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Ante las elecciones al Parlament de Catalunya: ¡Boicot!

En castellano:

27-S, o cuando la voluntad popular deja paso al vil mercadeo

Tras varios meses de pugna inter-burguesa, la fracción de la clase dominante catalana que encabeza a día de hoy el procés, ha decidido llamar a las urnas al pueblo catalán, en una descarada muestra de que entre democracia y mercadeo parlamentario, ha optado de manera prístina por lo segundo. El Movimiento por la Reconstitución, ante esta nueva convocatoria, y en línea con lo que se ha expresado en anteriores ocasiones, llama al boicot ante esta nueva farsa electoral burguesa, como no podía ser de otra manera. Sin embargo, nuestro posicionamiento al respecto es, por fuerza, cualitativamente distinto al que mostramos ante las pasadas elecciones de mayo, en parte porque viene precedido por la audaz postura que esgrimimos ante el referéndum del pasado 9 de noviembre. Así pues, se antoja necesario que nos retrotraigamos un poco y comencemos con una breve retrospectiva, en busca de que se observe mejor la coherencia de nuestras argumentaciones, tanto pasadas como presentes.

9-N: dos caminos, un mismo objetivo

Como decíamos, nuestro posicionamiento ante el referéndum del 9 de noviembre se pudo considerar audaz, máxime considerando el estado del movimiento “comunista” en el Estado español. Este, que yace como un lánguido cuerpo a la espera de que la historia vuelva simplemente hacia atrás en busca de glorias pasadas, se halla además ensimismado en su particular escolástica; dado que no comprende la relación entre los términos que utiliza y el espíritu que hace ya tiempo los creó, sus posicionamientos van siempre a remolque de una u otra fracción de la burguesía. Uno de los muchos, muchísimos términos que nuestros revisionistas repiten cual cacatúa, intentando que su mera pronunciación haga que broten por arte de magia los posicionamientos políticos que lo encumbraron, es el del derecho a la autodeterminación. Mentado casi siempre, en el mejor de los casos, como la solución al problema nacional presente en el Estado español, dicho término ha ido anquilosándose, convirtiéndose en una manida frase hecha que nada por sí sola puede resolver. Lógico, pues, que en ese vacío ideológico campen a sus anchas tanto el nacionalismo de la nación opresora como el de la nación oprimida, ambos cerrando el paso al genuino espíritu internacionalista en la cuestión.

Desde el Movimiento por la Reconstitución, sin embargo, siempre hemos interpretado el derecho a la autodeterminación como parte indisoluble de una unidad dialéctica, donde operan tanto la cuestión democrática y la lucha contra toda opresión, como el espíritu universal de la clase de los explotados. Al igual que sucede con la propia constitución del Partido Comunista, donde vanguardia y masas se aúnan de manera dialéctica para desplegar el potencial revolucionario de la humanidad explotada, solo la síntesis de la democracia con el internacionalismo permite acometer con garantías el correcto tratamiento de la cuestión nacional. El resultado de la ausencia de uno de los dos elementos salta a la vista no solo hoy en día, sino también a nivel histórico, pues las posturas de los distintos destacamentos revisionistas sobre la cuestión nacional no son en absoluto novedosas: cada una de ellas no es más que la expresión actual de dos esquemas presentes hace ya más de un siglo, y contra las que el naciente partido bolchevique desarrolló su lucha de dos líneas. Por aquel entonces, una parte de la socialdemocracia dictó la imposibilidad de la independencia factual de cualquier nueva nación devenida en Estado, dada su inclusión en el amplio organigrama imperialista global; es decir, basándose en la división internacional del trabajo a escala mundial, se negó de antemano la independencia política de cualquier nuevo Estado, y por tanto se denigró la posibilidad de acción del proletariado revolucionario en pos de eliminar la opresión nacional: en una especie de reverso oscuro de la inevitabilidad del socialismo, se aducía que, debido a que la tendencia intrínseca del imperialismo era, supuestamente, conformar Estados cada vez más grandes y por tanto se caminaba hacia la disolución de las naciones, resultaba inútil dedicar esfuerzos a una cuestión cuya solución vendría dada a través del propio desenvolvimiento del sistema capitalista. Así, no solo se desdeñaba la utilización del elemento democrático para intentar aliviar la cuestión nacional, sino que se negaba la posibilidad de separación política, lo que evidentemente alimentaba el nacionalismo de nación opresora. Frente a esta visión se encontraba su contraria, representada principalmente por la escuela austríaca (Bauer y cía.): aquí, la nación dejaba de ser un elemento de la propia época burguesa y pasaba a convertirse en verdadero adagio de la humanidad universal, presente en toda época y lugar; de esta manera, se eternizaba dicha conformación social también bajo el socialismo, donde el proletariado cogería las riendas de una formación aún imperfecta para desarrollarla en toda su potencialidad, perpetuando sine die la segregación del ser humano a través de fronteras y trabas auto-impuestas.

Frente a ambas idealizaciones, tanto la del imperialismo como simple trituradora de cuerpos nacionales de menor entidad, como la de la nación como única muestra posible de socialización humana, la línea internacionalista defendida por el partido bolchevique mostró que el proletariado, a través de la defensa del derecho a la autodeterminación e igualdad de todas las naciones, puede minimizar y atenuar los choques y desconfianzas nacionales, permitiendo así la implementación práctica de la unidad internacionalista del proletariado en su lucha revolucionaria, la cual ha de allanar el camino hacia la fusión y disolución de las naciones en humanidad emancipada en el Comunismo. Esa es la postura que intentó explicitar el Movimiento por la Reconstitución ante el 9-N, aunque quizás sea necesario que insistamos algo más: tal y como propugnaba Lenin, el derecho a la autodeterminación necesita además, para desplegarse en toda su potencialidad, de una división funcional del trabajo internacionalista entre los proletarios de la nación opresora y los de la nación oprimida. Así, mientras que desde las organizaciones procedentes de la nación opresora se ha de realizar agitación a favor de la libertad de separación, desde la nación oprimida se ha de hacer hincapié en la libertad de unión. Solo desde esta perspectiva se puede entender que se pidiese el voto para el Sí-Sí desde las organizaciones radicadas principalmente en la nación opresora, pero se declarase libertad de voto desde la organización presente en tierras catalanas, Balanç i Revolució. Ambos caminos eran diferentes, pero el objetivo seguía siendo el mismo: poner en pie de nuevo el internacionalismo proletario genuino con el objetivo de posicionarse contra toda opresión y aliviar las tensiones nacionalistas entre la clase obrera de las diferentes naciones, cuya tarea histórica concreta sigue siendo a día de hoy la de reconstituir el Partido Comunista en todo el Estado español, para destruir el mismo mediante la Guerra Popular, estrategia militar de esa clase universal que es el proletariado.

¡Contexto, más contexto, siempre contexto!

Sin embargo, dicha lucha contra la opresión y las desconfianzas nacionales no se produce nunca en un vacío, entendido este por partida doble: ni en cuanto al momento histórico en que puede tener lugar, ni en cuanto a las formas que esa lucha puede revestir. Ya se expusieron en su momento ambos condicionantes, pero no está de más
volver a incidir en ellos, para contar con una perspectiva más completa. En cuanto al momento histórico en que nos encontramos, entendemos que nos hallamos inmersos en un período de interregno entre dos ciclos revolucionarios, con todo lo que ello conlleva: ante la ausencia de horizonte emancipatorio, su lugar ha sido ocupado por todo tipo de opciones burguesas, entre las que se incluye muy poderosamente el nacionalismo. Por esa razón, y mientras el incipiente movimiento por la reconstitución del Partido Comunista no sea capaz de erigirse como actor político de primer orden y pueda generar sus propias dinámicas que contraponer a este nuevo auge de los movimientos nacionalistas, consideramos que lo prioritario es incidir en el aspecto democrático como atenuante de la cuestión nacional. En cuanto al Estado español en particular, era evidente que la opción que más en contra se posicionaba del statu quo actual, y por tanto la que más potencial disgregador tenía respecto de los mecanismos de encuadramiento burgués, era sin duda alguna la del voto afirmativo respecto a la independencia de Catalunya, no sólo porque el mismo implicaba educar a nuestra clase en el desprecio a las fronteras estatales establecidas por la burguesía; sino porque además la participación en la consulta favorecía imbuir de odio en la legalidad vigente al proletariado, dado el carácter ilegal de la consulta del 9 de Noviembre: una doble educación (contra las fronteras y contra el orden legal) necesaria para el proletariado catalán… y para el proletariado español. Pues partiendo de que un pueblo que oprime a otro no puede ser libre, éste último necesita sacudirse de su insensibilidad, cuando no complacencia (apuntalada en la fría hegemonía del revisionismo), respecto de la opresión nacional, para fundirse con los proletarios del resto de naciones. Por otra parte, y respecto las formas políticas que pueda adoptar un movimiento nacionalista (y por tanto burgués por naturaleza) en pos de una posible independencia nacional, es necesario realizar una distinción fundamental: la existencia o no de un mandato imperativo por parte de las masas. Así, un referéndum directo, cuyas mecánicas no se vean insertas de manera directa en las propias mediaciones que establece la burguesía entre representados y representantes, propia de su parlamento, supone la forma más democrática a través de la cual el pueblo catalán se puede expresar sobre la potencial necesidad de crear un Estado propio. Y aunque el referéndum del pasado año sólo puede comprenderse como parte del procés de encuadramiento nacional de las masas en Catalunya, el que el mismo se desarrollase contra la legalidad, lejos de favorecer la táctica de Mas y los suyos, permitía la diferenciación entre los dos aspectos contradictorios de un referéndum (su aspecto reaccionario como momento reproductor de las inercias parlamentarias del régimen burgués; y su aspecto democrático como fugaz momento de implicación directa de las masas en los asuntos públicos), pudiendo en esta ocasión el pueblo catalán actuar como soberano de su destino. Por ese motivo, desde el Movimiento por la Reconstitución entendimos que en el 9-N debíamos animar a nuestra clase a participar en el referéndum.

Es decir, y a modo de resumen: nuestro posicionamiento partía de unas condiciones concretas, tanto a nivel de las circunstancias históricas en las que nos movemos como por las formas a través de las cuales el pueblo catalán podía expresarse sobre su destino. Dicho posicionamiento, por tanto, se inscribe en la línea y espíritu marcado por el internacionalismo proletario, y supone una decisión táctica en base al contexto en que nos movemos.

Y quizás en esa palabra, táctica, se halle al menos parte de la enjundia de nuestra posición respecto al 9-N. A diferencia de las numerosas organizaciones nacionalistas teñidas de rojo, cuyo programa incluye de manera explícita la lucha por la independencia de una u otra nación, nuestro movimiento a favor del Sí-Sí desde el resto del Estado español se circunscribía a esas condiciones que acabamos de establecer; de no haber sido así, de haber realizado cierta genuflexión frente a las proclamas siempre independentistas de ciertos sectores de la burguesía, estaríamos incurriendo en un delito por partida doble en cuanto a principios: por un lado, estaríamos socavando la siempre necesaria independencia política del proletariado, mientras que, por el otro, estaríamos otorgando labores positivas a nuestra clase respecto a la nación. Como ya hemos mencionado en algún otro momento, al proletariado no le compete ninguna tarea de construcción nacional, aquellas que Lenin denominaba positivas respecto a la nación (esto es, de nacionalización de masas), sino que, justamente al contrario, su labor consiste en atenuar por todos los medios posibles los roces y desconfianzas nacionales, con la vista siempre puesta en la articulación internacionalista de su proyecto político revolucionario. Al mismo tiempo, y entroncando con la necesidad de evitar las tareas de orden positivo por parte del proletariado en su agenda respecto a la nación, desde el Movimiento por la Reconstitución entendemos que es el Estado español el marco político a través del cual se ha de enmarcar la lucha de clases del proletariado en la actualidad, y será así mientras no se produzca la independencia de una u otra nación. Esto, evidentemente, marca claramente nuestra posición respecto a aquellas organizaciones que, haciendo el juego a sus respectivas burguesías nacionales, plantean el encuadramiento del proletariado siguiendo un principio nacional, el cual lleva a la segregación de este y por tanto a su pérdida de independencia política frente a una burguesía que es, de facto, internacional. Es decir, y ya a modo de síntesis: nuestro movimiento táctico preservó nuestros principios, y por tanto confirmó la estrategia general: incidimos en la cuestión nacional para intentar atenuarla de manera concreta, al mismo tiempo que preservamos la independencia política del proletariado y explicitamos, a través de nuestro trabajo político, la necesidad de la reconstitución del Partido Comunista en el marco de todo el Estado bajo las circunstancias actuales.

Así pues, podríamos decir que nuestra postura respecto al 9-N podría presentarse como ejemplo de aplicación correcta y creativa de otra de esas manoseadas frases que siempre tiene a bien repetir el revisionismo patrio: “firmeza en los principios, flexibilidad en la táctica”. Creemos que el modo adecuado de proceder, como hemos visto, consiste en la asimilación del espíritu que dio luz a las consignas, con el objetivo de poder implementar la táctica adecuada en cada momento. Por el contrario, lo que nos ofrece el revisionismo, desde su eterna escolástica, es la utilización de toda consigna como subterfugio desde el que justificar su abandono de unos principios y un espíritu que ya no quiere ni puede aprehender, pues su inmediatismo pragmatista se lo impide por completo: al plegarse a lo espontáneo, su actuar no supone más que una monótona repetición de conciencia en sí, donde el espíritu ha ido muriendo día tras día.

Una diferencia cualitativa

Pero volvamos a las formas políticas de encauzar el movimiento nacionalista, pues aún hay asuntos que tratar al respecto. Tal y como dijimos en la víspera del 9-N, la fracción de la burguesía catalana a cuya cabeza marcha el president, no mostraba signo alguno de querer implementar el mandato popular y democrático expresado en las urnas, sino más bien todo lo contrario: los movimientos tras bambalinas de todos los actores, independientemente de que estos se mostrasen más o menos aguerridos o contestatarios frente al Estado español, eran evidentes antes de la celebración de la votación, y no han hecho más que incrementarse durante todo el período posterior. Tanto es así, tan intensas han sido las negociaciones inter-burguesas, que hasta el propio procés dio en repetidas ocasiones síntomas de detenerse, de frenarse en seco. Únicamente tras la cesión por parte de ERC a sumarse a una lista unitaria dominada por CDC tanto en números como en candidato a president, la candidatura denominada Junts pel Sí, el procés ha vuelto a coger aire, tras varios meses en los que estuvo a buen recaudo de Artur Mas y sus correligionarios.

Esta fracción del capital catalán, (el cual en conjunto poco tiene de homogéneo respecto a este asunto: ahí están las materializaciones partidarias del cómodo encaje de otras fracciones en el crisol de la hispanidad: de los inveterados constitucionalistas de Duran-Espadaler a la moderna caspa de Ciutadans), ha preferido y prefiere, por tanto, intentar regatear al Estado español antes que materializar al instante el mandato imperativo que surgió de la voluntad popular; ha optado por adaptarse a las reglas del juego del Estado español, o dicho de otro modo: ha preferido astucias frente a valentía, mercadeo frente a democracia. Y es que la burguesía teme lo que considera el horror vacui: la posibilidad de verse desbordada por las masas.

Sin embargo, hasta la propia burguesía es consciente de la diferencia cualitativa que existe entre un referéndum y unas elecciones parlamentarias, por mucho que estas tengan el epíteto de plebiscitarias; por esta razón, intenta constantemente ocultar, limar dicha diferencia: solo desde esta perspectiva se entiende la puesta en marcha de distintas maniobras para otorgar la impresión de que la enésima pantomima parlamentaria cuenta con un mayor carácter participativo. Medidas como el programa tots som candidats (en el que ya hay 70.000 candidatos inscritos) o la inclusión de diversas personalidades públicas alejadas en un principio del adusto mundo de la política, como pueden ser Lluís Llach o Pep Guardiola, muestran que la propia burguesía advierte que necesita dar la imagen de que se trata de un proceso popular y no uno dedicado únicamente al reparto de sillones y aspiraciones (y también muestra, por otra parte, hasta qué punto el sistema parlamentario tiene carácter de clase, hasta qué punto fondo y forma están indisolublemente unidos: más allá de que Artur Mas pusiese el grito en el cielo por la intención de conformar una lista sin políticos, lo que pone de manifiesto la mera intención de intentarlo es que ni siquiera es necesario que los políticos profesionales gestionen la res publica: el sistema proporciona los mimbres a través de los cuales solo es posible gestionarla a favor del capital).

Las diferencias entre un referéndum y unas elecciones parlamentarias al uso, por tanto, deberían estar claras: en síntesis, en un referéndum puede abrirse la posibilidad de que las masas se impliquen de manera directa en los asuntos públicos y, al mismo tiempo, de desbordar el orden jurídico establecido y los innumerables arreglos burgueses sobre los que se sostiene la vida política diaria, siempre y cuando se den circunstancias como las provocadas por la cerrazón del gobierno español, que situó fuera de la legalidad la expresión democrática del pueblo catalán. En cambio, unas elecciones parlamentarias suponen irremediablemente el encauzamiento y adocenamiento de las masas, la vuelta al redil mediatizado por la burguesía de manera permanente, donde predominan los pactos con la nación opresora y los arreglos en pos de conquistar una u otra parcela de poder.

