Nacionalismo y bolchevismo

EL DEBATE DE 1913 SOBRE LA CUESTIÓN NACIONAL EN LA SOCIALDEMOCRACIA DE RUSIA.

El 28 de noviembre de 1912, era inaugurada en San Petersburgo la IV Duma de Estado. Estaba dominada por los diputados ultrarreaccionarios y octubristas (ala derechista del liberalismo), mientras que la socialdemocracia estaba representada por 14 diputados, 6 de ellos bolcheviques. La revolución atravesaba una mala época. Sin embargo, desde la primavera de ese mismo año, se había empezado a atisbar un rayo de esperanza gracias al giro ascensional que la matanza del Lena había estimulado en el indignado movimiento obrero. A la vez, la etapa dorada de la contrarrevolución (1907-191l), representada en el plano personal por el presidente del Consejo de Ministros, P. A. Stolipin, y en el institucional por la III Duma, desaparecía casi al mismo tiempo que sus símbolos: Stolipin asesinado en la Ópera de Kiev por el eserista Bogrov, el 1 de septiembre de 1911, y la III Duma dando por terminada su legislatura -de manera inusitada y sin que sirviera de precedente- sin la ayuda de los sables de los oficiales del zar, el 22 de junio del siguiente año. A partir de aquí, una serie de circunstancias nuevas, sobre todo de carácter político, como el vertiginoso giro de las relaciones internacionales hacia la guerra, pero más aún las relacionadas con el desarrollo del proletariado como clase revolucionaria, permitirán incluir algunos ingredientes que serán definitivos en el futuro inmediato de la historia de Rusia. Entre ellos, el más importante, la Reconstitución del partido proletario revolucionario.

La actividad de la vanguardia de la clase obrera rusa se había visto intensificada desde que, en enero de 1912, la Conferencia bolchevique incitada por Lenin y celebrada en Praga había aprobado un plan para la Reconstitución del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR), cuya finalidad era romper con el oportunismo liquidacionista, recuperar la correcta línea política proletaria y reorganizar en tomo a ella a la clase obrera de Rusia. Uno de los aspectos de la multifacética actividad que implicaba el cumplimiento de esa tarea era, naturalmente, la correcta labor de propaganda revolucionaria, labor que, si de por sí ya acarrea dificultades -y más en las condiciones de la Rusia autocrática-, puede sufrir ciertas perturbaciones si se desarrolla en un entorno hostil o, cuando menos, ajeno a la clase obrera como el parlamentario.

Ciertamente, la política de alianzas en el parlamento, si no se aplica con rígido criterio marxista, puede conducir por el cenagoso camino del oportunismo. Y esto fue en lo que, precisamente, incurrieron los seis parlamentarios bolcheviques de la IV Duma en lo tocante a la cuestión nacional, cuando, el 20 de noviembre, el Grupo Socialdemócrata (bolcheviques y mencheviques) leyó ante la cámara su Declaración política. En ella -no sin una reñida lucha en el seno del grupo-, los bolcheviques lograron introducir casi todos los puntos principales del programa mínimo del POSDR aprobado en 1903. Sin embargo, los mencheviques consiguieron que en el tema nacional no figurase la reivindicación del derecho de las naciones a la autodeterminación de aquel programa, sino la de autonomía nacional cultural.

El mismo día 20, Lenin escribe una carta a Stalin y Malinovski (representante del Comité Central en el Buró de Rusia y diputado en la Duma, respectivamente) mostrando su indignación por el silencio de los diputados bolcheviques ante aquel hecho y solicitando que los seis estuviesen presentes en la próxima reunión del Comité Central (que se celebraría en Cracovia, entre los días 8 y 14 de enero de 1913, y que se denominaría de febrero por cuestiones de clandestinidad) ([1]). Desde luego, los diputados bolcheviques habían infringido una de las reglas de oro de la táctica comunista: habían sacrificado un principio político programático a la unidad de acción con fuerzas no proletarias. La Reunión de Cracovia, sin embargo, subsanó este error señalando que para “un partido proletario son inadmisibles las concesiones a los ánimos nacionalistas, incluso en esa forma disimulada” (se refiere a la consigna de autonomía nacional cultural) ([2]).  En cualquier caso, la polémica estaba servida.

Antecedentes

En todo momento, el partido de los socialdemócratas de Rusia no sólo tuvo ante sí planteada la cuestión nacional, sino también la lucha entre la línea nacionalista, burguesa, y la internacionalista o proletaria. Ya desde su misma fundación -en el Congreso de Mitisk, en 1898-, los marxistas rusos demostraron su sensibilidad ante el problema bautizando a su nueva organización como partido de Rusia, y no ruso, conel fin de propiciar en su seno 1a unidad de clase proletaria de los obreros por encima de su nacionalidad y de declarar manifiestamente su oposición ante cualquier intento de convertirlo en un instrumento del chovinismo nacionalista gran ruso.

En 1903, en su II Congreso, sin embargo, el nacionalismo se manifestó, y no sólo en versión rusófila. Algunos socialdemócratas polacos propusieron retirar la reivindicación de autodeterminación nacional del proyecto de programa que se estaba discutiendo y sustituirla por la autonomía, pues aquélla propiciaría la separación de Polonia de Rusia y de sus respectivos destacamentos proletarios, con lo que no estaban de acuerdo. La propuesta fue rechazada; pero esta idea, que bajo el ropaje internacionalista esconde los intereses nacionalistas de la nación opresora, no fue erradicada, ni mucho menos, de la socialdemocracia de Rusia, a pesar de que los polacos se retiraron del Congreso.

El ataque principal, empero, provino de las filas de la socialdemocracia judía (Bund) que, por un lado, sin cuestionar directamente el artículo 9 del Programa -en el que figuraba la demanda del derecho de las naciones a la autodeterminación-, pretendió añadirle una frase en el sentido de “crear instituciones que garanticen el libre desarrollo de las nacionalidades”. es decir, pretendió introducir de modo encubierto la autonomía nacional cultural en el Programa del POSDR ([3]). El objetivo del Bund consistía en que el Programa socialdemócrata contemplase la reivindicación de la igualdad entre las lenguas, que era a lo que realmente se reducían sus demandas; pero se encontraron con la firme oposición de los iskristas consecuentes, quienes insistieron en la necesidad de que el Programa pusiera el acento en la solución radical del problema, que pasaba por el reconocimiento de la igualdad entre las naciones y su derecho a la autodeterminación. Es curioso señalar que fue, precisamente, el debate sobre este punto lo que produjo en el seno del iskrismo la primera fisura, cuando algunos seguidores de la vieja Iskra apoyaron las propuestas del Bund ([4]), fisura que derivaría, como se sabe, en la división del iskrismo (marxismo revolucionario ruso) en bolcheviques  y mencheviques; aunque, como también se sabe, no fue determinante para ello esta desavenencia como la que se dio en el debate sobre el artículo 1º de los Estatutos. Por otro lado, el Bund exigió en el Congreso ser reconocido como el único representante del proletariado judío, lo cual traslucía una concepción federalista de la organización del partido e implicaba una división del proletariado de Rusia por nacionalidades. Las propuestas de los socialdemócratas judíos fueron rechazadas, triunfando las internacionalistas y centralistas, y el Bund abandonó el Congreso y el POSDR. A partir de este momento, en cada resurgimiento de la polémica, el problema nacional aparecerá vinculado y mezclado con la cuestión del modelo organizativo del partido.

En 1903, por tanto, quedaban establecidos los elementos fundamentales de la líneapolítica proletaria en la cuestión nacional a través del reconocimiento de la plena igualdad de derechos de todos los ciudadanos, sin importar el sexo, la religión, la raza, ni la nacionalidad, del derecho a una amplia autonomía regional que contemplase la autogestión y la autoadministración local, del derecho de todas las naciones a la autodeterminación y declarando la vocación internacionalista de la clase obrera en su lucha contra el capitalismo. Desde luego, de todos estos puntos, el que separa verdaderamente una línea revolucionaria de otra oportunista es el que se refiere al derecho de las naciones a la autodeterminación. No en vano será que las futuras polémicas se centrarán en consideraciones acerca del reconocimiento o no de este derecho.

La revolución de 1905 despertó a la burguesía de Rusia para la política y para el nacionalismo. El carácter revolucionario de los movimientos de liberación nacional dirigidos contra el rígido centralismo autocrático era compensado por el recrudecimiento del chovinismo gran ruso y del estrecho nacionalismo local. Surgieron partidos burgueses y pequeñoburgueses con planteamientos sobre el problema nacional que hablaban de independencia o de autonomía; pero todos ellos, o bien se limitaban a reclamar los derechos de su nación, olvidando la situación de los otros pueblos oprimidos por el imperialismo zarista, o bien realzaban la unidad entre las clases para la realización de la causa nacional (con lo que separaban al proletariado del país de otros destacamentos nacionales de la clase y lo ponían a la cola de su burguesía nacional), o bien, ambas cosas a la vez, como era el caso destacado del Bund y del Partido Socialista Polaco de Pilsudski, por ejemplo.

Pero la mayor potencia actuante durante la Primera Revolución rusa fue el proletariado. El carácter social del movimiento, aunque los vivificó, oscureció y dejó en un segundo plano a los movimientos nacionales. Tanto es así que la toma de conciencia, por parte de las bases obreras, de la necesidad de fuertes instrumentos políticos de clase obligó en aquellos momentos a los dirigentes nacionalistas del movimiento obrero a someterse a la corriente unificadora y a solicitar su reingreso en el POSDR. Hecho que tuvo lugar en el IV Congreso de este partido, celebrado en Estocolmo en 1906, donde formalizaron su entrada la Socialdemocracia del Reino de Polonia y de Lituania (SDRPL), el Partido Obrero Socialdemócrata de Letonia (POSDL), la Unión General Obrera Hebrea de Lituania, Polonia y Rusia (Bund) y el Partido Obrero Socialdemócrata de Ucrania (POSDU). Si exceptuamos las condiciones y los términos del ingreso de estas organizaciones ([5]), en el llamado Congreso de Unificación -pues, aparte de los nacionalistas, en él confluyeron las dos principales corrientes políticas del socialismo ruso de la época, bolcheviques y mencheviques-, no se suscitó ninguna polémica de interés en torno a la cuestión nacional. De tal modo pasó desapercibido este asunto en un momento tan crucial de la historia del movimiento de liberación en Rusia, cuando se estaba realizando el balance y diseñando la táctica a seguir en una etapa de efervescencia revolucionaria de las masas .

Naturalmente, esto redundó a la larga en los resultados de aquel Congreso, pues si la unificación de las dos líneas políticas fundamentales fue sólo formal, y cada una de ellas continuó en adelante aplicando en la práctica sus diferentes concepciones tácticas, asimismo las organizaciones nacionales jamás asumieron del todo la línea original del POSDR acerca del problema nacional y acerca de sus implicaciones en materia de organización partidaria, con lo que en el período entre 1906 y 1912 su comportamiento dio lugar a lo que Lenin denominó “federación del peor tipo”; es decir, su actuación política, de hecho, separada, al margen del POSDR, aunque formalmente formasen parte de él. Ni siquiera resoluciones como la de la V Conferencia, celebrada en París en diciembre de 1908, que ratificaba la tesis de unidad desde abajo de todos los obreros socialdemócratas independientemente de su nacionalidad del Congreso de 1906, y que expresaba el rechazo a un nuevo asalto del Bund en forma de propuesta federalista (división de los obreros dentro del partido por nacionalidades), consiguieron reorientar y neutralizar las tendencias centrífugas alimentadas por el nacionalismo que, a la sazón, se unían a la corriente liquidacionista que en este mismo período estaba sumiendo al partido en un profunda crisis. A la altura de 1912, Lenin describía el desolado panorama organizativo interno del POSDR en los siguientes términos:

“La separación total de los socialdemócratas letones, polacos y judíos (Bund) es un hecho.Cualquier socialdemócrata polaco sabe que en Polonia no ha habido ni hay nada que se parezca a la unidad con el Bund. Lo mismo ocurre con los rusos y el Bund, etc. Los ‘nacionales’ tienen sus organizaciones específicas, sus instancias centrales, sus congresos, etc. Los rusos no los tienen, y su C.C. no puede resolver los asuntos rusos sin la participación de los bundistas, los polacos y los letones, que no conocen las cuestiones rusas y que luchan entre sí.

Esto es un hecho. No hay improperio que lo pueda borrar. A partir de 1907 todos en nuestro Partido lo han visto. Todos han notado la falsedad de esta situación. Nuestra Conferencia (se refiere a la de Praga) bautizó esto como ‘federación del peor tipo’.

Todos los socialdemócratas honestos y sinceros deben dar la respuesta pertinente a tal planteamiento del problema.

Que este planteamiento es acertado lo confirmó de la manera más convincente la Conferencia de agosto, la cual, según reconoce hasta Plejánov, ‘adaptó el socialismo al nacionalismo’ con su decantada resolución sobre la autonomía ‘nacional cultural’.

Tanto el Bund como la Directiva Principal de Tyszka juran por todos los santos que son partidarios de la unidad, pero enVarsovia, en Lodz, etc., ¡¡impera entre ellos la división más completa!!

El nexo entre el ‘problema de los liquidadores’ y el ‘problema nacional’ no lo hemos inventado nosotros, lo ha puesto al descubierto la propia vida.

Que todos los socialdemócratas que piensen con rigor se planteen y examinen también el ‘problema nacional’. ¿Federación o unidad? ¿Federación para las ‘nacionalidades’ con centros separados y sin un centro separado para los rusos, o unidad completa? ¿Unidad nominal con una división (o separación) de hecho de las organizaciones locales del Bund o unidad de hecho de arriba abajo?.

El que piense que puede sustraerse a estos problemas se equivoca lastimosamente. El que espere un simple restablecimiento de la ‘federación del peor tipo’, la de 1907 a 1911, se engaña a sí mismo y a los demás. Restablecer esa federación es cosa ya imposible.Ese engendro no resucitará ya. El Partido se ha distanciado de él para siempre.

¿En qué dirección? ¿Hacia la federación ‘austríaca’? ¿O bien hacia la renuncia completa a la federación, hacia la unidad de hecho? Nosotros optamos por lo segundo. Somos enemigos de ‘adaptar el socialismo al nacionalismo’.

Instamos a todos a reflexionar sobre los múltiples aspectos del problema y a tomar una decisión definitiva” ([6]).

Lo que los Estatutos del POSDR describían como una organización única, había degenerado en una situación en la que las organizaciones nacionales operaban sin tener en cuenta al centro y en la que el centro no podía operar sin tener en cuenta a las organizaciones nacionales; una situación en la que las minorías nacionales dentro del partido actuaban sin los rusos y en la que los rusos no podían actuar sin el concurso de las minorías nacionales. El organigrama concebido desde el centralismo democrático había derivado en una federación de hecho que, por ser producto de iniciativas unilaterales, rompía incluso con uno de los principios básicos del federalismo, la igualdad entre los miembros concurrentes, y había dado lugar a algo todavía peor en una organización proletaria, la peor federación posible, la “federación del peor tipo”, una organización asimétrica y desequilibrada que, en lugar de aunar y hacer confluir los esfuerzos de los obreros, los dispersaba; que, en lugar de recoger y cultivar la vocación internacionalista de la causa proletaria, la fragmentaba sometiéndola a los mezquinos y egoístas intereses de las burguesías nacionales.

Otro de los rasgos que dibujan la situación del movimiento obrero de Rusia hacia 1912 -además de la total escisión entre las dos corrientes políticas principales de la socialdemocracia que se había formalizado en enero de ese año-, y que Lenin señala en esta cita, es la confluencia del nacionalismo con el liquidacionismo. En agosto, todos los grupos antibolcheviques (mencheviques, nacionalistas, otzovistas y trotskistas) se reunieron en Viena en conferencia para configurar una plataforma política que poder enfrentar a la Conferencia bolchevique-leninista de Praga. Aparte de acordar una línea absolutamente oportunista y antipartido, el llamado Bloque de agosto aprobó una resolución por la que se decantaba -aunque no de una manera franca y abierta- por la autonomía nacional cultural como vía de solución del problema nacional, una resolución que “adaptó el socialismo al nacionalismo” ([7]). De esta forma, quedaban perfiladas las dos líneas del movimiento obrero de Rusia, y, en lo tocante a la cuestión nacional, quedaban delimitados los términos en que cada una de ellas solucionaba esa cuestión y, naturalmente, el carácter y la naturaleza política, de clase, con que cada una de ellas encajaba de una forma coherente en cada una de aquellas dos líneas: la autonomía nacional cultural, en un marco programático de índole reformista, conciliador con las circunstancias socio-políticas por las que atravesaba Rusia en aquellos momentos y que define una línea federalista en la construcción del partido; y el derecho a la autodeterminación, en conexión con una línea revolucionaria, de subversión del estado de cosas existente a todos los niveles y que persigue la unidad de todos los obreros conscientes en sus organizaciones de clase. Es sobre este clarificador deslindamiento de los campos ideológico-políticos que Lenin reclama una reflexión de “todos los socialdemócratas que piensen con rigor (para que) se planteen y examinen también el problema nacional” e insta a “tomar una decisión definitiva”.

La revolución de 1905 había despertado el nacionalismo de toda índole en Rusia y la contrarrevolución de 1907, la apostasía. Muchos viejos marxistas se refugiaron en las diferentes variedades del conformismo: nacionalismo, reformismo y legalismo, de modo que preservar y defender la correcta línea revolucionaria implicaba una dura labor de propaganda y organización. Toda esta labor la realizaron los bolcheviques en torno a la Conferencia de enero. En otoño -según la cita que hemos transcrito-, Lenin llamaba a la reflexión de los obreros socialistas. Pero en el invierno, tras la declaración delos diputados socialdemócratas, ve que todo el trabajo de consolidación del programa revolucionario, de preservación monolítica del conjunto de los principios del proletariado, corría peligro en su totalidad porque desde dentro mismo del bolchevismo se había dejado entrar al oportunismo abriendo la puerta del nacionalismo. En una cuestión que, a primera vista, no es esencial desde la perspectiva del programa revolucionario (pues la cuestión nacional y, en concreto, el reconocimiento y aplicación del derecho de autodeterminación se deben suponer incluidos dentro de otra reivindicación más genérica como la de república democrática) ([8]), Lenin y otros dirigentes bolcheviques tuvieron que tomar especiales medidas y emplearse a fondo. De hecho, los principales aportes de Lenin y el bolchevismo de cara al esclarecimiento del problema nacional desde un punto de vista marxista, en su manifestación, por así decirlo, clásica, anterior a 1914, los realizan precisamente en esta polémica de 1913-1914.


Notas:

[1] LENIN, V.I.: Obras Completas. Ed. Progreso. Moscú, 1987. 5ª edición. Tomo 48, págs. 153 y 154.

[2] LENIN, V.I.: oc., T. 22, P. 275.

[3] LENIN, V.I.: Oc., t. 24, p. 332.

[4] LENIN, V.I.: Oc., t. 8, p. 50.

[5] Por ejemplo, el primer punto del protocolo de unificacióndel Bund con el POSDR admitía que aquél era “una organización del proletariado judío nolimitada en su actividad por los marcos regionales”. Naturalmente, este esquema no se sometía al criterio leninista de organización del partido. El propio Lenin indicaque ese acuerdo no fue sinouna “transacción del Congreso de Estocolmo” que trajo como consecuencia la destrucción “de la vida del Partido” (LENIN, V.I.:OC., t. 24, p. 399). El aspecto positivo de aquella “transacción”consistía en que el Bund “se pronunció por la unidad a nivel local de todos los obreros marxistas de cualquier nacionalidad. Esta condición no fue cumplida por los bundistas (…) (LENIN, V.I.: OC., t. 23, p. 128).

[6] LENIN, V.I.: OC., t. 22, págs. 240 y 241.

[7] “Como fue reconocido incluso por el menchevique neutral Plejánov, la Conferencia de los liquidadores de Agosto de 1912 infringió el Programa del POSDR en el espíritu de ‘la adaptación del socialismo al nacionalismo’.

En efecto, a propuesta de los bundistas, esta conferencia admitió la consigna de la ‘autonomía nacional cultural’, a despecho de la decisión del II Congreso del Partido” (Ibídem, p. 220).

A pesar de la forma oscura y retorcida, atravesada por un eclecticismo de la mejor escuela, la Conferencia de agosto que, “sin pronunciarse acerca del fondo de esta reivindicación” (la autonomía nacional cultural), sin embargo, hacía “constar que tal interpretación del punto del programa en que se reconoce a cada nacionalidad el derecho de autodeterminación, no va en contra del sentido preciso de dicho programa” (Cfr. STALIN, J.: Obras. Ed. Vanguardia Obrera, Madrid, 1984. Torno II, p. 376), no pudo disimular ni su hipócrita renuncia al programa marxista también en este punto, ni la verdadera intención de los liquidadores y centristas de, en palabras de Stalin, “bailarle el agua al Bund y a los nacional-liquidadores caucasianos” (Ibídem, p. 383).

