Estado burgués, luchas contra privatizaciones y Revolución proletaria (2ª parte)

Sobre el “Estado del bienestar”, el empeoramiento sistemático de las condiciones de vida del proletariado y la lucha por el comunismo

“Pero las fuerzas productivas no pierden su condición de capital al convertirse en propiedad de las sociedades anónimas y de los trusts o en propiedad del Estado. Por lo que a las sociedades anónimas y a los trusts se refiere, es palpablemente claro. Por su parte, el Estado moderno no es tampoco más que una organización creada por la sociedad burguesa para defender las condiciones exteriores generales del modo capitalista de producción contra los atentados, tanto de los obreros como de los capitalistas individuales. El Estado moderno, cualquiera que sea su forma, es una máquina esencialmente capitalista, es el Estado de los capitalistas, el capitalista colectivo ideal. Y cuantas más fuerzas productivas asuma en propiedad, tanto más se convertirá en capitalista colectivo y tanta mayor cantidad de ciudadanos explotará. Los obreros siguen siendo obreros asalariados, proletarios. La relación capitalista, lejos de abolirse con estas medidas, se agudiza, llega al extremo, a la cúspide. Mas, al llegar a la cúspide, se derrumba. La propiedad del Estado sobre las fuerzas productivas no es solución del conflicto, pero alberga ya en su seno el medio formal, el resorte para llegar a la solución.”

Del socialismo utópico al socialismo científico, Friedrich Engels.

En la actualidad, los cantos de sirena que el oportunismo esbozó a finales del siglo XIX -para terminar de completar a lo largo del siglo XX- sobre la cuestión del Estado, siguen embaucando a la inmensa mayoría de los proletarios y, lo que es peor, a la práctica totalidad del movimiento comunista a nivel internacional. Marx y Engels dejaron, ya en pleno siglo XIX, meridianamente clara la cuestión del Estado, de su origen y naturaleza. El Estado era siempre un órgano de opresión de una clase sobre otra. El movimiento proletario revolucionario, destrozando el aparato estatal levantado por la burguesía y construyendo su “Estado-Comuna”, sería el primero en establecer las condiciones materiales para la extinción del Estado proletario y de toda forma de división clasista y de opresión.

Sin embargo, el revisionismo, fiel a los intereses que material e ideológicamente representaba desde su inicio (completamente ajenos a los del proletariado y las masas oprimidas de todo el planeta), siempre entendió el Estado como el órgano político “neutral”, “de todas las clases”, o bien como ese aparato que podía ser reformado desde dentro y utilizado para satisfacer los intereses inmediatos de la clase obrera y para avanzar hacia la construcción del socialismo.

Esta concepción del Estado, completamente ajena a la ideología revolucionaria del proletariado, el marxismo-leninismo, tuvo su corolario lógico en la nueva realidad socio-política creada en la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial imperialista, esa que la burguesía bautizó pomposamente como “Estado del bienestar”. Este modelo de Estado surgió en un momento histórico en que la oleada revolucionaria inaugurada por la Revolución de Octubre (que provocó una onda expansiva por toda Europa gracias a la cual la Revolución socialista estuvo al alcance de la mano en países como Alemania o Hungría, emergiendo también importantes movimientos proletarios de simpatía por la República Soviética en países como Francia, Gran Bretaña, Italia o España, creándose también una importante corriente de simpatías entre las masas oprimidas de los países coloniales y semicoloniales), tomaba un nuevo impulso con la Revolución proletaria y campesina en China, y en el que, además, las burguesías de la Europa imperialista temían que, como consecuencia de las brutales condiciones de vida posbélicas de las masas explotadas, reapareciera de nuevo el “fantasma del comunismo” como un desafío serio al orden explotador y genocida de la burguesía internacional.

Desde el punto de vista de clase, el “Estado del bienestar” fue posible gracias a la división internacional del trabajo, por un lado, y al mayor periodo de expansionismo y crecimiento registrado por el capitalismo en toda su historia. En cuanto a la división internacional del trabajo, el modelo de asistencia social diseñado por el Estado burgués europeo posbélico -que se manifestó en un programa planificado de protección social en lo relativo a educación, sanidad, pensiones o distintos tipos de prestaciones por invalidez, desempleo, etc.- pudo materializarse gracias a la posición imperialista de las potencias europeas, que tuvieron la posibilidad de transferir salarios diferidos a una fracción importante de los asalariados de estos países. Este andamiaje social y económico se pudo levantar gracias al sojuzgamiento imperialista de los países oprimidos y a la sobreexplotación de una fracción del proletariado de los países opresores, fracción que ni de lejos tenía la posibilidad de engrosar las filas de la base social de la aristocracia obrera. Esto último ha podido demostrarse empíricamente en el Estado español en los años del boom económico de 1995-2007, donde, a pesar del desarrollo considerable del “Estado del bienestar” español, una porción cuantitativamente importante de la clase explotada apenas pudo beneficiarse de esos beneficios  del “capitalismo popular” (gran parte del proletariado migrante, joven y femenino). Ya que hablamos de la sanidad en el anterior punto de este trabajo, es conveniente recordar que, antes de que comenzara esta política criminal de recortes, ya había un porcentaje de proletarios nada desdeñable en el Estado español que, salvo que figurara en la tarjeta sanitaria de algún pariente “activo”, no tenía derecho a cobertura sanitaria en atención primaria.

