El revisionismo y la revolución espontánea

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“Es, pues, completamente natural e inevitable que en una época semejante, en una época de huelgas políticas en escala nacional, la insurrección no pueda adoptar la antigua forma de actos aislados, limitados a un lapso de tiempo muy breve y a una zona muy reducida. Es completamente natural e inevitable que la insurrección tome formas más elevadas y complejas de una guerra civil prolongada y que abarca a todo el país, es decir, de una lucha armada entre dos partes del pueblo. Semejante guerra no puede concebirse más que como una serie de pocas grandes batallas, separadas unas de otras por intervalos relativamente considerables y una gran cantidad de pequeños encuentros librados durante estos intervalos”.

(Lenin, La guerra de guerrillas).

La totalidad de los destacamentos que componen el Movimiento Comunista Internacional, exceptuando el ala izquierda del maoísmo, conciben la revolución proletaria como un suceso espontáneo que tendrá lugar cuando se produzca una situación revolucionaria, la cual también se dará, según su concepción, de forma espontánea. Partiendo de esta premisa determinista-espontaneísta defienden que la tarea inmediata de los comunistas pasa por dirigirse al movimiento espontáneo de masas, participar en sus luchas de resistencia, para “acumular fuerzas” (algunos sectores minoritarios defienden que también es necesario estimular a las masas mediante acciones armadas desvinculadas de las propias masas, es decir, mediante el terrorismo individual), esperando a que llegue ese momento revolucionario para ponerse al frente del movimiento de masas y dirigir a la clase obrera a la conquista del poder político. La tarea de los comunistas no es, de esta forma, preparar las condiciones para desarrollar la revolución proletaria, sino realizar una actividad economicista, esperando a que llegue ese momento que nadie sabe cómo llegará.

Tal concepción está evidentemente alejada por completo de la experiencia histórica de la Revolución Proletaria Mundial. El proletariado no desarrolla conciencia de clase revolucionaria por sí solo ni por su participación en las luchas de resistencia, lo cual impide la posibilidad de una revolución espontánea y hace necesario la existencia del sujeto revolucionario, del Partido Comunista como fusión de vanguardia y masas, para poder desarrollar la revolución proletaria de la única forma posible, es decir, de forma consciente. Sin embargo, el hecho de que la práctica, la cual constituye el criterio de la verdad, muestre que semejante concepción espontaneísta-insurreccionalista defendida por el revisionismo no se ajusta a la realidad no impide que, como hemos dicho al principio, la práctica totalidad de las organizaciones autodenominadas comunistas (“marxistas-leninistas”, trotskistas, comunistas de izquierda, etc.) compartan dicha visión. Esto hace necesario que tengamos que remitirnos a los orígenes de esta tesis para buscar las razones de su hegemonía en el seno del Movimiento Comunista.

Origen del paradigma insurreccional espontáneo: desarrollo de la revolución desde 1789

Las bases de la concepción proletaria del mundo, del marxismo, se elaboran a finales de la década de los años 40 del siglo XIX, en plena época de desarrollo del ciclo revolucionario burgués en Europa occidental, que transcurre de 1789 a 1871, esto es, desde el inicio de la Revolución Francesa hasta la insurrección de la Comuna de París. Esto tuvo como consecuencia que determinadas concepciones vigentes en el movimiento revolucionario de esta etapa histórica influyesen en la configuración del socialismo científico. Una de estas concepciones que pasaron a formar parte del acervo de la concepción proletaria del mundo fue el concebir la revolución social como una insurrección producida de forma espontánea, idea que posteriormente, en la época ya de la revolución proletaria, se afianzaría tras una mala asimilación de las experiencias revolucionarias en Rusia por parte del Movimiento Comunista.

El origen de esta visión se halla en el modelo de revolución imperante en esta etapa histórica, que es el de la Revolución Francesa de 1789, el de la revolución burguesa, que da inicio al ciclo revolucionario de la burguesía. Esta no fue la primera revolución liberal de la historia. Más de un siglo antes ya había tenido lugar en las Provincias Unidas (actual Holanda) y en Inglaterra, y una década antes en Norteamérica. Pero precisamente es lo que distingue la revolución en Francia de las anteriores, junto con la cercanía de esta con respecto al surgimiento del movimiento obrero, lo que hace que su paradigma penetrase en el movimiento revolucionario del proletariado.

En junio de 1789, el tercer Estado (que agrupaba a burguesía, pequeña burguesía, campesinado y proletariado, dirigidos todos ellos por la primera clase social) se autoproclama Asamblea Nacional, que a principios de julio adopta el nombre de Asamblea Nacional Constituyente. A continuación se produce la toma de la Bastilla por las masas parisinas y en el campo francés se produce un levantamiento de las masas campesinas contra el feudalismo (periodo denominado como el Gran Miedo), que llevará a la supresión de los derechos feudales en agosto del mismo año, aunque con muchas limitaciones que hacían que en la práctica aquellos continuasen existiendo en gran medida. Con estos acontecimientos daba comienzo la Revolución.

Desde este año hasta 1792 la característica principal del proceso es el intento de alcanzar un compromiso por parte de la gran burguesía con la aristocracia, siguiendo el ejemplo de la Revolución inglesa. Pero la oposición al mismo por parte de la mayoría de la aristocracia y del rey, Luis XVI, que representaba los intereses de esta clase, sumándole a esto el empuje ejercido desde abajo por parte de las masas populares, que rechazaban la política de compromiso y buscaban llevar la revolución hasta el final, hicieron imposible el pacto.

Cuando la nobleza y el monarca recurren al exterior, a las potencias absolutistas, para acabar con la revolución y se desata la guerra contrarrevolucionaria contra Francia, las masas cobran un mayor protagonismo en el desarrollo de la revolución. En agosto de 1792 el pueblo asalta el Palacio de las Tullerías, acabando con la monarquía, y la revolución entra en una nueva fase. Las posibilidades de pacto entre burguesía y aristocracia desaparecen por completo. En este periodo, un sector de la burguesía, representado por los jacobinos, consciente de que no era posible vencer a la aristocracia sin la alianza con las masas populares, establece dicha coalición. Esto posibilitará la toma del poder por esta fracción burguesa, que se corresponde con la mediana burguesía, frente a la gran burguesía, representada por los girondinos, que eran los que poseían el poder político desde 1792 y se oponían a una participación activa del pueblo en la revolución, temerosos de que esto perjudicase sus intereses de clase, lo cual les llevaba a adoptar una postura vacilante frente a la reacción.

Y de esta forma, mediante la coalición formada entre la burguesía revolucionaria y el pueblo, nace en 1793 la República del año II. Durante este periodo los jacobinos, bajo la presión de los sans-culottes -las masas populares de las ciudades formadas por tenderos, artesanos y obreros- y el campesinado, llevaron a cabo una serie de medidas tales como la aplicación del terror revolucionario dirigido contra las fuerzas reaccionarias, la dirección planificada de la economía, la eliminación completa del feudalismo, la movilización de las masas contra la reacción, etc.

Finalmente, se produjeron disensiones entre la burguesía revolucionaria y los sans-culottes, y en el seno de los propios sans-culottes, fruto de las contradicciones existentes entre burguesía y masas populares, en el primer caso, y dentro de las propias masas populares, en el segundo, al constituir estas un grupo heterogéneo. Esto llevó a los jacobinos a eliminar a los sectores políticos más próximos a los sans-culottes, como los hébertistes y los enragés, lo que tuvo como consecuencia la ruptura de la alianza entre la mediana burguesía revolucionaria y el pueblo, dejando vía libre para que la reacción termidoriana triunfase y pusiese fin a este periodo revolucionario.

Esta etapa, la del gobierno revolucionario de los jacobinos apoyados por la sans-culotterie, que acabamos de exponer resumidamente, es lo que distingue la Revolución Francesa del resto de revoluciones burguesas y tiene como consecuencia el influjo de la misma sobre el movimiento proletario revolucionario. Aunque este período revolucionario fue breve en el tiempo -poco más de un año-, las medidas revolucionarias de la República del año II, medidas que en ciertos aspectos fueron más allá de la revolución burguesa, habían sido ya suficientes para que su experiencia, y con ella el paradigma insurreccional de la Revolución Francesa, influyese y marcase a los intelectuales y movimientos revolucionarios del proletariado durante todo el siglo XIX. Así, la insurrección como forma de conquistar el poder político pasaría a ser asumido por todos estos dirigentes y movimientos revolucionarios.

En 1796, dos años después del triunfo de la reacción, se organiza la Conspiración de los Iguales dirigida, entre otros, por Babeuf y Buonarroti. Este movimiento buscaba la implantación de una comunidad de bienes y trabajos, mediante una insurrección, siendo así el primer movimiento comunista de la Edad Contemporánea. Ese mismo año fue desmantelado por el Directorio, y sus líderes fueron condenados a muerte o a la deportación (en el caso de Babeuf, este fue ejecutado, mientras que Buonarroti fue deportado). Este último se encargaría de difundir el babuvismo, la corriente del comunismo utópico formada por las aportaciones teóricas de los Iguales, que influiría en importantes organizaciones y dirigentes del movimiento revolucionario del siglo XIX como la Liga de los Justos y Blanqui. De esta forma el babuvismo constituye un enlace directo entre la experiencia de la Revolución Francesa y el movimiento obrero del siglo siguiente.

Pero la Revolución de 1789 también inauguró todo un ciclo de la revolución burguesa en el Occidente europeo que produjo oleadas revolucionarias espontáneas en los años 1820, 1830 y, la más importante de ellas, en 1848. En 1820 se produce un pronunciamiento militar en España que daría lugar a la instauración del Trienio Liberal. Con el influjo de este hecho se producen sublevaciones en la Península Itálica, concretamente en Nápoles y en el Piamonte, y en Portugal. Al año siguiente, en 1821, se produce otra insurrección en Grecia, que estaba bajo dominio del Imperio Otomano, que iniciaría el camino hacia su independencia. En 1830 se produce otro periodo revolucionario, cuya intensidad es superior a la de 1820. En este año se produce una insurrección en Francia que daría lugar a la creación de la monarquía de Julio y la revolución se expande a Bélgica, Polonia, Península Itálica, etc.

En esta década de los años 30 se crean las primeras organizaciones revolucionarias de la clase obrera, como la Sociedad de las Estaciones en Francia o la Liga de los Justos en Alemania. A finales del mismo decenio aparece el cartismo en Inglaterra, que constituye el primer movimiento de masas proletario. A la vez, durante esta misma época también se producen los primeros levantamientos obreros espontáneos en ciudades y regiones de estos países, como los de París, Lyon, Silesia, etc. Todo esto supone un desarrollo del proletariado en el sendero hacia su independencia política en pleno ciclo revolucionario de la burguesía.

En 1848 tiene lugar la última oleada revolucionaria liberal en Europa occidental y la de mayor envergadura de todas ellas. Al igual que en el año 1830, la revolución comienza en Francia con la caída de la monarquía y la instauración de la II República. Rápidamente las revoluciones se expanden por gran parte de Europa: Austria, Italia, Hungría, Alemania, etc. En este contexto se produce la insurrección obrera de junio en París, que es reprimida brutalmente por la burguesía. Este período revolucionario llegaría a su final en 1849, al ser aplastadas las últimas llamas de la revolución por la reacción.

Durante todos estos acontecimientos que se producen en Europa de 1789 a 1848 existe un entrelazamiento entre las revoluciones burguesas y el movimiento obrero. Este se manifiesta en el surgimiento del babuvismo en el seno de la Revolución Francesa, que influye en las primeras organizaciones revolucionarias proletarias que se crean en el siglo XIX y en la participación de la clase obrera y de los revolucionarios proletarios en las revoluciones burguesas que se producen durante la primera mitad de dicho siglo. Los propios fundadores del socialismo científico, Marx y Engels, comienzan su actividad política en la década de los 40 y, durante la revolución de 1848, darán apoyo crítico a la revolución burguesa (ya que ese es el carácter de la revolución pendiente) en Alemania a través de la Nueva Gaceta Renana.

