El parlamentarismo y la reconstitución del movimiento comunista

La cuestión parlamentaria es quizá una de las que mayor complejidad encierran a la hora de trazar la linea justa de cualquier movimiento revolucionario. Y es que esta es una cuestión en la que el proletariado revolucionario debe poner a prueba la corrección de su táctica de combate contra la dominación burguesa, adecuando dicha táctica a la estrategia de derrocamiento del poder capitalista y de la revolución socialista. El uso de las instituciones políticas democrático-burguesas con fines revolucionarios está lleno de potenciales peligros, unos peligros que pueden provocar la liquidación total de un movimiento revolucionario en ciernes si no son previamente analizados y constantemente superados por la praxis revolucionaria.

A tenor de la utilización y la justificación que el revisionismo y el reformismo hacen del cretinismo parlamentario más reaccionario, es imprescindible que los comunistas tengamos claros cuáles son los criterios, la naturaleza y la forma de la posible participación de los comunistas en las instituciones políticas de un Estado democrático-burgués. También se hace necesario, aunque en esta fase de «interregno» en que nos encontramos no sea prioritario aún, combatir los errores del «izquierdismo» en torno al parlamentarismo. Tanto la desviación de derecha como la «de izquierda» representan un obstáculo insalvable para que el tren de la revolución proletaria llegue a la última estación correctamente. Pero, como hemos comentado anteriormente, con un movimiento revolucionario de nuevo tipo aún inexistente en la práctica totalidad de países del globo y dada la hegemonía aplastante que aún detenta el revisionismo en el seno del autodenominado «movimiento comunista internacional», el trabajo más urgente pasa por combatir ideológica y políticamente el oportunismo electoralista y el cretinismo parlamentario del revisionismo y el reformismo, para quienes -aunque con diferente gradación, como luego tendremos ocasión de demostrar- el Estado burgués puede ser destruido o reformado desde dentro, sin necesidad de contar con un aparato clandestino del Partido de nuevo tipo, ni con un movimiento de masas revolucionario agrupado en su frente único y en su ejército revolucionario que, mediante la guerra civil revolucionaria, liquide completamente el andamiaje estatal de la clase dominante.

Hemos decidido elaborar este trabajo de tal forma que cualquier camarada pueda comprender perfectamente las razones por las cuales la participación parlamentaria debe ser enfocada desde un punto de vista revolucionario, y ello con objeto de encarar con éxito el próximo ciclo revolucionario. El documento de estudio sobre el parlamentarismo y la reconstitución del Partido Comunista constará de tres epígrafes.

En el primero de ellos estudiaremos la naturaleza del Estado democrático-burgués, de la manera más esquemática posible pero sin perder de vista la enorme complejidad del Estado como máquina política en la que las clases y fracciones de clase dominantes disponen de determinados aparatos represivos e ideológicos que les permiten institucionalizar su hegemonía política y su dominación económica.

El segundo punto versará principalmente sobre la crítica radical al corpus teórico del revisionismo y el reformismo en la cuestión parlamentaria, lo que resulta indispensable a la hora de articular el Partido de nuevo tipo mediante la aplicación de la línea de reconstitución; todo ello sin perder de vista la crítica superadora de la desviación “de izquierda”, que niega per se la participación de los comunistas en las instituciones democrático-burguesas como forma de agitación y propaganda por la destrucción de la institucionalidad capitalista.

Por último, concluiremos este trabajo teórico con la exposición de la línea de reconstitución que consideramos justa y necesaria en lo relativo a la cuestión electoral, táctica que hoy más que nunca lleva aparejada la lucha constante entre la línea revolucionaria y la revisionista como mecanismo ineludible para la reconstitución ideológica y política de la vanguardia marxista-leninista, peldaño que es necesario alcanzar como paso previo a la fusión de dicha vanguardia con el movimiento proletario y su  conversión en el Partido de clase revolucionario.

Como nota editorial, aclaramos que todas las negritas que aparezcan en las citas utilizadas son nuestras.

            1. Estado democrático-burgués, Parlamento y aparatos de Estado

capitalism

Hay quienes creen haber hallado el Santo Grial al haber descubierto que el Estado es siempre un órgano de dominación de una clase sobre otra. Sin embargo, en ocasiones hay premisas que, aun siendo esencialmente correctas, terminan naufragando en conclusiones erróneas por la falta de análisis dialéctico. Para entender la complejidad de intereses y fuerzas de un entramado como el Estado burgués (y, en concreto, de su forma democrática), es imprescindible ir más allá de la perspectiva «represiva» a la hora de estudiar el fenómeno del Estado capitalista, su democracia y las relaciones entre clases y fracciones de clase que esta conforma.

El Estado es, en última instancia, un grupo de personas armadas para la defensa de los intereses de una clase social determinada históricamente. Pero el Estado es al mismo tiempo mucho más que eso: es un producto extraordinariamente complejo en el que intervienen toda clase de aparatos y ramas de hegemonía política y dominación económica; dichos aparatos y ramas están constituidos no solo por el aparato de represión estrictamente hablando, sino por los aparatos ideológicos y económicos. Más adelante estudiaremos la cuestión de los aparatos en el seno del Estado burgués, pero vayamos ahora a una exposición de Engels sobre el Estado moderno que corrobora la enorme complejidad de ese «aparato de aparatos» de la clase dominante que es el Estado capitalista:

«El moderno Estado representativo es el instrumento de que se sirve el capital para explotar el trabajo asalariado. Sin embargo, por excepción, hay periodos en que las clases en lucha están tan equilibradas, que el poder del Estado, como mediador aparente, adquiere cierta independencia momentánea respecto a una y otra. En este caso se halla la monarquía absolutista de los siglos XVII y XVIII, que mantenía a nivel la balanza entre la nobleza y el estado llano; y en este caso estuvieron el bonapartismo del primer imperio francés, y sobre todo el del segundo, valiéndose de los proletarios contra la clase media, y de esta contra aquellos. La más reciente producción de esta especie, donde opresores y oprimidos aparecen igualmente ridículos, es el nuevo imperio alemán de la nación bismarckiana: aquí se contrapesa a capitalistas y trabajadores unos con otros, y se les extrae el jugo sin distinción en provecho de los junkers prusianos de provincias, venidos a menos» (Engels, F., El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado).

Como vemos, lo primero que hace Engels es aclarar que, desde el punto de vista histórico y general, el Estado moderno es una máquina de la burguesía para oprimir y aplastar al proletariado. Posteriormente, aunque advierte de que es una excepción que el Estado burgués funcione de otra manera en parte diferente, enumera una serie de ejemplos históricos que confirman la tesis de la naturaleza extraordinariamente compleja de un instrumento de dominación como es el Estado burgués. En realidad, si bien en un principio el revolucionario alemán aclara que esos «periodos en que las clases en lucha están equilibradas» con un «poder del Estado, como mediador aparente» son excepcionales, al final termina por enumerar hasta tres ejemplos distintos de suma importancia histórica: el Estado monárquico-absolutista de los siglos XVII y XVIII, el Estado bonapartista del primer imperio francés y la Alemania de Bismarck.

Para los padres del marxismo, el Estado burgués no se define únicamente por la detentación de la fuerza física represiva, sino principalmente por su papel social y político. El Estado capitalista es la instancia central cuyo papel es el mantenimiento de la unidad y de la cohesión de una formación social, además del sostenimiento de las condiciones de producción y la reproducción de dichas condiciones; es, en definitiva, el garante y «armonizador» de la dominación política clasista de un bloque histórico de poder.

Este análisis, a nuestro juicio desterrado y olvidado por buena parte de los comunistas como consecuencia de que se aleja del estrecho mecanicismo con que suele analizarse la naturaleza del Estado capitalista, es un toque de atención para todos aquellos que crean que el Estado burgués -en concreto el Estado de la fase imperialista- es un aparato absolutamente monolítico y con participación única y exclusiva de su fracción más poderosa (es decir, la oligarquía financiera). A decir verdad, el Estado democrático-burgués del estadio imperialista es el Estado de la oligarquía financiera, pero no solo, y aquí está el matiz de capital importancia: el Estado burgués imperialista -no solamente el democrático, sino incluso el Estado de excepción en dos de sus variantes posibles: dictadura militar y fascismo- es un conglomerado de intereses de las distintas fracciones de la clase dominante, es el producto más elevado desde el punto de vista político que, como decíamos más arriba, permite la cohesión y la unidad de dichas fracciones para el sostenimiento del orden capitalista. El origen de los diferentes formatos de Estado imperialista, por tanto, no tiene que ver con la exclusividad de mando de la oligarquía financiera, sino con la posibilidad que tienen las diversas fracciones dominantes de contar o no con instrumentos y mecanismos políticos propios en los diferentes aparatos del Estado burgués.

Creemos que comprender en sus justos términos la tesis que acabamos de exponer lleva a implicaciones de orden ideológico y político tremendamente relevantes. La más importante de estas implicaciones es la comprensión del carácter complejo de todo Estado democrático-burgués desde el punto de vista de clase. Y es ahí donde entra en juego el Parlamento como dispositivo que permite expresar institucionalmente la diversidad de intereses de las fracciones de la clase dominante de un determinado país. Si bien no entraremos ahora a profundizar en la diferenciación capital que reviste este aspecto en relación a una forma de Estado bien concreta como es el fascismo (anunciamos que este será uno de nuestros próximos trabajos monográficos), sí diremos brevemente que es el parlamentarismo como vía de participación política de los diferentes sectores y fracciones de la clase dominante lo que diferencia esencialmente a un Estado democrático de uno de tipo fascista, bonapartista o de dictadura militar (también en ese trabajo que anunciamos trataremos de explicar las diferencias entre estas tres variantes de Estados de excepción capitalistas). En cualquier caso, las contradicciones en el seno de las clases y fracciones dominantes continúan existiendo también en los regímenes de Estado de excepción. Ahora bien, dichas contradicciones persisten bajo una forma diferente. Así, sabemos que el Estado de excepción no elimina del poder todas las clases y fracciones en el poder que no sean la hegemónica. Pero tiempo tendremos de ocuparnos más extensamente de esta cuestión en el documento sobre el fascismo.

Volviendo al tema que nos ocupa, digamos que, desde que, en el siglo XVII, la «Revolución Gloriosa» instaurara la forma embrionaria de parlamentarismo esencialmente burgués, la institución parlamentaria y el Estado nacional han ido evolucionando conforme al desarrollo del modo de producción capitalista y las luchas de clases inherentes a este. La llegada del imperialismo marcó profundos cambios en la estructura del Estado capitalista, incluyendo la «modernización» del Parlamento (de acuerdo a los intereses de la burguesía en conjunto del Estado imperialista) y la supremacía política de la oligarquía financiera, una supremacía más o menos potente en función del desarrollo histórico de un determinado país. El parlamentarismo, en el Estado imperialista, permitió a las fracciones relativamente dependientes de la oligarquía financiera -como la aristocracia obrera, la pequeña burguesía y el capital medio- disponer de espacios políticos propios dentro de distintos aparatos del Estado capitalista y conformar lo que se denomina un «bloque histórico de poder».

