La agresión imperialista contra Siria y la revolución proletaria

no a la guerra imperialista
En el imperialismo (fase superior y decadente del capitalismo), cuando las relaciones capitalistas de producción han alcanzado el dominio mundial y los bloques imperialistas se han formado, la pugna del capital financiero internacional por la obtención de nuevos mercados y fuentes de recursos naturales y, en general, por la consecución de las condiciones propicias para la extracción de plusvalía, deviene un factor inherente al funcionamiento del capitalismo. Así, a medida que la burguesía imperialista se desarrolla, va generando vínculos con fracciones de las burguesías de los países oprimidos, supeditándolas a sus proyectos y estableciendo aparatos estatales que favorezcan sus intereses. Sin embargo, en esta incesante -y, en periodos de crisis, urgente- búsqueda de ganancias, las potencias imperialistas chocan, no ya con otros bloques o sus correspondientes Estados subalternos, con los cuales el conflicto es seguro pero no inmediato, sino con Estados que por su propia configuración de clase gozan de cierta autonomía tanto política como económicamente respecto a los imperialismos extranjeros, sin que ello les impida relacionarse de forma preferencial con alguno de estos.

          Este es el caso de Siria, que, por su posición estratégica en el Medio Oriente, las importantes reservas de gas que posee, así como por un posible futuro empleo del país como trampolín hacia Irán, hacen de la república árabe un objetivo ya inminente del imperialismo occidental. El enfrentamiento, lejos de ser iniciado por un movimiento popular tal y como aseveraron en un principio los medios de comunicación del imperialismo occidental o como lo hace todavía hoy el trotskismo, está siendo llevado a cabo por fuerzas fundamentalistas islámicas de corte ultrarreaccionario (en su gran mayoría provenientes de otros territorios), opuestas al Estado laico sirio. Mientras que en un comienzo las potencias occidentales impulsaron estos sectores de forma indirecta y torpemente disimulada mediante financiación o instrucción militar, en tanto que ha ido evolucionando la guerra, su apoyo se ha ido manifestando más explícita y directamente, hasta que, a día de hoy, es fácil comprobar en la prensa burguesa el reconocimiento franco de este hecho por parte del bloque imperialista occidental. Con todo, el ejército gubernamental ha logrado avanzar en detrimento de los «rebeldes» durante los últimos meses, obligando así al imperialismo a hacer un cambio cualitativo en su estrategia depredadora y pasar a la intervención militar, que parece ya inmediata. Por tanto, el conflicto sirio no es fruto de una «oposición» interna como quieren hacernos ver los voceros burgueses, sino que responde a una agresión imperialista encabezada por EEUU, Europa, Turquía, Arabia Saudí, Qatar e Israel, entre otros. Ahora bien, no podemos olvidar que, en última instancia, el «conflicto sirio» no es sino una manifestación más del enfrentamiento creciente entre los dos grandes bloques imperialistas en el mundo, el «occidental» y el «oriental» (encabezado este último por Rusia y China).

       Naturalmente, los comunistas debemos posicionarnos en contra de cualquier ofensiva realizada por el imperialismo y apoyar la lucha antiimperialista que está llevando a cabo el pueblo sirio, además de reivindicar el derecho de autodeterminación de los pueblos. No obstante, este tipo de lucha debe ir subordinada a la lucha revolucionaria por la dictadura del proletariado y el comunismo y, por consiguiente, debe utilizarse  para estos propósitos. Asimismo, a pesar de estar enfrentada al bloque hegemónico occidental, la República Árabe Siria mantiene una esencia de clase burguesa, siendo la burguesía “nacional” la clase dirigente del estado, a través de la alianza llamada Frente Nacional Progresista, formada también por otros sectores democrático-populares. La composición de clase de este tipo de estado revela que no se trata, al contrario de lo que afirma el revisionismo, de un país socialista, sino que entre el actual Estado sirio y el Nuevo Poder media una ruptura que tiene que efectuarse por la vía revolucionaria. Aun así, la constatación de que el proletariado no tiene a día de hoy el poder en Siria y que debe conquistarlo para la consecución de los objetivos estratégicos del socialismo y el comunismo, no supone caer en la tesis izquierdista de abandono del apoyo a la lucha antiimperialista que está desarrollando la República Árabe Siria. Esta postura, que de forma acertada comprende que los intereses del proletariado sirio no están expresados en ningún bando, concibe erróneamente a ambas facciones como unilateralmente enemigas, sin considerar el aspecto progresista que representa la lucha antiimperialista, que puede estar correcta y necesariamente enmarcada en el proceso revolucionario. Por otro lado, si bien los comunistas debemos denunciar en cualquier latitud que la democracia burguesa no deja de ser una dictadura encubierta de la burguesía contra las masas explotadas, no podemos obviar el hecho de que determinados formatos de dominación estatal de la burguesía ofrecen menos posibilidades para el desarrollo de la lucha de clases revolucionaria. Es obvio que una Siria fragmentada y con el poder político en manos de salafistas a sueldo del imperialismo occidental supondría un nuevo y formidable obstáculo para avanzar en el proceso de constitución de un genuino movimiento revolucionario sirio.

   Precisamente por esos intereses comunes que el proletariado comparte momentáneamente con la burguesía nacional siria y los sectores democrático-populares frente al imperialismo extranjero, no solamente es factible, sino también obligatoria, la alianza táctica –y no estratégica- con estas clases, actualmente en la dirección del viejo Estado. Desprovisto de esta alianza antiimperialista, el proletariado será incapaz de derrotar la agresión imperialista por sí solo y saldrá en una posición inferior en la lucha de clases de la que empezó. Tales son los efectos de una posición izquierdista en esta cuestión.

        Sin embargo, es imprescindible que en dicho vínculo se conserve, en todo momento, la independencia ideológica y política del proletariado sirio; esto es, haberse constituido previamente en Partido Comunista, y en consecuencia, conformar un movimiento revolucionario a fin de que no actúe como furgón de cola bajo el programa de la burguesía nacional (como actualmente sucede con el revisionista Partido Comunista Sirio, que mantiene la unidad orgánica con el Frente Nacional Progresista), clase que ha demostrado, a lo largo de la historia, una actitud claudicante frente a las ofensivas imperialistas más contundentes. Únicamente de este modo el proletariado, una vez solventado el peligro imperialista, estará en condiciones de iniciar consecutivamente la lucha por la destrucción del Estado burgués sirio mediante la organización del Nuevo Poder. En este sentido, debemos rescatar dos de las experiencias revolucionarias del siglo XX en los países oprimidos (la china y la albanesa) y recordar cómo, en momentos en que gran parte de la burguesía del país dependiente se muestra en el fondo indecisa ante las acometidas del imperialismo, el proletariado revolucionario -organizado en su Partido de nuevo tipo- tiene enormes posibilidades para arrebatarle a la burguesía la dirección del frente antiimperialista y, con el prestigio ganado ante las masas por su efectividad político-militar, el Partido Comunista puede convertir de forma eficaz la lucha antiimperialista en lucha contra el viejo Estado de su propia burguesía.

       Desafortunadamente, la derrota del Ciclo de Octubre y la liquidación del marxismo por parte del revisionismo impide, tanto al Movimiento Comunista Internacional en general como a los comunistas sirios en particular, emprender cualquier tipo de acción revolucionaria a corto plazo que pueda transformar la agresión imperialista en guerra civil revolucionaria. Para ello es indispensable, como venimos diciendo desde Revolución o Barbarie, la existencia previa de un Partido Comunista constituido sobre la base de la ideología revolucionaria del marxismo, por lo que la reconstitución ideológica y política del comunismo a nivel internacional pasa a ser requisito insoslayable para la destrucción del sistema de dominación capitalista así como de las guerras que origina.