Así las cosas, y con una nueva fiesta de la democracia en ciernes, el proletariado catalán no tiene nada que ganar con las próximas elecciones del 27 de septiembre, ni siquiera en el ámbito de la liberación nacional. A diferencia de un referéndum directo a través del que poder corporizar la voluntar popular, la mediación parlamentaria que se avecina solo puede otorgar a las masas el triste papel de último firmante del enésimo mercadeo político en el Parlament. La misión histórica del proletariado, sin embargo, es realizar la revolución a escala mundial, y no la de ser un simple y gris testaferro de sus viles explotadores, sea en una u otra nación. Por ese motivo, y porque nuestra misión va mucho más allá de elegir una u otra papeleta gris con la que seguir sancionando el despreciable régimen de explotación del capital, la única respuesta coherente frente a la enésima farsa electoral de la burguesía es el boicot.

¡Ante la farsa electoral, boicot!
¡Ni un voto obrero en las urnas!
¡Por la reconstitución ideológica y política del comunismo!
¡Guerra popular hasta el Comunismo!

Balanç i Revolució
Cèl·lula Roja
Juventud Comunista de Almería/Juventud Comunista de Zamora
Movimiento Anti-Imperialista
Nueva Dirección Revolucionaria
Nueva Praxis
Revolución o Barbarie

Septiembre de 2015
Estado español

En català:

Davant les eleccions al Parlament de Catalunya: Boicot!

27-S, o quan la voluntat popular deixa pas al vil mercadeig

Després de mesos de pugna inter-burgesa, la fracció de la classe dominant catalana que encapçala a dia d’avui el procés, ha decidit cridar a les urnes al poble català, en una descarada mostra que entre democràcia i mercadeig parlamentari, ha optat de manera pristina pel segon. El Moviment per la Reconstitució, davant aquesta nova convocatòria, i en línia amb el que s’ha expressat en anteriors ocasions, crida al boicot davant aquesta nova farsa electoral burgesa, com no podia ser d’altra manera. Però el nostre posicionament respecte a aquesta és, per força, qualitativament diferent del que vam mostrar davant les passades eleccions de maig, en part perquè està precedit per l’audaç posició que vam esgrimir davant el referèndum del passat 9 de novembre. Així doncs, sembla necessari que ens retrotraguem una mica i comencem amb una breu retrospectiva, en cerca que s’observi millor la coherència de les nostres argumentacions, tant passades com presents.

9-N: dos camins, un mateix objectiu

Com dèiem, el nostre posicionament davant el referèndum del 9 de novembre es va poder considerar audaç, sobretot considerant l’estat del moviment “comunista” a l’Estat espanyol. Aquest, que jeu com un lànguid cos a l’espera que la història torni simplement cap enrere en cerca de glòries passades, es troba a més embadalit amb la seva particular escolàstica; atès que no comprèn la relació entre els termes que utilitza i l’esperit que fa ja temps els va crear, els seus posicionaments van sempre a remolc d’una o altra fracció de la burgesia. Un dels molts, moltíssims termes que els nostres revisionistes repeteixen com a cacatues, intentant que la seva mera pronunciació faci que brollin per art de màgia els posicionaments polítics que el van enaltir, és el del dret a l’autodeterminació. Esmentat gairebé sempre, en el millor dels casos, com la solució al problema nacional present a l’Estat espanyol, aquest terme ha anat anquilosant-se, convertint-se en una rebregada frase feta que per si sola no pot resoldre res. És lògic, doncs, que en aquest buit ideològic facin el que vulguin tant el nacionalisme de la nació opressora com el de la nació oprimida, tots dos barrant el pas al genuí esperit internacionalista en la qüestió.

Des del Moviment per la Reconstitució, però, sempre hem interpretat el dret a l’autodeterminació com a part indissoluble d’una unitat dialèctica, en què operen tant la qüestió democràtica i la lluita contra tota opressió, com l’esperit universal de la classe dels explotats. Igual que succeeix amb la mateixa constitució del Partit Comunista, en què avantguarda i masses s’uneixen de manera dialèctica per a desplegar el potencial revolucionari de la humanitat explotada, només la síntesi de la democràcia amb l’internacionalisme permet d’emprendre amb garanties el tractament correcte de la qüestió nacional. El resultat de l’absència d’un dels dos elements salta a la vista no només avui en dia, sinó també a nivell històric, ja que les posicions dels diferents destacaments revisionistes sobre la qüestió nacional no són en absolut noves: cadascuna d’elles no és més que l’expressió actual de dos esquemes presents fa ja més d’un segle, i contra les quals el naixent partit bolxevic va desenvolupar la seva lluita de dues línies. En aquell temps, una part de la socialdemocràcia va dictar la impossibilitat de la independència factual de qualsevol nova nació convertida en Estat, donada la seva inclusió en l’ampli organigrama imperialista global; és a dir, basant-se en la divisió internacional del treball a escala mundial, es va negar per endavant la independència política de qualsevol nou Estat, i, per tant, es va denigrar la possibilitat d’acció del proletariat revolucionari per eliminar l’opressió nacional: en una mena de revers obscur de la inevitabilitat del socialisme, s’adduïa que, a causa que la tendència intrínseca de l’imperialisme era, suposadament, conformar Estats cada vegada més grans i per tant es caminava cap a la dissolució de les nacions, resultava inútil dedicar esforços a una qüestió la solució de la qual es faria a través del mateix desenvolupament del sistema capitalista. Així, no només es menyspreava la utilització de l’element democràtic per intentar alleujar la qüestió nacional, sinó que es negava la possibilitat de separació política, la qual cosa evidentment alimentava el nacionalisme de nació opressora. Davant aquesta visió es trobava la seva contrària, representada principalment per l’escola austríaca (Bauer i companyia): aquí, la nació deixava de ser un element de la mateixa època burgesa i passava a convertir-se en veritable adagi de la humanitat universal, present en tota època i lloc; d’aquesta manera, s’eternitzava aquesta conformació social també sota el socialisme, en què el proletariat agafaria les regnes d’una formació encara imperfecta per desenvolupar-la en tota la seva potencialitat, perpetuant sine die la segregació de l’ésser humà a través de fronteres i traves autoimposades.

Davant ambdues idealitzacions, tant la de l’imperialisme com a simple trituradora de cossos nacionals amb entitat menor, com la de la nació com a única mostra possible de socialització humana, la línia internacionalista que defensava el partit bolxevic va mostrar que el proletariat, a través de la defensa del dret a l’autodeterminació i igualtat de totes les nacions, pot minimitzar i atenuar els xocs i desconfiances nacionals, i així permet la implementació pràctica de la unitat internacionalista del proletariat en la seua lluita revolucionària, la qual ha d’aplanar el camí cap a la fusió i dissolució de les nacions en humanitat emancipada en el Comunisme. Aquesta és la posició que va intentar explicitar el Moviment per la Reconstitució davant el 9-N, encara que potser és necessari que hi insistim una mica més: tal com propugnava Lenin, el dret a l’autodeterminació necessita, a més, per a desplegar-se en tota la seva potencialitat, una divisió funcional del treball internacionalista entre els proletaris de la nació opressora i els de la nació oprimida. Així, mentre que des de les organitzacions procedents de la nació opressora s’ha de realitzar agitació a favor de la llibertat de separació, des de la nació oprimida s’ha de posar l’accent en la llibertat d’unió. Només des d’aquesta perspectiva es pot entendre que es demanés el vot pel Sí-Sí des de les organitzacions radicades principalment a la nació opressora, però es declarés llibertat de vot des de l’organització present en terres catalanes, Balanç i Revolució. Tots dos camins eren diferents, però l’objectiu continuava sent el mateix: posar dempeus de nou l’internacionalisme proletari genuí amb l’objectiu de posicionar-se contra tota opressió i alleujar les tensions nacionalistes entre la classe obrera de les diferents nacions, la tasca històrica concreta continua sent avui dia la de reconstituir el Partit Comunista a tot l’Estat espanyol, per destruir-lo mitjançant la Guerra Popular, l’estratègia militar d’aquesta classe universal que és el proletariat.

Context, més context, sempre context!

No obstant això, aquesta lluita contra l’opressió i les desconfiances nacionals no es produeix mai en un buit, entenent-lo doblement: ni pel que fa al moment històric en què pot tenir lloc, ni pel que fa a les formes que aquesta lluita pot revestir. Ja es van exposar en el seu moment aquests termes, però no està de massa tornar a incidir-hi, per tenir una perspectiva més completa. Pel que fa al moment històric en què ens trobem, entenem que ens trobem immersos en un període d’interregne entre dos cicles revolucionaris, amb tot el que això comporta: davant l’absència d’horitzó emancipador, el seu lloc ha estat ocupat per tota mena d’opcions burgeses, entre les quals s’inclou en bona mesura el nacionalisme. Per aquesta raó, i mentre l’incipient moviment per la reconstitució del Partit Comunista no sigui capaç d’erigir-se com a actor polític de primer ordre i pugui generar les seves pròpies dinàmiques que contraposi a aquest nou auge dels moviments nacionalistes, considerem que la prioritat és incidir en l’aspecte democràtic com a atenuant de la qüestió nacional. Quant a l’Estat espanyol en particular, era evident que l’opció que més en contra es posicionava de l’statu quo actual, i, per tant, la que més potencial disgregador tenia respecte dels mecanismes d’enquadrament burgès, era sens dubte la del vot afirmatiu respecte a la independència de Catalunya, no només perquè implicava educar la nostra classe en el menyspreu de les fronteres estatals establertes per la burgesia; sinó perquè, a més, la participació en la consulta afavoria imbuir d’odi a la legalitat vigent al proletariat, atès el caràcter il·legal de la consulta del 9 de novembre: una doble educació (contra les fronteres i contra l’ordre legal) necessària per al proletariat català… i per al proletariat espanyol. Ja que, partint de la veritat que un poble que n’oprimeix un altre no pot ser lliure, aquest últim necessita desempallegar-se de la seva insensibilitat, quan no complaença (apuntalada en la freda hegemonia del revisionisme), respecte de l’opressió nacional, per fondre’s amb els proletaris de la resta de nacions. D’altra banda, i respecte de les formes polítiques que pugui adoptar un moviment nacionalista (i, per tant, burgès per naturalesa) a favor d’una possible independència nacional, és necessari realitzar una distinció fonamental: l’existència o no d’un mandat imperatiu per part de les masses. Així, un referèndum directe, les mecàniques del qual no s’insereixin de manera directa en les mateixes mediacions que estableix la burgesia entre representats i representants, pròpia del seu parlament, suposa la forma més democràtica a través de la qual el poble català es pot expressar sobre la necessitat potencial de crear un Estat propi. I encara que el referèndum de l’any passat només es pot comprendre com a part del procés d’enquadrament nacional de les masses a Catalunya, el fet que es desenvolupés contra la legalitat, lluny d’afavorir la tàctica de Mas i els seus, permetia la diferenciació entre els dos aspectes contradictoris d’un referèndum (el seu aspecte reaccionari com a moment reproductor de les inèrcies parlamentàries del règim burgès; i el seu aspecte democràtic com a fugaç moment d’implicació directa de les masses en els assumptes públics), així que en aquesta ocasió el poble català va poder actuar com a sobirà del seu destí. Per aquest motiu, des del Moviment per la Reconstitució vam entendre que en el 9-N havíem d’encoratjar la nostra classe a participar en el referèndum.

És a dir, en resum: el nostre posicionament partia d’unes condicions concretes, tant a nivell de les circumstàncies històriques en què ens movem com per les formes a través de les quals el poble català podia expressar-se sobre el seu destí. El dit posicionament, per tant, s’inscriu en la línia i l’esperit marcat per l’internacionalisme proletari, i suposa una decisió tàctica sobre la base del context en què ens movem.

I potser en aquesta paraula, tàctica, es trobi almenys part de la substància de la nostra posició respecte al 9-N. A diferència de les nombroses organitzacions nacionalistes tenyides de roig, el programa inclou de manera explícita la lluita per la independència d’una o altra nació, el nostre moviment a favor del Sí-Sí des de la resta de l’Estat espanyol es circumscrivia a aquestes condicions que acabem d’establir; si no hagués estat així, si s’hi hagués realitzat una certa genuflexió davant de les proclames sempre independentistes de certs sectors de la burgesia, estaríem incorrent en un delicte doble pel que fa als principis: d’una banda, estaríem soscavant la sempre necessària independència política del proletariat, mentre que, de l’altra, estaríem atorgant tasques positives a la nostra classe respecte a la nació. Com ja hem esmentat en algun altre moment, al proletariat no li competeix cap tasca de construcció nacional, aquelles que Lenin anomenava positives respecte a la nació (és a dir, de nacionalització de masses), sinó que, justament al contrari, la seva tasca consisteix a atenuar per tots els mitjans possibles els frecs i les desconfiances nacionals, amb la vista sempre posada sobre l’articulació internacionalista del seu projecte polític revolucionari. Alhora, i entroncant amb la necessitat d’evitar les tasques d’ordre positiu per part del proletariat en la seva agenda respecte a la nació, des del Moviment per la Reconstitució entenem que és l’Estat espanyol el marc polític a través del qual s’ha d’emmarcar la lluita de classes del proletariat en l’actualitat, i serà així mentre no es produeixi la independència d’una o altra nació. Això, evidentment, marca clarament la nostra posició respecte a aquelles organitzacions que, fent el joc a les seves respectives burgesies nacionals, plantegen l’enquadrament del proletariat seguint un principi nacional, el qual el mena a la segregació i per tant a la seva pèrdua d’independència política davant una burgesia que és, de facto, internacional. És a dir, i ja en síntesi: el nostre moviment tàctic va preservar els nostres principis, i per tant va confirmar l’estratègia general: incidim en la qüestió nacional per intentar atenuar-la de manera concreta, al mateix temps que preservem la independència política del proletariat i explicitem, a través del nostre treball polític, la necessitat de la reconstitució del Partit Comunista en el marc de tot l’Estat sota les circumstàncies actuals.

Així doncs, podríem dir que la nostra posició respecte al 9-N es podria presentar com a exemple d’aplicació correcta i creativa d’una altra d’aquelles grapejades frases que sempre li ve de gust repetir al revisionisme patri: “fermesa en els principis, flexibilitat en la tàctica “. Creiem que la manera adequada de procedir, com hem vist, consisteix en l’assimilació de l’esperit que va donar llum a les consignes, amb l’objectiu de poder implementar la tàctica adequada en cada moment. Al contrari, el que ens ofereix el revisionisme, des de la seva eterna escolàstica, és la utilització de tota consigna com a subterfugi des del qual justifica el seu abandonament d’uns principis i un esperit que ja no vol ni pot aprehendre, ja que el seu immediatisme pragmatista li ho impedeix completament: en plegar-se a l’espontaneïtat, la seva actuació no suposa més que una monòtona repetició de consciència en si, en què l’esperit ha anat morint dia rere dia.

Una diferència qualitativa

Però tornem a les formes polítiques de canalitzar el moviment nacionalista, ja que encara hi ha assumptes a tractar. Tal com vam dir en la vigília del 9-N, la fracció de la burgesia catalana al capdavant de la qual marxa el president, no mostrava cap signe de voler implementar el mandat popular i democràtic que es va expressar a les urnes, sinó més aviat tot el contrari: els moviments entre bastidors de tots els actors, independentment que aquests es mostressin més o menys aguerrits o contestataris davant l’Estat espanyol, eren evidents abans de la celebració de la votació, i no han fet més que incrementar-se durant tot el període posterior. Tant és així, tan intenses han estat les negociacions inter-burgeses, que fins i tot el mateix procés va tenir en repetides ocasions símptomes de detenir-se, de frenar en sec. Únicament després de la cessió per part d’ERC a sumar-se a una llista unitària dominada per CDC tant en nombres com en candidat a president, la candidatura anomenada Junts pel Sí, el procés ha tornat a agafar aire, després de diversos mesos en què va estar ben custodiat per Artur Mas i els seus coreligionaris.

Aquesta fracció del capital català (el qual en conjunt té poc d’homogeni respecte a aquest assumpte: aquí hi ha les materialitzacions partidàries del còmode encaix d’altres fraccions en el gresol de la hispanitat: dels inveterats constitucionalistes de Duran-Espadaler a la moderna caspa de Ciutadans) ha preferit i prefereix, per tant, intentar regatejar a l’Estat espanyol abans que materialitzar a l’instant el mandat imperatiu que va sorgir de la voluntat popular; ha optat per adaptar-se a les regles del joc de l’Estat espanyol, o dient-ho d’una altra manera: ha preferit astúcies davant valentia, mercadeig enfront de democràcia. I és que la burgesia tem el que considera l’horror vacui: la possibilitat de veure’s desbordada per les masses.

No obstant això, fins i tot la mateixa burgesia és conscient de la diferència qualitativa que hi ha entre un referèndum i unes eleccions parlamentàries, per més que aquestes tinguin l’epítet de plebiscitàries; per aquesta raó, intenta constantment amagar, llimar aquesta diferència: només des d’aquesta perspectiva s’entén l’engegada de diferents maniobres per atorgar la impressió que l’enèsima pantomima parlamentària tingui un major caràcter participatiu. Mesures com el programa Tots som candidats (en el qual ja hi ha 70.000 candidats inscrits) o la inclusió de diverses personalitats públiques allunyades al principi de l’adust món de la política, com poden ser Lluís Llach o Pep Guardiola, mostren que la mateixa burgesia adverteix que necessita donar la imatge que es tracta d’un procés popular i no d’un de dedicat únicament al repartiment de butaques i aspiracions (i també mostra, d’altra banda, fins a quin punt el sistema parlamentari té caràcter de classe, fins a quin punt fons i forma estan indissolublement units: més enllà que Artur Mas posés el crit al cel per la intenció de conformar una llista sense polítics, el que posa de manifest la mera intenció d’intentar-ho és que ni tan sols cal que els polítics professionals gestionin la Res publica: el sistema proporciona els canals a través dels quals només és possible gestionar-la a favor del capital).