[8] Lo cual, tal y como se dieron las circunstancias, distó mucho de ser así. El propio Lenin reconocía en 1916, en su Balance del debate sobre la autodeterminación, que “la reivindicación de autodeterminación de las naciones ha desempeñado enla agitación de nuestro Partido un papel no metros importante que, por ejemplo, el armamento del pueblo, la separación de la Iglesia y el Estado, la elección de los funcionarios por el pueblo y otros puntos calificados de ‘utópicos’ por los filisteos. Por el contrario, la animación de los movimientos nacionales después de 1905 suscitó también lógicamente una animación de nuestra agitación: una serie de artículos en 1912-1913 y la resolución aprobada por nuestro partido en 1913, que dio una definición exacta y ‘antikautskiana’ (es decir, intransigente con el reconocimiento puramente verbal) de la esencia de la cuestión” (LENIN. V.I.: OC., t. 30, p. 59).

El austromarxismo

El verdadero origen del problema, la formulación de la tesis sobre la autonomía nacional cultural, en realidad, fue obra del Partido Socialdemócrata de Austria (SPÖ). Fundado en 1888 en Hainfeld sobre unas bases ideológicas inspiradas más en la conciliación entre corrientes (radicales, de influencia anarquista, y moderados, de orientación marxista) que en la pureza de los principios, a la larga no pudo evitar reflejar en su política la situación del multinacional Estado de los Habsburgo. En 1897, en el Congreso de Wiemberg, el SPÖ sustituyó la unidad orgánica del partido por una alianza federal de 6 grupos socialdemócratas nacionales (alemán, checo, polaco, ruteno, italiano y yugoslavo). Sólo les unía un Congreso común y una Directiva Central para todos. Dos años después, en Brünn, por un lado, fue aprobado un ambiguo programa sobre las nacionalidades que realmente expresaba un compromiso, “insatisfactorio desde el punto de vista del internacionalismo” -como diría Lenin ([1])-, entre las diversas corrientes del SPÖ, sobre todo entre los que allí llevaron una propuesta de completa autonomía nacional cultural el grupo yugoslavo- y quienes, como V. Adler, utilizaron su prestigio y presionaron en favor de la autonomía territorial, compromiso que preveía la transformación de Austria en un Estado con regiones autónomas nacionales, pero donde las minorías ubicadas en otros territorios podían formar Uniones (Verbanden) con el resto de las comunidades de su nacionalidad, de manera que puede decirse que el programa de Brünn diseña un Estado de tipo federal con autonomía nacional y cultural. Por otro lado, en lo referente a la estructura del partido, en este Congreso aquella Directiva Central fue transformada en órgano federal integrado por los comités ejecutivos de los partidos socialdemócratas nacionales. Hacia 191 1, el SPÖ no existía. Como dirá Stalin después: “El federalismo en la organización alberga en su seno elementos de descomposición y de separatismo” ([2]). El federalismo organizativo liquidó al SPÖ. Como la “idea de la autonomía nacional sienta las premisas psicológicas para la división del partido obrero unido en diversos partidos organizados por nacionalidades” ([3]), y como “la autonomía nacional conduce al nacionalismo” ([4]), que se traduce en federalismo y después en separatismo en lo referente a la organización del movimiento obrero -como demostraba fehacientemente la experiencia austríaca-, no debe extrañarnos que Lenin diese la voz de alarma en el mismísimo instante en que la idea de autonomía nacional cultural fue introducida en el discurso bolchevique por algunos de sus dirigentes. El liquidacionismo, contra el que tanto había luchado Lenin desde 1906 (primero como congreso obrero, luego como legalismo y otzovismo y después como unidad fraccional), se presentaba ahora en la forma de nacionalismo apenas disimulado.

La tesis de autonomía nacional cultural ocupó un puesto destacado dentro del acervo teórico-político de la escuela revisionista de pensamiento socialista conocida como austromarxismo, formada por intelectuales vinculados al SPÖ. Uno de los principales y de los primeros en plantear teóricamente la fórmula de autonomía nacional cultural fue Karl Renner. Pero en lo que más centró su atención este dirigente socialdemócrata fue en el desarrollo de su Sociología del Derecho, de cuyos planteamientos bebió la práctica política del SPÖ. Según Renner, el Estado no es un órgano de opresión de clase, sino un poder ordenador y moderador; no se contrapone, tampoco, a la sociedad civil, como indicara Hegel, sino que, por el contrario, es su órgano más caracterizado, por lo que podía ser eventualmente utilizado al servicio de la clase obrera. Además de rechazar el método de destrucción del Estado, Renner niega esta vía también en la esfera de la economía: para él, el desarrollo experimentado por el capitalismo tras la muerte de Marx había provocado la separación entre propiedad y fuerza ejecutiva, de manera que el propio capital prepara por sí mismo la socialización de la propiedad. Desde estos planteamientos, Renner niega el antagonismo entre burguesía y proletariado, la polarización de la lucha de clases y, en consecuencia, la necesidad de destruir el Estado. Por el contrario, según él, “el Estado será la palanca del socialismo”, y la lucha por la realización de este principio debía llevarse a cabo sin violencia, no como lucha entre poderes, sino como “pugna de derecho”.

El revisionismo alemán de corte bernsteiniano apenas influyó en el SPÖ. Tampoco hacía falta. La defección del marxismo de la teoría que inspiraba la política de la socialdemocracia austríaca era abierta y las consecuencias para la revolución en aquel país, previsibles. Víctor Adler, fundador del partido y uno de sus principales dirigentes históricos, definió de manera paradigmática la posición del austromarxisino hacia la revolución (posición que jamás pudo conciliar teoría y acción, lo cual, si en Renner condujo al ensalzamiento de la voluntad a la vez que profesaba un profundo pesimismo sobre la posibilidad de trasformar la realidad, en Bauer y el propio Adler llevó a la pasividad subjetiva frente al desarrollo de los acontecimientos, al puro pragmatismo posibilista) ante el 1 Congreso de la Internacional Socialista, celebrado en París en 1889, en los siguientes términos:

“En la hora última, cuando el orden social capitalista se hunda -y se hundirá por sí mismo, sin que haya que ayudarlo, por decir así-, el destino del proletariado se decidirá según el grado de desarrollo espiritual que haya alcanzado. Tenemos menos influencia en la llegada de este momento de lo que nosotros mismos nos concedemos, mucho menos de los que nuestros adversarios temen… Pero una cosa está ennuestro poder: prepararnos para ese momento… Estar preparados; eso es todo” ([5]).

No comment.

El verdadero teórico de la autonomía nacional cultural, sin embargo, fue Otto Bauer, que continuó y profundizó los planteamientos de Renner principalmente con su obra, publicada en 1907, El problema de las nacionalidades y la socialdemocracia. Bauer estaba convencido de que la tendencia al mantenimiento del espacio económico único que representaba el Estado austro-húngaro era más fuerte que las fuerzas centrífugas nacionalistas, que se neutralizaban entre sí. Por eso, para Bauer, el capitalismo moderno organizaría las relaciones internacionales desde Estados imperialistas plurinacionales con relaciones de dominio internas, lejos del ideal del Estado-nación independiente que, para él, la burguesía había traicionado. Por ello, según Bauer, la clase trabajadora debía recoger el testigo y contraponer a la política de la burguesía una “política nacional evolucionista”. De hecho, en esto consiste la revisión baueriana del marxismo, en su derivación histórica de la nacionalidad, en convertirla en el eje y motivo del desarrollo histórico ([6]). Bauer no cree en la extinción de la nación como categoría histórica producto de la sociedad de clases ([7]). Al contrario, si alguna formación social sobrevivirá a la extinción de las clases, esa será la nación, pues el principio de las nacionalidades sólo podrá realizarse en el socialismo. Desde esta idea, Bauer organiza el plan de estructura federal supranacional socialista de los Estados Unidos de Europa, donde, gracias a la desaparición del dominio extranjero y de la competencia capitalista, no se darían ya conflictos nacionales de importancia.

El esquema evolucionista con el que Bauer historia el desenvolvimiento de la nación responde completamente al modelo dialéctico hegeliano. La nación, en un primer momento, conforma una unidad en la primitiva sociedad comunista. En el período de aparición de la propiedad privada y de las clases, esa unidad se desmembra formando culturas particulares. Con el capitalismo, tiene lugar unproceso de integración en sentido inverso que afecta a las clases dominantes y excluye a las masas populares. En esta época se va formando la comunidad de destino, que no significa igualdad de clases, sinola común participación en la producción y en la división del trabajo, donde el lenguaje común, sin ser por ello la garantía de la unidad nacional, se convierte en el instrumento de la comunidad. Del desarrollo de la comunidad de destino surge la comunidad de carácter, que trasciende los límites de las clases y que constituye el contenido específico de la nación. Para Bauer, por tanto, la nación no es una suma de individuos, como defiende el liberalismo, sino un producto histórico resultado de específicas condiciones sociales. Después de este despliegue histórico por el que la idea de nación toma cuerpo social (el Dasein hegeliano), tiene lugar el tercer y último momento del movimiento: el volver-a-sí-misnio, la realización de la nación en el socialismo, una vez superadas las contradicciones de clase y toda vez que la nación por finpuede manifestarse como comunidad de voluntades con una identidad interna.

Evidentemente, Bauer no sólo identifica emancipación nacional con emancipación social, sino que suplanta el verdadero sentido y significado marxista de la lucha de clases: la liberación de la humanidad de la explotación, la opresión, la guerra, etc. Todo queda reducido a la liberación de las naciones. La emancipación de las trabas de las sociedad de clases -que encadenan al individuo como sujeto soberano, libre y societario- en el comunismo, es sustituida aquí por la imposición de un solo modo de organización colectiva que, lejos de abrir las fronteras y los horizontes humanos, los encajona y cercena. Pero igual que el modelo que guió las lucubraciones de Bauer -el Imperio austro-húngaro- apenas duró una década desde la publicación de El problema de las nacionalidades, así la experiencia histórica ha demostrado y sigue demostrando no sólo que el principio nacional puede realizarse perfectamente bajo el capitalismo (ver, por ejemplo, la herencia de la URSS, Checoslovaquia, etc., que se dividieron en diferentes Estados nacionales), sino que continúa generando guerra y, sobre todo, que su desarrollo no conduce al socialismo, sino que engendra más y más capitalismo.

Tergiversando el principio internacionalista defendido por Marx y Engels en su famoso Manifiesto, Bauer aseguró que el proletariado representa la auténtica clase nacional, la única que, como clase excluida del goce de todos los bienes culturales nacionales y como única clase completamente liberada del nacionalismo burgués, puede realizar plenamente las fuerzas espirituales y culturales de la nación. Como, por otra parte, lejos de confiar en la capacidad transformadora de la actividad consciente del proletariado, depositaba sus esperanzas en el desarrollo económico, que por sí solo iría moldeando las condiciones del socialismo, Bauer veía en la consigna de autonomía nacional cultural un primer paso en la dirección de la realización de la comunidad nacional, dentro del capitalismo, sin la necesidad de cuestionar sus estructuras políticas ni sus relaciones sociales, puesto que -siguiendo a Renner- si la nación es más una comunidad espiritual cultural que una comunidad material, en este ámbito pueden separarse perfectamente las tareas generales del Estado (política económica, defensa y asuntos exteriores, principalmente) de los temas culturales, de modo que podrían crearse unidades de autoadministración nacional, reduciendo la cuestión nacional a su núcleo cultural. De esta manera, las nacionalidades se convertirían en corporaciones de derecho público, basadas en el principio personal (no territorial), y, en su conjunto, el Estado configuraría una estructura unitaria descentralizada con administración autónoma nacional (no local), sin alcanzar el federalismo en sentido estricto. En otras palabras, las instituciones nacionales del Estado legislarían y aplicarían normas en materia cultural (lengua, enseñanza, etc.) imputables a los individuos en función de su nacionalidad, independientemente del lugar en que vivan dentro del territorio de ese Estado y de que allí exista o no una comunidad nacional dada. Como el disfrute de los derechos nacionales es personal, basta con que exista un solo individuo de determinada nacionalidad en determinado territorio para que allí rija la legislación nacional-cultural de la comunidad a la que pertenece. Naturalmente, esto es absurdo. Por eso, incluso el Congreso de Brünn, que abrió las puertas al programa de autonomía nacional cultural, estableció un límite territorial al principio personal ([8]).

Para terminar este repaso de las tesis principales del austromarxisino sobre la cuestión nacional, transcribimos la valoración general que hace Lenin de la obra de Otto Bauer:

“Con frecuencia se justifica la consigna de ‘autonomía nacional cultural’ haciendo referencia a Austria. En lo que atañe a esa referencia, debe tenerse en cuenta (…) que hasta un publicista tan prudente como K. Kautsky (…) ha admitido que el punto de vista del principal teórico austríaco del problema nacional, Otto Bauer (…), constituye una exageración del elemento nacional y una terrible subestimación del elemento internacional” ([9]).


Notas:

[1] LENIN, V. I.: OC., t. 23, p. 222

[2] STALIN, J.: Op. cit., p. 365

[3] Ibídem. p. 352

[4] Ibídem. p. 358

[5] Cfr. FETSCHER, I.: Socialismo. De. Luis de Carlat. Barcelona, 1971; p. 229

[6] Como diría Stalin: “Por eso. precisamente, la política llamada ‘evolutivo-nacional’, propuesta por Bauer, no puede ser la política del proletariado. El intento de Bauer de identificar su política ‘evolutivo-nacional’ con la política ‘de la clase obrera moderna’ es un intento de adaptar la lucha de clase de los obreros a la lucha de naciones” (STALIN, J.: Op. cit., págs. 331 y 332)

[7] “El objetivo del socialismo no consiste sólo en acabar con el fraccionamiento de la humanidad en Estados pequeños y con, todo aislamiento de las naciones, no consiste sólo en acercar a las naciones, sino también en fundirlas” (LENIN, V.I.: OC., t. 27. p. 268)

[8] Ver LENIN, V.I.: OC., t. 24, págs, 330 y 331, donde Lenin, ante la “muy extendida errónea opinión de que en dicho congreso se adoptó la denominada ‘autonomía cultural-nacional'” en sentido puro, subraya y destaca el ingrediente territorialista introducido en elpunto 3 del programa aprobado en Brünn, que amortiguaba las consecuencias extremas del principio de autonomía nacional cultural, circunstancia ésta sobre la que insiste para refutar a los principales alumnos enRusia de la escuela austríaca, el Bund, que no tenía en cuenta para nada el factor territorial (ídem en OC., t. 23, p. 222). Ver también, STAlIN, J.: op. cit., p. 343, donde, por el contrario y como corresponde a una crítica general del programa de autonomía nacional austríaco, Stalin minimiza la importancia de las “huellas de ‘territorialismo'” que aparecenen aquel programa y lo juzga como modelo de “la formulación de la autonomía nacional”.

[9] LENIN, V. I.: OC., t. 23, p. 222

La crítica de Stalin

Tras la reunión de Cracovia del C.C., Josif V. Stalin no regresó para cruzar la frontera rusa con sus camaradas que trabajaban enel interior. Al contrario, se alejó de ella, dirigiendo sus pasos hacia Viena. Lenin lehabía encargado personalmente la elaboración de un trabajo que contuviese de una manera sistematizada el punto de vista marxista sobre la cuestión nacional y que saliera al paso, de forma crítica, de la ola nacionalista que enturbiaba el movimiento obrero en Rusia. Stalin parecía ser la persona indicada. Convencido bolchevique y, por tanto, marxista internacionalista, su origen georgiano excluiría toda acusación de chovinismo ruso, además de que le permitía disfrutar de una posición cercana al punto de vista de las naciones oprimidas. En primer lugar, ya había demostrado sus posiciones marxistas consecuentes en 1904 y en 1906 al oponerse a sucesivos rebrotes en la socialdemocracia caucasiana de la tesis de autonomía nacional cultural. En segundo lugar, recientemente, un grupo de mencheviques encabezado por Noi Zhordania había vuelto a poner en el orden del día entre los socialdemócratas georgianos esa misma cuestión. El trabajo de Stalin atajaría de una vez algunos de los cauces por los que se ramificaba la ya caudalosa corriente del nacionalismo.

En una carta a Máximo Gorki de finales de febrero de 1913, Lenin da noticia de las expectativa abiertas entre la dirección bolchevique por el encargo de Stalin:

“En cuanto al nacionalismo, coincido plenamente con usted: habría que ocuparse de esto seriamente. Tenemos a un portentoso georgiano que se ha puesto a escribir para Proveschenie un extenso artículo, para el cual ha reunido todos los materiales austríacos y otros. Nos empeñaremos en esto” ([1]).

Entre enero y febrero de 1913, Stalin trabajó en Viena en su obra La cuestión nacional y la socialdemocracia, que se publicaría en los números 3, 4 y 5 de la revista teórica bolchevique Prosveschenie. A partir de 1914, cuando el extenso artículo fue publicado de nuevo como folleto aparte, adoptó el título por el que se le conoce comúnmente de El marxismo y la cuestión nacional.

Este trabajo de Stalin va dirigido contra las tesis austromarxistas sobre el problema nacional y su principal representante, Otto Bauer. Comienza, tras enumerar los motivos que habían suscitado la polémica en torno a la cuestión nacional en Rusia, definiendo los elementos que caracterizan a la nación y la nación misma, definición que ya se ha hecho clásica:

“Nación es una comunidad humana estable, históricamente formada y surgida sobre la base de la comunidad de idioma, de territorio, de vida económica y de psicología, manifestada ésta en la comunidad de cultura” ([2]).

Y aclara, seguidamete, que “ninguno de los rasgos indicados, tomado aisladamente, es suficiente para definir la nación. Más aún: basta con que falte aunque sólo sea uno de estos rasgos, para que la nación deje de serlo”([3]). Así, por ejemplo, ni los judíos de Rusia y América, puesto que viven en distintos territorios, forman una misma nación; ni los alemanes y los letones del Báltico, pues no comparten un mismo idioma.

Establecido esto, Stalin pasa a criticar la tesis de R. Springer (seudónimo de K. Renner) y O. Bauer sobre el carácter nacional como el rasgo distintivo esencial de la nación. Para Bauer, la nación “es el conjunto de hombres unidos en una comunidad de carácter sobre la base de una comunidad de destinos” ([4]). “Así, pues -responde Stalin-, una comunidad de carácter nacional sobre la base de una comunidad de destinos, al margen de todo vínculo obligatorio con una comunidad de territorio, de lengua y de vida económica” ([5]). Para Stalin, “Bauer establece un límite infranqueable entre el ‘rasgo distintivo’ de la nación (el carácter nacional) y las ‘condiciones’ de su vida, separando lo uno de las otras. Pero ¿qué es el carácter nacional sino el reflejo de las condiciones de vida, condensación de las impresiones recibidas del medio circundante? ¿Cómo es posible limitarse a no ver más que el carácter nacional, aislándolo y separándolo del terreno en que brota?” ([6]). “El punto de vista de Bauer -continúa Stalin-, al identificar la nación con el carácter nacional, separa la nación del suelo y la convierte en una especie de fuerza invisible y que se basta a sí misma. El resultado no es una nación viva y que actúa, sino algo místico, imperceptible y de ultratumba”([7]). En conclusión: “Está, pues, claro que no existe, en realidad, ningún rasgo distintivo único de la nación. Existe sólo una suma de rasgos, de los cuales, comparando unas naciones con otras, se destacan con mayor relieve éste (el carácter nacional), aquél (el idioma) o aquel otro (el territorio, las condiciones económicas). La nación es la combinación de todos los rasgos, tomados en conjunto” ([8]).

En segundo lugar, cuando pasa a analizar el movimiento nacional, Stalin completa la definición de nación:

“La nación no es simplemente una categoría histórica, sino una categoría histórica de una determinada época, de la época del capitalismo ascensional. El proceso de liquidación del feudalismo y de desarrollo del capitalismo es, al mismo tiempo, el proceso en que los hombres se constituyen en naciones” ([9]).

Así ocurre en Europa occidental, donde la formación de las naciones significa su transformación en Estados nacionales independientes. Pero en Europa oriental, donde el capitalismo es débil y el feudalismo aún no ha sido liquidado, se forman Estados integrados por varias naciones, como era el caso de Rusia o Austria-Hungría. Sin embargo, el desarrollo del capitalismo en estas naciones hace que despierten a una vida propia y a la “idea nacional”. Hasta que tropiezan con la resistencia de las capas dirigentes de las naciones dominantes que se hallan a la cabeza del Estado. Lo que en Europa occidental era una excepción (Irlanda), en Europa oriental es la regla.