 ¡Viva la lucha antiimperialista del pueblo de Siria!

¡Por la reconstitución ideológica y política del comunismo!

Revolución o Barbarie

Centenario de la publicación del folleto de Stalin «El marxismo y la cuestión nacional»

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Publicamos a continuación un texto que analiza el legado teórico de Stalin y el marxismo-leninismo en torno a la cuestión nacional que nos ha enviado un camarada. El artículo, que lleva por título “Centenario de la publicación del folleto de Stalin «El marxismo y la cuestión nacional»”, presenta aspectos muy interesantes dignos de ser mencionados. En primer lugar, el camarada estudia de forma muy acertada esta cuestión desde el punto de vista del balance revolucionario del ciclo de Octubre, una necesidad fundamental para el movimiento comunista internacional en vistas a su reconstitución tanto ideológica como política. Además, otro aspecto a nuestro juicio muy positivo del artículo es que analiza de forma científica y sin apriorismos -como debe hacer siempre un comunista, por otro lado- las posiciones teóricas de Stalin, Lenin y el conjunto del movimiento comunista en relación a la compleja cuestión nacional. 

La única cuestión del texto que no compartimos de los planteamientos del camarada -lo que, por supuesto, no es óbice para que publiquemos un texto muy interesante- es la diferenciación negativa que establece entre la postura de Lenin y la de Stalin en torno al problema nacional. Nosotros, en todo caso, entendemos que Stalin teorizó y sistematizó de forma más contundente si cabe que Lenin el problema nacional y su relación con el movimiento del proletariado revolucionario. Pero no suscribimos la tesis según la cual Lenin manejaba la cuestión nacional de forma “defensiva” y “negativa”. Tampoco nos parece cierto que Lenin subordinara el problema nacional al “interés táctico del proletariado” -entendida la táctica como un elemento separado de la estrategia revolucionaria, la cual es la que debe dictar el criterio a seguir en el tema nacional- o, peor aún, que dejara “la iniciativa nacional a corrientes nacionales no proletarias”. En realidad, el revolucionario ruso, aunque quizá es cierto que no sistematizó la cuestión nacional de forma tan completa como Stalin, supo entender de forma correcta la relación entre el derecho a la autodeterminación y el principio del internacionalismo proletario como dos elementos constitutivos de una misma realidad, la lucha por la erradicación de toda forma de opresión de unos seres humanos sobre otros. 

Por último, agradecemos al compañero por el análisis realizado y le invitamos a profundizar más en la diferenciación que él establece entre el tratamiento de la cuestión dado por Lenin y Stalin, pues nosotros estamos abiertos a toda crítica revolucionaria y entendemos que la confrontación ideológica entre comunistas es prioritaria para avanzar en las tareas de la reconstitución del Partido Comunista.

СМB

Hace cien años que este artículo fue publicado, con el título «La socialdemocracia y la cuestión nacional», en tres entregas, en los números de marzo, abril y mayo del 1913 de la revista bolchevique Prosveshxenie (Ilustración). Será a partir de esa primera publicación cuando pasará a ser conocido como «El marxismo y la cuestión nacional», uno de los libros de cabecera durante muchos años sobre el problema nacional dentro del movimiento comunista internacional y que tuvo gran influencia sobre la cuestión durante gran parte del siglo XX.

El contexto de la publicación

El libro se adentra en el debate en que en aquella época estaba inmersa la socialdemocracia internacional y, muy especialmente, el mismo Partido Obrero Socialdemócrata Ruso. La iniciativa en la búsqueda de una teorización marxista sobre la cuestión nacional la habían llevado los llamados austromarxistas, encabezados por Otto Bauer y Karl Renner. Ante la influencia que sus reflexiones iban alcanzando en Rusia, tanto entre los mencheviques como en el Bund (la organización socialdemócrata que reunía la mayoría de los trabajadores judíos no sionistas), los bolcheviques decidieron tomar cartas en el asunto entrando firmemente en el debate. Por otro lado, dentro de la socialdemocracia, Rosa Luxemburgo defendía la irrelevancia que la cuestión nacional tenía por el proletariado, posición que Lenin se había encargado de combatir con firmeza.

Stalin será el encomendado por el partido para deshacer sus respectivas líneas. Con cuidado especial se entregó a la crítica de las posiciones que, bajo el nombre de autonomía nacional-cultural, el austromarxismo propuso como manera de resolver el problema nacional, sobre todo en la Europa central y oriental, caracterizada por la pervivencia de grandes imperios absolutistas multinacionales.

El objetivo de los austromarxistas era mantener el imperio multinacional permitiendo la expresión de unas diferencias nacionales reducidas. Stalin denunció la autonomía nacional-cultural porque negaba de hecho la autodeterminación de las naciones. Este modelo representaba una reducción folclórica del problema nacional por no sobrepasar el aspecto cultural y lingüístico, eliminando completamente el contenido político de la liberación nacional.

Para los austromarxistas, la cuestión nacional se enmarcaba en una idealista “unidad de carácter” de los miembros que compartían la misma lengua y en una mística “unidad de destino” como comunidad. Si bien el Partido Socialdemócrata Austriaco se declaraba marxista, esta teorización estaba bastante alejada del marxismo. Stalin establecerá algunos de los elementos para hacerle frente y evitar la idealización de la nación.

La nada despreciable aportación teórica de Stalin

Stalin es el primero que consigue introducir la cuestión nacional dentro de la estrategia de la revolución proletaria, procurando extraerla de la táctica dentro de la cual había quedado recluida por el marxismo desde su origen y de la que el movimiento socialista internacional no había osado sacarla.

En un artículo del año 1904, “Como entiende la socialdemocracia la cuestión nacional”, Stalin ya había apuntado que esta cuestión suscitaba intereses y matices diversos según la clase que la plantease. Analizó los diferentes nacionalismos en función de los intereses de clase opuestos, tal como hicieron Marx y Engels en el Manifiesto del Partido Comunista con las diferentes clases de socialismo de la época. El objetivo era hacer patente que la clase debe tener su propia opinión sobre qué nación le conviene para que sirva a la revolución.

En el artículo de 1913, Stalin empieza por definir la nación, el hecho nacional, como una categoría histórica, separando los conceptos de nación y de Estado, que tantas veces habían estado empleados indistintamente por Marx y Engels, cosa por otro lado muy común en la época. Así, Stalin realiza un esfuerzo de conceptualización, bastante necesaria cuando el marxismo no había sido capaz hasta entonces de elaborar una teoría general propia sobre la cuestión.

La nación descrita por Stalin es una comunidad históricamente constituida, formada por elementos con un grado de duración estables, el territorio, la lengua, la economía y la cultura como expresión de una psicología propia. A estos elementos se deben añadir otros que son fruto más de la coyuntura de una época, de más corta duración, dependientes de los avatares políticos de la lucha de clases. Eso diferencia la nación históricamente conformada del movimiento nacional insertado en el contexto del momento en que se desarrolla. Se establece así la dimensión histórica de la cuestión nacional, que no es sólo fruto de intereses temporales y concretos, sino que está lleno de elementos históricos subyacentes que se expresan en función del contexto y que contribuyen a su complicación analítica, favoreciendo la dispersión del pensamiento a la hora de referírsele. No hay pues un rasgo distintivo de nación, sino que es un puñado de rasgos diferentes y de incidencia variable tomados conjuntamente los que la conforman, y cuya expresión es una cuestión de grado.