Esta es una época donde la revolución está a la orden del día, donde la revolución es algo real que se materializa cada cierto tiempo de forma espontánea. Como consecuencia de esto el movimiento obrero asume para sí mismo que la revolución es algo que se produce espontáneamente. Pero lo que es válido para la revolución burguesa no lo es para la revolución proletaria. El modo de producción capitalista se desarrolla en el seno del modo de producción anterior, el feudal, por ello la burguesía acaba tomando el poder político tarde o temprano. No sucede, en cambio, lo mismo con el modo de producción comunista, el cual no se desarrolla dentro del sistema capitalista. Su implantación tiene que ser un proceso consciente desde un principio y contra de la sociedad burguesa: comenzando con la creación de los instrumentos revolucionarios de la clase explotada, pasando por el periodo de transición que es la dictadura revolucionaria del proletariado, hasta finalmente alcanzar la sociedad comunista. Por este motivo no es posible una revolución socialista espontánea a diferencia de las revoluciones liberales.

Continuando con la historia del desarrollo de la revolución durante el siglo XIX, llegamos al año 1871. En este año culmina el ciclo revolucionario burgués en Europa occidental. Y termina tras la unificación nacional de Italia y Alemania y el hecho que nos interesa en la conformación del paradigma insurreccional de la revolución: la insurrección de la Comuna de París.

Con la Comuna el proletariado parisiense tomó el poder político, instaurando la primera dictadura proletaria de la historia. Lo excepcional es que esta conquista del poder se hizo mediante el modelo de la revolución burguesa: la insurrección espontánea.

Durante el desarrollo de la Guerra Franco-Prusiana, que transcurre durante 1870-1871, se crea un vacío de poder en París cuando las autoridades francesas y el ejército abandonan la capital y firman un armisticio con Prusia. Las masas obreras parisienses se oponen a esta política de capitulación y a la Asamblea Legislativa compuesta por una mayoría de monárquicos que amenazaba la pervivencia de la República. Ante esta situación, cuando el gobierno intenta desarmar a la Guardia Nacional, formada en su inmensa mayoría por los proletarios de París y encargada de la defensa de la ciudad, esta responde con la insurrección y la clase obrera se hace con el poder. A partir de este momento existe un doble poder: la Comuna de París, como poder proletario, y el gobierno establecido en Versalles, como poder burgués. La Comuna consigue resistir durante algo más de 2 meses hasta ser finalmente aplastada por la reacción burguesa a sangre y fuego, dejando un saldo de decenas de miles de comuneros asesinados.

El hecho de que los obreros parisinos pudiesen conquistar el poder político en 1871 mediante el modelo revolucionario de la burguesía, la insurrección espontánea, se debe a una excepcionalidad causada por la conjugación de dos circunstancias. La primera es la existencia de un vacío de poder en la capital francesa, que se hallaba sitiada por el ejército prusiano, tras el derrumbamiento del II Imperio de Napoleón III y el abandono de la ciudad por parte del gobierno de defensa nacional que se forma tras la caída del Imperio. Esto posibilita que el proletariado pueda llenar ese vacío con su propio poder político. La otra circunstancia que permite el triunfo de la insurrección espontánea es la existencia de un destacamento armado de la clase obrera, que es la Guardia Nacional. Ninguna de estas dos circunstancias fueron creadas conscientemente por la clase explotada, sino que se produjeron en el desarrollo de una guerra entre potencias burguesas. El vacío de poder es fruto de los continuos reveses militares de Francia frente a Prusia y la creación de la Guardia Nacional es obra de la burguesía con el objetivo de disponer de una organización armada que contribuya a la defensa de la ciudad frente a las tropas prusianas. De esta forma, no fue el proletariado el que se dotó de su propia organización armada ni el que con su práctica creó el vacío de poder previo, sino que los obreros fueron maniobrando con los elementos que le venían dados durante el desarrollo de la guerra entre Francia y Prusia. Esto, que fue lo que permitió el triunfo de la insurrección, constituía al mismo tiempo sus límites, puesto que las masas proletarias iban a la zaga de los acontecimientos, lo cual no posibilitó la iniciativa de las mismas una vez se hicieron con el poder y al final llevó a la derrota de la experiencia de la Comuna.

La Comuna de París contribuyó a forjar el paradigma insurreccional que adoptaría el Movimiento Comunista, pero la experiencia de la Revolución Proletaria Mundial más determinante en ello aún estaba por llegar.

Como ya mencionamos anteriormente, en Europa occidental el ciclo revolucionario de la burguesía, iniciado con la Revolución Francesa, llegó a su final en el año 1871. Pero en Europa oriental y en Asia, que habían permanecido ajenas a este ciclo burgués, el periodo de la revolución burguesa comenzó en 1905 con la revolución en Rusia, continuando con la revolución en Persia en 1905-1911, en Turquía en 1908, en China en 1911 y con la segunda revolución democrático-burguesa en Rusia en febrero de 1917 [1]. Y será en este ciclo revolucionario de la burguesía cuando se produzcan las experiencias revolucionarias rusas, incluida la Revolución Socialista de Octubre de 1917, que acabaron configurando el modelo de revolución espontánea asumido por el movimiento revolucionario del proletariado.

A finales de 1904 y principios de 1905 la agitación de las masas en Rusia estaba en crecimiento debido a la duras condiciones de existencia, empeoradas por la guerra ruso-japonesa. En enero de 1905, una manifestación obrera congregada de forma pacífica frente al Palacio de Invierno, residencia del Zar, fue reprimida a tiros por el ejército, causando centenares de muertos y miles de heridos. Era el Domingo Sangriento y este daba comienzo a la revolución en el territorio del Imperio zarista. Desde este año hasta 1907 se sucederían de forma intermitente las huelgas, las manifestaciones, los enfrentamientos armados, las insurrecciones, las ocupaciones de tierras, los motines en el ejército -como el del acorazado Potemkin-, etc. Este movimiento tendría su punto álgido a finales de 1905 con la huelga política de Octubre y la insurrección de diciembre en Moscú.

Aunque dicha revolución tuvo un carácter democrático-burgués por los objetivos que se proponía, la fuerza dirigente de la misma fue el proletariado, no obstante fuese una dirección espontánea no liderada por ninguna organización política, a pesar del papel no desdeñable jugado por los bolcheviques. Que la fuerza principal fuese la clase obrera posibilitó que en el desarrollo de esta revolución contra la autocracia zarista y el semifeudalismo apareciesen los primeros soviets de la historia. El primero de ellos se creó en mayo, en Ivanovo-Voznesensk, durante el transcurso de una huelga. Pero no será hasta la huelga política de Octubre y la creación del Soviet de Petersburgo en el desarrollo de la misma cuando el modelo soviético se extenderá por las ciudades, incluida Moscú, y zonas mineras del Imperio Ruso, creándose también soviets de soldados y campesinos, aunque en una cantidad e importancia muchísimo inferior que la de los soviets de obreros. Los soviets, cuyos embriones fueron los comités de huelga, rápidamente se convirtieron en órganos de poder político, legislando y asumiendo funciones de dirección.

Finalmente, tras el punto más alto alcanzado por la revolución a finales de 1905, la represión zarista se ciñó sobre los soviets, acabando con ellos entre diciembre de ese mismo año y enero de 1906. A partir de aquí comenzó el largo declive de la oleada revolucionaria iniciada con los hechos del Domingo sangriento. A lo largo del año 1906 se producirían algunos levantamientos aislados hasta que en 1907 la revolución llegaría completamente a su final.

De este modo, el régimen zarista logró mantenerse en el poder capeando la revolución mediante la combinación de la concesión de una serie de reformas (el establecimiento de la Duma, la legalización de partidos políticos, el sufragio universal masculino, etc.) con la represión violenta sobre el movimiento revolucionario de masas.

Sin embargo, el impacto producido por la revolución de 1905 dejó huella en las masas oprimidas del Imperio Ruso y fue determinante para que se produjese la segunda revolución democrático-burguesa rusa en 1917. Lo más importante de la revolución de 1905 desde el punto de vista de la revolución proletaria fue que supuso la aparición del organismo mediante el cual el proletariado ejercería su poder político, el soviet, que reaparecería en Rusia con la revolución de 1917. Los soviets permitían al proletariado tomar sus decisiones tras una discusión abierta y elegir a sus representantes (los cuales tenían un mandato imperativo y podían ser revocados en cualquier momento por los obreros), además de aplicar en la práctica las decisiones previamente acordadas. Junto con todo esto, la revolución de 1905 también fue un momento determinante de la constitución del partido proletario de nuevo tipo, el POSDR(b), que sería el instrumento esencial que en 1917 permitiría conducir la revolución burguesa de febrero hacia la revolución socialista de octubre.

Doce años después de la primera revolución burguesa rusa, en febrero de 1917 las masas rusas volvieron a levantarse. Desde la finalización de la ola revolucionaria iniciada en 1905, el movimiento de masas había vivido en Rusia un periodo de reflujo que solo había conocido un periodo de auge entre 1912 y 1914, que fue abortado con el inicio de la I Guerra Mundial y el contagio del sentimiento patriótico entre la clase obrera. Pero poco después volvieron a comenzar las huelgas como consecuencia de la bajada del nivel de vida. Para 1917, tras tres años de guerra imperialista, las condiciones de vida del proletariado habían empeorado considerablemente -los alimentos escaseaban, el precio de los mismos había crecido, había carencia de viviendas, la jornada laboral había aumentado, etc.-, Rusia había sufrido varias derrotas militares y más de un millón y medio de soldados habían muerto en el frente. Ante esta situación, a principios de 1917 se produjeron una serie de huelgas y manifestaciones que se convirtieron en una insurrección de masas. Las tropas enviadas por el Estado zarista para reprimir el levantamiento, tras unos enfrentamientos en los primeros días con los huelguistas, se negaron a continuar con la represión y se unieron al movimiento revolucionario. Con la situación fuera de su control el Zar abdicó. Triunfaba así la segunda revolución burguesa rusa con la caída de la monarquía zarista. Para sustituir al Zar en el ejercicio del poder burgués se creó el comité de la Duma, que después establecería un gobierno provisional.

Pero, en el desarrollo de esta revolución democrático-burguesa y en el vacío de poder que se creó, también volvieron a aparecer los soviets. El primero de ellos se creó en la ciudad de Petersburgo, y la iniciativa de su constitución correspondió en parte a las propias masas proletarias, que conservaban el recuerdo de la experiencia de la gestión de su poder político en los soviets de 1905, y en parte a los dirigentes de los partidos obreros, principalmente los mencheviques. Y, rápidamente, desde Petersburgo los soviets se extendieron por todas las ciudades y zonas industriales del Imperio ruso, creados también por decisión de los dirigentes de los partidos socialistas en combinación con el movimiento de masas.