El otro factor que posibilitó el crecimiento del “Estado social” en Europa, el del periodo de formidable expansión posterior a la Segunda Guerra Mundial imperialista, también estuvo estrechamente imbricado con el desarrollo de la aristocracia obrera como clase burguesa dentro del proletariado, la cual estableció una alianza histórica con el capital monopolista para ahuyentar el fantasma de la Revolución socialista. La gran burguesía permitía un nuevo modelo de Estado que implantaba la Seguridad Social, la educación “pública” y “gratuita”, etc., y que en nada contravenía los intereses del capital, mientras que la aristocracia obrera, a cambio de gestionar conjuntamente ese Estado y de pasar directamente a controlar algunas empresas importantes, subyugaba al proletariado y le vendía la moto sobre las bondades del “nuevo” capitalismo (que, por supuesto, duraría ya hasta el fin de los tiempos).

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Como explicamos en el punto anterior, este modelo de Estado (imperialista) “del bienestar”, que comienza a cuestionarse desde la misma clase dominante a principios de los 70 (dándose el primer experimento de desmontaje de este modelo estatal en el Chile fascista de Pinochet), empieza a ser finalmente desguazado cuando se produce la desintegración de la URSS y este proceso se profundiza cuando sobreviene la peor crisis de la historia del capitalismo, la que comienza en 2007. Es en este momento cuando la alianza histórica entre aristocracia obrera y capital monopolista comienza a resquebrajarse, pasando a protagonizar la primera fracción de la clase dominante una serie de pugnas en las que intenta seguir formando parte de un Estado en el que el capital financiero tiene aún más preponderancia que anteriormente.

Esto es vital entenderlo, ya que es este el contexto sistémico en el que todas las luchas parciales contra las privatizaciones se encuadran en el Estado español y en cualquier país imperialista. Evidentemente, todas estas privatizaciones (tanto de la sanidad como de la educación) tienen un impacto brutal sobre las condiciones de vida de nuestra clase, que está provocando ya que la base social de la aristocracia obrera se quede en los huesos y que gran parte de los explotados sobrevivan en peores condiciones aún. Pero, así como esta política criminal de la burguesía es irreversible en el marco del actual sistema de explotación, los comunistas hemos de denunciar de forma resuelta a todos aquellos elementos oportunistas que, tratando de situar a los proletarios en un campo ajeno a sus intereses de clase, defienden de manera reaccionaria la vuelta a ese modelo de Estado “social”, demostrando a las claras cuál es su concepción contrarrevolucionaria del Estado cómo cuerpo político-militar de defensa de los intereses de una clase social.

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De nuevo, los comunistas volvemos a encontrarnos en ese callejón sin salida en que el revisionismo nos ha colocado desde que el Ciclo de Octubre se agotó. La vanguardia comunista sigue a la deriva en lo ideológico y dispersa en lo político, yendo al final inevitablemente a remolque de la aristocracia obrera y del oportunismo en las luchas espontáneas, sin capacidad alguna para ganarse a sectores sociales que, dentro de la sanidad y la educación, podrían formar parte del Partido Comunista, es decir, de la máxima expresión y síntesis de praxis revolucionaria, de ideología y práctica, de teoría y movimiento político que tienda a superar el estado de cosas actual.

Sin una unificación ideológica sobre bases marxistas-leninistas con vistas a la posterior unificación política, la vanguardia comunista será incapaz de articular ante el proletariado y los estratos más combativos de una aristocracia obrera en proceso de proletarización brutal el discurso sobre la necesidad del comunismo, que es y será la única alternativa para barrer de la faz de la Tierra el siniestro orden que la burguesía nos impone desde hace ya demasiado tiempo. Por eso es imprescindible que los comunistas conozcamos, como si fuéramos científicos sociales, todo lo que atañe al desarrollo revolucionario de nuestra clase, sobre todo en lo relativo a la denuncia implacable de toda forma de revisionismo y al deslindamiento ideológico en todas aquellas realidades que se desarrollan en la actual etapa de lucha de clases. Abandonar la línea sindicalista que hoy asola al Movimiento Comunista del Estado español es la primera tarea para que, más pronto que tarde, todas las luchas parciales contra el capital puedan ser expresión lógica de la línea revolucionaria traducida en programa para la toma del poder, la Guerra Popular y la construcción de la sociedad sin clases.

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