Les diferències entre un referèndum i unes eleccions parlamentàries a l’ús, per tant, haurien d’estar clares: en síntesi, en un referèndum pot obrir-se la possibilitat que les masses s’impliquin de manera directa en els assumptes públics i, al mateix temps, de desbordar l’ordre jurídic establert i els innombrables arranjaments burgesos sobre els quals se sosté la vida política diària, sempre que hi hagi circumstàncies com les provocades per l’entossudiment del govern espanyol, que ha situat fora de la legalitat l’expressió democràtica del poble català. En canvi, unes eleccions parlamentàries suposen irremeiablement la canalització i l’embrutiment de les masses, la tornada a la cleda mediatitzada per la burgesia de manera permanent, on predominen els pactes amb la nació opressora i els arranjaments per conquerir una o altra parcel·la de poder.

Així les coses, i amb una nova festa de la democràcia als seus inicis, el proletariat català no té res a guanyar amb les pròximes eleccions del 27 de setembre, ni tan sols en l’àmbit de l’alliberament nacional. A diferència d’un referèndum directe a través del qual pugui corporificar la voluntat popular, la mediació parlamentària que s’acosta només pot atorgar a les masses el trist paper de darrer signatari de l’enèsim mercadeig polític al Parlament. La missió històrica del proletariat, però, és realitzar la revolució a escala mundial, i no la de ser un simple i gris testaferro dels seus vils explotadors, sigui en una o altra nació. Per aquest motiu, i perquè la nostra missió va molt més enllà d’escollir una o altra papereta grisa, amb què continuaríem sancionant el menyspreable règim d’explotació del capital, l’única resposta coherent davant l’enèsima farsa electoral de la burgesia és el boicot.

Davant la farsa electoral, boicot!

Ni un vot obrer a les urnes!

Per la reconstitució ideològica i política del comunisme!

Guerra popular fins al Comunisme!

Setembre del 2015

Estat espanyol

En galego:

Ante as eleccións ao Parlament de Catalunya: Boicot!

27-S, ou cando a vontade popular deixa paso ao vil mercadeo

Tras varios meses de pugna inter-burguesa, a fracción da clase dominante catalá que encabeza a día de hoxe o procés, decidiu chamar ás urnas ao pobo catalán, nunha descarada mostra de que entre democracia e mercadeo parlamentario, optou de maneira clara polo segundo. O Movemento pola Reconstitución, ante esta nova convocatoria, e na liña co que se expresou en anteriores ocasións, chama ao boicot ante esta nova farsa electoral burguesa, como non podía ser doutra maneira. Porén, o noso posicionamento ao respecto é, por forza, cualitativamente distinto ao que mostramos ante as pasadas eleccións de maio, en parte porque ven precedido pola audaz postura que esgrimimos ante o referendo do pasado 9 de novembro. Así pois, antóllase necesario que nos retrotraiamos un pouco e comecemos cunha breve retrospectiva, na busca de que se observe mellor a coherencia das nosas argumentacións, tanto pasadas como presentes.

9-N: dous camiños, un mesmo obxectivo

Como dicíamos, o noso posicionamento ante o referendo do 9 de novembro púidose considerar audaz, máxime considerando o estado do movemento “comunista” no Estado español. Este, que xace morto como un lánguido corpo á espera de que a historia volva simplemente cara atrás na busca de glorias pasadas, encóntrase ademais absorto na súa particular escolástica; dado que non comprende a relación entre os termos que utiliza e o espírito que fai xa tempo os creou, os seus posicionamentos van sempre ao remolque dunha ou doutra fracción da burguesía. Un dos moitos, moitísimos termos que os nosos revisionistas repiten cal cacatúa, intentando que a súa mera pronunciación faga que broten por arte de maxia os posicionamentos políticos que os elevaron, é o do dereito á autodeterminación. Amentado case sempre, no mellor dos casos, como a solución ao problema nacional presente no Estado español, dito termo foi anquilosándose, converténdose nunha sobada frase feita que nada por si soa pode resolver. Lóxico, pois, que nese baleiro ideolóxico teñan vía libre tanto o nacionalismo de nación opresora como o de nación oprimida, ambos pechando o paso ao xenuíno espírito internacionalista na cuestión.

Desde o Movemento pola Reconstitución, non obstante, sempre interpretamos o dereito á autodeterminación como parte indisolúbel da unidade dialéctica, onde operan tanto a cuestión democrática e a loita contra toda opresión, como o espírito universal da clase dos explotados. Ao igual que sucede coa propia constitución do Partido Comunista, onde vangarda e masas se fusionan de xeito dialéctico para despregar o potencial revolucionario da humanidade explotada, só a síntese da democracia co internacionalismo permite afrontar con garantías o correcto tratamento da cuestión nacional. O resultado da ausencia dun dos dous elementos salta á vista non só hoxe en día, senón tamén a nivel histórico, pois as posturas dos distintos destacamentos revisionistas sobre a cuestión nacional non son en absoluto novidosas: cada unha delas non é máis que a expresión actual dos esquemas presentes fai máis dun século, e contra as que o nacente partido bolxevique desenvolveu a súa loita de dúas liñas. Por aquel entón, unha parte da socialdemocracia ditou a imposibilidade da independencia de feito de calquera nova nación devida en Estado, dada a súa inclusión no amplo organigrama imperialista global; é dicir, baseándose na división internacional do traballo a escala mundial, negouse de antemán a independencia política de calquera novo Estado, e por tanto denigrouse a posibilidade de acción do proletariado revolucionario en pos de eliminar a opresión nacional: nunha especie de reverso escuro da inevitabilidade do socialismo, aducíase que, debida a que a tendencia intrínseca do imperialismo era, supostamente, conformar Estados cada vez máis grandes e polo tanto camiñábase cara a disolución das nacións, resultaba inútil dedicar esforzos a unha cuestión cuxa solución viría dada a través do propio desenvolvemento do sistema capitalista. Así, non só se desprezaba a utilización do elemento democrático para intentar aliviar a cuestión nacional, senón que se negaba a posibilidade de separación política, o que evidentemente alimentaba o nacionalismo de nación opresora. Fronte a esta visión encontrábase a súa contraria, representada principalmente pola escola austríaca (Bauer e cía.): aquí, a nación deixaba de ser un elemento da propia época burguesa e pasaba a converterse en verdadeira adagio da humanidade universal, presente en toda época e lugar; desta maneira, eternizábase dita conformación social tamén baixo o socialismo, onde o proletariado collería as rendas dunha formación aínda imperfecta para desenvolvela en toda a súa potencialidade, perpetuando sine die a segregación do ser humano a través de fronteiras e trabas auto-impostas.

Fronte a ambas idealizacións, tanto a do imperialismo como simple trituradora de corpos nacionais de menor entidade, como a da nación como única mostra posíbel de socialización humana, a liña internacionalista defendida polo partido bolxevique mostrou que o proletariado, a través da defensa do dereito á autodeterminación e igualdade de todas as nacións, pode minimizar e atenuar os choques e desconfianzas nacionais, permitindo así a implementación práctica da unidade internacionalista do proletariado na súa loita revolucionaria, a cal alisará o camiño cara a fusión e a disolución das nacións na humanidade emancipada no Comunismo. Esa é a postura que intentou explicitar o Movemento pola Reconstitución ante o 9-N, aínda que quizais sexa necesario que insistamos nalgo máis: tal e como propugnaba Lenin, o dereito á autodeterminación necesita ademais, para despregarse en toda a súa potencialidade, dunha división funcional do traballo internacionalista entre os proletarios da nación opresora e os da nación oprimida. Así, mentres que desde as organizacións procedentes da nación opresora ten que realizarse axitación a favor da liberdade de separación, desde a nación oprimida ten que insistirse na liberdade de unión. Só desde esta perspectiva pódese entender que se pedise o voto para o Si-Si desde as organizacións radicadas principalmente na nación opresora, pero se declarase liberdade de voto desde a organización presente en terras catalás, Balanç i Revolució. Ambos camiños eran diferentes, pero o obxectivo seguía sendo o mesmo: pór en pé de novo o internacionalismo proletario xenuíno co obxectivo de posicionarse contra toda opresión e aliviar as tensións nacionalistas entre a clase obreira das distintas nacións, cuxa tarefa histórica concreta segue sendo a día de hoxe a de reconstituír o Partido Comunista en todo o Estado español, para destruír ao mesmo mediante a Guerra Popular, estratexia militar desa clase universal que é o proletariado.

Contexto, máis contexto, sempre contexto!

Porén, dita loita contra a opresión e as desconfianzas nacionais non se produce nunca nun baleiro, entendido este por partida dobre: nin en canto ao momento histórico no que pode ter lugar, nin en canto ás formas que esa loita pode revestir. Xa se expuxeron no seu momento ambos condicionantes, pero non está de máis volver a incidir neles, para contar cunha perspectiva máis completa. En canto ao momento histórico no que nos encontramos, entendemos que nos atopamos inmersos nun período de interregno entre dous ciclos revolucionarios, con todo o que iso conleva: ante a ausencia de horizonte emancipatorio, o seu lugar foi ocupado por todo tipo de opcións burguesas, entre as que se inclúe moi poderosamente o nacionalismo. Por esa razón, e mentres o incipiente Movemento pola Reconstitución do Partido Comunista non sexa capaz de erixirse como actor político de primeira orde e poida xerar as súas propias dinámicas que contrapor a este novo auxe dos movementos nacionalistas, consideramos que o prioritario é incidir no aspecto democrático como atenuante da cuestión nacional. En canto ao Estado español en particular, era evidente que a opción que máis en contra se posicionaba do statu quo actual, e por tanto a que máis potencial disgregador tiña ao respecto dos mecanismos de encadramento burgués, era sen dúbida algunha a do voto afirmativo respecto a independencia de Catalunya, non só porque o mesmo implicaba educar a nosa clase no desprezo ás fronteiras estatais estabelecidas pola burguesía; senón porque ademais a participación na consulta favorecía imbuír de odio na legalidade vixente ao proletariado, dado o carácter ilegal da consulta do 9 de Novembro: unha dobre educación (contra as fronteiras e contra a orde legal) necesaria para o proletariado catalán… e para o proletariado español. Pois partindo de que un pobo que oprime a outro non pode ser libre, este último precisa sacudirse da súa insensibilidade, cando non compracencia (apuntalada na fría hexemonía do revisionismo) respecto da opresión nacional, para fundirse con proletarios do resto de nacións. Por outra parte, e respecto as formas políticas que poida adoptar un movemento nacionalista (e por tanto burgués por natureza) en pos dunha posíbel independencia nacional, é necesario realizar unha distinción fundamental: a existencia ou non dun mandato imperativo por parte das masas. Así, un referendo directo, cuxas mecánicas non se vexan inseridas de maneira directa nas propias mediacións que estabelece a burguesía entre representados e representantes, propia do seu parlamento, supón a forma máis democrática a través da cal o pobo catalán se pode expresar sobre a potencial necesidade de crear un Estado propio. E aínda que o referendo do pasado ano só pode comprenderse como parte do procés de encadramento nacional das masas en Catalunya, o que o mesmo se desenvolvese contra a legalidade, lonxe de favorecer a táctica de Mas e os seus, permitía a diferenciación entre os dous aspectos contraditorios dun referendo (o seu aspecto reaccionario como momento reprodutor das inercias parlamentarias do réxime burgués; e o seu aspecto democrático como fugaz momento de implicación directa das masas en asuntos públicos), podendo nesta ocasión o pobo catalán actuar como soberano do seu destino. Por ese motivo, desde o Movemento pola Reconstitución entendemos que no 9-N debiamos animar a nosa clase a participar no referendo.

É dicir, e a modo de resumo: o noso posicionamento partía dunhas condicións concretas, tanto a nivel das circunstancias históricas nas que nos movemos como polas formas a través das cales o pobo catalán podía expresarse sobre o seu destino. Dito posicionamento, por tanto, inscríbese na liña e espírito marcado polo internacionalismo proletario, e supón unha decisión táctica en base ao contexto no que nos movemos.

E quizais nesta palabra, táctica, encóntrese polo menos parte do elemento central da nosa posición respecto ao 9-N. A diferenza das numerosas organizacións nacionalistas tinguidas de vermello, cuxo programa inclúe de forma explícita a loita pola independencia dunha ou doutra nación, o noso movemento a favor do Si-Si desde o resto do Estado español circunscribíase a esas condicións que acabamos de estabelecer; de non ser así, de non realizar certa xenuflexión fronte as proclamas sempre independentistas de certos sectores da burguesía, estariamos incorrendo nun delito por partida dobre en canto a principios: por un lado, estariamos socavando a sempre necesaria independencia política do proletariado, mentres que, polo outro, estariamos outorgando labores positivas a nosa clase respecto á nación. Como xa mencionamos nalgún outro momento, ao proletariado non lle compete ningunha tarefa de construción nacional, aquelas que Lenin denominaba positivas respecto á nación (isto é, de nacionalización de masas), senón que, xustamente ao contrario, a súa labor consiste en atenuar por todos os medios posíbeis os roces e as desconfianzas nacionais, coa vista sempre posta na articulación internacionalista do seu proxecto político revolucionario. Ao mesmo tempo, e entroncando coa necesidade de evitar as tarefas de orde positiva por parte do proletariado na súa axenda respecto á nación, desde o Movemento pola Reconstitución entendemos que é o Estado español o marco político a través do cal se ten que enmarcar a loita de clases do proletariado na actualidade, e será así mentres non se produza a independencia dunha ou doutra nación. Isto, evidentemente, marca claramente a nosa posición respecto a aquelas organizacións que, facendo o xogo as súas respectivas burguesías nacionais, defenden o encadramento do proletariado seguindo un principio nacional, o cal leva a segregación deste e por tanto a súa perda de independencia política fronte a unha burguesía que é, de feito, internacional. É dicir, e xa a modo de síntese: o noso movemento táctico preservou os nosos principios, e por tanto confirmou a estratexia xeral: incidimos na cuestión nacional para intentar atenuala de maneira concreta, ao mesmo tempo que preservamos a independencia política do proletariado e explicitamos, a través do noso traballo político, a necesidade da reconstitución do Partido Comunista no marco de todo o Estado baixo as circunstancias actuais.

Así pois, poderiamos dicir que a nosa postura respecto ao 9-N podería presentarse como exemplo de aplicación correcta e creativa doutra desas sobadas frases que sempre ten a ben repetir o revisionismo patrio: “firmeza nos principios, flexibilidade na táctica”. Cremos que o modo adecuado de proceder, como vimos, consiste na asimilación do espírito que deu luz as consignas, co obxectivo de poder implementar a táctica adecuada en cada momento. Polo contrario, o que nos ofrece a revisionismo, desde a súa eterna escolástica, é a utilización de toda consigna como subterfuxio desde o que xustificar o seu abandono duns principios e un espírito que xa non quere nin pode aprehender, pois o seu inmediatismo pragmatista impídello por completo: ao pregarse ao espontáneo, o seu actuar non supón máis que unha monótona repetición da conciencia en si, onde o espírito foi morrendo día tras día.

Unha diferenza cualitativa

Mais volvamos ás formas políticas de encarrilar o movemento nacionalista, pois aínda hai asuntos que tratar ao respecto. Tal e como dixemos na véspera do 9-N, a fracción da burguesía catalá a cuxa cabeza marcha o president, non mostraba signo algún de querer implementar o mandato popular e democrático expresado nas urnas, senón máis ben todo o contrario: os movementos entre bambolinas de todos os actores, independentemente de que estes se mostrasen máis ou menos aguerridos ou contestarios fronte ao Estado español, eran evidentes antes da celebración da votación, e non fixeron máis que incrementarse durante todo o período posterior. Tanto é así, tan intensas foron as negociacións inter-burguesas, que até o propio procés deu en repetidas ocasións síntomas de deterse, de frearse en seco.

Unicamente tras a cesión por parte de ERC a sumarse a unha lista unitaria dominada por CDC tanto en números como en candidato a president, a candidatura denominada Junts pel Sí, o procés volveu a coller aire, tras varios meses nos que estivo ben custodiado por Artur Mas e os seus correlixionarios.

Esta fracción do capital catalán, (o cal en conxunto pouco ten de homoxéneo respecto a este asunto: aí están as materializacións partidarias do cómodo encaixe doutras fraccións no crisol da hispanidade: desde os inveterados constitucionalistas de Duran-Espadaler á moderna caspa de Ciutadans), preferiu e prefire, por tanto, intentar regatear ao Estado español antes que materializar ao instante o mandato imperativo que xurdiu da vontade popular; optou por adaptarse ás regras de xogo do Estado español, ou dito doutro modo: preferiu astucias fronte a valentía, mercadeo fronte a democracia. E é que a burguesía teme o que considera o horror vacui: a posibilidade de verse desbordada polas masas.