La lucha se entabló, pues, “no entre las naciones en su conjunto, sino entre las clases dominantes de las naciones dominadoras y de las naciones postergadas”. La burguesía ascendente “es el principal personaje en acción” ([10]). Su capacidad para atraerse a “los de abajo” con consignas sobre la “patria”, “haciendo pasar su propia causa por la causa de todo el pueblo” ([11]), reclutando así a todo un ejército bajo su bandera, significa el comienzo del movimiento nacional, cuya fuerza está determinada “por el grado en que participan en él las extensas capas de la nación, el proletariado y los campesinos” ([12]). Y, en lo que respecta al proletariado, que “tiene su propia bandera, ya probada, y no necesita marchar bajo la bandera de la burguesía” ([13]), su grado de participación en el movimiento nacional depende del grado de desarrollo de las contradicciones de clase, y de su nivel de conciencia y de organización. Cuando la burguesía consigue arrastrar al proletariado al movimiento nacional, “entonces exteriormente parece que en la lucha nacional participa ‘todo el pueblo’, pero eso sólo exteriormente. En su esencia, esta lucha sigue siendo siempre una lucha burguesa, conveniente y grata principalmente para la burguesía” ([14]).

En el fondo de todo esto, lo que se está ventilando como algo fundamental para la joven burguesía es el mercado. “Dar salida a sus mercancías y salir vencedor en su competencia con la burguesía de otra nacionalidad: he ahí su objetivo. De aquí su deseo de asegurarse ‘su’ mercado, un mercado ‘propio’. El mercado es la primera escuela en que la burguesía aprende el nacionalismo” ([15]).

Después de señalar que el contenido del movimiento nacional no puede ser el mismo en todas partes, sino que “está determinado íntegramente por las distintas reivindicaciones que presenta el movimiento” ([16]), por su programa -donde desaparece la universalidad del “carácter nacional” de Bauer ([17])-, Stalin advierte que la naturaleza de clase del movimiento nacional no es óbice para que el proletariado participe en la lucha contra la opresión nacional Y esto por tres motivos, fundamentalmente.  En primer lugar, porque la restricción de los derechos frena el desarrollo espiritual del proletariado. En segundo lugar, la represión nacionalista desvía la atención de extensas capas del proletariado de las cuestiones sociales hacia las cuestiones nacionales, caldo de cultivo ideal para la prédica burguesa sobre la “armonía de intereses”. De este modo se levanta una seria barrera ante la unificación de los obreros de todas las nacionalidades. Finalmente, la opresión nacional permite pasar al sistema de “azuzamiento” (progromos, matanzas, etc.) de unas naciones por otras, lo cual supone otro gran obstáculo erigido contra la unidad internacional del proletariado ([18]).

Por todo esto, añade Stalin, el marxismo “proclama el derecho de las naciones a la autodeterminación”. “El derecho de autodeterminación significa que sólo la propia nación tiene derecho a determinar sus destinos, que nadie tiene derecho a inmiscuirse por la fuerza en la vida de una nación, a destruir sus escuelas y demás instituciones, a atentar contra sus hábitos y costumbres, a poner trabas a su idioma, a restringir sus derechos” ([19]).

El derecho de autodeterminación, por tanto, no significa sólo derecho a la separación -clave ésta con la que correctamente era interpretado en la Rusia prerrevolucionaria, y con la que se interpreta también correctamente, ese derecho en la España actual-, también significa la no injerencia en los asuntos internos de los pueblos. Esta lectura, en cambio, se olvida o no se tiene en cuenta con demasiada frecuencia en el mundo de hoy, cuando la intervención imperialista, enarbolando la bandera de la teoría de la soberanía limitada (por los famosos derechos humanos, que exigen quienes menos los cumplen), hace y deshace a su antojo en el mapa mundi actual.

En cualquier caso y puesto que el derecho de autodeterminación implica que cada nación es libre para organizarse conforme a sus deseos, incluso tiene derecho a volver al viejo estado de cosas, Stalin recuerda que el deber del marxismo, “que defiende los intereses del proletariado, y los derechos de la nación, integrada por diversas clases, son dos cosas distintas” ([20]), lo cual significa que el marxismo no tiene porqué defender todas y cada una de las reivindicaciones de una nación. Por poner un ejemplo actual, que el comunismo deba denunciar y hacer todo lo posible por evitar ataques militares como el reciente del imperialismo norteamericano a Afganistán, no significa que apoye al movimiento de los talibanes. Mientras el comunismo reclama el derecho del pueblo afgano a decidir por sí mismo sin injerencias exteriores, criticará la política islamista de ese régimen y apoyará la lucha del pueblo y del proletariado afganos en el cumplimiento de sus tareas revolucionarias.

Para terminar la caracterización del movimiento nacional, Stalin escribe:

“Los destinos del movimiento nacional, que es en sustancia un movimiento burgués, están naturalmente vinculados a los destinos de la burguesía. La caída definitiva del movimiento nacional sólo es posible con la caída de la burguesía. Sólo cuando reine el socialismo se podrá instaurar la paz completa. Lo que sí se puede, incluso dentro del marco del capitalismo, es reducir al mínimo la lucha nacional, minarla en su raíz, hacerla lo más inofensiva posible para el proletariado” ([21]).

Aquí conviene detenerse para destacar una idea importante desde el punto de vista de la elaboración de la línea política proletaria en lo que toca a la cuestión nacional. Hay que subrayar que Stalin dice que sólo “cuando reine el socialismo se podrá instaurar la paz completa”. Se entiende que -teniendo presente la experiencia histórica del socialismo hasta nuestros días- “cuando reine el socialismo” a escala mundial, pues mientras vaya instaurándose poco a poco en los distintos países, de manera que deba convivir con el capitalismo, no será la paz precisamente lo que “reine”. Pero no es esto a lo que queremos referirnos, sino a que Stalin se limita a enunciar que el socialismo instaurará “la paz completa”, algo muy distinto a lo que durante décadas se puso muy en boga -sobre todo en la posguerra, cuando los movimientos de liberación nacional despertaron y muchos de ellos recibieron la influencia soviética- entre algunas corrientes del movimiento comunista internacional, sobre todo izquierdistas y trotskistas, para quienes sólo el socialismo podrá resolver la cuestión nacional. Algo a todas luces falso.

Cuando correctamente dice Stalin que el socialismo instaurará la paz completa, se refiere a la paz entre naciones, pues la guerra entre clases proseguirá naturalmente. En segundo lugar, Stalin no dice -y no puede decir- que el socialismo resolverá el problema nacional, por dos razones: porque el proletariado jamás va a pretender realizar el principio nacional; es decir, el de la articulación política de la nación, el de su constitución en un Estado. El proletariado procurará la unión de todas las nacionalidades que viven bajo el Estado opresor que quiere destruir. Los proletarios decimos, con Lenin: “La autonomíaes nuestro plan de construcción del Estado” ([22]). Y, segundo, porque el socialismo, como etapa histórica de transición del capitalismo al comunismo, heredará problemas y contradicciones de naturaleza y origen nacional, como, por ejemplo, el paso de una integración económica mundial realizada al modo capitalista (imperialismo), con su división internacional del trabajo peculiarmente especializada y expoliadora en la que la mayoría de las naciones ven cercenadas sus expectativas de desarrollo, a una integración económica mundial realizada al modo socialista. O bien, como indica Lenin:

“Las antipatías nacionales no desaparecerán tan pronto; el odio -completamente legítimo- de la nación oprimida a la nación opresora continuará existiendo durante cierto tiempo; sólo se disipará después de la victoria del socialismo y después de la implantación definitiva de relaciones plenamente democráticas entre las naciones. Si queremos ser fieles al socialismo, debemos ya ahora dedicarnos a la educación internacionalista de las masas, imposible de realizar entre las naciones opresoras sin propugnar la libertad de separación de las naciones oprimidas” ([23]).

Lo que sí dice Stalin es que, “en el marco del capitalismo”, el proletariado puede limitar, “minar”, la lucha nacional para hacerla inofensiva para su lucha de clase. Y esto sólo se consigue defendiendo la igualdad de las naciones y su derecho a la autodeterminación. En este sentido, en el sentido de “minar” las relaciones de opresión establecidas entre las naciones, el proletariado puede prevenir la guerra nacional. Lo que le será más difícil, y por eso insiste en que “sólo el socialismo” podrá instaurar la paz completa entre las naciones, será prevenir las controversias nacionales propias de las relaciones capitalistas llevadas al plano internacional, principalmente, la competencia por los mercados hasta llegar a la guerra y la opresión nacional que nuevamente derivará de ella ([24]).

Ya que hemos traído a colación al trotskismo pongamos un ejemplo de cómo esta corriente confunde y mezcla las tareas políticas del proletariado:

“De acuerdo con esta teoría (de la revoluciór permanente) (…), la lucha en los países atrasados por 1a independencia nacional sólo podía teneréxito si la clase trabajadora asumía el liderazgo en la lucha, transformandola así en una lucha por el poder obrero y buscando 1a extensión de una revolución socialista victoriosa a otros países.

Esta posición reflejaba la comprensión de Trotsky de que el desarrollo del imperialismo había conducido a una situación en la cual los prerrequisitos objetivos para el socialismo existían, no en ningún país individual,sino a escala mundial, mientras que la inclusión de cada país en el sistema capitalista internacional implicaba que la genuina independencia nacional era imposible en tanto que ese sistema existiera. Trotsky no concluía, como Rosa Luxemburgo, que la lucha nacional era irrelevante y reaccionaria, sino que, para que triunfara, tenía que convertirse en una lucha por el poder obrero” ([25]).

Nos abstendremos de referimos a la teoría de la revolución permanente; nos ceñiremos a lo que, en este caso, implica. La tesis de que, para que triunfe la lucha nacional, debe convertirse en una lucha por el poder obrero o por el socialismo es una forma sutil y moderna de “adaptar el socialismo al nacionalismo”, porque pretende resolver las tareas revolucionarías de un plumazo, incluida la de la “independencia nacional”, desvirtuando en una mezcolanza ridícula el verdadero sentido de las tareas del socialismo. Que el proletariado pueda y deba encabezar luchas de carácter democrático no significa que, de pronto, esas luchas adquieran por arte de magia un contenido socialista. La solución del problema nacional, sensu stricto, pasa por la aplicación del principio democrático de autodeterminación nacional y, en la mayoría de los casos, por la realización del principio nacional, que es la organización de las naciones en Estados, lo que, a su vez y “dentro del marco del capitalismo”, conlleva competencia internacional y guerras. Es decir, el principio nacional realizado trae consigo la guerra y la opresión nacional. ¡Pero Stalin (el marxismo-leninismo) -a diferencia de Trotsky- dice que el socialismo traerá la paz! Por lo tanto, el socialismo no supone la realización del principio nacional, sino su superación (una vez que se haya cumplido con la aplicación del derecho de autodeterminación y se hayan consolidado las relaciones socialistas en todas las esferas). La guerra entre las naciones -a diferencia de las guerras dinásticas de épocas anteriores- es, precisamente, un producto histórico de la revolución burguesa, es la forma en que mejor se manifiestan las contradicciones de la incipiente clase ascendente. Cuando el proletariado aparece en escena -sobre todo a partir de la Comuna de París, su guerra de clase contra la burguesía relega a un segundo plano, supera desde el punto de vista histórico -no político-, la guerra nacional.

Esto, naturalmente, en cuanto a la tendencia histórica. En la práctica, desde el punto de vista político, y más en la fase actual de desarrollo del capitalismo, cualquier movimiento de liberación nacional de un país oprimido no puede separar en su programa la lucha por la independencia nacional de la lucha contra el capitalismo transnacional. Pero también es verdad que la derrota en toda la línea del imperialismo no supone necesariamente socialismo o “poder obrero”. También la burguesía nacional y la pequeña burguesía pueden, en determinadas circunstancias, encabezar esa victoria y no desear dar un solo paso más hacia adelante. Nos cansaríamos enumerando ejemplos de esto sólo de los últimos 50 años, pero nos limitaremos a citar uno paradigmático, Cuba, y uno reciente, el Congo-Zaire. En cambio, cuando es el proletariado quien encabeza el movimiento de independencia nacional no lo hace porque ésta sea el medio ideal para conquistar el “poder obrero” o porque sea la única forma de que triunfe “la lucha nacional”. No, esto es secundario para el proletariado; al contrario, si el proletariado encabeza el movimiento nacional será para acercarse más y mejor a la realización no del principio nacional, sino del principio de la lucha de clases y, en concreto, de su dictadura de clase. En el socialismo “reinará la paz”, no porque haya naciones libres de la opresión nacional, sino porque habrá naciones libres de la explotación capitalista. La liberación nacional, en el sentido burgués, capitalista, no excluye la guerra y la opresión, sino que, más bien, las incluye. En todo caso, lo único que excluye la guerra y la opresión es la liberación de clase. Y, en todo caso y en definitiva, la lucha nacional puede triunfar perfectamente sin “poder obrero”, pero, desde luego, el socialismo no. Las dos cosas pueden ir juntas… o no.

Frases como que “la genuina independencia nacional es imposible en el capitalismo” sólo es correcta desde el punto de vista económico; pero desde el punto de vista político es postrarse ante lo que Lenin denominó economismo imperialista ([26]), es decir, sustituir el problema de la autodeterminación y de la independencia política de las naciones, de su independencia estatal, por el de su autonomía e independencia económica. Durante la Primera Guerra Mundial, algunos marxistas de izquierda europeos -con R. Luxeínburg a la cabeza- defendían exactamente estas mismas posiciones que los trotskistas defienden hoy. Veamos cuáles son las posiciones leninistas en este punto:

“Toda la vieja polémica de los socialdemócratas polacos contra la autodeterminación de las naciones se apoya en el argumento de que ésta es ‘irrealizable’ en el capitalismo. (…).

En general, la democracia política no es más que una de las formas posibles (aunque sea normal teóricamente para el capitalismo ‘puro’) de superestructura sobre el capitalismo. Los hechos demuestran que tanto el capitalismo como el imperialismo se desarrollan con cualesquiera formas políticas, supeditando todas ellas a sus intereses. Por ello es profundamente erróneo desde el punto de vista teórico decir que son ‘irrealizables’ una forma y una reivindicación de la democracia”([27]).

Más en concreto:

“No menos erróneo sería eliminar uno de los puntos del programa democrático, la autodeterminación de las naciones, por ejemplo basándose en el supuesto de que es ‘irrealizable’ o ‘ilusoria’ en el imperialismo. La afirmación de que el derecho de las naciones a la autodeterminación es irrealizable en el marco del capitalismo puede ser comprendida en un sentido absoluto, económico, o en un sentido relativo, político.

En el primer caso, es profundamente errónea desde el punto de vista teórico. En primer lugar, en ese sentido son irrealizables en el capitalismo, por ejemplo, los bonos de trabajo o la abolición de las crisis, etc. Es completamente equivocado que sea irrealizable de la misma manera la autodeterminación de las naciones. En secundo lugar, incluso el solo ejemplo de la        separación de Noruega de Suecia en 1905 basta para refutar la ‘irrealizabilidad’ en este sentido. En tercer lugar, sería ridículo negar que con un pequeño cambio de las relaciones políticas y estratégicas, por ejemplo, de Alemania e Inglaterra, hoy o mañana es plenamente ‘realizable’ la formación de nuevos Estados: el polaco, el hindú, etc. (…).El dominio del capital financiero, como el del capital en general, no puede ser eliminado por ninguna transformación en el terreno de la democracia política; y la autodeterminación corresponde íntegra y exclusivamente a este terreno. Pero ese dominio del capital financiero no anula en lo más mínimo la importancia de la democracia política como una forma más libre, amplia y clara de opresión de clase y de lucha de clases. Por eso, todos los razonamientos acerca de que, bajo el capitalismo, es ‘irrealizable’ en el sentido económico una de las reivindicaciones de la democracia política, entrañan una definición erronea, desde el punto de vista teórico, de las relaciones generales y fundamentales existentes entre el capitalismo y la democracia política en general.

En el segundo caso, esa afirmación es incompleta e inexacta. Porque no sólo el derecho de las naciones a la autodeterminación, sino todas las reivindicaciones básicas de la democracia política son ‘realizables’ en el imperialismo únicamente de modo incompleto, desfigurado y a título de rara excepción (…). Mas, de ello, en modo alguno se deduce que la socialdemocracia deba renunciar a la lucha inmediata y más decidida por todas esas reivindicaciones (semejante renuncia no sería más que hacer el juego a la burguesía y a la reacción), sino precisamente lo contrario: la necesidad de formular y satisfacer todas esas reivindicaciones no de modo reformista, sino revolucionario; no limitándose al marco de la legalidad burguesa, sino rompiéndolo; no dándose por satisfechos con discursos parlamentarios y protestas verbales, sino arrastrando a las masas a la lucha activa, ampliando y atizando la lucha por toda reivindicación democrática fundamental hasta llegar al ataque directo del proletariado a la burguesía, es decir, a la revolución socialista que expropia a la burguesía. La revolución socialista puede estallar, no sólo con motivo de una gran huelga, o de una manifestación callejera, o de un motín de hambrientos, o de una sublevación militar, o de una insurrección colonial, sino también con motivo de cualquier crisis política, como el caso Dreyfus, o el incidente de Saverne, o de un referéndum en torno a la separación de una nación oprimida, etc.

El recrudecimiento de la opresión nacional en el  imperialismo hace necesario para la socialdemocracia que no renuncie a la lucha ‘utópica’, como la califica la burguesía, por la libertad de separación de las naciones, sino, al contrario, que utilice enérgicamente los conflictos que surgen también en este terreno como pretextos para la actividad de masas y las acciones revolucionariss contra la burguesía” ([28]).

Una vez establecida la diferenciación estratégica que, para la política proletaria, existe entre el principio nacional y el principio de clase, entre democracia y comunismo, prosigamos el repaso de las principales tesis que Stalin expone en su principal obra sobre la cuestión nacional.

Después de definir el movimiento nacional y de dejar establecido que, para el marxismo, una cosa son los intereses del proletariado y otra los derechos de la nación, por lo que defender el derecho de autodeterminación no implica apoyar todas y cada una de las reivindicaciones del programa nacional, sean cuales sean, Stalin añade que: “De ello se desprende que la solución de la cuestión nacional sólo es posible en conexión con las condiciones históricas, tomadas en su desarrollo” ([29]).  En este sentido, reclama el pertinente análisis del problema en Rusia y denuncia los intentos del Bund de copiar e importar sin crítica el modelo austríaco. En este punto, centra su atención en el análisis y crítica de las tesis de la autonomía nacional cultural. En primer lugar, su punto de partida:

“Los austríacos piensan realizar la ‘libertad de las nacionalidades’ mediante pequeñas reformas, a paso lento. Proponiendo la autonomía cultural-nacional como medida práctica, no cuentan para nada con cambios radicales, con un movimiento democrático de liberación, que ellos no tienen en perspectiva. En cambio, los marxistas rusos vinculan el problema de la ‘libertad de las nacionalidades’ con probables cambios radicales, con un movimiento democrático de liberación, no teniendo razones para contar con reformas” ([30]).

La tesis de autonomía nacional cultural, por tanto, parte del respeto de la “integridad estatal de Austria” ([31]) y plantea una táctica reformista para resolver el problema nacional. No cuestiona, por consiguiente, la correlación de fuerzas de clase que respalda ese Estado ni el dominio de clase dado, sino que plantea un pacto, una componenda con ese estado de cosas. La autonomía nacional cultural significa, entonces, la renuncia a la vía revolucionaria de solución de los problemas y la renuncia a destruir el Estado opresor. Más adelante, refiriéndose a la exigencia de instituciones de carácter nacional sobre las que los más acérrimos abanderados de la autonomía nacional cultural en Rusia –el Bund– insistían, Stalin profundiza esta crítica añadiendo que la autonomía nacional cultural no sólo renuncia a la revolución y a la destrucción del Estado, sino también a la democracia. Puesto que sólo interesa preservar la identidad nacional a través de “instituciones”, pues no se considera que la democracia, de por sí, pondría fin a los “atentados” contra las minorías, pues no se ve que “lo decisivo no es la Dieta misma (las instituciones), sino el orden de cosas reinante” (la democracia) ([32]), entonces la ruptura de hecho con los principios de libertad, igualdad y fraternidad será el resultado más probable, a cambio de la progresiva demanda de privilegios y organismos diferenciados y diferenciadores pira su nación.

Después de demostrar que, para Rusia, la cuestión nacional no puede ser presentada -como podría ocurrir en Austria- como cuestión independiente, “sino como parte del problema general y más importante de liberar al país de los restos feudales” ([33]), y de establecer que, en concreto, en este problema lo que resulta decisivo -a diferencia, tal vez, de Austria- no es la cuestión nacional, “sino la cuestión agraria”, siendo aquélla una cuestión subordinada ([34]), Stalin se centra en la forma concreta que la tesis de autonomía nacional cultural adopta en el programa de la socialdemocracia austríaca, principalmente “la sustitución absolutamente incomprensible y no justificada, en modo alguno, de la autodeterminación de las naciones por la autonomía nacional” ([35]), conceptos bien diferentes, pues la autonomía nacional cultural “implica la integridad del Estado compuesto por varias nacionalidades, mientras que la autodeterminación se sale del marco de esa integridad”, y “la autodeterminación da a la nación toda la plenitud de derechos, mientras que la autonomía nacional sólo le da derechos ‘culturales'” ([36]). Para Stalin, la pretensión de sustituir la autodeterminación por la autonomía nacional como principio programático del proletariado “es una sutil variedad del nacionalismo”, pues “quien acepta la autonomía nacional tiene que aceptar también esta ‘nueva’ misión”: “la de ‘crear’, la de ‘organizar’ la nación” y olvidarse de “organizar al proletariado”, lo que “equivale a abandonar las posiciones de clase, a pisar la senda del nacionalismo” ([37]).

