La encrucijada del nacionalismo – Balanç i Revolució

CASTELLANO:

La encrucijada del nacionalismo

Documento sobre la cuestión nacional catalana y las tareas de los comunistas

I.  INTRODUCCIÓN

Balanç i Revolució (BiR) se presenta como grupo o destacamento de vanguardia en territorio catalán para la reconstitución ideológico-política del comunismo, con el objetivo de formar un Partido Comunista de Nuevo Tipo en el Estado español para la Revolución Proletaria Mundial. Debido al carácter del momento actual —derrota y repliegue del comunismo, expresado con el fin del último Ciclo Revolucionario (1917-1989)—, nuestra tarea se centra elementalmente en la formación polifacética de cuadros revolucionarios, mediante el balance o síntesis del pasado Ciclo Revolucionario, la lucha de dos líneas y el trabajo teórico-ideológico general, en dirección consciente hacia la formación y organización de la vanguardia teórica marxista (reconstitución ideológica) como una premisa básica para la formación del Partido Comunista (reconstitución política).

Actualmente, la línea revolucionaria se encuentra en plena derrota y repliegue, incapaz de tratar las tareas y contradicciones del momento actual y, por consiguiente, el revisionismo es la línea dominante en el Movimiento Comunista Internacional, en todo el abanico de corrientes que lo conforman. En el Estado español en concreto se reproduce, en líneas generales, esta situación en la amplia multiplicidad de organizaciones “comunistas”; la revolución proletaria ya no está en el horizonte del movimiento comunista ni de las masas. En este panorama, la Línea de Reconstitución plantea encarar la rearticulación del movimiento revolucionario por el comunismo no desde la reproducción mecánica de arquetipos asimilados, sino desde la reconstitución ideológico-política del comunismo para situar la teoría revolucionaria en un punto más elevado, superando así dialécticamente las limitaciones y errores de la praxis acumulada. El Movimiento por la Reconstitución, en la línea de masas y tareas de la actualidad, ha experimentado un crecimiento significativo en los últimos años. En este contexto general, Balanç i Revolució (BiR) se presenta como destacamento por la Reconstitución en territorio catalán, aspirando a agrupar y formar la vanguardia teórico-ideológica catalana en el proceso general por la reconstitución del Partido Comunista.

Debido a la singular intersección de diversas contradicciones inmediatas en el Estado español, como son, entre otras, la reorganización del Poder con la ofensiva característica del gran capital en el contexto de crisis sistémica, la correspondiente respuesta de la mediana-pequeña burguesía y la aristocracia obrera, y la cuestión nacional catalana —estrechamente relacionada con el punto anterior—, desde Balanç i Revolució (BiR) creemos conveniente presentarnos mediante un documento donde se exponen nuestras líneas generales de forma vinculada a nuestro posicionamiento sobre el “proceso soberanista”. Es decir, creemos que la inmediatez del 9-N nos ofrece una gran oportunidad para presentarnos y abordar la cuestión, siendo éste un tema realmente polémico, amplio, pendiente de un profundo debate y copado por los análisis revisionistas dominantes.

La cuestión nacional catalana, o general en el Estado español, es algo que exige un escrupuloso estudio histórico, un balance crítico y un posicionamiento claro que rompa con la línea revisionista dominante. Así, para poder entrar de lleno en las tareas actuales respecto a esta cuestión, hace falta profundizar previamente en ella mediante el análisis concreto e histórico de la situación concreta. Esto equivale, en términos marxistas, al análisis histórico de la configuración del Estado español y el encaje de las diversas naciones en él según la organización de la producción e intercambio mercantil capitalistas y la lucha y correlación de clases. Se esbozarán aquí unas líneas generales orientativas; nuestra aportación pretende ser un grano de arena que contribuya al debate profundo y conjunto de la vanguardia comunista sobre el tema.

II. ANÁLISIS GENERAL DEL ESTADO ESPAÑOL

El Estado español es un Estado plurinacional desarrollado sobre la alianza de las grandes burguesías monopolistas de las diversas naciones, que constituyen la columna vertebral del Poder burgués. En el Estado español existe una nación privilegiada-dominante —nación castellana— y un conjunto de naciones oprimidas a las cuales no se les reconoce su carácter nacional, su igualdad de derechos respecto a la nación opresora ni su derecho a la autodeterminación. Así, los rasgos nacionales de la nación opresora tienen un carácter predominante sobre las diversas naciones oprimidas, hecho derivado tanto de la situación pre-jurídica del Estado burgués de sumisión violenta de los territorios, como de las exigencias idiomáticas del modo de producción y del intercambio capitalista, en favor de la lengua mayoritaria, y del carácter general del Estado español. No obstante, las diversas naciones oprimidas presentan cierta «autonomía nacional», reflejo de la forma de desarrollo capitalista en el Estado español y de la alianza interburguesa de su configuración.

Como se puede comprender, entonces, el Estado español es un caso realmente particular de configuración estatal en el proceso de desarrollo capitalista, ya que rompe el esquema dominante de Estado-nación. Esta particularidad histórica en la formación del Estado español moderno está íntimamente relacionada con la articulación e interrelación de las naciones periféricas del Estado —Catalunya y Euskadi, principalmente— en su desarrollo capitalista. Las premisas y formas para la organización social capitalista —masas de campesinos separados de la tierra y trabajadores de los instrumentos de trabajo, producción de mercancías y mercado correspondiente y acumulación originaria de capital— se manifestaron con especial preponderancia en territorio catalán y vasco; su situación geográfica de cara al mercado mediterráneo y atlántico, la fuertemente desarrollada producción manufacturera y, en el caso catalán, un peso considerablemente importante en el mercado colonial y una abundante mano de obra ofrecieron las bases para un desarrollo capitalista más rápido que en otras partes del Estado. Así lo prueban, por ejemplo, la introducción inicial de la máquina de vapor en estos territorios —año 1833, fábrica textil Bonaplata—, la alta tasa de industrialización respecto al resto del Estado y las primeras formas primitivas de movimiento obrero económico —Societat de Protecció Mútua dels Teixidors del Cotó de Barcelona; quema de maquinaria de la fabrica Bonaplata el año 1835, etc.—.

Esta contradicción aparente, este choque de intereses, entre unas regiones periféricas relativamente avanzadas y una mayoría del Estado relativamente atrasada y sometida profundamente a las convulsiones feudales y semi-feudales, llevó a las burguesías nacionales nacientes a abrazar opciones federalistas de organización estatal y la forma de república democrática. Los primeros pasos del catalanismo político o política nacional burguesa catalana, con la figura de Valentí Almirall y la celebración de los Congressos Catalanistes de 1880 y 1883 (fundación del Centre Català, la primera organización política catalanista), se inclinaban en este sentido de denuncia de la sujeción y dependencia de las estructuras dinásticas españolas y a favor de una organización regionalista-federalista del Estado. Es decir, se intentaba arrancar concesiones a un Estado centralista y comparativamente atrasado en favor del desarrollo propio de Catalunya —mediante participaciones puntuales, como en las Cortes de Cádiz, la I República, etc.—. Así, el primer nacionalismo catalán tomaba forma de la mano de una fuerte burguesía naciente en contradicción aparente con el estado de cosas en el resto del Estado español.

Sin embargo, el dominio y agresividad del imperialismo inglés, holandés, etc., y la debilidad y estrechez del mercado colonial español, y posteriormente su pérdida a raíz del Desastre de 1898, sumado todo a los problemas de comunicación del Estado con el exterior y su fuerte dependencia económica, llevó a les naciones periféricas a adoptar un fuerte proteccionismo y a centrarse en el mercado interno español. Esto significaba, entonces, la necesidad para las burguesías periféricas del desarrollo capitalista en todo el Estado, de la forja del mercado interno y del crecimiento de la demanda, y un interés vital por su parte en la participación para la organización de los asuntos del Estado. De estas fechas, de finales del siglo XIX y principios del XX, en la segunda etapa de la Restauración, son las consignas «catalanitzar Espanya» o «fer política a Madrid». En el año 1901 se formó la Lliga Regionalista, partido político de la gran burguesía catalana con importante presencia en Madrid, y, poco antes, en 1895, el homólogo para la gran burguesía vasca, el Partido Nacionalista Vasco. Con todo esto, entonces, las líneas generales del Poder burgués en España se definieron como un amplio y fuerte bloque de grandes burguesías de diversas naciones, de modo que la adecuación del desarrollo capitalista se apartaba del esquema Estado-nación. En otras palabras, de concesiones y exigencias puntuales por unos proyectos propios, la gran burguesía catalana y de otras naciones pasó a integrarse en la estructuración moderna del Estado español como bloque articulado de grandes burguesías. Dentro de este bloque, orgánicamente unido en torno a la nación poderosa, la nación asimilista y conveniente para el desarrollo socio-económico, las grandes burguesías nacionales —a menudo acompañadas, crítica o acríticamente, por las medianas-pequeñas burguesías— han tendido a desarrollar o exigir instrumentos propios de Poder en sus regiones, por medio de Estatutos de Autonomía, etc.; unos instrumentos que, en su conjunto articulado, constituyen un arraigado Estado burgués, un verdadero ideal capitalista o gran capitalista colectivo, como diría Friedrich Engels. Hay que apuntar, además, que la opresión nacional en el Estado español no es una opresión de naciones imperialistas sobre naciones saqueadas —de tipo colonial o semi-colonial—, porque precisamente la alianza de sus grandes burguesías configura un Estado imperialista y el capitalismo está plenamente desarrollado, sino una opresión o sujeción de tipo político, una sumisión política según la estructura configurativa del Estado burgués.

Por tanto, en general, en los últimos dos siglos la gran burguesía catalana ha sido una facción vitalmente interesada en el pactismo para integrarse en el bloque dominante del Estado español. Esto conduce a una primera conclusión importante, a saber: las pretensiones independentistas, no predominantes históricamente en las reclamaciones nacionales catalanas, han provenido y provienen generalmente de sectores de la mediana y pequeña burguesía. En su afán de «lucha» contra el gran capital, la mediana-pequeña burguesía catalana tiende históricamente a integrarse o combatir la alianza de la gran burguesía catalana con la gran burguesía del resto del Estado español [1]; excluida del bloque dominante, especialmente en períodos de crisis, la mediana-pequeña burguesía catalana arremete contra el statu quo del pactismo entre grandes burguesías, ya sea reivindicando formar parte de este como en sentido rupturista-independentista —franca expresión de lucha e identidad de contrarios—. La contradicción interburguesa entre gran burguesía y mediana-pequeña burguesía, entre gran y mediano-pequeño capital, es la contradicción principal que impulsa la orientación del nacionalismo catalán entre dos polos.  Tal contradicción ha tenido y tiene especial fuerza en la situación nacional catalana; la fuerza y arraigo de la mediana-pequeña burguesía en Catalunya aviva el fuego de la cuestión nacional.

Con perspectiva histórica, esta contradicción interburguesa se ha desplegado continua e incansablemente bajo diversas formas. Claros ejemplos son la separación de Solidaritat Catalana —amplia plataforma unitaria de opciones catalanistas variadas— en el año 1907 por el choque irremediable de intereses; y el conflicto rabassaire de los años 30, entre rabassaires —campesinos arrendatarios no-propietarios— y grandes propietarios, traducido en las exigencias de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) y de organizaciones campesinas como Unió de Rabassaires, referentes históricos de la mediana burguesía catalana,  respecto a una legislación a favor del acceso a la propiedad de los rabassaires, y la férrea oposición de la Lliga Regionalista (en general, gran burguesía y terratenientes). La Llei de Contractes de Conreu, aprobada el año 1934, fue recurrida dos veces por la Lliga Regionalista ante el Tribunal de Garantías Constitucionales. La reproducción de esta contradicción llevó incluso al abandono del Parlamento catalán por parte de la Lliga Regionalista.

Todo esto, si se emplea para estudiar la situación concreta del momento actual, permite explicar que el «proceso soberanista» se caracteriza por la intensificación de la contradicción interburguesa principal entre la mediana-pequeña burguesía catalana, con ciertos sectores radicalizados y arrastrando a amplios sectores de la aristocracia obrera, y la gran burguesía pactista catalana, debido a la reacción-ofensiva del bloque dominante del gran capital del Estado español contra otras facciones burguesas (mediana-pequeña burguesía, aristocracia obrera, etc.) para ganar cuota de mercado, fortalecer monopolios, etc [2]. En respuesta a esta ofensiva, la mediana-pequeña burguesía catalana (con mucha fuerza en Catalunya, como se ha comentado), arrastrando a amplios sectores de la aristocracia obrera catalana, entra en contradicción con el bloque dominante del gran capital en que está incluida la gran burguesía catalana adoptando la línea rupturista-independentista.

Después de haber ofrecido algunas pinceladas generales e históricas sobre el transcurso de la contradicción interburguesa principal mencionada, pasaremos ahora a analizar los choques e intereses de tal contradicción en la actualidad. La gran burguesía catalana, así como el resto de grandes burguesías nacionales, no tiene un carácter secesionista; puede dividirse en fracciones más catalanistas o españolistas, pero no cae, en líneas generales, en el saco de la línea rupturista-independentista. Importantes representantes de la gran burguesía monopolista catalana, integrada como parte elemental del bloque dominante del Estado español, como Isidre Fainé (CaixaBank) o Javier Godó (Grupo Godó), claman abiertamente por un «gran pacto» y se han reunido varias veces con el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, para abordar la cuestión nacional [3] (lúcido ejercicio para probar la posición de la gran burguesía catalana es leer las editoriales del diario La Vanguardia). La gran patronal catalana, Foment del Treball Nacional, ante el «proceso soberanista» comparte posición, en líneas generales, con la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE) —claro ejemplo, de nuevo, del bloque entre grandes burguesías nacionales—; se mantiene «al margen», rechaza el camino independentista —incluso el pacto fiscal—, a la vez que urge a realizar «grandes pactos» [4]. La precipitación de los acontecimientos les ha llevado a aceptar, en septiembre de 2014, un posible marco legal y acordado por el bloque dominante para el «proceso soberanista» y algún tipo de «pacto fiscal» para solucionar el problema [5]. Sería un clamoroso error, como lo hacen la mayoría de organizaciones «comunistas», identificar el «proceso soberanista» como una orientación política de la gran burguesía monopolista catalana; esto lleva a una posición realmente incómoda, impotente para comprender la fuerza y ​​el papel de la mediana-pequeña burguesía y su contradicción con la gran burguesía y, a la vez, ambigua en torno a unos propósitos imaginarios de la gran burguesía catalana.

La mediana-pequeña burguesía catalana ha sido la principal fuerza de clase impulsora del camino independentista, proceso emanado de las contradicciones y correlaciones explicadas anteriormente. Su posición e intereses, en «oposición» al bloque dominante de grandes burguesías para integrarse o combatir la alianza de la gran burguesía catalana con la gran burguesía del resto del Estado español, dependen en gran medida de la postura del Gobierno y de las fuerzas políticas del bloque dominante. Si el transcurso de los acontecimientos permiten mejorar su posición en la negociación y estructuración político-económica del Estado español, amplias capas de la mediana-pequeña burguesía —en especial, la mediana burguesía— renunciarán al camino independentista; pero, si la inflexibilidad de la ofensiva del gran capital del bloque dominante permanece férrea, la mediana-pequeña burguesía catalana, excluida y enfrentada vivamente contra el gran capital del bloque dominante, aspirará como proyecto político a romper con el Estado español para configurar la República Catalana [6]. El desarrollo progresivo del «proceso soberanista», ya en un lapso de tiempo reciente, así lo prueba; desde un Estatuto de Autonomía recortado hasta un pacto fiscal negado, esto es, con la continua postura rígida del bloque dominante del gran capital, la mediana-pequeña burguesía ha ido basculando a favor de la independencia política de Catalunya. Así, toda la patronal y varias organizaciones de la mediana-pequeña burguesía catalana se han unido al Pacto Nacional por el Derecho a Decidir—PIMEC, Fepime, Círculo Catalán de Negocios, CECOT, etc.—, a pesar de las iniciales reticencias y vacilaciones explicadas —el Círculo Catalán de Negocios abandonó PIMEC por su negación inicial a tratar la línea independentista [7]—.

Por otra parte, en la actual coyuntura política de polarización, es decir, de intensificación de la contradicción entre gran burguesía catalana y bloque dominante del gran capital en España, y la mediana-pequeña burguesía catalana, el papel de la burguesía catalana no-monopolista, o de segunda línea, es realmente difícil de trazar. Se puede advertir cierto distanciamiento respecto a la gran burguesía monopolista, pero la «capa de transición» entre ellas es fina y característicamente permeable. En cuanto a la aristocracia obrera catalana, la proporcionalidad de intereses con la mediana-pequeña burguesía —sobre todo con los sectores más radicalizados— la ha arrastrado tras la basculación independentista de esta. Así, los sindicatos monopolistas de CCOO y UGT en Catalunya se han alineado a favor del «proceso soberanista», adhiriéndose al Pacto Nacional por el Derecho a Decidir. Sin embargo, esta posición entra en contradicción con el posicionamiento de CCOO y UGT en el ámbito estatal —manifestación de la contradicción secundaria entre mediana-pequeña burguesía y aristocracia obrera de Catalunya y el resto del Estado español—. Además, el seguidismo al bloque independentista ha suscitado discrepancias en sus propias organizaciones [8]. Cabe señalar, sin embargo, que no hay ninguna muralla china entre clases y que, por tanto, sería erróneo concebir una absolutización de sus posiciones —así, por ejemplo, la gran burguesía catalana puede aprovechar la deriva de la mediana-pequeña burguesía catalana para mejorar su articulación en el bloque dominante, puede haber fracciones claramente españolistas de la media burguesía catalana (representadas por Ciutadans (C ‘s), Unión Progreso y Democracia (UPyD) …), etc.—.

Si se echa un vistazo a la correlación política adyacente se puede ver cómo, desde el periodo de los años 80 hasta bien entrado el siglo XXI, Convergència i Unió (CiU) ha representado a la gran burguesía monopolista —junto a otras fuerzas parlamentarias como el partido Socialista de Catalunya (PSC)—, pactista e integrada en el bloque dominante del Estado español —Jordi Pujol era visto como «hombre de Estado» y dicha formación política jugó un papel importante en la configuración y desarrollo vigentes en el Estado español—. En el actual escenario, ante la intensificación de la contradicción entre la gran burguesía y otras capas burguesas inferiores catalanas, CiU ha manifestado claras vacilaciones respecto a su papel histórico. Así, una contradicción secundaria latente en esta organización política, como es la existente entre la línea «conservadora-pactista» de la gran burguesía que históricamente ha representado y la línea «independentista» cercana a la mediana burguesía, ha pasado a primer plano. Actualmente, de la mano de Convergencia Democrática de Catalunya (CDC), parece que en lucha de contrarios con la línea de Unión Democrática de Catalunya (UDC) de los intereses de la burguesía catalana monopolista puede tomar preponderancia la segunda línea —la práctica del futuro inmediato dirá mucho—. Por lo tanto, podría decirse que CiU representa el ala conservadora del «bloque soberanista», correspondiente a la mediana burguesía acomodada y a sectores de la burguesía no monopolista (gran burguesía de segunda línea); hecho que junto con la intersección con la gran burguesía pactista define a CiU y sus contradicciones internas actuales.

Por otra parte, la fuerza política parlamentaria directriz de la línea independentista es ERC, representante histórica de amplias capas de la mediana burguesía principalmente —lo que no excluye vacilaciones hacia otras facciones de clase—. La evolución interna y de su línea política sigue un camino similar a la basculación de la mediana burguesía catalana anteriormente explicada. Además, ERC invitó a numerosas organizaciones de la mediana burguesía a incorporarse al Pacto Nacional, una muestra clara del fortalecimiento y el tejido político-económico que está construyendo. En cuanto a Iniciativa per Catalunya Verds (ICV), la indecisión y vacilaciones internas muestran la contradicción entre una línea más cercana a la mediana burguesía y otra a la pequeña —e incluso a la aristocracia obrera—;  esto se ha acentuado en la actual coyuntura de crisis y ofensiva del gran capital del bloque dominante y los movimientos, entre otros, de CiU. Por tanto, no hay una posición común respecto a la independencia de Catalunya, sino un conglomerado por sectores.

Como fuerzas políticas extra-parlamentarias, cabe señalar el papel que realizan la Asamblea Nacional de Catalunya y Òmnium Cultural, actuando como mecanismo de equilibrio entre los partidos políticos en el movimiento soberanista. Su carácter del bloque de mediana-pequeña burguesía, aunque heterogéneo —Òmnium es más cercano a capas altas de la media burguesía y, ANC se encuentra más próxima o vinculada a sectores de la pequeña burguesía—, se evidencia a través de su importancia en la respuesta independentista de la mediana-pequeña burguesía a la ofensiva del gran capital.

En el ala radicalizada o de izquierda del «bloque soberanista» se encuentran las fuerzas correspondientes a la aristocracia obrera y sectores radicalizados de la pequeña-burguesía. En el primer caso, hay que mencionar a Esquerra Unida i Alternativa (EUiA); en el segundo, aunque con un amplio abanico de relaciones con otros sectores, se encuentra la izquierda independentista. En ella, de la misma forma que en otras organizaciones, se pueden discernir varias contradicciones definitorias. En este caso, según el grado de subordinación a otros sectores del «bloque soberanista» se pueden identificar el ala derechista, representada por Moviment de Defensa de la Terra (MDT) y que confía en la capacidad del «proceso soberanista» para generar una desestabilización aprovechable por la enigmática «revolución» o «transformación social» [9]; el ala izquierdista, representada principalmente por Endavant i Arran [10], críticos y escépticos con el seguidismo a CiU y ERC y la deriva rupturista del «proceso soberanista»; y el ala centrista, basculante y catalizadora entre las dos tendencias anteriores, que ocupa la Candidatura d’Unitat Popular (CUP).

No sería imprudente afirmar, pues, que el resultado del «proceso soberanista» dependerá en gran parte del desarrollo de las contradicciones entre las facciones políticas protagonistas y de las contradicciones en su seno; todo ello en el tablero general de la contradicción principal entre el bloque dominante de las grandes burguesías del Estado español y la mediana-pequeña burguesía catalana y otros sectores inferiores.

En todo este entramado de contradicciones, de intereses y correlaciones de fuerzas de clase, hay que destacar con especial énfasis la situación del proletariado de todo el Estado español, tanto de la nación opresora como de las naciones oprimidas. Esta clase social, la clase social de los desposeídos, no dispone de independencia político-ideológica. En otras palabras, el proletariado es carne de cañón para los intereses de las facciones de clase y los nacionalismos burgueses, tanto de la nación opresora como de la nación oprimida; es aprovechado, manejado y entregado como arma de poder por las respectivas burguesías. La división y enfrentamiento del proletariado de las diferentes naciones del Estado español es una carta jugada por los nacionalismos. Así pues, el proletariado no tiene una línea ni una organización revolucionaria para oponerse a las clases reaccionarias; en ello radica la falta de independencia del proletariado, esposado a los intereses de la burguesía y a la inmediatez de las condiciones actuales. Esto es un hecho. Cabe preguntarse, pues, a qué se debe. En líneas generales, a la derrota actual de la línea revolucionaria, del marxismo —hecho que culmina el último Ciclo revolucionario—. Y, yendo más allá, la derrota o crisis de la línea revolucionaria no debe atribuirse exclusiva o primariamente a factores externos, sino a su propia dinámica dialéctica, al transcurso de sus contradicciones teórico-prácticas, sobre las que pueden actuar e influenciar los factores externos. Es decir, la derrota de la línea revolucionaria en el último Ciclo es una consecuencia de su debilidad, de sus limitaciones y errores; de la incapacidad para resolver y superar (dialécticamente) las contradicciones que surgían y se desarrollaban. El marxismo o teoría revolucionaria no es algo compacto, hermético en sí mismo, acabado y ahistórico, preexistente de la práctica concreta, sino que se encuentra dialécticamente unido a ella (unidad de teoría y práctica); por tanto, se enriquece con ella, se desarrolla de acuerdo a las conclusiones que la práctica puede ofrecer y las necesidades que presenta. De aquí se desprende, ante las condiciones objetivas de innegable derrota y repliegue y para poder rearticular el movimiento práctico-revolucionario, la imperiosa exigencia de sintetizar la praxis acumulada para situar la teoría revolucionaria en un punto más alto, con mayor capacidad para afrontar las tareas prácticas actuales y superar las limitaciones de la práctica revolucionaria anterior [11]. O, dicho de otra forma, la imperiosa exigencia de reconstitución ideológica del marxismo como teoría revolucionaria de vanguardia para las exigencias prácticas de reconstitución del comunismo como movimiento revolucionario de masas.

Hasta aquí se ha ofrecido un análisis general, muy general, sobre la configuración histórica del Estado español, el encaje de las naciones en él y las correlaciones de fuerzas de clase en el «proceso soberanista», y también se ha tratado la necesidad de reconstitución del comunismo ante el panorama de profunda crisis de la línea revolucionaria y la consecuente falta de independencia del proletariado. A continuación se tratarán nuestro posicionamiento y las tareas respecto a la cuestión nacional en general y el derecho a la autodeterminación de Catalunya.

III. CUESTIÓN NACIONAL DESDE EL MARXISMO

Nuestro trabajo, y entendemos que así debe ser para todos los comunistas, se encamina hacia la Revolución Comunista Mundial, hacia la revolución internacional de la clase trabajadora contra el orden social existente. Tal es el objetivo que está a la orden del día, por el que debemos trabajar decididamente todos los comunistas a partir de las tareas del momento actual de reconstitución ideológico-política. El contenido de esta revolución es la lucha internacional del proletariado revolucionario contra el yugo del capital y las clases poseedoras, mediante la guerra revolucionaria de masas o Guerra Popular a partir del Partido Comunista de Nuevo Tipo. El contenido de esta revolución puede tomar forma únicamente si se basa en el internacionalismo proletario, es decir, en la más estrecha colaboración, acción y fusión del proletariado revolucionario de todas las naciones. Sólo una fuerza revolucionaria que fusione al proletariado de todas las naciones contra las clases dominantes puede hacer añicos el poder burgués. Así, nuestro trabajo en la etapa actual se encamina hacia la organización única de la vanguardia teórica marxista de todo el Estado español para la reconstitución política del Partido Comunista de todo el Estado español, por la reconstitución política de la organización revolucionaria de Nuevo Tipo única y central de toda la clase trabajadora del Estado español, que fusione en un mismo cuerpo articulado tanto al proletariado de las naciones oprimidas como de la nación opresora (es preciso señalar que, en caso de independencia de Catalunya, se debería estudiar la opción de forjar el Partido Comunista en la República Catalana, por exigencias del marco político objetivo de lucha, o poder articular un Partido para dos Estados diferentes según la situación que se diera). A su vez, la forma política más adecuada para el Estado-Comuna de transición revolucionaria, por el que nos inclinamos, es un Estado-Comuna unitario y lo más grande posible, que centralice y fusione el esfuerzo del proletariado revolucionario del máximo número de naciones posible [12].

Estas consignas son únicamente factibles con el reconocimiento, defensa y respeto del derecho a la autodeterminación de todas las naciones, de su derecho de libre separación política para convertirse en Estado propio o libre adhesión para unirse a otro Estado. Un movimiento revolucionario internacional basado en la fusión del proletariado revolucionario de naciones opresoras y oprimidas, y la configuración de los Estado-Comuna de transición lo más grandes posibles, son pura fraseología barata si no se basan en la libre unión de los diferentes elementos. No hay libre y fuerte alianza o fusión válidas si es mediante la coacción; sólo bajo el reconocimiento y defensa de la igualdad de derechos de todas las naciones y de su derecho a la autodeterminación puede una fuerza revolucionaria internacionalista tomar forma. Difícilmente es concebible un movimiento revolucionario unitario del proletariado de naciones opresoras y naciones oprimidas si la vanguardia comunista y el proletariado revolucionario de las naciones opresoras no reconocen y luchan decididamente por el derecho a la autodeterminación y la igualdad de derechos de las naciones oprimidas; y un Estado-Comuna revolucionario centralista es difícilmente concebible también si no se basa en la libre adhesión e igualdad de derechos de las naciones que lo conforman. Por tanto, entendemos la necesidad de defender la plena igualdad de derechos y el derecho a la autodeterminación de todas las naciones y el principio internacionalista incondicional de acercamiento y fusión del proletariado internacional —en sentido revolucionario, una cosa no se entiende sin la otra—. Todo ello, la defensa del derecho a la autodeterminación y la plena igualdad entre naciones, implica aceptar el resultado del mandato imperativo de las masas en referendos efectivos; implica un programa y unos hechos concretos y no sólo proclamarlo alegremente de palabra y negarlo en la práctica, como es habitual en los análisis revisionistas.

La defensa de la igualdad de derechos y del derecho a la autodeterminación de todas las naciones, esto es, la reivindicación democrática respecto a las naciones, debe tratarse desde la línea y los objetivos revolucionarios, es decir, desde la lucha revolucionaria totalizadora contra la organización social existente. Las reivindicaciones de tipo democrático, sean del tipo que sean, deben subordinarse por completo al trabajo por la Revolución Comunista, a la lucha revolucionaria y sus tareas y objetivos, y no a la inversa. Si así fuera, si se diera un carácter absoluto y primario a las reivindicaciones democráticas burguesas e inmediatas, el trabajo revolucionario se convertiría en un trabajo basado en un conjunto de luchas parciales cuantitativas, con una orientación espontaneísta e inmediata enmarcada y reproducida en las condiciones dadas. De esa manera se postergarían indefinidamente la línea y el trabajo por la Revolución y se subordinarían los objetivos, formas y tareas a la lucha democrático-burguesa nacional, o a cualquier otra lucha democrática parcial [13]. Grandes ejemplos de todo ello son los lemas «independència per canviar-ho tot», «independència i socialisme», etc.

Por otra parte, la reivindicación democrática por la igualdad de derechos de todas las naciones y su derecho a la autodeterminación debe entenderse en su marco base correspondiente, esto es, en el desarrollo histórico de las naciones y de los Estados en general. Así, la aplicación de estas reivindicaciones, la solución para la cuestión nacional —que no superación del problema nacional, factible únicamente en la fusión de todas las naciones en el comunismo—, puede darse efectivamente dentro del capitalismo e imperialismo. La separación de una u otra nación para convertirse en Estado propio, así como cualquier modificación formal de las fronteras entre Estados capitalistas, es una acción factible y que se ha repetido ampliamente en el marco capitalista internacional. Dicho de otra forma, Catalunya —y Escocia, etc.— puede convertirse en un Estado propio dentro del marco imperialista, puede separarse políticamente de España (en sentido de viabilidad de la aplicación del derecho a la autodeterminación). Tal es el significado del derecho a la autodeterminación, tal es su orientación y amplitud: relación entre Estados, entre naciones. Postergar su aplicación hasta que llegue el socialismo, es decir, admitir su inviabilidad en el marco capitalista, o peor aún, negarlo incluso en el socialismo, denota una clara incomprensión de la naturaleza democrático-burguesa y del marco político de la reivindicación del derecho a la autodeterminación. Es más, esta postura, tal y como se ha explicado antes, obstaculiza la libre unión del proletariado internacional y divide sus esfuerzos, potencia los nacionalismos burgueses y perpetúa la opresión nacional. Y aún hay más: condicionar la defensa del derecho a la autodeterminación, esto es, someter la reivindicación democrática de libre separación de las naciones a criterios unilaterales, equivale a potenciar y defender de facto el nacionalismo burgués de la nación opresora y la opresión nacional ejercida. Todo ello, a pesar de llenarse la boca de internacionalismo y defensa del derecho a la autodeterminación, significa renunciar de facto al derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas en el Estado español —parece que el luxemburguismo aún no ha sido suficientemente combatido—.

Como se ve, el punto cardinal, definitivo, del trato del derecho a la autodeterminación de las naciones gira en torno a la lucha incansable entre nacionalismo e internacionalismo, entre el enfoque burgués y el enfoque revolucionario de la cuestión. Como ya dijera Lenin, «Nacionalismo burgués e internacionalismo proletario: tales son las dos consignas antagónicas irreconciliables, que corresponden a los dos grandes campos de clase del mundo capitalista y expresan dos políticas (es más, dos concepciones) en el problema nacional» [14]. El nacionalismo propugna un enfoque estrictamente exclusivista y circunscrito a la propia nación, tanto en objetivos como en formas, de la cuestión nacional; el internacionalismo propugna un enfoque desde la amplia visión de la necesidad de unidad incondicional del proletariado de naciones opresoras y naciones oprimidas en la línea revolucionaria por el comunismo (sin embargo, aun con apariencia internacionalista y práctica nacionalista, hay organizaciones autodenominadas «revolucionarias», «marxista-leninistas» e «internacionalistas» que proclaman abiertamente que «el nostre objectiu final: la unificació total dels Països Catalans» [15] o que «el nostre treball serà de base dels Països Catalans, de Salses a Guardamar i de Fraga a Maó, en el que treballarem per comarques» [16] ¡Brillante y honesta expresión de internacionalismo!). En general, el nacionalismo se centra en el «correcto», «justo», «libre», etc., desarrollo de la nación en cuestión, mientras que el internacionalismo postula la necesidad de acercamiento y fusión de todas las naciones y del proletariado de todas las naciones en el marco de lucha revolucionaria internacional contra el poder burgués. El nacionalismo se inclina por la «cultura nacional», mientras que el internacionalismo lo hace por la fusión internacional de la cultura proletaria y universal. En definitiva, el nacionalismo es la consigna burguesa y practicista de enfocar la cuestión nacional y el trabajo político en general; el internacionalismo es la consigna proletaria y de principios de tratar la cuestión nacional y el trabajo político en general desde la lucha revolucionaria por el comunismo.

Cabe destacar, por tanto, que la consigna de la plena igualdad entre todas las naciones y de su derecho a la autodeterminación no equivale, ni mucho menos, a identificarse o apoyar los movimientos y aspiraciones nacionalistas de las distintas capas de la burguesía. Por un lado, puede apoyarse esta consigna, elemento básico y elemental como se ha explicado anteriormente, sin posicionarse a favor de la separación política de tal o cual nación por los intereses concretos del movimiento revolucionario y el proletariado (más adelante trataremos nuestro posicionamiento concreto ante el ejercicio del derecho a la autodeterminación de Catalunya). Por otra parte, puede aplicarse tal consigna –y así hemos de aplicarla– de forma totalmente opuesta, desde la línea revolucionaria e internacionalista, como se ha visto. Es más, en la época actual de capitalismo maduro, el imperialismo, cuando la organización mercantil-capitalista de la sociedad se ha impuesto y desarrollado por encima de viejas formas de producción y la fusión internacional del capital en estructuras comunes, el borrado de las barreras nacionales y la múltiple asimilación entre naciones son ya una tendencia histórica universal del capitalismo [17], la actitud del proletariado hacia los movimientos nacionalistas burgueses —la mayoría de los cuales carecen ya de contenido revolucionario— debe ser claramente diferente respecto a la primera época del capitalismo. En la etapa de intensas luchas revolucionarias entre las formas capitalistas y formas feudales y semi-feudales, en la etapa de configuración y consolidación del sistema político-económico capitalista, los múltiples movimientos nacionales de la burguesía tenían un carácter revolucionario para destruir lo «viejo» y desarrollar lo «nuevo», para crear Estados nacionales frente los vestigios aristocráticos. En esta etapa de capitalismo naciente, centrado en el desarrollo interior de las naciones y los Estados, de los mercados nacionales y primarios, el proletariado luchó a menudo junto a capas de la burguesía nacional contra las viejas formas de organización social —las revoluciones de 1848 en toda Europa son un claro ejemplo—. Con el asentamiento del sistema capitalista y el desarrollo de sus formas y contradicciones, con la superación del estrecho marco del mercado nacional y la configuración monopolista, los movimientos nacionalistas han perdido, en la mayoría de casos, su vertiente revolucionaria para el proletariado. Por lo tanto, para tratar la cuestión nacional, la distinción entre la línea burguesa y la línea proletaria, entre el nacionalismo y el internacionalismo, es extremadamente necesaria, así como también potenciar la lucha de líneas entre ellas. Así, en la consigna del derecho a la autodeterminación e igualdad de todas las naciones el proletariado puede y debe oponer y aplicar la política internacionalista, su política independiente de clase.

