Centenario de la publicación del folleto de Stalin «El marxismo y la cuestión nacional»

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Publicamos a continuación un texto que analiza el legado teórico de Stalin y el marxismo-leninismo en torno a la cuestión nacional que nos ha enviado un camarada. El artículo, que lleva por título “Centenario de la publicación del folleto de Stalin «El marxismo y la cuestión nacional»”, presenta aspectos muy interesantes dignos de ser mencionados. En primer lugar, el camarada estudia de forma muy acertada esta cuestión desde el punto de vista del balance revolucionario del ciclo de Octubre, una necesidad fundamental para el movimiento comunista internacional en vistas a su reconstitución tanto ideológica como política. Además, otro aspecto a nuestro juicio muy positivo del artículo es que analiza de forma científica y sin apriorismos -como debe hacer siempre un comunista, por otro lado- las posiciones teóricas de Stalin, Lenin y el conjunto del movimiento comunista en relación a la compleja cuestión nacional. 

La única cuestión del texto que no compartimos de los planteamientos del camarada -lo que, por supuesto, no es óbice para que publiquemos un texto muy interesante- es la diferenciación negativa que establece entre la postura de Lenin y la de Stalin en torno al problema nacional. Nosotros, en todo caso, entendemos que Stalin teorizó y sistematizó de forma más contundente si cabe que Lenin el problema nacional y su relación con el movimiento del proletariado revolucionario. Pero no suscribimos la tesis según la cual Lenin manejaba la cuestión nacional de forma “defensiva” y “negativa”. Tampoco nos parece cierto que Lenin subordinara el problema nacional al “interés táctico del proletariado” -entendida la táctica como un elemento separado de la estrategia revolucionaria, la cual es la que debe dictar el criterio a seguir en el tema nacional- o, peor aún, que dejara “la iniciativa nacional a corrientes nacionales no proletarias”. En realidad, el revolucionario ruso, aunque quizá es cierto que no sistematizó la cuestión nacional de forma tan completa como Stalin, supo entender de forma correcta la relación entre el derecho a la autodeterminación y el principio del internacionalismo proletario como dos elementos constitutivos de una misma realidad, la lucha por la erradicación de toda forma de opresión de unos seres humanos sobre otros. 

Por último, agradecemos al compañero por el análisis realizado y le invitamos a profundizar más en la diferenciación que él establece entre el tratamiento de la cuestión dado por Lenin y Stalin, pues nosotros estamos abiertos a toda crítica revolucionaria y entendemos que la confrontación ideológica entre comunistas es prioritaria para avanzar en las tareas de la reconstitución del Partido Comunista.

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Hace cien años que este artículo fue publicado, con el título «La socialdemocracia y la cuestión nacional», en tres entregas, en los números de marzo, abril y mayo del 1913 de la revista bolchevique Prosveshxenie (Ilustración). Será a partir de esa primera publicación cuando pasará a ser conocido como «El marxismo y la cuestión nacional», uno de los libros de cabecera durante muchos años sobre el problema nacional dentro del movimiento comunista internacional y que tuvo gran influencia sobre la cuestión durante gran parte del siglo XX.

El contexto de la publicación

El libro se adentra en el debate en que en aquella época estaba inmersa la socialdemocracia internacional y, muy especialmente, el mismo Partido Obrero Socialdemócrata Ruso. La iniciativa en la búsqueda de una teorización marxista sobre la cuestión nacional la habían llevado los llamados austromarxistas, encabezados por Otto Bauer y Karl Renner. Ante la influencia que sus reflexiones iban alcanzando en Rusia, tanto entre los mencheviques como en el Bund (la organización socialdemócrata que reunía la mayoría de los trabajadores judíos no sionistas), los bolcheviques decidieron tomar cartas en el asunto entrando firmemente en el debate. Por otro lado, dentro de la socialdemocracia, Rosa Luxemburgo defendía la irrelevancia que la cuestión nacional tenía por el proletariado, posición que Lenin se había encargado de combatir con firmeza.