De esta forma, la revolución de febrero de 1917 se saldaba con la constitución de dos poderes: el poder burgués, representado por el gobierno provisional, y el poder obrero, representado por los soviets. Pero estos últimos, al estar la mayoría de ellos controlados por los oportunistas mencheviques y socialrevolucionarios (incluido el Soviet de Peterburgo, que era el más importante y el cual ejercía influencia sobre el resto de soviets), delegaban su poder en el gobierno provisional. A pesar de que los soviets disponían de los resortes del poder (el Soviet de Petersburgo controlaba a las tropas o los ferrocarriles, legislaba en el ámbito laboral, etc.), los mencheviques y eseristas hacían de ellos simples órganos de control sobre el gobierno burgués (en el caso del Soviet de Petersburgo) y sobre las Dumas de las ciudades (en el caso de los soviets locales), ya que, en base a la tesis de mencheviques y socialrevolucionarios (según la cual, el carácter de la revolución era y debía seguir siendo burgués), era al gobierno provisional al que le correspondía ejercer el poder político. Es decir, convertían a los soviets en los órganos a través de los cuales la pequeña burguesía y la aristocracia obrera, a las cuales representaban estos partidos, defendían sus intereses de clase presionando e influyendo a los gobiernos de la burguesía (a partir del mes de mayo entrarán ellos mismos en el gobierno burgués).

Aun así, no todos los soviets tenían este carácter. Desde la formación de los soviets algunos ejercían el poder político efectivo en exclusiva, es decir, eran verdaderos órganos de poder (sobre todo en aquellos donde los bolcheviques tenían la mayoría desde un primer momento). Estos dirigían el abastecimiento de alimentos, expropiaban fábricas, expropiaban a los terratenientes, creaban las guardias rojas, etc. También se crearon en las empresas los consejos de fábrica, en los cuales los bolcheviques tuvieron una influencia importante desde un principio, a diferencia de lo que ocurrió en los soviets. En muchos casos, estos consejos  también se hicieron con el control y dirección de las fábricas.

La historia de la Revolución Rusa desde febrero a octubre de 1917 es la historia de la lucha de los bolcheviques por conquistar a las masas obreras que se organizaban en los soviets, eliminando la influencia que los oportunistas mencheviques y socialrevolucionarios ejercían sobre ellas y transformando la conciencia de estas a conciencia revolucionaria (y como consecuencia de esto, convertir a los soviets en verdaderos órganos de poder político efectivo). Las especiales condiciones existentes en Rusia permitieron que el desarrollo de este proceso pudiese realizarse en líneas generales de forma pacífica, con la excepciones de las jornadas de julio (las cuales demostraron la imposibilidad del triunfo de la insurrección proletaria sin la existencia de verdaderos órganos de Nuevo Poder y la dirección de un Partido Comunista, ya que el POSDR(b) fue a la zaga de los acontecimientos) y el golpe de Estado del general Kornilov en septiembre. Aun así, los soviets estaban armados desde un principio tanto por la participación de soldados en ellos como por la creación de milicias obreras propias, los guardias rojos.

La experiencia de las masas en la gestión de su poder y el compromiso de los oportunistas con el poder burgués -que por ello vaciaban de contenido a los soviets- hicieron que los bolcheviques fueran ganando progresivamente más influencia. Cuando los bolcheviques se hicieron con la mayoría en los soviets (lo cual ocurrió en septiembre), la situación estaba lista para lanzar la insurrección, que se produjo finalmente en octubre. De este modo se inició la guerra civil revolucionaria, en la cual se produjo el enfrentamiento militar entre el poder proletario defendido por los bolcheviques y el poder burgués defendido por el movimiento blanco; una guerra civil revolucionaria que finalizaría con el triunfo de la dictadura revolucionaria del proletariado sobre la dictadura de la burguesía.

La insurrección de Octubre no fue una insurrección espontánea, sino que fue una insurrección preparada, dirigida e iniciada por el POSDR(b). Pero los órganos del nuevo poder proletario, los soviets, cuya existencia permitieron realizar la insurrección, habían sido creados de forma externa a los bolcheviques. Es decir, no habían sido creados por el Partido Comunista sino que habían sido creados en el desarrollo de una revolución burguesa espontánea, revolución que aún estaba pendiente en la Rusia de 1917 tras el fracaso de la revolución de 1905. Este surgimiento de los soviets en la revolución burguesa de febrero a través de la iniciativa de las masas y de los dirigentes socialistas es lo que posibilitó que, al existir un partido proletario de nuevo tipo en Rusia, este último pudiera transformarlos en un poder político efectivo de la clase obrera y que, una vez conseguido esto, se pudiera lanzar la insurrección para eliminar el poder burgués y conquistar el poder político para la clase obrera en todo el país, lo cual se lleva a cabo mediante la guerra civil revolucionaria contra la burguesía.

En las revoluciones en Rusia se vuelve a presentar de forma nítida el mismo paradigma que durante el ciclo revolucionario burgués en Europa occidental [2], que no es otro que el entrelazamiento entre las revoluciones burguesas (las cuales son espontáneas) con la revolución proletaria (la cual es consciente). Así, la primera aparición de los soviets en la historia se produce en la revolución burguesa de 1905 y los crean los propios obreros en el desarrollo de su movimiento espontáneo. Esto permite que en la segunda revolución burguesa, en febrero de 1917, se vuelvan a crear los soviets, esta vez ya con participación de los partidos obreros en su generación. A su vez, esto permite que el POSDR(b) conquiste a las amplias masas proletarias mediante la experiencia de estas en la gestión de su poder y pueda dirigir la insurrección para el establecimiento de la dictadura proletaria en el territorio del antiguo Imperio zarista.

La circunstancia de que los órganos de poder de las masas proletarias surgieran en el desarrollo de una revolución burguesa, y por tanto espontánea, y sin la intervención del Partido Comunista, hará que el modelo revolucionario espontaneísta-insurreccional, que ya estaba arraigado en el movimiento obrero por el desarrollo de este durante el ciclo de la revolución burguesa en Europa occidental, tal como ya hemos explicado, se extienda y se afiance en el movimiento comunista. Movimiento que nace además con la Revolución de Octubre y que por ello recoge los presupuestos de la misma. Aunque de forma limitada, poniendo el acento en los elementos espontáneos y no en los conscientes.

Pero la inviabilidad de la insurrección para conquistar el poder sin el previo establecimiento de los órganos del Nuevo Poder quedará rápidamente demostrada en Europa y en China en los años siguientes a la Revolución de 1917. Durante la oleada revolucionaria que sigue a la revolución en Rusia se producirán insurrecciones en Alemania, Bulgaria y en otros países.

En Alemania, en noviembre de 1918, se produce un levantamiento que se salda con la abdicación del emperador Wilhelm II y la creación de consejos (llamados räte) de obreros, de soldados y de campesinos por parte del movimiento espontáneo de masas, bajo el influjo de la Revolución de Octubre. La mayoría de los consejos estaban controlados por el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), que, al igual que hicieron los mencheviques y eseristas en Rusia con los soviets, los utilizaban para defender los intereses de clase de la aristocracia obrera y la pequeña burguesía y, a la vez, ejercían el poder desde el gobierno provisional, formado por el SPD y el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD), escisión del anterior que adoptaba una posición intermedia conciliadora y centrista entre el SPD y las organizaciones obreras revolucionarias. Estos consejos no eran, por tanto, órganos de poder político de la clase obrera. Solo en un número pequeño de consejos tenían el control los revolucionarios vinculados a la Liga Espartaquista y otros grupos revolucionarios y actuaban, consiguientemente, como efectivo poder político del proletariado. Ante esta situación, cuando en enero de 1919 los obreros de Berlín se lanzan a la insurrección sin la previa existencia del poder político obrero, esta es aplastada rápidamente por la reacción. En estos acontecimientos el Partido Comunista de Alemania (KPD), que acaba de constituirse, fue a la zaga de los acontecimientos y acabó pagando con el asesinato de cientos de sus miembros, entre ellos sus dirigentes Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. Solo en las regiones donde los consejos no estaban bajo control del SPD pudieron crearse Repúblicas de Consejos, como fue el caso de Baviera, cuya duración en el tiempo fue muy breve. Esto se debió en muy gran medida a la inmadurez del KPD, que no contaba con la experiencia del POSDR(b) (constituido en un proceso de lucha de dos líneas contra el revisionismo a lo largo del tiempo), y no pudo transformar los consejos en órganos de Nuevo Poder e infundir conciencia revolucionaria en las amplias masas de la clase obrera.

En Hungría, en 1918, también llegarán los ecos de la Revolución soviética y se crearán consejos de obreros, campesinos y soldados de forma espontánea. Estos estaban controlados también por socialdemócratas, lo que impedía su constitución como verdaderos organismos de poder político. A la vez, el Partido Socialdemócrata también formaba parte del gobierno, junto con otros partidos burgueses. Ante el aumento de la influencia de los comunistas en los consejos y la imposibilidad del gobierno para controlar la situación, este cede el poder a una coalición formada entre el Partido Socialdemócrata y el Partido Comunista. Dicha alianza lleva a cabo la transformación de estos consejos en verdaderos organismos de poder político del proletariado y crea la República de Consejos de Hungría. Esta experiencia durará unos meses, desde marzo a agosto de 1919, cuando tras las derrotas militares frente a Rumanía y los errores cometidos por los revolucionarios el gobierno caería y se suprimirían los consejos. (En este episodio histórico, como en la Comuna de París, la burguesía -en este caso la húngara- fue socorrida por otras burguesías, sobre todo la rumana, que envió tropas de ocupación a Budapest para aplastar la revolución. Y es que, a la hora de la verdad, las distintas burguesías nacionales forjan cuantas alianzas sean necesarias para machacar al proletariado.)

En las experiencias alemana y húngara los soviets también surgen por la acción espontánea del movimiento obrero de masas, pero este se debe a la influencia que la Revolución de Octubre ejerció sobre el proletariado europeo y mundial. Las masas a las que les habían llegado las noticias de la formación de soviets en Rusia imitaron el ejemplo ruso y crearon sus propios órganos. Aunque, como ya hemos mencionado, en su mayoría estaban controlados por la socialdemocracia, que también ejercía el poder burgués desde el gobierno, y por lo tanto no eran verdaderos órganos de Nuevo Poder de la clase proletaria. Solo en los casos donde los soviets no estaban controlados por la socialdemocracia -Baviera- o donde los comunistas pudieron imponer a la socialdemocracia un pacto -Hungría-, pudo la clase obrera tomar el poder momentáneamente. Pero, debido a la debilidad de los Partidos Comunistas recién creados en estos países, la existencia de estas Repúblicas socialistas fue muy breve (apenas unos meses de existencia).

En los años siguientes se producirán otros levantamientos insurreccionales en Alemania, como el de la región del Ruhr en marzo-abril de 1920, las tentativas insurreccionales del KPD en marzo de 1921 y la insurrección en Hamburgo en octubre de 1923. Estas insurrecciones, al no existir Nuevo Poder proletario y, por consiguiente, no poseer conciencia revolucionaria las amplias masas del proletariado, fracasarán. En otros países europeos (como Bulgaria en 1923 y Estonia en 1924) y en China (durante los años 1925-1927), también tendrán lugar insurrecciones partiendo de las mismas condiciones, las cuales, por dicho motivo, también fracasarán.

A pesar de estos numerosos y continuos fracasos, el movimiento comunista internacional asumiría el paradigma espontaneísta de la revolución debido a lo explicado en este epígrafe, es decir, el surgimiento del marxismo y del movimiento obrero durante el desarrollo del ciclo revolucionario burgués que transcurre de 1789 a 1871, al entrelazamiento de las experiencias revolucionarias del proletariado con las revoluciones burguesas (tanto en Europa occidental como en Rusia) y a una asimilación deficitaria de la experiencia de la Revolución de 1917. Sin embargo, habría dentro del MCI una excepción que veremos en el tercer epígrafe y que abriría el camino hacia la conformación de la estrategia revolucionaria del proletariado para la conquista del poder. Pero antes trataremos la concepción de la revolución vigente hoy en día en la casi totalidad del movimiento comunista internacional a través del ejemplo de varios destacamentos que lo integran; una concepción fundada en esta visión espontánea del proceso revolucionario.