Adentrémonos más, sin embargo, en la anterior concepción unilateral de identificar el pleno reconocimiento de los derechos y libertades de todas las naciones con apoyar movimientos nacionalistas burgueses. Y es que si se rechaza la consigna democrática de plena igualdad entre todas las naciones y de su derecho a la autodeterminación bajo el argumento de que es una consigna apoyada o impulsada por sectores de la burguesía nacional —o cualquier otro motivo—, se acepta de facto la consigna nacionalista-reaccionaria de las burguesías de las naciones opresoras y la opresión nacional —vuelve a aparecer el fantasma del luxemburguismo—. En lugar de hacer de la cuestión nacional una cuestión proletaria, de subordinarla a los objetivos revolucionarios y tratarla desde el internacionalismo, se encasilla en el campo de la burguesía, se renuncia a ella, se entiende como algo nocivoextrañoajeno. A su vez, intentar implantar o adecuar en el orden de cosas actual los ideales de organización política revolucionaria de los Estados y las naciones, esto es, negar el derecho a la autodeterminación en tanto los comunistas aspiramos a la fusión de las naciones, denota un estrecho punto de vista sobre las tareas revolucionarias, todo obstaculizando la articulación de la libre unión del proletariado de varias naciones, y legitima de nuevo la opresión nacional.

Por tanto, en definitiva, desde Balanç i Revolució (BiR) reconocemos, aceptamos y defendemos con todas las consecuencias resultantes la aplicación del derecho a la autodeterminación para Catalunya y el resto de naciones del Estado español —es decir, su derecho a la libre separación política del Estado español—, en base y a partir de la política internacionalista de fusión del proletariado catalán con el resto del proletariado del Estado español en una organización revolucionaria única y central para la lucha por el comunismo. Las tareas que se nos presentan al conjunto de la vanguardia teórica marxista del Estado español respecto a la cuestión nacional pueden enfocarse —y deben enfocarse— desde dos puntos diferentes, pero de denominador común (unidad dialéctica). Por un lado, en la nación opresora la vanguardia teórica marxista debe poner énfasis en la necesidad de reconocer, aceptar y luchar por el derecho a la autodeterminación de todas las naciones del Estado oprimidas por su nación, sin olvidar las tareas por la organización central y única de todo el proletariado. Por otra parte, en las naciones oprimidas la vanguardia teórica marxista debe poner énfasis en la necesidad de la organización única y central de la clase trabajadora de todo el Estado, en la fuerza y conveniencia de la fusión del proletariado de las diversas naciones para la lucha revolucionaria, sin olvidar la defensa y lucha por el derecho a la autodeterminación de la propia nación. En ambos casos, esto se debe realizar en una constante lucha de dos líneas contra los nacionalismos respectivos que recluyen, dividen y enfrentan al proletariado y contra las formas revisionistas de enfocar la cuestión nacional —que, al fin y al cabo, como se ha visto, terminan en el campo de los nacionalismos—. Estas tareas concretas de la vanguardia teórica marxista en formación se adecuan al momento actual de reconstitución ideológico-política del comunismo y a sus tareas y objetivos generales.

IV. POSICIONAMIENTO

Una hipotética separación política de Catalunya en Estado independiente forzaría —si no lo está consiguiendo ya el «proceso soberanista»— una clara agudización de las contradicciones en el bloque dominante del Estado español, principalmente, y en las estructuras monopolistas europeas, secundariamente, en virtud de la reestructuración político-económica adyacente y las nuevas correlaciones de fuerzas que surgirían. Es importante resaltar esto, no en el sentido mecanicista y vulgar compartido por sectores revisionistas según el cual la agudización objetiva podría propiciar automática y mecánicamente algún tipo de movimiento revolucionario —es necesario el salto cualitativo de la conciencia social proletaria a partir de la fusión en las masas de la teoría revolucionaria, por medio de la acción y mediación del Partido Comunista de Nuevo tipo—, sino en el sentido de debilidad del enemigo de clase y contexto de politización, de caldo de cultivo para trabajar la conciencia revolucionaria. En el mismo sentido, probablemente la independencia política como Estado de Catalunya aliviaría las tensiones nacionalistas entre el proletariado de las diferentes naciones y pondría a la orden del día otras cuestiones. Dicho de otra forma, con la resolución de la opresión nacional respecto a Catalunya y la separación en Estado independiente, los objetivos y las tareas para la acción conjunta del proletariado de Catalunya y las demás naciones del Estado español encontrarían probablemente un mejor escenario, más distendido en términos nacionalistas.

Por otra parte, entendemos que únicamente la franca y directa expresión democrática de las masas por mandato imperativo en referéndum puede aplicar el derecho a la autodeterminación. Otros caminos o formas de intentar «conducir» la aplicación del derecho a la autodeterminación, otros caminos o formas que releguen el protagonismo directo de las masas, son herramientas útiles para la mediana-pequeña burguesía catalana y otros sectores en la negociación por sus intereses frente al bloque del gran capital. Así, la pseudo-consulta del nuevo 9-N se presenta como mecanismo para utilizar el movimiento y la participación de masas como carne de cañón ante el Estado español en tal negociación. Por lo tanto, rechazamos esta forma o camino estratégico de las facciones burguesas independentistas como ejercicio del derecho a la autodeterminación; no obstante, en tanto ejercicio participativo, entendemos que la libertad de voto es la consigna adecuada. En la misma línea, la celebración de elecciones plebiscitarias como mecanismo parlamentario sustitutivo del mandato imperativo de las masas en referéndum efectivo es una expresión aún más lúcida del uso y maniobras consecuentes por parte de la mediana-pequeña burguesía catalana en su relación contractual con el bloque dominante. En el momento actual de redacción del documento, parece claro que el Estado español impugnará y suspenderá también la pseudo-consulta, en la línea general de la ofensiva-respuesta del bloque dominante contra las reivindicaciones de la mediana-pequeña burguesía (hay que dejar claro que el Estado también utiliza todo este tira y afloja para tapar sus propias corruptelas). Además, dada la falta de voluntad, el legalismo burgués y la debilidad de las fuerzas políticas consecuentemente independentistas para poder convocar un referéndum efectivo, se puede llegar a la conclusión de que el referéndum efectivo no se celebrará.

Así, desde Balanç i Revolució (BiR) instamos al boicot ante unas elecciones plebiscitarias y a la libre participación y voto en cualquier ejercicio participativo, desde los objetivos y tareas internacionalistas de trabajo para la Revolución Comunista desarrollados anteriormente. Del mismo modo, instamos a las masas a cuestionarse, enfrentarse y desobedecer el marco legal burgués para poder aplicar debidamente el derecho a la autodeterminación de Catalunya.

La nación, como formación histórica burguesa, es uno de los grandes Minotauros en el inmenso laberinto del sistema capitalista. Muchos son los que, mansos, se postran ante él, mientras que otros tantos tratan de esquivarlo. Confrontarlo forma parte de las tareas históricas e ineludibles de los comunistas, y no hay mejor manera que enarbolando de manera efectiva el derecho a la autodeterminación. Eso hacemos nosotros, plenamente conscientes de que al mismo tiempo retomamos la senda que nos marca ese hilo rojo de Ariadna, con el objetivo de salir del odioso laberinto y llegar a nuestra meta: la humanidad plenamente emancipada, donde las naciones y la explotación del hombre por el hombre no serán más que polvo, reliquias antediluvianas procedentes de la noche de los tiempos.

COMPLETA IGUALDAD DE DERECHOS DE LAS NACIONES; DERECHO DE AUTODETERMINACIÓN DE LAS NACIONES; FUSIÓN DE LOS OBREROS DE TODAS LAS NACIONES; TAL ES EL PROGRAMA NACIONAL QUE ENSEÑA A LOS OBREROS EL MARXISMO, QUE ENSEÑA LA EXPERIENCIA DEL MUNDO ENTERO
V. I. LENIN
¡PROLETARIOS DEL MUNDO, UNÍOS!

3 de noviembre de 2014, Catalunya.

[1]

Las razones materiales de la contradicción interburguesa entre la gran burguesía y la mediana-pequeña burguesía radican en el hecho de que la segunda requiere para su desarrollo un marco económico de acción más local, más autónomo, y unos mecanismos anti-monopolistas que garanticen la protección respecto al gran capital, en contraposición a los intereses y mecanismos internacionales de la burguesía financiera.

[2]

En el contexto de crisis actual, la ofensiva del gran capital, manifestada en una aceleración de la concentración del capital, se acentúa y presenta un escenario de proletarización de capas bajas de la mediana-pequeña burguesía y radicalización de la aristocracia obrera. Esto significa la intensificación en diferentes ámbitos de la oposición de intereses entre el bloque monopolista y la mediana-pequeña burguesía y sectores inferiores.

[3]

http://www.directe.cat/noticia/291788/reunio-secreta-de-rajoy-amb-faine-i-godo-per-aturar-el-proces-sobiranista

[4]

http://www.elsingular.cat/cat/notices/2013/02/foment_del_treball_plega_veles_eludeix_el_sobiranisme_i_el_pacte_fiscal_92829.php

[5]

http://www.diaridegirona.cat/catalunya/2014/09/16/gay-montella-reitera-foment-treball/687879.html

[6]

La República Catalana como objetivo del proyecto político de amplias capas de la mediana-pequeña burguesía catalana y otras facciones inferiores es la homóloga de la III República anhelada por la mediana-pequeña burguesía de la nación opresora. Las divergencias entre la mediana-pequeña burguesía catalana y su contraparte en la nación opresora, en su oposición al gran capital, se manifiestan también en la actitud de sus respectivos partidos políticos hacia el proceso soberanista.

[7]

http://www.324.cat/noticia/2419380/economia/El-Cercle-Catala-de-Negocis-abandona-la-PIMEC-per-haver-impedit-la-votacio-sobre-lestat-propi

[8]

http://www.eltriangle.eu/cat/notices/2014/03/crisi-a-ugt-i-ccoo-pel-sobiranisme-38697.php

[9]

http://www.llibertat.cat/2014/09/que-cal-fer-27821

[10]

Esta dualidad de líneas puede situarse fuera de la provincia de Girona, del Alt Maresme, zonas como Badalona, ​​etc., para que en estos lugares la hegemonía del MDT no es cuestionada por las organizaciones de raíz, SEPC o CUP.

[11]

La reconstitución ideológica del comunismo, por tanto, no es un ejercicio académico, y por eso mismo es algo que no se realiza desde la teoría para la teoría, es decir, en función del ensamblaje completo de un supuesto corpus teórico preestablecido y que permaneciera como entelequia teórica oculta que fuera necesario desvelar y recuperar del limbo del pensamiento puro. Al contrario, la reconstitución ideológica se realiza desde la teoría para la práctica, es decir, en función de los intereses concretos y reales del movimiento de Reconstitución política, en función de los problemas reales que la vanguardia necesita resolver para dar continuidad a ese movimiento y para ampliarlo en su base. Nueva Orientación en el camino de la reconstitución del partido comunista (I) – El Martinete, nº 19, pág. 126. Año de publicación: 2006.

[12]

La centralización política, desde el punto de vista del marxismo, corresponde al sistema de organización económica comunista de propiedad social de todo el pueblo sobre los medios de producción, así como a los intereses inmediatos de la Revolución Comunista mencionados en el texto.

[13]

Otras luchas parciales que amplios sectores del revisionismo presentan como ámbito de lucha o camino para la acumulación de fuerzas hasta el momento en que tenga lugar una crisis revolucionaria son el republicanismo, el feminismo, las mareas de colores, etc.

[14]

V. I. Lenin, «Notas críticas sobre el problema nacional», 1913; pág. 18, Volumen VI, Obras Escogidas; Edición Progreso, Moscú, 1973.

[15]

Front Revolucionari dels Països Catalans (FRPC), «Comunicat davant el referèndum del 9N al Principat», julio de 2014; http://frpc.noblogs.org/post/2014/07/28/comunicat-davant-el-referendum-del-9n-al-principat/

[16]

Front Revolucionari dels Països Catalans (FRPC), «Manifest fundacional del FRPC», abril de 2014; http://frpc.noblogs.org/post/2014/04/

[17]

La gran burguesía lo explica así: «el objetivo de asegurar el adecuado funcionamiento del mercado único y profundizar en su desarrollo exige el establecimiento de normas homogéneas y la coordinación de un cierto número de instrumentos de política económica, lo que reduce la capacidad de las autoridades nacionales para influir de forma autónoma sobre sus economías. […]. Las vertientes de la política económica más relevantes para el funcionamiento de un mercado único son las que han sido objeto de un mayor grado de centralización. […]. El mercado único exige eliminar las restricciones que limitan la concurrencia y, en particular, las prácticas proteccionistas que, de un modo u otro, las autoridades nacionales pueden intentar introducir o mantener para reforzar la posición en el mercado de las empresas autóctonas ». («El análisis de la economía española», Servicios de Estudios del Banco de España; pàg. 67, Alianza Editorial, Madrid, 2005).

CATALÀ:

El parany del nacionalisme

Document sobre la qüestió nacional catalana i les tasques dels comunistes

I.  INTRODUCCIÓ

Balanç i Revolució (BiR) es presenta com a grup o destacament d’avantguarda en territori català per la reconstitució ideològico-política del comunisme, en objectiu del Partit Comunista de Nou Tipus a l’Estat espanyol per la Revolució Proletària Mundial. Degut al caràcter del moment actual —derrota i replegament del comunisme, expressat amb la fi de l’últim Cicle Revolucionari (1917-1989)—, la nostra tasca s’enfoca elementalment en la formació polifacètica de quadres revolucionaris, per mitjà del balanç o síntesi del passat Cicle Revolucionari, la lluita de dues línies i el treball teòrico-ideològic general, en camí conscient de la formació i organització de l’avantguarda teòrica marxista (reconstitució ideològica) com una premissa bàsica per la formació del Partit Comunista (reconstitució política).

Actualment, la línia revolucionària es troba en plena derrota i replegament, incapaç de tractar les tasques i contradiccions del moment actual i, per consegüent, el revisionisme és la línia dominant en el Moviment Comunista Internacional, en tot el ventall de línies que el conformen. A l’Estat espanyol en concret es reprodueix, en línies generals, aquesta situació en l’àmplia multiplicitat d’organitzacions “comunistes”; la revolució proletària ja no està en l’horitzó del moviment comunista ni de les masses. En aquest panorama, la Línia de Reconstitució planteja encarar  la rearticulació del moviment revolucionari pel comunisme no des de la reproducció mecànica d’arquetips assimilats, sinó des de la reconstitució ideològico-política del comunisme per situar la teoria revolucionària en un punt més alt tot superant dialècticament les limitacions i errors de la praxis acumulada. El Moviment per a la Reconstitució, en la línia de masses i tasques de l’actualitat, experimenta un creixement significatiu en els darrers anys. En aquest context general, Balanç i Revolució (BiR) es presenta com a destacament per la Reconstitució en territori català, aspirant a agrupar i formar l’avantguarda teòrico-ideològica catalana en el procés general per la reconstitució del Partit Comunista.

Degut a la singular intersecció de diverses contradiccions immediates en l’Estat espanyol, com són, entre altres, la reorganització del Poder amb l’ofensiva característica del gran capital en el context de crisis sistèmica, i la corresponent resposta de la mitjana-petita burgesia i l’aristocràcia obrera, i la qüestió nacional catalana —estretament relacionada amb el punt anterior—, des de Balanç i Revolució (BiR) trobem convenient presentar-nos mitjançant un document on s’exposen les nostres línies generals de forma vinculada al nostre posicionament sobre el “procés sobiranista”.  És a dir, creiem que la immediatesa del 9-N ens ofereix una gran oportunitat per presentar-nos i abordar la qüestió, en el sentit de ser un tema certament polèmic, ampli, pendent d’un profund debat i amb anàlisis revisionistes dominants.

La qüestió nacional catalana, o general en l’Estat espanyol, és quelcom que exigeix un escrupolós estudi històric, un balanç crític i un posicionament clar que trenqui amb la línia revisionista dominant. Així, per poder entrar de ple en les tasques actuals respecte aquesta qüestió, cal aprofundir prèviament en ella mitjançant l’anàlisi concreta i històrica de la situació concreta. Això equival, en termes marxistes, a l’anàlisi històrica de la configuració de l’Estat espanyol i l’encaix de les diverses nacions en ell segons l’organització de la producció i intercanvi mercantil-capitalistes i la lluita i correlació de classes. S’esbossaran aquí unes línies generals orientatives; la nostra aportació pretén ser un gra de sorra més per contribuir a un debat més profund i conjunt de l’avantguarda comunista sobre el tema.

II. ANÀLISI GENERAL DE L’ESTAT ESPANYOL

L’Estat espanyol és un Estat plurinacional desenvolupat sobre l’aliança de les grans burgesies monopolistes de les diverses nacions, que constitueixen la columna vertebral del Poder burgès. A l’Estat espanyol, existeix una nació privilegiada-dominant —nació castellana— i un conjunt de nacions oprimides a les quals no se’ls reconeix el seu caràcter nacional, la seva igualtat de drets respecte la nació opressora i el seu dret a l’autodeterminació. Així, els trets nacionals  de la nació opressora tenen un caràcter predominant sobre les diverses nacions oprimides, fet que es desprèn tant de la situació pre-jurídica de l’Estat burgès de submissió violenta dels territoris, com de les exigències idiomàtiques del mode de producció i d’intercanvi capitalista, en favor de la llengua majoritària, i del caràcter general de l’Estat espanyol. No obstant això, les diverses nacions oprimides presenten certa «autonomia nacional», reflex de la forma de desenvolupament capitalista a l’Estat espanyol i de l’aliança interburgesa de la seva configuració.

Com es pot comprendre, doncs, l’Estat espanyol és un cas realment particular de configuració estatal en el procés de desenvolupament capitalista, ja que trenca l’esquema dominant d’Estat-nació. Aquesta particularitat històrica en la formació de l’Estat espanyol modern està íntimament relacionada amb l’articulació i interrelació de les nacions perifèriques de l’Estat —Catalunya i País Basc, principalment— en el seu desenvolupament capitalista. Les premisses i formes per l’organització social capitalista —masses de camperols separats de la terra i treballadors separats dels instruments de treball, producció de mercaderies i mercat corresponent i acumulació originària de capital— van manifestar-se amb especial preponderància en territori català i basc; la seva situació geogràfica de cara al mercat mediterrani i atlàntic, la fortament desenvolupada producció manufacturera en ells i, en el cas català, un pes considerablement important en el mercat colonial i una abundant mà d’obra van oferir les bases per un desenvolupament capitalista més ràpid que en altres parts de l’Estat. Així ho proven, per exemple, la introducció inicial de la màquina de vapor en aquests territoris —any 1833, fàbrica tèxtil Bonaplata—, l’alta taxa d’industrialització respecte la resta de l’Estat i les primeres formes primitives de moviment obrer econòmic —Societat de Protecció Mútua dels Teixidors del Cotó de Barcelona; crema de maquinària de la fàbrica Bonaplata l’any 1835, etc.—.

Aquesta contradicció aparent, aquest xoc d’interessos, entre unes relativament avançades regions perifèriques i una majoria de l’Estat relativament endarrerida sotmesa profundament a les convulsions feudals i semi-feudals, portà a les burgesies nacionals naixents a abraçar opcions federalistes d’organització estatal i la forma de república democràtica. Els primers passos del catalanisme polític o política nacional burgesa catalana, amb la figura de Valentí Almirall i la celebració dels Congressos Catalanistes de 1880 i 1883 (fundació de Centre Català, la primera organització política catalanista), s’inclinaven en aquest sentit de denúncia de la subjecció i dependència de les estructures dinàstiques espanyoles i en favor d’una organització regionalista-federalista de l’Estat. És a dir, s’intentaven arrencar concessions a un Estat centralista i comparativament endarrerit en favor del desenvolupament propi de Catalunya        —mitjançant participacions puntuals, com a les Corts de Cadis, a la I República, etc.—. Així, el primer nacionalisme català prenia forma de la mà d’una forta burgesia naixent en contradicció aparent amb l’estat de coses a la resta de l’Estat espanyol.

Però, el domini i agressivitat dels imperialismes anglès, holandès, etc., i la feblesa i estretor del mercat colonial espanyol, i posteriorment la seva pèrdua arran del Desastre de 1898, sumat tot als problemes de comunicació de l’Estat amb l’exterior i la seva forta dependència econòmica, portà a les nacions perifèriques a adoptar un fort proteccionisme i a centrar-se en el mercat intern espanyol. Això significava, doncs, la necessitat per les burgesies perifèriques del desenvolupament capitalista arreu de l’Estat, de la forja del mercat intern i el creixement de la demanda, i un interès vital per part seva en la participació per l’organització dels afers de l’Estat. D’aquestes dates, de la darreria del segle XIX i els inicis del XX, en la segona etapa de la Restauració, són les consignes «catalanitzar Espanya» o «fer política a Madrid». L’any 1901 es va formar la Lliga Regionalista, partit polític de la gran burgesia catalana amb important presència a Madrid, i, poc abans, el 1895, l’homòleg per la gran burgesia basca, el Partit Nacionalista Basc. Amb tot això, doncs, les línies generals del Poder burgès a Espanya es van definir com un ampli i fort bloc de grans burgesies de diverses nacions, de forma que l’adequació del desenvolupament capitalista s’allunyava de l’esquema Estat-nació. En altres paraules, de concessions i exigències puntuals per uns projectes propis, la gran burgesia catalana i d’altres nacions van passar a integrar-se en l’estructuració moderna de l’Estat espanyol com a bloc articulat de grans burgesies. Dins d’aquest bloc, orgànicament unit entorn la nació poderosa, la nació assimilista i convenient pel desenvolupament socio-econòmic, les grans burgesies nacionals —sovint acompanyades, crítica o acríticament, per les mitjanes-petites burgesies— han tendit a desenvolupar o exigir instruments propis de Poder en les seves regions, per mitjà d’Estatuts d’Autonomia, etc.; uns instruments que, en el seu conjunt articulat, constitueixen un arrelat Estat burgès, un veritable ideal capitalista o gran capitalista col·lectiu, com diria Friedrich Engels. Cal fer notar, a més, que l’opressió nacional a l’Estat espanyol no és una opressió de nacions imperialistes envers nacions saquejades —de tipus colonial o semi-colonial—, perquè precisament l’aliança de les seves grans burgesies configura un Estat imperialista i el capitalisme està plenament desenvolupat, sinó una opressió o subjecció de tipus polític, una submissió política segons l’estructura configurativa de l’Estat burgès.

Per tant, en general, en els últims dos segles la gran burgesia catalana ha estat una facció vitalment interessada en el pactisme per integrar-se en el bloc dominant de l’Estat espanyol. Això condueix a una primera conclusió important, a saber: les pretensions independentistes, no predominants històricament en les reclames nacionals catalanes, han provingut i provenen generalment de sectors de la mitjana i petita burgesia. En l’afany de «lluita» contra el gran capital, la mitjana-petita burgesia catalana s’orienta històricament a integrar-se o combatre l’aliança de la gran burgesia catalana amb la gran burgesia de la resta de l’Estat espanyol [1]; exclosa del bloc dominant, especialment en períodes de crisi, la mitjana-petita burgesia catalana arremet contra l’status quo del pactisme entre grans burgesies, ja sigui en sentit reivindicatiu de formar-hi part com en sentit rupturista-independentista —franca expressió de lluita i identitat de contraris—. La contradicció interburgesa entre gran burgesia i mitjana-petita burgesia, entre gran i mitjà-petit capital, és la contradicció principal que impulsa l’orientació del nacionalisme català entre dos pols.  Tal contradicció ha tingut i té especial força en la situació nacional catalana; la força i arrelament de la mitjana-petita burgesia a Catalunya aviva el foc de la qüestió nacional.

Amb perspectiva històrica, aquesta contradicció interburgesa s’ha desplegat contínua i incansablement sota diverses formes. Clars exemples són el trencament de Solidaritat Catalana —àmplia plataforma unitària d’opcions variades catalanistes— l’any 1907 pel xoc irremeiable d’interessos; i el conflicte rabassaire dels anys 30, entre rabassaires —pagesos arrendataris no-propietaris— i grans propietaris, traduït en les exigències d’Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) i d’organitzacions pageses com Unió de Rabassaires, referents històrics de la mitjana burgesia catalana,  per una legislació a favor de l’accés a la propietat dels rabassaires, i la fèrria oposició de la Lliga Regionalista (en general, gran burgesia i terratinents). La Llei de Contractes de Conreu, aprovada l’any 1934, fou recorreguda dues vegades per la Lliga Regionalista davant el Tribunal de Garanties Constitucionals. La reproducció d’aquesta contradicció portà fins i tot a l’abandonament del Parlament català de la Lliga Regionalista.

Tot això, si s’empra per a estudiar la situació concreta del moment actual, permet explicar que el «procés sobiranista» es caracteritzi per la intensificació de la contradicció interburgesa principal entre la mitjana-petita burgesia catalana, amb certs sectors radicalitzats i arrossegant a amplis sectors de l’aristocràcia obrera, i la gran burgesia pactista catalana, deguda a la reacció-ofensiva del bloc dominant del gran capital de l’Estat espanyol contra altres faccions burgeses (mitjana-petita burgesia, aristocràcia obrera, etc.) per guanyar quota de mercat, enfortir monopolis, etc [2]. En resposta a aquesta ofensiva, la mitjana-petita burgesia catalana (amb molta força a Catalunya, com s’ha comentat), arrossegant a amplis sectors de l’aristocràcia obrera catalana, entra en contradicció amb el bloc dominant del gran capital en què està inclosa la gran burgesia catalana adoptant la línia rupturista-independentista.

Després d’haver ofert algunes pinzellades generals i històriques sobre el transcurs de la contradicció interburgesa principal esmentada, ara s’analitzaran els xocs i interessos de tal contradicció en l’actualitat. La gran burgesia catalana, així com la resta de grans burgesies nacionals, no té un caràcter secessionista; pot dividir-se en fraccions més catalanistes o espanyolistes, però no cau, en línies generals, en el sac de la línia rupturista-independentista. Importants representants de la gran burgesia monopolista catalana, integrada com a part elemental del bloc dominant de l’Estat espanyol, com Isidre Fainé (CaixaBank) o Javier Godó (Grup Godó), clamen obertament per un «gran pacte» i s’han reunit vàries vegades amb el president del Govern espanyol, Mariano Rajoy, per abordar la qüestió nacional [3]. (Lúcid exercici per provar la posició de la gran burgesia catalana és llegir les editorials del diari La Vanguardia). La gran patronal catalana, Foment del Treball Nacional, davant el «procés sobiranista» comparteix posició, en línies generals, amb la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE) —clar exemple, de nou, del bloc entre grans burgesies nacionals—; es manté «al marge», rebutja el camí independentista —fins i tot el pacte fiscal—, a la vegada que urgeix «grans pactes» [4]. La precipitació dels esdeveniments l’ha portat a acceptar, el setembre de 2014, un possible marc legal i acordat pel bloc dominant pel «procés sobiranista» i algun tipus de «pacte fiscal» per solucionar el problema [5]. Seria un clamorós error, com ho fan la majoria d’organitzacions «comunistes», identificar el «procés sobiranista» com una orientació política de la gran burgesia monopolista catalana; això porta a una posició realment incòmoda, impotent per comprendre la força i el paper de la mitjana-petita burgesia i la seva contradicció amb la gran burgesia i, a la vegada, ambigua entorn uns propòsits imaginaris de la gran burgesia catalana.

La mitjana-petita burgesia catalana ha estat la principal força de classe impulsora del camí independentista, procés emanat de les contradiccions i correlacions explicades anteriorment. La seva posició i interessos, en «oposició» al bloc dominant de grans burgesies per integrar-se o combatre l’aliança de la gran burgesia catalana amb la gran burgesia de la resta de l’Estat espanyol, depenen en gran mesura del posat del Govern espanyol i de les forces polítiques del bloc dominant. Si el transcurs dels esdeveniments permeten millorar la seva posició en la negociació i estructuració político-econòmica de l’Estat espanyol, àmplies capes de la mitjana-petita burgesia —en especial, la mitjana burgesia— renunciaran al camí independentista; però, si la inflexibilitat de l’ofensiva del gran capital del bloc dominant roman fèrria, la mitjana-petita burgesia catalana, exclosa i enfrontada vivament contra el gran capital del bloc dominant, aspirarà com a projecte polític a trencar amb l’Estat espanyol per configurar la República Catalana [6]. El desenvolupament progressiu del «procés sobiranista», ja en un lapse de temps recent, així ho prova; des d’un Estatut d’Autonomia retallat fins a un pacte fiscal negat, això és, amb la contínua postura rígida del bloc dominant del gran capital, la mitjana-petita burgesia ha anat basculant a favor de la independència política de Catalunya. Així, tota la patronal i diverses organitzacions de la mitjana-petita burgesia catalana s’han unit al Pacte Nacional pel Dret a Decidir —PIMEC, Fepime, Cercle Català de Negocis, CECOT, etc.—, malgrat les inicials  reticències i vacil·lacions explicades —el Cercle Català de Negocis abandonà PIMEC per la seva negació inicial a tractar la línia independentista [7]—.

Per altra banda, en l’actual conjuntura política de polarització, és a dir, d’intensificació de la contradicció entre gran burgesia catalana, i bloc dominant del gran capital a l’Estat espanyol, i la mitjana-petita burgesia catalana, el paper de la burgesia catalana no-monopolista, o de segona línia, és realment difícil de traçar. Es pot dilucidar cert distanciament respecte la gran burgesia monopolista, però la «capa de transició» entre elles és fina i característicament permeable. Pel que fa a l’aristocràcia obrera catalana, la proporcionalitat d’interessos amb la mitjana-petita burgesia —sobretot amb els sectors més radicalitzats— l’ha arrossegat darrere la basculació independentista d’aquesta. Així, els sindicats monopolistes de CCOO i UGT a Catalunya s’han alineat a favor del «procés sobiranista», adherint-se al Pacte Nacional pel Dret a Decidir. No obstant això, aquesta posició entra en contradicció amb el posicionament de CCOO i UGT  d’àmbit estatal —manifestació de la contradicció secundària entre mitjana-petita burgesia i aristocràcia obrera de Catalunya i la resta de l’Estat espanyol—. A més, el seguidisme al bloc independentista ha suscitat discrepàncies en les seves pròpies organitzacions [8]. Cal assenyalar, amb tot, que no hi ha cap muralla xinesa entre classes i que, per tant, seria erroni concebre una absolutització de les seves posicions —així, per exemple, la gran burgesia catalana pot aprofitar la deriva de la mitjana-petita burgesia catalana per millorar la seva articulació en el bloc dominant, pot haver fraccions clarament espanyolistes de la mitjana burgesia catalana (representades per Ciutadans (C’s), Unión Progreso y Democracia (UPyD)…), etc.—.

Si es fa una ullada a la correlació política adjacent, es pot veure com, des del període dels anys 80 fins ben entrat el segle XXI, Convergència i Unió (CiU) ha representat a la gran burgesia monopolista —junt a altres forces parlamentàries com el Partit Socialista de Catalunya (PSC)—, pactista i integrada en el bloc dominant de l’Estat espanyol —Jordi Pujol era vist com «home d’Estat» i tal formació política va jugar un paper important en la configuració i desenvolupament vigents de l’Estat espanyol—. En l’actual escenari, davant la intensificació de la contradicció entre la gran burgesia i altres capes burgeses inferiors catalanes, CiU ha manifestat clares vacil·lacions respecte el seu paper històric. Així, una contradicció secundària latent en aquesta organització política, com és l’existent entre la línia «conservadora-pactista» de la gran burgesia que històricament ha representat i la línia «independentista» propera a la mitjana burgesia, ha passat a primer pla. Actualment, de la mà de Convergència Democràtica de Catalunya (CDC), sembla que en tal lluita de contraris amb la línia d’Unió Democràtica de Catalunya (UDC) dels interessos de la burgesia catalana monopolista pot prendre preponderància la segona línia —la pràctica del futur immediat dirà molt—. Per tant, podria dir-se que CiU representa l’ala conservadora del «bloc sobiranista», corresponent a la mitjana burgesia acomodada i a sectors de la burgesia no-monopolista (gran burgesia de segona línia); fet que junt amb la intersecció amb la gran burgesia pactista defineix a CiU i les seves contradiccions internes actuals.

Per altra banda, la força política parlamentària directriu de la línia independentista és ERC, representant històrica d’àmplies capes de la mitjana burgesia principalment —fet que no exclou vacil·lacions envers altres faccions de classe—. L’evolució interna i de la seva línia política segueix un camí similar a la basculació de la mitjana burgesia catalana anteriorment explicada. A més, ERC invità a nombroses organitzacions de la mitjana burgesia a incorporar-se al Pacte Nacional, una mostra clara de l’enfortiment i teixit político-econòmic que està construint. Pel que fa a Iniciativa per Catalunya Verds (ICV), la indecisió i vacil·lacions internes mostren la contradicció entre una línia més propera a la mitjana burgesia i una altra a la petita —fins i tot amb l’aristocràcia obrera—;  això s’ha accentuat en l’actual conjuntura de crisi i ofensiva del gran capital del bloc dominant i els moviments, entre d’altres, de CiU. Per tant, no hi ha una posició comuna respecte la independència de Catalunya, sinó un conglomerat per sectors.

Com a forces polítiques extra-parlamentàries, cal assenyalar el paper que realitzen l’Assemblea Nacional de Catalunya i Òmnium Cultural, actuant com a mecanisme d’equilibri entre els partits polítics en el moviment sobiranista. El seu caràcter del bloc de mitjana-petita burgesia, tot i que heterogeni —Òmnium és més proper a capes altes de la mitjana burgesia i, l’ANC, més propera o vinculada a sectors de la petita burgesia—, s’evidencia amb la seva importància en la resposta independentista de la mitjana-petita burgesia a l’ofensiva del gran capital.

l’ala radicalitzada o d’esquerra del «bloc sobiranista» s’hi troben les forces corresponents a l’aristocràcia obrera i sectors radicalitzats de la petita-burgesia. En el primer cas, cal esmentar a Esquerra Unida i Alternativa (EUiA); en el segon cas, tot i que amb un ampli ventall de relacions amb altres sectors, hi ha l’Esquerra Independentista. En ella, de la mateixa forma que en altres organitzacions, s’hi poden discernir vàries contradiccions definitòries. En aquest cas, segons el grau de subordinació a altres sectors del «bloc sobiranista» es poden identificar l’ala dretana, representada per Moviment de Defensa de la Terra (MDT) i confiant en la capacitat del «procés sobiranista» per generar desestabilització aprofitable per l’enigmàtica «revolució» o «transformació social» [9]; l’ala esquerrana, representada principalment per Endavant i Arran [10], crítics i escèptics amb el seguidisme a CiU i ERC i la deriva rupturista del «procés sobiranista»; i l’ala de centre, basculant i catalitzadora entre les dues tendències anteriors, ocupada per la Candidatura d’Unitat Popular (CUP).

No seria imprudent afirmar, doncs, que el resultat del «procés sobiranista» dependrà en gran part del desenvolupament  de les contradiccions entre les faccions polítiques protagonistes i de les contradiccions en el seu sí; tot en el tauler general de la contradicció principal entre el bloc dominant de grans burgesies de l’Estat espanyol i la mitjana-petita burgesia catalana i altres sectors inferiors.

En tot aquest entramat de contradiccions, d’interessos i correlacions de forces de classe, cal destacar amb especial èmfasi la situació del proletariat d’arreu de l’Estat espanyol, tant de la nació opressora com de les nacions oprimides. Aquesta classe social, la classe social dels desposseïts, no disposa d’independència político-ideològica. En altres paraules, el proletariat és carn de canyó pels interessos de les faccions de classe i pels nacionalismes burgesos, tant de la nació opressora com de la nació oprimida; és aprofitat, manejat i llençat com a arma de Poder per les respectives burgesies. La divisió i enfrontament del proletariat de les diferents nacions de l’Estat espanyol és una carta jugada pels nacionalismes. Així doncs, el proletariat no té una línia ni una organització revolucionària per oposar a les classes reaccionàries; en això rau la falta d’independència del proletariat, emmanillat en els interessos de la burgesia i en la immediatesa de les condicions actuals. Això és un fet. Cal preguntar-se, doncs, a què es degut. En línies generals, a la derrota actual de la línia revolucionària, del marxisme —fet que culmina l’últim Cicle Revolucionari—. I, anant més enllà, la derrota o crisi de la línia revolucionària no s’ha d’atribuir exclusiva o primàriament a factors externs, sinó a la seva pròpia dinàmica dialèctica, al transcurs de les seves contradiccions teòrico-pràctiques, sobre les quals poden actuar i influenciar els factors externs.  És a dir, la derrota de la línia revolucionària en l’últim Cicle és una conseqüència de la seva feblesa, de les seves limitacions i errors; de la incapacitat per resoldre i superar (dialècticament) les contradiccions que sorgien i es desenvolupaven. El marxisme o teoria revolucionària no és quelcom compacte, hermètic en si mateix, acabat i ahistòric, preexistent de la pràctica concreta, sinó que es troba dialècticament unit a ella (unitat de teoria i pràctica); per tant, s’enriqueix amb ella, es desenvolupa d’acord a les conclusions que la pràctica pot oferir i les necessitats que presenta. D’aquí es desprèn, davant les condicions objectives d’innegable derrota i replegament i per poder rearticular el moviment pràctic-revolucionari, l’imperiosa exigència de sintetitzar la praxis acumulada per situar la teoria revolucionària a un punt més alt, més capaç per afrontar les tasques pràctiques actuals i superar les limitacions de la pràctica revolucionària anterior [11]. O, dit d’una altra forma, l’imperiosa exigència de reconstitució ideològica del marxisme com a teoria revolucionària d’avantguarda per les exigències pràctiques de reconstitució del comunisme com a moviment revolucionari de masses. Fins aquí s’ha ofert una anàlisi general, molt general, sobre la configuració històrica de l’Estat espanyol, l’encaix de les nacions en ell i les correlacions de forces de classe en el «procés sobiranista», i també s’ha tractat la necessitat de reconstitució del comunisme davant el panorama de profunda crisi de la línia revolucionària i la conseqüent falta d’independència del proletariat. A continuació, es tractaran el nostre posicionament i les tasques respecte la qüestió nacional en general i el dret a l’autodeterminació de Catalunya.