Stalin establece una diferencia aclaratoria importante entre nación (concepto histórico) y movimiento nacional (concepto político), y por tanto entre el nacionalismo de la clase dominante y el interés nacional interclasista. Así pues, hecha la diferencia, y después de describir el hecho nacional, Stalin se adentra en el estudio de los movimientos nacionales de la Europa central y oriental donde intenta describir las relaciones concretas entre la lucha de clases y las luchas nacionales.

Como Stalin sitúa el origen de la nación en la época del capitalismo ascendente, o sea revolucionario, el movimiento nacional será progresista y, por tanto, susceptible de que el proletariado le dé su apoyo en la medida en que lucha contra un Estado reaccionario y opresor de naciones. El proletariado aún no puede dirigir la nación, aún no puede dirigir el movimiento nacional hasta que la burguesía una vez en el poder se vuelva reaccionaria, abrace el nacionalismo, el chauvinismo burgués, y haya llegado la hora de la revolución nacional del proletariado para hacerla caer. Sólo en Europa oriental y central, donde la burguesía es débil, el proletariado se encuentra en condiciones de ponerse en cabeza de la lucha por los derechos nacionales para derribar a los imperios.

Con su conceptualización del hecho nacional, Stalin inicia el intento de llevar la cuestión nacional más allá del mero acompañamiento táctico y de principios de la revolución proletaria, situación en la que Lenin se desenvolvía en el combate con Rosa Luxemburgo sobre Polonia.

Stalin insertará el movimiento nacional en el movimiento estratégico por los objetivos revolucionarios, inaugurando el camino hacia la unión política entre el movimiento obrero y el movimiento nacional. Cada clase tiene su conciencia de nación vinculada a sus intereses correspondientes. Según quien dirija el movimiento nacional asimismo servirá a la revolución. La diferencia fundamental reside en que el movimiento socialista es clasista y el movimiento nacional conjuga intereses de las diferentes clases de la nación oprimida. Afirmará que la cuestión nacional distrae al proletariado de las cuestiones sociales, con lo cual nos dirá que si no la integra en su estrategia y, por tanto, la deja en manos de la burguesía, esta la utilizará para desviar la atención de sus tareas y arrastrarlo tras los intereses burgueses.

Stalin coincide con los austromarxistas en que hay un componente psicológico, pero lo descarga de toda idealización mistificadora. Es en este sentido que afirma que el proletariado no puede aceptar cualquier cosa para erigir la propia nación, las tradiciones y peculiaridades reaccionarias, la religión, las costumbres anticuadas, las políticas opresoras. Una nación no tiene ningún derecho a volver a su pasado reaccionario y, por tanto, lucha contra los aspectos negativos que las naciones arrastran. También reconoce, con Rosa Luxemburgo, que la nación es una envoltura, pero este no es paso vacío como ella afirma, sino que es dentro donde se desarrolla la lucha de clases y es en esta estrecha relación donde recae la importancia por la lucha del movimiento obrero. La nación no es sólo Estado (forma política), ni nacionalismo (ideología política), sino que también hay que definirla como hecho sociohistórico.

Para Stalin, como asimismo para Lenin, la cuestión nacional tiene dos aspectos fundamentales que se interfieren dialécticamente. Por una parte, el derecho a la autodeterminación forma parte de los derechos democráticos nacionales a los que el movimiento obrero debe dar su apoyo luchando contra la opresión nacional y, por otro lado, se deben conjugar la reivindicación de estos derechos con los intereses revolucionarios del proletariado, que son los que deben prevalecer en el proceso de lucha de clases, rehuyendo el peligro de que las diferencias nacionales dividan al proletariado. Será el leninismo quien se encargará de extender, como principio revolucionario, la defensa del derecho a la autodeterminación como derecho a separación, lo cual no obligará en ningún caso a la separación, siempre dependiendo de las condiciones históricas concretas y en función de los intereses de clase.

Sin embargo, a pesar del acuerdo general de las posiciones de Stalin con el leninismo –no en vano Stalin fue escogido como comisario de las nacionalidades después del triunfo de la revolución–, sus referencias a una cultura nacional y a una psicología nacional como rasgos imprescindibles para ser considerada una nación como tal, hacían una aproximación más positiva, más favorable, a la comprensión y aceptación del hecho nacional desde el punto de vista estratégico y no sometido al principio economicista. En cambio Lenin, a pesar de haber otorgado legitimidad histórica a la cuestión nacional, la manejaba de forma defensiva y negativa, en contra de la opresión, y por tanto tácticamente.

Lenin, que siempre observó dudas sobre ambos conceptos (una cultura nacional y una psicología nacional) aportados por Stalin, mantuvo el problema nacional subordinado al interés táctico del proletariado. En última instancia, dejaba la iniciativa nacional a las corrientes nacionales no proletarias, continuando la posición marxista dominante en la segunda Internacional.

Del texto de Stalin se desprende que el movimiento obrero y el nacional están inseparablemente vinculados, al formar la clase parte del marco estructural que conforma la nación, lo cual relaciona internamente la lucha de clases y la lucha nacional. El proletariado no puede esforzarse por olvidar la cuestión nacional como algo que le es ajeno, debe asumir su incorporación en el programa revolucionario para evitar que la burguesía dominante la monopolice. No hay ninguna clase fuera de la nación, pero mientras el proletariado es nacional y como tal debe asumir el liderazgo de la nación oprimida, la burguesía, como clase reaccionaria, reduce el movimiento nacional a la estrechez de un nacionalismo que es la expresión de sus intereses de clase impuestos al resto de la sociedad.

Stalin, a pesar de haber iniciado el camino, no construye una teoría general y explícita sobre la cuestión nacional, un problema que aún hoy el marxismo, a pesar de haberle dedicado grandes esfuerzos, no ha conseguido resolver satisfactoriamente. Sin embargo, no se puede separar el escrito de los motivos prácticos y concretos de la lucha de líneas dentro de la segunda Internacional por el que se redactó, consiguiendo, cuando menos, situar la cuestión a la altura del debate de los principios estratégicos de la revolución.

Por otro lado, su esfuerzo de definición sociohistórica de la nación choca con una rigidez conceptual bastante alejada de una realidad bastante variada, sobre todo si se echa un vistazo más allá de la Europa central y oriental de la época. La búsqueda de un encuadramiento demasiado exigente dejará fuera muchos aspectos que, a pesar de todas las voluntades analíticas, han demostrado que el problema nacional esta lleno de matices y condicionamientos característicos espaciales y temporales que han dificultado su explicación. La cuestión de los judíos es paradigmática. Para Stalin, no son nación porque no cumplen ninguno de los requisitos por él definidos y, por tanto, estaban condenados a la asimilación progresiva. En cambio, bien debían presentar ciertos rasgos que permitiesen finalmente la consecución de aquellos requisitos.

Con todo, aportar elementos desde el materialismo dialéctico para una crítica general del libro de Stalin revierte, forzosamente, a la crítica general del marxismo de comienzos del siglo XX, del que recoge todas las insuficiencias de interpretación sobre la cuestión nacional.

A los 60 años de la muerte de Stalin

Acabado el ciclo revolucionario iniciado en Octubre de 1917 con la desaparición del campo socialista, una tarea insoslayable de los marxistas es, más que nunca, la reconstitución de la teoría revolucionaria general de liberación de la humanidad. Esta tarea no se puede llevar a cabo correctamente sin liberarnos de los prejuicios arrastrados del ciclo, fruto de las intensas y convulsas luchas políticas que tuvieron lugar.