Si bien el Estado imperialista es aquel dirigido principalmente por la oligarquía financiera, la alianza y cogestión política del Estado entre clases y fracciones de clase dominantes solo es posible gracias a la existencia del Estado parlamentario, sea monárquico o republicano. Insistimos: comprender el carácter complejo del entramado estatal de la burguesía, sobre todo en la era del imperialismo, es fundamental para estudiar a fondo cómo se organiza el poder burgués y, por supuesto, para trazar correctamente una línea y un programa que se ajusten a las necesidades de la revolución socialista como vía para arribar a la sociedad sin clases.

El parlamentarismo es la forma política más acabada de democratización para el conjunto de la burguesía, y su existencia misma demuestra que la clase dominante aún sigue usando tal dispositivo para resolver en el marco de su Estado las diferencias y fricciones entre fracciones dominantes. Obviamente, el parlamentarismo nunca es democracia para el proletariado. Recurramos a Lenin para estudiar esta cuestión:

«En la sociedad capitalista, bajo las condiciones del desarrollo más favorable de esta sociedad, tenemos en la República democrática un democratismo más o menos completo. Pero este democratismo se halla siempre comprimido dentro de los estrechos marcos de la explotación capitalista y es siempre, en esencia, por esta razón, un democratismo para la minoría, sólo para las clases poseedoras, sólo para los ricos. La libertad de la sociedad capitalista sigue siendo, y es siempre, poco más o menos, lo que era la libertad en las antiguas repúblicas de Grecia: libertad para los esclavistas. En virtud de las condiciones de la explotación capitalista, los esclavos asalariados modernos viven tan agobiados por la penuria y la miseria, que “no están para democracias”, “no están para política”, y en el curso corriente y pacífico de los acontecimientos, la mayoría de la población queda al margen de toda participación en la vida político-social» (Lenin, El Estado y la revolución).

Efectivamente, al contrario de lo que sostienen quienes idealizan la democracia burguesa y entienden que en esta no tienen cabida el terror de Estado burgués y una represión despiadada contra el proletariado revolucionario, el formato de Estado democrático-burgués es el que mejor posibilita la participación, con diferentes altibajos según la correlación de fuerzas, de los distintos sectores que componen la clase dominante de un país. Sin embargo, para el proletariado, en el fondo, no hay ningún tipo de «ventaja» de la que pueda aprovecharse a la hora de derrocar el poder capitalista. Lógicamente, esto no significa que para la vanguardia comunista y el proletariado revolucionario los marcos de la democracia burguesa y del Estado de excepción sean los mismos a la hora de preparar, desde el punto de vista formal, las condiciones para la reconstitución del movimiento comunista y el inicio de la guerra revolucionaria. Pero, como hemos dicho antes, al final el Estado democrático-burgués actúa exactamente como un puro aparato de represión contrarrevolucionario, tal y como actúan los bonapartismos, las dictaduras militares o los regímenes fascistas.

Volviendo nuevamente al análisis realizado por Lenin en El Estado y la revolución, hay que decir que el análisis del Estado es sumamente importante -incluso determinante- a la hora de defender la ideología revolucionaria y la necesidad de la revolución socialista mediante la reconstitución del Partido comunista, la guerra civil revolucionaria y la creación de frentes proletarios de masas. De hecho, el tema del Estado es una de las grandes piedras de toque que separan el comunismo revolucionario del comunismo revisionista y reformista. Según explicaba el revolucionario ruso en dicho opúsculo:

«Aquí aparece expresada con toda claridad la idea fundamental del marxismo en cuanto a la cuestión del papel histórico y de la significación del Estado. EI Estado es el producto y la manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase.

El Estado surge en el sitio, en el momento y en el grado en que las contradicciones de clase no pueden, objetivamente, conciliarse. Y viceversa: la existencia del Estado demuestra que las contradicciones de clase son irreconciliables.

En torno a este punto importantísimo y cardinal comienza precisamente la tergiversación del marxismo, tergiversación que sigue dos direcciones fundamentales.

De una parte, los ideólogos burgueses y especialmente los pequeñoburgueses, obligados por la presión de hechos históricos indiscutibles a reconocer que el Estado sólo existe allí donde existen las contradicciones de clase y la lucha de clases, “corrigen” a Marx de manera que el Estado resulta ser el órgano de la conciliación de clases. Según Marx, el Estado no podría ni surgir ni mantenerse si fuese posible la conciliación de las clases. Para los profesores y publicistas mezquinos y filisteos -¡que invocan a cada paso en actitud benévola a Marx!- resulta que el Estado es precisamente el que concilia las clases. Según Marx, el Estado es un órgano de dominación de clase, un órgano de opresión de una clase por otra, es la creación del “orden” que legaliza y afianza esta opresión, amortiguando los choques entre las clases. En opinión de los políticos pequeñoburgueses, el orden es precisamente la conciliación de las clases y no la opresión de una clase por otra. Amortiguar los choques significa para ellos conciliar y no privar a las clases oprimidas de ciertos medios y procedimientos de lucha para el derrocamiento de los opresores.

Por ejemplo, en la revolución de 1917, cuando la cuestión de la significación y del papel del Estado se planteó precisamente en toda su magnitud, en el terreno práctico, como una cuestión de acción inmediata, y además de acción de masas, todos los socialrevolucionarios y todos los mencheviques cayeron, de pronto y por entero, en la teoría pequeñoburguesa de la “conciliación” de las clases “por el Estado”. Hay innumerables resoluciones y artículos de los políticos de estos dos partidos saturados de esta teoría mezquina y filistea de la “conciliación”. Que el Estado es el órgano de dominación de una determinada clase, la cual no puede conciliarse con su antípoda (con la clase contrapuesta a ella), es algo que esta democracia pequeñoburguesa no podrá jamás comprender.

La actitud ante el Estado es uno de los síntomas más patentes de que nuestros socialrevolucionarios y mencheviques no son en manera alguna socialistas (lo que nosotros, los bolcheviques, siempre hemos demostrado), sino demócratas pequeñoburgueses con una fraseología casi socialista.

De otra parte, la tergiversación “kautskiana” del marxismo es bastante más sutil.
“Teóricamente”, no se niega ni que el Estado sea el órgano de dominación de clase, ni que las contradicciones de clase sean irreconciliables. Pero se pasa por alto u oculta lo siguiente: si el Estado es un producto del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase, si es una fuerza que está por encima de la sociedad y que “se divorcia cada vez más de la sociedad”, es evidente que la liberación de la clase oprimida es imposible, no sólo sin una revolución violenta, sino también sin la destrucción del aparato del Poder estatal que ha sido creado por la clase dominante y en el que toma cuerpo aquel “divorcio”. Como veremos más abajo, Marx llegó a esta conclusión, teóricamente clara por si misma, con la precisión más completa, a base del análisis histórico concreto de las tareas de la revolución. Y esta conclusión es precisamente -como expondremos con todo detalle en las páginas siguientes- la que Kautsky… ha “olvidado” y falseado» (Lenin, El Estado y la revolución).

Entrando ahora en la cuestión de los aparatos de Estado burgués, debemos decir en primer lugar que los aparatos estatales son aquellos dispositivos en los que cristalizan los intereses de las clases dominantes y sus ideologías. En sentido estricto, el aparato represivo de Estado constituye la condición indispensable para la existencia y el funcionamiento de los aparatos ideológicos en un sistema social. El aparato represivo en ningún momento deja de estar presente detrás de los aparatos ideológicos.

La ideología, que sobrepasa el marco del «sistema conceptual» para entrar en el terreno de los usos, las costumbres y los «modos de vida» de los agentes de una determinada formación social, es un poder fundamental del conjunto de las clases en un sistema históricamente determinado; por supuesto, no es algo neutro, sino que en una sociedad de clases no existen más que ideologías de clase. En el caso del capitalismo, hay dos grandes ideologías: la proletaria y la burguesa. Pero también existen subconjuntos ideológicos, como los de la pequeña burguesía o la aristocracia obrera. Por otro lado, no hay ningún dique de contención infranqueable que separe de forma absoluta una ideología de otra; o mejor dicho: la ideología burguesa, que es la dominante (y dicha ideología es el cimiento del sistema de explotación capitalista), está siempre pugnando por profundizar cada vez más su influencia, por corroer y por destruir la ideología revolucionaria, la ideología del proletariado. La relación entre los aparatos estatales y la ideología dominante es clara: esta última se encarna en una serie de aparatos tales como el aparato político, el económico, el «sindical» (el de la aristocracia obrera), el educativo (a través del sistema reglado de enseñanza), el religioso o el propagandístico.

Antes ya comentamos que, en general, el movimiento comunista sigue interpretando la naturaleza del Estado burgués en clave estrictamente represiva, como si no hubiera más aparatos dentro de este que el estrictamente represivo (en el sentido de represión física sistemática, organizada y sancionada por la ley burguesa). Dicho esto, además del aparato represivo (policía, ejército, subaparato judicial, Gobierno, administración, sistema carcelario, etc.), para el Estado capitalista es determinante contar con un conjunto de aparatos ideológicos que funcionan básicamente para la elaboración y la inculcación de ideologías. Los aparatos ideológicos del Estado burgués presentan, en sus relaciones mutuas y en aquellas que construye con el aparato de Estado, un grado y una forma de autonomía relativa que las ramas del aparato represivo de Estado no poseen. Esta autonomía relativa de los aparatos ideológicos de Estado tiene que ver con las relaciones de poder político en sentido estricto, y se expresa por desajustes importantes en el poder de Estado. El Estado burgués cohesiona las fracciones de clase dominantes mediante sus respectivos aparatos y ramas, pero los desequilibrios y reequilibrios se producen constantemente, lo que demuestra la naturaleza no monolítica del Estado de la burguesía.

Por otro lado, conviene tener en cuenta que el Estado, además de las funciones represiva e ideológica, desempeña también una función económica directa, como lo demostró Lenin al hablar de la forma específica de intervencionismo del Estado de la etapa imperialista, que actúa e interviene «hasta en los últimos detalles de la economía». Como se puede demostrar de manera particularísima con la reciente crisis económica, el Estado no se limita a reproducir las condiciones sociales de la producción capitalista, sino que además interviene de forma directa en la reproducción del ciclo de producción como tal.

Profundizando nuevamente en lo que decíamos anteriormente sobre el parlamentarismo, y en relación con los aparatos de Estado burgués, se hace necesario aclarar una cuestión. En ocasiones se dice y se escribe que los partidos políticos burgueses, además de desempeñar un papel fundamentalmente ideológico, juegan un papel de organización y gestión importante para con las fracciones de clase a las que representan. Esto, sin dejar de ser cierto, es un análisis limitado y no dialéctico, pues este papel lo entendemos secundario si lo comparamos con el papel organizativo que tuvieron antaño los partidos revolucionarios con respecto al proletariado. En el caso de los modernos partidos burgueses y su papel organizador, entendemos que son los aparatos estatales (tanto el represivo como el ideológico y el económico) los que detentan en general el papel principal de gestor y organizador del bloque dominante que tiene las riendas fundamentales del Estado, desempeñando por tanto hoy estos partidos funciones propias de los aparatos ideológicos.