III. LA QÜESTIÓ NACIONAL DES DEL MARXISME

El nostre treball, i entenem que així ha de ser per tots els comunistes, s’encamina cap a la Revolució Comunista Mundial, cap a la revolució internacional de la classe treballadora contra l’ordre social existent. Tal és l’objectiu que està a l’ordre del dia, pel qual hem de treballar decididament tots els comunistes des de, i a partir de, les tasques del moment actual de reconstitució político-ideològica. El contingut d’aquesta revolució és la lluita internacional del proletariat revolucionari contra el jou del capital i les classes posseïdores, mitjançant la guerra revolucionària de masses o Guerra Popular a partir del Partit Comunista de Nou Tipus. El contingut d’aquesta revolució pot prendre forma únicament si es basa en l’internacionalisme proletari, és a dir, en la més estreta col·laboració, acció i fusió del proletariat revolucionari de totes les nacions. Només una força revolucionària que fongui el proletariat de totes les nacions contra les classes dominants pot fer miques el Poder burgès. Així, el nostre treball en l’etapa actual s’encamina cap a la organització única de l’avantguarda teòrica marxista de tot l’Estat espanyol per la reconstitució política del Partit Comunista de tot l’Estat espanyol, per la reconstitució política de l’organització revolucionària de Nou Tipus única i central de tota la classe treballadora de l’Estat espanyol, que fusioni en un mateix cos articulat tant al proletariat de les nacions oprimides com de la nació opressora. (És precís assenyalar que, en cas d’independència de Catalunya, s’hauria d’estudiar l’opció de forjar el Partit Comunista en la República Catalana, per exigències del marc polític objectiu de lluita, o poder articular un Partit per a dos Estats diferents segons la situació que es donés). Al seu torn, la forma política més adient per l’Estat-Comuna de transició revolucionària, per la qual ens inclinem, és un Estat-Comuna unitari i el més gran possible, que centralitzi i fusioni l’esforç del proletariat revolucionari del màxim nombre de nacions possible [12].

Aquestes consignes són únicament factibles amb el reconeixement, defensa i respecte del dret a l’autodeterminació de totes les nacions, del seu dret de lliure separació política per esdevenir Estat propi o lliure adhesió per unir-se a un altre Estat. Un moviment revolucionari internacional basat en la fusió del proletariat revolucionari de nacions opressores i oprimides, i la configuració dels Estat-Comuna de transició el més grans possible, són pura fraseologia barata si no es basen en la lliure unió dels diferents elements. No hi ha lliure i forta aliança o fusió vàlides si és per coacció; només sota el reconeixement i defensa de la igualtat de drets de totes les nacions i del seu dret a l’autodeterminació pot una força revolucionària internacionalista prendre forma. Difícilment és concebible un moviment revolucionari unitari del proletariat de nacions opressores i nacions oprimides si l’avantguarda comunista i el proletariat revolucionari de les nacions opressores no reconeixen i lluiten decididament pel dret a l’autodeterminació i la igualtat de drets les nacions oprimides; i un Estat-Comuna revolucionari centralista és difícilment concebible també si no es basa en la lliure adhesió i igualtat de drets de les nacions que el conformen. Per tant, entenem la necessitat de defensar la plena igualtat de drets i el dret a l’autodeterminació de totes les nacions i el principi internacionalista incondicional d’apropament i fusió del proletariat internacional —en sentit revolucionari, una cosa no s’entén sense l’altra—. Tot això, la defensa del dret a l’autodeterminació i la plena igualtat entre nacions, implica acceptar el resultat del mandat imperatiu de les masses en referèndums efectiusimplica un programa i uns fets concrets i, no només proclamar-ho alegrement de paraula i negar-ho en la pràctica, com és habitual en els anàlisis revisionistes.

La defensa de la igualtat de drets i del dret a l’autodeterminació de totes les nacions, això és, la reivindicació democràtica respecte les nacions, s’ha de tractar des de la línia i els objectius revolucionaris, és a dir, des de la lluita revolucionària totalitzadora contra l’organització social existent. Les reivindicacions de tipus democràtic, siguin del tipus que siguin, s’han de subordinar per complet al treball per la Revolució Comunista, a la lluita revolucionària i les seves tasques i objectius, i no a la inversa. Si així fos, si es donés un caràcter absolut i primari a les reivindicacions democràtiques burgeses i immediates, el treball revolucionari esdevindria treball per un conjunt de lluites parcials quantitatives, per una orientació espontaneïsta i immediata emmarcada i reproduïda en les condicions donades. Si fos així, es posterga indefinidament la línia i treball per la Revolució i es subordinen els objectius, formes i tasques a la lluita democràtico-burgesa nacional, o a qualsevol altra lluita democràtica parcial [13]. Grans exemples de tot això són els lemes «independència per canviar-ho tot», «independència i socialisme».

Per altra banda, la reivindicació democràtica per la igualtat de drets de totes les nacions i el seu dret a l’autodeterminació s’ha d’entendre en el seu marc base corresponent, això és, en el desenvolupament històric de les nacions i dels Estats en general. Així, l’aplicació d’aquestes reivindicacions, la solució per a la qüestió nacional —que no superació del problema nacional, factible únicament en la fusió de totes les nacions en el comunisme—, pot donar-se efectivament dins del capitalisme i imperialisme. La separació d’una o altra nació per esdevenir Estat propi, així com qualsevol modificació formal de les fronteres entre Estats capitalistes, és una acció factible i àmpliament repetida en el marc capitalista internacional. Dit d’una altra forma, Catalunya —i Escòcia, etc.— pot esdevenir un Estat propi dins del marc imperialista, pot separar-se políticament de l’Estat espanyol. (En sentit de viabilitat de l’aplicació del dret a l’autodeterminació). Tal és el significat del dret a l’autodeterminació, tal és la seva orientació i amplitud: relació entre Estats, entre nacions. Postergar la seva aplicació fins que arribi el socialisme, és a dir, admetre la seva inviabilitat en el marc capitalista, o pitjor encara, negar-lo fins i tot en el socialisme, denota una clara incomprensió de la naturalesa democràtico-burgesa i del marc polític de la reivindicació del dret a l’autodeterminació. És més, aquesta postura, tal i com s’ha explicat abans, obstaculitza la lliure unió del proletariat internacional i divideix els seus esforços, potencia els nacionalismes burgesos i perpetua l’opressió nacional. Més enllà, condicionar la defensa del dret a l’autodeterminació, això és, sotmetre la reivindicació democràtica de lliure separació de les nacions a criteris unilaterals, equival a potenciar i defensar de facto el nacionalisme burgès de la nació opressora i l’opressió nacional exercida. Tot això, malgrat omplir-se la boca d’internacionalisme i defensa del dret a l’autodeterminació, significa renunciar de facto el dret a l’autodeterminació de les nacions oprimides a l’Estat espanyol —sembla que el luxemburguisme encara no ha estat prou combatut—.

Com es veu, el punt cardinal, definitiu, del tracte del dret a l’autodeterminació de les nacions gira entorn a la lluita incansable entre nacionalisme i internacionalisme, entre l’enfocament burgès i l’enfocament revolucionari de la qüestió. Com digué Lenin, «nacionalisme burgès i internacionalisme proletari: aquestes són les dues consignes antagòniques i irreconciliables que corresponen als dos grans blocs que divideixen a les classes del món capitalista i expressen dues polítiques (és més, dues concepcions) sobre el problema nacional» [14]. El nacionalisme propugna un enfocament estrictament exclusivista i circumscrit a la pròpia nació, tant en objectius com en formes, de la qüestió nacional; l’internacionalisme propugna un enfocament des de l’àmplia visió de la necessitat d’unitat incondicional del proletariat de nacions opressores i nacions oprimides en la línia revolucionària pel comunisme. (Però, en cas d’aparença internacionalista i pràctica nacionalista, hi ha organitzacions autodenominades «revolucionàries», «marxista-leninistes» i «internacionalistes» que proclamen obertament que «el nostre objectiu final: la unificació total dels Països Catalans» [15] i que «el nostre treball serà de base dels Països Catalans, de Salses a Guardamar i de Fraga a Maó, en el que treballarem per comarques» [16]. Brillant i franca honesta expressió d’internacionalisme!). En general, el nacionalisme es centra en el «correcte», «just», «lliure», etc., desenvolupament de la nació en qüestió, mentre que l’internacionalisme postula la necessitat d’apropament i fusió de totes les nacions i del proletariat de totes les nacions en el marc de lluita revolucionària internacional contra el Poder burgès. El nacionalisme s’inclina per la «cultura nacional», mentre que l’internacionalisme ho fa per la fusió internacional de la cultura proletària i universal. En definitiva, el nacionalisme és la consigna burgesa i practicista d’enfocar la qüestió nacional i el treball polític en general; l’internacionalisme és la consigna proletària de principis de tractar la qüestió nacional i el treball polític en general des de la lluita revolucionària pel comunisme.

Cal destacar, per tant, que la consigna de la plena igualtat entre totes les nacions i del seu dret a l’autodeterminació no equival, ni molt menys, a identificar-se o recolzar els moviments i aspiracions nacionalistes de capes de la burgesia. Per una banda, pot recolzar-se aquesta consigna, element bàsic i elemental com s’ha explicat anteriorment, sense posicionar-se a favor de la separació política de tal o qual nació pels interessos concrets del moviment revolucionari i proletariat (més endavant tractarem el nostre posicionament concret davant l’exercici del dret a l’autodeterminació de Catalunya). Per altra banda, pot aplicar-se tal consigna —i hem d’aplicar-la— de forma totalment oposada, des de la línia revolucionària i internacionalista, com s’ha vist. És més, en l’època actual de capitalisme madur, d’imperialisme, quan l’organització mercantil-capitalista de la societat s’ha imposat i desenvolupat per sobre de velles formes de producció i la fusió internacional del capital en estructures comunes, l’esborrament de les barreres nacionals i la múltiple assimilació entre nacions són ja una tendència històrica universal del capitalisme [17], l’actitud del proletariat envers els moviments nacionalistes burgesos —la majoria dels quals manquen ja de contingut revolucionari— ha de ser clarament diferent que en la primera època del capitalisme. En l’etapa d’intenses lluites revolucionàries entre les formes capitalistes i formes feudals i semi-feudals, en l’etapa de configuració i consolidació del sistema político-econòmic capitalista, els múltiples moviments nacionals de la burgesia tenien un caràcter revolucionari per destruir lo «vell» i desenvolupar lo «nou», per crear Estats nacionals enfront les restes aristocràtiques. En aquesta etapa de capitalisme naixent, centrat en el desenvolupament interior de les nacions i els Estats, dels mercats nacionals i primaris, el proletariat lluità sovint al costat de capes de la burgesia nacional contra les velles formes d’organització social —les revolucions de 1848 arreu d’Europa són un clar exemple—. Amb l’assentament del sistema capitalista i el desenvolupament de les seves formes i contradiccions, amb la superació de l’estret marc del mercat nacional i la configuració monopolista, els moviments nacionalistes han perdut, en la majoria de casos, la seva vessant revolucionària pel proletariat. Per tant, per tractar la qüestió nacional, la distinció entre la línia burgesa i la línia proletària, entre el nacionalisme i l’internacionalisme, és extremadament necessària, així com també potenciar la lluita de línies entre elles. Així, en la consigna del dret a l’autodeterminació i igualtat de totes les nacions el proletariat pot i ha d’oposar i aplicar la política internacionalista, la seva política independent de classe.

Endinsem-nos més, però, en l’anterior concepció unilateral d’identificar el ple reconeixement dels drets i llibertats de totes les nacions amb recolzar moviments nacionalistes burgesos. I és que si es rebutja la consigna democràtica de plena igualtat entre totes les nacions i del seu dret a l’autodeterminació sota l’argument que és una consigna recolzada o impulsada per sectors de la burgesia nacional —o qualsevol altre motiu—, s’accepta de facto la consigna nacionalista-reaccionària de les burgesies de les nacions opressores i l’opressió nacional —torna a aparèixer el fantasma del luxemburguisme—.  Enlloc de fer de la qüestió nacional una qüestió proletària, de subordinar-la als objectius revolucionaris i tractar-la des de l’internacionalisme, s’encasella en el camp de la burgesia, es renuncia a ella, es desentén com quelcom nociuestranyaliè. Al seu torn, intentar implantar o adequar en l’ordre actual de coses els ideals d’organització política revolucionària dels Estats i les nacions, això és, negar el dret a l’autodeterminació en tant els comunistes aspirem a la fusió de les nacions, denota un estret punt de vista sobre les tasques revolucionàries, tot obstaculitzant l’articulació de la lliure unió del proletariat de diverses nacions, i legitima de nou l’opressió nacional.

Per tant, en definitiva, des de Balanç i Revolució (BiR) reconeixem, acceptem i defensem en totes les conseqüències resultants l’aplicació del dret a l’autodeterminació per Catalunya i totes les altres nacions de l’Estat espanyol —és a dir, el seu dret a la lliure separació política de l’Estat espanyol—, en base i a partir de la política internacionalista de fusió del proletariat català amb la resta del proletariat de l’Estat espanyol en una organització revolucionària única i central per a la lluita pel comunisme. Les tasques que se’ns presenten al conjunt de l’avantguarda teòrica marxista de l’Estat espanyol respecte la qüestió nacional poden enfocar-se —i s’han d’enfocar— des de dos punts diferents, però de denominador comú (unitat dialèctica). Per una banda, en la nació opressora l’avantguarda teòrica marxista ha de posar èmfasis en la necessitat de reconèixer, acceptar i lluitar pel dret a l’autodeterminació de totes les nacions de l’Estat oprimides per la seva nació, sense oblidar les tasques per l’organització central i única de tot el proletariat. Per altra banda, en les nacions oprimides l’avantguarda teòrica marxista ha de posar èmfasis en la necessitat de l’organització única i central de la classe treballadora de tot l’Estat, en la força i conveniència de la fusió del proletariat de les diverses nacions per la lluita revolucionària, sense oblidar la defensa i lluita pel dret a l’autodeterminació de la pròpia nació. En ambdós casos, això s’ha de realitzar en una constant lluita de dues línies contra els nacionalismes respectius que reclouen, divideixen i enfronten al proletariat i contra les formes revisionistes d’enfocar la qüestió nacional —que, al cap i a la fi, com s’ha vist, acaben al camp dels nacionalismes—. Aquestes tasques concretes de l’avantguarda teòrica marxista en formació s’adeqüen al moment actual de reconstitució ideològico-política del comunisme i a les seves tasques i objectius generals.

IV. POSICIONAMENT

Una hipotètica separació política de Catalunya en Estat independent forçaria —si no està forçant ja el «procés sobiranista»— una clara agudització de les contradiccions en el bloc dominant de l’Estat espanyol, principalment, i en les estructures monopolistes europees, secundàriament, en virtut de la reestructuració político-econòmica adjacent i les noves correlacions de forces que sorgirien. És important ressaltar això, no en el sentit mecanicista i vulgar compartit per sectors revisionistes segons el qual l’agudització objectiva podria propiciar automàtica i mecànicament algun tipus de moviment revolucionari —és necessari el salt qualitatiu de la consciència social proletària a partir de la fusió en les masses de la teoria revolucionària, per mitjà de l’acció i mediació del Partit Comunista de Nou Tipus—, sinó en el sentit de feblesa de l’enemic de classe i context de politització, de caldo de cultiu per treballar la consciència revolucionària. En el mateix sentit, probablement la independència política com a Estat de Catalunya alleujaria les tensions nacionalistes entre el proletariat de les diferents nacions, posaria a l’ordre del dia altres qüestions. Dit d’una altra forma, amb la resolució de l’opressió nacional respecte Catalunya i la separació en Estat independent, els objectius i les tasques per l’acció conjunta del proletariat de Catalunya i les altres nacions de l’Estat espanyol trobarien probablement un millor escenari, més distès en termes nacionalistes.

Per altra banda, entenem que únicament la franca i directa expressió democràtica de les masses per mandat imperatiu en referèndum pot aplicar el dret a l’autodeterminació. Altres camins o formes d’intentar «conduir» l’aplicació del dret a l’autodeterminació, altres camins o formes que releguen del protagonisme directe de les masses, són eines útils per la mitjana-petita burgesia catalana i altres sectors en la negociació pels seus interessos enfront el bloc del gran capital. Així, la pseudo-consulta del nou 9-N es presenta com a mecanisme per a utilitzar el moviment i la participació de masses com a carn de canó davant l’Estat espanyol en tal negociació. Per tant, rebutgem aquesta forma o camí estratègic de les faccions burgeses independentistes com a exercici del dret a l’autodeterminació; no obstant, en tant exercici participatiu, entenem que la llibertat de vot és la consigna adequada. En la mateixa línia, la celebració d’eleccions plebiscitàries en tant mecanisme parlamentari substituent del mandat imperatiu de les masses en referèndum efectiu és una expressió encara més lúcida de l’ús i maniobres conseqüents per part de mitjana-petita burgesia catalana en la seva relació contractual amb el bloc dominant. En el moment actual de redacció del document, sembla clar que l’Estat espanyol impugnarà i suspendrà també la pseudo-consulta, en la línia general de l’ofensiva-resposta del bloc dominant contra les reivindicacions de la mitjana-petita burgesia (l’Estat també utilitza tot aquest estira i arronsa per tapar les seves pròpies corrupteles).  A més, donada la falta de voluntat, el legalisme burgès i la debilitat de les forces polítiques conseqüentment independentistes per poder convocar un referèndum efectiu, arribem a la conclusió que el referèndum efectiu no es celebrarà.

Així, des de Balanç i Revolució (BiR) instem al boicot davant unes eleccions plebiscitàries i a la lliure participació i vot en qualsevol exercici participatiu, des dels objectius i tasques internacionalistes de treball per la Revolució Comunista desenvolupats anteriorment. També instem a les masses a qüestionar-se, enfrontar-se i desobeïr el marc legal burgès per tal de poder aplicar degudament el dret a l’autodeterminació de Catalunya.

La nació, com a formació històrica burgesa, és un dels grans Minotaures de l’immens laberint del sistema capitalista. Són molts els que, mansos, s’agenollen davant d’ell, mentre que altres tracten d’esquivar-lo. Confrontar-lo forma part de les tasques històriques i ineludibles dels comunistes, i no hi ha millor manera efectiva de fer-ho que enarborant de forma efectiva el dret a l’autodeterminació. Això fem nosaltres, plenament conscients de que al mateix temps reprenem el sender que ens marca aquell fil roig d’Ariadna, amb l’objectiu de sortir de l’indesitjable laberint i arribar al nostre objectiu: la humanitat plenament emancipada, on les nacions i l’explotació de l’home per l’home no siguin més que pols, restes antediluvianes procedents de la nit dels temps.

COMPLETA IGUALTAT DE DRETS DE LES NACIONS; DRET A L’AUTODETERMINACIÓ DE LES NACIONS; FUSIÓ DELS OBRERS DE TOTES LES NACIONS: TAL ÉS EL PROGRAMA NACIONAL QUE ENSENYA ALS OBRERS EL MARXISME, QUE ENSENYA L’EXPERIÈNCIA DEL MÓN SENCER. 
V. I. LENIN
PROLETARIS DEL MÓN, UNIU-VOS!

3 de novembre de 2014, Catalunya.

[1] 

Les raons materials de la contradicció interburgesa entre la gran burgesia i la mitjana-petita burgesia rauen en el fet que la segona requereix per al seu desenvolupament un marc econòmic d’acció més local, més autònom, i uns mecanismes anti-monopolistes que garanteixin la protecció respecte el gran capital, en contraposició als interessos i mecanismes internacionals de la burgesia financera.

[2] 

En el context de crisi actual, l’ofensiva del gran capital, manifestada en una acceleració de la concentració del capital, s’accentua i presenta un escenari de proletarització de capes baixes de la mitjana-petita burgesia i radicalització de l’aristocràcia obrera. Això significa la intensificació en diferents àmbits de l’oposició d’interessos entre el bloc monopolista i la mitjana-petita burgesia i sectors inferiors.

[3] 

http://www.directe.cat/noticia/291788/reunio-secreta-de-rajoy-amb-faine-i-godo-per-aturar-el-proces-sobiranista

[4] 

http://www.elsingular.cat/cat/notices/2013/02/foment_del_treball_plega_veles_eludeix_el_sobiranisme_i_el_pacte_fiscal_92829.php

[5]

http://www.diaridegirona.cat/catalunya/2014/09/16/gay-montella-reitera-foment-treball/687879.html

[6]

La República Catalana com a objectiu del projecte polític d’àmplies capes de la mitjana-petita burgesia catalana i altres faccions inferiors és l’homòloga de la III República anhelada per la mitjana-petita burgesia de la nació opressora. Les divergències entre la mitjana-petita burgesia catalana i la mitajana-petita burgesia de la nació opressora, en la seva oposició al gran capital, es manifesten també en l’actitud dels seus respectius partits polítics envers el procés sobiranista.

[7]

http://www.324.cat/noticia/2419380/economia/El-Cercle-Catala-de-Negocis-abandona-la-PIMEC-per-haver-impedit-la-votacio-sobre-lestat-propi

[8]

http://www.eltriangle.eu/cat/notices/2014/03/crisi-a-ugt-i-ccoo-pel-sobiranisme-38697.php

[9]

http://www.llibertat.cat/2014/09/que-cal-fer-27821

[10]

Aquesta dualitat de línies pot situar-se fora de comarques gironines, de l’Alt Maresme, zones com Badalona, etc., perquè en aquests indrets l’hegemonia del MDT no és qüestionada per les organitzacions d’Arran, SEPC o CUP.

[11]

«La reconstitució ideològica del comunisme no és un exercici acadèmic, i per això mateix és quelcom que no es realitza des de la teoria per la teoria, és a dir, en funció de l’acoblament complet d’un suposat corpus teòric preestablert i que romangués com entelèquia teòrica oculta que fora necessari desvetllar i recuperar dels llimbs del pensament pur. Al contrari, la reconstitució ideològica es realitza des de la teoria per la pràctica, és a dir, en funció dels interessos concrets i reals del moviment de Reconstitució política, en funció dels problemes reals que l’avantguarda necessita resoldre per donar continuïtat a aquest moviment i per ampliar-lo en la seva base». (Nueva Orientación; El Martinete, pàg. 126, nº19, 2006 — Traducció pròpia).

[12]

La centralizació política, des del punt de vista del marxisme, correspon al sistema d’organització econòmica comunista de propietat social de tot el poble sobre els mitjans de producció, així com als interessos immediats de la Revolució Comunista esmentats al text.

[13]

Altres lluites parcials que amplis sectors del revisionisme presenten com a àmbit de lluita o camí per l’acumulació de forces per quan es doni una crisi revolucionària són el republicanisme, el feminisme, les marees de colors, etc.

[14]

V. I. Lenin, «Notes crítiques sobre el problema nacional», 1913; pàg. 18, Volum VI, Obres Escollides; Edició Progreso, Moscou, 1973. (Traducció pròpia)

[15]

Front Revolucionari dels Països Catalans (FRPC), «Comunicat davant el referèndum del 9N al Principat», juliol de 2014; http://frpc.noblogs.org/post/2014/07/28/comunicat-davant-el-referendum-del-9n-al-principat/

[16]

Front Revolucionari dels Països Catalans (FRPC), «Manifest fundacional del FRPC», abril de 2014; http://frpc.noblogs.org/post/2014/04/

[17]

La gran burgesia ho explica així: «l’objectiu d’assegurar l’adequat funcionament del mercat únic i profunditzar en el seu desenvolupament exigeix l’establiment de normes homogènies i la coordinació d’un cert nombre d’instruments de política econòmica, fet que redueix la capacitat de les autoritats nacionals per influir de forma autònoma sobre les seves economies. […]. Les vessants de la política econòmica més rellevants pel funcionament d’un mercat únic són les que han estat objecte d’un major grau de centralització. […]. El mercat únic exigeix eliminar les restriccions que limiten la concurrència i, en particular, les pràctiques proteccionistes que, d’un mode o altre, les autoritats nacionals poden intentar introduir o mantenir per reforçar la posició en el mercat de les empreses autòctones». («L’anàlisi de l’economia espanyola», Servicios de Estudios del Banco de España; pàg. 67, Alianza Editorial, Madrid, 2005 —Traducció pròpia).

El revisionismo y la revolución espontánea

1

“Es, pues, completamente natural e inevitable que en una época semejante, en una época de huelgas políticas en escala nacional, la insurrección no pueda adoptar la antigua forma de actos aislados, limitados a un lapso de tiempo muy breve y a una zona muy reducida. Es completamente natural e inevitable que la insurrección tome formas más elevadas y complejas de una guerra civil prolongada y que abarca a todo el país, es decir, de una lucha armada entre dos partes del pueblo. Semejante guerra no puede concebirse más que como una serie de pocas grandes batallas, separadas unas de otras por intervalos relativamente considerables y una gran cantidad de pequeños encuentros librados durante estos intervalos”.

(Lenin, La guerra de guerrillas).

La totalidad de los destacamentos que componen el Movimiento Comunista Internacional, exceptuando el ala izquierda del maoísmo, conciben la revolución proletaria como un suceso espontáneo que tendrá lugar cuando se produzca una situación revolucionaria, la cual también se dará, según su concepción, de forma espontánea. Partiendo de esta premisa determinista-espontaneísta defienden que la tarea inmediata de los comunistas pasa por dirigirse al movimiento espontáneo de masas, participar en sus luchas de resistencia, para “acumular fuerzas” (algunos sectores minoritarios defienden que también es necesario estimular a las masas mediante acciones armadas desvinculadas de las propias masas, es decir, mediante el terrorismo individual), esperando a que llegue ese momento revolucionario para ponerse al frente del movimiento de masas y dirigir a la clase obrera a la conquista del poder político. La tarea de los comunistas no es, de esta forma, preparar las condiciones para desarrollar la revolución proletaria, sino realizar una actividad economicista, esperando a que llegue ese momento que nadie sabe cómo llegará.

Tal concepción está evidentemente alejada por completo de la experiencia histórica de la Revolución Proletaria Mundial. El proletariado no desarrolla conciencia de clase revolucionaria por sí solo ni por su participación en las luchas de resistencia, lo cual impide la posibilidad de una revolución espontánea y hace necesario la existencia del sujeto revolucionario, del Partido Comunista como fusión de vanguardia y masas, para poder desarrollar la revolución proletaria de la única forma posible, es decir, de forma consciente. Sin embargo, el hecho de que la práctica, la cual constituye el criterio de la verdad, muestre que semejante concepción espontaneísta-insurreccionalista defendida por el revisionismo no se ajusta a la realidad no impide que, como hemos dicho al principio, la práctica totalidad de las organizaciones autodenominadas comunistas (“marxistas-leninistas”, trotskistas, comunistas de izquierda, etc.) compartan dicha visión. Esto hace necesario que tengamos que remitirnos a los orígenes de esta tesis para buscar las razones de su hegemonía en el seno del Movimiento Comunista.

Origen del paradigma insurreccional espontáneo: desarrollo de la revolución desde 1789

Las bases de la concepción proletaria del mundo, del marxismo, se elaboran a finales de la década de los años 40 del siglo XIX, en plena época de desarrollo del ciclo revolucionario burgués en Europa occidental, que transcurre de 1789 a 1871, esto es, desde el inicio de la Revolución Francesa hasta la insurrección de la Comuna de París. Esto tuvo como consecuencia que determinadas concepciones vigentes en el movimiento revolucionario de esta etapa histórica influyesen en la configuración del socialismo científico. Una de estas concepciones que pasaron a formar parte del acervo de la concepción proletaria del mundo fue el concebir la revolución social como una insurrección producida de forma espontánea, idea que posteriormente, en la época ya de la revolución proletaria, se afianzaría tras una mala asimilación de las experiencias revolucionarias en Rusia por parte del Movimiento Comunista.

El origen de esta visión se halla en el modelo de revolución imperante en esta etapa histórica, que es el de la Revolución Francesa de 1789, el de la revolución burguesa, que da inicio al ciclo revolucionario de la burguesía. Esta no fue la primera revolución liberal de la historia. Más de un siglo antes ya había tenido lugar en las Provincias Unidas (actual Holanda) y en Inglaterra, y una década antes en Norteamérica. Pero precisamente es lo que distingue la revolución en Francia de las anteriores, junto con la cercanía de esta con respecto al surgimiento del movimiento obrero, lo que hace que su paradigma penetrase en el movimiento revolucionario del proletariado.

En junio de 1789, el tercer Estado (que agrupaba a burguesía, pequeña burguesía, campesinado y proletariado, dirigidos todos ellos por la primera clase social) se autoproclama Asamblea Nacional, que a principios de julio adopta el nombre de Asamblea Nacional Constituyente. A continuación se produce la toma de la Bastilla por las masas parisinas y en el campo francés se produce un levantamiento de las masas campesinas contra el feudalismo (periodo denominado como el Gran Miedo), que llevará a la supresión de los derechos feudales en agosto del mismo año, aunque con muchas limitaciones que hacían que en la práctica aquellos continuasen existiendo en gran medida. Con estos acontecimientos daba comienzo la Revolución.

Desde este año hasta 1792 la característica principal del proceso es el intento de alcanzar un compromiso por parte de la gran burguesía con la aristocracia, siguiendo el ejemplo de la Revolución inglesa. Pero la oposición al mismo por parte de la mayoría de la aristocracia y del rey, Luis XVI, que representaba los intereses de esta clase, sumándole a esto el empuje ejercido desde abajo por parte de las masas populares, que rechazaban la política de compromiso y buscaban llevar la revolución hasta el final, hicieron imposible el pacto.

Cuando la nobleza y el monarca recurren al exterior, a las potencias absolutistas, para acabar con la revolución y se desata la guerra contrarrevolucionaria contra Francia, las masas cobran un mayor protagonismo en el desarrollo de la revolución. En agosto de 1792 el pueblo asalta el Palacio de las Tullerías, acabando con la monarquía, y la revolución entra en una nueva fase. Las posibilidades de pacto entre burguesía y aristocracia desaparecen por completo. En este periodo, un sector de la burguesía, representado por los jacobinos, consciente de que no era posible vencer a la aristocracia sin la alianza con las masas populares, establece dicha coalición. Esto posibilitará la toma del poder por esta fracción burguesa, que se corresponde con la mediana burguesía, frente a la gran burguesía, representada por los girondinos, que eran los que poseían el poder político desde 1792 y se oponían a una participación activa del pueblo en la revolución, temerosos de que esto perjudicase sus intereses de clase, lo cual les llevaba a adoptar una postura vacilante frente a la reacción.

Y de esta forma, mediante la coalición formada entre la burguesía revolucionaria y el pueblo, nace en 1793 la República del año II. Durante este periodo los jacobinos, bajo la presión de los sans-culottes -las masas populares de las ciudades formadas por tenderos, artesanos y obreros- y el campesinado, llevaron a cabo una serie de medidas tales como la aplicación del terror revolucionario dirigido contra las fuerzas reaccionarias, la dirección planificada de la economía, la eliminación completa del feudalismo, la movilización de las masas contra la reacción, etc.

Finalmente, se produjeron disensiones entre la burguesía revolucionaria y los sans-culottes, y en el seno de los propios sans-culottes, fruto de las contradicciones existentes entre burguesía y masas populares, en el primer caso, y dentro de las propias masas populares, en el segundo, al constituir estas un grupo heterogéneo. Esto llevó a los jacobinos a eliminar a los sectores políticos más próximos a los sans-culottes, como los hébertistes y los enragés, lo que tuvo como consecuencia la ruptura de la alianza entre la mediana burguesía revolucionaria y el pueblo, dejando vía libre para que la reacción termidoriana triunfase y pusiese fin a este periodo revolucionario.

Esta etapa, la del gobierno revolucionario de los jacobinos apoyados por la sans-culotterie, que acabamos de exponer resumidamente, es lo que distingue la Revolución Francesa del resto de revoluciones burguesas y tiene como consecuencia el influjo de la misma sobre el movimiento proletario revolucionario. Aunque este período revolucionario fue breve en el tiempo -poco más de un año-, las medidas revolucionarias de la República del año II, medidas que en ciertos aspectos fueron más allá de la revolución burguesa, habían sido ya suficientes para que su experiencia, y con ella el paradigma insurreccional de la Revolución Francesa, influyese y marcase a los intelectuales y movimientos revolucionarios del proletariado durante todo el siglo XIX. Así, la insurrección como forma de conquistar el poder político pasaría a ser asumido por todos estos dirigentes y movimientos revolucionarios.

En 1796, dos años después del triunfo de la reacción, se organiza la Conspiración de los Iguales dirigida, entre otros, por Babeuf y Buonarroti. Este movimiento buscaba la implantación de una comunidad de bienes y trabajos, mediante una insurrección, siendo así el primer movimiento comunista de la Edad Contemporánea. Ese mismo año fue desmantelado por el Directorio, y sus líderes fueron condenados a muerte o a la deportación (en el caso de Babeuf, este fue ejecutado, mientras que Buonarroti fue deportado). Este último se encargaría de difundir el babuvismo, la corriente del comunismo utópico formada por las aportaciones teóricas de los Iguales, que influiría en importantes organizaciones y dirigentes del movimiento revolucionario del siglo XIX como la Liga de los Justos y Blanqui. De esta forma el babuvismo constituye un enlace directo entre la experiencia de la Revolución Francesa y el movimiento obrero del siglo siguiente.

Pero la Revolución de 1789 también inauguró todo un ciclo de la revolución burguesa en el Occidente europeo que produjo oleadas revolucionarias espontáneas en los años 1820, 1830 y, la más importante de ellas, en 1848. En 1820 se produce un pronunciamiento militar en España que daría lugar a la instauración del Trienio Liberal. Con el influjo de este hecho se producen sublevaciones en la Península Itálica, concretamente en Nápoles y en el Piamonte, y en Portugal. Al año siguiente, en 1821, se produce otra insurrección en Grecia, que estaba bajo dominio del Imperio Otomano, que iniciaría el camino hacia su independencia. En 1830 se produce otro periodo revolucionario, cuya intensidad es superior a la de 1820. En este año se produce una insurrección en Francia que daría lugar a la creación de la monarquía de Julio y la revolución se expande a Bélgica, Polonia, Península Itálica, etc.

En esta década de los años 30 se crean las primeras organizaciones revolucionarias de la clase obrera, como la Sociedad de las Estaciones en Francia o la Liga de los Justos en Alemania. A finales del mismo decenio aparece el cartismo en Inglaterra, que constituye el primer movimiento de masas proletario. A la vez, durante esta misma época también se producen los primeros levantamientos obreros espontáneos en ciudades y regiones de estos países, como los de París, Lyon, Silesia, etc. Todo esto supone un desarrollo del proletariado en el sendero hacia su independencia política en pleno ciclo revolucionario de la burguesía.

En 1848 tiene lugar la última oleada revolucionaria liberal en Europa occidental y la de mayor envergadura de todas ellas. Al igual que en el año 1830, la revolución comienza en Francia con la caída de la monarquía y la instauración de la II República. Rápidamente las revoluciones se expanden por gran parte de Europa: Austria, Italia, Hungría, Alemania, etc. En este contexto se produce la insurrección obrera de junio en París, que es reprimida brutalmente por la burguesía. Este período revolucionario llegaría a su final en 1849, al ser aplastadas las últimas llamas de la revolución por la reacción.