Dada esta consideración, y atendiendo al aniversario de la muerte de Stalin, el desdén, la vergüenza, el asco, el odio, la admiración, la idolatría, la añoranza y tantos otros rasgos característicos que se propagan a la hora de referírsele en relación a su posicionamiento en aquellas luchas, deben dar paso al análisis más cuidadoso desde el punto de vista del socialismo científico.

Aunque sólo sea por el hecho de que estuvo situado en cabeza de la dirección comunista que consolidó la experiencia de socialismo de más larga duración, y que más influyó en el proceso de desarrollo de la liberación general de los pueblos y clases oprimidos, sólo por ello, merece una aproximación científica e histórica sin apriorismos, con la voluntad de contribuir al balance general del ciclo que nos debe permitir cumplir la tarea mencionada.

Azad

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Crisis capitalista y “nuevo” rostro de la explotación contra el proletariado

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1. Apuntes breves sobre la actual crisis capitalista. En torno a algunos mitos del oportunismo y el revisionismo

A mediados de 2013, asistimos a una profundización de la crisis que sacude al sistema de explotación y opresión capitalista en todo el mundo. Como ya hemos esbozado en anteriores trabajos, a nivel internacional la crisis se está cebando particularmente con una gran parte de los países de primer y segundo orden de la cadena imperialista (como Estados Unidos, Japón, Francia, Italia, España, etc.). No obstante, los comunistas no debemos olvidar que, a pesar de que por ahora ciertos países -es el caso de los BRICS y sus satélites, sobre todo- consiguen sortear la reciente gran crisis del capitalismo (que no tiene por qué ser ni mucho menos la última; recordemos esas palabras de Lenin en las que aseguraba que, al contrario de lo que sostienen los oportunistas, no hay en absoluto ninguna situación económica sin salida para el capitalismo), la crisis de sobreacumulación de capitales que sufrimos terminará golpeando al conjunto de los países capitalistas del globo, al contrario de lo que pregonan los oportunistas de nuevo cuño, que hoy tienen en las burguesías latinoamericanas y de otras regiones del planeta -aquellas que buscan renegociar en mejores condiciones su posición dentro de la división internacional del trabajo impuesta por el imperialismo- a sus nuevos sujetos políticos de referencia para «demostrar» que es posible otro tipo de capitalismo, otro tipo de explotación de clase y acumulación de capital que -nunca nos explican el cómo de forma científica, pues no pueden hacerlo- conviertan la actual «economía especulativa» en una economía ordenada, sin crisis y con «justicia social».

Ya sea de forma entusiasta (es el caso de los oportunistas más recalcitrantes a uno y otro lado del charco), ya sea de forma crítica (como ocurre con el revisionismo español e internacional), la cuestión es que al final el modo de producción capitalista siempre encuentra sus últimas tablas de salvación en aquellas burguesías que, con sus gestores políticos y sus palmeros propagandísticos repartidos por doquier, tratan de engatusar al proletariado y a las masas oprimidas para que pongan letra a una música creada por y para beneficiar a las burguesías imperialistas y a las burguesías dependientes que buscan renegociar en mejores condiciones su participación en la cuota de plusvalía internacional.

Antes de proceder a exponer la visión marxista sobre las causas de las crisis del modo de producción capitalista, conviene repasar cuál es el fundamento económico de un sistema clasista como el burgués. Dejemos que sea Marx quien nos aclare esta cuestión. El padre del socialismo científico, en su libro Teorías sobre la plusvalía, expresó lo siguiente:

“Lo que en realidad producen los trabajadores es plusvalía. Mientras la produzcan, tendrán [algo] que consumir. Tan pronto como dejen [de producirla] termina su consumo al terminar su producción. (…) Cabe, en efecto, preguntarse, si el capital en cuanto tal es también el límite con que tropieza el consumo. Lo es desde luego en un sentido negativo, ya que no puede consumirse más de lo que se produce. Pero el problema [está en saber] si lo [es] también en sentido positivo, [es decir], si —tomando como base la producción capitalista— se puede y se debe consumir tanto como se produce. Si lo analizamos certeramente, (…) no se produce con vistas a los límites del consumo existente, sino que la producción sólo se halla limitada por el propio capital. Y no cabe duda de que esto es característico del modo de producción capitalista”. 

2Aquí ya encontramos una refutación clara de uno de los mitos más extendidos por el oportunismo en torno a las crisis cíclicas del capitalismo: a saber, que la causa de la crisis sobreviene por el subconsumo masivo. Esto es falso, y Marx se encargó de demostrarlo durante gran parte de su obra teórica. En realidad, el subconsumo es algo perenne en el capitalismo (es decir, la producción siempre alcanza niveles mayores que el consumo, incluso en los periodos de auge económico), y desde luego no es ninguna causa de crisis, sino que es la consecuencia inevitable de una sobreacumulación de capital que tiene su corolario lógico en la sobreacumulación de mercancías. El subconsumo masivo, naturalmente, crea un efecto bumerán que profundiza y amplifica la crisis de sobreacumulación, pero en ningún caso es la causa determinante de las crisis capitalistas.  Como el mismo Karl Marx expresó en El capital (libro III, capítulo XIII):

“Se pone de manifiesto aquí la ley anteriormente expuesta según la cual, con la disminución relativa del capital variable, es decir, con el desarrollo de la productividad social del trabajo, se requiere una masa mayor de capital global para poner en movimiento la misma fuerza de trabajo y absorber la misma masa de plustrabajo”.

Pero ¿qué era para Marx la «sobreacumulación absoluta de capital»?:

“Hablar de sobreacumulación absoluta de capital es hablar de una masa de valor bajo la forma de dinero que huye de la esfera de la producción de plusvalor, que deja de producir plusvalor porque no se invierte y, por tanto, deja de demandar trabajo adicional. Tal es el principio activo que explica el fenómeno del exceso de capital con exceso de población o paro creciente. Esto se produce porque la población obrera explotada se ha vuelto demasiado pequeña respecto del capital invertido, pero al mismo tiempo este capital deviene demasiado pequeño respecto de la población obrera explotable” (El capital, libro III, capítulo 14-III).

Gracias al incesante desarrollo de las fuerzas productivas en el seno del capitalismo, la composición orgánica del capital (entendida como relación entre capital constante y capital variable o, dicho de otra forma, entre capital invertido en medios de producción y capital invertido en fuerza de trabajo) tiende a crecer cada vez más, lo que supone una traba formidable para la valorización y realización del capital. De hecho, Marx demostró cómo el aumento del valor de la composición orgánica del capital era una causa fundamental para la aparición de las crisis de ganancias, es decir, para la profundización de la tendencia general del capitalismo a ver disminuida la tasa de ganancia media del capital. Recordemos que la tasa de ganancia definida por Marx, que se expresa de la siguiente forma:

1(donde G’ es la tasa de ganancia, p es la plusvalía, c es el capital constante y v el capital variable), es la relación entre la plusvalía obtenida con la explotación de la fuerza de trabajo y el capital invertido en medios de producción y fuerza de trabajo. Así, mientras la tasa de ganancia resulta ser directamente proporcional a la tasa de plusvalía (que es a su vez la relación entre la plusvalía y el capital variable), es por el contrario inversamente proporcional a la composición orgánica del capital. ¿Por qué? Porque, una vez que dicha composición se incrementa, ello implica forzosamente que el valor de los medios de producción es mayor que el de la fuerza de trabajo, lo que, por un simple cálculo aritmético en la fórmula de la tasa de ganancia, lleva a un aumento del valor del denominador en detrimento del valor del numerador en la fracción. De esta forma, cuando la tasa de plusvalía aumenta, se incrementa igualmente la tasa de ganancia; sin embargo, si es la composición orgánica del capital, la tasa de ganancia -por los motivos ya expuestos- tiende a disminuir.

