se dé ésta en su forma monárquica o republicana); mencionan o dejan caer la cuestión del poder obrero, pero esto es más un mantra (la versión radicalizada del poder popular) que una alusión al indispensable -y para ellos desconocido- Nuevo Poder; y, por último, hablan de revolución pero continúan obstaculizando la reconstitución del único organismo social capaz de llevarla a cabo -el Partido Comunista- al dar la ideología por supuesta y negándose a poner al marxismo, de nuevo, a la altura de las circunstancias históricas. ¡Parece valer más para nuestros dogmáticos una concepción estereotipada del marxismo y una práctica ciega que la revolución! ¡Allá ustedes, pues!

        Hay, por tanto, que abandonar toda veleidad masista y afrontar las cuestiones candentes de la revolución; esto es, hoy, afrontar las problemáticas y las necesidades ideológicas de la vanguardia. Es necesario recapitular y cuestionarse toda esa práctica ciega; hemos de entender el momento histórico que vivimos y encarar con decisión el trabajo que tenemos por delante, que no es, precisamente, poco.

¿Proceso constituyente? ¡Reconstitución comunista!

           Mientras escribimos las presentes líneas, en el Parlamento se vota, con holgada mayoría, a favor de la Ley Orgánica que ha de regular la abdicación del rey. Parece que ésta, aun estando prevista desde hace algunos meses, se ha precipitado, entre otras cosas, por los resultados electorales europeos. Pues lo que para algunos es un triunfo anticapitalista, no deja de ser, exclusivamente, el reencuentro de ciertos sectores de las clases medias con la política parlamentaria. La crisis de representatividad que sacude al Estado español, y que alcanzó su punto álgido con el movimiento 15M, está siendo reabsorbida, cuanto menos parcialmente, por Podemos. Y es que el 25M vimos nacer a la Syriza española.

          Entretanto, el respaldo hacia los dos grandes partidos políticos del gran capital patrio va en declive. El PSOE, siguiendo las huellas del PASOK griego, camina a marchas forzadas hacia su paulatina pero total desaparición de la escena política española. El PP, desgastado por estos años de gobierno en mayoría absoluta, ha perdido credibilidad incluso ante ciertos sectores especialmente reaccionarios y centralistas del capital medio, alarmados, especialmente, por el procés catalán. Y es que el bloque dominante configurado en el Estado español tras la transición, que integraba al gran capital, a las burguesías periféricas y a la aristocracia obrera, hace aguas por todos lados. Como es natural en la democracia burguesa de la etapa imperialista del capitalismo, el dominio del gran capital sobre el resto de fracciones burguesas es indiscutible -aunque nunca absoluto. Y la crisis, obviamente, ha brindado al gran capital la oportunidad de desatar una ofensiva contra las otras fracciones subalternas del bloque dominante que, aunque en una medida infinitamente menor y más en un sentido político que económico, están pagando esta crisis junto al proletariado.

           Así, esta abdicación, que se quiere presentar como la puerta hacia una Segunda Transición, busca refrescar hasta cierto punto el marco político español, salvaguardar a toda costa el orden constitucional emanado del 78 y dar un respiro al aparato de Estado de cara al incierto y relativamente turbulento futuro que tiene por delante.

        Y en esto llegó Podemos. Impulsado por la organización trotskista Izquierda Anticapitalista, cocinado por el trío de enfants terribles (16) de la intelectualidad pequeñoburguesa y servido por ciertos medios de comunicación de masas, dicha formación política parece destinada a aglutinar buena parte del descontento de esas clases medias -pequeña burguesía y aristocracia obrera- que la anquilosada IU no ha sabido absorber por su propia mojigatería y su burocrática institucionalización. Ahora, como es lógico, la coalición que lidera Lara no puede sino mantenerse a la expectativa y darse un aire de modernización, pues los votos -y, por tanto, la iniciativa- que llevan tiempo esperando ver caer del cielo -sin éxito- lo harán previsiblemente del lado de Podemos.