Durante todos estos acontecimientos que se producen en Europa de 1789 a 1848 existe un entrelazamiento entre las revoluciones burguesas y el movimiento obrero. Este se manifiesta en el surgimiento del babuvismo en el seno de la Revolución Francesa, que influye en las primeras organizaciones revolucionarias proletarias que se crean en el siglo XIX y en la participación de la clase obrera y de los revolucionarios proletarios en las revoluciones burguesas que se producen durante la primera mitad de dicho siglo. Los propios fundadores del socialismo científico, Marx y Engels, comienzan su actividad política en la década de los 40 y, durante la revolución de 1848, darán apoyo crítico a la revolución burguesa (ya que ese es el carácter de la revolución pendiente) en Alemania a través de la Nueva Gaceta Renana.

Esta es una época donde la revolución está a la orden del día, donde la revolución es algo real que se materializa cada cierto tiempo de forma espontánea. Como consecuencia de esto el movimiento obrero asume para sí mismo que la revolución es algo que se produce espontáneamente. Pero lo que es válido para la revolución burguesa no lo es para la revolución proletaria. El modo de producción capitalista se desarrolla en el seno del modo de producción anterior, el feudal, por ello la burguesía acaba tomando el poder político tarde o temprano. No sucede, en cambio, lo mismo con el modo de producción comunista, el cual no se desarrolla dentro del sistema capitalista. Su implantación tiene que ser un proceso consciente desde un principio y contra de la sociedad burguesa: comenzando con la creación de los instrumentos revolucionarios de la clase explotada, pasando por el periodo de transición que es la dictadura revolucionaria del proletariado, hasta finalmente alcanzar la sociedad comunista. Por este motivo no es posible una revolución socialista espontánea a diferencia de las revoluciones liberales.

Continuando con la historia del desarrollo de la revolución durante el siglo XIX, llegamos al año 1871. En este año culmina el ciclo revolucionario burgués en Europa occidental. Y termina tras la unificación nacional de Italia y Alemania y el hecho que nos interesa en la conformación del paradigma insurreccional de la revolución: la insurrección de la Comuna de París.

Con la Comuna el proletariado parisiense tomó el poder político, instaurando la primera dictadura proletaria de la historia. Lo excepcional es que esta conquista del poder se hizo mediante el modelo de la revolución burguesa: la insurrección espontánea.

Durante el desarrollo de la Guerra Franco-Prusiana, que transcurre durante 1870-1871, se crea un vacío de poder en París cuando las autoridades francesas y el ejército abandonan la capital y firman un armisticio con Prusia. Las masas obreras parisienses se oponen a esta política de capitulación y a la Asamblea Legislativa compuesta por una mayoría de monárquicos que amenazaba la pervivencia de la República. Ante esta situación, cuando el gobierno intenta desarmar a la Guardia Nacional, formada en su inmensa mayoría por los proletarios de París y encargada de la defensa de la ciudad, esta responde con la insurrección y la clase obrera se hace con el poder. A partir de este momento existe un doble poder: la Comuna de París, como poder proletario, y el gobierno establecido en Versalles, como poder burgués. La Comuna consigue resistir durante algo más de 2 meses hasta ser finalmente aplastada por la reacción burguesa a sangre y fuego, dejando un saldo de decenas de miles de comuneros asesinados.

El hecho de que los obreros parisinos pudiesen conquistar el poder político en 1871 mediante el modelo revolucionario de la burguesía, la insurrección espontánea, se debe a una excepcionalidad causada por la conjugación de dos circunstancias. La primera es la existencia de un vacío de poder en la capital francesa, que se hallaba sitiada por el ejército prusiano, tras el derrumbamiento del II Imperio de Napoleón III y el abandono de la ciudad por parte del gobierno de defensa nacional que se forma tras la caída del Imperio. Esto posibilita que el proletariado pueda llenar ese vacío con su propio poder político. La otra circunstancia que permite el triunfo de la insurrección espontánea es la existencia de un destacamento armado de la clase obrera, que es la Guardia Nacional. Ninguna de estas dos circunstancias fueron creadas conscientemente por la clase explotada, sino que se produjeron en el desarrollo de una guerra entre potencias burguesas. El vacío de poder es fruto de los continuos reveses militares de Francia frente a Prusia y la creación de la Guardia Nacional es obra de la burguesía con el objetivo de disponer de una organización armada que contribuya a la defensa de la ciudad frente a las tropas prusianas. De esta forma, no fue el proletariado el que se dotó de su propia organización armada ni el que con su práctica creó el vacío de poder previo, sino que los obreros fueron maniobrando con los elementos que le venían dados durante el desarrollo de la guerra entre Francia y Prusia. Esto, que fue lo que permitió el triunfo de la insurrección, constituía al mismo tiempo sus límites, puesto que las masas proletarias iban a la zaga de los acontecimientos, lo cual no posibilitó la iniciativa de las mismas una vez se hicieron con el poder y al final llevó a la derrota de la experiencia de la Comuna.

La Comuna de París contribuyó a forjar el paradigma insurreccional que adoptaría el Movimiento Comunista, pero la experiencia de la Revolución Proletaria Mundial más determinante en ello aún estaba por llegar.

Como ya mencionamos anteriormente, en Europa occidental el ciclo revolucionario de la burguesía, iniciado con la Revolución Francesa, llegó a su final en el año 1871. Pero en Europa oriental y en Asia, que habían permanecido ajenas a este ciclo burgués, el periodo de la revolución burguesa comenzó en 1905 con la revolución en Rusia, continuando con la revolución en Persia en 1905-1911, en Turquía en 1908, en China en 1911 y con la segunda revolución democrático-burguesa en Rusia en febrero de 1917 [1]. Y será en este ciclo revolucionario de la burguesía cuando se produzcan las experiencias revolucionarias rusas, incluida la Revolución Socialista de Octubre de 1917, que acabaron configurando el modelo de revolución espontánea asumido por el movimiento revolucionario del proletariado.

A finales de 1904 y principios de 1905 la agitación de las masas en Rusia estaba en crecimiento debido a la duras condiciones de existencia, empeoradas por la guerra ruso-japonesa. En enero de 1905, una manifestación obrera congregada de forma pacífica frente al Palacio de Invierno, residencia del Zar, fue reprimida a tiros por el ejército, causando centenares de muertos y miles de heridos. Era el Domingo Sangriento y este daba comienzo a la revolución en el territorio del Imperio zarista. Desde este año hasta 1907 se sucederían de forma intermitente las huelgas, las manifestaciones, los enfrentamientos armados, las insurrecciones, las ocupaciones de tierras, los motines en el ejército -como el del acorazado Potemkin-, etc. Este movimiento tendría su punto álgido a finales de 1905 con la huelga política de Octubre y la insurrección de diciembre en Moscú.

Aunque dicha revolución tuvo un carácter democrático-burgués por los objetivos que se proponía, la fuerza dirigente de la misma fue el proletariado, no obstante fuese una dirección espontánea no liderada por ninguna organización política, a pesar del papel no desdeñable jugado por los bolcheviques. Que la fuerza principal fuese la clase obrera posibilitó que en el desarrollo de esta revolución contra la autocracia zarista y el semifeudalismo apareciesen los primeros soviets de la historia. El primero de ellos se creó en mayo, en Ivanovo-Voznesensk, durante el transcurso de una huelga. Pero no será hasta la huelga política de Octubre y la creación del Soviet de Petersburgo en el desarrollo de la misma cuando el modelo soviético se extenderá por las ciudades, incluida Moscú, y zonas mineras del Imperio Ruso, creándose también soviets de soldados y campesinos, aunque en una cantidad e importancia muchísimo inferior que la de los soviets de obreros. Los soviets, cuyos embriones fueron los comités de huelga, rápidamente se convirtieron en órganos de poder político, legislando y asumiendo funciones de dirección.

Finalmente, tras el punto más alto alcanzado por la revolución a finales de 1905, la represión zarista se ciñó sobre los soviets, acabando con ellos entre diciembre de ese mismo año y enero de 1906. A partir de aquí comenzó el largo declive de la oleada revolucionaria iniciada con los hechos del Domingo sangriento. A lo largo del año 1906 se producirían algunos levantamientos aislados hasta que en 1907 la revolución llegaría completamente a su final.

De este modo, el régimen zarista logró mantenerse en el poder capeando la revolución mediante la combinación de la concesión de una serie de reformas (el establecimiento de la Duma, la legalización de partidos políticos, el sufragio universal masculino, etc.) con la represión violenta sobre el movimiento revolucionario de masas.

Sin embargo, el impacto producido por la revolución de 1905 dejó huella en las masas oprimidas del Imperio Ruso y fue determinante para que se produjese la segunda revolución democrático-burguesa rusa en 1917. Lo más importante de la revolución de 1905 desde el punto de vista de la revolución proletaria fue que supuso la aparición del organismo mediante el cual el proletariado ejercería su poder político, el soviet, que reaparecería en Rusia con la revolución de 1917. Los soviets permitían al proletariado tomar sus decisiones tras una discusión abierta y elegir a sus representantes (los cuales tenían un mandato imperativo y podían ser revocados en cualquier momento por los obreros), además de aplicar en la práctica las decisiones previamente acordadas. Junto con todo esto, la revolución de 1905 también fue un momento determinante de la constitución del partido proletario de nuevo tipo, el POSDR(b), que sería el instrumento esencial que en 1917 permitiría conducir la revolución burguesa de febrero hacia la revolución socialista de octubre.

Doce años después de la primera revolución burguesa rusa, en febrero de 1917 las masas rusas volvieron a levantarse. Desde la finalización de la ola revolucionaria iniciada en 1905, el movimiento de masas había vivido en Rusia un periodo de reflujo que solo había conocido un periodo de auge entre 1912 y 1914, que fue abortado con el inicio de la I Guerra Mundial y el contagio del sentimiento patriótico entre la clase obrera. Pero poco después volvieron a comenzar las huelgas como consecuencia de la bajada del nivel de vida. Para 1917, tras tres años de guerra imperialista, las condiciones de vida del proletariado habían empeorado considerablemente -los alimentos escaseaban, el precio de los mismos había crecido, había carencia de viviendas, la jornada laboral había aumentado, etc.-, Rusia había sufrido varias derrotas militares y más de un millón y medio de soldados habían muerto en el frente. Ante esta situación, a principios de 1917 se produjeron una serie de huelgas y manifestaciones que se convirtieron en una insurrección de masas. Las tropas enviadas por el Estado zarista para reprimir el levantamiento, tras unos enfrentamientos en los primeros días con los huelguistas, se negaron a continuar con la represión y se unieron al movimiento revolucionario. Con la situación fuera de su control el Zar abdicó. Triunfaba así la segunda revolución burguesa rusa con la caída de la monarquía zarista. Para sustituir al Zar en el ejercicio del poder burgués se creó el comité de la Duma, que después establecería un gobierno provisional.

Pero, en el desarrollo de esta revolución democrático-burguesa y en el vacío de poder que se creó, también volvieron a aparecer los soviets. El primero de ellos se creó en la ciudad de Petersburgo, y la iniciativa de su constitución correspondió en parte a las propias masas proletarias, que conservaban el recuerdo de la experiencia de la gestión de su poder político en los soviets de 1905, y en parte a los dirigentes de los partidos obreros, principalmente los mencheviques. Y, rápidamente, desde Petersburgo los soviets se extendieron por todas las ciudades y zonas industriales del Imperio ruso, creados también por decisión de los dirigentes de los partidos socialistas en combinación con el movimiento de masas.

De esta forma, la revolución de febrero de 1917 se saldaba con la constitución de dos poderes: el poder burgués, representado por el gobierno provisional, y el poder obrero, representado por los soviets. Pero estos últimos, al estar la mayoría de ellos controlados por los oportunistas mencheviques y socialrevolucionarios (incluido el Soviet de Peterburgo, que era el más importante y el cual ejercía influencia sobre el resto de soviets), delegaban su poder en el gobierno provisional. A pesar de que los soviets disponían de los resortes del poder (el Soviet de Petersburgo controlaba a las tropas o los ferrocarriles, legislaba en el ámbito laboral, etc.), los mencheviques y eseristas hacían de ellos simples órganos de control sobre el gobierno burgués (en el caso del Soviet de Petersburgo) y sobre las Dumas de las ciudades (en el caso de los soviets locales), ya que, en base a la tesis de mencheviques y socialrevolucionarios (según la cual, el carácter de la revolución era y debía seguir siendo burgués), era al gobierno provisional al que le correspondía ejercer el poder político. Es decir, convertían a los soviets en los órganos a través de los cuales la pequeña burguesía y la aristocracia obrera, a las cuales representaban estos partidos, defendían sus intereses de clase presionando e influyendo a los gobiernos de la burguesía (a partir del mes de mayo entrarán ellos mismos en el gobierno burgués).

Aun así, no todos los soviets tenían este carácter. Desde la formación de los soviets algunos ejercían el poder político efectivo en exclusiva, es decir, eran verdaderos órganos de poder (sobre todo en aquellos donde los bolcheviques tenían la mayoría desde un primer momento). Estos dirigían el abastecimiento de alimentos, expropiaban fábricas, expropiaban a los terratenientes, creaban las guardias rojas, etc. También se crearon en las empresas los consejos de fábrica, en los cuales los bolcheviques tuvieron una influencia importante desde un principio, a diferencia de lo que ocurrió en los soviets. En muchos casos, estos consejos  también se hicieron con el control y dirección de las fábricas.

La historia de la Revolución Rusa desde febrero a octubre de 1917 es la historia de la lucha de los bolcheviques por conquistar a las masas obreras que se organizaban en los soviets, eliminando la influencia que los oportunistas mencheviques y socialrevolucionarios ejercían sobre ellas y transformando la conciencia de estas a conciencia revolucionaria (y como consecuencia de esto, convertir a los soviets en verdaderos órganos de poder político efectivo). Las especiales condiciones existentes en Rusia permitieron que el desarrollo de este proceso pudiese realizarse en líneas generales de forma pacífica, con la excepciones de las jornadas de julio (las cuales demostraron la imposibilidad del triunfo de la insurrección proletaria sin la existencia de verdaderos órganos de Nuevo Poder y la dirección de un Partido Comunista, ya que el POSDR(b) fue a la zaga de los acontecimientos) y el golpe de Estado del general Kornilov en septiembre. Aun así, los soviets estaban armados desde un principio tanto por la participación de soldados en ellos como por la creación de milicias obreras propias, los guardias rojos.

La experiencia de las masas en la gestión de su poder y el compromiso de los oportunistas con el poder burgués -que por ello vaciaban de contenido a los soviets- hicieron que los bolcheviques fueran ganando progresivamente más influencia. Cuando los bolcheviques se hicieron con la mayoría en los soviets (lo cual ocurrió en septiembre), la situación estaba lista para lanzar la insurrección, que se produjo finalmente en octubre. De este modo se inició la guerra civil revolucionaria, en la cual se produjo el enfrentamiento militar entre el poder proletario defendido por los bolcheviques y el poder burgués defendido por el movimiento blanco; una guerra civil revolucionaria que finalizaría con el triunfo de la dictadura revolucionaria del proletariado sobre la dictadura de la burguesía.

La insurrección de Octubre no fue una insurrección espontánea, sino que fue una insurrección preparada, dirigida e iniciada por el POSDR(b). Pero los órganos del nuevo poder proletario, los soviets, cuya existencia permitieron realizar la insurrección, habían sido creados de forma externa a los bolcheviques. Es decir, no habían sido creados por el Partido Comunista sino que habían sido creados en el desarrollo de una revolución burguesa espontánea, revolución que aún estaba pendiente en la Rusia de 1917 tras el fracaso de la revolución de 1905. Este surgimiento de los soviets en la revolución burguesa de febrero a través de la iniciativa de las masas y de los dirigentes socialistas es lo que posibilitó que, al existir un partido proletario de nuevo tipo en Rusia, este último pudiera transformarlos en un poder político efectivo de la clase obrera y que, una vez conseguido esto, se pudiera lanzar la insurrección para eliminar el poder burgués y conquistar el poder político para la clase obrera en todo el país, lo cual se lleva a cabo mediante la guerra civil revolucionaria contra la burguesía.

En las revoluciones en Rusia se vuelve a presentar de forma nítida el mismo paradigma que durante el ciclo revolucionario burgués en Europa occidental [2], que no es otro que el entrelazamiento entre las revoluciones burguesas (las cuales son espontáneas) con la revolución proletaria (la cual es consciente). Así, la primera aparición de los soviets en la historia se produce en la revolución burguesa de 1905 y los crean los propios obreros en el desarrollo de su movimiento espontáneo. Esto permite que en la segunda revolución burguesa, en febrero de 1917, se vuelvan a crear los soviets, esta vez ya con participación de los partidos obreros en su generación. A su vez, esto permite que el POSDR(b) conquiste a las amplias masas proletarias mediante la experiencia de estas en la gestión de su poder y pueda dirigir la insurrección para el establecimiento de la dictadura proletaria en el territorio del antiguo Imperio zarista.

La circunstancia de que los órganos de poder de las masas proletarias surgieran en el desarrollo de una revolución burguesa, y por tanto espontánea, y sin la intervención del Partido Comunista, hará que el modelo revolucionario espontaneísta-insurreccional, que ya estaba arraigado en el movimiento obrero por el desarrollo de este durante el ciclo de la revolución burguesa en Europa occidental, tal como ya hemos explicado, se extienda y se afiance en el movimiento comunista. Movimiento que nace además con la Revolución de Octubre y que por ello recoge los presupuestos de la misma. Aunque de forma limitada, poniendo el acento en los elementos espontáneos y no en los conscientes.

Pero la inviabilidad de la insurrección para conquistar el poder sin el previo establecimiento de los órganos del Nuevo Poder quedará rápidamente demostrada en Europa y en China en los años siguientes a la Revolución de 1917. Durante la oleada revolucionaria que sigue a la revolución en Rusia se producirán insurrecciones en Alemania, Bulgaria y en otros países.

En Alemania, en noviembre de 1918, se produce un levantamiento que se salda con la abdicación del emperador Wilhelm II y la creación de consejos (llamados räte) de obreros, de soldados y de campesinos por parte del movimiento espontáneo de masas, bajo el influjo de la Revolución de Octubre. La mayoría de los consejos estaban controlados por el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), que, al igual que hicieron los mencheviques y eseristas en Rusia con los soviets, los utilizaban para defender los intereses de clase de la aristocracia obrera y la pequeña burguesía y, a la vez, ejercían el poder desde el gobierno provisional, formado por el SPD y el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD), escisión del anterior que adoptaba una posición intermedia conciliadora y centrista entre el SPD y las organizaciones obreras revolucionarias. Estos consejos no eran, por tanto, órganos de poder político de la clase obrera. Solo en un número pequeño de consejos tenían el control los revolucionarios vinculados a la Liga Espartaquista y otros grupos revolucionarios y actuaban, consiguientemente, como efectivo poder político del proletariado. Ante esta situación, cuando en enero de 1919 los obreros de Berlín se lanzan a la insurrección sin la previa existencia del poder político obrero, esta es aplastada rápidamente por la reacción. En estos acontecimientos el Partido Comunista de Alemania (KPD), que acaba de constituirse, fue a la zaga de los acontecimientos y acabó pagando con el asesinato de cientos de sus miembros, entre ellos sus dirigentes Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. Solo en las regiones donde los consejos no estaban bajo control del SPD pudieron crearse Repúblicas de Consejos, como fue el caso de Baviera, cuya duración en el tiempo fue muy breve. Esto se debió en muy gran medida a la inmadurez del KPD, que no contaba con la experiencia del POSDR(b) (constituido en un proceso de lucha de dos líneas contra el revisionismo a lo largo del tiempo), y no pudo transformar los consejos en órganos de Nuevo Poder e infundir conciencia revolucionaria en las amplias masas de la clase obrera.

En Hungría, en 1918, también llegarán los ecos de la Revolución soviética y se crearán consejos de obreros, campesinos y soldados de forma espontánea. Estos estaban controlados también por socialdemócratas, lo que impedía su constitución como verdaderos organismos de poder político. A la vez, el Partido Socialdemócrata también formaba parte del gobierno, junto con otros partidos burgueses. Ante el aumento de la influencia de los comunistas en los consejos y la imposibilidad del gobierno para controlar la situación, este cede el poder a una coalición formada entre el Partido Socialdemócrata y el Partido Comunista. Dicha alianza lleva a cabo la transformación de estos consejos en verdaderos organismos de poder político del proletariado y crea la República de Consejos de Hungría. Esta experiencia durará unos meses, desde marzo a agosto de 1919, cuando tras las derrotas militares frente a Rumanía y los errores cometidos por los revolucionarios el gobierno caería y se suprimirían los consejos. (En este episodio histórico, como en la Comuna de París, la burguesía -en este caso la húngara- fue socorrida por otras burguesías, sobre todo la rumana, que envió tropas de ocupación a Budapest para aplastar la revolución. Y es que, a la hora de la verdad, las distintas burguesías nacionales forjan cuantas alianzas sean necesarias para machacar al proletariado.)

En las experiencias alemana y húngara los soviets también surgen por la acción espontánea del movimiento obrero de masas, pero este se debe a la influencia que la Revolución de Octubre ejerció sobre el proletariado europeo y mundial. Las masas a las que les habían llegado las noticias de la formación de soviets en Rusia imitaron el ejemplo ruso y crearon sus propios órganos. Aunque, como ya hemos mencionado, en su mayoría estaban controlados por la socialdemocracia, que también ejercía el poder burgués desde el gobierno, y por lo tanto no eran verdaderos órganos de Nuevo Poder de la clase proletaria. Solo en los casos donde los soviets no estaban controlados por la socialdemocracia -Baviera- o donde los comunistas pudieron imponer a la socialdemocracia un pacto -Hungría-, pudo la clase obrera tomar el poder momentáneamente. Pero, debido a la debilidad de los Partidos Comunistas recién creados en estos países, la existencia de estas Repúblicas socialistas fue muy breve (apenas unos meses de existencia).

En los años siguientes se producirán otros levantamientos insurreccionales en Alemania, como el de la región del Ruhr en marzo-abril de 1920, las tentativas insurreccionales del KPD en marzo de 1921 y la insurrección en Hamburgo en octubre de 1923. Estas insurrecciones, al no existir Nuevo Poder proletario y, por consiguiente, no poseer conciencia revolucionaria las amplias masas del proletariado, fracasarán. En otros países europeos (como Bulgaria en 1923 y Estonia en 1924) y en China (durante los años 1925-1927), también tendrán lugar insurrecciones partiendo de las mismas condiciones, las cuales, por dicho motivo, también fracasarán.

A pesar de estos numerosos y continuos fracasos, el movimiento comunista internacional asumiría el paradigma espontaneísta de la revolución debido a lo explicado en este epígrafe, es decir, el surgimiento del marxismo y del movimiento obrero durante el desarrollo del ciclo revolucionario burgués que transcurre de 1789 a 1871, al entrelazamiento de las experiencias revolucionarias del proletariado con las revoluciones burguesas (tanto en Europa occidental como en Rusia) y a una asimilación deficitaria de la experiencia de la Revolución de 1917. Sin embargo, habría dentro del MCI una excepción que veremos en el tercer epígrafe y que abriría el camino hacia la conformación de la estrategia revolucionaria del proletariado para la conquista del poder. Pero antes trataremos la concepción de la revolución vigente hoy en día en la casi totalidad del movimiento comunista internacional a través del ejemplo de varios destacamentos que lo integran; una concepción fundada en esta visión espontánea del proceso revolucionario.

El MCI y la revolución espontánea en la actualidad

El ala más derechista del Movimiento Comunista Internacional hace mucho tiempo que abandonó tanto práctica como teóricamente cualquiera pretensión de llevar a cabo la revolución, de destruir el Estado de la burguesía y sustituirlo por un Estado del proletariado organizado en base a los órganos del Nuevo Poder. En vez de este objetivo, tienen como pretensión la gestión del aparato estatal de la burguesía, de la dictadura del capital, para desde esa posición introducir ciertas reformas en el sistema. Reformas que cuando llegan al poder ni siquiera realizan.

En este sector derechista se encuadran, por ejemplo, a nivel europeo las organizaciones que forman el Partido de la Izquierda Europea (a las que, en su inmensa mayoría, podría catalogárseles como los restos del eurocomunismo -PCE, PCF, etc.- y de los partidos del bloque “socialista” del Este de Europa -PCRM, KSCM, etc.-). Pero también hay organizaciones coaligadas con organizaciones del PIE que proceden de otras corrientes, como es el caso del PCOF, que proviene de la corriente pro-albanesa y forma parte del Front de gauche, o el KOE, que proviene del ala derecha del maoísmo e integra la coalición griega Syriza. Algunas de estas organizaciones que forman el PIE han gobernado incluso sus respectivos países, como es el caso del PCRM en Moldavia y del AKEL en Chipre. A nivel extra-europeo hay otros ejemplos de partidos “comunistas” que gobiernan o han gobernado estados burgueses, como el SACP en Sudáfrica, que gobierna ese país en alianza con el Congreso Nacional Africano y la central sindical COSATU desde hace 20 años, o el PCI y el PCI(marxista) en la India, que han gobernado Estados de ese país como Bengala Occidental y Kerala durante años hasta su reciente debacle electoral. El número de partidos que han abandonado el objetivo de la revolución por completo es muy amplio. A los ya mencionados anteriormente se les podrían sumar como ejemplos el CPUSA en los EE UU, el Partido Comunista Japonés, el Partido Comunista de Brasil, el Partido Comunista de la Federación Rusa, etc.

En este texto no entraremos en el análisis de la línea de estas organizaciones, ya que no contemplan la revolución de ninguna de las maneras. Aquí trataremos la posición de aquellos destacamentos que, defendiendo en el plano teórico la revolución para el establecimiento del Estado obrero, tienen una concepción espontaneísta de la misma y por tanto están incapacitados para dirigir a la clase obrera a la toma del poder; es decir, de organizaciones que están a la izquierda de este sector ultraderechista mayoritario en el MCI.

En el ámbito internacional, el destacamento que en los últimos tiempos ha conseguido agrupar tras de sí a las organizaciones procedentes del revisionismo pro-soviético que en el ámbito teórico aún defienden la revolución socialista a la vez que desarrollan una práctica sindicalista, es el Partido Comunista de Grecia (KKE). Esta organización se ha erigido en una especie de guía ideológica para un sector del MCI donde se encuentran partidos tales como el PCPE, el TKP turco, el Partido Comunista de México, etc. Esto tiene sus causas en que el KKE, tras el derrumbe de la URSS y del “campo socialista” del Este de Europa, mantuvo su retórica formalmente “marxista-leninista”, rompiendo con los elementos más degenerados del revisionismo pro-soviético (realizando una crítica limitada y oportunista al PCUS y a la URSS revisionista, ya que, por ejemplo, la consideran socialista hasta 1989-1991) y no deslizándose hacia el eurocomunismo-socialdemocracia, como hicieron otros partidos pro-soviéticos. A la vez, conservó su base social, manteniendo su influencia en el movimiento obrero y sus resultados electorales y su presencia en las instituciones del Estado burgués griego [3]. Además, adoptó una posición activa en el seno del MCI, promoviendo los Encuentros Internacionales de Partidos Comunistas y Obreros (EIPCO) a partir de 1998.

Este partido, el KKE, en su último congreso, el 19.º, celebrado en abril de 2013, aprobó su Programa que, como dicen al principio del mismo, “desarrolla la estrategia general del KKE por el socialismo”. En él muestran sus concepciones acerca del proceso revolucionario, concepciones que beben directamente del paradigma espontaneísta vigente durante el finiquitado Ciclo de Octubre.

Para este partido la crisis revolucionaria se produce de forma objetiva sin intervención del movimiento revolucionario proletario en su gestación, sin intervención del factor subjetivo. Así, dicen lo siguiente:

“La situación revolucionaria es un factor creado objetivamente. (…) No es posible predecir de antemano los factores que conducirán a la situación revolucionaria. La profundización de la crisis económica, la agudización de las contradicciones interimperialistas que incluso pueden convertirse en conflictos militares, pueden crear tales condiciones en Grecia”.

Son factores externos a la iniciativa del proletariado organizado en movimiento revolucionario, como la crisis económica o la guerra inter-imperialista, los que ponen como ejemplos para la creación de esta situación. Para ellos, el factor subjetivo únicamente se puede manifestar cuando se produce la crisis revolucionaria:

“El KKE trabaja en la dirección de la preparación del factor subjetivo en la perspectiva de la revolución socialista, aunque el período de su manifestación está determinado por las condiciones objetivas, la situación revolucionaria”.

Por tanto, el movimiento comunista, en época no revolucionaria, apenas se diferenciaría de un sindicato a la espera de que llegase la época revolucionaria por causas ajenas al propio movimiento comunista.

Partiendo de esta concepción, su actividad, la cual definen en el Programa como “preparación del factor subjetivo”, solamente se puede basar en la acumulación de fuerzas de las masas obreras mediante las luchas de resistencia hasta que llegue la crisis revolucionaria (que reconocen que no saben ni cómo, ni por qué, ni cuándo se producirá) para ponerse al frente de la clase obrera con el objetivo de la conquista del poder por parte de esta. Así, el KKE lucha para la el fortalecimiento de lo que denomina “Alianza Popular”, que se corresponde con el movimiento de masas de carácter resistencial, con conciencia de clase en sí. En la Resolución Política, aprobada en el 19.º Congreso, afirman:

“La Alianza Popular responde a la cuestión de la organización de la lucha para rechazar las medidas antilaborales antipopulares bárbaras, reuniendo fuerzas y lanzando una lucha de contraataque para tener algunos logros, en el camino de la lucha por el derrocamiento del poder de los monopolios. (…) En estas condiciones se organiza y se coordina para la resistencia, la solidaridad, la supervivencia”.

Es decir, conciben la Alianza Popular como el movimiento organizado para llevar a cabo las luchas de resistencia de las masas frente a las medidas del Estado burgués y para la consecución de reformas. Pese a que encuadren estas luchas en el camino hacia la conquista del poder, esta actividad tradeunionista imposibilita la consecución de dicho objetivo.

Esta estrategia del proceso de toma del poder (conformada por una práctica sindicalista y conjugada con una concepción espontaneísta de la revolución) que defiende el KKE, fue la que se asentó en el movimiento comunista desde prácticamente su fundación (por las causas expuestas en el primer epígrafe de este texto). Este fue y es uno de los factores principales que ha llevado al movimiento revolucionario de la clase obrera a su situación actual de postración y derrota. La casi totalidad de las organizaciones comunistas se dedican a participar en las luchas de resistencia de la clase obrera y obvian por completo la preparación del factor subjetivo, del Partido de Nuevo Tipo entendido como movimiento proletario revolucionario de masas, para que una vez constituido sea este el que comience la lucha revolucionaria por el establecimiento del poder político de la clase obrera. El KKE, aunque concibe la preparación del factor subjetivo -si bien simplemente como acumulación de masas con conciencia de clase no revolucionaria, con conciencia de clase en sí-, defiende que este solo se puede manifestar cuando se produzca la crisis revolucionaria de forma espontánea. Por ello, se deja a la pura espontaneídad la posibilidad de organizar la revolución.

La práctica sindical, es decir, la participación/dirección por parte de los comunistas en las luchas de resistencia económica de la clase obrera como base de su accionar político, no puede generar movimiento revolucionario. Esto se debe a que la clase obrera no adquiere conciencia de clase revolucionaria mediante las luchas de resistencia, esto es, las luchas contra las medidas del gobierno burgués, por mejoras de las condiciones de vida, contra despidos, etc. Tampoco adquiere la clase proletaria conciencia de clase para sí mediante la agitación realizada por los comunistas. Lo primero porque esas luchas no van a la raíz, no se producen contra el sistema socio-económico capitalista, sino que solamente se dirigen contra algunas de sus consecuencias y, por tanto, no rebasan el propio marco de las relaciones capitalistas. Como consecuencia de ello, las masas que participan en dichas luchas se conforman con pelear por las reivindicaciones parciales e inmediatas y no se cuestionan la existencia del modo de producción capitalista. La agitación como la presentación a las masas de programas donde se recogen en ellos una serie de medidas a realizar, a su vez, no genera conciencia revolucionaria, puesto que las masas precisan la materialización de las transformaciones sociales para convencerse de la necesidad de la conquista del poder y no las simples promesas de un futuro mejor realizadas por la vanguardia. Frente a esto, las amplias masas proletarias solo adquieren conciencia revolucionaria mediante su experiencia en la gestión de su poder, tal y como lo demuestra la experiencia de la Revolución Proletaria Mundial y como veremos y analizaremos en el tercer y último epígrafe del texto.

En el caso del KKE, en el año 1999 impulsó la creación del Frente Militante de Todos los Trabajadores, más conocido por sus siglas: PAME. Esta organización sindical, la segunda más importante de Grecia, cuenta con una gran influencia entre las masas, contando con centenares de miles de afiliados, y ha convocado decenas de huelgas generales en el país heleno desde el comienzo de la crisis económica de 2008. Sin embargo, por los propios límites del sindicalismo, este frente sindical no puede ir más allá de la lucha de resistencia y no constituye, evidentemente, ningún embrión de movimiento revolucionario. El KKE, a lo máximo que puede aspirar (como todas las organizaciones economicistas), es a traducir la influencia que ejercen en el movimiento de resistencia de las masas en votos en las elecciones a las instituciones parlamentarias del Estado burgués. Aunque ni siquiera a eso alcanza la actividad de estas organizaciones en el ámbito sindical. En el supuesto concreto del KKE, los votos que obtiene son considerablemente inferiores al número de militantes del PAME.

También hay que recordar que en las elecciones generales del año 2012 se produjo un trasvase de votos considerable desde el KKE a Syriza, debido a la posibilidad de esta última formación de alcanzar el gobierno (de las elecciones de mayo a las de junio el KKE perdió algo más de 250 000 votos). Syriza es una organización abiertamente reformista cuyo objetivo es gestionar el Estado de la burguesía para implementar alguna que otra reforma dentro del propio marco burgués. Que una parte importante del electorado del KKE votase a esta coalición evidencia el hecho de que las masas sobre las que el KKE ejerce influencia poseen, como no podía ser de otra forma, solamente conciencia de clase en sí.

De esta forma, toda la actividad del KKE, tanto la sindical como la parlamentaria, se halla dentro del marco de las relaciones burguesas. Sus acciones no van más allá de lo que permite la legislación del Estado burgués y, pese a su influencia sobre las masas, en ningún momento se plantea el KKE realizar acciones que supongan la creación del poder obrero y la confrontación de poderes entre este y el poder burgués. Toda su práctica se queda en el movimiento obrero con conciencia de clase en sí, al estilo del movimiento proletario de viejo tipo. En los últimos años han planteado la creación de “comités populares” en los barrios, pero estos no serían otra cosa que organismos sindicales organizados en los barrios de las ciudades. En la Resolución Política del 19.º Congreso, dicen:

“Los Comités Populares, la Alianza Popular en los sectores y en los barrios deben garantizar la solidaridad, hasta incluso el pan que les falta a los pobres, proteger a los pobres de los embargos de casas. Participarán, apoyarán la lucha de los trabajadores contra las medidas bárbaras. Protegerán el barrio de los ataques de las fuerzas de represión estatal y de los criminales de Amanecer Dorado. La clase obrera, la alianza popular en el centro de trabajo y en el barrio organizará el pueblo en los levantamientos populares”.

Sin entrar en la puesta en práctica de los mismos, las medidas que enumeran no van más allá de la resistencia, no suponen la aplicación de poder político. En el caso de lo último que mencionan (los “levantamientos populares”), no lo desarrollan, pero, teniendo en cuenta el resto de sus tesis y la práctica que llevan a cabo, eso no supondrá nada más que la realización de huelgas. De hecho, en su Programa, en coherencia con su concepción espontaneísta de la revolución, la creación de los “gérmenes de los órganos del poder obrero” lo contemplan únicamente en el proceso revolucionario que se dé cuando espontáneamente se produzca la situación revolucionaria y no antes. Y esto lo ratifica uno de los miembros del CC del KKE, quien plantea lo siguiente:

“Esta alianza social, en condiciones de situación revolucionaria, se convertirá en un frente obrero-popular revolucionario, que creará los órganos del poder obrero-popular…” [4].