Es esta la razón por la cual una de las “medidas-estrella” de la burguesía en cada crisis capitalista es la de tratar de disminuir el valor del denominador en la fórmula de la tasa de ganancia. ¿Cómo consigue esto la clase capitalista? Muy sencillo: disminuyendo el valor de v, es decir, de la fuerza de trabajo, lo que se consigue mediante la intensificación de la explotación a través de la plusvalía absoluta (por ejemplo, haciendo trabajar al proletario más tiempo diario) y/o mediante la plusvalía relativa (procurando que el obrero produzca más por unidad de tiempo). Por supuesto, el capital también busca reducir el valor de c en ese cociente, pero en este caso tropieza con la situación irresoluble según la cual, si apuesta por desinvertir en medios de producción, su competidor puede sacarle ventaja en la carrera por acumular capital a costa de explotar al proletariado.

Este hecho económico, empírica y sobradamente demostrado por varios siglos de existencia del sistema de esclavitud asalariada, refuta de forma clara a todos aquellos oportunistas que venden la idea de que los obreros pueden mantener e incluso mejorar sus salarios y condiciones laborales sin destruir el sistema productivo capitalista. Aunque las luchas espontáneas en los centros de trabajo pueden ser “escuela de comunismo” (si -y solo si- existe previamente un Partido Comunista reconstituido que subordina la espontaneidad de las luchas obreras al proyecto de la toma del poder para la construcción de la dictadura del proletariado), la propia realidad de la estructura económica capitalista determina que haya un punto en que el capital, lo quiera o no, solo puede subsistir a base de incrementar la sobreexplotación de la fuerza de trabajo, sobre todo en un contexto imperialista de división internacional del trabajo cada vez más acentuada y en una competencia mundial entre monopolios cada vez más feroz.

En cuanto al papel que juegan las finanzas, el crédito y la Bolsa en el sistema capitalista, también debemos refutar ese mantra tan vociferado por el oportunismo (en el Estado español destacan en este sentido la tríada PCE-UJCE-IU, además de movimientos pequeñoburgueses como el 15-M, la PAH o los prebostes de esa nueva pequeña burguesía «radical» capitaneada por los Anguita, los Iglesias, los Torres y los Monedero): nos referimos a la cuestión de la supuesta «primacía» de «lo financiero» sobre «lo productivo». En primer lugar, estos elementos no hacen más que acomodar su nauseabunda ideología, tan típica de la aristocracia obrera y la pequeña burguesía, a sus intereses de clase. Así, para estos nuevos reformistas vivimos sometidos, no a la dictadura de la oligarquía financiera en un sentido leniniano (es decir, como fusión de los intereses de la banca y la industria), sino al imperio de los «mercados financieros», los cuales, en lugar de dedicarse a «producir riqueza», se lanzan a la vorágine de la «especulación desenfrenada».

1La realidad es muy diferente a la que nos vende el oportunismo. Si bien es cierto que las finanzas (incluyendo aquí a la banca comercial y de inversión, a los fondos de inversión o de pensiones, a los grupos de capital-riesgo, etc.) tienen un peso cada vez mayor en la estructura económica mundial, la base de la economía sigue siendo esa conjunción de industria pesada, empresas de servicios y gran banca, tríada que funciona como un puño potente que moldea a su antojo sus diferentes organismos estatales e interestatales. Pero lo que no nos cuentan estos embellecedores del capitalismo es por qué cada vez más masa de capital fluye hacia estos sectores «no productivos». No lo hacen, obviamente, porque ello implicaría meterse en un terreno al que no están muy acostumbrados: el terreno de la ciencia económica marxista. Y la ciencia económica marxista explica, de forma muy clara además, que, conforme avanza el proceso de desarrollo de las fuerzas productivas, cada vez más volumen de capital «productivo» es transferido al sector de las finanzas por la creciente dificultad para valorizar capital a una tasa de ganancia suficiente que compense la inversión y la rotación de capital. Démosle de nuevo  la palabra a Marx y veamos cómo trató la cuestión del crecimiento del crédito en El capital (libro III, capítulo XXX):

“En un sistema de producción en el cual toda la conexión del proceso de acumulación se basa en el crédito, cuando éste cesa repentinamente y sólo se admiten los pagos al contado, tiene que producirse inmediatamente una crisis, una demanda violenta y en tropel de medios de pago. Por eso, a primera vista, la crisis aparece como una simple crisis de crédito y de dinero. Y en realidad, sólo se trata de la convertibilidad de las letras de cambio en dinero. Pero estas letras representan en su mayoría compras y ventas reales, las cuales, al sentir la necesidad de extenderse ampliamente, acaban sirviendo de base a toda la crisis. Pero, al lado de esto, hay una masa inmensa de estas letras que sólo representan negocios de especulación, que ahora se ponen al desnudo y explotan como pompas de jabón; además, especulaciones montadas sobre capitales ajenos, pero fracasadas; finalmente, capitales–mercancías depreciadas o incluso invendibles o un reflujo de capital ya irrealizable. Y todo este sistema artificial de extensión violenta del proceso de reproducción no puede remediarse, naturalmente, por el hecho de que un banco, el Banco de Inglaterra, por ejemplo, entregue a los especuladores, con sus billetes, el capital que les falta y compre todas las mercancías depreciadas por sus antiguos valores nominales. Por lo demás, aquí todo aparece al revés, pues en este mundo de papel, por ninguna parte aparecen el precio real y sus factores, sino solamente lingotes, dinero metálico, billetes de banco, letras de cambio, títulos y obligaciones. Y este mundo del revés se pone de manifiesto sobre todo en los centros donde se condensa todo el negocio dinerario del país, como ocurre en Londres; todo el proceso aparece como algo inexplicable, menos ya en los centros mismos de la producción”.

En la misma obra -pero en este caso en el libro III y el capítulo XV-, el padre del comunismo afirmó lo siguiente:

“Pero cuando ya no se trata de repartir ganancias sino de dividir pérdidas, cada cual trata de reducir en lo posible su participación en las mismas y de endosárselas a los demás. La pérdida es inevitable para la clase. Pero la cantidad que de ella ha de corresponderle a cada cual, en qué medida ha de participar en ella, se torna, entonces en cuestión de poder y de astucia, y la competencia se convierte, a partir de ahí en una lucha entre hermanos enemigos. Se hace sentir, entonces, el antagonismo entre el interés de cada capitalista individual y el de la clase de los capitalistas, del mismo modo que antes se imponía prácticamente la identidad de esos intereses a través de la competencia”.

La brutal crisis que actualmente sufren el proletariado y los pueblos oprimidos del mundo entero demuestra de manera meridianamente clara que, en los periodos de depresión económica profunda, la clase burguesa vive un proceso de metamorfosis que provoca una concentración y centralización muy profundo de los medios de producción, del capital, lo que se genera como consecuencia del estallido de la crisis de ganancia, la cual es aprovechada por los sectores más «dinámicos» (o, mejor dicho, rapaces) de la clase capitalista para mejorar su posición en el sistema del capitalismo monopolista de Estado.