         Por eso, también, el deseo de la República sólo está manifestándose mediante la petición de un inocente Referéndum -no se ve, siquiera, cierto interés por agitar las calles– que, como saben, no va a efectuarse. Y es que es obvio que nuestros pacatos socialdemócratas -los nuevos y los viejos– van a esperar unos meses para tener una mejor posición política y apoyo de masas suficiente en fechas futuras -sembradas de potenciales alianzas o coaliciones- para presentar su órdago republicano al que ya será su majestad Felipe VI. Y a este respecto, sin ninguna duda, encontrarán de su lado a nuestros ingenuos revisionistas -sin llegar éstos a percatarse, claro- como ala izquierda de la burguesía republicana.

          ¿Acaso no conocemos ya esta historia?

         Conocido es el dicho marxiano -tomado, a su vez, de Hegel- que postula aquello de que la primera como tragedia, la segunda como farsa. Se ve, pues, que Marx no podía siquiera imaginar la incompetencia de los comunistas del Estado español, dispuestos a tropezar con la misma piedra no una ni dos, sino hasta tres veces. Pues no alcanzan a comprender que, de hundirse totalmente el régimen del 78 e iniciarse exitosamente un proceso constituyente que intentara reorganizar -ventajosamente para esas clases medias en rebelión (17)- el bloque dominante, el único que podría salir reforzado sería el Estado burgués y el capitalismo español, nunca el proletariado ni las fuerzas revolucionarias. Y todo esto suponiendo que dicho proceso, sumado al otro procés, no terminara degenerando en una contienda civil -salvando todas las distancias- al estilo ucraniano. Pero no adelantemos acontecimientos.

***

Hoy como ayer, la opción genuinamente comunista, realmente revolucionaria, pasa por no adoptar el papel de retaguardia de ninguna de las fracciones burguesas en litigo. Pasa, también, por desarrollar, profundizar y ampliar la alternativa proletaria; por construir un referente de vanguardia marxista-leninista que, asimilando críticamente el legado revolucionario del pasado ciclo, se autocapacite ideológica y políticamente, derrotando, suprimiendo y superando al resto de corrientes teóricas que pugnan por la hegemonía en la vanguardia, para avanzar, a paso firme, hacia la Reconstitución del Partido Comunista.

Nueva Praxis
Junio de 2014

2

Notas

(1). Nos referimos aquí, obviamente, a la Línea de Reconstitución del Partido Comunista.

(2). Este párrafo hace  referencia, respectivamente, al PCPE, a RC y al PTD. En las páginas subsiguientes desarrollaremos con más detalle nuestra opinión sobre el modo en que cada uno de estos -y otros- destacamentos afronta el escenario político actual.

(3). En este sentido, conviene apuntar que la dialéctica marxista, instrumento de aprehensión y revolucionarización de las omnipresentes contradicciones, entiende precisamente la mediación dialéctica como instancia necesaria en cualquier proceso de transformación, es decir, de superación/supresión de dichas contradicciones. Para ampliar este punto, recomendamos el apartado Más autocrítica de la primera parte de la Nueva Orientación (PCR).

(4). Declaración del CE del PCPE ante la abdicación de Juan Carlos de Borbón. No está de más señalar aquí que identifican la sucesión con la perpetuación del capitalismo. ¿Acaso una República Española no sería capitalista? Sí que admiten teóricamente dicha posibilidad; pero sólo por mantener cierto rigor formal para con la teoría pues, como dijeron en algún lugar (¿o fueron sus juventudes?), para ellos hablar de república es hablar de socialismo. ¡Toda la teoría marxista del Estado liquidada en una frase!

(5). Ibídem. Este programa democrático se limita a pedir restringidas nacionalizaciones (banca y empresas privatizadas), el sostenimiento de lo público, la derogación de algunas leyes concretas (como la del aborto o extranjería), etc.!

(6). Sobre la abdicación del Rey (Reconstrucción Comunista, Junio de 2014).

(7). Véase El sacrificio del nonato. Repuesta al PTD (Nueva Praxis, Abril de 2014) y Polémica con el PTD en torno a la línea revolucionaria (JCA/JCZ, Abril de 2014).

(8). Es la hora del pueblo: ¡Viva la república! (PTD, Junio de 2014).