Non obstante, até a propia burguesía é consciente da diferenza cualitativa que existe entre un referendo e unhas eleccións parlamentarias, por moito que estas teñan o epíteto de plebiscitarias; por esta razón, intenta constantemente ocultar, limar dita diferenza: só desde esta perspectiva se entende a posta en marcha de distintas manobras para outorgar a impresión de que a enésima pantomima parlamentaria conta con un maior carácter participativo. Medidas como o programa tots som candidats (na que hai xa máis de 70.000 candidatos inscritos) ou a inclusión de diversas personalidades públicas alonxadas nun principio do adusto mundo da política, como poden ser Lluís Llach ou Pep Guardiola, mostran que a propia burguesía advirte que necesita dar a imaxe de que se trata dun proceso popular e non un dedicado unicamente ao reparto de cadeiras e aspiracións (e tamén mostra, por outra parte, até que punto o sistema parlamentario ten carácter de clase, até que punto fondo e forma están indisolubelmente unidos: máis alá de que Artur Mas puxése o grito no ceo pola intención de conformar unha lista sen políticos, o que pon de manifesto a mera intención de intentalo é que nin sequera é necesario que os políticos profesionais xestionen a res publica: o sistema proporciona os elementos a través dos cales só é posíbel xestionala a favor do capital).

As diferenzas entre un referendo e unhas eleccións parlamentarias ao uso, por tanto, deberían estar claras: en síntese, nun referendo pode abrirse a posibilidade de que as masas se impliquen de maneira directa nos asuntos públicos e, ao mesmo tempo, de desbordar a orde xurídica estabelecida e os innumerábeis arranxos burgueses sobre os que se sostén a vida política diaria, sempre e cando se dean circunstancias como as provocadas pola cerrazón do goberno español, que situou fora da legalidade a expresión democrática do pobo catalán. A diferenza disto, unhas eleccións parlamentarias supoñen irremediabelmente o encarrilamento e adormecemento das masas, a volta ao campo mediatizado pola burguesía de xeito permanente, onde predominan os pactos coa nación opresora e os arranxos en pos de conquistar unha ou outra parcela de poder.

Así as cousas, e cunha nova festa da democracia á volta da esquina, o proletariado catalán non ten nada que gañar coas próximas eleccións do 27 de setembro, nin sequera no ámbito da liberación nacional. A diferenza dun referendo directo a través do que poder corporizar a vontade popular, a mediación parlamentaria que se aveciña só pode outorgar ás masas o triste papel de último asinante do enésimo mercadeo político no Parlament. A misión histórica do proletariado, porén, é realizar a revolución a escala mundial, e non a de ser un simple e gris representante dos seus viles explotadores, sexa nunha ou noutra nación. Por ese motivo, e porque a nosa misión vai moito máis alá de elixir unha ou outra papeleta gris coa que seguir sancionando o desprezábel réxime de explotación do capital, a única resposta coherente fronte a enésima farsa electoral da burguesía é o boicot.

Ante a farsa electoral, boicot!

Nin un voto obreiro nas urnas!

Pola reconstitución ideolóxica e política do comunismo!

Guerra Popular até o Comunismo!

Balanç i Revolució
Cèl·lula Roja
Juventud Comunista de Almería/Juventud Comunista de Zamora
Movimiento Anti-Imperialista
Nueva Dirección Revolucionaria
Nueva Praxis
Revolución o Barbarie

Setembro do 2015

Estado español

Ante el ciclo electoral de 2015: ¡Boicot!

“Sólo los canallas o los bobos pueden creer que el proletariado debe primero conquistar la mayoría en las votaciones realizadas bajo el yugo de la burguesía, bajo el yugo de la esclavitud asalariada, y que sólo después debe conquistar el poder. Esto es el colmo de la estulticia o de la hipocresía, esto es sustituir la lucha de clases y la revolución por votaciones bajo el viejo régimen, bajo el viejo poder”

V.I. LENIN

El presente curso ha sido señalado por los representantes de la burguesía como el año del cambio, pues en él coinciden elecciones municipales, autonómicas y generales. Todos los partidos toman posiciones, ya que nadie quiere perder su papel en esta perversa farsa tantas veces representada y en donde siempre pierde el proletariado. No tanto porque nuestra clase se juegue algo durante esas jornadas en que se escenifica la fiesta de la dictadura parlamentaria, sino porque el mero desarrollo de las mismas no es más que un medio para que las variadas estratificaciones del capital colaboren entre sí en la ardua tarea de acumular fuerzas para la reacción, encuadrando a las masas en su órgano político predilecto, el Estado burgués y su pléyade de organismos de representación: desde el ayuntamiento, venerado por los feligreses sin aspiraciones de la pequeña burguesía, al parlamento central, a donde tradicionalmente han peregrinado, sin mucha suerte hasta ahora, los que saben que para mendigar limosnas han de tratar con el capital de alta alcurnia.

La caducidad histórica de las instituciones burguesas se demuestra en que desde éstas sólo es posible desarrollar una política que va en contra de la mayoría de la sociedad. El reformismo es reaccionario, pues reproduce la base socioeconómica del capitalismo. Los más piadosos deseos del sindicalista, las éticas proposiciones del pequeño propietario, se traducen siempre en más explotación y miseria para el proletariado, así como para las masas de los pueblos oprimidos.

 Pero tal agotamiento de los instrumentos que la burguesía sostiene para representar su mundo, no sólo se inscribe para la clase obrera en términos negativos. La experiencia acumulada durante todo un periodo de la Revolución Proletaria Mundial (RPM), el Ciclo de Octubre, nos enseña que la clase proletaria, lejos de tener que tomar los instrumentos de dominación de la burguesía, a través del concurso pacífico en las elecciones o violento mediante una insurrección formal, ha de romper violentamente la máquina estatal de la burguesía a través de sus propios medios de lucha: el Partido Comunista representa la organización del proletariado como clase revolucionaria y comporta la existencia de todo un sistema único de organismos de todo tipo, que la vanguardia en fusión con las masas constituye para enfrentarse a la dominación de clase de la burguesía. Este enfrentamiento ha de encauzarse a través de la organización del proletariado revolucionario como clase dominante, siendo así que la tarea del Partido Comunista, una vez está reconstituido, es la de construir los órganos de Nuevo Poder, la dictadura del proletariado, organizando masas a través de la estrategia de Guerra Popular, es decir, mediante la línea militar proletaria como concreción de la línea de masas en ese estadio de desarrollo del proceso revolucionario.

Los medios parlamentarios, sin embargo, no permiten a la vanguardia elevar la conciencia política de las masas de la clase para que comprendan la necesidad inmediata de la revolución socialista, pues tan sólo permiten reproducir el régimen de dominación existente. Esos medios, como recurso táctico de la revolución, se circunscriben al período de acumulación de fuerzas pacífico, o político, en contraposición a la fase militar de la revolución. Más en concreto, sólo pueden servir en la fase inmediatamente anterior a la existencia del Partido Comunista, cuando se trata de que el movimiento de vanguardia comunista se vincule políticamente a la vanguardia práctica de la clase obrera. Es sólo en este período, en función de múltiples contingencias a tener en cuenta en cada momento, cuando la vanguardia marxista-leninista podrá utilizar las viejas instituciones como tribuna y siempre en función de las necesidades concretas del proceso de reconstitución del comunismo.

En la actualidad, en el Estado español multitud de organizaciones que dicen defender los intereses de la mayoría, se afanan por mostrar la validez de las instituciones burguesas como medio central para el desarrollo del movimiento obrero o popular, pues por más vueltas que le den, la estructura parlamentaria siempre aparece como centro desde el que han de aplicarse las demandas de los movimientos de resistencia que ellos dirigen o pretenden dirigir.

Un lugar privilegiado entre quienes defienden la estrategia parlamentaria lo ocupa hoy Podemos. Esta organización se ha destacado como socialdemocracia rediviva durante el último año, desde su sorprendente resultado en las pasadas elecciones europeas. Por los intereses de clase que representa y por la procedencia de sus cuadros políticos, Podemos es fiel reflejo del partido obrero liberal legado por el Ciclo de Octubre, cuya definición pasaría por una contraposición formal a los efectos del capitalismo tardío (proletarización de capas medias, pauperización de las masas, internacionalización de las relaciones capitalistas…), combinada con una defensa a ultranza del Estado Benefactor (cuyos pilares son la sobreexplotación de las masas proletarias y la opresión de otros pueblos). Aunque todo esto cristaliza en Podemos sin el peso social y cultural de ser una organización oportunista nacida al calor de ese ciclo: para defender la reforma del capital, Podemos se agarra a la democracia en general, sin necesidad de referirse complementariamente a Enver Hoxha, a Pyongyang o a la URSS del señor Breznev, como hacen los diversos gremios de la ortodoxia revisionista. De hecho, Podemos ni siquiera pretende hacer suyo el bagaje político y cultural del movimiento obrero, como ha mostrado este último Primero de mayo, suponiendo este deslinde con la tradición obrera la verdadera diferencia entre la nueva socialdemocracia y la vieja socialdemocracia “comunista”, y que hace permisible introducir en el discurso revolucionario esa distinción de matiz entre el oportunismo a lo Podemos y el revisionismo que aún hegemoniza el movimiento comunista existente.

En lo concreto, Podemos se presentó en sociedad para disputar la hegemonía, en nombre del pueblo, a las élites económicas, con el objeto de reimpulsar dentro del sistema democrático-burgués el papel de las llamadas clases medias (aristocracia obrera y pequeña burguesía). Tras un año de pre-campaña electoral, la propuesta de Iglesias y cía. se ha desfondado, mostrando que la reforma desde abajo, si no se presenta como alternativa reaccionaria a un verdadero movimiento revolucionario, como ocurriera durante el Ciclo de Octubre, no tiene recorrido. Y eso que, al contrario que su organización hermana Syriza, Podemos aún no ha gestionado el viejo poder. Lo cómico es que los Iglesias y cía. se han mostrado oportunistas incluso con sus principios burgueses, pues lo que están traicionando con sus patéticas peticiones en las “negociaciones” con la lideresa socialista en Andalucía, es la gradación de las reformas del régimen del 78, es esa fatua lucha contra la corrupción que se ha convertido en leitmotiv de esta nueva vieja socialdemocracia. Del republicanismo tradicional han transitado hacia aquella conservadora concepción de la política que tiene por centro la accidentabilidad de las formas de gobierno. Del ramplón internacionalismo pequeño burgués valedor de la Venezuela bolivariana, han pasado a la primera línea de defensa de la unión monetaria europea, el infranqueable muro defensivo de la Troika. En suma, nuestros nuevos oportunistas, los que hace un año se dieron un bautismo de masas en que se autoproclamaron como ingenieros de la nueva política, son los primeros que acuden a comulgar cuando el capital monopolista dispensa sus ruedas de molino.

Pero lo más importante en relación a los límites del parlamentarismo como política proletaria, es que incluso hoy Podemos plantea su concurso electoral como una combinación entre movimientos sociales e instituciones, poniendo siempre en valor que el parlamento no es el eje central de su acción política, sino sólo un paso más hacia la realización de sus lineamientos programáticos. Más allá de lo absurdo que resulta plantear esto por quienes han utilizado su capacidad de movilización social para servir de válvula de escape a la crisis de las instituciones maquillando a éstas (sólo así puede percibirse la participación en las elecciones al ¡parlamento europeo! ¡la institución más despreciada por las masas!), lo que este discurso demuestra es: en primer lugar que Podemos y lo que representa son un eco de esa concepción política que acabó dominando a los partidos proletarios durante el Ciclo de Octubre, tomados por el inmediatismo político al carecer de una estrategia revolucionaria. Y segundo, que aquella concepción empirista y economicista que se somete al devenir de la democracia burguesa, con los ritmos que el parlamentarismo le impone, lejos de ser la plasmación de la flexibilidad táctica que ha de nutrir el desarrollo de la táctica-plan de la vanguardia revolucionaria, no es más que la muestra del cerril dogmatismo y la estrechez de miras de quienes no conciben más mundo posible que el que el mercado capitalista en su incesante reproducción pone ante sus narices.

La ligazón entre este oportunismo y el revisionismo queda clara en los paralelismos presentes en su quehacer político. Ahí tenemos al Partido Comunista de los Pueblos de España (PCPE), como si tres décadas después de “práctica de masas” con nulos resultados, le hubiesen llevado a despertar, una vez más, en 1984. Análisis tras análisis, nuestros revisionistas han llegado invariablemente a la misma conclusión, con independencia del estado concreto de la lucha de clases: siempre que la burguesía convoca elecciones, allí está el PCPE para presentar un “programa mínimo”, concienzudamente preparado para combatir el “izquierdismo” de las masas y presto a ser realizado de urgencia dentro de los márgenes del Estado burgués. Pero qué mejor ejemplo de esa interpenetración entre los postulados de las diversas facciones de la aristocracia obrera radicalizada que la dramática posición del Partido del Trabajo Democrático, atravesado por sus dos eternas pasiones: la de la ortodoxia revisionista que sigue acogiendo en su seno, y la del bravo oportunismo consecuente que se abre camino, como señala el mismo nombre de la organización, como mostró su petición de voto a Podemos en las pasadas europeas y como evidencia su vocación a conquistar las concejalías obreras para desde las instituciones burguesas crear… ¡conciencia sindical!, que al parecer es la nueva tarea de los “comunistas”. ¡El imperialismo los cría y ellos se juntan!

La firmeza de oportunistas y revisionistas para defender dogmáticamente su estrategia parlamentaria contrasta con su eclecticismo generalizado ante el referéndum del 9 de Noviembre en Cataluña. Podemos, exponiendo los límites del nuevo reformismo, nadó en la charca de la ambivalencia respecto al derecho democrático a la autodeterminación, sin ocultar su actitud chovinista-españolista. Y el resto de socialdemócratas “comunistas” reptaron entre la ambigüedad y la férrea defensa del statu quo, el que garantiza el sometimiento nacional de Cataluña. El revisionismo, instalado en la quietud y el obrerismo más estrecho, fue además incapaz de comprender la significación del referéndum y sus diferencias con una convocatoria convencional: el 9-N tenía un carácter imperativo, en el que el pueblo catalán podía expresar sin mediaciones su posición ante la relación entre Cataluña y el Estado español. El 9-N podía, pues, servir para dar solución a la opresión nacional que sufre Cataluña. Además, aquel referéndum significó una brillante ocasión para la educación en el internacionalismo proletario de nuestra clase. Elementos todos estos que permitían la incursión de la vanguardia marxista-leninista en la gran política, sin menoscabo del mantenimiento de la independencia política de nuestra clase, en cuyo horizonte más cercano sigue estando la resolución de los problemas ligados a la reconstitución ideológica y política del comunismo.

Pero frente a la estulticia de los representantes de la aristocracia obrera, las posiciones del proletariado revolucionario empiezan a avanzar. Aunque la Línea de Reconstitución (LR) sigue siendo a día de hoy una corriente ideológica en el seno de la vanguardia de la clase proletaria, lo que exige priorizar la reconstitución ideológica del comunismo, el avance del marxismo-leninismo entre los sectores más avezados de la clase obrera es una realidad. Derivada de esta situación, la LR tiene hoy entre sus principales tareas la de articularse como movimiento político de vanguardia, construyendo un referente de la vanguardia marxista-leninista que pueda acometer el Plan de Reconstitución a través del Balance del Ciclo revolucionario y del desarrollo de la lucha de dos líneas. Medios que garantizan esa construcción del movimiento proletario revolucionario sobre bases independientes y ajenas a los parámetros que la inercia del capital impone al oportunismo en sus diversas formas, desde las más neonatas hasta las que siguen parapetándose en los hábitos liquidadores del pasado siglo.

Por ello, ante las sucesivas convocatorias electorales que la clase obrera va a padecer a lo largo de este año, en donde el único cambio posible se sitúa sobre el nombre de quiénes van a gestionar la dictadura del capital durante los próximos años, la consigna a defender desde el comunismo revolucionario es la del boicot: ¡Porque las elecciones no sirven para defender los intereses de las masas proletarias! ¡Porque las elecciones no sirven a la vanguardia revolucionaria para reconstituir comunismo!

 

¡Por la reconstitución ideológica y política del comunismo!

¡Guerra popular hasta el comunismo!

¡Ante la farsa electoral, boicot!

¡Ni un voto obrero en las urnas!

 

 

Balanç i Revolució

Cèl·lula Roja

Juventud Comunista de Almería

Juventud Comunista de Zamora

Movimiento Anti-Imperialista

Nueva Dirección Revolucionaria

Nueva Praxis

Revolución o Barbarie

Mayo de 2015

Estado español

El Partido Comunista Portugués y el oportunismo: una crítica necesaria en el movimiento comunista internacional

El trabajo que os presentamos a continuación no pretende ser un análisis que agote o apure por completo el estudio crítico-­revolucionario de una organización importante del campo del oportunismo internacional como es el Partido Comunista Portugués. En un sentido general y enmarcado en la lucha de dos líneas en el seno del movimiento comunista internacional, este breve documento tiene como objetivo seguir profundizando en el esclarecimiento ideológico mediante el desmenuzamiento de las premisas y las prácticas defendidas por el revisionismo, que hoy sigue siendo hegemónico entre la vanguardia, pese a los notables —pero modestos aún— avances cuantitativos y cualitativos de la Línea de Reconstitución en el Estado español.