Además, la organización de las diversas fuerzas sociales burguesas y pequeñoburguesas puede pasar igualmente por la vía indirecta de otros aparatos de Estado. Esto evidencia que, aunque se elimine el pluripartidismo en un Estado burgués, las diversas fracciones dominantes pueden participar en el Estado a través de diversos aparatos y ramas (como ocurre de hecho con los regímenes fascistas, los bonapartistas o las dictaduras militares). Esta tesis es más interesante aún si la extendemos a la tesis sobre el peligro endógeno y constante de restauración del capitalismo durante el socialismo. Sostenemos que, en general, el movimiento comunista internacional no ha sabido entender esta cuestión en toda su complejidad, lo que ha provocado que, en experiencias revolucionarias como la soviética, se tendiera a pensar que bastaba con la prohibición de los partidos políticos capitalistas para excluir la posibilidad de organización endógena de la burguesía en fuerza social y política. Al final, tanto en la URSS como en China y en Albania se demostró que la burguesía puede cooptar y erosionar, lenta pero inexorablemente, el Estado proletario desde sus mismas entrañas, desde el propio Partido revolucionario, sin necesidad de contar con herramientas políticas propias.

Una implicación muy importante de todo lo relativo a los aparatos de Estado y su naturaleza es que la liquidación del Estado burgués no puede ser llevada a cabo de forma homóloga a la liquidación del aparato represivo de Estado y de los aparatos ideológicos, ya que estos últimos no pueden ser destruidos ni de la misma forma ni al mismo tiempo que el aparato represivo de Estado. Esto no deja de ser una obviedad, pues sabemos que las transformaciones revolucionarias en la superestructura ideológica son mucho más lentas que las que se producen en la envoltura política del sistema burgués. De ahí la importancia de desarrollar la revolución cultural y la lucha constante de la línea revolucionaria contra la revisionista (sobre todo en el periodo de transición entre el capitalismo y el comunismo); es decir, de ahí la necesidad de potenciar y perfeccionar la lucha entre las dos líneas que forzosamente continúan existiendo -aunque en un grado diferente- hasta la implantación del comunismo a escala mundial.

            2. Revisionismo, reformismo e «izquierdismo» en la cuestión parlamentaria

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«Sólo los bribones o los tontos pueden creer que el proletariado debe primero

conquistar la mayoría en las votaciones realizadas bajo el yugo de la burguesía,

bajo el yugo de la esclavitud asalariada, y que sólo después debe conquistar el Poder.

Esto es el colmo de la estulticia o de la hipocresía, esto es sustituir la lucha de clases

y la revolución por votaciones bajo el viejo régimen, bajo el viejo Poder».

V. I. Lenin, «Saludo a los comunistas italianos, franceses y alemanes», Obras completas, t. XXX.

«Y en efecto, en la época del capitalismo, cuando las masas obreras son

sometidas a una incesante explotación y no pueden desarrollar sus

capacidades humanas, lo más característico para los partidos políticos obreros

es justamente que sólo pueden abarcar a una minoría de su clase. El partido político puede

agrupar tan sólo a una minoría de la clase, puesto que los obreros verdaderamente conscientes

 en toda sociedad capitalista no constituyen sino una minoría de todos los obreros.

 Por eso nos vemos precisados a reconocer que sólo esta minoría consciente

 puede dirigir a las grandes masas obreras y llevarlas tras de sí.

Necesitamos partidos nuevos, partidos distintos. Necesitamos partidos

que estén en contacto efectivo y permanente con las masas y sepan dirigirlas».

V. I. Lenin, «Discurso sobre el papel del Partido Comunista» (23 de julio de 1920).

«La táctica del proletariado debe tener presente, en cada grado de desarrollo,

 en cada momento, esta dialéctica objetivamente inevitable de la historia humana;

 por una parte, aprovechando las épocas de estancamiento político o de desarrollo a paso de tortuga

 -la llamada evolución ‘pacífica’- para elevar la conciencia, la fuerza y la

 capacidad combativa de la clase avanzada, y por otra parte,

 encauzando toda esta labor de aprovechamiento hacia el ‘objetivo final’

 del movimiento de dicha clase capacitándola para resolver prácticamente

 las grandes tareas de los grandes días en que estén corporizados veinte años».

Lenin, O. C., t. XXI, pág. 53.

Como expusimos en la introducción de este trabajo, deslindar campos con el revisionismo y el reformismo en la compleja cuestión del parlamentarismo y la lucha revolucionaria es una pieza clave para emprender exitosamente las tareas que debemos seguir en base a la línea de reconstitución del movimiento comunista. Realizada ya la introducción en torno a la definición marxista de conceptos como el Estado, sus aparatos y el Parlamento, estamos en condiciones de pasar a refutar los errores y lugares comunes principales de las distintas formas de oportunismo y reformismo en torno al tema de la participación de los comunistas en la instituciones burguesas.

Partiendo de la premisa formulada por Stalin a tenor de la cual «la desviación de derecha y la de “izquierda”» son «ambas desviaciones respecto de la línea leninista» («Sobre el peligro de derecha en el PC (b) de la URSS», de la colección Cuestiones del leninismo, Ediciones en lenguas extranjeras, Pekín), hay que aclarar que tanto el revisionismo derechista como el «izquierdista» deben ser combatidos y superados por la vanguardia marxista-leninista. No obstante, hay que tener en cuenta que ambas desviaciones de las que hablaba el georgiano tienen una raíz distinta y, aunque a la postre deben ser denunciadas de la misma forma por el movimiento comunista, combatir a una desviación por encima de otra pasa a ser una prioridad en función de la fase en que se encuentre el proceso de reconstitución del Partido Comunista y el propio movimiento revolucionario.

Así, el derechismo revisionista y el reformismo son los principales enemigos a batir, desde el punto de vista ideológico, por la vanguardia marxista-leninista en la primera fase del proceso de recomposición del movimiento, es decir, en aquella en que debe forjarse un núcleo de destacamentos antirrevisionistas que conformen una estructura pre-partidaria que proceda a fusionarse con el movimiento proletario. Sin embargo, conforme dicho proceso avanza, es decir, cuando se ha ganado para la revolución socialista a la vanguardia del movimiento obrero, se hace perentorio combatir el doctrinarismo «de izquierda» por obstaculizar o impedir la penetración hacia las grandes masas de las posiciones ganadas por el Partido Comunista reconstituido. Por tanto, debemos tener muy presente esta diferenciación -o periodización, si se quiere- con respecto a cómo combatir las dos desviaciones anticomunistas en torno a la cuestión parlamentaria en particular y a la reconstitución del comunismo en general.

Queremos dejar claro que no es en absoluto caprichoso el orden que hemos establecido en este epígrafe. Efectivamente, lo que más interesa ahora a los comunistas que apostamos por la reconstitución del movimiento comunista es combatir sin tregua todas aquellas posiciones que el derechismo revisionista y el reformismo generan, alimentan y propagan con respecto al parlamentarismo, el Estado burgués y la táctica para construir el Estado de dictadura del proletariado. Por último y en menor medida, se hace necesario desmontar y superar los prejuicios que aún hoy algunos comunistas, desde posiciones dogmáticas «de izquierda», preconizan en referencia a las condiciones en que el movimiento comunista puede participar eventualmente en un proceso electoral.

Comencemos entonces refutando las tesis del revisionismo en relación a la cuestión parlamentaria. Primeramente aclaremos que, como ya hemos explicado en documentos anteriores, diferenciamos el revisionismo del reformismo en el sentido de que el primero mantiene cierta fraseología revolucionaria (usa categorías tales como socialismo, dictadura del proletariado, comunismo, burguesía, lucha de clases, etc.) que el segundo ha abandonado por completo o en su práctica totalidad. En segundo lugar, es pertinente advertir sobre lo siguiente. Si bien el revisionismo es una fuerza burguesa que parasita al movimiento obrero revolucionario a escala internacional -y sus principios son, por tanto, internacionales-, hay que tener en cuenta que para este análisis, por estar incardinados el documento y nuestro propio medio de difusión en el Estado español, utilizaremos como punto de referencia organizativo el destacamento más representativo del revisionismo en nuestro Estado, que es el PCPE. No obstante, no es este el lugar para profundizar en la línea general de dicha organización, pues ya lo hicimos en este documento.

En el texto mencionado declarábamos -concretamente en el epígrafe titulado «La cuestión electoral»- lo siguiente en torno al oportunismo electoralista profesado por el PCPE:

«En el caso concreto que nos atañe, esto es, el del PCPE, esta organización se presenta a todas las citas electorales, ya sean municipales, autonómicas o estatales, allí donde pueden completar una lista electoral. El PCPE, por su escasa influencia sobre las masas obreras, se encuentra incapacitado para entrar en las instituciones burguesas, a excepción de en algunos pocos ayuntamientos. En función de esto, la participación en las elecciones la justifican en que tiene la función de darse a conocer entre las masas, como si los comunistas no tuviesen modos propios para realizar propaganda y agitación que tuviesen que aprovechar la campaña electoral (las elecciones para elegir a los gestores de la dictadura del capital) para hacerlo.

Los programas electorales que presentan a las masas siempre se basan en medidas reformistas, contribuyendo con ello al reforzamiento de las ilusiones parlamentarias de la clase obrera (ya que el cumplimiento de dichas medidas exigiría la gestión a través de las instituciones del Estado burgués) y no a su destrucción, que sería el objetivo de los comunistas al presentarse a un proceso electoral. […]

En las últimas elecciones generales, en noviembre de 2011, el PCPE se presentó con dos programas: uno táctico y otro estratégico (se entiende que el táctico sería un paso hacia el estratégico). El programa táctico contenía una enumeración de medidas reformistas cuya realización solo sería posible en el capitalismo y que, por tanto, solo puede contribuir a fomentar las esperanzas de la clase obrera en un gobierno del Estado burgués. El programa estratégico contenía la reivindicación del “socialismo” (eso sí, un socialismo, no entendido como la dictadura revolucionaria de clase del proletariado, sino reducido a la nacionalización de los medios estratégicos de producción, cosa que poco tiene que ver con el verdadero significado del socialismo, de la fase inferior del modo de producción comunista). Esto se observa en toda la propaganda del PCPE, donde siempre se menciona la defensa del sector público, como si el sector público estuviese en manos del proletariado y no de la burguesía, que es la que controla el Estado. La vinculación entre programa táctico (reformas) y el programa estratégico (“socialismo”) parte de la concepción economicista de la revolución del PCPE, que establece que existe una línea de continuidad entre la lucha por reformas y la lucha revolucionaria por el socialismo, cuando la lucha por reformas solo atenaza a la clase obrera en un enfrentamiento con la burguesía dentro de los límites del capitalismo, lo que no puede generar conciencia revolucionaria. […]

Resumiendo, la participación del PCPE en el proceso electoral no está encaminada a desenmascarar la democracia burguesa y a eliminar la confianza que puedan tener las masas en la mejora de sus condiciones de vida a través del aparato estatal, sino que, al proponerles programas reformistas y la gestión de los municipios, fomentan dichas esperanzas lastrando el desarrollo de la conciencia revolucionaria de estas masas».