Por supuesto, el desarrollo del imperialismo, como último estadio del modo de producción burgués, ha sobredimensionado de forma cada vez más profunda la magnitud y el peso que tienen las finanzas. Sin embargo, este fenómeno ya era algo consustancial -aunque en una forma aún poco desarrollada- al capitalismo decimonónico, hecho que desmiente la tesis reformista según la cual el sistema crediticio «descontrolado» es un invento del capitalismo «desregulado», del «neoliberalismo». Ya que a la mayoría de estos oportunistas aún les gusta acudir a Marx cuando se sienten acorralados (y ello a pesar de que desprecian su ciencia, su obra y su legado de manera sistemática), veamos qué dijo el revolucionario alemán en El capital (concretamente en el libro III, capítulo XXV):

“Con el desarrollo del comercio y del modo capitalista de producción, que sólo produce con miras a la circulación, se amplía, generaliza y perfecciona esta base natural del sistema crediticio. En general, el dinero sólo funciona aquí como medio de pago, es decir, que la mercancía se vende no a cambio de dinero, sino de la promesa escrita de pagar en una fecha determinada. Podemos agrupar aquí, en homenaje a la brevedad, todas estas promesas de pago bajo la categoría general de letras de cambio. A su vez, estas letras circulan como medios de pago hasta sus días de vencimiento y pago y constituyen el dinero comercial propiamente dicho de los billetes de banco, etc. Estos no se basan en la circulación dineraria —trátese de la de dinero metálico o de billetes bancarios del Estado— sino en la circulación de las letras de cambio”.

Por último, merece la pena realizar una crítica a los fundamentos del revisionismo en torno a la crisis y la Revolución proletaria. Primeramente, conviene recordar que el revisionismo es, desde la liquidación definitiva de la oleada revolucionaria inaugurada por la Revolución de Octubre, la fuerza ideológica, política y social dominante en el seno de los diferentes destacamentos nacionales/estatales del movimiento comunista internacional. En segundo lugar, es pertinente aclarar que, cuando diferenciamos el revisionismo del reformismo, lo hacemos porque, aunque ambas entidades son consustanciales a la ideología burguesa materializada en los intereses de clase de la aristocracia obrera y la pequeña burguesía, no son exactamente la misma cosa. Así, por un lado, el reformismo (en el Estado español está capitaneado por la tríada PCE-UJCE-IU, como ya señalamos anteriormente) está completamente encuadrado en las estructuras del Estado burgués; es, de hecho, su más potente sostén «de izquierdas». Además, desde el punto de vista ideológico renuncia completamente a la fraseología revolucionaria.

1Por otro lado, el revisionismo (cuya formación política más destacada en el Estado español es el PCPE), aunque representa intereses de clase propios de la aristocracia obrera radicalizada -y no de las masas hondas del proletariado-, por su incapacidad política no dispone de las mismas herramientas institucionales del reformismo. En cuanto a la cuestión ideológica, el revisionismo es una fuerza de mayor peligro potencial que el reformismo, a pesar de que no ocupe posiciones relevantes dentro de las instituciones de la burguesía. Y ello es así porque la ideología revisionista mantiene en gran medida una fraseología marxista-leninista, aunque por supuesto su discurso no se corresponda con su práctica (vocablo que tanto gustan de usar nuestros revisionistas, tan dados a despreciar la teoría revolucionaria y a no comprender la diferencia entre práctica economicista y práctica revolucionaria). Pero los mensajes lanzados en relación a la clase obrera, la necesidad del «Partido Comunista», la dictadura del proletariado, etc., provocan que el revisionismo genere mayor confusión entre una mayoría de miembros del movimiento comunista de cualquier país.

Esto demuestra que no es la propaganda inconsistente y vacía de contenido revolucionario lo que convierte a una línea o a una organización en revolucionarias, sino que es la defensa de la teoría revolucionaria (y una estrategia y una táctica acordes a ella) lo que permite deslindar campos entre el comunismo y el revisionismo. Así como Lenin defendió que lo que diferenciaba a un marxista de un burgués liberal o socialdemócrata no era el mero reconocimiento de la existencia de la lucha de clases (sino la defensa de la posición que buscaba llevar la lucha de clases hasta sus últimas consecuencias, es decir, hasta la consecución de la sociedad sin clases), nosotros entendemos que lo que diferencia a un marxista-leninista de un revisionista no es el reconocimiento de la necesidad de la dictadura del proletariado, del socialismo, sino la defensa clara y sin aspavientos practicistas de la conquista, el ejercicio y el desarrollo revolucionarios de esa dictadura del proletariado hasta llegar al último peldaño de la historia social, el comunismo.

Hecha esta aclaración, consideramos indispensable seguir combatiendo los mantras y la mitología que el revisionismo difunde en torno a la crisis económica y a la Revolución socialista. Según el revisionismo (que demuestra así su filiación al determinismo kautskista), ya que desde el ámbito de las luchas económicas se puede insuflar consciencia revolucionaria, las crisis capitalistas son una oportunidad única para los comunistas, pues estas permiten espolear y avivar a los proletarios que, gracias a la intervención de los comunistas organizados en su «Partido», pueden elevar su nivel de consciencia y entender la necesidad del socialismo.

Teniendo en cuenta que el revisionismo es incapaz de entender la dialéctica entre teoría y práctica, así como la praxis como resultado de la unidad de contrarios en torno a la ideología y la práctica revolucionarias, vamos a utilizar su mismo esquema de pensamiento para refutar estas tesis sobre la Revolución obrera y la crisis capitalista.

1

Desde el punto de vista práctico, dicha tesis se puede refutar de dos maneras: en primer lugar, tras más de cinco años de una pavorosa crisis económica internacional, en prácticamente ningún país del mundo (menos aún en España) ha habido una conformación de un Partido Comunista y un movimiento revolucionario dignos de llamarse de tal forma; es más, en el caso del Estado español, ni siquiera el revisionismo comunista ha sido capaz de crecer en influencia real sobre la clase obrera. En segundo lugar, desde el punto de vista de la práctica histórica, no ha habido una sola Revolución triunfante y comandada por un movimiento marxista-leninista (ni la soviética, ni la china, ni la albanesa) que se haya producido mediante el esquema de pensamiento reduccionista y antidialéctico según el cual la crisis económica «acerca» la Revolución. La única crisis que acerca al proletariado y a las capas oprimidas intermedias a la Revolución socialista es la crisis social y política provocada por el movimiento revolucionario en confrontación con la dictadura de la burguesía. Por supuesto, las crisis económicas pueden ser un acicate para una mayor combatividad de las masas obreras, pero jamás pueden servir para reconstituir desde esas mismas luchas espontáneas el Partido Comunista.

Desde el punto de vista teórico, no haría falta volver a insistir en los postulados de Lenin sobre la constitución del movimiento revolucionario si no fuera por la hegemonía aplastante del revisionismo en el movimiento comunista de la actualidad. Efectivamente, el revolucionario ruso dejó muy claro, en su imprescindible libro ¿Qué hacer?, cuál era la única vía posible para constituir un Partido Comunista basado en los principios revolucionarios, es decir, como organización de vanguardia y de masas al mismo tiempo, como fusión de los elementos portadores del comunismo como teoría revolucionaria y las masas proletarias más y mejor organizadas en sus luchas de clase cotidianas. Como decíamos antes, la realidad histórica no ha hecho más que confirmar estas tesis.