No obstante, debido a las particularidades del PCP (que seguidamente pasaremos a detallar), consideramos de enorme interés demostrar, más allá de la aureola que rodea a esta organización entre muchas organizaciones revisionistas, el profundo sedimento oportunista de la organización portuguesa. Para exponer con mayor eficacia y claridad nuestra crítica a las tesis y prácticas revisionistas y oportunistas del Partido Comunista Portugués, hemos decidido dividir el trabajo en diversos puntos relacionados con el Balance del Ciclo de Octubre, el espontaneísmo, el electoralismo y la concepción que tiene el Partido Comunista Portugués de la dictadura del proletariado y del proceso de construcción del movimiento revolucionario organizado.

Enlace para lectura y descarga del documento completo “El Partido Comunista Portugués y el oportunismo: una crítica necesaria en el movimiento comunista internacional”

Crítica a FRPC

Publicamos a continuación una crítica a la joven organización Front Revolucionari del Països Catalans (FRPC) por parte del camarada Genís, que puede ser localizado en Twitter con el nombre de usuario @Genis_8 (https://twitter.com/Genis_8). En ella se examinan temáticas como la naturaleza ideológica de este destacamento, su estrategia, su visión sobre el fascismo o el tratamiento que realizan de la cuestión nacional, enlazándolo todo ello con su concepción respecto a la dialéctica. Consideramos, pues, que este documento es un aporte a la necesaria lucha de dos líneas que debe realizarse en el seno de la vanguardia teórica como vía para que el marxismo tome la posición hegemónica, la cual ocupa actualmente -y desde hace ya demasiado tiempo- el revisionismo.



“Lo único que hace falta es tener conciencia de los defectos, cosa que en la labor revolucionaria equivale a más de la mitad de la corrección de los mismos”

“Solo un partido dirigido por una teoría de vanguardia puede cumplir la misión de combatiente de vanguardia”

Lenin, ¿Qué hacer?

Recientemente, puede descubrir la existencia de una organización llamada Front Revolucionari dels Països Catalans (FRPC). Según me dijo uno de sus militantes (con el que he hablado muy poco aún y con quien espero tener la oportunidad de debatir más en profundidad) es una organización joven –de apenas un año–, y ese es el motivo, me dice, por el cual no se puede leer mucho sobre ellos, aunque sí existen un par de documentos que resultan de interés para abordar la tarea de conocer su línea política y su ideología; uno llamado “ideología” en el que resumen sus posiciones políticas y que también utilizaron a modo de manifiesto fundacional y otro con relación a la consulta independentista en Catalunya.

La tendencia de todas las organizaciones “dels Països Catalans” a supeditarse al modelo y a las estructuras de la Esquerra independentista (EI) puede suscitar la sospecha de que, como otras organizaciones, esta sea una más de entre todas que no difiera de su línea revisionista y oportunista. De primeras, parece que no haya ningún vínculo formal entre la primera organización y la segunda; pero debemos ser cautos e intentar averiguar si los métodos y la ideología de la EI han impregnado al FRPC, porque las malas costumbres se pegan y más cuando estas están muy arraigadas. Vayamos por partes.

En su perfil de twitter, los del FRPC se describen así: “Som el Front Revolucionari dels Països Catalans, l’organització juvenil Marxista-Leninista, internacionalista, feminista i antifeixista”. Si vemos cuál es la definición de Arran, la principal organización juvenil de la izquierda independentista catalana, en su perfil de twitter, vemos esto: “Organització juvenil de l’Esquerra Independentista. Independència, socialisme i feminisme”. Es sorprendente que aparezcan más –ismos en los que se autodenominan marxistas-leninistas, si tenemos en cuenta que el marxismo-leninismo no es un sector parcial de una lucha política o económica en el marco del capitalismo, sino el instrumento que nos permite construir una cosmovisión revolucionaria (a través de la incorporación y renovación ideológica constante) que sirva para urdir la revolución proletaria mundial.

Aunque no es el momento, si se repasan brevemente cuáles son las principales características de la EI se distinguen unos cuantos rasgos que comparten todas sus organizaciones en sus distintas formas: asamblearismo (horizontalidad), independentismo (que cae, muchas veces, en el nacionalismo más burdo y reaccionario), feminismo y una ambigua reivindicación del socialismo como meta (“Reivindiquem la necessitat d’acabar amb el sistema capitalista i la seva injustícia mundial; per això apostem per la construcció del socialisme [sic], el qual ens ha de conduir a una societat sense clases [sic] ni opressions de cap tipus [sic]” Arran), pero prescindiendo del marxismo-leninismo y del materialismo histórico y dialéctico como métodos para elaborar esta posible “construcción”, de la que no se dice, en ningún momento, ni cómo piensan construir ni mucho menos cómo piensan destruir lo anterior, evidentemente. Para la EI, el marxismo es una posibilidad más entre otras para elaborar sus análisis, reduciendo así el único elemento que nos brinda la única posibilidad teórica y práctica que existe para la emancipación no solo del proletariado, sino de la humanidad, al papel que le asignó el posmodernismo.

Creo que es conveniente hacer esta recapitulación de los elementos más característicos de la EI para discernir con más precisión si el FRPC está en el mismo camino que ellos o, por el contrario, no hay relación política entre ellos.

En el documento de su página donde explican cuál es su ideología y cuáles son los principios por los que se rigen, dejan bien claro, al principio, que no tienen nada que ver con otras organizaciones: “El FRPC (Front Revolucionari dels Països Catalans) naix com una alternativa a l’actual moviment anticapitalista del jovent arreu dels Països Catalans”. Se puede ver, pues, que su voluntad es desmarcarse políticamente de la EI. El texto sigue así: “creiem que la necessitat principal és la consciència de classe cap al nostre poble, on a través del nostre treball, la població estiga conscienciada sobre quins són els nostres opressors, de com alliberar-nos i quines vies d’alliberació tenim”.

Leyendo estas líneas, parece que no tienen muy clara la diferencia entre la conciencia de clase, que es la conciencia que tiene el obrero por el mero hecho de encontrarse en una situación antagónica a la del capitalista y que lo conduce a las luchas económicas y sindicales por las mejoras parciales, y la conciencia revolucionaria, que es la que se introduce desde el exterior, la que necesita una elaboración teórica previa hecha por la vanguardia y la que aspira, no a la mejora de las condiciones laborales, sino a destruir estas relaciones sociales antagónicas. Lenin, en su libro ¿Qué hacer? muestra por qué los revolucionarios debemos preocuparnos por introducir conciencia revolucionaria en las obreras: para no ceder terreno ideológico a la burguesía y porque no aspiramos a liderar ni a dirigir un movimiento sindical, sino uno revolucionario.

“Los obreros no podían tener conciencia socialdemócrata [revolucionaria]. Esta solo podía ser introducida desde fuera. La historia de todos los países atestigua que la clase obrera […] solo está en condiciones de elaborar una conciencia tradeunionista [de clase, sindicalista], es decir, la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patronos…” [1]

Además, en la palabra “poble”, entre otras cosas, se puede ver un rastro de sus vestigios nacionalistas; no se han desembarazado aún de la noción incluyente e integradora de pueblo, que incluye, a veces, alianzas hasta con la mediana burguesía y que no diferencia entre clases sociales, entre explotadas y explotadores, dando así un carácter revolucionario al conjunto de la población dels Països Catalans, como si fuera mayor la opresión nacional por parte del estado español, que la propia opresión del sistema capitalista que da tanto rédito económico a muchos burgueses catalanes, y con el que se sienten muy a gusto.

Por otra parte, a pesar de que solo es un manifiesto fundacional de una organización joven, se agradecería que las frases ampulosas no fueran solo eso y que, cuando hablan de cuáles son las vías que tiene el proletariado para su liberación, no dejen el tema sin abordarlo. Así que, aprovecho la ocasión para lanzarles una pregunta: ¿cuál es la vía efectiva, según el criterio del FRPC, por la que el proletariado puede alcanzar su liberación? Uno de sus militantes me hizo saber que el fin de su organización era la Revolución proletaria y, al preguntarle cómo pensaban llevarla a cabo me contestó: “[a partir de introducir] consciència de classe i nació (sobretot al PV i Balears) primer que res. Seguida d’un enfortiment intel·lectual polític i una posterior prenguda d’armes contra la burgesia i l’espanyolisme.” Lo peor no es la tendencia a no distinguir entre la conciencia de clase y la conciencia revolucionaria (de lo que ya he hablado antes), sino la voluntad de hacer una defensa y propugnar los beneficios del nacionalismo, como si a través del nacionalismo se estimulara la capacidad revolucionaria de las masas. Es harto peligroso (además de reaccionario), y mucho más viendo a qué han conducido las aventuras nacionalistas en las exrepúblicas soviéticas, hacer esta apología del nacionalismo y que este sea utilizado por los revolucionarios. Por otro lado, es evidente que, dentro de la legalidad burguesa, los comunistas siempre tenemos que estar a favor de que la nación oprimida tenga derecho a la autodeterminación, pero los clásicos ya avisan:

Marx, sabedor de que solo la victoria de la clase obrera podrá traer la liberación completa de todas las naciones, no hace de los movimientos nacionales algo absoluto”. [2]

Después de esto, es preciso detenerse en el concepto “conciencia de nación”. ¿Qué es la “conciencia de nación”? ¿En qué aspectos materiales se manifiesta? Más allá de lo idealista que resulta este concepto, se sabe que los del FRPC manejan, en relación con la cuestión nacional, los mismos términos y las mismas concepciones que RC, por lo tanto, ellos entienden que els Països Catalans no son una nación sino un pueblo. La contradicción terminológica entre lo que proponen en su manifiesto y lo que luego manifiestan sus militantes conduce a la confusión, deja entrever, de nuevo, que hace falta un reforzamiento en el aspecto teórico de sus militantes y que, en realidad, el concepto “conciencia de nación” les sirve para salir del atolladero y barnizar con terminología seudomarxista un nacionalismo implícito, por lo que parece.

El marxismo-leninismo siempre ha hablado de autodeterminación nacional, y el apelativo de «pueblos» ha sido utilizado para designar realidades sociales y políticas de países coloniales y semicoloniales, así como para defender, a partir del VII Congreso de la Internacional Comunista, tácticas de alianzas entre el proletariado, la pequeña burguesía y la burguesía democrática en los Frentes Populares y los sistemas de democracias populares.” [3]

El significado que otorgan a la palabra pueblo y cómo la diferencian de nación no se sabe, porque rehúyen a contestar cuando se les pregunta; el parecido con RC, como digo, es sospechoso, aunque militantes de ambos bandos lo nieguen. Imagino que los del FRPC, cuando utilizan el concepto pueblo, no se refieren a ninguna de estas definiciones, porque no son aplicables, de ningún modo, a la realidad de els Països Catalans. Además, hay que añadir que, por mucho que se empeñen en aplicar el concepto de pueblo a els Països Catalans, los tratan como una nación, ya que no entienden ni aceptan que la consulta se pueda dar solo en el principado catalán (que sería una nación y que, por consiguiente, al no aceptar su autodeterminación, se ponen al lado de la reacción, porque la niegan), sino que solo admiten que la consulta englobe el marco entero de els Països Catalans, a los que queda claro que por mucho que les pongan otras etiquetas, en su fuero interno, los conciben como una nación, una práctica habitual de la EI.

Siguiendo con las premisas que proponen para llegar a la revolución proletaria, lo del “fortalecimiento intelectual y político” (¿de quién?, ¿sobre qué base?) y lo de “tomar las armas (¿qué armas? ¿de dónde salen?) contra la burguesía y el españolismo”, no hay por donde cogerlo de lo abstracto que es, además, entre un acto y el otro media un abismo de tan enormes dimensiones que no puede sino terminar en un fracaso estrepitoso. Pensar que porque ¿las masas? adquieran conciencia política, de repente, se van a lanzar a la lucha armada, no tiene otro resultado que, como ya hemos visto en otras organizaciones del estado, la formación de una organización terrorista, donde es la propia vanguardia del partido, totalmente aislada de las masas, la que lleva a cabo actos de terror. El problema de este planteamiento es que no se vincula el proceso de conquista de las masas con el proceso, y la necesidad, de construcción de poder revolucionario, cosa que solo se puede llevar a cabo mediante la línea militar proletaria, en el marco de la guerra popular.

Su manifiesto sigue por estos derroteros: “Apostem per l’alliberament del proletariat […] a través de l’extinció [sic] de l’estat capitalista i la implantació d’un estat socialista en la qual s’eliminin les desigualtats i classes socials a través de la dictadura del proletariat”.
Este enaltecimiento del socialismo, mejor dicho, del estado socialista y no del comunismo (¿hay algún problema con la palabra comunismo que yo no sepa? Porque Arran también la evita), evidencia una (otra) carencia teórica importante, pues es sabido que durante el socialismo, periodo previo al comunismo en el que el proletariado ejerce su dictadura de clase, las clases sociales siguen existiendo, y no es hasta llegar al comunismo cuando las clases, por fin, desaparecen. Además, el capitalismo no se extingue, lo que dice mucho de su idea de cómo superarlo (mecánicamente) sino que es el poder revolucionario del proletariado el que lo destruye. En el artículo “Stalin, clases sociales y restauración del capitalismo” del blog Revolución o Barbarie [4] se hace un análisis pormenorizado de cómo las clases siguieron existiendo en la URSS de Stalin y cómo su errónea lectura condujo, entre otras cosas, a una limitación en el desarrollo del socialismo y al triunfo de la línea derechista dentro del Partido (pues se pensaba que todo ataque contra el socialismo no podía sino venir desde el exterior).

Más abajo, enumeran sus bases ideológicas. En este punto, una retahíla interminable de –ismos, otra vez como en su descripción de twitter, redunda una y otra vez sobre aspectos que ya se incluyen de por sí en el marxismo-leninismo como expresión de la teoría revolucionaria y de vanguardia del proletariado (solo si esta misma teoría es un corpus vivo y dialéctico capaz de evolucionar, de superarse y negarse a sí mismo). Son solo los dogmáticos, que creen que el marxismo-leninismo es algo irrefutable e inamovible, quienes ven la necesidad de complementarlo, asumiendo el carácter parcial y oportunista de cada lucha e intentando imprimirle un carácter de clase [¿?].

Sus bases ideológicas son (por orden): el internacionalismo, el marxismo, el antifascismo, el republicanismo, el euroescepticismo (¿? Suena a PCPE, que relega la revolución a las calendas griegas para ponerse a la cola de la aristocracia obrera y la pequeña burguesía radicalizada que, en su programa burgués, apuestan por recuperar la soberanía nacional –capitalista– huyendo del monopolismo imperialista), el laicismo, el ecologismo (¡de clase!), el centralismo democrático y el feminismo (de clase). Es curioso, cuando menos, que no aparezca entre todos los –ismos habidos y por haber el leninismo, ya que se declaran una organización marxista-leninista, y que sí aparezcan específicamente, por ejemplo, el internacionalismo o el centralismo democrático, que son elementos inherentes al marxismo-leninismo. Más allá de esta curiosidad, hay algunas particularidades que deben ser comentadas. Esta exposición ideológica compartimentada, dividida, diferenciada, que destaca por su unilateralidad, es un planteamiento que choca contra la concepción más elemental de la dialéctica:

Por oposición a la metafísica, la dialéctica no considera la naturaleza como un conglomerado casual de objetos y fenómenos, desligados y aislados unos de otros y sin ninguna relación de dependencia entre sí, sino como un todo articulado y único, en el que los objetos y los fenómenos se hallan orgánicamente vinculados unos a otros, dependen unos de otros y se condicionan los unos a los otros.” [5]

Por lo tanto, entender el marxismo-leninismo como un conglomerado de objetos y fenómenos desligados, y no como un todo articulado donde los objetos y fenómenos dependen unos de otros (lo que sería la ideología de vanguardia marxista-leninista a través de su avance dialéctico), significa dar al traste con cualquier posibilidad de formular una teoría revolucionaria sólida, cuya base sea el materialismo dialéctico (porque elucubraciones metafísicas sin ninguna ligazón con lo real hay a patadas), y la importancia de una teoría desarrollada y capaz de generar una organización revolucionaria es capital en el movimiento comunista.

En el párrafo donde plantean su marxismo, dicen esto: “Ens considerem marxistes perquè som materialistes, és a dir, ens adaptem a la realitat i emancipem tot tipus de consciència i espiritualitzat [sic]; tot això ho apliquem a la dialèctica, ja que això només fa que el poble no pugui veure tota la realitat de situacions i el que està passant al voltant d’ells.” Para empezar, que [se] emancipan todo tipo de conciencia es falso, porque antes ya se ha visto cómo hablan del concepto de “conciencia nacional” como algo que incluyen dentro de su imaginario, pero, además de esta contradicción dentro de su “corpus teórico”, su concepción del materialismo dialéctico (que parece que lo conciben como dos cosas distintas, primero el materialismo y, posteriormente, a este se le aplica la dialéctica) es totalmente vulgar y empirista, pues creen que “todo” se halla en lo material y que, por lo tanto, la identidad y la lucha de los contrarios, por ejemplo, no existe:

La dialéctica es la doctrina de cómo los contrarios pueden ser y cómo suelen ser (cómo devienen) idénticos, en qué condiciones suelen ser idénticos, convirtiéndose el uno en el otro, porque el entendimiento humano no debe considerar estos contrarios como muertos, sino como vivos, condicionales, móviles y que se convierten el uno en el otro” [6]

Tal como señala Mao, una contradicción siempre tendrá un aspecto principal y otro secundario: en la contradicción entre la práctica y la teoría, la práctica es el aspecto principal; de esto, pero, no se infiere que, en un momento concreto, fruto del desarrollo de esta contradicción, la teoría no pueda devenir el aspecto principal. Los del FRPC se olvidan del desarrollo dialéctico, ya que no plantean que el desarrollo provenga de una contradicción, de una evolución cualitativa, lo que los sitúa, indefectiblemente, en el campo de la metafísica. Al “emancipar la conciencia (¿será emanciparse de ella?)”, lo único que consiguen es no atender, por su concepción mecanicista y unilateral del materialismo, a una de las infinitas contradicciones que están en constante pugna en cualquier fenómeno de la naturaleza y la sociedad.