Ahondando más en la naturaleza de los planteamientos del revisionismo sobre el parlamentarismo, lo primero que debemos tener claro es que la concepción revisionista es inseparable de la estrategia economicista que organizaciones como el PCPE defienden sistemáticamente. No obstante la fraseología empleada por los revisionistas, al final la cuestión se reduce a «acumular fuerzas» mediante las luchas por reformas de la clase obrera como medio para fortalecer al «Partido», insuflar la «conciencia revolucionaria» y «dirigir» el estallido espontáneo de una crisis «revolucionaria». Bajo este paraguas ideológico, político y estratégico más propio de la aristocracia obrera y la pequeña burguesía que del proletariado revolucionario, el revisionismo se resguarda y alimenta su discurso según el cual los comunistas deben participar en las instituciones de la democracia burguesa como medio para ganar a la mayoría de la clase obrera y crear contradicciones «irresolubles» para la clase explotadora desde sus mismas entrañas.

La realidad es que el revisionismo, a la postre y como no podía ser de otra forma, termina siempre por subordinar la praxis revolucionaria al discurso y la práctica oportunistas. En este aspecto el revisionismo se conecta directamente con el reformismo más recalcitrante -lo cual demuestra, por otro lado, su idéntico parentesco de clase-, puesto que su práctica en referencia al parlamentarismo finaliza con la gestión de la democracia burguesa (allí donde sus habitualmente pírricos resultados se lo permiten, claro está) y el descrédito creciente de las masas hondas con respecto al movimiento comunista.

La línea revisionista trata de justificar su participación en el entramado democrático-burgués refiriendo a que, con su práctica, consigue desgastar la democracia burguesa y hacer llegar el «mensaje» a algunos sectores de la clase obrera. Ambas explicaciones son rotundamente falsas, puesto que los comunistas solo podemos utilizar la tribuna parlamentaria como medio de desgaste, propaganda y agitación contra la misma democracia burguesa cuando la vanguardia marxista-leninista, unificada en una estructura prepartidaria, puede acelerar el proceso de fusión con la vanguardia práctica y, por tanto, está en condiciones de utilizar ese espacio, no como medio para proponer reformas beneficiosas para la clase obrera, sino fundamentalmente para demostrar ante dicha vanguardia el carácter reaccionario y falsario del parlamentarismo. Una vez reconstituido el Partido Comunista, es una cuestión a debatir si este puede participar durante un periodo de tiempo en determinados comicios electorales antes de emprender la estrategia de guerra revolucionaria, que debe cristalizar en la creación de un ejército revolucionario y en un frente de masas mediante el que traducir la línea revolucionaria en programa para la toma del poder. Pero sobre esta cuestión no nos detendremos más aquí, pues la estudiaremos con mayor profundidad en el tercer y último epígrafe.

Ya que el revisionismo gusta muy a menudo de acudir a los clásicos del comunismo, usando para ello las armas típicas del dogmatismo revisionista consistente en descontextualizar de forma antidialéctica determinados fragmentos de obras de los grandes revolucionarios, vayamos sin más dilación a algunos de los pasajes más relevantes de Engels, Lenin o la Internacional Comunista en torno al parlamentarismo para desmontar los mitos y errores del oportunismo en torno a este tema.

Comencemos con un fragmento de Engels como introducción a la edición de 1895, de Karl Marx, Las luchas de clases en Francia. De 1848 a 1850:

«El primer gran servicio que los obreros alemanes prestaron a su causa consistió en el mero hecho de su existencia como Partido Socialista que superaba a todos en fuerza, en disciplina y en rapidez de crecimiento. Pero además prestaron otro: suministraron a sus camaradas de todos los países un arma nueva, una de las más afiladas, al hacerles ver cómo se utiliza el sufragio universal.

El sufragio universal existía ya desde hacía largo tiempo en Francia, pero se había desacreditado por el empleo abusivo que había hecho de él el Gobierno bonapartista. Y después de la Comuna no se disponía de un partido obrero para emplearlo. También en España existía este derecho desde la República, pero en España todos los partidos serios de oposición habían tenido siempre por norma la abstención electoral. Las experiencias que se habían hecho en Suiza con el sufragio universal servían también para todo menos para alentar a un partido obrero. Los obreros revolucionarios de los países latinos se habían acostumbrado a ver en el derecho de sufragio una añagaza, un instrumento de engaño en manos del Gobierno. En Alemania no ocurrió así. Ya el Manifiesto Comunista había proclamado la lucha por el sufragio universal, por la democracia, como una de las primeras y más importantes tareas del proletariado militante, y Lassalle había vuelto a recoger este punto. Y cuando Bismarck se vio obligado a introducir el sufragio universal como único medio de interesar a las masas del pueblo por sus planes, nuestros obreros tomaron inmediatamente la cosa en serio y enviaron a Augusto Bebel al primer Reichstag Constituyente. Y, desde aquel día, han utilizado el derecho de sufragio de un modo tal, que les ha traído incontables beneficios y ha servido de modelo para los obreros de todos los países. Para decirlo con las palabras del programa marxista francés, han transformado el sufragio universal de moyen de duperie qu’il a été jusqu’ici en instrument d’émancipation —de medio de engaño, que había sido hasta aquí, en instrumento de emancipación. Y aunque el sufragio universal no hubiese aportado más ventaja que la de permitirnos hacer un recuento de nuestras fuerzas cada tres años; la de acrecentar en igual medida, con el aumento periódicamente constatado e inesperadamente rápido del número de votos, la seguridad en el triunfo de los obreros y el terror de sus adversarios, convirtiéndose con ello en nuestro mejor medio de propaganda; la de informarnos con exactitud acerca de nuestra fuerza y de la de todos los partidos adversarios, suministrándonos así el mejor instrumento posible para calcular las proporciones de nuestra acción y precaviéndonos por igual contra la timidez a destiempo y contra la extemporánea temeridad; aunque no obtuviésemos del sufragio universal más ventaja que ésta, bastaría y sobraría. Pero nos ha dado mucho más. Con la agitación electoral, nos ha suministrado un medio único para entrar en contacto con las masas del pueblo allí donde están todavía lejos de nosotros, para obligar a todos los partidos a defender ante el pueblo, frente a nuestros ataques, sus ideas y sus actos; y, además, abrió a nuestros representantes en el parlamento una tribuna desde lo alto de la cual pueden hablar a sus adversarios en la Cámara y a las masas fuera de ella con una autoridad y una libertad muy distintas de las que se tienen en la prensa y en los mítines. ¿Para qué les sirvió al Gobierno y a la burguesía su ley contra los socialistas, si las campañas de agitación electoral y los discursos socialistas en el parlamento constantemente abrían brechas en ella?

Pero con este eficaz empleo del sufragio universal entraba en acción un método de lucha del proletariado totalmente nuevo, método de lucha que se siguió desarrollando rápidamente. Se vio que las instituciones estatales en las que se organizaba la dominación de la burguesía ofrecían nuevas posibilidades a la clase obrera para luchar contra estas mismas instituciones. Y se tomó parte en las elecciones a las dietas provinciales, a los organismos municipales, a los tribunales de artesanos, se le disputó a la burguesía cada puesto, en cuya provisión mezclaba su voz una parte suficiente del proletariado. Y así se dio el caso de que la burguesía y el Gobierno llegasen a temer mucho más la actuación legal que la actuación ilegal del partido obrero, más los éxitos electorales que los éxitos insurreccionales.

Pues también en este terreno habían cambiado sustancialmente las condiciones de la lucha. La rebelión al viejo estilo, la lucha en las calles con barricadas, que hasta 1848 había sido la decisiva en todas partes, estaba considerablemente anticuada.

No hay que hacerse ilusiones: una victoria efectiva de la insurrección sobre las tropas en la lucha de calles, una victoria como en el combate entre dos ejércitos, es una de las mayores rarezas. Pero es verdad que también los insurrectos habían contado muy rara vez con esta victoria. Lo único que perseguían era hacer flaquear a las tropas mediante factores morales que en la lucha entre los ejércitos de dos países beligerantes no entran nunca en juego, o entran en un grado mucho menor. Si se consigue este objetivo, la tropa no responde, o los que la mandan pierden la cabeza; y la insurrección vence. Si no se consigue, incluso cuando las tropas sean inferiores en número, se impone la ventaja del mejor armamento e instrucción, de la unidad de dirección, del empleo de las fuerzas con arreglo a un plan y de la disciplina. Lo más a que puede llegar la insurrección en una acción verdaderamente táctica es levantar y defender una sola barricada con sujeción a todas las reglas del arte. Apoyo mutuo, organización y empleo de las reservas, en una palabra, la cooperación y la trabazón de los distintos destacamentos, indispensable ya para la defensa de un barrio y no digamos de una gran ciudad entera, sólo se pueden conseguir de un modo muy defectuoso y, en la mayoría de los casos, no se pueden conseguir de ningún modo. De la concentración de las fuerzas sobre un punto decisivo, no cabe ni hablar. Así, la defensa pasiva es la forma predominante de lucha; la ofensiva se producirá a duras penas, aquí o allá, siempre excepcionalmente, en salidas y ataques de flanco esporádicos, pero, por regla general, se limitara a la ocupación de las posiciones abandonadas por las tropas en retirada. A esto hay que añadir que las tropas disponen de artillería y de fuerzas de ingenieros bien equipadas e instruidas, medios de lucha de que los insurgentes carecen por completo casi siempre. Por eso no hay que maravillarse de que hasta las luchas de barricadas libradas con el mayor heroísmo —las de París en junio de 1848, las de Viena en octubre del mismo año y las de Dresde en mayo de 1849—, terminasen con la derrota de la insurrección, tan pronto como los jefes atacantes, a quienes no frenaba ningún miramiento político, obraron ateniéndose a puntos de vista puramente militares y sus soldados les permanecieron fieles».

Estudiemos con profundidad las palabras del revolucionario alemán como todo marxista debe hacer: analizando la situación concreta desde el punto de vista histórico. En primer lugar, no debemos  olvidar que el sufragio universal fue, en el marco del capitalismo ascensional, una conquista de la clase obrera y de las masas populares impuesta a las clases dominantes. En segundo lugar, y como consecuencia de esto, debemos inferir que el parlamentarismo en esa época tenía un signo particular, diferente, que no tenía ni podía tener exactamente en el capitalismo monopolista de Estado. Pero ¿cuál era esa especificidad? Dejemos que sea la Internacional Comunista, a través del informe titulado «El Partido Comunista y el parlamentarismo», leído en el segundo Congreso (celebrado en 1920), quien nos aclare este asunto:

«La actitud de los partidos socialistas con respecto al parlamentarismo consistía en un comienzo, en la época de la I Internacional, en utilizar los parlamentos burgueses para fines agitativos. Se consideraba la participación en la acción parlamentaria desde el punto de vista del desarrollo de la conciencia de clase, es decir del despertar de la hostilidad de las clases proletarias contra las clases dirigentes. Esta actitud se modificó no por la influencia de una teoría sino por la del progreso político. A consecuencia del incesante aumento de las fuerzas productivas y de la ampliación del dominio de la explotación capitalista, el capitalismo, y con él los estados parlamentarios, adquirieron una mayor estabilidad.