A pesar de ello, el revisionismo -que sigue apelando al «marxismo-leninismo» como si este pudiera ser manoseado y desvirtuado sistemáticamente- sigue obstinándose en repetir los mismos esquemas viciados y sin posibilidad de éxito, tratando por todos los medios de hacer ver al conjunto de los comunistas que, desde la plataforma de la crisis económica brutal del capitalismo y unas luchas que no se salen del redil sindical, es posible construir un movimiento social de carácter revolucionario. Pero nuevamente es la realidad el tribunal que se encarga de dictar sentencia sobre esta estrategia condenada a enterrar al proletariado como clase revolucionaria, y, en el caso que nos concierne más directamente, el Estado español, podemos ver cómo, en seis años de crisis profunda y de empobrecimiento sin precedentes de amplios sectores de la población, el movimiento revisionista no solo no gana posiciones (ni siquiera en el sindical y electoral), sino que incluso se autodevora a sí mismo en ese proceso que recuerda a la fábula de Saturno devorando a sus hijos. Y es que está claro que el revisionismo, si no es combatido de forma contundente por las minorías revolucionarias que apuestan por la reconstitución del Partido Comunista, al final termina por destruir a los mejores y más concienciados exponentes del proletariado que busca romper sus cadenas.

12. Nueva explotación contra el proletariado: el caso de los “falsos autónomos” en el Estado español

 “Pero aún son más ignominiosamente explotados los arteles

que, en calidad de obreros asalariados, se alquilan colectivamente

a un patrono. Ellos mismos dirigen su actividad industrial y

ahorran así al capitalista los gastos de vigilancia”.

 (Engels, F. Acerca de las relaciones sociales en Rusia. Editorial Fundamentos, tomo II.)

En el periodo histórico en que vivimos, la inmensa mayoría de la sociedad ni siquiera es consciente de que existe una cosmovisión comunista que, a pesar de haber sido muy dañada por décadas de apisonadora revisionista, sigue demostrando que es la teoría política, social, económica, filosófica, científica e histórica más completa y emancipadora; la única que realmente puede y está interesada en acabar con toda forma de explotación y opresión de unos seres humanos sobre otros. ¿Puede sorprender, entonces, que una realidad laboral de explotación salvaje como la que vamos a explicar y denunciar, haya sido ya analizada en su esencia por Friedrich Engels hace más de 120 años? Sí, pero solo para quienes aún sigan intoxicados de ideología burguesa hasta los tuétanos. No obstante, la realidad es que hechos como el análisis concreto de los «falsos autónomos» -que ya fue analizado por Engels para estudiar el capitalismo de la Rusia de finales del siglo XIX- demuestran que el comunismo, no solo no ha perdido ni puede perder vigencia, sino que además es una poderosísima herramienta de análisis dialéctico, complejo y profundo de una realidad que busca transformar para que sea digna de ser vivida por el conjunto de la Humanidad.

Comencemos definiendo brevemente el artel, pues es este el elemento que sirvió a Engels para analizar una realidad concreta del capitalismo ruso -en esa época tremendamente atrasado aún-, lo que nos servirá a nosotros para profundizar en los cambios sucedidos en torno a esta forma de explotación tan peculiar sobre el proletariado. El artel era una forma de cooperativa muy extendida en el vasto Imperio ruso que funcionó como un conjunto de asociaciones de «cooperativistas» que trabajaban para diferentes capitalistas en diversos sectores (comercios, minería, artesanado semi-industrial, etc.). Como explica Engels en Acerca de las relaciones sociales en Rusia, los miembros de los arteles eran formalmente «cooperativistas», pero en realidad su clase social era la misma que la de los esclavos asalariados del Estado zarista.

Pues bien, hoy, más de 120 años después de que Engels analizara esta realidad social y económica, nos encontramos con que, en un país como España, una capa creciente de proletarios se ve sometido a una misma esclavitud, pero perfeccionada y profundizada por los cambios acaecidos en la estructura productiva del capitalismo monopolista de Estado durante las últimas décadas. Ahora bien, ¿qué es hoy un «falso autónomo» y cómo explota el capital su fuerza de trabajo?

Comencemos ofreciendo una definición «institucional», nada menos que por parte de la Junta de Andalucía (cuyo Gobierno, por cierto, está ahora comandado por el tándem PSOE-IU, prueba inequívoca de que el partido «de izquierdas» de la burguesía monopolista española hace y hará muy buenas migas con el oportunismo recalcitrante y anticomunista de IU). Esto es lo que se puede extraer de su web oficial sobre los «falsos autónomos»:

“En la realidad del mercado de trabajo español encontramos un grupo de trabajadores que podemos denominar como «falsos autónomos», que desarrollan su actividad bajo los parámetros típicos del trabajo subordinado (dependencia, ajenidad y remuneración periódica) si bien, formalmente, se encuentran sometidos a las obligaciones fiscales y de Seguridad Social propias del trabajo autónomo. Son relaciones bilaterales en las que, si bien parece primar la autonomía de las partes en cuanto al contenido y desarrollo de la prestación, el trabajador se encuentra en una relación de absoluta subordinación tanto técnica como organizativa y económica respecto de la empresa para la que presta sus servicios. En determinadas ocasiones y con objeto de cubrir, en apariencia, el régimen de autonomía, estos trabajadores se constituyen en sociedades cooperativas laborales o en comunidades de bienes creando ficticiamente un entorno probatorio que sirva para tratar de acreditar la supuesta realización de trabajos por cuenta propia (facturas de compra de materiales y de maquinaria, prestación para una pluralidad de empresarios, etc.). Para el empresario, este fraudulento modo de prestación del trabajo le reporta considerables beneficios tanto en orden a las obligaciones de Seguridad Social como a las obligaciones de naturaleza labora”.

                        1Hemos de agradecer a los servicios de estudios de la Junta de Andalucía que definan con tanta claridad y sencillez una realidad (que, como hemos visto antes con Engels, en absoluto es inédita) como la de los «falsos autónomos». Más adelante hablaremos de datos sobre esta forma de sobreexplotación, pero ahora vayamos a los conceptos.

Para empezar, el «falso autónomo» es un proletario que ni siquiera tiene determinados derechos de los que aún pueden disfrutar algunos sectores de la clase obrera. Al no generarse ninguna relación formal entre el explotador y el explotado, el «falso autónomo» genera una plusvalía relativamente mayor sin que el burgués tenga que asumir ningún tipo de coste laboral relacionado con cotizaciones patronales a la Seguridad Social, indemnizaciones por despido, abono parcial de bajas médicas, etc. Por tanto, nos encontramos ante un formato de sobreexplotación que ha crecido exponencialmente en los últimos años de crisis. Naturalmente, ya explicamos en el primer epígrafe que el capital necesita recuperar su tasa de ganancia media, para lo que debe disminuir el valor de ese elemento del denominador de la fórmula de la tasa de ganancia llamado «fuerza de trabajo». ¿Qué mejor manera que desvinculando forzosamente al obrero de las relaciones contractuales típicas del explotador y el explotado? Evidentemente, cuando hablamos de «falso autónomo» estamos diciendo que este tipo de obreros no es parte de la realidad social y laboral que vive un autónomo que sí ejerce como tal, es decir, de alguien que (aun sufriendo por supuesto formas de opresión particulares y muy acentuadas) es propietario de una empresa, dispone de cierta discrecionalidad para diseñar su jornada de trabajo, su propia política de compras y ventas, de marketing, etc. El «falso autónomo» es como el proletario del almacén, el andamio, la oficina, la fábrica o el campo, con la tremenda diferencia de que ni siquiera tiene una vinculación formal con el patrón.

Sumerjámonos ahora en los datos de esta horrible realidad que viven cada vez más explotados en el Estado español. En primer lugar, debemos tener en cuenta que el mundo de los «falsos autónomos» pertenece a  las cloacas de la economía burguesa, por lo que es imposible disponer de datos precisos sobre este tipo de sobreexplotación que es consustancial a la economía sumergida. Aun así, sí podemos esbozar algunas cifras aproximadas en base a diferentes estudios realizados hasta el momento.