La identidad de los contrarios (¿no sería más justo decir su “unidad”?, aunque la diferencia de los términos identidad y unidad no tiene, en este caso, una importancia esencial. Ambos términos son justos en cierto sentido), constituye el reconocimiento (el descubrimiento) de la existencia de tendencias contradictorias, que se excluyen mutuamente y antagónicas en todos los fenómenos y procesos de la naturaleza (entre ellos también los del espíritu y los de la sociedad). La condición para conocer todos los procesos del mundo en su “auto-movimiento “, en su desarrollo espontáneo, en su vida real, es conocerlos como una unidad de contrarios. El desarrollo es “la lucha” de los contrarios. Las dos concepciones fundamentales (¿o las dos posibles?, ¿o las dos que se observan en la historia?) del desarrollo (de la evolución) son: el desarrollo en el sentido de disminución y aumento, como repetición, y el desarrollo en el sentido de la unidad de los contrarios (el desdoblamiento de la unidad en dos polos que se excluyen mutuamente y la relación entre ambos).” [7]

Es necesario también atender a la concepción –equívoca– que tienen del fascismo, algo que no deja de ser habitual entre muchas de las organizaciones comunistas del estado. Ellos dicen que el fascismo es “la dictadura terrorista oberta que desencadenen els grans monopolistes i financers quan assumeixen definitivament les regnes de l’Estat en arribar el capitalisme a la seva última fase. Frena l’ascens del moviment obrer i tracta de superar la crisi que aquesta etapa engendra inevitablement”. Según esta definición de fascismo, lo que se suele denominar como “el mundo occidental” estaría bajo una férrea dictadura fascista. El fascismo, que se suele confundir con la dictadura de la burguesía (que no es otra cosa que la democracia burguesa) es una solución de emergencia de un sector de la burguesía monopolista que ve peligrar sus privilegios y que, ante el estallido de una –posible– situación revolucionaria, impone su régimen de explotación en el que otras fracciones de la burguesía –más débiles– quedan excluidas [8]. Concluir que las actividades típicas y normales de un estado capitalista en la fase imperialista del desarrollo del capitalismo no son propias de las democracias burguesas (es decir, de la dictadura de clase de la burguesía) conduce a dos posturas erróneas: la primera es que, debido a su materialismo mecanicista, intuyan que, mecánicamente, la superestructura que se desarrolla en la estructura imperialista es el fascismo; la segunda, la que lleva a la idealización de la democracia burguesa, porque se considera que las actividades que lleva a cabo un país imperialista exceden los límites de lo que se consideraría “normal” y “lógico” en democracia burguesa, como si la gran burguesía se viera alguna vez sujeta a restricciones, cuando, de hecho, no es así, sino que el imperialismo es la manifestación actual de la dictadura de clase de la burguesía. Esta confusión de la que se acaba de hablar, se manifiesta en este párrafo de su manifiesto: “El feixisme és el monopolisme en la política, el control del poder per un reduït nucli dels sectors financers més poderosos. És la súper estructura política que adopten els països imperialistes, de manera que, si la democràcia burgesa correspon al capitalisme premonopolista, el feixisme és la forma d’Estat del capitalisme monopolista.” La confusión y la dependencia directa que suponen que existe entre el imperialismo como estructura y el fascismo como superestructura es diáfana, pero, mientras el imperialismo es algo que deviene por el desarrollo del proceso económico histórico del capitalismo, totalmente ajeno a los procesos históricos subjetivos, es decir, es una etapa a la que llegará el capitalismo, tarde o temprano, allá donde exista y se desarrolle con normalidad, el fascismo no es algo “científico”, sino que depende de la situación política (y eso engloba también la economía) de cada país. Los E.E. U.U., por ejemplo, no han tenido la necesidad de implantar, de facto, una dictadura fascista, aunque sean el país imperialista por excelencia.

Lenin, en su brillante libro El imperialismo, fase superior del capitalismo, donde teoriza y demuestra la tendencia del capitalismo a formar monopolios y a elidir cualquier atisbo de práctica democrática que pudiera darse en él, ya sanciona las actitudes idealistas de algunos, como, por ejemplo, la de Kautsky, que, ante este nuevo desarrollo del capitalismo, en lugar de dedicarse al estudio, como hizo Lenin, de esta nueva etapa, se dedicaron a proclamar las bondades del capitalismo premonopolista y librecambista, contra el que era mucha más sencillo luchar. Sin lugar a dudas, esta actitud es antidialéctica, pues pensar que se puede retroceder, volver a un estadio anterior del proceso histórico, es no entender, para nada, cómo funcionan los procesos dialécticos. Con esto, no pretendo atribuirles a los militantes del FRPC la voluntad de dar marcha atrás la historia, pero esta idealización de la democracia burguesa puede conducir a este tipo de desviaciones idealistas.

el viejo capitalismo, el capitalismo de la libre concurrencia, con su regulador absolutamente indispensable, la Bolsa, pasa a la historia. En su lugar, ha aparecido el nuevo capitalismo.” [9]

Para no demorarme en cuestiones en las que, aunque no se haya incidido específicamente, ya se ha hecho algún comentario y para no resultar repetitivo, me gustaría, en relación del republicanismo que dicen profesar, hacer mención a un artículo que trata sobre esta cuestión y que creo va a resultarles revelador [10]. Pero antes de dar por terminada esta crítica, no quisiera acabar sin hacer algunas menciones a otro documento del FRPC, “Comunicat davant el referéndum del 9N al principat”. En este comunicado manifiestan su postura ante el proceso de independencia que se está llevando a cabo en Catalunya liderado por organizaciones de masas de la pequeña burguesía radicalizada, de la aristocracia obrera y de la mediana burguesía, como ANC, Òmnium, i que se plasman en el parlamento en Convergència i ERC.

Como no podría ser de otra forma, en su comunicado aceptan que el proceso soberanista es de cariz burgués y que, si triunfase de la mano de Convergència i ERC, es decir de la pequeña y mediana burguesía y de la burguesía no monopolista catalana, la independencia no resultaría beneficiosa para el proletariado bajo ningún concepto. Si se examina el movimiento independentista desde el materialismo dialéctico, se pueden extraer cuáles son los dos aspectos contradictorios y antagónicos. Por un lado, están los que han visto la independencia no solo como un objetivo chovinista, sino que no entienden el proceso independentista sin un cambio político que vire hacia lo que ellos llaman socialismo. Estos son los que, hasta hace relativamente poco tiempo, tenían peso dentro del movimiento, aunque el movimiento en sí por aquel entonces fuera mucho más minoritario. Por el otro, están los que, recientemente y fruto de las profundas contradicciones que el desarrollo capitalista ha abierto en el seno de las burguesías nacionales catalana y española, se han apuntado al carro de la independencia por mero interés económico, ya que la burguesía no monopolista catalana (representada en CiU) y la burguesía monopolista española, mientras la plusvalía de los trabajadores a los que explotaban daba para todos, han sido muy amigas. Desde la posición de poder en la que se encuentra CiU, con todo un aparato de producción cultural disponible a su antojo (Tv3, Rac1, La Vanguardia, Catalunya Ràdio), el aspecto principal de la contradicción en el seno del independentismo, es decir el independentismo revolucionario (llamémosle así), ha quedado relegado y denostado hasta el punto de verse acusados, muchas veces, de españolistas o de ser contrarios al proceso de secesión, en cambio, el independentismo burgués ha pasado a ser hegemónico, por lo que, dentro del independentismo, desde el punto de vista marxista, ha habido un salto cuantitativo regresivo.

Como dice Lenin, el deber de todo comunista ante una situación como esta es reivindicar el derecho de la nación oprimida a la autodeterminación, pero dejarse arrastrar con los ojos vendados por las veleidades de un partido burgués seria la antítesis de la teoría leninista:

El proletariado se limita a la reivindicación negativa, por así decir, de reconocer el derecho a la autodeterminación, sin garantizar nada a ninguna nación ni comprometerse a dar nada a expensas de otra nación” [11]

Además, no debemos perder de vista que, cuando Lenin escribe el citado libro, los países que cita (Polonia, por ejemplo) son países cuyos capitalismo y democracia burguesa acaban de nacer; por lo tanto, la independencia de estos países sería positiva en tanto que los ayudaría a desarrollar el capitalismo, nada que ver con el desarrollo del capitalismo en el estado español y en Catalunya hoy en día.

La teoría marxista exige de un modo absoluto que, para analizar cualquier problema social, se le encuadre en un marco histórico determinado, y después, si se trata de un solo país, que se tenga en cuenta las particularidades concretas que distinguen a este país de los otros en una misma época histórica” [12]

A pesar de todo esto, negarse a la autodeterminación de un país oprimido significa reforzar ideológicamente a la gran burguesía del país opresor, que, por definición, es más reaccionaria; pero era necesario hacer estas matizaciones, porque muchos se aprovechan de la teoría leninista utilizando, como dice el mismo Lenin, la letra del marxismo contra el espíritu del marxismo. En un conflicto nacional entre dos naciones capitalistas, cuya resolución solo responderá a los designios e intereses de una u otra burguesía, los comunistas debemos apoyar a la burguesía más débil (sin subordinarnos a ella, al contrario, extendiendo y propagando el marxismo-leninismo), la que permita crear condiciones revolucionarias con más facilidad, pero, sin embargo, si este proyecto de secesión se quiere hacer desde una perspectiva revolucionaria, protagonizada por un partido comunista (que NO existe), ¿tiene sentido que, habiendo de enfrentarse con un rival de semejante entidad, un país imperialista, los propios revolucionarios se tiren piedras sobre su propio tejado? ¿Es inteligente que un partido comunista de una región oprimida quiera enfrentarse contra el Estado privándose de la ayuda de los revolucionarios de las demás regiones del Estado? Evidentemente, no.

El proletariado, para poder convertirse en clase dominante en un determinado territorio, debe destruir la dominación de la burguesía que toma cuerpo en el conjunto del Estado. No puede fraccionar su lucha en compartimentos nacionales. De hecho, tampoco puede enmarcar su lucha exclusivamente al plano estatal, sino que esta debe estar inserta en el plano de la lucha de clases revolucionaria a escala internacional [13].

En el caso del Estado español, entendemos que sería contraproducente y hasta suicida proponer que el proletariado vasco, catalán, gallego, canario y español se unificaran formal e indirectamente en la futura Internacional Comunista (o en un estadio «más avanzado de la lucha de clases» en el Estado español), mientras luchan separados, sin su Partido unitario (como el bolchevique, que agrupaba a los proletarios ucranianos, rusos, bielorrusos, armenios, letones, lituanos, etc.) y cada uno por su cuenta contra la alianza conjunta de la burguesía vasca, catalana y española. Es decir, mientras la burguesía del Estado español sí tiene su aparato de dominación superior unificado, el proletariado estaría fragmentado y sin capacidad suficiente para demoler el aparato de dominación política de la burguesía del Estado español. [14]

La ideología comunista y el proletariado solo podrán ser independientes cuando dispongan de un Partido comunista que actúe como tal, cuando no tengan que andar a la zaga de la pequeña burguesía o de la burguesía no monopolista. En consecuencia, se nos plantea una cuestión de gran interés: la necesidad de la reconstitución del Partido como expresión y garante de los intereses y la ideología revolucionaria del proletariado.

Para ir terminando, el problema del que adolecen muchas organizaciones comunistas en el EE es que abusan de sus coartadas. El abuso de fraseología revolucionaria, de palabras grandilocuentes y actitudes férreas se escuda en la coartada de que, hoy en día, no hay procesos revolucionarios a los que acogerse, por lo tanto, todo queda en frases, en palabras y en pose. El materialismo dialéctico existe, entre otras cosas, para saber determinar qué hacer en cada momento según se presenten las condiciones históricas, sociales, etc. Al final, la emancipación, la toma de armas contra el españolismo, cuando se tiene que plasmar en la realidad queda en un mediocre: “rebutgem el referèndum de la burgesia i, alhora, afirmem amb contundència que el nostre referèndum és el que convoquen les classes populars, el que desobeeix la legalitat burgesa vigent i permet construir uns Països Catalans lliures i socialistes”.

De un referéndum (que acepta y reproduce las formas políticas burguesas), que las clases populares aún ni han convocado ni están por la labor, a la construcción de unos P.P. C.C. libres y socialistas, de nuevo, hay un abismo infranqueable y un idealismo revolucionario que raya lo infantil. Por otro lado, es curioso que nieguen la posibilidad de resolver el conflicto independentista dentro del marco del imperialismo, cuando, de hecho, el derecho a la autodeterminación es un derecho democrático-burgués.

Echando la vista atrás, se pueden sacar dos conclusiones generales, que también sirven para el conjunto del movimiento comunista del estado: la primera es la necesidad de fomentar y profundizar el conocimiento teórico del marxismo-leninismo y sus métodos de análisis así como estudiar, para superarlas, todas las experiencias revolucionarias que se han dado; la segunda es la necesidad imprescindible de reconstituir el Partido de vanguardia como única posibilidad de otorgar, de verdad, independencia política, ideológica… del proletariado.

Para concluir, ahora ya sí, debo añadir que lejos están de mí las intenciones de dañar, desprestigiar o atacar al FRPC, pues, para los comunistas, la aparición de organizaciones con aspiraciones revolucionarias es positiva. Mucho menos mi crítica se debe a una guerra entre siglas (porque no hay tales siglas, ni tiene sentido en el movimiento revolucionario pertrecharse detrás de ellas). Pero, por otro lado, nunca hemos de dejar abandonada la crítica feroz y contundente, el análisis esmerado y preciso que nos permita, entre todos, ser conscientes y poder solventar los muchísimos errores en los que caemos constantemente y en los que vamos a caer en el futuro. Por último, animo a todos los militantes del FRPC (así como a todos los comunistas consecuentes y a mí mismo también) a no desocuparse jamás de la formación teórica, porque “sin teoría revolucionaria, no puede haber tampoco movimiento revolucionario. Nunca se insistirá lo bastante sobre esta idea en un tiempo en que la prédica en boga del oportunismo va unida a un apasionamiento por […] la actividad práctica” [15].

NOTAS:

[1]. V.I. Lenin, ¿Qué hacer? pág. 34.

[2]. V. I. Lenin, El derecho de las naciones a la autodeterminación, pág. 51.

[3] https://revolucionobarbarie.wordpress.com/lucha-de-dos-lineas/respuesta-a-redrum-notas-acerca-la-cuestion-nacional/nueva-respuesta-de-revolucion-o-barbarie-a-redrum/

[4]. https://revolucionobarbarie.wordpress.com/2014/01/05/stalin-clases-sociales-y-restauracion-del-capitalismo-2/

[5] I. Stalin, “Sobre el materialismo histórico y el materialismo dialéctico”.

[6]. V. I. Lenin, Resumen del libro de Hegel Ciencia de la lógica.

[7]. V. I. Lenin, “En torno a la cuestión de la dialéctica”.

[8]. Para una completa caracterización del fascismo, ver el artículo que trata la cuestión en el blog Revolución Proletaria: http://revolucionprolet.blogspot.com.es/2012/12/el-fascismo-y-el-estado-burgues.html

[9] V. I. Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, pág. 38.

[10]. “Arrepublicanados” del PCREE, http://pcree.net/LF35/Arrepublicanados.html

[11]. V. I. Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, pág. 21.

[12]. Ibid. pág. 17.

[13] https://revolucionobarbarie.wordpress.com/lucha-de-dos-lineas/respuesta-a-redrum-notas-acerca-la-cuestion-nacional/nueva-respuesta-de-revolucion-o-barbarie-a-redrum/

[14] Íbidem.

[15] V. I. Lenin, ¿Qué hacer? pág. 27.

Nuevos textos digitalizados sobre clases sociales, división del trabajo y cuestión nacional

llibres escanejats

Continuando con nuestro trabajo de edición, traducción y digitalización de documentos que consideramos acordes a las necesidades que en este periodo debe encarar la vanguardia marxista-leninista en torno a la formación de cuadros, os presentamos tres libros de sumo interés que versan sobre dos cuestiones que aún debemos estudiar más a fondo para encarar con éxito el próximo ciclo revolucionario. Dos de los libros se relacionan con la naturaleza de las clases sociales y la división social del trabajo. El tercero trata de forma muy amplia sobre la cuestión nacional.

Pues bien, el primero de los libros que hemos digitalizado es La división del trabajo manual e intelectual y su supresión en el paso al comunismo en Marx y sus sucesores, de Yannick Maignien (editorial Anagrama, 1977). Este documento es fundamental para profundizar en la cuestión de la división del trabajo, base -recordemos- de toda sociedad de clases según las tesis de Marx y Engels. Por otro lado, resulta muy interesante por el estudio histórico-crítico que ofrece sobre los análisis de Marx, Engels, Lenin, Stalin o Gramsci sobre el asunto.