Stalin será el encomendado por el partido para deshacer sus respectivas líneas. Con cuidado especial se entregó a la crítica de las posiciones que, bajo el nombre de autonomía nacional-cultural, el austromarxismo propuso como manera de resolver el problema nacional, sobre todo en la Europa central y oriental, caracterizada por la pervivencia de grandes imperios absolutistas multinacionales.

El objetivo de los austromarxistas era mantener el imperio multinacional permitiendo la expresión de unas diferencias nacionales reducidas. Stalin denunció la autonomía nacional-cultural porque negaba de hecho la autodeterminación de las naciones. Este modelo representaba una reducción folclórica del problema nacional por no sobrepasar el aspecto cultural y lingüístico, eliminando completamente el contenido político de la liberación nacional.

Para los austromarxistas, la cuestión nacional se enmarcaba en una idealista “unidad de carácter” de los miembros que compartían la misma lengua y en una mística “unidad de destino” como comunidad. Si bien el Partido Socialdemócrata Austriaco se declaraba marxista, esta teorización estaba bastante alejada del marxismo. Stalin establecerá algunos de los elementos para hacerle frente y evitar la idealización de la nación.

La nada despreciable aportación teórica de Stalin

Stalin es el primero que consigue introducir la cuestión nacional dentro de la estrategia de la revolución proletaria, procurando extraerla de la táctica dentro de la cual había quedado recluida por el marxismo desde su origen y de la que el movimiento socialista internacional no había osado sacarla.

En un artículo del año 1904, “Como entiende la socialdemocracia la cuestión nacional”, Stalin ya había apuntado que esta cuestión suscitaba intereses y matices diversos según la clase que la plantease. Analizó los diferentes nacionalismos en función de los intereses de clase opuestos, tal como hicieron Marx y Engels en el Manifiesto del Partido Comunista con las diferentes clases de socialismo de la época. El objetivo era hacer patente que la clase debe tener su propia opinión sobre qué nación le conviene para que sirva a la revolución.

En el artículo de 1913, Stalin empieza por definir la nación, el hecho nacional, como una categoría histórica, separando los conceptos de nación y de Estado, que tantas veces habían estado empleados indistintamente por Marx y Engels, cosa por otro lado muy común en la época. Así, Stalin realiza un esfuerzo de conceptualización, bastante necesaria cuando el marxismo no había sido capaz hasta entonces de elaborar una teoría general propia sobre la cuestión.

La nación descrita por Stalin es una comunidad históricamente constituida, formada por elementos con un grado de duración estables, el territorio, la lengua, la economía y la cultura como expresión de una psicología propia. A estos elementos se deben añadir otros que son fruto más de la coyuntura de una época, de más corta duración, dependientes de los avatares políticos de la lucha de clases. Eso diferencia la nación históricamente conformada del movimiento nacional insertado en el contexto del momento en que se desarrolla. Se establece así la dimensión histórica de la cuestión nacional, que no es sólo fruto de intereses temporales y concretos, sino que está lleno de elementos históricos subyacentes que se expresan en función del contexto y que contribuyen a su complicación analítica, favoreciendo la dispersión del pensamiento a la hora de referírsele. No hay pues un rasgo distintivo de nación, sino que es un puñado de rasgos diferentes y de incidencia variable tomados conjuntamente los que la conforman, y cuya expresión es una cuestión de grado.

Stalin establece una diferencia aclaratoria importante entre nación (concepto histórico) y movimiento nacional (concepto político), y por tanto entre el nacionalismo de la clase dominante y el interés nacional interclasista. Así pues, hecha la diferencia, y después de describir el hecho nacional, Stalin se adentra en el estudio de los movimientos nacionales de la Europa central y oriental donde intenta describir las relaciones concretas entre la lucha de clases y las luchas nacionales.