Empecemos analizando datos sobre la estructura clasista y productiva del Estado español. Según los datos proporcionados por la Encuesta de Población Activa (EPA) -elaborada por el Instituto Nacional de Estadística (INE)- del primer trimestre de 2013, la población española es de 47.059.533. La población activa (esto es, aquella que puede trabajar, esté ocupada efectivamente o no) es de 22.837.400 personas, de las cuales solo están ocupadas 16.634.700. Yendo a los datos que nos interesan para este trabajo, un total de 3.012.100 son autónomos, es decir, supuestamente pequeños burgueses que trabajan «por cuenta propia». Sin embargo, necesitamos más datos que puedan arrojarnos luz sobre cuántos autónomos de esos tres millones son realmente autónomos, y cuántos son proletarios en toda regla.

Pues bien, según las fuentes del Ministerio de Empleo y Seguridad Social para enero de 2012, la distribución de los obreros por empresas según su tamaño es la siguiente (http://www.empleo.gob.es/series/):

1Ya podemos extraer una primera conclusión: la mayoría de los asalariados son explotados en el seno de empresas que no superan los 249 obreros. Sin embargo, aquí podemos señalar un matiz crítico con respecto a uno de los mantras más reproducidos por la pequeña burguesía y la burguesía no monopolista: ese según el cual son las PYME las que «crean empleo». En realidad, lo que estos datos ocultan es que una mayoría abrumadora de esas empresas opera con una relación, ya sea directa o indirecta, con la burguesía monopolista, cuyas grandes empresas son el motor y la dirección reales de la economía capitalista.

Sigamos analizando los datos. Del total de 3.246.986 de PYME que había en España a principios de 2011, el 55,2% (es decir, 1.792.336,27) eran sociedades «unipersonales». ¿Cuántas de estas sociedades unipersonales forman parte de esa realidad de explotación salvaje relacionada con los «falsos autónomos»? Es imposible realizar un cálculo preciso, pero, teniendo en cuenta que la sobreexplotación y la precariedad cada vez  se extienden más sobre amplias capas de la clase obrera, sería razonable pensar que una gran mayoría de esas sociedades unipersonales son en realidad proletarios en toda regla obligados a constituirse en «falsos autónomos». Sin plantear una cifra excesivamente alta para la que podría ser realmente (supongamos un 60%), estaríamos hablando de ¡1.075.401,76 de proletarios sometidos a una explotación brutal y carentes del más mínimo derecho laboral!

¿Cuáles son las capas del proletariado que sufren esta sobreexplotación y en qué sectores trabajan? Tampoco hay datos concluyentes sobre esto, al menos que nosotros sepamos. El sector laboral donde seguramente más extendida esté esta forma de sobreexplotación es el de los comerciales, esos proletarios obligados a firmar «contratos mercantiles» claramente fraudulentos y leoninos en los que las cotizaciones a la Seguridad Social (extraordinariamente altas en el Estado español, por cierto) corren por cuenta del trabajador.

En los últimos años también se está extendiendo esta práctica al sector de los teleoperadores, un grupo de obreros especialmente golpeado por la precariedad más sangrante y los salarios más pírricos. Así, cada vez es más habitual encontrar ofertas de empleo en las que al teleoperador ya no se le ofrece trabajar en un call center, sino ¡en su propia casa, con su propio teléfono, su ordenador personal y, por supuesto, con un sueldo de miseria y sin contrato laboral con el explotador de turno! Otro sector laboral muy afectado por esta clase de sobreexplotación es el de las obreras del textil explotadas por mafias como la de Inditex. En Galicia, concretamente, multitud de estas compañeras trabajan desde hace años en condiciones espantosas, sin ningún tipo de relación laboral formalizada, en sus propios hogares y con maquinaria propia o subcontratadas en talleres que trabajan para el grupo textil.

Igualmente, hay otros sectores que comienzan a sufrir cada vez más este tipo de relaciones de explotación brutal entre patrón y obrero. Por ejemplo, tenemos a cada vez más periodistas, redactores, correctores, profesores particulares contratados por academias y traductores a los que se les ofrecen unas condiciones de trabajo de sobreesclavitud y sin ningún tipo de vinculación formal con sus explotadores. Todo esto demuestra también esa tendencia, ya descrita por Marx, de proletarización creciente de amplias capas intermedias de población y de sobreproletarización de sectores que, aun siendo asalariados, anteriormente tenían una posición que les encuadraba dentro de la aristocracia obrera. Por supuesto, la lista de sectores de la clase obrera que sufren esta modalidad de esclavitud asalariada se extenderá en el curso de los próximos años como mecanismo para recuperar la tasa de ganancia del capital.

1Para concluir este trabajo, queremos hacer una breve y última apreciación sobre los cambios producidos en la composición de la fuerza de trabajo en los últimos años, por un lado, y la política comunista orientada a conquistar a la clase obrera para la Revolución socialista, por otro lado. Ya sabemos que una estrategia errónea de los comunistas tiene que ver con pretender que se puede generar movimiento revolucionario desde el ámbito de las luchas económicas. Dicho esto, una vez que el Partido Comunista haya sido reconstituido, los comunistas no podrán sustraerse a una realidad social y laboral que ha cambiado considerablemente en los últimos años al intervenir en las luchas sindicales con objeto de -esta vez sí- dirigirlas hacia objetivos revolucionarios.

En este sentido, el hecho mismo de que haya sectores del proletariado cada vez más numerosos sometidos a una precarización sistemática (como la que hemos visto -aunque solo sea una forma más- al estudiar el caso de los «falsos autónomos»), obliga al Partido Comunista a modular su táctica de intervención en el ámbito sindical. Un dato muy revelador puede servirnos de ejemplo muy ilustrativo. Si tenemos en cuenta que la inmensa mayoría del proletariado será extremadamente precario en un periodo de tiempo corto, ¿qué intervención sindical ajustada al estrecho marco de la legislación laboral burguesa puede haber en el caso de proletarios que hasta los tres meses de contrato laboral ni siquiera tienen derecho a presentarse a elecciones sindicales? ¿Qué «derechos sindicales» tiene toda esa enorme masa de proletarios sometidos a la sobreexplotación más despiadada? ¿Y qué derechos puede haber en un Estado que está liquidando una normativa laboral creada en la época dorada de la aristocracia obrera?

Por otro lado, aunque es obvio que los centros de producción fundamentales deben ser controlados por organismos proletarios vinculados de forma directa o indirecta al Partido de nuevo tipo, a los comunistas no se nos puede olvidar que, en los países imperialistas, la organización de bases de apoyo del nuevo poder en los barrios es fundamental para acometer con éxito el proceso de la guerra revolucionaria contra la burguesía.

En cuanto a la acción en los centros de trabajo, una vez reconstituido el movimiento revolucionario, podemos decir que dicha acción cada vez se emancipará más de las formas ya periclitadas por el propio capital monopolista en torno a la «movilización» y la negociación sindicales dirigidas por la aristocracia obrera. En contraposición a estas, la vanguardia práctica de nuestra clase cada vez utilizará más formas de lucha realmente autónomas de los aparatos de dominación burgueses, tales como las huelgas salvajes, los sabotajes, la unificación de obreros de diferentes sectores económicos y laborales y, sobre todo, la conexión y subordinación de las luchas masivas de esos proletarios en los centros de trabajo con la guerra desarrollada por el Partido Comunista en las ciudades de los Estados imperialistas.