El MCI y la revolución espontánea en la actualidad

El ala más derechista del Movimiento Comunista Internacional hace mucho tiempo que abandonó tanto práctica como teóricamente cualquiera pretensión de llevar a cabo la revolución, de destruir el Estado de la burguesía y sustituirlo por un Estado del proletariado organizado en base a los órganos del Nuevo Poder. En vez de este objetivo, tienen como pretensión la gestión del aparato estatal de la burguesía, de la dictadura del capital, para desde esa posición introducir ciertas reformas en el sistema. Reformas que cuando llegan al poder ni siquiera realizan.

En este sector derechista se encuadran, por ejemplo, a nivel europeo las organizaciones que forman el Partido de la Izquierda Europea (a las que, en su inmensa mayoría, podría catalogárseles como los restos del eurocomunismo -PCE, PCF, etc.- y de los partidos del bloque “socialista” del Este de Europa -PCRM, KSCM, etc.-). Pero también hay organizaciones coaligadas con organizaciones del PIE que proceden de otras corrientes, como es el caso del PCOF, que proviene de la corriente pro-albanesa y forma parte del Front de gauche, o el KOE, que proviene del ala derecha del maoísmo e integra la coalición griega Syriza. Algunas de estas organizaciones que forman el PIE han gobernado incluso sus respectivos países, como es el caso del PCRM en Moldavia y del AKEL en Chipre. A nivel extra-europeo hay otros ejemplos de partidos “comunistas” que gobiernan o han gobernado estados burgueses, como el SACP en Sudáfrica, que gobierna ese país en alianza con el Congreso Nacional Africano y la central sindical COSATU desde hace 20 años, o el PCI y el PCI(marxista) en la India, que han gobernado Estados de ese país como Bengala Occidental y Kerala durante años hasta su reciente debacle electoral. El número de partidos que han abandonado el objetivo de la revolución por completo es muy amplio. A los ya mencionados anteriormente se les podrían sumar como ejemplos el CPUSA en los EE UU, el Partido Comunista Japonés, el Partido Comunista de Brasil, el Partido Comunista de la Federación Rusa, etc.

En este texto no entraremos en el análisis de la línea de estas organizaciones, ya que no contemplan la revolución de ninguna de las maneras. Aquí trataremos la posición de aquellos destacamentos que, defendiendo en el plano teórico la revolución para el establecimiento del Estado obrero, tienen una concepción espontaneísta de la misma y por tanto están incapacitados para dirigir a la clase obrera a la toma del poder; es decir, de organizaciones que están a la izquierda de este sector ultraderechista mayoritario en el MCI.

En el ámbito internacional, el destacamento que en los últimos tiempos ha conseguido agrupar tras de sí a las organizaciones procedentes del revisionismo pro-soviético que en el ámbito teórico aún defienden la revolución socialista a la vez que desarrollan una práctica sindicalista, es el Partido Comunista de Grecia (KKE). Esta organización se ha erigido en una especie de guía ideológica para un sector del MCI donde se encuentran partidos tales como el PCPE, el TKP turco, el Partido Comunista de México, etc. Esto tiene sus causas en que el KKE, tras el derrumbe de la URSS y del “campo socialista” del Este de Europa, mantuvo su retórica formalmente “marxista-leninista”, rompiendo con los elementos más degenerados del revisionismo pro-soviético (realizando una crítica limitada y oportunista al PCUS y a la URSS revisionista, ya que, por ejemplo, la consideran socialista hasta 1989-1991) y no deslizándose hacia el eurocomunismo-socialdemocracia, como hicieron otros partidos pro-soviéticos. A la vez, conservó su base social, manteniendo su influencia en el movimiento obrero y sus resultados electorales y su presencia en las instituciones del Estado burgués griego [3]. Además, adoptó una posición activa en el seno del MCI, promoviendo los Encuentros Internacionales de Partidos Comunistas y Obreros (EIPCO) a partir de 1998.

Este partido, el KKE, en su último congreso, el 19.º, celebrado en abril de 2013, aprobó su Programa que, como dicen al principio del mismo, “desarrolla la estrategia general del KKE por el socialismo”. En él muestran sus concepciones acerca del proceso revolucionario, concepciones que beben directamente del paradigma espontaneísta vigente durante el finiquitado Ciclo de Octubre.

Para este partido la crisis revolucionaria se produce de forma objetiva sin intervención del movimiento revolucionario proletario en su gestación, sin intervención del factor subjetivo. Así, dicen lo siguiente:

“La situación revolucionaria es un factor creado objetivamente. (…) No es posible predecir de antemano los factores que conducirán a la situación revolucionaria. La profundización de la crisis económica, la agudización de las contradicciones interimperialistas que incluso pueden convertirse en conflictos militares, pueden crear tales condiciones en Grecia”.

Son factores externos a la iniciativa del proletariado organizado en movimiento revolucionario, como la crisis económica o la guerra inter-imperialista, los que ponen como ejemplos para la creación de esta situación. Para ellos, el factor subjetivo únicamente se puede manifestar cuando se produce la crisis revolucionaria:

“El KKE trabaja en la dirección de la preparación del factor subjetivo en la perspectiva de la revolución socialista, aunque el período de su manifestación está determinado por las condiciones objetivas, la situación revolucionaria”.

Por tanto, el movimiento comunista, en época no revolucionaria, apenas se diferenciaría de un sindicato a la espera de que llegase la época revolucionaria por causas ajenas al propio movimiento comunista.

Partiendo de esta concepción, su actividad, la cual definen en el Programa como “preparación del factor subjetivo”, solamente se puede basar en la acumulación de fuerzas de las masas obreras mediante las luchas de resistencia hasta que llegue la crisis revolucionaria (que reconocen que no saben ni cómo, ni por qué, ni cuándo se producirá) para ponerse al frente de la clase obrera con el objetivo de la conquista del poder por parte de esta. Así, el KKE lucha para la el fortalecimiento de lo que denomina “Alianza Popular”, que se corresponde con el movimiento de masas de carácter resistencial, con conciencia de clase en sí. En la Resolución Política, aprobada en el 19.º Congreso, afirman:

“La Alianza Popular responde a la cuestión de la organización de la lucha para rechazar las medidas antilaborales antipopulares bárbaras, reuniendo fuerzas y lanzando una lucha de contraataque para tener algunos logros, en el camino de la lucha por el derrocamiento del poder de los monopolios. (…) En estas condiciones se organiza y se coordina para la resistencia, la solidaridad, la supervivencia”.

Es decir, conciben la Alianza Popular como el movimiento organizado para llevar a cabo las luchas de resistencia de las masas frente a las medidas del Estado burgués y para la consecución de reformas. Pese a que encuadren estas luchas en el camino hacia la conquista del poder, esta actividad tradeunionista imposibilita la consecución de dicho objetivo.

Esta estrategia del proceso de toma del poder (conformada por una práctica sindicalista y conjugada con una concepción espontaneísta de la revolución) que defiende el KKE, fue la que se asentó en el movimiento comunista desde prácticamente su fundación (por las causas expuestas en el primer epígrafe de este texto). Este fue y es uno de los factores principales que ha llevado al movimiento revolucionario de la clase obrera a su situación actual de postración y derrota. La casi totalidad de las organizaciones comunistas se dedican a participar en las luchas de resistencia de la clase obrera y obvian por completo la preparación del factor subjetivo, del Partido de Nuevo Tipo entendido como movimiento proletario revolucionario de masas, para que una vez constituido sea este el que comience la lucha revolucionaria por el establecimiento del poder político de la clase obrera. El KKE, aunque concibe la preparación del factor subjetivo -si bien simplemente como acumulación de masas con conciencia de clase no revolucionaria, con conciencia de clase en sí-, defiende que este solo se puede manifestar cuando se produzca la crisis revolucionaria de forma espontánea. Por ello, se deja a la pura espontaneídad la posibilidad de organizar la revolución.

La práctica sindical, es decir, la participación/dirección por parte de los comunistas en las luchas de resistencia económica de la clase obrera como base de su accionar político, no puede generar movimiento revolucionario. Esto se debe a que la clase obrera no adquiere conciencia de clase revolucionaria mediante las luchas de resistencia, esto es, las luchas contra las medidas del gobierno burgués, por mejoras de las condiciones de vida, contra despidos, etc. Tampoco adquiere la clase proletaria conciencia de clase para sí mediante la agitación realizada por los comunistas. Lo primero porque esas luchas no van a la raíz, no se producen contra el sistema socio-económico capitalista, sino que solamente se dirigen contra algunas de sus consecuencias y, por tanto, no rebasan el propio marco de las relaciones capitalistas. Como consecuencia de ello, las masas que participan en dichas luchas se conforman con pelear por las reivindicaciones parciales e inmediatas y no se cuestionan la existencia del modo de producción capitalista. La agitación como la presentación a las masas de programas donde se recogen en ellos una serie de medidas a realizar, a su vez, no genera conciencia revolucionaria, puesto que las masas precisan la materialización de las transformaciones sociales para convencerse de la necesidad de la conquista del poder y no las simples promesas de un futuro mejor realizadas por la vanguardia. Frente a esto, las amplias masas proletarias solo adquieren conciencia revolucionaria mediante su experiencia en la gestión de su poder, tal y como lo demuestra la experiencia de la Revolución Proletaria Mundial y como veremos y analizaremos en el tercer y último epígrafe del texto.

En el caso del KKE, en el año 1999 impulsó la creación del Frente Militante de Todos los Trabajadores, más conocido por sus siglas: PAME. Esta organización sindical, la segunda más importante de Grecia, cuenta con una gran influencia entre las masas, contando con centenares de miles de afiliados, y ha convocado decenas de huelgas generales en el país heleno desde el comienzo de la crisis económica de 2008. Sin embargo, por los propios límites del sindicalismo, este frente sindical no puede ir más allá de la lucha de resistencia y no constituye, evidentemente, ningún embrión de movimiento revolucionario. El KKE, a lo máximo que puede aspirar (como todas las organizaciones economicistas), es a traducir la influencia que ejercen en el movimiento de resistencia de las masas en votos en las elecciones a las instituciones parlamentarias del Estado burgués. Aunque ni siquiera a eso alcanza la actividad de estas organizaciones en el ámbito sindical. En el supuesto concreto del KKE, los votos que obtiene son considerablemente inferiores al número de militantes del PAME.

También hay que recordar que en las elecciones generales del año 2012 se produjo un trasvase de votos considerable desde el KKE a Syriza, debido a la posibilidad de esta última formación de alcanzar el gobierno (de las elecciones de mayo a las de junio el KKE perdió algo más de 250 000 votos). Syriza es una organización abiertamente reformista cuyo objetivo es gestionar el Estado de la burguesía para implementar alguna que otra reforma dentro del propio marco burgués. Que una parte importante del electorado del KKE votase a esta coalición evidencia el hecho de que las masas sobre las que el KKE ejerce influencia poseen, como no podía ser de otra forma, solamente conciencia de clase en sí.

De esta forma, toda la actividad del KKE, tanto la sindical como la parlamentaria, se halla dentro del marco de las relaciones burguesas. Sus acciones no van más allá de lo que permite la legislación del Estado burgués y, pese a su influencia sobre las masas, en ningún momento se plantea el KKE realizar acciones que supongan la creación del poder obrero y la confrontación de poderes entre este y el poder burgués. Toda su práctica se queda en el movimiento obrero con conciencia de clase en sí, al estilo del movimiento proletario de viejo tipo. En los últimos años han planteado la creación de “comités populares” en los barrios, pero estos no serían otra cosa que organismos sindicales organizados en los barrios de las ciudades. En la Resolución Política del 19.º Congreso, dicen:

“Los Comités Populares, la Alianza Popular en los sectores y en los barrios deben garantizar la solidaridad, hasta incluso el pan que les falta a los pobres, proteger a los pobres de los embargos de casas. Participarán, apoyarán la lucha de los trabajadores contra las medidas bárbaras. Protegerán el barrio de los ataques de las fuerzas de represión estatal y de los criminales de Amanecer Dorado. La clase obrera, la alianza popular en el centro de trabajo y en el barrio organizará el pueblo en los levantamientos populares”.