Como corolario lógico de la práctica tradeunionista del KKE, al no poder con esta sentar las bases de un movimiento revolucionario ni gestarlo, este partido se ve obligado a plantear un salto en el vacío entre su actividad y la revolución. Así, la realización de esta última se deja a los designios del devenir histórico (sin comprender que la lucha revolucionaria del proletariado debe ser dirigida conscientemente), en un acto de fe en el surgimiento de la situación revolucionaria. Ellos mismos reconocen que no saben cómo se producirá, pero aun así confían en que se produzca, haciendo caso omiso a la inexistencia de precedentes históricos que puedan sostener dicha tesis, al menos desde que caducó la época revolucionaria de la burguesía. Según su concepción, no es el factor subjetivo al que le corresponde desatar la guerra revolucionaria y provocar la crisis revolucionaria, sino que los comunistas deben aguardar a una situación revolucionaria espontánea. Esto tiene sus raíces en la concepción determinista y fatalista de que el capitalismo tarde o temprano tendrá que caer y en el paradigma revolucionario espontaneísta heredado por el movimiento comunista de la época revolucionaria de la burguesía, que ya hemos explicado en el primer epígrafe. Sin embargo, el capitalismo ha demostrado a lo largo del siglo XX su capacidad para reestructurarse tanto tras las crisis económicas como tras la crisis política que supuso para este sistema socio-económico el triunfo de la Revolución de Octubre y el consiguiente inicio del Ciclo revolucionario del proletariado y la construcción del socialismo. Por ello, la creencia de que el capitalismo está predestinado a su fin no deja de ser eso, una creencia idealista alejada de la realidad material e histórica.

Sin embargo, a pesar de las consideraciones del KKE acerca de las situaciones revolucionarias espontáneas, su actuación, cuando en diciembre de 2008 se produjo una tesitura similar en Grecia, nada tuvo que ver con organizar la revolución, con la “manifestación del factor subjetivo”, como argumentan ellos. En ese mes, tras el asesinato de un joven anarquista a manos de la policía en el barrio ateniense de Exarchia, se desató una revuelta y movilización de masas por todo el país heleno, creándose vacíos de poder en numerosas zonas. Ante este movimiento de masas, el KKE se limitó a continuar con su actividad pacífica y legal, convocando algunas manifestaciones y mítines contra la “represión y violencia estatal”. En un comunicado del Comité Central del KKE sobre estos acontecimientos [5], se decía:

“La situación exige estar muy alerta en vista de la posibilidad de adelanto electoral, para que los partidos del sistema bipartidista sufran un gran golpe”.

Al igual que en su participación en el frente sindical, en las movilizaciones de masas espontáneas, el KKE, por los propios límites de su práctica, solo puede derivar estos movimientos como votos a las elecciones burguesas, haciendo gala de su cretinismo parlamentario. Y es que, pese a que en su Programa y en el resto de documentos contemplen la revolución (cuando llegue ese día de la situación revolucionaria espontánea, claro), al carecer de línea militar, de aparato clandestino y, en suma, de estrategia revolucionaria para la conquista del poder político, aun en el caso de que se produzcan revueltas de masas y vacíos de poder, como fue el caso de diciembre de 2008, están incapacitados dirigir ningún proceso revolucionario. [6]

Como reverso del economicismo se halla el terrorismo individual, formando ambos las dos caras de la misma moneda revisionista. La época dorada de este movimiento se vivió en las décadas de los años 70-80 del siglo pasado. En ese tiempo hubo varias organizaciones activas tales como las Brigadas Rojas en Italia, la RAF en la Alemania Occidental, las Células Comunistas Combatientes en Bélgica, los GRAPO en el Estado español, etc. Su existencia se enmarca en una época de auge revolucionario dentro del Ciclo de Octubre con las luchas de liberación nacional a lo largo y ancho del mundo (como la de Vietnam), los movimientos espontáneos de masas en Europa (como el mayo francés del 68 o el otoño caliente italiano del 69), y, especialmente, la Gran Revolución Cultural Proletaria en China (no es casualidad que la mayoría de estas organizaciones estuviesen influenciadas o tuviesen simpatías por el maoísmo). Su apuesta por la lucha armada, desligada de las masas obreras, reflejaba el rechazo frente al economicismo legalista (ya que estas organizaciones que practicaban el terrorismo pequeño-burgués no dejaban de ser economicistas también), mayoritario en el movimiento comunista. Pero, al partir de los mismos principios que los de las organizaciones economicistas (principalmente la incapacidad para fusionarse con las masas proletarias mediante órganos de Nuevo Poder para conformar un movimiento revolucionario y, enlazado con esto, la concepción espontaneísta de la revolución) y, al estar expuestos a la represión del Estado burgués por la realización de acciones armadas (sin estar enraizados en las masas), prácticamente todas estas organizaciones, después de varias reapariciones de corto recorrido, terminaron desapareciendo.

Tomando como ejemplo de esta corriente el caso del Estado español, el PCE(r) concibe la lucha armada de la guerrilla como un medio para conquistar a las masas, como un medio de apoyo al movimiento de masas, a la espera de la insurrección espontánea. Así, en su Manifiesto-Programa sostienen lo siguiente:

“En España la guerrilla no va a poder acumular la fuerza necesaria, capaz de derrotar y aniquilar por sí sola al ejército fascista. Tendrá que ser la insurrección general de las masas, combinada con la lucha del ejército guerrillero, la que en su momento habrá de derrocar al Estado capitalista. De ahí que las principales funciones que deberá cumplir la guerrilla en esta etapa de la lucha político-militar sean las de seguir ayudando al movimiento de masas y a sus organizaciones, contribuir a crear todas las condiciones (políticas, económicas, orgánicas, militares, etc.) para la incorporación de las grandes masas a la lucha por el poder y procurar, a la vez, su propio fortalecimiento”.

Pero la lucha armada practicada por la vanguardia desligada de las masas -al igual que la práctica sindical- tampoco genera conciencia revolucionaria en las masas de la clase obrera. Este método de lucha ajeno al marxismo (y propio, históricamente, de corrientes pequeñoburguesas como el anarquismo o el populismo ruso) solo puede traer efectos contraproducentes para el movimiento comunista. Y es que para el objetivo de ganarse a las masas proletarias es ineficaz, puesto que estas solo se convencen por su propia experiencia y no porque determinados individuos realicen acciones armadas que no suponen ningún cambio ni ninguna transformación en la vida de las masas. En cambio, este tipo de acciones sí producen que los militantes que las realicen queden expuestos a la represión abierta del aparato estatal burgués. Lo cual, al no haberse previamente fundido con las masas, lleva a que las organizaciones que practican el terrorismo individual o que lo apoyan sean destruidas por los aparatos represivos de la burguesía.

Al encontrarse con esta situación objetiva (la imposibilidad de generar movimiento revolucionario proletario de masas a través de las acciones armadas de la vanguardia divorciada de las masas), el PCE(r) solo puede plantear la “resistencia” hasta que se produzca esa insurrección. De esta forma, exponen en su Manifiesto-Programa:

“Por este motivo, aquí solo cabe la resistencia política y la lucha armada, de modo que cuando se produzca la insurrección deberá estar preparada por largos años de resistencia del movimiento popular (…)”.

Pero ni el terrorismo individual, ni las luchas de resistencia [7], ni la resistencia en general pueden preparar a las masas para la revolución. Entre la resistencia y la revolución no hay continuidad: son luchas contrapuestas y la primera no sirve para desarrollar un movimiento revolucionario, al no adquirir el proletariado conciencia de clase para sí con ese tipo de luchas. Por ello, el PCE(r), al igual que los economicistas con su actividad, se ve obligado a plantear otro salto en el vacío entre su práctica, incluidos los métodos de lucha que defienden, y la revolución, que ellos defienden mediante una insurrección. Así, la realización de está última se dejaría a la espontaneidad de una “insurrección general de masas”. Aunque, eso sí, “preparada” con una práctica que en absoluto puede preparar la conquista del poder político al no basarse en la participación de las masas desde sus propios organismos armados. Todo esto lleva al PCE(r), pese a defender la Guerra Popular Prolongada en el plano teórico, a tergiversarla sustituyendo sus tres fases por dos: defensiva e insurrección. Así, la primera se correspondería con la lucha sindical y el terrorismo individual hasta que llegue el momento de la insurrección. Ahora bien, esta no es la única tergiversación de la GPP que realizan. Entre otras, también la vacían de su contenido fundamental, que es la creación consciente del Nuevo Poder, amparándose para ello en una supuesta imposibilidad (que en realidad esconde su incapacidad) de su creación en los países de capitalismo desarrollado. Pero pospongamos esto al tercer epígrafe, en el que trataremos más detenidamente estas cuestiones.

La práctica -la cual constituye el criterio de la verdad- ya se ha encargado de demostrar que la concepción sobre la revolución, tanto de los economicistas como de los defensores del terrorismo individual, es errónea. Las organizaciones que defienden y practican estas desviaciones no han sido capaces, puesto que su práctica choca con impedimentos objetivos para ello, no ya de tomar el poder político, sino tan siquiera de poner en marcha ningún proceso revolucionario de masas.

Frente a estas prácticas y la concepción de la revolución como un hecho espontáneo (cuya realización se hace depender de factores externos al proletariado revolucionario, como las crisis económicas, las guerras inter-imperialistas, etc.), se debe abrir paso la única estrategia de la revolución proletaria que puede ponerla en marcha. Esto es, la concepción de la revolución como un proceso consciente dirigido y desarrollado por el Partido Comunista desde un principio o, lo que es lo mismo, mediante la estrategia revolucionaria de la Guerra Popular.

La estrategia del proletariado: la Guerra Popular

“El abismo de la miseria humana y de la ignorancia es insondable. Todo sector que se yergue deja detrás de sí otro que apenas intenta levantarse. Pero la vanguardia no debe esperar a la masa compacta de la retaguardia para iniciar el combate. La clase obrera aprenderá la tarea de despertar, estimular y educar a sus sectores más atrasados cuando llegue el poder”.

(Lenin, Tesis para el II Congreso de la Internacional Comunista, en Obras completas, Akal, Madrid, 1978; tomo XXXIII, p. 313)

Como consecuencia de lo explicado en el primer epígrafe de este texto, el Movimiento Comunista Internacional hizo suya desde su constitución la tesis que concebía la revolución como una insurrección organizada durante crisis revolucionarias surgidas de modo espontáneo. Esta tesis fue fomentada también por el propio contexto existente en Europa, cuando se produjo la escisión del ala revolucionaria de la socialdemocracia para formar la III Internacional. En dicho periodo, tras la Revolución de Octubre y bajo la influencia de esta, en los países europeos se vivía un estado de efervescencia revolucionaria (surgieron consejos obreros en Alemania, Hungría, Austria o Irlanda; se produjo el biennio rosso en Italia, tuvieron lugar movimientos huelguísticos en numerosos países, etc.) que llevó a creer a los comunistas que la revolución internacional, al menos en Europa, estaba cerca de triunfar [8]. Todos estos fueron movimientos de masas en los que el factor espontáneo (debido al ejemplo de la Revolución socialista en Rusia y a la existencia previa de movimientos obreros organizados de masas en toda Europa) jugó un papel fundamental, lo que tuvo como consecuencia que se reafirmase y consolidase la concepción de que para desarrollar la revolución era necesario que se produjesen situaciones revolucionarias espontáneas, tomando como modelos a estas [9].

Al mismo tiempo que se asentaba la visión espontaneísta-insurreccionalista de la revolución se manifestaban concepciones economicistas en el seno del MCI. La causa de esto se halla en que, aunque el movimiento comunista rompió con las tesis revisionistas más degeneradas de la II Internacional, dicha ruptura no fue total, no fue absoluta, y el movimiento comunista recibió la herencia del marxismo del movimiento obrero de viejo tipo. Tales concepciones  comenzaron a manifestarse, sobre todo, cuando el impulso revolucionario que siguió a la Revolución de 1917 empezó a declinar (con el transcurso del tiempo, las concepciones revisionistas legadas por el marxismo socialdemócrata fueron aumentando su peso en el movimiento comunista hasta provocar la destrucción del propio movimiento revolucionario). De esta forma, en lo que respecta al economicismo, por ejemplo, en el III Congreso de la Internacional Comunista (IC), en 1921, se decía en las Tesis sobre la táctica:

“La naturaleza revolucionaria de la época actual consiste precisamente en que las condiciones de existencia más modestas de las masas obreras son incompatibles con la existencia de la sociedad capitalista, y que por esta razón la propia lucha por las reivindicaciones más modestas adquiere las proporciones de una lucha por el comunismo”.

Esta afirmación realizada por la IC (la cual sería repetida en los sucesivos Congresos de esta organización), que establecía un nexo directo entre la lucha por reivindicaciones inmediatas y la lucha revolucionaria, se contraponía a las enseñanzas de Lenin. Por ejemplo en su obra maestra ¿Qué hacer?, el marxista ruso exponía, en su crítica a la desviación economista en el movimiento socialdemócrata, la imposibilidad del desarrollo de la conciencia revolucionaria del proletariado en su lucha por mejoras económicas, en su lucha por reformas. Establecía la necesidad de que la conciencia de clase para sí debía ser introducida por la vanguardia en el movimiento obrero desde fuera de sus luchas de resistencia. Sin embargo, como vemos, a pesar de las enseñanzas del líder bolchevique, la Komintern en los años 20 adoptaría una tesis en sentido contrario a la estrategia revolucionaria defendida por Lenin. El establecimiento por parte de la III Internacional de una continuidad entre la lucha por reivindicaciones inmediatas y la lucha revolucionaria (cuestión que la práctica se había encargado ya de desmentir a esas alturas) era un síntoma de que el economicismo resurgía con fuerza (en realidad, en mayor o menor medida, nunca se había ido) en el movimiento revolucionario.

Con estos mimbres (economicismo y espontaneísmo), el movimiento comunista organizado en la Komintern fue incapaz de desarrollar ningún proceso revolucionario al chocar con límites objetivos para ello. En sus más de veinte años de existencia su línea sufriría varios bandazos de derecha a izquierda y viceversa. Como muestra de ello, la IC pasaría de plantear gobiernos obreros en alianza con la socialdemocracia en el IV Congreso de 1924 a considerar a esta, la socialdemocracia, el enemigo principal en el VI Congreso de 1928 para, posteriormente, volver a plantear en el VII Congreso de 1935 la alianza con ella para la lucha contra el fascismo (e incluso la fusión entre los Partidos Comunistas y los Partidos Socialdemócratas). Pero, independientemente de dichos cambios, las concepciones economicistas y espontaneístas-insurreccionalistas siempre estarían presentes en dichas tácticas y en el sustrato ideológico-político del MCI.

Sin embargo, entre todos los Partidos Comunistas que formaban la Internacional Comunista habría uno que rompería, más en la práctica que en el plano teórico, con la línea imperante en ella y sentaría las bases de la estrategia proletaria para la conquista del poder: el Partido Comunista de China.

En este país, tras el fracaso de las insurrecciones en las ciudades y la ruptura de la alianza establecida entre los comunistas y el Kuomintang (el partido que dirigía la revolución burguesa en la China semifeudal y semicolonial), el PCCh se retiraría al campo alrededor del año 1927. A partir de esta fecha es cuando la estrategia de la Guerra Popular Prolongada defendida por Mao comienza a abrirse paso —no sin grandes dificultades y obstáculos— en el Partido frente a las líneas oportunistas de derecha (la cual proponía ir a la zaga del Kuomintang en la revolución democrática) y de izquierda (la cual defendía centrarse exclusivamente en el proletariado urbano y continuar con las intentonas insurreccionales en las ciudades). Estas líneas oportunistas coincidían en subestimar u olvidarse completamente del campesinado, el cual constituía la inmensa mayoría de población china: la de los oportunistas de derecha por la razón de que la actividad revolucionaria de los campesinos lesionaría la alianza con el Kuomintang, al representar este último los intereses de determinadas fracciones de los terratenientes, y los oportunistas de izquierda porque solo contemplaban al proletariado de las ciudades como clase revolucionaria, olvidando la tesis de Lenin sobre la alianza obrero-campesina. Ambas concepciones impedían el desarrollo de la revolución china al convertir unos, los oportunistas de derecha, a los comunistas en un simple apoyo de la burguesía en su revolución democrática de viejo tipo y los otros, los oportunistas de izquierda, por centrarse exclusivamente en la clase obrera de las ciudades, clase ultraminoritaria en la China de la época, y por defender la estrategia insurreccional que ya había demostrado su fracaso en los años precedentes.

Frente a ellas, como decíamos, empezó a ser aplicada en 1927, tras la ruptura de la alianza con el Kuomintang y el consiguiente repliegue del PCCh al campo e inicio de la segunda revolución china, la Guerra Popular [10]. La consolidación de la línea revolucionaria no se produciría hasta el año 1935, con ocasión de la celebración de la Conferencia de Zunyi. En ella se apartó de la dirección a la línea oportunista de izquierda que controlaba el PCCh desde finales de los años 20, tras la destitución del grupo oportunista de derecha encabezado por Chen Duxiu. Por lo tanto, la Guerra Popular se desarrolló desde 1927 a 1935 en lucha de líneas contra la dirección del PCCh (apoyada por la Internacional Comunista, que continuaba defendiendo la estrategia insurreccional y ponía trabas a la aplicación de la GPP). Esta postura de la dirección oportunista desembocaría en la situación crítica de 1934, que solo pudo ser salvada mediante la realización de la Larga Marcha.

La nueva estrategia, la Guerra Popular, suponía la creación consciente por parte del Partido Comunista de China de los órganos del Nuevo Poder del pueblo, de los soviets de obreros y campesinos en el campo chino, conformando así las bases de apoyo revolucionarias [11]. En dichas bases, tras la expulsión del poder político burgués-terrateniente, eran las masas populares del campo las que ejercían el poder político, tomaban las decisiones y resolvían los problemas concernientes a su propia vida cotidiana. Eran las masas las que tomaban en sus manos la gestión del poder y, mediante la confrontación entre la dictadura democrática-popular y la dictadura burguesa-terrateniente, se decantaban por la primera y pasaban a las filas de la revolución social. La estrategia de la construcción del Poder popular era acorde con la máxima de que las grandes masas solo adquieren conciencia revolucionaria mediante su experimentación del poder político y las transformaciones sociales a él vinculadas. La GPP también conllevaba la creación de los destacamentos armados de las masas populares, que conformaban el Ejército Rojo. Era el ejército del pueblo, dirigido por el Partido, el encargado de combatir a las fuerzas armadas del enemigo y de defender el Nuevo Poder. Era además un instrumento de la línea de masas del PCCh. Allí donde actuaban los destacamentos armados estos hacían labor de propaganda entre las masas, las organizaban, les ayudaban a establecer el poder político revolucionario y les entregaban armas para formar unidades guerrilleras.

Mediante esta estrategia, el PCCh se iría extendiendo por el territorio chino, conquistando cada vez más sectores de las masas para la revolución. La acumulación de fuerzas de las amplias masas y la propia revolución se hacían a la vez, a diferencia de lo que defiende la estrategia economicista-insurreccional de la casi totalidad del MCI que suponía (y supone) la separación de ambas tareas: primero, una acumulación de fuerzas de carácter no revolucionaria, y luego, un salto en el vacío a la revolución depositando las esperanzas en el estallido de una crisis revolucionaria espontánea. Rompiendo con este paradigma, en la GPP en China las masas se conquistaban a la vez que se establecía en el Nuevo Poder, a la vez que se hacía la revolución.

Exceptuando el periodo del grupo oportunista de izquierdas, denominado los “28 bolcheviques”, en la dirección del PCCh (que sustituiría la guerra de movimientos por la guerra de posiciones, llevando a su casi total desaparición a la República Soviética de Jiangxi), el Partido no variaría su estrategia en torno a la GPP durante todos los años que duró la lucha por la conquista del poder político en China, incluida la etapa de la alianza con el Kuomintang frente a los invasores japoneses (1937-1945). Durante esta época, aunque el Nuevo poder popular y el Ejército Rojo estaban integrados formalmente en la República de China y en el Ejército Nacional Revolucionario del Kuomintang, respectivamente, eran en la práctica independientes de él. Esto permitió que durante este periodo, a la vez que combatían a los imperialistas nipones, el PCCh continuase estableciendo el Poder popular en el territorio chino y acumulando fuerzas de las grandes masas populares para la revolución. Y de este modo, tras el fin de la guerra contra el Imperio del Japón, los comunistas chinos pudieron emprender la inevitable guerra civil contra la gran burguesía y los terratenientes, representados por el Kuomintang, desde una posición de garantía al no haber renunciado previamente a la independencia ideológica, política y militar del proletariado (a diferencia del PCE en la guerra civil española) y haber continuado con el establecimiento del Nuevo Poder, lo cual permitió la conquista del poder político en toda la China continental en 1949.

Esta estrategia [12] también fue implementada por algunos Partidos Comunistas en las guerras de liberación nacional y las revoluciones democrático-populares en sus respectivos países durante la II Guerra Mundial. Tal fue el caso, por ejemplo, de Grecia, Albania o Yugoslavia. En estos países, sus correspondientes Partidos Comunistas —KKE, PCA, PCY— crearon los destacamentos armados —ELAS, ELN, EPLDPY— y el Frente —EAM, FLN, FPY—, y desarrollaron la lucha contra las fuerzas ocupantes y sus Estados títeres. Durante la guerra, partiendo de una situación de total inferioridad respecto del enemigo, consiguieron hacer partícipes a las grandes masas populares de estos países en la lucha por la liberación nacional implementando los órganos del Nuevo Poder que ejercían la dictadura democrático-popular. Estas fuerzas fueron capaces de liberar la mayoría del territorio de sus países por sus propias fuerzas. Así, cuando las tropas del Ejército Rojo soviético, en su ofensiva contra la Alemania nazi, se adentraron en estos países, las fuerzas ocupantes y sus lacayos en estos Estados estaban prácticamente derrotados. El mismo paradigma se produjo en Vietnam en la revolución democrática y la lucha de liberación nacional contra el Imperio del Japón y los colonialistas franceses.

También es la Guerra Popular la estrategia que ha permitido el desarrollo de los más recientes procesos revolucionarios dirigidos por Partidos Comunistas: las ya finiquitadas guerras civiles revolucionarias en Perú y Nepal y las que aún continúan en pie en India y Filipinas.

La propia Revolución de Octubre, sin desarrollarse mediante la estrategia de la Guerra Popular, encajaría dentro del esquema de la misma y compartiría sus principios [13]. En el proceso revolucionario ruso estaban presenten los tres instrumentos de la revolución: el Partido Comunista —el POSDR(b)—, los destacamentos armados —la Guardia Roja, que después daría lugar al Ejército Rojo— y el Frente-Nuevo Poder —los Soviets de obreros, soldados y campesinos—. Fue mediante la propia experiencia de la clase obrera en la gestión de su poder político, a través de los órganos del Nuevo Poder, como estas adquirieron conciencia de clase para sí y se sumaron a la revolución. Y, partiendo el proletariado revolucionario —como no puede ser de otra forma— de un estado de desventaja frente a la burguesía y su aparato estatal, consiguió acumular fuerzas pasando por las tres fases del proceso revolucionario —defensiva, equilibrio y ofensiva estratégica— hasta la total conquista del poder en el territorio del antiguo Imperio zarista. La diferencia principal con la estrategia de la GPP de la Revolución rusa fue el hecho de que en ella la creación de los órganos de poder de la clase obrera no fue obra del Partido Comunista, sino que estos órganos fueron creados en el transcurrir de una revolución democrático-burguesa todavía pendiente en la Rusia de 1917, como ya explicamos antes. Pero eso constituye una particularidad, una excepción, del proceso revolucionario ruso, no aplicable al resto de revoluciones proletarias, en las cuales dicha labor, la creación de los órganos de poder, corresponde al movimiento revolucionario del proletariado, al Partido Comunista.

Esta coincidencia de las líneas generales de la Revolución de 1917 y la Guerra Popular no es fruto de la casualidad, sino que se debe a que la Guerra Popular constituye la estrategia para la conquista del poder coherente con los principios y características de la revolución proletaria. Por ello, consideramos que la GPP es la estrategia de aplicación universal para la implantación de la dictadura del proletariado. A continuación trataremos los principios generales de la Guerra Popular.

La Guerra Popular requiere para su desarrollo la constitución de los tres instrumentos revolucionarios: Partido Comunista, Ejército proletario y Frente-Nuevo Poder.

El Partido Comunista es el organismo social que plasma la fusión entre la vanguardia revolucionaria (portadora de la cosmovisión proletaria) y las masas obreras, constituyendo así el movimiento revolucionario del proletariado. La necesidad del Partido de Nuevo Tipo tiene su causa en el hecho de que las grandes masas del proletariado no desarrollan conciencia revolucionaria por sí mismas, de forma espontánea. Esto implica que tiene que ser la vanguardia comunista, la cual sí posee esa conciencia de clase para sí, la encargada de dotar al proletariado de la conciencia sobre la necesidad de la superación revolucionaria del modo de producción capitalista, lo cual convierte todo el proceso encaminado hacia la sociedad comunista en un proceso guiado por el factor consciente, por la vanguardia comunista, en el cual esta va elevando a cada vez más sectores del proletariado a su posición (empezando por los sectores más cercanos a su nivel de conciencia hasta alcanzar a los más alejados). En el momento en que la vanguardia conquista a los elementos más avanzados del movimiento obrero de resistencia (vanguardia práctica) y la cosmovisión proletaria penetra, a través de los mecanismos de mediación, en las masas de la clase, es cuando tiene lugar la constitución del movimiento revolucionario del proletariado hacia el comunismo. Esto, este movimiento obrero de nuevo tipo que fusiona al socialismo científico con las masas, y no otra cosa (destacamento de vanguardia o partido de masas), es el Partido Comunista. Como tal, al Partido le corresponde la función principal en el desarrollo de la revolución, tanto en la fase de conquista del poder mediante su construcción como después de conquistado el poder definitivamente, es decir, durante la etapa de la dictadura del proletariado hasta la sociedad comunista. En correspondencia con esto, los otros dos instrumentos revolucionarios, el Ejército proletario y el Frente-Nuevo Poder, son creados de forma concéntrica y dirigidos por el Partido.

El Ejército proletario, que, como acabamos de decir, es un organismo creado por el Partido y dirigido por este último —aplicando la máxima de que la política dirige el fusil—, cumple varias funciones en el desarrollo de la guerra civil revolucionaria, de la GPP. Su función es enfrentarse con las fuerzas armadas del Estado burgués para generar vacíos de poder, limitando la capacidad de intervención de las organismos del aparato estatal capitalista y de este modo poder establecer los órganos del Nuevo Poder proletario. Como tal, tiene como misión defender y sostener la dictadura proletaria en su enfrentamiento armado con la dictadura de la burguesía durante la existencia del doble poder. El poder político, sea de la clase social que sea, no puede existir sin cuerpos armados para defenderlo e imponérselo a quien se le oponga. Pero su papel no se queda aquí, sino que el Ejército es durante la Guerra Popular un instrumento de la línea de masas del PC (como vemos, la línea general revolucionaria delimita claramente el papel del Ejército proletario, lo que de hecho previene una concepción de tipo “militarista” sobre el movimiento proletario revolucionario que es una clara desviación que contraviene el principio elemental de que el partido debe dirigir siempre el fusil). El Ejército, bajo la dirección del Partido de Nuevo Tipo, organiza y moviliza a las masas de la clase obrera, interviene en la construcción de los órganos del poder proletario y les proporciona armamento. En un primer momento, para el inicio de la GPP, el Partido Comunista organiza los destacamentos armados que en contacto con las masas forman las milicias proletarias y en conjunto, tanto estos destacamentos como las milicias, conforman el Ejército rojo.

En tercer lugar, el Frente se construye y se plasma en la práctica en el Nuevo Poder (ya se denomine Soviets, Consejos, Comités, etc.) de las masas proletarias. La dirección de su construcción le corresponde al Partido, en ella interviene el Ejército y participan las grandes masas del proletariado. Los órganos de Nuevo Poder son los que permiten a la clase obrera experimentar su propio poder de clase frente a la dictadura de la burguesía, y llevar a cabo las transformaciones sociales necesarias tomando sus propias decisiones y aplicándolas de forma conjunta en cuestiones como la vivienda, el abastecimiento, en la imposición de condiciones a sujetos pertenecientes a otras clases, las sanciones a quienes cometen acciones contrarrevolucionarias, etc. En definitiva, en todo lo que afecta a la vida cotidiana de las masas de nuestra clase. También son las masas quienes eligen a sus representantes, los cuales tienen un mandato imperativo y pueden ser revocados en cualquier momento. Este poder político es la única forma de que la clase obrera adquiera conciencia revolucionaria y se implique en la revolución socialista (y no la lucha por reformas o el terror individual como promulgan los economicistas y los partidarios del terrorismo pequeñoburgués, respectivamente). Mediante esta confrontación de dictaduras —la burguesa, encarnada en el Estado burgués, y la obrera, en el Nuevo Poder— es como el proletariado se decanta por la revolución social y el Partido acumula fuerzas de las amplias masas de la clase en su camino hacia la conquista total del poder político. Es decir, la revolución y la conquista de las grandes masas obreras se realiza al mismo tiempo. Este Nuevo Poder proletario no está vinculado a un determinado territorio, sino que se corresponde con las masas en armas. [14] Como tal, no tiene un carácter fijo en el espacio físico, puede aparecer en un sitio y desaparecer para volver a aparecer en el mismo lugar o en uno distinto. Así es como se va destruyendo el viejo poder de la burguesía, el viejo Estado burgués, y va siendo sustituido por el poder de las masas proletarias, del Estado de dictadura del proletariado en formación.

En lo que respecta al desarrollo de la Guerra Popular, esta transcurre por tres fases: la defensiva, el equilibrio y la ofensiva estratégica. La primera etapa hace referencia al periodo de inicio de la guerra civil revolucionaria donde las fuerzas revolucionarias se encuentran en franca inferioridad respecto de las fuerzas con las que cuenta la burguesía. En ella prima la guerra de guerrillas y mediante la incorporación de las masas amplias del proletariado con la construcción de las instituciones del Nuevo Poder obrero se transcurre a la siguiente etapa: el equilibrio. En ella las fuerzas revolucionarias alcanzan un punto de relativa igualdad con las fuerzas reaccionarias y se comienza a aplicar, junto con la guerra de guerrillas, la guerra de movimientos. Finalmente, en la tercera fase, el movimiento revolucionario se halla en una posición óptima para lanzarse a la conquista total del poder político en todo el Estado y transcurre mediante la guerra de posiciones, además de las dos formas de guerra anteriormente mencionadas [15]. Todo este proceso se realiza mediante la acumulación de fuerzas por y para el movimiento revolucionario proletario con la construcción y ampliación del Nuevo Poder obrero.

Lo que acabamos de exponer constituyen los principios de la revolución proletaria y, en coherencia con ella, los de la estrategia revolucionaria de la Guerra Popular Prolongada. Y estos principios es posible desarrollarlos en cualquier país con las adaptaciones oportunas en función de las condiciones concretas de cada Estado.

El revisionismo, para intentar negar la posibilidad de aplicación de esta estrategia en países de capitalismo desarrollado, en países imperialistas, es decir, su universalidad, suele entremezclar los principios de la GPP con su aplicación concreta en países semifeudales y semicoloniales. En dicha labor se ven ayudados por el hecho de que en ningún país imperialista se ha aplicado la GPP, básicamente porque ningún destacamento comunista se lo ha planteado tan siquiera hasta los últimos tiempos, al ser hegemónica en el MCI la línea economicista-insurreccional. Como decimos, el revisionismo suele confundir, ya sea de manera consciente o inconsciente, la estrategia de la revolución —la Guerra Popular— con el carácter de las revoluciones desarrolladas mediante la anterior —revolución democrático-popular—. De este modo, alegan, para defender la inaplicabilidad de la GPP en los países capitalistas desarrollados, que el campesinado no puede ser la fuerza motriz de la revolución o que no se puede cercar las ciudades desde el campo. Este tipo de argumentos se desacreditan por sí mismos: el carácter de la revolución pendiente en los Estados imperialistas es socialista y, por tanto, tanto la fuerza dirigente como la fuerza motriz de la misma solo puede ser el proletariado, y su centro, las áreas urbanas de estos países. Que en los países donde se aplicó (y aplica) la Guerra Popular el campesinado fuese (sea) la fuerza motriz de la revolución (que no la dirigente) y el centro de la misma lo fuese el campo, no fue por causa de la estrategia revolucionaria, de la propia GPP, sino de las condiciones de estos países (semifeudales y semicoloniales) y, por consiguiente, del carácter de la revolución pendiente en ellos.

Sin embargo, el principal argumento que suele exponer el revisionismo en su defensa de que la Guerra Popular no es aplicable en los centros imperialistas es que, según ellos, no es posible la generación de vacíos de poder del Estado burgués que puedan ser ocupados por el poder de las masas proletarias en armas. La falsedad de dicho argumento es fácilmente demostrable, pero antes mencionaremos a qué se debe en gran parte este argumento. Y es que el revisionismo alberga una concepción errónea del Nuevo Poder, considerando que este está conformado por territorios liberados e inexpugnables para los cuerpos armados de la burguesía que solo podrían ser creados, en consecuencia, en países donde existe un Estado débil con poca presencia y fuerza en las zonas rurales habitadas por las grandes masas campesinas, esto es, que solo podrían crearse en los países del denominado Tercer Mundo. Lejos de esto, el Nuevo Poder no se corresponde con dicha concepción, sino que se corresponde con las masas revolucionarias y, por tanto, tiene un carácter móvil y no vinculado de forma fija a un determinado territorio. En los propios países semifeudales y semicoloniales donde se ha desarrollado la Guerra Popular, el Nuevo Poder no tenía estas características que le atribuye el revisionismo hegemónico en el Movimiento Comunista, sino que tenía un carácter flexible y se expandía o contraía en función de las circunstancias. Basta recordar que en la propia revolución china los comunistas abandonaron hasta en dos ocasiones incluso el territorio donde se hallaba la capital de la China roja para volver a tomarla posteriormente: primero, en la segunda guerra civil revolucionaria, cuando abandonaron Jiangxi para emprender la Larga Marcha; y luego, cuando, en la tercera guerra civil, abandonaron Yenán, que era la capital revolucionaria desde la guerra de liberación nacional contra Japón. Además, los Partidos Comunistas que desarrollaron Guerra Popular en estos países no se limitaron solamente a las zonas rurales (aunque estas fuesen las áreas principales de actuación), sino que también actuaron en las ciudades.

En lo que respecta a la existencia de vacíos de poder en Estados imperialistas, existen numerosos ejemplos, tanto creados por movimientos políticos que levantaron un contrapoder como generados por las propias masas profundas del proletariado en sus rebeliones espontáneas.

Entre los primeros casos se puede citar el Movimiento Republicano Irlandés, formado por el Sinn Fein y el IRA, que, en los barrios de la comunidad nacionalista irlandesa de las ciudades norirlandesas de Belfast y Derry, así como en zonas rurales como South Armagh, fue capaz de crear un vacío de poder dentro del Estado británico y lo ocupó con un contrapoder nacionalista enfrentado al anterior desde finales de los años 60 hasta los años 90 del siglo pasado. Y, desde luego, el Reino Unido no es precisamente un país dependiente y semifeudal, sino que es una de las mayores potencias imperialistas. También en Estambul, la ciudad más importante de Turquía y con una población que supera los 10 millones de habitantes, el DHKP-C (Partido Revolucionario de Liberación Nacional-Frente) ha levantado en la actualidad una estructuras políticas enfrentadas al Estado burgués turco en distritos como Besiktas (un poder que ha provocado que la policía turca no pueda entrar con normalidad en algunos de sus barrios y que ha permitido que haya una verdadera lucha contra las inmobiliarias, los narcotraficantes y el Estado, los cuales intentan expulsar a las capas proletarias y populares de la zona). ¡Incluso el movimiento anarquista griego ha sido capaz de ello en el barrio ateniense de Exarchia! (lo cual constituye una triste muestra de la deplorable situación en la que se encuentra el movimiento comunista hegemonizado por el revisionismo, que no solo no es capaz de generar contrapoder alguno, sino que, en un ejercicio de ruptura con la realidad, niega hasta la posibilidad de que eso pueda ocurrir cuando existen varios ejemplos de ello actualmente).

En cuanto a los segundos (nos referimos a los vacíos de poder generados por explosiones espontáneas de las masas), cada cierto tiempo, en los barrios obreros de ciudades de los países imperialistas, estallan rebeliones espontáneas de masas que convierten a estos barrios de forma temporal en un territorio donde el control del aparato estatal de la burguesía queda seriamente limitado. Como ejemplos: los disturbios de Los Ángeles de 1992, las revueltas en las banlieues francesas de 2005, el agosto inglés de 2011, las rebeliones en las barriadas de Estocolmo en 2013, etc.