Seguidamente, Stalin se burla de la teoría de Bauer sobre el desmembramiento de la humanidad “en comunidades nacionalmente delimitadas” en el régimen socialista ([38]), dado que “la trayectoria del desarrollo de la humanidad moderna”, por el contrario, señala la tendencia contraria a la caída y el desmoronamiento de las barreras nacionales ([39]).

En conclusión y como colofón a la crítica de la tesis de autonomía nacional cultural, Stalin denuncia que supone la sustitución del principio socialista de la lucha de clases por el principio burgués de la nacionalidad, que, bajo esta forma “sutil”, el nacionalismo “se enmascara hábilmente con frases socialistas”, y que, más aún: “No sólo prepara el terreno al aislamiento de las naciones, sino también a la fragmentación del movimiento obrero unido” ([40]).

“De lo expuesto se desprende que la autonomía cultural-nacional no resuelve la cuestión nacional. Lejos de ello, la exacerba y la embrolla, abonando el terreno para escindir la unidad del movimiento obrero, para aislar a los de los obreros por nacionalidades, para acentuar las fricciones entre ellos.

Tales son los frutos de la autonomía nacional”([41]).

Stalin continúa su ensayo repasando y refutando las tesis principales de los defensores más destacados en Rusia de la autonomía nacional cultural, el Bund, los socialdemócratas caucasianos y la Conferencia de agosto de los liquidadores, a la vez que propone soluciones concretas a los problemas nacionales de los judíos y los pueblos transcaucásicos, en los que no nos vamos a detener para no caer en la reiteración y porque, además de haber perdido actualidad, exponen aspectos que son secundarios para los fines de este trabajo.

Stalin termina su obra proponiendo el programa que resolvería la cuestión nacional en Rusia desde el punto de vista del marxismo. Este programa consta de cinco puntos:

1º) “(…) la plena democratización del país como base y condición para solucionar la cuestión nacional” ([42]).

2º) (…) el derecho de autodeterminación como punto indispensable pararesolver la cuestión nacional” ([43])

3′) Para las naciones que quieran permanecer dentro del marco de un Estado multinacional, la solución es la autonomía regional, que permite organizar una población determinada en un territorio determinado, que no refuerza las barreras nacionales, sino que las derriba y permite abrir el caminopara el deslindamiento por clases, y que facilita el desarrollo económico local ([44]).

4º) En relación con las minorías, éstas no necesitan la “unión nacional”, sino plenos derechos en el lugar donde viven, plena democracia, que les permita utilizar su lengua, educar en sus escuelas en su idioma y disfrutar de plena libertad (de cultos, de asociación, de movimientos, etc.); es decir, “la igualdad nacional de derechos en todas sus formas (idioma, escuelas, etc., etc.) como punto indispensable para resolver la cuestión nacional” ([45])

5º) Finalmente, frente a todo eso y para contrarrestar cualquier tendencia al federalismo o al separatismo de los obreros y para fomentar su unidad de clase, “el principio de la unión internacional de los obreros como punto indispensable para resolver la cuestión nacional” ([46]).


Notas:

[1] LENIN, V.I.: OC., t. 48, p. 183

[2] STALIN, J.: Op. cit., p. 316

[3] Ibídem

[4] Cfr., STALIN, J.: Op. cit., p. 318

[5] STALIN, J.: Op. cit., 319

[6] Ibídem, p. 320

[7] Ibid., p. 321

[8] Ibid., págs. 320 y 321

[9] Ibid., p. 323

[10] Ibid., p. 325

[11] Ibid., p. 326

[12] Ibídem.Habría que matizar aquí, pues Stalin está resumiendo un período histórico en el que la burguesía vivía su fase ascensional, que en la actualidad, en la época postrera del capitalismo, cuando la burguesía está, desde la perspectiva histórica, en retroceso, pero cuando aún hay naciones oprimidas en el seno de Estados imperialistas y, por tanto,sí tiene lugar todavía una pugna por el mercado dentro de esos Estados, que esa burguesía o pequeña burguesía nacional oprimida ya no está interesada en implementar movimientos nacionales de masas del tipo que describe Stalin, propios de la primeraépoca del capitalismo; porque, precisamente, el grado de desarrollo de la lucha de clases y de la conciencia y organización proletarias pondría rápidamente en peligro su hegemonía en ese movimiento (y, en relación con esto, tampoco es muy probable que el proletariado de la nación oprimida -sometido al fuego cruzado de la propaganda de “su” burguesía y de la del Estado imperialista- se dejase arrastrar a un movimiento revolucionario nacional, sin exigir que el programa de dicho movimiento incorporara reivindicaciones obreras; de ahí cierta demagogia “de izquierdas”, “obrerista”, “socialista” en el discurso de algunos de esos nacionalistas, de los más radicales, que no suele ir demasiado lejos para no perjudicar los intereses de su clase). De ahí que, puesto que esa burguesía de la nación oprimida teme más a la revolución que a su competidor burgués, está interesada en poner en marcha sólo un pequeño movimiento militar respaldado testimonialmente por un más amplio movimiento político o de opinión, máscon el objetivo de presionar y forzar a una solución negociada del conflicto con el Estado opresor que a desbancarlo o a destruirlo completamente. Desde luego, como ocurre en elUlster o enEuskal Herria,la mejor táctica para lograr esto es el terrorismo.

[13] Ibid., p. 327

[14] Ibid., p. 328

[15] Ibid., p. 325

[16] Ibid., p. 327

[17] Ibid., p. 328

[18] Ibid., págs. 328-330

[19] Ibid., p. 330

[20] Ibid., p. 331

[21] Ibid., p. 332

[22] LENIN, V.I.:OC., t.48, p. 268

[23] LENIN; V.I.:OC., t. 30. p. 53

[24] Ibídem, p. 22

[25] Marxismo ycuestión nacional. Ed. Socialismo Internacional. Barcelona. 1995; p. 10 (la negrita es nuestra -N. de la R.). Este documento fue adoptado como posición oficial por el Socialist Workers Party de Gran Bretaña. en 1988.

[26] “Es una especie de ‘economismo imperialista’ semejante al viejo ‘economismo’ de los años 1894-1902, que razonaba así: el capitalismo ha triunfado, por eso no vienen al caso las cuestiones políticas. ¡El imperialismo ha triunfado, por eso no vienen al caso las cuestiones políticas! Semejante teoría apolítica es profundamente hostil al marxismo. (… ).

“Los viejos ‘economistas’, que convertían el marxismo enuna caricatura, enseñaban a los obreros que para los marxistas ‘sólo’ tiene importancia lo ‘económico’. Los nuevos ‘economistas’ piensan o bien que el Estado democrático del socialismo triunfante existirá sinfronteras (como un ‘complejo de sensaciones’ sin la materia), o bien que las fronteras serán determinadas ‘sólo’ de acuerdo con las necesidades de la producción. En realidad, esas fronteras serán determinadas democráticamente, es decir de acuerdo con la voluntad y las ‘simpatías de la población. El capitalismo violenta estas simpatías, agregando con ello nuevas dificultades al acercamiento de las naciones. El socialismo, al organizar la producción sin la opresión clasista y asegurar el bienestar de todos los miembros del Estado, brinda por lo tanto plena posibilidad de manifestarse a las ‘simpatías’ de la población y. precisamente como consecuencia de ello, alivia y acelera de modo gigantesco el acercamiento y la fusión de las naciones.”(LENIN, V.I.: OC., t. 30, págs. 20 y 21)

[27] Ibídem, págs. 23 y 24

[28] LENIN, V.I.: OC., t. 27, págs. 265-267

[29] STALIN, J.: Op. cit.. p. 334

[30] Ibídem, 337

[31] Ibídem, 336

[32] Ibídem, 359

[33] Ibídem, 339

[34] Ibídem, 340

[35] Ibídem, 347

[36] Ibídem, p. 348

[37] Ibídem, p. 350

[38] Ibídem, p. 347

[39] Ibídem, p. 351

[40] Ibid., p. 352

[41] Ibid., p. 353

[42] Ibid., p. 383

[43] Ibid., p. 384

[44] Ibid., págs. 384-386

[45] Ibid., p. 387

[46] Ibid., p. 391

El fondo del debate

La obra de Stalin El marxismo y la cuestión nacional se ha convertido en un clásico de la literatura marxista y en referencia obligada para toda toma de contacto o actualización de la política proletaria en el campo de las nacionalidades. El trabajo de Stalin constituyó una contribución decisiva en el desarrollo de la política nacional del bolchevismo. De hecho, debe considerarse que el propio Lenin, cuando interviene en la polémica, da por supuestas las tesis del artículo de Stalin. Es falso, por consiguiente, lo que dicen algunos plumíferos de la burguesía:

“La clara oposición de Lenin a los detalles de la argumentación de Stalin, su ignorancia deliberada de la gran teoría staliniana de la nación, no son naturalmente unos argumentos que sirvan para rechazar el fondo de ésta. No obstante, nos previene en contra de su sobrevaloración” ([1])

Lenin no ignora la teoría de Stalin sobre la nación. Muy al contrario, el hecho de que nunca tomase él mismo en sus manos la tarea de elaborar un análisis sistemático de una cuestión política (a la que, naturalmente, si no se quería abandonar el marxismo, había que dotar de bases científicas) tan importante -como había hecho en el caso del estudio de las condiciones del desarrollo del capitalismo en Rusia, de la necesidad del partido de vanguardia proletario, o como haría después en temas como el imperialismo (a pesar de que, esta vez sí, Bujarin ya había publicado un ensayo sobre el tema) o el Estado proletario- nos inducen a pensar que daba como implícitos los argumentos de Stalin. Pero hay ocasiones en que Lenin no es tan reservado. En una carta escrita en febrero de 1913 y dirigida a Kámenev, dice:

“Troyanovski ha lanzado una especie de intriga a causa del artículo de Koba El problema nacional y la socialdemocracia para Proveschenie. ¡¡Quiere que se diga que es un artículo de carácter polémico, ya que Gabina está a favor de la autonomía cultural-nacional!!.

Desde luego, nosotros estamos absolutamente en contra. El artículo es muy bueno. Se trata de un problema candente y no cederemos ni un ápice en nuestra posición de principios frente a la canalla bundista” ([2]).

Lenin no sólo considera “muy bueno” el artículo de Stalin, de acuerdo con una “posición de principios”, sino que se niega a que sea considerado como un artículo de opinión o como un documento destinado al debate. Por contra, Lenin da a entender que los argumentos expuestos por Stalin deben conformar el núcleo de la política bolchevique en relación con el problema nacional. Por cierto, la tal Gabina era, a la sazón, una apoderada del C.C. que había sido enviada a Rusia en calidad de secretaria del grupo bolchevique en la Duma, lo cual explica que la desviación nacionalista en que habíanincurrido los diputados bolcheviques al firmar la Declaración socialdemócrata ante la Duma no fue casual, y da cuenta de hasta qué punto peligroso el liquidacionismo en versión nacionalista había copado posiciones en el seno de la organización bolchevique.

En cuanto a su beneplácito sobre el posicionamiento staliniano, Lenin no se limita a expresarlo de forma privada. Públicamente también lo hace, aprovechando para exponer el significado y el alcance que, para él, tenía la obra de Stalin. En diciembre de 1913, publica en Sotsial-Demokrat el artículo titulado Acerca del programanacional del POSDR, donde escribe:

“En esta resolución (se refiere a la aprobada en la reunión de Poronin por el C.C.N.de la R.), se indica detalladamente por qué y de qué modo el problema nacional ha pasado a ocupar hoy un lugar destacado, (…). En verdad, no creemos que haya necesidad de pararse a tratar de ello, ya que los términos de la cuestión están completamente claros. En la literatura teórica marxista, esta cuestión y las bases del programa nacional socialdemócrata han sido esclarecidas en el último tiempo (aquí destaca sobre todo el artículo de Stalin). Por eso, estimamos que en el presente artículo será oportuno limitarse a plantear la cuestión desde un punto de vista puramente de partido (…)” ([3]).

Por nuestra parte, podemos apostillar que ese “punto de vista de partido” será el que adopte casi siempre Lenin en sus intervenciones en el debate sobre las nacionalidades, y que, de este modo, da por resuelto el aspecto o el “punto de vista” científico de la cuestión. Esto, el hecho de que Lenin siempre tome como punto de partida la política, explica, por otra parte, esa relativa diferencia de perspectiva a la hora de abordar la cuestión entre ambos que a veces se reprocha a Stalin, aludiendo a cierto academicismo o escolasticismo en su planteamiento. Desde luego, es cierto que Lenin parte del movimiento nacional como algo dado, como algo previamente existente; de lo contrario, no existiría el problema desde el punto de vista político. Es, entonces, en este sentido, en el que él participa en el debate político sobre el programa nacional del marxismo. Stalin, en cambio, debe retrotraerse hacia el fenómeno histórico -aunque en esta ocasión no utilice un método muy historicista- y fijar las bases científico-conceptuales que hagan posible elaborar correctamente ese programa. Algo, desde luego, a todas luces menos brillante que salir airoso de una refriega dialéctica.

Ni que decir tiene que todas estas precisiones sobre la concordancia político-ideológica entre Lenin y Stalin en la política nacional deberían ser superfluas, habida cuenta de que estamos hablando del primer Comisario del Pueblo para las Nacionalidades designado por el Gobierno Soviético que presidía Lenin en 1917, si no fuera porque, desde Jruschov, la burguesía sabe que el desprestigio sistemático de la figura de Stalin -independientemente de si las críticas tienen o no fundamento- abre la puerta al desprestigio de Lenin y del leninismo, y si no fuera porque esa burguesía y sus acólitos han invertido energías y dinero en cantidad desmedida para abrir de par en par esa puerta. Sin ir más lejos, nos hallamos ante un ejemplo producto de esa estrategia que persigue el distanciamiento político e ideológico -y también personal- entre las dos figuras más importantes del bolchevismo. Aparte de tergiversar, como ya hemos comprobado, los planteamientos de partida y de mentir sobre el posicionamiento inicial de ambos dirigentes, los intelectualillos de la burguesía también quieren envenenar la identificación que existía entre ellos en cuanto al fondo del problema que se estaba ventilando en el debate sobre la cuestión nacional:

“En esta polémica se trataba de demostrar que la autonomía de las minorías nacionales en Rusia no podía concebirse al margen de cierta base territorial de estas minorías y que la única manera de organizar el Partido era por subdivisiones territoriales. Para llegar a esta conclusión, Stalin creyó necesario elaborar una teoría general según la cual el territorio es, en todas las circunstancias, tiempos y lugares, una característica de la nación” ([4]).

Aquí, nuestro autor exagera. Es cierto que Stalin considera al territorio como una característica inseparable de la nación, pero junto con otras y no de manera destacada sobre ellas. Ya transcribimos más arriba sus palabras en este sentido, cuando señala que no existe “ningún rasgo distintivo único de la nación”, sino que ésta es un conjunto de rasgos, y que en unas naciones destacan unos y en otras otros. Stalin no pone de relieve la territorialidad sobre los demás. Exagerar esto es tergiversar su teoría y hacerla partícipe, precisamente, de la unilateralidad por la que él mismo censuraba a la teoría de Bauer. Nuestro autor, además, también miente. Enrelación con la organizacióndel partido, en la línea de construcción partidista bolchevique jamás ha dominado el criterio territorialista. Al contrario, siempre fue conjugado con otras formas organizativas más importantes incluso que los organismos territoriales (células de fábrica, comités funcionales de todo tipo, etc.). Es más, en la época en que nos situamos, en pleno fragor de la batalla contra el liquidacionismo, el problema de la organización sobre una base territorial noconstituía el debate principal, que se centraba, más bien, en la idoneidad o no de mantener la estructura clandestina del POSDR y en reconstituir la organización del partido sobre la base de la vieja política revolucionaria. El problema de la territorialidad organizativa era producto subsidiario del debate en torno a la cuestión nacional y ni siquiera cubría lo más importante de dicho problema, ya que en lo que puso el acento el bolchevismo -en lo que la discusión sobre las nacionalidades afectaba a la organización del partido- no fue en su disposición territorial. sino en su no disposición nacional; es decir, en que los obreros se organizasen desde abajo independientemente de su nacionalidad. El criterio que siguieron fue, pues, el del internacionalismo, dejando otras consideraciones, la territorialidad incluida, en un segundo plano.

Pero, al margen de esto, lo más importante es que la exageración de la cuestión territorial por parte de nuestro autor le lleva a oscurecer y desvirtuar el verdadero sentido de la polémica que sobre el problema nacional se desarrolló en el seno de la socialdemocracia de Rusia en 1913 y 1914. La tergiversación consiste en sobredimensionar diferencias de matiz en la apreciación de Lenin y Stalin del programa austríaco de autonomía nacional, de manera que se les confronta como exponentes de dos líneas políticas contrapuestas en el tema nacional.

“En su artículo, Stalin analiza el texto adoptado en Brünn. Ve fundamentalmente en él un texto extraterritorial. ‘No es difícil advertir -continúa nuestro autor citando a Stalin-, escribe, que en este programa han quedado algunas huellas de territorialismo, pero en general este programa es la formulación de la autonomía nacional’, es decir, como Stalin explica claramente, la autonomía extraterritorial. En su opinión, Springer y Bauer han acogido favorablemente este texto porque se adecuaba a sus ideas (…). De este modo, Stalin amalgama los programas de Brünn, Renner-Springer y Bauer para condenarles conjuntamente como partidarios de la autonomía nacional cultural extraterritorial, ‘variedad sutil del nacionalismo’ (…).

Es difícil no considerar como una abierta desautorización las opiniones clara y directamente contrarias de Lenin, publicadas unos meses después en la misma revista. (…). El programa adoptado en Brünn es un programa fundamentalmente territorialista, puesto que la moción extraterritorialista de los yugoslavos fue rechazada. ‘Se adoptó un programa territorialísta -prosigue nuestro autor citando ahora a Lenin para contradecir a Stalin-, es decir, no se crea ningún grupo nacional sin respetar el territorio ocupado por los miembros de la nación’. Es cierto que el parágrafo 39 esboza un compromiso equivocado en la dirección de la extraterritorialidad. Pero esto no impide que ‘el programa nacional de Brünn se sitúe enteramente en el terreno de la autonomía nacional-territorial’. (…). Así pues, el programa de Brünn es digno de ser tenido en cuenta y Lenin va bastante lejos en dicho sentido” ([5]).

Y para terminar, a nuestro autor no se le ocurre otra cosa que transcribir un pasaje de las Notas críticas sobre el problema nacional de Lenin que, precisamente, contradice -como no podía ser de otra manera- lo que acaba de afirmar tan rotundamente:

“No hay duda de que para suprimir toda opresión nacional, es de gran importancia crear unos distritos autónomos, incluso en proporciones ínfimas,de composición nacional completa y única, en torno a los cuales podrían también ‘gravitar’ y entrar en relación y en libres asociaciones de todas clases los miembros de una nacionalidad determinada, dispersos en diferentes puntos del país o incluso del globo. Todos estos hechos son incontestables y sólo cabe negarlos desde una perspectiva rutinaria y burocrática” ([6]).

Es decir, “Lenin suaviza el punto 3 de Brünn. En lugar de una Verband, unas asociaciones libres. Las regiones, además, deben fijarse teniendo en cuenta también factores económicos y no ‘única y exclusivamente’ las fronteras de las nacionalidades. Stalin,en cambio, preconizaba la autonomía regional sin aportar todos esos matices mediante los cuales Lenin insiste acerca de la necesidad de prestar gran atención -entre otros- a los factores nacionales en el sentido del programa de Brünn” ([7]).

Y a pesar de que su crítica va perdiendo mordiente a ojos vista (lo que empezó siendo “una abierta desautorización” de Lenin a Stalin, ha quedado en simple diferencia de “matices”), su insidiosa intención todavía le da fuerza para concluir:

Lenin “deja totalmente de lado su teoría (la de Stalin). En varias ocasiones anota: ‘dos teorías marxistas sobre la cuestión nacional’. Son la de Bauer-Renner y la de Kautsky. No admite otra tercera” ([8]).

En otras palabras, las dos líneas políticas enfrentadas enla polémica de 1913-1914 son la que defiende la autonomía nacional cultural (extraterritorial) y la que defiende la autonomía nacional territorial.

Nuestro malabarista intelectual, desde luego, ha ejecutado bien el ejercicio; pero le hemos visto el truco.