Sin entrar en la puesta en práctica de los mismos, las medidas que enumeran no van más allá de la resistencia, no suponen la aplicación de poder político. En el caso de lo último que mencionan (los “levantamientos populares”), no lo desarrollan, pero, teniendo en cuenta el resto de sus tesis y la práctica que llevan a cabo, eso no supondrá nada más que la realización de huelgas. De hecho, en su Programa, en coherencia con su concepción espontaneísta de la revolución, la creación de los “gérmenes de los órganos del poder obrero” lo contemplan únicamente en el proceso revolucionario que se dé cuando espontáneamente se produzca la situación revolucionaria y no antes. Y esto lo ratifica uno de los miembros del CC del KKE, quien plantea lo siguiente:

“Esta alianza social, en condiciones de situación revolucionaria, se convertirá en un frente obrero-popular revolucionario, que creará los órganos del poder obrero-popular…” [4].

Como corolario lógico de la práctica tradeunionista del KKE, al no poder con esta sentar las bases de un movimiento revolucionario ni gestarlo, este partido se ve obligado a plantear un salto en el vacío entre su actividad y la revolución. Así, la realización de esta última se deja a los designios del devenir histórico (sin comprender que la lucha revolucionaria del proletariado debe ser dirigida conscientemente), en un acto de fe en el surgimiento de la situación revolucionaria. Ellos mismos reconocen que no saben cómo se producirá, pero aun así confían en que se produzca, haciendo caso omiso a la inexistencia de precedentes históricos que puedan sostener dicha tesis, al menos desde que caducó la época revolucionaria de la burguesía. Según su concepción, no es el factor subjetivo al que le corresponde desatar la guerra revolucionaria y provocar la crisis revolucionaria, sino que los comunistas deben aguardar a una situación revolucionaria espontánea. Esto tiene sus raíces en la concepción determinista y fatalista de que el capitalismo tarde o temprano tendrá que caer y en el paradigma revolucionario espontaneísta heredado por el movimiento comunista de la época revolucionaria de la burguesía, que ya hemos explicado en el primer epígrafe. Sin embargo, el capitalismo ha demostrado a lo largo del siglo XX su capacidad para reestructurarse tanto tras las crisis económicas como tras la crisis política que supuso para este sistema socio-económico el triunfo de la Revolución de Octubre y el consiguiente inicio del Ciclo revolucionario del proletariado y la construcción del socialismo. Por ello, la creencia de que el capitalismo está predestinado a su fin no deja de ser eso, una creencia idealista alejada de la realidad material e histórica.

Sin embargo, a pesar de las consideraciones del KKE acerca de las situaciones revolucionarias espontáneas, su actuación, cuando en diciembre de 2008 se produjo una tesitura similar en Grecia, nada tuvo que ver con organizar la revolución, con la “manifestación del factor subjetivo”, como argumentan ellos. En ese mes, tras el asesinato de un joven anarquista a manos de la policía en el barrio ateniense de Exarchia, se desató una revuelta y movilización de masas por todo el país heleno, creándose vacíos de poder en numerosas zonas. Ante este movimiento de masas, el KKE se limitó a continuar con su actividad pacífica y legal, convocando algunas manifestaciones y mítines contra la “represión y violencia estatal”. En un comunicado del Comité Central del KKE sobre estos acontecimientos [5], se decía:

“La situación exige estar muy alerta en vista de la posibilidad de adelanto electoral, para que los partidos del sistema bipartidista sufran un gran golpe”.

Al igual que en su participación en el frente sindical, en las movilizaciones de masas espontáneas, el KKE, por los propios límites de su práctica, solo puede derivar estos movimientos como votos a las elecciones burguesas, haciendo gala de su cretinismo parlamentario. Y es que, pese a que en su Programa y en el resto de documentos contemplen la revolución (cuando llegue ese día de la situación revolucionaria espontánea, claro), al carecer de línea militar, de aparato clandestino y, en suma, de estrategia revolucionaria para la conquista del poder político, aun en el caso de que se produzcan revueltas de masas y vacíos de poder, como fue el caso de diciembre de 2008, están incapacitados dirigir ningún proceso revolucionario. [6]

Como reverso del economicismo se halla el terrorismo individual, formando ambos las dos caras de la misma moneda revisionista. La época dorada de este movimiento se vivió en las décadas de los años 70-80 del siglo pasado. En ese tiempo hubo varias organizaciones activas tales como las Brigadas Rojas en Italia, la RAF en la Alemania Occidental, las Células Comunistas Combatientes en Bélgica, los GRAPO en el Estado español, etc. Su existencia se enmarca en una época de auge revolucionario dentro del Ciclo de Octubre con las luchas de liberación nacional a lo largo y ancho del mundo (como la de Vietnam), los movimientos espontáneos de masas en Europa (como el mayo francés del 68 o el otoño caliente italiano del 69), y, especialmente, la Gran Revolución Cultural Proletaria en China (no es casualidad que la mayoría de estas organizaciones estuviesen influenciadas o tuviesen simpatías por el maoísmo). Su apuesta por la lucha armada, desligada de las masas obreras, reflejaba el rechazo frente al economicismo legalista (ya que estas organizaciones que practicaban el terrorismo pequeño-burgués no dejaban de ser economicistas también), mayoritario en el movimiento comunista. Pero, al partir de los mismos principios que los de las organizaciones economicistas (principalmente la incapacidad para fusionarse con las masas proletarias mediante órganos de Nuevo Poder para conformar un movimiento revolucionario y, enlazado con esto, la concepción espontaneísta de la revolución) y, al estar expuestos a la represión del Estado burgués por la realización de acciones armadas (sin estar enraizados en las masas), prácticamente todas estas organizaciones, después de varias reapariciones de corto recorrido, terminaron desapareciendo.

Tomando como ejemplo de esta corriente el caso del Estado español, el PCE(r) concibe la lucha armada de la guerrilla como un medio para conquistar a las masas, como un medio de apoyo al movimiento de masas, a la espera de la insurrección espontánea. Así, en su Manifiesto-Programa sostienen lo siguiente:

“En España la guerrilla no va a poder acumular la fuerza necesaria, capaz de derrotar y aniquilar por sí sola al ejército fascista. Tendrá que ser la insurrección general de las masas, combinada con la lucha del ejército guerrillero, la que en su momento habrá de derrocar al Estado capitalista. De ahí que las principales funciones que deberá cumplir la guerrilla en esta etapa de la lucha político-militar sean las de seguir ayudando al movimiento de masas y a sus organizaciones, contribuir a crear todas las condiciones (políticas, económicas, orgánicas, militares, etc.) para la incorporación de las grandes masas a la lucha por el poder y procurar, a la vez, su propio fortalecimiento”.

Pero la lucha armada practicada por la vanguardia desligada de las masas -al igual que la práctica sindical- tampoco genera conciencia revolucionaria en las masas de la clase obrera. Este método de lucha ajeno al marxismo (y propio, históricamente, de corrientes pequeñoburguesas como el anarquismo o el populismo ruso) solo puede traer efectos contraproducentes para el movimiento comunista. Y es que para el objetivo de ganarse a las masas proletarias es ineficaz, puesto que estas solo se convencen por su propia experiencia y no porque determinados individuos realicen acciones armadas que no suponen ningún cambio ni ninguna transformación en la vida de las masas. En cambio, este tipo de acciones sí producen que los militantes que las realicen queden expuestos a la represión abierta del aparato estatal burgués. Lo cual, al no haberse previamente fundido con las masas, lleva a que las organizaciones que practican el terrorismo individual o que lo apoyan sean destruidas por los aparatos represivos de la burguesía.

Al encontrarse con esta situación objetiva (la imposibilidad de generar movimiento revolucionario proletario de masas a través de las acciones armadas de la vanguardia divorciada de las masas), el PCE(r) solo puede plantear la “resistencia” hasta que se produzca esa insurrección. De esta forma, exponen en su Manifiesto-Programa:

“Por este motivo, aquí solo cabe la resistencia política y la lucha armada, de modo que cuando se produzca la insurrección deberá estar preparada por largos años de resistencia del movimiento popular (…)”.

Pero ni el terrorismo individual, ni las luchas de resistencia [7], ni la resistencia en general pueden preparar a las masas para la revolución. Entre la resistencia y la revolución no hay continuidad: son luchas contrapuestas y la primera no sirve para desarrollar un movimiento revolucionario, al no adquirir el proletariado conciencia de clase para sí con ese tipo de luchas. Por ello, el PCE(r), al igual que los economicistas con su actividad, se ve obligado a plantear otro salto en el vacío entre su práctica, incluidos los métodos de lucha que defienden, y la revolución, que ellos defienden mediante una insurrección. Así, la realización de está última se dejaría a la espontaneidad de una “insurrección general de masas”. Aunque, eso sí, “preparada” con una práctica que en absoluto puede preparar la conquista del poder político al no basarse en la participación de las masas desde sus propios organismos armados. Todo esto lleva al PCE(r), pese a defender la Guerra Popular Prolongada en el plano teórico, a tergiversarla sustituyendo sus tres fases por dos: defensiva e insurrección. Así, la primera se correspondería con la lucha sindical y el terrorismo individual hasta que llegue el momento de la insurrección. Ahora bien, esta no es la única tergiversación de la GPP que realizan. Entre otras, también la vacían de su contenido fundamental, que es la creación consciente del Nuevo Poder, amparándose para ello en una supuesta imposibilidad (que en realidad esconde su incapacidad) de su creación en los países de capitalismo desarrollado. Pero pospongamos esto al tercer epígrafe, en el que trataremos más detenidamente estas cuestiones.

La práctica -la cual constituye el criterio de la verdad- ya se ha encargado de demostrar que la concepción sobre la revolución, tanto de los economicistas como de los defensores del terrorismo individual, es errónea. Las organizaciones que defienden y practican estas desviaciones no han sido capaces, puesto que su práctica choca con impedimentos objetivos para ello, no ya de tomar el poder político, sino tan siquiera de poner en marcha ningún proceso revolucionario de masas.

Frente a estas prácticas y la concepción de la revolución como un hecho espontáneo (cuya realización se hace depender de factores externos al proletariado revolucionario, como las crisis económicas, las guerras inter-imperialistas, etc.), se debe abrir paso la única estrategia de la revolución proletaria que puede ponerla en marcha. Esto es, la concepción de la revolución como un proceso consciente dirigido y desarrollado por el Partido Comunista desde un principio o, lo que es lo mismo, mediante la estrategia revolucionaria de la Guerra Popular.

La estrategia del proletariado: la Guerra Popular

“El abismo de la miseria humana y de la ignorancia es insondable. Todo sector que se yergue deja detrás de sí otro que apenas intenta levantarse. Pero la vanguardia no debe esperar a la masa compacta de la retaguardia para iniciar el combate. La clase obrera aprenderá la tarea de despertar, estimular y educar a sus sectores más atrasados cuando llegue el poder”.