Como Stalin sitúa el origen de la nación en la época del capitalismo ascendente, o sea revolucionario, el movimiento nacional será progresista y, por tanto, susceptible de que el proletariado le dé su apoyo en la medida en que lucha contra un Estado reaccionario y opresor de naciones. El proletariado aún no puede dirigir la nación, aún no puede dirigir el movimiento nacional hasta que la burguesía una vez en el poder se vuelva reaccionaria, abrace el nacionalismo, el chauvinismo burgués, y haya llegado la hora de la revolución nacional del proletariado para hacerla caer. Sólo en Europa oriental y central, donde la burguesía es débil, el proletariado se encuentra en condiciones de ponerse en cabeza de la lucha por los derechos nacionales para derribar a los imperios.

Con su conceptualización del hecho nacional, Stalin inicia el intento de llevar la cuestión nacional más allá del mero acompañamiento táctico y de principios de la revolución proletaria, situación en la que Lenin se desenvolvía en el combate con Rosa Luxemburgo sobre Polonia.

Stalin insertará el movimiento nacional en el movimiento estratégico por los objetivos revolucionarios, inaugurando el camino hacia la unión política entre el movimiento obrero y el movimiento nacional. Cada clase tiene su conciencia de nación vinculada a sus intereses correspondientes. Según quien dirija el movimiento nacional asimismo servirá a la revolución. La diferencia fundamental reside en que el movimiento socialista es clasista y el movimiento nacional conjuga intereses de las diferentes clases de la nación oprimida. Afirmará que la cuestión nacional distrae al proletariado de las cuestiones sociales, con lo cual nos dirá que si no la integra en su estrategia y, por tanto, la deja en manos de la burguesía, esta la utilizará para desviar la atención de sus tareas y arrastrarlo tras los intereses burgueses.

Stalin coincide con los austromarxistas en que hay un componente psicológico, pero lo descarga de toda idealización mistificadora. Es en este sentido que afirma que el proletariado no puede aceptar cualquier cosa para erigir la propia nación, las tradiciones y peculiaridades reaccionarias, la religión, las costumbres anticuadas, las políticas opresoras. Una nación no tiene ningún derecho a volver a su pasado reaccionario y, por tanto, lucha contra los aspectos negativos que las naciones arrastran. También reconoce, con Rosa Luxemburgo, que la nación es una envoltura, pero este no es paso vacío como ella afirma, sino que es dentro donde se desarrolla la lucha de clases y es en esta estrecha relación donde recae la importancia por la lucha del movimiento obrero. La nación no es sólo Estado (forma política), ni nacionalismo (ideología política), sino que también hay que definirla como hecho sociohistórico.

Para Stalin, como asimismo para Lenin, la cuestión nacional tiene dos aspectos fundamentales que se interfieren dialécticamente. Por una parte, el derecho a la autodeterminación forma parte de los derechos democráticos nacionales a los que el movimiento obrero debe dar su apoyo luchando contra la opresión nacional y, por otro lado, se deben conjugar la reivindicación de estos derechos con los intereses revolucionarios del proletariado, que son los que deben prevalecer en el proceso de lucha de clases, rehuyendo el peligro de que las diferencias nacionales dividan al proletariado. Será el leninismo quien se encargará de extender, como principio revolucionario, la defensa del derecho a la autodeterminación como derecho a separación, lo cual no obligará en ningún caso a la separación, siempre dependiendo de las condiciones históricas concretas y en función de los intereses de clase.

Sin embargo, a pesar del acuerdo general de las posiciones de Stalin con el leninismo –no en vano Stalin fue escogido como comisario de las nacionalidades después del triunfo de la revolución–, sus referencias a una cultura nacional y a una psicología nacional como rasgos imprescindibles para ser considerada una nación como tal, hacían una aproximación más positiva, más favorable, a la comprensión y aceptación del hecho nacional desde el punto de vista estratégico y no sometido al principio economicista. En cambio Lenin, a pesar de haber otorgado legitimidad histórica a la cuestión nacional, la manejaba de forma defensiva y negativa, en contra de la opresión, y por tanto tácticamente.