En primer lugar, Lenin enfrenta -como efectivamente lo hace- el territorialismo de Brünn contra la autonomía nacional cultural de los partidos políticos rusos, principalmente el Bund, no contra la autonomía regional de Stalin. En Rusia, el Bund pasaba por ser el adaptador del programa nacional-cultural austríaco, y Lenin lo que hace en estos casos es argumentar con las propias palabras del adversario: si los judíos del Bund dicen que el programa de Brünn es adecuado para resolver el problema nacional en Rusia, ¿por qué adoptan la autonomía nacional cultural de Bauer que no fue aprobada en Brünn?, ¿por qué no copian de verdad aquel programa? ([9]). Este es uno de los argumentos de Lenin para refutar el programa de autonomía nacional cultural tal y como era presentado en Rusia. Lenin no trataba de refutar la teoría general de la autonomía nacional cultural. Esto se lo dejó a Stalin. Sólo pretendió aportar argumentos en la crítica a su manifestación específicamente rusa y combatir sus perniciosos efectos (más perniciosos que la autonomía nacional territorial) para el desarrollo revolucionario del proletariado. Otro ejemplo de este método utilizado por Lenin contra el Bund fue, precisamente, utilizar argumentos del padre espiritual de los bundistas, Otto Bauer, para refutar sus propias pretensiones políticas:

“En Austria es precisamente Otto Bauer, el principal teórico de la ‘autonomía cultural-nacional’, quien ha dedicado un capítulo especial de su libro a demostrar la imposibilidad de aplicar este programa a los hebreos” ([10]). ¿Significa esto que Lenin fuera baueriano, partidario de la autonomía nacional cultural? ¡Por supuesto que no! ([11]).

Entonces, ¿es Lenin partidario de la autonomía nacional territorial frente a la autonomía regional de Stalin? Es más, ¿tiene esta diferenciación mayor transcendencia que unos simples “matices”, como termina reconociendo nuestro postulante al antiestalinismo?. Por partida doble, no.

La autonomía nacional territorial toma como base una división territorial del Estado y sobre ella organiza las autonomías considerando la nacionalidad como el factor o criterio principal. La autonomía regional, en cambio, adopta también como primer paso una división territorial como base, pero no establece a priori un criterio o factor principal para organizar las autonomías. La diferencia es de matiz, y no constituiría ningún problema en países como España, donde las nacionalidades están muy definidas territorialmente. Pero en el Imperio austro-húngaro de la época -donde las nacionalidades no viven en territorios claramente delimitados, sino inextricablemente mezcladas entre sí- este “matiz” podría provocar una auténtica crisis nacional permanente. Por eso, para el marxismo, lo correcto es adoptar, desde el punto de vista de los principios y del programa político, un criterio general, abierto, que no anteponga unos criterios a otros sin tener en cuenta las circunstancias concretas de todo tipo del territorio que se quiere ordenar, y sin considerar cuáles de ellas son las que principalmente hay que tener en cuenta. Este criterio no es otro que la autonomía regional. Y para demostrar que Lenin es partidario de ésta más que de la autonomía nacional territorial (aunque sea más partidario de esta última que de la autonomía nacional cultural) sólo tenemos que continuar transcribiendo la cita de las Notas críticas que nuestro amigo nos presentó y que con deliberada malicia cortó demasiado pronto y resumió demasiado mal:

“Ahora bien, la composición nacional de la población es uno de los factores económicos más importantes, pero no el único ni el más importante. Las ciudades por ejemplo, desempeñan un papel económico importantísimo en el capitalismo, y se distinguen por doquier (…) porque presentan una composición nacional de la máxima heterogeneidad. Sería absurdo e imposible separar por consideraciones ‘nacionales’ a las ciudades de las aldeas y comarcas que desde el punto de vista económico tienden hacia ellas. Por eso, los marxistas no deben atenerse total y exclusivamente al principio ‘nacional-territorial’.

Mucho más acertada que la solución austríaca es la propuesta por la última conferencia de los marxistas de Rusia (se refiere a la reunión del C.C. celebrada en Poronin en octubre de 1913), la cual expuso sobre este problema la tesis siguiente:

‘… son necesarias… una amplia autonomía regional‘ (no sólo para Polonia, naturalmente, sino para todas las regiones de Rusia) ‘y una administración autónoma local plenamente democrática, al delimitarse las fronteras de las regiones que gocen de mayor o menor autonomía’ (que no han de ser las existentes entre las actuales provincias, distritos, etc.), ‘teniendo en cuenta la propia población local, las condiciones económicas y de vida, la composición nacional de la población, etc.’

La composición nacional de la población figura aquí al lado de otras condiciones (enprimer término las económicas; luego, las condiciones de vida, etc.) que deben servir de base a la demarcación de nuevas fronteras en consonancia con el capitalismo moderno y no con la burocracia y el atraso asiático. La población local es la única que puede ‘tener en cuenta’ con toda exactitud estas condiciones, y en ello debería basarse el Parlamento central del Estado al trazar las fronteras de las regiones autónomas y los límites de competencia de las dietas autónomas” ([12]).

Para ser más directos, si cabe, propongamos unas líneas donde Lenin dice abiertamente no a la autonomía nacional territorial. Refiriéndose al tercer punto del Programa de Brünn, indica:

“Es una consigna de compromiso, pues en ella no hay ni sombra de autonomía nacional extraterritorial (personal). Pero incluso esta consigna (la de autonomía nacional territorial) es errónea y perjudicial, pues no es en modo alguno tarea de los socialdemócratas rusos unir en una nación a los alemanes de Lodz, Riga, Petersburgo y Sarátov. Nuestra tarea consiste en luchar por la democracia completa y por la abolición de todos los privilegios nacionales para unir a los obreros alemanes de Rusia con los de las demás naciones en la defensa y desarrollo de la cultura internacional del socialismo” ([13]).

El error de la malintencionada interpretación de nuestro interlocutor consiste en obcecarse en confundir una concesión -el reconocimiento de que no se puede olvidar el factor nacional a la hora de ordenar el territorio- con el punto de vista leninista en esta materia. En realidad, Lenin no considera “digno de tener en cuenta” el programa de Brünnmás que para tirarlo al tejado de los bundistas. En la cabeza de este señor, desde luego, Lenin queda reflejado como un moderado nacionalista.

Lenin y Stalin, por lo tanto, comparten el mismo punto de vista sobre la cuestión nacional, tanto en los planteamientos como en las soluciones. Pero ahora que sabemos que la cosa no estaba dividida entre autonomía nacional territorial frente a la extraterritorial, sino entre autonomía nacional, sin más -sea territorial o no-, y autonomía regional, y que tanto Lenin como stalin, como buenos internacionalistas, se inclinaban por la segunda de ellas, ¿es cierto que las dos líneas políticas fundamentales enfrentadas en la polémica eran, entonces, las que defendían cada una de estas dos consignas -como defiende nuestro autor-? Pues tampoco.

En elartículo de Sotsial-Demokrat reseñado más arriba, Lenin repasa brevemente la historia de las luchas entomo a lacuestión nacional en elPOSDR y escribe:

” (…) al aprobarse definitivamente elPrograma del POSDR en el II Congreso, en agosto de 1903, se libró una lucha (…) contra el torpe intentode algunos socialdemócratas polacos de poner enduda el ‘derecho de lasnaciones a la autodeterminación’, es decir, caer en el oportunismo y el nacionalismo desde un lado completamente distinto.

Y ahora, después de diez años, la lucha está entablada a través de las dos mismas líneas fundamentales” ([14]).

La lucha de dos líneas, por lo tanto, se ventila entre nacionalismo e internacionalismo; en concreto, entre la autonomía nacional (ya sea territorial, ya extraterritorial) y el derecho a la autodeterminación de las naciones. El problema de la autonomía regional es secundario, está subordinado al de la autodeterminación y sólo se puede aplicar en función del ejercicio de ese derecho; derecho que, por su parte, es el único garante de la igualdad entre las naciones, del destierro de todo privilegio de una nación sobre otra nación, premisas exigidas por la democracia consecuente y por el socialismo que la autonomía nacional, con uno u otro matiz, no puede asegurar.


Notas:

[1] RODINSON, Maxime: “Sobre la teoría marxixta de la nación”; en STALIN: El marxismo y la cuestión nacional. Ed. Anagrama. Barcelona, 1977; p. 133. En el mismo sentido se dice: “(…) es interesante observar que Lenin no parece haber apreciado demasiado el conjunto de la obra de Stalin. Esperaba mucho de ella (…). Pero debió sentirse decepcionado en varios planos” (Ibídem, p. 127).

[2] LENIN. V.I.: OC.. t. 48. p. 192. Koba era el seudónimo utilizado por J. V. Djugaschvili antes de que adoptara el de Stalin.

[3] LENIN, V.I.: OC., t. 24, p. 239

[4] RODINSON, M.: Op. cit., p. 127

[5] Ibídem, págs. 130-132

[6] Ibid., p. 132 y LENIN, V.I.: OC., t. 24 págs. 161 y 162

[7] RODINSON, M.: Op. cit. p. 132

[8] Ibídem, págs. 132 y 133

[9] Ver, por ejemplo, LENIN, V.I.: OC., t. 24, p. 331

[10] Ibídem, p. 148. En OC. t. 23, p. 222, Lenin señala que ni Bauer ni Kautsky “reconocen la ‘autonomía nacional cultural’ para los judíos, y el propio kautsky declara abiertamente que los judíos de Europa oriental (Galitzia y Rusia) son una casta y no una nación.”

[11] La cita continúa en los siguientes términos: “En Rusia son precisamente todos los partidos burgueses hebreos -y el Bund que les hace coro- quienes han aceptado este programa. ¿Qué significa esto? Esto significa que la historia ha puesto al desnudo en la práctica política de otro Estado lo absurdo de las fantasías de Bauer, exactamente igual que los bernsteinianos rusos (Struve, Tugán-Baranovski, Berdiáev, y compañía) pusieron al desnudo, con su rápida evolución del marxismo al liberalismo el verdadero contenido ideológico del bernsteinianismo alemán” (LENIN, V.I.: OC., t. 24, págs. 148 y 149. Ver también, ibid., p. 241.

[12] Ibid., págs. 162 y 163 (la negrita es nuestra -N. de la R.-)

[13] LENIN, V.I.: OC., t. 23, págs. 336 y 337

[14] LENIN, V.I.: OC., t. 24, págs. 240 y 241

Los aportes de Lenin

Hasta el otoño de 1913, la participación literaria de Lenin en la polémica nacional es puntual, esporádica y se centra en aspectos muy concretos. En este período destacan, sobre todo, las Tesis sobre la cuestión nacional donde resume los puntos de vista fundamentales de la posición bolchevique sobre el particular: necesaria interpretación del derecho a la autodeterminación como autodeterminación política, o sea, como derecho a la separación (en aras de la democracia, de la superación de la opresión nacional en Rusia y para favorecer la transformación democrático-burguesa de los Estados de Europa-oriental, tendencia que favorece la creación de Estados con composición nacional más homogénea), lo que no implica que la socialdemocracia diferencie bien ese derecho de la conveniencia de su aplicación en cada caso concreto; necesaria unidad de los obreros de todas las naciones tanto para defender sus intereses económicos cotidianos como para luchar por el socialismo, desoyendo todo llamamiento de la burguesía a la mancomunidad de intereses que sólo divide al proletariado; necesidad de un régimen estatal consecuentemente democrático que respete la absoluta igualdad de derechos entre las naciones, lo que, en particular, implica el rechazo del idioma oficial, una nueva organización administrativa territorial y el goce de una amplia autogestión administrativa y de autonomía para las instituciones; necesidad de una ley general estatal que proteja a las minorías nacionales; rechazo de la autonomía nacional cultural y reivindicación de la democracia consecuente que permite la unión tanto de los miembros más conscientes y avanzados de cada nación como del proletariado con el resto de las masas trabajadoras, y el beneficio de las transformaciones democráticas del Estado en su conjunto, únicas capaces de asegurar la paz nacional en la medida en que ello es posible bajo el capitalismo; necesidad de fundir a todos los obreros de todas las nacionalidades en todas las organizaciones proletarias sin excepción (políticas, sindicales, cooperativas, culturales, etc.), por tanto, no a la federación del partido, y propaganda y agitación en todos los idiomas del proletariado local” ([1]).

Aparte del capítulo correspondiente del Proyecto de plataforma que Lenin elaboró de cara al IV Congreso de la socialdemocracia letona, en mayo de 1913 ([2]), las Tesis son el único trabajo de estos meses enque el jefe bolchevique aborda in extenso, desde una perspectiva global y con algo de sistematicidad, la cuestión nacional. De hecho, las Tesis eran, en realidad, un guión para las conferencias que Lenin impartió en Zurich, Ginebra, Lausana y Berna en el mes de julio. Puede pensarse que -aparte de que el POSD(B)R tenía abiertos varios frentes de lucha política e ideológica a los que Lenin otorgaba prioridad, por lo que sólo le era posible participar en el debate utilizando otras vías organizativas de carácter más privado y menos propagandístico-, más que hacia afuera de su organización, Lenin combatió dentro de la misma contra la contaminación nacionalista que sufrían, como ya hemos visto, algunos de sus cuadros políticos. Es a partir de octubre, cuando la reunión de verano del C.C. celebrada en Poronin (Polonia), aprueba una resolución acorde con el marxismo sobre este asunto ([3]), que Lenin participa más en la propaganda y, una vez asegurada la posición de la vanguardia, en la educación internacionalista de las masas. Las Notas críticas sobre el problema nacional, de noviembre, atestiguan la primera incursión calmada y profusa, si bien con más espíritu polemista que normativo, de Lenin en el debate, al que, según él, se ve obligado a prestar “más atención que hasta ahora” ([4]).

Como hasta ese momento, en las Notas críticas Lenin repasa una serie de aspectos del debate -unos más teóricos, otros más políticos- sin tratar de unirlos entre sí en un bloque doctrinal; cosa que, por cierto, jamás intentará, lo cual viene a apoyar la tesis de que presuponía como válido y como referencia última el esquema elaborado por Stalin.

Repasemos los asuntos que pueden aportar algo nuevo al conocimiento del punto de vista bolchevique sobre la cuestión nacional, obviando los ya tratados para evitar la aburrida reiteración. Tendremos en cuenta también cuestiones tratadas en otros escritos de los meses anteriores que coadyuven, igualmente, en ese conocimiento.

En primer lugar, Lenin defiende la idea de absoluta igualdad entre las naciones, derribando todo privilegio. La primera forma, la más espontánea, en que se manifiesta la opresión nacional es la del idioma oficial.

“Si desaparecen todos los privilegios, si se deja de imponer uno de los idiomas, todos los eslavos aprenderán fácil y rápidamente a comprenderse unos a otros, y no los asustará la ‘horrible’ idea de que en el Parlamento común se escuchen discursos en distintos idiomas. Las exigencias del intercambio económico decidirán por sí mismas qué idioma del país en cuestión que la mayoría sepa es más ventajoso en interés de las relaciones comerciales” ([5]).

De pasada, Lenin señala que para evitar las discordias nacionales y garantizar la igualdad entre las naciones, éstas deben estar en condiciones para ejercer la autodeterminación política. Pero apenas se detiene sobre este asunto. Como veremos, lo hará en un próximo trabajo.

En relación con la igualdad nacional, Lenin había combatido también la nacionalización de las escuelas, en concreto de la escuela judía, medida que el Ministerio de Instrucción Pública zarista quería adoptar y que consistía en segregar a los alumnos por nacionalidades en centros docentes especiales. Para Lenin:

“El funesto proyecto de nacionalización de la escuela judía nos muestra, entre otras cosas, lo erróneo que es el plan de la pretendida ‘autonomía nacional cultural’, es decir, que el Estado se inhiba de los asuntos escolares y que éstos pasen a manos de cada nacionalidad”. A la inversa:

Los intereses de la clase obrera, como, en general, los intereses de la libertad política, exigen, por el contrario, la más completa igualdad de derechos de todas las nacionalidades sin excepción que pueblan un Estado y la supresión de todos lo valladares entre las naciones, la unión de los niños de todas las naciones en escuelas únicas, etc. Para que la clase obrera pueda convertirse en una fuerza, enfrentarse al capital y lograr un considerable mejoramiento de la vida es inexcusable que se desprenda de todos los bárbaros y absurdos prejuicios nacionales, fundiendo en una alianza a los obreros de todas las naciones” ([6]).

La igualdad entre las naciones, el primer pilar sobre el que se sostiene la política nacional proletaria, se derrumbaba si se seguían los consejos de los nacionalculturalistas del Bund, como demostraba el hecho de que la propia tiranía autocrática, que tenía sometidos a innumerables pueblos bajo las cadenas de la opresión del imperialismo ruso, aplicaba esos consejos con medidas de corte nacional-cultural.

La segunda cuestión que aborda Lenin en sus Notas críticas es la de la cultura nacional, en la que ve “una superchería burguesa”. Frente a ella: “Nuestra consigna es la cultura internacional de la democracia y del movimiento obrero mundial” ([7]).

“En cada cultura nacional existen, aunque no estén desarrollados, elementos de cultura democrática y socialista, pues en cada nación hay una masa trabajadora y explotada cuyas condiciones de vida originan inevitablemente una ideología democrática y socialista. Pero en cada nación existe asimismo una cultura burguesa (y, además, en la mayoría de los casos, ultrarreaccionaria y clerical), y no en simple forma de ‘elementos’, sino como cultura dominante. Por eso, la ‘cultura nacional’ en general es la cultura de los terratenientes, de los curas y de la burguesía” ([8]).

Entonces, ¿pueden los marxistas lanzar la consigna de cultura nacional?

“Lo que determina el significado de la consigna de ‘cultura nacional’ no son las promesas o los buenos propósitos de tal o cual intelectualillo de ‘interpretarla’ ‘en el sentido de que es portadora de la cultura internacional’. Ver así las cosas sería caer en un subjetivismo pueril. El significado de la consigna de cultura nacional depende de la correlación objetiva entre todas las clases del país dado y de todos los países del mundo. La cultura nacional de la burguesía es un hecho (…). El nacionalismo militante burgués, que embrutece, embauca y divide a los obreros para hacerles ir a remolque de la burguesía, es la circunstancia fundamental de nuestra época” ([9]).

De aquí deriva Lenin el segundo pilar de la política nacional del proletariado: “Quien quiere servir al proletariado debe unir a los obreros de todas las naciones y luchar constantemente contra el nacionalismo burgués, tanto el ‘propio’ como el ajeno. Quien defiende la consigna de cultura nacional no tiene cabida entre los marxistas, su lugar está entre los pequeños burgueses nacionalistas” ([10]).

En resumen:

“Nacionalismo burgués e internacionalismo proletario: éstas son las dos consignas antagónicas e inconciliables que corresponden a los dos grandes bandos que dividen a las clases del mundo capitalista y expresan dos políticas (es más, dos concepciones) en el problema nacional. Al defender la consigna de cultura nacional y edificar sobre ella todo un plan y el programa práctico de la llamada ‘autonomía cultural-nacional’, los bundistas obran de hecho como vehículos del nacionalismo burgués en las filas obreras” ([11]).

A continuación, al tratar el problema de la asimilación, Lenin presenta el verdadero punto de partida científico que debe tener presente todo marxista a la hora de enfrentarse a la cuestión nacional: su contexto histórico.

“El capitalismo en desarrollo conoce dos tendencias históricas en el problema nacional. La primera es el despertar de la vida nacional y de los movimientos nacionales, la lucha contra toda opresión nacional y la creación de Estados nacionales. La segunda es el desarrollo y multiplicación de las relaciones de todo tipo entre las naciones, el derrumbamiento de las barreras nacionales, la formación de la unidad internacional del capital, de la vida económica en general, de la política, de la ciencia, etc.

Ambas tendencias son una ley universal del capitalismo. La primera predomina en los albores del desarrollo capitalista; la segunda es característica del capitalismo maduro, que marcha hacia la transformación en sociedad socialista. El programa nacional de los marxistas tiene presentes ambas tendencias: primero, defiende la igualdad de derechos de las naciones y de los idiomas ( y también el derecho de las naciones a la autodeterminación, de lo cual hablaremos más adelante) y considera inadmisible la existencia de cualesquiera privilegios en este aspecto; segundo, propugna el principio del internacionalismo y la lucha implacable por evitar que el proletariado se contamine de nacionalismo burgués, aun del más sutil” ([12]).

Una de las consecuencias objetivas del “capitalismo maduro” es la asimilación cultural, que excluye la violencia y los privilegios nacionales. Como dice Lenin, aquí nada tiene que ver la palabra ‘asimilación'” ([13]). Para él: “Quien no esté lleno de prejuicios nacionalistas no podrá menos de ver en este proceso de asimilación de las naciones por el capitalismo un grandioso progreso histórico, una destrucción del anquilosamiento nacional de los rincones perdidos, sobre todo en los países atrasados como Rusia” ([14]).