(Lenin, Tesis para el II Congreso de la Internacional Comunista, en Obras completas, Akal, Madrid, 1978; tomo XXXIII, p. 313)

Como consecuencia de lo explicado en el primer epígrafe de este texto, el Movimiento Comunista Internacional hizo suya desde su constitución la tesis que concebía la revolución como una insurrección organizada durante crisis revolucionarias surgidas de modo espontáneo. Esta tesis fue fomentada también por el propio contexto existente en Europa, cuando se produjo la escisión del ala revolucionaria de la socialdemocracia para formar la III Internacional. En dicho periodo, tras la Revolución de Octubre y bajo la influencia de esta, en los países europeos se vivía un estado de efervescencia revolucionaria (surgieron consejos obreros en Alemania, Hungría, Austria o Irlanda; se produjo el biennio rosso en Italia, tuvieron lugar movimientos huelguísticos en numerosos países, etc.) que llevó a creer a los comunistas que la revolución internacional, al menos en Europa, estaba cerca de triunfar [8]. Todos estos fueron movimientos de masas en los que el factor espontáneo (debido al ejemplo de la Revolución socialista en Rusia y a la existencia previa de movimientos obreros organizados de masas en toda Europa) jugó un papel fundamental, lo que tuvo como consecuencia que se reafirmase y consolidase la concepción de que para desarrollar la revolución era necesario que se produjesen situaciones revolucionarias espontáneas, tomando como modelos a estas [9].

Al mismo tiempo que se asentaba la visión espontaneísta-insurreccionalista de la revolución se manifestaban concepciones economicistas en el seno del MCI. La causa de esto se halla en que, aunque el movimiento comunista rompió con las tesis revisionistas más degeneradas de la II Internacional, dicha ruptura no fue total, no fue absoluta, y el movimiento comunista recibió la herencia del marxismo del movimiento obrero de viejo tipo. Tales concepciones  comenzaron a manifestarse, sobre todo, cuando el impulso revolucionario que siguió a la Revolución de 1917 empezó a declinar (con el transcurso del tiempo, las concepciones revisionistas legadas por el marxismo socialdemócrata fueron aumentando su peso en el movimiento comunista hasta provocar la destrucción del propio movimiento revolucionario). De esta forma, en lo que respecta al economicismo, por ejemplo, en el III Congreso de la Internacional Comunista (IC), en 1921, se decía en las Tesis sobre la táctica:

“La naturaleza revolucionaria de la época actual consiste precisamente en que las condiciones de existencia más modestas de las masas obreras son incompatibles con la existencia de la sociedad capitalista, y que por esta razón la propia lucha por las reivindicaciones más modestas adquiere las proporciones de una lucha por el comunismo”.

Esta afirmación realizada por la IC (la cual sería repetida en los sucesivos Congresos de esta organización), que establecía un nexo directo entre la lucha por reivindicaciones inmediatas y la lucha revolucionaria, se contraponía a las enseñanzas de Lenin. Por ejemplo en su obra maestra ¿Qué hacer?, el marxista ruso exponía, en su crítica a la desviación economista en el movimiento socialdemócrata, la imposibilidad del desarrollo de la conciencia revolucionaria del proletariado en su lucha por mejoras económicas, en su lucha por reformas. Establecía la necesidad de que la conciencia de clase para sí debía ser introducida por la vanguardia en el movimiento obrero desde fuera de sus luchas de resistencia. Sin embargo, como vemos, a pesar de las enseñanzas del líder bolchevique, la Komintern en los años 20 adoptaría una tesis en sentido contrario a la estrategia revolucionaria defendida por Lenin. El establecimiento por parte de la III Internacional de una continuidad entre la lucha por reivindicaciones inmediatas y la lucha revolucionaria (cuestión que la práctica se había encargado ya de desmentir a esas alturas) era un síntoma de que el economicismo resurgía con fuerza (en realidad, en mayor o menor medida, nunca se había ido) en el movimiento revolucionario.

Con estos mimbres (economicismo y espontaneísmo), el movimiento comunista organizado en la Komintern fue incapaz de desarrollar ningún proceso revolucionario al chocar con límites objetivos para ello. En sus más de veinte años de existencia su línea sufriría varios bandazos de derecha a izquierda y viceversa. Como muestra de ello, la IC pasaría de plantear gobiernos obreros en alianza con la socialdemocracia en el IV Congreso de 1924 a considerar a esta, la socialdemocracia, el enemigo principal en el VI Congreso de 1928 para, posteriormente, volver a plantear en el VII Congreso de 1935 la alianza con ella para la lucha contra el fascismo (e incluso la fusión entre los Partidos Comunistas y los Partidos Socialdemócratas). Pero, independientemente de dichos cambios, las concepciones economicistas y espontaneístas-insurreccionalistas siempre estarían presentes en dichas tácticas y en el sustrato ideológico-político del MCI.

Sin embargo, entre todos los Partidos Comunistas que formaban la Internacional Comunista habría uno que rompería, más en la práctica que en el plano teórico, con la línea imperante en ella y sentaría las bases de la estrategia proletaria para la conquista del poder: el Partido Comunista de China.

En este país, tras el fracaso de las insurrecciones en las ciudades y la ruptura de la alianza establecida entre los comunistas y el Kuomintang (el partido que dirigía la revolución burguesa en la China semifeudal y semicolonial), el PCCh se retiraría al campo alrededor del año 1927. A partir de esta fecha es cuando la estrategia de la Guerra Popular Prolongada defendida por Mao comienza a abrirse paso —no sin grandes dificultades y obstáculos— en el Partido frente a las líneas oportunistas de derecha (la cual proponía ir a la zaga del Kuomintang en la revolución democrática) y de izquierda (la cual defendía centrarse exclusivamente en el proletariado urbano y continuar con las intentonas insurreccionales en las ciudades). Estas líneas oportunistas coincidían en subestimar u olvidarse completamente del campesinado, el cual constituía la inmensa mayoría de población china: la de los oportunistas de derecha por la razón de que la actividad revolucionaria de los campesinos lesionaría la alianza con el Kuomintang, al representar este último los intereses de determinadas fracciones de los terratenientes, y los oportunistas de izquierda porque solo contemplaban al proletariado de las ciudades como clase revolucionaria, olvidando la tesis de Lenin sobre la alianza obrero-campesina. Ambas concepciones impedían el desarrollo de la revolución china al convertir unos, los oportunistas de derecha, a los comunistas en un simple apoyo de la burguesía en su revolución democrática de viejo tipo y los otros, los oportunistas de izquierda, por centrarse exclusivamente en la clase obrera de las ciudades, clase ultraminoritaria en la China de la época, y por defender la estrategia insurreccional que ya había demostrado su fracaso en los años precedentes.

Frente a ellas, como decíamos, empezó a ser aplicada en 1927, tras la ruptura de la alianza con el Kuomintang y el consiguiente repliegue del PCCh al campo e inicio de la segunda revolución china, la Guerra Popular [10]. La consolidación de la línea revolucionaria no se produciría hasta el año 1935, con ocasión de la celebración de la Conferencia de Zunyi. En ella se apartó de la dirección a la línea oportunista de izquierda que controlaba el PCCh desde finales de los años 20, tras la destitución del grupo oportunista de derecha encabezado por Chen Duxiu. Por lo tanto, la Guerra Popular se desarrolló desde 1927 a 1935 en lucha de líneas contra la dirección del PCCh (apoyada por la Internacional Comunista, que continuaba defendiendo la estrategia insurreccional y ponía trabas a la aplicación de la GPP). Esta postura de la dirección oportunista desembocaría en la situación crítica de 1934, que solo pudo ser salvada mediante la realización de la Larga Marcha.

La nueva estrategia, la Guerra Popular, suponía la creación consciente por parte del Partido Comunista de China de los órganos del Nuevo Poder del pueblo, de los soviets de obreros y campesinos en el campo chino, conformando así las bases de apoyo revolucionarias [11]. En dichas bases, tras la expulsión del poder político burgués-terrateniente, eran las masas populares del campo las que ejercían el poder político, tomaban las decisiones y resolvían los problemas concernientes a su propia vida cotidiana. Eran las masas las que tomaban en sus manos la gestión del poder y, mediante la confrontación entre la dictadura democrática-popular y la dictadura burguesa-terrateniente, se decantaban por la primera y pasaban a las filas de la revolución social. La estrategia de la construcción del Poder popular era acorde con la máxima de que las grandes masas solo adquieren conciencia revolucionaria mediante su experimentación del poder político y las transformaciones sociales a él vinculadas. La GPP también conllevaba la creación de los destacamentos armados de las masas populares, que conformaban el Ejército Rojo. Era el ejército del pueblo, dirigido por el Partido, el encargado de combatir a las fuerzas armadas del enemigo y de defender el Nuevo Poder. Era además un instrumento de la línea de masas del PCCh. Allí donde actuaban los destacamentos armados estos hacían labor de propaganda entre las masas, las organizaban, les ayudaban a establecer el poder político revolucionario y les entregaban armas para formar unidades guerrilleras.

Mediante esta estrategia, el PCCh se iría extendiendo por el territorio chino, conquistando cada vez más sectores de las masas para la revolución. La acumulación de fuerzas de las amplias masas y la propia revolución se hacían a la vez, a diferencia de lo que defiende la estrategia economicista-insurreccional de la casi totalidad del MCI que suponía (y supone) la separación de ambas tareas: primero, una acumulación de fuerzas de carácter no revolucionaria, y luego, un salto en el vacío a la revolución depositando las esperanzas en el estallido de una crisis revolucionaria espontánea. Rompiendo con este paradigma, en la GPP en China las masas se conquistaban a la vez que se establecía en el Nuevo Poder, a la vez que se hacía la revolución.

Exceptuando el periodo del grupo oportunista de izquierdas, denominado los “28 bolcheviques”, en la dirección del PCCh (que sustituiría la guerra de movimientos por la guerra de posiciones, llevando a su casi total desaparición a la República Soviética de Jiangxi), el Partido no variaría su estrategia en torno a la GPP durante todos los años que duró la lucha por la conquista del poder político en China, incluida la etapa de la alianza con el Kuomintang frente a los invasores japoneses (1937-1945). Durante esta época, aunque el Nuevo poder popular y el Ejército Rojo estaban integrados formalmente en la República de China y en el Ejército Nacional Revolucionario del Kuomintang, respectivamente, eran en la práctica independientes de él. Esto permitió que durante este periodo, a la vez que combatían a los imperialistas nipones, el PCCh continuase estableciendo el Poder popular en el territorio chino y acumulando fuerzas de las grandes masas populares para la revolución. Y de este modo, tras el fin de la guerra contra el Imperio del Japón, los comunistas chinos pudieron emprender la inevitable guerra civil contra la gran burguesía y los terratenientes, representados por el Kuomintang, desde una posición de garantía al no haber renunciado previamente a la independencia ideológica, política y militar del proletariado (a diferencia del PCE en la guerra civil española) y haber continuado con el establecimiento del Nuevo Poder, lo cual permitió la conquista del poder político en toda la China continental en 1949.

Esta estrategia [12] también fue implementada por algunos Partidos Comunistas en las guerras de liberación nacional y las revoluciones democrático-populares en sus respectivos países durante la II Guerra Mundial. Tal fue el caso, por ejemplo, de Grecia, Albania o Yugoslavia. En estos países, sus correspondientes Partidos Comunistas —KKE, PCA, PCY— crearon los destacamentos armados —ELAS, ELN, EPLDPY— y el Frente —EAM, FLN, FPY—, y desarrollaron la lucha contra las fuerzas ocupantes y sus Estados títeres. Durante la guerra, partiendo de una situación de total inferioridad respecto del enemigo, consiguieron hacer partícipes a las grandes masas populares de estos países en la lucha por la liberación nacional implementando los órganos del Nuevo Poder que ejercían la dictadura democrático-popular. Estas fuerzas fueron capaces de liberar la mayoría del territorio de sus países por sus propias fuerzas. Así, cuando las tropas del Ejército Rojo soviético, en su ofensiva contra la Alemania nazi, se adentraron en estos países, las fuerzas ocupantes y sus lacayos en estos Estados estaban prácticamente derrotados. El mismo paradigma se produjo en Vietnam en la revolución democrática y la lucha de liberación nacional contra el Imperio del Japón y los colonialistas franceses.