(9). Ibídem.

(10). PCPE, lugar citado.

(11). La abdicación del Rey, enjuague de la burguesía (PCOE, Junio de 2014).

(12). Ibídem.

(13). A este respecto, nos gustaría introducir una reflexión. Bien conocida es la fórmula, que reinó durante todo el Ciclo de Octubre, según la cual la fusión del socialismo científico con el movimiento obrero se da llevando la teoría revolucionaria al movimiento espontáneo desde fuera. Sin ser esta tesis falsa de ninguna manera, la creemos, al menos, inoperante. Quizá incluso podamos considerarla una formulación caduca. Decimos esto porque ninguna conceptualización es inocente ni neutral (y mucho menos ahistórica), y tampoco lo es ésta. Dicha tesis pone el peso en el factor espontáneo (pues se concibe como lo determinante), en las masas, ante las cuales la vanguardia ha de inclinarse para encajar, para integrar su teoría en el movimiento dado. En definitiva, implica ver el movimiento revolucionario sencillamente como el movimiento espontáneo más la dirección de los comunistas. En el contexto histórico en el que se acuñó dicha fórmula (popularizada después por Lenin en su ¿Qué hacer?) esto tenía todo el sentido. El movimiento obrero era ascendente y, concretamente en el Imperio Ruso, avanzaba con vigor hacia la revolución burguesa allí pendiente. Por eso era una tesis históricamente necesaria. Pero aquí también se entrelazan lo viejo y lo nuevo. Y es que en nuestra época, con el capitalismo en su fase imperialista ya desarrollada, las cosas no se presentan igual. Tras la escisión definitiva del movimiento obrero en dos alas y, sobre todo, tras el fin del Ciclo de Octubre -entendiendo que ello supone la necesidad de reconstitución ideológica y política-, el proceso de fusión del socialismo científico con las masas difiere sustancialmente. Además, el papel que ha de jugar la conciencia revolucionaria es exponencialmente mayor que entonces: la iniciativa ha de partir, en todo proceso revolucionario que pretenda vencer, desde la vanguardia. Por esto, nos parece mejor fórmula una que invierta la relación entre vanguardia y masas, poniendo el peso en el primero de los elementos y dejando patente la necesidad de la constitución del movimiento desde bases nuevas y no inmediatamente dadas por la vida -idea economista-menchevique. Así, diríamos que la fusión del socialismo científico con el movimiento obrero se da, en ascendente reciprocidad dialéctica -desarrollo en espiral-, trayendo a las masas (es decir, a las que sean nuestras masas en cada momento) a las posiciones de la vanguardia; en otras palabras, transformando a cada expresión particular del movimiento obrero en función de las necesidades de la revolución o, lo que es lo mismo, revolucionando al movimiento obrero en movimiento obrero de nuevo tipo. Creemos que esta fórmula expresa con mayor certeza la esencia del proceso en este nuevo contexto histórico.

(14). K. Marx y F. Engels, Obras Escogidas en dos tomos, Editorial Progreso, pág. 24 (Crítica al Programa de Gotha).

(15). El PCPE no tiene problema alguno en autodenominarse El Partido Comunista. El resto de organizaciones revisionistas, aun actuando como si lo fueran, tienen al menos la vergüenza suficiente como para no hacer tal ridículo.

(16). Nos referimos aquí a Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero e Íñigo Errejón.

(17). Al mismo tiempo, no estará de más apuntar que, precisamente, esas clases medias en rebelión son, en lo fundamental, la base social necesaria para un hipotético y futuro movimiento fascista de masas. Esta circunstancia, sumada al discurso populista de Pablo Iglesias y la presencia en Podemos de personajes como Jorge Verstrynge, hace más que real el peligro a medio-largo plazo de su uso por parte del gran capital para evitar cualquier tipo de reorganización política del bloque dominante. No queremos decir, claro está, que Podemos sea o vaya a convertirse en una formación fascista; decimos, al contrario, que sí puede, efectivamente, brindar al gran capital un atajo hacia la conformación de una base social receptiva y un discurso en buena medida ya elaborado.

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