Por eso, para Lenin: “No es marxista, ni siquiera demócrata, quien no acepta ni defiende la igualdad de derechos de las naciones y los idiomas, quien no lucha contra toda opresión o desigualdad nacionales. Esto es indudable. Pero es igualmente indudable que el seudomarxista que pone de vuelta y media a los marxistas de otra nación, acusándolos de ‘asimilistas’, es de hecho un simple pequeño burgués nacionalista. A esta categoría poco honorable de personas pertenecen todos los bundistas y (como veremos ahora) los socialdemócratas ucranios (…)” ([15]). Puesto que “(…) debilitar los vínculos y la alianza existente hoy día dentro de un mismo Estado entre el proletariado ucranio y el proletariado ruso sería una traición directa al socialismo y una política estúpida incluso desde el punto de vista de los ‘objetivos nacionales’ burgueses ucranios” ([16]).

En relación con el programa de autonomía nacional cultural, si bien el marxismo reconoce “la legitimidad histórica de los movimientos nacionales, “para que este reconocimiento no se transforme en un apología del nacionalismo, es preciso que se limite rigurosa y exclusivamente a lo que hay de progresivo en tales movimientos (…). El proletariado no puede apoyar el nacionalismo más allá de ese límite, pues más allá empieza la actividad ‘positiva’ de la burguesía en su empeño por consolidar el nacionalismo”([17]). “Sí -concluye Lenin-, debemos luchar indiscutiblemente contra toda opresión nacional. No, no debemos luchas en absoluto por cualquier desarrollo nacional, por la ‘cultura nacional’ en general” ([18]).

Luego, Lenin retorna la cuestión de la igualdad entre las naciones en cuanto a los derechos de las minorías nacionales, utilizando el ejemplo de Suiza para demostrar que la constitución política de un Estado democrático multinacional puede prevenir mediante la ley todo privilegio nacional y toda violación de los derechos de las minorías.

Finalmente, propone el modelo de organización política del tipo del Estado unitario centralizado con ordenación administrativo-territorial autónoma, frente a la federación.

“Los marxistas, como es natural, están en contra de la federación y la descentralización por el simple motivo de que el capitalismo exige, para su desarrollo, Estados que sean lo más extensos y centralizados posible.  En igualdad de otras condiciones, el proletariado consciente abogará siempre por un Estado grande. Luchará siempre contra el particularismo medieval, aplaudirá siempre la cohesión económica más estrecha posible de vastos territorios en los que se pueda desplegar ampliamente la lucha del proletariado contra la burguesía.

El extenso y rápido desarrollo que el capitalismo imprime a las fuerzas productivas reclama vastos territorios unidos y agrupados en un solo Estado, donde únicamente -destruyendo todas las viejas barreras medievales, estamentales, locales, étnicas, religiosas, etc.- puede cohesionarse la clase burguesa, y, con ella, su ineludible antípoda, la clase proletaria.

En otro lugar hablaremos del derecho de las naciones a la autodeterminación, es decir, a separarse y constituir Estados nacionales independientes. Pero en tanto y por cuanto diferentes naciones siguen constituyendo un solo Estado, los marxistas no propugnarán en ningún caso el principio federal ni la descentralización. El Estado centralizado grande supone un progreso histórico inmenso, que va del fraccionamiento medieval a la futura unidad socialista de todo el mundo, y no hay ni puede haber más camino hacia el socialismo que el que pasa por tal Estado (indisolublemente ligado al capitalismo).

Pero en modo alguno se debe olvidar que, al defender el centralismo, defendemos exclusivamente el centralismo democrático (…).

El centralismo democrático no sólo no descarta la administración autónoma local ni la autonomía de las regiones, las cuales se distinguen por tener condiciones económicas y de vida especiales, una composición nacional peculiar de la población, etc., sino que, por el contrario, exige imperiosamente lo uno y lo otro. En nuestro país se confunde a cada paso el centralismo con las arbitrariedades y la burocracia. La historia de Rusia tenía que originar, naturalmente, tal confusión, pero, a pesar de todo un marxista en modo alguno puede incurrir en ella” ([19])

El lector podrá comprender fácilmente, después de lo expuesto, que si el Estado unitario centralizado favorece el desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo, cuando las “viejas barreras medievales”, a pesar de todo, son sustituidas por los nuevos particularismos burgueses, ya sean de carácter nacional, ya social (el beneficio privado, el afán de lucro, la competencia comercial, el mezquino espíritu de empresa, las crisis de superproducción, etc.), ¿cuál no será su despliegue bajo el socialismo, cuando esos particularismos seansuperados? Igualmente, resulta fácil comprender que ese desarrollo en el socialismo pasa por la centralización económica máxima, hasta un punto jamás alcanzado por el capitalismo (plan económico), y que, para esto, si los marxistas no pueden reivindicar la federación bajo el capitalismo, ni mucho menos deben hacerlo bajo el socialismo. Y esto ciñéndonos sólo al aspecto económico, sin hablar ya de la necesidad de conservar la unidad política y organizativa de la clase obrera. Pues algo tan sencillo no lo comprenden o, mejor dicho, lo ocultan organizaciones que dicen representar los intereses de los obreros y querer el socialismo, como el PCPE y el PCE, el gran adalid del federalismo en nuestro país.

No podemos terminar este repaso del aporte leniniano al debate sobre la cuestión nacional en lo que respecta a sus tesis marxistas generales y de principio y a su crítica del nacionalismo brotado en las filas de la socialdemocracia rusa e internacional, sin señalar ciertas consideraciones que introduce Lenin y que pueden arrojar más luz sobre el análisis elaborado por los marxistas rusos acerca del problema nacional, fundamentalmente en relación con la revolución democrático-burguesa pendiente en Rusia.

En relación con esto -y como ya hemos visto que también subrayaba Stalin en su obra-, para Lenin:

“La revolución rusa y la causa de la democracia no están vinculadas en modo alguno (como ocurriera en Alemania) con la causa de la unificación, de la centralización. La democratización de Rusia no depende del problema nacional, sino de la cuestión agraria” ([20]).

Por tanto, no hay democracia sin revolución agraria, y “sólo hay una solución del problema nacional -en la medida en que es posible, en general, resolver este problema en el mundo del capitalismo-, y que esta solución es la democracia consecuente” ([21]).

Finalmente, ¿cuál era, además de la coyuntura contrarrevolucionaria que había echado a los más vacilantes en los brazos del nacionalismo, la causa última que fomentaba constantemente esa desviación dentro del movimiento obrero en Rusia, una causa de naturaleza social?.

Cuando, como señalábamos más arriba citando sus palabras, Lenin denunciaba la reproducción de la lucha “de las dos mismas líneas fundamentales” a lo largo de los años en la socialdemocracia de Rusia en el tema nacional, concluía: “lo que demuestra igualmente a su vez la profunda ligazón de esta lucha con todas las condiciones objetivas del problema nacional en Rusia” ([22]). ¿Cuáles son esas “condiciones objetivas”?:

“Este hecho muestra con claridad cómo la estructura social de Rusia, más atrasada y más pequeñoburguesa, ha dado lugar a que algunos de los marxistas estén mucho más contaminados por el nacionalismo burgués” ([23]).


Notas:

[1] LENIN, V.I.: OC., t. 23. págs. 332-341

[2] Ibídem, págs.220-223

[3] LENIN, V.I.: OC., t. 24, págs. 64-66

[4] Ibídem, p. 127

[5] Ibídem, p. 129

[6] LENIN, V.I.: OC., t. 23, p. 401

[7] LENIN, V.I.: OC., t. 24, p. 132

[8] Ibídem, págs. 132 y 133

[9] Ibídem, págs. 133 y 134

[10] Ibid., p. 134

[11] Ibid., p. 135

[12] Ibid., p. 136

[13] Ibid., p. 137

[14] Ibid., p. 139

[15] Ibid., p. 137

[16] Ibid., p. 139

[17] Ibid., p. 144

[18] Ibid., p. 145

[19] Ibid., págs. 156 y 157

[20] LENIN, V.I.: OC., t. 23, p. 61

[21] LENIN, V.I.: OC., t. 24, p. 150

[22] Ibídem, p. 241

[23] Ibid., págs. 331 y 332

Rosa Luxemburg

Tal vez la principal aportación de Lenin al debate sobre la cuestión nacional es su obra de desenmascaramiento de las posiciones izquierdistas en este tema. Si el austromarxismo y los socialdemócratas caucasianos y del Bund eran los principales representantes de la desviación derechista en política nacional -desviación combatida por Stalin con el apoyo de Lenin-, las tesis de Rosa Luxemburg expresan la desviación de izquierda, contra la que combatio principalmente Lenin. Lo cual, por si había alguna duda, demuestra una vezmás la complementariedad de Lenin y Stalin desde la perspectiva de la elaboración de la línea política bolchevique en esta materia.

Para Rosa Luxemburg, el reconocimiento del derecho a la autodeterminación de las naciones por parte de la socialdemocracia equivalía a apoyar el nacionalismo burgués de las naciones oprimidas, por lo que tal punto no debía estar incluido en ningún programa soialdemócrata, tanto más por cuanto no contiene ninguna orientación práctica para la política cotidiana del proletariado.

Luxemburg participó en los debates previos al Congreso de Londres de la II Internacional de 1896, y posteriormente fijó su posición en su artículo de 1908-1909, La cuestión nacional y la autonomía. A lo largo de su vida mantendrá inamovible su opinión sobre la autodeterminación. Todavía en 1918, meses antes de su asesinato por los socialimperialistas alemanes, y a la vista de la puesta en práctica del ejercicio de ese derecho entre los pueblos de Rusia por el Gobierno Soviético, Luxemburg insistía desde la cárcel en su teoría de que no existe nada parecido a la autodeterminación nacional; según ella, sólo existe la autodeterminación de clase:

“Los bolcheviques debieron aprender a costa de ellos mismos y de la revolución que bajo el dominio del capitalismo no hay lugar para ninguna autodeterminación nacional, que en una sociedad clasista toda clase que forma parte de la nacionalidad desea ‘autodeterminarse’ de manera distinta y que entre las clases burguesas los puntos de vista de la libertad nacional ceden completamente el lugar a los del dominio de clase” ([1]).

Luxetnburg no participó personalmente en la polémica de los socialdemócratas de Rusia de 1913-1914, pero Lenin hubo de enfrentarse a quienes, no utilizando argumentos propios, “se han limitado a repetir lo dicho por Rosa Luxemburgo” ([2]). Por eso, en su principal trabajo sobre este importante problema político, El derecho de las naciones a la autodeterminación, escrito entre febrero y mayo de 1914, Lenin dirige su crítica directamente contra las argumentaciones de la dirigente polaca.

El derecho de las naciones puede considerarse el complemento o la continuación de las Notas críticas, donde, como ya hemos visto, Lenin dejaba para un tratamiento posterior el desarrollo del punto concreto relativo a la autodeterminación nacional, que, sin lugar a dudas, es el punto central, desde la perspectiva política (y, por tanto, desde la perspectiva que realmente importa), de la polémica.

Lenin comienza su crítica a Rosa Luxemburg insistiendo en que “por autodeterminación de las naciones se entiende su separación estatal de las colectividades de otra nación, se entiende la formación de un Estado nacional independiente”, y que “sería erróneo entender por derecho a la autodeterminación todo lo que no sea el derecho a una existencia estatal independiente” ([3]). Esto se fundamenta en que:

“La época del triunfo definitivo del capitalismo sobre el feudalismo estuvo ligada en todo el mundo a movimientos nacionales. La base económica de estos movimientos estriba en que, para la victoria completa de la producción mercantil, es necesario que la burguesía conquiste el mercado interior, es necesario que territorios con población de un solo idioma adquieran cohesión estatal, eliminándose cuantos obstáculos se opongan al desarrollo de ese idioma y a su consolidación en la literatura. El idioma es un medio importantísimo de comunicación entre los hombres; la unidad de idioma y el libre desarrollo del mismo es una de las condiciones más importantes de una circulación mercantil realmente libre y amplia, correspondiente al capitalismo moderno, de una agrupación libre y amplia de la población en cada una de las diversas clases; es, por último, la condición de un estrecho nexo del mercado con todo propietario, grande o pequeño, con todo vendedor y comprador.

Por ello, la tendencia de todo movimiento nacional es formar Estados nacionales, que son los que mejor cumplen estas exigencias del capitalismo contemporáneo. Impulsan a ello factores económicos de los más profundos, y para toda la Europa occidental, es más, para todo el mundo civilizado, el estado nacional es por ello lo típico, lo normal en período capitalista” ([4]).

Por eso, citando a Kautsky, prosigue: “El Estado nacional es la forina de Estado que mejor corresponde a las condiciones modernas (…), es la forma en que el Estado puede cumplir con mayor facilidad sus tareas (es decir, las tareas de un desarrollo más libre, más amplio y más rápido del capitalismo ([5]).

Lenin se pone del lado de Kautsky frente a Luxemburg, para quien lo que mejorse corresponde con las actuales condiciones no es el Estado nacional, sino el “Estado de rapiña” ([6]). Pero esto supone incurrir en el economismo imperialista, en el error de sustituir “el problema de la autodeterminación política de las naciones en la sociedad burguesa, de su independencia estatal, con el de su autonomía e independencia económica” ([7]).

En resumen: “(…) el Estado nacional es regla y ‘norma’ del capitalismo, el Estado de composición nacional heterogéneo es atraso o excepción. Desdeel punto de vista de las relaciones nacionales, el Estado nacional es el que ofrece, sin duda alguna las condiciones más favorables para el desarrollo del capitalismo. Lo cual no quiere decir, naturalmente, que semejante Estado, erigido sobre las relaciones burguesas, pueda excluir explotación y la·opresión de las naciones. Quiere decir tan sólo que los marxistas no pueden perder de vista los poderosos factores económicos que originan las tendencias a crear Estados nacionales. Quiere decir que ‘la autodeterminación de las naciones’ en el programa de los marxistas, no puede tener, desde el punto de vista histórico-económico, otra significación que la autodeterminación política, la independencia estatal, la formación de un Estado nacional” ([8]).

A continuación, Lenin recuerda que el análisis marxista exige en su metodología que, a cualquier problema social, “se le encuadre en un marco histórico determinado” y, después, “se tengan en cuenta las particularidades concretas que distinguen a este país delos otros en la misma época histórica” ([9]). Ese “marco histórico” es lo que nosotros hemos denominado más arriba “el verdadero punto de partida científico” para enfrentarse al problema nacional: distinguir claramente las dos épocas diferentes por completo del capitalismo que Lenin ya definió en las Notas críticas y que aquí vuelve a situar. Como prescinde de ese encuadre científico, y como para concluir que el punto 9º del Programa del POSDR no es necesario y que Polonia debe disfrutar del “derecho a la autonomía” en lugar del derecho a la autodeterminación. Rosa Luxemburg “no hice el mínimo intento de determinar cuál es la fase histórica del desarrollo del capitalismo por la que atraviesa Rusia a comienzos del siglo XX, cuáles son las peculiaridades del problema nacional en este país” ([10]), Lenin procede seguidamente a esclarecer este punto sobre “las particularidades históricas concretas del problema nacional en Rusia (…) que hacen entre nosotros apremiante en especial el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación en la época que atravesamos” ([11]).

De esta manera, el líder bolchevique sugiere que Rusia se halla en una época en la que está pendiente la revolución burguesa, por lo que el programa nacional de los marxistas rusos “se refiere a los movimientos nacionales democráticos burgueses”. Además, ese programa “se refiere tan sólo a los casos en que existe tal movimiento” ([12]). Por lo que Luxemburg yerra el blanco cuando alega que el derecho de autodeterminación no aparece en los programas de los partidos socialdemócratas occidentales, ya que:

“En la mayoría de los países occidentales hace ya mucho tiempo que está resuelto. Es ridículo buscar en los programas de Occidente solución a problemas que no existen. Rosa Luxemburgo ha perdido de vista aquí precisamente lo que tiene más importancia: la diferencia entre los países que hace tiempo han terminado las transformaciones democráticas burguesas y los países que no las han terminado. (…).

En la Europa continental, de Occidente, la época de las revoluciones democráticas burguesas abarca un espacio de tiempo bastante determinado, aproximadamente de 1789 a 1871.  Esta fue precisamente la época de los movimientos nacionales y de la creación de los Estados nacionales. Terminada esta época, Europa Occidental había cristalizado en un sistema de Estados burgueses que, además, eran. como norma, Estados unido en el aspecto nacional. Por eso, buscar ahora el derecho a la autodeterminación en los programas de los socialistas de Europa occidental significa no comprender el abecé del marxismo” ([13])

Antes de continuar con la línea argumental de la crítica que Lenin expone en El derecho de las naciones, nos detendremos para repasar el análisis leninista de la idea propuesta porLuxemburg como solución a la cuestión polaca:el derecho a la autonomía, que también puede ampliarse hacia otros conceptos, como el derecho a la federación, etc., todos ellos entendidos como substitutivos presuntamente más adecuados para los intereses del proletariado que el derecho a la autodeterminación.

Ante esta cuestión, Lenin escribe:

“No es difícil ver, dicho sea de paso, por qué, desde el punto de vista socialdemócrata, no puede entenderse por derecho a la ‘autodeterminación’ de las naciones ni la federación ni la autonomía (aunque, hablando en forma abstracta, la una y otra encuadran en el término de ‘autodeterminación’). El derecho a la federación es, en general, un absurdo, ya que la federación es un contrato bilateral. Ni que decir tiene que en modo alguno pueden los marxistas incluir en su programa la defensa del federalismo en general. En lo que respecta a la autonomía, los marxistas no defienden el ‘derecho a’ la autonomía, sino la autonomía misma, como principio general y universal de un Estado democrático de composición nacional heterogéneo, con marcadas diferencias en las condiciones geográficas y de otro tipo. Por eso, reconocer ‘el derecho de las naciones a la autonomía’ sería tan absurdo como reconocer ‘el derecho de las naciones a la federación'” ([14]).

No existe, por tanto, nada parecido al derecho a la autonomía o a la federación. Éstas, la autonomía o la federación, suponen la unión entre iguales que requiere un acuerdo soberano común. Pero no se puede establecer este punto de partida si antes las naciones interesadas no han ejercido el derecho de autodeterminación, si no se han colocado previamente en una posición de igual a igual.  El pretendido derecho a la autonomía, sin la previa y pertinente autodeterminación, sería, en realidad, un derecho impuesto a la fuerza por la nación dominante de haberse aplicado en la Rusia de la época de Luxemburgo y Lenin, como lo fue efectivamente cuando se aplicó en la España de 1978.

En otro orden de cosas, Lenin aborda el punto de la crítica de Luxemburg al parágrafo 9 del Programa del POSDR en lo tocante a su supuesto carácter general, nada práctico desde el punto de vista de la actividad política del proletariado.

“La burguesía, que actúa, como es natural, en los comienzos de todo movimiento nacional como su fuerza hegemónica (dirigente), llama labor práctica al apoyo a todas las aspiraciones nacionales. Pero la política del proletariado en el problema nacional (como en los demás problemas) sólo apoya a la burguesía en una dirección determinada, mas nunca coincide con su política. La clase obrera sólo apoya a la burguesía en aras de la paz nacional (que la burguesía no puede dar plenamente y que es viable sólo si hay una completa democratización), en beneficio de la igualdad de derechos, en beneficio de la situación más favorable posible para la lucha de clases. Por eso, precisamente contra el practicismo de la burguesía los proletarios propugnan una política de principios en el problema nacional, prestando a la burguesía siempre un apoyo sólo condicional. En el problema nacional, toda burguesía desea o privilegios para su nación o ventajas exclusivas para ésta; precisamente eso es lo que se llama ‘práctico’. El proletariado está en contra de toda clase de privilegios, en contra de todo exclusivismo. Exigirle ‘practicismo’ significa ir a remolque de la burguesía.

¿Contestar ‘si o no’ en lo que se refiere a la separación de cada nación? Parece una reivindicación sumamente ‘práctica’. Pero, en realidad, es absurda, metafísica en teoría y conducente en la práctica a subordinar el proletariado a la política de la burguesía.La burguesía plantea siempre en primer plano sus reivindicaciones nacionales. Y las plantea de un modo incondicional. El proletariado las subordina a los intereses de la lucha de clases. Teóricamente no puede garantizarse de antemano que la separación de una nación determinada o su igualdad de derechos con otra nación ponga término a la revolución democrática burguesa. Al proletariado le importa, en ambos casos, garantizar el desarrollo de su clase; a la burguesía le importa dificultareste desarrollo, supeditando las tareas de dicho desarrollo a las tareas de ‘su’ nación. Por eso, el proletariado se limita a la reivindicación negativa, por decirlo así, de reconocer el derecho a la autodeterminación, sin garantizar nada a ninguna nación ni comprometerse a darle nada a expensas de otra nación.

Eso no será ‘práctico’ pero es de hecho lo que garantiza con mayor seguridad la más democrática de las soluciones posibles; el proletariado necesita tan sólo estas garantías, mientras que la burguesía de cada nación necesita garantías de sus ventajas, sin tener en cuenta la situación (las posibles desventajas) de otras naciones.

Lo que más interesa a la burguesía es la ‘viabilidad’ de la reivindicación dada; de aquí la eterna política de transacciones con la burguesía de otras naciones en detrimento del proletariado. En cambio, al proletariado le importa fortalecer su clase contra la burguesía, educar a las masas en el espíritu de la democracia consecuente y del socialismo.