Lo que revelan todas las críticas del revisionismo a la universalidad de la Guerra Popular es la incapacidad de la mayoría del Movimiento Comunista para abandonar —y romper con— las limitaciones vigentes durante el Ciclo de Octubre (entre las cuales juega un papel fundamental y central la que hemos tratado en este texto, es decir, la concepción espontaneísta-economicista de la revolución), que nos han llevado a la situación de derrota en la cual nos encontramos actualmente. Frente a ello solo cabe desarrollar por parte de los marxistas-leninistas el Balance del Ciclo de Octubre y la lucha de dos líneas contra el revisionismo imperante en el movimiento para extraer la Línea General de la revolución proletaria y proseguir en el camino de la reconstitución ideológica y política del comunismo que permita poner en práctica la Guerra Popular en un país imperialista y abrir un nuevo Ciclo de la Revolución Proletaria Mundial.

                                                                                                          Revolución o Barbarie                                                                                               Octubre de 2014

Notas

[1] Sobre esto reflexionaba Lenin en un pasaje de su escrito Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática: “(…) todos nosotros contraponemos la revolución burguesa y la socialista, todos nosotros insistimos incondicionalmente en la necesidad de establecer una distinción rigurosa entre las mismas, pero ¿se puede negar que en la historia elementos aislados, particulares de una y otra revolución se entrelazan?¿Acaso la época de las revoluciones democráticas en Europa no registra una serie de movimientos y de tentativas socialistas?”.

[2] Decía Lenin en su obra El derecho de las naciones a la autodeterminación: “En la Europa continental, de Occidente, la época de las revoluciones democráticas burguesas abarcan un lapso bastante determinado, aproximadamente de 1789 a 1871. (…) En Europa Oriental y en Asia, la época de las revoluciones democráticas burguesas no comenzó hasta 1905”.

[3] Otra organización proveniente del campo pro-soviético que ha conservado cierta retórica “ortodoxa” e influencia entre las masas es el Partido Comunista Portugués. A este partido se le podría clasificar en una posición intermedia entre el sector del PIE y el sector encabezado por el KKE, aunque sus posiciones están más cerca del PIE que del KKE. El PCP, a diferencia del KKE y del sector encabezado por este, defiende una fase intermedia entre la democracia burguesa y el socialismo que denominan “democracia avanzada”. Asimismo, el PCP defiende la participación en el gobierno, cuestión que el KKE rechaza.

[4] http://es.kke.gr/es/articles/Los-comunistas-en-los-parlamentos-y-la-lucha-de-clases/

[5] Se puede leer aquí: http://esold.kke.gr/news/2008news/2008-12-resoution-cc/index.html

En ella también repiten un mantra común de las organizaciones derechistas: acusar a lo que está a su izquierda de trabajar para el Estado. Así refiriéndose a las “personas enmascaradas y encapuchadas” que participaban en los disturbios decían: “El núcleo de tales grupos se ha formado en las entrañas del estado, dentro y fuera de las fronteras de Grecia, en los gobiernos tanto de ND como del PASOK.”

[6] El TKP, partido vinculado al KKE, aunque con mucha menos fuerza que este, cuando el año pasado en Turquía estallaron también revueltas de masas por todo el país, se limitó a decir que aquello tampoco era una situación revolucionaria. Un miembro de su Comité Central decía en una entrevista a la pregunta de si existía una crisis revolucionaria: “No. Claramente es una explosión de una gran energía social. Es poderoso en amplitud y efecto, pero hay algunos criterios marxistas que definen una situación como revolucionaria, y estamos muy lejos de ella. Al menos por ahora…” http://lamanchaobrera.es/entrevista-a-kemal-okuyan-miembro-del-comite-central-del-partido-comunista-de-turquia-tkp/

[7] Como decíamos antes, estas organizaciones son también economicistas, cosa que queda clara en el Manifiesto-Programa del PCE(r): “Las luchas económicas o por mejoras inmediatas de los trabajadores son una de las formas más importantes que reviste la lucha de clases en la sociedad burguesa. El Partido tiene la misión de organizar, encabezar y dirigir estas luchas, por cuanto, además de contrarrestar la progresiva depauperación de las masas, contribuyen a elevar su conciencia y organizarlas para acabar con la explotación capitalista”.

[8] Lenin, en su discurso de clausura del I Congreso de la Komintern, en 1919, terminaba su intervención diciendo:

“La victoria de la revolución proletaria está asegurada. Ya se divisa la formación de la República Soviética Internacional”.

[9] En la obra La insurrección armada, de la Internacional Comunista, donde se exponen las concepciones vigentes en el MCI sobre el proceso revolucionario, se afirma:

“No son las acciones militares de una vanguardia lo que puede y debe suscitar la lucha activa de las masas por el poder; es el poderoso impulso revolucionario de las masas laboriosas lo que debe provocar las acciones militares de los destacamentos de vanguardia; éstos deben entrar en la acción (según un plan previamente bien estudiado en todos sus aspectos) impulsados por el aliento revolucionario de las masas”.

Como se puede comprobar, se deja al impulso espontáneo de las masas la posibilidad de realizar la revolución. Es a ellas (y no a su vanguardia fusionada con ellas) a quienes se les otorga la iniciativa en la realización de la revolución, lo que es una clara desviación espontaneísta. Es decir, según esta tesis, la vanguardia queda relegada a ir a la zaga del movimiento espontáneo de masas.

[10] Al mismo tiempo comienza a aplicarse también la Revolución de Nueva Democracia. Esto es, una revolución democrática de nuevo tipo dirigida por el proletariado en alianza con otras clases sociales (campesinado, pequeña burguesía y mediana burguesía o burguesía nacional) para la instauración de un Estado democrático popular en transición al socialismo. Este carácter de la revolución se debe al carácter de clase de la China de la época: semifeudal y semicolonial.

[11] Stalin y la IC, contrariamente a lo que preconizaba la línea revolucionaria del PCCh, dejaban la posibilidad de la creación de los soviets en China al desarrollo espontáneo de un auge revolucionario. Véase el artículo del revolucionario georgiano titulado Notas sobre temas de actualidad, escrito en julio de 1927.

[12] Si bien es cierto que el apelativo “popular” puede llevar a equívocos en los Estados en los que la única revolución pendiente es la proletaria (lo que no sucede, en general, en los países semicoloniales, en los cuales los Partidos Comunistas deben ponerse a la vanguardia de procesos revolucionarios que comiencen por la fase democrático-popular o de Nueva Democracia en transición al socialismo), la categoría de “Guerra Popular” es una fórmula de validez y estrategia universales para todo el proletariado revolucionario internacional, tal como venimos demostrando en este texto. Por ello, carece de sentido desechar la línea política y militar revolucionaria que postula la teoría de la Guerra Popular Prolongada con el argumento absurdo y reduccionista de que, por el hecho de que se denomina popular, sería una estrategia exclusivamente válida para los países oprimidos o semicoloniales, no así para los imperialistas o de mayoría obrera. En suma, la estrategia de la Guerra Popular Prolongada es la estrategia del proletariado revolucionario internacional, la única posible para derrotar a la burguesía.

[13] Esta cuestión se trata en el texto del Movimiento Anti-Imperialista (MAI) Octubre: lo viejo y lo nuevo: http://movimientoantiimperialista.net/Martinete/EM-20/Octubre.htm

[14] Tesis presente en la magistral obra de Lenin El Estado y la Revolución y confirmada en la práctica en todas las experiencias de dictadura del proletariado que han existido desde la primera de ellas: la Comuna de París.

[15] En la guerra de guerrillas no existe vinculación entre las fuerzas guerrilleras y una posición física determinada, sino que estas tienen un carácter completamente móvil. En la guerra de movimientos ya existe un cierto lazo entre los destacamentos armados y determinados espacios físicos, aunque continúa primando el carácter móvil de las fuerzas revolucionarias, mientras que ya en la guerra de posiciones existe una defensa de territorios fijos al darse esta cuando las bases revolucionarias están consolidadas.

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Crítica a FRPC

Publicamos a continuación una crítica a la joven organización Front Revolucionari del Països Catalans (FRPC) por parte del camarada Genís, que puede ser localizado en Twitter con el nombre de usuario @Genis_8 (https://twitter.com/Genis_8). En ella se examinan temáticas como la naturaleza ideológica de este destacamento, su estrategia, su visión sobre el fascismo o el tratamiento que realizan de la cuestión nacional, enlazándolo todo ello con su concepción respecto a la dialéctica. Consideramos, pues, que este documento es un aporte a la necesaria lucha de dos líneas que debe realizarse en el seno de la vanguardia teórica como vía para que el marxismo tome la posición hegemónica, la cual ocupa actualmente -y desde hace ya demasiado tiempo- el revisionismo.



“Lo único que hace falta es tener conciencia de los defectos, cosa que en la labor revolucionaria equivale a más de la mitad de la corrección de los mismos”

“Solo un partido dirigido por una teoría de vanguardia puede cumplir la misión de combatiente de vanguardia”

Lenin, ¿Qué hacer?

Recientemente, puede descubrir la existencia de una organización llamada Front Revolucionari dels Països Catalans (FRPC). Según me dijo uno de sus militantes (con el que he hablado muy poco aún y con quien espero tener la oportunidad de debatir más en profundidad) es una organización joven –de apenas un año–, y ese es el motivo, me dice, por el cual no se puede leer mucho sobre ellos, aunque sí existen un par de documentos que resultan de interés para abordar la tarea de conocer su línea política y su ideología; uno llamado “ideología” en el que resumen sus posiciones políticas y que también utilizaron a modo de manifiesto fundacional y otro con relación a la consulta independentista en Catalunya.

La tendencia de todas las organizaciones “dels Països Catalans” a supeditarse al modelo y a las estructuras de la Esquerra independentista (EI) puede suscitar la sospecha de que, como otras organizaciones, esta sea una más de entre todas que no difiera de su línea revisionista y oportunista. De primeras, parece que no haya ningún vínculo formal entre la primera organización y la segunda; pero debemos ser cautos e intentar averiguar si los métodos y la ideología de la EI han impregnado al FRPC, porque las malas costumbres se pegan y más cuando estas están muy arraigadas. Vayamos por partes.

En su perfil de twitter, los del FRPC se describen así: “Som el Front Revolucionari dels Països Catalans, l’organització juvenil Marxista-Leninista, internacionalista, feminista i antifeixista”. Si vemos cuál es la definición de Arran, la principal organización juvenil de la izquierda independentista catalana, en su perfil de twitter, vemos esto: “Organització juvenil de l’Esquerra Independentista. Independència, socialisme i feminisme”. Es sorprendente que aparezcan más –ismos en los que se autodenominan marxistas-leninistas, si tenemos en cuenta que el marxismo-leninismo no es un sector parcial de una lucha política o económica en el marco del capitalismo, sino el instrumento que nos permite construir una cosmovisión revolucionaria (a través de la incorporación y renovación ideológica constante) que sirva para urdir la revolución proletaria mundial.

Aunque no es el momento, si se repasan brevemente cuáles son las principales características de la EI se distinguen unos cuantos rasgos que comparten todas sus organizaciones en sus distintas formas: asamblearismo (horizontalidad), independentismo (que cae, muchas veces, en el nacionalismo más burdo y reaccionario), feminismo y una ambigua reivindicación del socialismo como meta (“Reivindiquem la necessitat d’acabar amb el sistema capitalista i la seva injustícia mundial; per això apostem per la construcció del socialisme [sic], el qual ens ha de conduir a una societat sense clases [sic] ni opressions de cap tipus [sic]” Arran), pero prescindiendo del marxismo-leninismo y del materialismo histórico y dialéctico como métodos para elaborar esta posible “construcción”, de la que no se dice, en ningún momento, ni cómo piensan construir ni mucho menos cómo piensan destruir lo anterior, evidentemente. Para la EI, el marxismo es una posibilidad más entre otras para elaborar sus análisis, reduciendo así el único elemento que nos brinda la única posibilidad teórica y práctica que existe para la emancipación no solo del proletariado, sino de la humanidad, al papel que le asignó el posmodernismo.

Creo que es conveniente hacer esta recapitulación de los elementos más característicos de la EI para discernir con más precisión si el FRPC está en el mismo camino que ellos o, por el contrario, no hay relación política entre ellos.

En el documento de su página donde explican cuál es su ideología y cuáles son los principios por los que se rigen, dejan bien claro, al principio, que no tienen nada que ver con otras organizaciones: “El FRPC (Front Revolucionari dels Països Catalans) naix com una alternativa a l’actual moviment anticapitalista del jovent arreu dels Països Catalans”. Se puede ver, pues, que su voluntad es desmarcarse políticamente de la EI. El texto sigue así: “creiem que la necessitat principal és la consciència de classe cap al nostre poble, on a través del nostre treball, la població estiga conscienciada sobre quins són els nostres opressors, de com alliberar-nos i quines vies d’alliberació tenim”.

Leyendo estas líneas, parece que no tienen muy clara la diferencia entre la conciencia de clase, que es la conciencia que tiene el obrero por el mero hecho de encontrarse en una situación antagónica a la del capitalista y que lo conduce a las luchas económicas y sindicales por las mejoras parciales, y la conciencia revolucionaria, que es la que se introduce desde el exterior, la que necesita una elaboración teórica previa hecha por la vanguardia y la que aspira, no a la mejora de las condiciones laborales, sino a destruir estas relaciones sociales antagónicas. Lenin, en su libro ¿Qué hacer? muestra por qué los revolucionarios debemos preocuparnos por introducir conciencia revolucionaria en las obreras: para no ceder terreno ideológico a la burguesía y porque no aspiramos a liderar ni a dirigir un movimiento sindical, sino uno revolucionario.

“Los obreros no podían tener conciencia socialdemócrata [revolucionaria]. Esta solo podía ser introducida desde fuera. La historia de todos los países atestigua que la clase obrera […] solo está en condiciones de elaborar una conciencia tradeunionista [de clase, sindicalista], es decir, la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patronos…” [1]

Además, en la palabra “poble”, entre otras cosas, se puede ver un rastro de sus vestigios nacionalistas; no se han desembarazado aún de la noción incluyente e integradora de pueblo, que incluye, a veces, alianzas hasta con la mediana burguesía y que no diferencia entre clases sociales, entre explotadas y explotadores, dando así un carácter revolucionario al conjunto de la población dels Països Catalans, como si fuera mayor la opresión nacional por parte del estado español, que la propia opresión del sistema capitalista que da tanto rédito económico a muchos burgueses catalanes, y con el que se sienten muy a gusto.

Por otra parte, a pesar de que solo es un manifiesto fundacional de una organización joven, se agradecería que las frases ampulosas no fueran solo eso y que, cuando hablan de cuáles son las vías que tiene el proletariado para su liberación, no dejen el tema sin abordarlo. Así que, aprovecho la ocasión para lanzarles una pregunta: ¿cuál es la vía efectiva, según el criterio del FRPC, por la que el proletariado puede alcanzar su liberación? Uno de sus militantes me hizo saber que el fin de su organización era la Revolución proletaria y, al preguntarle cómo pensaban llevarla a cabo me contestó: “[a partir de introducir] consciència de classe i nació (sobretot al PV i Balears) primer que res. Seguida d’un enfortiment intel·lectual polític i una posterior prenguda d’armes contra la burgesia i l’espanyolisme.” Lo peor no es la tendencia a no distinguir entre la conciencia de clase y la conciencia revolucionaria (de lo que ya he hablado antes), sino la voluntad de hacer una defensa y propugnar los beneficios del nacionalismo, como si a través del nacionalismo se estimulara la capacidad revolucionaria de las masas. Es harto peligroso (además de reaccionario), y mucho más viendo a qué han conducido las aventuras nacionalistas en las exrepúblicas soviéticas, hacer esta apología del nacionalismo y que este sea utilizado por los revolucionarios. Por otro lado, es evidente que, dentro de la legalidad burguesa, los comunistas siempre tenemos que estar a favor de que la nación oprimida tenga derecho a la autodeterminación, pero los clásicos ya avisan:

Marx, sabedor de que solo la victoria de la clase obrera podrá traer la liberación completa de todas las naciones, no hace de los movimientos nacionales algo absoluto”. [2]

Después de esto, es preciso detenerse en el concepto “conciencia de nación”. ¿Qué es la “conciencia de nación”? ¿En qué aspectos materiales se manifiesta? Más allá de lo idealista que resulta este concepto, se sabe que los del FRPC manejan, en relación con la cuestión nacional, los mismos términos y las mismas concepciones que RC, por lo tanto, ellos entienden que els Països Catalans no son una nación sino un pueblo. La contradicción terminológica entre lo que proponen en su manifiesto y lo que luego manifiestan sus militantes conduce a la confusión, deja entrever, de nuevo, que hace falta un reforzamiento en el aspecto teórico de sus militantes y que, en realidad, el concepto “conciencia de nación” les sirve para salir del atolladero y barnizar con terminología seudomarxista un nacionalismo implícito, por lo que parece.

El marxismo-leninismo siempre ha hablado de autodeterminación nacional, y el apelativo de «pueblos» ha sido utilizado para designar realidades sociales y políticas de países coloniales y semicoloniales, así como para defender, a partir del VII Congreso de la Internacional Comunista, tácticas de alianzas entre el proletariado, la pequeña burguesía y la burguesía democrática en los Frentes Populares y los sistemas de democracias populares.” [3]

El significado que otorgan a la palabra pueblo y cómo la diferencian de nación no se sabe, porque rehúyen a contestar cuando se les pregunta; el parecido con RC, como digo, es sospechoso, aunque militantes de ambos bandos lo nieguen. Imagino que los del FRPC, cuando utilizan el concepto pueblo, no se refieren a ninguna de estas definiciones, porque no son aplicables, de ningún modo, a la realidad de els Països Catalans. Además, hay que añadir que, por mucho que se empeñen en aplicar el concepto de pueblo a els Països Catalans, los tratan como una nación, ya que no entienden ni aceptan que la consulta se pueda dar solo en el principado catalán (que sería una nación y que, por consiguiente, al no aceptar su autodeterminación, se ponen al lado de la reacción, porque la niegan), sino que solo admiten que la consulta englobe el marco entero de els Països Catalans, a los que queda claro que por mucho que les pongan otras etiquetas, en su fuero interno, los conciben como una nación, una práctica habitual de la EI.

Siguiendo con las premisas que proponen para llegar a la revolución proletaria, lo del “fortalecimiento intelectual y político” (¿de quién?, ¿sobre qué base?) y lo de “tomar las armas (¿qué armas? ¿de dónde salen?) contra la burguesía y el españolismo”, no hay por donde cogerlo de lo abstracto que es, además, entre un acto y el otro media un abismo de tan enormes dimensiones que no puede sino terminar en un fracaso estrepitoso. Pensar que porque ¿las masas? adquieran conciencia política, de repente, se van a lanzar a la lucha armada, no tiene otro resultado que, como ya hemos visto en otras organizaciones del estado, la formación de una organización terrorista, donde es la propia vanguardia del partido, totalmente aislada de las masas, la que lleva a cabo actos de terror. El problema de este planteamiento es que no se vincula el proceso de conquista de las masas con el proceso, y la necesidad, de construcción de poder revolucionario, cosa que solo se puede llevar a cabo mediante la línea militar proletaria, en el marco de la guerra popular.

Su manifiesto sigue por estos derroteros: “Apostem per l’alliberament del proletariat […] a través de l’extinció [sic] de l’estat capitalista i la implantació d’un estat socialista en la qual s’eliminin les desigualtats i classes socials a través de la dictadura del proletariat”.
Este enaltecimiento del socialismo, mejor dicho, del estado socialista y no del comunismo (¿hay algún problema con la palabra comunismo que yo no sepa? Porque Arran también la evita), evidencia una (otra) carencia teórica importante, pues es sabido que durante el socialismo, periodo previo al comunismo en el que el proletariado ejerce su dictadura de clase, las clases sociales siguen existiendo, y no es hasta llegar al comunismo cuando las clases, por fin, desaparecen. Además, el capitalismo no se extingue, lo que dice mucho de su idea de cómo superarlo (mecánicamente) sino que es el poder revolucionario del proletariado el que lo destruye. En el artículo “Stalin, clases sociales y restauración del capitalismo” del blog Revolución o Barbarie [4] se hace un análisis pormenorizado de cómo las clases siguieron existiendo en la URSS de Stalin y cómo su errónea lectura condujo, entre otras cosas, a una limitación en el desarrollo del socialismo y al triunfo de la línea derechista dentro del Partido (pues se pensaba que todo ataque contra el socialismo no podía sino venir desde el exterior).

Más abajo, enumeran sus bases ideológicas. En este punto, una retahíla interminable de –ismos, otra vez como en su descripción de twitter, redunda una y otra vez sobre aspectos que ya se incluyen de por sí en el marxismo-leninismo como expresión de la teoría revolucionaria y de vanguardia del proletariado (solo si esta misma teoría es un corpus vivo y dialéctico capaz de evolucionar, de superarse y negarse a sí mismo). Son solo los dogmáticos, que creen que el marxismo-leninismo es algo irrefutable e inamovible, quienes ven la necesidad de complementarlo, asumiendo el carácter parcial y oportunista de cada lucha e intentando imprimirle un carácter de clase [¿?].

Sus bases ideológicas son (por orden): el internacionalismo, el marxismo, el antifascismo, el republicanismo, el euroescepticismo (¿? Suena a PCPE, que relega la revolución a las calendas griegas para ponerse a la cola de la aristocracia obrera y la pequeña burguesía radicalizada que, en su programa burgués, apuestan por recuperar la soberanía nacional –capitalista– huyendo del monopolismo imperialista), el laicismo, el ecologismo (¡de clase!), el centralismo democrático y el feminismo (de clase). Es curioso, cuando menos, que no aparezca entre todos los –ismos habidos y por haber el leninismo, ya que se declaran una organización marxista-leninista, y que sí aparezcan específicamente, por ejemplo, el internacionalismo o el centralismo democrático, que son elementos inherentes al marxismo-leninismo. Más allá de esta curiosidad, hay algunas particularidades que deben ser comentadas. Esta exposición ideológica compartimentada, dividida, diferenciada, que destaca por su unilateralidad, es un planteamiento que choca contra la concepción más elemental de la dialéctica:

Por oposición a la metafísica, la dialéctica no considera la naturaleza como un conglomerado casual de objetos y fenómenos, desligados y aislados unos de otros y sin ninguna relación de dependencia entre sí, sino como un todo articulado y único, en el que los objetos y los fenómenos se hallan orgánicamente vinculados unos a otros, dependen unos de otros y se condicionan los unos a los otros.” [5]

Por lo tanto, entender el marxismo-leninismo como un conglomerado de objetos y fenómenos desligados, y no como un todo articulado donde los objetos y fenómenos dependen unos de otros (lo que sería la ideología de vanguardia marxista-leninista a través de su avance dialéctico), significa dar al traste con cualquier posibilidad de formular una teoría revolucionaria sólida, cuya base sea el materialismo dialéctico (porque elucubraciones metafísicas sin ninguna ligazón con lo real hay a patadas), y la importancia de una teoría desarrollada y capaz de generar una organización revolucionaria es capital en el movimiento comunista.

En el párrafo donde plantean su marxismo, dicen esto: “Ens considerem marxistes perquè som materialistes, és a dir, ens adaptem a la realitat i emancipem tot tipus de consciència i espiritualitzat [sic]; tot això ho apliquem a la dialèctica, ja que això només fa que el poble no pugui veure tota la realitat de situacions i el que està passant al voltant d’ells.” Para empezar, que [se] emancipan todo tipo de conciencia es falso, porque antes ya se ha visto cómo hablan del concepto de “conciencia nacional” como algo que incluyen dentro de su imaginario, pero, además de esta contradicción dentro de su “corpus teórico”, su concepción del materialismo dialéctico (que parece que lo conciben como dos cosas distintas, primero el materialismo y, posteriormente, a este se le aplica la dialéctica) es totalmente vulgar y empirista, pues creen que “todo” se halla en lo material y que, por lo tanto, la identidad y la lucha de los contrarios, por ejemplo, no existe:

La dialéctica es la doctrina de cómo los contrarios pueden ser y cómo suelen ser (cómo devienen) idénticos, en qué condiciones suelen ser idénticos, convirtiéndose el uno en el otro, porque el entendimiento humano no debe considerar estos contrarios como muertos, sino como vivos, condicionales, móviles y que se convierten el uno en el otro” [6]

Tal como señala Mao, una contradicción siempre tendrá un aspecto principal y otro secundario: en la contradicción entre la práctica y la teoría, la práctica es el aspecto principal; de esto, pero, no se infiere que, en un momento concreto, fruto del desarrollo de esta contradicción, la teoría no pueda devenir el aspecto principal. Los del FRPC se olvidan del desarrollo dialéctico, ya que no plantean que el desarrollo provenga de una contradicción, de una evolución cualitativa, lo que los sitúa, indefectiblemente, en el campo de la metafísica. Al “emancipar la conciencia (¿será emanciparse de ella?)”, lo único que consiguen es no atender, por su concepción mecanicista y unilateral del materialismo, a una de las infinitas contradicciones que están en constante pugna en cualquier fenómeno de la naturaleza y la sociedad.

La identidad de los contrarios (¿no sería más justo decir su “unidad”?, aunque la diferencia de los términos identidad y unidad no tiene, en este caso, una importancia esencial. Ambos términos son justos en cierto sentido), constituye el reconocimiento (el descubrimiento) de la existencia de tendencias contradictorias, que se excluyen mutuamente y antagónicas en todos los fenómenos y procesos de la naturaleza (entre ellos también los del espíritu y los de la sociedad). La condición para conocer todos los procesos del mundo en su “auto-movimiento “, en su desarrollo espontáneo, en su vida real, es conocerlos como una unidad de contrarios. El desarrollo es “la lucha” de los contrarios. Las dos concepciones fundamentales (¿o las dos posibles?, ¿o las dos que se observan en la historia?) del desarrollo (de la evolución) son: el desarrollo en el sentido de disminución y aumento, como repetición, y el desarrollo en el sentido de la unidad de los contrarios (el desdoblamiento de la unidad en dos polos que se excluyen mutuamente y la relación entre ambos).” [7]

Es necesario también atender a la concepción –equívoca– que tienen del fascismo, algo que no deja de ser habitual entre muchas de las organizaciones comunistas del estado. Ellos dicen que el fascismo es “la dictadura terrorista oberta que desencadenen els grans monopolistes i financers quan assumeixen definitivament les regnes de l’Estat en arribar el capitalisme a la seva última fase. Frena l’ascens del moviment obrer i tracta de superar la crisi que aquesta etapa engendra inevitablement”. Según esta definición de fascismo, lo que se suele denominar como “el mundo occidental” estaría bajo una férrea dictadura fascista. El fascismo, que se suele confundir con la dictadura de la burguesía (que no es otra cosa que la democracia burguesa) es una solución de emergencia de un sector de la burguesía monopolista que ve peligrar sus privilegios y que, ante el estallido de una –posible– situación revolucionaria, impone su régimen de explotación en el que otras fracciones de la burguesía –más débiles– quedan excluidas [8]. Concluir que las actividades típicas y normales de un estado capitalista en la fase imperialista del desarrollo del capitalismo no son propias de las democracias burguesas (es decir, de la dictadura de clase de la burguesía) conduce a dos posturas erróneas: la primera es que, debido a su materialismo mecanicista, intuyan que, mecánicamente, la superestructura que se desarrolla en la estructura imperialista es el fascismo; la segunda, la que lleva a la idealización de la democracia burguesa, porque se considera que las actividades que lleva a cabo un país imperialista exceden los límites de lo que se consideraría “normal” y “lógico” en democracia burguesa, como si la gran burguesía se viera alguna vez sujeta a restricciones, cuando, de hecho, no es así, sino que el imperialismo es la manifestación actual de la dictadura de clase de la burguesía. Esta confusión de la que se acaba de hablar, se manifiesta en este párrafo de su manifiesto: “El feixisme és el monopolisme en la política, el control del poder per un reduït nucli dels sectors financers més poderosos. És la súper estructura política que adopten els països imperialistes, de manera que, si la democràcia burgesa correspon al capitalisme premonopolista, el feixisme és la forma d’Estat del capitalisme monopolista.” La confusión y la dependencia directa que suponen que existe entre el imperialismo como estructura y el fascismo como superestructura es diáfana, pero, mientras el imperialismo es algo que deviene por el desarrollo del proceso económico histórico del capitalismo, totalmente ajeno a los procesos históricos subjetivos, es decir, es una etapa a la que llegará el capitalismo, tarde o temprano, allá donde exista y se desarrolle con normalidad, el fascismo no es algo “científico”, sino que depende de la situación política (y eso engloba también la economía) de cada país. Los E.E. U.U., por ejemplo, no han tenido la necesidad de implantar, de facto, una dictadura fascista, aunque sean el país imperialista por excelencia.

Lenin, en su brillante libro El imperialismo, fase superior del capitalismo, donde teoriza y demuestra la tendencia del capitalismo a formar monopolios y a elidir cualquier atisbo de práctica democrática que pudiera darse en él, ya sanciona las actitudes idealistas de algunos, como, por ejemplo, la de Kautsky, que, ante este nuevo desarrollo del capitalismo, en lugar de dedicarse al estudio, como hizo Lenin, de esta nueva etapa, se dedicaron a proclamar las bondades del capitalismo premonopolista y librecambista, contra el que era mucha más sencillo luchar. Sin lugar a dudas, esta actitud es antidialéctica, pues pensar que se puede retroceder, volver a un estadio anterior del proceso histórico, es no entender, para nada, cómo funcionan los procesos dialécticos. Con esto, no pretendo atribuirles a los militantes del FRPC la voluntad de dar marcha atrás la historia, pero esta idealización de la democracia burguesa puede conducir a este tipo de desviaciones idealistas.

el viejo capitalismo, el capitalismo de la libre concurrencia, con su regulador absolutamente indispensable, la Bolsa, pasa a la historia. En su lugar, ha aparecido el nuevo capitalismo.” [9]

Para no demorarme en cuestiones en las que, aunque no se haya incidido específicamente, ya se ha hecho algún comentario y para no resultar repetitivo, me gustaría, en relación del republicanismo que dicen profesar, hacer mención a un artículo que trata sobre esta cuestión y que creo va a resultarles revelador [10]. Pero antes de dar por terminada esta crítica, no quisiera acabar sin hacer algunas menciones a otro documento del FRPC, “Comunicat davant el referéndum del 9N al principat”. En este comunicado manifiestan su postura ante el proceso de independencia que se está llevando a cabo en Catalunya liderado por organizaciones de masas de la pequeña burguesía radicalizada, de la aristocracia obrera y de la mediana burguesía, como ANC, Òmnium, i que se plasman en el parlamento en Convergència i ERC.

Como no podría ser de otra forma, en su comunicado aceptan que el proceso soberanista es de cariz burgués y que, si triunfase de la mano de Convergència i ERC, es decir de la pequeña y mediana burguesía y de la burguesía no monopolista catalana, la independencia no resultaría beneficiosa para el proletariado bajo ningún concepto. Si se examina el movimiento independentista desde el materialismo dialéctico, se pueden extraer cuáles son los dos aspectos contradictorios y antagónicos. Por un lado, están los que han visto la independencia no solo como un objetivo chovinista, sino que no entienden el proceso independentista sin un cambio político que vire hacia lo que ellos llaman socialismo. Estos son los que, hasta hace relativamente poco tiempo, tenían peso dentro del movimiento, aunque el movimiento en sí por aquel entonces fuera mucho más minoritario. Por el otro, están los que, recientemente y fruto de las profundas contradicciones que el desarrollo capitalista ha abierto en el seno de las burguesías nacionales catalana y española, se han apuntado al carro de la independencia por mero interés económico, ya que la burguesía no monopolista catalana (representada en CiU) y la burguesía monopolista española, mientras la plusvalía de los trabajadores a los que explotaban daba para todos, han sido muy amigas. Desde la posición de poder en la que se encuentra CiU, con todo un aparato de producción cultural disponible a su antojo (Tv3, Rac1, La Vanguardia, Catalunya Ràdio), el aspecto principal de la contradicción en el seno del independentismo, es decir el independentismo revolucionario (llamémosle así), ha quedado relegado y denostado hasta el punto de verse acusados, muchas veces, de españolistas o de ser contrarios al proceso de secesión, en cambio, el independentismo burgués ha pasado a ser hegemónico, por lo que, dentro del independentismo, desde el punto de vista marxista, ha habido un salto cuantitativo regresivo.

Como dice Lenin, el deber de todo comunista ante una situación como esta es reivindicar el derecho de la nación oprimida a la autodeterminación, pero dejarse arrastrar con los ojos vendados por las veleidades de un partido burgués seria la antítesis de la teoría leninista:

El proletariado se limita a la reivindicación negativa, por así decir, de reconocer el derecho a la autodeterminación, sin garantizar nada a ninguna nación ni comprometerse a dar nada a expensas de otra nación” [11]

Además, no debemos perder de vista que, cuando Lenin escribe el citado libro, los países que cita (Polonia, por ejemplo) son países cuyos capitalismo y democracia burguesa acaban de nacer; por lo tanto, la independencia de estos países sería positiva en tanto que los ayudaría a desarrollar el capitalismo, nada que ver con el desarrollo del capitalismo en el estado español y en Catalunya hoy en día.

La teoría marxista exige de un modo absoluto que, para analizar cualquier problema social, se le encuadre en un marco histórico determinado, y después, si se trata de un solo país, que se tenga en cuenta las particularidades concretas que distinguen a este país de los otros en una misma época histórica” [12]

A pesar de todo esto, negarse a la autodeterminación de un país oprimido significa reforzar ideológicamente a la gran burguesía del país opresor, que, por definición, es más reaccionaria; pero era necesario hacer estas matizaciones, porque muchos se aprovechan de la teoría leninista utilizando, como dice el mismo Lenin, la letra del marxismo contra el espíritu del marxismo. En un conflicto nacional entre dos naciones capitalistas, cuya resolución solo responderá a los designios e intereses de una u otra burguesía, los comunistas debemos apoyar a la burguesía más débil (sin subordinarnos a ella, al contrario, extendiendo y propagando el marxismo-leninismo), la que permita crear condiciones revolucionarias con más facilidad, pero, sin embargo, si este proyecto de secesión se quiere hacer desde una perspectiva revolucionaria, protagonizada por un partido comunista (que NO existe), ¿tiene sentido que, habiendo de enfrentarse con un rival de semejante entidad, un país imperialista, los propios revolucionarios se tiren piedras sobre su propio tejado? ¿Es inteligente que un partido comunista de una región oprimida quiera enfrentarse contra el Estado privándose de la ayuda de los revolucionarios de las demás regiones del Estado? Evidentemente, no.

El proletariado, para poder convertirse en clase dominante en un determinado territorio, debe destruir la dominación de la burguesía que toma cuerpo en el conjunto del Estado. No puede fraccionar su lucha en compartimentos nacionales. De hecho, tampoco puede enmarcar su lucha exclusivamente al plano estatal, sino que esta debe estar inserta en el plano de la lucha de clases revolucionaria a escala internacional [13].

En el caso del Estado español, entendemos que sería contraproducente y hasta suicida proponer que el proletariado vasco, catalán, gallego, canario y español se unificaran formal e indirectamente en la futura Internacional Comunista (o en un estadio «más avanzado de la lucha de clases» en el Estado español), mientras luchan separados, sin su Partido unitario (como el bolchevique, que agrupaba a los proletarios ucranianos, rusos, bielorrusos, armenios, letones, lituanos, etc.) y cada uno por su cuenta contra la alianza conjunta de la burguesía vasca, catalana y española. Es decir, mientras la burguesía del Estado español sí tiene su aparato de dominación superior unificado, el proletariado estaría fragmentado y sin capacidad suficiente para demoler el aparato de dominación política de la burguesía del Estado español. [14]

La ideología comunista y el proletariado solo podrán ser independientes cuando dispongan de un Partido comunista que actúe como tal, cuando no tengan que andar a la zaga de la pequeña burguesía o de la burguesía no monopolista. En consecuencia, se nos plantea una cuestión de gran interés: la necesidad de la reconstitución del Partido como expresión y garante de los intereses y la ideología revolucionaria del proletariado.