De allí la adaptación de la táctica parlamentaria de los partidos socialistas a la acción legislativa “orgánica” de los parlamentos burgueses y la importancia siempre creciente de la lucha por la introducción de reformas dentro de los marcos del capitalismo el predominio del programa mínimo de los partidos socialistas, la transformación del programa máximo en una plataforma destinada a las discusiones sobre un lejano “objetivo final”. Sobre esta base se desarrolló el arribismo parlamentario, la corrupción, la traición abierta o solapada de los intereses primordiales de la clase obrera. La actitud de la III Internacional con respecto al parlamentarismo no está determinada por una nueva doctrina sino por la modificación del papel del propio parlamentarismo. En la época precedente, el parlamento, instrumento del capitalismo en vías de desarrollo trabajó, en un cierto sentido, por el progreso histórico».

Pretender extrapolar de forma mecánica la realidad de Marx y Engels a la del imperialismo decadente, como hacen nuestros revisionistas, es desvirtuar de forma radical el marxismo. Sin embargo, también es un error colegir de esta premisa cierta que hoy ya no cabe posibilidad alguna de utilizar el Parlamento desde el punto de vista revolucionario. Sobre esta última posición, podemos afirmar que, si bien es cierto que el sistema de dominación del imperialismo tiende a la reacción y a una menor democracia política para las masas explotadas que en el siglo XIX, hay que tener en cuenta que la conveniencia de la intervención de los revolucionarios en el Parlamento no solamente fue apoyada por Marx y Engels bajo el capitalismo premonopolista, sino también por Lenin -¡y además hasta el final de sus días!- bajo ese imperialismo en descomposición que el revolucionario ruso ya analizó y conoció de primera mano.

Entrando ahora en el análisis del reformismo, ese subproducto de la histórica socialdemocracia de los países imperialistas que, además de haber actuado y actuar hoy día como pata «izquierda» y subaparato del Estado burgués, ha renunciado completamente a toda fraseología revolucionaria (en algunos casos incluso abandonando la simbología comunista -como en el caso del PCF-, lo cual es muy de agradecer por parte de los revolucionarios), debemos decir que este es el campeón del oportunismo electoralista y del cretinismo parlamentario. Todo lo que de oportunista hay en el revisionismo comunista, en el reformismo es elevado a la máxima potencia para materializarse en organizaciones políticas con líneas y programas que preconizan claramente la tesis del Estado «de todas las clases», de un Estado burgués que, sin ser destruido -¡o, peor aún, siendo pretendidamente «destruido» desde su propio interior!-, pueda satisfacer los anhelos y las necesidades de las «mayorías» explotadas. En realidad, lo que esconde la fraseología reformista es el intento de volver a un «Estado del bienestar», es decir, a un escenario político-histórico revivificado en el que la aristocracia obrera, la pequeña burguesía y el capital medio vuelvan a tener el peso político-institucional que hasta hace algunos años tuvieron (si bien el proceso de trasvase de poder institucional desde estas fracciones de clase hacia la oligarquía financiera comenzó en los años 80 y, sobre todo, los 90).

En el caso del Estado español, la tríada PCE-UJCE-IU es el exponente dominante de este reformismo recalcitrante. No obstante, la realidad es que la práctica electoralista del revisionismo en nuestro Estado no se ha diferenciado radicalmente de la implementada por el PCE, salvo en la formalidad radical de determinado discurso del PCPE que llama a la clase obrera a «acumular fuerzas» mediante el parlamentarismo y el sindicalismo hasta llegar a una toma del poder que nunca explican bien cómo se va a producir, desarrollar y extender hasta acabar con todo el edificio político de la burguesía.

Ni el reformismo más derechista ni el revisionismo han denunciado jamás ante las masas explotadas, en el marco de su participación en todos los procesos electorales de las últimas décadas, la naturaleza dictatorial y burguesa de las instituciones vigentes. Y, por supuesto, nunca han preconizado abiertamente la necesidad de que el proletariado prepare la destrucción del Estado burgués y su sustitución por órganos de poder proletario, los consejos obreros armados. Por último, tampoco el revisionismo supera al reformismo en el sentido de promover el desgaste de las instituciones representativas de la burguesía; de hecho, en su discurso ni siquiera se barrunta la opción del boicot revolucionario a la farsa electoral.

Tanto el revisionismo como el reformismo suelen acudir al famoso libro La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo, escrito por Lenin en abril de 1920, para justificar su clara liquidación de la ideología revolucionaria y la subordinación de esta a la ideología reaccionaria de la aristocracia obrera y la pequeña burguesía. Así, por ejemplo, es común que nuestros dignos revisionistas utilicen fragmentos como estos (señalamos en negrita los aspectos que más suelen destacar en sus comunicados):

«Aunque no fuesen “millones” y “legiones”, sino una simple minoría bastante importante de obreros industriales, la que siguiese a los curas católicos, y de obreros agrícolas, la que siguiera a los terratenientes y campesinos ricos (Grossbauern), podría asegurarse ya sin dudar que el parlamentarismo en Alemania no había caducado todavía políticamente, que la participación en las elecciones parlamentarias y la lucha en la tribuna parlamentaria es obligatoria para el partido del proletariado revolucionario, precisamente para educar a los elementos atrasados de su clase, precisamente para despertar e ilustrar a la masa aldeana analfabeta, ignorante y embrutecida. Mientras no tengáis fuerza para disolver el parlamento burgués y cualquiera otra institución reaccionaria, estáis obligados a trabajar en el interior de dichas instituciones, precisamente porque hay todavía en ellas obreros idiotizados por el clero y por la vida en los rincones más perdidos del campo. De lo contrario, corréis el riesgo de convertiros en simples charlatanes».

«Como es natural, estaría en un error quien siguiera sosteniendo de un modo general la vieja afirmación de que abstenerse de participar en los parlamentos burgueses es inadmisible en todas las circunstancias […]: los bolcheviques consiguieron impedir la convocatoria  del parlamento reaccionario por el Poder reaccionario en un momento en que la acción revolucionaria extraparlamentaria de las masas (en particular las huelgas) crecía con excepcional rapidez, en que no había ni un solo sector del proletariado y del campesinado que pudiera apoyar en modo alguno el Poder reaccionario, en que la influencia del proletariado revolucionario sobre las vastas masas atrasadas estaba asegurada por la lucha huelguística y el movimiento agrario».

Estos fragmentos no validan los postulados de los revisionistas. Al contrario, los refutan claramente y establecen una línea de continuidad entre las ideas defendidas en dichos fragmentos y las de quienes hoy apostamos por la reconstitución del Partido Comunista en todos los países del mundo. En el primer fragmento Lenin deja muy claro que, mientras no tengamos fuerza para disolver por la fuerza revolucionaria el Parlamento, estamos obligados a trabajar en él. Señalemos dos aspectos con respecto a esta idea: primero, la época en la que se circunscribe el escrito coincide con la primera ofensiva dentro del ciclo de Octubre, en el cual el movimiento comunista internacional era una realidad temible para la burguesía internacional y, por tanto, era de una necesidad acuciante conquistar a las amplias masas obreras por todos los medios posibles; segundo, lo que los oportunistas «olvidan» es que es el mismo Lenin el que, en este escrito y en toda su obra y vida militante, reconoce y defiende de forma expresa que para destruir el poder burgués hay que constituir un aparato clandestino del Partido y órganos de poder enfrentados al Estado capitalista, pero -¡oh, qué descuido el de nuestros oportunistas!- esto lo amputan y obvian de sus análisis los reformistas y revisionistas.

Veamos ahora lo que expone el revolucionario ruso en otro fragmento del mismo libro:

«De que el parlamento se convierta en el órgano y “centro” (dicho sea de paso, nunca ha sido ni ha podido ser en realidad el “centro”) de la contrarrevolución y de que los obreros creen los instrumentos de su Poder en forma de Soviets, se desprende que los trabajadores deben prepararse ideológica, política y técnicamente para la lucha de los Soviets contra el parlamento, para la disolución del parlamento por los Soviets. Pero de esto no se deduce en modo alguno que semejante disolución sea obstaculizada, o no sea facilitada, por la presencia de una oposición soviética en el seno  de un parlamento contrarrevolucionario. […] la experiencia de una serie de revoluciones, si no de todas […] acredita la singular utilidad que representa en tiempos de revolución combinar la acción de masas fuera del parlamento reaccionario con una oposición simpatizante de la revolución (o mejor aún, que la apoya francamente) dentro de ese parlamento».

Comencemos por el final de la cita. Lenin plantea que la fórmula parlamentaria puede -y debe- ser combinada con la estructura extraparlamentaria del Partido en determinados contextos como forma de facilitar el camino de la destrucción del Estado burgués. Pero antes de establecer esta premisa, deja muy clara otra que vuelven a olvidar los oportunistas: los obreros deben crear sus instrumentos de poder en forma de soviets. Pero no solo eso, sino que además deben prepararse desde el punto de vista ideológico, político y técnico (o sea, ¡militar!) para liquidar el parlamento, la institución «suprema» de la democracia burguesa.

Con respecto a las tesis defendidas por el comunismo «de izquierda» y por algunos elementos  del autodenominado marxismo-leninismo -que equiparan mecánicamente reacción política del imperialismo a fascismo y a imposibilidad permanente y absoluta de actuación en las instituciones democrático-burguesas-, es interesante comenzar contextualizando y explicando las posiciones de Lenin fijadas en el capítulo XII del clásico libro al que ya hemos hecho referencia:

«[…] el parlamento se ha hecho odioso en extremo a la vanguardia revolucionaria de la clase obrera. Es un hecho indiscutible. Y se comprende perfectamente, pues resulta difícil imaginarse mayor vileza, abyección y felonía que la conducta de la inmensa mayoría de los diputados socialistas y socialdemócratas en el parlamento durante la guerra y después de ella. Pero sería no sólo insensato, sino francamente criminal, dejarse llevar por estos sentimientos al decidir la cuestión de cómo se debe luchar contra el mal universalmente reconocido».

O también:

«[…] Manifestar el “revolucionarismo” sólo con injurias al oportunismo parlamentario, sólo condenando la participación en los parlamentos, resulta facilísimo; pero precisamente porque es demasiado fácil no es la solución de un problema difícil, dificilísimo».