Eso no será ‘práctico’ para los oprtunistas, pero es la única garantía real, la garantía de la máxima igualdad en derechos y de la paz entre las naciones, a despecho tanto de los señores feudales como de la burguesía nacionalista.

Toda la misión de los proletarios en la cuestión nacional ‘no es práctica’, desde el punto de vista de la burguesía nacionalista de cada nación, pues los proletarios, enemigos de todo nacionalismo, exigen una igualdad en derechos ‘abstracta’, la ausencia en principio del mínimo privilegio. Al no comprenderlo y ensalzar de un modo nada razonable el practicismo, Rosa Luxemburgo ha abierto las puertas de par en par precisamente a los oportunistas, en particular a las concesiones oportunista al nacionalismo ruso” ([15]).

En definitiva, a lo que conduce el oportunismo en la política nacional de los destacamentos proletarios de las naciones dominantes es al apoyo firme a la nación opresora. “En su temor de ‘ayudar’ a la burguesía nacionalista de Polonia, Rosa Luxemburgo niega el derecho a la separación en el Programa de los marxistas de Rusia, a quien ayuda, en realidad, es a los ruso ultrarreaccionarios. Ayuda, en realidad, al conformismo oportunista con los privilegios (y con cosas peores que los privilegios) de los rusos ([16]). Lenin continúaseñalando que la lucha contra el nacionalismo en las naciones oprimidas no nos puede impedir percibir el nacionalismo de la nación opresora, y que:

“En todo nacionalismo burgués de una nación oprimida hayun contenido democrático general contra la opresión, y a este contenido le préstamos un apoyo incondicional, apartando rigurosamente la tendencia al exclusivismo nacional, luchando contra la tendencia del burgués polaco a oprimir al judío, etc., etc.” ([17]).

Si se nos permite continuar estableciendo el paralelismo con España, diremos que, efectivamente, el nacionalismo radical de las naciones oprimidas en este Estado, principalmente el vasco, ha puesto desde hace mucho en el orden del día eso que ellos mismos denominan déficit democrático del ordenamiento político de ese Estado. Naturalmente, el proletariado español debe solidarizarse con esa lucha, pues hay en ella “un contenido democrático”, hay en ella una férrea oposición al “exclusivismo nacional” español para organizarse en Estado, una férrea oposición a la negación por la fuerza del derecho de otros pueblos del Estado a constituirse ellos también en Estados separados. En la medida en que esos movimientos nacionales burgueses -pues son burgueses- coadyuven en la profundización democrática deben ser apoyados por el proletariado. Pero, eso sí, también en la medida en que limiten la democracia deben ser criticados. Y es que la democracia no consiste sólo en declaraciones sobre el papel; democracia es también y sobre todo participación de las masas. Lenin, analizando la evolución de la visión que tenía Marx del problema irlandés, concluye:

“Siendo en principio enemigo del federalismo. Marx admite, en este caso, incluso la federación con tal de que la liberación de Irlanda no se haga por vía reformista sino revolucionaria, por el movimiento de masas del pueblo en Irlanda, apoyado por la clase obrera de Inglaterra” ([18]).

Es decir, en la medida en que el nacionalismo radical no implementa un movimiento de masas verdaderamente amplio, cuyas acciones no se limiten a actos testimoniales ejecutados por una élite militar con el único fin de presionar políticamente o de crear un estado de opinión crítico, y donde el protagonismo de la lucha no esta en las masas sino en esa cúpula militar, de modo que toda la estrategia va dirigida, al fin y a la postre, a conseguir o forzar un acuerdo con el Estado opresor, a abrir una “vía reformista” de solución del problema nacional, en la medida que se renuncia a las masas para llevar a cabo esta solución, en la medida que se renuncia o rehuye la “vía revolucionaria”, en esa medida, el proletariado -de la nación opresora, pero sobre todo el de la nación oprimida debe criticar el movimiento nacional.

En España, el pacto de Lizarra-Estella, secundado por la tregua de ETA, ha supuesto abiertamente un giro en esta última dirección, giro que confirma la voluntad del nacionalismo radical de optar por la vía reformista (de lo que, por cierto, siempre sospechábamos). Sin embargo, en justicia hay que decir también que, de las, dos fuerzas que indicaba Marx como base para resolver al modo revolucionario la cuestión irlandesa –elmovimiento nacional y el proletariado de la nación opresora-, en nuestro caso ha fallado fundamentalmente este último factor. Efectivamente, en la actualidad, el proletariado español apoya, en la práctica, el derecho a la autonomía del pueblo vasco, frente a su derecho a la autodeterminación, apoya el chovinismo y el exclusivismo del nacionalismo español. Apoya a Rosa Luxemburg frente a Lenin. En este sentido, la crítica al pacto de Lizarra-Estella es relativa, pues dada la correlación de fuerzas dominada por el descabalamientodel proletariado español, que está en la trinchera equivocada, y debido al contexto político concreta actual marcado por una fuerte ofensiva política y policial del Estado (“espíritu” de Ermua encarcelamiento de la Mesa Nacional de HB y el cierre del diario Egin), aquel pacto, así como otras maniobras de repliegue (como la transformación electoral de Herri Batasuna en Euskal Herritarrok), tal vez sean la única rendija que, para escacabullirse, ha podido hallar la continuidad del movimiento de liberación nacional vasco.

Desde luego, aquella correlación de fuerzas sólo cambiará cuando el proletariado español adopte una verdadera posición internacionalista. Esto, desde luego, pasa unicamente por que la clase obrera española tenga elaborada una línea política verdaderamente comunista en relación con la cuestión nacional que la aleje de la ciénaga socialchovinista en que la han hundido el PSOE y el PCE.Y, desde luego, todo esto pasa por ese proceso político de la clase proletaria necesario para reconstituir su Partido Comunista. El fundamento político clasista de esa línea, tal como lo resume Lenin, es el siguiente:

“Formar un Estado nacional autónomo e independiente sigue siendo por ahora, en Rusia, tan sólo privilegio de la nación rusa. Nosotros, los proletarios rusos, no defendemos privilegios de ningún género y tampoco defendemos este privilegio. Luchamos sobre el terreno de un Estado determinado, unificamos a los obreros de todas las naciones de este Estado, no podemos garantizar tal o cual vía de desarrollo nacional, vamos a nuestro objetivo de clase por todas las vías posibles” ([19]).

Tanto cabe decir de España, la nación española y su proletariado.

Para resumir la crítica de Lenin a Rosa Luxemburg acerca de la falta de “practicismo” en el programa nacional del POSDR:

“En el afán de ‘practicismo’, Rosa Luxemburgo ha perdido de vista la tarea práctica principal, tanto del proletariado ruso como del proletariado de toda otra nación: la tarea de la agitación y propaganda cotidianas contra toda clase de privilegios nacionales de tipo estatal, por el derecho, derecho igual de todas las naciones, a tener un Estado nacional; ésta es hoy nuestra principal tarea en el problema nacional, porque sólo así defendemos los intereses de la democracia y de la unión, basada en la igualdad de derechos, de todos los proletarios de cualesquiera naciones” ([20]).

Efectivamente, para Lenin, a diferencia tanto de los oportunistas de izquierda dentro del socialismo como de la burguesía y la nobleza rusas, para quienes el reconocimiento del derecho a la autodeterminación aumenta el peligro de disgregación del Estado, “es precisamente al contrario: el reconocimiento del derecho a la separación reduce el peligro de ‘disgregación del Estado'” ([21]).

A continuación, Lenin repasa los programas nacionales de las clases dominantes en Rusia, los terratenientes (que siguen la vieja consigna de autocracia, religión ortodoxa y nación… rusa) y la burguesía. Dejando claro que los octubristas siguen en realidad a los terratenientes, Lenin se centra en el programa nacional del Partido Demócrata Constitucionalista, basado en el reconocimiento del derecho a la autodeterminación cultural, no política, puesto que los kadetes estaban en contra de defender el derecho a la separación de las naciones. Como vemos, la burguesía liberal y el oportunismo de derecha aunque con menos pasos dados- pisaban sobre la misma línea política en sus respectivos programas nacionales. El socialchovinismo se daba aquí la mano con el nacionalliberalismo.

Aparte de señalar que, con ese programa, el partido kadete -como aquí también el oportunismo de izquierda- se situaba en el terreno del statu quo establecido por la clase feudal en cuanto a fronteras y a relaciones internas entre las naciones, y de recordar que la autodeterminación es democracia y que la democracia aleja y no acerca el “peligro” de separación ([22]), Lenin matiza que:

“Acusar a los partidarios de la libertad de autodeterminación, es decir, de la libertad de separación, de que fomentan el separatismo es tan necio e hipócrita como acusar a los partidarios de la libertad de divorcio de que fomentan la destrucción de los vínculos familiares. Del mismo modo que, en la sociedad burguesa, impugnan la libertad de divorcio los defensores de los privilegios y de la venalidad, en los que se funda el matrimonio burgués, negaren el Estado capitalista la libertad de autodeterminación, es decir, de separación de las naciones,no significa sino defender los privilegios de la nación dominante y los procedimientos policíacos de administración en detrimento de los democráticos.

(…) Quien sustente el punto de vista de la democracia, es decir, de la solución de los problemas estatales por la masa de la población, sabe perfectamente que hay ‘un gran trecho’ entre la charlatanería de los politicastros y la decisión de las masas. La masas de la población saben perfectamente, por la experiencia cotidiana, lo que significan los lazos geográficos y económicos, las ventajas de un gran mercado y de un gran Estado y sólo se decidirán a la separación cuando la opresión nacional y los roces nacionales hagan la vida en común absolutamente ni soportable, frenando las relaciones económicas de todo género. Y en este caso, los intereses del desarrollo capitalista y de la libertad de lucha de clase estarán precisamente del lado de quienes se separen” ([23]).

De hecho, con toda justicia, subraya que, al contrario de los que las palabras puedan aparentar -y resulta infantil dejarse embaucar por las palabras-, “en realidad, en el reconocimiento del derecho de todas las naciones a la autodeterminación hay un máximo de democracia y un mínimo de nacionalismo” ([24]).

Finalmente, Lenin resume la cuestión nacional adoptando exclusivamente el punto de vista de los intereses de clase del proletariado, haciendo abstracción de toda otra consideración que, en la práctica, es necesario tener en cuenta desde el punto de vista de los intereses del proceso revolucionario concreto:

“Los intereses de la clase obrera y de su lucha contra el capitalismo exigen una completa solidaridad y la más estrecha unión de los obreros de todas las naciones, exigen que se rechace la política nacionalista de la burguesía de cualquier nacionalidad. Por ello sería apartarse de las tareas de la política proletaria y someter a los obreros a la política burguesa, tanto el que los socialdemocratas se pusieran a negar el derecho a la autodeterminación, es decir, el derecho de las naciones oprimidas a separarse, como el que se pusieran a apoyar todas las reivindicaciones nacionales de la burguesía de las naciones oprimidas. Al obrero asalariado tanto le da que su principal explotador sea la burguesía rusa más que la alógena, como la burguesía polaca más que la judía, etc. Al obrero asalariado que haya adquirido conciencia de los intereses de su clase le tienen sin cuidado tanto los privilegios estatales de capitalistas rusos como las promesas de los capitalistas polacos o ucranios de instaurar el paraíso en la tierra cuando ellos gocen de privilegios estatales. El desarrollo del capitalismo prosigue y proseguirá de uno u otro modo, tanto en un Estado heterogéneo unido como en Estados nacionales separados.

En todo caso, el obrero asalariado seguirá siendo objeto de explotación, y para luchar con éxito contra ella se exige que el proletariado sea independiente del nacionalismo, que los proletarios mantengan una posición de completa neutralidad, pordecirlo así, en la lucha de la burguesía de las diversas naciones por la supremacía. En cuanto el proletariado de una nación cualquiera apoye en lo más mínimo los privilegios de ‘su’ burguesía nacional, este apoyo provocará inevitablemente la desconfianza del proletariado de la otra nación, debilitará la solidaridad internacional de clase de los obreros, los desunirá para regocijo de la burguesía. Y el negar el derecho a la autodeterminación, o a la separación. significa indefectiblemente, en la práctica, apoyar los privilegios de la nación dominante”([25]).

Los últimos capítulos de su opúsculo, los dedica Lenin, en primer lugar, a criticar la teoría de Rosa Luxemburg en el punto que dice que la autodeterminación de las naciones es una “utopía”, pues esto presupone “una fe oportunista de lamentable presunción en la inmutabilidad de la correlación de fuerzas dada entre las naciones” ([26]), y, a través del ejemplo de la separación de Noruega de Suecia indica que “los obreros conscientes tienen la obligación de desarrollar una labor constante de propaganda y preparación a fin de que los posibles choques motivados por la separación de naciones se ventilen sólo como se ventilaron en 1905 entre Noruega y Suecia (pacíficamente) y no ‘al modo ruso'” ([27]), es decir, como decía Stalin, de reducir al máximo la lucha nacional para hacerla “lo más inofensiva posible para el proletariado”. En segundo lugar, recuerda que desde el Congreso de Londres de 1896 la II Internacional reconoce el derecho de las naciones a la autodeterminación. En tercer lugar, repasa la evolución del pensamiento de Marx en la cuestión nacional, prestando principal atención al caso irlandés, donde concluye:

“La deducción que resulta de todas estas observaciones críticas de Marx es clara: la clase obrera es la que menos puede hacer un fetiche del problema nacional, porque el desarrollo del capitalismo no despierta necesariamente a todas las naciones a una vida independiente. Pero, una vez surgidos los movimientos nacionales de masas, desentenderse de ellos, negarse a apoyar lo que en ellos hay de progresivo significa caer, en realidad, bajo la influencia de prejuicios nacionalistas, es decir: considerar a ‘su propia’ nación como ‘nación ejemplar’ (o, añadiremos nosotros, como nación dotada del privilegio exclusivo de organizarse en Estado)” ([28]).

Y resume:

Marx, sabedor de que sólo la victoria de la clase obrera podrá traer la liberación completa de todas las naciones no hace de los movimientos nacionales algo absoluto Es imposible tener en cuenta de antemano todas las

correlaciones que puedan establecerse entre los movimientos burgueses de liberación en las naciones oprimidas y el movimiento proletario de liberación en la nación opresora (precisamente esto es lo que hace tan difícil el problema nacional en la Rusia contemporánea)” ([29]).

Para terminar, Lenin finaliza relatando las vicisitudes del programa nacional del POSDR desde 1903 y concluye describiendo las etapas históricas del nacionalismo ruso, enemigo al que el proletariado contrapone su prograrna nacional:

“Completa igualdad de derechos de las naciones; derecho a la autodeterminación de las naciones; fusión de los obreros de todas las naciones” ([30]).

Realmente, como ya liemos subrayado más arriba, los dos pilares sobre los que se debe sustentar la política proletaria en el problema nacional son éstos con los que Lenin cierra su folleto: igualdad entre las naciones y fusión entre los obreros. Hasta aquí hemos tratado priticipalmeiite sobre el primero de ellos. Por decirlo de algún modo, este aspecto de la cuestión expresa el contenido democrático de la política nacional proletaria.  Pero esta política también presenta un contenido socialista, de clase, contenido que adquiere mucha mayor relevancia a partir de 1914. ¿En qué consiste?.  En la carta anteriormente reseñada de Lenin a Gorki, escribe:

“En Rusia y en el Cáucaso han trabajado juntos los socialdemócratas georgianos + los armenios + los tártaros + los rusos, en una organización socialdemócrata única, más  de diez años. Esto no es una frase, sino la solución proletaria del problema nacional. La única solución” ([31]).

La unión, la “fusión” internacional de los obreros, no sólo en un lugar dado, sino en toda la faz de la Tierra, es la solución proletaria del problema nacional, y, por ende, la única solución real del mismo. Este es el verdadero significado de la tesis de que el socialismo (el Comunismo) terminará con el problema nacional; pero no en el sentido de liberación nacional, sino en el de supresión de toda controversia o contradicción que tenga como fuente la nacionalidad.

De esta manera se presenta el doble aspecto de la política proletaria, su carácter dialéctico; de esta manera comprobamos cómo política nacional e internacionalismo son las dos caras de una misma moneda, la contradicción que debe resolver el proletariado para conjugar sus intereses universales como clase revolucionaria con su división en destacamentos nacionales, sus objetivos estratégicos (Revolución Proletaria Mundial) con las etapas del movimiento necesario para alcanzarlos (desarrollo a saltos, con retrocesos y de forma desigual de la revolución), la defensa de la democracia más consecuente (derecho a la separación) con el Comunismo (unidad internacional de los obreros), en definitiva, la oposición entre clase y nación.

La unidad internacionalista del proletariado, por tanto, se realiza a través de sus órganos de clase, sin excepción y de abajo a arriba. Por eso, la máxima expresión de la unidad internacionalista de la clase obrera es la Internacional Obrera.Sólo cuando todos o la mayoría de los destacamentos nacionales del proletariado adopten una política nacional correcta podra reconstituirse la Internacional Obrera, Reconstitución que sólo puede tener lugar como Internacional Comunista.

En esto radica el error básico, de principio, tanto de los oportunistas de derecha como de los de izquierda cuando abordan la cuestión nacional: que ambos pretenden resolver el problema nacional desde oa través del Estado. O exagerando el factor nacional, como Bauer, o suprimiéndolo, como Luxemburg ([32]), ambos proyectan hacia el Estado su respuesta al problema. Naturalmente, esto conlleva otro error derivado, consistente en la supresión de la clase como factor social organizado, en Bauer, y en la organización de la clase revolucionaria únicamente como Estado, en Luxernburg. El atentado contra el marxismo que comete Bauer ya lo señaló Stalin: propone organizar (“crear”) la nación, ¡cuando el marxismo dice que la lucha de clases terminará con la separación de los hombres en naciones!. El atentado contra el marxismo que comete Luxemburg consiste en que propone al proletariado que se limite a organizar el Estado existente, ¡cuando el marxismo dice que la lucha de clases terminará con la organización estatal de la sociedad!.

Desde luego, por lo que respecta a Luxemburg esto es lógico, pues su teoría de la revolución, que se caracteriza por ser absolutamente espontaneísta (para ella, la huelga de masas es la forma superior de lucha proletaria) y por subestimar el factor consciente en el movimiento proletario (no cree en el partido de vanguardia y para ella el sindicato es el pilar organizativo de la clase), no contempla al movimiento obrero revolucionario como algo que va organizándose y estructurándose de forma progresiva y ascendente, de manera que, en un momento dado, pueda sustituir y tirar al trastero de la historia el viejo aparato estatal de la sociedad de clases.  No, para Luxemburg, la clase da un vertiginoso salto espontáneo y no preparado ni planificado conscientemente desde su nivel de organización y conciencia sindical hasta el poder político. Es natural, por tanto, que una vez que ha copado el Estado, a falta de toda arquitectura política propia previamente diseñada y montada, tenga que instalarse entre las vigas, columnas y paredes que ha dejado tras de sí la desplazada burguesía. Para Luxemburg, la tarea consiste en adaptarse y en utilizar esa estructura política recién conquistada según los intereses de la clase revolucionaria tal y como ella los entiende. Así, si el Estado conquistado reconocía el democrático derecho de autodeterminación nacional, se derogará en nombre del internacionalismo y se aplicará la dictadura a todo aquel que quiera poner “la trampa burguesa dela igualdad entre las naciones para dividir a los obreros; y si ese Estado no reconocía aquel derecho, mejor, pues se defenderá “con uñas y dientes” su integridad territorial. De este modo, conseguiremos el máximo logro del proletariado: unirse, a la fuerza, dentro del Estado, decretando directamente la unidad de las naciones.

Al contrario, como dice Lenin, se trata de que, al igual “que la humanidad podrá llegar a la supresión de las clases sólo a través del período de transición que significa la dictadura de la clase oprimida, de esa misma manera podrá llegar la humanidad a la ineluctable fusión de naciones sólo a través del período de transición que significa la emancipación completa de todas las naciones oprimidas, es decir, su libertad de separación” ([33]).

Para Luxemburg, por tanto, la unidad internacional del proletariado está mediatizada por el orden político en el que se mueve. El internacionalismo proletario, entonces, no es más que un principio declarativo y la Internacional unaoficina política no vinculante mientras el proletariado no resuelva el problema del poder. Para Luxemburg, lo esencial noes que el obrero polaco y el georgiano estén unidos en elPOSDR, sino que permanezcan unidos tras la revolución en lo que fue el Estado zarista. La organización internacional del proletariado queda subordinada, de esta manera, a circunstancias que no se derivan directamente nide su estado de conciencia de clase, ni de su condición de clase revolucionaria universal. La compartimentación internacional del proletariado a través de los Estados que resultaría de todo esto es, entonces y a pesa de la intención de Rosa Luxemburg, una nueva y original versión del nacionalismo.