Para ir terminando, el problema del que adolecen muchas organizaciones comunistas en el EE es que abusan de sus coartadas. El abuso de fraseología revolucionaria, de palabras grandilocuentes y actitudes férreas se escuda en la coartada de que, hoy en día, no hay procesos revolucionarios a los que acogerse, por lo tanto, todo queda en frases, en palabras y en pose. El materialismo dialéctico existe, entre otras cosas, para saber determinar qué hacer en cada momento según se presenten las condiciones históricas, sociales, etc. Al final, la emancipación, la toma de armas contra el españolismo, cuando se tiene que plasmar en la realidad queda en un mediocre: “rebutgem el referèndum de la burgesia i, alhora, afirmem amb contundència que el nostre referèndum és el que convoquen les classes populars, el que desobeeix la legalitat burgesa vigent i permet construir uns Països Catalans lliures i socialistes”.

De un referéndum (que acepta y reproduce las formas políticas burguesas), que las clases populares aún ni han convocado ni están por la labor, a la construcción de unos P.P. C.C. libres y socialistas, de nuevo, hay un abismo infranqueable y un idealismo revolucionario que raya lo infantil. Por otro lado, es curioso que nieguen la posibilidad de resolver el conflicto independentista dentro del marco del imperialismo, cuando, de hecho, el derecho a la autodeterminación es un derecho democrático-burgués.

Echando la vista atrás, se pueden sacar dos conclusiones generales, que también sirven para el conjunto del movimiento comunista del estado: la primera es la necesidad de fomentar y profundizar el conocimiento teórico del marxismo-leninismo y sus métodos de análisis así como estudiar, para superarlas, todas las experiencias revolucionarias que se han dado; la segunda es la necesidad imprescindible de reconstituir el Partido de vanguardia como única posibilidad de otorgar, de verdad, independencia política, ideológica… del proletariado.

Para concluir, ahora ya sí, debo añadir que lejos están de mí las intenciones de dañar, desprestigiar o atacar al FRPC, pues, para los comunistas, la aparición de organizaciones con aspiraciones revolucionarias es positiva. Mucho menos mi crítica se debe a una guerra entre siglas (porque no hay tales siglas, ni tiene sentido en el movimiento revolucionario pertrecharse detrás de ellas). Pero, por otro lado, nunca hemos de dejar abandonada la crítica feroz y contundente, el análisis esmerado y preciso que nos permita, entre todos, ser conscientes y poder solventar los muchísimos errores en los que caemos constantemente y en los que vamos a caer en el futuro. Por último, animo a todos los militantes del FRPC (así como a todos los comunistas consecuentes y a mí mismo también) a no desocuparse jamás de la formación teórica, porque “sin teoría revolucionaria, no puede haber tampoco movimiento revolucionario. Nunca se insistirá lo bastante sobre esta idea en un tiempo en que la prédica en boga del oportunismo va unida a un apasionamiento por […] la actividad práctica” [15].

NOTAS:

[1]. V.I. Lenin, ¿Qué hacer? pág. 34.

[2]. V. I. Lenin, El derecho de las naciones a la autodeterminación, pág. 51.

[3] https://revolucionobarbarie.wordpress.com/lucha-de-dos-lineas/respuesta-a-redrum-notas-acerca-la-cuestion-nacional/nueva-respuesta-de-revolucion-o-barbarie-a-redrum/

[4]. https://revolucionobarbarie.wordpress.com/2014/01/05/stalin-clases-sociales-y-restauracion-del-capitalismo-2/

[5] I. Stalin, “Sobre el materialismo histórico y el materialismo dialéctico”.

[6]. V. I. Lenin, Resumen del libro de Hegel Ciencia de la lógica.

[7]. V. I. Lenin, “En torno a la cuestión de la dialéctica”.

[8]. Para una completa caracterización del fascismo, ver el artículo que trata la cuestión en el blog Revolución Proletaria: http://revolucionprolet.blogspot.com.es/2012/12/el-fascismo-y-el-estado-burgues.html

[9] V. I. Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, pág. 38.

[10]. “Arrepublicanados” del PCREE, http://pcree.net/LF35/Arrepublicanados.html

[11]. V. I. Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, pág. 21.

[12]. Ibid. pág. 17.

[13] https://revolucionobarbarie.wordpress.com/lucha-de-dos-lineas/respuesta-a-redrum-notas-acerca-la-cuestion-nacional/nueva-respuesta-de-revolucion-o-barbarie-a-redrum/

[14] Íbidem.

[15] V. I. Lenin, ¿Qué hacer? pág. 27.

Acerca de la unidad del movimiento comunista internacional

2

Presentamos a continuación el texto Acerca de la unidad del movimiento comunista internacional, una recopilación de textos de Lenin realizada por la editorial Progreso que desde Revolución o Barbarie hemos digitalizado (recopilación en la que destacan textos fundamentales de Lenin tales como el folleto El socialismo y la guerra, la Carta a los obreros norteamericanos, fragmentos del folleto La revolución proletaria y el renegado Kautsky o una cantidad importante de discursos e informes de los primeros congresos de la Internacional Comunista). Con esta publicación pretendemos aportar material para la necesaria clarificación en torno a la postura leninista de la contradicción unidad-lucha y cómo debe manejarse durante el desarrollo del movimiento comunista.

Una de las concepciones más extendidas por el revisionismo es la que considera la unidad de manera antidialéctica. Como es sabido, todo fenómeno material consta de dos aspectos contrarios que, pese a estar en pugna permanentemente, también están en indisoluble coexistencia. La errónea visión de este principio transportado al terreno de la construcción del movimiento revolucionario suele tener como consecuencia la omisión de uno de los polos que conforman esta contradicción: el de la “lucha” por parte del derechismo, y el de “unidad” por parte del “izquierdismo”.

Así, en el imaginario revisionista “ortodoxo”, el proceso de constitución de la vanguardia y el Partido Comunista consistiría en el agregado cuantitativo de los diferentes grupos autodenominados “marxistas-leninistas” que, a través de un acto congresual, decidirían juntarse bajo la aceptación de unas determinadas posiciones. En este caso, al relegar el otro aspecto inherente a todo proceso de unidad (la lucha), la acumulación de fuerzas en el seno de la clase proletaria no se presenta como un desarrollo dialéctico en el que se van superando las contradicciones existentes hacia otras más elevadas, sino que deriva en un anquilosamiento de la concepción proletaria revolucionaria y, por ende, en la sustitución de esta por la ideología burguesa. Esto se debe a que el marxismo, lejos de ser un conjunto de enunciados y principios exentos de insuficiencias una vez han sido extraídos de las condiciones materiales, contiene en su seno el reflejo de la lucha de clases en forma de antagonismo entre ideología proletaria e ideología burguesa. Por ello, si no se atiende al elemento de la lucha en favor del socialismo científico, la suma de comunistas alrededor de unos principios dados tendrá como resultado la unidad burguesa.

En el plano del movimiento comunista internacional, también rige esta ley de transformación en ciclos de lucha-unidad-lucha (o, si se prefiere, escisión-fusión-escisión). Sin embargo, la organización de la revolución proletaria mundial -y su expresión en forma de Internacional Comunista- reviste algunas complejidades por ser una fase cualitativamente superior a la constitución del Partido de Nuevo Tipo. En este sentido, no es suficiente la lucha de dos líneas entre los destacamentos nacionales del proletariado como requisito a la posterior unión en la Internacional Comunista, sino que es imprescindible, además y principalmente, la existencia de un movimiento revolucionario internacional -de masas, valga la redundancia- que sirva de terreno político para la constitución de tal organismo. Como se puede ver, esta concepción que considera a la IC como simple producto de la unidad de las vanguardias comunistas nacionales está estrechamente ligada a la ya vieja y errónea interpretación del Partido Comunista como simple resultado de la unión de las diferentes organizaciones comunistas.

Revolución o Barbarie.

Enlace para visualizar y descargar el libro en formato PDF.

El PCE y la Internacional Comunista durante los años 20 y 30

1El documento que os presentamos a continuación se enmarca en la labor de síntesis de la historia del movimiento comunista internacional. Quienes apostamos por la Línea de Reconstitución hemos de transmitir en todo momento a la vanguardia ideológica la necesidad de realizar el Balance del Ciclo de Octubre con el propósito de estudiar sus errores y limitaciones y de volver a colocar el marxismo—leninismo como el gran referente hegemónico de la vanguardia de nuestra clase.

Más en concreto, este trabajo pretende seguir arrojando luz sobre la historia del movimiento comunista en el Estado español y las influencias que ejerció sobre él la Internacional Comunista. En lo que concierne a la historia del PCE —un Partido que, como explicaremos más adelante, careció desde el principio de un proceso de constitución de Partido de Nuevo Tipo al estilo del POSDR (b)—, consideramos que aún está pendiente profundizar en el estudio marxista—leninista de su evolución y, especialmente, de su línea y programa desde que se fundara en 1921 hasta que comenzara la Guerra Civil española.

Dado que en otro documento nuestro ya analizamos el papel jugado por el PCE desde mediados de los 30 hasta, principalmente, el final de la Guerra Civil (“El fascismo y el papel de la Internacional Comunista y el PCE durante la Guerra Civil española”), en este texto hemos decidido investigar el periodo que va desde su fundación hasta la consolidación de lo que serían las líneas maestras de la organización tras las directrices dadas por la Internacional Comunista en su VII Congreso, celebrado en agosto de 1935, centrándonos principalmente en la etapa de 1930-1935, por ser estos cinco años los más interesantes en cuanto a la consolidación de la línea frentepopulista del PCE, representada por José Díaz.

Al final del presente trabajo podréis encontrar, en el anexo I, las bases programáticas del Partido Comunista Español, de 1920, un documento nítidamente marxista—leninista que sirve como prueba de lo alejado que estuvo uno de los embriones del PCE de la ulterior involución abiertamente revisionista que sufriría la organización. Por último, hemos elaborado un anexo, centrado en la cuestión de Marruecos y las limitaciones de la II República burguesa española, que esperamos que contribuya a asentar una posición revolucionaria sobre este complejo asunto.

Enlace de descarga del documento completo.

Entre dos reinados… y dos ciclos revolucionarios (Nueva Praxis)

1           Un interregno político dentro de un interregno histórico. Este podría ser el titular con el que sintetizar el panorama sociopolítico de estas semanas en el Estado español. La abdicación del desgastado monarca (y no nos referimos aquí exclusiva ni principalmente a su estado de salud) llega cuando el Movimiento Comunista Internacional (MCI), al igual que el patrio, sigue totalmente desubicado ideológica y políticamente, como así lleva siendo las últimas décadas.

          Y aunque la línea proletaria (1) avanza y se desarrolla de forma positiva y esperanzadora, cualitativa y también cuantitativamente, el comunismo dominante, el revisionismo, continúa siendo lo hegemónico en nuestro movimiento; cosa palpable, ésta, si oteamos el estrecho horizonte que se autoimponen la mayoría de los destacamentos comunistas, escudándose (¡cómo no!) en la coyuntura, pero, eso sí, siempre en nombre de la revolución a la que han renunciado de antemano.

          No deja de ser, pues, paradigmática -e igualmente lamentable- la pasmosa facilidad con la que los partidos y destacamentos revisionistas, radicalizados tras la crisis, recuperan sus veleidades republicanas y desempolvan las concepciones etapistas que nunca abandonaron. Y es que una simple abdicación -aunque compleja (¿o, quizá, complicada?) por su contexto- ha servido para dar al traste con todos esos novísimos programas emanados de ciertos históricos congresos; para trocar, triste y muy irónicamente, a ese antirrevisionismo revisionista y dogmático en su contrario (¿o deberíamos decir aquí, más bien, su archienemigo)?; y para que el más descarado oportunismo, ahora en su salsa, sobreinterprete su hediondo papel hasta lo tragicómico. (2)

          Pero no desesperemos aún. Lo cierto es que el polo revolucionario de nuestro movimiento, el que apuesta por la reconstitución ideológica y política del Comunismo, no podía sino prever lo inevitable del titubeo del revisionismo ante escenarios ligera y sólo relativamente novedosos. Y es que el Movimiento Comunista del Estado español (MCEE), así como el MCI, sólo puede actuar en tanto que malogrado apéndice de alguna de las fracciones de la clase burguesa, al menos mientras no apueste consecuentemente por restituir al marxismo como teoría de vanguardia.

          Y si a este panorama de efervescencia tricolor le sumamos la decisión con la que, al menos aparentemente, ha irrumpido en el panorama político el partido del corifeo televisivo de moda, podemos imaginar la total vacilación con la que el revisionismo encarará los próximos acontecimientos; pues, como vertiente y expresión radicalizada de la aristocracia obrera, las organizaciones aspirantes a partido obrero de viejo cuño se ven ahora en un brete: o rebajan aún más (pero… ¿es esto posible?) sus objetivos inmediatos -aunque manteniendo cierta independencia respecto a otros discursos más diluidos-; o, por el contrario, participan o se integran de algún modo, como buenos oportunistas, en las estructuras de moda que parecen tener un reluciente futuro medido, como no podía ser de otra forma en el terreno de la política burguesa, en poltronas. De no adaptarse (léase doblegarse) a la realidad (léase lo inmediatamente sensible -y, por tanto, lo único posible… para ellos-) estos destacamentos perderían, casi de un plumazo, la exigua base social con la que cuentan y, obviamente, habrían de olvidarse también de toda potencial nueva clientela, sea ésta sindical, electoral, o de ambos tipos.

          Pero el marxismo revolucionario no conoce de inmediatismos. (3) Tampoco de posibilismo ni de estéril practicismo. Cualquier forma de espontaneísmo político es, al mismo tiempo, causa y consecuencia de la incapacidad de intervención en sentido revolucionario de los comunistas. Es un callejón sin salida; un eterno bucle en el que se repiten una y otra vez los errores ya cometidos y -por si esto fuera poco-, además con mayor ingenuo y criminal entusiasmo en cada ocasión.

       Y todo esto es, a su vez, producto de la asimilación acrítica de un determinado paradigma que, por caduco e incuestionado, requiere para su dogmático sostén la absoluta renuncia a los principios en cuyo nombre se erige.

       La solución pasa entonces, precisamente, por esforzarse en nadar contracorriente, preservando y defendiendo los objetivos clasistas y revolucionarios, y remontar -para no ahogarnos en él- el amoratado río interclasista que desemboca, necesariamente, en la derrota del proletariado revolucionario.

      Pero veamos un poco más de cerca lo ridículo del pragmático proceder del revisionismo.

Arrepublicanados… ¿otra vez?

       Como decíamos, el espontaneísmo político es lo que prima en nuestro movimiento. Y no podía ser de otra manera. Las concepciones empiristas que reinan en el MCEE son, aparte del legado recogido por pura inercia del pasado ciclo revolucionario, el sello ideológico que garantiza la subordinación de los comunistas a la burguesía. La cuestión es sencilla de resumir: si partimos exclusivamente del movimiento inmediatamente dado, espontáneo, como eje de la acumulación de fuerzas de masas, nos veremos obligados a sustituir (o a conciliar) las necesidades del proletariado revolucionario por las del susodicho movimiento. Y como lo espontáneo sólo puede generar conciencia en sí, y ésta es la conciencia reaccionaria del proletariado, terminaremos haciendo política burguesa en sindicatos, plataformas y parlamentos en nombre de la revolución socialista.

     Demostremos cómo se materializa esto en los diferentes destacamentos revisionistas.

         En primer lugar, el PCPE, ante el problema de la sucesión, llama a levantar la más amplia movilización popular contra este descarado intento de perpetuar la dominación burguesa en España (4). Y al ser incapaces de crear por sí mismos tal movilización de masas, habrán de introducirse subrepticiamente en el movimiento realmente existente para parasitarlo a golpe de cántico y bandera. Por eso mismo, a pesar de la altanería con la que presumían de haber abandonado la defensa de etapas intermedias -democrático-burguesas- antes de la revolución socialista (cuyo contenido únicamente puede materializarse como Dictadura del Proletariado), vienen ahora a proponernos… ¡un programa democrático inmediato (5)! ¡Vuelven las veleidades antimonopolistas que decían, orgullosamente, haber dejado atrás!

          Y todo esto, como si no tuviéramos ya bastante, acompañado de una nefasta epicidad (que sólo mueve a risa) al apelar a esa supuesta partida que -el capitalismo español, dicen-  juega a la desesperada contra la Historia. Pues no, señores. La Historia no va tumbar al capitalismo. Lo hará, precisamente, la lucha consciente del proletariado revolucionario, del que, por cierto, ustedes no forman parte. En el mismo sentido, y envuelto en un indigesto idealismo subjetivo, consideran que las clases dominantes han fracasado y que ahora nos toca a nosotros. Dígannos, se lo suplicamos, en qué han fracasado exactamente las clases dominantes del Estado español. ¿Acaso su misión, en tanto que corporeización del capital, es emancipar o asegurar siquiera una existencia digna al proletariado? Este tipo de alocuciones sólo tienen un posible sentido, profundamente arraigado en el subsconsciente revisionista y velado entre fraseología seudorevolucionaria, y es que el PCPE -insistimos, como ala radicalizada de la aristocracia obrera- considera un fracaso la gestión monopolista del capitalismo… y pretende cooptar a ella dando a su fracción de clase una parte más justa del pastel imperialista en que aspira a sustentar su propia existencia como partido. Pues, como veremos, buena parte de las fuerzas de la izquierda extraparlamentaria están dejándose la piel… ¡en poner su granito de arena para la reestructuración del capitalismo español! Pero sobre este punto volveremos después.

        No obstante, a este respecto es similar el caso de Reconstrucción Comunista (RC). Esta organización revela sus más inconfesables instintos etapistas al abordar la abdicación del rey. Veamos uno de los párrafos finales de su comunicado:

          “Queremos un cambio transformador, no una república con Rajoy o Rubalcaba de presidentes. Queremos una república federal, popular y obrera. Encaminada al socialismo.” (6).

          ¡Ironías de la vida! No entraremos, al menos en esta ocasión, a valorar la opción federalista que defienden con tanta porfía, pues daría, probablemente, para un escrito aparte. Ya tendremos ocasión de hacerlo cuando abordemos la cuestión nacional.

        Pero sí nos parece inevitable, leyendo las líneas citadas, esbozar una sonrisa sarcástica. A esto nos referíamos más arriba al decir que cierta tendencia se convertía, irónicamente, en su archienemigo más que en su contrario. Y es que el antimaoísmo local, cuya punta de lanza es, sin duda, RC, tiene uno de sus argumentos estrella en la -infundada- denuncia de la Nueva Democracia como una aberrante desviación interclasista, es decir, conciliacionista. Pues bien, estos mismos señores abogan por una república… ¡encaminada al socialismo! En otras palabras: a diferencia de las revoluciones neodemocráticas, que son revoluciones burguesas de nuevo tipo dirigidas por Partidos Comunistas en países semifeudales y/o semicoloniales, RC nos propone una revolución burguesa de viejo tipo, ¡en un país imperialista y sin, siquiera, el concurso del Partido Comunista! De poco sirven las previsibles excusas que pongan para explicar esto; si una república está encaminada hacia el socialismo, es que no es socialista. Y, teniendo en cuenta que el contenido fundamental del socialismo es la Dictadura revolucionaria del Proletariado -y que, evidentemente, no dicen ni una palabra acerca de ello-, podemos concluir que proponen el mismo absurdo que el resto de organizaciones revisionistas: identifican teóricamente la revolución necesaria en el Estado español como indefectiblemente socialista, pero eso no les impide apostar, en la práctica -y de manera oportunista- por formas intermedias y democrático-burguesas de transición hacia el socialismo.

       ¿Quién es, pues, el que disocia aquí teoría y práctica?

       Pero RC no está sola en tamaña reaccionaria empresa. Como hemos demostrado, en el mismo sinsentido cae, por ejemplo, el PCPE, aunque sea éste, conscientemente, mucho más ambiguo al expresarse. En idéntica contradicción sucumbió el programa del PCE(r). Y el inefable PTD, ahora con un plus de oportunismo tras su unidad con los renegados de la UP y los exCJC-CLM, aun con una práctica política mucho más timorata, nos plantea la misma ridícula vía hacia la república democrática previa al socialismo.

        El caso de éste último (el PTD), merece mención aparte. Ya desmontamos su línea política, en sincronía con los camaradas de las Juventudes Comunistas de Almería y Zamora, hace escasos meses. (7) Pero su nefasta deriva se aceleró, precisamente, tras el proceso de unidad por el que pasaron. Dicen ahora, y sin aparente sonrojo, que las fuerzas vivas del pueblo (!) derribaron (!!) en las urnas (!!!) a los sirvientes de la oligarquía financiera y multiplicaron sus apoyos a los partidos políticos que exigen democracia para la mayoría (¡sic!) (8). Eso es, democracia para la mayoría… ¡de las fracciones burguesas no monopolistas! Además, y en consonancia con lo anterior, su horizonte queda limitado a la petición de un referéndum para elegir la forma del Estado burgués español.

       ¡Por una dictadura burguesa… pero democrática y plebiscitaria! Tal podría ser el grito de guerra de esta gente. Consideramos que huelga explayarse más sobre estos señores. Lo que creímos oportuno apuntar ya fue dicho en el documento citado; y toda la predisposición de cara al debate que mostraban no compensa ni por asomo una línea política criminal como la que practican.

        Sin embargo, hay otro rasgo significativo en todos estos comunicados. Toda forma de oportunismo confluye en algo: el culto a la espontaneidad. Y todas las organizaciones con las que aquí hemos confrontado coinciden, precisamente, en diagnosticar el momento actual como una excelsa oportunidad: para el PTD, es la hora del pueblo (9); para el PCPE ahora es nuestro turno (…)  y nos corresponde ahora (…) coger el timón de nuestro futuro (10); y muestra de ello es también el PCOE, que cree que la abdicación es el principio del fin (11) y que el pueblo ha logrado subir varios peldaños en su concienciación (12).

       ¡He ahí el quid de la cuestión! Todos nuestros revisionistas, anclados a la pura inmediatez para ganarse a las amplias masas, no pueden sino apelar a su espontaneidad, azuzada por los acontecimientos políticos en los que no participan de forma independiente y revolucionaria, sino dependiente (de determinadas fracciones burguesas) y reaccionaria. Por esto ven en cada crisis económica, curiosamente, el momento adecuado para dar un barniz de radicalidad a sus programas; por esto, también, carecen de toda iniciativa y dependen de un panorama político externo que no pueden transformar, intentando aprovechar cualquier conato de inestabilidad del Estado o las pugnas interburguesas para, ahí sí, ponerse manos a la obra y hacer política recogiendo el descontento (o intentándolo) de ciertos sectores subalternos de la clase dominante. Lástima que esto sea, precisamente, política burguesa, reaccionaria.

         Paralelamente, y como muestra magistralmente la última frase citada del PCOE, se ve la concienciación de las masas como un problema puramente cuantitativo. Es decir, entre la conciencia en sí y la conciencia para sí no hay, según ellos, ningún abismo; la segunda es consecuencia de la progresiva sublimación de la primera. Por eso la expresan como gradación, como simple yuxtaposición de peldaños subidos. Por el contrario, los comunistas revolucionarios sabemos que entre una  y otra media todo un salto cualitativo, que no puede darse sino a través de la revolucionarización de la conciencia de sectores cada vez más amplios del proletariado y siempre desde la iniciativa de la vanguardia. (13)

¿Etapas de transición… hacia períodos de transición?

Toda esta incomprensión de los mecanismos, requisitos y necesidades de la revolución repercute fatalmente en su línea política. Como hemos visto, a la hora de la verdad todos intentan subirse al tren de la espontaneidad, proponiendo, la mayoría, esas etapas de transición hacia el socialismo. Pero esta simple formulación demuestra palmariamente que tampoco han comprendido lo que es el socialismo.

          Veamos qué decía Marx al respecto:

       “Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la  d i c t a d u r a   r e v o l u c i o n a r i a   d e l   p r o l e t a r i a d o.” (14)

         En efecto, el socialismo es ya un período político de transición, en forma de dictadura proletaria, que transforma revolucionariamente la sociedad capitalista edificando conscientemente el comunismo. Por lo tanto, carece de sentido la apuesta de nuestros revisionistas, que ven necesaria una etapa democrática de transición entre el capitalismo y el socialismo. La cuestión es realmente evidente: si todo Estado es clasista y no es factible imaginar uno al margen o por encima de las clases, al apostar por uno intermedio -poco importa que se le adjetive como obrero y/o popularprevio a la Dictadura del Proletariado pero posterior a la forma actual de dictadura burguesa, se está propugnando una simple reforma -más o menos profunda- del Estado burgués. ¡Qué forma más barata de hacer oportunismo!

         Pero toda esta confusión no es casual, sino causal. Y es que todas estas organizaciones han renunciado, implícita o explícitamente, a dotar al proletariado de los instrumentos con los que éste pueda ser un sujeto político independiente y revolucionario. Porque todos los aquí nombrados, excepto el PCPE (15), reconocen la inexistencia, en el Estado español, de Partido Comunista. No obstante, esta circunstancia no parece ser óbice para que su actuar político sea trazado como si, efectivamente, ellos fueran el PC. ¿Cuál es el resultado de que organizaciones –desprovistas además de teoría revolucionaria– que sólo agrupan a pequeños círculos de vanguardia se lancen a por las amplias masas por su cuenta y riesgo y sin un Plan político amplio y audaz? No hará falta ser un gran conocedor del panorama político local para imaginarse el despropósito. Pues, como imaginará el lector, el diagnóstico es claro: un cúmulo de siglas, cuyas diferencias son más bien escasas, luchan entre sí por copar la dirección del movimiento espontáneo. Pero las masas entienden bien que para resistir no necesitan discursos, folclore ni parafernalia comunista. Por eso el rechazo es lógico: para parar un desahucio no es menester una bandera de los CJC; una asamblea universitaria no necesita saber de Hoxha para organizar una jornada de huelga; las asociaciones de vecinos no sienten la necesidad de pasar a llamarse FUP porque lo diga un partido marginal.

En este sentido, y aunque solemos ser nosotros los tildados de monasteriales, podríamos decir que la praxis a la que apelan todos los oportunistas se puede resumir en la locución latina ora et labora; es decir, su concepción de la práctica viene determinada por una relación más mística y religiosa que ideológico-política con la teoría; el rezo, aquí, consiste en la huera repetición de aquello que, creen, son verdades indiscutibles del marxismo-leninismo. No en vano, no dejan de sermonear a las masas con dichas verdades reveladas y se esfuerzan en convertir a los herejes que blasfeman contra tal o cual dogma de fe al que rinden culto, por cierto, sin ningún resultado positivo.

       Conviene apuntar, también, que a este respecto poco importa el contenido concreto de las verdades que proclaman por doquier. Bien podrían sustituir sus consignas etapistas por otras socialistas (como, con la ambigüedad antedicha, intenta el PCPE) sin que el problema de fondo hubiera sido solucionado. Y es que no se trata, como decimos, de proclamar la necesidad de la revolución. Se trata de ejecutar las tareas que nos permitan ir hilando cada etapa de la revolución con la subsiguiente. En otras palabras, al ser los fines los que determinan los medios, hemos de trabajar por cumplir los objetivos que nos permitan concatenarlos con otros más elevados y siempre en función de estos últimos. En ese sentido, se reconstituye la ideología -sintetizando la práctica social pasada- como medio para poder hegemonizar la vanguardia teórica; construimos la vanguardia comunista para poder ganarnos a la vanguardia práctica y, así, reconstituir el Partido; se reconstituye el Partido para desarrollar la Guerra Popular; ésta se ejecuta en función de la creación de Nuevo Poder; etc… Y todo esto, obviamente, como fases del movimiento que va realizando el Comunismo y subordinadas a éste objetivo final -hasta su victoria total, que depende de la lucha de clase revolucionaria del proletariado y no de ninguna fatalidad histórica, como quieren hacernos creer diferentes organizaciones revisionistas.

Como vemos, nada tiene que ver el ecléctico proceder del revisionismo, siempre a la zaga de los acontecimientos, con una verdadera táctica-Plan consciente como la que acabamos de delinear, que discurre a iniciativa de la vanguardia, y que es la única base sólida y coherente sobre la que edificar un proceso revolucionario.

      Si estas personas quieren realmente luchar por el socialismo, deberían replantearse su praxis política. Después de que infinitas siglas lleven décadas intentando dirigir el movimiento espontáneo, ¿cuántos éxitos revolucionarios se han conseguido? Absolutamente ninguno. Lo mismo es, en definitiva, la fracasada y absurda lucha por la República Democrática ya sea mediante el reformismo armado o el pacato economicismo. Lenin ya demostró las idénticas bases de ambas desviaciones. Y es que el socialismo no llega, se construye.

           Pero para poder construirlo hay que saber cómo. Y esto es lo que obvian estas organizaciones, al omitir toda referencia a la Dictadura del Proletariado en contraposición a la dictadura de la burguesía (se dé ésta en su forma monárquica o republicana); mencionan o dejan caer la cuestión del poder obrero, pero esto es más un mantra (la versión radicalizada del poder popular) que una alusión al indispensable -y para ellos desconocido- Nuevo Poder; y, por último, hablan de revolución pero continúan obstaculizando la reconstitución del único organismo social capaz de llevarla a cabo -el Partido Comunista- al dar la ideología por supuesta y negándose a poner al marxismo, de nuevo, a la altura de las circunstancias históricas. ¡Parece valer más para nuestros dogmáticos una concepción estereotipada del marxismo y una práctica ciega que la revolución! ¡Allá ustedes, pues!

        Hay, por tanto, que abandonar toda veleidad masista y afrontar las cuestiones candentes de la revolución; esto es, hoy, afrontar las problemáticas y las necesidades ideológicas de la vanguardia. Es necesario recapitular y cuestionarse toda esa práctica ciega; hemos de entender el momento histórico que vivimos y encarar con decisión el trabajo que tenemos por delante, que no es, precisamente, poco.

¿Proceso constituyente? ¡Reconstitución comunista!

           Mientras escribimos las presentes líneas, en el Parlamento se vota, con holgada mayoría, a favor de la Ley Orgánica que ha de regular la abdicación del rey. Parece que ésta, aun estando prevista desde hace algunos meses, se ha precipitado, entre otras cosas, por los resultados electorales europeos. Pues lo que para algunos es un triunfo anticapitalista, no deja de ser, exclusivamente, el reencuentro de ciertos sectores de las clases medias con la política parlamentaria. La crisis de representatividad que sacude al Estado español, y que alcanzó su punto álgido con el movimiento 15M, está siendo reabsorbida, cuanto menos parcialmente, por Podemos. Y es que el 25M vimos nacer a la Syriza española.

          Entretanto, el respaldo hacia los dos grandes partidos políticos del gran capital patrio va en declive. El PSOE, siguiendo las huellas del PASOK griego, camina a marchas forzadas hacia su paulatina pero total desaparición de la escena política española. El PP, desgastado por estos años de gobierno en mayoría absoluta, ha perdido credibilidad incluso ante ciertos sectores especialmente reaccionarios y centralistas del capital medio, alarmados, especialmente, por el procés catalán. Y es que el bloque dominante configurado en el Estado español tras la transición, que integraba al gran capital, a las burguesías periféricas y a la aristocracia obrera, hace aguas por todos lados. Como es natural en la democracia burguesa de la etapa imperialista del capitalismo, el dominio del gran capital sobre el resto de fracciones burguesas es indiscutible -aunque nunca absoluto. Y la crisis, obviamente, ha brindado al gran capital la oportunidad de desatar una ofensiva contra las otras fracciones subalternas del bloque dominante que, aunque en una medida infinitamente menor y más en un sentido político que económico, están pagando esta crisis junto al proletariado.

           Así, esta abdicación, que se quiere presentar como la puerta hacia una Segunda Transición, busca refrescar hasta cierto punto el marco político español, salvaguardar a toda costa el orden constitucional emanado del 78 y dar un respiro al aparato de Estado de cara al incierto y relativamente turbulento futuro que tiene por delante.

        Y en esto llegó Podemos. Impulsado por la organización trotskista Izquierda Anticapitalista, cocinado por el trío de enfants terribles (16) de la intelectualidad pequeñoburguesa y servido por ciertos medios de comunicación de masas, dicha formación política parece destinada a aglutinar buena parte del descontento de esas clases medias -pequeña burguesía y aristocracia obrera- que la anquilosada IU no ha sabido absorber por su propia mojigatería y su burocrática institucionalización. Ahora, como es lógico, la coalición que lidera Lara no puede sino mantenerse a la expectativa y darse un aire de modernización, pues los votos -y, por tanto, la iniciativa- que llevan tiempo esperando ver caer del cielo -sin éxito- lo harán previsiblemente del lado de Podemos.

         Por eso, también, el deseo de la República sólo está manifestándose mediante la petición de un inocente Referéndum -no se ve, siquiera, cierto interés por agitar las calles– que, como saben, no va a efectuarse. Y es que es obvio que nuestros pacatos socialdemócratas -los nuevos y los viejos– van a esperar unos meses para tener una mejor posición política y apoyo de masas suficiente en fechas futuras -sembradas de potenciales alianzas o coaliciones- para presentar su órdago republicano al que ya será su majestad Felipe VI. Y a este respecto, sin ninguna duda, encontrarán de su lado a nuestros ingenuos revisionistas -sin llegar éstos a percatarse, claro- como ala izquierda de la burguesía republicana.

          ¿Acaso no conocemos ya esta historia?

         Conocido es el dicho marxiano -tomado, a su vez, de Hegel- que postula aquello de que la primera como tragedia, la segunda como farsa. Se ve, pues, que Marx no podía siquiera imaginar la incompetencia de los comunistas del Estado español, dispuestos a tropezar con la misma piedra no una ni dos, sino hasta tres veces. Pues no alcanzan a comprender que, de hundirse totalmente el régimen del 78 e iniciarse exitosamente un proceso constituyente que intentara reorganizar -ventajosamente para esas clases medias en rebelión (17)- el bloque dominante, el único que podría salir reforzado sería el Estado burgués y el capitalismo español, nunca el proletariado ni las fuerzas revolucionarias. Y todo esto suponiendo que dicho proceso, sumado al otro procés, no terminara degenerando en una contienda civil -salvando todas las distancias- al estilo ucraniano. Pero no adelantemos acontecimientos.

***

Hoy como ayer, la opción genuinamente comunista, realmente revolucionaria, pasa por no adoptar el papel de retaguardia de ninguna de las fracciones burguesas en litigo. Pasa, también, por desarrollar, profundizar y ampliar la alternativa proletaria; por construir un referente de vanguardia marxista-leninista que, asimilando críticamente el legado revolucionario del pasado ciclo, se autocapacite ideológica y políticamente, derrotando, suprimiendo y superando al resto de corrientes teóricas que pugnan por la hegemonía en la vanguardia, para avanzar, a paso firme, hacia la Reconstitución del Partido Comunista.

Nueva Praxis
Junio de 2014

2

Notas

(1). Nos referimos aquí, obviamente, a la Línea de Reconstitución del Partido Comunista.

(2). Este párrafo hace  referencia, respectivamente, al PCPE, a RC y al PTD. En las páginas subsiguientes desarrollaremos con más detalle nuestra opinión sobre el modo en que cada uno de estos -y otros- destacamentos afronta el escenario político actual.

(3). En este sentido, conviene apuntar que la dialéctica marxista, instrumento de aprehensión y revolucionarización de las omnipresentes contradicciones, entiende precisamente la mediación dialéctica como instancia necesaria en cualquier proceso de transformación, es decir, de superación/supresión de dichas contradicciones. Para ampliar este punto, recomendamos el apartado Más autocrítica de la primera parte de la Nueva Orientación (PCR).

(4). Declaración del CE del PCPE ante la abdicación de Juan Carlos de Borbón. No está de más señalar aquí que identifican la sucesión con la perpetuación del capitalismo. ¿Acaso una República Española no sería capitalista? Sí que admiten teóricamente dicha posibilidad; pero sólo por mantener cierto rigor formal para con la teoría pues, como dijeron en algún lugar (¿o fueron sus juventudes?), para ellos hablar de república es hablar de socialismo. ¡Toda la teoría marxista del Estado liquidada en una frase!

(5). Ibídem. Este programa democrático se limita a pedir restringidas nacionalizaciones (banca y empresas privatizadas), el sostenimiento de lo público, la derogación de algunas leyes concretas (como la del aborto o extranjería), etc.!

(6). Sobre la abdicación del Rey (Reconstrucción Comunista, Junio de 2014).

(7). Véase El sacrificio del nonato. Repuesta al PTD (Nueva Praxis, Abril de 2014) y Polémica con el PTD en torno a la línea revolucionaria (JCA/JCZ, Abril de 2014).

(8). Es la hora del pueblo: ¡Viva la república! (PTD, Junio de 2014).

(9). Ibídem.

(10). PCPE, lugar citado.

(11). La abdicación del Rey, enjuague de la burguesía (PCOE, Junio de 2014).

(12). Ibídem.