La negativa per se a participar, coyunturalmente, en elecciones burguesas es hasta cierto punto lógica, pero implica una nula comprensión de lo que para el marxismo es la estrategia revolucionaria y las diversas tácticas que deben emplearse en función de parámetros como la situación política de la vanguardia ideológica o el desarrollo de la lucha de clases revolucionaria de tal o cual país. Las desviaciones «izquierdistas» preconizan la táctica del boicot desde el punto de vista histórico-ideológico, confundiéndolo con el boicot desde el punto de vista político-táctico. Quizá es el siguiente fragmento del texto de Lenin el que mejor explicita por qué es un error renunciar de forma dogmática e infantil a participar en instituciones burguesas -sobre todo para quienes hoy sostienen que el imperialismo lleva aparejada la imposibilidad de participar de forma eventual en parlamentos-, cuando dicha participación puede suponer un avance para el movimiento de destrucción del orden explotador y opresivo de la burguesía:

«El parlamentarismo “ha caducado históricamente”. Esto es cierto desde el punto de vista de la propaganda. Pero nadie ignora que de ahí a su superación práctica hay una distancia inmensa. Hace ya algunas décadas que podía decirse, con entera justicia, que el capitalismo había “caducado históricamente”, lo cual no impide, ni mucho menos, que nos veamos precisados a sostener una lucha muy prolongada y muy tenaz sobre el terreno del capitalismo. El parlamentarismo “ha caducado históricamente” desde un punto de vista histórico universal, es decir, la época del parlamentarismo burgués ha terminado, la época de la dictadura del proletariado ha empezado. Esto es indiscutible, pero en la historia universal se cuenta por décadas. Aquí diez o veinte años más o menos no tienen importancia, desde el punto de vista de la historia universal son una pequeñez, imposible de apreciar ni aproximadamente. Pero, precisamente por eso, remitirse en una cuestión de política práctica a la escala de la historia universal, es la aberración teórica más escandalosa.

¿Ha “caducado políticamente” el parlamentarismo? Esto es ya otra cuestión. Si fuese cierto, la posición de los “izquierdistas” sería sólida. Pero hay que probarlo por medio de un análisis serio, y los “izquierdistas” ni siquiera saben abordarlo».

En el fondo, el «izquierdismo», que rechaza de plano el «parlamentarismo» revolucionario, implica una importación de tesis y posiciones más propias del anarquismo que del marxismo revolucionario. Es un infantilismo político que, si bien, por ahora -como explicamos más arriba- no puede ni debe ser el centro de la crítica revolucionaria de los marxistas-leninistas alrededor del problema parlamentario, puede significar un serio obstáculo para el avance de un auténtico Partido leninista, para el organismo que sintetiza el socialismo científico y el movimiento de masas. En el ya mencionado informe de la Comintern, la dirección del movimiento comunista internacional de la época dejó muy clara la postura sobre la actitud de los «izquierdistas» en torno al parlamentarismo (y creemos que, además de lo dicho por Lenin y por las ideas complementadas por nosotros, estos dos párrafos son ya más que suficientes para comprender por qué el «izquierdismo» es una rémora peligrosa para nuestro movimiento en general y en esta cuestión muy en particular):

«16. El “antiparlamentarismo” de principio, concebido como el rechazo absoluto y categórico a participar en las elecciones y en la acción parlamentaria revolucionaria, es una doctrina infantil e ingenua que no resiste a la crítica, resultado muchas veces de una sana aversión hacia los políticos parlamentarios pero que no percibe, por otra parte, la posibilidad del parlamentarismo revolucionario. Además, esta opinión se basa en una noción totalmente errónea del papel del partido, considerado no como la vanguardia obrera centralizada y organizada para el combate sino como un sistema  descentralizado de grupos mal unidos entre sí;

17. Por otra parte, la necesidad de una participación efectiva en elecciones y en asambleas parlamentarias de ningún modo deriva del reconocimiento en principio de la acción revolucionaria en el parlamento, sino que todo depende de una serie de condiciones específicas.  La salida de los comunistas del parlamento puede tornarse necesaria en un momento dado. Eso ocurrió cuando los bolcheviques se retiraron del preparlamento de Kerenski con el objeto de boicotearlo, de tornarlo impotente y de oponerlo más claramente al soviet de Petrogrado en vísperas de dirigir la insurrección. También ese fue el caso cuando los bolcheviques abandonaron la Asamblea Constituyente, desplazando el centro de gravedad de los acontecimientos políticos al III Congreso de los Soviets. En otras circunstancias, puede ser necesario el boicot a las elecciones o el aniquilamiento inmediato, por la fuerza, del estado burgués y de la camarilla burguesa, o también la participación en elecciones simultáneamente con el boicot al parlamento, etc.)».

En conclusión, los comunistas hemos de oponer la propaganda y la agitación verdaderamente revolucionarias en torno a esta cuestión a las concepciones dominantes en nuestro movimiento que, tanto el revisionismo derechista e «izquierdista» como el reformismo más oportunista, sostienen y amparan con todo su ímpetu. Y, lógicamente, debemos adecuar dicho discurso a la realidad que nos ha tocado vivir (en el Estado español y en el resto de países), que es la de un periodo -que algunos camaradas llaman «interregno» como periodo intermedio entre el ciclo de Octubre y el nuevo, aún por florecer y reproducirse- en el que la tarea prioritaria y urgente consiste en reconstituir ideológica y políticamente el comunismo como paso previo e imprescindible para que la vanguardia marxista-leninista se fusione con el movimiento proletario de masas y articule la estructura socio-política más avanzada de la historia moderna, el Partido de masas y vanguardia, el Partido revolucionario.

            3. El uso revolucionario del Parlamento enmarcado en las tareas de reconstitución del Partido de nuevo tipo

no votar

«Nosotros, en cambio, basándonos en la doctrina de Marx

y en la experiencia de la revolución rusa, decimos:
el proletariado debe primero derrocar a la burguesía y conquistar para sí

el poder estatal y después utilizar ese poder estatal, o sea,

la dictadura del proletariado, como un instrumento de su clase

 con el fin de ganarse la simpatía de la mayoría de los trabajadores.

Los partidarios de la democracia ‘consecuente’ no han reflexionado

 sobre la importancia de este hecho histórico. Inventaron, y siguen inventando,

 el cuento infantil de que, en el capitalismo, el proletariado puede ‘convencer’

 a la mayoría de los trabajadores y ganarlos firmemente para su causa

 por medio de votaciones. Pero la realidad demuestra que sólo en el curso

 de una larga y terrible lucha, la dura experiencia de la vacilante pequeña burguesía

 la llevará, después de comparar la dictadura del proletariado con la dictadura

 de los capitalistas, a la conclusión de que la primera es mejor que la segunda».

Lenin, Las elecciones a la Asamblea Constituyente y la dictadura del proletariado (1919).

«18. Reconociendo de este modo, por regla general, la necesidad de participar en las

elecciones parlamentarias y municipales y de trabajar en los parlamentos y

en las municipalidades, el partido comunista debe resolver el problema según el caso concreto,

inspirándose en las particularidades específicas de la situación. El boicot de las elecciones

 o del parlamento, así como el alejamiento del parlamento, son sobre todo admisibles

 en presencia de condiciones que permitan el pasaje inmediato a la lucha armada por la conquista del poder».

«Partido Comunista y parlamentarismo», segundo Congreso de la Internacional Comunista (1920).

Una vez que hemos pasado por la trituradora de la crítica revolucionaria las concepciones del revisionismo y el reformismo sobre el problema del parlamentarismo y los comunistas, llegamos al corolario lógico de la exposición del marco teórico que puede permitirnos a los marxistas-leninistas dilucidar cómo y cuándo puede ser útil para la causa revolucionaria hacer uso de la tribuna parlamentaria. Pues bien, recordemos que en nuestro documento El PCPE y el revisionismo: una crítica necesaria en el Estado español, exponíamos muy brevemente las condiciones y los criterios que deben guiar a los revolucionarios a la hora de plantearse participar en comicios electorales:

«Los comunistas no nos oponemos a la participación electoral, pero esta tiene que estar subordinada al objetivo revolucionario y no convertirse en un principio incuestionable. La participación de los comunistas en las elecciones, con el propósito de entrar en las instituciones burguesas, está subordinada al objetivo de denunciar la propia democracia burguesa como una dictadura de clase de la burguesía sobre el proletariado, es decir, el objetivo es desenmascarar el aparato estatal burgués ante los obreros conscientes (con conciencia de clase en sí) y ante las masas atrasadas de la clase obrera que siguen confiando en que sus problemas se pueden solucionar mediante el voto a diferentes candidaturas que se presentan a las elecciones, que en ningún caso representan sus intereses de clase (ya sean candidaturas que representan los intereses de la burguesía monopolista, la pequeña burguesía, la aristocracia obrera, etc.). La participación tiene que estar encaminada a acabar con las ilusiones parlamentarias de ese sector de la vanguardia, que forma parte de la dirección de las luchas de resistencia, y de las amplias masas obreras.

Como medio de acumulación de fuerzas, la participación electoral solo puede servir en el período de conquistar a los elementos de la clase obrera con conciencia de clase en sí, como forma de propaganda hacia este sector. En el caso de las grandes masas proletarias, estas no se van a sumar a un movimiento revolucionario, no van a adquirir conciencia revolucionaria, mediante la propaganda y agitación dentro de las instituciones burguesas, ya que las promesas y los cantos de sirena son insuficientes cuando de lo que se trata es de ganarlas para el proceso de la revolución socialista. La única forma de acumular fuerzas de las amplias masas obreras para la revolución, como ya expusimos antes, es mediante su experiencia en la gestión de su poder político a través del Nuevo Poder y de la confrontación de este frente al Estado de la burguesía. A las grandes masas de la clase hay que ofrecerles una alternativa real y tangible al estado actual de las cosas, para que estas se decanten por la revolución proletaria y desarrollen conciencia revolucionaria. De nada sirve la simple propaganda y la agitación».

Tal y como hemos afirmado en el segundo punto de este texto, el revisionismo suele tachar de «izquierdistas» a aquellos destacamentos comunistas que se oponen al cretinismo parlamentario. Sin embargo, los comunistas que rechazamos el oportunismo electoralista no lo hacemos movidos por una especie de apriorismo «antiparlamentario». Nuestro «antiparlamentarismo» es el antiparlamentarismo defendido por todos los revolucionarios de la historia: es decir, aquel que sirve objetivamente a los intereses de la revolución socialista; aquel que busca la destrucción del viejo poder, no la subordinación del proletariado revolucionario a la cogestión del Estado burgués.

Por supuesto, desde nuestro medio de difusión también propugnamos, en las condiciones actuales, la abstención en los comicios electorales a las instituciones burguesas. Pero tengamos en cuenta antes dos premisas. Primero, la vanguardia ideológica marxista-leninista (es decir, aquel sector de nuestra clase que, no solamente es consciente de la necesidad de destruir el capitalismo, sino que además plantea que la única alternativa histórica posible es el comunismo), carece hoy de una homogeneidad y un desarrollo teórico-políticos indispensables para poder llevar a cabo un trabajo parlamentario de índole verdaderamente revolucionaria, comunista. Segundo, dicha vanguardia no cuenta con los nexos necesarios con las masas de nuestra clase, lo que implica una incapacidad manifiesta para elevar de manera sustancial la conciencia política de las masas proletarias y para dirigir sus luchas.