En cambio, la fusión internacional de los obreros en todas las organizaciones proletarias sin excepción, desde abajo -el sindicato, la cooperativa, la asociación cultural- hasta arriba -el Partido Comunista y la Internacional Comunista-, cumple de manera práctica con las exigencias ideológicas y políticas del principio del internacionalismo proletario de forma inmediata, sin concesiones de otro tipo, y, por tanto, de manera independiente para la clase. Y esta es la garantía de que el proletariado pueda permanecer fiel al internacionalismo mientras aborda de modo correcto, alejado de todo nacionalismo y de todo chovinismo la cuestión nacional.


Notas:

[1] LUXEMBURG, Rosa: Crítica de la revolución rusa. Ed. La Rosa Blindada. Buenos Aires, 1969; p. 99.  El problema de la autodeterminación de clase comoverdadero contenido de la autodeterminación nacional volvió a ser suscitado en elseno del partido bolchevique cuándo, en los años 20, pretendió sustituirse el concepto de autodeterminación nacional por el de autodeterminación de los pueblos.

[2] LENIN, V.I.: OC., t. 25, p. 273

[3] Ibídem, p. 275

[4] Ibid., págs. 274 y 275

[5] Ibid., p. 276

[6] Ibid., p. 277

[7] Ibid., p. 278

[8] Ibid., p. 279

[9] Ibid., p. 280

[10] Ibid., p. 282

[11] Ibid., p. 288

[12] Ibid., p. 284

[13] Ibid., p. 285

[14] Ibid., p. 325 (enNota a pie de página). Ver también, Carta a S. G. Shaumian de 6/XII/1913, en LENIN, V.I.: OC., t. 48. págs. 266-269

[15] LENIN, V.I.: OC., t. 25, págs. 289-291

[16] Ibídem, P. 292

[17] Ibid., págs. 292 y 293

[18] Ibid., págs. 324 y 325

[19] Ibid., págs. 293 y 294

[20] Ibid., p. 294

[21] Ibid., p. 303

[22] “¿No está claro que cuanto mayor sea la libertad de que goce la nación ucrania en unou otro país, tanto más estrecha será la ligazón de esa nación con elpaís de que se trate? Parece que nose puede discutir contra esta verdad elemental, de no romper resueltamente con todos lo postulados de la democracia. ¿Y puede haber, para una noción como tal, mayor libertad que la de separació, la de formar un Estado nacional independiente?” (Ibid.)

[23] Ibid., págs. 304 y 305

[24] Ibid., p. 317

[25] Ibid., págs. 306 y 307

[26] Ibid., p. 310

[27] Ibid., págs. 309 y 310

[28] Ibid., p. 320

[29] Ibid., p. 323

[30] Ibid., p. 339

[31] LENIN, V.I.: OC., t. 48, págs. 183 y 184 (la negrita es nuestra -N. de la R.-)

[32] En su crítica a la revolución bolchevique, Rosa Luxemburg insiste en que: “En lugar de tender (…) a reunir en una masa compacta las fuerzas revolucionarias sobre todo el territorio del imperio, en lugar de defender con uñas y dientes la Integridad del imperio ruso en cuanto territorio revolucionario, de contraponer a todas las aspiraciones separatistas nacionales, como la ley suprema de su política, la cohesión y la unión inseparable de los proletarios de todos los países en el seno de la revolución rusa, los bolcheviques, a través de la rimbombante fraseología nacionalista del ‘derecho a la autodeterminación hasta la separación estatal’ (Es falso que los bolcheviques presenten la formulación así -N. de la R.-) no hicieron otra cosa que prestar a la burguesía de todos los países limítrofes el mejor de los pretextos, y hasta la bandera para sus aspiraciones contrarrevolucionarias. En lugar de poner en guardia a los proletarios de los países limítrofes contra todo separatismo por ser éste una mera trampa burguesa y sofocar en germen las aspiraciones separatistas con mano férrea, cuyo uso en tal caso habría correspondido verdaderamente al sentido y al Espíritu de la dictadura proletaria, ellos han desconcertado a las masas en aquellos países con su consigna liberándolas así a la demagogia de las clases burguesas. Con esta reivindicaciónnacionalista causaron, prepararon, el desmembramiento de la misma Rusia y pusieron en manos de sus propios enemigos el puñal que ellos clavarían en el corazón de la revolución rusa (LUXEMBURG, R.: Op. cit., págs. 102 y 103. la negrita es nuestra -N. (le la R.-)

[33] LENIN, V.I.: OC., t. 27, p. 268

El internacionalismo y la guerra

Como hemos visto, la proyección internacionalista que debe contener toda correcta política nacional del proletariado constituye la primera premisa política de constitución de la clase obrera en clase internacionalmente organizada. A lo largo de su historia el proletariado ha demostrado esta vocación de clase mundial, y a lo largo de la historia también ha sufrido derrotas y el desmoronamiento de su organización internacional por antonomasia. Hoy día vivimos uno de estos periodos de retroceso general de la clase, por lo que los comunistas deben incluir entre sus tareas inmediatas, junto a la Reconstitución de los partidos de vanguardia de sus distintos países, la Reconstitución de la Internacional proletaria. Sin embargo, en la época en que nos situamos, cuando tiene lugar el importante debate sobre la cuestión nacional en el seno de la socialdemocracia de Rusia del que hasta aquí hemos expuesto sus aspectos ideológicos y políticos más importantes, así como las circunstancias históricas que lo rodearon, la Internacional Obrera (conocida como II Internacional o Internacional Socialista) pasaba por uno de sus períodos de mayor prestigio y reconocimiento -tanto por parte de sus amigos como de sus enemigos- de su historia. Pero pronto se demostraría que todo era puro espejismo. El cenit de su prestigio fue, en realidad, la víspera de su bancarrota.

El 28 de julio de 1914, Austria declaraba la guerra a Serbia. En pocos días, toda Europa estaba envuelta por la voráginebélica. Los dirigentes de los partidos socialistas europeos y sus parlamentarios, rompiendo con el internacionalismo proletario, apoyaron a sus respectivos gobiernos votando los créditos de guerra y justificando la guerra patria o la guerra defensiva. Apoyando a sus respectivas burguesías contra el proletariado, señalaron la bancarrota de la Internacional. En lo concerniente a los intereses revolucionarios del proletariado, ésta fue la primera consecuencia de la gran guerra. Pero hubo más.

La primera guerra mundial entre las potencias imperialistas puso abiertamente de manifiesto, y como algo tan ineludible como indudable, los nuevos rasgos que presentaba el capitalismo, su nuevo aspecto económico y político, su cristalización en imperialismo. Necesariamente, esto tenía que acarrear consecuencias en la relativa transformación del carácter de las relaciones entre las naciones y, sobre todo, en el cambio en la correlación de fuerzas entre las clases a nivel global.

Efectivamente, en primer lugar, “lo más esencial e inevitable bajo el imperialismo”: “la división de las naciones en opresoras y oprimidas” ([1]). Si en la etapa anterior, en la etapa de ascenso de la burguesía, las naciones podían ser separadas en democráticas -que están llevando o han llevado a cabo la revolución burguesa- y reaccionarias -que aplastan la revolución dentro y fuera de sus fronteras (como Rusia entre 1848 Y 1905)-, en la etapa de ocaso del capitalismo, en su etapa imperialista, cuando sus tentáculos han sido extendidos a lo largo y ancho del planeta, organizando a su manera las relaciones de jerarquía y hegemonía económica y política entre las naciones, bien puede decirse que la semilla de la relación capitalista de producción, que divide al productor en propietario y trabajador, en explotador y explotado, en opresor y oprimido, se extiende germinada como una frondosa y espesa hojarasca que cubre toda la Tierra y divide a las naciones en explotadoras y explotadas, en opresoras y oprimidas. De esta manera, el proceso revolucionario cambia de perspectiva. La revolución ya no puede concebirse más que desde un enfoque global, ya no desde la lucha de clases nacional, sino desde el escenario internacional. Lo cual, naturalmente, no significa que la revolución proletaria tenga que ser permanente: universal, simultánea y obrera, como dicen los trotskistas. Al contrario, la revolución es un proceso universal que va avanzando paso a paso en función de la correlación de fuerzas entre las clases y las naciones en todo el mundo. A diferencia de la revolución burguesa, que se realizaba mediante un acto o un proceso independiente, la revolución proletaria es un proceso mundial que engloba la suma de muchos actos. En este sentido y desde el punto de vista precisamente de la valoración de esa nueva correlación de fuerzas entre las clases y las naciones, adquiere oran importancia el análisis internacional de la lucha de clases. En 1916, en plena conflagración mundial, Lenin realiza este análisis, válido para su época, pero que, naturalmente, es preciso actualizar en sus aspectos concretos:

“Primero, los países capitalistas avanzados de Europa Occidental y los Estados Unidos. En ellos han terminado hace mucho los movimientos nacionales burgueses de tendencia progresista. Cada una de estas ‘grandes’ naciones oprime a otras naciones en las colonias y dentro del país. Las tareas del proletariado de las naciones dominantes son allí exactamente las mismas que tenía en Inglaterra en el siglo XIX en relación con Irlanda.

Segundo, el Este de Europa: Austria, los Balcanes y, sobre todo, Rusia. Precisamente el siglo XXha desarrollado en ellos de un modo singular los movimientos nacionales democráticos burgueses y ha exacerbado la lucha nacional. Las tareas del proletariado de esos países, tanto en la culminación de sus transformaciones democráticas burguesas como en la ayuda a la revolución socialista de otros Estados, no pueden ser cumplidas sin defender el derecho de las naciones a la autodeterminación. En ellos es singularmente difícil e importante la tarea de fundir la lucha de clase de los obreros de las naciones opresoras y de los obreros de las naciones oprimidas.

Tercero, los países semicoloniales, como China, Persia y Turquía, y todas las colonias, que suman juntos cerca de 1.000 millones de habitantes. En ellos acaban empezar, en parte, los movimientos democráticos burgueses y, en parte, están lejos de haber terminado. Los socialistas no deben limitarse a exigir la inmediata liberación absoluta, sin rescate, de las colonias, reivindicación que, en su expresión política, significa precisamente el reconocimiento del derecho a la autodeterminación; los socialistas deben apoyar con la mayor decisión a los elementos más revolucionarios de los movimientos democráticos burgueses de liberación nacional en dichos países y ayudar a su insurrección -y, llegado el caso, a su guerra revolucionaria- contra las potencias imperialistas que los oprimen”([2]).

Este análisis, empero, sigue siendo válido en cuanto al lineamiento general de fuerzas. Efectivamente, el proletariado de los países imperialistas debe, como “en Inglaterra en el siglo XIX”, apoyar el derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas y preparar la torna del poder. En los países con una lucha de clases menos desarrollada y con tareas democráticas pendientes. el proletariado debe dirigir las transformaciones necesarias encabezando los movimientos democráticos de liberación nacional contra las potencias imperialistas. En el caso -cada vez menos probable- de que el desarrollo de las fuerzas productivas y de la lucha de clases no permitan la presencia de un proletariado mínimamente organizado, los elementos conscientes de esta clase deben sumarse a la lucha revolucionaria antiimperialista. Por lo tanto, resumiendo, son dos campos fundamentos los que se enfrentan: el imperialismo, por un lado, y el proletariado y las naciones oprimidas, por el otro. El movimiento revolucionario de este segundo bloque político es lo que llena de contenido el proceso que se denomina Revolución Proletaria Mundial, revolución que no puede ser dirigida más que por la expresión de la unidad internacional de la clase revolucionaria de vanguardia, la Internacional Comunista.

Aunque Marx ya definió la Revolución Proletaria Mundial como derivación de la ley general de acumulación capitalista queél formuló, es decir, de la progresiva separación a gran escala entre burgueses y proletarios, en el sentido de que el proceso revolucionario consistiría en el enfrentamiento directo de estas dos fuerzas, evidentemente, y dado el escaso desarrollodel capitalismo y de la lucha de clase del proletariado de su tiempo, Marx no podía definir más que el contenido, no la forma de ese proceso. La experiencia actual nos permite distinguir entre el contenido social (proletario) -tal y como genialmente adelantó Marx- y la forma del movimiento revolucionario hacia el Comunismo (que debe resolver tanto ,democráticas como socialistas). Hoy, sólo el trotskismo permanece incapaz para distinguir forma y contenido en la revolución; sólo el trotskismo sueña con la revolución obrera pura ([3]).

El principio de autodeterminación nacional adquiere, de este modo, un contenido nuevo en la época del imperialismo. Si antes de la guerra imperialista era una reivindicación principalmente democrática que el proletariado incluía dentro de su programa revolucionario por motivos tácticos, como medio para profundizar en el deslindamiento de los campos entre las clases para favorecer el desarrollo de su lucha de clase -bien como reivindicación contra la opresión de tipo feudal o colonial, bien para aclarar la lucha de clase proletaria en las naciones oprimidas, ahora esa reivindicación adopta un contenido proletario, pues, como vemos, la cuestión nacional deja de ser un problema independiente, que atañe sólo a un determinado pueblo en un determinado momento, y pasa a ser un asunto que atañe directamente al bloque de fuerzas revolucionarias modernas -el proletariado y las naciones oprimidas-, pues constituye la ligazón, el sello de la alianza que los une en el plano internacional contra el enemigo común, el imperialismo: máxima expresión de la explotación capitalista, para el proletariado, y máxima expresión de la opresión nacional, para los pueblos oprimidos. En este sentido, Lenin advertía ya en 1916 que:

“(…) la necesidad de proclamar y hacer efectiva la libertad de todos los pueblos oprimidos (es decir, su derecho a la autodeterminación) será tan imperiosa en la revolución socialista como lo fue para la victoria de la revolución democrática burguesa (…)” ([4]).

“Los socialistas no pueden alcanzar su magno objetivo sin luchar contra toda opresión de las naciones. Por eso deben exigir obligatoriamente que los partidos socialdemócratas de los países opresores (sobre todo, los de las llamadas ‘grandes’ potencias) reconozcan y defiendan el derecho de las naciones oprimidas a la autodeterminación. Y precisamente en el sentido político de esta palabra, es decir, el derecho a la separación política. El socialista de una gran potencia o de una nación poseedora de colonias que no defienda este derecho será un chovínista. (…).

El imperialismo es una época de opresión creciente de las naciones del mundo entero por un puñado de ‘grandes’ potencias, en virtud de lo cual la lucha por la revolución socialista internacional contra el imperialismo es imposible si no se reconoce el derecho de las naciones ala autodeterminación. ‘El pueblo que oprime a otros pueblos no puede ser libre’ (Marx y Engels). Un proletario que acepte la menor violencia de ‘su’ nación sobre otras naciones no puede ser socialista” ([5]).

¿Pero cuál es el trasfondo clasista de este nuevo realineamiento de fuerzas propio de la época imperialista?. Precisamente, este realineamiento viene determinado por la deserción en masa y su paso al campo imperialista de los socialistas chovinistas en toda Europa. En la práctica, la II Internacional en pleno (exceptuando, claro está. su pequeña ala izquierda, encabezada por el bolchevismo).

“Por socialchovinismo entendemos la aceptación de la idea de la defensa de la patria en la presente guerra imperialista, la justificación de la alianza de los socialistas con la burguesía y con los gobiernos de ‘sus’ países en esta guerra, la renuncia a propugnar y apoyar las acciones revolucionarias del proletariado contra ‘su’ burguesía, etc. Es evidente que el principal contenido ideológico y político del socialchovinismo coincide en un todo con las bases del oportunismo. Es siempre la mismacorriente. En las condiciones de la guerra de 1914-1915, el oportunismo engendra precisamente el socialchovinismo. Lo principal en el oportunismo es la idea de colaboración entre las clases. La guerra lleva esta idea a su fin lógico, añadiendo a los factores y estímulos ordinarios de la misma otros muchos extraordinarios y obligando a la masa amorfa y dividida, con violencias y amenazas particulares, a colaborar con la burguesía. (…).

El oportunismo es el sacrificio de los intereses vitales de las masas en aras de los intereses momentáneos de una minoría insignificante de obreros o, dicho en otros términos, la alianza entre una parte de los obreros y la burguesía contra la masa proletaria. La guerra hace que esta alianza sea tanto más patente y forzosa. El oportunismo se ha ido incubando durante decenios por la especificidad de una época de desarrollo del capitalismo en que las condiciones de existencia relativamente civilizadas y pacíficas de una capa de obreros privilegiados los ‘aburguesaba’, les proporcionaba unas migajas de los beneficios conseguidos por sus capitales nacionales y los mantenía alejados de las privaciones, de los sufrimientos y del estado de ánimo revolucionario de las masas que eran lanzadas a la ruina y que vivían en la miseria. La guerra imperialista es la continuación directa y la culminación de tal estado de cosas, pues es una guerra por los privilegios de las naciones imperialistas, por un nuevo reparto de las colonias entre ellas, por su dominación sobre otras naciones. Defender y consolidar su privilegiada situación de ‘capa superior’ de la pequeña burguesía o de la aristocracia (y de la burocracia) de la clase obrera: he aquí la continuación natural, durante la guerra, de las esperanzas oportunistas pequeñoburguesas y de la táctica que de aquí se desprende; he aquí la base económica del socialimperialismo de nuestros días. La guerra transfiguró al oportunismo, cultivado durante decenas de años, lo elevó a una fase superior, aumentó y diversificó sus matices, multiplicó el número se sus partidarios, enriqueció sus argumentos con un montón de sofismas nuevos y fundió la corriente principal del oportunismo con multitud de nuevos riachuelos y arroyos; pero la corriente principal no desapareció. Todo lo contrario.

El socialchovinismo es el oportunismo maduro hasta el punto de que ya no es posible que este absceso burgués siga existiendo como hasta ahora en el seno de los partidos socialistas.

(…) la vieja división de los socialistas en corriente oportunista y corriente revolucionaria, división propia de la épcca de la II internacional (1889-1914), corresponde, en resumidas cuentas, a la nueva división en chovinistas e internacionalistas” ([6]).

Estos dos bloques de clases, el gran capital monopolista junto con su sector socialchovinista privilegiado del proletariado, la aristocracia obrera, frente al proletariado internacionalista unido a las naciones oprimidas, conforman el contenido social y los dos ejércitos que se enfrentan en la lucha de clases del mundo moderno.

Por otro lado y en relación con el desarrollo organizativo del proletariado internacionalista, este análisis de la nueva disposición de fuerzas de clase y  su asunción por parte de la vanguardia proletaria (que se realiza, sobre todo, gracias a trabajos de Lenin como El socialismo y la guerra y Balance de la discusión sobre la autodeterminación, entre 1915 y 1916) sirve de base para la formulación de la táctica general de la Revolución Proletaria Mundial, con lo que puede decirse que esa vanguardia había cumplido los requisitos -junto con la correcta política internacionalista en la cuestión nacional y la ruptura orgánica con el socialchovinismo- para laReconstitución de la Internacional Obrera.

Esa táctica proletaria general consiste en ir “contra el frente único formado por las potencias imperialistas, la burguesía imperialista y los socialimperialistas, y a favor del aprovechamiento, para los fines de la revolución socialista, de todos los movimientos nacionales dirigidos contra el imperialismo” ([7]).

Una vez cumplidos los requisitos políticos básicos necesarios para la Reconstitución de la nueva Internacional, sólo faltaba que se dieran las condiciones, el contexto histórico y social adecuado para que cristalizase la nueva organización internacional del proletariado revolucionario, la máxima expresión de la unidad de la conciencia revolucionaria de la clase obrera y el órgano destinado a dirigir la Revolución Proletaria Mundial. Este contexto histórico y social comenzó a darse a partir de octubre de 1917. El 2 de marzo de 1919, inaguró sus sesiones lo que se denominaría III Internacional o Internacional Comunista.

Comité Central del PCR


Notas:

[1] LENIN, V.I.: OC., t. 27, p. 269

[2] Ibid., págs. 273 y 274

[3] “Porque pensar que la revolución social es concebible sin insurrecciones de las naciones pequeñas en las colonias y en Europa, sin explosiones revolucionarias de una parte de la pequeña burguesía, con todos sus prejuicios, sin el movimiento de masas proletarias y semiproletarias inconscientes contra la opresión terrateniente, clerical, monárquica, nacional, etc.; pensar así, significa abjurar de la revolución social. En un sitio -se piensa, por lo visto-, forma un ejército y dice: ‘Estamos por el socialismo’; en otro sitio, forma otro ejército y proclama: ‘Estamos por el imperialismo’, ¡y eso será la revolución social! Únicamente basándose en semejantepunto de vista ridículo y pedante se puede ultrajar a la insurrección irlandesa, calificándola de ‘putsch’.

Quien espere la revolución social ‘pura’, no la verá jamás. Será un revolucionario de palabra, que no comprende la verdadera revolución” (LENIN, V.I.: OC., t. 30. p. 56)

[4] LENIN, V.I.: OC., t. 27, p. 275

[5] LENIN, V.I.: OC., t. 26, págs. 348 y 349

[6] Ibídem, págs. 260-263

[7] LENIN, V.I.: OC., t. 30. p. 42 (la negrita es nuestra -N. de la R.-)

http://pcree.net/EHRP/IndiceNacybol.html

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s