El segundo de los libros es Clases sociales y alianzas por el poder, de Nicos Poulantzas (editorial Zero, 1973). Este texto es igualmente sumamente interesante, sobre todo porque, más allá de ciertas limitaciones (por ejemplo, al no profundizar en el análisis de la naturaleza y el papel de la aristocracia obrera), es muy válido para avanzar en uno de los grandes temas pendientes hoy en el Estado español: analizar la formación social clasista y sus diferentes formas y aparatos de representación.

Por último, otro libro que sin duda va a interesar a todos los camaradas es Problemas de política nacional e internacionalismo proletario, una selección de la editorial Progreso (1966) sobre los textos más importantes de Vladimir Ilich, Lenin, en torno a la cuestión nacional. Este libro puede ser uno de los documentos fundamentales básicos para que la vanguardia marxista-leninista, en el Estado español especialmente (donde hay un problema nacional evidente e irresuelto), pueda afrontar un estudio lo más completo posible, enmarcado en el Balance del Ciclo de Octubre, sobre el tema nacional y el pasado y el presente del imperialismo y el Movimiento Comunista Internacional.

La división del trabajo manual e intelectual (Yannick Maignien).

Clases sociales y alianzas por el poder (Nicos Poulantzas).

Problemas de política nacional e internacionalismo proletario (Lenin).

Apuntes sobre la reconstitución del movimiento comunista

Unas palabras previas

         En los últimos tiempos estamos asistiendo en el Estado español a un doble proceso de naturaleza ideológico-política y social de considerable relevancia.

       Por una parte, la Línea de Reconstitución ha avanzado posiciones en el panorama del movimiento comunista, esclerotizado por el revisionismo tanto a nivel de nuestro Estado como en el resto del globo. Este fenómeno reviste una importancia crucial, ya que empieza a ser comprendida por una parte nada desdeñable de la vanguardia ideológica la necesidad de volver a hacer hegemónico el marxismo-leninismo como fase de arranque indispensable para poner nuevamente en marcha los pistones del movimiento de emancipación hacia la sociedad sin clases. El proceso al que nos referimos ha venido acompañado de un incremento -aún modesto pero en modo alguno despreciable- del número de camaradas y colectivos que tienen como núcleo de su lucha la batalla sin cuartel contra el revisionismo. Pero, al margen del desarrollo cuantitativo, lo más destacable es el avance en términos cualitativos, es decir, en términos de lucha entre líneas y avance en torno a posiciones revolucionarias.

       El documento que os ofrecemos a continuación tiene como pretensión la de contribuir a profundizar en la comprensión de las tareas, urgentes a día de hoy, de recomposición del movimiento revolucionario. Las distintas siglas del revisionismo español, que siguen presas de sus dinámicas ya refutadas por la historia de nuestra clase, no son ajenas a esta realidad, y por ello se han dedicado a lanzar ataques a la desesperada para tratar de adulterar y distorsionar la verdadera naturaleza de este movimiento de la vanguardia marxista-leninista por la reconstitución. Este escrito también trata de refutar, de forma indirecta, todas aquellas críticas postuladas de manera oficial u oficiosa por el revisionismo patrio.

        Por otra parte, en las últimas semanas los sectores más avanzados de las masas han protagonizado una serie de luchas que han vuelto a poner encima de la mesa la agudización creciente de las luchas de clases en nuestro Estado y la necesidad de que la clase disponga de su Partido de Nuevo Tipo como mecanismo imprescindible para construir el Nuevo Poder como embrión del Estado de dictadura del proletariado, fase insoslayable para llegar al “reino de la libertad” (Engels), esto es, al comunismo. Tanto las violentas protestas de los jóvenes proletarios de la Cañada de Hidum, en Melilla, como la victoria del barrio proletario de Gamonal, en Burgos, sobre la burguesía de la ciudad castellana (así como las muy loables manifestaciones en solidaridad con Gamonal que han tenido lugar en ciudades como Valencia, Granada, Barcelona, Vitoria, Madrid, Sevilla, Zaragoza, Alicante u Oviedo), corroboran nuevamente dos tesis que deben ser analizadas para comprender mejor las bases del movimiento por la reconstitución del comunismo:

        -en primer lugar, demuestra la capacidad de autoorganización de las masas para defender sus intereses inmediatos como conciencia de clase en sí, algo que echa por tierra los presupuestos economicistas y sindicalistas del paternalismo revisionista, para el que las masas no necesitan a cuadros marxistas-leninistas, sino a militantes comunistas reducidos a la categoría de sindicalistas. Asimismo, estas luchas han vuelto a demostrar que el revisionismo no encabeza ni dirige ni una sola de las luchas de masas más potentes de nuestro país;

      -en segundo lugar, estas luchas vuelven a confirmar la premisa básica sobre la gestación del movimiento revolucionario (según la cual este se articula como una realidad externa e independiente del movimiento espontáneo), algo que, además de demostrar con la práctica nuevamente lo determinante de contar con un Partido de Nuevo Tipo para que la crisis socio-económica actual deje paso a la crisis revolucionaria del sistema de dominación capitalista, debe ponernos en alerta ante la confusión que genera en el grueso de la vanguardia ideológica este tipo de movimientos espontáneos violentos en un contexto caracterizado por la inexistencia de Partido Comunista. Dicha confusión se manifiesta, incluso por parte de quienes comienzan a deshacerse de las cadenas del oportunismo, por el olvido de la premisa que anteriormente mencionamos sobre la génesis de todo movimiento revolucionario. Así, hay quien cree que, si bien el oportunismo electoralista y la estrechez de miras sindicalista no pueden ser jamás el inicio de ningún movimiento de destrucción del orden vigente, estaríamos ya en una fase en la que podemos participar en las luchas de masas de Melilla y Burgos para reconducirlas hacia objetivos revolucionarios; o bien, que este tipo de movimientos puede ser el origen de la construcción del sujeto revolucionario.

   Ni el espontaneísmo más derechista (el sindicalista y electoralista) ni el insurreccionalista (aquel que sustituye los sindicatos y los comicios electorales por las luchas callejeras espontáneas) constituyen la solución revolucionaria a los problemas que hoy atenazan a la clase explotada. Es evidente que la vertiente insurreccionalista del espontaneísmo supone un avance con respecto al oportunismo más retrasado, por cuanto que materializa –de una forma espontánea y semianarquista aún, como no puede ser de otra forma- la conciencia de la necesidad de la violencia proletaria para derrocar el orden capitalista. Sin embargo, podemos decir que esta forma de espontaneísmo es la otra cara de la misma moneda (“El anarquismo ha sido a menudo una especie de expiación de los pecados oportunistas del movimiento obrero”, Lenin: La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo), ya que presupone la existencia de la teoría revolucionaria hecha cuerpo en la vanguardia ideológica, cosa que a todas luces aún no es una realidad en el Estado español.

        No se trata de negar o infravalorar la relevancia del movimiento de clase espontáneo, sino de profundizar en la lucha ideológica y política comunista como paso para constituir una estructura prepartidaria que se funda con la vanguardia práctica de nuestra clase y conforme el Partido de Nuevo Tipo. Se debe tener siempre claro que el movimiento revolucionario siempre se genera desde fuera del movimiento espontáneo. Y esta máxima es aplicable también para movimientos de resistencia violentos que, a pesar de ello, no logran -porque no pueden- trascender la lógica impuesta por el sistema dominante.

I. La reconstitución ideológica y política del movimiento comunista

          El comunismo lleva décadas a la deriva, naufragando en las turbulentas aguas de un imperialismo que sobrevive rumiando su propia decadencia pero que jamás caerá hasta que la guerra revolucionaria del proletariado lo envíe a los museos de historia. Es una realidad incontestable que hoy, en la mayoría de países del mundo (a excepción de los focos maoístas en India o Filipinas, experiencias que, a pesar de la amenaza que suponen para las burguesías de estos países, tampoco se han desprendido de algunos de los límites del ya agotado Ciclo de Octubre), el movimiento comunista no constituye ninguna clase de amenaza para la clase dominante. Es un movimiento que se autoconsume fruto de una dinámica de descomposición oportunista que solo es abiertamente cuestionada por la línea que precisamente plantea la necesidad de la reconstitución.

        Por razones históricas (que explicaremos en el siguiente epígrafe), el comunismo revolucionario ya no es un referente ideológico, no ya para las masas explotadas, sino incluso para el conjunto de la vanguardia ideológica. De ahí que sea una cuestión de vida o muerte reelaborar el marxismo (en el sentido de eliminar las concepciones extrañas al mismo y adecuarlo a la rica experiencia legada por el pasado ciclo) con el objetivo de situarlo en un punto de partida que nos permita preparar y organizar un nuevo ciclo revolucionario.

       La reconstitución del movimiento comunista debe tener una doble vertiente: por un lado, debe ser ideológica, ya que ha de asumir, aprehender y superar los aciertos y las limitaciones del marxismo vigente durante el pasado ciclo revolucionario; por otro lado, ha de ser política, puesto que forzosamente tiene que implicar la reorganización política del proletariado revolucionario en su organismo superior, el Partido, como síntesis de la teoría revolucionaria y el movimiento de masas.

       Ninguna de estas dos vertientes son separables, pero eso no obsta para que, en una fase u otra del proceso de reconstitución (asunto que estudiaremos más en profundidad en el tercer epígrafe de este escrito), una vertiente tenga más importancia que otra. Hoy, la tarea prioritaria es de índole ideológica, lo que significa que antes de la unificación de los destacamentos por la reconstitución comunista, es imprescindible profundizar en la confrontación ideológica como mecanismo de lucha-unidad. Pero eso no excluye –más bien al contrario- la creciente colaboración y coordinación entre destacamentos con miras a la futura constitución de esa estructura que podemos denominar “prepartidaria”.

II. La necesidad histórica de la reconstitución ideológica y política del comunismo: balance integral del Ciclo de Octubre y recomposición del movimiento comunista

         El movimiento comunista internacional demostró al mundo entero que el capitalismo no es ese monstruo inexpugnable que la burguesía se había encargado de construir en el imaginario colectivo de las masas explotadas. Además, confirmó que es posible construir el socialismo, que la clase obrera (y la alianza de esta con el campesinado pobre en los países donde fuese necesario) alberga dentro de sí la capacidad potencial para revolucionar la sociedad y poner los cimientos del comunismo.

        Sin embargo, el comunismo revolucionario no puede limitarse a este análisis, pues hoy nuestro movimiento está totalmente desarmado y el capitalismo ha conseguido imponerse a nuestra clase en una ofensiva sin precedentes en la historia. Es este el marco que explica la necesidad histórica de la reconstitución ideológica y política del movimiento comunista: el Balance del Ciclo de Octubre no es más que “el ajuste de cuentas” con nuestro propio pasado, el estudio de todas las experiencias revolucionarias (tanto las que lograron la conquista del poder político como las que no) y del conjunto del movimiento comunista; experiencias que se articularon en base al paradigma imperante desde la Revolución de Octubre y la constitución del movimiento comunista internacional tras su escisión del movimiento socialdemócrata. Hay que decir que dicho paradigma, si bien superó en gran medida la desnaturalización del marxismo puesta en práctica por el revisionismo bernsteiniano y kautskista, no logró desprenderse completa y definitivamente de algunos de sus presupuestos, sobre todo en cuanto a la incomprensión (más agudizada en unos dirigentes y organizaciones que en otros) de la gestación del movimiento revolucionario.

         Para sintetizar esta cuestión, podemos establecer tres componentes esenciales que facilitaron el avance de las posiciones revisionistas en el seno de los Partidos y Estados proletarios y de la propia Internacional Comunista:

         Primeramente, destaca la concepción economicista de las fuerzas productivas y la primacía otorgada al desarrollo de las fuerzas productivas; una concepción que provocó tres hechos muy graves e interrelacionados: por un lado, infravaloró o negó el papel consciente del sujeto revolucionario a la hora de destruir los Estados burgueses; por otro lado, fruto de una mala comprensión de las dinámicas y relaciones entre clases en la fase de transición hacia el comunismo provocó que se relajara la vigilancia revolucionaria y se hiciera ver a las masas que el peligro de restauración capitalista solo podía provenir del exterior o de elementos de la burguesía privada, obviando así la amenaza de la incipiente burguesía burocrática insertada en los aparatos administrativos, económicos y políticos del Estado y el Partido proletarios (cabe reseñar la excepción de la comprensión de este fenómeno por parte de la experiencia revolucionaria china, la cual, aun así, no pudo evitar su fracaso final); y, por último, se acrecentó de manera irreversible la brecha entre la vanguardia y las masas, pues dicha concepción economicista hacía depender la consecución del comunismo al mero desarrollo de las fuerzas productivas, quedando desatendido el aspecto ideológico-político, la tarea de la vanguardia de elevar el nivel de conciencia de las masas, lo que tuvo como efecto el triunfo –casi incruento- del revisionismo.

           En segundo lugar, cabe mencionar la confusión generada en torno a una incorrecta comprensión de la relación entre las formas jurídicas de propiedad y las relaciones de producción. Dicha confusión alimentó la dinámica anteriormente expuesta en la que el revisionismo podía medrar, de forma silenciosa pero firme, en los aparatos de poder de la dictadura del proletariado.

            En  tercer lugar, en relación con los dos elementos ya referidos, hay que señalar la tendencia progresiva del movimiento comunista internacional a reducir el marxismo a una especie de “determinismo” merced al cual los revolucionarios no debían crear las condiciones que posibilitaran la guerra revolucionaria contra la burguesía, sino que tenían que esperar a que el capitalismo agonizara aún más, precipitara los acontecimientos (produciendo estallidos sociales: “crisis revolucionarias espontáneas”), y, finalmente, a que la vanguardia se prestara a darle la “estocada final”. Esta visión eludía el fundamento básico del marxismo, según el cual el motor de la historia no es el desarrollo de las fuerzas productivas, sino las luchas entre clases que tienen su teatro de operaciones en las relaciones de producción y en las distintas formaciones políticas e ideológicas propias del imperialismo, la era de la guerra y la revolución.

           Lógicamente, el balance no solo debe preocuparse por los errores que posibilitaron la victoria del revisionismo (aunque hay que insistir en que esto es lo más importante de este trabajo histórico-político), sino que además debe estudiar y valorar los éxitos cosechados por el movimiento revolucionario mundial tanto en lo relativo a los logros materiales considerables para la vida de las grandes masas como en lo referente al ascenso a nivel cualitativo, de conciencia para sí, que se manifestaron en las formas más avanzadas de lucha contra toda forma de opresión en los países socialistas.

         Por último, debemos refutar otra de las acusaciones que los adversarios de la Línea de Reconstitución han lanzado contra esta en relación al Balance del Ciclo de Octubre. Según el oportunismo, que actualmente -sobre todo a partir de la caída del bloque revisionista, a principios de los años 90- el movimiento comunista internacional haya perdido hasta la más mínima centralidad en el campo del proletariado y las clases oprimidas; más aún, que actualmente el marxismo-leninismo esté ausente como línea revolucionaria en el propio movimiento comunista… todo ello no implica que haya finalizado un ciclo revolucionario porque… ¡aún seguimos viviendo en la era del imperialismo! Todo este despliegue de “dialéctica” obvia el hecho de que la revolución proletaria mundial tiene su propia periodización, sus fases de flujo y reflujo. En este caso, la fase de reflujo que vivimos desde hace décadas no puede ser sustraída como si no pasara absolutamente nada.

         Por ello, si sostenemos que el Ciclo de Octubre se ha agotado es porque, a pesar de los focos heroicos que hoy persisten en India o Filipinas, desde hace varias décadas el comunismo ya no es ningún referente hegemónico ni para la vanguardia proletaria ni para el conjunto de las masas explotadas. Y esa pérdida de referencialidad hunde sus raíces en el propio paradigma fracasado durante el Ciclo de Octubre: en concreto, el que gira en torno a las premisas sobre la “crisis revolucionaria” y la cuestión de la revolucionarización de las relaciones de producción durante el periodo socialista.

III. Fases del proceso de reconstitución

        Para entender un fenómeno, sea del tipo que sea, es fundamental comprender el entrelazamiento de las leyes dinámicas que lo rigen y explican, así como las diferentes fases que lo recorren. El proceso de reconstitución del Partido Comunista no podía ser ajeno a esta dinámica, por lo que también está sujeto a una serie de fases a las que el marxismo-leninismo no puede sustraerse. Por supuesto, ello no significa que haya una separación tajante entre una fase y otra.

          La primera fase del proceso de reconstitución es la que nos ocupa hoy, y tiene que ver con la consecución de la hegemonía ideológica y política en el campo de la vanguardia ideológica, es decir, en una acumulación de fuerzas en el seno de la vanguardia teórica. Anteriormente hemos aclarado que la hegemonía ideológica y política son dos caras de una misma moneda, pero ha de tenerse claro que la primera es una condición necesaria -aunque no suficiente- para concluir con éxito la reconstitución del Partido Comunista. En esta fase las tareas prioritarias son el desarrollo de la lucha de líneas en torno al Balance del Ciclo de Octubre, del que se extraerán los elementos que conformarán la Línea General de la revolución proletaria, y la formación de cuadros comunistas, de militantes armados con la concepción proletaria del mundo.

       La segunda fase del movimiento por la recomposición del movimiento obrero revolucionario consiste en la aplicación de los principios del socialismo científico, de la Línea General, a las condiciones concretas de la lucha de clases del Estado español, con lo que se obtiene la Línea Política. En cuanto a la línea de masas, esta sigue estando dirigida a la vanguardia teórica, pero se empieza a tomar contacto con elementos de la vanguardia práctica, de modo que la teoría revolucionaria pasa a concretarse progresivamente.