Ya hemos dejado claro que el «parlamentarismo» enfocado desde un punto de vista revolucionario gravita en torno a criterios y condiciones que respeten los principios de la ideología revolucionaria de la clase obrera. Antes de entrar a concretar los criterios y las condiciones de ese «parlamentarismo», los comunistas hemos de tener muy claro que el camino pasa por explicar a la vanguardia práctica la naturaleza del Estado democrático-burgués y la función que en él tienen las elecciones. Dicho esto, los criterios y las condiciones para la participación electoral en nuestra época se nuclean en torno a un principio rector: la reconstitución del Partido Comunista. Teniendo en cuenta que dicho Partido no existe aún, cualquier consigna electoral debe partir de este hecho irrefutable.

La táctica del boicot a la farsa democrático-burguesa solo puede tornarse en participación coyuntural bajo dos variables: cuando la vanguardia marxista-leninista se haya organizado en torno a una estructura prepartidaria, un embrión del Partido de nuevo tipo; y, en función de las circunstancias políticas coyunturales en la correlación de fuerzas entre clases, en determinados contextos inmediatamente posteriores a la reconstitución del Partido Comunista y previos al inicio de la guerra civil revolucionaria.

En cuanto a la primera condición (ganar a la vanguardia práctica para la revolución socialista, una vez que hemos ganado a los sectores más avanzados de la vanguardia ideológica para el comunismo), también la participación parlamentaria debe estar sujeta a limitaciones claramente definidas. Así, la vanguardia comunista que concurra a elecciones bajo una determinada marca electoral debe ganarse a la vanguardia práctica y erosionar el Parlamento en función de dos variables: el nivel de conciencia de dicha vanguardia práctica con respecto al parlamentarismo y la naturaleza del propio Estado capitalista, y una crítica constante sobre los resultados conseguidos con la participación parlamentaria para el fin ya señalado. El primer aspecto gravita en torno a lo que la vanguardia práctica demuestra conocer de la sustancia falsaria y explotadora de la democracia burguesa, mientras que el segundo está relacionado con una autocrítica constante que huya de las habituales justificaciones a que nos tiene acostumbrado el revisionismo cuando analiza sus resultados en procesos electorales.

Con respecto a la segunda variable para participar en elecciones (periodo intermedio entre la reconstitución del Partido revolucionario de masas y el inicio de la guerra contra el Estado burgués y por la democracia proletaria), cabe decir que esta va a depender, como siempre, del desarrollo político de la lucha de clases revolucionaria y de cuestiones tácticas que puedan llevar -o no- al Partido Comunista a plantearse un periodo, una especie de «interregno», como medio para crear «opinión pública» favorable al comunismo en determinados sectores de las masas hondas y como catalizador para preparar el comienzo del enfrentamiento político-militar con el Estado de la burguesía.

Pero, insistimos, las dos variables o condiciones anteriores no pueden ser tomadas de forma rígida, pues esta es precisamente una de las cuestiones donde los comunistas deben demostrar su capacidad para conjugar la firmeza de principios de la estrategia revolucionaria con la flexibilidad táctica acorde a dicha estrategia. Evidentemente, esta flexibilidad táctica debe tener en cuenta también las condiciones particulares de todo Estado burgués y de las correlaciones de fuerzas entre sus clases y fracciones de clase.

Para finalizar, consideramos interesante desarrollar brevemente una serie de aspectos sobre la construcción del nuevo poder y la utilización revolucionaria de las instituciones burguesas. Para ello merece la pena acudir nuevamente al informe presentado al segundo Congreso de la Internacional Comunista (1920), titulado «El Partido Comunista y el parlamentarismo». Aclaramos previamente que todas las negritas de los fragmentos copiados son nuestras. Dicho lo cual, veamos primero cuál era la posición de la Internacional Comunista sobre el parlamentarismo en el imperialismo:

«En las condiciones actuales, caracterizadas por el desencadenamiento del imperialismo, el parlamento se ha convertido en un instrumento de la mentira, del fraude, de la violencia, de la destrucción, de los actos de bandolerismo. Obras del imperialismo, las reformas parlamentarias, desprovistas de espíritu de continuidad y de estabilidad y concebidas sin un plan de conjunto, perdieron toda importancia práctica para las masas trabajadoras.

El parlamentarismo, así como toda la sociedad burguesa, perdió su estabilidad. La transición del período orgánico al período crítico crea una nueva base para la táctica del proletariado en el dominio parlamentario. Así es como el partido obrero ruso (el partido bolchevique) determinó ya las bases del parlamentarismo revolucionario en una época anterior, al perder Rusia desde 1905 su equilibrio político y social y entrar desde ese momento en un período de tormentas y cambios violentos».

El primer elemento que hay que destacar es el claro deslindamiento entre el parlamenterismo, con cierto carácter progresivo, del capitalismo premonopolista, y el del imperialismo. Sin embargo, al contrario de lo que sostienen hoy determinados comunistas con desviaciones «de izquierda», el informe no plantea que el uso revolucionario del Parlamento en el imperialismo no sea factible o interesante para el proletariado revolucionario bajo determinadas condiciones.

Entonces, ¿qué debían y deben buscar los partidos comunistas con la utilización revolucionaria de los parlamentos?:

«Por eso el deber histórico inmediato de la clase obrera consiste en arrancar esos aparatos a las clases dirigentes, en romperlos, destruirlos y sustituirlos por los nuevos órganos del poder proletario. Por otra parte el estado mayor revolucionario de la clase obrera está, profundamente interesado en contar, en las instituciones parlamentarias de la burguesía con exploradores  que facilitarán su obra de destrucción. Inmediatamente se hace evidente la diferencia esencial entre la táctica de los comunistas que van al parlamento con fines revolucionarios y la del parlamentarismo  socialista que comienza por reconocer la estabilidad relativa, la duración indefinida del régimen. El parlamentarismo socialista se plantea como tarea obtener reformas a cualquier precio. Está interesado en que cada conquista sea considerada por las masas como logros del parlamentarismo socialista (Turati, Longuet y Cía.). El viejo parlamentarismo de adaptación es remplazado por un nuevo parlamentarismo, que es una de las formas de destruir el parlamentarismo en general».

Y además de esto, ¿qué podía ser y qué no podía ser el parlamentarismo en relación a la clase obrera revolucionaria según la Comintern?:

«2. El parlamentarismo es una forma determinada del Estado. Por eso no es inconveniente de ninguna manera para la sociedad comunista, que no conoce ni clases, ni lucha de clases, ni poder gubernamental de ningún tipo;

3. El parlamentarismo tampoco puede ser la forma de gobierno “proletario” en el período de transición de la dictadura de la burguesía a la dictadura del proletariado. En el momento más grave de la lucha de clases, cuando ésta se transforma en guerra civil, el proletariado debe construir inevitablemente su propia organización gubernamental, considerada como una organización  de combate en la cual los representantes de las antiguas clases dominantes no serán admitidos. Toda ficción de voluntad popular en el transcurso de este estadio es perjudicial para el proletariado. Este no tiene ninguna necesidad de la separación parlamentaria de los poderes que inevitablemente le sería nefasta. La república de los soviets es la forma de la dictadura del proletariado;

4. Los parlamentos burgueses, que constituyen uno de los principales aparatos de la maquinaria gubernamental de la burguesía, no pueden ser conquistados por el proletariado en mayor medida que el estado burgués en general. La tarea del proletariado consiste en romper la maquinaria gubernamental de la burguesía, en destruirla, incluidas las instituciones parlamentarias, ya sea las de las repúblicas o las de las monarquías constitucionales».

Con mayor rotundidad si cabe, el informe al que hemos hecho referencia declaraba:

«6. El comunismo se niega a considerar al parlamentarismo como una de las formas de la sociedad futura; se niega a considerarla como la forma de la dictadura de clase del proletariado, rechaza la posibilidad de una conquista permanente de los parlamentos, se da como objetivo la abolición del parlamentarismo. Por ello, sólo debe utilizarse a las instituciones gubernamentales burguesas a los fines de su destrucción. En ese sentido, y únicamente en ese sentido, debe ser planteada la cuestión».

Por otro lado, hay un fragmento de este informe en el que no puede haber más dudas sobre la necesidad de emprender la guerra civil revolucionaria como único mecanismo posible para implantar la dictadura del proletariado:

«9. El método fundamental de la lucha del proletariado contra la burguesía, es decir contra su poder gubernamental, es ante todo el de las acciones de masas. Estas últimas están organizadas y dirigidas por las organizaciones de masas del proletariado (sindicatos, partidos, soviets), bajo la conducción general del partido comunista, sólidamente unido, disciplinado y centralizado. La guerra civil es una guerra. En ella, el proletariado debe contar con buenos cuadros políticos y un efectivo estado mayor político que dirija todas las operaciones en el conjunto del campo de acción;

10. La lucha de las masas constituye todo un sistema de acciones en vías de desarrollo, que se avivan por su forma misma y conducen lógicamente a la insurrección contra el estado capitalista. En esta lucha de masas, llamada a transformarse en guerra civil, el partido dirigente del proletariado debe, por regla general, fortalecer todas sus posiciones legales, transformarlas en puntos de apoyo secundarios de su acción revolucionaria y subordinarlas al plan de la campaña principal, es decir a la lucha de masas;

11. La tribuna del parlamento burgués es uno de esos puntos de apoyo secundarios. No es posible invocar contra la acción parlamentaria la condición burguesa de esa institución. El partido comunista entra en ella no para dedicarse a una acción orgánica sino para sabotear desde adentro la maquinaria gubernamental y el parlamento. Ejemplo de ello son la acción de Liebknecht en Alemania, la de los bolcheviques en la duma del zar, en la “Conferencia democrática” y en el “Pre-parlamento” de Kerenski, en la Asamblea constituyente, en las municipalidades y también la acción de los comunistas búlgaros».

Sobre el trabajo, la composición y las funciones de los diputados comunistas, son sumamente interesantes estas palabras de la IIIª Internacional al respecto:

«4º Todo diputado comunista está obligado, por una decisión del Comité central, a unir el trabajo  ilegal  con el trabajo legal. En los países donde los diputados comunistas todavía se benefician, en virtud de las leyes burguesas, con una cierta inmunidad parlamentaria, esta inmunidad deberá servir a la organización y a la propaganda ilegal del partido;

5º Los diputados comunistas están obligados a subordinar toda su actividad parlamentaria a la acción extraparlamentaria del partido. La presentación regular de proyectos de ley puramente demostrativos concebidos no en vistas de su adopción por la mayoría burguesa sino para la propaganda, la agitación y la organización, deberá hacerse bajo las indicaciones del partido y de su comité central;

6º El diputado comunista está obligado a colocarse a la cabeza de las masas proletarias, en primera fila, bien a la vista, en las manifestaciones y las acciones revolucionarias;

7º Los diputados comunistas están obligados a entablar por todos los medios (y bajo el control del partido) relaciones epistolares y de otro tipo con los obreros, los campesinos y los trabajadores revolucionarios de toda clase, sin imitar en ningún caso a los diputados socialistas que se esfuerzan por mantener con sus electores relaciones de  “negocios”. En todo momento, estarán a disposición de las organizaciones comunistas para el trabajo de propaganda en el país.