También es la Guerra Popular la estrategia que ha permitido el desarrollo de los más recientes procesos revolucionarios dirigidos por Partidos Comunistas: las ya finiquitadas guerras civiles revolucionarias en Perú y Nepal y las que aún continúan en pie en India y Filipinas.

La propia Revolución de Octubre, sin desarrollarse mediante la estrategia de la Guerra Popular, encajaría dentro del esquema de la misma y compartiría sus principios [13]. En el proceso revolucionario ruso estaban presenten los tres instrumentos de la revolución: el Partido Comunista —el POSDR(b)—, los destacamentos armados —la Guardia Roja, que después daría lugar al Ejército Rojo— y el Frente-Nuevo Poder —los Soviets de obreros, soldados y campesinos—. Fue mediante la propia experiencia de la clase obrera en la gestión de su poder político, a través de los órganos del Nuevo Poder, como estas adquirieron conciencia de clase para sí y se sumaron a la revolución. Y, partiendo el proletariado revolucionario —como no puede ser de otra forma— de un estado de desventaja frente a la burguesía y su aparato estatal, consiguió acumular fuerzas pasando por las tres fases del proceso revolucionario —defensiva, equilibrio y ofensiva estratégica— hasta la total conquista del poder en el territorio del antiguo Imperio zarista. La diferencia principal con la estrategia de la GPP de la Revolución rusa fue el hecho de que en ella la creación de los órganos de poder de la clase obrera no fue obra del Partido Comunista, sino que estos órganos fueron creados en el transcurrir de una revolución democrático-burguesa todavía pendiente en la Rusia de 1917, como ya explicamos antes. Pero eso constituye una particularidad, una excepción, del proceso revolucionario ruso, no aplicable al resto de revoluciones proletarias, en las cuales dicha labor, la creación de los órganos de poder, corresponde al movimiento revolucionario del proletariado, al Partido Comunista.

Esta coincidencia de las líneas generales de la Revolución de 1917 y la Guerra Popular no es fruto de la casualidad, sino que se debe a que la Guerra Popular constituye la estrategia para la conquista del poder coherente con los principios y características de la revolución proletaria. Por ello, consideramos que la GPP es la estrategia de aplicación universal para la implantación de la dictadura del proletariado. A continuación trataremos los principios generales de la Guerra Popular.

La Guerra Popular requiere para su desarrollo la constitución de los tres instrumentos revolucionarios: Partido Comunista, Ejército proletario y Frente-Nuevo Poder.

El Partido Comunista es el organismo social que plasma la fusión entre la vanguardia revolucionaria (portadora de la cosmovisión proletaria) y las masas obreras, constituyendo así el movimiento revolucionario del proletariado. La necesidad del Partido de Nuevo Tipo tiene su causa en el hecho de que las grandes masas del proletariado no desarrollan conciencia revolucionaria por sí mismas, de forma espontánea. Esto implica que tiene que ser la vanguardia comunista, la cual sí posee esa conciencia de clase para sí, la encargada de dotar al proletariado de la conciencia sobre la necesidad de la superación revolucionaria del modo de producción capitalista, lo cual convierte todo el proceso encaminado hacia la sociedad comunista en un proceso guiado por el factor consciente, por la vanguardia comunista, en el cual esta va elevando a cada vez más sectores del proletariado a su posición (empezando por los sectores más cercanos a su nivel de conciencia hasta alcanzar a los más alejados). En el momento en que la vanguardia conquista a los elementos más avanzados del movimiento obrero de resistencia (vanguardia práctica) y la cosmovisión proletaria penetra, a través de los mecanismos de mediación, en las masas de la clase, es cuando tiene lugar la constitución del movimiento revolucionario del proletariado hacia el comunismo. Esto, este movimiento obrero de nuevo tipo que fusiona al socialismo científico con las masas, y no otra cosa (destacamento de vanguardia o partido de masas), es el Partido Comunista. Como tal, al Partido le corresponde la función principal en el desarrollo de la revolución, tanto en la fase de conquista del poder mediante su construcción como después de conquistado el poder definitivamente, es decir, durante la etapa de la dictadura del proletariado hasta la sociedad comunista. En correspondencia con esto, los otros dos instrumentos revolucionarios, el Ejército proletario y el Frente-Nuevo Poder, son creados de forma concéntrica y dirigidos por el Partido.

El Ejército proletario, que, como acabamos de decir, es un organismo creado por el Partido y dirigido por este último —aplicando la máxima de que la política dirige el fusil—, cumple varias funciones en el desarrollo de la guerra civil revolucionaria, de la GPP. Su función es enfrentarse con las fuerzas armadas del Estado burgués para generar vacíos de poder, limitando la capacidad de intervención de las organismos del aparato estatal capitalista y de este modo poder establecer los órganos del Nuevo Poder proletario. Como tal, tiene como misión defender y sostener la dictadura proletaria en su enfrentamiento armado con la dictadura de la burguesía durante la existencia del doble poder. El poder político, sea de la clase social que sea, no puede existir sin cuerpos armados para defenderlo e imponérselo a quien se le oponga. Pero su papel no se queda aquí, sino que el Ejército es durante la Guerra Popular un instrumento de la línea de masas del PC (como vemos, la línea general revolucionaria delimita claramente el papel del Ejército proletario, lo que de hecho previene una concepción de tipo “militarista” sobre el movimiento proletario revolucionario que es una clara desviación que contraviene el principio elemental de que el partido debe dirigir siempre el fusil). El Ejército, bajo la dirección del Partido de Nuevo Tipo, organiza y moviliza a las masas de la clase obrera, interviene en la construcción de los órganos del poder proletario y les proporciona armamento. En un primer momento, para el inicio de la GPP, el Partido Comunista organiza los destacamentos armados que en contacto con las masas forman las milicias proletarias y en conjunto, tanto estos destacamentos como las milicias, conforman el Ejército rojo.

En tercer lugar, el Frente se construye y se plasma en la práctica en el Nuevo Poder (ya se denomine Soviets, Consejos, Comités, etc.) de las masas proletarias. La dirección de su construcción le corresponde al Partido, en ella interviene el Ejército y participan las grandes masas del proletariado. Los órganos de Nuevo Poder son los que permiten a la clase obrera experimentar su propio poder de clase frente a la dictadura de la burguesía, y llevar a cabo las transformaciones sociales necesarias tomando sus propias decisiones y aplicándolas de forma conjunta en cuestiones como la vivienda, el abastecimiento, en la imposición de condiciones a sujetos pertenecientes a otras clases, las sanciones a quienes cometen acciones contrarrevolucionarias, etc. En definitiva, en todo lo que afecta a la vida cotidiana de las masas de nuestra clase. También son las masas quienes eligen a sus representantes, los cuales tienen un mandato imperativo y pueden ser revocados en cualquier momento. Este poder político es la única forma de que la clase obrera adquiera conciencia revolucionaria y se implique en la revolución socialista (y no la lucha por reformas o el terror individual como promulgan los economicistas y los partidarios del terrorismo pequeñoburgués, respectivamente). Mediante esta confrontación de dictaduras —la burguesa, encarnada en el Estado burgués, y la obrera, en el Nuevo Poder— es como el proletariado se decanta por la revolución social y el Partido acumula fuerzas de las amplias masas de la clase en su camino hacia la conquista total del poder político. Es decir, la revolución y la conquista de las grandes masas obreras se realiza al mismo tiempo. Este Nuevo Poder proletario no está vinculado a un determinado territorio, sino que se corresponde con las masas en armas. [14] Como tal, no tiene un carácter fijo en el espacio físico, puede aparecer en un sitio y desaparecer para volver a aparecer en el mismo lugar o en uno distinto. Así es como se va destruyendo el viejo poder de la burguesía, el viejo Estado burgués, y va siendo sustituido por el poder de las masas proletarias, del Estado de dictadura del proletariado en formación.

En lo que respecta al desarrollo de la Guerra Popular, esta transcurre por tres fases: la defensiva, el equilibrio y la ofensiva estratégica. La primera etapa hace referencia al periodo de inicio de la guerra civil revolucionaria donde las fuerzas revolucionarias se encuentran en franca inferioridad respecto de las fuerzas con las que cuenta la burguesía. En ella prima la guerra de guerrillas y mediante la incorporación de las masas amplias del proletariado con la construcción de las instituciones del Nuevo Poder obrero se transcurre a la siguiente etapa: el equilibrio. En ella las fuerzas revolucionarias alcanzan un punto de relativa igualdad con las fuerzas reaccionarias y se comienza a aplicar, junto con la guerra de guerrillas, la guerra de movimientos. Finalmente, en la tercera fase, el movimiento revolucionario se halla en una posición óptima para lanzarse a la conquista total del poder político en todo el Estado y transcurre mediante la guerra de posiciones, además de las dos formas de guerra anteriormente mencionadas [15]. Todo este proceso se realiza mediante la acumulación de fuerzas por y para el movimiento revolucionario proletario con la construcción y ampliación del Nuevo Poder obrero.

Lo que acabamos de exponer constituyen los principios de la revolución proletaria y, en coherencia con ella, los de la estrategia revolucionaria de la Guerra Popular Prolongada. Y estos principios es posible desarrollarlos en cualquier país con las adaptaciones oportunas en función de las condiciones concretas de cada Estado.

El revisionismo, para intentar negar la posibilidad de aplicación de esta estrategia en países de capitalismo desarrollado, en países imperialistas, es decir, su universalidad, suele entremezclar los principios de la GPP con su aplicación concreta en países semifeudales y semicoloniales. En dicha labor se ven ayudados por el hecho de que en ningún país imperialista se ha aplicado la GPP, básicamente porque ningún destacamento comunista se lo ha planteado tan siquiera hasta los últimos tiempos, al ser hegemónica en el MCI la línea economicista-insurreccional. Como decimos, el revisionismo suele confundir, ya sea de manera consciente o inconsciente, la estrategia de la revolución —la Guerra Popular— con el carácter de las revoluciones desarrolladas mediante la anterior —revolución democrático-popular—. De este modo, alegan, para defender la inaplicabilidad de la GPP en los países capitalistas desarrollados, que el campesinado no puede ser la fuerza motriz de la revolución o que no se puede cercar las ciudades desde el campo. Este tipo de argumentos se desacreditan por sí mismos: el carácter de la revolución pendiente en los Estados imperialistas es socialista y, por tanto, tanto la fuerza dirigente como la fuerza motriz de la misma solo puede ser el proletariado, y su centro, las áreas urbanas de estos países. Que en los países donde se aplicó (y aplica) la Guerra Popular el campesinado fuese (sea) la fuerza motriz de la revolución (que no la dirigente) y el centro de la misma lo fuese el campo, no fue por causa de la estrategia revolucionaria, de la propia GPP, sino de las condiciones de estos países (semifeudales y semicoloniales) y, por consiguiente, del carácter de la revolución pendiente en ellos.