Lenin, que siempre observó dudas sobre ambos conceptos (una cultura nacional y una psicología nacional) aportados por Stalin, mantuvo el problema nacional subordinado al interés táctico del proletariado. En última instancia, dejaba la iniciativa nacional a las corrientes nacionales no proletarias, continuando la posición marxista dominante en la segunda Internacional.

Del texto de Stalin se desprende que el movimiento obrero y el nacional están inseparablemente vinculados, al formar la clase parte del marco estructural que conforma la nación, lo cual relaciona internamente la lucha de clases y la lucha nacional. El proletariado no puede esforzarse por olvidar la cuestión nacional como algo que le es ajeno, debe asumir su incorporación en el programa revolucionario para evitar que la burguesía dominante la monopolice. No hay ninguna clase fuera de la nación, pero mientras el proletariado es nacional y como tal debe asumir el liderazgo de la nación oprimida, la burguesía, como clase reaccionaria, reduce el movimiento nacional a la estrechez de un nacionalismo que es la expresión de sus intereses de clase impuestos al resto de la sociedad.

Stalin, a pesar de haber iniciado el camino, no construye una teoría general y explícita sobre la cuestión nacional, un problema que aún hoy el marxismo, a pesar de haberle dedicado grandes esfuerzos, no ha conseguido resolver satisfactoriamente. Sin embargo, no se puede separar el escrito de los motivos prácticos y concretos de la lucha de líneas dentro de la segunda Internacional por el que se redactó, consiguiendo, cuando menos, situar la cuestión a la altura del debate de los principios estratégicos de la revolución.

Por otro lado, su esfuerzo de definición sociohistórica de la nación choca con una rigidez conceptual bastante alejada de una realidad bastante variada, sobre todo si se echa un vistazo más allá de la Europa central y oriental de la época. La búsqueda de un encuadramiento demasiado exigente dejará fuera muchos aspectos que, a pesar de todas las voluntades analíticas, han demostrado que el problema nacional esta lleno de matices y condicionamientos característicos espaciales y temporales que han dificultado su explicación. La cuestión de los judíos es paradigmática. Para Stalin, no son nación porque no cumplen ninguno de los requisitos por él definidos y, por tanto, estaban condenados a la asimilación progresiva. En cambio, bien debían presentar ciertos rasgos que permitiesen finalmente la consecución de aquellos requisitos.

Con todo, aportar elementos desde el materialismo dialéctico para una crítica general del libro de Stalin revierte, forzosamente, a la crítica general del marxismo de comienzos del siglo XX, del que recoge todas las insuficiencias de interpretación sobre la cuestión nacional.

A los 60 años de la muerte de Stalin

Acabado el ciclo revolucionario iniciado en Octubre de 1917 con la desaparición del campo socialista, una tarea insoslayable de los marxistas es, más que nunca, la reconstitución de la teoría revolucionaria general de liberación de la humanidad. Esta tarea no se puede llevar a cabo correctamente sin liberarnos de los prejuicios arrastrados del ciclo, fruto de las intensas y convulsas luchas políticas que tuvieron lugar.

Dada esta consideración, y atendiendo al aniversario de la muerte de Stalin, el desdén, la vergüenza, el asco, el odio, la admiración, la idolatría, la añoranza y tantos otros rasgos característicos que se propagan a la hora de referírsele en relación a su posicionamiento en aquellas luchas, deben dar paso al análisis más cuidadoso desde el punto de vista del socialismo científico.

Aunque sólo sea por el hecho de que estuvo situado en cabeza de la dirección comunista que consolidó la experiencia de socialismo de más larga duración, y que más influyó en el proceso de desarrollo de la liberación general de los pueblos y clases oprimidos, sólo por ello, merece una aproximación científica e histórica sin apriorismos, con la voluntad de contribuir al balance general del ciclo que nos debe permitir cumplir la tarea mencionada.

Azad

http://conciencia-revolucion.blogspot.com.es/

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