     En la tercera fase de la reconstitución finaliza la conquista de los elementos avanzados de las luchas de masas mediante la creación de organismos en los frentes de masas que faciliten la vinculación de la vanguardia ideológica (que previamente ha sido constituida a través de la unificación ideológico-política en torno al marxismo-leninismo) con la vanguardia práctica y, en consecuencia, con el movimiento de masas, realizándose definitivamente la fórmula leninista del partido revolucionario como fusión entre socialismo científico y movimiento obrero. Con esta etapa tiene lugar la cristalización de la Línea Política en Programa, o, en otras palabras, la solución revolucionaria a los problemas de las contradicciones sociales en el Estado español que forman parte de la Línea Política. En definitiva, como expresión de la unidad entre la teoría y la práctica en el proceso de reconstitución, el desarrollo teórico del marxismo, su concreción, está paralelamente vinculado al aumento del alcance del mismo sobre el proletariado mediante la línea de masas, que durante este curso toma la forma de lucha de dos líneas.

           Al concluir esta última fase ya tiene lugar la reconstitución del Partido Comunista, que es –y solo puede ser- el producto histórico más elevado del proletariado, la simbiosis del socialismo científico y el movimiento obrero de masas.

          Una vez reconstituido el Partido Comunista la tarea pasa a ser el inicio por parte de este de la guerra revolucionaria de masas o Guerra Popular (con sus diferentes fases: defensiva estratégica, equilibrio estratégico y ofensiva estratégica) y la construcción de los órganos de poder político de la clase obrera, peldaño indispensable para derrocar a la clase capitalista e instaurar el Estado de dictadura del proletariado como periodo revolucionario de transición entre el capitalismo y el comunismo. Sobre esta fase no nos detendremos más; solamente os remitiremos al epígrafe “Casuística de la Guerra Popular”, del documento El debate cautivo, elaborado por los camaradas del MAI.

IV. Vanguardia y masas, vanguardia teórica y vanguardia práctica: Partido Comunista reconstituido y movimiento de masas revolucionario

        La clase proletaria no es una entidad monolítica cuyo desarrollo y nivel de conciencia sean uniformes. Efectivamente, el proletariado es una clase social compuesta por diversas capas y estratos a través de los cuales se expresan diferentes clases de conciencia y desarrollo. Cuando un sector de la clase proletaria ha entendido que forma parte de una comunidad de intereses a nivel inmediato, sindical o económico, utilizamos la noción de “clase en sí”; si, por el contrario, existe un sector determinado que ha adquirido la conciencia sobre la necesidad y la posibilidad de constituir un nuevo orden social usamos el concepto de “clase para sí”.

       Dentro de la clase obrera, hay dos categorías que responden a dos realidades nítidamente diferenciadas: vanguardia y masas. El primer sector está constituido por aquel segmento de la clase que se sitúa en primera línea, ya sea como vanguardia práctica o como vanguardia ideológica o teórica. El segundo sector es el grueso de la clase obrera, es decir, es el grupo social más numeroso. Por ello, tanto la vanguardia como las masas son dos partes constitutivas de la misma clase social. La relación entre ambas es dialéctica, esto es, se produce mediante la dinámica de la escisión y la fusión, y ello es así porque la vanguardia, en un primer momento, está separada de las masas, no ejerce influencia sobre las mismas. Solo a través de la reconstitución del Partido Comunista, mediante la Guerra Popular, y, por supuesto, mediante el ejercicio del poder durante el periodo socialista (que busca fusionar cada vez más a la vanguardia con las masas hasta la completa desaparición de toda forma de división social clasista), se produce un proceso paulatino de fusión completa entre la vanguardia y las masas.

           Pero la vanguardia tampoco es un ente homogéneo. Es este el motivo por el que quienes apostamos por la Línea de Reconstitución subdividimos a la vanguardia en vanguardia teórica y vanguardia práctica. La vanguardia teórica o ideológica es aquella que es consciente del carácter decadente y parasitario del sistema capitalista y de todas aquellas manifestaciones clasistas previas a dicho sistema (cuya forma más importante es la del patriarcado, fenómeno socio-histórico que surge con el primer modelo social clasista de la historia y que continúa persistiendo bajo nuevas formas de dominio a través del modo de producción capitalista en su fase imperialista). La vanguardia teórica posee conciencia de clase para sí. Por su parte, la vanguardia práctica es aquella que encabeza y dirige las luchas de resistencia de las masas frente a las imposiciones del capital. Posee conciencia de clase en sí.

          A su vez, dentro de la vanguardia teórica cabe establecer otra categorización: nos referimos a la diferenciación entre vanguardia teórica marxista-leninista y el resto de la vanguardia teórica. En el primer caso, obviamente, aludimos a aquel sector de la vanguardia ideológica que considera -y lo demuestra a través de su actividad- que el marxismo-leninismo es la herramienta teórica y política para la liberación de la clase explotada. Por el contrario, la vanguardia teórica no marxista-leninista es aquella constituida por corrientes tan heterogéneas y dispersas como el revisionismo ortodoxo (que, en el papel, no renuncia a la autodenominación de marxista-leninista), el anarquismo en sus diversas variantes (anarcosindicalismo, “anarcocomunismo”, insurreccionalismo, etc.), elementos del reformismo socialdemócrata “de izquierda”, el trotskismo, la “izquierda comunista” o determinados elementos “de izquierdas” de movimientos de liberación nacional en el Estado español.

         En este caso, también sería un craso error establecer una línea divisoria tajante entre una forma de vanguardia y la otra. Pero lo cierto es que ambos sectores de la clase han de ser necesariamente diferentes hasta la culminación del proceso de reconstitución del Partido Comunista. Es a través de la vanguardia práctica como la vanguardia teórica consigue penetrar en las masas de la clase proletaria y, mediante un desarrollo concéntrico y una serie de mediaciones sociales, conformar esa estructura proletaria y revolucionaria superior denominada Partido Comunista o Partido de Nuevo Tipo. Por tanto, la vanguardia práctica es el conjunto de los intérpretes de las masas; es aquella que hace posible la traducción de la línea revolucionaria que porta la vanguardia ideológica en programa político para la destrucción revolucionaria del sistema de dominación capitalista.

          Evidentemente, hay elementos que pueden formar parte de la vanguardia teórica y, al mismo tiempo, de la vanguardia práctica. Por ejemplo, puede haber marxistas-leninistas que, además de ser parte integrante de algún destacamento comunista, destaquen en algunos núcleos de resistencia de nuestra clase. No obstante, mientras no esté constituido el sujeto revolucionario como tal, esto es, el Partido Comunista, no existirá una fusión real entre la vanguardia teórica y la vanguardia práctica.

        La escisión entre ambos sectores de la vanguardia proletaria se refleja en la práctica en que los diversos destacamentos revolucionarios no dirigen a las masas de la clase obrera ni en las luchas de resistencia ni mucho menos en la lucha revolucionaria. Dicho estado de cosas solo se superará con la fusión de ambos sectores de la vanguardia, con la reconstitución del Partido Comunista, del movimiento político revolucionario del proletariado.

          Utilizar los adjetivos “teórica” y “práctica” hace alusión al elemento determinante de cada tipo de vanguardia: obviamente, si a la vanguardia teórica la denominamos de tal forma no es porque no realice ninguna práctica, sino porque su fuerza constitutiva primordial es la asunción teórica del carácter decadente de este sistema social; asimismo, hablar de vanguardia práctica no implica desechar de esta todo aspecto teórico, sino que entendemos que son las prácticas de resistencia las que configuran el espacio central de esta forma de vanguardia.

          En cualquier caso, nunca debemos olvidar que el Partido Comunista es el mismo movimiento revolucionario con los instrumentos que ello implica: el Ejército Proletario y el Frente-Nuevo Poder. Así, mediante el triángulo Partido-Ejército-Frente, el proletariado tiene la capacidad para derrocar a la clase dominante y subvertir definitivamente el orden criminal de la burguesía.

V. ¿Teoría sin práctica? ¿Práctica sin teoría? Praxis revolucionaria y rol de la teoría revolucionaria en el movimiento comunista

        Llegados a este punto, conviene refutar algunos de los lugares comunes que el revisionismo ha utilizado contra quienes defendemos estas tesis. El núcleo de estas críticas tiene que ver con el hecho de interpretar de un modo mecanicista y antileninista la cuestión de la teoría revolucionaria y la fusión de esta con la práctica para generar la praxis revolucionaria ejercida por el Partido Comunista. Con frecuencia, nuestros revisionistas nos achacan un pretendido teoricismo, demostrando así su incapacidad para entender la importancia estratégica de formular, defender y aplicar la teoría revolucionaria, una teoría que hoy no ocupa un lugar hegemónico en nuestro movimiento como sí ocupó en otros periodos históricos y latitudes.

          El revisionismo, prisionero de un practicismo estéril, entiende la categorización de vanguardia teórica y vanguardia práctica de una forma reduccionista y unilateral. Para el oportunismo, como el Partido ya existe, no tiene sentido plantear una diferenciación de esta naturaleza. Además, consideran que es antimarxista separar la teoría de la práctica (lo cual es cierto). Pero ¿somos nosotros los que separamos la teoría de la práctica? ¿O más bien son ellos quienes desgajan la práctica de la teoría (revolucionaria)? Analicémoslo con más detenimiento.

       Desde que Lenin escribiera su libro ¿Qué hacer?, ha sido demostrado el papel crucial que ocupa la teoría revolucionaria para la configuración de cualquier movimiento revolucionario. Por ello, constatando la realidad de un movimiento comunista que carece de un arma vital como la teoría revolucionaria al mando de su programa político, quienes postulamos la necesidad de la reconstitución colocamos la teoría en el lugar que le corresponde, llegando a la conclusión de que hoy no existe nada más práctico que reconstituir el comunismo y sentar las bases para la reconstitución del Partido de Nuevo Tipo.

           Solo quien está maniatado por el activismo economicista más vulgar es incapaz de ver la doble naturaleza (teórica y práctica) de este proceso de reconstitución. Nuestra lucha teórica no es contemplativa; de hecho, es de naturaleza práctica, ya que implica confrontar para la futura reorganización de la vanguardia marxista-leninista como base para la reconstitución partidaria.

          No hay, por tanto, ninguna separación entre teoría y práctica, sino la necesidad de que la segunda sea dirigida por la primera, a diferencia de lo que sucede con la actividad de los destacamentos revisionistas del Estado español y de la gran mayoría de países del mundo. En este caso, nuestros oportunistas sí que disgregan la teoría de la práctica; más aún, desproveen a la vanguardia del proletariado de un arma vital como es la teoría revolucionaria, lanzándose a una práctica que se emancipa completamente de dicha teoría, desvirtuando y contaminando esta de diversas manifestaciones y expresiones ideológicas burguesas y pequeñoburguesas, todas ellas formas más propias de la aristocracia obrera y la pequeña burguesía que de las masas hondas de la clase obrera. Pero parece que la militancia del revisionismo aún no ha sido abofeteada lo suficiente por la realidad histórica, ese tribunal que pone a cada uno en su sitio, y a pesar de ello continúa con una serie de tesis y prácticas que han demostrado y demuestran su fracaso constantemente.

         Visto ya el rol crucial que juega la teoría revolucionaria, conviene recordar que para el marxismo la praxis revolucionaria no es cualquier cosa. Naturalmente, no es en modo alguno la fusión de la teoría, tal y como la entiende el revisionismo, y la práctica reducida a sindicalismo y cretinismo parlamentario; tampoco es cualquier clase de actividad práctica que desarrollen núcleos comunistas entre sí o con algún sector de la vanguardia práctica. La praxis revolucionaria solo puede hacer acto de presencia cuando la autoconciencia del proletariado revolucionario se ha materializado a través del Partido de Nuevo Tipo; es decir, la praxis revolucionaria solo puede existir cuando el Partido Comunista comienza ya a ejercer y desarrollar, mediante la autoexperiencia política de las masas obreras, el Nuevo Poder, embrión del Estado-Comuna que pugnará por destrozar la institucionalidad de la clase explotadora para sustituirla por el nuevo Estado del proletariado revolucionario.

VI. Soltar lastre hoy: piedras en el sendero de la reconstitución del Partido Comunista en el Estado español y el resto del mundo

        Si bien es cierto que, en el Estado español, la Línea de Reconstitución ha avanzado considerablemente tanto a nivel cualitativo como cuantitativo en los últimos tiempos, podemos decir que el barco de la reconstitución aún debe soltar mucho lastre para llegar a buen puerto.

     Los mayores obstáculos para el avance del movimiento por la reconstitución del comunismo son los siguientes:

       En primer lugar, todavía sigue persistiendo en gran parte de nuestro movimiento un desprecio o una infravaloración considerables de la teoría revolucionaria.

       En relación con lo primero, otro obstáculo tiene que ver con la incomprensión de la naturaleza práctica de una tesis como la lucha ideológica como etapa insoslayable del proceso de reconstitución. Mientras no se entienda que aún no estamos en la fase de dirigirnos a las masas en general, sino a su vanguardia (y, concretamente, a su vanguardia ideológica), se seguirá concibiendo la práctica como una serie de dinámicas en las que la teoría revolucionaria cede su paso a un mejunje de prácticas espontaneístas.

          En tercer lugar, es imprescindible romper de una vez por todas con el dogmatismo, el organicismo y el “chovinismo de siglas”. Aún hoy es dominante la existencia de organizaciones autodenominadas comunistas incapaces de salir de sus marcos autorreferenciales, de su onanismo ideológico y político. Desde aquí decimos: camaradas, nuestras siglas no valen nada hoy, nuestros colectivos deberán desaparecer necesariamente para fundirse en esa organización superior que es el Partido de Nuevo Tipo.

           El cuarto obstáculo está relacionado con el dogmatismo y el apriorismo a la hora de realizar el balance de las experiencias revolucionarias más importantes protagonizadas por el proletariado desde la Comuna de París hasta la experiencia en Nepal. En este sentido, es muy habitual aún encontrar análisis que se acercan más a hagiografías que a verdaderos estudios históricos marxistas.

       Conviene aquí precisar algo. Cuando defendemos nuestro legado de las insidias y burdas manipulaciones orquestadas por la burguesía y sus plumíferos para desacreditarnos, no debemos tener ningún tipo de vacilación, al contrario de lo que hacen los más cobardes oportunistas y derechistas, al desmontar dichas mentiras y demostrar la superioridad de un orden social como el comunismo frente a un sistema rapaz e inhumano como es el modo de producción burgués. Dicho esto, entre comunistas no podemos limitarnos a darnos golpes de pecho, puesto que el socialismo al fin y al cabo fue derrotado por el revisionismo, por la burguesía, y esa derrota tuvo mucho que ver con los errores de nuestro movimiento y de sus figuras más destacadas, tanto en la URSS como en China.

    En quinto y último lugar, cabe mencionar el conjunto de lugares comunes y desviaciones de los que aún no ha logrado desprenderse buena parte del movimiento autodenominado comunista. Ya hemos analizado anteriormente estos prejuicios, pero podemos resumirlos en una visión espontaneísta, dogmática y antidialéctica del proceso revolucionario y de la concepción comunista propiamente dicha.

VII. ¿Cuáles son las condiciones para que pueda concluir con éxito el proceso de reconstitución del Partido Comunista?

        La primera condición insoslayable para la victoria de este proceso es la conciencia sobre la necesidad de reconstituir una cosmovisión y un movimiento fagocitados por décadas de oportunismo hegemónico.

        La segunda condición tiene que ver con las tareas ideológicas propias de la primera fase del proceso de reconstitución del comunismo. Estas tareas pasan por iniciar y profundizar la discusión sobre el Balance del Ciclo de Octubre, además de por confrontar ideológicamente con el revisionismo imperante y por analizar y relacionar con las necesidades de la reconstitución las luchas de clases existentes y la formación social y económica de cada Estado en el que los comunistas desarrollen su actividad. Todas estas  tareas están íntimamente relacionadas con la creación de cuadros formados en la concepción proletaria del mundo, el marxismo-leninismo; cuadros que son vitales para el proceso de reconstitución del Partido Comunista.

    En tercer lugar, es imprescindible que la lucha ideológica se acompañe de una creciente cooperación y coordinación con los destacamentos e individualidades que tengan una determinada afinidad con respecto a la Línea de Reconstitución.

      La cuarta condición pasa por unificar orgánicamente a los distintos destacamentos marxistas-leninistas, lo que permitirá que se cumpla la quinta condición: la identificación, la localización y la primera toma de contacto con los elementos más avanzados de la vanguardia práctica de nuestra clase. Esta periodización no excluye que, anteriormente, puedan entablarse algunos contactos con la vanguardia práctica, pero en ningún caso esta tarea puede absorber fuerzas y energías como para impedir lo prioritario en esa etapa, que es imponer la lucha de la línea revolucionaria sobre la línea oportunista en el seno de la vanguardia ideológica.

    Por último, la sexta condición para que finalice de manera exitosa el proceso de reconstitución comunista es la fusión de la estructura unitaria marxista-leninista que se haya conformado por parte de los sectores más avanzados de la vanguardia ideológica, por un lado, y el movimiento de masas, por otro lado.

       A partir de aquí, la reconstitución ya es una realidad y concluye para transformarse en un movimiento revolucionario de nuevo tipo por la construcción de la sociedad sin clases.

Revolución o Barbarie

Febrero de 2014

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