Sin embargo, el principal argumento que suele exponer el revisionismo en su defensa de que la Guerra Popular no es aplicable en los centros imperialistas es que, según ellos, no es posible la generación de vacíos de poder del Estado burgués que puedan ser ocupados por el poder de las masas proletarias en armas. La falsedad de dicho argumento es fácilmente demostrable, pero antes mencionaremos a qué se debe en gran parte este argumento. Y es que el revisionismo alberga una concepción errónea del Nuevo Poder, considerando que este está conformado por territorios liberados e inexpugnables para los cuerpos armados de la burguesía que solo podrían ser creados, en consecuencia, en países donde existe un Estado débil con poca presencia y fuerza en las zonas rurales habitadas por las grandes masas campesinas, esto es, que solo podrían crearse en los países del denominado Tercer Mundo. Lejos de esto, el Nuevo Poder no se corresponde con dicha concepción, sino que se corresponde con las masas revolucionarias y, por tanto, tiene un carácter móvil y no vinculado de forma fija a un determinado territorio. En los propios países semifeudales y semicoloniales donde se ha desarrollado la Guerra Popular, el Nuevo Poder no tenía estas características que le atribuye el revisionismo hegemónico en el Movimiento Comunista, sino que tenía un carácter flexible y se expandía o contraía en función de las circunstancias. Basta recordar que en la propia revolución china los comunistas abandonaron hasta en dos ocasiones incluso el territorio donde se hallaba la capital de la China roja para volver a tomarla posteriormente: primero, en la segunda guerra civil revolucionaria, cuando abandonaron Jiangxi para emprender la Larga Marcha; y luego, cuando, en la tercera guerra civil, abandonaron Yenán, que era la capital revolucionaria desde la guerra de liberación nacional contra Japón. Además, los Partidos Comunistas que desarrollaron Guerra Popular en estos países no se limitaron solamente a las zonas rurales (aunque estas fuesen las áreas principales de actuación), sino que también actuaron en las ciudades.

En lo que respecta a la existencia de vacíos de poder en Estados imperialistas, existen numerosos ejemplos, tanto creados por movimientos políticos que levantaron un contrapoder como generados por las propias masas profundas del proletariado en sus rebeliones espontáneas.

Entre los primeros casos se puede citar el Movimiento Republicano Irlandés, formado por el Sinn Fein y el IRA, que, en los barrios de la comunidad nacionalista irlandesa de las ciudades norirlandesas de Belfast y Derry, así como en zonas rurales como South Armagh, fue capaz de crear un vacío de poder dentro del Estado británico y lo ocupó con un contrapoder nacionalista enfrentado al anterior desde finales de los años 60 hasta los años 90 del siglo pasado. Y, desde luego, el Reino Unido no es precisamente un país dependiente y semifeudal, sino que es una de las mayores potencias imperialistas. También en Estambul, la ciudad más importante de Turquía y con una población que supera los 10 millones de habitantes, el DHKP-C (Partido Revolucionario de Liberación Nacional-Frente) ha levantado en la actualidad una estructuras políticas enfrentadas al Estado burgués turco en distritos como Besiktas (un poder que ha provocado que la policía turca no pueda entrar con normalidad en algunos de sus barrios y que ha permitido que haya una verdadera lucha contra las inmobiliarias, los narcotraficantes y el Estado, los cuales intentan expulsar a las capas proletarias y populares de la zona). ¡Incluso el movimiento anarquista griego ha sido capaz de ello en el barrio ateniense de Exarchia! (lo cual constituye una triste muestra de la deplorable situación en la que se encuentra el movimiento comunista hegemonizado por el revisionismo, que no solo no es capaz de generar contrapoder alguno, sino que, en un ejercicio de ruptura con la realidad, niega hasta la posibilidad de que eso pueda ocurrir cuando existen varios ejemplos de ello actualmente).

En cuanto a los segundos (nos referimos a los vacíos de poder generados por explosiones espontáneas de las masas), cada cierto tiempo, en los barrios obreros de ciudades de los países imperialistas, estallan rebeliones espontáneas de masas que convierten a estos barrios de forma temporal en un territorio donde el control del aparato estatal de la burguesía queda seriamente limitado. Como ejemplos: los disturbios de Los Ángeles de 1992, las revueltas en las banlieues francesas de 2005, el agosto inglés de 2011, las rebeliones en las barriadas de Estocolmo en 2013, etc.

Lo que revelan todas las críticas del revisionismo a la universalidad de la Guerra Popular es la incapacidad de la mayoría del Movimiento Comunista para abandonar —y romper con— las limitaciones vigentes durante el Ciclo de Octubre (entre las cuales juega un papel fundamental y central la que hemos tratado en este texto, es decir, la concepción espontaneísta-economicista de la revolución), que nos han llevado a la situación de derrota en la cual nos encontramos actualmente. Frente a ello solo cabe desarrollar por parte de los marxistas-leninistas el Balance del Ciclo de Octubre y la lucha de dos líneas contra el revisionismo imperante en el movimiento para extraer la Línea General de la revolución proletaria y proseguir en el camino de la reconstitución ideológica y política del comunismo que permita poner en práctica la Guerra Popular en un país imperialista y abrir un nuevo Ciclo de la Revolución Proletaria Mundial.

                                                                                                          Revolución o Barbarie                                                                                               Octubre de 2014

Notas

[1] Sobre esto reflexionaba Lenin en un pasaje de su escrito Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática: “(…) todos nosotros contraponemos la revolución burguesa y la socialista, todos nosotros insistimos incondicionalmente en la necesidad de establecer una distinción rigurosa entre las mismas, pero ¿se puede negar que en la historia elementos aislados, particulares de una y otra revolución se entrelazan?¿Acaso la época de las revoluciones democráticas en Europa no registra una serie de movimientos y de tentativas socialistas?”.

[2] Decía Lenin en su obra El derecho de las naciones a la autodeterminación: “En la Europa continental, de Occidente, la época de las revoluciones democráticas burguesas abarcan un lapso bastante determinado, aproximadamente de 1789 a 1871. (…) En Europa Oriental y en Asia, la época de las revoluciones democráticas burguesas no comenzó hasta 1905”.

[3] Otra organización proveniente del campo pro-soviético que ha conservado cierta retórica “ortodoxa” e influencia entre las masas es el Partido Comunista Portugués. A este partido se le podría clasificar en una posición intermedia entre el sector del PIE y el sector encabezado por el KKE, aunque sus posiciones están más cerca del PIE que del KKE. El PCP, a diferencia del KKE y del sector encabezado por este, defiende una fase intermedia entre la democracia burguesa y el socialismo que denominan “democracia avanzada”. Asimismo, el PCP defiende la participación en el gobierno, cuestión que el KKE rechaza.

[4] http://es.kke.gr/es/articles/Los-comunistas-en-los-parlamentos-y-la-lucha-de-clases/

[5] Se puede leer aquí: http://esold.kke.gr/news/2008news/2008-12-resoution-cc/index.html

En ella también repiten un mantra común de las organizaciones derechistas: acusar a lo que está a su izquierda de trabajar para el Estado. Así refiriéndose a las “personas enmascaradas y encapuchadas” que participaban en los disturbios decían: “El núcleo de tales grupos se ha formado en las entrañas del estado, dentro y fuera de las fronteras de Grecia, en los gobiernos tanto de ND como del PASOK.”

[6] El TKP, partido vinculado al KKE, aunque con mucha menos fuerza que este, cuando el año pasado en Turquía estallaron también revueltas de masas por todo el país, se limitó a decir que aquello tampoco era una situación revolucionaria. Un miembro de su Comité Central decía en una entrevista a la pregunta de si existía una crisis revolucionaria: “No. Claramente es una explosión de una gran energía social. Es poderoso en amplitud y efecto, pero hay algunos criterios marxistas que definen una situación como revolucionaria, y estamos muy lejos de ella. Al menos por ahora…” http://lamanchaobrera.es/entrevista-a-kemal-okuyan-miembro-del-comite-central-del-partido-comunista-de-turquia-tkp/

[7] Como decíamos antes, estas organizaciones son también economicistas, cosa que queda clara en el Manifiesto-Programa del PCE(r): “Las luchas económicas o por mejoras inmediatas de los trabajadores son una de las formas más importantes que reviste la lucha de clases en la sociedad burguesa. El Partido tiene la misión de organizar, encabezar y dirigir estas luchas, por cuanto, además de contrarrestar la progresiva depauperación de las masas, contribuyen a elevar su conciencia y organizarlas para acabar con la explotación capitalista”.

[8] Lenin, en su discurso de clausura del I Congreso de la Komintern, en 1919, terminaba su intervención diciendo:

“La victoria de la revolución proletaria está asegurada. Ya se divisa la formación de la República Soviética Internacional”.

[9] En la obra La insurrección armada, de la Internacional Comunista, donde se exponen las concepciones vigentes en el MCI sobre el proceso revolucionario, se afirma:

“No son las acciones militares de una vanguardia lo que puede y debe suscitar la lucha activa de las masas por el poder; es el poderoso impulso revolucionario de las masas laboriosas lo que debe provocar las acciones militares de los destacamentos de vanguardia; éstos deben entrar en la acción (según un plan previamente bien estudiado en todos sus aspectos) impulsados por el aliento revolucionario de las masas”.

Como se puede comprobar, se deja al impulso espontáneo de las masas la posibilidad de realizar la revolución. Es a ellas (y no a su vanguardia fusionada con ellas) a quienes se les otorga la iniciativa en la realización de la revolución, lo que es una clara desviación espontaneísta. Es decir, según esta tesis, la vanguardia queda relegada a ir a la zaga del movimiento espontáneo de masas.

[10] Al mismo tiempo comienza a aplicarse también la Revolución de Nueva Democracia. Esto es, una revolución democrática de nuevo tipo dirigida por el proletariado en alianza con otras clases sociales (campesinado, pequeña burguesía y mediana burguesía o burguesía nacional) para la instauración de un Estado democrático popular en transición al socialismo. Este carácter de la revolución se debe al carácter de clase de la China de la época: semifeudal y semicolonial.

[11] Stalin y la IC, contrariamente a lo que preconizaba la línea revolucionaria del PCCh, dejaban la posibilidad de la creación de los soviets en China al desarrollo espontáneo de un auge revolucionario. Véase el artículo del revolucionario georgiano titulado Notas sobre temas de actualidad, escrito en julio de 1927.

[12] Si bien es cierto que el apelativo “popular” puede llevar a equívocos en los Estados en los que la única revolución pendiente es la proletaria (lo que no sucede, en general, en los países semicoloniales, en los cuales los Partidos Comunistas deben ponerse a la vanguardia de procesos revolucionarios que comiencen por la fase democrático-popular o de Nueva Democracia en transición al socialismo), la categoría de “Guerra Popular” es una fórmula de validez y estrategia universales para todo el proletariado revolucionario internacional, tal como venimos demostrando en este texto. Por ello, carece de sentido desechar la línea política y militar revolucionaria que postula la teoría de la Guerra Popular Prolongada con el argumento absurdo y reduccionista de que, por el hecho de que se denomina popular, sería una estrategia exclusivamente válida para los países oprimidos o semicoloniales, no así para los imperialistas o de mayoría obrera. En suma, la estrategia de la Guerra Popular Prolongada es la estrategia del proletariado revolucionario internacional, la única posible para derrotar a la burguesía.

[13] Esta cuestión se trata en el texto del Movimiento Anti-Imperialista (MAI) Octubre: lo viejo y lo nuevo: http://movimientoantiimperialista.net/Martinete/EM-20/Octubre.htm

[14] Tesis presente en la magistral obra de Lenin El Estado y la Revolución y confirmada en la práctica en todas las experiencias de dictadura del proletariado que han existido desde la primera de ellas: la Comuna de París.

[15] En la guerra de guerrillas no existe vinculación entre las fuerzas guerrilleras y una posición física determinada, sino que estas tienen un carácter completamente móvil. En la guerra de movimientos ya existe un cierto lazo entre los destacamentos armados y determinados espacios físicos, aunque continúa primando el carácter móvil de las fuerzas revolucionarias, mientras que ya en la guerra de posiciones existe una defensa de territorios fijos al darse esta cuando las bases revolucionarias están consolidadas.

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