8º Todo diputado comunista al parlamento está obligado a recordar que no es un “legislador” que busca un lenguaje común con otros legisladores, sino un agitador del partido enviado a actuar junto al enemigo para aplicar las decisiones del partido. El diputado comunista es responsable no ante la masa anónima de los electores sino ante el partido comunista ya sea o no ilegal;

11º Los diputados comunistas están obligados a utilizar la tribuna parlamentaria para desenmascarar no solamente a la burguesía y sus lacayos oficiales, sino también a los socialpatriotas, a los reformistas, a los políticos centristas y, de manera general, a los adversarios del comunismo, y también para propagar ampliamente las ideas de la III Internacional;

12º Los diputados comunistas, así se trate de uno o dos, están obligados a desafiar en todas sus actitudes al capitalismo y no olvidar nunca que sólo es digno del nombre de comunista quien se revela no verbalmente sino mediante actos como el enemigo de la sociedad burguesa y de sus servidores social-patriotas».

Anteriormente argüimos que la participación electoral de los comunistas tiene en general un doble propósito: facilitar la fusión entre la vanguardia ideológica y la vanguardia práctica en una estructura revolucionaria denominada Partido de nuevo tipo, por un lado, y desgastar y denunciar en todo momento el carácter de clase de la democracia burguesa y del Estado capitalista como mecanismo de cohesión de los intereses de toda la clase dominante. Sin embargo, a este doble propósito añadimos la posibilidad de que el Partido revolucionario de masas recién reconstituido pueda concurrir a comicios electorales antes de emprender el proceso de creación del nuevo poder que confronte y derribe el poder de la burguesía y sus aparatos de dominación y hegemonía.

 Prosigamos con el análisis del informe:

«La participación en las campañas electorales y la propaganda revolucionaria desde la tribuna parlamentaria tienen una significación particular para la conquista política de los medios obreros que, al igual que las masas trabajadoras rurales, permanecieron hasta ahora al margen del movimiento revolucionario y de la política».

Esta declaración no puede ser separada del conjunto de proposiciones y fórmulas defendidas por el movimiento comunista internacional de los 20, para el que el fundamento esencial del movimiento revolucionario era el Partido de nuevo tipo y la constitución de soviets, es decir, consejos de obreros armados u órganos del nuevo poder proletario. Por tanto, la «conquista política de los medios obreros que […] permanecieron hasta ahora al margen del movimiento revolucionario y de la política» era el elemento auxiliar -imprescindible, sí, pero supeditado a la constitución de soviets allí donde se diesen las mínimas condiciones políticas- de la estructura extraparlamentaria del movimiento revolucionario (la única que podía comenzar la guerra revolucionaria de masas contra la dictadura de la burguesía):

«9. Es indispensable considerar siempre el carácter relativamente secundario de este problema. Al estar el centro de gravedad en la lucha  extraparlamentaria por el poder político, es evidente que el problema general de la dictadura del proletariado y de la lucha de las masas por esa dictadura no puede compararse con el problema particular de la utilización del parlamentarismo».

En relación a lo concreto-político, es decir, a lo que los comunistas podríamos hacer, en nuestra época, si llegáramos a concurrir a comicios electorales bajo una determinada candidatura, merece la pena rescatar otro de los valiosos fragmentos aportados por el informe del segundo Congreso de la Comintern:

«13. Los comunistas, si obtienen mayoría en los municipios, deben: a) formar una oposición revolucionaria en relación al poder central de la burguesía; b) esforzarse por todos los medios en prestar servicios al sector más pobre de la población (medidas económicas, creación o tentativa de creación de una milicia obrera armada, etc….); c) Denunciar en toda ocasión los obstáculos puestos por el estado burgués contra toda reforma radical; d) desarrollar sobre esta base una propaganda revolucionaria enérgica, sin temer el conflicto con el poder burgués; e) remplazar, en ciertas circunstancias, a los municipios por soviets de diputados obreros. Toda acción de los comunistas en los municipios debe, por lo tanto, integrarse en la obra general por la destrucción del sistema capitalista».

Llama la atención cómo los revisionistas de nuestra época han olvidado las enseñanzas de este Congreso con respecto a cuestiones que deberían ser básicas para todo revolucionario. ¿De verdad nuestros revisionistas consideran que su labor de oportunismo electoralista tiene hoy algo que ver con una «oposición revolucionaria en relación al poder central de la burguesía»? ¿Acaso las organizaciones revisionistas propugnan o han propugnado, cuando se den las circunstancias para ello, la «creación o tentativa de creación de una milicia obrera armada» o «remplazar, en ciertas circunstancias, a los municipios por soviets de diputados obreros»? Nada más lejos de la realidad, pues el oportunismo lo único que puede terminar haciendo, dadas sus concepciones ideológicas y su estrategia política, es aspirar a gestionar el Estado burgués, sobre todo sus instituciones locales.

Pero continuemos con la exposición, en base al informe de la Comintern, sobre cómo podríamos desarrollar los comunistas una hipotética campaña electoral:

14. La campaña electoral debe ser llevada a cabo no en el sentido de la obtención del máximo de mandatos parlamentarios sino en el de la movilización de las masas bajo las consignas de la revolución proletaria. La lucha electoral no debe ser realizada solamente por los dirigentes del partido sino que en ella debe tomar parte el conjunto de sus miembros. Todo movimiento de masas debe ser utilizado (huelgas, manifestaciones, efervescencia en el ejército y en la flota, etc….). Se establecerá un contacto estrecho con ese movimiento y la actividad de las organizaciones proletarias de masas será incesantemente estimulada;

15. Si son observadas esas condiciones y las indicadas en una instrucción especial, la acción parlamentaria será totalmente distinta de la repugnante y menuda política de los partidos socialistas de todos los países, cuyos diputados van al parlamento para apoyar a esa institución “democrática” y, en el mejor de los casos, para “conquistarla”. El partido comunista sólo puede admitir la utilización exclusivamente  revolucionaria  del parlamentarismo, a la manera de Karl Liebknecht, de Hoeglund y de los bolcheviques».

¿Alguien, siquiera ya desde la más mínima honestidad intelectual, puede equiparar esta concepción revolucionaria del «parlamentarismo» con lo defendido hoy por el revisionismo y el reformismo, con sus diversas marcas electorales, en Estados como el español? Queda claro, pues, que la única manera de utilizar el Parlamento desde el punto de vista revolucionario es la que nos han legado, a pesar de limitaciones o errores coyunturales, organizaciones políticas como el POSDR(b) o revolucionarios de la talla de Karl Liebknecht. Pero nuestros revisionistas electoralistas concurren hoy, como no puede ser de otra manera, a todos los comicios electorales con la concepción -esté más o menos soterrada tras determinadas consignas que entran en contradicción flagrante con su práctica sistemática- a tenor de la cual se puede «conquistar» la democracia burguesa desde sus mismas entrañas.

Por último, podríamos preguntarnos: ¿qué elementos habremos de tener en cuenta, en lo relativo a la táctica revolucionaria y los diputados comunistas, cuando una candidatura comunista concurra a comicios electorales de distintos ámbitos?:

«Se impone la adopción de las siguientes medidas con el fin de garantizar la efectiva aplicación de una táctica revolucionaria en el parlamento:

1º El partido comunista en su conjunto y su comité central deben estar seguros, desde el período preparatorio anterior a las elecciones, de la sinceridad y el valor comunistas de los miembros del grupo parlamentario comunista. Tiene el derecho indiscutible de rechazar a todo candidato designado por una organización, si no tiene el convencimiento de que ese candidato hará una política verdaderamente comunista. Los partidos comunistas deben renunciar al viejo hábito social-demócrata de hacer elegir exclusivamente a parlamentarios “experimentados” y sobre todo a abogados. En general, los candidatos serán elegidos entre los obreros.  No debe temerse la designación de simples miembros del partido sin gran experiencia parlamentaria. Los partidos comunistas deben rechazar con desprecio despiadado a los arribistas que se acercan a ellos con el único objeto de entrar en el parlamento. Los comités centrales sólo deben aprobar las candidaturas de hombres que durante largos años hayan dado pruebas indiscutibles de su abnegación por la clase obrera;

2º Una vez finalizadas las elecciones, le corresponde exclusivamente al comité central del partido comunista la organización del grupo parlamentario, esté o no en ese momento el partido en la legalidad. La elección del presidente y de los miembros del secretariado del grupo parlamentario debe ser aprobada por el comité central. El comité central del partido contará en el grupo parlamentario con un representante permanente que goce del derecho de veto. En todos los problemas políticos importantes, el grupo parlamentario está obligado a solicitar las directivas previas del comité central».

En resumen, la concepción revolucionaria sobre el parlamentarismo debe girar en torno a una serie de tesis básicas que todo movimiento revolucionario ha de cumplir si pretende lograr el derrocamiento de la burguesía y la implantación del Estado proletario:

-Mientras no hayamos ganado a un sector suficiente de la vanguardia ideológica para el comunismo, cualquier participación electoral es un grave error político, pues, al no existir un sector de vanguardia unificada en torno al marxismo-leninismo, la ideología revisionista refuerza el sistema de democracia burguesa e impide la simbiosis entre la vanguardia ideológica y la vanguardia práctica en el Partido de nuevo tipo;

-toda la táctica sobre el problema parlamentario debe estar supeditado, en primer lugar, a la reconstitución del movimiento comunista y, en segundo lugar y de forma simultánea, a la estrategia de revolución socialista y de lucha por el comunismo;

-las desviaciones derechistas e «izquierdistas» sobre esta cuestión deben ser combatidas y superadas, pero, en el periodo en que nos encontramos y debido a la hegemonía aplastante del revisionsimo, la labor prioritaria pasa por denunciar las nefastas consecuencias del oportunismo electoralista sobre el devenir del movimiento revolucionario;

-si hay participación de los comunistas en instituciones democrático-burguesas, esta tiene que estar subordinada a desgastar y erosionar la dictadura de la burguesía, así como a elevar el nivel de conciencia de las masas proletarias. En ningún caso la candidatura comunista puede hacer uso de los comicios electorales para «acumular fuerzas» con vistas a «destruir» -es decir, gestionar- el Estado burgués desde dentro;

-el «parlamentarismo» no puede ser jamás el centro de una organización revolucionaria; es solo un medio puramente táctico, coyuntural y sujeto al desarrollo de la lucha de clases revolucionaria. En el momento en que el proletariado revolucionario esté en condiciones de intensificar la lucha de clases mediante la guerra revolucionaria, la utilización de los parlamentos quedará inhabilitada como mecanismo para erosionar el aparato estatal de la burguesía.

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