(13). A este respecto, nos gustaría introducir una reflexión. Bien conocida es la fórmula, que reinó durante todo el Ciclo de Octubre, según la cual la fusión del socialismo científico con el movimiento obrero se da llevando la teoría revolucionaria al movimiento espontáneo desde fuera. Sin ser esta tesis falsa de ninguna manera, la creemos, al menos, inoperante. Quizá incluso podamos considerarla una formulación caduca. Decimos esto porque ninguna conceptualización es inocente ni neutral (y mucho menos ahistórica), y tampoco lo es ésta. Dicha tesis pone el peso en el factor espontáneo (pues se concibe como lo determinante), en las masas, ante las cuales la vanguardia ha de inclinarse para encajar, para integrar su teoría en el movimiento dado. En definitiva, implica ver el movimiento revolucionario sencillamente como el movimiento espontáneo más la dirección de los comunistas. En el contexto histórico en el que se acuñó dicha fórmula (popularizada después por Lenin en su ¿Qué hacer?) esto tenía todo el sentido. El movimiento obrero era ascendente y, concretamente en el Imperio Ruso, avanzaba con vigor hacia la revolución burguesa allí pendiente. Por eso era una tesis históricamente necesaria. Pero aquí también se entrelazan lo viejo y lo nuevo. Y es que en nuestra época, con el capitalismo en su fase imperialista ya desarrollada, las cosas no se presentan igual. Tras la escisión definitiva del movimiento obrero en dos alas y, sobre todo, tras el fin del Ciclo de Octubre -entendiendo que ello supone la necesidad de reconstitución ideológica y política-, el proceso de fusión del socialismo científico con las masas difiere sustancialmente. Además, el papel que ha de jugar la conciencia revolucionaria es exponencialmente mayor que entonces: la iniciativa ha de partir, en todo proceso revolucionario que pretenda vencer, desde la vanguardia. Por esto, nos parece mejor fórmula una que invierta la relación entre vanguardia y masas, poniendo el peso en el primero de los elementos y dejando patente la necesidad de la constitución del movimiento desde bases nuevas y no inmediatamente dadas por la vida -idea economista-menchevique. Así, diríamos que la fusión del socialismo científico con el movimiento obrero se da, en ascendente reciprocidad dialéctica -desarrollo en espiral-, trayendo a las masas (es decir, a las que sean nuestras masas en cada momento) a las posiciones de la vanguardia; en otras palabras, transformando a cada expresión particular del movimiento obrero en función de las necesidades de la revolución o, lo que es lo mismo, revolucionando al movimiento obrero en movimiento obrero de nuevo tipo. Creemos que esta fórmula expresa con mayor certeza la esencia del proceso en este nuevo contexto histórico.

(14). K. Marx y F. Engels, Obras Escogidas en dos tomos, Editorial Progreso, pág. 24 (Crítica al Programa de Gotha).

(15). El PCPE no tiene problema alguno en autodenominarse El Partido Comunista. El resto de organizaciones revisionistas, aun actuando como si lo fueran, tienen al menos la vergüenza suficiente como para no hacer tal ridículo.

(16). Nos referimos aquí a Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero e Íñigo Errejón.

(17). Al mismo tiempo, no estará de más apuntar que, precisamente, esas clases medias en rebelión son, en lo fundamental, la base social necesaria para un hipotético y futuro movimiento fascista de masas. Esta circunstancia, sumada al discurso populista de Pablo Iglesias y la presencia en Podemos de personajes como Jorge Verstrynge, hace más que real el peligro a medio-largo plazo de su uso por parte del gran capital para evitar cualquier tipo de reorganización política del bloque dominante. No queremos decir, claro está, que Podemos sea o vaya a convertirse en una formación fascista; decimos, al contrario, que sí puede, efectivamente, brindar al gran capital un atajo hacia la conformación de una base social receptiva y un discurso en buena medida ya elaborado.

Texto de Nueva Praxis acerca de las elecciones europeas del 25 de mayo

 

1

CONTRA LAS FALSAS ILUSIONES PARLAMENTARIAS DEL REVISIONISMO

¡BOICOT A LAS ELECCIONES EUROPEAS DEL 25 DE MAYO!

          La mitología griega cuenta entre sus historias más asombrosas con aquélla que reza acerca de Dédalo y su sobrino Perdix. Dédalo era un afamado arquitecto e inventor ateniense, que se veía continuamente superado por los logros que su genial sobrino, tutelado por él mismo, alcanzaba día tras día. Un buen día, y presto a poner a prueba a un nivel superior al confiado Perdix, Dédalo lo mandó subir con él a la torre del templo de Atenea, conminándole allí la resolución de un complejo problema matemático. Asombrado con la rapidez con la que su joven alumno dio con la correcta resolución del mismo, Dédalo, atenazado por la envidia, arrojó a su sobrino desde lo alto de aquella imponente torre, enviándolo a una muerte que parecía segura. Por fortuna para Perdix –fortuna en nombre de diosa, valga la redundancia–, Atenea, apiadándose de aquel ingenioso zagal, lo salvó durante la caída otorgándole un par de alas y convirtiéndolo así en una conocida ave: la perdiz, que, como muchos sabrán –más allá incluso del estrecho círculo de aficionados o expertos en ornitología– se trata de una especie incapaz por sí misma de asentarse o, siquiera, proliferar lugares elevados por temor a su previsible caída desde los mismos.

          Volviendo al mundo real, pero teniendo en mente el sencillo aunque impactante relato que acabamos de referir, nos enfrentamos a una nueva cita electoral por parte de aquéllos que someten a nuestra clase a una institucionalizada esclavitud asalariada. El proletariado, sabedor, pese a todo, de que nadie le ha dado vela en este entierro, se muestra meridianamente alejado de estas patéticas representaciones con las que la burguesía y sus distintas fracciones nos deleitan con frecuencia más deseada de lo normal –así lo consideramos los firmantes de esta misiva–. A la espera de la rearticulación de un movimiento revolucionario independiente, de nuestra clase propiamente dicho –el Partido Comunista– , ésta trata de defenderse de los envites del capital con lo poco que posee: a saber, con una conciencia en sí que, por su propia naturaleza, no puede ser sino burguesa, en cuanto que reproduce de forma continua las actuales relaciones de dominio capitalista a todos los niveles y sólo alcanza a discernir, debido a su primigenio desarrollo histórico, la contradicción puramente económica entre el obrero y el patrón en el amplio y complejo tablero en el que se desarrolla la lucha de clases, relegando el factor político –¡y ya no hablemos del ideológico-consciente!– al más lamentable de los ostracismos. Como el ave al que Perdix da nombre, nuestra clase se muestra, por sí sola, incapaz de ocupar cotas demasiado eminentes, nunca más altas que las que marcan las estrechas paredes de la fábrica;cotas éstas que, por otra parte, se encuentran dominadas por aquella fracción de la clase obrera que participa del reparto del pastel imperialista y que posee –en virtud de múltiples órganos de representación y negociación, como los sindicatos; instrumentos que, por otra parte y como cabe reseñar, siguen siendo considerados por revisionistas patrios y foráneos como las “formas naturales” de organización de la clase, supuestamente válidas para erigir, a partir de ellas, la ofensiva revolucionaria– una evidente posición de poder como una clase burguesa más en el aparato político del Estado capitalista. Son, precisamente, aquellos sectores de la aristocracia obrera los que, inevitablemente desplazados de la privilegiada posición que tenían anteriormente a la última, y, a su vez, sempiterna crisis del capital, buscan una base social suficiente –normalmente, en visible o velada alianza con la pequeña burguesía y el capital medio– para ejercer presión sobre aquellas fracciones situadas en la cúspide del dominio capitalista y que exclusivizan cada vez más la acumulación de la plusvalía. Las elecciones burguesas no dejan de ser, así, uno de los múltiples terrenos donde esta clase se juega los cuartos –y su posición política, no lo olvidemos–.

          El revisionismo, expresión ideológica por excelencia de la fracción radicalizada de la aristocracia obrera, gusta de otorgar à gogo epítetos descalificativos de lo más variado a los que luchamos por la Reconstitución del Partido Comunista, por la completa independencia de nuestra clase en los terrenos político e ideológico. Y, para justificar ante el conjunto de la vanguardia y ante sus exiguas masas sus ya conocidas –por recurrentes– boutades oportunistas y electoralistas, coronan la disertación haciendo uso de ese oscuro objeto suyo de deseo titulado “La enfermedad infantil del ‘izquierdismo’ en el comunismo”,–oscuro en cuanto a la forma en la que esta pléyade de vocingleros descontextualiza el proceso de constitución del Partido por parte de los bolcheviques, no por la indiscutible importancia teórica de la obra de Lenin–. Así, a los ojos de nuestros guardianes del dogma, lógicamente renuentes a constatar la manifiesta contraproducencia de la estrategia parlamentaria en la época actual, bien merecemos el calificativo de izquierdistas. Quizá vaya siendo hora de adentrarnos en la postura leninista sobre el parlamentarismo, con el objeto de diferenciar entre la necesaria flexibilidad táctica durante el desenvolvimiento de las tareas que el Plan revolucionario exige, y las posturas oportunistas –ergo, contrarrevolucionarias– que abanderan los que se refieren a nuestra línea en los términos anteriormente mencionados.

          Si algo caracterizó a la época en la que se constituyó el Partido Bolchevique –constitución cuyos dos principales hitos a nivel histórico-temporal fueron las revoluciones de 1905 y, fundamentalmente, la de 1917– fue la existencia de un movimiento de masas ascendente, en natural consonancia con los últimos vestigios que la ola de revoluciones burguesas iniciada en 1789 mantenía aún con reseñable fulgor. Así, la conformación del bisoño movimiento obrero entronizaba por aquel entonces a la socialdemocracia como una fuerza en franco ascenso y con enorme influencia entre las masas obreras de Rusia, fuerza con la que los dirigentes de la fracción bolchevique del POSDR tuvieron que confrontar durante todo un proceso de lucha de dos líneas en aras del progresivo avance de las posiciones revolucionarias, el cual incluso se llevó a cabo, en momentos muy puntuales, siguiendo los cauces que marcaba la Duma rusa. En la actualidad, y tras la escisión de la clase obrera en dos y la transformación de la socialdemocracia –otrora mecanismo y, a su vez, expresión ideológica de la conformación de la clase en base a sus luchas económicas contra el capital– en su contrario dialéctico, es decir, en una ideología que no puede ofrecer nada progresivo a nuestra clase, sino el encuadramiento de un sector burgués de la misma en la estructura política imperialista y la postración ad eternum del otro sector a las dinámicas que impone la división del trabajo en su fase capitalista, es este sector de la clase, el proletariado, el que, en la actualidad, y con toda lógica ante las expresiones ojipláticas del revisionismo, se muestra totalmente desinteresado del devenir de las luchas intestinas que las fracciones de la burguesía, en su indisimulada rapiña, dirimen en el cuadrilátero parlamentario. Nuestros electoralistas hacen gala de una obvia incomprensión de las tareas más acuciantes a día de hoy, cuando la liquidación del marxismo como ideología revolucionaria de vanguardia nos debe inducir, por necesidad, a otorgar la primacía a la resolución de las contradicciones ideológicas en el seno de la vanguardia, en base a la lucha de dos líneas en torno al Balance del Ciclo de Octubre, colocando la teoría revolucionaria a la altura de las circunstancias históricas y de la posición cualitativamente más elevada que ha alcanzado a nivel político-ideológico el proletariado revolucionario tras el ejercicio de su lucha de clases. La hegemonización de la ideología revolucionaria en el seno de la vanguardia teórica en base a la lucha de dos líneas contra el revisionismo en particular, y contra toda expresión de ideología burguesa en general, cristaliza en forma de Línea General, de Plan que guiará el devenir práctico de la Revolución Proletaria Mundial –con sus consiguientes vicisitudes tácticas–, colocándose la vanguardia marxista-leninista, auténtico núcleo embrionario del Partido Comunista, en una posición cualitativamente más elevada para abordar el acercamiento y la conquista y transformación revolucionarias de aquellos elementos que lideran las luchas parciales y resistenciales de las masas: la vanguardia práctica. En esta fase de la reconstitución del Partido, la última contemplada por dicho proceso previo a la Guerra Popular, sí empieza a ser factible la participación parlamentaria, no como medio de llevar a cabo una pretendida “política –burguesa, en tal situación– de construcción del socialismo dirigida a las grandes masas”, sino como formato plausible de agitación para con aquellos intermediarios entre dichas masas y la vanguardia teórica –los también llamados intérpretes de las masas–, los cuales, a día de hoy, continúan en no despreciable medida imbricados en dinámicas tendentes a azuzar las ilusiones parlamentarias de la clase obrera –o más bien, de cierto sector de la misma–. A medida que avanza la Reconstitución del Partido y éste va generando de forma consciente los organismos necesarios para dar inicio a la Guerra Popular, va tomando forma y, a su vez y en consecuencia, siendo efectiva la relación orgánica de fusión entre vanguardia y masas. Cabe decir, una vez llegados a este punto, y habiendo ahondado en la cuestión de cómo se dará inicio a la guerra abierta contra toda expresión de la ideología y dominación burguesas, que la flexibilidad táctica deja abierta la posibilidad, siempre y cuando se supedite a la correcta puesta en marcha y resolución del Plan revolucionario –y ya se ha mencionado previamente en el texto cómo logra cristalizar dicho Plan–, del empleo efectivo de una táctica parlamentaria, entendida ésta necesariamente no sólo como referente al Parlamento u otros órganos subsidiarios o a menor escala del gobierno burgués, sino como utilización de cualquier espacio controlado o generado por la burguesía y sometido ab origene a las dinámicas de ésta, véase una Universidad, una Biblioteca, etc., así como ciertos mecanismos legales del capital, incluso en estadios incipientes de la Guerra Popular misma, siendo la utilización táctica de estos resortes un paso más –si así lo requieriese el propio Plan– para la acumulación de fuerzas en cada etapa del proceso, teniendo en cuenta que las masas que vayamos incorporando progresivamente tendrán un carácter cualitativamente distinto dependiendo de la fase político-militar en la que se encuentre el movimiento revolucionario. A gran escala, las masas –y, he aquí una lección universal que nos ha legado el anterior ciclo revolucionario– únicamente podrán ser transformadas ideológicamente y, en consecuencia, elevadas hacia la posición política de la vanguardia mediante el ejercicio consciente de su propio poder: la dictadura revolucionaria del proletariado hacia el Comunismo, confrontando a todos los niveles con el viejo poder burgués. Las ilusiones parlamentarias de estas grandes masas –ilusiones contra las cuales en su día la fracción bolchevique sí estimó conveniente dirimir la lucha en el terreno parlamentario si la situación así lo requería– hace mucho que se diluyeron. Basta, a tal respecto, con comprobar las cifras de abstención constatadas en todas y cada una de las citas electorales de la burguesía, así como las más que previsibles para la inminente fiesta de la democracia europea que tratamos aquí (en torno a un 60%). Ante este revelador panorama –que ha permitido, por otra parte, superar en buena medida el trabajo sucio parlamentario que la vanguardia tuvo que abordar a mayor escala en tiempos pretéritos–, nuestros electoralistas pretenden acabar con las ilusiones parlamentarias del proletariado… ¡llamando al voto en las urnas! Y lo que es peor: su desentendimiento de las tareas que nos deben ocupar actualmente, así como su preocupante incomprensión del contexto en el que Lenin escribió la obra con la que aducen, no sin denuedo, las más fantasmagóricas razones para justificar su cretinismo parlamentario –etapa aquella en la que el Partido Comunista ya estaba constituido, a diferencia de hoy, y la dirección bolchevique ya controlaba los órganos de nuevo poder (sóviets) con los que confrontar política, ergo, militarmente, al gobierno provisional burgués–. ¿Qué Nuevo Poder han generado –o pretenden generar– estas organizaciones, las cuales no tienen otra cosa que vendernos que repetidos cantos de sirena en todas y cada una de las llamadas a las urnas que la burguesía lleva a cabo? Pues, para ellos todo vale, ya sean elecciones europeas, generales, autonómicas, municipales, etc, para tratar de llevar su conciencia sindicalista hacia nuevas cotas y espacios. ¿Acaso se puede denominar uso revolucionario del parlamento a las llamadas reformistas –por la “Europa social”, en general; por “un futuro sin Troika, sin Deuda y sin Bipartidismo”, como corea el PCE-UJCE; o, por otra parte, aunque, bien mirado, en el mismo lado que estas dos organizaciones, por la educación pública (burguesa) y unas condiciones ligeramente mejores de explotación asalariada bajo la mesa del “trabajo con derechos”,tal cual blande el PCPE,así como las vergonzantes llamadas al voto para IU o Podemos por parte del PTD – que realizan estos señores?

          Llegados a este punto, no es baladí un análisis más profuso acerca de las posturas –e implicaciones ideológicas de las mismas– que defienden, ante este y otros tantos encuentros electorales, varias de las mayores organizaciones del revisionismo español. Por un lado, aquéllas que apuestan por una abstención activa o consciente –principalmente, PCOE y R*C– utilizan dicha táctica como acicate en sus fatalistas pretensiones de agudizar la crisis política [1] que, supuestamente, padece la burguesía –según ellos, ayudados, cómo no, del advenimiento de la pertinente fluctuación económica del capital–. Ciertamente, estos señores –exactamente igual que el PCPE–, no han comprendido que el único mecanismo que puede generar conscientemente la crisis política del capitalismo es el Partido Comunista, resolviendo la misma a favor de los intereses revolucionarios a través de la Guerra Popular. Para nuestros abstencionistas, la revolución se encuentra a tan sólo un empujón –más flojo que el que Perdix sufrió a manos de Dédalo, parece ser–; en consecuencia, sus llamadas a la abstención, con todos los imponentes ropajes con que quieran vestir a ésta, van encaminadas a la acumulación de fuerzas en torno a órganos de lucha económica, auténticos baluartes del Viejo Poder burgués –bien sea el FUP, en el caso del PCOE, o la hegemonización del llamado sindicalismo de clase y combativo, en el caso de R*C–, instrumentos a partir de los cuales estas organizaciones pretenden dar el golpe definitivo a esa –supuestamente existente– crisis política del capital. ¡Los preceptos de la insurrección decimonónica extrapolados al siglo XXI! A todas luces, carecen de plan político independiente de construcción del movimiento revolucionario, confinando a la mínima expresión el problema –de crucial relevancia– de los intermediarios entre el núcleo de vanguardia y las masas no militantes –y su correspondiente cadena de mediaciones en forma de organismos generados por el Partido a distintos niveles ideológico-políticos–, lo cual les lleva, en todo momento, a tener presente la posibilidad de llamar al voto con todas las de la ley en el momento en que dispongan de una base social –y electoral– suficiente, y, por consiguiente, cultivar, de la misma manera que llevan haciendo durante décadas organizaciones más respaldadas a pie de calle, como el PCPE, las ilusiones parlamentarias y los objetivos reformistas [2] que, aparentemente, nuestros abstencionistas critican en la actualidad a dichas organizaciones. Por otra parte encontramos al propio PCPE, que, como principal destacamento del revisionismo español, se alimenta de los mismos presupuestos ideológicos que los denominados abstencionistas; si bien esta organización, debido a que goza de la posesión de una mayor base social a pie de calle, sí se ve en condiciones efectivas de saltar al terreno de juego con su propia plataforma electoral–que no parlamentaria, ya que el PCPE no puede aspirar, a día de hoy, a conseguir un solo escaño [3] –. A tal respecto, nos ofrecen un sinfín de proclamas cuya finalidad no es otra que el embellecimiento ante las amplias masas de la fachada de la explotación capitalista [4], la cual, esta organización, como fiel representante de cierta fracción radicalizada de aristocracia obrera, considera, al igual que las otras dos anteriormente referidas, como relación puramente económica y remanente de la dictadura exclusiva de los monopolios [5]. Como es lógico, su lucha va dirigida contra la oligarquía financiera que ha logrado relegar, dentro del aparato de poder estatal pero hacia una posición menos ventajosa en el reparto de la plusvalía imperialista, a su clase y a otras aquiescentes con ella en mayor o menor medida, tales como la pequeña burguesía y el capital medio, en virtud de la enésima crisis de reproducción del capital. Además, para colmo de males –pensará el PCPE, y de ahí que lo tomen en consideración como un blanco principal de sus críticas ideológicas–, estas dos últimas clases han logrado articular un “nuevo” proyecto político de cierta relevancia –nos referimos a Podemos–, el cual se encuentra, hoy, en perfecta disposición de dar al traste en poco tiempo con el grueso del trabajo de masas que la organización en la que centramos esta parte de nuestra crítica lleva, ardua y pacientemente, desarrollando durante casi treinta años. C’est la vie !

          Frente a las ilusiones parlamentarias del revisionismo, se hace necesario articular una lucha ideológica desde posiciones auténticamente revolucionarias, que no subsuman las tareas necesariamente actuales del proletariado revolucionario a los intereses de unas u otras fracciones de la clase en el poder. Es por eso que, para este 25 de mayo, nosotros consideramos la consigna del boicot como imprescindible –y acorde con la flexibilidad táctica que mostraron los bolcheviques, quienes difundieron ese mismo lema cuando se hizo necesario– para dejar claro que ni en ésta, ni en ninguna de las subsiguientes citas electorales, los comunistas vamos a ofrecernos comocarne de cañón ni pretender que aquellos sectores más oprimidos y, por consiguiente, apartados de los juegos de la burguesía, emprendan el camino de vuelta a un redil incapaz desde hace mucho de ofrecerles cobijo, y que, por el contrario, hacemos ver a nuestra clase, desde el estudio de la rica experiencia acumulada por el proletariado tras cerca de un siglo de movimiento revolucionario, que el parlamento, aparte de una conquista histórica superada por el devenir de los acontecimientos, supone una conquista política definitivamente relegada por la contradicción principal manifiesta sobre el presente terreno en el que se desenvuelve la lucha de clases: la contradicción existente en el propio seno de la vanguardia teórica, entre el marxismo revolucionario y el revisionismo, en primer nivel, y, de forma subsidiaria, entre el primero y cualesquiera expresiones de ideología burguesa. Si queremos colocarnos en posición y dotar a nuestra clase de los mecanismos con los que pueda ser elevada hasta la posición de tomar el cielo por asalto, debemos ser conscientes de que nuestra clase únicamente se encuentra en disposición de contar con sus propias fuerzas; de que, a diferencia del joven protagonista del mito con el que hemos dado inicio a esta exposición, ningún atisbo de fortuna podrá salvarles del peor de los finales –¿o deberíamos decir de la más cruda de las realidades? – y de que, para dotar a nuestro Perdix de alas suficientes con las que alcanzar tamaña empresa, la vanguardia debe conscientemente escindirse del movimiento obrero en cuanto espontáneo y económico de la clase, del mar de la conciencia en sí, reconstituir y poner a punto, a la altura de las circunstancias históricas actuales, la ideología revolucionaria, basándose en la síntesis de la práctica social –revolucionaria– anterior, así como también la superación cualitativa de ciertas premisas teóricas que iniciaron el pasado ciclo revolucionario [6], articulando en torno a ellas un movimiento político más elevado. Tales aspectos son recogidos en la concepción leninista del Partido de Nuevo Tipo, el cual constituye una unidad dialéctica entre socialismo científico y movimiento obrero, una fusión de ambos en una totalidad distinta y superior a sus dos partes constitutivas, englobando esta totalidad, así, todo un movimiento en progresiva conformación a un nivel superior e independiente por parte del proletariado revolucionario, a medida que se logra avanzar en las tareas que marca la resolución del Plan. Si se nos permite continuar con las metáforas, la vanguardia, al elevarse en su proceso de escisión-fusión, deberá mejorar lo hecho en vuelo por el malogrado Ícaro –primo de Perdix, por cierto–, habiéndose de construir unas alas harto más resistentes que aquéllas endebles de cera con las que el hijo de Dédalo firmase su trágico final al tratar de acercarse al Sol. El empujón que el revisionismo, ataviado aquí con los ropajes del pérfido Dédalo, ha infligido a nuestro inocente protagonista, no debe impedir que éste se despoje definitivamente de su ancestral “vértigo”, para que, con la ayuda de sus nuevas –en cuanto superiores–, y, a la vez, propias fuerzas bajo renovado potencial, emprenda un vuelo definitivamente más excelso que el que ninguno de los demás genios que anteriormente poblaron Atenas lograse siquiera esbozar.

¡POR LA RECONSTITUCIÓN IDEOLÓGICO-POLÍTICA DEL COMUNISMO!

CONTRA LAS FALSAS ILUSIONES PARLAMENTARIAS DEL REVISIONISMO, ¡NI UN VOTO OBRERO EN LAS URNAS!

ANTE LA FARSA ELECTORAL DEL 25 DE MAYO, ¡BOICOT!

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Nueva Praxis

Mayo de 2014

NOTAS:

[1] A tal respecto, nos parece ilustrativo incluir este extracto del texto referente a la cita electoral del 25 de mayo, elaborado por el PCOE:“La crisis económica está alimentando a la crisis política y, con ella, la deslegitimación de su forma de gobierno y de su instrumento de dominación, que tantos réditos y tanta fortaleza le ha dado y otorga a la burguesía”. La concepción fatalista del capitalismo en su fase imperialista está plenamente enquistada en esta organización, algo que se observa con inusitada frecuencia en no pocos de sus textos. El capitalismo nunca puede generar per se su propia crisis política a nivel general y, mucho menos, ésta sobrevendrá a partir de las crisis cíclicas de sobreproducción del capital. El único instrumento que puede generar dicha crisis política es el Partido Comunista, guiado en todo momento por el factor consciente, que pasa a ser el aspecto principal de la contradicción a resolver y que supone en sí mismo el auténtico factor diferencial entre la revolución proletaria, capaz de articular a nivel histórico una respuesta auténtica y cualitativamente superadora de todas las formas procedentes de las sociedades de clases, y el resto de revoluciones precedentes, como la burguesa, de cuya cosmovisión procede el sustrato insurreccional con que estos abstencionistas pretenden abonar inútilmente el campo de la lucha de clases. (El texto completo del PCOE se puede encontrar aquí http://www.pcoe.net/actualidad1/actualidad-nacional/566-elecciones-europeas-piden-el-voto-para-legitimar-la-represion-y-la-explotacion-para-fortalecer-a-los-imperialistas-y-enganar-al-pueblo). La segunda organización en la que centramos aquí nuestra crítica –R*C– también adolece de similares desviaciones ideológicas: El imperialismo en general y el europeo en particular está sumido en una brutal y superior crisis, manifestada ésta en una crisis económica que no encuentra salida alguna y que año tras año impulsa una mayor oleada de explotación y miseria (…) a las trabajadoras y trabajadores (…) La crisis económica ha provocado, como no puede ser de otra forma, una notoria crisis política…” Distintas tapas pero, en definitiva, los mismos libros. ¿Desde cuándo el capitalismo no encuentra salida alguna a sus crisis económicas y políticas? ¿No comprenden que, sumada a la tendencia “natural” hacia el Comunismo –natural con su correspondiente y necesario matiz, puesto que para que esa tendencia se materialice, se requiere la (re)constitución del propio movimiento revolucionario constituido en Partido Comunista–, el capitalismo genera la contratendencia a la reacción y al reforzamiento de todas sus estructuras de clase –y no sólo a nivel económico–? (El texto completo de R*C se puede encontrar aquí http://blog.reconstruccioncomunista.org/2014/05/campana-por-la-abstencion-activa.html )

[2] Con vistas a reforzar su campaña “antielectoral” y ganar adeptos para la misma –cuantos más mejor: la cantidad prima aquí sobre la calidad revolucionaria–, estas organizaciones –no son las únicas, pero sí las dos más relevantes en el florido campo de la abstención activa o consciente– no dudan en esgrimir vistosas consignas, tales como “Contra la Europa del capital y la guerra” o “Extender la propaganda comunista y fortalecer la organización revolucionaria”, en el caso de R*C, y “Abajo la Unión Europea criminal y miserable” o “Por la Unión de Repúblicas Socialistas de Europa”, en el caso del PCOE (todos estos lemas pueden encontrarse en los correspondientes textos referidos con anterioridad, así como en este otro artículo del PCOE http://www.pcoe.net/actualidad1/actualidad-internacional/564-las-supuestas-opciones-de-las-elecciones-europeas ). Si nos centrarnos en las frases que dedican a la “Europa socialista” o “anticapitalista”, cabe preguntarse: ¿qué queda en el discurso de estos oportunistas, pues, de la concepción leninista acerca de la Revolución en el marco nacional como base de apoyo para la Revolución Proletaria Mundial? Es únicamente este ámbito, el mundial –como mundial es, a su vez y como clase, el proletariado–, el que debe ocupar en exclusiva todos nuestros objetivos, sin circunscribir las distintas tareas revolucionarias a los estrictos espacios geográficos y/o nacionales de explotación y de organización del mercado interno y externo, en los cuales la burguesía confina a nuestra clase.

[3] En las últimas elecciones al Parlamento Europeo, celebradas en junio de 2009, el PCPE obtuvo el 0,10% de los votos (15.221 votos), mientras que en las más recientes al Congreso de los Diputados, en noviembre de 2011, dicha organización fue refrendada por el 0,11% del electorado (26.254 votos) (pueden consultarse todos los datos electorales al respecto aquí http://www.infoelectoral.mir.es/min/busquedaAvanzadaAction.html?vuelta=1&codTipoEleccion=7&codPeriodo=200906&codEstado=99&codComunidad=0&codProvincia=0&codMunicipio=0&codDistrito=0&codSeccion=0&codMesa=0 y aquí http://www.infoelectoral.mir.es/min/busquedaAvanzadaAction.html?vuelta=1&codTipoEleccion=2&codPeriodo=201111&codEstado=99&codComunidad=0&codProvincia=0&codMunicipio=0&codDistrito=0&codSeccion=0&codMesa=0 ) Ya que, como acaba de quedar puesto de manifiesto, esta organización no cuenta con la base socioelectoral suficiente como para hacer su entrada en el Parlamento burgués y poder realizar –en el supuesto caso de que tuviesen la más mínima intención de ello, que no es así debido a que su proceder electoralista no guarda, ni puede guardar relación alguna con la acción de denuncia de las instituciones burguesas– un trabajo genuinamente revolucionario en dichos espacios.

[4] El PCPE, en mayor medida que ninguna otra organización revisionista, distorsiona con no casual frecuencia el concepto de uso revolucionario de las instituciones, y, en un infructuoso intento de justificar teóricamente sus posturas políticas, aluden a citas descontextualizadas de Lenin, como la siguiente: “… mientras no tengáis fuerza para disolver el parlamento burgués y cualquier otra institución reaccionaria, estáis obligados a actuar en el seno de dichas instituciones precisamente porque hay todavía en ellas obreros idiotizados …” El empleo sistemático de este tipo de aseveraciones les sirve, en parte, para presentarse ante las masas y hacer pasar por izquierdistas a todos aquellos sectores del Movimiento Comunista que cuestionan sus dinámicas electoralistas, pese a que el PCPE identifica de forma sistemática la participación revolucionaria en el Parlamento –que era lo que razonablemente Lenin defendía en el contexto en que expresó tal aseveración– con la presentación sistemática de un destacamento de vanguardia a toda cita electoral burguesa, aun discerniendo, ellos tan bien como nosotros, la imposibilidad de acceder a un sillón parlamentario a corto y medio plazo. En diversos textos de campaña electoral –adjuntos al término de esta nota– hacen alusión a términos tan socorridos por el oportunismo como “la toma del poder de la clase obrera” –el nuevo poder proletario se construye en contraposición al poder burgués, no se toma de este último–, “la nacionalización de la banca y otros sectores estratégicos” –sin la construcción coetánea del Nuevo Poder, la nacionalización constituye una indisimulable concesión a todos aquellos sectores sociales encuadrados en el aparato estatal imperialista, como son la pequeña burguesía funcionarial y la aristocracia obrera–, una lluvia de demandas encaminadas a mejorar ligeramente las condiciones de esclavitud asalariada –algunas de las cuales han sido previamente mencionadas en esta misiva–, la archiconocida “salida del euro, la UE y la OTAN” y otras tantas diatribas de raigambre antimonopolista y economista similar a las que muestran las organizaciones abstencionistas en sus discursos, y sobre las cuales huelga extenderse en mayor medida. Y, por supuesto, y como guinda del pastel, la teoría de la acumulación de fuerzas a la espera de la entrada en escena de la crisis política definitiva o terminal del capitalismo–similar pretensión que aquélla que ansía una aparición mariana; no en vano, en ambos casos se manejan los mismos niveles de probabilidad–, momento clave en el que nuestros revisionistas se encontrarían prestos y dispuestos para asestar el golpe definitivo –y único– al capitalismo –véase aquí, la oligarquía financiera y aquellos sectores sociales situados por encima de la aristocracia obrera–. Dicha teoría constituye, pues, el auténtico tour de force de la cosmovisión insurreccionalista y fatalista del capitalismo instalada en las cabezas de los dirigentes de esta organización: “…debemos aprovechar las elecciones como medio de propaganda en el proceso de acumulación de fuerzas…” (Algunos de los textos elaborados por el PCPE para la cita electoral del 25 de mayo pueden encontrarse aquí http://www.tintaroja.es/opinion/462-las-elecciones-al-parlamento-europeo-si-que-sirven-al-partido-comunista y aquí http://pcpe.es/comunicados/item/3435-la-lucha-contra-la-ue.html )

[5] Las organizaciones abstencionistas arrastran, al igual que el PCPE –al que, curiosamente, critican por ello– esas mismas desviaciones antimonopolistas y economistas. A tal respecto, nos remitiremos a los escritos elaborados por ellos mismos. R*C, sin andar más lejos, declara lo siguiente: “La salida a esta crisis no viene de la mano de la papeleta oportunista, la superación de la crisis corresponde a la propia superación del capitalismo, a su destrucción y a la modificación profunda de las relaciones económicas” –¿Se requiere superar únicamente las relaciones económicas capitalistas? Nuestros “antirrevisionistas” abrazando la revisionista teoría de las fuerzas productivas, ¡qué ironía! – Y, en el siguiente extracto, el correlativo trasfondo antimonopolista: “Poco a poco se acerca la fecha en la que el deslucido y viejo Poder, el Poder de la oligarquía financiera, de las élites económicas, del imperialismo rapaz y de los intereses monopolistas reclaman la repercusión de un acto que tiende a convertirse en un día de victoria para la clase dominante y de pérdida y frustración para la clase obrera y las capas populares”. Nuevamente, observando con detenimiento afirmaciones como ésta, reiteramos nuestra pregunta acerca de si el Estado imperialista pone de manifiesto el poder exclusivo de la oligarquía financiera o, por el contrario, supone la institucionalización del reparto de la gestión política capitalista por parte de diversas clases burguesas en litigio, con sus correspondientes intereses particulares y –esto no lo negamos, ya que es evidente– con sus cualitativamente diferentes fuerzas de clase. El PCOE también nos deja perlas de similar brillo: “…la envoltura del bloque imperialista europeo (UE), es despreciada por los Pueblos, evidenciándonos la profundización de la crisis política, de la insatisfacción de los Pueblos con el Sistema como consecuencia del efecto de las políticas económicas realizadas por los imperialistas que agravan los problemas de la mayoría para beneficiar a la oligarquía” –de nuevo aquí, el manido recurso de la confrontación entre “la mayoría” y la oligarquía– (hemos usado nuevamente los textos referidos en anteriores notas).

[6] A tal respecto, no está de más aclarar que, en efecto, la teoría es ya síntesis de toda la práctica social anterior –y no únicamente aquélla relacionada con el proletariado como clase en sí, económica–. Los clásicos del marxismo incorporaron como habitual esta práctica de síntesis teórica con respecto a etapas anteriores y, en su tarea de resituar la teoría revolucionaria a la altura de las nuevas necesidades históricas que impuso en su día la irrupción del imperialismo, así como el estado subjetivo alcanzado por la incipiente –e independiente– lucha de clases del proletariado, se vieron naturalmente influidos, durante el desarrollo de la lucha ideológica contra el kautskismo, en particular, y contra los añejos vestigios de la teoría marxista adaptados por la II Internacional, por estas mismas corrientes teóricas; muchas de las cuales se incorporaron de forma natural al paradigma revolucionario que dominó todo proceder durante el ciclo de Octubre. El marxismo, como teoría en necesario proceso de autorrevolucionarización continua, requiere a su vez de la incorporación a la misma del conjunto de saberes y conocimientos alcanzados por la humanidad –por ejemplo, el científico– en su conjunto, negándolos e integrándolos en la cosmovisión proletaria, la cual se encuentra, así, en disposición de superarlos.

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